martes, 25 de abril de 2017

El Premio de Poesía Meléndez Valdés

Nos han convocado hoy en el Hotel Bodega El Moral, en la carretera de Los Santos de Maimona a Hinojosa del Valle, para fallar el I Premio de Poesía Juan Meléndez Valdés, convocado por el Ayuntamiento de Ribera del Fresno. Hasta allí me lleva Melitón, uno de los estupendos chóferes de la Secretaría de Cultura, lo cual me asombra y hasta me conmueve, porque, si hubiera tenido que llegar yo por mis propios medios, aún estaría dando vueltas por Tierra de Barros. El Moral es un antiguo cortijo rehabilitado en alojamiento rural, cuyas habitaciones se disponen en un patio rectangular, alrededor de una fuente. Lo rodea un paisaje roturado de viñedos, pulcramente geométrico. No hay aquí ni una pizca de naturaleza abandonada a su propio y desmesurado crecer, sino un trabajo minucioso de poda y alineación que se me antoja muy adecuado para conmemorar, como haremos esta tarde, la poesía igualmente refinada y metódica de Juan Meléndez Valdés. Preside el jurado Álvaro Valverde, poeta y amigo. Sus vocales somos los también poetas Juan Ramón Santos, presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, Olvido García Valdés, que ha sido la primera en llegar a El Moral, Irene Sánchez Carrón, que, por el contrario, llega después de comer, y yo mismo; Elisa Moriano, en representación de la Diputación Provincial de Badajoz; y Piedad Rodríguez, alcaldesa de Ribera del Fresno, que trasladará el voto de sus conciudadanos, que anoche eligieron su libro favorito. Actúa como secretario, con voz pero sin voto, José María Lama, que ha diseñado el premio y coordina su desarrollo. Debemos fallar entre seis candidatos finalistas, elegidos por un prejurado compuesto por siete destacados críticos, cuatro de ellos extremeños: Nuria Azancot, Javier Rodríguez Marcos, Jaime Siles, Álex Chico, Miguel Ángel Lama, Enrique García Fuentes y Francisco Javier Irazoki. Confieso que, en un primer momento, me planteó alguna prevención un premio que, por su compleja estructura y amplia composición, parecía dudar de sí mismo, como si no creyera en la capacidad de un jurado reducido y fuerte para tomar la mejor decisión, y así se lo transmití al propio José María Lama. Ahora debo reconocer que el funcionamiento del galardón ha sido óptimo, y la decisión final, justa y, desde mi punto de vista, inmejorable. Pese al buen funcionamiento del premio, quedan algunos asuntos por pulir. Por ejemplo, la paridad entre hombres y mujeres que presenta el jurado (aunque no el prejurado, donde predominan los varones) no se ha trasladado al conjunto de finalistas, todos los cuales son hombres. No tengo por qué pensar que haya otra razón para ello que el hecho de que los prejurados, aplicando su libre juicio y un criterio estrictamente literario, han decidido que los seis mejores candidatos eran los que han elegido. Al fin y al cabo, hace algunos meses fui jurado de otro premio, el Dulce Chacón, cuyos cuatro finalistas eran mujeres (asimismo elegidas por un prejurado en el que predominaban los hombres), sin que nadie se sorprendiera por ello. Sin embargo, quizá no fuera irrazonable disponer algún requisito en las bases del Meléndez Valdés que garantizara la presencia femenina en la selección final. Y no solo porque así lo demanda un elemental principio de igualdad, sino porque habría complacido a Juan Meléndez Valdés, que lo reclamaba también para la sociedad de su tiempo. Tras la comida que, por desgracia, no está a la altura del emplazamiento ni de la categoría del hotel: la carne, en particular, falla estrepitosamente, deliberamos. El intríngulis de las deliberaciones de los jurados literarios da para muchos relatos (algunos, de terror). Todo depende, claro, de la personalidad de quienes los compongan, y se sabe de algunos debates que han sido poco menos que asaltos de ultimate fighting (otros, en cambio, parecen una apacible reunión de la famiglia). El nuestro discurre por los cauces de la moderación. De hecho, la discusión apenas muestra aristas y no se prolonga en exceso, aunque la decisión no sea unánime. No puede serlo: el libro mayoritariamente votado por los vecinos de Ribera del Fresno no es el preferido del jurado, y Piedad, la alcaldesa, debe atenerse a lo decidido por el pueblo. Tomada la resolución, nos entregamos al asueto, si es que lo que llevamos ya hecho no lo es. El ayuntamiento ha previsto una visita guiada por el pueblo, que iniciamos en la Plaza de España, de la mano de Carmen, una encantadora guía local (que nos confiesa, al principio del paseo, que su sueño es dedicarse plenamente a este trabajo), junto al monumento a Meléndez Valdés, un enorme busto en bronce de Luis Martínez Giraldo (que los vecinos, me desliza alguien, conocen por el cabezón; el busto, digo, no Martínez Giraldo). Carmen nos informa de los datos principales de la vida y obra del poeta, aquel autor al que, en el colegio (donde, asombrosamente, aún se estudiaba en mis años de bachillerato) y en la Facultad de Filología, se le asignaba automáticamente el calificativo de "anacreóntico". Meléndez Valdés era anacreóntico como Tristán Tzara era dadaísta o los incendios, pavorosos. Quedaba la duda de si alguno sabía lo que significaba "anacreóntico" (o "dadaísta"), pero no importaba: el adjetivo lo hacía esdrújulo y enigmático, como debía ser un escritor del Setecientos. En cualquier caso, y a pesar de sus éxitos literarios e intelectuales, Meléndez Valdés no tuvo una vida fácil. Quedó huérfano de madre a los siete años y de padre, a los 20; y Esteban, su hermano mayor y guía personal, murió cuando Juan apenas había cumplido 23. Poco después se casó con María Andrea de Coca, una mujer que Carmen, nuestra guía, define diplomáticamente como "una mujer de carácter fuerte", lo que, en realidad, quiere decir que era una arpía de mucho cuidado, que hizo de su vida un infierno. Cuando Napoleón invade España, el ilustrado Meléndez Valdés apoya a José Bonaparte al que llegó a componer una oda y entra en la, para muchos, oprobiosa categoría de afrancesado, que aún hoy, y para nuestra vergüenza, lo continúa persiguiendo. Sus deseos de que el ocupante francés ayudara a instaurar en España un régimen liberal y benéfico, del que estuvieran ausentes la incultura, el fanatismo y la Inquisición, formas todas de la misma miseria, se vieron frustrados pronto: sus compatriotas no tardaron en echar del país, a golpes de faca y trabucazos, a Pepe Botella, y con él se marchó Meléndez Valdés, que peregrinó por varias ciudades del sur de Francia hasta que, tras empeorar su salud y caer en la depresión, murió en Montpellier en 1817. Meléndez Valdés, que fue un fino jurista, además de un exquisito poeta, representa lo mejor de una España tenebrosa, y su literatura encarna algunos de los valores que merecen ser reivindicados en la literatura y la España de hoy: delicadeza, libídine, humanidad, empaque civil y reciedumbre ética. En su casa natal, una placa en la fachada lo define como sigue: "Del patrio foro fúlgida lumbrera, / orgullo de las musas y ornamento, / justo es que en alas de su amor Rivera / te consagre este noble monumento". Ah, ya no se escriben dedicatorias así. Seguimos nuestro paseo por Ribera del Fresno, guiados por la siempre sonriente aunque cada vez más apresurada, porque el tiempo apremia Carmen. Admiramos las fachadas de algunas de las hermosas casas solariegas del pueblo, de aire andaluz, y entramos en la de Vargas-Zúñiga, sede la Casa de Cultura del Ayuntamiento. Llegamos hasta el amplio patio trasero, con un pozo en el centro, y descubrimos a un gatazo blanco en una de las salas, que nos mira con ojos desconfiados. Dedicamos un rato también a la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, la única de Extremadura con torres gemelas. En su interior se conserva, amén de un retablo barroco de fines del s. XVII, del maestro Alonso Rodríguez Lucas, el púlpito de piedra que, cuenta la leyenda, entregó Isabel la Católica a Ribera del Fresno por haberse llevado el fresno de la ribera ("¡qué fresna!", exclama José María Lama al enterarse), y la pila bautismal en la que se bautizó a Meléndez Valdés. Por fin, volvemos a la Casa de Cultura, en una de cuyas salas se va a dar a conocer el fallo del premio. Antes, José María Lama lee "Prosperidad aparente de los malos", la oda XVIII de Meléndez Valdés, y los cinco miembros poetas del jurado, composiciones propias que tratan del libro, la lectura y la literatura: el Día del Libro está cerca y todos queremos celebrarlo. (Yo leo un poema sobre Cioran, de Insumisión, con el habitual apuro: es largo, y siempre temo aburrir al público). El libro premiado es No estábamos allí, de Jordi Doce, publicado por Pre-Textos, que, por cierto, yo reseñé en este blog en diciembre de 2016 (http://eduardomoga1.blogspot.com.es/2016/12/no-estabamos-alli.html). Siguiendo la costumbre, que se está generalizando, de comunicar públicamente el premio al premiado, el presidente del jurado lo llama al móvil, y Jordi confiesa estar en una librería de El Escorial, aturdido, como es natural, y alegre por la noticia. Álvaro le pide que lea un poema suyo a todos los que lo escuchamos, y él recita, entrecortadamente, uno de memoria. Esas vacilaciones nos transmiten su emoción y hacen más hermosa todavía la lectura. La poesía, aun mediatizada por un teléfono y el ruido ambiental, es eso: temblor, pálpito, insurgencia. El Ayuntamiento recompensa aún más nuestro trabajo con un busto en escayola de Meléndez Valdés (aunque de tamaño, por fortuna, mucho más reducido que el de la Plaza de España), obra de Carmen Goga, modelado a partir de la única imagen que conservamos del poeta, el óleo de Goya de 1797, hoy en la Biblioteca Nacional, y acompañado por un certificado de la artista que acredita su autenticidad. Luego ya solo nos queda cenar. De hecho, y acaso para compensar la flojera del almuerzo, aquí no dejan de traernos fuentes de comida, como si la cocina del establecimiento fuera una enorme y neoclásica cornucopia. Sobran tantas croquetas que me atrevo a pedir que me las metan en una fiambrera para llevárnoslas a casa. Aunque antes le pido permiso a Piedad: técnicamente, son propiedad del Ayuntamiento. Ella me lo concede, con la misma rectitud y generosidad con la que ha actuado hasta ahora.

