miércoles, 17 de octubre de 2018

Oscar Wilde, Alfred Douglas y el (odioso) marqués de Queensberry

Siempre me ha atraído la figura de Oscar Wilde. Digo bien: su figura antes que su literatura. Su inteligencia acerada, su amor por la paradoja, su dandismo trasnochado (todo dandismo, deliciosamente, lo es), su esteticismo implacable y la persecución que sufrió, por maricón, por parte de la sociedad victoriana me lo hacen irremediablemente simpático. Su obra no acaba de seducirme, aunque De Profundis, la Balada de la cárcel de Reading y algunas piezas de teatro sean seductoras. No es un mal bagaje, en realidad: muchos escritores que alcanzan la fama no dejan en la literatura tantas obras meritorias como él. Cuando viví en Londres, veía a menudo la que fue su casa durante una década, entre 1885 y 1895, en el número 34 de Tite Street, en el barrio de Chelsea. Allí estaba la placa redonda y azul con que la ciudad recuerda a sus residentes célebres. De mis paseos por Tite Street di cuenta en una entrada de mi blog inglés, Corónicas de Ingalaterra (https://eduardomoga.blogspot.com/2013/10/oscar-wilde-en-tite-street.html). También colgué otra sobre la cárcel de Wandwsorth, en la que estuvo encerrado casi cinco meses en 1895, antes de ser trasladado a la definitiva de Reading, donde cumpliría el resto de la condena a dos años de trabajos forzados que se le había impuesto por "ultraje a la moral pública", el tipo penal que castigaba las prácticas homosexuales que no supusieran penetración (cuando había cópula, era sodomía: así de minuciosa y eufemística era la justicia británica de la época), y donde escribiría su célebre Balada (https://eduardomoga.blogspot.com/2014/09/clapham-junction-y-la-carcel-de.html). Hace poco, en la Feria del Libro Viejo y de Ocasión de Barcelona, me hice por unos pocos euros con un ejemplar de Cartas a Lord Alfred Douglas, una recopilación de las epístolas de Wilde a su enamorado (las pocas que sobrevivieron a este, que confesó haber destruido más de 150), traducidas, prologadas y anotadas por Luis Antonio de Villena (Barcelona, Tusquets, 1987). El libro tiene, en las páginas de respeto, un exlibris de un unicornio y una dedicatoria de Juanvi a Eulalia, fechada en enero de 1990. El tal Juanvi demuestra conocer la poesía de Wilde y saber escribir: "Aquí tienes", dice, "dispersas en su pasión y sus momentos, las semillas (aunque burbujas) del DE PROFUNDIS. Te las entrego en la confianza de que nunca, Eulalia, habrá cartas así entre nosotros... Aprendo a amarte". Me encantan las dedicatorias: me llenan de melancolía, me sugieren visiones, me permiten, fugazmente, meterme en la piel de otros, que es, precisamente, uno de los fines de la literatura. Esta es, además, una dedicatoria cultivada y muy personal (aunque no muy existosa, a la vista del destino que se le ha dado al libro): mejor aún. Las cartas casi exclusivamente de Wilde a Douglas; de este solo hay una, en apéndice, junto con el soneto "El poeta muerto", escrito en 1901 e incluido en Sonnets, de 1909, e inspirado por Oscar revelan la pasión muy idealizada, sí, pero también muy física y la torrencial admiración del autor de El retrato de Dorian Gray por su "queridísimo muchacho". Así lo veía él, y así lo vemos nosotros, todavía, en las fotos que se han conservado del Douglas joven: un efebo rubio, delicado, casi virginal, aunque, según todos los testimonios, dotado también de un genio imprevisible y un carácter irritable. Esto le escribía Oscar en la carta del 20 de mayo de 1895, mientras esperaba, con pesimismo, el veredicto del juicio al que había sido sometido, que se dictó cinco días después: "Mi dulce rosa, mi delicada flor, mi lirio de los lirios, será a buen seguro en la prisión donde tendré que probar el poder del amor. Veré si puedo convertir en dulces las aguas amargas con la intensidad del amor que te tengo (...). Aunque cubierto de fango, te enalteceré, te llamaré desde los más profundos abismos [he aquí, acaso, la semilla más reconocible del De Profundis posterior, el salmo 130: De profundis clamavi ad te, Domine...]. En mi soledad estarás conmigo. He determinado no rebelarme, sino aceptar cada ultraje por devoción al amor. Dejar que mi cuerpo sea deshonrado tanto como pueda mi alma conservar tu imagen. De tu pelo sedoso a tus delicados pies, representas para mí la perfección. (...) Lo que la sabiduría es al filósofo, lo que Dios al santo, eres tú para mí. Mantenerte en mi alma es el único objeto de este dolor al que los hombres llaman vida. ¡Oh, amor mío, que aprecio sobre todas las cosas, blanco narciso en un campo ubérrimo, piensa en la aflicción que cae sobre ti, aflicción que solo el amor puede iluminar. (...) Te quiero, te quiero, mi corazón es una rosa a la que tu amor ha hecho florecer, mi vida un desierto aventado por la brisa deliciosa de tu aliento, cuyos refrescantes manantiales son tus ojos; la huella de tus pequeños pies forma para mí valles de sombra, el aroma de tu pelo es cual mirra, y donde quiera que vayas exhalas el perfume del árbol de la casia" (págs. 107-109). El veredicto fue, en efecto, condenatorio, y Wilde descendió de golpe de las alturas de la fama a las simas de la lobreguez, de las que ya nunca emergió: tras salir de la cárcel, en 1897, malvivió en Francia bajo el seudónimo de Sebastian Melmoth y malmurió, solo y en la miseria, en 1900, con 46 años. Volvió a verse con Alfred Douglas en estos años finales, y hasta convivió con él algunos meses en Nápoles. Pero las presiones de ambas familias –el padre del efebo y la mujer de Wilde (porque Wilde estaba casado y tenía dos hijos) acabaron con toda posibilidad de continuar la relación. El padre del amante de Wilde era nada menos que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, el fundador de las normas modernas del boxeo (que, curiosamente, solo era 10 años mayor que Wilde, y que le dio la satisfacción de morirse unos meses antes que él). El hombre, amén de aristócrata, era bastante zoquete: había estudiado en Cambridge, como todos los jóvenes bien de la nobleza británica, pero no había conseguido licenciarse. Se conoce que el latín le gustaba menos que el críquet, la caza del zorro y, naturalmente, el boxeo. Su oposición a la relación entre su hijo Alfred y el, a sus ojos, marimacho de Wilde fue radical desde el principio: los acosaba en los lugares que frecuentaban, a veces acompañado por un púgil musculoso, como Wilde recuerda en una carta, les dificultaba los encuentros, maldecía públicamente de ambos. Oscar y Alfred lo llamaban "El marqués escarlata", por cómo se le ponía la cara cuando se enfadaba, cosa que sucedía muy a menudo y que debía de ser muy desagradable de ver. En 1895, el marqués, harto de los devaneos filiales, le mandó una tarjeta de visita a Wilde, en su club, en la que había escrito "Oscar Wilde, que presume de sondomita". Sholto ni siquiera había aprendido ortografía en Cambridge, y su confusión ha pasado a la historia universal de la burricie. No obstante, no se entiende cómo alguien tan lúcido como Wilde se dejó convencer para presentar una demanda por difamación contra el marqués. Al parecer, tanto Alfred como los demás miembros de su familia, que odiaban al unísono al padre, le instaron a hacerlo, y Wilde accedió, sin reparar en que así se metía en la boca del lobo. Los jueces absolvieron al aristócrata, como sin duda hacían nueve de cada diez veces cuando el acusador era alguien de la calaña de Wilde, e iniciaron un proceso contra este por sodomía e indecencia, que, entonces sí, acabó en condena de cárcel e incautación de bienes. Es significativo que el marqués de Queensberry fuera tan escrupuloso con las aficiones homoeróticas de su vástago, pero tan desinhibido con sus propias costumbres: su mujer lo demandó por adulterio, él se volvió a casar y a separar, y acabó muriendo de sífilis, es de suponer que no contraída en los pudibundos lechos conyugales, sino en los numerosos prostíbulos de los que era parroquiano. Curiosamente, su hijo mayor, Francis, también le salió sarasa. Este mantuvo relaciones nada menos con Archibald Primrose, quinto duque de Roseberry, que luego sería primer ministro de Su Graciosa Majestad, y el marqués escarlata, al parecer más escarlata que nunca, lo amenazó con divulgar sus aberrantes inclinaciones si el gobierno no encausaba a Oscar Wilde, que estaba, por su parte, corrompiendo a Alfred. A su titubeante ortografía el marqués sumaba un completo desconocimiento del principio de separación de poderes. Pero es que, por una extraordinaria injusticia del destino, le tocó lidiar con una nutrida representación del pecado nefando en su propia familia; a él, guardiamarina, cazador y amante de los puñetazos, que era tan macho. Pese a sus muchos defectos y zafiedades, entre los que brilla con luz propia la homofobia que era, por otra parte, la homofobia de su época, Queensberry cuenta con algunos puntos a su favor: civilizó el boxeo valga el oxímoron, que antes era una salvajada sangrienta, que resultaba con frecuencia en gravísimas lesiones y muerte, y en 1880 se negó a volver a ocupar el asiento en la Cámara de los Lores en el que se había sentado desde 1872, porque se le exigió que prestara juramento religioso a la reina y él se negó a hacerlo: era ateo y no quería participar en una "payasada cristiana". A mí, todos los ateos me caen simpáticos. Y hasta era escritor: en 1873 había compuesto un largo poema filosófico, El espíritu del Matterhorn, y, algunos años más tarde, un panfleto inquietantemente titulado La religión del secularismo y la perfectibilidad del hombre. Desde luego, él era muy perfectible, y sería de agradecer que se aplicase las enseñanzas del opúsculo a sí mismo. En cuanto a Alfred Douglas, también fue un pájaro de cuidado. Su aspecto eternamente adolescente ocultaba una personalidad turbulenta. Escribió mucha poesía, casi toda mala (aunque Wilde no deja de alabarla en sus cartas, pero se comprende: el amor entontece), y un primer libro sobre su relación con él, Oscar Wilde y yo, publicado en 1914 (y redactado, en su mayor parte, por un negro, el director adjunto de The Academy, la revista literaria que a la sazón dirigía), en el que no dejaba bien parado al que había sido, supuestamente, su gran amor. Era racista, y fundó una revista ferozmente antisemita, Plain English, en la que, entre muchas otras barbaridades, se llegó a afirmar que "hacía falta un Ku Klux Klan" en Gran Bretaña. Al final de su vida, renunció a esas ideas y abrazó el catolicismo, o más bien el integrismo católico, en una nueva demostración de que los que se sitúan en un extremo ideológico nunca cambian, aunque se sitúen en el extremo ideológico contrario. Se pasó, en fin, media vida pleiteando con unos y con otros: el gusto por los juicios le debía de venir del padre. El más conocido de todos fue el que sufrió en 1923 por difamar a Winston Churchill, acusándolo, entre otras lindezas, de participar en una conjura para asesinar a lord Kitchener, secretario de Estado para la guerra. Fue condenado a seis meses de cárcel, una experiencia de la que nunca se recuperó, según propia confesión, pero que aprovechó para escribir un remedo de la Balada de la cárcel de Reading, titulado In Excelsis (seguramente tomado del Gloria in excelsis Deo que se canta en la liturgia católica), que algunos consideran su mejor poema, que no sé si es mucho decir. Esta vez no utilizó a ningún negro, que se sepa, pero no dejó de suscitar dudas: Douglas afirmó haberlo escrito en la cárcel, como había hecho Wilde con De Profundis, pero, como no se lo dejaron sacar al salir libre, hubo de recomponerlo después de memoria. Y hay quienes creen que no lo escribió entre rejas, lo que le otorgaría una pátina excepcional, semejante a la de su ilustre amor, sino cuando ya estaba libre, en la paz del hogar. No obstante, para ser justo con él, transcribo a continuación el poema inspirado por Wilde, con mi traducción. Si lo que expresa es verdadero, habrá que reconocerle a Bosie, como lo llamaba Oscar, alguna virtud creadora y, sobre todo, alguna pureza de sentimiento, algún atisbo de amor.

