domingo, 21 de agosto de 2016

Un finde en Londres (y II)

Hoy, domingo, iremos a Hampstead, un antiguo pueblo y hoy barrio de Londres al norte de la ciudad. Cogemos el 24. Tardaremos una hora en llegar, pero, desde el puente superior del double decker, tendremos buenas vistas de todo. Muy pronto se nos sientan detrás tres hispanas evangélicas y todo el trayecto que hacen con nosotros lo dedican a hablar de los salmos y los libros de la Biblia. Me intranquiliza que mencionen el del Apocalipsis, pero luego me alivia que citen el salmo XV ("¿Quién, Señor, puede habitar en tu santuario? / ¿Quién, vivir en tu santo monte?..."). También le dedican un recuerdo emocionado a su elocuente pastor. Tras el repaso testamentario, las muy pías damas bajan cloqueando y se llevan a la calle sus piídos. No es la única manifestación de la vigencia de la religión que observaremos en el 24. Al cabo de poco, al pasar junto a la catedral de Westminster, el hombre que se ha sentado al lado de Álvaro se persigna. El autobús atraviesa muy despacio el centro de Londres por la plaza de Trafalgar: el tráfico y la caterva de turistas son coagulantes. La lentitud es tal que los double deckers se van acumulando en comitiva: parecemos una gran serpiente roja que avanza penosamente por el légamo de la multitud de coches y la aglomeración de personas. En el pandemonio en el que estamos sumidos, de vez en cuando una chispa de ingenio o, paradójicamente, de humanidad nos vivifica. Distingo, por ejemplo, a un mendigo en la acera, que pide ayuda con un cartel en el que ha escrito: "Smile and just breathe in that power. Race calmer. Homeless & smiling" ("Sonríe y respira ese poder. Apresúrate despacio. Sin techo, pero risueño"). Y, en efecto, el hombre no deja de sonreír. Debe de ser durísimo hacerlo en un maremágnum tan hostil, tan indiferente, como el de este lugar de Londres, una ciudad indiferente y hostil. Los músculos risorios del hombre deben de tallar esa sonrisa a martillazos y sostenerla todo el día, con perseverancia hercúlea, para que no desaparezca o se convierta en una mueca grotesca. Algo más allá, otro cartel de una tienda para niños reza: "Don't grow up. It's a trap" ("No crezcas. Es una trampa"). Los ingleses descuellan por este ingenio ubicuo, por este ejercicio nunca desfalleciente de algo siempre a medio camino entre la publicidad y la ironía. Tras la hora de viaje prevista y la visita de un revisor que ha comprobado nuestros billetes con un lector electrónico nunca, en dos años y medio que he pasado en Londres, me había revisado nadie los billetes-, nos bajamos en Hampstead y comemos en un pub que, pese a serlo y llamarse "The White Horse", solo sirve comida libanesa (y fish & chips, la única concesión a la gastronomía autóctona). Con los estómagos reconfortados, remontamos el parque de Hampstead hasta Parliament Hill. El parque, conocido como "The Heath" ("El páramo", aunque de páramo tiene poco, lleno como está de estanques y vegetación), es uno de los más grandes y agrestes de la ciudad. Y Parliament Hill es su mayor elevación, desde la que se goza de unas vistas privilegiadas de Londres, que abarcan de Canary Wharf hasta el Parlamento. Nos detenemos ahí un momento para contemplar una ciudad tan fascinante como monstruosa. Otros también lo hacen, pero muchos más están en la hierba yacer en la hierba es la (in)actividad preferida de los ingleses en verano, rebozándose de sol o metiéndose discretamente mano. Bajamos luego la colina y paseamos por entre algunos de los veinticinco estanques del parque, en varios de los cuales se puede nadar. Uno es solo para hombres y, en efecto, solo vemos a bañistas varones. Su condición salta a la vista: vientres repujados de músculos, slips minúsculos y, en no pocos casos, turgentes de meollo y mucho aceite corporal, que algunas parejas se aplican mutuamente con meticulosidad de novios recientes. Algo más allá hay otro estanque solo para mujeres, aunque a este no podemos llegar, porque no se accede directamente, sino por un camino que veda la entrada a quien no lo sea. La separación por sexos, de origen victoriano, se da, pues, también aquí, en la capital de la democracia, y no solo en Yemen o Afganistán. Después de constatarlo, progresamos hasta Highgate, otro lucido barrio londinense, y seguimos descubriendo leyendas mordaces, aunque algunas sean intraducibles: "Alcohol and calculus don't mix. So if you drink, don't derive", y, a continuación, una derivada ("El alcohol y el cálculo son incompatibles. Así que, si bebes, no derives", lo que supone un juego de palabras entre "drive", conducir, y "derive", derivar, hacer derivadas). De Highgate volvemos al centro de la ciudad por Islington, un barrio populoso en el que ha vivido hasta hace poco el también populoso Boris Johnson, exalcalde de Londres y brexita militante pero menos agraciado que los que llevamos recorridos esta mañana. Vemos una tienda de patinetes, y solo de patinetes, y un local donde se diseñan pasteles, y solo pasteles. Pasamos al lado del estadio del Arsenal, el Barça de Londres, aunque sin su historial glorioso (el Madrid es el Chelsea, desde luego), y reconocemos a sus muchos aficionados, uniformados todos con la camiseta roja del equipo. Otra cosa que los hermana es que casi todos sostienen una pinta de cerveza en la mano. Por entre los ruidosos corros que forman, pasan a veces mujeres con niqabs, es decir, cubiertas completamente, excepto los ojos, por un capisayo negro. Como la caminata ha sido de aúpa, cogemos un metro en la siguiente parada que encontramos y volvemos a casa. Allí cenamos en el patio, un exiguo reducto de la propiedad que adornan una palmera enana y una no menos lacónica enredadera, y del que solo podemos disfrutar los meses de verano: los demás del año nos limitamos a verlo inundado por la lluvia (que está pudriendo la mesa y las sillas de madera) o inaccesible por el frío. Está encajonado entre otros patios vecinos y las paredes de los edificios circundantes, pero aun así nos gusta: supone una expansión del piso que nos alivia de su pequeñez. Es muy difícil que un propietario inglés renuncie a un jardín propio. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un propietario inglés renuncie a un jardín propio. Aunque viva en un rincón, en un ground floor o en el barrio menos afortunado de la ciudad, peleará por hacerse con un espacio individual donde sembrar césped y cuatro plantas, que cuidará con dedicación benedictina. Cenamos, y me invade la melancolía: mañana ya tengo que volver. Y así es, claro. Despunta un día soleado los días soleados son infrecuentes pero maravillosos en Londres; lamento que este haya llegado cuando me he de ir y me pongo en marcha. Cuando salimos a la calle con las maletas Álvaro me acompañará a Victoria, todo está como lo recordaba: el dueño del restaurante italiano en el que solíamos comer, al que llamábamos el mafioso no por nada, sino porque a todos los italianos gordos que se sientan a la puerta de su establecimiento, hablan en dialecto siciliano con sus compatriotas y conducen un Rolls Royce dorado, como hace este por las calles de Battersea, nos gusta creerlos mafiosos—, está a la puerta de su establecimiento, habla en dialecto siciliano con un compatriota y me saluda con una leve inclinación de cabeza (me reconoce aún, después de casi seis meses de ausencia: para él, sigo siendo un vecino); el cajero del Tesco continúa dándonos el dinero que necesitamos; y la estación de Victoria está tan atiborrada como siempre. Pero algunas cosas sí han cambiado: el Gatwick Express es nuevo, ahora de color rojo. Llego al aeropuerto sin novedad y tampoco hay novedad en el vuelo de Easyjet: tiene un retraso de una hora, y el avión, cuando montamos por fin en él, está sucísimo: con las migas que hay en el suelo de mi fila de asientos podría jugarse a las canicas. El sobrecargo se suma al jolgorio general anunciando que viaja con nosotros un pasajero con alergia a los frutos secos, y que eso impedirá que sirvan hoy productos que los contengan; también nos pide que no los consumamos. Una mujer saluda su petición con varios comentarios en voz alta, que no sé si son jocosos o groseros: "¡Eso! Y nosotros, que somos muy educados y solidarios, no comeremos frutos secos. ¡Venga! ¡Que todo el mundo se libre de sus frutos secos!". Es la misma tipa que me ha preguntado en la sala de embarque, cuando ya estábamos dentro, si el vuelo que salía de allí iba a Madrid. Le he dicho que sí (aunque, si hubiera sabido la que iba a montar luego, a lo mejor le habría dicho que iba a Tombuctú). "Es que me lío", ha precisado. Pero la cosa no acaba ahí: cuando despegamos, da otra voz, que retumba en toda la cabina del avión: "¡Ya era hora, cabrones!" (con lo que, a pesar de su ordinariez, muchos estamos de acuerdo, debo decir). Durante el vuelo, no deja de canturrear, dar palmas y soltar exabruptos sin destinatario conocido, pero que todos oímos. Y, cuando estamos aterrizando, se pone de pie para hurgar en el compartimento del equipaje lo que le merece una bronca por megafonía de una azafata, a la que ella no presta atención, porque no se sienta hasta que ha acabado de hacer lo que quiera que esté haciendo, aplaude sarcásticamente cuando ya rodamos por la pista, salta del asiento en cuanto nos paramos, arrollando a varios pasajeros, al grito, poco preciso gramaticalmente, de "¡Vamos, vamos, que es gerundio!", y remata su nada complaciente valoración del trabajo de la tripulación con un estentóreo "¡Venga, que sois más lentos que el caballo del malo!". Hombre, no ha sido Melendi, pero como pasajera tocacojones no está mal. Quizá tenga tanto miedo a volar que lo combata con este despliegue de groseros pronunciamientos, porque toda exhibición oculta en realidad una carencia; o quizá esté mal de la cabeza; o quizá, simplemente, se haya tomado demasiadas pastillas (o demasiado pocas). Pero el último incidente del viaje no lo protagoniza ella a la que veo alejarse por la terminal de Barajas arrastrando ruidosamente el trolley por las escaleras de bajada, sino un caballero con un enorme carro de equipaje, cargado hasta los topes, que me precede en una escalera mecánica de subida. Al llegar arriba, un pico del carrito se le engancha en la parte inferior del pasamanos y no puede salir, lo que nos empuja hacia atrás, a nosotros y a los que nos siguen, y amenaza con precipitarnos escaleras abajo. En realidad, la situación es ridícula: retrocedemos en una escalera de subida. El hombre, que no puede con el peso del carro, se limita a hacer aspavientos y exclamar: "¡Joder, joder, joder!". Yo, asomado ya al abismo, pienso que eso es exactamente lo que el hombre está haciendo, jodernos, y pruebo a darle un empujón al carrito, que se me ha venido encima, en confusa amalgama con el hombre. Eso basta: el trasto se desencallada y podemos salir por fin de la inexorable trampa mecánica. Me alegro de haber sido capaz de, literalmente, echar una mano.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Un finde en Londres (I)

