martes, 11 de diciembre de 2018

York

Hasta hoy, York era solo la ciudad que William Wallace y sus escoceses ansiosos de libertad asaltan en Braveheart, y la cabeza de cuyo gobernador, de ojos saltones y testículos comprensiblemente ascendidos a la garganta, envían a Eduardo I el Zanquilargo en una cesta. Hoy va a ser, espero, algo más que eso: hemos venido de Mánchester para conocerla. La llegada no es memorable: el tren va atiborrado. Si quitaran los asientos y pusieran barrotes en las ventanas, se parecería mucho a los que utilizaban los nazis para transportar a los judíos a los campos de concentración. Se conoce que otro, de otra compañía, que hacía la misma ruta se ha cancelado, y muchos de sus pasajeros han asaltado el convoy, de forma casi tan virulenta como Wallace. Los trenes británicos, privatizados por la Thatcher (en una decisión que los gobiernos del país nunca han querido revertir, como ahora tampoco quieren revertir el resultado del referéndum sobre el bréxit con la convocatoria de una segunda consulta, a pesar de que ambas opciones se han demostrado objetivamente desastrosas), son un fracaso: los retrasos y cancelaciones son frecuentes, y el servicio, un horror; por si fuera poco, son carísimos. Comparada con ellos, nuestra entrañable RENFE es un prodigio de pulcritud y eficacia. Lo cual no deja de ser llamativo en el país que inventó el tren y lo utilizó para organizar una revolución industrial y un imperio. Ángeles y yo hemos conseguido sentarnos, tras una lucha a brazo partido con el gentío que inunda los vagones, aunque yo lo he hecho en un asiento reservado a personas mayores y embarazadas: me sumo en la lectura de Mi Lvov, de Józef Wittlin, con la esperanza de que no aparezca ninguna en el trayecto, porque entonces me tocará ir de pie hasta York. Ya desembarcados, para entrar en la ciudad lo primero que hay que hacer es cruzar el río Ouse (pronúnciese uuus) por alguno de los puentes medievales que lo salvan. En el Ouse se suicidió Virginia Woolf: se llenó los bolsillos de piedras y se adentró en sus aguas heladas. (Pese a su muerte legendaria, y a su brillante personalidad, y a su pertenencia al mítico grupo de Bloomsbury, la Woolf siempre me ha parecido un tostón monumental: no pude acabar Las olas y La señora Galloway casi acaba conmigo). La primera e inexcusable parada es la Minster, la catedral, el segundo templo gótico más grande del norte de Europa, después del de Colonia. Es blanca y enorme: la torre central tiene 70 m de altura y tras el altar se encuentra la Great East Window [Gran Ventana del Este], la mayor del mundo. Las estilizadas vidrieras, que ciñen casi todo el perímetro de la seo, nos regalan una claridad polícroma y cinematográfica. La grandeza de la nave convive con una multitud de detalles interesantes: en una pared admiramos una reproducción del único cuadro de York de Turner, mi pintor inglés favorito, constituido por brumas rojizas y luces desolladas. En un rincón se exhibe un cope chest [arcón para las casullas] de 800 años, encima del cual sobresale el sepulcro del obispo John Dolbes, cuya estatua funeraria no luce el porte trascendental que sería previsible, sino otro mucho más mundano, casi incitante. No es extraño, en realidad: Dolben fue un hombre apuesto y un orador elocuente, aunque sus últimos años –hasta que murió de viruela– se vieron enturbiados por la conducta disoluta de su hijo John, jugador redomado, que dilapidó su fortuna y la de su mujer en los naipes y los dados, que fue comprensiblemente desheredado por su suegro, y que acabó viviendo de la caridad de los amigos. Al otro lado del pasillo, otra estatua fúnebre, la de Matthew Hutton, arzobispo de York, se nos antoja curiosa: el personaje aparece durmiendo recostado sobre un brazo y con un libro abierto en la mano del otro. Echamos un vistazo al coro, cuyos asientos están erizados de pináculos labrados en madera clara, pero no podemos apreciarlo del todo porque una parte está en obras, como muchos otros rincones y paredes del templo. En el coro se está desarrollando una visita guiada. Sentimos la tentación de unirnos subrepticiamente al grupo, pero las explicaciones que da la guía, captadas en passant, no hinchen de entusiasmo: la guía parece ser el equivalente, en guía, a Virginia Woolf, así que la dejamos en el coro, narcotizando al público. Tampoco nos atrae otro grupo cercano, que escucha con atención algo que suena a sermón. Desde que vi el inmortal sketch de Mr. Bean escuchando un sermón en la iglesia (o intentándolo), no puedo atender a ninguna prédica hecha en una iglesia (ni, de hecho, fuera de ella) sin sentir una inmediata pesadez en los párpados. Bajamos luego a la cripta. Junto a la entrada, descubrimos una placa en homenaje a William Wilberforce, uno de los grandes luchadores por la abolición de la esclavitud en Gran Bretaña. Wilberforce, no obstante, concibió con la estrechez propia de su clase esa noble causa –predicaba la liberación de los negros, pero consentía, y hasta estimulaba, la esclavitud de los blancos en las terroríficas fábricas y los indescriptibles slums de la revolución industrial– y defendió otros ideales puritanos que eran, en realidad, retrógados, como la supresión del vicio –todas las iniciativas para la supresión del vicio de la historia me han hecho sentir siempre una gran simpatía por los vicios suprimidos–, la observancia del domingo y el envío de misioneros a la India. También combatió a los sindicatos, que eran para él una lacra social, y dio a la Iglesia (anglicana) un hijo, Samuel, que se opuso ferozmente a la teoría de la evolución de Darwin (y que, en un debate en la Universidad de Oxford con el darwinista Thomas Huxley, le preguntó si descendía del mono por parte de padre o de madre). Pero hay que entender esta pugnacidad: Wilberforce (William) obraba con la fe del converso, porque en su juventud había sido un crápula. De hecho, Thomas de Quincey lo menciona en sus Confesiones de un inglés comedor de opio: es el primero, "elocuente y benevolente", en aparecer en una lista de célebres opium-eaters, en la que también figura Samuel Taylor Coleridge. En la cripta de la catedral de York, encontramos asimismo piezas que reclaman nuestra atención, como la doomstone [piedra del Juicio Final], uno de los escasos restos de la catedral normanda original, en la que se representa a varios condenados a las calderas de Pedro Botero cargando con sacos llenos de dinero (la avaricia estaba mal, salvo que la practicaran los reyes, nobles y obispos) y a mujeres ligeras de ropa (la lujuria también estaba mal: las mujeres la promovían), rodeados por demonios, que atizan el fuego y los remeten en los peroles, y sapos, unos bichos maléficos. También nos detenemos en los York Gospels [los Evangelios de York], copiados por monjes de Canterbury a principios del siglo XI: tienen, pues, mil años de antigüedad y, pese a que los vemos en penumbra, exigida para su mejor conservación, los leemos perfectamente, como si hubieran sido caligrafiados ayer. Una plaquita adyacente nos informa de que se siguen utilizando en nuestros días, y otra, también cercana, reproduce una frase de Alcuino de York, que plasma el desiderátum de todo amante de las letras, y que yo mismo firmaría: Oh, how sweet life was when we sat quietly... midst all these books [Oh, qué dulce era la vida cuando nos sentábamos, en paz, rodeados por todos estos libros]. Alcuino vivió en el s. VIII. De ese siglo data un tercer y memorable objeto: el olifante del vikingo Ulf, hecho de colmillo de elefante (que, a juzgar por el tamaño del olifante, debía de ser enorme) y entregado por el danés, conquistador de Inglaterra, a la catedral. En la cripta, podemos observar igualmente muchos de los restos de la ciudad romana, Eboracum, fundada en el 71 d. C., y que no fue una urbe secundaria, sino una capital de primer orden: desde aquí gobernaron Adriano y Septimio Severo el imperio romano, aquí murió Constancio I y aquí fue proclamado emperador su hijo, Constantino I el Grande. Vemos columnas y restos de la muralla y la basílica latinas, y también objetos pertenecientes a la mítica legio IX (que estaba formada por soldados que habían servido en Hispania: se la conocía por hispana), que llegó a York con la fundación de la ciudad y pacificó todo el norte de Britania, lo que significa que arrasó a las hostiles tribus de la región. La IX se quedó hasta el 122 y luego desapareció. Se cree que fue enviada a combatir en otros lugares del norte europeo y que allí se disolvió a resultas de los combates, las deserciones y el deletéreo transcurso del tiempo. Pero el mito de su paso por este norte en aquellos tiempos beligerante y desolado y su repentina volatización ha perdurado hasta hoy, como el cofre de las casullas, la piedra del Juicio Final o los Evangelios de la ciudad. Cuando salimos de la catedral, son las tres de la tarde, pero ya está anocheciendo. Me resultan insufribles estos apagones precoces; cuando vivía en Londres, me fue imposible adaptarme a ellos: me despertaba de la siesta (porque nunca dejé de echar la siesta: fue mi seña de identidad más resistente) y, como un anciano, pensaba que había dormido toda la noche y que no debía de faltar mucho para que amaneciera. Comemos en un pub, The Golden Slipper [la zapatilla dorada], en el que una pareja de novios hace con una pareja de octogenarios sentados en la mesa contigua lo que todos los ingleses condescienden a hacer en el pub, y solo en el pub: hablar. Yo me atizo un chili con carne; Ángeles, más moderada, se conforma con una ensalada. A la salida, es noche cerrada y, para completar el paisaje inglés, llueve y sopla el viento, un viento helado de las highlands. Visitamos varias charity shops, que abundan en las callejuelas medievales que conforman el centro de York y que están caldeadas: yo me concentro en los libros –y me compro el De Quincey, de la Folio Society, en el que encuentro mencionado al abolicionista Wilberforce– y Ángeles husmea en la ropa y los objetos de decoración. Paseamos por the Shambles, el barrio histórico, engalanado con luces navideñas (pegadas a las paredes de las casas: más discretas, pues, y, por lo tanto, más elegantes que las dispuestas en las ciudades españolas; en Vigo, el espasmódico Abel Caballero ha llenado la ciudad de voltios, en una desaforada orgía hidroeléctrica) y recorrido hoy por muchedumbres enteras con hambre de Navidad, a juzgar por las voluminosas bolsas que acarrean (aunque el homo y, sobre todo, la mulier britannica se caracterizan por ser compradores siempre y en toda circunstancia). En uno de los mercados navideños que ya se han instalado en una plaza, nos tomamos un mulled wine, ese ponche reconstituyente de los países hiperbóreos, que nos sabe a gloria. Alguien, que debe haberse tomado varios, o muchos, está meando junto a un cubo de basura, en la misma plaza, sin temor a nada ni a nadie. Concluida la micción, se sacude la pilila, la reintegra a su madriguera y se dirige a otro stand de mulled wine. En un puesto de gorros, vemos uno cuatribarrado, que se anuncia como hatalunya. Desde la plaza nos acercamos a la Torre Clifford, una de las dos torres de defensa que los normandos erigieron a ambas orillas del Ouse: circular, amazacotada, se eleva sobre una colina artificial. Los focos que la iluminan le dan un aspecto imponente. Lentamente, nos encaminamos a la estación de tren. El convoy en el que montamos sale con un cuarto de hora de retraso: según el informante que nos habla por el altavoz (los ingleses tienen claro que siempre hay que informar de lo que ocurre y pedir disculpas si se trata de un error o una deficiencia; corregir lo que ocurre no es prioritario, pero informar y pedir perdón, sí), el retraso ha sido el del conductor que debía incorporarse a la máquina. Luego, cuando solo faltan dos minutos para llegar a Huddersfield, el dichoso informante nos informa también de que el tren no llegará a Piccadilly, en Mánchester, que es donde tenía el final y a donde queremos ir, por razones que no especifica (aunque sí pide disculpas, unas disculpas muy  enérgicas, muy sentidas), sino que se quedará en Victoria, otra estación de la ciudad, y de que la mejor opción para ir más allá (por ejemplo, al aeropuerto, que es a donde parecen dirigirse unos cuantos viajeros, cargados con los trolleys y maletas de rigor) es bajar en Huddersfield y esperar otro tren que pasará pronto. Nosotros decidimos no arriesgarnos a una opción tan azarosa (y tan gélida, a estas horas) y seguir hasta Victoria, para llegar desde allí a casa en taxi o caminando. Me consuelo del irritante fracaso de los ferrocarriles británicos leyendo ferozmente a De Quincey y sus comedores de opio. Ojalá hoy, ahora, fuese uno de ellos.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Lee Miller y el surrealismo en Gran Bretaña

