lunes, 23 de enero de 2017

Aqua Libera y otras aventuras (II)

Pese a las exquisiteces del cuarto, paso una noche fatal. El atroz pitarra de la cena ha irrumpido en mi estómago como un elefante en una cacharrería y sufro ardores inquisitoriales. El malestar muscular que me acompaña estos días tampoco ayuda a descansar: es una incomodidad que produce la falta de ejercicio físico. Me paso horas sentado delante del ordenador, bien trabajando, bien escribiendo mis cosas, y tanta quietud no solo me devasta la espalda, sino que me ataca y atrofia los músculos. Decidimos combatir la inactividad con un buen trajín, y nos dirigimos primero a Santa Lucía del Trampal, una hermosa basílica hispanovisigoda, cerca de Alcuéscar, que me descubrieron hace dos años el poeta Javier Pérez Walias y su mujer, Teresa, y que ahora quiero que conozca también Ángeles. Santa Lucía, cuya primera edificación se remonta, según algunos historiadores, al s. VII, no se recuperó hasta 1980, cuando estaba a punto de perderse definitivamente. Las labores de restauración, hechas con esmero, han dejado a la vista una espléndida construcción visigoda, con influencias mozárabes, compuesta por tres capillas rectangulares abiertas a un transepto. La basílica, no obstante, ha sufrido muchas modificaciones posteriores, entre otras las derivadas de la destrucción que le acarreó ser fortín de los franceses en la batalla de Arroyomolinos, en 1811. Hoy se alza entre naranjos, olivos melenudos y monte bajo, silencioso y aromático. El paraje desprende paz. En el interior de la iglesia, inundado de penumbra, se ha respetado la disposición original de las naves y capillas, con espacios separados por lienzos de mármol, que lo vuelven un lugar laberíntico. Por esos pasadizos se movía la comunidad de monjes mozárabes, que pagaba un tributo a los señores musulmanes para practicar su fe y cultivar la tierras. Se me hace extraño pensar en monjes mozárabes y también en unos sarracenos tan tolerantes como para permitir otros cultos que el del Islam (aunque nunca tanto como para eximirles de impuestos). Cuando dejamos el lugar, cuatro ciclistas han llegado para visitarlo: van forrados en sus trajes de ciclistas, negros y apretados. También arriba un cura, con su alzacuellos y su clergyman: yo los prefiero ensotanados, la verdad: me recuerdan a mi golpeada infancia. Aun con el cura, el paisaje es idílico: el cielo es azul, cantan los pájaros y por los alrededores triscan unos burritos peludos, pequeños y suaves, aunque no sean de acero y plata de luna, sino marrones tirando a negros, como los ciclistas, como el cura. Seguimos a Montánchez, donde estuvimos hace años, invitados por el también poeta y amigo Diego Doncel, pero del que conservamos pocos recuerdos, salvo el de un castillo con unas vistas espectaculares. En los pocos kilómetros que nos separan del pueblo, casi atropellamos a un jabato que salta a la carretera a la altura de una planta industrial, Resti: el volantazo de Ángeles lo evita, aunque el grito con el que lo acompaña me da un susto de muerte. (Yo le recrimino que no haya hecho lo que se recomienda hacer en estos casos: aferrarse al volante, seguir recto y que sea lo que Dios quiera, pero me responde, indignada, que cómo puedo pensar que fuese ella a atropellar a un cerdito tan mono. Su razonamiento me desarma). Ya en Montánchez, nos recuperamos del sobresalto con una cerveza en un bar de nombre muy evocador, Pito Gordo, que me hace mirar con curiosidad al dueño. Vamos después al castillo, a cuyo pie encontramos un mirador, aunque no dejamos de preguntarnos qué hace allí un mirador, cuando la altísima fortaleza se alza justo detrás de él. De camino a la entrada, pasamos por delante del cementerio, en cuyo frontispicio constan inscritos estos tres admonitorios endecasílabos: "Templo de la verdad es el que admiras. / No desoigas la fe del que te advierte / que todo es ilusión menos la muerte". Más adelante, encontramos otros puntos cuyas leyendas nos deparan algún regocijo y no menos desconcierto. Un mojón exclama: "¡Automovilistas! Velocidad: primera", y lo hace poco después de que una gran cadena de hierro, atravesada en el camino, impida el paso a los coches. Ya en el recinto del alcázar, nos encontramos con el Santuario de Nuestra Señora de la Consolación del Castillo, que, como recuerda una placa muy historiada a la entrada, es, desde 1956, alcaldesa mayor honoraria de Montánchez. Se conoce que la costumbre practicada por el anterior ministro del Interior, el catalán Jorge Fernández Díaz, de imponer medallas y reconocimientos a la Virgen, tiene ya insignes precedentes en estas tierras de Extremadura. Otra placa nos informa de que antes, en 1950, Nuestra Señora de la Consolación del Castillo había sido coronada canónicamente en un acto solemne al que asistieron el excelentísimo gobernador civil de la provincia "y su digna esposa", una coronación que había sido promovida por "el celoso pàrroco (sic) de esta villa, D. Francisco Flores Gordo, que al fin viò (sic) satisfechos sus anhelos". Siempre me agrada que la gente vea cumplidos sus deseos, pero deploro que, en este caso, el celo del anhelante párraco no se extendiese al respeto por la ortografía castellana. Bajo o al lado de las placas susodichas, encuentro otros mensajes importantes, aunque no escritos en alpaca o plata, sino en cartoncillos plastificados: uno anuncia el número agraciado con el jamón que se rifaba con la lotería de la Virgen; otro previene de que no hay que sobrepasar la verja (de acceso al altar), porque salta la alarma; y un tercero, ante los insistentes rumores de que se obligaba a los montanchegos a pagar por casarse en el santuario, aclara: "La cofradía informa que (sic) no se ha cobrado nada por las bodas en la ermita. Toda cantidad que se cobre por estos actos son estipendios de la parroquia". Un misterio notable, porque se dice que no se cobra nada, pero que se cobran estipendios. Confío en que los parroquianos, con la ayuda de la virgen alcaldesa y coronada, lo entiendan. Ya en el punto más elevado del castillo, en precario estado de conservación, disfrutamos de las vistas privilegiadas que recordábamos (y también de la de una cuerda de ropa tendida en uno de los muros). Bajamos de nuevo a Montánchez y comemos en el restaurante "La Posada", al lado de la casa natal del general Juan García y Margallo, bisabuelo de otro exministro de Rajoy, José Manuel García-Margallo. El general García y Margallo desarrolló toda su carrera militar en África, desde las guerras moderadamente triunfales de mediados del s. XIX, hasta su muerte, en 1893, de un disparo de los rifeños levantados en armas por enésima vez contra aquella metrópoli cutre que les había tocado en suerte en el reparto colonial del continente. Al conflicto en el que murió se le conoce por su nombre, la guerra de Margallo, y la razón de que estallara le es directamente imputable: para reforzar las defensas de Melilla, de la que era gobernador, el general decidió levantar una construcción cerca de la tumba de un santo de las cabilas, Sidi Guariach, pero a los cabileños y, en general, a los musulmanes nunca les ha gustado que toqueteen sus lugares sagrados, así que, para demostrar su desacuerdo con la decisión de Margallo, al día siguiente bajaron de las montañas 6 000 guerreros de 39 cabilas diferentes, armados hasta los dientes. Las cosas, con ser graves, podrían haberse quedado ahí, pero, como suele suceder siempre que puede suceder, empeoraron: al final del día, la artillería española de Melilla castigó las posiciones rebeldes y un obús fue a destruir una mezquita. Se comprende que los cabileños no reaccionaran bien. Veinticuatro horas después, aquellos 6 000 guerreros del principio se habían convertido en 25 000, venidos de todo Marruecos, y con peor humor todavía. Las hostilidades continuaron un año, hasta que el mayor peso militar de España acabó imponiéndose, sin que ello le reportase, no obstante, ninguna ganancia estratégica o territorial: simplemente, acabó con el enfrentamiento, dejando tras de sí 700 cadáveres de ambos bandos. La guerra de Margallo fue una más de las gestas estúpidas que jalonan la historia de nuestro país, suscitada tanto por la ineptitud de los gobernantes como por las supersticiones de la gente. La comida en "La Posada" ha reactivado mi ardor de estómago, así que nos acercamos a una farmacia cercana que parece abierta; al menos tiene abierta una ventanilla en la puerta, como si estuviera de urgencias. Desde dentro nos mira, no sin sorpresa, una señora que está fregando. Le pedimos almax, ese gran invento de la humanidad. Deja el mocho a un lado y va a buscarlo a un anaquel. Lo encuentra, pero nos dice que no sabe cuánto vale. "Qué farmacéutica más rara", pensamos. "Es que yo no trabajo aquí", nos confiesa, como si nos leyera el pensamiento. "¿Entonces por qué tiene Ud. la ventana abierta?", le pregunta Ángeles. "Porque, si no, no se me seca el suelo". Es la señora de la limpieza. Pese a su inadecuación profesional (que un censor puntilloso reputaría intrusismo), no estoy dispuesto a dejar escapar el almax que la proba limpiadora tiene en la mano. Busco y rebusco el precio por internet; ella, por su parte, telefonea a la farmacéutica, que está de vacaciones, para preguntárselo. Entre unos y otros llegamos a la conclusión de que vale 7,95 euros. Le doy ocho, y nos marchamos con el preciado botín y maravillados de que una limpiadora se haya tomado tantas molestias, que no le correspondían, para ayudarnos. "Si os puedo echar una mano, ¿por qué no voy a hacerlo?", ha preguntado con una lógica irrefutable, aunque casi siempre olvidada.

