domingo, 17 de enero de 2021

Cinco libros ingleses

Me gusta la literatura inglesa. Siempre me ha gustado. Desde que, incitado por mi padre, un anglófilo empedernido (y contradictorio), leía los sofisticados rompecabezas de Agatha Christie, los aristocráticos embrollos de Jeeves y su señor Bertie ideados por P. G. Wodehouse, las muy católicas aventuras del padre Brown, de Chesterton, y Tres hombres en una barca (por no hablar del perro), de Jerome K. Jerome. Luego he seguido con devoción otras sagas muy populares, como la de Wilt, el antihéroe académico de Tom Sharpe. Reveladoramente, todas estas obras, y muchas otras que he leído en mi vida, contenían un elemento de humor, o eran abiertamente humorísticas. Los ingleses parecen incapaces de escribir, aunque sea astrofísica o biblioteconomía y documentación, sin comicidad. Está en sus genes culturales y nadie se libra de ella. El humor es un gran mecanismo de distanciamiento, y el distanciamiento es algo muy querido por todos en la isla. Tras mi paso por la Gran Bretaña, una forma de no sentirme ajeno o desgajado de ella es leerla. Y en estos últimos meses varios títulos han mitigado no solo mi alejamiento personal de Albión, sino también la dolorosa experiencia de la separación que ha supuesto el bréxit. 

El primero ha sido A la deriva [1977], de Penelope Fitzgerald, la reconocida autora de La librería (Impedimenta, 2018traducción de Mariano Peyrou). En 2019, yo traduje otra novela de Penelope, Voces humanas (de cuya aparición di cuenta en este blog: https://eduardomoga1.blogspot.com/2019/04/voces-humanas.html) y quedé atrapado por su prosa cristalina, con la que describía una compleja maraña de relaciones personales y revelaba un conocimiento muy profundo tanto de la naturaleza humana como de los singulares engranajes de la sociedad británica. Todos estos rasgos están presentes en A la deriva, que tiene, en mi caso, el atractivo adicional de desarrollarse en una barcaza del Támesis, una de esas casas flotantes que todavía ocupan las orillas del gran río, anclada en Battersea Reach, en las orillas de Chelsea, un paisaje muy cercano a donde viví en Londres, en Battersea Park. También la autora vivió dos años en uno de estos narrow boats, en la misma zona. Cuando escribió A la deriva, sabía, pues, de lo que hablaba. Y, cuando yo lo leía, todo me resultaba familiar, aunque la novela transcurriese a principios de los 60. Como los puentes de Wandsworth y Battersea, que tantas veces he cruzado, o la iglesia de Santa María, el elegante templo, erigido en 1777, que enarbola su muy neoclásica torre entre una multitud, hoy, de bloques de pisos de aluminio y cristal, pero que, en los años en que suceden los hechos narrados, era todavía un conglomerado de fábricas, almacenes, viviendas humildes y hasta campos (que en sus tiempos habían sido de espárragos), atravesado por un Támesis limoso y maloliente. En esa iglesia se casó el poeta William Blake y desde sus ventanales pintó el río el maravilloso Turner. 

También he leído El regreso de Reginald Perrin [1977], de David Nobbs (Impedimenta, 2013; traducción de Julia Osuna Aguilar). Como el título indica, el libro es la continuación de uno anterior, protagonizado por el mismo personaje, Caída y auge de Reginald Perrin, que obtuvo en Gran Bretaña un éxito absoluto. Dio pie a una serie de televisión y consagró a su autor como uno de los más destacados humoristas ingleses. Se trata, pues, de otra saga cómica, cuyas entregas, no obstante, pueden leerse autónomamente. Si A la deriva es una "tragifarsa", El regreso de Reginald Perrin se ha considerado una "comedia trágica": ambos relatos entrelazan golpes de humor y oscuras melancolías, pero en A la deriva predominan estas y en El regreso..., aquellos; A la deriva no quiere ser un libro de humor y El regreso..., sí: la novela de Dobbs pretende, sobre todo, hacer reír. Pero también hacer pensar, porque en toda sátira —y eso es lo que es, de hecho— alienta un fondo de amargura; toda burla social implica una crítica, una denuncia del desajuste entre lo que juzgamos deseable y lo que, en cambio, encontramos a nuestro alrededor. La trama de El regreso... es rigurosamente disparatada. Pero también muy británicamente disparatada: el autor desarrolla los acontecimientos sin que se le mueva un pelo, con una coherencia aplastante. Reginald, un pequeño burgués fracasado, harto de que las empresas se hagan ricas vendiendo cosas que presentan como maravillosas, pero que no sirven para nada, decide abrir una tienda que venda cosas completamente absurdas, absolutamente inútiles, por esa misma razón: por ser inútiles y absurdas. Y, por primera vez en su vida, tiene éxito. Lo fantástico del relato, como subraya Kiko Amat en su entusiasta epílogo, es el funcionamiento sin fallo de ese argumento descabellado, su impecable articulación narrativa. También merece la pena preguntarse: ¿sería un argumento todavía válido hoy? ¿Podría volver a triunfar, ahora, otro Reginald Perrin?

Un tercer libro inglés de Impedimenta, publicado en 2020, con traducción de Alicia Frieyro, es El fantasma y la señora Muir [1945], de R. A. Dick, aunque su autora no fuese inglesa, sino irlandesa, ni se llamara R. A. Dick, sino Josephine Leslie, otra más de las muchas escritoras que ocultaron su condición de mujer tras un seudónimo de hombre o que se atribuía, sin mayor reflexión, a un hombre; de hecho, las iniciales "R" y "A" eran las de su padre, Robert Abercromby. El fantasma y la señora Muir es una deliciosa comedia romántica, que Joseph Mankiewicz llevó al cine en 1947 y que luego se convirtió en una exitosa serie de televisión. Narra la extraña relación que se establece entre una joven viuda, Lucy Muir, y el malhumorado fantasma de Daniel Gregg, el antiguo dueño de Gull Cottage, la casa, situada en un pueblo costero, en la que Lucy se ha refugiado en busca de sosiego y soledad. Los ingleses adoran los fantasmas y no hay casona, mansión o palacio de alguna prosapia donde no se diga que habita un espectro. Esta arraigada tradición da pie a la novela de Dick, en la que se entrelazan tías insufribles, hijos ambiciosos, criadas leales, galanes desleales, perros inquietos, obispos y esposas de obispos, abogados londinenses, editores hoscos y, en los papeles protagonistas, una viuda a la que dista mucho de sobrecoger el fantasma, que fue en vida capitán de barco (como el padre de la novelista: algo freudiano debe de haber aquí), y el espíritu de Daniel Gregg, que por nada ni de este mundo ni del otro quiere que su casa pase a manos indebidas, y que se aplica a evitarlo con sobrecogedores (e hilarantes) medios de ultratumba. El final de la historia no por previsible resulta menos emocionante. Y toda la novela desprende encanto, ligereza, simpatía, un aroma a viejo relato victoriano reverdecido por una sensibilidad contemporánea y aderezado con dos elementos relevantes: los toques de humor propios de esta literatura concreta y funcional, aunque trate de ensueños y fantasmagorías, y la conciencia feminista, que subraya el derecho y la voluntad de Lucy de decidir sobre su propia vida.

