sábado, 26 de mayo de 2018

Estampas de Mánchester (2)

Mánchester abunda en bibliotecas estupendas. Y no solo modernas, vinculadas a sus muchas e igualmente estupendas universidades, sino también, y sobre todo, históricas, con todo el sabor de siglos y generaciones de lectores. Una es la John Rylands; otra es la Chetham's, que visitamos hoy. Con la primera, la viuda de un industrial del algodón quiso lavar su conciencia del acaso insoportable peso de haberse hecho millonarios gracias al trabajo de niños de siete años durante catorce horas al día en pavorosas maquilas decimonónicas, a cambio de unos pocos peniques, si es que llegaban a cobrar un salario. La segunda, creada por Humphrey Chetham, terrateniente y comerciante de telas, e imbuida de un mismo espíritu filantrópico, aspiraba a contribuir a la educación de "los hijos de padres honorables, industriosos y abnegados", pero también a prestar servicio a los scholars. Se inició en la tarea muy pronto, en 1653, y hasta hoy: es la biblioteca pública en funcionamiento ininterrumpido más antigua del Reino Unido. La entrada para quienes quieran consultar libros sigue siendo gratuita. Se aloja en un edificio de 1421, que fue, durante mucho tiempo, colegiata, es decir, residencia sacerdotal. Los curas tenían en ella todo lo que necesitaban para sobrevivir y, singularmente, una cervecería: eran curas ingleses. También un claustro de dos pisos, sombrío y apretado, y celdas con gateras. Los felinos les ayudaban a limpiar el lugar de ratas y les hacían compañía en las gélidas jornadas mancunianas. Tras casi cuatrocientos años de labor, la Chetham's alberga hoy más de 100 000 volúmenes impresos, 60 000 de los cuales son anteriores a 1851. Entre las primeras ediciones que se conservan en ella, destacan algunos títulos imprescindibles de la ciencia y la cultura occidentales, como el Paraíso perdido, de John Milton; los Principia Mathematica, de Isaac Newton; y el Diccionario de la lengua inglesa, del doctor Johnson, ese lexicón sin igual en el que, por ejemplo, se definía así el término "avena": "Cereal que en Inglaterra sirve de alimento a los caballos, pero del que en Escocia se alimentan las personas"; y así el término "patrocinador": "Alguien que tolera, apoya o protege a otros. Usualmente, un desgraciado que apoya con insolencia, y es pagado con adulación". Quien nos enseña la biblioteca –al que le hemos caído en gracia, quizá porque le hemos hecho preguntas, y los demás que integran el grupo no nos señala los dos tomos del Diccionario, encuadernados en blanco, que se encuentran en la sala principal. Pero no podemos cogerlos y abrirlos: para hacerlo, tendríamos que haberlo solicitado con antelación. No obstante, su cercanía me produce un extraño cosquilleo, un prurito que podríamos llamar bibliográfico, que solo se ha observado en letraheridos de herida profunda, bibliófilos reincidentes y eruditos de varia condición. Todos los fondos se encuentran en plúteos protegidos con rejas, que solo pueden abrirse con llave. Pero esta puede decirse que es una instalación moderna. En sus inicios, los libros estaban encadenados. Eran objetos carísimos, de lujo, y la biblioteca no se podía permitir que se los robaran (y no lo hacían para leerlos, sino para revenderlos, enteros o troceados). En una de las salas de la Chetham's todavía se conserva una estantería con los libros y sus argollas. En aquellos tiempos, los lectores iban hasta el lugar donde estaba el volumen que quisieran consultar y lo leían sentados en unos taburetes de roble, aún en uso, identificados con la letra ese, de stool, 'taburete'. En otra se exhibe una imprenta de madera de principios del s. XVII. Nuestro guía nos indica, con el discreto orgullo de los ingleses, que, si quisiéramos, aún podríamos imprimir con ella. Con ser muy atractivo todo lo que vemos y nos cuentan, lo que me resulta más impactante es una tribuna de la sala central de la biblioteca en la que Carlos Marx y Federico Engels pasaron muchos días del verano de 1845 leyendo libros de economía, sociología y política, unos libros que aún siguen ahí, al alcance de la mano de quien quiera consultarlos, y de cuya lectura surgieron muchas de las ideas que plasmaron, poco después, en el Manifiesto comunista, aunque también les debió de inspirar mucho el espantoso suburbio industrial que rodeaba entonces la biblioteca y que veían, horrorizados, desde su rincón de estudio. Las manos de ambos próceres del socialismo sostuvieron estas cubiertas que ahora acaricio yo, y sus augustos culos reposaron exactamente en el mismo banco en el que he puesto hoy el mío. Intento que algo de su grandeza se me infunda a mí, siquiera por vía rectal. Ángeles, en cambio, se niega a sentarse. A ella estos lugares por donde pasa tanta gente siempre le han dado algún reparo. Y, además, es de derechas.

Encontramos otro lugar de libros en Didsbury, un pueblo residencial al que se puede llegar en tranvía desde el centro de Mánchester. No sabemos si es una librería a la que se ha adosado una cafetería o una cafetería a la que le ha crecido una librería. Un cartel a la entrada identifica lo que fue este local en el pasado: el Blackhall Youth Club, un club juvenil. Aunque bastante juvenil sigue siendo: casi todos sus clientes son veinteañeros; de hecho, nosotros, cincuentones, somos los ancianos del lugar. El lugar es amorosamente cutre: todas las sillas y mesas son distintas entre sí, un perro lanudo se pasea por entre las patas de los muebles y de los parroquianos, las paredes están atestadas de flores y pintadas, y la clientela se compone sobre todo de estudiantes y lectores que pasan aquí toda la tarde (es decir, hasta las cinco: las tardes inglesas acaban a las cinco) con mucho ordenador y un té o un café con leche, quién sabe si relaxing. La librería, trasera, es más que caótica: es casi infranqueable. Los libros se amontonan en diabólico desorden y el sendero por el que se transita parece una trocha de la selva vietnamita. Al pasar, observo en el centro del pandemonio que algo se mueve. Quizá sea el perro sonriente de la cafetería, que se ha colado en el cenagal de celulosa, u otro animal sin identificar: los ingleses aman tanto a las bestias que podrían tener a cualquiera de ellas en cualquier parte. Pero no: es un ser humano, un señor mayor semienterrado entre los libros, casi vuelto libro él mismo. Al reconocer también él a un congénere (con alguna sorpresa, como si le asombrara que pasase alguien por allí), se interesa por lo que busco y por quién soy. Le doy un par de respuestas apresuradas, pero suficientes para despertar su ansia de conversación, o más bien de monólogo: el caballero es un miembro avezado de la ingente cofradía universal de los habladores no escuchadores, particularmente frecuente entre las personas de edad. Y este tiene ya unos cuantos años, aunque, como se preocupa por aclararme, está casado con una mujer veinte años más joven que él, que ahora mismo está en Rusia. Cuando interrumpo su soliloquio, como quien se lanza a cruzar una calle atravesada de tráfico, para preguntarle si tiene algo de literatura en español, me dice que muy poco, y que le parece extraño que se conozca a tan pocos escritores españoles en Inglaterra. Ay, qué me va a contar a mí. ¿Por qué cree Ud. que es así?, se suelta a preguntarme. Si tradujeran Uds. más, le respondo, quizá descubrirían a los muchos buenos escritores que hay y ha habido en mi país.