Desde que volví a España para establecerme en Mérida, no había regresado a Londres. Pero allí siguen Ángeles y Álvaro, y, aprovechando el puente de la Asunción de la Virgen, decido hacerles una visita. Quiero verlos, como es natural, pero también me apetece cultivar la nostalgia: recorrer otra vez los lugares recorridos docenas de veces, visitar los lugares ya visitados, llenarme de nuevo del aire y del espíritu (y probablemente de la lluvia) de la ciudad. Es una forma como otra cualquiera de luchar contra el paso del tiempo: repitiendo lo ya vivido, uno se figura que vuelve a ser quien era entonces, que los meses o los años no han transcurrido desde aquellos momentos, acaso infelices o turbulentos, pero a los que la memoria dota de una pátina de complacencia. En cuanto piso Gatwick, huelo otra vez Inglaterra porque eso, los olores, son siempre lo que se impone en mi percepción y recupero, de pronto, los gestos que fueron automáticos pasar el control de pasaportes, dirigirme al Gatwick Express, leer las pantallas de información de los trenes, pero que ahora estaban enterrados por una cotidianidad distinta y que el olvido iba taladrando silenciosa e implacablemente. No distingo el paisaje, que, ya de noche, es una inmensa masa oscura agujereada por las luces de los pueblos y las estaciones a las que llegamos. En Victoria me viene a recoger Ángeles con un taxi. El taxista es nepalí. Nunca había conocido a ninguno de esta nacionalidad en los black cabs, pero no me extraña: el colectivo de los conductores de taxis londinenses debe de ser más internacional que las Naciones Unidas. Apenas llegar a casa, me derrumbo en la cama el viaje desde Mérida ha durado doce horas, con ocho conexiones: en Madrid había obras en las vías del tren y duermo de un tirón hasta bien entrada la mañana siguiente. Decidimos entonces pasear por Shoreditch, un barrio que está de moda, a pesar de sus orígines poco limpios, vinculados al sewer ditch, es decir, al canal de desagüe que lo cruzaba en la Edad Media. Tan sucio se reputaba que no es extraño que aquí se fundara, en 1576, el primer teatro de Inglaterra, en el que se representaron algunas obras de Shakespeare: en aquella época, el teatro era una actividad propia de gente fementida e inverecunda, y su ejercicio, si llegaba a tolerarse, se confinaba extramuros, donde no pudiese perturbar las buenas conciencias de los londinenses de pro. Hoy Shoreditch sigue manteniendo un aire alternativo y un poco bohemio, aunque el bestial aumento de los precios de la vivienda, acorde con la indeclinable pujanza del mercado inmobiliario en la capital británica, demuestra que los negocios y los pijos han puesto sus ojos en él. Cuando ya estamos en Kingsland Road, compro El País, que en Mérida me resulta difícil de conseguir no hay ningún quiosco cerca de donde trabajo ni de donde vivo, y compruebo que cuesta diez peniques más: el tiempo pasa, y una buena demostración es que los precios suben. En la calle miro a mi alrededor y constato la inigualable mezcolanza de tipos humanos que siempre me ha cautivado de esta ciudad: nos cruzamos con un punky de geriátrico, un sesentón con una cresta amarilla de medio metro en la cabeza y un kilo de tachuelas distribuidas por el cuerpo: parece sacado de un álbum de razas humanas de mi adolescencia; con un perro con gafas; con un número indeterminado de perroflautas (con más perros que flautas, eso sí: aquí son unos grandes amantes de los animales); con un japonés con el pelo rosa; con una inglesa con el pelo naranja (y la camiseta rosa); con otra muy delgada que camina leyendo un libro de Penguin y esquiva a los demás viandantes sin levantar la vista de la página, como un murciélago; con una pareja de hombres que se besa y restriega con pasión de dormitorio en una balaustrada de piedra; con un joven vestido de Luke Skywalker; con otro con una curda formidable, pero que hace eses con discreción, a la inglesa, sin molestar, y alcanza, no sé muy bien cómo, a meterse en un taxi; y con una gorda que apenas pueda caminar y parece que vaya a elevarse en cualquier momento como un globo de helio. Los edificios y objetos de las calles acompañan este fenomenal revoltijo: junto a pequeñas iglesias góticas se alzan rascacielos de aluminio y cristal, y en la calzada no dejan de cruzarse Rolls casi invariablemente conducidos por árabes y los vehículos más estrafalarios (si es que el Rolls no es también, ahora que lo pienso, un vehículo estrafalario), algunos de los cuales se dirían sacados de Los autos locos. El destino de nuestra deambulación es el museo Geffrye, uno de los más curiosos de una ciudad en la que abundan los museos curiosos. Conforme nos acercamos, observamos que  menudean los restaurantes vietnamitas: esta debe de ser, pues, una zona de emigración del país asiático. En Londres, como en tantas otras grandes capitales, los diferentes colectivos de inmigrantes tienden a establecerse en unos mismos barrios, o a crearlos. Es un mecanismo de defensa: los guetos los aíslan, pero también los amparan, por lo menos hasta que estén en condiciones de integrarse en el resto de la urbe y la sociedad. Estamos tentados de quedarnos a comer en uno de ellos, pero tenemos ganas de llegar al museo y, además, sabemos que las galerías londinenses suelen tener cafeterías donde se puede comer muy dignamente en un ambiente relajado. De forma que seguimos hasta el Geffrye, que ya no dista mucho de donde nos encontramos. Al llegar, nos impacta su patio, un rectángulo de césped armoniosamente flanqueado por árboles frente al edificio de 1714, oscuro pero noble, que hizo construir el alcalde, presidente de la cofradía de ferreteros y filántropo Robert Geffrye, y que fue mucho tiempo asilo de ancianos. El lugar, de hecho, aunque reconvertido en el museo que es hoy, sigue acogiendo a gente necesitada: en los bancos dormitan dos mendigos, un hombre y una mujer, una bag lady, de esas que arrastran sus míseras pertenencias en un racimo gigantesco de bolsas. El hombre, con la delicadeza que caracteriza a los pedigüeños británicos (y solo a ellos: en ningún otro lugar del mundo he visto a los indigentes limosnear con tanta urbanidad), ha escrito en un cartón: "Could you please donate some money for food and shelter at night?" ("¿Podrían, por favor, donar algún dinero para comer y cobijarme por la noche?). Pero, junto con los pordioseros, otra gente está tirada en la hierba, y estos no parecen necesitar la ayuda del prójimo: se limitan a tomar el sol, desnudos de cintura para arriba; en los parques de la ciudad, cuando hace bueno, ni hombres ni mujeres tienen empacho en hacerlo en bañador. Nada más llegar, comemos, como habíamos planeado: una sopa de tomate excelente y una original ensalada de remolacha, naranja y menta, bien regadas con una artesanal shoreditch blonde, cuyo afinado sabor a cebada me golpea con tacto el paladar; y, de postre, un trozo de pastel de zanahoria, en el que encuentro un pelo. Ese pelo amenaza la perfección de la mañana; ese pelo puede emborronar un día que se promete inmejorable. Pero no estoy dispuesto a que lo haga: con entereza de ánimo, lo aparto del bizcocho, pongo el pensamiento en otra cosa y sigo comiendo. Mientras almorzamos, vemos pasar, junto a donde estamos, un convoy del overground, el metro elevado de Londres. En la incesante amalgama de la ciudad, esta confusión de espacios trenes y museos, Rolls y perroflautas, mendigos y ociosos no chirría, ni contamina al bueno con la irradiación del malo, antes bien, resulta atractiva y hasta fascinante. El museo Geffrye, dedicado a la historia de la decoración de interiores inglesa, expone once habitaciones características de las casas británicas desde 1600 hasta 2000. Pero no son los cuartos de los ricos o poderosos, como se ven en los innumerables palacios y mansiones del país, sino los de las clases medias y urbanas: aquellas que tejieron la sociedad inglesa desde los prolegómenos de la revolución industrial hasta hoy mismo. Y, si lo pensamos bien, es lógico que haya un museo así: en los países fríos (y de carácter frío), el hogar es el reducto cálido e inevitable, el lugar donde se pasa la mayor parte de la vida (salvo la destinada al pub) y, por lo tanto, el punto más importante de la vida familiar y, durante varios siglos, también de la vida social. Las once habitaciones están acompañadas por una exposición temporal sobre el servicio doméstico, que informa sobre las tareas que los criados han realizado a lo largo de la historia y la evolución en el trato que les han dado sus amos, y que nos permite averiguar, por ejemplo, que, en el siglo XVII, la orina se utilizaba como quitamanchas de la ropa o que, en el XVIII, los domésticos todavía despiojaban a los señores; y también que, como consignó una señora en su diario, "laundry was not men's business" ("hacer la colada no era cosa de hombres"), algo que, a diferencia del uso de la orina, muchos hombres siguen sosteniendo hoy. Los manuales del servicio decimonónicos recordaban a las sirvientas que llevaran siempre los pies limpios para no ensuciar las habitaciones inmediatamente después de limpiarlas, y que anduvieran sin hacer ruido para no despertar a la familia. Y debían de ser libros muy leídos y con mucho predicamento, porque en 1851 el 10,4% de la población de Londres se dedicaba al servicio doméstico. Entre las habitaciones aparece la capilla del asilo que fue el museo, blanca, con el Credo y el Padre Nuestro inscritos en las paredes. Y, en los últimos aposentos representados, llama la atención la paulatina introducción de elementos sanitarios y de la tecnología en el hogar. Los retretes, por ejemplo, y los sistemas de desagüe de la ciudad se instalaron en la segunda mitad del XIX, cuando se acreditó la relación entre su ausencia y las epidemias de cólera que periódicamente la sacudían. También nos fijamos en una aspiradora prehistórica, un carpet sweeper compuesto por un mango de escoba y dos rodillos de funcionamiento contrario, que absorbían el polvo empujándolo el uno contra el otro y depositándolo en una cajita ad hoc. No nos vamos del Geffrey sin pasear por sus pequeños pero afamados jardines, aunque hemos de hacerlo deprisa, porque son las cinco y ya cierran. Se dividen en un huerto medicinal, que huele muy bien (aunque contiene algunas especies muy venenosas, como el acónito), y una parte recreativa, en la que, de nuevo, encontramos a gente tumbada en la hierba, donde hay grandes dominós, petancas y ajedreces para que los desocupados se entretengan. Luego enfilamos por Bishopsgate, pasando por delante de algunos magníficos edificios de art déco que conviven con pubs llamados, por ejemplo, Dirty Dicks que, aunque debe de tener algún otro significado, yo no puedo dejar de traducir como "pollas sucias" hasta la recoleta plazuela de Saint Helen, con su hermosa iglesia del siglo XII, remodelada en 1995, tras sendos atentados terroristas en 1992 y 1993. De allí, tras una larga caminata, llegamos al malecón de Saint Katherine, un embarcadero junto a la Torre de Londres, que la gran mayoría de los miles de turistas que atiborran siempre la Torre, pastoreados por sus férreos guías o embutidos en la visita que han de despachar en pocos días, no llegan a conocer nunca, aunque está a unos pocos pasos. Tomamos sendas copas de vino blanco y unas aceitunas grandes como ojos en un local regentado por un italiano y nos encaminamos por fin al muelle del Puente de la Torre, en el que cogemos uno de los transbordadores que circulan por el Támesis para llegar a Westminster. El día está declinando y las grandes construcciones en las riberas del río, o en el mismo río, como el crucero HMS Belfast, brillan con la luz del ocaso o con su propia iluminación, que se funde con el sol agonizante. Las torres del Puente de la Torre ya no son grises, sino púrpuras, y el London Eye, cuando lo alcanzamos, esplende, rojo. Pasan otros barcos, como el Silver Sturgeon, "El esturión de plata", que vuelca el blanco chillón de sus neones en la negrura espesa del Támesis. En Westminster, ya solo nos falta coger un autobús para llegar al casa. Al subir, el conductor recrimina a una pasajera negra que acaba de montarse con dos compañeras que una de ellas no ha pagado. La joven le responde que sí lo ha hecho: "What's wrong with you? Are you blind?" ("¿Qué diablos te pasa? ¿Estás ciego?"), le pregunta, muy enfadada. Y yo pienso que, si estuviera ciego, tanto ella como nosotros haríamos muy bien en bajarnos corriendo del autobús.