jueves, 20 de abril de 2017

Picasso, Santa María del Mar y la Guerra de Sucesión

No recuerdo de dónde saqué la información, pero ya antes de volver a Barcelona estos días de Semana Santa sabía que quería ver la exposición sobre los retratos de Picasso en el museo dedicado al pintor en la ciudad. Nos acercamos, pues, hoy al palacio de Berenguer de Aguilar, en la calle de Montcada, sede de la pinacoteca, para visitarla. En la calle Princesa, reparo en una antigua tienda de magia, que supongo frecuentaba Joan Brossa, un gran amante de la prestidigitación. Imagino, también, que ya me había fijado en ella en otras ocasiones, pero hacía tanto tiempo que no pasaba por aquí, que se me ha olvidado casi todo lo relativo a este barrio. Junto al veterano establecimiento mágico, veo otro que se anuncia como una enfermedad: Barcelonitis, pero no me paro a comprobar qué se puede comprar en él, si camisetas del Barça o sombreros mexicanos. Estas nuevas apariciones revelan una ciudad en permanente cambio: igual que todas las células de una persona se renuevan cada siete años, sin que deje de ser quien es, la urbe parece también transformarse sin cesar, aunque sigamos reconociéndola. No obstante, la distancia entre lo que recordamos de ella y lo que hoy parece, es también una distancia existencial: de nosotros mismos; de quienes fuimos cuando estas calles eran otras. Antes de llegar al museo, tomamos un pincho y una cerveza en una taberna vasca. En otro tiempo, solo habían aquí figones mugrientos, que olían a ceniza, fritanga y zotal, y los pies de cuyas barras estaban alfombrados de servilletas de papel sucias y arrugadas, conchas de mejillones y cabezas chupadas de gambas, pero que se nos antojaban deliciosos. Y, si alguno era vasco, lo sabíamos no porque lo anunciase a todo color y en varios idiomas, sino porque lo regentaba un señor con bigote y chapela, de Portugalete, que te servía el pacharán salpicándote el mostrador y los pantalones. Hoy abunda esta cocina higiénica y cosmopolita que me da más grima que aquellas encantadoras cutreces setenteras. Mientras damos cuenta del tentempié, vemos por la televisión, ineluctablemente encendida (como antaño: hay costumbres que no cambian), un programa británico de viajes en tren que también seguíamos en Londres, presentado por el Carlos Sobera inglés, el rubicundo Chris Tarrant. Llegamos, por fin, con ilusión al Museo Picasso, pero la ilusión se desvanece de golpe cuando vemos la cola que hay para entrar y, lo que es peor, lo despacio que avanza. Es una cola soviética, más aún, londinense, y nos consuela poco que un grupo de músicos callejeros amenice la espera con violines y clarinetes. La puntilla nos la da el precio de las entradas: 14 euros por cabeza. Decidimos marcharnos: aunque estemos haciendo turismo, no nos apetece sentirnos turistas en nuestra propia ciudad. Nos dirigimos entonces, decepcionados pero resueltos a convertir aquel fracaso en una agradable aventura, a la cercana Santa María del Mar, la iglesia más bonita de Barcelona, que se llama así porque atendía, en la Edad Media, a los trabajadores de estos barrios marineros, y que algunos escribidores astutos han hecho hoy centro de un gran negocio literario. Aquí no hay que pagar entrada (a diferencia de la catedral, donde todo visitante entrega su óbolo al Moloch del turismo), así que ingresamos con gusto en el recinto, cuya altura y sobriedad arquitectónica deslumbran: las dos naves laterales, de 26,5 m son casi tan altas como la central, de 32,3 m. Se empezó a construir en 1329 y se concluyó en poco más de 50 años, una rapidez vertiginosa para la época (y aun para la nuestra: la Sagrada Familia lleva en construcción 135 años, y lo que te rondaré, morena), lo cual facilitó una insólita coherencia de estilo, un gótico puro. En 1525 pedía limosna en ella San Ignacio de Loyola, aquel vasco, inventor del jesuitismo, que vivió en una cueva en Cataluña, como el señor de Portugalete que servía pacharán en una cueva de Princesa. Una escultura moderna, y más bien fea, recuerda, en el interior del templo, aquella santa mendicidad, que algunos consideramos mendacidad. La iglesia, como todas las seos tan provectas, ha soportado múltiples embates a lo largo de la hisoria: terremotos, bombardeos (en los que Barcelona ha sido pródiga) e incendios, el último de los cuales se produjo en 1936, por cortesía de anarquistas y comunistas. A la una, un señor con acento ecuatoriano echa poliglósicamente a todos los visitantes: en castellano, catalán (macarrónico) e inglés (más macarrónico todavía). Volvemos entonces a unas calles abarrotadas de guiris y domingueros. ¿Habrá entre ellos algún barcelonés? En el laberinto de callejas adyacentes a las vías principales, la calle Argenteria o el paseo del Born, en cambio, la tranquilidad es absoluta. Solo vemos inmuebles viejos, en los que antes se alojaban inmigrantes, pescadores y putas, pero que ahora están ocupados por tiendas pijas de ropa, de zapatos, de cerámica, baretos caros y boutiques. Aunque no sé cómo sobreviven: casi todas están vacías, y apenas hay paseantes. Nuestros pasos resuenan en las calles estrechas, y el viento no alcanza a agitar las esteladas que cuelgan de los balcones, junto con alguna bandera de las Filipinas o Marruecos: es el pasado del barrio, que no llega a desaparecer. Pasamos por delante de la casa en la que nació, en 1824, Francesc Pi i Margall, aquel presidente de la I República Española en el cajón de cuyo escritorio se encontraron, cuando dimitió, las dietas que le correspondían como jefe del Estado para cenar: le había parecido oprobioso gastar en comida el dinero de los contribuyentes y allí lo había dejado, sin decírselo ni a los ujieres. Un comportamiento, como puede verse, idéntico al que observan hoy nuestros servidores públicos. Entramos después en "La Chinata", una tienda de aceites extremeños ¡de la Sierra de Gata!, donde los productos con los que nos hacemos en Hoyos a precios muy razonables se ofrecen como artículos exóticos o de lujo. En un balcón de la fachada de un edificio cercano, veo la figura, en cartón o poliuretano, de un enorme ciervo blanco; y, en otra galería, un poco más arriba, un cacto asimismo gigantesco. Me pregunto quién saldrá a esa terraza a relajarse. Nuestros pasos nos llevan por fin al antiguo mercado del Born, ahora reconvertido en museo. Durante medio siglo, de 1921 a 1971, fue eso, un mercado de abastos. Luego los munícipes tardofranquistas, clarividentes como siempre, se plantearon demolerlo, pero, ya iniciada la democracia, las protestas vecinales impidieron el derribo. El Born (que yo, en mi adolescencia, llamaba Borne) vivió en un limbo urbano muchos años, hasta que se decidió destinarlo a biblioteca. Pero, al empezar las obras en el subsuelo, se descubrió una parte magníficamente conservada de la ciudad existente al acabar la Guerra de Sucesión (aunque castigada por el conflicto y luego derruida para construir la cercana Ciudadela, el imponente fortín que velaba por que Barcelona no volviese a levantarse contra los Borbones: erigirlo supuso la destrucción de más de 1 000 casas, el 17% de la superficie edificada de la ciudad) y se optó entonces por trasladar la biblioteca a otro lugar y preservar y acondicionar el yacimiento. No se nos escapa que tras esta decisión alienta una voluntad política: la de subrayar el relato histórico más afín al nacionalismo actual, uno de cuyos capítulos axiales es el de la resistencia de Cataluña a Felipe V, en defensa de sus derechos y libertades. Los libros que iban a ir allí, pues, se mandaron a otro sitio (ignoro cuál) y a la entrada del mercado, hoy museo, se izó una enorme senyera (no tan grande, empero, como la bandera española que ondea en la plaza de Colón de Madrid, que es, a su vez, mucho más pequeña que la tricolor que flamea en la plaza del Zócalo de Ciudad de México: en esto de las banderas, sin duda, el tamaño importa). Recorremos despacio el yacimiento, único en Europa por sus dimensiones y su estado de conservación, bien iluminado y acompañado por una excelente información. Se reconoce perfectamente la planta de los edificios, el diseño de las calles y los numerosos pozos, riegos y acequias entre ellas, el medieval Rec Comtal que salpicaban, y nunca mejor dicho, el barrio. Se conoce que Barcelona era, a principios del S. XVII, una urbe ajardinada y lacustre, que la Guerra deshizo. Los paneles informativos dan amplia cuenta, entre otras cosas, de la batalla de Barcelona, en 1714, y de alguno de sus antecedentes más determinantes. Por ejemplo, el abandono de los catalanes a su suerte por parte de la monarquía inglesa, que se había comprometido a defenderlos, con armas y soldados, por el Tratado de Génova de 1705, aunque no sé yo si un pacto firmado, en nombre de la reina Ana de Inglaterra, por un comerciante de aguardiente, un tal Mitford Crowe, podía inspirar demasiada confianza a nadie. En cualquier caso, los ingleses, que habían dado su apoyo a la causa austracista por la sola razón de oponerse a sus archienemigos de entonces, Francia y España, desistieron del empeño cuando vieron que en la Península pintaban bastos y que sus enemigos acabarían zurrándoles la badana. En lugar de honrar sus compromisos, como Groucho Marx, establecieron otros, esta vez mediante el Tratado de Utrecht, que les permitió hacerse con Gibraltar y Menorca, una ganancia notable, comparada con la que les esperaba en los secarrales aragoneses y las callejuelas de Barcelona. Como diría muchos años después el preclaro Lord Palmerston, primer ministro del Gobierno de Su Majestad, Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes: Inglaterra solo tiene intereses permanentes. Y, en fin, allí se quedaron los barceloneses, tras los muros de la ciudad, decididos a continuar la lucha, pero sin más apoyo ni tropas que las que pudieron reunir entre sus propios vecinos y refugiados: 5 000 defensores, que resistieron catorce meses el asedio de 40 000 sitiadores. El 11 de septiembre de 1714 fue la jornada final: la artillería del duque de Berwick abrió siete grandes brechas en la muy castigada muralla de Barcelona, por las que irrumpieron las tropas franco-castellanas. La resistencia era ya desesperada. En un último esfuerzo, el general Antonio de Villarroel reunió a los pocos escuadrones catalanes de caballería organizados que quedaban y cargó contra los atacantes que avanzaban desde el convento de Santa Clara y que se habían atrincherado en el Rec Comtal, aunque lo superaban ocho veces en número. La carga fue desbaratada por intensas descargas de fusilería, y el propio Villarroel cayó malherido. Aquella maniobra, trágicamente equiparable a otras cargas legendarias e igualmente malhadadas, como la de Pickett y sus 5 000 virginianos en Gettysburg o la de la Brigada Ligera contra los cañones rusos en Balaclava, aunque mucho menos conocida, supuso, de  hecho, el fin de la defensa de Barcelona. Berwick dio un plazo de reflexión para que la ciudad se rindiera; de otro modo, anunció con escalofriante frialdad, "se pasaría a todos a cuchillo". La capitulación se firmó el 12 de septiembre. Salimos del mercado/museo del Born/Borne y nos vamos a comer. La caminata y la rememoración histórica, aunque sangrienta, nos han abierto el apetito. El día sigue luminoso y las calles, bulliciosas. Nos cosquillea esta inversión: que vivamos la ciudad en la que hemos vivido tantos años como si la hubiéramos descubierto hoy. Igual que cualquiera de estos turistas que zampan paella o mejillones a dos carrillos (pero sin tirar las servilletas al suelo) en cualquiera de los muchos restaurantes por los que pasamos.

