martes, 6 de diciembre de 2016

Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres

Acaba de aparecer la segunda entrega de Corónicas de Ingalaterra, mi diario londinense, con el subtítulo de "Una visión crítica de Londres". Tras una primera selección de entradas, generosamente publicada por La Isla de Siltolá en 2015, esta segunda ve la luz en otra joven y dinámica editorial, la madrileña Varasek Ediciones, dirigida por Enrique Mercado. Me agrada sobremanera que lo primero que se lea en la portadilla inicial sea "Varasek Ediciones. Poesía, viajes & rock'n'roll". Porque uno comparte dos de esas tres pasiones el rock'n'roll queda un poco lejos de mis intereses, lo confieso, aunque reconozco su importancia cultural, más aún, porque cree que la poesía y los viajes son de las pocas cosas que hacen que estar en este mundo valga la pena. Varasek acogió el libro con entusiasmo y lo ha editado con primor. Aparece en la colección "On the Road", que ostenta el mismo título que la famosa novela de Kerouac, uno de los mitos de mi juventud, y en la que figuran dos títulos de Gary Snyder, otro miembro de la generación beat capitaneada por Kerouac. El subtítulo de estas Corónicas de Ingalaterra pretende subrayar el propósito central de esta nueva recopilación: dar a conocer los aspectos menos amables de la vida en Londres y, en general, en la Gran Bretaña. Como dice la contraportada, "la capital británica es una ciudad inacabable y fascinante, pero también indiferente y a menudo hostil. Sobre sus habitantes, las opiniones varían: Julio Verne los pintó flemáticos; ellos mismos se consideran estoicos; y todos los demás los tienen por inaccesibles. (...) Los relatos, escenas y reflexiones contenidos [en estas Corónicas] dibujan un complejo fresco de la sociedad británica actual, en el que descuellan algunas de las dificultades de la vida en el Reino Unido y no pocos aspectos litigiosos de sus costumbres". No se trata de componer un libelo antibritánico, sino de reflejar lo que no suele reflejarse en los retratos de Londres y sus pobladores, en los que predomina una admiración acrítica y un deslumbramiento entre turístico y provinciano; esto es, todo aquello que no funciona, que no es razonable (ese término que tanto gusta a los ingleses y que tan importante es para su cultura), que no es justo, que no es bueno. Londres no es diferente a cualquier otra gran urbe: ofrece maravillas sin cuento, pero también sordideces descomunales. Con los parques, los museos y los teatros, encontramos la cochambre, la injusticia y la depredación. Calles atestadas conviven con rincones deliciosos; la solidaridad, con la agresividad; el UKIP con quienes votaron por seguir en la Unión Europea. Y la violencia física de los hooligans, de la delincuencia, de los estallidos suburbiales surge de la durísima represión normativa y la rigidez de las relaciones sociales. Estos aspectos sombríos, a los que no se presta atención cuando se pasa un fin de semana en la ciudad, o a los que no quiere prestarse atención cuando se pasa un mes, son los que airea Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres, sin ocultar ni amputar cuanto hace de Londres una capital digna de ser conocida, llena de encanto, historia y oportunidades. El doctor Johnson, que no era londinense, dijo que "quien está cansado de Londres, está cansado de la vida". Pero Shelley, que tampoco lo era, escribió que "el infierno es una ciudad muy parecida a Londres". Y Oscar Wilde, que por no ser no era ni inglés, observó que "Londres era todo niebla y gente triste, pero que no sabía si era la niebla la que producía la gente triste, o la gente triste la que producía la niebla". En las ochenta entradas que incorpora el volumen, desde la del 11 de septiembre de 2013, cuando apenas hacía dos semanas que había llegado a la Gran Bretaña, hasta la del 21 de noviembre de 2015, tres meses antes de que regresara a España y me estableciera en Mérida, desgrano ese debate, sin pretensión ni posibilidad, en realidad de resolverlo, pero con la intención de hacer un retrato distinto de un mito contemporáneo, desde dentro del mito, que amplíe la visión que el lector tenga de Londres y los londinenses, y que ojalá lo divierta.