domingo, 14 de agosto de 2016

Los Juegos Olímpicos y olé

Hoy he sufrido por dos periodistas: los que narraban la final femenina de los 200 metros mariposa de los Juegos de Río, en la que Mireia Belmonte ha ganado la medalla de oro, la primera de la historia de la natación española de mujeres. Parecía que les fuese a dar un infarto. A los dos. Y ninguno dejaba acabar al otro: sus gritos se superponían como en una pelea de gatos o una tertulia televisiva (sobre todo alguna en la que participe Marhuenda). Reconozco que Mireia es una mujer de agradables hechuras y que su progresión en el agua, con esas magníficas brazadas que la asemejaban a una grandiosa lepidóptera, era estéticamente seductora: la mariposa es un estilo muy plástico, casi poético, y la lucha cerrada con sus más inmediatas rivales excitaba al más apático. Pero lo de estos periodistas era excesivo. Por fin, cuando la nadadora ha acabado primera la carrera, los dos se han abandonado a un ulular extático que parecía no tener fin, como el de esos locutores televisivos de Hispanoamérica que sostienen más un "¡gol!" que la Caballé un do de pecho. Dudo de que en sus vidas sexuales expresen tanto enardecimiento como en la narración que han hecho de la carrera. Yo, lo confieso, he participado de esos arrebatos deportivos, aunque nunca con el frenesí que han demostrado los enloquecidos periodistas. Y no hoy, claro: en otros tiempos, más joven y con más agujeros en la cabeza. El deporte, cuya mayor manifestación planetaria son los juegos olímpicos, es uno de los tres pilares de la vida contemporánea: el ocio; los otros son el turismo y el sexo. Rafael Sánchez Ferlosio ha escrito que el deporte de competición es odioso y reprobable, porque consume infinidad de energías —y de conciencias—, pero no aporta ningún bien a la sociedad. El contraste con otras actividades humanas es evidente: la investigación científica, por ejemplo, también supone un gran consumo de recursos, pero ese gasto se dirige a la obtención de un resultado provechoso para la mayoría fuera de la propia actividad investigadora. Es decir, el científico mira por el microscopio no para batir el récord mundial de mirar por el microscopio, sino para descubrir algo que cure el cáncer. Y lo mismo hace el escritor: no se pelea con las palabras para declararse vencedor de las palabras, sino para aportar literatura a la sociedad y que esa literatura enriquezca, informe y mejore a los lectores, o, simplemente, les permita experimentar una emoción estética. El deporte, en cambio, solo se hace por hacer deporte: las victorias, las medallas (por las que todo el mundo siente un ansia viva: recolectar medallas es un deber nacional, la justificación de nuestro ser patrio) no son sino la culminación de una labor solipsista, que no da a nadie nada que no sea la práctica (con sus beneficios económicos, eso sí, que en algunos casos pueden ser multimillonarios, pero también con el castigo del cuerpo y el deterioro de la salud) o la contemplación de esa labor. Tiene razón el maestro Ferlosio, pero olvida una importante función que sí cumple el deporte: la sublimación de la violencia social. El deporte simboliza la guerra y la vuelve inocua. Así, en lugar de enviar al proletariado a los frentes de batalla, que es lo que han hecho siempre los poderosos —delegar espicharla en la carne de cañón—, ahora lo envían a los estadios, para que se desgañiten en las gradas y no en las trincheras. Aunque a veces también mueran, porque la sublimación deportiva no alcanza a ser suficiente y excita el enfrentamiento físico: la guerra entre Honduras y El Salvador de 1969 se desató por un partido de fútbol (por eso se la llamó "La guerra del fútbol") y, aunque solo duró cuatro días, causó la muerte de 6 000 personas y heridas a otras 15 000; y los hooligans de todo el mundo (británicos originariamente, pero luego de todas las naciones incivilizadas del planeta) siembran el terror allí por donde pasan, y hasta conciertan encuentros para sacudirse entre sí. Por asumir esas pulsiones bélicas, el deporte ha incorporado la mitología nacionalista —banderas, himnos, lenguaje marcial, exaltación patriótica— a su desarrollo, y ha sustituido por ella la mitología religiosa de sus orígenes: los juegos antiguos, que se celebraron cada cuatro años durante doce siglos —desde el VIII a. C. hasta finales del IV d. C., cuando Teodosio, emperador cristiano, decidió desterrar aquellas prácticas paganas e hizo destruir los estadios helenos—, eran una manifestación del culto a Zeus, tenían lugar en el santuario del gran dios en la ciudad de Olimpia, y se acompañaban de sacrificios rituales en su honor, mientras que los actuales no son sino una traslación del espíritu de combate que, por desgracia, acompaña todavía a las comunidades humanas. Que esa traslación no basta para inhibir la violencia en el mundo, es evidente: los hombres nos seguimos matando con aplicación y deleite. Y mientras en la antigüedad, las guerras se interrumpían para que tuvieran lugar los juegos, en la era moderna es al revés: los juegos se interrumpen para que tengan lugar las guerras. Una de los muchos conflictos del siglo XX, la Guerra Civil española, frustró la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936, con la que el gobierno de la República quería protestar contra los Juegos Olímpicos de Berlín, celebrados poco antes, que habían constituido una apoteosis del racismo nazi. (Pero 200 atletas de los más de 6 000 que habían acudido a la Olimpiada Popular se quedaron en la España para luchar por la República). Casi seis décadas después, unos Juegos pudieron celebrarse, por fin, en Barcelona, y fueron, según dicen, un éxito deportivo y social, aunque también los segundos más caros de la historia, después de Londres 2012, e igualmente los segundos con una mayor desviación del presupuesto inicial, un 417%, tras Montreal 1976, con un imbatible 796%, que los canadienses han tardado treinta años en pagar. Y, sí, yo aplaudí aquellos Juegos, y me complací con las gestas de nuestros atletas y con lo mona que había quedado la ciudad. Allí estaba, todas las tardes, babeando (o bobeando) ante el televisor, sin reparar en que, en realidad, lo que hacían aquellos deportistas me importaba una higa: ni me daba dinero, ni me curaba de ninguna enfermedad, ni me hacía mejor persona, ni nada de nada. Ahora tengo claro que la colosal parafernalia del deporte, su arrasadora incorporación a la industria del espectáculo (de niño, el espacio reservado al deporte en los telediarios no superaba los cinco o diez minutos; hoy se lleva casi la mitad de su tiempo), su onanismo conceptual y su inanidad productiva, y su íntima relación con ese poso patriótico que anida en lo más legamoso de la personalidad, lo vuelven rechazable e idiota. Deberíamos buscar entre todos otra forma de sublimar la violencia. Debe de haberla. Y seguro que sale más barata y es más creativa.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Gestionar el conflicto

