miércoles, 17 de octubre de 2018

Oscar Wilde, Alfred Douglas y el (odioso) marqués de Queensberry

Siempre me ha atraído la figura de Oscar Wilde. Digo bien: su figura antes que su literatura. Su inteligencia acerada, su amor por la paradoja, su dandismo trasnochado (todo dandismo, deliciosamente, lo es), su esteticismo implacable y la persecución que sufrió, por maricón, por parte de la sociedad victoriana me lo hacen irremediablemente simpático. Su obra no acaba de seducirme, aunque De Profundis, la Balada de la cárcel de Reading y algunas piezas de teatro sean seductoras. No es un mal bagaje, en realidad: muchos escritores que alcanzan la fama no dejan en la literatura tantas obras meritorias como él. Cuando viví en Londres, veía a menudo la que fue su casa durante una década, entre 1885 y 1895, en el número 34 de Tite Street, en el barrio de Chelsea. Allí estaba la placa redonda y azul con que la ciudad recuerda a sus residentes célebres. De mis paseos por Tite Street di cuenta en una entrada de mi blog inglés, Corónicas de Ingalaterra (https://eduardomoga.blogspot.com/2013/10/oscar-wilde-en-tite-street.html). También colgué otra sobre la cárcel de Wandwsorth, en la que estuvo encerrado casi cinco meses en 1895, antes de ser trasladado a la definitiva de Reading, donde cumpliría el resto de la condena a dos años de trabajos forzados que se le había impuesto por "ultraje a la moral pública", el tipo penal que castigaba las prácticas homosexuales que no supusieran penetración (cuando había cópula, era sodomía: así de minuciosa y eufemística era la justicia británica de la época), y donde escribiría su célebre Balada (https://eduardomoga.blogspot.com/2014/09/clapham-junction-y-la-carcel-de.html). Hace poco, en la Feria del Libro Viejo y de Ocasión de Barcelona, me hice por unos pocos euros con un ejemplar de Cartas a Lord Alfred Douglas, una recopilación de las epístolas de Wilde a su enamorado (las pocas que sobrevivieron a este, que confesó haber destruido más de 150), traducidas, prologadas y anotadas por Luis Antonio de Villena (Barcelona, Tusquets, 1987). El libro tiene, en las páginas de respeto, un exlibris de un unicornio y una dedicatoria de Juanvi a Eulalia, fechada en enero de 1990. El tal Juanvi demuestra conocer la poesía de Wilde y saber escribir: "Aquí tienes", dice, "dispersas en su pasión y sus momentos, las semillas (aunque burbujas) del DE PROFUNDIS. Te las entrego en la confianza de que nunca, Eulalia, habrá cartas así entre nosotros... Aprendo a amarte". Me encantan las dedicatorias: me llenan de melancolía, me sugieren visiones, me permiten, fugazmente, meterme en la piel de otros, que es, precisamente, uno de los fines de la literatura. Esta es, además, una dedicatoria cultivada y muy personal (aunque no muy existosa, a la vista del destino que se le ha dado al libro): mejor aún. Las cartas casi exclusivamente de Wilde a Douglas; de este solo hay una, en apéndice, junto con el soneto "El poeta muerto", escrito en 1901 e incluido en Sonnets, de 1909, e inspirado por Oscar revelan la pasión muy idealizada, sí, pero también muy física y la torrencial admiración del autor de El retrato de Dorian Gray por su "queridísimo muchacho". Así lo veía él, y así lo vemos nosotros, todavía, en las fotos que se han conservado del Douglas joven: un efebo rubio, delicado, casi virginal, aunque, según todos los testimonios, dotado también de un genio imprevisible y un carácter irritable. Esto le escribía Oscar en la carta del 20 de mayo de 1895, mientras esperaba, con pesimismo, el veredicto del juicio al que había sido sometido, que se dictó cinco días después: "Mi dulce rosa, mi delicada flor, mi lirio de los lirios, será a buen seguro en la prisión donde tendré que probar el poder del amor. Veré si puedo convertir en dulces las aguas amargas con la intensidad del amor que te tengo (...). Aunque cubierto de fango, te enalteceré, te llamaré desde los más profundos abismos [he aquí, acaso, la semilla más reconocible del De Profundis posterior, el salmo 130: De profundis clamavi ad te, Domine...]. En mi soledad estarás conmigo. He determinado no rebelarme, sino aceptar cada ultraje por devoción al amor. Dejar que mi cuerpo sea deshonrado tanto como pueda mi alma conservar tu imagen. De tu pelo sedoso a tus delicados pies, representas para mí la perfección. (...) Lo que la sabiduría es al filósofo, lo que Dios al santo, eres tú para mí. Mantenerte en mi alma es el único objeto de este dolor al que los hombres llaman vida. ¡Oh, amor mío, que aprecio sobre todas las cosas, blanco narciso en un campo ubérrimo, piensa en la aflicción que cae sobre ti, aflicción que solo el amor puede iluminar. (...) Te quiero, te quiero, mi corazón es una rosa a la que tu amor ha hecho florecer, mi vida un desierto aventado por la brisa deliciosa de tu aliento, cuyos refrescantes manantiales son tus ojos; la huella de tus pequeños pies forma para mí valles de sombra, el aroma de tu pelo es cual mirra, y donde quiera que vayas exhalas el perfume del árbol de la casia" (págs. 107-109). El veredicto fue, en efecto, condenatorio, y Wilde descendió de golpe de las alturas de la fama a las simas de la lobreguez, de las que ya nunca emergió: tras salir de la cárcel, en 1897, malvivió en Francia bajo el seudónimo de Sebastian Melmoth y malmurió, solo y en la miseria, en 1900, con 46 años. Volvió a verse con Alfred Douglas en estos años finales, y hasta convivió con él algunos meses en Nápoles. Pero las presiones de ambas familias –el padre del efebo y la mujer de Wilde (porque Wilde estaba casado y tenía dos hijos) acabaron con toda posibilidad de continuar la relación. El padre del amante de Wilde era nada menos que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, el fundador de las normas modernas del boxeo (que, curiosamente, solo era 10 años mayor que Wilde, y que le dio la satisfacción de morirse unos meses antes que él). El hombre, amén de aristócrata, era bastante zoquete: había estudiado en Cambridge, como todos los jóvenes bien de la nobleza