Diario de una dama de provincias [1930] (Libros del Asteroide, 2013; traducción de Patricia Antón) es otra historia escrita por una mujer: E. M. Delafield. También esta adoptó un seudónimo: se llamaba Edmée Elizabeth Monica Dashwood, pero prefirió utilizar cierta traducción macarrónica del apellido de su padre, Henry Philip Ducarel de la Pasture, para diferenciarse de su madre, también llamada Elizabeth y también escritora. Diario de una dama de provincias es, en realidad, la recopilación en forma de libro de las columnas que Delafield publicaba en una revista femenina, Time and Tide, en los años 30, y que se prolongaría, a lo largo de la década, en tres títulos más. La protagonista de esas columnas es la propia autora; se trata, pues, de un relato parcialmente autobiográfico, y, si es solo parcialmente autobiográfico, es porque no pocas aventuras —si es que puede llamarse aventuras a las peripecias cotidianas de una señora bien en una ciudad de provincias inglesa— son inventadas o se exageran para que produzcan un efecto humorístico. La gracia está justamente en esto: en componer un relato persuasivo con los nimios y a menudo absurdos acontecimientos de una vida de clase media en un condado cualquiera de Inglaterra. Para conseguirlo, Delafield recurre a un instrumento infalible, e inexcusable, en manos de un inglés: la ironía, que lo recorre todo, desde las dificultades a las que se enfrenta la protagonista para surtir la despensa de la casa a los puritanos embrollos de las asociaciones cívicas a las que pertenece. Esa ironía desvela, como también hacen Fitzgerald y Dobbs, como en realidad hacen todos los buenos narradores británicos, las grietas y repechos, las injusticias e hipocresías de una sociedad siempre aparentemente calma, tradicionalista y conservadora, como la inglesa. Y, haciéndolo, eleva las triviales andanzas de la protagonista a la condición de épica: una épica doméstica, consuetudinaria, intrascendente, si se quiere, pero mucho más reveladora que algunos cuentos pensados para asombrar. La prosa de Diario de una dama de provincias, muy bien traducida por Antón, fluye gozosamente, llena siempre de giros inteligentes, descripciones precisas —y muy divertidas— y golpes de humor (y de amor), contrapunteadas por constantes notas y recordatorios, como este, que sigue al enésimo problema con los niños en la casa: "(Duda: ¿Menoscaba la incesante presión de los problemas domésticos nuestra capacidad para mostrar compasión hacia la humanidad? Me temo que sí, pero en estos momentos me siento incapaz de tratar de reformarme en ese sentido)".

Recuerdos de un jardinero inglés [1950], de Reginald Arkell (Periférica, 2020; traducción de Ángeles de los Santos), es una novela que cuenta la historia de Herbert Pinnegar, el Viejo Yerbas, un jardinero ya retirado que se ha dedicado toda la vida a atender el jardín de la mansión provinciana de la señora Charlotte Charteris. Y, de nuevo, algo tan liviano, tan anodino, como que un niño solitario, amante de las plantas y las flores, crezca para convertirse en un trabajador entregado al cuidado del jardín de una dama pudiente, se convierte en una epopeya de los sentimientos y una metáfora de los valores decantados por la sociedad británica, que encuentran una de sus mejores materializaciones, precisamente, en el jardín inglés. Recuerdos de un jardinero inglés es una sostenida rememoración de la vida de Pinnegar, que avanza a pasos sutiles, sin griterío ni prisa, como crecen las plantas, necesitadas de atención y paciencia. Cada suceso que se describe en la novela, si es que alguno llega a alcanzar la condición de suceso, es analizado con una perspicacia que se manifiesta siempre en voz baja, pero que, cuanto más queda parece, más elocuentes vuelve sus hallazgos. La delicadeza con la que Arkell describe a los personajes y trata los asuntos del libro no oculta la poderosa corriente sentimental que lo atraviesa, y que desemboca en un final de trazos finísimos, casi evanescentes, pero cuya emotividad derriba al lector. El humor no falta en Recuerdos de un jardinero inglés (¿cómo podría hacerlo?), pero predomina la ternura, una ternura pintada con los grises del cielo inglés, pero también con los verdes encendidos de la campiña y con la explosión multicolor de los narcisos, los tulipanes, los gordolobos y las gloxíneas, entre tantas otras especies, de los jardines que hilvanan la isla y en los que, como dice el rústico pero sabio Pinnegar, "no se puede estar enfadado mucho tiempo".

martes, 12 de enero de 2021

El asalto al Capitolio

Ante las imágenes de las hordas trumpistas asaltando el Capitolio, sentí menos alarma que vergüenza. Casi la misma que recuerdo me embargó hace cuarenta años, cuando la televisión española revelaba el asalto a otro parlamento, el nuestro, por parte de un teniente coronel de la Guardia Civil criado a los tenebrosos pechos de Francisco Franco, envenenado de nacionalcatolicismo y ardiente defensor de la unidad de España. Entonces me abochornaba reconocerme como español. Anteayer, me compungía saberme también un poco norteamericano. Tejeró entró con el tricornio. Jack Angeli, el chamán de QAnon y estrambótico vocero de lo más abominable del trumpismo, irrumpió bicorne. En ambos casos hubo tiros. Y también en los dos los representantes de los ciudadanos fueron retenidos o apresuradamente apartados de sus funciones. Shame on you, se dice en inglés: "debería daros vergüenza". Pero la vergüenza es un sentimiento que los simios desconocen.

En su alocución por la asonada trumpista, Joe Biden adoptó el preceptivo tono presidencial y dijo, entre otras cosas —la mayoría, sensatas—, que quienes habían allanado el parlamento no representaban a los Estados Unidos; que los Estados Unidos no eran como aquellos energúmenos los pintaban. Se equivocaba. Aunque le disguste, los asaltantes también son los Estados Unidos; también ellos lo representan. La sociedad norteamericana, compuesta por casi 330 millones de personas e infinidad de etnias, culturas, tradiciones e intereses, es diversa y muy compleja, y, junto con una mayoría de gente razonable, decente, civilizada, que vota a derecha y a izquierda, o que no vota, hay también mucha otra que reúne todas las condiciones que explican la algarada de anteayer: pocos estudios; escasa inteligencia; el peso asfixiante de una serie de principios de la cultura política del país que, por las dos primeras razones indicadas, no se han sometido nunca a un examen crítico, como la idea de que la libertad individual no puede verse constreñida por la acción del gobierno, de que los ciudadanos tienen derecho a poseer armas para defender esa libertad omnímoda o de que las leyes del mercado deben imperar sobre cualesquiera otras; y, sobre todo, la pobreza, la pobreza causada por ese capitalismo al que se adhieren ciegamente y cuya menor cortapisa se entiende como una dentellada del comunismo. La gran mayoría de los salteadores del Capitolio, por lo que se pudo ver en las imágenes y lo que se sabe de las redes sociales que son su caldo de cultivo, responde a un patrón: son varones, blancos, de pocos o ningún estudio y muy religiosos. Y todos muy escorados a la derecha. Neofascistas, en muchos casos. Y partidarios de las teorías de la conspiración: de cualquiera, siempre que satisfaga su necesidad de encontrar una explicación, por absurda que sea, a fenómenos que les resultan incomprensibles. Carlos Fuentes contó una vez (¿o fue García Márquez?) que, en una cena en la Casa Blanca con Bill Clinton y su mujer, le había preguntado al presidente qué le parecía lo peor de su país, y Clinton había contestado que "la derecha reaccionaria". La derecha reaccionaria no solo sigue siendo lo peor de los Estados Unidos, sino que, con Trump, ha profundizado en la abyección: ahora roza el paroxismo y hasta el golpe de Estado. A menudo pienso yo lo mismo de España: lo peor es la derecha reaccionaria; lo peor es la ultraderecha y las toneladas de caspa que esparce a su alrededor, una caspa corrosiva, tóxica.

En uno de los debates electorales con Trump, Hillary Clinton dijo que entre los partidarios de su rival había mucha "gente detestable". Millones de personas se le tiraron a la yugular por aquella franqueza inaceptable en un país puritano —y, por lo tanto, hipócrita—, pero tenía razón. En la soldadesca trumpiana militan los miembros de QAnon, que creen en la existencia de una red internacional de actores, políticos demócratas y prohombres liberales pedófilos y adoradores de Satán, cuyo objetivo es conquistar el mundo; los Proud Boys ('muchachos orgullosos'), un tétrica organización supremacista y ultranacionalista; las rebañaduras del Tea Party y del Ku Klux Klan; conspiranoicos de toda laya; grupos neonazis y fanáticos religiosos; exmilitares y paramilitares; partidarios del South Will Rise Again ('el Sur resurgirá'), confederados nostálgicos que preconizan la resurrección de un pasado esclavista y blanco; y un tristemente amplio abanico de sectas, facciones y grupúsculos ultraderechistas, cada cual con sus ansias de subvertir el orden democrático. A tiros, si hace falta. 