sábado, 15 de abril de 2017

Selected Poems: una antología en Inglaterra

Así se titula el libro que acabo de publicar en Inglaterra: Selected Poems. Es una antología de todos mis poemarios, que aparece en Shearsman, la única editorial británica, que yo sepa, que presta atención a la literatura en español, tanto española como hispanoamericana, y eso porque su editor, Tony Frazer, vivió cuatro años en el Perú y le cogió gusto a la poesía en nuestro idioma. En su catálogo encontramos, en feliz amalgama, títulos de Gustavo Adolfo Bécquer, María Baranda, Antonio Cisneros, Elsa Cross, Pablo de Rokha, Luisa Futoransky, Fernando de Herrera, José Kozer, Pura López-Colomé, Antonio Machado, Víctor Manuel Mendiola, Eduardo Milán, Aníbal Núñez, Claudio Rodríguez y Andrés Sánchez Robayna, entre otros, además de varias antologías de poesía española clásica y contemporánea. También abundan los autores gallegos, como Rosalía de Castro, Chus Pato y María do Cebreiro. Muchas de estas traducciones tienen un denominador común: Luis Ingelmo, el escritor palentino que lleva años proporcionando a Shearsman nombres y libros dignos de conocerse en el Reino Unido, que el mismo traduce, en solitario o en colaboración, a veces con el propio Frazer. Luis fue quien le recomendó, hace cuatro años, poco después de que me instalara en Londres, la publicación de esta antología, aunque las cosas poéticas, como las de palacio, van despacio, y ha sido necesario todo este tiempo para que su iniciativa diera fruto. En estos Selected Poems figura como editor, lo que por derecho es: no solo le pertenece la idea, sino que también es suya la selección de los poemas y la nota crítica de la contracubierta. Ambos, Tony Frazer y Luis Ingelmo, se merecen un homenaje, o que les pongan sus nombres a sendas calles, o, mejor, que les erijan una estatua: mucho más, desde luego, que los responsables del Instituto Cervantes en Londres, a los que no se les conoce ninguna iniciativa de promoción y difusión de la poesía española en la Gran Bretaña equiparable a esta; de hecho, ni equiparable a esta ni nada: sencillamente, no se les conoce ninguna iniciativa de promoción y difusión de la poesía española en la Gran Bretaña. Otra pieza capital para que el libro haya visto la luz ha sido Terence Dooley, al que conocí en un translation slam en 2013, y que ha vertido los poemas, con una diligencia admirable, a un inglés fluido y riquísimo, que no se arredra ante las dificultades (y acaso incoherencias) del original. Y, como un enriquecimiento más proporcionado por la literatura (para que luego digan que no sirve para nada), Terence se ha convertido en un buen amigo, uno de los pocos que conservo tras mi paso por aquellas tierras. También Frazer lo es, aunque lo haya visto poco: recuerdo un encuentro ajetreado en Londres: acabamos chupando cerveza en una terraza de Somerset House, tras escapar de una multitudinaria manifestación en la plaza de Trafalgar, donde nos habíamos citado, que defendía alguna de las miles de causas que defienden siempre los británicos en las calles (ahora andan pidiendo un segundo referéndum sobre el bréxit, pero lo tienen crudo: es inimaginable que los políticos de su país no cumplan la voluntad mayoritaria manifestada en las urnas, por escasa que sea la diferencia con que se haya impuesto). Estoy muy satisfecho del resultado final del trabajo de todos ellos: el libro recoge poemas de todos mis libros, desde Ángel mortal hasta Muerte y amapolas en Alexandra Avenue, que, por cierto, está a punto de aparecer en Vaso Roto: mis dos libros ingleses, pues, verán la luz casi al mismo tiempo, una feliz coincidencia, aunque se produzca cuando yo ya haya vuelto a España. Y lo hace en un volumen que exhibe la proverbial sobriedad y elegancia tipográfica inglesa. La ilustración de la cubierta, colorista y abstracta, reproduce Construcción pictorial, un óleo de 1920 de la soviética Liubov Popova, influida por Malévich y Giotto, y muerta de escarlatina a los 35 años. Mi satisfacción es aún mayor, si cabe, porque Selected Poems aparece en un país anglosajón, donde la atención a las literaturas traducidas, y, en particular, a la poesía española, es muy escasa. Cuando visitaba las librerías de Londres, y con la excepción de los autores aportados por Shearsman, en los anaqueles dedicados a la literatura española el poeta más actual que encontraba era García Lorca (o Antonio Machado). Conmigo también se incorpora al catálogo de Shearsman, y a los plúteos londinenses, Jordi Doce, con su antología Nothing Is Lost ("Nada se pierde"), traducida por Lawrence Schimel: una alegría adicional. 



La información de Shearsman sobre el libro se encuentra en el siguiente enlace: http://www.shearsman.com/ws-shop/product/6411-eduardo-moga---selected-poems.

A continuación, transcribo el poema XX de Las horas y los labios incluido en Selected Poems, con la traducción de Terence Dooley:

Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión. Un sudor blanco ha encendido la piel donde se resquebrajaban las horas, la barba constelada de silencio, los cuchillos con que inscribía mi desaparición en la corteza del sueño.

Le he chupado la lengua a la muerte: es áspera y morada. Mis papilas han tejido con sus papilas un cañamazo de sombras. He dejado en la mesa el lápiz, el cuerpo, lo que tuviese en los ojos, para abrazar con más fuerza su helado fulgor. Y he sentido miedo.

La muerte comparece siempre que paseo, que mastico, que copulo, que llamo por teléfono, que muero. La muerte tiene treinta y ocho años y las manos con que hago la cama, con que me lavo los dientes, con que doy cuerda al reloj, con que ordeno mis libros, con que escribo, en este instante, las palabras del poema. La muerte me respira cuando hurgo en las ingles tibias y anochecidas. La muerte habla el idioma de las células y los planetas. La muerte vacía los espejos e interrumpe los huesos. La muerte, como una flecha disparada contra un agua infinita, atraviesa el bosque de las cosas y se clava en la irrealidad de las cosas. La muerte bautiza a los hijos y devora sus nombres. La muerte se llama Eduardo.

Me acuesto. Oigo el oxígeno, que resuena como una chapa golpeada por las sombras. La respiración habla, como la piel, y ocupa el espacio en que me desvanezco. El corazón habla, también, y respira, flor encarcelada, con apenas esa pausa de silencio que sutura el redoble interminable, la sepultura interminable. Lo sé ahí, en la cripta de la carne, bajo la techumbre ósea, alimentando este extravío, el letargo que nos mueve, el gélido adentrarse en la noche del tiempo; me insta a seguir, pero me recuerda que me disipo. Y me asombra que exista, su luz inaccesible y mansa, su oscuridad febril, el ritmo que es sólo e insólitamente ritmo; y me asombra existir: este mecanismo triste, pero entregado, sin porqué, al mundo.

Nacen, de pronto, los muertos: en la mesa del restaurante, en el escarabajo que se esconde entre las raíces de un árbol, en el perro que defeca junto a una tapia casi vencida, en el cielo. Y me miran, como si quisieran conducirme al fuego exhausto en el que reposan. Me mira el padre, cubierto por la hiedra de la fragilidad, cuyos ojos son pelotas de dolor que arriban, descabaladas, a mis manos. Me miran quienes confiaron en mí y fueron traicionados, quienes me vieron plantar la semilla de la ira y me entregaron después el fruto de la ira, quienes consumieron su amor en mis hogueras. Me miran hombres y mujeres convertidos en pájaros negros que atraviesan un aire negro. Me miro yo, desde el barro de mí, arrasado de perecimiento, carne en lo que carece de carne, corazón azotado por la conciencia, consumido, por el miedo, hasta la desencarnadura. Mis ojos serán también un destello lúgubre cuando otros caminen por estas calles que me impregnan de polvo y obscenidad, o cuando se pregunten por qué arde el sol o por qué nos baña el tiempo o por qué olvidamos a quienes hemos amado. Mis ojos, talados, mirarán a los vivos y harán más exactos su náusea y su latido.