I dreamed of him last night, I saw his face 
All radiant and unshadowed of distress, 
And as of old, in music measureless, 
I heard his golden voice and marked him trace 
Under the common thing the hidden grace, 
And conjure wonder out of emptiness, 
Till mean things put on beauty like a dress 
And all the world was an enchanted place. 

And then methought outside a fast locked gate 
I mourned the loss of unrecorded words, 
Forgotten tales and mysteries half said, 
Wonders that might have been articulate, 
And voiceless thoughts like murdered singing birds. 
And so I woke and knew that he was dead. 


Anoche soñé con él. Vi su cara
radiante, sin sombra de aflicción,
y, como antaño, pródiga en música,
oí su voz de oro, lo vi descubrir
la gracia oculta de las cosas triviales
y conjurar los encantos incluso del vacío,
hasta revestir las cosas de belleza, como de un ropaje,
y hacer del mundo un lugar encantado.

Luego me vi ante una reja inamovible,
llorando la pérdida de palabras sin memoria,
de cuentos olvidados y misterios apenas desvelados,
de maravillas que habrían podido decirse
y pensamientos sin voz, como ruiseñores asesinados.
Entonces me desperté. Sabía que había muerto.

viernes, 12 de octubre de 2018

De política (4): Cosas (preocupantes) que pasan en Extremadura

Los presidentes de seis comunidades autónomas Castilla y León, La Rioja, Galicia, Castilla-La Mancha, Asturias y Aragón: las tres primeras, gobernadas por el PP; las tres segundas, por el PSOE se han coaligado, y en septiembre se han vuelto a reunir, para instar al gobierno de la nación a una reforma del sistema de financiación y la adopción de medidas urgentes contra la despoblación, uno de los problemas más graves, si no el más grave, de sus regiones. La desertización de Extremadura es vertiginosa, y más alarmante todavía que en esos seis territorios de la España vacía, porque no solo afecta a los pueblos, que están exhaustos y, en muchos casos, a punto de desaparecer, sino también a la población urbana: hasta las ciudades extremeñas pierden ya habitantes. Según las últimas proyecciones demográficas del Instituto Nacional de Estadística, la población de Extremadura se reducirá en más de 70.000 habitantes en los próximos 15 años (el tercer descenso más acusado por comunidades autónomas), hasta situarse por debajo del millón de habitantes (ahora tiene 1.070.000). Pese a lo preocupante de los datos, Extremadura no se ha unido al grupo de comunidades que presiona por revertir o al menos mejorar la situación. ¿Por qué no?

En la Sierra de Gata, cerca de mi pueblo, Hoyos, se acaba de inaugurar un hotel, el primer edificio de un complejo de ocho, que configurará un llamado Campus Phi, sede de la Universidad de la Consciencia (sic), y donde tendrá también su sede la organización promotora del proyecto, la Fundación Phi, radicada hasta ahora en Puçol (Valencia). La buena noticia es que, en una zona deprimida (e incendiada) como la Sierra de Gata, se levante un establecimiento hotelero (de cuatro estrellas) que dé trabajo a la gente del lugar y atraiga el turismo (aunque atraer el turismo no sea algo que queramos necesariamente los que pasamos largas temporadas en aquel sosiego, y sin entrar en consideraciones sobre la ecología: quiero pensar que el mazacote del hotel, y del proyecto en general, que se encuentran en un hermoso paraje del monte Jálama, cuentan con todos los estudios de impacto ambiental y permisos de obras necesarios). La mala es que la Fundación Phi tiene todas las trazas de ser una secta. Y las sectas, a la larga, no dan dinero: lo quitan, además de suponer un grave perjuicio para la integridad intelectual de las personas y las comunidades a las que contaminan. Un vistazo a la página web de esta Fundación intranquiliza, como poco. Que se pretenda crear una "Universidad de la Consciencia" (normalmente, se crea la universidad y luego el campus; aquí ha sido al revés: ya hay campus, esperemos que no de concentración, aunque todavía no hay universidad) es per se preocupante. Pero asomarse a los principios que inspiran a la Fundación, los objetivos que persigue y las técnicas que emplea para alcanzarlos mueve al espanto. Esta es la finalidad principal de la Fundación Phi: "Como ninguna cosa puede verse como separada del Todo al que pertenece, nuestro objetivo es fomentar el necesario respeto al equilibrio entre cuerpo-mente-espíritu-entorno en la sociedad en que vivimos, para favorecer el estado de salud global e integral. Un respeto profundo a la verdad y a la unidad de la existencia es imprescindible para alcanzar la salud global del hombre y del planeta, entendida como un estado de armonía total. Salud Global es un estado de libertad total que llena de felicidad al ser humano”. Y, para alcanzar esa armonía total y esa felicidad que desborda al ser humano, la fundación practica y subvenciona la medicina natural (una denominación bajo la que suelen esconderse seudociencias y estafas, como la homeopatía o los tratamientos de herboristería contra el cáncer y otras graves enfermedades), la respiración holística, el par biomecánico una terapia según la cual dos imanes pueden depurar el cuerpo, haciendo que los campos magnéticos nivelen el PH del cuerpo y eliminen virus y bacterias y la medicina cuántica SCIO –que, en palabras de la Fundación Phi, "restablece o neutraliza los patrones de ondas negativas (o sea, pone orden en el caos)"–. Como fuente de financiación de sus actividades, entre otras, la Fundación Phi ofrece a sus asociados, simpatizantes, alumnos (en el futuro) y público en general un completo merchandising, que incluye, entre otros sofisticados productos, tarjetas bioenergéticas (que armonizan y aumentan el nivel de energía), armonizadores electromagnéticos (que neutralizan las radiaciones electromagnéticas nocivas de los móviles y ordenadores) y gafas reticulares-estenopéicas (sic), sea esto lo que sea. El patrón de la cosa es el bilbaíno Félix Balboa Lezáun, que atiende por H. H. Swami Rameshwarananda Giri Maharaj, monje de la orden Advaita Vedanta Sannyasin (Dasanami Sampradaya) y miembro de la Elijah Board of World Religious Leaders [Junta de líderes religiosos mundiales de Elijah], entre cuyos méritos profesionales hace constar que es el "Fundador del Método Phi, Psicoeducador Especialista en D. A. H. y Técnicas de Relajación y Respiración", así, todo con mayúsculas iniciales (y dejándonos con la intriga de qué sea "D. A. H.": ¿director de artimañas horrendas?). Todo recuerda, en fin, a una de esas camarillas yóguicas que predican papillas filosóficas orientales y una espiritualidad de cuchufleta, eficacísimas, empero, para hacer negocios muy occidentales. Lo más preocupante, sin embargo, no es que una organización como esta exista, ni hasta que sea capaz de levantar un hotel e incluso una universidad en una montaña cacereña, sino que los máximos representantes de la comunidad la apoyen y ratifiquen. El presidente Fernández Vara que es médico asistió hace un mes a la inauguación del hotel de la Fundación Phi. Y en octubre de 2015 había recibido al swami Félix en Mérida, con memorables resultados: el presidente ha revelado que quedó impresionado: «Cuando se fue del despacho, sentí cosquillas en el estómago; no era capaz de asimilar todo lo que había contado». Entiendo que los gestores públicos estén ansiosos por que se invierta en su comunidad, sobre todo en una tan carente de inversiones como Extremadura, y en una zona tan necesitada como la Sierra de Gata, pero uno preferiría que no le hicieran cosquillas en el estómago los charlatanes seudohinduistas, sino los proyectos racionales, que no insulten la inteligencia de sus conciudadanos, que no vendan tratamientos milagrosos contra las enfermedades ni promuevan fantochadas espiritualistas. Que la Junta de Extremadura no esté en la alianza de comunidades contra la despoblación y sí en esta iniciativa deplorable, es incomprensible. 