El asalto al Capitolio demuestra, una vez más, que las decisiones políticas de los ciudadanos no obedecen a un escrutinio racional o un análisis desprejuiciado de la realidad, sino al impulso de satisfacer ciertas necesidades emocionales o psicoafectivas. A cuantos les hacía falta sentirse protegidos —del paro, de la marginación, de la incertidumbre— en el seno de una tribu fuerte, con un líder poderoso, un país grande otra vez y un Dios provisor (y sin negros, ni socialistas, ni maricones, esas plagas), les da igual que los tribunales, incluyendo el Supremo, hayan dictaminado que las acusaciones de fraude electoral son falsas; o que lo hayan dicho también el fiscal general, el responsable de la seguridad nacional y todos los gobernadores de los Estados cuyos resultados se han puesto en duda; o que el Washington Post, entre muchos otros medios que se han preocupado de verificarlo, haya calculado que, en diciembre de 2019, Trump había hecho 15.413 afirmaciones falsas o engañosas como presidente, es decir, casi quince al día. Nada de esto tiene importancia. La realidad no tiene importancia. Lo importante es que Donald Trump satisfaga la necesidad de pertenecer al rebaño, de sentirse alguien, de no vegetar en el desconcierto o la animalidad. Aunque sea a costa de volverse un animal.

Llama también la atención que algunos, o muchos, se sorprendan de este desenlace violento de la presidencia de Donald Trump. Pero ¿qué esperaban? ¿No era evidente cómo era Trump y a dónde podía conducir alguien de su catadura? ¿No se había revelado (ya desde mucho antes de ser candidato a presidente, cuando participaba en programas de telerrealidad empresarial y se complacía en gritarles a los participantes que habían fracasado: You are fired!, '¡estás despedido!'; eso mismo que ahora le han gritado a él 82 millones de compatriotas) como el machista, el matón, el racista, el mentiroso, el grosero, el ególatra, el tarugo que era? ¿No había agitado ya, en las elecciones de 2016, el espantajo del fraude electoral para el caso de que ganara Hillary Clinton? ¿No se dieron cuenta, desde el primer momento, de que semejante patraña solo podía conducir a un sainete como este (pero trágico, con cinco muertos), si no a algo peor?

El mundo ha asistido con una mezcla de estupor y regocijo al esperpento del Capitolio. Y todos los regímenes antidemocráticos del mundo han arrimado el ascua a tan suculenta sardina. Los hijos de Putin han identificado a los alborotadores con los partidarios de Maidán. Los chinos, con los estudiantes levantiscos de Hong Kong. Y el enturbantado clérigo que preside a los iraníes ha proclamado solemnemente que la algarada demuestra lo frágil que es la democracia (frente a lo sólida que es su teocracia, regida por los principios inmarcesibles del islam). Sí, la democracia es frágil, porque todas las cosas humanas lo son, y especialmente aquellas que se construyen, día tras día, sobre la convicción de que todo es mudable y controvertible, de que ninguna idea o principio es sagrado ni eterno, ni conviene que lo sea. Pero la democracia también es mucho más resistente que los regímenes fundados en morales medievales o creencias inverificables. Pese al asalto al Capitolio y pese a Donald Trump, a las muchas calamidades que ha propiciado y a su abominable deseo de perpetuarse en el poder, el estado de Derecho ha prevalecido: las elecciones se han celebrado, con limpieza ejemplar, y han arrojado otro vencedor; los tribunales (muchos de ellos presididos por jueces republicanos o directamente elegidos por Trump) han fallado en contra de sus pretensiones; el ejército se ha negado a secundar las barrabasadas del mandatario; y la prensa ha denunciado machaconamente los infames ejercicios del poder: hasta la muy conservadora FOX ha acabado apartándose del líder. 

En España, la insurrección neofascista (llamarle "populista" es de pazguatos: Trump es lo que hoy podría ser Mussolini; de pacotilla, pero Mussolini) ha provocado las reacciones previsibles, y tanto VOX, la facción hispana del trumpismo, como el PP y Ciudadanos han equiparado lo sucedido en Washington con las manifestaciones de "Rodea el Congreso" promovidas por organizaciones de izquierda en 2012 y con algunas actuaciones del independentismo catalán. Pero ambos hechos se parecen tanto como un huevo a una castaña. En ninguno de los dos casos se asaltó el parlamento, ni el español ni el catalán. Reunirse no es asaltar. Manifestarse no es asaltar. Rodear no es asaltar. El único asalto al Congreso de los Diputados de la historia española reciente ha sido el de Tejero, que era de derechas, muy católico y un gran patriota. Y en ninguno de los casos ha habido muertos; en los Estados Unidos llevan cinco. Y eso por no hablar de las veces en que dirigentes de los tres partidos de la derecha nacional han promovido o apoyado manifestaciones de los suyos frente al Congreso, la última de las cuales se ha convocado para oponerse a la ley Celáa. Ayer, el alcalde de Madrid, el gran Martínez-Almeida, sostenía, muy campanudo, que "el origen intelectual de lo que sucedió ayer en EEUU y lo que pasó en España con Rodea el Congreso es el mismo: creer ilegítimo al gobierno". Inmediatamente después de leerlo, volví a ver, en youtube, aquel momento inolvidable de nuestra política contemporánea en el que su jefe, Pablo Casado, engarzaba hasta veintiún insultos a Pedro Sánchez, dos de los cuales eran estos: "Es un presidente ilegítimo a partir de hoy" y "un okupa".

No sé por qué escribo esta entrada. En realidad, estoy equivocado. Los responsables del asalto al Capitolio han sido los macarras, los socialcomunistas, los antisistema de los antifas. Eso afirman los trumpistas que estuvieron en Washington. ¿Quién mejor que ellos para saberlo?

Trump dejará el poder el próximo 20 de enero, alabado sea el Hacedor. Pero los 74 millones de norteamericanos que lo han votado (¡once más que en 2016!) seguirán ahí. Acojona pensarlo. Ojalá el país haya aprendido algo de esto. Ojalá haya escarmentado. Ojalá escarmentemos todos.

viernes, 8 de enero de 2021

El Sur Es América

El Sur Es América es una pequeña editorial independiente, radicada en Virginia, en los Estados Unidos, que publica libros en español. Su existencia obedece a un hecho indiscutible: la creciente presencia de hispanos en Norteamérica y su asimismo ascendente peso cultural. La Oficina del Censo de los Estados Unidos los cuantifica en casi 32 millones de personas, cerca de un 12% de la población del país. Aunque el propio Censo eleva la cantidad de personas "de origen hispano", esto es, no nacidas en países en países de Hispanoamérica, pero sí descendientes de gentes originarias de allí, hasta los 60 millones, casi una quinta parte de todos los habitantes de los Estados Unidos. Y la comunidad no deja de aumentar, alimentada por una alta natalidad y una emigración incesante, que se las ha ingeniado siempre para superar los obstáculos —a veces, altísimos— que imponen, sobre todo, las administraciones republicanas (y, en particular, los atroces establecidos por el maligno y afortunadamente periclitado Trump). El nombre de la editorial supone una reivindicación política: frente a la visión monopolizadora de los estadounidenses, que identifican a su país —el norte— con América, el sello de Virginia recuerda que el sur también lo es, que el sur también existe. Esa reivindicación política se proyecta asimismo en el catálogo de la editorial, que acoge, sobre todo, obras críticas, atentas a los conflictos sociales, comprometidas con la causa de la humanidad. El Sur Es América ha publicado dos volúmenes colectivos en la segunda mitad de 2020 que plasman bien esas inquietudes, esa voluntad de agitar —de despertar, acaso— las conciencias para alcanzar una sociedad más justa. El primero se titula Fuego cruzado: Antología épica, cuya edición ha corrido a cargo del chileno Amado J. Láscar. Se trata de una edición bilingüe, en español e inglés, y en algún caso, como el mío, hasta trilingüe, porque el poema con el que colaboro se publica en esos idiomas y también en catalán: así lo quisieron los editores. Participan autores de todo el mundo: desde Sri Lanka a Portugal y desde Ucrania a Botswana, pasando por la mayoría de los países de Hispanoamérica y el Caribe. Los representantes españoles somos tres: María Ángeles Pérez López, Rodolfo Häsler y yo. Fuego cruzado pretende, como señala Láscar en la introducción, "imaginar nuevas formas de vida, reivindicar otras narrativas y ensalzar realidades alternativas a las versiones de la posmodernidad. [Es] épica porque reconocemos el lugar de la subjetividad sin olvidar la totalidad. Épica porque es el primer envase de la poesía. Épica porque no es panfletaria. Épica porque es crítica. Épica, en suma, porque queremos construir una cabaña común". El poema con el que colaboro se titula "A veces me dan ganas de gritar" y pertenece al libro inédito Todo queda en nada. La segunda antología publicada por El Sur Es América está solo en español, se titula Sin tapabocas: memorias de una pandemia, y ha sido preparada por Amado J. Láscar, la colombiana Luz Stella Mejía y el dominicano Tomás Modesto Galán. Su razón de ser es clara: documentar el hecho excepcional de la pandemia que ha azotado y sigue azotando al mundo con las creaciones de cuarenta y seis poetas, que dan cuenta de la soledad, la angustia y la incertidumbre experimentadas por casi todos en este tiempo nefasto, pero también de la esperanza que nos ha animado y de las ganas de vivir que se han impuesto a una tétrica realidad. Muchos de los autores de Fuego cruzado repiten en Sin tapabocas, pero en este la nómina se amplía: participan aquí también, junto a hispanoamericanos y caribeños, autores de Francia, Túnez y Estados Unidos. Los españoles somos Isaías Fanlo, Francisco Muñoz Soler, Trinidad Lucea y, de nuevo, María Ángeles Pérez López y yo. Mi poema, titulado "El fin del mundo se acerca", también pertenece a Todo queda en nada.