Hacía mucho tiempo que no visitaba la Fundación Miró. Lo hago hoy con Anay, una amiga a la que conocí en el seminario de traducción de Farrera, para ver una exposición temporal que nos interesa mucho a los dos: Lee Miller y el surrealismo en Gran Bretaña. A mí me atrae por la artista, por el tema y por Gran Bretaña. Lee Miller, norteamericana, fue fotografiada antes que fotógrafa: durante varios años trabajó como modelo en Nueva York, y en 1927 fue portada de Vogue. Su carrera como maniquí se truncó cuando una foto suya se utilizó para anunciar compresas. El escándalo fue morrocotudo, a Miller se la consideró una pelandrusca y ella decidió cambiar de profesión, para lo que se limitó a ponerse al otro lado de la cámara. Lo hizo en París, de la mano de Man Ray, que se convirtió también en su amante. Allí comenzó una brillante carrera que la llevaría a participar en las principales actividades del movimiento surrealista, entonces en pleno apogeo, en Gran Bretaña y, más tarde, a trabajar como fotoperiodista en la Segunda Guerra Mundial. Como tal, fue una de las primeras en fotografiar el horror de los campos de concentración de Buchenwald y Dachau. También hizo fotos para revistas de moda, pero nunca pudo olvidar el espanto de la guerra, y en la exposición de hoy veremos algunas imágenes en las que aparecen señoras con pieles o trajes de gala, pero rodeadas por alambradas o máscaras de gas, algo que, en cualquier caso, obedece al principio surreal de que, cuanto más alejados estén los elementos que componen la obra, mayor será el impacto estético que produzcan. Poco antes de entrar en la Fundación, que luce, blanca y cuadriculada, como siempre, le cuento a Anay cuánto me impresionó un cuadro de Miró que recuerdo haber visto en mi primera visita al lugar. Era un mero lienzo blanco, vacío, muy grande, con un punto azul en el lado derecho. Nada más (y el punto ni siquiera era gordo). Se titulaba Paisatge [paisaje]. Al entrar en el edificio, y cuando aún estamos sumidos en las atribuladas consideraciones sobre el arte contemporáneo que una obra como aquella es capaz de suscitar, veo de nuevo el cuadro: allí está, grande, enorme y blanco, muy blanco, con aquel punto escuchimizado y azul, perdido en la inmensidad de la tela. Decidimos, no obstante, dejar a Miró para luego y, ahora que estamos frescos, concentrarnos en Miller. La exposición se compone de más de 200 piezas, pero una buena parte no pertenecen a Miller, sino a sus muchos compañeros de generación, entre los que se cuenta la plana mayor del surrealismo mundial, desde André Breton a Dalí y Picasso. Juzgo muy interesante que se exponga la fugaz presencia, a finales de los 30 del siglo pasado, del surrealismo en Gran Bretaña, un país en el que, por temperamento y tradición, los movimientos irracionalistas –pese al punk y a José Mourinho– nunca han logrado arraigar. El inglés es pragmático y juicioso, o, por lo menos, lo intenta, y la emergencia de lo subconsciente le parece superfluo y de mala educación. Por eso agrada comprobar que, durante algunos años –los de la Guerra Civil española, de hecho, otro gran momento surrealista de la historia, además de trágico–, la revolución propuesta por Tzara y Breton, entre muchos otros, tuvo alguna acogida en Albión, que se plasmó en varias exposiciones –como Surreal Objects and Poems en la London Gallery, en 1937, en la que hubo varias piezas de Lee Miller– y también en varias publicaciones, entre las que destaca el London Bulletin, la revista del surrealismo británico, que funcionó entre 1938 y 1939. El movimiento surrealista pervivió en las islas Británicas hasta después de la Segunda Guerra Mundial: su centro de operaciones fue Farley Farm House, en Sussex, donde Miller se estableció en 1949 con Roland Penrose, el artista y poeta inglés con el que viviría hasta su muerte, en 1977, víctima del un cáncer. (Curiosamente, en uno de los últimos libros que he leído, Caleidoscopio, del que he dado cuenta en este blog, su autor, el también inglés Brian Nissen, relata sus encuentros en Londres, Barcelona y Nueva York con Penrose y Miller. A esta la vio en varias ocasiones, deprimida, "posiblemente", apunta Nissen, "porque las terribles escenas que había presenciado en la guerra volvían a atormentarla". Se había dado a la bebida y, cuando cenaban juntos, a veces solo farfullaba. Tras morir, Penrose se amancebó con una antigua trapecista). Entre los artistas convocados por la figura de Lee Miller, la representación española es muy amplia: vemos La minotauromaquia, de Picasso, el violento aguafuerte algunas de cuyas figuras recuerdan a las del Guernica (y que acredita el constante interés de los surrealistas por las realidades híbridas, por las fusiones inverosímiles; Yves Tanguy también aporta Le Minotaure); los esbozos de Salvador Dalí para ilustrar los Cantos de Maldoror y su famoso Teléfono afrodisíaco, cuyo auricular es una langosta (a su lado han puesto la Onanistic Typewriter I [máquina de escribir onanista], de Conroy Maddox, de 1940, aún más estupefaciente: las teclas se han sustituido por pinchos y en el rodillo solo hay un papel negro con un trazo rojo); y muchas piezas de Miró, que fue uno de los españoles más vinculados con el surrealismo que se desarrollaba en Gran Bretaña. También literariamente brillan los autores hispanos: en el número correspondiente a noviembre de 1936 de Contemporary Poetry and Prose se publican poemas de Alberti y el recién asesinado Lorca; y en This Quarter, de septiembre de 1937, textos de Buñuel y Dalí, ambos escritores sobresalientes, sobre todo el segundo, junto con piezas de Tzara, Breton y Éluard. Celebro asimismo encontrar un óleo de Maruja Mallo, la gran pintora del 27, aunque de título disuasorio, Grajo y excrementos. De los demás grandes del surrealismo internacional, admiramos los volúmenes esencializados de Henry Moore, con los que nos encontramos en varias salas; Il filosofo, de De Chirico, en el que se puede leer sum sed quid sum, soy, pero ¿quién soy?, una pregunta que muchos no dejamos de hacernos; La joie de vivre, de Max Ernst, de tan irónico título: la alegría de vivir consiste en un paisaje herbáceo habitado por mantis y monstruos; y Pastoral, de Leonora Carrington, en el que un erizo le ofrece una oca muerta (aunque también podría ser una gallina) a unos que están de pícnic, ante la atenta mirada de un antílope y de un ángel volador que más bien parece un dragón. Las fotografías de Lee Miller se disponen como el ojo del huracán: en el centro de la muestra; a su alrededor pivota lo demás. Son imágenes en blanco y negro, sobrias, melancólicas, geométricas, contradictorias. En una, célebre, aparecen Max Ernst y Leonora Carrington, con las manos de aquel cubriendo los pechos de esta; Leonora parece complacida. Se tomó en 1937, en Cornualles, en una de las dicharacheras reuniones que organizaba el grupo surrealista británico. En otra, el protagonista es Henry Moore, retratado en una de las estaciones de metro de Londres que servían de refugio contra los bombardeos del Blitz, en 1940. A su alrededor, la gente descansa en las escaleras o duerme en el andén. Esta solo es una de las muchas terriblemente inspiradas por la experiencia de Miller en la Segunda Guerra Mundial. En una, ella misma aparece bañándose en una bañera, con una fotografía de Hitler junto al champú y el patito. En otra, Penrose la retrata desnuda tumbada en la hierba, solo cubierta por una red de camuflaje. Y no son extrañas estas combinaciones: surreales y críticas, pero, además, es que Lee Miller era muy guapa. (Cuando a Penrose le preguntaron cómo se había atrevido a fotografiar a su mujer desnuda, el artista contestó que, si aquella malla era capaz de ocultar los encantos de Lee, era capaz de ocultar cualquier cosa; por eso fue en la guerra profesor de camuflaje y autor de uno de los mejores tratados de la materia: Manual de camuflaje de la Home Guard). Pero la muestra no se limita a la fotografía de Miller: también hay cuadros y hasta esculturas, como The Kiss [el beso], una estilizada mano femenina cuya muñeca adorna una pulsera que es una dentadura postiza. Cuando salimos de la Fundación, no dejamos de echar un último vistazo a Paisatge: allí sigue el punto, tan extraviado, tan desamparado como siempre. Surrealismo de Miller, de Miró, hasta el final.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Tres libros misceláneos: Melero, Berga, Nissen