La muerte es el pájaro que se posa en la rama, la mano del niño sin el niño, las pupilas abrasadas por la nieve, el exilio del oro, el oro languideciendo en un turbión de labios y explanadas, lo incomprensible.

La muerte es una rosa triste en el centro de la sangre.


*****

Death came, like a delivery-van, like a sparrow. White sweat lit up my skin where hours shattered, my beard constellated with silence, and the knives I used to carve my epitaph into the bark of sleep.

I sucked death’s tongue: it’s rough and purple. My taste-buds wove with his taste-buds a canvas of shadows. I set down my pencil, my body and whatever was in my eyes, the better to embrace his icy glow. And I was afraid.

Death appears whenever I walk, chew, copulate, ring someone up, die. Death is thirty-eight years old, and his hands are my hands when I make my bed, brush my teeth, wind my watch, tidy my books, write this poem. Death inhales me when I caress your warm dark sex. Death speaks the language of cells and planets. Death empties mirrors and breaks into bones. Death, like an arrow shot at an endless ocean, slices through the forest of things and penetrates the unreality of things. Death christens children and devours their names. Death’s name is Eduardo.

I get into bed. I hear oxygen, tolling like sheet-metal struck by shadows. My breath speaks, so does my skin, and they fill the space I vanish into. My heart speaks too, and it breathes, a locked-up flower, barely pausing for the brief silences that suture the never-ending drum-roll, the interminable tomb. I feel it here in the crypt of flesh, under the bony roof, feeding this lostness, the lethargy shifting us, the frozen entrance into the night of time; it urges me on, but reminds me I’m wasting away. And its existence, its mild inaccessible light, its febrile dark amazes me, its rhythm which is only and strikingly rhythm; and that I exist amazes me: this sad mechanism, for no good reason, committed to the world.

Suddenly, the dead live: in a restaurant table, in a beetle hidden among tree-roots, in a dog crapping by a toppling wall, in the sky above. And they gaze at me as if they wanted me to follow them, into the quenched fire where they rest. My father stares at me, overgrown with the ivy of frailty, and his eyes are balls of pain; they plummet into my hands. Those who trusted me, whom I betrayed, those who saw me plant the seed of wrath, and handed me the fruit of wrath, those whose love was consumed in my flames, gaze at me. Men and women, become black birds flying through black air, gaze at me. I gaze at myself, from the clay of myself, smooth with extinction, fleshless flesh, heart besieged by conscience, consumed, by fear, flayed bare. My eyes will be dark lightning when others walk down these streets that marinate me in dust and obscenity, or when they wonder why the sun burns, why we slosh about in time, why we forget people we once loved. My severed eyes will gaze at the living and exacerbate their nausea and heartbeat.

Death is the bird alighting on the branch, the child’s hand minus the child, eyes scorched by snow, migrant gold, gold languishing in a whirlwind of esplanades and lips, death is unfathomable.

Death is a joyless rose in the epicentre of blood.

martes, 11 de abril de 2017

El bien querer de Benquerencia (o sobre literatura y caballos)

En este carrusel de participaciones en actos literarios y culturales que es mi vida en Extremadura además de las muchas y ajetreadas horas que dedico a la actividad administrativa, hoy visito Benquerencia la de la comarca de Montánchez: no confundir con Benquerencia de la Serena, en Badajoz, invitado a la mesa redonda sobre "Literatura y caballos" organizada en el marco de la XV Concentración Ecuestre de la comarca Sierra de Montánchez-Tamuja. En ella me encontraré con el alcalde, Alberto Buj, un vasco con inconfundible acento vasco, casado con una mujer del pueblo, cuya elección como primer regidor demuestra, como en mi propio caso, que Extremadura acoge, sin distinciones ni reticencias, a los que venimos de fuera; con Joseba Buj, hijo de Alberto y profesor de la Universidad Iberoamericana de México, que oficiará de presentador y moderador; con Mario Martín Gijón, antiguo amigo, escritor, poeta y profesor de la Universidad de Extremadura; y con Javier Pérez Walias, asimismo amigo y poeta. Llegamos con el tiempo justo para ver el despliegue informativo de Canal Extremadura en la Plaza Mayor del pueblo, aunque a mí me habría gustado visitar la Iglesia de San Pedro Apóstol y la ermita del Santísimo Cristo del Amparo, los dos lugares de mayor interés arquitectónico del lugar. No obstante, hemos podido informarnos de que Benquerencia qué hermoso nombre, por otra parte es uno de los municipios más pequeños de Extremadura, y que en 2010 solo contaba con 92 vecinos. Este es otro ejemplo de la despoblación brutal que ha aquejado a la región, y de la que aún no se ha recuperado: en 1960, el pueblo tenía casi medio millar de habitantes; solo diez años más tarde, ya solo quedaban 160. Esa fue la década de la emigración en esta zona: una emigración que cayó como una cuchillada en todos los pueblos de la comarca y, en general, en toda la región. Mientras esperamos el inicio de la mesa, llegan los primeros caballos a la plaza. Siempre me sorprende el tamaño de estos animales: me los imagino (o los veo por televisión, la principal fuente de información sobre asuntos agropecuarios de un urbanita como yo) más pequeños de lo que son. De cerca, resultan imponentes: una masa piafante de músculos que parece siempre a punto de explotar en galope, o en encabritamiento, o en cualquiera de las cosas que hagan los caballos. Nos apartamos lo suficiente como para no se fijen en nosotros: una coz o un pateo de uno de estos pegasos puede dejarte turulato. El golpeteo de los cascos se mezcla con los relinchos y el movimiento inquieto de los animales, pero pronto la comitiva se sosiega para que los periodistas hagan su trabajo, que consiste en que uno de ellos le cede el micrófono al primer jinete de la fila para que diga de dónde viene, y luego se lo pase al siguiente para que también lo diga, y así