sábado, 3 de diciembre de 2016

En la Feria Internacional del Libro de Quito (y 3): algunos momentos memorables

Pese al interés que tienen la catedral y un buen puñado de iglesias en la capital, la más destacada, por ser única en el mundo, es la iglesia de la Compañía (de Jesús). Su característica principal es que está forrada de pan de oro. Las láminas finísimas que la recubren suman 54 k: los ojos duelen del brillo de las paredes. La joven guía, de facciones andinas, hermoso cuerpo y voz tan fina como el pan de oro que no deja de ponderar, subraya que la iglesia fue construida por indios y negros, bajo la dirección de los maestros de obra y arquitectos españoles, pero que aquellos no eran esclavos, ni estos los trataban como a tales, sino que, por el contrario, les daban comida, descanso, educación y hasta un sueldo. Y también los catequizaban, claro: la cristianización, junto con el trabajo, iba de suyo. Teniendo en cuenta que la iglesia tardó 160 años en edificarse, desde 1605 hasta 1765, los jesuitas tuvieron que perseverar en aquel ejercicio de filantropía (o lo que hoy llamaríamos principio de justicia social). De entre el riquísimo patrimonio artístico que alberga la iglesia (en el que distingo sendas figuras de San Francisco de Asís y Santa Marianita de Jesús, cada una de las cuales sostiene una calavera en la mano: las calaveras, clavos, ataúdes, cilicios, látigos, llagas y, en general, sangre derramada del Cristinianismo no deja de espeluznarme, incluso en un lugar tan luminoso como este) me llama la atención un gran cuadro del padre Hernando de la Cruz, un bastardo panameño que, tras un lance de esgrima, abandonó una vida regalada, entregada al ocio y la poesía, para consagrarse al servicio de Dios. Se trata de El infierno o las llamas infernales, cuyo original se ha perdido, pero que obra aquí, en réplica de 1879. En él se ve a los pecadores del mundo sufriendo los castigos del averno, y la relación de esos pecadores es tan intrigante como significativa: aparecen condenados, y retorciéndose de dolor por las torturas a las que los somete Lucifer, en lo alto del óleo, flanqueado por los clarines de la eternidad, el registrador (¿de la propiedad?; ¿será un anuncio del destino, Dios no lo quiera, del muy católico registrador de la propiedad que nos preside?), el votador (que mi guía especifica que es el dictador: este celebro que sufra), el usurero, el murmurador, el impuro (sin mayor especificación: ¿será el mismo eufemismo que utilizaban nuestros añorados curas de la infancia para referirse al masturbador?), la adúltera (pero no el adúltero), el nefando (¿otro circunloquio por homosexual?), el de duro corazón, la vana (o sea, la frivolona, la descocada, pero, de nuevo, no el casquivano), el tahúr y, en rara disociación, los deshonestos y los bailarines deshonestos, cuya deshonestidad es particularmente reprobable y por eso se desgajan de los deshonestos en general, para constituir una categoría singular de deshonestidad. Todos sufren mucho. A uno, cuyo pecado no se especifica, un manojo de llamas le está achicharrando las partes, mientras una serpiente, con unos colmillos casi tan grandes como las llamas, lo constriñe y muerde. Las bondades amenísimas de la escatología cristiana siguen admirándome, y por las calles de Quito, y no solo en sus templos, comprobaré su vigencia. En uno de mis paseos al pie del Panecillo, me cruzo con una procesión. La encabezan unos monjes franciscanos: sus hábitos no han variado desde el siglo XIII, salvo por las gafas de algunos, los relojes de pulsera de otros y, probablemente, los móviles guardados en los bolsillos de todos. Tras ellos va una banda de música, compuesta por señores mayores con sombrero, que me recuerda a las que desfilan en El Padrino II cuando Michael Corleone se refugia en Sicilia. Detrás se alza la imagen de un santo con los mismos hábitos que los monjes de vanguardia, valga el oxímoron: supongo, por consiguiente, que se trata de San Francisco. La figura no puede equipararse tampoco a las que se hacen desfilar por los pueblos y ciudades españoles con fervor tumultuario. Estas son un derroche de orfebrería, metales preciosos y kilos, muchos kilos; la que pasa ahora ante mí es un estatuilla de madera asentada en un transportín liviano y sin ornato. Pese a ello, quienes lo cargan parecen sufrir y se menean inquietantemente. Por si acaso, me aparto un poco. Deberían saber por lo que pasan los costaleros de la Madre Patria: eso sí que es padecer. Pero todo lo soportan por su amor indesmayable a la Virgen o al Cristo que trajinan: por la Virgen de las Angustias o el Cristo de la Buena Muerte, pongamos por caso, están dispuestos a deslomarse hasta la extenuación, y aun más allá. Algunos de los que siguen a la figura