El lector incorregible, del bibliófilo (o más bien bibliópata) y escritor José Luis Melero (Zaragoza, 1956), reúne 120 artículos publicados semanalmente en Heraldo de Aragón entre 2015 y 2018. Lo he calificado de "misceláneo" por tratarse de un compendio de trabajos dispersos, que se asoman, en efecto, a muchos temas. Casi todos, no obstante, aparecen hilvanados por una sola razón, que convierte al volumen en un libro unitario: la pasión por los libros y, a través de ellos, el amor por la literatura. El lector incorregible es una obra gozosa: las crónicas o microensayos de Melero son siempre benévolas incluso cuando, raramente, critica y bienhumoradas. Sonríen, como parece sonreír su autor mientras las escribe. Él mismo reivindica, en "La risa es plebeya", la literatura que hace reír, esa prima pobre y a menudo despreciada de la literatura. (Aunque, en algún aspecto, se equivoca: "¿Alguien vio alguna vez a Cioran reírse a carcajadas? ¿Nos lo habríamos tomado tan en serio?", pregunta. Pues sí: seguramente alguien quizá Fernando Savater, discípulo y admirador suyo lo viera carcajearse en alguna ocasión, pero, aunque no fuese así, su obra seguiría llena de la paradójica vitalidad que la caracteriza, pese  a, o quizás a causa de, su nihilismo). Melero relata en este haz de artículos, como ya ha hecho en sus entregas anteriores que le han ganado una sólida reputación como escritor que habla de escritores, como amante de los libros que habla de libros, sus inacabables peripecias como explorador de las librerías de viejo y las ineludibles consecuencias de su afición: el amontonamiento imposible del papel y los rejonazos inmisericordes a manos de los librovejeros. En algún caso, anticipa un efecto aún más doloroso: el de su mujer persiguiéndolo por la calle con el rodillo de amasar por haber metido en casa más libros; o confiesa que ha estado dando vueltas por Zaragoza en un taxi, cargado con dos bolsas de libros, a la espera de que su costilla saliera de casa y no lo viese entrar con el alijo. Uno de los grandes méritos de El lector incorregible, y de toda la obra de Melero, es la recuperación de autores menores u olvidados, no pocos de ellos aragoneses o vinculados a Aragón, la tierra en la que ha nacido y vive, y por la que siente una abundosa pasión (demasiado abundosa, a veces: los detalles de la vida cultural maña, o de su floklore, tradiciones y prohombres, no despiertan, al menos en mí, el mismo interés que sus demás exploraciones; tampoco se comprende, si no es por mor de ese aragonesismo militante, su entusiasmo por el Zaragoza, hoy en segunda división: Melero confiesa que no le gusta el fútbol, pero que quiere que a) el Barcelona pierda; y b) el Zaragoza gane). En esta entrega habla de Fernando Ferreró, María Pilar Sinués, Tomás Seral y Casas, Julio Antonio Gómez, "el gordo Gómez", José María Matheu, Manuel Bescós Almudévar, Diego San José, Antonio Cano y Alfredo Castellón, entre otros, aunque no deja de lado a los grandes de la literatura: Joyce, Lorca (muy clarificadores son sus artículos sobre la génesis y aparición de los Sonetos del amor oscuro y la suerte del manuscrito original de Poeta en Nueva York), Cervantes, Baroja, José Luis Hidalgo, Karen Blixen, Proust, Sender (que nació en Chalamera, el pueblo de mi madre), Virginia Woolf y Miguel Torga. Pero con quien tanto opina, es inevitable estar en desacuerdo: le honra la defensa que hace de Juan Manuel Bonet, bibliófilo como él, con ocasión de su cese como director del Instituto Cervantes (sustituido por "su muy ideologizado sucesor, viejo y activo militante del Partido Comunista de España", como si eso fuera una lacra), pero esa defensa desatiende la realidad de que Bonet ha sido un desastroso director del Instituto Cervantes (como me dijo el director de una sede africana, se pasó el año y medio de mandato dando conferencias). Tampoco resulta simpática la actitud de Melero para con los poetas de vanguardia, aunque sea lógica, porque es un conservador estético. Así enjuicia Hélices, el poemario de Guillermo de Torre, uno de los mejores del creacionismo, cuya primera edición, con espléndidas ilustraciones, cuenta haber comprado en el rastro: "Lo mejor, el atrezo". Y de Vicente Aleixandre transcribe unas hermosas palabras dedicadas al gran y malogrado José Luis Hidalgo ("tenía el rostro 'cenceño, ardido, consunto'") y las califica así: "Cosas de poetas. De esos que no quieren que los entiendas". Quien a estas alturas todavía piensa que los poetas no quieren que los entiendan y juzga la poesía en función de su inteligibilidad ordinaria, es que no ha entendido nada. De poesía, al menos.