sucesivamente hasta agotar la ringlera, en cuyo momento el periodista recupera el canuto y se monta él mismo a caballo para experimentar de primera mano las emociones de la jornada, como debe hacer un buen reportero, a fin de transmitírselas después, verazmente, a su público. Y, mientras todo esto sucede, nosotros engrasamos la garganta con algunas cervezas en el bar. Constituimos la facción intelectual de la jornada: así nos ha presentado algún medio de comunicación: "los intelectuales Joseba Buj, Mario Martín, Javier Pérez y Eduardo Moga". Mario y Javier habrían preferido figurar como intelectuales con ambos apellidos, pero ellos y todos debemos conformarnos con la caracterización que nos han atribuido. La mesa redonda se celebra en el local social, anexo a la cantina. Hay mucho público: tengo comprobado que en los pueblos no suele faltar: la gente está deseosa de participar en actividades que no menudean. Y es digno de elogio que una celebración caballar, en un rincón de Extremadura como este, no se haya olvidado de la literatura: es más de lo que sucede en nuestros colegios e institutos, de los que las letras han casi desaparecido. No tardamos en desechar los micrófonos que se han puesto a nuestra disposición, porque ensucian la voz más de lo que la realzan. Yo he preparado una ponencia sobre un libro extraordinario, Ciclo del caballo, del portugués António Ramos Rosa, y mis compañeros han traído visiones diacrónicas de la presencia del caballo en la literatura, desde el de Troya, instrumento de la perfidia helena, hasta el cuatralbo de Alberti, al que el gaditano espoleaba "¡a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!"; desde el Bucéfalo de Alejandro Magno (al que un amigo poco avisado llamaba Bicéfalo y lo hacía propiedad de Carlomagno) hasta Rocinante, el jamelgo rocín antes de Don Quijote. Sin embargo, esto va a ser una mesa redonda, y no una sucesión de conferencias. Incitados al diálogo por Joseba, improvisamos. Yo me aventuro a decir que los letraheridos estamos necesariamente marcados por nuestras lecturas e improntas culturales; que, en consecuencia, cuando vemos a un caballo, no vemos a un caballo, sino a Clavileño, a Babieca, a Incitatus y Velocissimus los corceles de Calígula, a los que hizo cónsules, al caballo de Espartero, con sus magníficos atributos, o al de Pippi Calzaslargas, que tenía lunares y hablaba; y que, a veces, me gustaría que fuésemos capaces de apreciar la belleza elemental, la fuerza primigenia y el espíritu puro de estas bestias sin los aditamentos culturales que los enriquecen, pero que también los mediatizan y deforman. A Joseba esta observación no parece agradarle y sugiere que discutamos sobre ello. Yo acepto la sugerencia encantado, y discutimos. Frente a su reivindicación del ensanchamiento que supone la intervención de la cultura y a su carácter inevitable tiene razón: el ser humano es una criatura que mira las cosas a través de los ojos de sus valores y conocimientos, y que no puede hacerlo de otra manera, yo reclamo lo que ya esgrimía Woody Allen en una de sus películas: "Cuando me dejo del rollo intelectual, follo más", aunque con un poco más de sofisticación: la experiencia natural del ser caballo, la fascinación desnuda por su vigor y su presencia. Y recuerdo a mi padre contarme cómo se había prendado del caballo que había en la casa del pueblo de Aragón en la que se había refugiado, cuando adolescente, para escapar de los bombardeos de Barcelona en la Guerra Civil, y cómo iba al establo todas las tardes a acariciarlo, a embriagarse con su presencia. Me acuerdo, sobre todo, de lo suave que me decía que era su hocico, y de cómo el animal disfrutaba de aquel tacto enamorado. La cultura, como aquellas lenguas de Esopo que el fabulista presentaba, a la vez, como el mejor y el peor manjar del mundo, acrece y disminuye, resalta y desdibuja, ilumina y oscurece, y yo me pregunto si no viviríamos con más intensidad, con más verdad, despojados de sus ropajes. El caballo es, precisamente, un símbolo erótico-místico, una representación arquetípica de la fuerza generatriz y el impulso amoroso. Eso lo hace, me parece, un destinatario óptimo de una mirada exenta de toda veladura intelectual y que atienda, sobre todo, al perfil límpido del cuadrúpedo, a su energía radical. El debate prosigue, entremezclado con las observaciones de Javier y Mario, hasta que llegamos al coloquio, en el que un señor nos pregunta si creemos que el caballo pervivirá en la literatura, ahora que ya no es un medio de producción, sino un mero bien suntuario, que solo produce gastos, y una señora, por qué no hemos tenido en cuenta la equinoterapia en nuestras intervenciones. Sobre lo primero, somos optimistas: el caballo se ha ganado ya un puesto, creemos que definitivo, en el acervo cultural del hombre, y nos parece muy difícil que lo apee de él una transformación utilitaria; sobre lo segundo, nos limitamos a señalar que no somos conscientes de que la literatura haya tratado ya de la equinoterapia, y que, en cuanto lo haga, la incorporaremos con gusto a nuestros pensamientos. La jornada concluye con una cena a la fresca. Todo está exquisito, y la tortilla de patatas, inenarrable; y el vino de pitarra no es cabezón, como suele ser, sino reciamente afrutado. Mientras comemos, un gato y un perro husmean entre los pies para atrapar lo que se nos caiga trocitos de tortilla, migas de patatera, grasilla de la carne o lo que decidamos darles. El gato no es huraño, pero el perro sí es huidizo: algún cabrón lo ha maltratado, me cuenta Joseba, y ahora se niega hasta a dormir bajo techo: prefiere la calle. Intercambiamos libros: Joseba me regala La crátera del orbe, una plaquette con versos en los que me dice haber incurrido, y De nuestra sola incumbencia, un compendio de prosas y poemas, cuatro de ellos en vasco; yo correspondo con un par de poemarios míos y la traducción de Hojas de hierba. Oímos llorar a un niño, al que sus padres, también comensales, tienen en brazos. Alguien me dice que es el primer nacido en el pueblo, e inscrito en su padrón, de los últimos 20 años. El reloj de la iglesia da la hora. Se oye, a lo lejos, el relincho de un caballo. Está refrescando.