Uno de los rincones más bonitos de Mánchester es la iglesia de Santa Ana, en la plaza del mismo nombre. Consagrada en 1712, ha sobrevivido a los bombardeos de la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial de los que se conserva un proyectil incendiario que cayó en el tejado, pero no llegó a explotar y a la bomba del IRA que destrozó el centro de la ciudad en 1996 y acabó con las bellísimas vidrieras originales de uno de los lados de la iglesia. Por suerte, el órgano, de 1730, que también estaba en ese costado, había sido trasladado para que lo repararan, y se salvó de la destrucción. Me siento en un banco central y disfruto de la serena hermosura del templo, de columnas blancas y maderas nobles, con un hermoso Descendimiento de la cruz, de Annibale Carracci, vecino de una vidriera art déco. El pastor, que a mi llegada estaba hojeando un periódico deportivo, se da cuenta de que tomo notas en una libreta y me pregunta si estoy escribiendo mi autobiografía. Le contesto que en cierto modo sí. Me sonríe, pero no se detiene. Yo también le sonrío, pero no dejo de tomar notas. Aquí está enterrada Elizabeth, la hermana de Thomas de Quincey, el autor de El asesinato considerado como una de las bellas artes. La placa que informa sobre los enterramientos dice que no se merecen que los pisoteemos ni que los utilicemos como mesas de pícnic. Estoy de acuerdo. Los repaso todos, sin rozarlos, y visito la cercana plaza Lincoln, así llamada por estar presidida por una enorme estatua en bronce de Abraham Lincoln, el presidente de los Estados Unidos. La efigie iba a acompañar a las de otros prohombres en las Casas del Parlamento, en Londres, pero se juzgó carente de la majestuosidad exigible para ocupar tan prominente lugar. La reclamó entonces la ciudad de Mánchester, alegando que sus trabajadores habían hecho grandes sacrificios para suministrar algodón a la Unión durante la Guerra de Secesión, y que querían homenajear a su vencedor, que había abolido la esclavitud. Y aquí está ahora Abe, algo adusto pero sin duda imponente, compartiendo espacio con otro monumento en recuerdo de Diana de Gales, la princesa del pueblo, cuyos merecimientos, a juzgar por los británicos, fueron iguales que los del libertador de los negros y mantenedor de la Unión. En la vecina King's Street se conservan algunas de las escasísimas muestras de arquitectura georgiana que perduran en Mánchester. Los bajos de uno de estos edificios acogen una tienda de ropa que se anuncia como fabulously British, lo que, a la vista de cómo visten algunos aquí, no sé si es un acicate o un demérito. El establecimiento está delante de El Gato Negro, un bar de tapas español. La Barton Arcade, asimismo próxima Mánchester tiene el tamaño de Zaragoza y todo está, en realidad, a tiro de piedra, es un pequeño y lujoso palacio de cristal en el que se aglomeran las tiendas finas y los establecimientos singulares, entre ellos uno de productos catalanes (se llama Lunya, y no tiene lazos amarillos a la entrada) y la peluquería para hombres probablemente más bonita del mundo, que presta servicio a scoundrels & gentlemen, es decir, a "sinvergüenzas y caballeros", aunque quienes así se venden quizá no hayan reparado en que, en algunos casos, ambos pueden ser una misma persona. Desde el piso superior de la Arcade, un señor se asoma de pronto a la baranda y nos invita a subir a degustar un whisky, y yo me apresuro a aceptar su invitación. La amabilidad de Mancunia es proverbial.

domingo, 20 de mayo de 2018

Estampas de Mánchester (1)

Hoy cenamos en el Asmara, un restaurante eritreo. Es un local austero, sin apenas decoración, como el país. Solo brillan unas luces sobre la barra, de los mismos colores que la bandera nacional: verde, rojo y azul. Ángeles se sorprende de que sepa cómo es la bandera de Eritrea. En realidad, no se sorprende: sabe que la vexilología es una de mis aficiones ocultas (y banales). Comemos tef (eragrostis tef), una gramínea parecida al cereal, el alimento básico de la dieta eritrea, y lo hacemos con las manos. Otra cosa que aquí no hay ni debe haber son cubiertos. Africanamente, nos pringamos los dedos para envolver con el tef la carne y las verduras que son la enjundia del plato. Me siento pelícano: formo el bocado, levanto la cabeza, abro la boca y lo engullo como a una trucha. Pero cometo el error de hacer trozos demasiado grandes. El truco para comer tef sin exhibir en la pechera un cuadro expresionista es que los trozos sean pequeños. Un eritreo que está en una mesa vecina lo hace con una finura admirable, que intento emular, con resultados catastróficos. Yo he pedido una cerveza eritrea when in Rome, do as the Romans do–, pero él se está bebiendo una San Miguel. Ah, los prodigios de la globalización. Cuando ya hemos acabado, otro parroquiano, ganoso de conversación, nos pregunta por qué hemos cenado allí. Lo hace sin acritud, por curiosidad: se conoce que los blancos de Mancunia no frecuentan el Asmara. Aprovecha para carcajearse de la comida inglesa ("fish and chips!", exclama, entre compasivo y burlón) y del fútbol inglés. Él y sus compatriotas prefieren ver la segunda división española a la Premier League. También cree que España puede ganar el próximo mundial. Pienso en cuánto han hecho la gastronomía y el balompié por el entendimiento (y la incomprensión) entre los pueblos. Luego se va, precedido por una sonrisa negra, iluminada por una dentadura blanca.

En Mánchester llueve. Llueve mucho. Llueve siempre. Ante el hecho incontrovertible de la lluvia, algunos van pertrechados y a otros les da igual. Los primeros visten impermeables de última generación, o despliegan paraguas grandes como cóndores, o se calan gorras indestructibles, capaces de resistir el sirimiri más tenaz y el peor diluvio; y de ambos hay aquí. Los segundos, en cambio, transitan como si el agua fuera aire, o como si estuvieran en España. Parecen tontos, pero, en realidad, son más listos que nadie: han comprendido que la lluvia es imbatible y que, mientras vivan en Mánchester, será una compañera fatal. Mejor, pues, aceptarla con indiferencia, y hasta con alegría, que empeñarse en un combate del que solo pueden salir derrotados. El estoicismo de los ingleses empapados, y contentos de estarlo, me gusta. Son los mendigos, que no buscan ningún refugio cuando estallan las nubes y siguen con sus cantinelas petitorias o su abstracción desamparada; y los cantantes callejeros, que no interrumpen sus actuaciones aunque caigan chuzos de punta (y aun a riesgo de electrocutarse, si lo que tocan es una guitarra eléctrica); y los muchos transeúntes que pasan, calados de pies a cabeza, sin dejar de hablar por el móvil, o de escuchar música, o de charlar, con mucho jolgorio, con sus acompañantes. Uno anda cantando: literalmente, singing in the rain.