británica, pero no había conseguido licenciarse. Se conoce que el latín le gustaba menos que el críquet, la caza del zorro y, naturalmente, el boxeo. Su oposición a la relación entre su hijo Alfred y el, a sus ojos, marimacho de Wilde fue radical desde el principio: los acosaba en los lugares que frecuentaban, a veces acompañado por un púgil musculoso, como Wilde recuerda en una carta, les dificultaba los encuentros, maldecía públicamente de ambos. Oscar y Alfred lo llamaban "El marqués escarlata", por cómo se le ponía la cara cuando se enfadaba, cosa que sucedía muy a menudo y que debía de ser muy desagradable de ver. En 1895, el marqués, harto de los devaneos filiales, le mandó una tarjeta de visita a Wilde, en su club, en la que había escrito "Oscar Wilde, que presume de sondomita". Sholto ni siquiera había aprendido ortografía en Cambridge, y su confusión ha pasado a la historia universal de la burricie. No obstante, no se entiende cómo alguien tan lúcido como Wilde se dejó convencer para presentar una demanda por difamación contra el marqués. Al parecer, tanto Alfred como los demás miembros de su familia, que odiaban al unísono al padre, le instaron a hacerlo, y Wilde accedió, sin reparar en que así se metía en la boca del lobo. Los jueces absolvieron al aristócrata, como sin duda hacían nueve de cada diez veces cuando el acusador era alguien de la calaña de Wilde, e iniciaron un proceso contra este por sodomía e indecencia, que, entonces sí, acabó en condena de cárcel e incautación de bienes. Es significativo que el marqués de Queensberry fuera tan escrupuloso con las aficiones homoeróticas de su vástago, pero tan desinhibido con sus propias costumbres: su mujer lo demandó por adulterio, él se volvió a casar y a separar, y acabó muriendo de sífilis, es de suponer que no contraída en los pudibundos lechos conyugales, sino en los numerosos prostíbulos de los que era parroquiano. Curiosamente, su hijo mayor, Francis, también le salió sarasa. Este mantuvo relaciones nada menos con Archibald Primrose, quinto duque de Roseberry, que luego sería primer ministro de Su Graciosa Majestad, y el marqués escarlata, al parecer más escarlata que nunca, lo amenazó con divulgar sus aberrantes inclinaciones si el gobierno no encausaba a Oscar Wilde, que estaba, por su parte, corrompiendo a Alfred. A su titubeante ortografía el marqués sumaba un completo desconocimiento del principio de separación de poderes. Pero es que, por una extraordinaria injusticia del destino, le tocó lidiar con una nutrida representación del pecado nefando en su propia familia; a él, guardiamarina, cazador y amante de los puñetazos, que era tan macho. Pese a sus muchos defectos y zafiedades, entre los que brilla con luz propia la homofobia que era, por otra parte, la homofobia de su época, Queensberry cuenta con algunos puntos a su favor: civilizó el boxeo valga el oxímoron, que antes era una salvajada sangrienta, que resultaba con frecuencia en gravísimas lesiones y muerte, y en 1880 se negó a volver a ocupar el asiento en la Cámara de los Lores en el que se había sentado desde 1872, porque se le exigió que prestara juramento religioso a la reina y él se negó a hacerlo: era ateo y no quería participar en una "payasada cristiana". A mí, todos los ateos me caen simpáticos. Y hasta era escritor: en 1873 había compuesto un largo poema filosófico, El espíritu del Matterhorn, y, algunos años más tarde, un panfleto inquietantemente titulado La religión del secularismo y la perfectibilidad del hombre. Desde luego, él era muy perfectible, y sería de agradecer que se aplicase las enseñanzas del opúsculo a sí mismo. En cuanto a Alfred Douglas, también fue un pájaro de cuidado. Su aspecto eternamente adolescente ocultaba una personalidad turbulenta. Escribió mucha poesía, casi toda mala (aunque Wilde no deja de alabarla en sus cartas, pero se comprende: el amor entontece), y un primer libro sobre su relación con él, Oscar Wilde y yo, publicado en 1914 (y redactado, en su mayor parte, por un negro, el director adjunto de The Academy, la revista literaria que a la sazón dirigía), en el que no dejaba bien parado al que había sido, supuestamente, su gran amor. Era racista, y fundó una revista ferozmente antisemita, Plain English, en la que, entre muchas otras barbaridades, se llegó a afirmar que "hacía falta un Ku Klux Klan" en Gran Bretaña. Al final de su vida, renunció a esas ideas y abrazó el catolicismo, o más bien el integrismo católico, en una nueva demostración de que los que se sitúan en un extremo ideológico nunca cambian, aunque se sitúen en el extremo ideológico contrario. Se pasó, en fin, media vida pleiteando con unos y con otros: el gusto por los juicios le debía de venir del padre. El más conocido de todos fue el que sufrió en 1923 por difamar a Winston Churchill, acusándolo, entre otras lindezas, de participar en una conjura para asesinar a lord Kitchener, secretario de Estado para la guerra. Fue condenado a seis meses de cárcel, una experiencia de la que nunca se recuperó, según propia confesión, pero que aprovechó para escribir un remedo de la Balada de la cárcel de Reading, titulado In Excelsis (seguramente tomado del Gloria in excelsis Deo que se canta en la liturgia católica), que algunos consideran su mejor poema, que no sé si es mucho decir. Esta vez no utilizó a ningún negro, que se sepa, pero no dejó de suscitar dudas: Douglas afirmó haberlo escrito en la cárcel, como había hecho Wilde con De Profundis, pero, como no se lo dejaron sacar al salir libre, hubo de recomponerlo después de memoria. Y hay quienes creen que no lo escribió entre rejas, lo que le otorgaría una pátina excepcional, semejante a la de su ilustre amor, sino cuando ya estaba libre, en la paz del hogar. No obstante, para ser justo con él, transcribo a continuación el poema inspirado por Wilde, con mi traducción. Si lo que expresa es verdadero, habrá que reconocerle a Bosie, como lo llamaba Oscar, alguna virtud creadora y, sobre todo, alguna pureza de sentimiento, algún atisbo de amor.