Así han hecho las escuelas de negocios y los coaches, esos deplorables gurús de la modernidad, que se llame lo que siempre ha sido "convivir". Pero eso no debe sorprendernos: el destino de las palabras es siempre ser sustituidas por otras, más largas, corruptas o foráneas, que digan lo mismo que decían ellas, pero de otra forma. Convivir ha sido siempre entrechocar con otros. El otro está ahí, compacto, inevitable, lacerante. Y uno no puede dejar de ser quien es. El conflicto está, pues, servido, incluso en el espacio más íntimo: con uno mismo y con aquellos a los que quiere. La convivencia de pareja es una de las más ásperas posibles, porque es diaria, porque es inmisericorde y porque se asienta en un conocimiento exhaustivo del otro: sabemos de él todo cuanto más puede herirle, y lo exprimimos sin compasión para obtener lo que queremos. No es extraño que cuando más divorcios se piden sea después de verano, tras unas merecidas vacaciones con mucha convivencia y mucho contacto. Aunque la peor convivencia es, desde luego, la que uno mantiene consigo mismo: los otros que somos a casi todos los cuales guardamos sumergidos en las honduras más lóbregas de nuestro ser, pero que no dejan de arañarnos, y a veces de ladrar nos martirizan con su sola presencia: con sus deseos insatisfechos, con sus frustraciones y sus fracasos, con sus exigencias. Y no podemos hacer con ellos lo que hacemos con los demás: perderlos de vista. Siempre están ahí, royéndonos, reclamando, malmetiendo. Quienes también están ahí son los compañeros de trabajo y los vecinos: gente a la que uno no ha escogido, pero con la que tiene que convivir ocho horas al día, si no más, o celebrar cada tanto reuniones de propietarios, una de las actividades más sórdidas que existen, y con los que la falta de lazos afectivos y las diferencias de carácter establecen sólidas relaciones de hipocresía u odios africanos. No faltan, también, los conflictos banales, pero que pueden ser mortíferos. Uno nunca sabe, por ejemplo, en qué puede acabar una discusión de tráfico. Yo he tenido una en Hoyos este fin de semana, por un quítame allá este aparcamiento, en la que, a la vez que la mantenía, me maldecía por no haber sido capaz de evitarla. Casos ha habido de enfrentamientos que han acabado en funeral. Una de las circunstancias en que el conflicto se revela más dañino es cuando uno no es consciente de que se está incubando. Pensamos, por ejemplo, que hemos sabido mantener una relación cordial con alguien y descubrimos de repente, porque ese alguien nos lo comunica (y no suele hacerlo con delicadeza), que la opinión que le merecemos es la misma que le inspiraría Heinrich Himmler. A la constatación del disgusto ajeno se suma la sensación de imbecilidad propia: el no habernos dado cuenta de que la relación estaba torcida o se había envenenado. Al conflicto llegamos, no por una divergencia, sino, paradójicamente, por una confluencia de intereses. Como dijo una vez Fraga Iribarne, aquel franquista inteligente, España y Gran Bretaña tenían muchas cosas en común: ambos querían Gibraltar. Deseamos lo mismo dinero, trabajo, dignidad, respeto, una plaza de aparcamiento y sucede que no hay para todos. En general, lo que alguien se queda, otro suele perderlo. Así pasa con las naciones, y así pasa también con las personas. La forma de enfrentarse al conflicto depende mucho de con quién se tiene. Hay gente muy desagradable, que ha hecho de ser desagradable la razón de su existencia. Con estos solo se pueden hacer dos cosas: darles una patada en la entrepierna o seguir el consejo de Tolstoi: "Pensar que también han sido niños y que algún día han de morir". Yo, más modestamente, me limito a imaginármelos cagando: acostumbra a funcionar. Hay otros, en cambio, más sibilinos, que gustan de clavar el estilete en el cuarto espacio intercostal o de involucrar en el conflicto a terceros, en general inadvertidos del papel que les han endilgado. Con estos lo más recomendable es poner tierra de por medio, siempre que la dignidad lo permita. Es imposible mantener una relación, aun de enemistad, con los más tortuosos. La enemistad también requiere franqueza. Y es muy cansado: qué alivio no tener que sospechar siempre de alguien, que velar por que no te la juegue, que guardarte las espaldas de sus acometidas silenciosas. Hasta cierto punto, sale a cuenta cierta despreocupación: uno admite la posibilidad, y asume el riesgo, de que lo joroben, a cambio de no estar en guardia siempre. Estar en guardia siempre es agotador (y suele conducir a la fístula anal o al colon irritable). Por el precio de esa faena que le hará el cabrón irreductible, uno compra mucha tranquilidad de espíritu. Pero el conflicto siempre está ahí, agazapado tanto en las menudencias como en las cosas trascendentes; y aún más en las menudencias, porque las cosas trascendentes suelen desbordarnos a todos y, por lo tanto, tendemos a dejarlas aparcadas en un rincón de la conciencia o del armario. Organizar cualquier cosa con un grupo numeroso de personas (aunque no hace falta que sea especialmente numeroso) es garantizarse un festival de desavenencias e intereses contrapuestos, si no de feroces cuchilladas. Y convivir, o coincidir, con alguien cuyo concepto de sí mismo, o cuyas expectativas de éxito o reconocimiento, estén muy por encima de la realidad, o de lo que nosotros tenemos por realidad, puede ser una tortura superior a que te arranquen las uñas con una varilla de bambú. Lo peor es, sin duda, cuando el conflicto con alguien a quien se quiere de verdad lleva a la ruptura de la relación entre ambos. Y perder un amor no es tan doloroso como perder una amistad. Todos los amores se parecen bastante entre sí, y cabe esperar que otro lo sustituya, más tarde o más temprano, con las mismas prestaciones y las mismas servidumbres. Pero cada amistad es distinta, porque no está encaminada a la satisfacción de ninguna necesidad física ni material, y los matices que nos unen con un camarada seguramente no se repitan con otro. La pérdida de un amigo es también la pérdida de uno mismo. De todo eso que nunca más volveremos a vivir, ni a sentir, como las lentejas que preparaba nuestra madre, cuando haya muerto, o la mirada de orgullo de nuestro padre, cuando, de niños, hacíamos lo que le complacía que hiciéramos. La pérdida de un amigo es la anticipación de nuestra propia muerte.