Visito el barrio de Castlefield. Mánchester es, como Londres, como tantas ciudades inglesas, pero con especial intensidad, una maraña de laberintos históricos, una mezcla aluvial de arquitecturas y espacios, desde ruinas antiguas hasta iglesias medievales y rascacielos superferolíticos, pasando por las antiguas fábricas y almacenes de la Revolución Industrial y los nobles edificios victorianos con los que se blanqueaban las miserias de la Revolución Industrial. Mánchester, además, está surcada por tres ríos, el Irwell, el Medlock y el Irk, y múltiples canales. El agua de unos y otros alimentaba las máquinas de vapor de las usinas y, a falta de carreteras, transportaba lo que producían. También eran albañales, las cloacas de la ciudad. Hoy estos ríos ya no cumplen esas penosas funciones, pero aún son escuálidas cintas marrones que circulan, avergonzadas, por entre las casas de los peores barrios: siguen exhaustos, después de una explotación secular. En Castlefield radica el instituto Cervantes de la ciudad, señalado a la entrada por una bandera rojigualda que resulta chillona en la grisura circundante. Ocupa un antiguo edificio industrial y lo dirige un tal Francisco Oda Ángel, un sociólogo y diplomático, profesor de la tristemente célebre Universidad Rey Juan Carlos, que ni siquiera acusó recibo del ejemplar de Selected Poems que publiqué hace un año en Shearsman, la única editorial británica que le presta atención a la literatura española actual, y que le mandé al centro, junto con otros libros míos. Hace años, en mi primera visita a la ciudad, asistí a la lectura de poemas que hizo aquí Manuel Rico. Es un lugar, si no suntuario, sí vistoso, que contrasta vivamente con la modestia con la que se presenta, en un piso del centro, una institución cultural tan linajuda como la Alliance Française. Paso por delante de un teatro en cuya fachada se despliega un enorme fotografía de Tom Cruise. Al pie del cartel leo: Tom Cruise is not appearing at this performance [Tom Cruise no actúa en esta obra]. Más allá, en un bar, leo también: I am one gin away from telling the neighbours what I really think of them [Un gin más y les diré a mis vecinos lo que de verdad pienso de ellos]. Cruzan por dondequiera que vaya tranvías amarillos, como en Lisboa. Pero estos no son carruajes vetustos, de engranajes que chirrían como huesos desparejados, sino vehículos silenciosos, eficaces, vagamente aeroespaciales. En Castlefield se conservan las ruinas del asentamiento romano que dio origen a la ciudad, Mamucium, con las plantas de varias casas una taberna, un almacén, una vivienda y un lienzo reconstruido de la muralla del fuerte que la protegía, defendido desde el 79 hasta el 410 d. C. Algo más allá, visito los restos de los graneros, hoy suaves taludes de tierra, alfombrados de hierba. El césped, alimentado por la lluvia omnipresente, lo tapiza todo, y los narcisos, de un amarillo insultante, lo acuchillan. En un rincón del parque que alberga las ruinas se ha instalado un mendigo. Pero es un mendigo pudiente, que vive en una quechua, a la entrada de la cual se amontonan sus descabaladas pertenencias: cajas, ropas, un saco de dormir, restos de comida. Ciñen el parque dos pubs: el White Lion y el Oxnoble. En el segundo me recupero de tanta antigüedad con una pinta que me sabe a gloria.

Por la noche cenamos en Matt & Phreds (el truco idiota de transformar Rafael en Raphael sigue vigente, constato con decepción), un local con música en directo. Hay muchos tugurios como este en la ciudad, cuyo amor por la música continúa muy vivo. El barrio en el que se encuentra inspira poca confianza, pero eso hace al bar aún más prometedor. Y, en efecto, pronto comprobamos que el lugar es razonablemente cutre, con esa cutrez chispeante, simpática, que augura relajación y espontaneidad. Pedimos una botella de vino blanco español, "Castillo de Piedra" (que no conocemos, pero se trata de hacer patria), que en la carta se identifica como "Castillio de Piedra". La botella más una copa extra y dos pizzas una griega y una cajoun cuesta 20 libras, un precio ridículo comparado con lo que nos cobrarían por lo mismo en Londres, y hasta en Barcelona. Los músicos son excelentes: la cantante, blanca, tiene voz de negra, y el guitarrista que la acompaña parece el sobrino de Andrés Segovia. Por desgracia, la gente se amontona delante de nosotros y no los vemos actuar. Pero los oímos y eso basta. La lluvia de sus notas nos redime de la otra, de la que nos ha acompañado todo el día, con pertinacia hiperbórea. 

