lunes, 14 de septiembre de 2020

Vacaciones en España (4): El Guggenheim

Visité el Guggenheim hace muchos años, poco después de su inauguración. Recordaba Bilbao como una ciudad sombría, pegada aún a su pasado industrial, que la ceñía como una piel lúgubre. La impresión que me causó entonces el edificio construido por Frank Gehry fue abrumadora, como creo que les sucede a casi todos. Además, el Guggenheim marcaba un hito en la transformación de la ciudad: la ría junto a la que se alzaba, ya no era un curso envenenado y espantoso, después de haber fungido, durante siglos, de albañal de la industria siderúrgica y minera vizcaína, sino otro que empezaba a revivir, y que hasta apuntaba insólitas transparencias, y la ciudad toda parecía impregnada de una luz nueva, de una pujanza aérea y verde. Vuelvo hoy al museo de la mano de Miren Agur Meabe, mi gran amiga desde que nos conociéramos en una lectura de poesía en Leópolis, una decadente ciudad de Ucrania. Para entrar, nos toman la temperatura, pero no lo hace el segurata que controla el acceso, sino una máquina con cámara térmica. Lo entiendo: la sofisticación de los mecanismos de seguridad ha de estar a la altura de la de los fondos expuestos (y del edificio donde se exponen). La cámara dice que estoy a 35,7º y que Miren tampoco está febril. Entramos, pues, tranquilizados, para recorrer, en la planta baja, la extraordinaria instalación "La materia del tiempo", de Richard Serra, un conjunto de siete enormes esculturas realizadas en acero patinable (lo que no significa que pueda uno patinar por ellas, sino que el material desarrolla una pátina de óxido que lo cubre de unas aguas particulares). Atravesamos las sinuosas superficies como si el tiempo se hubiera materializado a nuestro alrededor. Todo es igual y distinto a la vez. Ninguna pieza coincide con otra: no hay repetición, pero sí continuidad; la obra es una, pero está rota, cambia, fluye. Como el tiempo. A Miren le fascinan esas aguas con que la exposición a la intemperie recubre el cuerpo del acero: una sucesión de curvas sutiles, cobrizas, a veces plateadas, que recuerdan al ágata y al ópalo. Mientras deambulamos por entre los altísimos paneles, otro visitante busca el eco: lanza un grito, y una leve reverberación revela la constreñida grandeza del conjunto. El primer piso ofrece la exposición "En la vida real" del danés-islandés Olafur Eliasson, que resulta asimismo fascinante, aunque algunas piezas produzcan algún desconcierto: Proyección de ventana, por ejemplo, consiste en la proyección de una ventana. En Tu incierta sombra, en cambio, las imágenes somos nosotros, descompuestos en colores y proyectados en una pared. Ante la "Máquina para crear olas" me quedo casi hipnotizado: en cuatro canales de plástico en el suelo, que contienen un agua amarilla, un dispositivo genera una olita que los recorre de principio a fin. La obra resulta tan sencilla como estupefaciente. Como Eliasson gusta de que el observador participe en lo observado, ha dispuesto algunas piezas de modo que se puedan tocar o pisar. Así sucede en Tu ventana planetaria, uno de cuyos elementos es un tubo multiespecular que el público atraviesa y que descompone su imagen en mil reproducciones. Al subir por una escalerilla, aturdido por el innumerable poliedro de Eduardos que me rodea de repente, trastabillo y casi me caigo contra la pared de la instalación. En el instante del desequilibrio, me imagino impactando contra la obra de Eliasson y haciendo que sus docenas de facetas se conviertan en cientos de añicos. Eso sí que sería, pienso, participar en lo observado: participar hasta transformarlo en algo completamente distinto, pero, a la vez, más certero en su ser, más coherente con su propósito y más abrumador en su resultado. Por suerte, recupero la verticalidad y evito convertirme en artista espontáneo, destructor de obras de arte y titular de periódico. Vivimos algún peligro también en Tu atlas atmosférico de color, una pieza de 2009, que se encuentra en una habitación cerrada y llena de gas, que confundo, al entrar, con una sauna. Es un gas inocuo, claro, pero pica en la garganta. Subdividido en colores, ocupa todo el espacio, y paseamos un rato, entre carraspeos, advirtiendo la sombra de otras parejas que deambulan como nosotros. En realidad, apenas se ve nada, salvo unas flechas muy gordas dispuestas en las paredes que delimitan la instalación y que nos dirigen a la salida, señalizada también con unas luces azules. Si no hubiese estas indicaciones, es probable que no la encontráramos nunca y que siguiéramos dando vueltas, entre la niebla polícroma, hasta que nos encontraran, muertos, en el suelo, como los cadáveres de unos exploradores polares o de unos espeleólogos con poco sentido de la orientación. La instalación Islandia, en cambio, es desahogada y respirable. Un ventilador cuelga de un gancho del techo, muy arriba, e, impulsado por el propio rotar de sus palas, gira, en círculos o elipses muy amplios, en el centro de la habitación. Me recuerda al botafumeiro de la catedral de Santiago que sahúma de incienso a los feligreses. En una pared, una sucesión de fotografías demuestra cuánto han retrocedido los glaciares en Islandia por el calentamiento global, ese que, para algunos cretinos, no existe. Para ver otra de las instalaciones estrellas de Eliasson, Fuente Big Bang, hay que guardar cola, pero solo hasta cierto punto. Es decir, si la cola supera un determinado límite en el pasillo, ya no puede uno sumarse a ella y ha de seguir caminando hasta que presente un hueco que pueda ocupar. Cuando llegamos, la cola alcanza el límite y la segurata que la controla nos dice aquello, tan clásico, con que han urgido a los ciudadanos todas las policías del mundo: "Circulen, circulen". Al cabo de poco, no obstante, podemos sumarnos a los que esperan y ver la obra, aunque no más de cuarenta y cinco segundos, como nos alecciona la azafata de la entrada. Aquí todo está pautado, medido, cronometrado. Aunque quizá en este caso sea por motivos de salud: ver cómo el agua que lanza una fuente se ilumina eléctricamente cada pocos segundos, en una sala a oscuras, dibujando formas fantásticas e incontrolables ramificaciones, podría provocar un ataque a los epilépticos y un infarto a los delicados de corazón. Frente a la violencia visual de Fuente Big Bang, la última instalación que vemos de Olafur Eliasson nos cura con su sosiego, o más bien con su vaciedad: noventa fluorescentes amarillos, colgados en el techo, iluminan una sala vacía, de paredes blancas, que nos envuelve como un vientre acariciador. En el tercer piso, se expone la obra de la brasileña Lygia Clark. Aunque no carece de interés, tras haber visto a Serra y a Eliasson en las plantas inferiores, tanto a Miren como a mí su pintura nos parece poca cosa. Además, su geometrismo un tanto naíf -mondrianesco, ma non trompo- apenas nos habla: no emociona. Mucho más nos interesan algunas piezas de la colección permanente del museo, que se exponen en este mismo piso: los gigantescos cuadros, plagados de paisajes quebrantados y cuerpos yacentes, del alemán Anselm Kiefer, las series explosivo-florales del norteamericano Cy Twombly y las ciento cincuenta Marilynes multicolores del también estadounidense, y mito de la modernidad, Andy Warhol. Al salir del Guggenheim, Miren y yo paseamos por la ría. Llegamos hasta una enorme grúa roja que se ha conservado en recuerdo del pasado portuario del lugar: ahora es un monumento. Más allá, distingo una fiera corrupia en el tejado de una casa. Es un tigre: la escultura de un tigre. Miren me informa de que es obra de Joaquín de Lucarini, y que data de 1943, por encargo de una casa de correajes que ocupaba entonces el edificio, hoy de vecinos. Seguramente, el dueño de la empresa quería publicitar la fortaleza de sus productos, capaces de sujetar a un tigre de Bengala. Durante mucho tiempo, ha habido grandes discusiones sobre la naturaleza del animal: unos afirmaban que era una leona, y otros, un tigre. Estos tenían razón. Pienso en los vecinos del inmueble, cuando vayan a colgar la ropa en la azotea o suban para arreglar la antena de la televisión: tener a un tigre, y de estas dimensiones, en el tejado no debe de ser tranquilizador. Bajo de las alturas (Miren siempre dice que hay que mirar arriba, que arriba se nos escapan siempre muchas cosas; y tiene razón) y veo a dos novios muy jóvenes en un banco del parque que flanquea la ría. Él le separa a ella la camiseta del cuerpo y le mira dentro, como si quisiera cerciorarse de lo que hay. Luego le recoloca las tetas por fuera. Ella parece encantada. Y a mí me gusta. Siempre me han gustado estos escarceos públicos. Será que tengo alma de voyeur. Culminamos la mañana en el restaurante La Casilda, donde nos asestamos una ensalada de boniato y unos canelones de merluza que levantarían a un muerto. La gastronomía es una religión en el País Vasco, y Miren y yo oficiamos una ceremonia condigna.  