Un aire anglès, de Miquel Berga (Salt, Gerona, 1952), que ya he citado en un par de entradas de este blog, reúne también una selección de artículos, publicados dominicalmente en El Punt Avui, aunque no sepamos qué lapso temporal abarcan. El libro se estructura como un diccionario, por orden alfabético (aunque es un orden vago: no todas las letras tienen entradas), y hace honor a su título: tanto la prosa como el tono y los temas de los artículos revelan una diligente absorción de los modelos culturales británicos, que se rigen, como dice el propio Berga, por tres conceptos característicos: el juego limpio, la ironía, que es casi congénita en los hijos de Albión, y la atenuación o comedimiento (el muy difícil de traducir understatement, pero que todos los que hemos conocido con alguna profundidad la cultura inglesa reconocemos al instante. Berga lo ilustra con la anécdota de dos alpinistas ingleses que coronan un ochomil. Ante el majestuoso panorama que se les ofrece, uno dice: "No es feo del todo", y el otro responde: "Puede que no, pero no vayas ahora a hablar tú como un poeta enamorado"). Los trabajos de Un aire anglès están escritos, pues, con agilidad y pulcritud, con wit y espritNo gritan, no sermonean (aunque se hayan publicado en domingo), no cultivan el mal humor (como hacen otros columnistas semanales), sino la delicadeza y la reflexión inteligente. Al contrario, su humor es casi siempre bueno, incluso cuando toca aunque nunca de pleno esas cosas del procés que tan malo se lo ponen a los independentistas, o bien que los excitan hasta la grandilocuencia. Y hablan de todo, siempre con ese sosiego burlón: desde el apóstrofo el humildísimo signo de puntuación hasta George Orwell, en el que Berga es especialista, pasando por la pistola de Chejov o morirse. También, claro está, de los escritores y prohombres ingleses (e irlandeses) más destacados: Churchill, Joyce, Virginia Woolf, Julian Barnes, H. G. Wells, Chesterton, Bernard Shaw, Bertrand Russell, Dickens, Wilde, entre otros. Las piezas más divertidas son las que tienen que ver con las cosas más sencillas, como los paraguas o las camas. De los primeros cuenta que en la city de Londres un verdadero caballero no abre nunca el paraguas. Lo lleva siempre, pero no lo abre nunca. Y que, dada la frecuencia con que se roban en Inglaterra, se explicaba aquel grafiti famoso escrito en el despacho de un master de Eton: "No juzgues nunca a un hombre por su paraguas: es probable que no sea suyo". En el artículo dedicado al noble arte de insultar, recuerda algunos, inmortales, entre políticos británicos: Benjamin Disraeli, primer ministro de la reina Victoria, le dijo a un diputado rival: "Señor, Ud. morirá en el patíbulo o víctima de alguna enfermedad indescriptible"; a lo que el diputado, flemático como una estatua, respondió: "Primer ministro, eso dependerá de si abrazo su política o si me meto en la cama con su amante". Y Churchill, quizá el mejor insultador de la historia, le espetó a otro parlamentario: "Tiene Ud., señor, todas las virtudes que me desagradan y ninguno de los vicios que admiro". (Berga no recuerda otro, más explosivo, del mismo Churchill: una parlamentaria le dijo: "Sr. Churchill, si yo fuera su mujer, le pondría veneno en el té"; Churchill replicó: "Señora, si yo fuera su marido, me lo tomaría"). Nuestros políticos dirimen estas cosas a escupitajos.

El último libro, Caleidoscopio, del pintor y escultor Brian Nissen (Londres, 1939), con prólogo de Juan Villoro, me costó encontrarlo. Supe de él por una elogiosa reseña en El País: yo debo de ser de los pocos que aún atienden a la crítica de los suplementos literarios de los periódicos (o siquiera la  leen). Sin embargo, en mis librerías habituales no estaba, ni se lo esperaba: había sido publicado por Lumen, pero en México, y no habían llegado ejemplares a España, salvo unos pocos para alguna presentación que se había organizado en Barcelona, dado que la mujer del autor es barcelonesa y ambos suelen pasar tiempo en la ciudad. Una librera perspicaz me sugirió que probara en Altaïr, la librería de viajes: allí parecía haber quedado uno de los escasos náufragos. Y allí, en efecto, lo encontré: Altaïr es maravillosa. Pero el incidente demuestra la fragilidad de los vínculos culturales y las dificultades de distribución en España de la literatura que se autobiografía, pero no está articulada linealmente, sino como un recopilación de momentos, aunque agrupados por temas: el primer bloque, "Lugares", por ejemplo, recoge anécdotas y experiencias de la vida de Nissen en Londres, Gales, Escocia, París, Venecia, México y la Honduras Británica, con dos subbloques dedicados a Barcelona (y uno de sus apartados, nada menos que al Negro de Bañolas) y Nueva York. Y así funcionan todos: en "Gente", Nissen nos habla de Rufino Tamayo, Nicanor Parra, Luis Buñuel, Leonora Carrington, Octavio Paz y Robert Mann, entre muchos otros; en "Mirar y ver", una de las secciones específicamente dedicadas al arte, sabemos de Sherlock Holmes, Harry Houdini y el ajolote; y en "Arte a bordo", del mural de Osaka, la Virgen de Acapulco y las secuelas de Frankenstein. Caleidoscopio no es, estilísticamente, ninguna maravilla (y comete algún error de fondo, como calificar Aragón de "provincia española", algo que seguramente disguste a José Luis Melero, o mencionar al "ministro de Cultura de Cataluña", lo que agradará, por su parte, a los independentistas catalanes), pero hay que valorar el hecho de haber sido escrito, en un español prácticamente nativo, por alguien cuya lengua materna es el inglés. Pese a sus muchos años de residencia en Ciudad de México (desde 1963 hasta 1979, en que se instaló en Nueva York), Nissen no ha perdido las formas de su educación británica: su forma de narrar es contenida y humorística, pero sin pretender ser graciosa. Su vida cosmopolita le ha permitido conocer a mucha gente y experimentar muchas situaciones, algunas solemnes, otras bufas. Y Caleidoscopio, "bitácora de la comedia humana", como dice Villoro en el prólogo, nos las cuenta. En Veracruz ha de renovar su visado de entrada en México y coincide en la oficina de pasaportes con una chica inglesa. Tienen que indicar sus rasgos físicos. Tras especificarlos todos, mal que bien, la chica encuentra la pregunta: "¿Sexo?". Y contesta: "Castaño claro". Muchas de sus anécdotas tienen que ver con el cotidiano surrealismo mexicano. En una ocasión, una agencia de viajes le vende unos billetes de avión desde el aeropuerto de Guanajuato, con la hora de salida y los asientos numerados en el billete, hasta el del Distrito Federal. Pero Guanajuato no tiene aeropuerto ni, por lo tanto, aviones y han de volver a la capital en autobús. Las reflexiones sobre arte de Nissen tienen también mucho interés, aunque de otro orden. Se acompañan de un apéndice central con fotos de algunas de sus espléndidas piezas. Y abarcan también el mundo de la magia: Nissen ha visitado en muchas ocasiones El Rey de la Magia, el clásico establecimiento de magia de la calle Princesa de Barcelona, del que también era asiduo Joan Brossa, aunque alguna vez se ha llevado algún artículo cuyo efecto le había fascinado, pero que no sabía cómo funcionaba. El artista Nissen cree en la fantasía, la experimentación y la renovación permanente. Y lo afirma así: "Las ideas nuevas y la innovación acorde con la sensibilidad en curso fomentan la vitalidad cultural, mientras que el poder del hábito nos ata a costumbres rígidas que al congelarse producen una tradición de prácticas atrofiadas. La rutina y el convencionalismo impiden la renovación. La capacidad de ver el mundo desde ópticas múltiples resulta esencial para una cultura vigorosa, ya que la exime de la fatiga de lidiar con formas enquistadas que se han vuelto práctica común. La visión y la imaginación permiten revitalizar la experiencia estética y apuntar hacia nuevos horizontes. La comparación y la perspectiva generan mayores grados de percepción, del mismo modo que conocer otro idioma nos permite profundizar en el entendimiento de nuestra lengua materna". En esto último coincide con Goethe, que sostenía, más radicalmente: "Quien no conoce otros idiomas, nada sabe del suyo".