sábado, 21 de enero de 2017

Aqua Libera y otras aventuras (I)

Quien primero me habló de Aqua Libera, el hotel rural con termas romanas en Aljucén, fue Susana, mi casera. Estaba entusiasmada con el lugar y me animó a visitarlo. Y el puente de Reyes hemos decidido hacerlo. En llegar a Aljucén desde Mérida solo se tarda quince minutos. Cuando aparcamos delante del establecimiento, nos saluda un hombre con un sombrero de paja y sentado en un poyo vecino. No tiene nada que ver con Aqua Libera, pero nos saluda igualmente: esto es un pueblo y él parece tener todo el tiempo del mundo. (Luego comprobaremos que ese hombre vive en el poyo: desde esa breve atalaya nos da siempre los buenos días o las buenas tardes, según, o nos comenta el tiempo, o nos informa de dónde aparcar). En Aqua Libera nos recibe Noemí Cabalgante, la dueña, junto con su marido, Santiago, e ipso facto (los latinajos, en una entrada com esta, se me antojan especialmente apropiados) nos enseña el hotel. Fue, nos dice, el más pequeño del mundo: solo tenía una habitación. Pero ha crecido: hoy tiene cuatro. Han conseguido este brutal aumento de su capacidad, del 300%, por el expeditivo procedimiento de comprar las casas contiguas. Ahora, casi toda la calle es suya, como antes sucedía con los terratenientes. Aqua libera tiene tres espacios principales: a los dos primeros, dispuestos como en las casas romanas, el atrio y el peristilo, se ha sumado un tercero, el de las termas. Al asomarnos al peristilo, con triclinium (en el que ha de ser muy agradable tumbarse para comer en verano, aunque no nos puedan servir esclavos: Noemí nos dice que no les dejan tener), un pequeño estanque, columnas y agradables rincones en sombra (también hay un naranjo, aunque no era un árbol propio de la domus, pero ya estaba aquí cuando se hicieron con esta parte, nos informa Noemí, y les ha dado pena talarlo; además, proporciona naranjas muy dulces para los desayunos de la clientes), coincidimos con otra pareja, que viaja con una pareja de yorkshires. Los chuchos nos gruñen por alguna perruna razón. Los yorkshire nos han parecido siempre canes ridículos y malencarados. A Ángeles y a mí nos gustan los perros grandes, comprensivos y abrazables, y esta versión canina de la rata se nos antoja una perversión de la domesticación humana. Instalados por fin en la habitación, comprobamos que el suelo es opus signinum, como en tantas edificaciones romanas; que la decoración, en yeso blanco, sigue asimismo las pautas de Roma; y que la cama se ha hecho según los modelos del Imperio (aunque también se mueve peligrosamente, con unas patas de apariencia endeble: con mis 104 kilos de peso, tengo miedo de romperla). Con los aires latinos conviven los de la modernidad: televisión, calefacción y minibar, y algunos detalles que se agradecen: por ejemplo, en el cajón de la mesita de noche, donde en los hoteles de los países anglosajones suele haber una Biblia, nosotros encontramos una baraja española. Es una pena que a Ángeles no le gusten los juegos de mesa. Deshecho el equipaje y comprobados todos los rincones del cuarto, nos vamos a dar una vuelta por el pueblo. Ya ha anochecido y hace frío, pero nos apetece estirar las piernas y ver qué nos ofrece Aljucén, aunque nuestra primera impresión es que su oferta turística no va a ser descomunal. El pueblo tiene una iglesia del s. XVI, San Andrés Apóstol, junto a un cementerio hasta el que conduce un breve paseo flanqueado de árboles (nos sorprende el tamaño de algunas tumbas, que vemos desde la entrada, adornadas con lápidas y esculturas enormes); un ayuntamiento que es una casa particular con tres banderas; un albergue de peregrinos (puesto que estamos en la Vía de la Plata y, por lo tanto, en el Camino de Santiago); un teleclub (que yo creía que habían dejado de existir, pero aquí queda un superviviente, embalsamado desde los años 70); y dos bares, el de la plaza y el bar S. Decidimos cenar en este, que nos parece, con su barra alta y sus azulejos ajedrezados, un entrañable ejemplo de los bares del país de, otra vez, los años 70. Además, Noemí nos ha informado de que en este establecimiento no hay carta, ni menú, esas zarandajas de ciudad, ni tiene uno que preocuparse por decidir lo que quiere comer, sino que se sirve lo que hay. Pero lo que hay es una barbaridad: la señora que lo atiende nos pone delante, sucesivamente, pan, aceitunas, un plato de queso y lomo, un perol de carne adobada, una ensalada montuosa, sendos bocadillos de mayonesa y atún, y, de postre, una bandeja de fruta. De beber, agua y vino: un Valdepeñas por estrenar y uno, anónimo y peleón, de la casa, en una botella de etiqueta ya irreconocible. Optamos por este último, aunque eso, como comprobaremos después, se revelará un error. Damos cuenta de la pitanza, arrullados por la tremor de la estufa de gas que la señora ha encendido y puesto bien cerca de nosotros para que no nos helemos en este salón grande y vacío, mientras observamos, fascinados, las paredes, de las que cuelgan aperos de labranza, fotos de toreros, astas de ciervo y pósteres del ICONA (otra realidad de los años 70: este bar es decididamente vintage) con imágenes de urogallos y peces de los ríos extremeños. Entre todo ello, avistamos otro cartel singular, de la Junta de Extremadura, que nombra a la dueña del bar S. "empresaria del año", pero no indica de qué año. Cuando dejamos el local, caminamos hasta el final del pueblo, pero la oscuridad y el frío nos devuelven pronto a nuestro alojamiento romano. Allí, antes de acostarme, y con la destreza que me caracteriza, me las arreglo para partir el lavamanos, que es de barro cocido: quiero sacar el vaso del baño del plástico que lo envuelve, para lavarme los dientes, pero se me escurre de unas manos que no tienen dedos, sino morcillas de Burgos, y cae de culo en la terracota, que se parte simétrica, delicadamente: si lo hubiera querido hacer con un punzón, no habría logrado un resultado tan fino. (Recuerdo aquella vez en que, visitando una tienda de materiales de construcción para nuestra casa en Hoyos, me apoyé en uno de los lavabos expuestos, que yo creía fijado al suelo; pero no lo estaba, y al suelo, precisamente, nos fuimos el lavabo y yo. O aquella otra en que, comiendo con algunos compañeros de trabajo, me derramé de un manotazo el abrasador plato de lentejas en la entrepierna. Mi capacidad para crear el caos no conoce límites). Ángeles me mira, aunque no con ira; tras tantos años de matrimonio, solo puede mirarme con resignación.