jueves, 6 de abril de 2017

Con Jesús Aguado en el Aula Literaria Enrique Díez-Canedo

Asisto hoy, con Ángeles, a la lectura de Jesús Aguado en el Aula Literaria Enrique Díez-Canedo, de Badajoz. Tengo muchos motivos para hacerlo: el primero y principal, que Jesús es un excelente poeta; el segundo y no menos importante, que es un buen amigo; y el tercero, last but not least, que Enrique García Fuentes y José Manuel Sánchez Paulete, los responsables del Aula, realizan una labor admirable, que me parece imprescindible apoyar: los 151 autores que, a fecha de hoy, han invitado a Badajoz, empezando por Antonio Gamoneda, sin distinción de credos poéticos ni agitación de banderías aldeanas, reúnen a lo mejor de la poesía extremeña y española de los últimos 20 años. Todavía hay otro motivo, que tiene que ver con el agradecimiento: el Aula Enrique Díez-Canedo, es decir, Quique y Paulete, son los únicos que me han invitado a leer antes de ser director de la Editora Regional de Extremadura, es más, antes de conocerme siquiera; dicho de otra manera, son los únicos que ha tenido un interés exclusivamente literario por mí. Y eso, que se nos reconozca como poetas, es lo que más nos gusta a los poetas, aunque nos dediquemos a otros menesteres creativos o desempeñemos, durante un tiempo necesariamente y por fortuna limitado, tareas administrativas o institucionales. La lectura, como todas, se hace en el salón de actos del MEIAC, donde hace pocos días se presentó el último número de la revista Turia, dedicada a Luis Landero y, por extensión, a la literatura extremeña actual. El salón, no muy grande en la presentación de Turia tuvieron que ponerse sillas en el vestíbulo que lo antecede para que cupiera todo el mundo, está concurrido. Jesús viene encantado por el trato que le han dado los estudiantes del instituto que ha visitado esta mañana, como parte del programa que ofrecen las aulas literarias. Pero también me confiesa que va a necesitar una liposucción en Barcelona, porque desde que llegó ayer por las cosas de las conexiones aéreas sus anfitriones lo han tenido de comilona en comilona. Antes de que empiece la lectura, saludo a Eduardo Achótegui, antiguo colaborador del Aula, hombre afable y gran conocedor de la poesía; a Manuel Chacón, profesor de esos chicos que tan bien han tratado a Jesús, y hombre asimismo encantador; y a Fernando de las Heras, uno de los jóvenes poetas incluidos en la antología Piedra de toque. 15 poetas emergentes en Extremadura, que ha preparado Daniel Casado, y que muy pronto publicará la Editora Regional de Extremadura. Sobrepuesto a los avatares gástricos, Jesús se desenvuelve de perlas en la lectura. Jesús siempre puntúa alto en los actos públicos: lee bien, razona con pulcritud, se expresa con naturalidad, tiene sentido del humor y, además, ha llevado una vida interesante, que, después de haberse casi iniciado en Sevilla y transcurrido varios años en la India, prosigue ahora en Barcelona. Jesús es, probablemente, el autor español que mejor conoce las tradiciones culturales y literarias del fascinante subcontinente asiático, de las que ha sabido extraer influencias en su propia obra; porque las influencias no se reciben: se eligen. Por esos conocimientos y la calidad de su prosa, DVD ediciones publicó La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés 1987-2004. (Cuando alguien le pregunte, en el coloquio posterior, por su lugar de nacimiento y esa biografía tan viajera, Jesús dirá que él no se siente de ninguna parte, pero que, si tuviera que elegir un lugar, se quedaría con Benarés, una ciudad asfixiante para el turista, pero llena de sosiego para él). Una buena parte de la lectura está dedicada a su último libro, Carta al padre, publicado hace pocos meses por la Fundación José Manuel Lara, en el que él desgrana, poéticamente, una relación espinosa con un padre ya fallecido. Algunos poemas son estremecedores; otros suscitan una sonrisa, quizá amarga, pero sonrisa al fin. Jesús acompaña la lectura de los poemas con acotaciones y contextualizaciones que amplían, si cabe, su horizonte y sus ecos. Y este apartado de las observaciones al hilo de los versos es, a veces, tan conmovedor como los propios versos, porque Jesús reconoce ásperas intimidades, y hasta las explica, sin perder la compostura, sin trémolos ni pedantería, con lúcida desenvoltura. Es importante dirigirse al público con la misma espontaneidad, o la más parecida posible, a la que practicamos en el diálogo con los más cercanos, y considerarlo tan inteligente como el público más inteligente imaginable. El coloquio da pie a algunas preguntas sagaces, a alguna confesión entre literaria y sentimental ("eres un encantador y me has enamorado poéticamente", le reconoce una asistente; "¿personalmente no?", le pregunta Jesús, que antes ha dedicado uno de los tres bloques de su lectura a algo de lo que se dice especialista: los amores imposibles) y a las inevitables interpelaciones insondables: alguien de las últimas filas no solo quiere que Jesús explique el complejo de Edipo (y el de Electra), sino también que lo sintetice en un haiku. Él se evade con elegancia de asuntos tan inabordables: esa elegancia también forma parte del utillaje de un buen conferenciante. La lectura y el debate han sido largos, pero a mí no me lo han parecido. A la salida del acto, nos espera un picoteo en un bar cercano. De pie, seguimos charlando, mientras los camareros, siguiendo las expertas indicaciones de Quique García Fuentes, nos traen cerveza, cecina, chipirones y pulpo. La liposucción de Jesús va a ser de órdago.