La Editora Regional de Extremadura ha publicado cinco libros desde mi marcha, el 4 de abril pasado: sendas poesías completas, de Pablo Jiménez y Bartolomé Torres Naharro; las Odas de Miguel Torga; el diario/libro de memorias Espejos invisibles, de María José Chinchilla; y el volumen de ensayo Naturaleza intangible, de Dionisio Romero. Los cinco fueron aprobados y contratados por mí. Y de cuatro de ellos –menos Espejos invisiblesyo, personalmente, corregí pruebas. Sé que han aparecido los libros no porque los haya visto en librerías (aunque, tras año y medio de hercúleos esfuerzos, conseguí que se volviera a licitar el servicio de distribución, se adjudicó a las mismas nefastas distribuidoras que lo tenían asignado), ni porque la ERE haya tenido la cortesía de enviármelos, sino por la información aparecida en su página web y porque algunos amigos, ajenos a la Editora, se han tomado la molestia de mandármelos. No señalo este hecho para afirmar que la ERE esté en el dique seco, ni que mi sucesor me haya relevado con la eficacia de un gato de escayola, sino para reivindicar, objetivamente, la labor realizada durante dos años largos, que, además, y a menos que la actual dirección decida no honrar los compromisos adquiridos, se va a prolongar durante bastante tiempo: los libros aceptados llenaban casi dos años de programación.

domingo, 7 de octubre de 2018

Víctor Ramírez y la Galerie K (y dos caídas)

Asisto hoy a una doble y simultánea inauguración en Barcelona: la de la Galerie K, del arquitecto alemán Manfred Kluckert, y la de la exposición Entre huellas y rastros, del pintor chileno, pero afincado en Barcelona desde 1975, Víctor Ramírez. Me cuesta dar con el local, porque nada, ningún rótulo ni indicación, lo identifica en la calle. Por fin distingo algunos cuadros de Víctor dentro de un establecimiento en el que aún se están haciendo obras: varios operarios, con mono azul o blanco una policromía muy mironiana, entran y salen cargados de cables, cubos, barras y mamparas. El lugar huele intensamente a pintura, y no solo a la del pincel del artista, sino, sobre todo, a la de las brochas gordas que lo han pintado todo de blanco, y que aún deben de estar húmedas. Saludo al llegar a Vicenç Altaió y Juan Bufill, dos de los cuatro poetas que vamos a participar en el acto. A Vicenç, que luce una gallarda coleta, aunque no tan frondosa como la que adorna el revolucionario cráneo de Pablo Iglesias, lo traduje e incluí, hace algunos años, en una antología de poesía contemporánea en catalán que publiqué en el Fondo de Cultura Económica. La cordialidad de aquel contacto ha perdurado hasta hoy, en que charlamos con naturalidad sobre arte, literatura y nuestras respectivas situaciones profesionales. No es fácil que entre antologados y antólogos surja una relación de amistad. De hecho, ejercer de antólogo es una de las tareas más ingratas del mundo literario: los antologados dan por supuesto que deben serlo, por lo que no conceden ningún mérito al antólogo, que se limita a reconocer lo evidente; y los que no lo son, que están seguros de que deberían serlo, tampoco se lo conceden, porque no ha sabido reconocer lo evidente. Por su parte, con Juan Bufill coincidí hace dos días, en la presentación de Un gran ser, el poemario con el que la norteamericana C. D. Wright ha dejado, felizmente, de ser inédita en España. Tanto Juan como yo hemos publicado libros de versos en Vaso Roto: él, Antinaufragios, en 2014; yo, Insumisión, en 2013, y Muerte y amapolas en Alexandra Avenue, en 2017. Y esa es una de las razones por las que ambos estamos aquí: Víctor Ramírez es el ilustrador de la editorial, y las cubiertas de nuestros libros son obra suya. Su trabajo, como se advierte con esplendidez en los grandes cuadros que cuelgan hoy de las paredes, maneja una abstracción más que dinámica: arrolladora, plagada de contraluces, fugas y ecos, vital como un estallido. Él, en cambio, es una persona discreta, afable, de una discreción y una afabilidad iluminadoras. Me alegra encontrarme con Blanca Ruiz, muy querida amiga, y su amiga Daniela, rumana pero con una larga residencia ya en España, que han atendido mi invitación y han venido desde Viladecans, donde residen. También veo por ahí al ensayista y poeta Jaime D. Parra, con su inconfundible gorra. La sala se ha llenado. Acostumbrado a las magras asistencias de los actos poéticos, he sugerido al llegar que se invitara también a asistir a los albañiles que aún trasiegan por el local. Pero mi sugerencia solo ha revelado mi ignorancia del funcionamiento de las inauguraciones pictóricas y del mucho público al que convoca, con razón, Víctor Ramírez. La primera intervención corresponde al galerista, Manfred Kluckert, que lee en catalán, con fuerte acerto germánico, un texto de bienvenida. Luego, el editor Jordi Nadal, amigo tanto del pintor como del galerista, hace una vigorosa evocación de los orígenes de esa amistad y concluye anunciando que no podrá quedarse en la inauguración, porque ha de atender una obligación editorial en el cercano Liber. A continuación, Vicenç, que funge de maestro de ceremonias poético, indica que sea yo el que rompa el fuego de la lectura. Así lo hago, no sin antes vencer el vértigo que produce la enorme ventana, abierta de par en par a nuestra espalda (para que el olor a pintura no acabe mareándonos, supongo), que da a la calle México. Esa gran abertura plantea otra dificultad: el ruido del tráfico, espeso veo pasar una furgoneta de reparto de comida china y un coche fúnebre, al que los versos que leamos habrán necesariamente de sobreponerse. Antaño, cuando era más joven y feroz, valga la redundancia, yo reivindicaba la sacralidad de la poesía, como si leer poemas, o cualquiera otra de sus manifestaciones, fuera un acto litúrgico, y, por lo tanto, exigía en mi fuero interno y, a veces, en el externo que me rodease el silencio. Ya no: la poesía ha de ser tan humana, tan dúctil y porosa, como para enfrentarse al bullicio que impongan las circunstancias, y, para superarlo, para sobrevivir a él, tiene que fundirse con él. Leo, pues, con voz enérgica, intentando que los octosílabos de las décimas (de Décimas de fiebre) que he elegido para la ocasión hay que ser breve y, sobre todo, no cansar: la gente está apretujada y de pie resbalen por los acelerones de los coches y los chirridos de los frenazos, y lleguen a los oídos del público contaminados de vida, sí, pero aún íntegros, no despojados de su música. Después de mí, Àngels Moreno, una joven poeta en catalán a la que no conozco, lee un fragmento de un poema-libro inédito de 800 versos, según nos informa. Por suerte, y también por desgracia, es un fragmento. Conozco bien yo, que tengo una tendencia malsana y casi incurable al poema largo las dificultades que plantea primero escribir y luego leer piezas tan extensas como esta (de hecho, su poema de 800 versos me recuerda a varios míos, que tienen esa extensión o incluso superior). La imposibilidad de recitarlos enteros supone siempre una amputación, que priva a lo leído de una parte de su ritmo y su sentido, y a los auditores, de una comprensión global del texto. En actos como el de hoy se impone la brevedad, y eso requiere una selección estricta de los poemas. No estoy seguro de que Àngels la haya hecho. El tercero en leer es Juan Bufill. Sus poemas son buenos, pero él no parece dar demasiada importancia a la recitación, y eso los desluce un poco. Por último, en la mejor tradición de la vanguardia, Vicenç Altaió lee un solo poema, aliterativo, monosilábico, onomatopéyico, cuyo núcleo es el fonema /o/: corc, corb, roc, solc, que me recuerda a composiciones de Joan Brossa y la "Tirallonga de monosíl·labs", de Pere Quart (que el ayuntamiento ha impreso en la fachada de una casa de mi pueblo, Sant Cugat), y que, bien ejecutado, con la dosis justa de teatralidad, aterriza dichosamente en el público. Cada vez se me aparece con mayor evidencia la necesidad de leer bien los poemas: con nitidez, sin prisa, con las pausas, inflexiones y cambios de ritmo que reclame su orografía, pero sin monumentalidad ni engolamiento. El poema ha de brotar, en la voz, como una cosa viva, acometida por las fracturas y temblores de todo organismo palpitante, hecha de las luces y sombras de la lengua y el aire. Quien lo declama ha de creer en él, pero tampoco demasiado, como nada ha de ser demasiado. Y no está mal que en su declamación se perciba esa chispa de ironía, esa distancia última, enterrada en la vocalización, que es la misma que nos separa de todo, incluso de nosotros mismos. Unas brevísimas palabras de agradecimiento de Víctor Martínez, al que acompaña su mujer, Lorena, que ha organizado el acto, le ponen fin. Nos invita a tomar una copa en la planta de abajo, y allá que vamos por una escalera metálica. (Esta es otra diferencia significativa, y lacerante, con las presentaciones de libros y eventos poéticos en general: cada vez es más difícil encontrar alguno en el que se dé algo más que las buenas tardes). Cuando llego a los escalones inferiores, varias personas están ayudando a levantarse a una señora que se ha caído y que muestra un gesto dolorido. La sientan en una silla, mientras nosotros seguimos impunemente nuestro camino al bar. Recordaré esa caída cuando yo mismo me caiga, al entrar en el vagón del metro, de regreso a casa. Las puertas están a punto de cerrarse y no quiero que me dejen fuera. Salto, con agilidad improbable, tropiezo en el escalón de entrada (ese que supuestamente es antitropiezos) y me estampo contra el suelo del vagón. Por lo menos estoy dentro, pienso. E, ipso facto, y a pesar de lo que me duele la rodilla, que supongo arrasada por el rasponazo, me pongo de pie todo lo deprisa de que soy capaz, que no es mucho. Me gustaría incorporarme como un gimnasta, pero lo hago como lo que soy: alguien más parecido al potro en el que se entrena o a la colchoneta en la que cae. Me ayuda, no obstante, el sentido del ridículo: no importa lo destrozado que estés; lo primordial es recuperar la dignidad y alejarse cuanto antes de la catástrofe. Y así lo hago. Vuelvo a calzarme la mochilla, que, al vencerme, se me ha venido sobre la cabeza, y me alejo de las jóvenes que se me han acercado, preocupadas; que Dios las bendiga. "¿Está bien?", me preguntan. "Sí, gracias, perdón...", les respondo, confundido. Tengo aún en la cabeza las imágenes de Víctor; en la cara, un leve enrojecimiento; y en la rodilla, un dolor creciente. Pero he sobrevivido a una nueva torpeza.