martes, 17 de enero de 2017

La matanza

El otro día, en un pueblo de la Sierra de Gata, estuve en una matanza. Bueno, en realidad, en el resultado de una matanza: no asistí al asimiento y degüello del cochino, sino a la exposición y tratamiento de su carne. La verdad es que me habría gustado ver el sacrificio del animal: admirar su lucha inútil por la vida y oír sus chillidos de pánico y dolor. Sueno sádico, lo sé. Será que toda matanza constituye un acto atávico, que dispara nuestros resortes más primitivos, los mismos que llevaban a las tribus del Neolítico a cazar y descuartizar a las bestias que les darían de comer mucho tiempo. O puede que el recuerdo de los relatos felices de la matanza que me hacía mi padre cuando yo era niño se había criado, en la durísima posguerra española, en un pueblo aragonés donde la liquidación anual del cerdo constituía un jolgorioso acontecimiento social, y se comprende: garantizaba que no se pasase hambre aún despierte mis instintos más reptilianos. Cuando llegué a la casa de los amigos que nos habían invitado a probar con ellos los primeros frutos del acuchillamiento, me sorprendió la cantidad de material. Entonces comprendí el verdadero alcance del dicho "del cerdo se aprovecha todo". Todo es todo: desde el morro hasta la cola. Lo único que se desecha es la manteca para hacer jabón: la industria cosmética la ha sustituido por productos menos laboriosos y más eficaces. En un cuarto interior, que la familia llamaba "la nevera", por razones fácilmente imaginables, se amontonaban las partes ya troceadas del cochino: el lomo, el espinazo, las costillas, las grasas y, colgados de diferentes ganchos, a cuál más acongojante, la cabeza, vaciada de todas su interioridades; las vísceras, un tumulto de globos sanguinolentos, de difícil identificación (pero allí estaban, según me señalaron, el corazón, el más parecido del reino animal al humano, el hígado, los pulmones...); las paletillas; y los reyes del desguace, los jamones, que empezaban entonces una larga curación que acabaría, con la ayuda de Dios, en el producto homónimo, uno de los más benéficos y admirables de la creación. Pero aquel espectáculo haría que se desmayasen los vegetarianos y muchos animalistas llamasen a la guerra santa: los huesos serrados, los miembros destazados, los olores crudos, la sangre seca, marronosa, dibujaban un paisaje que muchos naturistas no dudarían en calificar de dantesco; y yo debía darles la razón: porcino, alimenticio, pero dantesco. Muchas de las piezas ya habían sido troceadas o estaban siendo fileteadas entonces por las mujeres de la casa. La implicación de toda la familia, y de sus invitados, en la matanza sigue siendo una realidad, y la división de funciones por sexo, también. A los hombres se les reservan las tareas que requieren más fuerza física, mientras que las mujeres se ocupan de las que exigen más constancia y minuciosidad, desde remover la sangre que cae del cuello apuñalado del marrano para que no se coagule, a la salazón del tocino y el adobo del lomo, pasando por la limpieza del estómago y las tripas. Por eso, porque aún hace falta músculo para muchas ocupaciones, y porque está mal visto que uno se acople a una tarea raigalmente colectiva sin aportar otra cosa que curiosidad y ganas de comer, me ofrecí para colaborar en el picado de la carne. Este se hace con una sencilla máquina que tritura las piezas previamente cortadas: alguien las deposita dentro del aparato por una boca grande situada en su parte superior, y otro hace girar una manivela para que un grueso berbiquí interior las deshaga y salgan por el otro extremo en forma de gruesos hilos. Y me ofrecí para ello: a) porque mi legendaria torpeza garantiza que estropee cualquier mecanismo que no sea tan fácil de usar como el de un chupete; y b) porque, además de no requerir maña, tampoco parecía requerir fuerza. Y así, alegre por haber averiguado cómo honrar mis obligaciones de huésped sin perder el decoro ni sudar, empecé a darle a la manivela. Tardé apenas dos minutos en descubrir que aquello era una trampa saducea. Hacer girar aquel trasto te descoyuntaba el hombro. Las piezas de carne ofrecían una resistencia sorprendente a ser machacadas, trasunto acaso de la que había ofrecido su propietario a ser degollado, y uno acababa como si llevara toda la tarde haciendo flexiones con aquel brazo. Pero solo habían pasado cinco minutos. Por suerte, la cola de los dispuestos a colaborar en aquel organillo infernal entre ellos Ángeles, que no sabía lo que le esperaba, por más que yo le hacía guiños desesperados de advertencia eran muchos, y pude refugiarme en un banco rinconero y reconfortarme con un blanco de pitarra abrasivo y resucitador. Entonces uno de nuestros anfitriones me informó del proceso que desembocaba en la matanza. Era simple y desalentador: al lechón lo capaban a los dos meses de vida de otro modo, la carne no sabía igual, luego lo dejaban triscar en la dehesa un año y medio o como mucho dos, y por fin era pasado a cuchillo. No es la vida que me gustaría tener. Luego de varias horas de trabajo o de ver trabajar, nos sentamos a comer. Asomaron entonces los primeros frutos de la matanza, como la moraga tacos de carne aliñados con ajo y pimentón y el cocido, con bloques de mollas irreconocibles flotando como icebergs en un océano de garbanzos. Por la noche llegarían la patatera, que las mujeres habían estado cocinando toda la tarde, y cuya versión picante tenía más poder irritativo que el gas sarín, y la sopa de sangre, un espeluznante mejunje, hecho con la sangre del guarro, que me apresuré a declinar, procurando reprimir el sobrecogimiento que me invadía. Allí comía todo el mundo con una pasión cárnica irreprimible; todo el mundo menos una hija de familia, que llegó a última hora con el novio y desenfundó varios botes de comida china, a cuyo vaciado se aplicaron con finura cosmopolita, mientras los demás engullíamos las delicatessen proletarias de la matanza. Uno de los invitados, en particular un tipo bajo y rechoncho, con ojos como galletas maría, se asestó cuarto y mitad de patatera, un plato entero de otro bocado de cardenal, los sesos del cochino, y, por fin, un plato de sopa de sangre, cuyo contenido hacía montaña, todo ello bien regado con una botella de tinto de pitarra y rematado con media tableta de turrón sobrante de la navidad. Me recordaba a aquel gordo de El sentido de la vida, de los Monty Phyton, que devora todas las existencias de un restaurante francés y explota al final, cuando se come una chocolatina; y también al castellano de Larra, aquel paisano ignaro, aunque todo pareciera saberlo, y ferozmente chabacano, que describió, con indignada melancolía, en uno de sus mejores artículos. Nuestro compatriota, como el de Larra, hablaba a gritos, siempre, aunque fuese para pedir que le pasaran la sal. Y era incapaz de juntar tres palabras sin que dos fueran una blasfemia aterradora. Por ejemplo, si pedía que le pasaran la sal, lo hacía así: "¡Joder, Manolo, te voy a dar dos patadas en los cojones si no me acercas la sal, mecagüen mi calavera, que esto está soso como el coño de una babosa, hostia puta!". Un tipo con el ingenio atroz del rústico, que además renegaba del nacionalismo catalán bajo una gran bandera española que colgaba del techo, junto a los jamones. (Luego supe que no es que la tuvieran colgada porque quisiesen reivindicar la españolidad de la panceta, sino que se había quedado allí desde el último partido de la selección, que los amigos veían en uno de los cuatro televisores alineados en la habitación). Cuando, ya muy tarde, nos marchamos, lo hicimos satisfechos por la experiencia, pero muy necesitados de almax, por los litros de colesterol, y de ibuprofeno, por el paisano vociferante. Me han prometido invitarme la temporada que viene al día del degüello. Se lo he agradecido mucho. Tengo todo el año para pensármelo.