I dreamed of him last night, I saw his face 
All radiant and unshadowed of distress, 
And as of old, in music measureless, 
I heard his golden voice and marked him trace 
Under the common thing the hidden grace, 
And conjure wonder out of emptiness, 
Till mean things put on beauty like a dress 
And all the world was an enchanted place. 

And then methought outside a fast locked gate 
I mourned the loss of unrecorded words, 
Forgotten tales and mysteries half said, 
Wonders that might have been articulate, 
And voiceless thoughts like murdered singing birds. 
And so I woke and knew that he was dead. 


Anoche soñé con él. Vi su cara
radiante, sin sombra de aflicción,
y, como antaño, pródiga en música,
oí su voz de oro, lo vi descubrir
la gracia oculta de las cosas triviales
y conjurar los encantos incluso del vacío,
hasta revestir las cosas de belleza, como de un ropaje,
y hacer del mundo un lugar encantado.

Luego me vi ante una reja inamovible,
llorando la pérdida de palabras sin memoria,
de cuentos olvidados y misterios apenas desvelados,
de maravillas que habrían podido decirse
y pensamientos sin voz, como ruiseñores asesinados.
Entonces me desperté. Sabía que había muerto.

viernes, 12 de octubre de 2018

De política (4): Cosas (preocupantes) que pasan en Extremadura

Los presidentes de seis comunidades autónomas Castilla y León, La Rioja, Galicia, Castilla-La Mancha, Asturias y Aragón: las tres primeras, gobernadas por el PP; las tres segundas, por el PSOE se han coaligado, y en septiembre se han vuelto a reunir, para instar al gobierno de la nación a una reforma del sistema de financiación y la adopción de medidas urgentes contra la despoblación, uno de los problemas más graves, si no el más grave, de sus regiones. La desertización de Extremadura es vertiginosa, y más alarmante todavía que en esos seis territorios de la España vacía, porque no solo afecta a los pueblos, que están exhaustos y, en muchos casos, a punto de desaparecer, sino también a la población urbana: hasta las ciudades extremeñas pierden ya habitantes. Según las últimas proyecciones demográficas del Instituto Nacional de Estadística, la población de Extremadura se reducirá en más de 70.000 habitantes en los próximos 15 años (el tercer descenso más acusado por comunidades autónomas), hasta situarse por debajo del millón de habitantes (ahora tiene 1.070.000). Pese a lo preocupante de los datos, Extremadura no se ha unido al grupo de comunidades que presiona por revertir o al menos mejorar la situación. ¿Por qué no?