lunes, 26 de noviembre de 2018

Barbas

Las barbas son algo muy antiguo, tan antiguo como el hombre. La naturaleza nos las ha puesto en la cara para protegernos. Lo mismo ha hecho con otras especies, como los leones: la magnífica melena de los machos no es sino una coraza que les protege el cuello y la cabeza de los temibles zarpazos y mordiscos de sus rivales. También los homínidos, que desde siempre han tenido muy mala uva, resguardaban esas partes vitales con una estola de pelo. Pero desde muy pronto desde los albores de la civilización, en Mesopotamia– la barba no solo ha servido para amortiguar las embestidas, sino también para comunicar información: con ellas se afirmaba el estatus social o religioso, se certificaba la hombría y, por lo tanto, la disponibilidad sexual–, se defendía un determinado credo estético, ideológico y hasta político, o se hacía bandera del espíritu transgresor. Mucho de esto ha quedado arrumbado en la sociedad occidental de hoy, que tiene muchas otras maneras de expresar la condición y las inclinaciones de sus miembros, aunque la barba todavía conserva su capacidad simbólica: los hipsters, por ejemplo, acreditan con ella su conciencia urbana y su voluntad singularizadora. En otras culturas, la barba tiene un peso semiótico y sociológico mucho mayor: para los musulmanes, por ejemplo, es el equivalente masculino del capisayo de las mujeres, esto es, lo que exhibe el recato de los hombres, valga la paradoja, fundamental en las comunidades islámicas. Yo confieso llevarla por una razón mucho más banal: por comodidad; me ahorra afeitarme. Si un español le dedica a esa tarea unos quince minutos al día, desde, digamos, los dieciocho años, habrá desperdiciado, cuando Dios lo llame a su seno, 246 días, es decir, ocho meses de su vida, en una ocupación prescindible y hasta absurda. Y aunque, ciertamente, llevar barba me habrá proporcionado todo este tiempo extra si no me muero antes de los 83 años que me corresponden, según las últimas estadísticas, claro, también me ha deparado alguna sorpresa desagradable: en El Corte Inglés, con veintipocos años, no me quisieron con barba: ellos buscaban empleados que proyectaran una imagen aséptica. Se conoce que, en aquellos turbulentos años 80, la barba aún se veía como algo sucio o comunista. A las barbas se dedica un curioso libro publicado hace unos meses por Libros de Aldarán, la editorial artesana que ha fundado y dirige, con mano cordial, el poeta, traductor, ensayista, fotógrafo, escultor y pintor Christian T. Arjona. Se titula Barbas, así, a palo seco, y cuenta con el antecedente inspirador de Ramón Gómez de la Serna, que inauguró la poesía monográfica con aquel maravilloso Senos (continuado, muchos años después, por el muy estimable Coños, del por otra parte innecesario Juan Manuel de Prada) y que presta a Barbas una greguería como epígrafe: "El filósofo antiguo sacaba la filosofía ordeñándose la barba". Barbas se compone de las semblanzas, o crónicas, o poemas, o microensayos líricos –no sé muy bien lo que son, y me parece estupendo no saberlo escritos por Christian T. Arjona y las espléndidas ilustraciones de Gabriel Vilanova y Jaume Aguirre. Tras un prólogo que distingue entre barbas filosóficas y barbas pantocráticas y eremíticas, el libro se centra en las barbas de algunos personajes célebres, que aborda con afán descriptivo y prosa fuertemente metafórica: Lao Tsé, Miguel de Molinos, Darwin, Whitman, Tolstói, Marx, Gaudí, Van Gogh, Freud, Valle-Inclán y Osho. Celebro encontrar en esta lista algunos de mis autores favoritos, como Molinos, Whitman y Valle, y descubro a Osho, el polémico místico y maestro espiritual Bhagwan Shri Rashnísh, que materializó su pensamiento en la barba fluyente, torrencial, autoparódica, que lo adornaba: "Nada me ciñe, nada me aprisiona", escribió. "Fluid, liberaos de todos los modelos, no acabéis siendo esculturas de vosotros mismos". Como nunca me he sentido atraído por la espiritualidad oriental (ni, de hecho, por ninguna otra), tampoco me he preocupado por conocer a sus más conspicuos adalides. Pero en este Osho me gustará ahondar. Debe de ser interesante alguien que, en sus comunas, proponía a sus seguidores que entrelazaran las barbas con las melenas de las mujeres. Supongo que él lo practicaba. La mía, en su escueto estado actual, no da para tanto, pero quizá pueda encontrar algún equivalente femenino con el que mezclarse para, como aseguraba Osho, alcanzar el éxtasis y desprenderme del ego, raíz de todos los males. Eso me interesa, sobre todo: alcanzar el éxtasis; desprenderme del ego, me temo, va a ser mucho más difícil. En la barba caprina (y herética) de Miguel de Molinos el gran quietista español, cuya Guía espiritual, que deslumbró a Valente, debería ser lectura obligatoria en todas las facultades de Filología y en cualquier centro en el que se pretenda formar a escritores, Christian ve mechas invisibles de Chuang-Tsú e Ibn Tofaíl, pero también la perilla de un sabio zen, crecida, sin ruido de pensamientos, en las cárceles de la Inquisición, en cuya húmeda oscuridad pasó los últimos nueve años de su vida, condenado por "inmoralidad y heterodoxia", hasta su muerte, el 28 de diciembre de 1696, día de los Santos Inocentes. Al llegar a la barba aural de Valle-Inclán, Christian vuelve a Ramón Gómez de la Serna, que lo llama "el escritor más lírico, más barroco y más barbado de España" e "hidalgo escritor de las barbas panochescas". El propio Valle decía de su barba que "quedaba flotando sobre su sueño como una ráfaga de fuego". La revisión que hace Christian de las barbas se completa con una sección dedicada a cuatro barbas contemporáneas, siendo esta denominación lo único con lo que discrepo del libro, porque tan contemporáneas son las contenidas en este apartado como las de Darwin, Marx, Van Gogh y todos los demás a los que ha retratado. Esas cuatro barbas son las de los tres autores del volumen y la mía, a la que Christian llama "barba visionaria"; no sé por qué el autor me ha incluido en una nómina tan distinguida, si no es por la amistad que nos une desde hace muchos años ya, pero yo se lo agradezco. Barbas incluye, en fin, una sección que atiende a esa barba incompleta, a esa barba sinóptica, a esa barba putativa, que es el bigote. Y los tres bigotes ejemplares que describe son los dionisíacos de Friedriech Nietzsche que, no obstante, Dalí tenía por "deprimentes, catastróficos, ebrios de música wagneriana y de nieblas", los guerrilleros de Emiliano Zapata y los verticales del propio Salvador Dalí, aquellos bigotes inverosímiles, siempre erectos, "bigotes radar con los que captar las ideas", bigotes antigravitacionales que se untaba con jugo de dátiles, que Josep Pla llamaba, con razón, "perforantes". Habría sido un desafío que Christian se atreviera también con otros bigotes memorables, aunque pertenecientes a personajes funestos, como el incorrupto de José María Aznar o el pigmeo de Adolf Hitler, pero no puedo reprocharle que los haya omitido. Pese a lo mucho que podría haber dicho de ellos, y de sus propietarios, su presencia habría ensuciado un conjunto, salvo por la mía, inmaculado.

Transcribo a continuación la semblanza de Walt Whitman, "Mariposas en la barba", cuyo título se inspira en unos versos de la "Oda a Walt Whitman", de Lorca: "Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, he dejado de ver tu barba llena de mariposas", incorporados como epígrafe.

Bajo su mirada de niño enamorado, la barba del poeta Walt Whitman: barba enredadera, tupida y prolífica, en la que ponen sus larvas las mariposas del deseo. Al autor de Hojas de hierba, con el discurso de los años, le creció una barba eléctrica, rizomática, cósmica. Sus mechones se extendían como blancos y finos tentáculos amantes, como largos, sinuosos dedos acariciantes: The soft sliding of hands over me and thrusting of fingers through my hair and beard [las manos que me recorren con suavidad el cuerpo y los dedos que se me enredan en el pelo y la barba].

Barba lustrada por la vida, espejeada en sus pupilas verdes. El blanco de su barba es el blanco albayalde que deja el paso de los trillos del dolor, de los arados del tiempo. Su barba ávida y omnívora, como sus poemas, integraba el gneis, el carbón, los largos musgos trenzados, destellantes; los frutos y cereales y las raíces comestibles. 

Barbas panteístas, naturalistas, desprendidos manojos de hierba. Barbas crecidas en verso libre, en lentas emanaciones albas. Barba libertina y musculada que buscaba siempre otras barbas y se estrechaba con ellas, que se recostaba en pechos cálidos. Barba abrazo que acogía amorosamente, como el ánfora acoge el líquido, el mosto multiforme de la existencia en la tierra.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Están locos estos poetas