sábado, 14 de enero de 2017

El bueno de Federico Trillo

Los periódicos andan llenos estos días de noticias sobre Federico Trillo-Figueroa y Martínez Conde, embajador del Reino de España ante el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, o, para ser más exactos, de noticia: la de su cese en el cargo, tras el reciente informe del Consejo de Estado en el que se denuncian las responsabilidades del ministerio de Defensa, del que era titular, en el accidente del YAK-42 donde murieron 62 militares españoles, y de la macabra chapuza cometida en la identificación e inhumación de los cuerpos. Por resumir, Defensa con Trillo a la cabeza no solo había contratado una compañía aérea infame para transportar a los soldados, sino que no prestó atención a las quejas y denuncias del estado lamentable de los aviones y las peligrosas, casi suicidas, condiciones de los vuelos. Y luego, cuando los cadáveres se apilaban ya en las morgues y, lo que era peor a sus ojos, en los noticiarios de televisión, hizo que se despacharan a toda prisa la repatriación y el entierro para sustraer carnaza y nunca, tristemente, mejor dicho a las críticas de la opinión pública a la gestión del gobierno y a la participación de España en las misiones internacionales de paz. La urgencia y el caos fueron tales que en algún ataúd había tres pies. José María Aznar retribuyó entonces los inestimables servicios de Trillo con la embajada en Londres, aunque no fuese diplomático ni hablase inglés. ¿Pero qué eran esas minucias? Nada: aun con tamañas desventajas, Trillo trabajaría en pro de España con la misma diligencia que había demostrado en su desempeño anterior, siempre dispuesto al sacrificio personal por el bien de la patria. Cuando viví en la capital británica, vi varias veces a nuestro plenipotenciario. La primera fue por la calle, en octubre de 2013. Había comido con el poeta y amigo Julio Mas Alcaraz y, al salir del restaurante, nos cruzamos con él. Lucía un pelo en perfecto estado de revista: ni un solo cabello perdía su apostura marcial; en algo se había de notar que es miembro del Cuerpo Jurídico de la Armada. Además, como también es chaparro, aquella crin montuosa le permitía ganar no pocos centímetros. Iba acompañado por el inevitable séquito de funcionarios garridos y circunspectos, pero solo él hablaba. Cuando pasamos a su lado, Julio y yo nos miramos, tentados de gritar "¡Viva Honduras!", pero nos contuvimos, no fuese que, por alguna pejiguera con los británicos, que ya entonces se habían puesto muy tiquismiquis con los extranjeros, tuviésemos que recurrir al amparo diplomático. En la segunda ocasión, en la primavera de 2015, estuve aún más cerca del embajador. Visitaba yo la exposición "El exilio español en el Reino Unido", en el Instituto Cervantes, cuando apareció el héroe inmarcesible de Perejil, con su indesmayable tupé y un traje en el que costaría tanto encontrar una arruga como en el cerebro de Donald Trump. Iba acompañado por el comisario de la exposición, un individuo con gafas que le daba informaciones sobre los escritores allí reunidos tan relevantes como esta, sobre el poeta Pedro Garfias, autor del maravilloso Primavera en Eaton Hastings: "Estaba totalmente alcoholizado y se pasaba el día entero en el pub". Sin duda, era un dato del que no había que privar al embajador de España (y que acaso regocijara secretamente a este, miembro del Opus Dei e hijo de un gobernador civil bajo el franquismo: Garfias era comunista). Luego, sin reparar en que estaba mirando yo una foto del barco en el que miles de niños vascos huyeron de la Guerra Civil a Inglaterra, el embajador y el de los quevedos se plantaron delante de mí para contemplar la misma foto: ser importantes les permitía ser maleducados. Por fin, la inauguración oficial de la exposición corrió a cargo de Trillo y el de las gafas. Trillo leyó, en un inglés lamentable, las vaguedades que le había puesto en el papel alguno de sus escribanos: debía de haberlo estudiado en la misma academia que Aznar. Por otra parte, se comprendía que un embajador tuviese importantes asuntos de Estado en que ocuparse a lo largo del día (por ejemplo, explicar por qué su bufete de abogados había cobrado, en tres años, 354.000 euros de una empresa relacionada con un asuntillo de corrupción) y que no supiera demasiado sobre la presencia de poetas y escritores españoles exiliados en el Reino Unido, pero leer papeles nunca constituye una actuación airosa. Ah, pero qué maravillosa vida tenían algunos, pensé ya entonces: tras actuaciones tan ejemplares como la desarrollada al frente del Ministerio de Defensa, y tras eludir, con memorable elegancia, toda responsabilidad en ella por el habitual procedimiento de atribuírsela a sus subordinados, aquel miembro del Cuerpo Jurídico de la Armada gozaba de una sinecura en Londres y probablemente seguiría un cursus honorum glorioso en la administración pública española hasta el final de sus días, que Dios no quiera que llegue por un accidente aéreo. Mi tercer avistamiento de Trillo fue mucho menos público. Ángeles y yo habíamos salido a pasear un domingo, como solíamos hacer, por el parque de Battersea, contiguo a nuestra casa, cuando en el paseo fluvial, al ladito del Támesis, lo vimos con una señora rubia. Supusimos que era su mujer. Iban solos, caminaban sin prisa y sonreían. Tenían buenos motivos para hacerlo: la vida, sí, era amable con ellos. Allí estaban, disfrutando de unos de los parques más hermosos de Londres, un weekend de sol, ricos y felices, protegidos por la inmunidad diplomática, la confianza del gobierno de España y la misericordia del Señor. ¿Qué más se podía pedir? El feliz matrimonio Trillo-Figueroa y señora (suponíamos) siguió hacia el puente de Alberto y nosotros, hacia el de Chelsea: en direcciones opuestas, metáfora acaso de nuestras existencias respectivas. Aún tuve noticias de Trillo una cuarta vez, aunque esta vez no personalmente. Resulta que la hija de un buen amigo, que estudiaba en el Instituto Español en Londres, el "Vicente Cañada Blanch", había merecido un premio en un concurso escolar, y era el embajador el que había de entregárselo, a ella y a los demás galardonados. Mi amigo me envió, después del acto, una foto en la que aparecían todos los premiados, con Trillo y su tupé en el centro: la chica estaba a un lado, apoyada en la pared, como si quisiera atravesarla para huir, y con la expresión que tendría de haber visto a Jack el Destripador en una calle oscura de Whitechapel. Cuando, ya en  España, le pregunté cómo había ido la ceremonia y qué le había parecido nuestro comisionado, no me respondió, pero en la torcedura de su gesto y en el brillo de sus pupilas reconocí el terror que inspira Jack, el espanto sobrenatural que causan los seres inimaginables cuando se hacen realidad.