lunes, 7 de septiembre de 2020

Vacaciones en España (3): Ampuriabrava

Ampuriabrava (en catalán, Empuriabrava) constituye un atentado ecológico. A mediados de los años 60, y como había sido durante siglos, aquí no había más que pantanos y arrozales, de los que vivía la gente con dignidad suficiente. Pero un aristócrata, el marqués de Sant Morí, y dos avispados empresarios, Miquel Arpa y su cuñado Fernando Vilallonga, tuvieron una visión: construir, en plenas marismas ampurdanesas, una marina residencial, siguiendo el modelo de los enclaves edificados en la Florida, que, a su vez, imitaban el modelo clásico de Venecia. Y así lo hicieron, con el beneplácito del ayuntamiento de Castelló d'Empúries, en cuyo término municipal se encontraban las marismas. Las urbanizaciones y canales con las que domesticaron los humedales sedujeron a los alemanes, que empezaron a dejar aquí sus buenos deutsche Mark, y luego, paulatinamente, a británicos, franceses y holandeses. Por fortuna, una segunda fase de la marina, más devoradora todavía, se encontró con una fuerte oposición ecologista y vecinal a mediados de los 70 y no siguió adelante. Por fin, en 1983, la recuperada Generalitat creó el parque natural de las Marismas del Ampurdán y estableció así la protección definitiva de los pantanos. Pero el destrozo ya estaba hecho. Cuando hoy se contempla Ampuriabrava desde las alturas del monasterio de Sant Pere de Rodes, por ejemplo, se ve un rectángulo de edificios y canales en el centro de una enorme masa verde, alimentada por el agua que aportan cuatro ríos que desembocan aquí o cerca de aquí: Muga, Fluvià, Ter y Daró. Levantar algo así sería hoy impensable. Pero en la época del desarrollismo era muy posible con tal de que España saliera de la miseria en la que vivía. Así han quedado, pues, esta multitud de casas y esos 24 km de canales navegables, que constituyen la mayor marina residencial de Europa, y por los que transitan, con motorizada laxitud, los botes, lanchas y algún yate de tenderos franceses, mineros alemanes y camioneros galeses. Pablo, Álvaro y yo pasaremos cinco días en un piso de airbnb esa red planetaria de alojamientos a la que me están convirtiendo mis hijos, en detrimento de los hoteles tradicionales a los que siempre he recurrido: otro cambio generacional al que me complace sumarme para conocer el lugar, en el que nunca hemos estado ninguno de los tres, y otros, más interesantes, que lo rodean. Hoy lo dedicamos al pueblo, si es que admite esa denominación. Bajamos hasta el paseo marítimo y la playa por la avenida Juan Carlos I, que el ayuntamiento ya ha decidido cambiar, por razones obvias, por avenida de la República. (Esta es nuestra aportación al derribo de las estatuas que representan hechos o valores odiosos: derribamos el nombre de las calles). Vemos muchos rótulos en francés. En nuestra comunidad, los vecinos que aún quedan son franceses. En las calles, el idioma que más se oye es el francés. La dueña de nuestro piso es francesa. Ampuriabrava se está convirtiendo en Ampuriabrave. También vemos muchísimas inmobiliarias. Y empresas náuticas. Y restaurantes. La gente no parece hacer aquí otra cosa: comprar y vender pisos, comprar y vender barcos, y comer. Entre unos y otros, distingo un negocio llamado "Tao de luz". El profesional que aquí atiende se presenta como "magnetiseur (así, en francés), sanador energético y coach emocional". Y habrá idiotas que recurran a él. Los canales a los que se asomo desde la avenida antaño monárquica y hoy republicana resultan agradables. La arquitectura es setentera y, en general, el aire del pueblo, kitsch, pero la visión de las casas, con terracitas (al escribir "terracitas", el ordenador me lo ha corregido automáticamente por "terracotas"; está bien, también hay terracotas en las casas que diviso. Por una vez, la estupidez informática ha sido enriquecedora), arcos, contraventanas de madera, tejados de teja y portales y jardines salpicados de palmeras, cipreses y buganvillas, no desagrada. Muchas reproducen las tradicionales torres de las masías, aunque a escala menor (y justifican, así, el nombre popular que se daba en Cataluña a las segundas residencias: la torre) e, inevitablemente, al pie de cada una de ellas hay una embarcación. También hay empresas que hacen un tour por los canales y cuyas embarcaciones acaban arribando al lago que los culmina, al norte de Ampuriabrava, en el que se encuentra, justamente, nuestro hospedaje. No es una excursión aventurera, sino infinitamente plácida. El rumor de los motorcillos ni siquiera alcanza a espantar a las gaviotas. Más bien las gaviotas graznadoras, agresivas espantan a los barcos. Alcanzamos por fin la playa, enorme y vacía, y desplegamos las toallas. El agua está plana y casi inmóvil: es el lago del Mediterráneo. Pocas cosas la perturban; alguna moto de agua, de vez en cuando. El cielo, en cambio, está permanentemente asaltado por avionetas y paracaidistas. Junto al pueblo hay un aeródromo, muy activo, cuya torre de control se avista desde la arena. He pensado en aprovechar nuestra estancia de estos días para vivir la experiencia del salto en paracaídas, que siempre me ha cosquilleado. Pero soy demasiado cobarde: no me atrevería a dar el paso al vacío, por más atado a mí que fuese un monitor. Además, con mis dimensiones, no cabe descartar que le fuera imposible manipular lo que tuviese que manipular y cayéramos ambos a plomo al fatídico suelo del Ampurdán. Conmigo no podría saltar un monitor canijo. En la playa, llegada la hora de prestación del servicio solo de 11 a 19.00 horas; fuera de ese horario, se puede uno ahogar tranquilo, veo a una socorrista encaramarse al puesto de observación que está justo detrás de nosotros para atisbar y, en su caso, socorrer a los náufragos. No es Pamela Anderson. Desde Los vigilantes de la playa soy incapaz de imaginarme a las socorristas sin las gloriosas hechuras de Erika Eleniak o Carmen Electra y a los socorristas, sin los marmóreos músculos (y la marmórea sonrisa) del legendario David Hasselhoff. Pero la realidad, cuando no la excede, desmiente la ficción. Aprovecho que está aquí para preguntarle si sabe de algún sitio en el paseo marítimo donde comprar prensa. Comprar prensa antes era una actividad cotidiana y anodina: uno salía a hacerlo casi sin darse cuenta, como a comprar pan o tirar la basura. Hoy constituye una aventura semejante a matar dragones o descubrir un continente. En toda Ampuriabrava no he visto ni una sola librería o kiosko donde hacerse con el periódico. Y la socorrista, al parecer, tampoco. Pero se comunica por walkie-talkie con un colega, en el puesto de mando, para averiguar si él lo sabe. La respuesta del otro baywatcher es descorazonadora: "Ni idea", oigo que le responde, entre zumbidos metálicos. Quizá es que en Ampuriabrava ya no se venden periódicos. Quizá es que han desaparecido por completo de la vida del pueblo. O que han dejado de existir en el mundo, como las farolas de gas o los miriñaques. Por la tarde, nos vamos los tres a echar una partida de bolos en una bolera cerca de casa. Hace siglos que no juego a bolos, y ellos tampoco. De camino al local, nos cruzamos con una furgoneta que remolca un yate gigantesco. Hemos de echar el coche en el arcén para que la nave no nos destruya. Ya en la pista, recobramos las olvidadas sensaciones de ponernos unos zapatos usados por millones de pies y de manejar una bola de varios kilos que, mal empleada, puede aplanarte un pie o luxarte los dedos de una mano. Al igual que con los vigilantes de la playa, no puedo jugar a bolos sin imaginarme como Pedro Picapiedra caminando de puntillas hasta la línea de lanzamiento para conseguir un strike fabuloso. Por desgracia, yo me parezco más bien a un pato y, cuando suelto la bola, a un nudo. Pese a ello, no quedo último en la primera partida, aunque sí en la segunda. En la pista de al lado, un joven, con la pierna enyesada, tira a la pata coja. No quiero comprobar si consigue mas puntos que yo. Y una adolescente de su grupo sale a tirar ataviada con un top y unos pantaloncitos tejanos, de las dimensiones de un tanga, que repujan, como si fosforecieran, sus muchas redondeces. Se me hace difícil concentrarme. Quiero pensar que la perturbación que me causa contribuye a mis desastrosos resultados tanto como mi irremediable impericia para el juego. A la salida, reparamos en los muchos norteafricanos con los que nos cruzamos. Este debe de ser el barrio moro de Ampuriabrava. En una terraza, se amontonan en varias mesas, donde juegan a algo que no alcanzo a distinguir: quizá backgammon, o acaso dominó. Beben té. Y solo hay hombres, naturalmente.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Vacaciones en España (2): En Candelario y Alba de Tormes