Estas son dos de las décimas leídas en el acto de inauguración:

Hoy, jueves y lluvia, amando
atrozmente lo que no
tengo, dilapido el yo
que me asfixia y, sin mundo, ando
maquinal y maquinando
espinelas con espinas
que no hieren. Las sentinas
asoman a la cubierta.
Y con esta mano muerta
recojo esperanzas, ruinas.


                         A Claire Forlani 

Tus orejas divergentes
no divergen en finura:
con escueta desmesura,
los cartílagos ingentes
trazan las altas tangentes
de las criaturas aladas.
Si con ellas separadas
eres bella, qué belleza
luciría tu cabeza
si las tuvieras pegadas.

martes, 2 de octubre de 2018

De política (3): desenterrar muertos

Desenterrar muertos es muy desagradable. Así nos lo recuerda el Dr. Viktor Frankenstein, en el El jovencito Frankenstein, cuando está desenterrando, con pico y pala, el cuerpo que le servirá para su experimento, que ha de revolucionar la ciencia: "¡Qué trabajo más desagradable!", le dice a Igor, su fiel y contrahecho ayudante. "No se queje, doctor, podría ser peor", le responde este. "¿Ah, sí? ¿Cómo?", pregunta a su vez el galeno. "Podría llover", contesta Igor. Y en ese momento suena un trueno descomunal. La sonrisa que esta escena me pone inevitablemente en la cara cada vez que veo la película y la he visto muchas veces se me borró cuando hube de desenterrar a mi padre. Su cadáver había pasado 25 años en un nicho del cementerio de Castelldefels, pero con el cuarto de siglo se agotaba el plazo en el que podía ocuparlo. Mi padre era un cadáver de alquiler, y lo iban a desahuciar; y lo hicieron sin más demora. Yo observé la tarea, que llevaron a cabo dos diligentes operarios municipales, y la recuerdo con horror, aunque no lloviese. Toda exhumación remueve no solo huesos, sino también, y principalmente, recuerdos y emociones, casi siempre arraigados en lo más profundo de la conciencia. Hay que tener, pues, mucho cuidado con ellas. Alguna, no obstante, por su significación colectiva, puede tener sentido y hasta ser necesaria. La de Franco, por ejemplo, recientemente acordada por el gobierno socialista, era imprescindible. Los partidos de derechas, el PP, heredero sociológico y, en buena parte, ideológico del franquismo, y Ciudadanos, ejemplo de autoritarismo dorado, por no hablar de los fascistas sin tapujos de VOX, se han opuesto a ella con argumentos tan peregrinos como capciosos. "No es un asunto urgente", han afirmado a coro. Sí lo era: llevaba 43 siendo urgente. Que nadie hubiese tenido el valor de acometerlo hasta 2018 no le restaba perentoriedad. Resultaba apremiante reparar el colosal insulto que representaba para la nación, y para cualquier persona decente, que un dictador sanguinario, responsable de una sublevación militar, una guerra civil y una autocracia de casi 40 sórdidos años, estuviese enterrado con boato en un monumento de Estado, construido con el sudor y las vidas de miles de prisioneros republicanos y disidentes políticos. La decisión de sacar los restos del déspota del Valle de los Caídos y entregárselos a su familia, para que dispongan de ellos como crean conveniente es justa, legítima y necesaria, dignifica la vida política y honra ahora sí a los muertos que Franco causó. Otras que se reclaman quizá no lo sean tanto. Acaba de iniciarse, o está a punto de hacerlo, la enésima busca de los restos de Federico García Lorca, promovida por el infatigable Ian Gibson, que ya lleva unas cuantas en su haber, todas infructuosas, y que ha confesado que dicha busca se ha convertido en una cuestión personal, en un fuego interior suyo, que solo se aplacará cuando los encuentre. Yo confieso, a mi vez, no saber muy bien qué puede aportar ese hallazgo, si es que se produce. Se conoce perfectamente el paraje en el que Lorca fue asesinado: el camino entre Víznar y Alfacar; también quiénes lo asesinaron y quién dio la orden de hacerlo: el general Gonzalo Queipo de Llano (al que, dicho sea de paso, muchas localidades cacereñas tienen, ignominiosamente, calles dedicadas). Un memorial en ese lugar, que dé cuenta de ese hecho infausto y de su significación histórica y literaria, basta para honrar su memoria. Si su cuerpo está ahí, es suficiente. Y si no está ahí, sino en paradero desconocido una de las teorías que mejor explican que no se encuentre su cadáver es que se lo llevase su familia inmediatamente después del fusilamiento; quizá por eso se haya opuesto siempre a que se excave el lugar, resulta asimismo coherente que se recuerde su figura y su muerte cruel en el sitio en el que, sin ninguna duda, le dieron café, con el vomitivo eufemismo cuartelero con el que Queipo de Llano decidió su suerte. Otro caso de reivindicación exhumatoria es el de Antonio Machado, enterrado, como es sabido, en el cementerio del pueblecito francés de Colliure, a donde llegó huyendo de las tropas franquistas desde Barcelona con su anciana madre. Pero no sobrevivió al Miércoles de Ceniza de aquel año terrible de 1939. Y en Colliure descansa desde entonces, en una tumba modesta, a la vera del mar, en la que siempre hay, sin embargo, flores, poemas y cartas. Recurrentemente se alzan voces que reclaman el traslado de sus restos a España. También discrepo: Machado está bien cuidado donde está: con humildad y cariño, como a él le habría gustado. Y que se encuentre en suelo francés forma parte de nuestra historia. De un modo doloroso pero cierto, su tumba también es España. Porque eso hemos sido (y seguimos siendo, me temo, en buena medida): un pueblo cainita, de hermanos implacables; un pueblo que ha asesinado a los mejores de entre los suyos, como a Lorca, o que los ha empujado más allá de sus fronteras, como a Machado y a tantos otros. Allí llegó el poeta, y allí murió, porque sus compatriotas así lo quisieron. Y su esfuerzo por marcharse al exilio, por abandonar un país sumido en la irracionalidad y la sangre, y ejercer con su sacrificio los valores que había predicado en su vida y su literatura la comprensión, la compasión, la justicia, la libertad, también el amor, merece reconocerse en ese destino final suyo, en esa tumba sencilla, en ese pedazo de tierra al otro lado de la frontera. 

Como muestra de mi alegría por el destierro funeral, por fin, de Francisco Franco y como homenaje a todos los enterrados buenos del mundo, reproduzco el poema de Insumisión sobre la visita que mi familia y yo hicimos, hace algunos años, a la tumba de Antonio Machado:

Todos los huesos se pudren igual, pero los que descansan bajo esta lápida empezaron a descomponerse mucho antes de reposar a su sombra: venían deshaciéndose por los caminos —unos caminos que eran sumideros, galerías alanceadas por tinieblas— desde que conocieron un cielo de cal y un patio con limoneros. En cada recodo dejaron una astilla, como un filamento de niebla; en cada talud o barricada u hondura, una pizca de tuétano; en cada cadáver en la cuneta, un jirón de sueño. Pero la oscuridad favorece a los huesos: los acoge en su vientre, como si otra vez fueran a nacer. Las tumbas parecen vientres, cosas preñadas, abultamientos al revés: encarnaduras que nunca concluyen, porque nunca suceden. Los huesos fermentan como algo retirado a un silo no nutricio, como un silencio que permaneciera en la garganta, confinado entre salivas, a la espera de una expectoración luminosa. Me irritan estos exvotos, que emborronan la menesterosa superficie de la piedra: las rosas, corruptibles; las banderas republicanas, que enmarañan de color lo que debería ser luctuosamente blanco; las coronas de flores, bélicas o sindicales. El ayuntamiento ha instalado incluso un buzón junto a la tumba para que la gente envíe mensajes al poeta, como a los Reyes Magos. Todo vincula la sórdida belleza de su muerte, y el inmaculado presente de su descomposición, a las circunstancias de una causa o al deber de la melancolía: a un significado que constriñe su ejemplo y perturba su puro y radical no ser. Pero su nunca es hoy todavía. Un azul sin recovecos, en el que caben la desolación y las gaviotas, se detiene en el sepulcro, como algunas luciérnagas, como las hojas caedizas. Hay una sombra entera, una emulsión de herrumbre y buganvillas, que se derrama en el rectángulo: la realidad que proclama carece de enseñas. Un gris desembarazado aúna el exilio y la quietud. Es la página en blanco de la muerte, donde se consigna la determinación irrazonable de vivir. Perdura el renquear de las ambulancias, el siseo oclusivo del enfisema, la madre que lo ha parido y a la que ha visto morir, entre los miasmas de la locura, la madre muerta. En una fatídica coincidencia, iba ligero de equipaje: lo había perdido en el caos de la huida de Barcelona, entre columnas de refugiados que atestaban las carreteras y ametrallamientos aéreos que no distinguían entre combatientes y civiles; solo conservaba un maletín, con un puñado de tierra española, y papeles arrugados en los bolsillos, que se aferraban a aquellos días azules –a pesar de las salpicaduras de la sangre– y a aquel sol de la infancia. No hay nada que comprender, salvo su muerte abrumadora; no hay nada que corregir, salvo las guirnaldas de las fotografías y los poemas, emocionados pero obtusos: los espantajos de la ideología. Su descanso ha de ser perfecto, sin aplausos, sin arquitectura, como arrojado a una dehesa interminable, a unos campos, lamidos por la reja del amor, cuyo polvo es fértil, junto a los sillares negros del torreón y a las almenas rojizas de la fortaleza, en este otro cementerio donde el mar siempre vuelve a comenzar. Aunque no puedan verse, los huesos brillan debajo. Fuera, bastan las luciérnagas. 