Reproduzco aquí "A veces me dan ganas de gritar":

Abandonad las cuevas en que copuláis
Arrancad los enchufes de las paredes
Arrancad las paredes
Dimitid de los jardines que son cárceles, de las mansiones                             donde os pudrís confinados
Renunciad a la pestilencia
Olvidaos de los fedatarios públicos, de los censores jurados de                      cuentas, de los inspectores de Hacienda
Negaos a escuchar los bulos indecentes de los contramaestres
Destruid las fotocopiadoras
Desobedeced a los agentes de la autoridad que os ordenen                              deponer la piedad
Caminad derechamente al infierno
No asintáis
No consintáis
Colmaos de soledad
Derramad la inteligencia como si echarais un balde de agua a                        un suelo ensangrentado
Contemplad a Turner
Compadeceos del que arrastra haberes, como el buey arrastra                        anocheceres
Demoled los edificios en que se guarecen los clérigos y los                              babuinos
Construid casas donde vivan los que nunca han vivido, los que                      nunca han tenido casas, los que no saben qué es                                      una casa
Alejaos de los hormigueros y las certidumbres
Leed a Juan de Yepes, a Paz, a Juan Ramón
Bautizad con fuego a los que, con serenidad de ánimo y sin                            reserva mental alguna, echan espumarajos por la                                    boca
Lanzaos contra las alambradas del silencio
Escuchad las variaciones Goldberg en los dedos de Glenn                                Gould
Remontad, aun sin remos, los ríos de la compasión
Hablad como si no tuvierais mugre en la boca
Cancelad el usufructo de vuestra conciencia de que disfrutan                          los católicos practicantes y los fabricantes de                                            electrodomésticos
Preguntad quién vive, quién muere
Preguntaos quién
Contemplad a Vermeer
No dejéis que os despojen de la desnudez
Desenmarañaos
Escupid en las estatuas ecuestres y las placas conmemorativas
Dinamitad lo que no se pueda lamer, lo que no quepa en el                           hueco de la mano, lo que nunca sangre
Afilad los lápices
Engrosad la misericordia
No tengáis ningún trato con los poseedores de la verdad: os                           pringarán con ella
Recordad que las palabras sudan, que eyaculan
Bañaos en el mar como si os adentrarais en un vientre
Estremeceos ante el dolor de las tortugas y las secuoyas
Dormid cuando el mundo se encolerice
Leed a Whitman, a Aldana, a Zambrano
Atended a los que acuchillan el tiempo y siembran la desazón
No permitáis que el inicuo se escabulla
Apagad los espejos
Desollad los teléfonos
Leed a Perse
Esclavizad a los que niegan el agua a los ciegos y el pan a los                          sedientos
Creed en los desvalidos y en los muertos
Consolad a los pararrayos y los sepultureros
No queráis vivir siempre: la eternidad empacha
Mutilad lo que no se pueda trocear
Dilapidad aquello de lo que carezcáis
Arañad las superficies hasta que aparezca un rostro, hasta que                    brote la oscuridad, hasta que vosotros mismos                                          ocupéis la fisura que hayáis abierto
Documentad el rumor de los labios que se unen a otros labios,                    el crepitar de las pieles cuando las iluminan los                                       relámpagos, el quejido de los huesos cuando los                                       cuerpos se separan
No digáis más de lo necesario: las demasiadas palabras                                 embotan la inteligencia
Salid a la intemperie de los pechos y las humillaciones
Salid a la luz de la noche
Abjurad de cuanto hayáis jurado
Plegaos a la obscenidad, si solo la obscenidad garantiza la                            decencia
Derramad aceite hirviendo en las cuencas vacías de los ojos de                    los poderosos
Desnudaos
Comed viento
No capituléis ni cuando muráis
Desestimad la untuosidad y la hipocresía
Encended las luces para que brille el sol
Derrochad lluvia
Escuchad el Ave María de Caccini
Castrad a los mercaderes, y luego amadlos
Liberad a los perros
No piséis los juzgados, salvo para sembrarlos de sal
Haced el amor con los que pasen por la calle, con los vecinos,                       con los vendedores de altramuces, con los taxistas y                               los estibadores, con los huérfanos y los                                                       gorriones, con las personas sin sexo
Navegad por las aguas que más bajíos contengan
Derrotad a las relaciones de producción, a la tasa anual                                   equivalente, a la dictadura del proletariado
Masturbaos a menudo, con tenacidad, con benevolencia
Gritad cuando convenga, pero nunca hiráis a nadie con el grito
Burlad las ordenanzas aduaneras, los manuales de                                             instrucciones, los convenios colectivos
Utilizad la bandera de mantel de pícnic, de esterilla de baño,                          de papel de estraza
No consideréis el suicidio, salvo en todo momento
Velad a los muertos
No confiéis en los que se adornan con crisantemos y sílabas
Cortadles los pies a los desalmados
Sacad del pozo a los que se ahogan en el mar
Condescended a la contradicción, si contiene verdad
Cultivad la contradicción, porque la contradicción os hará                               libres
Perdonad a los padres por haberos traído al mundo
Confiad en que los hijos os perdonen por haberlos traído al                            mundo
No transijáis con Dios; no admitáis a Dios
No renunciéis a la clemencia ni al vino
Haced del vacío vuestro hogar
Asomaos al yo con la conmiseración de un filántropo y la                                curiosidad de un gato
Increpad a quienes no se hayan manchado nunca, a quienes se                      acorazan de orden, a los alféreces de la felicidad
No juzguéis el amanecer: bebéoslo
Amordazad a los coaches, y, si es necesario, encerradlos en el                        sótano
Denunciad la clausura de los asilos y la inauguración de las                            jaurías
Envejeced riendo
Acariciad el rostro de quien améis como si hubierais de morir                        mañana
Quered a los hijos, porque ellos os enterrarán
No os abstengáis de razonar, aunque la razón produzca                                    monstruos
Recomponed las olas que rompan los rompeolas
Bendecid el dolor, porque nos revela al mundo
Maldecid el dolor, porque todo dolor es injusto
Sumíos en la conciencia como si avanzarais por un cenagal
Sodomizad a los predicadores
Echad los censos enfitéuticos a la hoguera, arrancadles la                              lengua a las notificaciones de embargo, devastad las                                ciudades de la opulencia
Rebanad el ruido
Deteneos a considerar quiénes sois, por qué late el corazón,                          cómo sobreponerse a la ignominia
Leed a Juarroz, a Epicuro, a Vallejo
Votad a quien prometa que el sol saldrá mañana y que después                    llegará la noche
No votéis
Borraos las yemas de los dedos para que no queden huellas de                    vuestros amores ni de vuestras claudicaciones
Creed en el cielo de la materia
No hagáis nada sin alegría
Hurgad en los sexos como si los dedos fuesen raíces, como si                        la lengua fuera una lombriz
Perdonad
Perdonaos
No deis poder a los imbéciles, ni cuartel a los verdugos
Enviad lo superfluo al abismo
Desamparad a quienes agravian a los desamparados
Escuchad el adagio para cuerda de Barber
Alimentad a quien no tenga boca
Caminad por el borde para caer en el centro
Pisotead la vileza y extinguid sus rescoldos
Avivad el incendio de la benevolencia
Escuchad a las flores
Leed a Proust, a Neruda, a Celan
Venerad lo impuro
Dudad
Rebelaos