Visito hoy, con mis buenos amigos la poeta María Ángeles Pérez López y su marido Miguel, con los que estoy pasando algunos días en Salamanca, dos lugares, cerca de su ciudad, que no conozco. El primero es Candelario, un pueblo encaramado en la sierra de Béjar y cuya frontera, por la carretera por la que venimos, es un río persuasiva, casi eróticamente llamado Cuerpo de Hombre. Aparcamos cerca de la ermita del Humilladero, junto al coso local, y empezamos a pasear por las calles empinadas. Me llaman inmediatamente la atención algunos rasgos de la arquitectura del pueblo: las famosas batipuertas, esos cerramientos dobles, de madera gruesa, que servían de burladero para apuntillar a las reses desde dentro de la casa, y que también la protegían de la nieve, la lluvia y los animales indeseados; las paredes recubiertas de tejas, que impedían que ambas, la nieve y la lluvia, deshicieran las vulnerables paredes de adobe; y los pasadizos techados de madera. Pero la arquitectura no es solo popular. También advertimos, en la plaza mayor, una casona de 1914, con una galería modernista, y numerosas construcciones nobles, con portones historiados de madera, balcones llenos de grandes matas de hortensias y dinteles de piedra en los que constan fechas del siglo XVIII, que debió de ser una época de enriquecimiento y expansión del pueblo. El agua está muy presente en la vida y la fisonomía urbana de Candelario. Abundan las fuentes, de las que mana helada —la de la Romana, la de la Cruz de Piedra, o la de la Hormiga, que recoge el chorro en un cuenco redondo y se encuentra bajo una placa que recuerda al poeta local Victoriano Gil Mateos, y las regaderas o regateras: de regato— recorren el pueblo, encauzando el agua de los neveros de la sierra. Estos canalillos en el suelo son muy parecidos a los que recorren los pueblos de la cercana sierra extremeña, como San Martín de Trevejo, donde el rumor cantarín del agua acompaña la vida cotidiana. También hay muchas cruces por todas partes: el peso de la religión es apabullante en estas regiones interiores. Cuando estamos admirando una casa choricera (o chacinera), con la clásica distribución en tres pisos el primero para matar a los cochinos; el segundo para que viviera la familia; y el tercero, para secar y almacenar el fruto de la matanza: en aquellos tiempos y aquellas economías, todo quedaba en casa, pasa un chatarrero con un altavoz, informando al pueblo de que ha llegado para llevarse el hierro viejo. Luego vemos pasar un carromato tirado por dos caballos, cuyos cascos tamborilean en el empedrado, pero que ya no transporta cosas del campo, sino a una turista que fotografía furiosamente cuanto ve. Dejamos atrás la tienda "La Económica", que vende de todo, al antiguo modo de los pueblos, y llegamos al principal templo de la localidad, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, cuya entrada vela una señora del pueblo, que nos pregunta de dónde somos y a continuación nos dice que no podemos sentarnos en los bancos, que otra señora está fregando anticovídicamente, con mucho afán. En la iglesia, que data de 1392, destaca un magnífico artesonado mudéjar que cubre el retablo principal, constituido por un cielo morado y 99 incrustaciones de oro, que representan otras tantas estrellas. En el suelo, en cambio, lo que destaca son las señales adhesivas que indican la distancia de seguridad que los feligreses han de mantener. Se entiende: hay que evitar que se produzca un milagro inverso y la gente se contagie y se muera cuando vengan a adorar al Creador. Antes de comer, le echamos luego un vistazo al ayuntamiento, un edificio poderoso, que refleja la riqueza histórica del pueblo, construido a principios de siglo por un arquitecto modernista catalán, Benito Guitart Trulls, y leemos varios paneles en las calles con fragmentos de "En retiro de remanso serrano", un artículo de Miguel de Unamuno publicado en el diario Ahora de Madrid, el 27 de agosto de 1935, sobre su estancia en Candelario por aquellas fechas, en el cual escribe: "He subido por las empinadas y enchinarradas calles a su iglesia de Nuestra Señora de la Asunción —hoy su fiesta— a ver la salida de misa. Y luego, desde mi breve retiro veraniego, he contemplado el valle. A mis pies; una huerta, detrás la roja testudo de los tejados de las casas del lugar, todavía sin chimeneas las más, que así lo pedía el oficio de la industria local de embutidos. Y allende, cerrando el horizonte, el entablamento de unos cerros rocosos y pelados. Todo a una luz quieta, de remanso también y de visión"; y también: "Al venir a estos días de remanso serrano me he traído no libro alguno en español, sino en inglés. He pensado que para español me bastaría con el diario provincial, que nos trae las noticias de las reuniones ministeriales, de los mítines políticos, del crimen de cada día y de los demás deportes. Y así, me he traído los poemas de Keats para, al brizo del susurro del agua de la reguera de la calle, oír mental y cordialmente el gorjeo del inmortal poeta, que hace ciento dieciséis años, en el brevísimo vuelo de su vida, lanzó al cielo su oda al ruiseñor". Unamuno, siempre trenzando lo propio con lo universal, o haciendo universal lo propio. Comemos, por fin, en el restaurante "La Candela", donde María Ángeles y yo nos atrevemos con el jabalí con chocolate que incluye hoy el menú, y del que damos cuenta satisfechos de nuestra elección. El camarero que nos atiende, arrebatado por la informalidad que se extiende hoy por el mundo, nos llama "chicos", aunque el menor de nosotros tenga 54 años, y nos sirve gaseosa "Molina", local. Con una ñoña peligrosa, pero atemperada por la prudencia de Miguel al volante, nos dirigimos a la siguiente y última parada de nuestra ruta de hoy, Alba de Tormes, donde se fundó la casa de Alba (hecho memorable que los lugareños homenajean con algunos reveladores dicharachos: "¡Esconde las gallinas, que vienen los Alba!", por ejemplo). Como llegamos aún aturdidos por el jabalí con chocolate y las otras salvajes exquisiteces de "La Candela" (menos Miguel), nos sentamos en una terraza de la plaza mayor, a una benéfica sombra, para intentar recuperar la compostura. Yo me asesto una jarra de cerveza, mientras que María Ángeles y Miguel se conforman con brebajes menos amenos, como tónicas, infusiones y blanduras así, aunque sin duda los van a espabilar a ellos mucho más que la birra a mí. Nos encontramos bajo los soportales de la plaza, de hechuras modernistas, y frente a una fuente rodeada por palmeras, traídas desde Elda en 1927. Las palmeras, aunque impropias de este clima, han prosperado y ahora lucen su altísimo garbo en pleno centro de la ciudad. También ha prosperado el sentimiento nacionalista: las banderas de España —algunas desteñidas por el sol feroz de estos días— están por todas partes. El sentimiento nacionalista prospera con cualquier cosa: siempre está ahí, dispuesto a crecer con cualquier ofensa. Desde donde nos encontramos vemos también el ayuntamiento, de cuyo balcón cuelga un gran pendón con una imagen de Santa Teresa de Jesús. La devoción que concita la santa es grande en el lugar. Una vez trajeron a Alba al papa Clemente, aquel embaucador ciego de El Palmar de Troya, a quien no se le ocurrió nada mejor que decir algo sobre la autora de Las moradas. Y como lo que dijo no gustó, el mocerío albense le echó el coche al río. Hubo quien propuso que lo echaran a él, pero al final se impuso la cordura. Aunque no se me ocurre cómo pudieron devolver a Clemente el invidente al feudo de su secta con el vehículo inutilizado. Algo recuperados del ágape de Candelario, iniciamos la ruta de los monumentos del pueblo, aunque, como ya no le queda mucho tiempo a la tarde, nos centramos en tres. El primero es la iglesia de San Juan de la Cruz, construida a finales del siglo XVII, y la única del mundo dedicada al poeta, cuyo carácter poético refuerza, a la entrada, un verso de Ocnos, de Luis Cernuda: "Estabas en Alba, y no la recordaste...". San Juan mira al mundo desde una hornacina de la fachada. El interior, de estilo barroco carmelitano, es blanco y despojado: transmite paz. Aquí la distancia de seguridad la garantizan los adhesivos verdes que indican qué asientos de los bancos pueden ocuparse y cuáles no. Otra iglesia, la de San Juan, románica-mudéjar, contiene una de las grandes maravillas del lugar: el Apostolado, un conjunto de trece figuras —Jesús y los doce apóstoles—, de piedra arenisca policromada y estilo románico-bizantino, esculpido hacia 1200. Todas exhiben el hieratismo y, a la vez, la vivísima sencillez del románico. Jesús aparece en el centro, con báculo y cetro, símbolos de su poder. A su diestra, Pedro custodia las llaves del cielo. A su siniestra, Juan, el único imberbe. Todos los apóstoles tienen un libro en las manos, algunos abierto, otros cerrado. Solo Pablo carece de él. Para acceder al conjunto, dispuesto en semicírculo, hemos de pasar junto a una Dolorosa que sostiene, como una estrella cruel, siete espadas clavadas en el corazón. Otras piezas son menos kitsch que esta. Hay un magnífico Cristo en madera del siglo XIV, el trazo de cuyas costillas parece esculpido por un artista contemporáneo, sobre un breve gólgota de cráneos y huesos: el cristianismo es incapaz de subrayar la belleza de la figura del Redentor sin resaltar asimismo el horror de su sacrificio. El exhibicionismo de esas tinieblas sangrientas no deja de revolverme el estómago. Otro nazareno nos llama la atención, el pintado en Cristo atado a la columna en 1535 por Juan de Juanes. Aparece en él atado a una columna, suponemos que en la que fue azotado. Pero el contraste cromático es brutal: la columna es de un mármol irisado y multicolor; la piel de Cristo es muy blanca, aunque manchada por las sombras de los zurriagazos recibidos; y el fondo, de un negro intensísimo. Por fin, subimos al castillo de los Duques de Alba. Todavía hace mucho calor y el camino, aunque sucinto, es fatigoso. Buscamos la sombra como los sedientos el agua. Por desgracia, llegar al castillo no nos descansa. Están cerca de cerrar y las dos señoras que atienden el lugar —una en las taquillas y la otra al pie del torreón— nos urgen a una visita rápida. La segunda, que es la guía, nos recibe con retintín: "Un poco tarde, ¿no?", luego dedica veintitrés segundos a informarnos sobre el monumento y nos despide, por fin, subrayando la necesidad de que corramos. De la que fue fortaleza y residencia de los duques durante siglos hoy solo queda la torre de la Armería, a la que los lugareños llaman el torreón. Lo destruyó Julián Sánchez el Charro, uno de aquellos guerrilleros que no se cansaban de rebanar pescuezos de gabachos, y que se enfadó mucho por que el torreón hubiese servido de cuartel a los franceses. Pero a mediados del siglo pasado, Luis Martínez de Irujo descubrió las extraordinarias pinturas renacentistas que aún albergaba la torre y decidió restaurarlas. Los frescos, obra de los hermanos Cristóbal y Juan Bautista Passini, representan tres escenas de la batalla de Mühlberg, donde Fernando Álvarez de Toledo y Pimental, tercer duque de Alba, tuvo una participación protagónica y contribuyó decisivamente a la victoria de las tropas del emperador Carlos. Las figuras son majestuosas —nadie diría que están en una guerra: parecen prohombres helénicos— y los colores son suaves, casi fríos: predominan el rosa, el azul celeste y el blanco. Los de la casa de Alba —un ajedrez añil y blanco— jalonan el lugar y me recuerdan que también el escudo de Hoyos, que formó parte de su señorío, presenta esa forma y esos colores. Cuando salimos de la sala de las pinturas, aún falta subir al mirador del torreón. María Ángeles y Miguel se quedan en el patio, vivamente interesados por lo que allí se exhibe (por ejemplo, una fascinante grúa "Nuevo Vulcano", hecha en Barcelona en 1902), y dejan que suba solo a las alturas, bajo los constantes apremios de la guía: "Una visita rápida, por favor; muy rápida". La señora, comprensiblemente, está deseando irse a casa. Así que corro escaleras arriba. Y hay muchas. Llego al mirador al borde del colapso. La vista es espléndida, pero el tiempo que le dedico —fiscalizado desde abajo por la imperiosa guía— apenas aplaca el corazón desbocado. Veo las prietas arboledas del Tormes, como si el río tuviese barba, y aerogeneradores en el horizonte, y campos amarillos. Bajo, por la escalera estrechísima, no menos deprisa de lo que he subido. Pero, si en el ascenso el peligro era que me explotaran los pulmones, en el descenso se trata de no despeñarme y romperme el cuello. Llego jadeante al final y me reúno, a paso ligero, con María Ángeles y Miguel, que siguen mirando piedras, con una sonrisa de conmiseración, en el patio. A la guía, que me sigue de cerca, solo se falta cantar lo que el sargento a los reclutas de marines en La chaqueta metálica. Y volvemos ya a Salamanca. Cruzamos otra vez el Tormes, en el que pescan unos jóvenes en minizodiacs. María Ángeles me cuenta que vuelve a haber nutrias en estas aguas, y yo lo celebro: si hay nutrias, es que están limpias. Las nutrias son un excelente chivato del estado de salud de los ríos. En el camino de regreso, Miguel me informa de que la meseta entre dos elevaciones junto a las que pasamos, el Arapil Grande y el Arapil Chico, fueron el escenario de una de las batallas más violentas de la Guerra de la Independencia, la de los Arapiles. Allí el duque de Wellington y sus aliados portugueses y españoles les dieron para el pelo al ejército del mariscal Auguste de Marmont, que sufrió 12.500 bajas, entre muertos, heridos y prisioneros, frente a las poco más de 5.000 de los aliados. Un monolito en la planicie del Arapil Grande, que distinguimos en la distancia, recuerda aquel encuentro. Y yo pienso que en estos campos, entonces poblados por encinas y robledales, y hoy ocres y secos, solo interrumpidos por árboles solitarios, debe de haber aún mucha sangre y mucha metralla enterradas. 

viernes, 28 de agosto de 2020

Apariciones

Es un error muy común pensar que el poeta es alguien que escribe. Eso, si sucede, viene después. Antes, y sobre todo, el poeta es alguien que mira, que sabe mirar; alguien que, al mirar, crea lo que ve y crea a quien ve. Jordi Doce (Gijón, 1967) enfila el mundo con la proa de una mirada prensil, que aspira a aprehender la delicada maraña de fenómenos y contradicciones que componen la realidad, pero también a trascenderla para acceder a ese otro lugar que persiguen desde siempre los artistas: la dimensión oculta, el otro lado de las cosas: lo que está más allá de lo visible, lo que elude lo discernible: «Al otro lado el tiempo, el mundo, lo real. / Al otro lado cuerpos, extrañezas. / ¿Sabes por fin de lo que hablas?», escribe en el poema 10 de «Monósticos». Doce mira para ver –para verse– más allá de lo mirado. Sus poemas buscan el asombro en lo ordinario, lo extraño bajo lo doméstico. Se trata de despertar a lo que se ignora. Se trata de que, con tiempo en las pupilas, el ojo se sumerja en la rueda de las apariciones.