[En otro lugar he escrito: El cementerio de Montparnasse está atiborrado de lápidas; apenas se puede caminar entre tantos muertos. Llueve, y la lluvia embarra los senderos, desorganiza las flores, destiñe el silencio. Buscamos el lugar en el que está enterrado César Vallejo, pero tampoco lo encontramos. Cuando sugiero que abandonemos la búsqueda, me conmueve la insistencia de mis hijos —que nada saben de Vallejo, pero que advierten mi ilusión por dar con su tumba— en no rendirnos todavía. Tras fracasar en la lectura de los mapas que supuestamente indican la ubicación de cada sepulcro, la distingo por fin, gracias a un retrato del poeta depositado a los pies del túmulo. Es un enterramiento sencillo, de losa perlina y nulo ornato, excepto una fugaz inscripción en francés. Les cuento a mis hijos que Vallejo escribió en un poema que moriría en París un jueves de aguacero, y que, en efecto, murió en París con aguacero, aunque no fuese jueves, sino viernes. Junto a su foto de indio hambreado —perdonen la tristeza— y a una cinta verde dejada en homenaje por la embajada del Perú, encuentro un folio doblado con el poema, "Piedra negra sobre una piedra blanca". No es jueves, ni siquiera viernes, pero cae un aguacero respetable y estamos en París. Leo: "Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París —y no me corro—/ talvez un jueves, como es hoy de otoño.// Jueves será, porque hoy, jueves, que proso/ estos versos, los húmeros me he puesto/ a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,/ con todo mi camino, a verme solo.// César Vallejo ha muerto, le pegaban/ todos sin que él les haga nada;/ le daban duro con un palo y duro// también con una soga; son testigos/ los días jueves y los huesos húmeros,/ la soledad, la lluvia, los caminos...". Ángeles, Pablo y Álvaro me miran, apretados bajo el paraguas y velados por el cendal de la lluvia, en silencio, mientras el agua me corre por la cara y se borran las palabras del poema].

sábado, 29 de septiembre de 2018

Libros (viejos)

Hoy ha sido un día enteramente dedicado a los libros. En realidad, todos mis días lo son: no hay jornada que pase en que no los hojee, lea, reseñe, traduzca y hasta escriba. Hoy, sin embargo, mi dedicación ha sido plena: ha consumido casi todas mis horas, casi todos mis esfuerzos y casi todo mi dinero. Por la mañana acudo a una casa particular en cuyo garaje se apila una docena y media de cajas llenas de libros de segunda mano. Supe que se guardaban allí por una suerte de azar y algún atrevimiento por mi parte. En un callejón de Sant Cugat, donde vivo, hay una tienda de chuches. Sí, chuches: gominolas, chicles, palotes, nubes y otras golosinas infantiles. Pero fuera, a la entrada, la tendera tiene también un expositor metálico –de alambre grueso, de esos que giran, aunque este lo hace torpemente, abrumado por el peso– con docenas de libros viejos a precios irrisorios. La venta de productos tan disímiles –pirulís y estudios de filosofía, haribos y tratados científicos, caramelos y poemarios– me recordó a la churrería de Badajoz que también vende libros usados (y que, por si fuera poco, mantiene asimismo un taller de reparación de bicicletas en el piso de arriba; su dueño, Carlos, debe de ser uno de los pacenses más activos y polifacéticos del último siglo). En ella encontré una vez un libro de Alberti autografiado por el gaditano. En la tienda de chuches de Sant Cugat he dado con la edición de José Ángel Valente de la Guía espiritual, de Miguel de Molinos, en Seix Barral, entre otros títulos moderadamente inverosímiles. A fuerza de pasar por el callejón, husmear en las existencias y comprar libros, me atreví a preguntarle a la dueña –una chica joven, rubia, simpática– por el origen de aquel suministro. Me dijo entonces que la familia le había ido regalando libros, que ella también había comprado algunos y que de ese fondo iba sacando ejemplares a la venta. Mi osadía fue aún más allá, y le pregunté si podría ver lo que tuviese en casa. Accedió de inmediato, y hoy visito su garaje. Su marido me hace hueco en el caos que son todos los garajes del mundo y yo me dispongo a abrir las cajas con los libros. La mayoría todavía están cerradas. El ejercicio es doble: físico e intelectual. El primero, por el trabajo con las cajas: levantarlas, llevarlas a la mesa, abrirlas, sacar y volver a poner libros, y devolverlas por fin al suelo. Quien haya hecho alguna vez esta operación, siquiera por una mudanza, sabrá que menear estos paquetes (y no se hagan lecturas sicalípticas de esta expresión, por favor) es uno de los trabajos más duros que existen, equiparable sin duda a cavar zanjas o practicar la halterofilia. El segundo, el intelectual, se resume en un examen rápido de las obras –de su calidad literaria, de su estado de conservación y de la oportunidad de su compra– y una decisión igualmente célere sobre su adquisición o no. El precio no es problema: si compro más de 24 libros, solo pagaré un euro por cada uno. Un porcentaje muy alto de libros tiene que ver con el zen, las ciencias ocultas, las religiones alternativas y el desarrollo personal, toda esa basura paulocoelhiana –salvo el zen, cuando no se utiliza como técnica de autoayuda– que lleva inundando estanterías –y, lo que es peor, mentes– desde hace décadas. Pero, en este barrizal de celulosa, encuentro una primera edición de El mono gramático, de Octavio Paz (que supongo que sus antiguos propietarios comprarían pensando que se trataba de alguna iluminadora filosofía hindú); una primera edición, también, de Poemas de la muerte y de la vida, de Cristina Lacasa, premio de poesía castellana "Ciudad de Barcelona" en 1964, en la que, tras una inenarrable fotografía en blanco y negro de la autora, aparece su dedicatoria "al Iltmo. Sr. D. José María de Porcioles [uno de aquellos catalanes franquistas que, para quien no lo sepa o recuerde, fue alcalde de Barcelona entre 1957 y 1973], como nuevo testimonio de adhesión", fechada el 23 de abril de 1966, Feria del Libro, como la autora se encarga de especificar entre paréntesis; y un extraordinario libro de arte sobre la Casa de la Lonja de Barcelona, La llotja i la reialesa. La mirada reial al món barceloní, casi tan grande como la lonja de la que trata. En estas compras masivas (he acabado llevándome 30 títulos), siempre cometo algún error. Esta vez me he quedado con una edición de la poesía completa del gran Joan Vinyoli que, al llegar a casa, compruebo que ya tenía. Pero no importa: solo me ha costado un euro, y se la regalaré a algún amigo (o, más probablemente, amiga) que sepa apreciarla. Tras descargar el género en casa y darme una ducha rápida –estoy sudado como si hubiera corrido los 10.000 metros, aunque no me he movido de un solo punto: el garaje de la chuchera-librera–, bajo a Barcelona para comer con mi madre y visitar después la recientemente inaugurada Feria del Libro Viejo y de Ocasión, que se celebra desde hace más de medio siglo en el paseo de Gracia entre finales de septiembre y principios de otoño, y a la que, por estar en Mérida, no he podido acudir los dos últimos años. Lo primero que veo al salir del metro y acercarme a los estands es a un lisiado que hace caricaturas con los pies. Empezamos bien, pienso. Siento, en la cercanía de los puestos, la misma comezón que siempre he experimentado al aproximarme a los depósitos de libros usados, la misma excitación por que guarden tesoros escondidos para mí, y que solo yo voy a ser capaz de encontrar. La curiosidad no desaparece, pero sí mengua considerablemente ante el pandemonio y la cutrez de la mayoría de estands. Apenas existe en España el librero anglosajón, pulcro, ordenado, sapiente y, sobre todo, dotado de ese encanto inimitable de los librovejeros británicos, que saben dotar a sus establecimientos de una calidez extraña, con flores, moquetas, cuadros, teteras, sillones y viejecitas encantadoras, por raído que esté todo. Aquí casi todo es mugre y olores desaforados, caras agrias y respuestas destempladas, ceniza y polvo. Me parece advertir que este año hay menos puestos que otros. Aunque muchos libreros repiten: los reconozco; son los habituales, con la tez apergaminada y cerúlea, con el ceño permanentemente fruncido de tanto vigilar que no les roben libros, con el pelo más blanco y los hombros más caídos (como sus libros, más pálidos y más caídos), y alguno con la inevitable punta de caliqueño apestoso en los labios. También repiten muchos títulos, que no encuentran comprador. Y no me extraña, con los precios que tienen. En un puesto localizo un Vía Áurea, de César González-Ruano, que ya he visto otros años. Ahí sigue, con idéntico coste: 200 eurazos (aunque, según cómo, puede considerarse una ganga: en Internet, el único ejemplar a la venta cuesta el doble, 400, más gastos de envío). Lo devuelvo a su estantería como si me hubiese picado un alacrán. En otro hay una primera edición de La realidad y el deseo, la publicada por Cruz y Raya en 1936. Solo vale 1.800 euros (en Internet, 2.250). Me sorprende que esté así, suelto, solo, en la balda de la poesía. Robarlo sería fácil, pienso. Pero desbarato el relámpago de la tentación con un manotazo de conciencia. Las dedicatorias que se encuentran en los libros siguen siendo causa de alegría o pesar, según. En estos casos, recuerdo siempre el inmortal gesto del mexicano Avalle-Arce cuando descubrió, malbaratado, uno de sus libros dedicados a un presunto amigo: lo compró y se lo volvió a enviar con una nueva dedicatoria: "A Fulano, con renovado afecto". Compro un ejemplar de Los vientos, del granadino Rafael Guillén, un excelente poeta, y también una excelente persona, al que profeso admiración. Está dedicado, en 1971, "muy cordialmente", a un tal José García López. Tengo luego en la mano otro poemario, de una poeta en castellano muy conocida de Barcelona, con una untuosa dedicatoria (en catalán) a Joan Guitart, cuyo cargo especifica minuciosamente: consejero de Cultura de la Generalitat de Cataluña. Los tiempos cambian, pero no las costumbres: Cristina Lacasa le tiraba de la levita al todopoderoso Porcioles y la escritora de hoy enjabonaba al no menos influyente, en su tiempo, Guitart. Yo encuentro, ¡ay!, un ejemplar de La luz oída dedicado, en 1996, a "María Rosa, lectora y sensible". Pues ni una cosa ni otra, en realidad: el libro sigue intonso y no parece muy sensible quien lo da a la venta sin molestarse siquiera en recortar las palabras del poeta. No recuerdo, de entrada, quién era esta María Rosa; tras mucho pensar, creo acordarme de que se trataba de una compañera de trabajo que había sido novia de un poeta amigo mío. Pero no estoy seguro, ni me importa, a decir verdad. Dudo si comprarlo. No podré imitar a Avalle-Arce, porque no sé, ni he sabido nunca, las señas de la interfecta. Lo dejo, pues, refugiándome, como tantas otras veces, en la filosofía estoica: como una muestra más de la irrelevancia de los afanes y esperanzas humanos. Todas las ferias de libros viejos son eso: un gigantesco baño de realidad, un inacabable ejercicio de resignación: los libros que hemos escrito con la mayor ilusión, esperando que se convirtieran en hitos de la literatura, en demostraciones de la grandeza de nuestro espíritu, se transforman en esto: papel amarillento, dedicatorias huérfanas, olvido. La paseata concluye con otro polo empapado de sudor, los pies doloridos y un botín magro: seis libros. Pero es que resulta difícil gastarse 20 euros en uno cuando por la mañana te has gastado 30 euros en 30. En la plaza Cataluña, que tengo que cruzar para coger los ferrocarriles y volver a casa, hay un festival de música hispanoamericana (que seguramente los organizadores han llamado "latinoamericana", como si en los países de Sudamérica se hablara latín): en una carpa, brincan cuatro jóvenes vestidos de lentejuelas, y, en otra, un señor y una señora, ataviados de riguroso blanco, evolucionan al son de los atabales y algo parecido a las maracas. Vacío la vejiga, a punto de reventar, en los lavabos del café Zúrich, que está atestado de turistas, como siempre, pero que, alabado sea el Hacedor, sigue permitiendo el libre uso de los aseos, en el sótano. La plaza hipóstila del metro está tapizada de los bolsos falsos del top manta de los africanos barceloneses. La mochila me pesa, aunque solo llevo seis libros y el periódico de hoy. Estoy agotado.