martes, 15 de mayo de 2018

Anatomía patológica en el Hospital Infanta Cristina de Badajoz

Hace unos días, leí en el tablón de noticias de Google esa selección de novedades que el buscador favorito de la humanidad hace para ti, a partir de las buscas previas que hayas realizado y que le han revelado tus gustos e intereses– esta, tomada del diario Hoy: http://www.hoy.es/extremadura/alerta-colapso-servicio-20180507122740-nt.html. Transcribo su información más relevante: CC. OO. ha alertado de la «dramática situación» del Servicio de Anatomía Patológica y Citología del Hospital Infanta Cristina, de Badajoz, colapsado por la escasez de personal. La falta de profesionales que padece ha hecho que 3.000 pacientes todavía estén esperando el resultado de sus citologías y biopsias, fundamentales para el establecimiento de un diagnóstico y, por lo tanto, de un tratamiento que en muchos casos puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Según CC. OO., los trabajadores del Servicio han denunciado muchas veces esta situación al gerente del Área de Salud de Badajoz, sin que este haya solucionado el problema. El perìódico también se hace eco del hecho de que el Servicio de Anatomía Patológica y Citología del Infanta Cristina cuenta con maquinaria que ha costado 2,3 millones de euros, pero no con personal capacitado para utilizarla, que es algo así como tener aeropuertos sin aviones, estaciones de tren sin trenes, autopistas sin coches, polideportivos sin deportistas y ciudades de la justicia sin justicia ni apenas ciudad, entre muchos otros carísimos despropósitos: situaciones desgraciadamente frecuentes en España, gracias a la ineptitud, cuando no a cosas peores, de nuestros regidores públicos. La noticia no me ha sorprendido: yo ya sabía de este desastre, que es, en realidad, peor de lo que ha denunciado el sindicato. Mi mujer, anatomopatóloga, trabajó siete meses, entre finales de 2016 y mediados de 2017, en ese Servicio de Anatomía Patológica, y fue, según me contó, la peor experiencia profesional de su vida. Para alguien que ha trabajado en siete hospitales de alto nivel en España, Gran Bretaña y los Estados Unidos, una afirmación como esa revela una catástrofe total. En efecto, en el Servicio, ya entonces, había pocos médicos y pocos técnicos, muchos menos de los que las instituciones científicas consideran adecuados para atender el volumen de trabajo del Infanta Cristina (que vaya nombrecito, por otra parte). Ahora el número de trabajadores debe de ser todavía inferior, aunque solo sea porque ella puso pies en polvorosa. Sin embargo, lo importante no es constatar la falta de personal, sino saber por qué se produce. Aunque el SES consiga contratar a más trabajadores y lo tendrá difícil, si no se atajan los problemas subyacentes del Servicio, no conseguirá retenerlos ni, en consecuencia, atender como es debido a las necesidades de los enfermos. Y esos problemas tienen que ver con la organización, la gestión y el ambiente de trabajo. Tras muchos años de desidia e inhibición por parte de los responsables del Servicio y del hospital, lo que quedaba del Servicio de Anatomía Patológica era una jaula de fieras, en la que varios médicos se habían interpuesto denuncias cruzadas por mala praxis; algunos eran objeto de la inquina y el aislamiento de los demás, por no hablar de mobbing; y no pocos se habían ido, aprovechando la primera oportunidad que se les había ofrecido, para huir de un entorno siniestro y enrarecido. La cultura de la denuncia en Extremadura está muy extendida, aunque, paradójicamente, no se oriente a la resolución cabal de los problemas ni sirva para mejorar los servicios públicos: solo obedece a la necesidad de afirmar la conformidad con lo que se estima procedente, sin ánimo real de alcanzar una transacción o consenso que beneficie a todos y, en especial, a los ciudadanos. Se denuncia con prurito avasallador para defender el propio estatus o un concepto calderoniano de la dignidad, pero las cosas siguen funcionando tan mal como siempre. En el Servicio de Anatomía Patológica funcionaban las capillitas y los grupitos, heredados de una situación que se había corrompido con los años, con daño manifiesto para la eficacia del servicio. También era aquel Servicio un nido de incompetentes: con alguna excepción, el nivel profesional era ínfimo. Cuando Ángeles ofreció sus conocimientos y su experiencia para formar un grupo de trasplante pulmonar, que no existía ni existe en Extremadura, y prestar así un servicio excepcional a los extremeños (pero que es normal en otras comunidades y países), no solo se le respondió con el silencio, sino que se le asignaron especialidades que no tenían nada que ver con la neumología. Cuando manifestó que consideraba prioritario trabajar para aumentar la calidad del servicio, el gerente del hospital le respondió que la calidad era muy cara. Y cuando, en fin, comunicó a ese mismo gerente los abusos y maltratos de los que acabó siendo objeto, el mismo gerente del hospital le contestó que aquello eran "chiquilladas". En el Servicio de Anatomía Patológica del Hospital Infanta Cristina de Badajoz se dan absurdos como el denunciado por CC. OO.: que disponga de aparatos de última generación, pero no de profesionales que sepan utilizarlos, pero también otros como que se contrate a técnicos de laboratorio para que, cuando ya estén formados en el Servicio (una tarea delicada, que supone mucho dinero y esfuerzo), se les despida, a fin de poder contratar a otros técnicos, a los que habrá, de nuevo, que formar: se prefiere, así, contratar más, y dilapidar los recursos, a contratar mejor, y perfeccionar la prestación. En el Servicio, por otra parte, nadie investiga nada, ni publica nada en revistas científicas, ni recicla sus técnicas y conocimientos en encuentros y simposios. Allí solo se trata de sacar a paladas, como sea, mejor o peor (y la mayoría de las veces es peor), los miles y miles de biopsias y citologías que se acumulan sin descanso. Y se acumulan porque no hay quien las haga: porque la gente por lo menos, los buenos, o los que o no tienen ganas de soportar la tóxica atmósfera laboral que se respira allí se va. Y tampoco quiere ir nadie. Es muy importante que los servicios médicos se nutran de nuevos empleados, que los rejuvenezcan y les den un nuevo impulso y, con la formación adecuada, continuidad. Pero poquísimos MIR quieren ir a Extremadura, y aún menos al Servicio de Anatomía Patológica del Hospital Infanta Cristina de Badajoz: el Hoy, otra vez, informaba el pasado 26 de abril de que solo 15 de los primeros 2.800 MIR habían elegido formarse en Extremadura (y ninguno había optado por Anatomía Patológica): http://www.hoy.es/extremadura/solo-medicos-primeros-20180426214825-nt.html. Entre los profesionales, que un servicio sea un desastre se acaba sabiendo; que en un servicio no haya posibilidades de promoción profesional se acaba sabiendo; que el nivel técnico de un servicio sea nefasto se acaba sabiendo. Y todo eso ocurre allí. Lo que este Servicio necesita es una reestructuración profunda que acomode necesidades y recursos; el establecimiento de los incentivos suficientes como para que los buenos profesionales tanto los veteranos como los MIR encuentren atractivo trabajar en él; la introducción de la calidad, en sus distintas vertientes clínica, investigadora y asistencial, como criterio principal de funcionamiento; y la mejora de un ambiente envenenado, del que desaparezcan la animosidad, la incomunicación, el favoritismo y la cortedad de miras. También le vendría bien que el equipo de gobierno del hospital hiciera aquello para lo que se supone que ha sido nombrado: gobernar, en lugar de tolerar la descomposición del centro mientras ningún problema salte a la palestra pública y de abstenerse después de tomar cualquier medida para recomponerlo. Es lamentable que Extremadura padezca situaciones como esta. Y también que solo se conozcan cuando se denuncian en los medios de comunicación. A los servidores públicos hay que recordarles que están para servir, y que servir pasa por atender a, y a ser posible resolver, los problemas de los ciudadanos sin necesidad de que les saquen los colores ante los demás, sino solo por honradez, compromiso y sentido del deber.