La mirada se proyecta, así, en el espacio. El poeta camina y ve. Jordi Doce es un poeta ambulante, como el Claudio Rodríguez de Don de la ebriedad (pero la de Doce es una ebriedad sobria, una borrachera de contención), un poeta paseador, como Baudelaire, el flâneur por excelencia, que describe los paisajes urbanos de las ciudades en las que ha vivido –en cuyas calles no solo hay personas, sino también perros y algunos gatos–, los paisajes rurales que conoce –entre los que destacan los verdes y sosegados de una Inglaterra en la que pasó ocho años–, los paisajes domésticos, acaso los más exóticos de todos (sus poemas abundan en cuartos donde todo está quieto, excepto los ojos y la conciencia, afanosos) y hasta los paisajes marinos, tanto ingleses como asturianos. Pero Jordi Doce no solo camina por los lugares: también lo hace por el tiempo. Los trayectos de hoy se conectan con los de ayer, y en «Otros inviernos», por ejemplo, el vagabundeo por las calles de Sheffield remite a «una geometría / de aristas y vacíos» similar a la que percibía «el niño que fui, que soy aún, / rumbo a no sé qué escuela / de la que nadie nunca me avisara». Vicente Luis Mora ha resumido estas conjunciones en su clarificador prólogo: «Un espacio, un sujeto y una amalgama de tiempos distintos, anudados por la sensibilidad cognitiva de ese sujeto».

Para que la mirada pinte el mundo, son necesarios los colores de la luz. Pocos poemas hay en la obra de Jordi Doce que no impregnen la luz y su ilimitada paleta de matices, cuya intensidad hace que, a veces, se personifique: «Respira una luz parda / que pesa lo que el tiempo, / lo que el miedo», escribe en «La deuda». La luz es la materia con la que se tallan las palabras. Los versos de Doce brillan como puñados de cristales, que configuran tanto una múltiple masa de resplandores como un solo y radiante espejo. La luz llueve en los poemas de La rueda de las apariciones (Madrid, Ars Poética, 2019), pero también su contraparte: la sombra, la oscuridad, la noche (y con esta, la luna, híbrida conjunción de esplendor y negrura). La luz vela y desvela, afirma Doce en «Cine-club». Y en el país de la luz –el cielo, el aire– habitan los muchos pájaros que pueblan estas páginas: palomas, gorriones, águilas, grajos, urracas y, sobre todo, cuervos. En Inglaterra, los cuervos son omnipresentes.

La pugna, o quizá la simbiosis, entre la claridad y las tinieblas simboliza la del poeta por traspasar lo visible y construirse con la mirada. Este es otro de los rasgos fundamentales de la poesía de Doce. Sus poemas atienden a lo externo, pero caminan hacia adentro, se vuelcan hacia el interior, como un berbiquí. El autor de Gran angular –un título que es también un aserto moral– es un fino descriptor, pero no solo de lo que encuentra fuera de sí, sino también de que él mismo descubre –o crea– al enfrentarse al mundo: el adentro y el afuera dialogan, intercambian posiciones, mudan uno en otro. Así, en «Mayo», la lluvia y el viento que desordenan las calles y los árboles, hacen que «otro árbol se [meza] en mí, plegado / al incierto engranaje del asombro, / con su aire que empuja y desordena / las ramas de mi sangre, de esta sangre / elocuente que vuelve a desgranar / para el único espectador que soy / su recuento indecible»: lluvia, viento, mundo, sangre y yo se funden en una sola realidad observable, cuya observación la trae a la vida. La poesía de Jordi Doce, de la que esta antología recoge una amplia muestra –desde La anatomía del miedo, de 1990, hasta No estábamos allí, publicado en 2016, más algunos poemas inéditos posteriores– es una poesía de la conciencia, del yo siendo consciente de su hacerse en un mundo cambiante y a menudo incomprensible. Mirar es, pues, construir la conciencia, el yo, ese yo que somos, lábil, líquido y aguijoneado por la perplejidad y el miedo, como ya hiciera Wordsworth con su monumental Preludio. En «Lectura de Marguerite Yourcenar» se reivindica la necesidad de esa introspección fabril: «Lo que resuena en estas páginas / con un tenue chasquido de hojarasca / (…) / es la necesidad de la conciencia / y la conciencia de lo necesario, / el peso de los hechos que nos hacen». En el extraordinario poema «El paseo», la trabazón entre el estímulo exterior y la factura interior, encauzada por una mirada atirantada, bajo una luz que ya empieza a ensombrecerse, se hace luminosamente patente. El espacio apacienta el pensamiento, y el poeta siente la imposibilidad de hurtarse a la conciencia que lo piensa. Duda, incluso padece, entre «el gozo de vivir» –la percepción descarnada de las cosas: su inmediatez supurante– y «la seca lucidez que me consume»: esa certeza de que no somos sino lo que nos representamos, de que, al transformar en conocimiento lo aprehendido, lo creamos y nos creamos. En el poema, el yo poético se asoma a un pantano y comprende que «mi rostro no es mi rostro, / sino el de alguien, mudo, / que al mirarse me piensa». Esta comprensión, sin embargo –que, para que sea verdadera, ha de preservar una zona de sombra–, no vuelve lapidario el poema: la anagnórisis es aquí, como todo en La rueda de las apariciones, sutil y restricta. Los poemas de Doce son siempre felizmente dubitativos. De esa duda nace su solidez. 

La versatilidad formal de Jordi Doce es destacable: cultiva todas las formas, y todas eficazmente. Predomina el verso blanco, coincidente con los metros clásicos de la tradición hispana, pero también practica formas de otras tradiciones, como la oriental –de la que nos ofrece haikús y tankas–, y modalidades arraigadas en la contemporaneidad, como el poema en prosa –los de Estación término se inclinan por un suave irracionalismo– o las composiciones de estructura singular, y lúdica, como «Notas a pie de vida», una sucesión de treinta y tres notas a pie de página sin el texto del que provienen, o «Monósticos», en los que las estrofas conforman una pirámide: del primer poema, de un solo verso, se pasa sucesivamente al undécimo, de once, y de este se desciende hasta el vigésimo primero, de nuevo de un solo verso. Con diversos envoltorios, la poesía de Jordi Doce, narrativa pero metafórica –en «Tarde de ronda» se reconoce «tocado por el demonio de la analogía»–, reflexiva pero musical –y generosa en aliteraciones: «la luz y sus tenazas tenues»–, figurativa pero hospitalaria con lo irracional, irónica pero no malhumorada, se erige en testimonio privilegiado de la construcción de la conciencia, en el permanente y erizado diálogo que mantienen el yo y el mundo. 

[Esta reseña se publicó en Letras Libres, nº 226, julio de 2019, pág. 50-52; y nº 259 de la edición mexicana, pág. 52-53]

lunes, 24 de agosto de 2020

Lecturas veraniegas

Mis lecturas veraniegas no son de libros veraniegos —superventas nauseabundos, entretenimientos inanes, celulosa de aeropuerto—, sino de libros que han llegado a mí, caídos venturosamente del cielo de los libros, en verano. Este es un verano muy especial, y la presencia de los poemarios de los que hablaré hoy ha sido un regalo también especial, sorprendente y consolador. Todos ellos han aparecido en este infausto año de 2020 y quizá por eso, porque los libros se han echado a la calle más desamparados que nunca, a uno le gustaría acompañarlos un poco más estrechamente. Y de ahí esta entrada. El primero que quiero reseñar es Las travesías, de Federico Gallego Ripoll, ganador del VI Premio de Poesía Juan Castro, y publicado por Renacimiento. Gallego Ripoll es un poeta enterizo, de larga trayectoria, numerosos reconocimientos y títulos sobresalientes, como Quién, la realidad (2002) o Quien dice sombra (2017), cuyo título es parte de aquel verso memorable de "Habla también tú", de Paul Celan: Dice verdad quien dice sombra. En Las travesías, vuelve a proyectar su mirada desnudadora en las personas y las cosas que lo rodean, de las que consigue desvelar siempre las caras ocultas, los matices fugitivos, las esquinas en sombra. Gallego Ripoll cree poderosamente en la poesía como reactivo de la realidad, como fulminante sensible cuya detonación nos rescata de esa cotidianidad hosca transformándola, nos la vuelve digerible, nos salva de sus excesos. Y se lanza siempre a esa operación redentora con una delicadeza pasmosa, sin alterar la voz, aunque su serenidad nunca deje de albergar la contenida violencia del amor vivido y del amor deseado (o del amor que se escapa) y de los grandes conflictos existenciales. En la poesía de Gallego Ripoll hay siempre muy pocos adjetivos; algún libro suyo conozco que no tiene ni uno. Ese rasgo, tan infrecuente, no lo vincula a ningún áptero realismo, sino a una transfiguración muy sutil de la realidad en la que se sumerge, en la que estamos sumergidos todos. Transcribo su poema "Caballos de tu memoria", que tanto recuerda a una albada:

Me fecundas no estando como solo
puede engendrar quien tanto fue deseo.

Crece mi vientre pleno de tu noche.
El alba es la mentira. No amanezcas.

Los árboles agitan mi techumbre,
desconciertan el sueño de las aves,

tronchan la helada luz de las estrellas
y despiertan mis manos a lo blanco.

El hueco de tu cuerpo pesa como
todos los mares juntos. ¿Quién, mañana?

Por las sábanas frías se escapan los caballos
de tu memoria. El alba es la mentira.

No amanezcas.