sábado, 6 de agosto de 2016

Un viaje literario por Centroeuropa

Gracias a la recomendación de un amigo estas cosas siempre funcionan por la recomendación de un amigo, acabo de participar en el Mes de las Lecturas de Autor, un ciclo de lecturas que se celebra cada verano en cinco ciudades de la República Checa, Polonia, Eslovaquia y Ucrania. Cada año hay un país invitado, y este era todavía es, porque el ciclo no ha acabado España. Así pues, los autores españoles viajan una semana, a cuenta del erario checo, a esas cinco ciudades Brno, Breslavia, Ostrava, Kosice (aquí falta un acento, como una uve pequeñita, en la ese, pero en este ordenador no sé como introducir el símbolo correspondiente) y Leópolis, hacen una lectura de su obra y luego atienden a un coloquio con el público; y, simultáneamente, también lo hacen poetas de los cuatro países anfitriones. A mí, por ejemplo, me correspondió de acompañante un poeta polaco, bajo, regordete y calvo, que viajaba con su mujer, y que no tenía ni idea de inglés, lo que hizo que mi relación con él fuese tan personal como la que habría podido tener con un cantueso. Lo primero que sorprende es la complejidad de la organización: reunir, a lo largo de un mes, a una treintena de autores de un país extranjero, más otros tantos de los cuatro países propios, y moverlos, en tren y coche, por las fronteras de Centroeuropa, de hotel en hotel, y de sala en sala, atendidos siempre por voluntarios que colaboran con la organización, y que esta se preocupa de que hablen un buen castellano (o, como mínimo, un inglés decente), es una hazaña digna de admiración. El ciclo, además, se celebra desde hace diecisiete años. No entiendo cómo los organizadores lo resisten: debe de ser agotador, y no solo por el esfuerzo físico que requiere, sino por haber de tratar con los egos inevitablemente hinchados de los escritores. De hecho, Renata, mi interlocutora checa y la coordinadora general del evento, arrastraba unas ojeras morunas cuando la conocí en Viena, y su habla dejaba traslucir también un cansancio que llevaba metido en los huesos. Pero lo cierto es que todo fue bien, salvo la pesadez de los desplazamientos: para ir de Brno, la primera parada, a Breslavia, la segunda, se necesitan dos horas y media de tren y otras tantas de coche; y de Kosice a Leópolis, casi seis de automóvil, la mayoría por carreteras ucranianas. Cuando le preguntaron a Vicente Aleixandre si la poesía daba para comer, él respondió que no daba ni para merendar. Hoy sigue siendo bastante así, aunque algo haya mejorado: ahora sirve también para hacer turismo. (Hasta hace no mucho a eso limitaba yo los beneficios prácticos de la lírica; recientemente me he visto obligado a reconocer que también tiene otras utilidades: me ha proporcionado casa en Mérida mi casera es escritora y una cuidadora para mi madre que me recomendó una poeta; y, ya puestos, no descarto que me sirva para alcanzar objetivos más sustanciosos, como un aumento de sueldo). Más allá del turismo, no obstante, no sé muy bien cuál pueda ser el provecho de que un autor completamente desconocido lea poemas en una lenguaje que le resulta extraño al puñado de personas que han tenido la amabilidad (o la excentricidad) de reunirse para escucharte. Aunque nunca se sabe: de conexiones tan livianas como esa han surgido hasta Premios Nóbel. En todo caso, a la audiencia le da la oportunidad de hacer preguntas que le reporten un conocimiento de primera mano de lo que pasa en el país del autor invitado, aunque esas preguntas no tengan nada que ver con su literatura y ni siquiera con la literatura. Por ejemplo, en Brno, esa ciudad en la que siempre he echado en falta una vocal, me encuentro con un caballero, sentado muy tieso en la primera fila, que levanta la mano en cuanto acabo de leer el último poema y pregunta con avidez en qué idiomas emite la televisión en Cataluña, y si la literatura catalana fue reprimida durante el franquismo. Luego averiguaré que ese caballero, un nacionalista moravio militante (aunque yo preferiría que fuese un nacionalista morapio, una fe que yo también practico con fervor), es conocido en todas las ciudades en las que se celebra el Mes de las Lecturas de Autor: "Ah, sí, el moravio", me decían en Breslavia, Ostrava y las demás. "¿Ya te ha preguntado por la represión de Cataluña?". En Breslavia, una de las ciudades más hermosas de Polonia un país pródigo en ciudades hermosas, me encontré con un encuentro de jóvenes católicos y con Justyna. Los jóvenes católicos, británicos, como demostraban las Union Jacks que hacían ondear en las mismas astas que la enseña blancoamarilla del Vaticano, se marcaban un bailecito kumbayá en corro en la plaza del Ayuntamiento, felices de demostrar a la concurrencia cuánto amaban a Dios y qué felices estaban de compartir aquel momento jubiloso con otros con las mismas supersticiones que ellos. Abundaban las sonrisas beatíficas y el diálogo relajado entre los acordes de hoguera de campamento de las guitarras. Yo distinguí entre las danzantes algún cuerpo privilegiado y no pude dejar de agradecer a la misericordia de Dios que nos regalara a los descreídos la contemplación de criaturas semejantes. En Breslavia cuna de Angelus Silesius, el poeta místico, autor del memorable Rimas espirituales: gnómicas y epigramáticas que conducen a la divina contemplación, después llamado El peregrino querubínico o querúbico, y Manfred von Richtoffen, el as alemán de la aviación de la Primera Guerra Mundial, cuando todavía era Breslau, capital de la Silesia germana, conocí también a Justyna, mi traductora y acompañante, con la que chupé unas cuantas y muy conversadas cervezas en el Literatka, un bareto presuntamente literario (aunque lleno de turistas) de la Plaza del Ayuntamiento. Hablamos de amor (no entre nosotros, sino con nuestras respectivas parejas), lo que no deja de ser un tema insólito de conversación entre una polaca y un español que se acaban de conocer. Pero Justyna demostró, no solo un conocimiento extraordinario del español, sino una simpatía y una inteligencia emocional que me han dejado un recuerdo imborrable de mi paso por Breslavia. Ostrava fue una parada menos espectacular que las bellísimas Brno y Breslavia, aunque tuve ocasión de conocer a las encantadoras Zuzana y Nikola, estudiantes universitarias de español, que me enseñaron la ciudad y con las que subí a la torre del ayuntamiento, su hito más destacado, y a Jan, mi presentador y traductor en la lectura, que se me antojó un remedo centroeuropeo de aquellos inteligentes conservadores británicos, como Churchill o Chesterton, que despotricaban del buenismo de las causas imbécilmente progresistas y fumaban puros; de hecho, Jan despotricaba de esas mismas causas y fumaba puros. La lectura en Ostrava tuvo lugar en un local underground deliciosamente cutre. Solo asistieron una docena de personas, la mitad de las cuales, además, se marcharon antes de que terminase. Eso es lo peor, creo yo, que le puede pasar a cualquier lector o conferenciante: que la gente se le vaya. Hay que mantener el tipo y seguir leyendo o hablando como si nada. Pero es duro constatar que lo que uno dice o hace no interesa lo suficiente al público como para que siga en los asientos. La cosa tenía al final un aire de catacumba desalojada, de reducto tenebroso de irreductibles o dormidos. Kosice es la ciudad natal de Sándor Marai, cuando era Kassa y pertenecía a Hungría. Toda Centroeuropa ha sido siempre un baile inacabable de fronteras y una sopa indiscernible de lenguas, culturas y gobiernos. Lo llamativo es que las desgracias inherentes a ese baile y esa sopa, es decir, a esas luchas de poder deportaciones, matanzas, guerras, no hayan inmunizado a sus habitantes contra las perversas solicitaciones del nacionalismo, con las que se revisten siempre. En Kosice leo en una biblioteca pública que antes fue cuartel del ejército excelente transformación, de la mano de Jozef, estudiante aún de instituto, al que veo como a un hijo, y Martina, profesora universitaria y, como casi todo el mundo en este ciclo, hablante de un perfecto castellano. Como me he quedado sin lectura he pasado muchas más horas de viaje de las planeadas, lo que ha hecho que agotara la provisión de libros que me había traído de España, me abalanzo a una tienda de Oxford Books que descubro en la calle principal Kosice es poco más que una calle principal, en cuyo centro está la catedral y compro, por 18,5 euros una pequeña fortuna aquí, un ejemplar de Viaje a España, de Karel Capek (otra palabra que lleva tilde en forma de uve en la ce), el inventor de la palabra robot, publicado por Hiperión en 1989, y que da la impresión de no haber sido tocado por nadie desde entonces. El libro incluye dibujos del propio Capek y el relato del viaje que hizo a nuestro país en 1930, plagado de los tópicos del flamenco, el andalucismo y la cultura árabe que habían difundido los viajeros románticos ingleses y franceses del XVIII y del XIX. La última escala del viaje es Leópolis, en Ucrania. Es una ciudad fascinante, encrucijada de culturas aún mayor que las otras que ya he visitado: ha sido polaca, sueca, austríaca, soviética y, por fin, ucraniana, amén de haber albergado importantes comunidades judías y armenias, y librado batallas con cosacos, tártaros, otomanos y alemanes, que pretendían ocuparla o lo hicieron brevemente. Allí conozco a Miren Agur Meabe, una excelente poeta y narradora vasca incluida en la antología Montañas en la niebla, publicada por DVD ediciones, y que me ha precedido en el ciclo. Ambos nos alojamos en un hotel austrohúngaro, el George, donde también se han hospedado personajes como Balzac, Liszt o Sartre, además de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y los soviéticos de la Nomenklatura durante el régimen comunista. Que el hotel es austrohúngaro algo que haría las delicias de Luis García Berlanga se nota en la arquitectura y la decoración del local, pero también en que carece de aire acondicionado; y las habitaciones son un asadero, a lo que contribuye que el toallero-calefactor del baño esté siempre encendido. No obstante, me gusta, como me gustan las muchísimas iglesias de la  ciudad en las que los fieles siempre cantan y besan iconos, el café de Viena, con un inconfundible aire decimonónico, el castillo sin castillo en su lugar, en la colina más alta de la ciudad, se levanta un mirador y el cementerio Lychakiv, uno de los mayores museos de escultura morturia del mundo, donde está enterrado Iván Franko, el escritor más importante que ha dado esta ciudad, y por el que Miren y yo paseamos, sobrecogidos por la petrificada violencia de los grupos escultóricos y el dramatismo de las imágenes y los cementerios como el polaco dentro del cementerio. En Leópolis (cuando aún era Lemberg, en el imperio austrohúngaro) nació otro escritor relevante, que me resulta mucho más simpático que Franko, una gloria local a la que no conozco: Leopold von Sacher-Masoch, cuyo apellido ha inspirado el término "masoquismo", por las inclinaciones autopunitivas de sus personajes. En una calle se levanta una estatua de bronce, de tamaño natural, del escritor, que luce levita, el pelo moderadamente desordenado y una expresión nada perversa, sino, por el contrario, de gran sosiego y serenidad. En el centro del pecho, acaso para que la gente tenga claro que se trata de un personaje que alberga honduras sicalípticas, un agujero permite ver, al fondo, un cristal con la imagen de una mujer desnuda. Cuando Miren y yo ya estamos en el vestíbulo del hotel para ir al aeropuerto, de regreso a España, vemos que acaba de entrar Rosa Montero, pequeña y delgada, también participante en el ciclo. Miren la saluda y Rosa, que se abalanzaba a los ascensores, se detiene para escrutarnos con la incomodidad que le produce haber de interrumpir su carrera: "Es que estoy participando en un festival literario", nos dice, para justificar su prisa. "Nosotros también", le responde atinadamente Miren. "Oh, ah", acierta a decir Rosa, que, como era de prever, no nos conoce de nada. Pero apenas va más allá: nos pregunta si volamos con Ukranian International Airlines y le decimos que sí. "A mí me da miedo", nos confiesa, algo snob (la compañía se demostrará después, en nuestro caso, pulcra y eficiente). Luego se excusa alegando que se ha puesto al camiseta del revés y que ha de ir a la habitación para ponérsela del derecho, y esprinta al ascensor. Y Miren y yo salimos del George con la melancolía de quien abandona un lugar aristocrático y muy caluroso.