viernes, 11 de mayo de 2018

Los gurús

Los mundos espirituales, como la cultura que es también un poder económico, pero al que ahora consideraré solo en su dimensión inmaterial, han requerido siempre jefes espirituales, o, si la palabra "jefe" se considera demasiado taxativa, guías espirituales: figuras que desbrocen un camino crítico por entre el bosque a menudo impenetrable de las ideas. Aunque cierta deriva posmoderna y la revolución digital quizá hayan hecho pensar que esa necesidad de orientación ha desaparecido, diluida en un océano de opinadores (e insultadores) sin jerarquía (ni modales), no es cierto: sigue ahí, solo que fragmentada, atomizada incluso, y velada por el rebozo de las redes sociales. Durante mucho tiempo, los gurús fueron personajes reconocibles y poderosos: mandarines, se les llamó en Francia, un país en el que la cultura es lo suficientemente importante como para no dejarla en manos de cualquiera (aunque aquellas en las que se deposita tampoco sean, con frecuencia, irreprochables). Las universidades americanas aportaban asimismo un copioso suministro de gurús al mercado mundial, desde Noam Chomsky (todavía activo, aunque cada vez más disparatado) hasta Harold Bloom. En Hispanoamérica, los gurús nacían del Estado y eran amparados por él: los subvencionaba vitaliciamente o los hacía diplomáticos. En España, los gurús siempre han sido modestos pero gritones, como el propio país: personajes atrincherados en las universidades y en algunos medios de comunicación, por lo general de escasa enjundia intelectual, pero con mucha capacidad para hacer ruido y convertir sus pocas luces en dicterios y barrabasadas. Los gurús más lamentables del panorama patrio siempre han sido los gurús locales, aquellos que se instalan en una atalaya pueblerina y otean el horizonte en busca de enemigos. Como son gente pequeña, vocean por pequeñeces, pero se hacen notar: cada día, cada pocos días, alertan a la grey de los errores que cometen los demás y de los terribles peligros que acechan a la cultura de la comunidad, y hasta a la comunidad misma. Los gurús locales han venido a este mundo a salvarnos: de lo que tienen por reprobable; de lo que contradice su ser párvulo. A menudo, sus opiniones son estropajosas e ineducadas, pero también les agrada disparar chinas, con alusiones que creen sutiles, una actividad en la que se encuentran muy a gusto, porque se aviene mejor con su enanismo. Aunque cuentan con sus propias tribunas digitales, no desprecian ningún canal de comunicación: se mantienen activos en las redes sociales, colaboran en la prensa y hasta mandan anónimos a quienes han decidido odiar, que muchas veces son aquellos que no han respetado la jerarquía que ellos mismos se atribuyen. Los gurús locales son atrabiliarios, aspavientan sin descanso y pueden ser feroces, pero, curiosamente, tienen también la piel muy fina: no toleran que se les enmiende una tilde, ni que se omita una reseña de su obra (aunque se haga para no decir que la obra es nauseabunda), ni que se exprese alguna discrepancia con su forma de hacer o de escribir, ni que se les discuta una opinión. Todo, para ellos, constituye una ofensa que hay que lavar con sangre. Y, si la herida en su delicada piel ha sido profunda como sucede, por ejemplo, cuando la administración pública, en la que han trabajado, los ha despedido por su comportamiento impropio, respirarán por ella toda la vida, supurando inquina y resentimiento. Los gurús locales son muy locales algunos hasta presumen de su exilio en la provincia, como si la comunidad no pudiera sino agradecerles el esfuerzo insuperable que han hecho al permanecer en un rincón del terruño, en lugar de conquistar las Españas (y el resto del mundo) con su clarividencia, pero nunca se olvidan de mirar allende las fronteras de la región, ni de cultivar las relaciones que les permitan asomar el pescuezo fuera de la patria chica, ni de adular a quien haga falta para que se les tenga en cuenta en bolos, celebraciones y suplementos literarios, para lo cual no escatimarán lametazos perineales ni melifluidades vomitivas. Los gurús locales son intelectuales de garrafón, que escriben una literatura tan polvorienta como tediosa y practican una crítica literaria que no es crítica literaria, sino escaparate de novedades, carente de análisis retórico y juicio estético. Les faltan herramientas intelectuales, pero ellos se presentan como adalides de la écfrasis. En realidad, la ejercen porque es útil a sus intereses: les permite ser obsequiosos con quienes les convienen, pero crueles con los desafectos. También les falta entereza moral, aunque se exhiban como modelos de virtud. A los gurús locales se les puede hacer favores, incluso personales, pero ellos ni siquiera los agradecerán si no sirven a su estrategia de medro y reconocimiento. Los gurús locales, siempre dispuestos al antagonismo, se enemistarán con quienes sean amigos de sus enemigos, y serán huidizos o maleducados cuando las circunstancias lo exijan. Y todo esto es así porque son gente insegura, una inseguridad que les proporciona su íntima convicción de que lo que hacen no vale nada; y en eso tienen razón. Los gurús locales son mezquinos, con esa vehemente mezquindad de los mediocres. Pero los gurús locales, precisamente por ser locales, cuentan casi siempre con una cohorte de aldeanos que les ríen las gracias y jalean sus naderías. Así, los gurús locales a quien medra no lo apoyan, pero acogen con benevolencia a cuantos apuntalen su estatus de gloria provinciana. Y también fungen de mentores o cabecillas literarios de los jóvenes de su localidad, y hasta de la comarca, con la esperanza de que prolonguen su legado, aunque solo de los zagales que los favorezcan con su insapiente pleitesía, no de los que prefieran encontrar caminos propios. Los gurús locales no son un estímulo, que es lo que debería ser alguien genuinamente comprometido con la cultura, sino una lacra, muy hispana, por otra parte: gente de tan baja estofa como mala idea, atrincherada en la pequeñez, con poca capacidad pero mucha ambición, que no deja de pasear sus úlceras y zaherir a cuantos les hagan sombra. Por desgracia, hay que convivir con ellos. Y lo mejor que puede hacerse es responderles con el silencio, para que se consuman en lo que más odian, pero que caracteriza sus existencias: la irrelevancia.