La delicadeza caracteriza también a José Luis Cancho, que, tras varias novelas y una autobiografía, Los refugios de la memoria, de la que también di cuenta en este blog (https://eduardomoga1.blogspot.com/2017/07/lecturas-de-verano-1.html), se presenta ahora como poeta con Cuaderno de invierno, de la sabia mano de Papeles Mínimos. La poesía de Cancho tiene la misma limpieza, el mismo equilibrio, la misma sabrosa transparencia que sus relatos y crónicas. Mezclando la prosa y el verso, explora las vicisitudes del amor y el desamor, sus experiencias viajeras —que han sido muchas, aunque ahora estén ya almacenadas en el silo inmóvil del presente— y el mero pero devastador paso del tiempo, que proyecta una grávida melancolía en las páginas del poemario. Cancho parece observar la realidad desde un rincón, quieto, casi quietista, deslumbrado por los azares interminables de la luz, atento a los menores detalles de cuanto sucede: el viento que pasa, una hoja caediza, el silencio que se extiende como una niebla. Y lo hace con una voz desengañada, pero que no ha perdido enteramente la inocencia, que aún cree en decir lo cierto y lo puro, que todavía lame las cosas con los ojos. Cancho lo mira todo como un farero, como un centinela cansado pero lúcido, y nos lo cuenta con una serenidad ácida y una pulcritud fruto de mucha lima, de mucho deshuesamiento. La segunda parte de las tres que tiene el libro, "El abandono", está dedicada, con clarividencia, a la ruptura y la pérdida del amor. Su primer poema dice así:

Cuando un hombre y una mujer se separan
solo quedan los gestos del abandono:
la cama deshecha en el oleaje de los sueños
el eco de las melodías compartidas
un puñado de versos perfilados entre los dos
el esplendor de su risa
su pelo como algas marinas
los besos robados al futuro
su voz junto a la luz de septiembre
los estremecimientos a la orilla del río
el rumor de los días luminosos
todos los planes de repente congelados.
No hay piedad para nosotros.
Todo termina
los viajes y el amor
nada termina.

El tercer libro del que quiero hablar hoy es Poemes amb ous ferrats ('poemas con huevos fritos') del poeta de l'Ampolla, en Tarragona, Juan López-Carrillo, el primero que este autor publica en catalán, gracias a la editorial Meteora. La lengua de López-Carrillo ha cambiado, pero no el tenor de sus poemas, ni su aire goliardesco, ni su espíritu juguetón, ni su ocasional pero temible mala uva. El poeta no tiene miedo de llamar a las cosas por su nombre y utilizar el lenguaje que haga falta, sin revestimientos, sin templanzas, sin tutelas ni tutías. En Poemes amb ous ferrats, se queja de la plaga de los poetas, de la zafiedad de un jefe de gabinete, de las teorías de la conspiración, de la comunicación inclusiva, de que no folla. Los placeres materiales —entre los que el sexo ocupa uno de los primeros lugares— rodean siempre al poeta, ya para ser ensalzados, ya para ser añorados, que es lo más común. También la reflexión jocosa, a menudo tintada de humor negro, sobre la propia poesía y sus cultivadores ocupa un buen número de composiciones. La crítica (y la autocrítica) que López-Carrillo ejerce en este poemario, en el que, como sugiere su título, se puede mojar pan, nunca es esquinada, a pesar de su acedía. Pero esta jovialidad gamberra esconde —o sublima— la insatisfacción y el dolor. La rabia se conjuga con la eutrapelia, y la certeza de la muerte, con la alegría de vivir. Un poso de amargura, en fin, impregna la sátira. En realidad, la sátira canaliza la amargura. No obstante, el resultado final es siempre una sonrisa, algo torcida, acaso quebradiza, pero muy feliz. Así dice el poema "Lògic":

Hi ha gent que afirma
que la Terra no és rodona sinó plana,
que els galls violen sàdicament les gallines,
que Cervantes va escriure El Quixot en català,
que José María Aznar fou un gran estadista,
que Amanece que no es poco és una pel·lícula dolenta,
que el pernil de gla és un aliment impur
o que l'escalfament global no és més que una mentida.
Per tant, no ens ha de sorprendre que, a ell, se l'anomeni com un gran poeta.

'Hay gente que afirma
que la Tierra no es redonda, sino plana,
que los gallos violan sádicamente a las gallinas,
que Cervantes escribió el Quijote en catalán,
que José María Aznar fue un gran estadista,
que Amanece que no es poco es una mala película,
que el jamón de bellota es un alimento impuro
o que el calentamiento global no es más que una mentira.
Por tanto, no nos debe sorprender que de él se diga que es un gran poeta'.

(La traducción es mía). 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Vacaciones en España (1): Llego a Hoyos

Tres cuervos en la copa de un castaño. Las chumberas rebosantes de higos. El cielo muy azul, rasguñado por la torre de la iglesia. La tierra verde, ocre, amarilla, negra. Una bandera arcoirisada en el balcón del ayuntamiento. Otra española, desteñida y desgarrada, enroscada al asta de la casa del deán. Los balcones atestados de plantas floridas en las casas de piedra de la plaza mayor. El aire más fresco de lo que imaginaba. Una casa en construcción donde antes solo había un solar con maleza. Varias casas con el cartel de "se vende" ajado por la lluvia y el viento. Los árboles que entoldan la portada de la iglesia, frondosos y algo combados, afanosos de luz. Todo el mundo con mascarillas. Una gitana que pasa con una niña en un carrito; la niña me dice "¡hola!". El acento respingón de los extremeños. El arroyo casi seco. La plaza atiborrada de coches. Las terrazas de los bares atiborradas de veraneantes. Un gorrión que se me ha colado en la biblioteca y se ha cagado en el ordenador. El carnicero que ha puesto dos sillas a la entrada de la carnicería para que se pueda sentar la gente que ha de esperar fuera. Una prima política que me cuenta que su padre murió en marzo. Una vecina que no repara en mí, o que quizá no me reconoce. Un par de neorrurales que pasan con la ceñuda alegría de los de su clase. Un anuncio de clases de yoga. Las inevitables avispas de las claraboyas. Los pasquines a las puertas de todos los establecimientos, que recuerdan la obligación de llevar mascarilla, ponerse gel higienizarte y guardar la distancia de seguridad. El oxímoron de la calle Clemente y Guerra. Un tractor que pasa. La ropa tendida en los balcones, que ondea con el ábrego. La peña Bar Moe. Dos niños que se esconden, jugando, detrás de un contenedor. Perros que ladran. Gatos que miran. Un silencio espeso, blanco. Un guiri tomando fotos. Donde había un restaurante, ya no hay un restaurante. Una autocaravana enorme junto a la papelería. Zarzales que empiezan a tener moras. Un helicóptero amarillo. Familias que pasan mirando los dinteles, los ajimeces, los escudos heráldicos. Muros de piedra vieja casi caídos. La cría de lagarto que encuentro en la bañera. Ventanas que siempre estaban cerradas, abiertas. Los troncos rojizos de los alcornoques circuncidados. Los troncos aún negros del incendio. Varios aviones cuyas estelas se entrecruzan en el cielo. El tañir de las campanas de la iglesia. Las señoras del pueblo que pasean juntas por la carretera y siempre dan las buenas tardes. La piscina natural, a la que, a esta hora de la tarde, todavía acude una familia para bañarse. El agua de la rivera, que baja lenta y festoneada de hojas. La casa vacía. La casa vacía. No sé si volveré. 

viernes, 14 de agosto de 2020

Chema Madoz: La naturaleza de las cosas

Se expone en el Real Jardín Botánico de Madrid La naturaleza de las cosas, una selección de fotografías de Chema Madoz. Como no he estado nunca en el Jardín Botánico ni he visto nunca una exposición de Madoz, decido matar dos pájaros de un tiro y hacer ambas cosas en compañía de mi amiga Teresa, que ha venido este fin de semana de Badajoz para charlar e ir de museos juntos. Pese a nuestros ambiciosos planes, no nos entretenemos demasiado en el Jardín: hace demasiado calor. La vegetación es mucha, pero no lo bastante alta como para resguardarnos de una temperatura abrasadora. Recorremos con alguna premura los senderos que conducen hasta el acristalado pabellón Villanueva, donde se han colgado las fotografías del artista y donde estamos seguros de que habrá aire acondicionado. Y así es: lo hay. Los museos y salas de exposiciones del mundo son un refugio universal contra la vulgaridad de la vida cotidiana, pero también contra los ardores del verano. Otros muchos gustan de refrescarse en los centros comerciales, pero nosotros preferimos el arte. Las 62 fotografías que integran la muestra, fechadas entre 1982 y 2018 y dispuestas en dos salas diáfanas, constituyen una selección muy amplia, que, en realidad, obedece a un principio compositivo muy simple: la fusión, la simbiosis constante de dos realidades en una nueva y distinta. De los elementos que se funden, uno suele ser humano —una creación, un artilugio inventado por el hombre— y el otro, natural, aunque hay ocasiones en que ambos son fruto de la naturaleza. El hecho de que el modus operandi de Madoz sea, como digo, muy sencillo no significa que sea fácil ni que carezca de valor. Al contrario: esa simplicidad, que es muy difícil de alcanzar, da a las imágenes una fuerza inhabitual, que sorprende y, a veces, conmociona. A esa fuerza contribuye asimismo el hecho de que las fotografías sean en blanco y negro: esa deliberada limitación condensa aún más las líneas y los volúmenes; desnuda las formas, las despoja de la distracción de los pigmentos y las reduce a sus más puros y transparentes huesos. La luz y la sombra no se oponen, sino que, hermanadas por su mutua soledad, suscriben un pacto de nitidez y armonía. Nada más entrar, vemos la fotografía de un paso de cebra hecho con franjas de césped obtenidas de un campo de fútbol. Luego, una aguja que ensarta una gota de agua. Y también unos lápices que forman una hoguera. Los árboles protagonizan muchas piezas: en una, la copa de un árbol es una nube; en otra, un conjunto de piedras; en otras, de las ramas de sendos sauces llorones cuelgan ideogramas chinos (o japoneses) y notas musicales. A veces, el motivo de la imagen se vuelve hacia sí mismo y conforma una obra cuyo único protagonista se desdobla o multiplica, como esa foto en la que las ramitas de una rama de árbol representan a un árbol. En La naturaleza de las cosas, el mundo vegetal es casi omnipresente: dos cerezas son una balanza; un cactus, un dedal (y dos piedras, un cactus); unas hojas, una mariposa (y una, una hoz); una caracola, una flor; un cuenco de cristal, una flor acuática; una percha, una hoja de plátano; una pila de macetas encajadas, el tronco de una palmera; y un montón de hojas superpuestas, un libro de geología (aquí los reinos naturales que se ensamblan son ya tres: también el mineral, porque las hojas semejan capas tectónicas). También vemos unas chancletas de hierba y una naturaleza muerta —una still life: así se titula— hecha con una monda sinuosa de naranja. Igualmente, menudean los animales: un avestruz entierra la cabeza en un huevo (de avestruz); una dardo ha ensartado a mariposa; una araña se confunde con el teclado de un piano; y una telaraña está hecha de frases (o bien se transforma en una espumadera). Lo mineral comparece en una maleta llena de tierra o en unas piedras que configuran un signo de exclamación. Con frecuencia, el agua materializa la transparencia a la que aspira el artista: un cubito de hielo es un regalo; unas gotas de lluvia que caen en un mar encrespado son las agujas para el pelo que es, a su vez, ese mar. Madoz no deja de trastocar la realidad mezclando realidades. Sus fotografías son poemas visuales: metáforas construidas con objetos. Y su ingenio es notable: siempre sorprende y casi siempre hace sonreír. Sabe utilizar no solo la materia, sino también la sombra y los reflejos, la cascada de posibilidades que ofrece la luz, para construir sus juegos, que son muy serios. No obstante, como el propio Madoz afirma en la película Regar lo escondido, de 2010, que se proyecta en una de las salas, se trata de crear imágenes monásticas, esto es, austeras, incluso secas, pero cuya sequedad, cuyo esquematismo, suponga un impacto absoluto: no una ramificación, sino una concentración de estímulos visuales. La relación con la naturaleza se atenúa, pero no desaparece, en un conjunto de piezas cuyos elementos son solo obra del hombre. Me atrae un monedero que se presenta como un libro: el libro es Das Kapital, de Karl Marx; otro libro se presenta como una puerta con mirilla; una vela parece una escalera de caracol; y una pala de pimpón está ajedrezada. Como los prestidigitadores, Madoz recurre a menudo a los naipes y a los relojes para sus creaciones. Signos, cartas, relojes, libros: el lenguaje, en sus múltiples formas, con sus innumerables códigos, constituye el factor humano de un buen número de obras. La reunión de los elementos que componen las fotografías de Madoz, siguiendo un esquema binario irreductible, incorpora alguna violencia, pese a su amabilidad, porque supone un choque de mundos encontrados. Reconozco que la visión de una nube dentro de una jaula me incomoda. ¿Pero desde cuándo el arte no debe incomodar? Si no lo hace, no es, en realidad, arte, sino mera decoración. Lo que también nos incomoda a Teresa y a mí, al salir de la exposición, es tener que esperar a entrar en la tienda: el coronavirus manda y hay que asegurar que no se junten demasiadas personas en un espacio tan exiguo. Pero no compramos nada. Al salir del pabellón, advertimos que una pareja se acaba de levantar de una de las pocas mesas que hay en la terraza del bar, en una gratísima sombra cercana, y nos abalanzamos a ocuparla: con el COVID campando por ahí, las mesas de las terrazas son bienes suntuarios. No obstante, no nos sentamos hasta que Teresa no consigue que el camarero la desinfecte de los anteriores ocupantes. Teresa es muy pulcra, y en las actuales circunstancias, casi prusiana. Luego ya solo nos queda disfrutar de esta preciada sombra, chupando una cerveza y un refresco. El Jardín Botánico, nos tememos, va a tener que seguir esperando tiempos mejores, es decir, menos tórridos.