sábado, 22 de septiembre de 2018

De política (2): el pavoroso regreso de Aznar

Aznar ha vuelto. Volvió a las Cortes, a prestar declaración en la comisión parlamentaria que investiga la corrupción del Partido Popular, y la televisión y luego la prensa– recogieron ampliamente su intervención. Aznar tiene una virtud: despierta lo peor que hay en mí. Es una virtud: la eficacia con la que activa esa reacción, al margen del contenido de esta, es digna del mejor ingeniero electrónico, del más fino astrofísico de la NASA, del mago más abracadabrante. Veo a Aznar su frente despejada, su rostro rubicundo, su pelo marmóreo, su sonrisa de Landrú, su no bigote y me posee el horror: el estómago se me revuelve; se me eriza el vello; y, con el impacto emocional que me produce su contemplación, sería incapaz de atender el menor deber amatorio, aunque, por intercesión del cielo, hubiera de practicarlo con Mónica Bellucci. (Algo parecido me pasaba con Jesús Gil y Gil, pero a ese Dios ya lo tiene en su gloria; y con José Mourinho, que ahora ya solo desquicia a los ingleses). Peores aún que las consecuencias físicas son las, digamos, consecuencias intelectuales, que se adentran ipso facto en el ámbito de lo criminal: a mí que, como Woody Allen, en una guerra solo serviría de prisionero me entran ganas de coger una escopeta recortada y liarme a tiros, primero con el televisor en el que Aznar desgrana, en esos momentos, su visión de España y sus opiniones de estadista, y luego con el universo mundo, capaz de haber alumbrado a un individuo semejante. Por fortuna, no lo hago: no tengo recortada; aunque la tuviera, mi mujer no me dejaría destrozar un televisor que nos costó carísimo; y, en cualquier caso, la posibilidad de compartir trullo con Bárcenas, Zaplana, Rato, Matas y otros hijos de Aznar constituye una perspectiva mucho más insoportable que la de sobrevivir a los informativos sobre la deposición del héroe de las Azores, del promotor de la Ley del Suelo el origen de la burbuja inmobiliaria que ha agravado, hasta extremos demoníacos, la crisis económica en España y del padrino de la caterva más corrupta de la historia reciente de España, como lo llamaron, esta vez con acierto, tanto Gabriel Rufián como Pablo Iglesias en la comisión de investigación. La virtud que he mencionado de Aznar es única: con nadie más me sucede, aunque algunos Rafael Hernando, Juan Carlos Girauta apunten maneras para sumarse al club. A Rajoy, por ejemplo, no he sido capaz de odiarlo. Por más que discrepase de sus ideas y de sus políticas, siempre me pareció un conservador tradicional, galdosiano, con algo de humor y no malintencionado, un burguesón de provincias que se creía hasta cierto punto, no vayamos a exagerar lo que decía: España, otra vez España, el crecimiento económico, la estabilidad y la moderación, y todo lo demás. Con el cuajo que lo caracteriza, inmune a la evidencia de una sentencia de casi 1.500 páginas que así lo acredita y de varios altos cargos del partido que han reconocido haber recibido sobres con dinero negro, Aznar negó que el PP tuviera una caja B. Y, de nuevo impasible y cejijunto el ademán, llamó a Iglesias "peligro para la democracia y el orden constitucional", o algo así, usando esas solemnes expresiones de tufo jurídico que tanto le gustan y que le debe de parecer que agradan el discurso, que lo hacen digno de un prócer como él. Así calificó al líder de Podemos, él, que llevó a España a una guerra en la que murieron españoles algunos e iraquíes muchos–; que sentó las bases, con una política económica ultraliberal de baja estofa, valga la redundancia, para que la crisis económica se cebara y devastase nuestro país; y que propició, ayudado por la prensa afín, la teoría conspiranoica de que el atentado del 11-M no fue obra del yidahismo, excitado por la participación de España en el conflicto de Oriente Medio, sino de la antiespañola ETA. En realidad, Aznar el inigualable Ánsar, como lo llamó otro político egregio, George W. Bush, cuando departían en mexicano, y con los pies embutidos en botas de piel de cocodrilo encima de la mesa de su rancho tejano, sobre las inminentes medidas de política internacional que iban a adoptar, para sosiego del mundo no me exaspera por su gestión, pese a ser rigurosamente abominable, sino por su actitud: pétreo, sin asomo de incertidumbre, fiado a verdades inconmensurables, a espantos que su exigüidad mental, siempre necesitada de magnificación, ha vuelto deseables. Ah, Aznar, cuánto lo había echado de menos. Estaba en mis pesadillas, pero lo añoraba en la realidad. Celebro que su reaparición me haya devuelto no su peor imagen que esa es espeluznante siempre, sino la mía. Es bueno saber que uno alberga los peores sentimientos, que uno podría convertirse fácilmente en asesino, que las sombras, ahí dentro, contigo, también pueden devorarte. En el camino del autoconocimiento, la certeza del mal que somos constituye una realidad iluminadora. En homenaje a Aznar, que me ha permitido abismarme de nuevo en ese espacio oscuro pero esencial del yo, transcribo el poema que le dediqué en Insumisión, el poemario publicado en 2013:

Veo a Aznar y su bigote ausente, su bigote terrible, su bigote abrumador que ha dejado al país sumido en la consternación del no bigote. Aznar tiene bigote como otros tienen silicosis o aerofagia, pero no lo tiene en la cara, como se cree comúnmente, sino en el cerebro. El bigote se le electriza cuando no piensa. Se retuerce entonces como una lombriz, invade con espasmos anélidos los recintos vacíos de su no pensar. El bigote de Aznar, gallardo gallardete flameante, insta a la preservación de los valores que constituyen nuestra identidad; cosquillea a la catástrofe, que se remueve en su madriguera incivil; titila como un farolillo chino en un cementerio abarrotado de muertos. Aznar combate la insignificancia con la prosopopeya de un subteniente de alabarderos. Y así como el topo crece entre detritos subterráneos, y su ceguera, alimentada por la oscuridad, se engolosina con la oscuridad, él se multiplica por efecto de nuestra insignificancia, de nuestra resistencia a admitir que somos insignificantes, y de nuestra consiguiente necesidad de encumbrar a quienes se enorgullezcan de su pequeñez y la hagan pública y estridente como una starlette de vodevil. Aznar es inspector de Hacienda e inspector de alcantarillas. El humor de Aznar es templario y gualdirrojo. Gaddafi, siseando como un crótalo, le regaló un alazán cuando aún humeaban los doscientos setenta cadáveres mutilados de Lockerbie, y cuando volvía a humear también el petróleo libio por los oleoductos del Mediterráneo. El bigote de Aznar se emparejaba con el bigote de Gaddafi, y ambos bigotes meneaban el vientre sin velos, abrazados a la causa del terror [el humor del multimillonario morador de jaimas, asesino dilecto de su pueblo, promotor y devorador de mierda, era verde, como su bandera], avezados al estruendo, a la carcajada mesozoica, entre jaeces y reflejos de ebonita. Aznar fue el primer mandatario occidental en visitar al gran masturbador tras la condonación de sus deudas de muerte —propias y ajenas— por la organización de nulidades unidas. Luego, con la prestancia de un monosabio, se perdió por las sendas de la historia, agitando el bastón de caña y caminando con pies estrábicos. Pero Aznar se aferra con ahínco a sus ideas ausentes: se apezuña en ellas para desafiar el embate de las presentes. Sutil como un ñu, enarca entonces la glotis, aguza el remoquete y expele la fruslería colmilluda, asentada en principios civilizatorios que merecen de todo español bien nacido el calificativo de inmarcesibles. Aznar mira a la cámara con su entrecejo de hombre empachado de certidumbres, lustrado por el betún de su ovacionada insignificancia, y afirma que existen, que sí, que hay, que créanme, que les doy mi palabra, que es necesario actuar, con el sacrificio de nuestras vidas, si fuere preciso [es decir, de las vidas de nuestros soldados], de conformidad con ese haber indiscutible, infinitamente inobjetable, como indiscutible e inobjetable es el monasterio de El Escorial o el quehacer de la Obra, porque los ciudadanos han de saber que el destino en lo universal de la democracia vallisoletana consiste en exportarla, con la firmeza que requiera el caso, y sin condescender a la menudencia del parecer común, a las mezquitas bagdadíes y los suburbios de Kabul, ondeando la bandera vencedora en Perejil, y sus regüeldos gualdos, y el pendón de Nuestra Señora de San Lorenzo, con todo el viento de la historia atlántica soplando a nuestro favor, y la zarpa del monarca transoceánico en mi lomo de la dehesa.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Stultorum infinitus est numerus