domingo, 6 de mayo de 2018

En urgencias

En este hospital murió mi padre. En él pena hoy también mi madre, víctima de uno de los peores enemigos de los viejos: las caídas. Ha perdido pie en casa, ya de noche, y se ha dado de cabeza contra el marco de una puerta. Tiene una brecha tremenda en la frente, que ha requerido puntos de sutura, y, lo que es peor, aunque no parece que vaya a ir a más, una pequeña hemorragia interna. Pero el cráneo, pese a todo, ha resistido bien el impacto. Cuando llego al hospital, me sorprende comprobar que urgencias está casi vacío: solo en un par de boxes dormitan o velan enfermos y familiares. Cose la herida un médico venelozano reconozco el acento, alto y guapo aunque ya calvo, pese a su juventud, alrededor del que se arremolinan enfermeros y celadores. Esto también me llama la atención: que haya tanto personal atendiendo a un enfermo. Quizá porque el departamento está tranquilo y agradecen ocuparse en algo. El número de implicados favorece la dicharachería y hasta el jolgorio. Mientras el galeno sutura, alguien le pregunta por el Madrid, pero él es del Barça (como tantísimos venezolanos, para lo que quizá no sea irrelevante que también en Venezuela haya una Barcelona) y esboza un gesto de disgusto por la final de la Liga de Campeones que va a jugar el eterno rival. Luego desliza que el Madrid logra estos éxitos porque suelta billetes allí donde conviene. Mi madre, debajo de la sabanilla que le han puesto en la cara para aislar la herida que se está reparando, ya no se queja; lo ha hecho mucho cuando le han puesto la anestesia, una sucesión de pinchazos en lo vivo de la descalabradura. Otro sanitario pregunta si mi madre "es sintronera" y uno más, si "es aspirinera". Esta es la forma que tiene esta gente de manejarse con las rigideces del oficio, supongo: transformar las áridas realidades médicas o farmacológicas en cosas divertidas o, por lo menos, en dichos coloquiales. Y así será todo el fin de semana e, imagino, siempre. El personal dedicado a la atención de los enfermos debe distanciarse emocionalmente de ellos para que su trabajo sea objetivo y, por lo tanto, eficaz. Pero esa distancia o frialdad necesaria bordea a menudo la indiferencia y hasta la falta de respeto. Por esa estrecha franja entre el desapasionamiento y la zafiedad transitan sin remedio. Me disgusta, por ejemplo aunque no me quejo, porque ya he aceptado que es algo general: en esto, como en tantas otras cosas, yo soy el que se ha quedado no sé si atrás, pero sí aislado, que la tuteen; y lo hace todo el mundo. No puedo evitar que me chirríe: que un veinteañero hable de tú a un octogenario es como si un portero de discoteca discutiera de filosofía con Wittgenstein. En el hospital reconozco la asepsia, la gelidez de todo: los hospitales son la cadena de montaje de la salud. Y también los olores, en los que se mezcla la acidez de lo químico y la aspereza de lo doliente. La mañana siguiente compruebo que urgencias está llena de abuelos. Algunos solos, otros con sus familiares y bastantes acompañados por cuidadoras hispanoamericanas. Las urgencias están llenas de cabellos blancos y pieles morenas; en las urgencias se mezclan el catalán y los centroamericanismos. Las mujeres de Iberoamérica prestan a los mayores españoles la atención que el Estado no es capaz de proporcionarles: ni dota como debería la ley de la Dependencia ni garantiza que los servicios sociales atiendan a cuantos lo necesiten. Tras pasar la noche en el box en el que la han curado, trasladan a mi madre a otra sala de urgencias, ya no individual, sino compartida con otros enfermos. Allí no deja de lamentarse una señora muy añosa: "¡Ay, ay, ay!". Sus ayes, proferidos con voz recia, que desmiente la aparente fragilidad y el estado de postración de la mujer, son una cantinela sin fin, solo interrumpida por otros oscuros plañidos: "¡Que me muero, que me muero!", grita. "No te mueres", responde el hijo pacientísimo que la vela junto a la cama. Pero se equivoca: sí se muere; todos nos morimos, todos vivimos cada minuto muriéndonos. El médico que la visita informa al hijo de un diagnóstico terrible: la señora, otra víctima de las caídas, se ha fracturado la cadera, pero no puede ser operada porque padece úlceras y hacerlo con ellas sería garantizarse una infección que acabaría con su vida. Pero las lesiones que padece acabarán con ella de todos modos, aunque un poco más tarde. Y son muy dolorosas, como es evidente. Tendrá ya que vivir encamada, en una lucha conservadora contra las llagas y el sufrimiento. El hijo responde a la perspectiva del encamamiento con un horror asordinado: "¿Encamada? ¿Para siempre?", y no lo consuela que ese "siempre" no vaya a ser muy largo. Al parecer, la mujer se ha ido deslizando poco a poco de la silla en la que pasaba las horas en la residencia y se ha producido la lesión al llegar al suelo (aunque también cabe la posibilidad de que el fémur se le rompiera solo, por mera fatiga de materiales; a mi madre le pasó con el hueso de un dedo del pie: iba caminando y, sin más, se partió). Con qué poco qué viaje mínimo y fatal ese tránsito del asiento al enlosado– se desbarata el cuerpo; con qué apenas nada nos quebramos y afligimos. Pienso entonces, paradójicamente, en la mucha fuerza que conserva todavía mi madre, que se ha desplomado a peso contra una quicio aguzado y solo se ha herido la frente. Los viejos son seres de cristal, pero algunos cristales son duros aún. No obstante, pienso también, con espanto, en que a ella le pueda pasar lo mismo que a su infortunada compañera cuando tenga su edad ("118" ha sido su disparatada respuesta cuando una enfermera le ha preguntado cuántos años tenía; pero cerca de los cien sí debe de estar). "¡Qué malita estoy, qué malita!", sigue gritando la vecina, entre abrumadores ataques de tos. Sí, lo está. "¡Mejor morirme!", añade, esta vez con un hilo de voz. El hijo lo niega, aunque en su vigorosa negativa reconozco la inflexión formularia de lo aprendido, de lo que debe decirse. Pero yo discrepo: sí, sería mejor morirse. La muerte es un estado mejor que esta descomposición despaciosa, atormentada e irremediable, que no solo martiriza a quien la padece, sino también a los que están a su alrededor. Pero, claro, uno siempre considera que la muerte es más deseable que ciertas formas de existencia cuando se trata de los demás. Yo así lo pienso, ahora que me encuentro con salud (relativamente) y las últimas hilachas de mi juventud, de esa juventud impostada y canosa que hemos convenido en estirar hasta los cincuenta años. Pero es muy probable que, cuando le vea las orejas al lobo (o, en mi caso, la cola a Lucifer), ya solo desee seguir vivo un minuto más (uno más de esos que vivimos muriéndonos), aferrarme como un náufrago o un loco al clavo ardiendo de la respiración, al borde mismo del latido, más allá del cual solo hay precipicio. El cuerpo, no obstante, por muy deshecho que esté, se resiste a dejar de ser. Aun en las peores circunstancias, muestra su tenacidad en ser cuerpo, materia sintiente, espesura que persiste; es endeble, pero se opone con fiereza a la desaparición. La señora de la cadera rota deja de quejarse cuando le sirven la comida. Su cuerpo, maltrecho, continúa afirmándose: necesita alimento, exige alimento, para cumplir sus funciones: doler, quejarse, morir. Mi madre sonríe su sonrisa, con el apósito en la herida y el ojo amoratado, como una alcachofa, es más bien una mueca y me susurra: "Ya no grita; debe de tener la boca llena". Su humor, aunque sea negro, me confirma que todavía no ha llegado al final: el humor es garantía de vida. (No siempre, empero: cuando Buster Keaton agonizaba, alguien preguntó si ya estaba muerto y otro de los que lo acompañaban en aquellos momentos respondió: "Tócale los pies: si están fríos, es que se ha muerto; todos los muertos tienen los pies fríos". Buster abrió entonces los ojos y dijo: "Juan de Arco no". Y expiró). La situación de la señora fracturada, de mi madre y de casi todos los que están aquí refleja un mundo de enfermedad y dolor oculto a la sociedad, o, mejor dicho, que nos esforzamos en ocultarnos a nosotros mismos. Nada en los oropeles de la vida en común, en los fastos del ocio, el espectáculo, el turismo y la diversión, en la algarabía de las redes sociales y los medios de comunicación, tiene en cuenta esta realidad sórdida e ineludible. Nadie diría que existe. Y nosotros solo nos damos cuenta de ella cuando no nos queda más remedio: cuando nos toca a nosotros o a alguien a quien queremos. Pero está ahí, siempre: en los servicios de urgencia de los hospitales, en las residencias de ancianos, en las clínicas psiquiátricas, en los centros de atención social, en todo el entramado que hemos levantado con esfuerzo y que intenta atemperar, en silencio, la decadencia de los seres, su minucioso y desolador desguace. Si nada se complica y la hemorragia interna se reabsorbe, como es lo normal que suceda, mañana le darán el alta a mi madre. Hasta la próxima caída, quizá. Hasta el próximo paso en este camino de laceración. Hasta que ya no tenga cuerpo, o no lo tenga yo.