domingo, 9 de agosto de 2020

Ignacio Aldecoa: El diorama de los desheredados

Los Cuentos completos de Ignacio Aldecoa (1925-1969), publicados ahora por Alfaguara/Penguin Random House (Barcelona, 2018), son la tercera recopilación de sus relatos, tras las de Alicia Bleiberg en 1971 y la prologada y anotada por su viuda, Josefina R. Aldecoa, en 1995. Parece que ahora son definitivamente completos. Es un mamotreto: 79 narraciones, escritas entre 1948 y 1969, y repartidas en 740 páginas, más el prólogo publicado en 1995. Pero es también un acontecimiento editorial: una de esas operaciones que, sistemáticas, panorámicas, enriquecen la literatura de un país. Aunque lo que para mí constituye un acontecimiento editorial, quizá no lo sea para muchos. De momento, no he tenido noticia de recepción crítica alguna: ni reseñas, ni comentarios, ni artículos, ni nada. (Los periódicos, en general, se dedican ahora a otras cosas, como publicar poemas de los —y, sobre todo, las— jóvenes poetas digitales y youtubers que no hace mucho habrían abochornado a cualquier persona letrada, o entrevistas a lamentables maestros de esta generación lamentable). Y es una pena, porque Aldecoa ha sido —y sigue siendo, tal como está el patio— uno de los mejores narradores en español —de uno y otro lado del océano— del siglo XX.

Para nuestra satisfacción, escribió mucho. A los relatos que incluye esta edición —algunos, muy largos, son casi nouvelles— se suma una destacada obra novelística, con títulos memorables como Gran Sol, Parte de una historia o Con el viento solano, que recuerdo haber leído, siendo adolescente, con la fascinación de quien se ve arrastrado al pedregal erizado de aristas, pero también aterciopelado de flores, de una palabra veraz y fulgurante. Aún sorprende más que una producción tan numerosa fuese escrita por alguien que murió a los 44 años. Aldecoa fue otro, en aquellos terribles años, que se marchó mucho antes de lo imaginable, como Luis Martín Santos o José Luis Hidalgo.

Muchas cosas llaman la atención de Cuentos completos. En primer lugar, su condición coral, su naturaleza de obra multitudinaria, pero encajada, a la vez, en una horma reconocible y coherente. En este sentido, como asamblea de las múltiples voces de la lengua, es también una obra épica. Los relatos de Aldecoa conforman un vívido fresco de la España aldeana y tenebrosa de la segunda posguerra, de aquella España en la que, como decía otro escritor añorado, Manuel Vázquez Montalbán, a todo el mundo parecían olerle los pies. Sus protagonistas son, casi sin excepción, personas del pueblo, del pueblo más bajo: de lo que antes (ahora ya no sé) se llamaba proletariado, y hasta lumpenproletariado. Por las páginas de Cuentos completos desfilan los que trajinan la chatarra, los que cazan víboras y ratas en las cloacas para sacarse unos duros, los que viven en chabolas, los peones y los jornaleros, las criadas y las mujeres a las que pegan los maridos, los borrachines, los pícaros, los holgazanes, los enfermos del pecho o de revenido —como se llamaba entonces al cáncer—, los estudiantes alojados en pensiones que no pagan a sus caseros, los que aspiran a conseguir trabajo en la ciudad, los campesinos sin apenas campo que labrar, los vendedores de cualquier cosa, los aprendices de cualquier cosa, las cerilleras y las modistas, los marineros zarandeados por las tormentas y la poca pesca, las solteronas y las viudas, los niños que se despellejan las rodillas en las calles de los pueblos, los que viajan en tercera clase, los soldados que no tienen ni para viajar en tercera clase, los fogoneros que alimentan al tren, los boxeadores de barrio —como el inolvidable Young Sánchez—, los cómicos de la legua y los faranduleros del tres al cuarto, los guardias civiles, los subalternos de los ayuntamientos, los gitanos, los artistillas fracasados, los dueños de figones, los novios que no pueden casarse porque no tienen dinero o el permiso de sus padres, los herbolarios y los curanderos, los poceros y los camioneros, los albañiles que se matan en la obra, los cobradores de tranvía, los que madrugan, los que no tienen donde ser enterrados; en suma, los pobres y desventurados, que en la España del medio siglo eran casi todos. A muchos los rodean otros personajes, mejor situados en el escalafón social, que los explotan, engañan o evitan: pequeños burgueses, menestrales, funcionarios. Y a todos los oprimen, como un miasma desdichado, las ideas que supura una sociedad en la que imperan la estulticia nacionalcatólica, el hambre y el instinto de supervivencia.

Ignacio Aldecoa se sitúa, pues, en aquella literatura denominada social que pretendió denunciar la vida lúgubre, asordinada, en la que el franquismo y la miseria habían sumido a los españoles. Su forma de denunciarla no era otra que reflejarla: Aldecoa fue un espejo más en el camino, un espejo punzante y sanguíneo, como lo fueron otros realistas mesoseculares: Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, Jesús Fernández Santos, Luis Romero o Jesús López Pacheco, excelentes escritores hoy bastante dejados de la mano de Dios. Para Aldecoa, nos recuerda Josefina, las mejores universidades fueron las tabernas (aunque seguramente también habría estado de acuerdo con Faulkner, que opinaba que eran las casas de putas).

No obstante el carácter deliciosamente callejero de la literatura de Ignacio Aldecoa, su prosa aparece bañada siempre de un espíritu poético. Él, de hecho, como tantos narradores, se inició en la poesía —publicó dos poemarios: Todavía la vida, en 1947, y La vida de las algas, dos años después; significativamente, ambos incluyen la palabra «vida» en el título— y fue amigo de postistas y hasta postista él mismo. Su lirismo se evidencia en las descripciones, afiladas y sutiles, fruto de una observación minuciosa. A veces es inmediatamente reconocible («De las colmenas del otoño se vertía, en el atardecer, el color de los campos. De las colmenas del otoño se endulzaban los ojos de una vaga melancolía. El crepúsculo ponía cresta de gallo a las cimas de los montes lejanos…», leemos en «La humilde vida de Sebastián Zafra»); en otras ocasiones se transfigura en un verbo tan plástico como preciso. Así se describe, por ejemplo, a un tal Pedro Lloros, un muerto de hambre como tantos, en «Los bienaventurados»:

Pedro Lloros estaba pasando el invierno a trancas y barrancas. Dormía bajo los puentes, con el alma en vilo de que se lo llevase una crecida. Le quedaban dos amigos; los otros estaban invernando en los calabozos. Andaba Pedro algo atosigado con los bronquios, que le silbaban como locomotoras. Iba vestido a la antigua usanza de los vagos: así, botas distintas y picañadas, pantalón con ventanas en el lipardi y balcones en las rodillas roñadas, elástico camuflado con cuadritos de diversos colores, bufanda de marino (asilo de bichejos), abrigo holgado, desflecado, tieso de coipe y de hechura militar. Se cubría con una manta de caballo y apoyaba la cabeza en un fardel con corruscos, camisas de verano, folletín de entretenimientos y lata para recibir sobrantes. Sus dos amigos también iban de uniforme. Los tres cubrían sus cabezas moras con minas de colador.

Ignacio Aldecoa debía de pensar, con Josep Pla, que describir es mucho más difícil que opinar. Las opiniones son como las narices: todo el mundo tiene una. Pero describir requiere paciencia, sensibilidad y oficio, cualidades que no abundan entre la gente, y ni siquiera entre los escritores. Para que cuajen en un resultado feliz, Aldecoa se vale de una mirada taladradora, de una percepción porosa, de una curiosidad inagotable y de una compasión a prueba de bombas. El fruto son crónicas palpitantes y exactas —palpitantes por exactas— que nos impregnan al instante de su fuerza, que nos permiten ver y, gracias a esa visión, entender.