lunes, 1 de agosto de 2016

Cien centavos, de César Martín Ortiz


César Martín Ortiz (Salamanca, 1958-Jaraíz de la Vera, 2010) es un perfecto desconocido para la literatura española. Y así le luce el pelo a la literatura española. No es, empero, un escritor sin obra, una figura no tan paradójica como pueda pensarse: algunos conozco yo que, con dos plaquettes publicadas y media docena de poemitas en revistas, van por la vida como si fueran la reencarnación de Rilke (y a los que los demás tratan como si realmente lo fueran, lo cual es aún más asombroso). Martín Ortiz publicó dos excelentes libros de poesía: Dedicatoria o despedida, con el que ganó el premio Leonor, de la Diputación Provincial de Soria, en 1990, y Toques de tránsito, por el que recibió un accésit del premio Esquío, en 1995; cuatro libros de relatos: Un poco de orden, premio Ciudad de Coria, en 1997, Nuestro pequeño mundo, publicado por la Editora Regional de Extremadura, en 2000, Paso de contarlo, en 2004, y este Cien centavos, ya póstumo, recientemente publicado por Baile del Sol; y, en fin, un puñado de cuentos en volúmenes colectivos, la mayoría de la Editora Regional de Extremadura. Sin embargo, su influencia y su reconocimiento en nuestras letras actuales son casi nulos. Explica esta lamentable ausencia, casi anonimato, la conjunción de algunos hechos singulares: en primer lugar, la excentricidad de Martín Ortiz, profesor de un instituto de bachillerato y residente en el valle de la Vera, en Cáceres, uno de los rincones más apartados de España; en segundo, su preferencia, a la hora de publicar, por editoriales pequeñas, periféricas, apenas visibles; en tercero, su muerte temprana e inesperada, a los 52 años, cuando se encontraba en plena madurez creadora; y en último y más importante lugar, su propia actitud vital, distanciada de lo que se ha dado en llamar la sociedad literaria, de los afanes y servidumbres de la publicación, y de los fastos cuasicircenses a que ha de entregarse cualquier autor que, con mucho o poco talento (el talento siempre ha tenido poco que ver con estas cosas), quiera descollar en la apeñuscada batahola de colegas deseosos de afirmar su parcela de suelo, su trozo de tarta o su rayo de sol. «El panorama literario actual», escribió César Martín Ortiz, «es tan espeluznante que le quitaría las ganas de publicar al propio Lope de Vega. Cuando impera la chabacanería, se impone el recogimiento y un digno silencio, como diría Juan Ramón Jiménez, quien, de vivir ahora, posiblemente tampoco querría publicar nada».

No obstante estos factores, que pueden explicar, en parte, la consolidada preterición de César Martín Ortiz en el panorama literario patrio, maravilla –y entristece– que la evidencia de su calidad, de su obra extraordinaria, no se haya impuesto en la crítica y los lectores. Si acudimos a las hemerotecas y a Internet, encontraremos un puñado de reseñas en periódicos, blogs literarios y revistas digitales sobre su figura, cuando falleció, y sobre sus libros, cuando aparecieron, sin que ni una sola –entre ellas, las que Ricardo Senabre dedicó a Nuestro pequeño mundo y Paso de contarlo en «El Cultural» de El Mundo– deje de expresar su asombro por que esos libros existan, y por que un escritor de tanta enjundia siga siendo incógnito. 