domingo, 3 de enero de 2021

Cabrerito

Que un torero español enamorase a una actriz de Hollywood era una proeza, una hombrada nacional de la que todo patriota debía enorgullecerse, sobre todo entonces, cuando España aún no había salido del racionamiento y era una paria en el concierto de las naciones. Y eso fue lo que sucedió cuando Mario Cabré sedujo a Ava Gardner durante el rodaje de Pandora y el holandés errante en Tossa de Mar, en 1950. El idilio no duró mucho —luego, el infatigable Cabré probaría con otra actrices descollantes, como Yvonne de Carlo e Irene Papas—, pero al país le supo a gloria y dejó algunas anécdotas memorables, aunque probablemente apócrifas, como aquella en que, tras una noche de amor, Ava le pregunta a Mario, al verlo brincar de la cama y empezar a vestirse, «pero ¿a dónde vas», y el torero le responde: «A contar que me he acostado con Ava Gardner».

Y es que Mario Cabré era guapísimo. Alguien que lo conoció bien, el poeta Enrique Badosa, que había pasado muchas tarde y noches con él en Barcelona, me dijo una vez: «¡Era tan guapo! Las mujeres se giraban por la calle para mirarlo. A su lado, te volvías invisible». La primera dedicación de Cabré fue el toreo, que descubrió viendo dar unos pases a unos zagales en una plaza de la ciudad. Empezó a torear en 1934 con el nombre artístico de Cabrerito y tomó la alternativa en 1943. Se retiraría definitivamente en 1960, tras haber afirmado una insólita catalanidad taurina: «Sóc torero i català, que equival a ser dues vegades torero» (‘Soy torero y catalán, que equivale a ser dos veces torero’). Había que verlo, con aquel rostro de hoplita macedonio y aquella planta que gastaba, dando pases al morlaco, con temple simpar, en una plaza de postín. En las gradas no solo la enmantillada Ava bebía los vientos por él; todas las mujeres (y muchos hombres) se pirraban por sus huesos.

Pero Mario Cabré no solo fue matador. Su personalidad burbujeante, arropada por aquel chasis descomunal, lo llevó al cine, la televisión y la poesía, entre otras ocupaciones menos glamurosas, como relaciones públicas de Textil Riba, S. A., una empresa de Sabadell del ramo de la confección. De hecho, su vocación literaria había precedido a la taurina: empezó a escribir poemas con ocho años, aunque no publicó su ópera prima, ¡Manolete!, hasta 1947, después de que Islero empitonase al genio de Córdoba. Luego publicaría una veintena de poemarios más, que aún se encuentran, con cierta facilidad, en los mercados del libro viejo. Varios de los primeros celebran el mundo del toro, como ¡Manolete! o Danza mortal, de 1950, que cuenta con un prólogo del Nobel Jacinto Benavente, para quien Cabré es «un poeta que sabe torear». Otro, Dietario poético a Ava Gardner, también de 1950, canta el encuentro con «el animal más bello del mundo». Un encuentro, por cierto, que debió de basarse en la pura querencia animal, en la fascinación erótica que ambos se inspiraban, porque ni Mario hablaba inglés ni Ava, español. La suya fue, pues, una relación áfona, aunque seguramente pródiga en gemidos, interjecciones y onomatopeyas. Dietario poético... trasluce a menudo esas dificultades de comunicación: «El diccionario guarda / la sombra escalonada / de las palabras... Por favor, cierra el diccionario y mírame tan solo», escribe Cabré; y también: «Conozco el sufrimiento del lenguaje / en su expresión más grande de tortura, / y el tener que pedir como limosna / la simple traducción de una pregunta». 

Otros más de sus libros están dedicados a artistas y pintores: Gala y Salvador Dalí, Joan Miró, Picasso. En Canto sin sosiego, publicado en 1957, celebra la figura y la poesía de la suicida Alfonsina Storni, y cuenta con un prólogo de Juana de Ibarbourou, que empieza así: «¡Qué bien sabe cantar una muerte este joven poeta español que es todo vida!». En el poemario hay mucho amor, mucha muerte y muchos signos de admiración. En «Caminas pleamares», leemos: «¡Qué abandono de brazos anillados / por olas que no llegan a la playa! / Del sueño sin horario que te ronda / nace un velar concéntrico de escamas». Ese binomio clásico, eros y tánatos, recorre la obra de Cabré, infaliblemente romántico, vagamente trovadoresco, platónico y, a la vez, viril, aunque según los modelos de la virilidad hispana de hace setenta años, hoy notablemente apolillados. Recortes de amor, de 1979, que incluye una portadilla en homenaje a las bodas de oro de Textil Riba, y que la empresa aprovechó para desear un «venturoso año 1980» a sus clientes y amigos, es un buen ejemplo de ese cultivo recurrente del tópico del amor, aunque ahora impregnado de tristeza. En 1976, Cabré había sufrido una embolia y un infarto, y, a resultas de ello, una hemiplejía que le dejó medio cuerpo paralizado. Un Cabré impedido, pues, recuerda los alborozos de la pasión y lamenta su pérdida. No obstante, una voluntad férrea lo había llevado a aprender a escribir con la mano izquierda para seguir componiendo versos, y así lo hizo hasta su muerte. El autor ya había dado cuenta de su estancia en hospitales en algunos libros, como En la residencia, autoeditado en 1969, donde consigna sus experiencias en el hospital Valle del Hebrón (sic). El ejemplar que conservo —que, aunque embastado por la enfermedad de Cabré, es misceláneo: incluye poemas de agradecimiento a los médicos y curas que lo atendieron, tankas y villancicos, descripciones de Barcelona y elogios de las virtudes teologales— está autografiado por el poeta y dedicado a José María Tuser, «pintor de tardes triunfales». Da cierta fatiga ver en youtube las grabaciones de los últimos años del poeta: es ya solo un anciano enfermo y solo que se esfuerza por responder, en una silla de ruedas y con un hilo de voz, a los homenajes que aún se le rinden. Uno no puede sino preguntarse qué ha sido de aquella plenitud varonil, de aquella sonrisa gloriosa, de aquella fuerza y aquel encanto que hicieron de él un sex symbol y casi un héroe. No obstante, si uno mira bien, todos esos rasgos aún se transparentan en sus facciones y su porte, que se resisten a abandonar la elegancia y la masculinidad que siempre lo caracterizaron. Y nunca dejó de escribir. Continuó pergeñando versos —aunque carentes ya de la gracia sentimental de antaño— hasta que la muerte, que había asomado su siniestro pescuezo en 1976, lo atrapó —o quizá lo liberó— en 1990. Su último poemario, Cántico de brisas, se publicó en 1987.