Tres aspectos destacan especialmente en la obra cuentística de Aldecoa, y en toda su literatura: el vocabulario, la ironía y los diálogos. El primero luce siempre una adecuación insólita al tema tratado o al contexto en el que se desarrolla. Aldecoa conoce los lenguajes jergales —de los marineros, de los ferroviarios, de los labradores—, los dialectos, las germanías. Su conocimiento es tan vasto que muchas de las voces que emplea resultan hoy incomprensibles, al menos para mí, y hay que recurrir al diccionario para saber qué quieren decir «picañada», «lipardi» y «coipe» (y casi también «fardel con corruscos»), por no salir del fragmento transcrito. (He llegado a pensar en los traductores de Aldecoa, si es que los ha tenido o, como sería deseable, los hubiera de tener. ¿Cómo traducirían un pasaje como este: «—Si sale el norte a mediodía, barre las nubes y guiñará el ojo Lorenzo. —Pero el castellano no le va a dejar. ¿No oye cómo suenan las cornetas?»?). Pero, además de ese conocimiento singular que le permite utilizar la palabra óptima, es decir, técnicamente idónea, para el objeto o la acción mencionados, Aldecoa posee otro, asimismo muy amplio, de los múltiples registros de la lengua. El resultado es un léxico riquísimo, que permite una adjetivación vivificadora («desmandibulada risa», «fosfórica negrura», «una mesa de billar como un catafalco») y en el que conviven arcaísmos y cultismos, neologismos y coloquialismos, y donde destaca, por encima de todo, el habla popular, con sus giros, refranes y silencios, con la que nos persuade de que el narrador no es un escritor criado a los pechos de otros escritores, sino un desheredado que expone sus esperanzas, siempre frustradas, y sus infortunios, interminables.

El habla popular se expresa, en estos Cuentos completos, en conversaciones secas, tableteantes. Los diálogos de Aldecoa están vivos, como sus personajes, y ambos, diálogos y personajes, se comunican esa viveza: se transfieren latido y verosimilitud. El diálogo, en literatura, es también muy difícil, aún más que la descripción. Pero para Aldecoa, como para Lezama Lima, solo lo difícil es estimulante. Esa dificultad, no obstante, a él se le diluía en naturalidad: lo que cuenta, lo que dice, parece sencillo, surgido fluidamente de la contemplación: una escena de la vida diaria atrapada al vuelo, un pequeño sainete vecinal, un intríngulis doméstico, sin filosofías, y todo atravesado por cierto aire burlón —lo que antes he llamado ironía—, como si, a la vez que nos cuenta las descorazonadoras peripecias de sus criaturas, y hace que nos compadezcamos de ellas, se riera un poco de la maldad y la insignificancia que anida en todos nosotros, de las pretensiones y malandanzas a que conduce la necesidad.

Aldecoa, en fin, no se equivoca nunca, o casi nunca. A veces es laísta; a veces —y esto es más grave— a sus cuentos les falta algo de punch, como si no fueran cuentos, en realidad, sino crónicas, testimonios, escenas de un diario. Pero su prosa, enérgica, fluye siempre con suavidad, sin que la ennegrezcan metáforas exageradas, caídas de tensión, tropezones sentimentales, vocablos imprecisos, nudos sintácticos, puntuaciones vacilantes, excursos innecesarios, ambigüedades. Las acciones se suceden con ilación. Los personajes se expresan inteligiblemente. Todo está bien articulado; todo, aun lo horroroso, aun lo contradictorio, está bien dicho. Cuentos completos es un regalo para el lector que quiera asomarse a un mundo, acaso ya periclitado, pero del que somos herederos, por la ventana privilegiada de una prosa sin error.

[Esta reseña se publicó en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 835, enero 2020, pág. 142-145].

lunes, 3 de agosto de 2020

En Deltebre y la playa del Fangar

El cochino coronavirus reduce nuestro círculo de actuación: nuestros viajes son ahora gallináceos, como decía Pla (Josep, no Albert). A lomos de mi gallina particular, un Toyota de doce años (la avanzada edad suele ser peyorativa en el caso de los coches, pero meliorativa en el del whisky), me acerco este fin de semana al Delta del Ebro, una zona que, pese a sus muchos atractivos, conozco poco. Haré noche en Deltebre, la puerta del lugar, a donde llego después de cruzar arrozales interminables, salpicados de garzas, cuya sinuosa blancura encala fugazmente el verde subido de los plantones. El arroz y el turismo son las principales industrias de esta gran comarca, y a las dos las nutre el padre Ebro, que la ha formado con los depósitos aluviales que lleva milenios arrastrando. A la entrada del pueblo me recibe un enorme cartel que me informa de que he llegado a "Deltebre, República Catalana". Son curiosas estas fantasmagorías desiderativas: la República Catalana no existe, ni ha existido nunca, pero la gente se empeña en afirmarla como si fuera una realidad. Aquí ese empeño es intenso. En otra calle veo un rótulo callejero que señala la dirección en la que se encuentra la sede local del Partit Demòcrata de Catalunya, igual que se indica dónde queda la iglesia del pueblo o el dispensario de la Cruz Roja. No sé cuál es el grado de independentismo del Partit Demòcrata de Catalunya —la implosión de Convergència i Unió en partidos, asociaciones, plataformas, sectas, facciones y grupúsculos soberanistas es de tal magnitud que me declaro incapaz de distinguirlos—, pero doy por hecho que es muy alto. En el paseo que doy por el pueblo reconozco a muchos magrebíes; algunas mujeres visten chilaba talar, con el complemento chic de la mascarilla, que acaba de enterrarlas bajo tela. Muchos lugareños charlan, sentados a la puerta de sus casas, bajas y generalmente descuidadas: ocupan toda la acera. Algunos, incluso, trabajan en el huerto, encajado entre dos casitas. Esto es un pueblo, y se nota. En una plazoleta se alza una estatua que homenajea "al pagès que va transformar les nostres terres" ('al campesino que transformó nuestras tierras'). En muchos rincones, lo que se eleva son árboles frutales —una higuera desprende un tufo dulzón, tan fuerte que es casi ofensivo— o plantas enredaderas, como las buganvillas, que lo inundan todo de púrpura. Llego al paseo del río, que fluye manso pero poderoso. El agua no es ocre, como suele suceder con los ríos de mucho caudal y abundante tráfico, sino muy azul, y las riberas, pobladas por una espesa vegetación, son muy verdes. Me dejo arrullar por la música de la naturaleza, que aquí parece sonar en plenitud. Oigo a los pájaros, y el murmullo del agua, y el zumbido de los insectos, y el cuchichear del viento, un compañero habitual de estas tierras, por entre las hojas de los árboles. Pero la actividad humana emborrona estas apacibles melodías. Pasa una moto de agua, abriendo una calle de violentas espumas en el agua serena. Pasan también ciclistas. Primero, uno gordo: él resopla; el velocípedo cruje. Luego, una madre joven con un traje de topos, que enseña las piernas al pedalear: ahora soy yo el que resopla. Por fin, una chica que se acerca haciendo eses y que acaba cayéndose, aunque sin consecuencias: se levanta de un salto, recoge la bici maltrecha y se aleja, ya sin culebrear. Y, como trasfondo de todo, se oye el tráfico de los coches, un como quejido que se acentúa conforme me aproximo al puente colgante que une Deltebre y Sant Jaume d'Enveja, el pueblo que ocupa la otra ribera del río, y que sustituye a las antiguas barcazas y transbordadores que desde 1849 han transportado, aquí, a personas, animales y vehículos de una orilla a otra. El puente, eso sí, ostenta un nombre poco imaginativo: Lo passador ('el que pasa'). En el paseo, también me cruzo con uno de esos parques con aparatos de gimnasia que los ayuntamientos disponen para que la gente haga un poco de ejercicio. Los cacharros, blancos y algo descascarillados ya, parecen robots o piezas de arte contemporáneo. Pero nadie los utiliza. Cuando regreso al pueblo, vuelvo a sumergirme en esa República Catalana tan deseada por los vecinos que, simbólicamente al menos, lo inunda todo. Paso por la plaza así llamada, de la República Catalana, donde una placa informa de que el lugar conmemora "el procés de construcció nacional" y de que su nombre fue elegido por los deltebrenses. También consta su fecha de inauguración: el 10 de septiembre de 2015, un día antes del 11 de septiembre, la fecha sagrada de los independentistas. La placa reproduce asimismo unos bucólicos versos del poeta local Baltasar Casanova i Giner. En el centro de la rotonda flamea una estelada y la avenida que nace en la plaza y conduce al centro de Deltebre se llama "1 d'Octubre", otra fecha digna de reverencia en el imaginario indepe. Por esa avenida llego al ayuntamiento, cuya fachada luce —no sé por qué no me sorprende— otra estelada y una inmensa pancarta que reclama la libertad de los presos políticos. Estoy en un país imaginario, donde se proclama una república que no existe, ondean banderas privadas en los edificios públicos y se tiene por "preso político" a quien ha violado la ley. La bandera de Deltebre, por cierto, es verde, como los arrozales, y su escudo contiene, en sinople, un ramo de espigas de arroz. A la mañana siguiente, tras no haber dormido demasiado bien —nunca duermo bien la primera noche que paso en una cama que no es la mía—, me levanto temprano para acometer la excursión que tengo planeada al faro del Fangar, que encabeza, o casi, la playa homónima, una de las más largas del litoral catalán, y que nunca he visitado. El GPS —uno de los grandes inventos de la humanidad, sobre todo para los automovilistas nefastos como yo— me lleva sin error al punto de inicio, junto a un restaurante llamado "Vascos" —así, sin más—, que a estas horas aún está cerrado. Estoy a punto de ir hacia el otro lado: un cartel indica que hay una playa nudista a 1.350 m de distancia. Pero no: me atengo al plan, que consiste en recorrer la playa y bañarme junto al faro. El principio no es muy prometedor: un enorme desagüe de cemento cruza la arena y desemboca en el mar. No parece que arroje aguas negras ni desechos químicos, pero su presencia no deja de ser inquietante. Poco después, paso junto a una maraña de árboles muertos, sobre la que pende una nube de libélulas. Los anisópteros deciden acompañarme y me escoltan, durante un buen rato, como helicópteros anaranjados. Sobrevuelan la arena con desplazamientos lineales y rapidísimos hasta que, con la misma resolución con que se me han unido, deciden dispersarse en la inmensidad del arenal. A esta hora la playa está casi vacía. Solo unos pocos pescadores atienden las cañas. Uno, viejo, sentado, ni siquiera eso: está absorto en el móvil. Dudo si pasar por debajo de los sedales, tensos hacia el agua, o rodearlos, no sea que con mi altura y un mal golpe de viento me enrede con ellos. Pero uno de los pescadores, que advierte mi vacilación, me indica que sí, que puedo pasar por debajo. A diferencia de las escaleras, no trae mala suerte. En el agua solo hay dos bañistas, que también son pescadores. Buena parte de la playa está ocupada por dunas, unas fijas, recubiertas de vegetación, y otras móviles, de esas que el viento no deja de lamer y acuciar. Las dunas están señalizadas con un cableado naranja, horrible, pero muy visible, que es de lo que se trata: hay que evitar que la gente las pisotee. En sus recovecos anidan los charranes y las gaviotas; una, enorme, sale volando de entre los montículos y se adentra en el mar. Las dunas son las principales protagonistas del lugar y se las deja crecer hasta donde quieran: en algunos puntos casi llegan al agua y el paso se reduce a una estrecha franja de arena compactada. Puntean la arena por la que sí podemos transitar peces muertos, resecos, llenos de agujeros, casi fosilizados, en los que pululan insectos y bichos que desconozco y que renuncio a conocer. Tras unos cinco kilómetros de marcha, llego al faro, que nunca deja de verse en la distancia: es la meta a la que se dirigen todos los pasos. Se trata de una airosa torre de 20 m de altura, que se encuentra a 20 m sobre el nivel del mar, aunque esto sorprende algo, porque da la impresión de estar exactamente al nivel del mar. Se construyó en 1972 y fue remozada en 1986. Pero el primer faro que hubo aquí data de 1864, y fue obra de un ingeniero inglés, Mr. Henderson, de Birmingham. En aquellos tiempos, los ingleses campaban por el mundo construyendo puentes, faros, fábricas y hasta un imperio. Hoy se encierran en su isla, temerosos de la gente. Aquella primera construcción no sobrevivió, como tantas otras cosas, a la Guerra Civil: fue incendiada. Hoy se yergue blanca, con una ancha franja roja en el centro, dos pisos superiores y dos placas solares en lo alto. Deslucen algo su prestancia el montón de basura que alguien ha dejado a la entrada y una pintada: "El PHN, mort del Delta". Supongo que PHN significa "Plan Hidrológico Nacional", siempre muy contestado por las poblaciones de la zona, que no quieren que el agua que las riega y les da de comer se vaya a otros lugares. Es comprensible, aunque no sé si muy solidario. No hay, en cambio, ninguna estelada, como me temía: es un alivio. Como había planeado, planto la toalla en la arena, dejo la mochila y me meto en el agua, que está a la temperatura perfecta: ni es sopa ni está helada. Braceo con fuerza y, cuando me detengo, me abofetean blandamente las olas, con sus penachos de espuma. Desde el agua contemplo la línea de la sierra, que recorren, como un peinado cherokee, los aerogeneradores de un interminable parque eólico. Pero esto también es lógico: aquí el viento es una fuerza constante; hoy lleva toda la mañana soplando. Bandadas de grandes pájaros, como fugitivas manchas grises, pasan entre los aerogeneradores y yo. Me baño y me seco al sol. Vuelvo a bañarme y vuelvo a secarme al sol. Me refresco dudosamente con el agua que he tenido la precaución de traer en un termo: en todos los kilómetros de la playa no hay ningún servicio. Por suerte. Cuando me siento lo bastante rebozado de sal y de sol, emprendo el camino de regreso. Pero han pasado varias horas, y la playa ha perdido la deliciosa vaciedad de la mañana: ahora está concurrida, incluso por grupos que portan los clásicos aparejos veraniegos: sombrillas, patitos de goma, pelotas de Nivea y perros, muchos perros. Uno corretea alegremente junto a un cartel que obliga a llevar a los perros atados. Sus dueños se ven felices. Un joven pasa a mi lado con la mascarilla puesta. Con este calor y con este viento, que debe de haberse llevado cualquier gotícula de coronavirus a kilómetros de distancia, en un lugar donde la distancia entre las personas se mide por leguas, lleva mascarilla. Sin duda es un ciudadano responsable, muy responsable, responsabilísimo. Pero la responsabilidad puede convertirse en una carga insoportable, además de ser, a veces, una ridiculez. Cuando he llegado esta mañana a "Vascos", apenas había media docena de coches aparcados. Cuando llego ahora, hay doscientos. Huyo, huyo deprisa.