sábado, 28 de abril de 2018

Ciento noventa espejos

Algunos antecedentes iluminan, con extraña precisión, el hecho de que Ciento noventa espejos (Hiperión, 2017), de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954), exista. Irazoki formó parte del grupo CLOC, que en San Sebastián, entre 1978 y 1981, renovó, una vez más –toda vanguardia ha de ser siempre renovada–, los modos surrealistas. En el CLOC –cuyo nombre, según Fernando Aramburu, el hoy aclamado autor de Patria, pero entonces inquieto aprendiz de escritor, es la onomatopeya del «sonido que producen veinte mil garbanzos arrojados desde el octavo piso contra las cabezas de los ignorantes»– se iniciaron en la literatura, o en el activismo literario, Aramburu, Álvaro Bermejo e Irazoki, entre otros. Luego, tras escribir este algunos libros de versos, ejercer como crítico musical en Madrid, establecerse en París y un silencio editorial de diez años, reaparece con Notas del camino (2002) y otros tres poemarios, dos de los cuales se componen de poemas en prosa: Los hombres intermitentes (2006) y Orquesta de desaparecidos (2015). Estas composiciones muestran ya la principal característica de los textos que integran Ciento noventa espejos: un lirismo que conjuga la comprensión cordial de los vericuetos de la realidad, a menudo tenebrosos, y el vuelo incisivo y fulgurante de la imaginación, y que se materializa en un discurso ajustadísimo, por la dolorosa exactitud del léxico y la candente musculatura de la sintaxis, y a la vez exuberante, colmado de ternura, evocación y misterio. En Ciento noventa espejos ese lirismo sigue presente, pero depurado, afinado aún más, adelgazado hasta un límite casi insuperable de adensamiento. Y a esa radicalidad expresiva –que es, también, radicalidad de la inteligencia– contribuye decisivamente la estructura formal del libro. Ciento noventa espejos son 190 páginas que contienen 95 textos de 190 palabras. En los orígenes de CLOC, lúcidos y lúdicos, y en su espíritu experimentador y riguroso aleteaba el precedente de OuLiPo, aquel célebre Taller de Literatura Potencial en el que militaban matemáticos y poetas, y que se dio desde su creación, en 1960, a una busca afanosa de nuevas formas de expresión. Los hallazgos de ese rastreo, que fueron muchos, no fueron tan importantes como el del principio que subyacía en todos: la arbitrariedad de las formas literarias; la evidencia de que la literatura no es más que una ars combinatoria. Acogiéndose a las revueltas que OuLiPo dio a las argamasas y armazones de los discursos poéticos, Irazoki practica el recurso de la constricción liberadora. Séneca decía que para ser libres hay que ser esclavos de las leyes. Irazoki lo demuestra en Ciento noventa espejos, componiendo piezas que son, en sus propias palabras, «una especie de soneto en prosa». Las leyes a las que se somete son una manera muy eficaz de estimular la creación: fuerzan la imaginación y la mirada, y suscitan escorzos expresivos improbables con un cultivo despreocupado del verso. Por los textos –que ignoro si son poemas en prosa, o prosas poéticas, o anotaciones de diario, o microensayos; seguramente son un poco de todo, pero es estimulante no saberlo, y aún más leerlos sin que nos concierna–, escritos con una concisión y una diafanidad ejemplares, en los que nada sobra y nada disuena, desfilan muchas de las preocupaciones de un hombre que quiere aprehender el mundo y su sinuosa complejidad: la música y los músicos, los escritores de su agrado (a menudo poco conocidos, como el español Jorge G. Aranguren, el danés Michael Strunge o el ucraniano Sigismund Krzyzanowski, cuyo apellido es «ideal para dormir a la intemperie»), los espacios urbanos (por los que, en muchas ciudades del planeta, pasea con el ánimo permeable del flâneur), la fotografía y el cine, la condena de los autoritarismos, los recuerdos de juventud, la buena mesa. Muchas piezas son una poética: los tres secretos para escribir un buen libro son, para Irazoki, la falta de atadura (comercial, se entiende, porque si algo hay en Ciento noventa espejos son ataduras, y es un libro excelente), la supresión de lo innecesario y el cuidado artesanal. La última es un proyecto de vida, que concluye así: «No ser el bufón de la propia conciencia. Envejecer sentado en un refugio de preguntas. El goce de no tener tiempo para el odio». No es mal plan.

Transcribo el espejo 50:

Albert Camus define así a la persona rebelde: «Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento». Anoto en una página el destino que quiero darle a la palabra no. Cuento mis diecisiete frases iniciadas con una negación. Las pronuncio. No aprender gritos. No herir a los hombres diferentes, sino celebrarlos. No conocer los himnos con que se dibujan las fronteras de las razas. No condimentar con resentimiento mi vida breve. No adherirme a ninguna rebeldía cómoda. No tener tiempo para medir el error ajeno. No ir nunca a las playas de los rencorosos. No refugiarme bajo el techo del viva yo colectivo. No poseer otra bandera que una ética secreta. No afilar mi fracaso para que sea la flecha de un insulto. No sostener los platillos de sangre de la justicia. No aplaudir los disfraces de la crueldad. No a las multitudes que silencian al individuo. No huir de mi imagen reflejada en la vejez. No colaborar con mis habitantes cínicos. No ser un monje dormido en la niebla de su convento. No ser un segador amargado.

[Reseña publicada, bajo el título de «Hermoso y exacto», en Quimera, núm. 412, abril 2018, p. 63]