[Este artículo se publicó en La Sombra del Ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 18 de diciembre de 2020]

P. D. Una buena amiga me informa de que la anécdota de la noche de amor de Cabré con la Gardner se ha atribuido siempre a Luis Miguel Dominguín, y compruebo que, en efecto, en la mayoría de páginas de Internet que hablan de la actriz, es Dominguín el galán ansioso por contarles a los amigos que había disfrutado de sus favores. Yo, sin embargo, seguí lo referido por Máximo Pradera en Tócala otra vez, Bach (Malpaso, 2016), donde el protagonista de la anécdota es Mario Cabré. Si Pradera dio aquí un malpaso, me temo que yo también. Aunque la historieta sea apócrifa.

martes, 29 de diciembre de 2020

Deseos para el 2021

Que las plantas no se me mueran. Comprar calcetines divertidos. Que mi madre no se caiga. Que se publique el poemario que debería haber aparecido en 2019. Dejar de usar mascarilla. Tomar menos azúcar. Hacer el amor alguna vez. Que nadie vote a VOX. Seguir escribiendo. Que se hagan menos videoconferencias en el trabajo, o que no se haga ninguna. Que Trump se marche. Que Maduro se marche. Que Bolsonaro se marche. Limpiar la plata. Aprender a planchar. Que Raphael se retire. No olvidar a quienes he amado. Que quienes me han amado no me olviden. No perder el tiempo. Que mi hijo encuentre trabajo. Viajar. No leer Patria. Comer menos hidratos de carbono. Ir más al teatro. Que el Real Madrid baje a segunda. Que no se arrasen bosques, ni se llenen los mares de plásticos, ni nos envenenemos de productos químicos, ni los animales se asfixien en el invernadero de la Tierra. Que no se me olvide revisar el coche. Que los políticos digan algo, alguna vez, que merezca la pena. Salir, siquiera fugazmente, del caparazón de pensamiento que nos encierra a todos. Que el dolor no prevalezca. Que la declaración de la Renta me salga a devolver. Ser capaz de intuir; ser capaz de compadecerme. Averiguar en qué contenedor de reciclaje hay que echar la madera. Evitar la grosería y el tópico. Ponerme alguna vez los zapatos que nunca me pongo. Que la gata no se me meta en la cama. No perder la alegría. Ser sincero solo cuando sea imprescindible: preferir la misericordia de la mentira a la descortesía de la sinceridad. Que los obispos españoles participen en el Día del Orgullo Gay. Que resuciten Manuel Vázquez Montalbán, José Luis Sampedro, Nelson Mandela. Volver a Extremadura. Escribir sabroso, lúcido, conciso, veraz. No odiar. Recordar los cumpleaños de la gente a la que quiero. No dejar que el yo me aplaste (ni que aplaste a los demás). Que se instaure la República. Cambiar la mesa de la cocina. Darme de alta en Netflix. Que se alcance la igualdad plena entre hombres y mujeres, pero que no se cometan injusticias por el afán de establecer la justicia. Leer más. Caminar 10.000 pasos al día. Estar más cerca de los amigos (y así ellos, quizá, estarán más cerca de mí). Aceptar que todo es leve e incierto, que nada permanece, que hay que morir. No enseñar el islam, ni ninguna otra religión, en las escuelas. Escuchar a María Callas. Comprar bolsas de basura que no goteen. Que no me aturulle el patriotismo ni ninguna otra patraña colectiva. Que le den el premio Nobel a Antonio Gamoneda. Que en la televisión no haya solo basura. Que Federico Jiménez Losantos se haga monje trapense. Que los más de dos billones de dólares que el mundo gasta al año en armamento, se dediquen a tareas más provechosas. Habituarme a la incertidumbre y la contradicción. Que las lecturas de poemas no sean como misas. Reírme más, aunque no tenga ganas. Dejar de morderme las uñas. Encontrar un sitio donde guardar mis libros, las bicicletas oxidadas de mis hijos, la ropa que mi mujer no se ha llevado. No tirar comida. Decirle a la gente que quiero, que la quiero. Hacer testamento. No enemistarme con un amigo porque este se haya enemistado con otro amigo mío. Que los terraplanistas se den cuentan de que la Tierra es redonda (pero entonces no pasen a creer que está hueca). Que los independentistas catalanes comprendan su error. Que los independentistas españoles comprendan el suyo. Decidir si me opero de los juanetes. Dejar de pensar en quien ha dejado de pensar en mí; no querer estar con quien no quiere estar conmigo. Que la vacuna contra el coronavirus se extienda a toda la población; también a la de los países más pobres. Que el ministerio de Cultura sirva para algo. Que la indignación no sustituya al raciocinio. Que se acaben los peajes de las autopistas catalanas. Obviar el sarcasmo y moderar la ironía, que aúnan la crueldad y el fracaso. Encontrar algún buen poeta en lengua inglesa al que traducir. Pasear más. Vivir.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Cosas que pasan por Navidad

Hoy, cuando estaba en el jacuzzi del gimnasio, recuperándome de una despiadada sesión de spinning, una señora, septuagenaria, que había pedaleado conmigo, me ha dicho al meterse en el agua: "¡Vengo a interrumpir tu soledad!". Y yo he pensado: eso es lo que me gustaría que me pasara en la vida: que alguien viniera a interrumpir mi soledad.

Por la tarde, un viejo amigo y poeta, al que había invitado a pasar la tarde en casa compartiendo un buen Cardhu, se ha marchado intempestivamente porque se ha sentido atacado cuando otro contertulio y yo le hemos dicho que nos parecía una chorrada que afirmara que los alienígenas habían venido a la Tierra y modificado el ADN del ser humano para que adquiriese el lenguaje. Ha sido devastador comprobar que alguien a quien quiero bien, con el que he compartido muchas cosas buenas y que ha sido siempre confidente y compañero, era incapaz de aguantar un crítica y, peor aún, de deslindar el juicio que me merecían algunas de sus ideas de la consideración que le tenía como persona. Pero también ha sido entristecedor constatar la expansión que conocen, en esta era infausta de Internet, el pensamiento conspiranoico y las teorías disparatadas, incluso entre gente leída y en apariencia sensata. Su marcha aumentará mi soledad, pero acaso ese sea el precio que haya que pagar por mantener cierta dignidad intelectual y algún respeto por uno mismo.

El otro día fui a cortarme el pelo, pero descubrí con amargura que la peluquería en la que me había acostumbrado a hacerlo, había cerrado. Opté entonces por otra cercana, cuyo nombre semipijo, fachada de muchos colorines y aspecto modelno no auguraban nada bueno. A mí me gustan los establecimientos clásicos, con su barra giratoria de rayas rojas y blancas a la entrada, y una buena ristra de colonias para caballero en los estantes al lado de los espejos de azogue un poco picado; pero locales así han desaparecido de Sant Cugat y casi de todas partes. No obstante, el lugar prometía un corte rápido y no muy caro, y me era urgente cambiar de aspecto: parecía un híbrido de Moisés y Papá Noel. Me atendió un italiano licenciado en Filología Hispánica que lo primero que hizo fue ponerme unas pinzitas en las greñas para poder difuminarme los costados (difuminar es cortar a lo izquierda abertzale: ralo a los lados y poblado en la cresta). La cosa no podía empezar peor: verme con aquellas tenacillas en la cabeza me ofreció una imagen poco halagüeña de mí mismo. El italiano me aplicó luego la maquinilla con sañuda diligencia, mientras la recepcionista vino a contarme, muy animada, que se había separado en febrero y que había tenido varias aventuras, incluso con gente más joven al decir esto, su expresión cobraba tintes de sorpresa y una pizca de autosatisfacción. Ya esquilado, el italiano me sugirió hacer las orejas, a lo que yo, incomprensiblemente, accedí. Es cierto que, con los años, los pelos que me asoman por las orejas (y la nariz) se parecen mucho a las cuerdas de una guitarra, y que brego por tenerlos a raya, no siempre con acierto: a veces me agujereo el cartílago y otras no llego a la raíz del pelo, que vuelve a salir pronto, con exuberancia tropical. Por eso, aunque sin reflexionarlo demasiado, pensé que a lo mejor allí podían atacar el problema con más ciencia que yo. Y vaya si lo atacaron. Una joven muy dicharachera me metió en un cubículo que parecía un quirófano, me aplicó cera, luego me la arrancó y por fin estuvo torturándome con unas pinzas, con las que rebuscaba afanosamente en el oído; llegó hasta la cóclea, creo. Si esto es lo que hacen las mujeres (y los hombres) para dejarse las piernas, las ingles (¡ay!) o el cuerpo todo sin sombra de vello, los compadezco. Yo salí del local rasurado, difuminado, despellejado y algo confuso, pero contento de sentir el viento en la cara, que me refrescaba. Además, oía mejor.