martes, 10 de enero de 2017

Angelina Gatell

Me entero hoy martes de que el sábado murió en Madrid la poeta Angelina Gatell. Su nombre no dirá nada, o muy poco, a muchos y, para más inri, su fallecimiento se ha visto oscurecido por una desgraciada lluvia de decesos de gente más importante o mediática, como Zygmunt Bauman o Ricardo Piglia. Manuel Rico glosa hoy, en un largo obituario en El País, su figura y su trayectoria. Y no es extraño que lo haga, porque él ha sido uno de los principales valedores de Gatell y acaso quien más se haya esforzado por la recuperación de su obra. Yo mismo era un perfecto ignorante de la poesía de la autora de Barcelona (había nacido en mi ciudad en 1926, aunque se había trasladado a Valencia con quince años, y luego a Madrid) cuando Manuel me propuso prologar un libro que en realidad eran dos: Los espacios vacíos y Desde el olvido, y que se iba a publicar en Bartleby Editores. El primero consistía en una colección inédita y el segundo, en una antología de la poesía que había escrito entre 1950 y 2000, y en la que se incluía una serie, también inédita, de sonetos. Por qué me lo propuso a mí, tan alejado, como creador, de la estética social predominante en aquellos poemarios, solo Dios lo sabe. Quizá se fijó en nuestro origen común o, prefiero pensar, en el fondo existencial, de reflexión íntima y persecución del amor, que latía en aquellos libros combativos y denunciadores, y con el que enseguida me sentí identificado. En efecto, la poesía de Angelina Gatells me llamó la atención por varias razones, y una era esa: el empuje de una extraordinaria ansia vital, junto con el compromiso ético, el combate político y la reivindicación de la mujer; otra, su perfección formal: sus sonetos, por ejemplo, eran de una delicadeza, una precisión y una naturalidad insuperables. Angelina Gatell formaba parte de aquel grupo de escritoras del medio siglo, como Carmen Conde, Aurora de Albornoz, Gloria Fuertes o Ángela Figuera Aymerich, que conocieron la tragedia de la Guerra Civil y sobrevivieron al franquismo trabajando muy duramente por su dignidad como poetas, mujeres y ciudadanas. Pero, si la obra de la poeta recientemente fallecida era sobresaliente, su personalidad no lo era menos. Su trato afable, su finura intelectual, su espíritu pugnaz y su anchurosa humanidad la hacían un ser admirable. Estaba contenta como una niña con zapatos nuevos con su reaparición poética en 2001. Cuando le pregunté cómo había podido pasar 31 años sí, 31 años, desde 1969, cuando había aparecido su último y excelente poemario, Las claudicaciones apartada casi totalmente de la poesía, me dio una respuesta tan sencilla como abrumadora: "Es que tenía que trabajar para vivir. Era muy difícil hacer versos y mantener una familia". En aquel larguísimo paréntesis de silencio, se había dedicado a la traducción de literatura infantil y al doblaje, entre otros menesteres, y de sus peripecias en Televisión Española conservaba un buen montón de anécdotas, algunas de las cuales involucraban al inolvidable Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, y al no menos ínclito Adolfo Suárez, que fue, entre muchos otros cargos del franquismo, no hay que olvidarlo, director general de Radiodifusión y Televisión entre 1969 y 1973. Me contaba aquellas aventuras, que en muchos casos suponían enfrentamientos con aquellos prebostes de la dictadura, con el orgullo y el punto de fiereza de la vieja militante comunista, acostumbrada a bregar, como un escollo más de la vida, con los oscuros funcionarios del Régimen. Del torpe prólogo que escribí para Los espacios vacíos y Desde el olvido le gustó especialmente que hubiera descubierto una alusión velada, en uno de sus poemas, al levantamiento de los campesinos catalanes en 1640 (ese que canta el himno de Cataluña, Els segadors). Seguimos en contacto después de la publicación del libro. A veces me llamaba por teléfono y charlábamos un rato. Su voz siempre me pareció enérgica y delicada a la vez, como ella misma. Cuando en 2007 apareció, también en Bartleby, la editorial que ha impulsado su obra todos estos años, Mujer que soy (La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta), una magnífica antología de once poetas españolas de la generación del 50, reseñé el libro. Y me mantuve atento a sus siguientes entregas: Noticia del tiempo (2004), Cenizas en los labios (2011) y La oscura voz del cisne (2015), cuyos títulos, por sí solos, revelan la creciente y comprensible preocupación de la poeta por el inexorable final, aunque sin abdicar de los anhelos y creencias de toda su vida. La última vez que vi a Angelina fue hace tres años, en la presentación en La Casa Encendida, de Madrid, de Rompiente, el poemario, también publicado por Bartleby, de la norteamericana Jorie Graham. Allí estaba, sentada en una de las primeras filas, guapa, como siempre, y atendiendo con interés a los traductores de Jorie. Hablamos, claro, a pesar del gentío; apenas me mencionó sus últimos alifafes: no le gustaba molestar. La despedí con el cariño y el respeto que me han merecido siempre las personas íntegras, discretas y abnegadas. Angelina, además de ser una gran poeta, era una gran mujer. Descanse en paz.

Transcribo un poema de Ceniza en los labios:

Qué inaudita tu voz, qué misteriosa
la reverberación de sus metales,
el rastro que dejaba en la arboleda
apócrifa del aire.
Era como
un suavísimo adorno
de la tarde inclinada sobre el río,
cayendo nota a nota en el acero
intranquilo del agua.

Y yo como naciendo en una
dimensión ignorada de mí misma,
todo lo más augurio, nebulosa,
girando en el espacio, extraviada
en el dulce dominio del asombro,
respirando palabras como flores
confusamente abiertas
y en los parterres de la tarde.
                       (Amor, no entiendo lo que dices.
                       Sólo sé que me duele…).