miércoles, 29 de julio de 2020

La carta de Harper's y una carta española

Nunca se me han dado bien las causas. No me gustan, aunque sean nobles, aunque estén justificadas. Me disuade de abrazarlas el espíritu gregario que promueven —y que las sustenta—, la fatal disolución de la individualidad en la masa, y la pérdida de matices y de ecuanimidad que suelen comportar. Además, una causa —sobre todo si se escribe en mayúsculas— es algo que me resulta muy grande. Bastante tengo yo con articular un pensamiento propio, si es que llego a articularlo, y con defenderlo frente a los embates y las injusticias del mundo como para abrazar algo tan magno, tan trascendente, algo que reúne a tantísima gente, sea lo que sea, como una causa. Una causa desborda por completo mi capacidad de comprensión y se acerca, las más de las veces, a una posición casi religiosa; y eso me pone los pelos de punta. Soy, pues, poco dado a sumarme a manifestaciones callejeras, a agitar pancartas en ningún sitio, a suscribir manifiestos colectivos, a afiliarme a partidos políticos, a militar en iglesias; hasta me di de baja de la Asociación de Ateos de España, de la que había caído en la tentación de hacerme miembro: me resultaba incómodo sujetarme a la disciplina de un pensamiento doctrinal, aunque fuese una doctrina muy laxa y saludable frente a las sectas nauseabundas de las religiones. Pero esta incapacidad mía para someterme a la petrificación de las reivindicaciones no significa que no luche por aquello en lo que crea (y que me parezca que merece ser defendido). Lo hago en petit comité, a veces tan petit que solo lo integro yo: procuro adecuar mi comportamiento, en la medida en que me lo permite la carne, que es débil, y el espíritu, que aún lo es más, al modelo ético que me he dado; voto a los partidos y apoyo a las organizaciones cuya labor estimo conducente a mi ideales colectivos; hago las donaciones que juzgo oportunas; y, sobre todo, expreso siempre y sin recato mis opiniones. Suscribir utopías, no; pero callarme, tampoco: decir lo que pienso es la mejor, si no la única, forma que conozco de estar en el mundo y de secundar o repudiar sus solicitaciones. No obstante, todo tiene excepciones. O casi todo: la muerte, de momento, no. Por eso, en alguna rara ocasión, me he adherido a iniciativas colectivas que me han parecido, en unas circunstancias determinadas, especialmente necesarias. Y una de estas ocasiones se ha dado hace poco. En los Estados Unidos se publicó el pasado 7 de julio una carta, firmada por 150 intelectuales, que alertaba del daño que estaban causando a una sociedad abierta ciertos movimientos sociales, cuyas justas reivindicaciones dejaban de serlo cuando conducían a la imposición ideológica y alimentaban prácticas inquisitoriales inaceptables en una comunidad democrática. La carta,  "A Letter on Justice and Open Debate", aparecida en la revista Harper's, puede leerse aquí: https://harpers.org/a-letter-on-justice-and-open-debate/ (El País dio su traducción: https://elpais.com/cultura/2020-07-08/una-carta-sobre-la-justicia-y-el-debate-abierto.html). Poco después surgió la iniciativa de apoyar el manifiesto con otro en España, me llegó la propuesta y la firmé. Entre los demás firmantes hay gente a la que admiro y gente a la que detesto (incluso alguno que me es particularmente repulsivo). Pero pensé que precisamente por eso era necesario que la firmara: porque, en este caso, no se trata de sumarse al rebaño de los que piensan como uno (o uno como ellos), sino de reivindicar con todos el derecho a decir lo que sea sin sufrir represalias materiales: sin que se te despida del trabajo, ni se destruya tu carrera, ni se te someta a un linchamiento digital, ni se te convierta en un paria para los restos. Esto es lo que ha sucedido siempre en los regímenes totalitarios, de cualquier época y cualquier ideología, pero lo que no puede suceder en un mundo que deseamos justo y amable, donde quepa la crítica, por acerba que sea, pero no la venganza, y donde las revoluciones se lleven a cabo en el seno de la civilización, acreciéndola, no animalizándola. Como dice la carta de Harper's, se trata —en los Estados Unidos, pero también en España; en todas partes— de derrotar las malas ideas con el debate abierto, la argumentación y la persuasión, no mediante el aplastamiento o el ostracismo de quienes las sostengan. Es difícil no estar de acuerdo con eso.

Esta es la carta que suscribí:

Los abajo firmantes somos de la opinión que la carta remitida a HARPER’S por escritores e intelectuales norteamericanos de diversas procedencias y tendencias políticas, dentro de una corriente liberal, progresista y democrática, contiene un mensaje importante. 

Queremos dejar claro que nos sumamos a los movimientos que luchan no solo en Estados Unidos sino globalmente contra lacras de la sociedad occidental como son el sexismo, el racismo o el menosprecio al inmigrante, pero manifestamos asimismo nuestra preocupación por el uso perverso de causas justas para estigmatizar a personas que no son sexistas o xenófobas o, más en general, para introducir la censura, el ostracismo y el rechazo del pensamiento libre, independiente, y ajeno a una corrección política intransigente. Desafortunadamente, en la última década hemos asistido a la irrupción de unas corrientes ideológicas, supuestamente progresistas, que se caracterizan por una radicalidad que apela a tales causas para justificar actitudes y comportamientos que consideramos inaceptables.

Así, lamentamos que, tal como escriben nuestros colegas estadounidenses, se hayan producido represalias en los medios de comunicación contra intelectuales y periodistas que han criticado los abusos oportunistas del #MeToo o del antiesclavismo new age; represalias que se han hecho también patentes en nuestro país mediante maniobras discretas o ruidosas de ostracismo y olvido contra pensadores libres tildados injustamente de machistas o racistas y maltratados en los medios cuando no linchados en las redes. De todo ello (despidos, cancelación de congresos, boicot a profesionales) tienen especial responsabilidad líderes empresariales, representantes institucionales, editores y responsables de redacción, temerosos de la repercusión negativa que para ellos pudieran tener las opiniones discrepantes con los planteamientos hegemónicos en ciertos sectores.

La conformidad ideológica que trata de imponer la nueva radicalidad que tanto parecido tiene con la censura supersticiosa o de la extrema derecha— tiene un fundamento antidemocrático e implica una actitud de supremacismo moral que creemos inapropiada y contraria a los postulados de cualquier ideología que se reclame de la justicia y del progreso.

Por si fuera poco, la intransigencia y el dogmatismo que se han ido abriendo paso entre cierta izquierda, no harán más que reforzar las posiciones políticas conservadoras y nacional-populistas y, como un bumerán, se volverán en contra de los cambios que muchos juzgamos inaplazables para lograr una convivencia más justa y amable.

Desde estas líneas recabamos el apoyo de quienes comparten la preocupación por la censura que se ejerce sobre el debate acerca de determinadas cuestiones que quedan convertidas de esta forma en nuevos tabúes ideológicos que se suponen intocables e indiscutibles. La cultura libre no es perjudicial para los grupos sociales desfavorecidos: al contrario, creemos que la cultura es emancipadora y la censura, por bienintencionada que quiera presentarse, contraproducente. Tal como opinan nuestros colegas americanos, “la superación de las malas ideas se consigue mediante el debate abierto, la argumentación y la persuasión y no silenciándolas o repudiándolas”.