quiteña llevan camisetas en las que se alcanzo a leer "Vicariato de Napo", signifique esto lo que signifique. Otros tiran pétalos de flores, y algunos gritan "¡Viva San...!", pero no consigo entender el nombre. Quizá no sea el poverello de Asís. Me desenzarzo por fin de tantas manifestaciones pías y me refugio en otro de los lugares más interesantes de la ciudad: la Casa del Alabado. El alabado es "el santísimo sacramento", como reza la inscripción de su dintel. La Casa, una hermosa construcción colonial del s. XVII, acoge uno de los más importantes museos de arte precolombino del mundo. Antes de entrar, descanso mis fatigados pies en el patio y me tomo un té amazónico en el cafetín que lo preside, aunque renuncio a saber de qué se compone: en las manos de la camarera, que parece responsable, encomiendo mi espíritu. De la isla de paz que es ese patio la Casa se encuentra en pleno centro de Quito me expulsa un grupo de españoles ruidosos que deciden sentarse a chupar cerveza y fumar cigarrillos en la mesa de al lado. Su conversación a gritos resuena en las delicadas paredes del lugar y en mi cerebro. La colección expuesta incluye algunas piezas de 6 000 años de antigüedad. Muchas son figuras sencillísimas, de líneas elementales y poéticas, cargadas de un simbolismo primario y, por eso mismo, feroz. Estoy seguro de que algunos fabuladores o más bien débiles mentales las verían como representaciones de extraterrestres, con ojos grandes y rasgados, manos con tres dedos y trajes espaciales y todo. No pocas piezas, como las de La Tolita, del siglo IV a. C. al IV d. C., recuerdan a pagodas o construcciones japonesas, y ese aire oriental quizá tenga que ver con el hecho de que la población indígena americana desciende, según las teorías más verosímiles, de los pueblos asiáticos que cruzaron el estrecho de Bering hace 16 000 años. Abundan las imágenes relacionadas con la fecundidad y, por lo tanto, menudean los falos y los testículos. Una figura agachada se sujeta un pene enorme contra el pecho y otra escenifica una felación, cuyo rasgo más singular no es el falo gigantesco, sino la boca abismal que lo acoge. Llamativamente, el felado posa una mano en el hombro del felador, un joven entusiasta, para, se supone, acompañarlo y estimularlo si decae en el movimiento de succión. La muestra dedica mucha atención a los chamanes y las prácticas chamánicas, y aprendo que, para muchas culturas precolombinas, los enanos, patizambos y personas con los labios leporinos o los pies deformes (más o menos como están los míos después de las paseatas que me pego todos los días por la ciudad) eran buenos intermediarios con los muertos y el mundo espiritual. Al revés que en la cultura cristiana, donde los físicamente anómalos desde pelirrojos a zurdos, por no hablar de jorobados, albinos o tontos han sido siempre vistos como emisarios del diablo y un peligro para la comunidad. Después de comer y una siesta reparadora, me toca hoy dar una conferencia magistral (así lo especifica el programa: "conferencia magistral") en la Feria del Libro sobre la poesía contemporánea de ambas orillas, un tema tan inabarcable como el océano que nos separa. Será mi penúltimo acto en la Feria, y el único de carácter crítico. No me gustaría hacerlo mal. Desenfundo los papeles que he traído preparados y le asesto la perorata al respetable, que es sorprendentemente nutrido: yo solo contaba con la asistencia de un puñado de irreductibles. En el coloquio, alguien que luego me chivarán es un notable novelista y crítico ecuatoriano nos confiesa su sorpresa por que no haya citado, entre los poetas españoles más destacados, a García Montero. Le respondo que la poesía de García Montero no me interesa y que he preferido aprovechar la ocasión para citar a otros autores que me parecen más valiosos y de los que seguro que nunca se ha hablado aquí. Y añado que el solo hecho de que me haya preguntado por él revela que no necesita que yo lo mencione: García Montero es el poeta español más conocido en América, a lo que ha contribuido decisivamente su íntima vinculación con la editorial Visor, la que mejor se distribuye aquí, y, con sus frecuentes visitas a este continente, puede seguir divulgando su poesía cuanto le apetezca. Otro miembro del público nos informa de que no le gusta el poema en prosa y que por esa razón no le gusta Whitman. Yo le agradezco que nos haya ilustrado sobre sus gustos personales, pero le informo, a mi vez, de que Whitman no escribió poemas en prosa. No sé si estoy haciendo demasiados amigos. El caballero que el otro día me entregó un sobre con libros suyos en cuyo remite había hecho constar "El Poeta" me vuelve a entregar un sobre con más ejemplos de su obra inmortal. Este, al menos, sigue considerándose amigo mío.