domingo, 8 de enero de 2017

La cabalgata de los Reyes Magos

Anteayer, al llegar a casa, vi algo extraño en la calle. Lo que, realmente, me extrañó mucho, porque mi calle, apartada de casi todo, debe de ser una de las más tranquilas del universo. En mi calle, flanqueada por edificios deshabitados, nunca se oye nada, ni pasa nada, ni hay nada, salvo niebla. Niebla hay mucha, pero no hace ruido. Lo que sucedía es que la policía había dispuesto unas tiras de plástico para impedir el aparcamiento, algo que solo podía significar que allí iba a desarrollarse un acontecimiento extraordinario. Y, en efecto, no había ni un solo coche aparcado. Cuando ya estaba en casa, escribiendo, que es lo que siempre hago cuando estoy en casa, empecé a oír un ruido insólito: música. Y digo insólito porque en mi calle nunca se oye nada. Ni siquiera a los vecinos, que no existen. Me asomé a la ventana, compungido (me aterraba que se hubiera instalado en las cercanías una troupe de bongueros o cualquier otro mastuerzo amante de la murga), y descubrí lo que significaban tanto aquella repentina melodía como la prohibición de aparcar: por mi calle iba a pasar la cabalgata de Reyes, más aún, no solo iba a pasar, sino que empezaba en ella. Extendiéndose hasta el final de la vía, y más allá, se alineaban los camionazos que transportaban a las diferentes peñas reales, con sus motivos y muñecos. En todas ellas se sentaban una muchedumbre de niños y algunos supervisores adultos, dispuestos a repartir la felicidad de los regalos, simbolizados por los caramelos que cada uno de ellos llevaba en una bolsa blanca entre las piernas. Alrededor de los mastodónticos vehículos revoloteaban guardias urbanos, gente de Protección Civil, aguerridos bomberos y miembros de las Cruz Roja: un verdadero batallón de salvadores públicos, prestos a evitar cualquier percance (y, sobre todo, que algún niño suelto, arrebatado de entusiasmo por la generosidad de sus majestades, o quizá cegado por el ansia de alcanzar un balón de plástico que se ha lanzado a la multitud, pero que ha rodado debajo de un camión, se meta entre las ruedas para cogerlo y acabe como una alfombra). En estas circunstancias, la cabalgata hay que entenderla metafóricamente: lo que se cabalga aquí no son caballos, y mucho menos camellos, sino furgones de varias toneladas de peso. También lo de Reyes hay que entenderlo alegóricamente: la Biblia solo dice que "llegaron de Oriente a Jerusalén unos magos", pero no cómo se llamaban, ni que fuesen reyes, ni que fueran tres. De hecho, en la tradición armenia, son doce. Y los nombres que conocemos, Melchor, Gaspar y Baltasar, cuyas primeras menciones datan del s. V, no les fueron oficialmente atribuidos hasta mediados del s. VI, en Rávena (aunque, con la celeridad que caracteriza a los asuntos de la Iglesia, en algunos sitios todavía no los han aceptado: en Alcoy, por ejemplo, donde se celebra la cabalgata de Reyes más antigua del mundo, el rey negro es Gaspar, y el de la barba castaña, Baltasar). Mis primeros recuerdos de una cabalgata de Reyes son los de un gentío enorme en la Granvía de Barcelona, del que mi padre se esforzaba por sacarme, a hombros y entre reniegos, ante la preocupación de mi madre, para que pudiera ver el paso de las carrozas (que ya eran camiones en aquel tiempo). Lo que más me gustaba de aquel espectáculo, además de su rareza, eran "los caballeros con plumas". Los caballeros con plumas eran los jinetes de la Guardia Urbana, que escoltaban el desfile con uniforme de gala, en el que destacaban unos cascos empenachados de plumas blancas. Que pasaran los caballeros con plumas, o que formasen en cualquier acto ciudadano, daba a la ceremonia un aire glorioso y municipal, que yo, como niño, identificaba con las cosas elevadas e incomprensibles de los mayores, pero cuyo colorista protocolo me incendiaba la imaginación. También recuerdo que, en una de aquellas primeras cabalgatas de Reyes, mi padre, en un rapto de temeridad, y ante la mirada, no ya alarmada, sino frenética, de mi madre, me acercó a una de las carrozas con la monárquica intención de que el rey que ocupaba me besara. Pero la que pasaba por allí cuando él decidió dar aquel paso adelante era la del rey negro. Y, al verme delante de aquel rostro embetunado, vestido igual que un sátrapa otomano, y con un turbante como un inodoro al revés en la cabeza, que me hacía grotescas muecas de cariño, horrorizado (yo, no Baltasar), me eché a llorar como solo saben hacerlo los niños: apocalípticamente. Así me ha pasado siempre con los Reyes Magos, los payasos y los poetas de la experiencia: de lejos los tolero, pero, si me acerco y distingo sus rasgos, me invade el pavor y aprieto a correr. Mi experiencia con las cabalgatas de Reyes quedó interrumpida, como suele suceder, en la adolescencia y primera juventud, hasta que me casé y tuve hijos. Entonces volví a ellas, pero ya en calidad de padre. O quizá debería decir que me sumergí en ellas. Durante unos buenos años, con