No soy partidario de ocupar las entradas de este blog con textos de otros. Me parece una forma de eludir la responsabilidad creadora y la obligación de pensar. Pero esta vez voy a hacer una excepción, porque se ha dado la casualidad de que coincidieran en el tiempo dos textos espléndidos, que se muestran íntimamente relacionados, que abundan en ideas expuestas en varios posts de estas corónicas, y que suscribo por entero. Además, uno ha sido escrito por un gran amigo. Es un placer, pues, hacer público el elogio. 

El primero es una carta al director (yo aún leo las cartas al director de los periódicos; más aún, yo aún leo los periódicos) firmada por Sebastián Fernández Izquierdo, a quien no tengo el gusto de conocer, de Petrer (Alicante), y publicada en El País el miércoles, 12 de septiembre de 2018. Dice así:

No hay ninguna prueba de que el hombre llegara a la Luna. La medicina oficial es una patraña; lo que realmente funciona es la medicina natural y la homeopatía. Aprende inglés mientras duermes. Las vacunas son perjudiciales e interfieren con las defensas naturales; son un invento diabólico de las empresas farmacéuticas para enriquecerse. Tengo algo que hará que te crezca el pelo y el pene. El veneno de abeja cura la esclerosis múltiple. Los extraterrestres viven entre nosotros. Si quieres que siga contándote verdades como estas y destapando conspiraciones, suscríbete a mi canal, haz clic en “me gusta” y hazte seguidor mío. Y ahora envía esto a diez de tus contactos si no quieres que te ocurra una desgracia. Un pequeño esfuerzo más para conseguir el objetivo: que el número de idiotas en la Tierra se cuente por miles de millones.

El acierto de la misiva es total. Precisamente por eso, porque da plenamente en el blanco, a uno le vienen ganas de prolongar la lista: Walt Disney está congelado y revivirá en el futuro, cuando la ciencia sea capaz de regenerar los tejidos muertos. Elvis Presley y Michael Jackson no han muerto, sino que viven en una isla del Pacífico (o del Atlántico, no estoy seguro). A John F. Kennedy lo mató la CIA. Los atentados del 11-S fueron también obra de la CIA (en colaboración con George Bush Jr. y las industrias petrolífera y armamentística americanas). Los del 11-M, de la ETA. Hay una conspiración judía para dominar el mundo. Los aviones dejan estelas químicas con el propósito de dañar a la población. El calentamiento global no existe. Y, entre muchas otras posibles, una excepcional, que está conociendo un gran auge entre los imbéciles, y de la que trata esta entrada, titulada "Planos", del blog Las diosas y las nubes, del helenista, poeta, traductor, tipógrafo y buen amigo Juan Manuel Macías, colgada el 11 de septiembre de 2018:

Con dos decenios ya casi cumplidos del siglo XXI, aún hay gente que sostiene que la Tierra es plana. Y no, no están en ninguna tribu perdida del Amazonas, sino en este llamado primer mundo, civilización de los aifons y demás regalos de los dioses. Incluso hay grupos organizados en las redes sociales, donde, por otra parte, toda gilipollez es alada. La ignorancia de nuestros antepasados, al menos, tenía un punto de legítima. Pero estos jóvenes (o no tan jóvenes) burgueses de ahora, que han crecido saturados y hastiados de información, parecen abrazar cualquier superchería como una novedad excéntrica, un esnobismo más. Nuestros lejanos ancestros creían en un mundo plano, pero al menos poblaban las tierras más extremas e incógnitas de dragones y demás portentos. Los entusiastas medio crédulos de hogaño se contentan con levantar toda una trama conspiratoria, y afirman que la comunidad científica, los gobiernos y la NASA ocultan a las masas la terrible verdad de la planicie terrestre. A saber con qué fin, como no sea el de fortalecer el poderoso lobby de los fabricantes de globos terráqueos. El profético Wells no se equivocaba con su Máquina del tiempo: está abonado el terreno para los Eloi. Mientras, los Morlock trabajan sin descanso en el subsuelo, fabricando aifons y demás regalos.

Son, me parece, dos textos emparentados, inteligentes y modélicos. Me habría gustado escribirlos a mí. Por eso los cuelgo hoy aquí. Por eso y porque todo esfuerzo es poco para combatir la estupidez, tan consustancial al género humano, pero, al mismo tiempo, tan trumpiana, tan de moda en nuestro mundo.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Los dadaístas rusos

Visito hoy, con mi buena amiga Teresa Morcillo, la exposición Dadá ruso 1914-1924 en el museo Reina Sofía de Madrid. Nos interesa el arte, desde luego, pero también el aire, el aire acondicionado: es fundamental escapar del calor fundepiedras de hoy, y los museos, bien refrigerados, son el lugar ideal para hacerlo. Antes de entrar, cuando el sol todavía no ahoga, nos tomamos un relaxing café con leche (claro, estamos en Madrid) en una de las terrazas circundantes. Mientras lo hacemos, se nos acerca una joven con un puñado de ejemplares de un librito en los brazos. "Lo he escrito yo", nos informa, con ese brillo sin igual del primer libro en los ojos. Le pido uno y lo hojeo. Contiene poemas breves y microrrelatos, escritos, obviamente, por una autora digital. Y, como casi todo lo escrito por un autor digital, son malos, muy malos, malísimos. No obstante, le compro uno. El precio, once euros, casi me disuade, pero se impone el deseo de ayudar a quien comparte el amor por el lenguaje y la literatura y ha decidido ser escritora: no defraudaré la ilusión con que lo ha compuesto y ahora nos los ofrece. Solo confío en que lea más (y que lo que lea no sea solo de otros autores digitales), corrija más y escriba mejor. Cumplido el deber de auxiliar a los jóvenes (y a los editores de poesía), entramos en la exposición. Dadá ruso es una muestra exhaustiva del arte de vanguardia en Rusia y de sus relaciones con los ismos europeos, aunque se concentra en la década –la que se inicia con el estallido de la Primera Guerra Mundial y acaba con la muerte de Lenin– en que el dadaísmo alcanza su apogeo. Dadá (que, pese a su ideario jocosamente destructor, y aunque su nombre no signifique nada, según su creador, Tristan Tzara, cobra en ruso un sentido afirmativo: dada quiere decir "sí-sí") promovió la fusión de las artes y los medios de comunicación –la poesía, la pintura, la fotografía, el teatro, el cine, la prensa–, y eso se advierte desde la primera sala a la que nos asomamos, donde se proyecta la película El rayo de la muerte, de Lev Kuleshov, rodada en 1925: en ese momento se ve a una mujer, extraordinariamente parecida a Maribel Verdú, secándose el pelo con dos secadores. No sabemos muy bien cómo se integra este hecho en la lucha antifascista que documenta el film, pero de algún modo debe de hacerlo. No obstante, como el largometraje es, en efecto, largo –de 125 minutos–, preferimos no averiguarlo y seguir adelante. Leo con placer, poco después, una frase de Vladímir Tatlin, a quien no sé si le gustaría mucho verse hoy aquí: promovió la muerte del arte de museo (y también un monstruoso edificio, el Monumento a la Tercera Internacional, ejemplo del antiarte, que por fortuna no llegó a construirse: salía demasiado caro). Pero con esa frase salva su iconoclasia. Dice Tatlin: "Nada de Arte... A la mierda el Arte". Inconformista sí era, como Dios mandaba. Igual que los nadistas (no nudistas), cuyo arte insistía en la destrucción del arte: "Si alguien afirma con delicadeza: 'El arte está por encima de la vida, el arte nos enseña...', le atizamos con un palo en la cabeza". Maiakovski aparece a continuación, pero no como poeta, sino como diseñador y autor teatral: suyos son los dibujos –satíricos, coloristas– de la escenografía y el vestuario de Misterio bufo. Siete pares de puros, la obra que escribió en 1919 para conmemorar el primer aniversario del triunfo de la Revolución de Octubre. Pero su obra poética no tarda en verse: en una vitrina –a la que me asomo con ansia fetichista– hay un ejemplar de 150.000.000, publicado en Praga en 1925, su mayor creación y una de las mayores, también, de la literatura épica contemporánea, que ha prolongado, setenta años después, un poeta español, Enrique Falcón, con otro libro titánico, La marcha de 150.000.000. Víktor Shklovski, panfletista y teórico del formalismo ruso, aporta un poema en el que se lee: "Insistimos: No convirtáis a Lenin en un cliché...". La historia, por desgracia, no le ha hecho caso. Ilia Zdanevich, franco-georgiano, nos ilumina con un volante indecente, de 1917, titulado "¡No puedes sostener una teta y un coño con la misma mano!". Cuánta razón tenía. Y también en este otro, del mismo año: "La felicidad no es una polla: no se puede agarrar con las manos". El absurdo atraviesa la exposición de principio a fin, porque el absurdo de las vanguardias revela el absurdo de las convenciones y la arbitrariedad de las formas. El Lisitsky, uno de los artistas más influyentes de la Rusia revolucionaria, escribió esto en 1925: "Estoy trabajando en un autorretrato fotográfico. Una pieza totalmente absurda, si todo marcha según lo planeado", algo que recuerda, aunque en sentido inverso, al no menos absurdo dictum de Groucho Marx según el cual nunca pertenecería a un club que lo aceptara como miembro. Más dadaístas rusos abundan en la crítica –y la autocrítica– desde otros ángulos: Iván Puni escribe en 1925: "En general, el arte ruso se dedica permanentemente a cortar el nudo gordiano. No sabemos cómo atarlo". Y no falta, desde luego, el célebre axioma de André Breton que parece la clave de bóveda del edificio universal de la vanguardia, o, como la llamaba Octavio Paz, de la tradición de la ruptura: "La belleza será convulsiva o no será" (y que habremos de abstenernos de manipular como se hiciera con la máxima del obispo Torras i Bages esculpida en la fachada de la abadía de Montserrat, "Cataluña será cristiana o no será". Alguien muy listo –porque para ser listo a menudo basta con ser sencillo– desautorizó al prelado y a su tremebunda sentencia con un insignificante pronombre: "Cataluña será cristiana o no lo será"). Entre los pintores expuestos en Dadá ruso, disfrutamos de piezas de Kamenski, Malevich, Schwitters, Grosz, Rozánova (de esta, cuadros que son hipnóticas [des]composiciones geométricas de puntos, líneas y figuras que integran la tipografía y el color), Klutsis y Delaunay, que aporta el celebre Retrato de Tristan Tzara, de 1923, en el que el rumano que parecía querer destruirlo todo, o burlarse de todo, aparece con gafas, bufanda y una raya perfecta en el pelo engominado. Abundan los collages con recortes de prensa, que en aquellos años de escasa difusión audiovisual era fundamental para la configuración de la opinión pública y la agitación de masas. No obstante, Dadá ruso subraya la creciente pujanza del cine como medio de comunicación y forma artística. Además de El rayo de la muerte, se exhibe El diario de Glúmov, rodada en 1923, la primera película de Serguéi Eisenstein, que dos años después entregaría la capital El acorazado Potemkin, y un corto estupendo, que yo no habría asociado nunca a la vanguardia rusa, pero que los inteligentes comisarios de Dadá ruso me han hecho descubrir vinculado a sus propuestas deletéreas y lúcidamente descabelladas: Adiós a las armas, de Charles Chaplin, de 1918, en la que Charlot da pataletas y desfila como si llevara al hombro un jamón serrano, y que aquí cierra la muestra. Fuera, las piedras ya se están fundiendo No vemos a la joven escritora a la que le he comprado un libro. A ver si encontramos refugio en otro museo.