En la última entrada de este blog (https://eduardomoga1.blogspot.com/2018/11/una-averia-en-el-tren.html), citaba lo que decía Miquel Berga en uno de los artículos de Un aire anglès: "La imaginación no conduce a la locura. Para ser exactos, lo que conduce a la locura es la razón. Por eso los poetas no se vuelven nunca locos. Son más proclives a la locura los jugadores de ajedrez y los contables...". Berga no se equivoca en que la razón produzca monstruos, como ya anunciara Goya, pero sí en que los poetas sean inmunes a la locura. La imaginación quizá tenga en ellos efectos beneficiosos de liberación, sin duda; de sublimación y vuelo, pero también los tiene deletéreos. Y un somero vistazo a la historia de la literatura lo confirma: los escritores locos, muchos de los cuales rematan su locura con el suicidio, son casi tantos como los cuerdos. La ciencia se ha interesado por el fenómeno. Un psiquiatra inglés, Felix Post, ha estudiado recientemente las vidas de 100 escritores famosos y llegado a la conclusión de que los poetas presentan un elevado riesgo de padecer depresiones. Post asegura que la mucha imaginación "y la enorme actividad cerebral que se necesitan para el trabajo creativo, junto con la alta frecuencia de rasgos anómalos de 'carácter', hacen que los escritores tengan el doble de riesgo de sufrir depresiones que otras personas...". (Discrepo de que todos los poetas desplieguen una "enorme actividad cerebral" para hacer su trabajo. Conozco a bastantes que no despliegan ninguna, y la mayoría de ellos no podrían hacerlo aunque quisieran. Pero no nos desviemos...). Post también ha observado que la mayoría de los autores estudiados tuvieron algún familiar afectado por depresiones o psicosis. Además, el suicidio había acabado con el 8 por ciento de los poetas, una tasa enorme si la comparamos con el 10 por cien mil de la población en general. A nadie que se mueva en los círculos literarios y conozca a sus estrafalarios parroquianos le sorprenderán estas conclusiones. Los escritores, como tantas veces se ha comprobado, son gente rara, cuya rareza roza o, en el peor de los casos, cae abiertamente en el trastorno de personalidad o la enfermedad mental. Los ejemplos son interminables, pero algunos y solo en el ámbito hispánico son llamativos. El loco más famoso de las letras españolas ha sido Leopoldo María Panero, muerto en 2014, que pasó casi toda la segunda mitad de su vida en centros psiquiátricos, aunque en un régimen abierto que le permitía viajar y asistir a encuentros literarios. De esa experiencia nosocomial y de su propia condición maníaca, analizada con poética lucidez, dejó testimonio puntual en su obra: algunos de sus libros son Poemas del manicomio de Mondragón (1987), Locos (1992), Los señores del alma (Poemas del manicomio del Dr. Rafael Inglot) (2002), Esquizofrénicas o la balada de la lámpara azul (2004), Poemas de la locura seguidos por El hombre elefante (2005), Outsider, un arte interior (Versos esquizofrénicos. Poemas sugeridos por los dibujos de esquizofrénicos) (2007) o Locos de altar (2010). La locura de Panero se ha considerado un rasgo característico de su condición de poeta maldito, el último, quizá, de nuestras letras, tras la muerte del mucho más joven y mucho menos conocido, pero asimismo maudit, Carlos Iguana. Recuerdo la visita que Panero hizo, hace muchos años ya, a la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, en la que yo, más o menos, estudiaba. Después de soltarnos una perorata inenarrable, de la que solo guardo un confuso y estupefacto recuerdo, se abrió el turno de palabras y un estudiante exaltado, de los que abundaban en aquella facultad turbulenta, donde se pronunciaban con igual vehemencia los numerarios del Opus Dei y los militantes de la Liga Comunista Revolucionaria, le formuló una pregunta tan incomprensible como su propio alegato. Tras escuchar al alumno con los ojos entornados, Panero se levantó de repente y, cuando pensábamos que iba a pronunciarse otra vez como un oráculo o a revelarnos, por fin, el sentido de la vida, dijo: "Tengo que ir a mear"; y se fue a mear. Otro poeta de primera magnitud (aunque menos mediático que el omnipresente Panero, un loco que se volvió símbolo de la locura, artista demente por antonomasia) que sufrió dolencias mentales y que acabó suicidándose en una vía de tren, en 1993, a los 38 años, fue Pedro Casariego Córdoba, hermano de los también escritores Nicolás y Martín. PeCasCor –así firmaba fue poeta primero y pintor después. Produjo una de las mejores y más extrañas obras líricas del último cuarto del siglo pasado en España, y lo hizo en menos de una década: su primer libro, La canción de Van Horne, data de 1977, y el último, Dra, de 1986, año en el que decidió dejar de escribir poemas, que eran, a su juicio, la confesión de una derrota y un acto de vanidad; y llevaba razón: son ambas cosas, además de la forma que hemos encontrado algunos, mientras los escribimos, de no sentir el peso de la muerte, o de sobrellevarlo con ligereza. Su obra lírica, compuesta por seis libros, está recogida en Poemas encadenados (1977-1987), publicado por Seix Barral en 2003. En 2012, cuando se reeditó uno de sus títulos más destacados, La voz de Mallick, tuve el placer –y la responsabilidad– de reseñarlo en Letras Libres (https://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/el-basurero-antropofago). Los poetas perturbados, valga la redundancia, son muchos más si dejamos España y pasamos a Hispanoamérica. Citaré solo a tres: Jorge Cuesta, Alfonso Cortés y Alejandra Pizarnik. Cuesta, químico de profesión, fue el teórico del grupo de Los Contemporáneos en México, el equivalente azteca de nuestra Generación del 27, pero no se limitó a hacer teoría: también compuso uno de los mejores poemas de la literatura en español del siglo XX: Canto a un dios mineral. Por desgracia, Cuesta sufría crisis paranoicas y estuvo ingresado varias veces en hospitales psiquiátricos. Del último no salió: lo habían recluido porque, en un ataque furioso (él, que en la creación literaria y en su trabajo de laboratorio era implacablemente racional), se había intentado castrar. Espeluzna pensarlo. El 13 de agosto de 1942 aprovechó un descuido de los enfermeros para escapar de sí mismo: se colgó con las sábanas de los barrotes de su cama. Tenía 32 años. El nicaragüense Alfonso Cortés –que a los tres años ya sabía leer, a los siete ya escribía versos y en la adolescencia aprendió por su cuenta inglés, francés, italiano y portugués– enloqueció en 1927, con 34 años, y la esquizofrenia ya no lo abandonó hasta su muerte, en 1969. Vivía en la casa donde Rubén Darío había pasado su infancia (aunque aterrorizado: aquel caserón lo llenaba de temores; quizá esa condición malhadada contribuyese al desquiciamiento de su sucesor) y allí continuó hasta que lo internaron en el hospital de enfermos mentales de Managua, en 1944. Los primeros meses de su locura fueron espantosos: primero no abría los ojos, luego no abría la boca y, por fin, no dormía, pero nunca dejó de escribir, aunque no debía de ser fácil hacerlo, porque pasaba la mayor parte del tiempo encadenado por la cintura a una viga del techo del sótano de su casa. Su tenacidad creadora y la calidad de su obra (de la que Ernesto Cardenal publicó una antología en 1952, 30 poemas de Alfonso, un clásico de la literatura centroamericana) le labraron fama nacional e internacional: llevaban a los escolares a verlo al manicomio, donde pasaba por ser "el más poeta de los locos" (y sin duda era también el más loco de los poetas). Para su locura se han dado multitud de explicaciones: desde un golpe en la cabeza hasta la sífilis, una frustración sexual, el alcoholismo e incluso la ocupación estadounidense de su país, que se extendió de 1912 a 1933, aunque lo más probable es que fuese desencadenada por la muerte de su madre y los problemas económicos que lo acosaban. Hacia el final de su vida, dijo, con clarividencia de loco (y de poeta): "Ser o no ser no era la cuestión. La cuestión es salvarse". Por último, Alejandra Pizarnik, una de las mejores poetas del siglo XX, es otro caso de escritora con graves problemas mentales, aunque no se la diagnosticara nunca como "demente". Sufrió, no obstante, constantes crisis depresivas y cuadros de ansiedad, que se acentuaban con los hechos infaustos a los que había de enfrentarse, como la muerte de su padre. Su estado mental fue empeorando, agravado por la adicción a los barbitúricos, hasta que, tras una grave depresión y dos tentativas de suicidio, ingresó en el hospital psiquiátrico de Buenos Aires. Pero un fin de semana en que había salido con permiso del hospital, en 1972, ingirió cincuenta pastillas de seconal. Siempre me han impresionado los últimos versos que escribió en el pizarrón de su estudio, en el que solía apuntar versos, imágenes e ideas. Allí se leía: "No quiero ir / nada más / que hasta el fondo". Y hasta el fondo se fue, ese fondo al que iremos todos. Tenía 36 años.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Una avería en el tren