la compañía de unos cuñados que tenían, a su vez, tres hijas, asistíamos al espectáculo en Sant Cugat. Y no era difícil: salíamos a la calle y nos dejábamos arrastrar por la riada de gente que también quería ver pasar a los Reyes. Solíamos acabar en un descampado detrás de la biblioteca municipal, a donde sus majestades llegaban en helicóptero. Allí, en aquel rincón socioeconómicamente privilegiado de una futura Cataluña independiente, no se usaban caballos, ni camellos, ni carrozas, ni tráilers norteamericanos, por articulados que fuesen, no: allí se gastaban Reyes aerotransportados. Salvo el aterrizaje del helicóptero, no veíamos nada, claro está: había demasiada gente; de hecho, no veíamos ni a nuestros hijos, que andaban por las profundidades de la caterva, y de cuya existencia solo sabíamos porque los sujetábamos, allí en lo hondo, de la mano. (Los míos decían que la sentían como una trampa para osos: yo temía que, si se me soltaban, fuesen engullidos por la multitud y nunca más volviésemos a saber de ellos). Anulada la volutad, dejándonos llevar simplemente por la fluvial multitud, acabábamos en alguna calle de Sant Cugat por donde habían de pasar, entonces sí, los furgones reales. Éramos como unos cantos rodados que arrastraba el agua de la gente y que se depositaban, al azar, en algún recodo, en algún meandro limoso de la ciudad. Y allí empezaba otra batalla: la de la recogida de caramelos. En cuanto pasaban las carrozas motorizadas, se desataba una lluvia de confites y piruletas, a la que respondía una turba de niños, que se enzarzaba en una pelea sin igual por recolectarlos del suelo y hasta atraparlos en el aire. La pelea era, a veces, literamente eso: una pelea. Y volaban, junto con los caramelos, los tortazos. Lo entiendo: da mucha rabia que, cuando estás a punto de pillar uno jugoso de naranja o de limón (no de menta, y mucho menos de anís), te lo arrebate alguien más rápido o más hábil (las niñas destacan en esto: como, en general, no pueden competir en fuerza física con los niños, suelen ser más astutas, y se sitúan mejor ante el paso de las carrozas, o colocan mejor el cuerpo ante los competidores, o se camelan a los pajes que los tiran, y también son más tenaces y sistemáticas: su cosecha acostumbra a ser mayor). Otro factor que contribuía a la violencia del momento eran las súbitas enemistades que surgían entre el público y los pajes (o las pajas, si eran niñas). Si, por ejemplo, un infante les decía algo así como: "¡A ver si me das alguno, mamón, capullo!" (en catalán, claro), el paje (o la paja) atendía su solicitud, pero tirándole con todas sus fuerzas el caramelo. Era comprensible. Los caramelos se convertían, así, en proyectiles mortales: si acertaban en un ojo, lo saltaban. (Como, por cierto, las tizas que Correas, nuestro profesor de Ciencias Naturales en el colegio, nos tiraba cuando no atendíamos. Eran otros tiempos: hoy, un profesor que atizase a los alumnos, y nunca mejor dicho, iría a la cárcel). En algunos puntos del recorrido, los intercambios de fusilería los caramelos que disparaban unos eran recogidos por los otros y lanzados a su vez por estos a aquellos, en una escalada de violencia sin final discernible se hacían tan nutridos que los padres habían de intervenir, con la ayuda de la Guardia Urbana (esta, sin plumas). Separados los contendientes, quedaba entonces un paisaje desolado, que podríamos llamar, goytisolianamente, paisaje después de la batalla, con las calles tapizadas de caramelos destruidos y muchos heridos, tanto en las calles como en las carrozas, doliéndose de los impactos, con las ropas y los disfraces desbaratados, y hematomas que tardarían muchos días en curar. Pero, sorprendentemente, los niños no volvían a sus casas descontentos. No sé cómo fue anteanoche con los camiones emeritenses. Detras de casi todos iba un grupo de cofrades, disfrazados del motivo de la carroza (no pude evitar pensar en los penitentes de la Semana Santa...), que podrían sacudir de lo lindo a quienes se propasasen con los pajes (o las pajas) de los vehículos: había batmans y capitanes América, pitufos y abejas maya, aladinos y ratatouilles, ratones Mickey y cochecitos de Cars. Como se ve, todo muy internacional: ¿por qué no, también, Jabatos y capitanes Trueno? Cerraba la comitiva un camión de bomberos: no era una carroza, sino uno de verdad, con sus bomberos encaramados a las grúas y sentados en las mangueras (en las de apagar incendios, digo). Este fue el que más interés despertó en Ángeles, que siente una admiración especial por el cuerpo de bomberos, o por el cuerpo de los bomberos. En cualquier caso, me gustó que se mantuviera una tradición tan hispana: ¡abajo Halloween, muera Santa Claus, vivan los Reyes! Todo eso pensaba cuando advertí que los camiones se ponían en movimiento y doblaban, lentamente, por la carretera y luego la avenida que enfila al centro de Mérida, dejando en mi calle el vacío, el silencio y la niebla que, felizmente, la acompañan siempre.