domingo, 2 de septiembre de 2018

De política (1): estrechando lazos

Cataluña está empapelada de lazos amarillos, sobre todo la Cataluña profunda, que es, como la España profunda, agropecuaria y cerril; Barcelona y su área metropolitana, bastante menos. Hay que aplaudir a quien ideó el símbolo, aunque el amarillo sea el color de la mala suerte en el teatro y los faranduleros lo rehúyan con ahínco (y la política no deja de ser una farsa en el gran teatro del mundo): el lazo glauco ha prendido entre quienes comparten las ideas que se ha decidido que representase, y también entre quienes comparten las ideas contrarias. Entre ambos –igual que a ambos hay que atribuir la responsabilidad del pandemonio nacionalista que nos asfixia– lo han convertido en el centro del debate, en el protagonista de la farsa. Hay que felicitar asimismo a los fabricantes de lazos amarillos: están haciendo el agosto. Hoy, se pone uno a recortar tiras de ese color, de plástico, de tela o de papel, y se hace de oro. Es una buena idea para los autónomos, ahora que se habla tanto de ellos. En realidad, es todo una estupidez: colgar lazos, retirar lazos, debatir ad nauseam sobre el colgar o el retirar lazos, organizar brigadas de limpieza para quitarlos y comités vecinales para volverlos a poner, presentar denuncias contra unos y otros, y hasta pegarse por ellos. Pero también es una manifestación de la libertad de expresión (pegarse no, desde luego), que tanto, ay, nos ha costado conseguir: unos colgando lazos amarillos, banderas esteladas y carteles que reclaman la liberación de los presos políticos, y otros colgando carteles naranjas o con gaviotas azules, banderas españolas y difundiendo en múltiples medios que no hay presos políticos, sino políticos presos. A mí los lazos amarillos me incomodan, sobre todo cuando los veo en las solapas de funcionarios de las administraciones públicas de Cataluña y representantes institucionales. Los funcionarios públicos y los gestores que nos gobiernan (porque eso son los políticos a los que elegimos: gestores; no hay que olvidarlo) se deben a todos los ciudadanos, y que luzcan ese símbolo, u otros de carácter igualmente partidista, expulsa de su espacio, de su representatividad, de su labor, a más de la mitad de la población a la que deberían servir. Pero también me incomodan las manifestaciones del nacionalismo español, que nunca son tan ruidosas (menos cuando participa Marta Sánchez), porque no lo necesita –la institucionalización, con todo el peso de la soberanía, es decir, del Derecho y por lo tanto de la fuerza, hace innecesarias sus expresiones más banales–, pero que resultan, por su fuerza, precisamente, tan o más dañinas que las de sus antagonistas. Toda la construcción jurídica con la que los unos (o hunos, como diría Unamuno) pretenden erradicar al contrario y toda la destrucción jurídica con la que los otros quieren dejar al oponente en la estacada, no son sino estructuras artificiales con las que se sustancian –y disimulan– sentimientos nacionales –es decir, de pertenencia a una comunidad, de identificación con un grupo– encontrados. Con esa base, el lenguaje se hincha y se vuelve un arma de combate –unos y otros se tildan de "fascistas" con una frivolidad que abochorna a quieres han sufrido el fascismo verdadero; cualquier manifestación del rival es una expresión "de odio"; el independentismo es "golpista"; España es "franquista"– y también los comportamientos, que han llegado ya, hace poco, a la agresión física. Curiosamente, los que pegaron, militantes o simpatizantes de Ciudadanos, son los mismos que califican a los independentistas de violentos. Un pobre cámara de Telemadrid –uno de los suyos, además–, que no cayó en la cuenta de que llevar una prenda amarilla, por pequeña que fuese, en aquellas circunstancias tenía más peligro que una piraña en un bidé, fue aporreado por varios defensores de la unidad de la patria que se habían reunido en el parque de la Ciudadela para protestar pacíficamente por los atropellos de los indepes. Rivera y Arrimadas, esos Bonnie and Clyde de la nueva política española, se apresuraron a manifestar que los agresores habían sido radicales infiltrados en su manifestación. Si bien esta explicación no es nada original –es la que han dado todos los líderes del mundo cuando algunos de sus cachorros han hecho que se le viera el plumero a su partido o movimiento-, Rivera y Arrimadas –que quizá sean, corrijo, los Pompoff y Thedy de la política patria, con permiso del polimasterizado Pablo Casado y su fiel escudero, el inefable Teodoro García Egea– sí han sido innovadores con el concepto de "la neutralidad de los espacios públicos". Con él, formulado con ese aire técnico-jurídico que viste mucho y da respetabilidad, pretenden que sea imposible –más aún: ilegal– que la gente exprese en la calle lo que quiera. ¿Neutralidad del espacio público? Lo que ha de ser neutral son las instituciones (por eso no debería permitirse que los funcionarios o gobernantes, en el ejercicio de sus cargos, lucieran símbolos sectarios), pero la calle ni puede ni debe serlo. La calle es, y ha de seguir siendo, lo que siempre ha sido, al menos en los países democráticos: el lugar sin peajes al que todos accedemos en igualdad de condiciones para defender, siempre que sea pacíficamente, lo que creamos justo defender: la mejora de unas condiciones laborales en una huelga; la conveniencia de votar a uno u otro partido político en unas elecciones; la alegría por una victoria deportiva o por que se celebre el Día de la Hispanidad o el de las Fuerzas Armadas; la solidaridad con los inmigrantes que mueren camino de Europa o a los que Europa desahucia en una manifestación; la devoción por una imagen o una festividad religiosas (aunque estas a mí me resulten especialmente difíciles de tragar); o la oposición a una política, unos políticos o un Estado, entre una infinidad de cosas más. En ese espacio cabe todo; y está bien que sea así: todo ha de caber, sobre todo aquello que nos disgusta, y hasta nos repugna. Ciudadanos lo ha llenado, a lo largo de estos años infaustos, de octavillas, pasquines, reuniones de ciudadanos rojigualdos, armados de banderas rojigualdas, que gritaban su amor a la patria, y hasta fotos de su líder desnudo. Todo eso me repele, pero no puedo –ni quiero– oponerme a que lo haga. Y para justificarlo recurro a eso tan repetido, pero tan poco practicado, que enunció Helvecio: no estoy de acuerdo con lo que dicen (o con que cuelguen lazos amarillos en la calle), pero defenderé con la vida (bueno, con la vida quizá no, pero lo defenderé mucho) su derecho a decirlo (y a colgarlos). Con la majadería de la neutralidad de los espacios públicos solo se demuestra, una vez más, la voluntad de los nacionalistas de afirmar, frente a los otros nacionalismos que les discuten el territorio y la hegemonía, su sentimiento primitivo, su condición tribal, su aquí estamos nosotros y esto es nuestro.