En la Sierra de Gata, cerca de mi pueblo, Hoyos, se acaba de inaugurar un hotel, el primer edificio de un complejo de ocho, que configurará un llamado Campus Phi, sede de la Universidad de la Consciencia (sic), y donde tendrá también su sede la organización promotora del proyecto, la Fundación Phi, radicada hasta ahora en Puçol (Valencia). La buena noticia es que, en una zona deprimida (e incendiada) como la Sierra de Gata, se levante un establecimiento hotelero (de cuatro estrellas) que dé trabajo a la gente del lugar y atraiga el turismo (aunque atraer el turismo no sea algo que queramos necesariamente los que pasamos largas temporadas en aquel sosiego, y sin entrar en consideraciones sobre la ecología: quiero pensar que el mazacote del hotel, y del proyecto en general, que se encuentran en un hermoso paraje del monte Jálama, cuentan con todos los estudios de impacto ambiental y permisos de obras necesarios). La mala es que la Fundación Phi tiene todas las trazas de ser una secta. Y las sectas, a la larga, no dan dinero: lo quitan, además de suponer un grave perjuicio para la integridad intelectual de las personas y las comunidades a las que contaminan. Un vistazo a la página web de esta Fundación intranquiliza, como poco. Que se pretenda crear una "Universidad de la Consciencia" (normalmente, se crea la universidad y luego el campus; aquí ha sido al revés: ya hay campus, esperemos que no de concentración, aunque todavía no hay universidad) es per se preocupante. Pero asomarse a los principios que inspiran a la Fundación, los objetivos que persigue y las técnicas que emplea para alcanzarlos mueve al espanto. Esta es la finalidad principal de la Fundación Phi: "Como ninguna cosa puede verse como separada del Todo al que pertenece, nuestro objetivo es fomentar el necesario respeto al equilibrio entre cuerpo-mente-espíritu-entorno en la sociedad en que vivimos, para favorecer el estado de salud global e integral. Un respeto profundo a la verdad y a la unidad de la existencia es imprescindible para alcanzar la salud global del hombre y del planeta, entendida como un estado de armonía total. Salud Global es un estado de libertad total que llena de felicidad al ser humano”. Y, para alcanzar esa armonía total y esa felicidad que desborda al ser humano, la fundación practica y subvenciona la medicina natural (una denominación bajo la que suelen esconderse seudociencias y estafas, como la homeopatía o los tratamientos de herboristería contra el cáncer y otras graves enfermedades), la respiración holística, el par biomecánico una terapia según la cual dos imanes pueden depurar el cuerpo, haciendo que los campos magnéticos nivelen el PH del cuerpo y eliminen virus y bacterias y la medicina cuántica SCIO –que, en palabras de la Fundación Phi, "restablece o neutraliza los patrones de ondas negativas (o sea, pone orden en el caos)"–. Como fuente de financiación de sus actividades, entre otras, la Fundación Phi ofrece a sus asociados, simpatizantes, alumnos (en el futuro) y público en general un completo merchandising, que incluye, entre otros sofisticados productos, tarjetas bioenergéticas (que armonizan y aumentan el nivel de energía), armonizadores electromagnéticos (que neutralizan las radiaciones electromagnéticas nocivas de los móviles y ordenadores) y gafas reticulares-estenopéicas (sic), sea esto lo que sea. El patrón de la cosa es el bilbaíno Félix Balboa Lezáun, que atiende por H. H. Swami Rameshwarananda Giri Maharaj, monje de la orden Advaita Vedanta Sannyasin (Dasanami Sampradaya) y miembro de la Elijah Board of World Religious Leaders [Junta de líderes religiosos mundiales de Elijah], entre cuyos méritos profesionales hace constar que es el "Fundador del Método Phi, Psicoeducador Especialista en D. A. H. y Técnicas de Relajación y Respiración", así, todo con mayúsculas iniciales (y dejándonos con la intriga de qué sea "D. A. H.": ¿director de artimañas horrendas?). Todo recuerda, en fin, a una de esas camarillas yóguicas que predican papillas filosóficas orientales y una espiritualidad de cuchufleta, eficacísimas, empero, para hacer negocios muy occidentales. Lo más preocupante, sin embargo, no es que una organización como esta exista, ni hasta que sea capaz de levantar un hotel e incluso una universidad en una montaña cacereña, sino que los máximos representantes de la comunidad la apoyen y ratifiquen. El presidente Fernández Vara que es médico asistió hace un mes a la inauguación del hotel de la Fundación Phi. Y en octubre de 2015 había recibido al swami Félix en Mérida, con memorables resultados: el presidente ha revelado que quedó impresionado: «Cuando se fue del despacho, sentí cosquillas en el estómago; no era capaz de asimilar todo lo que había contado». Entiendo que los gestores públicos estén ansiosos por que se invierta en su comunidad, sobre todo en una tan carente de inversiones como Extremadura, y en una zona tan necesitada como la Sierra de Gata, pero uno preferiría que no le hicieran cosquillas en el estómago los charlatanes seudohinduistas, sino los proyectos racionales, que no insulten la inteligencia de sus conciudadanos, que no vendan tratamientos milagrosos contra las enfermedades ni promuevan fantochadas espiritualistas. Que la Junta de Extremadura no esté en la alianza de comunidades contra la despoblación y sí en esta iniciativa deplorable, es incomprensible. 

La Editora Regional de Extremadura ha publicado cinco libros desde mi marcha, el 4 de abril pasado: sendas poesías completas, de Pablo Jiménez y Bartolomé Torres Naharro; las Odas de Miguel Torga; el diario/libro de memorias Espejos invisibles, de María José Chinchilla; y el volumen de ensayo Naturaleza intangible, de Dionisio Romero. Los cinco fueron aprobados y contratados por mí. Y de cuatro de ellos –menos Espejos invisiblesyo, personalmente, corregí pruebas. Sé que han aparecido los libros no porque los haya visto en librerías (aunque, tras año y medio de hercúleos esfuerzos, conseguí que se volviera a licitar el servicio de distribución, se adjudicó a las mismas nefastas distribuidoras que lo tenían asignado), ni porque la ERE haya tenido la cortesía de enviármelos, sino por la información aparecida en su página web y porque algunos amigos, ajenos a la Editora, se han tomado la molestia de mandármelos. No señalo este hecho para afirmar que la ERE esté en el dique seco, ni que mi sucesor me haya relevado con la eficacia de un gato de escayola, sino para reivindicar, objetivamente, la labor realizada durante dos años largos, que, además, y a menos que la actual dirección decida no honrar los compromisos adquiridos, se va a prolongar durante bastante tiempo: los libros aceptados llenaban casi dos años de programación.