miércoles, 4 de enero de 2017

Los programas de fin de año y el esfuerzo de los deportistas

Rumio todavía las imágenes espeluznantes que llenaron muchos programas televisivos de despedida del año. Hacia finales de diciembre, con fatídica puntualidad, casi todas las cadenas nos regalan programas con los momentos más destacados del ejercicio que acaba, y, entre ellos, los deportivos son los que suelen aportar las estampas más deplorables. Muchos se complacen en fumigarnos con los momentos culminantes, los más heroicos o apoteósicos, de las diferentes modalidades deportivas, de las que hay cientos, qué digo cientos, miles, y a las que cada día que pasa se añade alguna (baloncesto submarino en bicicleta, canicas entre ciegos en paracaídas, polo en personal transporter, béisbol con las manos atadas a la espalda...). Una submodalidad de estas gestas deportivas la constituyen los esfuerzos sobrehumanos que hacen algunos para acabar las pruebas en las que participan, sin posibilidad alguna de ganar, solo por la honra, al parecer mayúscula, de rematar el empeño emprendido. Y, así, las pantallas se llenan de maratonianos que, tras más de 42 kilómetros de carrera a, no sé, 45 grados de temperatura o con un 95 % de humedad, avanzan como peleles desmadejados camino de una meta que apenas dista unos metros; o de marchadores que, en iguales o peores condiciones, se arrastran por el tartán en desesperada pos de la línea de llegada, que asoma a su mirada como el paraíso, el nirvana, el parnaso o un pollo asado en tiempos de Carpanta; o de ciclistas que, incapaces de pedalear más, al borde del colapso, se obcecan en empujar la bici hasta la culminación de la etapa, porque no hacerlo les supone un deshonor tan grande como para un japonés ser derrotado en la batalla de Guadalcanal. En todos los casos lo hacen entre los aullidos de ánimo de los espectadores, que parecen estar más interesados que ellos mismos en que alcancen su objetivo, y la expectación sobrecogida de los servicios médicos, que se dan cuenta del peligro que corre el deportista, pero que respetan su voluntad de concluir la prueba y esperan a intervenir a que haya cruzado la meta, aunque ello suponga que se lisie o incluso muera en el intento. También recuerdo el no menos épico caso de aquel Éric Moussambani, ecuatoguineano, que nadó la prueba de los 100 metros libres en los Juegos Olímpicos de Sidney en casi dos minutos, más del doble que el campeón van den Hoogenband, y con evidente riesgo de ahogamiento en los metros finales, que, como reconoció el propio Moussambani una vez fuera del agua, entre boqueadas jadeantes, "habían sido muy difíciles". Aquel casi perecimiento no motivó que los socorristas se tiraran a la pileta para rescatar al imperito nadador del angustioso trance, como habría hecho cualquier persona decente, sino, por el contrario, que el público y todos prorrumpieran en bramidos entusiastas que pretendían ayudarlo, pero que tengo para mí que contribuyeron a hundirlo un poco más. Más tristes aún me resultan esos casos de motoristas o pilotos de carreras que, tras quedarse parapléjicos por un accidente en algún desaforado rally en el Tercer Mundo, son contumaces en su desvarío y vuelven a la competición en vehículos adaptados a su minusvalía, asombrosamente felices de abrazar otra vez eso inútil, y casi criminal, que los ha desgraciado para siempre. Todos cuantos contemplan o narran estas escenas sobre todo, los periodistas que las berrean en la radio o la televisión subrayan la abnegación y el espíritu de lucha que demuestran los deportistas, pero a mí estos ejemplos de sacrificio gratuito, con alto riesgo de daño físico o mental, se me han antojado siempre una barbaridad, que no debería ser permitida. Esas estampas de dolor no me transmiten nada, salvo dolor, pena por quienes las padecen y vergüenza por quienes las jalean. Los interesados o sus adláteres suelen justificarlas por el valor de la superación: el ser humano cultiva en el deporte la capacidad para vencer los obstáculos que se interpongan en su camino y alcanzar los objetivos que se haya propuesto, que tan necesaria es para el progreso individual y social. Pero olvidan que esa superación se aplica a una actividad vacía: correr 42,195 km, por más que se derrote a la distancia, y al calor, y a los límites del cuerpo humano, no supone más que correr 42,195 km, algo tan anodino como infructuoso: no se proyecta en ningún resultado que nos enriquezca o beneficie; no acrece el mundo con ningún provecho compartible. La verdadera superación, no la del oropel, no la de la televisión, es la de quienes se esfuerzan cada día para vencer las dificultades reales, y a menudo trágicas, de la vida: la de la madre soltera y sin trabajo que ha de criar a sus hijos en un barrio pobre; la del joven que ha de volver a aprender a caminar, y a vivir, y a morir, tras un accidente que le ha roto el cuerpo; la de quien atiende durante años a un inválido o un enfermo de Alzheimer. Todas ellas constituyen carreras mucho más duras que la que corrió Filípides y que hoy siguen corriendo sus descerebrados seguidores, ante la cl(o)aca babeante de la industria del espectáculo. También se superan a cada instante el científico que se esfuerza por hallar el remedio de una enfermedad; y el escritor que se deja el alma en un libro que engrandezca el arte y dé placer y conocimiento a sus semejantes; y el empresario que desafía todas los escollos del mercado para ganarse la vida, a la vez que proporciona un bien o servicio necesario para sus conciudadanos; y el filósofo que razona, y difunde su razonamiento, para estimular nuestro pensamiento, que nos hará más conscientes de nuestro ser y más responsables de nuestro destino (aunque, al paso que lleva la educación en España y, en general, en Occidente, pronto no quedará ninguno). Ninguna de estas labores, y de tantas otras, se pierde en su propia ejecución: todas salen de sí, exceden sus mecanismos y exigencias, y se proyectan al exterior para aportar algo a todos; todas son sustanciales y benefactoras. El deporte, no; y esos instantes agónicos de atletas que aspiran a culminar su hazaña, aún menos, porque no solo no contribuyen en nada a la mejora del género humano, sino que ponen en peligro la vida, la salud y el bienestar de muchos. Alguien debería hacer algo con esos programas decembrinos que celebran el patatús de un escalador en el Kanchenjunga o la congelación de un esquiador de fondo en la taiga finlandesa. Y también con los programas de Nochevieja, que aún son más terroríficos.