El día no ha empezado bien: llueve. De hecho, ha llovido toda la noche: el tamborileo de las gotas en las ventanas del dormitorio me ha despertado a una hora imprecisa, pero aún muy nocturna. La parte ecologista de mí celebra la tormenta: que caiga agua en un país casi siempre seco como el nuestro es una bendición. Pero la parte que se preocupa por la ropa y las comodidades de la vida (una parte muy grande) protesta: caminar hasta la estación bajo la lluvia supone llegar al tren con los pantalones mojados, por mucho paraguas que lleve. Quizá debería comprarme un paraguas más grande. Me cruzo con una mujer que lleva uno ajedrezado y enorme. Tiene los pantalones secos y va hablando por el móvil. Esto sí que es tener cobertura. Pero contar con un paraguas monstruoso también tiene inconvenientes: uno, estético: parecería un paracaidista; otro tiene que ver con la seguridad ciudadana: me lo robarían a las primeras de cambio. Y volvería a mojarme los pantalones. Aunque, por otra parte, sería más difícil que lo perdiera. Yo soy el campeón mundial de perder el paraguas, una de mis muchas virtudes, y el volumen de un paraguas grande me supondría un hándicap paradójicamente beneficioso. Cuando me acerco a la estación, con los pantalones mojados, intuyo que algo va mal: los paraguas, grandes y pequeños, se amontonan a la entrada. Ni siquiera he de mirar la pantalla informativa de los trenes para saber que hoy es ese día de lluvia en el que los trenes se han estropeado: todos los años hay uno, como todos los años hay un Viernes de Dolores, un Toro de la Vega o un día en el que se acaba el plazo para presentar la declaración de la renta. Y así es: un corrimiento de tierras, causado por el pertinaz aguacero, ha afectado a la vía entre Terrassa y Sant Cugat, y todo el delicado engranaje ferroviario al oeste de Barcelona, con el que cada día se desplazan decenas de miles de personas a y de la ciudad, se ha ido al garete. Utilizar otro medio de transporte es impensable. La autopista (de peaje) y las carreteras deben de estar tan o más colapsadas que el tren. Además, si volviera a casa para coger el coche, llegaría con los pantalones empapados. Por no hablar de aparcar cerca de la plaza Cataluña. Me armo, pues, de valor, desenfundo la tarjeta de 10 viajes, la introduzco en la ranura en cuya oscuridad advierto hoy brillos maléficos y oigo el crunchcrunch de la máquina validadora: alea jacta est, pienso, y que Dios nos asista. A saber cuándo llegaré a la oficina, ni en qué estado. Los augurios sombríos se suceden: nada más entrar, me cruzo con un fulano con el que estuve a punto de pegarme hace unos días, que ya es casualidad encontrarme, en este enjambre humano, con un menda como este. Fue una discusión de tráfico, pero sin coches: ambos chocamos en un túnel de los ferrocatas. En la discusión, fui agarrando el paraguas con más fuerza. También entonces me habría gustado tener uno más grande. Pero esta vez el tipo no me ve: pasa junto a mí y se va de la estación. Yo me adentro en el andén, en el que debe de haber unas ciento cincuenta mil personas. La situación es dantesca: me recuerda algunas espeluznantes experiencias vividas en el metro de Londres. He de recurrir a la sabiduría zen que no tengo para aceptar que es una situación que no puedo cambiar, y que la única actitud sensata consiste en salvaguardar la cartera en lo más profundo de la americana (lo que para mí es un infierno, para los cacos es el jardín del edén), apretar los dientes y esperar, aunque sospeche que la espera va a a ser larga y que los dientes me van a doler de tanto apretar. En realidad, lo que me apetece es aullar como un comanche, pero no creo que los demás lo considerasen una aportación constructiva a la situación. Encuentro, milagrosamente, un hueco en una máquina de Coca-Cola, me apoyo en ella y saco el libro que llevo en la mochila. A mi lado hay una mujer, con la misma expresión de resignado estupor que debo de tener yo, que también está leyendo un libro de papel. Nos miramos como dos náufragos agarrados a un madero en un mar proceloso. Yo siempre he dicho que con un libro uno nunca está solo, pero hoy tendré que encontrarle otras virtudes. Es difícil, no obstante: el constante y bovino trasiego de gente, armada con mochilas y, ay, paraguas (alguien pasa, inverosímilmente, empujando una bicicleta; las madres se echan a los hijos al cuello, como si la masa pudiera arrebatárselos, con un movimiento de deglución, en cualquier momento), me lleva el libro a la cara y, sobre todo, me impide subrayar. Sin subrayar no sé leer. Leer sin subrayar es un leer descafeinado, es leer a medias, es un gatillazo de lectura. Hago un alto en la lectura fracasada y llamo al trabajo para avisar de que llegaré a las tantas. En el trabajo me recuerdan que he de llevar un justificante de los ferrocarriles de la Generalitat para justificar el retraso. No basta la foto que he hecho de la pantalla informativa al entrar, en la que consta el retraso que sufren los trenes. La administración pide papel: uno que diga que los trenes han sufrido retraso. Los trenes se suceden, aleatoria y caóticamente; pero pasan. Todos van llenos, más llenos aún que el propio andén en el que nos encontramos. Primero bajan los viajeros cuyo destino es Sant Cugat con una expresión unánime de alivio; muchos resoplan; una chica exclama: "¡ah, qué liberamiento!". Luego suben los valientes que han decidido lanzarse a la aventura. Se estrujan como estrujaban los negreros a los esclavos en las sentinas de los buques que los transportaban a América: aprovechando el menor espacio, disponiendo los cuerpos de forma que las protuberancias de uno coincidan con los huecos del otro (espero que no se me malinterprete; quiero decir que, al igual que las sanguijuelas esclavistas colocaban la cabeza de uno de aquellos desgraciados junto a los pies de otro, para hacerlos encajar y así poder transportar a más, como en un tétrix siniestro, aquí todos buscan acomodo poniéndose de perfil, o situando el hombro debajo de una axila, o dejando la mochila en el suelo, entre los pies de alguien). Y eso que no hay empujadores, como en el metro de Tokio, aunque quizá no fuera mala idea que la compañía de ferrocarriles contratase a trabajadores eventuales que pudiesen desempeñar esa función en días como hoy. Tras, probablemente, una docena de trenes que han llegado y se han ido, tan cargados como los que llevaban a los judíos a Auschwitz, observo que la espesura, tanto en el andén como en los vagones, empieza a adelgazar. Llevo tres cuartos de hora de pie, aplastado contra una máquina de Coca-Cola y mal leyendo, y me animo a dar el paso. Tomo posiciones junto a otros muchos y espero el siguiente convoy. Cuando pare, habré de tener cuidado de estar lejos de donde desagua el techo del vagón: los trenes modernos no tienen gárgolas, pero, cuando llueve mucho, como hoy, se comportan como si las tuvieran. A más de uno he visto esta mañana ducharse con el chorro imprevisto y entrar en el vehículo con la expresión de felicidad de un condenado a muerte. Dentro ya del vagón, experimento el placer del contacto humano con redoblada intensidad. Estas aglomeraciones lo hacen a uno dolorosamente consciente de la biomasa de la que forma parte. Recuerdo La rebelión de las masas, del maestro Ortega y Gasset, y su aristocrática protesta contra la ubicuidad de las muchedumbres. Y lo escribió en 1929. Ah, si don José me acompañase esta mañana de noviembre. Aplastado, otra vez, contra una de las puertas de salida, un vecino forzoso me clava un codo, y siento ese codo como si yo fuera el pan y él, un cuchillo; una mocetona delante de mí, con una mochila a la espalda que se me hunde en el pecho, me cepilla la cara con el pelo cada vez que se lo arregla (y se lo arregla muchas veces); un tercero ha encontrado una insólita misericordia en mi cadera, y recuesta en ella algo que no consigo identificar, pero que pesa notablemente. Y de todos percibo ese olor amalgamado, casi sólido, que se nutre de la piel y las entrañas, de las colonias y de la ausencia de colonia, de la humedad de la lluvia y de las humedades del cuerpo. Pero todos ellos son, somos, víctimas de las circunstancias. Los desaprensivos, no; los desaprensivos lo son por voluntad propia y mala intención. Alguien, cerca, se ha tirado un pedo. Tirarse pedos en esta dramática tesitura debería estar prohibido y gravemente penado por la ley. Tirarse pedos es un atentado incalificable, que nos sobrevuela irreparablemente. No se puede escapar del pedo. El pedo nos acogota y nos envenena. Vuelvo a sentir ganas de bramar. Con el paso de las estaciones que son muchas, y este es otro de los regalos de una jornada como hoy: los trenes paran en todas, para que todos los habitantes del Vallés Occidental tengan las mismas oportunidades de disfrutar del día, el pasaje disminuye. En las primeras Valldoreix, La Floresta... aún suben más viajeros, pero, a partir de Sarriá, la gente va llegando a su destino. Yo aprovecho el paulatino esponjamiento para volver a mi libro, Un aire anglès, de Miquel Berga, otro abducido por la cultura anglosajona, y subrayarlo. En uno de sus excelentes artículos el volumen es un compendio de los que ha publicado recientemente en la prensa catalana leo (y traduzco del catalán): "Lo que estoy seguro de saber porque lo dijo el sabio Chesterton es que intentar aceptarlo todo es un ejercicio sano, pero querer comprenderlo todo es agotador. Dedicarse a comprender el mundo es emprender el camino más rápido a alguna forma de locura. Y otra vez Chesterton nos avisa: la imaginación no conduce a la locura. Para ser exactos, lo que conduce a la locura es la razón. Por eso los poetas no se vuelven nunca locos. Son más proclives a la locura los jugadores de ajedrez y los contables...". Estoy de acuerdo con lo primero: haber aceptado el desastre de esta mañana, sin querer comprenderlo, ha sido sano: ha preservado mi salud mental. Pero disiento de lo segundo: los poetas se vuelven locos con frecuencia; de hecho, se vuelven más locos que los fontaneros o los numismáticos. Pero de eso quizá hable en otra entrada. Ahora todavía tengo que salir del tren, otra tarea que tampoco va a ser fácil, conseguir el justificante para el trabajo y llegar a la oficina. Por suerte, esta vez no me voy a encontrar en los túneles con el tipo con el que estuve a punto de pegarme el otro día. Y los pantalones ya se me están secando.