domingo, 7 de octubre de 2018

Víctor Ramírez y la Galerie K (y dos caídas)

Asisto hoy a una doble y simultánea inauguración en Barcelona: la de la Galerie K, del arquitecto alemán Manfred Kluckert, y la de la exposición Entre huellas y rastros, del pintor chileno, pero afincado en Barcelona desde 1975, Víctor Ramírez. Me cuesta dar con el local, porque nada, ningún rótulo ni indicación, lo identifica en la calle. Por fin distingo algunos cuadros de Víctor dentro de un establecimiento en el que aún se están haciendo obras: varios operarios, con mono azul o blanco una policromía muy mironiana, entran y salen cargados de cables, cubos, barras y mamparas. El lugar huele intensamente a pintura, y no solo a la del pincel del artista, sino, sobre todo, a la de las brochas gordas que lo han pintado todo de blanco, y que aún deben de estar húmedas. Saludo al llegar a Vicenç Altaió y Juan Bufill, dos de los cuatro poetas que vamos a participar en el acto. A Vicenç, que luce una gallarda coleta, aunque no tan frondosa como la que adorna el revolucionario cráneo de Pablo Iglesias, lo traduje e incluí, hace algunos años, en una antología de poesía contemporánea en catalán que publiqué en el Fondo de Cultura Económica. La cordialidad de aquel contacto ha perdurado hasta hoy, en que charlamos con naturalidad sobre arte, literatura y nuestras respectivas situaciones profesionales. No es fácil que entre antologados y antólogos surja una relación de amistad. De hecho, ejercer de antólogo es una de las tareas más ingratas del mundo literario: los antologados dan por supuesto que deben serlo, por lo que no conceden ningún mérito al antólogo, que se limita a reconocer lo evidente; y los que no lo son, que están seguros de que deberían serlo, tampoco se lo conceden, porque no ha sabido reconocer lo evidente. Por su parte, con Juan Bufill coincidí hace dos días, en la presentación de Un gran ser, el poemario con el que la norteamericana C. D. Wright ha dejado, felizmente, de ser inédita en España. Tanto Juan como yo hemos publicado libros de versos en Vaso Roto: él, Antinaufragios, en 2014; yo, Insumisión, en 2013, y Muerte y amapolas en Alexandra Avenue, en 2017. Y esa es una de las razones por las que ambos estamos aquí: Víctor Ramírez es el ilustrador de la editorial, y las cubiertas de nuestros libros son obra suya. Su trabajo, como se advierte con esplendidez en los grandes cuadros que cuelgan hoy de las paredes, maneja una abstracción más que dinámica: arrolladora, plagada de contraluces, fugas y ecos, vital como un estallido. Él, en cambio, es una persona discreta, afable, de una discreción y una afabilidad iluminadoras. Me alegra encontrarme con Blanca Ruiz, muy querida amiga, y su amiga Daniela, rumana pero con una larga residencia ya en España, que han atendido mi invitación y han venido desde Viladecans, donde residen. También veo por ahí al ensayista y poeta Jaime D. Parra, con su inconfundible gorra. La sala se ha llenado. Acostumbrado a las magras asistencias de los actos poéticos, he sugerido al llegar que se invitara también a asistir a los albañiles que aún trasiegan por el local. Pero mi sugerencia solo ha revelado mi ignorancia del funcionamiento de las inauguraciones pictóricas y del mucho público al que convoca, con razón, Víctor Ramírez. La primera intervención corresponde al galerista, Manfred Kluckert, que lee en catalán, con fuerte acerto germánico, un texto de bienvenida. Luego, el editor Jordi Nadal, amigo tanto del pintor como del galerista, hace una vigorosa evocación de los orígenes de esa amistad y concluye anunciando que no podrá quedarse en la inauguración, porque ha de atender una obligación editorial en el cercano Liber. A continuación, Vicenç, que funge de maestro de ceremonias poético, indica que sea yo el que rompa el fuego de la lectura. Así lo hago, no sin antes vencer el vértigo que produce la enorme ventana, abierta de par en par a nuestra espalda (para que el olor a pintura no acabe mareándonos, supongo), que da a la calle México. Esa gran abertura plantea otra dificultad: el ruido del tráfico, espeso veo pasar una furgoneta de reparto de comida china y un coche fúnebre, al que los versos que leamos habrán necesariamente de sobreponerse. Antaño, cuando era más joven y feroz, valga la redundancia, yo reivindicaba la sacralidad de la poesía, como si leer poemas, o cualquiera otra de sus manifestaciones, fuera un acto litúrgico, y, por lo tanto, exigía en mi fuero interno y, a veces, en el externo que me rodease el silencio. Ya no: la poesía ha de ser tan humana, tan