Con la Navidad llegan las felicitaciones de Navidad, como con la primavera llegan las golondrinas y la obligación de declarar la Renta. La primera me llegó este año el 3 de diciembre: una bonita cançoneta de Nadal ['cancioncilla de Navidad'], que celebra el hecho simpar del nacimiento de Jesús (que, si es que nació, algo que no está claro, no lo hizo en diciembre, sino en verano), compuesta por un compañero poeta: hay quien quiere adelantarse a las aglomeraciones de estas fechas tan señaladas, como el Corte Inglés quiere ser siempre el primero en anunciar que ya es primavera, o cualquier otra estación. Luego me han llegado algunas más una, más bien adusta, de otro compañero en la poesía, que se limita a felicitar el nuevo año en varios idiomas, entre los cuales el italiano de su actual compañera ha sustituido al francés de su ex; otra, tan católica como la cancioncilla, pero mucho más elaborada: un soneto en el que aparecen ángeles, el pueblo de Ein Karem y el anciano Zacarías— y pronto el correo y el móvil se inundarán de deseos de paz y felicidad, muy parecidos a los que, exactamente hace un año, nos auguraban un dichoso 2020. Aquellos votos no fueron muy atinados. A ver si estos resultan un poco más certeros.

Me llegan también manuscritos de amigos y conocidos, muchos, que me piden que los lea. Necesitan una visión ajena que reafirme su confianza, consejos sobre la editorial en que podrían publicarlos, correos electrónicos o números de teléfono de otros escritores, sugerencias, correcciones, prólogos, ánimos; compañía, en suma. Escribir es una tarea esforzada, ingrata y solitaria, que uno ejecuta siempre con el temor de que lo que ha escrito sea una mierda. Y ese miedo no se desvanece siquiera con la publicación del libro. La mirada del otro es tan fundamental como la mirada del amante: aunque nos critique, nos acaricia; aunque nos enmiende, mitiga la duda; aunque cese, nos ha vivificado. Yo procuro leerlos todos con espíritu crítico, pero también con compasión. La que espero que tengan los demás conmigo.

Otra consecuencia de la Navidad son las listas, esas listas de los mejores libros del año, de los espectáculos más vistos, de los calzoncillos más vendidos. Las listas que estabulan y tranquilizan. Las listas que, al cabo de un año, cuando arriba la siguiente, parecen documentos arqueológicos, paleografía indescifrable. No obstante, cuánto complace aparecer en ellas; cuánto deseamos ese reconocimiento estadístico. En la de los cincuenta mejores libros del año de El País de hoy, el ganador ha sido Un amor, de Sara Mesa, que no he leído, pero cuyo reconocimiento me complace: la autora escribe bien y piensa bien: me cae bien. El primer poemario de la lista es Confía en la gracia, de Olvido García Valdés, en un meritorio cuarto lugar. Pero el siguiente ya no asoma hasta el puesto 33: La rama verde, de Eloy Sánchez Rosillo. (Los dos, por cierto, publicados por Tusquets). Y luego ya solo hay mujeres poetas en inglés: Anne Carson, Jorie Graham y Sylvia Plath (con un clásico, Ariel, ahora con una nueva traducción, de Jordi Doce). Y yo me pregunto, entre otras cosas: ¿solo ha habido dos libros de poesía excelentes escritos por autores españoles en 2020?

Llueve. Llueve como en Inglaterra: con paciencia, con denuedo, como si el cielo no sirviera para otra cosa, como si no pudiese haber otra cosa que lluvia. El cielo es una llanura gris, sin fisuras ni convólvulos: todo es nube. Y el agua difumina los perfiles: los edificios se reblandecen por su mano fluida; el aire se encharca; los árboles se visten de oscuras transparencias. El horizonte se funde con esta borrosidad tumultuosa y desaparece: ahora es un hueco, una intuición. Los coches que pasan, chapotean. Los pájaros no vuelan: se empapan de chaparrón entre las hojas. Un ciclamen de la terraza, resucitado por la mojadura, ha enderezado los tallos genuflexos. El ejército de las gotas ocupa el mundo y difunde un vaho plomizo, que se mete en los ojos y los tabica. La luz, melancólica, no existe. Llueve. Llueve. No deja de llover.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Dioses y mitos, valga la redundancia