jueves, 26 de abril de 2018

De másteres y universidades

No sé por qué el desgraciado asunto del máster fantasmagórico de Cristina Cifuentes ha dado tanto que hablar. En un país abrumado por la corrupción, era previsible que la podredumbre hubiese infectado también a la universidad. En España, además, el terreno lleva tiempo abonado: la endogamia, el espíritu funcionarial y la dependencia del poder la hacen un lugar idóneo para la manipulación y el envilecimiento. La efervescencia del caso ha pasado: Cifuentes ha renunciado al máster (aunque no sé qué mérito tiene renunciar a algo que nunca ha existido) y lo ha borrado de su currículum vítae; una legión de políticos, casi todos del PP, aplicando aquello tan viejo y tan sabio de las barbas del vecino, se ha apresurado igualmente a eliminar de entre sus logros másteres, doctorados y titulaciones adulterados, incompletos o, sin más, inexistentes; y ya solo se espera la resolución política del conflicto, que no es otra que el apartamiento del poder de Cifuentes, algo que Rajoy, como suele hacer, dejará que suceda por sí solo, en el último minuto, después de que todo se haya emponzoñado y con la menor implicación posible por su parte. No obstante, aunque las falsedades de la presidenta de la Comunidad de Madrid ya no sean objeto de escrutinio (y choteo) público, merece la pena analizar lo que han desvelado. En primer lugar, la acreditada pasión de los españoles —y, particularmente, de aquellos cuyo modus vivendi depende del juicio favorable de sus conciudadanos— por los títulos académicos y profesionales. Poco importa que sean pura filfa, o que ni siquiera existan: lo importante no es procurarse una formación adecuada, basada en el estudio cabal, la lectura, la reflexión, la práctica creativa y el discipulado de los mejores, sino amontonar cursos en el currículum, y con los nombres e instituciones más rimbombantes posibles. El efecto colateral del escándalo Cifuentes que ha sido Pablo Casado, ese lenguaraz jubilado de Nuevas Generaciones que se ha querido la nueva sonrisa del régimen, ha resultado cómico: al hombre le faltó tiempo para exponer a la prensa sus diplomas y trabajos de fin de curso (entre ellos, los del mismo al que no asistió Cifuentes, aunque él tampoco fue a clase ni hizo examen alguno) y detallar las giras educativas que había hecho por los Estados Unidos, cosechando titulillos, certificados de asistencia y hasta participaciones como ponente en varias y gloriosas universidades americanas. Que la gente se crea —y valore en consecuencia— que estos estudios, por llamarlos de algún modo, capacitan o mejoran las aptitudes de nadie para gestionar los asuntos públicos, es estar ciego o ser de una ingenuidad rayana en la tontería. Solo hace falta ver cómo se comportan muchos poseedores de semejante historial académico para darse cuenta de que esos estudios —si es que los han hecho— no han robustecido su moral, ni aumentado su saber, ni perfeccionado su carácter. Con ellos se busca una pátina de respetabilidad, una presunción de valía, que queda casi siempre anulada por su desempeño personal: por su verdadero ser, amalgama de mediocridad, sectarismo, incultura, grosería y vacío. La reacción de Cifuentes ante la revelación de su amaño ha evidenciado su miseria moral: no solo ha mentido, sino que ha sostenido las mentiras con desvergüenza y pertinacia; ha transferido su responsabilidad a los demás (a la Universidad Rey Juan Carlos y a sus funcionarios, a los partidos políticos de la oposición y al suyo propio, a los medios de comunicación); se ha revuelto, como buena mafiosa, contra los críticos de sus propias filas, divulgando el despilafarro y las corruptelas de la Ciudad de la Justicia de Madrid, promovida y licitada por Esperanza Aguirre, otra gran mujer; y, en fin, ha eludido la dimisión, el único acto decente que le cabía adoptar, con tenacidad aún mayor que aquella con la que se ha defendido de la verdad y esparcido la mierda por doquier. La grabación de móvil, hecha por ella misma en su despacho, en la que dice, con sonrisa de reptil, que no se va, que se queda, que sí, que se queda, para seguir trabajando para los madrileños, es un monumento a la bajeza. La actitud de pija matasiete que desafía, con chulería tabernaria, a quienes la desafían y los zahiere alardeando de no plegarse a sus deseos, resulta repelente hasta para quienes ya estamos acostumbrados a la zafiedad de nuestros políticos y la incivilidad de nuestros compatriotas. Cristina Cifuentes era una de las grandes esperanzas blancas de la derecha española (el otro parece ser Alberto Núñez Feijoo: que Dios nos coja confesados) y se la presentaba como ejemplo de modernidad: republicana, agnóstica, partidaria del matrimonio homosexual, entre no sé cuántas cosas guays más. Pues si alguien que ha demostrado semejante vileza tenía que rescatarnos de la inveterada carcundia del PP, podemos olvidarnos de cualquier cambio en la situación de enfangamiento y parálisis en la que nos encontramos. Pero, como he dicho al principio, el escándalo del máster también ha dejado al descubierto —una vez más, aunque, por la impericia de  sus actores, de forma especialmente descarnada en esta ocasión— muchas de las penurias de la universidad española, que parece no solo contumaz en el error, sino incorregible. La universidad es uno de los asuntos sobre los que debería firmarse un acuerdo de Estado, como los pactos de la Moncloa o los de Toledo, para sacarla de la postración bucrocrática y científica en la que se encuentra y hacerla útil a la sociedad (otro es la educación; otro es la energía). Ni se comprende ni es justificable que, siendo España el 22º país en desarrollo humano del mundo (ajustado por desigualdad), según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, solo una universidad española, la de Barcelona, figure entre las 150-200 primeras del mundo y solo ocho más aparezcan entre las 200-500 primeras, de acuerdo con el Ranking Académico de las Universidades del Mundo (Shangai Ranking) de 2015. La financiación insuficiente y una regulación constrictora la carcomen y no la dejan despegar. Pero hay otro factor aún más importante para explicar su mediocridad, de la que todos, insisto, todos sus responsables y miembros son conscientes: la endogamia, el localismo de su funcionamiento, la pequeñez de sus miras, que recoge el permanente afán de las gentes que la sostienen y nutren por garantizarse la comodidad material antes que por favorecer el desarrollo de la cultura y el pensamiento. Pese al mérito, al esfuerzo y a la competencia intelectual de muchos de sus profesores, la universidad española no es un foco de reflexión, no es el ágora donde circulen y se fecunden las ideas, no promueve ni excita la renovación ni la invención. En la universidad española se piensa poco, o no se piensa, y el espacio que deberían ocupar los juicios y avances que no se producen, lo ocupan la burocracia, la desidia y la vulgaridad. La endogamia, que siempre favorece a los que han tenido la suerte de haber entrado ya (y, en muchos casos, la paciencia de haber resistido becas y contratos indignos hasta alcanzar esa meta), en lugar de permitir que el talento circule libremente e impregne a todos aquellos con los que entre en contacto, tiene otra secuela nefasta: el clientelismo, que genera verdaderos albañales de servidumbre. Eso se ha visto con claridad insuperable en el caso Cifuentes: el verdadero amañador de todo ha sido un tal Enrique Álvarez Conde, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y director del Instituto de Derecho Público y del máster no cursado por la ya expresidenta, que indujo a esta, pepera como él, a beneficiarse de las favorables condiciones en las que podría hacerse con un nuevo renglón en su brillante currículum y que, con el estallido del pufo, obligó a varias personas que le debían su carrera profesional y su plato de judías en la mesa a falsificar firmas, reconstruir documentos, mentir bellacamente y, en suma, sacrificar su integridad personal para preservar su trabajo y su estatus en la universidad. La escuela, por encumbrada que sea, no otorga la excelencia. Se puede tener docenas de títulos y másteres y ser un bandido, una nulidad intelectual o ambas cosas a la vez. La lucidez y la dignidad, que tanto se necesitan en la política y en la universidad españolas, provienen de algo interior, de un proceso de crecimiento individual que se decanta con la lectura y la reflexión, con el cultivo de las artes y las ciencias, con el estudio y la comprensión de la naturaleza humana —de su vulnerabilidad y su incertidumbre, de su fugacidad y su miseria, pero también de su potencial grandeza— y la interiorización del respeto al otro, con el ejercicio de la humildad y el humor. Se trata de ser caballeros y señoras antes que políticos; o de ser políticos porque se es un caballero o una señora. Eso que no comprenden, ni han practicado nunca, Cristina Cifuentes y Enrique Álvarez Conde, por poner solo dos casos entre tantos que podrían citarse.