dúctil y porosa, como para enfrentarse al bullicio que impongan las circunstancias, y, para superarlo, para sobrevivir a él, tiene que fundirse con él. Leo, pues, con voz enérgica, intentando que los octosílabos de las décimas (de Décimas de fiebre) que he elegido para la ocasión hay que ser breve y, sobre todo, no cansar: la gente está apretujada y de pie resbalen por los acelerones de los coches y los chirridos de los frenazos, y lleguen a los oídos del público contaminados de vida, sí, pero aún íntegros, no despojados de su música. Después de mí, Àngels Moreno, una joven poeta en catalán a la que no conozco, lee un fragmento de un poema-libro inédito de 800 versos, según nos informa. Por suerte, y también por desgracia, es un fragmento. Conozco bien yo, que tengo una tendencia malsana y casi incurable al poema largo las dificultades que plantea primero escribir y luego leer piezas tan extensas como esta (de hecho, su poema de 800 versos me recuerda a varios míos, que tienen esa extensión o incluso superior). La imposibilidad de recitarlos enteros supone siempre una amputación, que priva a lo leído de una parte de su ritmo y su sentido, y a los auditores, de una comprensión global del texto. En actos como el de hoy se impone la brevedad, y eso requiere una selección estricta de los poemas. No estoy seguro de que Àngels la haya hecho. El tercero en leer es Juan Bufill. Sus poemas son buenos, pero él no parece dar demasiada importancia a la recitación, y eso los desluce un poco. Por último, en la mejor tradición de la vanguardia, Vicenç Altaió lee un solo poema, aliterativo, monosilábico, onomatopéyico, cuyo núcleo es el fonema /o/: corc, corb, roc, solc, que me recuerda a composiciones de Joan Brossa y la "Tirallonga de monosíl·labs", de Pere Quart (que el ayuntamiento ha impreso en la fachada de una casa de mi pueblo, Sant Cugat), y que, bien ejecutado, con la dosis justa de teatralidad, aterriza dichosamente en el público. Cada vez se me aparece con mayor evidencia la necesidad de leer bien los poemas: con nitidez, sin prisa, con las pausas, inflexiones y cambios de ritmo que reclame su orografía, pero sin monumentalidad ni engolamiento. El poema ha de brotar, en la voz, como una cosa viva, acometida por las fracturas y temblores de todo organismo palpitante, hecha de las luces y sombras de la lengua y el aire. Quien lo declama ha de creer en él, pero tampoco demasiado, como nada ha de ser demasiado. Y no está mal que en su declamación se perciba esa chispa de ironía, esa distancia última, enterrada en la vocalización, que es la misma que nos separa de todo, incluso de nosotros mismos. Unas brevísimas palabras de agradecimiento de Víctor Martínez, al que acompaña su mujer, Lorena, que ha organizado el acto, le ponen fin. Nos invita a tomar una copa en la planta de abajo, y allá que vamos por una escalera metálica. (Esta es otra diferencia significativa, y lacerante, con las presentaciones de libros y eventos poéticos en general: cada vez es más difícil encontrar alguno en el que se dé algo más que las buenas tardes). Cuando llego a los escalones inferiores, varias personas están ayudando a levantarse a una señora que se ha caído y que muestra un gesto dolorido. La sientan en una silla, mientras nosotros seguimos impunemente nuestro camino al bar. Recordaré esa caída cuando yo mismo me caiga, al entrar en el vagón del metro, de regreso a casa. Las puertas están a punto de cerrarse y no quiero que me dejen fuera. Salto, con agilidad improbable, tropiezo en el escalón de entrada (ese que supuestamente es antitropiezos) y me estampo contra el suelo del vagón. Por lo menos estoy dentro, pienso. E, ipso facto, y a pesar de lo que me duele la rodilla, que supongo arrasada por el rasponazo, me pongo de pie todo lo deprisa de que soy capaz, que no es mucho. Me gustaría incorporarme como un gimnasta, pero lo hago como lo que soy: alguien más parecido al potro en el que se entrena o a la colchoneta en la que cae. Me ayuda, no obstante, el sentido del ridículo: no importa lo destrozado que estés; lo primordial es recuperar la dignidad y alejarse cuanto antes de la catástrofe. Y así lo hago. Vuelvo a calzarme la mochilla, que, al vencerme, se me ha venido sobre la cabeza, y me alejo de las jóvenes que se me han acercado, preocupadas; que Dios las bendiga. "¿Está bien?", me preguntan. "Sí, gracias, perdón...", les respondo, confundido. Tengo aún en la cabeza las imágenes de Víctor; en la cara, un leve enrojecimiento; y en la rodilla, un dolor creciente. Pero he sobrevivido a una nueva torpeza.