En la exposición Arte y mito. Los dioses del Prado, inaugurada hace algunas semanas en el benemérito CaixaFórum de Barcelona, me recibe un busto de Homero. Es del siglo I, es decir, muy posterior a la época en la que vivió, si es que alguien llamado Homero ha vivido alguna vez. Tiene un aire sereno, el pelo rizado y los ojos vacíos. Es lógico: era ciego, según dicen. Pero enseguida recuerdo que todos los ojos de las estatuas grecolatinas están hoy vacíos, esto es, despintados. Cerca, los comisarios de la exposición han desplegado un didáctico panel con la genealogía de los dioses. La exposición muestra una selección de la pintura del Museo del Prado que trata de los mitos y dioses de la antigüedad grecolatina, así que este poblado árbol de ascendientes y descendientes ilustra razonablemente bien las laberínticas filiaciones de los habitantes del Olimpo, empezando por Zeus. Y digo "razonablemente bien" porque, a pesar de la claridad del esquema, no resulta fácil moverse entre tantos padres, hijos y estirpes. El principal responsable de este sindiós generacional (me doy cuenta de que "sindiós" resulta aquí una palabra contradictoria, pero no encuentro otra mejor) es el padre Zeus, que disparaba a todo lo que se movía (diosas, ninfas, mujeres, efebos y hasta hermanas) y cuyas relaciones se dividen entre matrimonios y "aventuras extramatrimoniales". Que se diga de un dios, qué digo de un dios, del padre dios, que ha tenido "aventuras matrimoniales" me parece un gran acierto de los comisarios. Eso sí que es compartir la naturaleza humana, no como otros, que se han hecho hombres para no tener ni un solo affaire conocido, no sonreír ni una vez y dejarse matar en una cruz. No tardo en comprobar que la mayoría de los cuadros reunidos en la exposición son aquellos por delante de los cuales paso deprisa en el Prado, o incluso que omito. Pero su reunión en torno a un tema común hace que los vea con un interés que antes no había sentido. La muestra va desde el siglo I a. C. hasta el XIX, aunque la mayor parte de las piezas datan de la primera mitad del XVII, que es cuando la monarquía española debió de dedicarse con más ahínco al mecenazgo o la compra de arte. Resulta curioso que muchísimos cuadros consten pintados entre los años 1636 y 1638, como revelan las cartelas informativas. Y también que el anuncio de la exposición en la página web de la Fundación La Caixa-CaixaForum diga que la muestra llega "hasta finales del siglo XVIII", cuando en la primera sala que visito encuentro un voluminoso óleo de Antonio María Esquivel, El nacimiento de Venus, fechado en 1842. En él, una Venus blanquísima y peinadísima (lo que no deja de ser sorprendente, teniendo en cuenta que acaba de salir de las aguas) se muestra a los hombres, rodeada de ninfas y tapándose el pecho con una mano; el sexo se lo cubre un velo transparente (que no tapa gran cosa, la verdad) agitado por el viento. Cerca, admiro una escultura de Prometeo y Atenea creando al primer hombre, proveniente de un taller romano de finales del siglo II. Curiosamente, he venido en el tren leyendo sobre la creación del primer hombre (y de la primera mujer), aunque por parte del dios cristiano, en Las barbas del profeta, el último —y divertido, como suelen ser todos los suyos— libro de Eduardo Mendoza. Veo también los primeros Rubens y Ribera de la exposición. Luego habrá más. Estos representan a Diana Cazadora y a Vulcano —tocado con una gorra roja que no puedo dejar de identificar con una barretina—, pintados por el holándés, y una cabeza de Baco, bastante siniestra, por cierto, por el español. Como en los museos y exposiciones siempre hay que aprovechar cualquier ocasión para sentarse y descansar —es una buena forma de combatir el síndrome del museo, ese dolor que te carcome, al poco de haber entrado, desde las rodillas hasta la planta de los pies—, me acomodo en un taburete para ver el vídeo de la exposición, compuesto por entrevistas sobre los mitos a diversos personajes de la cultura. Aunque es una cultura adaptada a los tiempos: entre los entrevistados, hay una joven hispanoamericana que se define como "ilustradora y creadora de contenidos para las redes sociales". No sé muy bien en qué consiste "crear contenidos para las redes sociales", ni de qué modo eso la cualifica para hablar de mitología, pero ahí está, dando, muy desenvuelta, su opinión. Entre los demás entrevistados, reconozco a los poetas Luna Miguel y Toni Clapés. Sigo luego paseando por las salas, bajo la advocación de Salustio, el filósofo romano: "Estas cosas no han pasado nunca, pero han existido siempre". La observación es certera: los mitos narran historias verdaderas, esto es, que contienen una verdad relevante para la comunidad que los ha creado, aunque no sean hechos históricos (o quizá porque no son hechos históricos). Esa verdad son valores o conceptos preciados, explicaciones de los orígenes, miedos que se desea ahuyentar o incertidumbres que se aspira a despejar, y su formulación mítica constituye una catarsis colectiva, una manera de comprender y, a la vez, de trascender. Los cuadros de Arte y mito. Los dioses del Prado acreditan esa realidad mítica, que es mucho más cierta, en el subconsciente colectivo, que la realidad real, prosaica y unidimensional. La exposición abunda en cuadros que pintan el amor y el deseo. En un Éxtasis dionisíaco, un musculoso sátiro desnudo (¿iban alguna vez vestidos?) acompaña, con aviesa intención, a una ménade que baila desenfrenadamente. El francés Michel-Ange Houasse aporta, en esta línea, dos óleos prometedores, pero decepcionantes: en La bacanal, de 1719, algunos beben, dos bailan (el hombre, tocando una pandereta) y solo se ve una teta, aunque a la supuesta orgía han concurrido muchos. En Ofrenda a Baco, de 1720, el desenfreno es mayor, pero tampoco seduce: varios personajes están tirados por el suelo, entre uvas y vides, y un niño (al que quizá sus padres han dado vino para tranquilizarlo, como aún se hacía, en años recientes, en los pueblos españoles) vomita, aunque lo que expulsa es un líquido transparente. La idealización neoclásica desvirtúa la verosimilitud de la escena. En esta sección de "Amor, deseo y pasión" no podían faltar El rapto de Prosérpina, ejemplificado por un óleo tenebrista de Pieter Brueghel el Joven, y la historia de Orfeo y Eurídice, en esta ocasión a cargo de Pieter Fris, que entregó en 1652 un cuadro lleno de monstruos alados y con un enano horrendo que toca el arpa. El rapto de Prosérpina no es el único de la exposición: lo acompañan los de Europa y de Ganímedes, ambos de Rubens. En el primero, Zeus se transforma en un toro blanco para apoderarse de la hermosa joven; en el segundo, se metamorfosea en águila para hacerse con Ganímedes, un pastor poseedor de unas nalgas privilegiadas (Rubens no solo pintaba mujeres adiposas, sino también varones rollizos). Zeus no le hacía ascos a nada y, además, como era el puto amo del Olimpo, gozaba de una capacidad metamórfica ilimitada. En Leda y el cisne, de Georg Pencz, se convierte en cisne. Y de su unión con Leda nacerá Helena, por la que se desencadenará la guerra de Troya. Entre muchas imágenes de Narciso, el enamorado de sí mismo, y Cupido, representado siempre como un niño alado, descubro un mito que desconocía, el de Céfalo y Procris, pintado por Peeter Symmons en, cómo no, 1636-1638, que constituye una censura de los celos: Procris espía a su marido Céfalo, creyéndolo infiel, y este, que es cazador y oye algo removerse entre la maleza, atraviesa a la amada y desconfiada esposa con la jabalina. Otra sección de la exposición está dedicada a los castigos infligidos a los dioses por sus comportamientos denostables (el cristianismo los llamará "pecaminosos", pero este término, por suerte, aún no procede). Dos enormes cuadros de Ribera, ambos de 1632, describen los sufrimientos de Ticio, al que un buitre o águila le devora el hígado, y de Ixión, atado con serpientes a una rueda ardiente que no deja de girar. No sé Ticio, pero Ixión era un buen pájaro, que se merecía aquel castigo y mucho más. Primero le prometió un magnífico regalo a su suegro si le permitía casarse con su hija. Pero mentía bellacamente: nunca se lo dio. Cuando el suegro se resarció del engaño quedándose con sus yeguas, Ixión lo invitó a cenar para hacerle el regalo prometido, pero, en lugar de eso, lo echó a un foso lleno de carbones ardiendo. Luego, abandonado y aborrecido por todos, le pidió perdón a Zeus, y este lo perdonó. Pero, cuando estaban celebrando la redención con el tiberio con el que los dioses solían celebrar aquellas cosas, Ixión decidió mostrar su agradecimiento a Zeus seduciendo a Hera, su mujer. A Zeus aquello no le gustó un pelo, pero, sin que se sepa por qué mostraba tanta benevolencia con el pertinaz camandulero, se limitó a desterrar a Ixión. Este, que no escarmentaba, empezó a jactarse entonces de haberse beneficiado a Hera, y ese fue la gota que colmó el vaso: Zeus lo condenó al Tártaro, donde Hermes lo ató a la rueda ardiente. El contraste entre las luces y las sombras en los dos cuadros de Ribera es extraordinario: predominan estas, muy negras, pero, precisamente por su predominio, aquellas son vivísimas. La cara del sátiro de orejas puntiagudas que hace girar la rueda del ruin pero infortunado Ixión, es espeluznante. Algunas caídas famosas demuestran también el ánimo punitivo de los dioses: la de Ícaro, de Jacob Peeter Gowy, y la de Faetón, de Jan Carel van Eyck. Ambos fueron pintados entre 1636 y 1638, y en ambos los desdichados protagonistas se precipitan al suelo desde las alturas empíreas, envueltos en túnicas rojas. Es curiosa esta costumbre de ataviar a los personajes con túnicas rojas. También visten así Ganímedes; y el Apolo que persigue a Dafne en el óleo de Theodore van Thulden; y Jasón, el del vellocino de oro, pintado por Erasmus Quellinus; y Perseo en el Perseo y Andrómeda, de Tiziano (aunque aquí redondea la vestimenta con un yelmo dorado y una espada; es natural: está luchando con un monstruo marino. Andrómeda, en cambio, va desnuda, como casi todas las mujeres perseguidas por los héroes o los dioses). Las dos últimas secciones de la exposición están dedicadas a Hércules, que se hizo célebre por sus doce trabajos, pero que para mí es famoso por aquellos peplums maravillosos que protagonizó en los años cincuenta y sesenta, y que tantas tardes de gloria, llenas de músculos y hombres con sandalias y faldita, nos dieron a los boomers en los cines de sesión continua de nuestra infancia; y a la guerra de Troya. Sobre el primero, destacan dos cuadros de Zurbarán: Hércules separa los montes Calpe y Abyla y Hércules y el Can Cerbero, ambos de 1634. El primero no forma parte de la lista de terribles empresas que le fueron encomendadas, y quizá por eso su resultado no es demasiado lucido: Zurbarán no consigue imprimir dinamismo ni fuerza a la representación, y el héroe no parece estar luchando contra la geología, sino cagando en el campo. Tampoco despierta admiración la lucha que mantiene con el perro guardián del infierno (el Can Cervecero, como lo ha llamado algún despistado, con despiste clarividente: para estar a todas horas a las puertas del averno, con el calor que tenía que hacer allí, había que contar con una buena provisión de cerveza), aunque en esta ocasión la figura de Hércules no cobra tintes escatológicos. Ambos cuadros son bastante toscos. En la sala dedicada a la guerra de Troya hay más animación que en las demás, porque una voz recita, en griego, algunos versos de la Ilíada, cuya traducción en castellano, de Agustín García Calvo, se proyecta simultáneamente en una pared. La versión, con la brillantez pero también la rareza a la que nos tenía acostumbrados el genio de Zamora, adolece, sorprendentemente, de no pocas faltas de ortografía. De la guerra de Troya podría decirse lo que Cela de la Guerra Civil española: "Se juntaron los griegos y los troyanos y tuvieron un intercambio de pareceres". Veo aquí una Venus curando a Eneas, de Merry-Joseph Blondel, en el que una nube le tapa las vergüenzas al héroe troyano y padre de los padres de Roma; El incendio de Troya, de Francisco Collantes, en el que hay muy poco fuego; y El rapto de Helena, de Juan de la Corte: un rapto más, de los muchos que se produjeron en la mitología grecolatina, aunque este con un vago aire oriental, y hasta de cómic.