domingo, 11 de noviembre de 2018

El museo de la guerra en Mánchester

Visitamos, por la mañana, el Imperial War Museum, el museo de la guerra, de Mánchester. En España, que ha librado también bastantes guerras, solo hay uno, creo, y no se llama así, sino del Ejército; y ni siquiera estoy muy seguro de dónde está. En Gran Bretaña, casi cada ciudad alberga un espacio en el que se recuerda la historia militar del país. Este de Mánchester se encuentra en un sitio llamado Media City UK, a las afueras de la ciudad, un amplio conjunto de empresas e instituciones locales, como las sedes mancunianas de la BBC y la ITV, así como de restaurantes, locales de ocio y un hermoso canal, que lo cruza por entero. Para llegar, cogemos el tranvía. El tranvía de Mánchester es moderno, amarillo y lento. Sirve tanto de medio de transporte como de tour con vistas. Quizá por esa slow motion que lo caracteriza, se utiliza con frecuencia como teatrillo o lugar de esparcimiento; y al teatro, como a las guerras, los ingleses son muy dados, en los escenarios y en la vida en general. Hoy llenan el vagón, además de los viajeros inadvertidos como nosotros, una nube de  periodistas y curiosos. Una empleada del metro con traje chaqueta y una banderita en la mano nos informa de que va a actuar Lisa Stanfield. Ni Ángeles ni yo tenemos ni idea de quién es Lisa Stanfield, pero debemos de ser los únicos: todo el mundo parece excitadísimo ante la perspectiva de que actúe Lisa Stanfield. Y Lisa Stanfield, en efecto, actúa. No la vemos, envuelta por el gentío, pero la oímos. No nos parece María Callas, pero, de nuevo, discrepamos de la opinión de la mayoría, que ríe, aplaude, se menea al son ferroviario de Lisa Stanfield. En las canciones se mezclan los anuncios de la ruta –Next stop: Exchange Quay! y el clangor del convoy, pero a Lisa Stanfield no parece importarle: es una profesional. Al final de uno de los temas, alguien aúlla: "¡Lisa Stanfield!", lo que sin duda la reconforta a ella y a todos. Los periodistas que cubren tan importante noticia no dejan de moverse para captar los mejores planos uno de ellos, cargado con una cámara que parece un lanzallamas, me golpea al pasar con las patas del trípode, grabar los audios más conmovedores o recoger las opiniones del público, fascinado por el espectáculo. Una intrépida reportera de la radio, con una gran sonrisa en la cara, quiere recabar la nuestra. Yo, hierático, eludo la alcachofa; Ángeles, siempre más solícita, le contesta, pero la periodista, a la que se le ha borrado la sonrisa de la cara, comprende enseguida que no vale la pena seguir entrevistando a unos guiris que no conocen a Lisa Stanfield y, en cuanto Ángeles acaba de pronunciar la última palabra de su respuesta, se lleva el micrófono a labios más complacientes y que hablen con acento de Mancunia. En la parada de Media City UK nos bajamos todos: los viajeros, los periodistas y Lisa Stanfield, a la que entonces vemos, aunque no sin dificultad: es muy bajita y luce una gorra que debe de ser a las gorras lo que el casco de Darth Vader a los cascos. Mientras todos nos dirigimos a nuestros destinos, Lisa Stanfield se queda atendiendo a sus muchos fans, que la felicitan por su gran actuación. Es lógico: se debe a su público. Nosotros nos encaminamos al museo, que se inauguró en 1914, como previendo la gran escabechina que se avecinaba aquel año, aunque el edificio actual es rabiosamente alumínico y contemporáneo. A la entrada se despliega una gran instalación de amapolas, la flor que homenajea a los muertos en aquella y en todas las guerras que ha librado el país. El Imperial War Museum responde a un concepto distinto de museo bélico. Da cuenta de los muchos conflictos en los que ha participado la Gran Bretaña, y de los sufrimientos padecidos en ellos, pero no se limita a un retrato patriótico, sino que se extiende también a otras conflagraciones y otros pesares, e incluso a una visión crítica de la propia actuación británica en dichos conflictos. Así, nada más entrar, nos abruma un harrier, un cazabombardero de despegue vertical –que también posee la Armada española–, y nos sorprende una canoa laosiana hecha con un depósito de combustible de un avión de combate estadounidense derribado en la guerra de Vietnam, pero nos maravilla el ejemplar, que vemos en una vitrina, de Seed of Chaos: What Mass Bombing Really Means [La semilla del caos: el verdadero significado de los bombardeos masivos], de Vera Brittain, una de las primeras protestas, si no la primera, contra el arrasamiento de las ciudades alemanas por parte de las aviaciones británica y norteamericana. El libro se publicó en 1944 y recibió críticas feroces. Pero la reputación de su autora mejoró cuando, en 1945, se dio a conocer la Lista Negra de los Nazis, una relación de las 2.000 personalidades británicas que debían ser arrestadas cuando los alemanes invadiesen la Gran Bretaña, y que incluía su nombre. Es lo que tiene no estar con los hunos ni con los hotros: ser fiel a la razón y la compasión conlleva siempre la crítica de los sectarios. No es de extrañar que Brittain fuera pacifista: en la Primera Guerra Mundial habían muerto su novio, su hermano y dos de sus mejores amigos. Ni que tuviese un carácter fuerte, hecho al dolor y las adversidades: en 1966, cuando ya tenía 73 años, se cayó en una calle de Londres, camino de una conferencia. Se rompió un brazo y un dedo del otro, pero impartió la conferencia. Moriría cuatro años después. En el museo, un gran espacio único, sin salas estancas, en cuyas paredes no dejan de proyectarse documentales, seguimos recorriendo la historia de horror y abnegación que es siempre la historia de las guerras. Pero este museo es plural y digresivo. Cerca de un lanzallamas naval de la Primera Guerra Mundial se exhiben los restos metálicos de una ventana de las Torres Gemelas de Nueva York: también eso se considera aquí una guerra, creo que con razón. De la Guerra Fría hay un coche trabant, uno de aquellos desmochados escarabajos de la DDR que los buenos trabajadores socialistas esperaban años para conseguir. Una amplia sección del museo se dedica al periodo de entreguerras, en el que se incubó el demonio del nazismo. No obstante, la referencia a la Guerra Civil española es, como suele suceder, muy escueta: apenas un panel informativo y algunos carteles de la CNT que llamaban a la lucha contra el fascismo. En ningún lado se informaba de que la política de no intervención, por la cual las democracias occidentales, con Francia y Gran Bretaña a la cabeza, se mantenían neutrales en el conflicto español, fue una de las causas de la derrota de la República. En la sección, muy extensa, dedicada a la Segunda Guerra Mundial, descubro uno de los objetos más singulares y, a la vez, más escalofriantes de todos: la máscara mortuoria de Himmler, hecha con pasta cerámica odontológica, en la que el jefe de las SS, aquel hombre de bigote de mosca y parietales rasurados, responsable de la muerte de millones de personas, casi parece estar sonriendo. No murió en circunstancias divertidas: detenido por los ingleses, mordió una cápsula de cianuro que llevaba en la boca y cayó fulminado. Pero su expresión última parece ser irónica, de jovial distanciamiento. Junto a la máscara contemplo fotos y una película de los terribles bombardeos que padeció Mánchester el 23 y 24 de diciembre de 1940. La sonrisa final de Himmler y las imágenes devastadoras del Blitz se me aparecen entonces siniestramente conectadas. Cerca, Ángeles y yo nos desintoxicamos de esas representaciones del mal con uno de los juegos montados por el museo: en un panel, hemos de levantar las tapas de unos agujeros y adivinar a qué huele: a pólvora, a letrina, a pies, a gas mostaza. Yo los acierto todos, y eso que nunca he estado en las trincheras; en la mili solo fui furriel. En cambio, Ángeles, que habría podido ser nariz de la industria cosmética de no haberse decantado por la anatomía patológica, se aparta con repugnancia del panel y se va a escuchar los testimonios filmados de varios homosexuales que han luchado en las guerras de este siglo: sus experiencias de discriminación y maltrato en sus propias filas fueron casi tan terribles como las que padecieron en los frentes en los que combatieron. Seguimos admirando los sobrecogedores fondos del museo: un kukri, el legendario cuchillo curvo de los gurkas, que tantos vientres ha destripado; un MK V Matilda II, el tanque inglés de principios de la Segunda Guerra Mundial, que prestó heroicos servicios hasta ser ampliamente superado por los panzer y tiger alemanes en 1942; un Leopard Mark IV, de 1979, un extraño vehículo de seguridad empleado en Rhodesia que parece un insecto gigante, y cuyo diseño obedece a la necesidad de sustraerlo a las minas con las que estaba sembrado el país; y hasta una muestra inmejorable de lo que se opone o da otra visión del objeto del museo, la guerra: un cartel pacificista en el que leemos, simple y gloriosamente, Fuck War [Que se joda la guerra; o que le den por el culo a la guerra, en traducción más libre]. No obstante, el ítem más llamativo de todos descansa en el suelo de la sección dedicada a la Guerra Fría: junto a una vitrina con un AK-47, kalashnikov (que tanto se utilizó en aquellos años en los que las guerritas en la periferia mundial, África, Asia e Hispanoamérica, sustituían al conflicto larvado y axial entre el capitalismo y el socialismo), trajes de aviador, teléfonos rojos, folletos propagandísticos y otras fruslerías, encontramos una bomba atómica. Por suerte, está desactivada. De hecho, solo es de entrenamiento (aunque ¿cómo se puede entrenar con una bomba atómica?) y no muy grande, pero, con todo, no deja de intranquilizarnos. Se identifica como una WE (¿world explosion?) 117, de 1966, de 40 kilotones, más del doble de los que arrasaron Hiroshima y Nagasaki. Nos la quedamos mirando un buen rato, maravillados –es un decir– de que en algo tan pequeño quepa tanta destrucción, y sobrecogidos por que todavía haya en el mundo miles de artefactos (varios cientos de ellos, británicos) mucho más potentes que este apuntando en todas direcciones, que pueden asesinar al planeta y devolvernos a nosotros, en minutos, a la Edad de Piedra. La gente pasa al lado de la WE 117 sin prestar demasiada atención, pero nosotros estamos como hipnotizados ante su perfil apocalíptico. Salimos con alivio a la Media City UK, iluminada por un sol reparador, y nos vamos a comer a The Alchemist, un restaurante sobre el canal. Allí me quedo hipnotizado por otras cosas los maquillajes nefertíticos, sin una grieta, sin una falla, con cejas perfiladas a tiralíneas, de las camareras y me dejo transportar por el inigualable sabor de una Fuller's India Pale Ale, y así me alejo, felizmente, de la perturbadora visión de Heinrich Himmler y la bomba atómica de entrenamiento.