Estas son dos de las décimas leídas en el acto de inauguración:

Hoy, jueves y lluvia, amando
atrozmente lo que no
tengo, dilapido el yo
que me asfixia y, sin mundo, ando
maquinal y maquinando
espinelas con espinas
que no hieren. Las sentinas
asoman a la cubierta.
Y con esta mano muerta
recojo esperanzas, ruinas.


                         A Claire Forlani 

Tus orejas divergentes
no divergen en finura:
con escueta desmesura,
los cartílagos ingentes
trazan las altas tangentes
de las criaturas aladas.
Si con ellas separadas
eres bella, qué belleza
luciría tu cabeza
si las tuvieras pegadas.

martes, 2 de octubre de 2018

De política (3): desenterrar muertos

Desenterrar muertos es muy desagradable. Así nos lo recuerda el Dr. Viktor Frankenstein, en el El jovencito Frankenstein, cuando está desenterrando, con pico y pala, el cuerpo que le servirá para su experimento, que ha de revolucionar la ciencia: "¡Qué trabajo más desagradable!", le dice a Igor, su fiel y contrahecho ayudante. "No se queje, doctor, podría ser peor", le responde este. "¿Ah, sí? ¿Cómo?", pregunta a su vez el galeno. "Podría llover", contesta Igor. Y en ese momento suena un trueno descomunal. La sonrisa que esta escena me pone inevitablemente en la cara cada vez que veo la película y la he visto muchas veces se me borró cuando hube de desenterrar a mi padre. Su cadáver había pasado 25 años en un nicho del cementerio de Castelldefels, pero con el cuarto de siglo se agotaba el plazo en el que podía ocuparlo. Mi padre era un cadáver de alquiler, y lo iban a desahuciar; y lo hicieron sin más demora. Yo observé la tarea, que llevaron a cabo dos diligentes operarios municipales, y la recuerdo con horror, aunque no lloviese. Toda exhumación remueve no solo huesos, sino también, y principalmente, recuerdos y emociones, casi siempre arraigados en lo más profundo de la conciencia. Hay que tener, pues, mucho cuidado con ellas. Alguna, no obstante, por su significación colectiva, puede tener sentido y hasta ser necesaria. La de Franco, por ejemplo, recientemente acordada por el gobierno socialista, era imprescindible. Los partidos de derechas, el PP, heredero sociológico y, en buena parte, ideológico del franquismo, y Ciudadanos, ejemplo de autoritarismo dorado, por no hablar de los fascistas sin tapujos de VOX, se han opuesto a ella con argumentos tan peregrinos como capciosos. "No es un asunto urgente", han afirmado a coro. Sí lo era: llevaba 43 siendo urgente. Que nadie hubiese tenido el valor de acometerlo hasta 2018 no le restaba perentoriedad. Resultaba apremiante reparar el colosal insulto que representaba para la nación, y para cualquier persona decente, que un dictador sanguinario, responsable de una sublevación militar, una guerra civil y una autocracia de casi 40 sórdidos años, estuviese enterrado con boato en un monumento de Estado, construido con el sudor y las vidas de miles de prisioneros republicanos y disidentes políticos. La decisión de sacar los restos del déspota del Valle de los Caídos y entregárselos a su familia, para que dispongan de ellos como crean conveniente es justa, legítima y necesaria, dignifica la vida política y honra ahora sí a los muertos que Franco causó. Otras que se reclaman quizá no lo sean tanto. Acaba de iniciarse, o está a punto de hacerlo, la enésima busca de los restos de Federico García Lorca, promovida por el infatigable Ian Gibson, que ya lleva unas cuantas en su haber, todas infructuosas, y que ha confesado que dicha busca se ha convertido en una cuestión personal, en un fuego interior suyo, que solo se aplacará cuando los encuentre. Yo confieso, a mi vez, no saber muy bien qué puede aportar ese hallazgo, si es que se produce. Se conoce perfectamente el paraje en el que Lorca fue asesinado: el camino entre Víznar y Alfacar; también quiénes lo asesinaron y quién dio la orden de hacerlo: el general Gonzalo Queipo de Llano (al que, dicho sea de paso, muchas localidades cacereñas tienen, ignominiosamente, calles dedicadas). Un memorial en ese lugar, que dé cuenta de ese hecho infausto y de su significación histórica y literaria, basta para honrar su memoria. Si su cuerpo está ahí, es suficiente. Y si no está ahí, sino en paradero desconocido una de las teorías que mejor explican que no se encuentre su cadáver es que se lo llevase su familia inmediatamente después del fusilamiento; quizá por eso se haya opuesto siempre a que se excave el lugar, resulta asimismo coherente que se recuerde su figura y su muerte cruel en el sitio en el que, sin ninguna duda, le dieron café, con el vomitivo eufemismo cuartelero con el que Queipo de Llano decidió su suerte. Otro caso de reivindicación exhumatoria es el de Antonio Machado, enterrado, como es sabido, en el cementerio del pueblecito francés de Colliure, a donde llegó huyendo de las tropas franquistas desde Barcelona con su anciana madre. Pero no sobrevivió al Miércoles de Ceniza de aquel año terrible de 1939. Y en Colliure descansa desde entonces, en una tumba modesta, a la vera del mar, en la que siempre hay, sin embargo, flores, poemas y cartas. Recurrentemente se alzan voces que reclaman el traslado de sus restos a España. También discrepo: Machado está bien cuidado donde está: con humildad y cariño, como a él le habría gustado. Y que se encuentre en suelo francés forma parte de nuestra historia. De un modo doloroso pero cierto, su tumba también es España. Porque eso hemos sido (y seguimos siendo, me temo, en buena medida): un pueblo cainita, de hermanos implacables; un pueblo que ha asesinado a los mejores de entre los suyos, como a Lorca, o que los ha empujado más allá de sus fronteras, como a Machado y a tantos otros. Allí llegó el poeta, y allí murió, porque sus compatriotas así lo quisieron. Y su esfuerzo por marcharse al exilio, por abandonar un país sumido en la irracionalidad y la sangre, y ejercer con su sacrificio los valores que había predicado en su vida y su literatura la comprensión, la compasión, la justicia, la libertad, también el amor, merece reconocerse en ese destino final suyo, en esa tumba sencilla, en ese pedazo de tierra al otro lado de la frontera. 