Transcribo uno de los poemas incluidos en el cuadernillo publicado por el Aula y leído por el poeta en el acto; pertenece a Carta al padre:

Aunque los perros te aterrorizaban, me conseguiste uno: un pastor alemán muy noble al que llamé King. La única condición era que tenía que estar atado cuando llegaras del trabajo. King era un hermano para mí: la fuerza que yo no tenía, la velocidad que yo no tenía, la valentía que yo no tenía, la lejanía que yo no tenía. Al poco comenzaste a golpearle sin que te diera motivos, quizás para demostrarnos que el único rey eras tú. Con el mango de la escoba, con la raqueta de tenis, con las botas de montaña, con la lata de las galletas rellenada de tierra prensada, con un lío de cuerdas: le golpeabas con rabia y con angustia hasta que el sudor hacía que se te resbalara de la mano el arma que esa noche hubieras elegido. King aullaba y me miraba suplicante y atónito. Yo aullaba en silencio y vomitaba en un rincón oscuro del jardín. El perro, mi hermano, mordía la cadena hasta que las encías le sangraban y los dientes, despedazados, se le caían. En las heridas abiertas de su cabeza y de su cuerpo desovaban las moscas y bebían las garrapatas. Alrededor de su caseta siempre había manchas parduzcas de sangre seca que no borraban ni la lluvia ni la lejía. Un día envenené la comida de King para que no siguiera sufriendo. Luego pensé: por qué no habré echado el veneno en tu comida, padre.