La literatura de César Martín Ortiz es extraordinaria. Su prosa lo es. Como se ha dicho de la de Julio Camba, es metálica: no envejece, sigue cortando o acorazando o volando con la misma eficacia, con la misma irreprochabilidad, con la que se creó, y es de prever que continúe así durante mucho tiempo, incluso cuando el idioma haya cambiado lo suficiente como para no reconocer a Martín Ortiz entre los contemporáneos: pese a este alejamiento, que es nuestro destino común, su prosa seguirá hermanada con la conciencia de la época y hablando a los lectores de entonces, porque no se construye con algaradas expresivas, tan rápidamente caedizas como la pasión que las suscitó, ni con fervores barrocos, que se enredan en las excrecencias retóricas de su tiempo y ahí embarrancan, pasto de historiadores y entomólogos. Martín Ortiz pertenece a una estirpe de narradores perfectos, aunque la perfección no exista: escritores cuyo estilo se revela naturalmente ajustado al lenguaje ideal de su época, al desiderátum posible del idioma, subyacente y elusivo, solo al alcance de alguien con el oído muy fino, la muñeca muy flexible, el gusto muy educado y la sensibilidad muy afilada. Es muy difícil encontrar defectos en el fluir de sus narraciones y de su prosa: son inatacables. Martín Ortiz, como Ignacio Aldecoa, Cunqueiro, González-Ruano, Pla, el mencionado Camba, Joaquín Vidal o Juan José Millás, nunca se equivoca: nunca interpone un adjetivo innecesario, nunca se lía en una descripción boba, nunca utiliza una palabra que no tenga el sentido o la pertinencia exigidos por la idea que está desarrollando o la situación que narra, nunca es excesivo o parco, nunca se abandona a la ebriedad de la metáfora, nunca puntúa mal. Uno lee lo que escribe –por ejemplo, los 82 relatos de este Cien centavos, que se extienden a lo largo de más de trescientas páginas– y se pasma de no encontrar apenas errores. Basta con leer cualquier párrafo, como este que pone fin a «Otro pueblo», el cuento más largo del conjunto, para darse cuenta de la naturalidad, la entereza y la exactitud con la que fluye su escritura: 

¿Han visto ustedes un zoológico antiguo? ¿Esos lobos o panteras que dan vueltas incesantemente a los escasos metros cuadrados de sus jaulas? La mente del hombre casado empieza a funcionar de esa forma. Privado de posibilidades dinámicas, de proyección biográfica, solo le queda girar en círculos que rememoran la época en la que aún estaba vivo, porque a un ser humano no le basta la existencia biológica para estar vivo y la detención de su biografía es tan mortal como la de su corazón. El alma se mueve como bestia enjaulada; se mueve, pero no avanza, no progresa. Confunde épocas y lugares, pasa y repasa los capítulos de su historia hasta que termina por mezclarlos todos en un mismo recuerdo indistinto y tristísimo del que sobresale lo que más se añora: un poco de soledad, oscuridad y silencio para que la vida tenga lo más bello de la muerte; y para no confundir a la una con la otra, un poco de incertidumbre.

En algún relato, Martín Ortiz hace algo muy parecido a teorizar sobre su gusto literario, o, mejor dicho, sus preferencias como escritor, y lo que dice es muy revelador de su práctica. Así sucede en «Cuaderno», donde escribe: 

Soy un novelista anómalo, un novelista al que no les gustan las novelas, o muy pocas. Intento escribir novelas poco novelescas y detesto que se me meta lo novelesco, lo amanerado, lo postizo, en una prosa que quiero libre y viva, pegada a los objetos y a las ideas, de modo que objetos e ideas estén en el lado de acá del lenguaje y no aparezcan filtrados por los colorines baratos de los lugares comunes narrativos.

César Martín Ortiz, en efecto, fue también novelista, aunque, ahora sí, inédito. De hecho, su legado incluye tres novelas que, para oprobio de las editoriales y la literatura española de hoy (y de mañana), aún no han visto la luz. Pero las afirmaciones que hace en «Cuaderno» valen también para sus relatos y hasta su poesía: escritura libre y viva, atenta a las cosas, hija del pensamiento propio, sin tópicos, banalidades ni ornamentación.

El tino del razonamiento y el desempeño creador de Martín Ortiz no excluye el desacuerdo, es más, lo exige, porque, como observó Proust, toda reflexión auténtica y veraz conduce inevitablemente a la discrepancia, cuando no al rechazo. En «Las listas», Martín Ortiz expone lo mucho que detesta las enumeraciones en poesía, y se muestra especialmente cruel con Whitman, con «su émulo más conspicuo» en nuestra lengua, «el austral Neruda», y con los «secuaces» de ambos. Su argumentación es la siguiente:

Las enumeraciones abiertas, en poesía, cumplen la función de crear una especie de zumbido de fondo, un bajo continuo de poder narcotizante en el que termina resultando verosímil cualquier disparate. [Los poemas que las utilizan] están escritos para ser leídos en voz alta, por eso tienen tanto éxito en los programas nocturnos de radio, donde son de una eficiencia infalible entre un auditorio compuesto por personas solitarias e insomnes.

Tanto disgusto, y tan sarcásticamente expresado, se entiende en un amante radical de la concisión, de la literatura pegada al terreno, prieta, equilibrada, como es Martín Ortiz, pero revela, al mismo tiempo, su limitación para comprender la dimensión hímnica, celebratoria del verso. No es verdad que estas poesías enumerativas no resistan «la lectura silenciosa y solitaria», como dice después –la resisten perfectamente, porque, entre otras cosas, no son solo enumerativas–, pero es que, además, todas las poesías deberían pasar –y resistir– la prueba de la lectura pública y en voz alta para comprobar su vigencia musical y su arraigo colectivo. Por otra parte, en «El lector empequeñecido, o el camelo de lo exótico», Martín Ortiz, con el pretexto del malestar que le ha producido la lectura de «un volumen con tres novelas cortas de un escritor latinoamericano, un tal Bolaños (sic), al que se jalea mucho en los suplementos culturales» [uno de los pocos pasajes de Cien centavos en el que encontramos algún error, de hecho, más de uno: es Bolaño, desde luego, Roberto Bolaño, y sería preferible hablar de «escritor hispanoamericano», porque ¿qué autor chileno ha escrito nunca en latín?], reivindica una concepción la literatura de la que lo exótico está excluido, entendiendo por exótico aquello que, precisamente, excluye la literatura: 

El camelo de lo exótico implica que hay temas o situaciones interesantes en sí, independientemente de la maestría o la torpeza con que se procesen, pero lo interesante está en la maestría y no en la materia prima; en caso contrario, habría un novelista en cada pirata y en cada salteador de caminos. Pero hasta las novelas de piratas las tienen que escribir los escritores.

De nuevo, el carácter selvático, inmoderado, de lo que él entiende por «exótico» se lo hace inconveniente, como lector y como escritor; y también el alejamiento de la realidad conocida que supone. Para alguien como Martín Ortiz, que hace de la realidad –de la suya, de la más inmediata y común– el centro de su atención, lo exótico es un subterfugio o una añagaza, algo remoto que, por su propia lejanía, él percibe como falso. Pero lo exótico es un recurso más, un tema más, ni el mejor ni el peor, al que cabe aplicar el cincel de la prosa y de la propia sensibilidad. Todo es apto para la literatura, siempre que la literatura haya sabido hacerlo suyo.

En los relatos de Cien centavos, César Martín Ortiz explora literariamente las revueltas y recovecos de una vida ordinaria, que roza incluso la vulgaridad –la suya, pero también la de todos–, amenazada siempre por el tedio y la muerte. Y de ese material cotidiano y mate extrae historias luminosas, que exploran y revelan, sanguinolentas a veces, compasivas siempre, las facetas del alma humana: las relaciones amorosas y familiares, la burocracia conyugal, la lucha –o la sumisión– del espíritu a trabajos sórdidos y embrutecedores, la tarea sisífica y callada del escritor, las pequeñas ocupaciones y miserias de los hombres, la inminencia opresiva de la muerte. Y, en relación con esto último, sobrecoge algún relato, como «Sobre mi muerte», en el que escribe, con premonitoria lucidez: «No está de más tener un sitio donde caerse muerto, aunque sea vecino o incluso contiguo al sitio donde Carmen se caerá muerta, presiento que muchos años después que yo». En Cien centavos hay mucho de todo: melancolía, crítica social, metaliteratura, fabulación, tono diarístico –de hecho, es libro no es sino la ficcionalización de un diario personal–, poesía (once de las piezas son en realidad poemas, intercalados entre los textos en prosa; excelente es «El profeta») y humor, en sus múltiples formas: a veces, delicada ironía; en otras ocasiones, sarcasmo, como hemos visto; y también humor corrosivo, negro. Todo ello configura una de las propuestas más inteligentes y preciosas de la literatura española contemporánea, aunque muy pocos se hayan enterado todavía.

[Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 793-794, julio agosto 2016]

jueves, 28 de julio de 2016

¿La poesía ha de ser verdad?

Contra Visconti, el quinto poemario de J. Jorge Sánchez (Barcelona, 1964), recientemente publicado por Baile del Sol, ofrece la paradoja de ser poesía que descree de la poesía, más aún, que la denigra y pretende refutarla. Esta poesía antipoética proviene de una actitud crítica –el poeta es profesor de Filosofía– que se nutre del pensamiento marxista, y cuya raíz y destinatario es una realidad pródiga en injusticias y calamidades. La introducción de Paul Cahill acota muy pronto la pretensión de J. Jorge Sánchez: “Se trata de una poesía esencialmente filosófica (…) [que] se centra en articular y presentar la verdad”. Y más adelante precisa: “Reconocer y presentar la verdad requiere una conexión con el tiempo que habita el artista, en vez de ser ‘dos desquiciados, / dos descoyuntados de / sus propios tiempos’, como lo fueron Ludwig von Bayern y Luchino Visconti”. La verdad, en efecto, es el asunto central de Contra Visconti: una verdad que, para J. Jorge Sánchez, se encuentra fuera, en “el tiempo que habita el artista”, en un mundo plagado de iniquidades; una verdad que se despinta y desaparece cuando se enreda en el artificio poético, cuando atiende a la metáfora antes que al sufrimiento, cuando es solo palabra y no realidad. El poema que da título al libro, una singular composición dividida en tres partes y una nota final, e integrada solo por haikus, constituye el ejemplo perfecto de esta aproximación exógena a la poesía. “Contra Visconti” contrapone el lujo suntuario del palacio de Herrenchiemsee y el aristocrático esteticismo de la película de Luchino Visconti, Ludwig, que refiere la vida del rey loco que lo hizo construir, Luis II de Baviera, a la realidad salvaje de su construcción. El poeta enumera los 55 candelabros con más de 5 000 velas –uno de ellos, hecho de noventa y seis piezas únicas–, un candelero de 500 kilos en el estudio del monarca, una bañera de mármol de 60 000 litros, un escritorio de un millón de euros, una mesa que emergía del suelo ya preparada, una sala de espejos de noventa y ocho metros de largo, porcelanas de Meissen, palisandro de Brasil y cristal de Bohemia, y, acabada la retahíla, dice: “Pero faltan las / tumbas de las decenas / de obreros muertos. // No se sabe ni / el número exacto / de accidentados. // Lo construyeron / durante siete años / a un ritmo febril. // (…) No hay sala que / los recuerde. Tampoco / la película”. Este es el quid de Contra Visconti: la impugnación de la belleza que no retrate –o de algún modo refleje– la terrible realidad de la historia. El arte ha de ser instrumento de la verdad y reivindicación de la justicia. No cabe brillantez que desconozca la aspereza del mundo. “Yo quiero algo propio, auténtico, sincero”, escribe J. Jorge Sánchez en “Brett Favre se retira”. Y esa autenticidad se identifica con la verdad: “Sé que no podré escribir un poema auténtico sobre Brett, mi hijo y yo, / porque no sería un verdadero tributo al ídolo”, escribe un poco más adelante. Toda truculencia es reprobable, como expone en “La arenga de Aragorn”: la emoción que despierta el discurso del personaje de El señor de los anillos es solo fruto de una operación fraudulenta, aunque eficaz, que nos evita reparar en el hecho de que “la edad del Hombre tal vez esté presta para su consumación, / aunque no aúllen los lobos y los escudos no hayan sido todavía quebrados. // Pronto lo será”.

Las opciones formales por las que se decanta J. Jorge Sánchez son coherentes con su visión estética. El hecho de que, en la primera parte del libro, que ostenta el elocuente título de “Imposturas”, subvierta la naturaleza instantánea del haiku, su condición de fogonazo revelador, y lo vuelva mero eslabón de un relato, construido con informaciones y juicios, denota su voluntad de impugnar las convenciones expresivas y someterlas a las necesidades de la narración. La suya es una poética de la vulneración, pero no para indagar en los estratos últimos del lenguaje, como ha querido la vanguardia histórica y sigue queriendo la neovanguardia, sino para despojarlo de cualquier embellecimiento, de cualquier falacia o camuflaje retórico, por resplandeciente que sea: J. Jorge Sánchez quiere romper las expectativas del discurso para arrastrar al lector a una inmersión diferente en el texto; una inmersión que lo enfrente a la realidad desnuda, y a menudo doliente, de los hechos. Por eso mantiene también en todo el poemario un tono deliberadamente prosaico y coloquial, sin concesiones a la imaginería ni al fasto verbal, salvo ocasionales retruécanos o juegos de palabras, que no hacen, en realidad, sino ironizar sobre la perversa flexibilidad del lenguaje, que permite omitir las crueldades del qué mediante los esplendores del cómo. Los temas elegidos como cauce para alcanzar su propósito tampoco tienen nada que ver con los grandes asuntos de la poesía: J. Jorge Sánchez prefiere las provocativas superficialidades de la cultura popular contemporánea, desde los deportes (el fútbol americano, que le sirve para reflexionar, una vez más, sobre la poesía; el baloncesto) hasta los medios de comunicación (la televisión, el cine, Facebook), pasando por la publicidad y el cómic. La iconoclasia de Contra Visconti acaba en un alegato contra la poesía, como revela “Diminuta intifada en un fragmento de The Dyer’s Hand de W. H. Auden”, un título muy largo para un poema muy breve: “La poesía podría ser, también, una forma de magia cuya finalidad última fuera ilusionar e intoxicar sirviéndose, a menudo, de la mentira”, y como desarrolla, esta vez discursivamente, “Las armas cargadas siempre son peligrosas, sean un kaláshnikov o un poema, estén cargadas de balas o de futuro”, en el que J. Jorge Sánchez lanza una diatriba contra la poeta nicaragüense Gioconda Belli y su poema “Los portadores de sueños”, por dar alas poéticas a las catastróficas utopías contemporáneas y sus crímenes asociados. J. Jorge Sánchez no olvida recordarnos que Mao, el mayor asesino de la historia, y Radovan Karadzic, un genocida menor, pero más cercano, más familiar, escribieron poesía; y que en El señor de los anillos, esa obra capital de la mitología contemporánea, laten las resonancias nazis del Sein und Zeit heideggeriano. 

La propuesta de J. Jorge Sánchez es incitante y persuasiva, y, además de en los poemas de Contra Visconti, se expone, muy razonadamente, en “El velo de Maya y el ocaso de la poesía”, el epílogo que ha sumado al volumen. Hablaría bien de la cultura española actual que Contra Visconti despertara el debate sobre las ideas de J. Jorge Sánchez, que no solo atañen a su visión del arte, sino también a su estatuto ontológico, su función comunitaria y su vigencia social, aunque, conociendo la cultura española como la conocemos, mucho me sorprendería que suscitara alguna reacción. Por mi parte, convengo en que el arte ha de ser verdad, pero discrepo de que esa verdad tenga que ser exterior. Puede serlo: en nada perjudica al poema que hable del lujo o los obreros muertos en la construcción del palacio de Luis II, pero tampoco le beneficia en nada necesariamente. De qué hable el poema es irrelevante: lo importante es que sea un poema. La única verdad a la que ha de atender el poema es a la suya propia: a su realidad estética, a la emoción que sea capaz de conferirnos por medio de su palabra, al engrandecimiento sensible e intelectual que promueva: a su verdad interior. Si esa verdad nos vuelve más conscientes del sufrimiento del ser humano, o de la injusticias del capitalismo –muchas y muy feroces–, o de las intolerables desigualdades que aquejan a la sociedad, asimismo innumerables, bien está. Pero su propósito no se encuentra más allá de sí misma, como el de La Gioconda no era el de informar sobre el estatus de la burguesía florentina del s. XV, ni el de En busca del tiempo perdido, describir las clases sociales de Francia a principios del s. XX, aunque lo haga, y más eficazmente, por cierto, que cualquier tratado sociológico. J. Jorge Sánchez ha escrito en Contra Visconti espléndidos poemas, aunque descrea de la poesía. Lo son porque existen como poemas, con independencia de sus inquietudes políticas o filosóficas. Esa es la única verdad a la que atenernos.

(Publicado en Turia, nº 119, junio-octubre 2016)