Como muestra de mi alegría por el destierro funeral, por fin, de Francisco Franco y como homenaje a todos los enterrados buenos del mundo, reproduzco el poema de Insumisión sobre la visita que mi familia y yo hicimos, hace algunos años, a la tumba de Antonio Machado:

Todos los huesos se pudren igual, pero los que descansan bajo esta lápida empezaron a descomponerse mucho antes de reposar a su sombra: venían deshaciéndose por los caminos —unos caminos que eran sumideros, galerías alanceadas por tinieblas— desde que conocieron un cielo de cal y un patio con limoneros. En cada recodo dejaron una astilla, como un filamento de niebla; en cada talud o barricada u hondura, una pizca de tuétano; en cada cadáver en la cuneta, un jirón de sueño. Pero la oscuridad favorece a los huesos: los acoge en su vientre, como si otra vez fueran a nacer. Las tumbas parecen vientres, cosas preñadas, abultamientos al revés: encarnaduras que nunca concluyen, porque nunca suceden. Los huesos fermentan como algo retirado a un silo no nutricio, como un silencio que permaneciera en la garganta, confinado entre salivas, a la espera de una expectoración luminosa. Me irritan estos exvotos, que emborronan la menesterosa superficie de la piedra: las rosas, corruptibles; las banderas republicanas, que enmarañan de color lo que debería ser luctuosamente blanco; las coronas de flores, bélicas o sindicales. El ayuntamiento ha instalado incluso un buzón junto a la tumba para que la gente envíe mensajes al poeta, como a los Reyes Magos. Todo vincula la sórdida belleza de su muerte, y el inmaculado presente de su descomposición, a las circunstancias de una causa o al deber de la melancolía: a un significado que constriñe su ejemplo y perturba su puro y radical no ser. Pero su nunca es hoy todavía. Un azul sin recovecos, en el que caben la desolación y las gaviotas, se detiene en el sepulcro, como algunas luciérnagas, como las hojas caedizas. Hay una sombra entera, una emulsión de herrumbre y buganvillas, que se derrama en el rectángulo: la realidad que proclama carece de enseñas. Un gris desembarazado aúna el exilio y la quietud. Es la página en blanco de la muerte, donde se consigna la determinación irrazonable de vivir. Perdura el renquear de las ambulancias, el siseo oclusivo del enfisema, la madre que lo ha parido y a la que ha visto morir, entre los miasmas de la locura, la madre muerta. En una fatídica coincidencia, iba ligero de equipaje: lo había perdido en el caos de la huida de Barcelona, entre columnas de refugiados que atestaban las carreteras y ametrallamientos aéreos que no distinguían entre combatientes y civiles; solo conservaba un maletín, con un puñado de tierra española, y papeles arrugados en los bolsillos, que se aferraban a aquellos días azules –a pesar de las salpicaduras de la sangre– y a aquel sol de la infancia. No hay nada que comprender, salvo su muerte abrumadora; no hay nada que corregir, salvo las guirnaldas de las fotografías y los poemas, emocionados pero obtusos: los espantajos de la ideología. Su descanso ha de ser perfecto, sin aplausos, sin arquitectura, como arrojado a una dehesa interminable, a unos campos, lamidos por la reja del amor, cuyo polvo es fértil, junto a los sillares negros del torreón y a las almenas rojizas de la fortaleza, en este otro cementerio donde el mar siempre vuelve a comenzar. Aunque no puedan verse, los huesos brillan debajo. Fuera, bastan las luciérnagas. 

[En otro lugar he escrito: El cementerio de Montparnasse está atiborrado de lápidas; apenas se puede caminar entre tantos muertos. Llueve, y la lluvia embarra los senderos, desorganiza las flores, destiñe el silencio. Buscamos el lugar en el que está enterrado César Vallejo, pero tampoco lo encontramos. Cuando sugiero que abandonemos la búsqueda, me conmueve la insistencia de mis hijos —que nada saben de Vallejo, pero que advierten mi ilusión por dar con su tumba— en no rendirnos todavía. Tras fracasar en la lectura de los mapas que supuestamente indican la ubicación de cada sepulcro, la distingo por fin, gracias a un retrato del poeta depositado a los pies del túmulo. Es un enterramiento sencillo, de losa perlina y nulo ornato, excepto una fugaz inscripción en francés. Les cuento a mis hijos que Vallejo escribió en un poema que moriría en París un jueves de aguacero, y que, en efecto, murió en París con aguacero, aunque no fuese jueves, sino viernes. Junto a su foto de indio hambreado —perdonen la tristeza— y a una cinta verde dejada en homenaje por la embajada del Perú, encuentro un folio doblado con el poema, "Piedra negra sobre una piedra blanca". No es jueves, ni siquiera viernes, pero cae un aguacero respetable y estamos en París. Leo: "Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París —y no me corro—/ talvez un jueves, como es hoy de otoño.// Jueves será, porque hoy, jueves, que proso/ estos versos, los húmeros me he puesto/ a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,/ con todo mi camino, a verme solo.// César Vallejo ha muerto, le pegaban/ todos sin que él les haga nada;/ le daban duro con un palo y duro// también con una soga; son testigos/ los días jueves y los huesos húmeros,/ la soledad, la lluvia, los caminos...". Ángeles, Pablo y Álvaro me miran, apretados bajo el paraguas y velados por el cendal de la lluvia, en silencio, mientras el agua me corre por la cara y se borran las palabras del poema].