domingo, 2 de abril de 2017

En el Jerte

Vuelvo al Jerte, otra vez con Javier Pérez Walias, con el que conocí el valle, cuando florece el cerezo, hace ya tres años. Pero esta vez nos acompañan nuestras mujeres, Teresa y Ángeles. Javier es una garantía si se quieren recorrer bien estas tierras: él, placentino, se crio aquí. Su estrategia para eludir la previsible acumulación de turistas de hoy todos los medios de comunicación han anunciado que el cerezo ya ha florecido y que el tiempo va a ser bueno, así que esperamos hordas de excursionistas y domingueros consiste en evitar la carretera nacional que atraviesa el valle y penetrar por retaguardia: cual astuto general, nos lleva por el valle contiguo, el del Ambroz, hasta cruzar la espina que los separa y luego descender hasta el del Jerte por un camino desconocido para la mayoría de visitantes; y entramos en este por El Torno. La primera parada que hacemos es el roble del Romanejo, en Cabezabellosa, uno de los muchos árboles singulares que atesora Extremadura. A este ejemplar de roble melojo, o quercus pyrenaica, se le conoce también por roble del Acarreadero, porque, tiempo atrás, los pastores acarreaban hasta él a sus rebaños para que se guarecieran bajo sus copa catedralicia: hasta mil cabezas cabían allí. Hoy no hay ovejas, sino vacas, que pastan con su proverbial parsimonia alrededor del árbol. El roble conserva su majestuosidad mide más de 20 m y su copa tiene un diámetro de 31 m, pero está enfermo: podas salvajes en los años cuarenta y el tráfico rodado de muchas décadas, que ha afectado a sus raíces, lo han puesto en grave peligro. Vallado, protegido, sigue un tratamiento para recuperarse y que sus quinientos años de vida (nació poco después del descubrimiento de América) no conozcan todavía el final. El roble del Romanejo da paso a la contemplación del valle florecido. Y yo vuelvo a sorprenderme por lo mismo que hace tres años: la flor del cerezo es intensamente blanca y, cuando uno pasea por un bosque de frutales, le parece estar sumido en un paisaje nevado. Sin embargo, en la distancia los cerezos se vuelven grises. Ambas faldas del valle están cubiertas de un manto plomizo, que se extiende desde la base de las elevaciones graníticas hasta casi las cumbres, y desde el pantano que linda con Plasencia hasta la cabecera de la cuenca. Y los pueblos que vemos colgados en las laderas, a nuestro frente, como Casas del Castañar, aparecen abrazados por la masa paradójicamente sombría de los cerezos. Impresiona esa acumulación grisácea y bífida, compuesta por un millón y medio de árboles. Aunque no es monolítica: con ella se entremezclan robledales, castañares, olivares, naranjales y monte bajo. La paleta de colores que despliega el Jerte es abrumadora: el blanco y gris, según, de los cerezos; el verde entre luminoso y oscuro de las florestas; el naranja puntillista de las naranjas; el amarillo de la retama y las margaritas; el rojo feroz de las amapolas; el negro de los canchos, que espejea, bruñido por las aguas del deshielo; el azul de un cielo sin nubes, marino; y, de nuevo, el blanco llameante de las cumbres que siguen nevadas. De ellas llega un viento helado –aún es temprano por la mañana- que arranca pétalos de las flores y nos hace recogernos deprisa en el coche. Volvemos a parar algo más adelante, para disfrutar de un paseo por entre los cerezos. Hay también naranjos, y chorros de agua, que crean charcos transparentes al pie de los árboles. En muchos flotan naranjas, que nadie parece tener interés en recoger. Nosotros sí: robamos unas cuantas de uno de los naranjos del bancal, con la que nos prepararemos el zumo del desayuno de manaña. Yo me avanzo y chupo una: es dulcísima, y está llena de agua. Pero, mientras nosotros nos hacemos con la exquisita fruta, Teresa, que ya iba con un pie malo, a resultas de una operación, tropieza en una irregularidad del terreno (claro, esto es un huerto) y se tuerce el tobillo del otro. Se queda, dolorida, en el suelo, aunque pronto comprobamos que lo puede mover: no esta roto; será, seguramente, un esguince, molesto pero remediable. Lo peor es que ahora tiene los dos pies malos; lo mejor, dice Javier, es que ha equilibrado la cojera: renquea por igual de ambos. Seguimos camino por la carreterita vemos a una señora en bata que coge agua de la montaña, de un caño hecho con teja, en una botella de plástico, y varias cascadas de los neveros, que salpican el asfalto y llegamos a Navaconcejo, el pueblo natal de la poeta Irene Sánchez Carrón (que, en el reciente acto con el que celebramos el Día Mundial de la Poesía, inició su intervención invitando a todos a visitar el Jerte. Comprendo el orgullo y el interés de los extremeños por que se conozca su tierra, pero yo no los comparto: yo prefiero la deliciosa soledad de lo inhollado; estoy harto de muchedumbres, grandes infraestructuras y visitas obligadas). A una de las calles del pueblo se le ha puesto su nombre, o parte de su nombre: "Irene Sánchez". Nada la identifica como poeta. Si acaso, que es paralela a otra llamada "Miguel Hernández". En Navaconcejo hay el embotellamiento de coches que ya nos imaginábamos, con los aditamentos típicos de estas aglomeraciones: a una maniobra inofensiva de Javier, otro automovilista grita: "¡Gilipollas!", con peineta y grandes aspavientos insultantes incluidos. Parece que estemos en Barcelona. O en Londres. Un puesto de quesos hay una especie de mercadillo hoy en el pueblo: los comerciantes quieren aprovechar la afluencia de público lo llena todo de olor a torta del Casar y a otros productos de aromas no menos virulentos. Cerca, se anuncia un cross fighting club, uno de esos lugares en que enseñan a los jóvenes a arrancarles la cabeza a otros jóvenes, aunque, eso sí, con espíritu deportivo e intenciones pedagógicas. Paramos en una farmacia para darle algún alivio a Teresa: Ángeles le pone en el tobillo una crema antiinflamatoria (natural: con ipérico y árnica; el árnica también deben de necesitarla en el cross fighting club) y se lo envuelve con una venda compresiva. Seguimos viaje hacia Valdastillas, en cuyas inmediaciones nos apetece ver la cascada del Caozo, también llamada La Chorrera Alta, como ya hicimos Javier y yo hace tres años. Pero lo mismo que nosotros han decidido hacer varios cientos más de personas. Queremos acercarnos todo lo que podamos a la caída de agua, pero ni Teresa, por razones obvias, ni Ángeles, que lleva unas sandalias monísimas, pero muy poco adecuadas para los caminos de cabras, están en condiciones de acompañarnos. Así que ellas se quedan disfrutando de la compañía de media población de Cáceres y nosotros subimos el no muy largo camino que conduce hasta lo alto de la Chorrera y que, por la afluencia de gente (y de animales: muchos se han traído a sus perros; un pastor alemán pasa junto a nosotros con una pata envuelta en una especie de funda o venda: también él ha sufrido un esguince), se convierte en una gincana campestre. La senda acaba en un balcón metálico (cuyas barandas son barras de hierro que se nos antojan un peligro: podría uno empalarse en ellas) sobre la cascada, tan transitado hoy como el metro de Madrid: renunciamos a llegar hasta el extremo y volvemos con las chicas. El lugar es muy hermoso, pero la masiva presencia humana lo desvirtúa: lo empeora. Salimos con una cierta sensación de alivio, y continuamos disfrutando del paisaje de regreso a El Torno, donde hemos reservado para comer. Circulamos entre cerezos, canchos y robledales. Las bolas de flores de los cerezos forman a veces doseles sobre la carretera y no es difícil tocarlos sacando la mano por la ventanilla. A veces, hay tantas en las ramas que los árboles parecen muñecos de Michelín. Cuando los bosques de frutales, dispuestos en bancales aterrazados, se recortan contra las cimas nevadas y el azul transparente del cielo, a uno no le sorprendería que apareciera una geisha. El gris metálico de los troncos de los cerezos despide reflejos irisados, y la hiedra ciñe los de los robles. Los salientes y miradores permiten la contemplación del valle en casi toda su extensión: su inmensa cicatriz recorre la tierra con una áspera amabilidad, como si quisiera regalar, a un tiempo, dureza y sustento, agua y piedra, ligereza y dolor. Cerca ya, otra vez, de El Torno, admiramos las cuatro figuras humanas desnudas que componen el grupo escultórico dedicado "a los olvidados de la Guerra Civil y la dictadura", de Francisco Cedenilla Carrasco, erigido en 2008. Se encuentran en el Mirador de la Memoria (o, con nombre más preciso y propio de la tierra, Mirador del Cancho Rajao), desde el que se disfruta de unas vistas privilegiadas sobre el valle. Las esculturas, figurativas, son respetuosas con el entorno, y concitan el interés de los curiosos. Todos aplaudimos la presencia de este recordatorio de nuestro mayor drama contemporáneo, sin nombres, sin rostros reconocibles: una celebración de las primeras víctimas de toda guerra: la gente llana, anónima, que sufre los horrores del conflicto con la paciencia desesperada de los que no tienen escapatoria ni remisión. En El Torno ya, nos abandonamos al placer de un cervezón en la terraza del bar de Aurelio, aunque a punto hemos estado de sufrir una nueva desgracia al entrar: Javier, en una maniobra mucho menos inofensiva que la que antes le ha merecido los cariñosos apóstrofes de otro automovilista, casi nos atropella a Teresa, a la que llevaba yo del brazo, y a mí. A mí, de hecho, ha llegado a golpearme, aunque, como dicen los comentaristas deportivos, sin consecuencias. (No contento con ello, un poco más adelante golpea con la parte de trasera del coche una valla de la calle: hoy, decididamente, no es su día). Comemos en un restaurante del pueblo en el que hemos encontrado mesa porque, según han informado a Javier por teléfono, "les había fallado un autocar de chinos". Pero se conoce que les han encontrado sustituto: muy pronto, en lugar de los chinos, llega un autocar (o dos) de españoles, que ocupan el amplio comedor como una colonia de hormigas. Nosotros, en un rincón, sobrevivimos al pifostio con unas croquetas con boletus, una excelente torta del Casar, una ensalada de ventresca de atún con pimientos y cebolla caramelizada, y dos solomillos de cerdo con salsa de, cómo no, cereza (Teresa y Ángeles se conforman con los primeros; Javier y yo, en cambio, afilamos el canino: él aplaca con la comida el nerviosismo de los casi atropellos y el percance de Teresa; yo no necesito ninguna razón especial para comer en abundancia). Un buen tinto extremeño y un postre de queso con salsa de, otra vez, cereza completan un ágape que nos deja satisfechos, aunque algo ensordecidos. Culminamos la tarde en casa de Luis y María José, unos amigos de Javier y Teresa que viven en Plasencia, pero tienen una casa espectacular en El Torno. En un salón con amplias vistas al valle, tomamos té y gloria, un licor de la tierra que hace honor a su nombre, y que complemento con vodka ruso. (Javier prefiere Ron Brugal, que se sirve de una botellita de 1,75 litros). ¿Por qué vodka ruso? No lo sé. Solo que me lo ofrecen y yo lo acepto: a mí me gustan casi todos los alcoholes. El sol ha hecho ya casi todo su camino, pero aún laca el valle con un barniz de oro, que dulcifica los roquedales e incendia la hierba. En el jardín, uno de los dos perros de nuestros anfitriones me mira, ansioso, con un palo en la boca. Quiere que se lo lance, como he hecho antes de entrar.