martes, 29 de noviembre de 2016

En la Feria Internacional del Libro de Quito (2): catedrales, generales y obispos asesinados

Quito es, como la mayoría de las capitales hispanoamericanas, una urbe grande y desordenada, a menudo caótica, pero que contiene algunos tesoros incomparables, casi todos vinculados con el barroco quiteño, la escuela de arte que predominó en el país en los siglos XVII y XVIII. Esos tesoros se encuentran en su centro histórico, el barrio que ciñen dos elevaciones: la Basílica del Voto, al norte, y el cerro del Panecillo, al sur. Subrayo que ambas prominencias no limitan la ciudad, sino solo su núcleo antiguo: San Francisco de Quito se extiende muchísimos kilómetros más allá, en ambas direcciones. Este barrio central, donde se encuentran también las principales instituciones del Estado, empezando por el palacio de Gobierno, en la plaza Grande, tiene otra característica relevante: es un barrio vivo, real, esto es, no se ha gentrificado, como se dice por ahí, con horrendo anglicismo, cuando se quiere aludir a una zona de la que se ha expulsado a la población original para alojar a otra, foránea, que llega con más dinero y, por lo tanto, con mayores probabilidades de hacer negocio, o bien, simplemente, para constituir un parque temático que reúna las atracciones turísticas más rentables de la ciudad, sin la molestia de la gente, sobre todo de la gente pobre. Así ha sucedido en algunos lugares, como Venecia, donde ya no quedan venecianos, y así está sucediendo en otros, como Barcelona, donde algunos distritos son solo escenarios de piedra, en los que no hay más que turistas y negocios para los turistas. Quito, por suerte, todavía no ha llegado a esto. Allí se cruza uno con turistas, desde luego, pero también con trabajadores (encorbatados y manuales), y familias, y puestos callejeros c0n los productos más variopintos, y escolares (todos uniformados), e indígenas. Estos, los indígenas, los más pobres de todos, siempre llevan algo a la espalda: un colchón, o un fardo con fruta, o un niño. Ecuador es un país muy católico, a pesar del evangelismo rampante que le está mordiendo las entretelas a la Iglesia de Roma, y conserva con primor la herencia religiosa de los españoles. Hay iglesias por doquier. La catedral, situada también en la plaza Grande donde observo a muchos limpiabotas velando metódicamente por el brillo del calzado patrio; uno de ellos vende lotería al tiempo que unta el betún y pasa el cepillo, no es espectacular por fuera, pero alberga mausoleos e historias interesantes, amén de un hermoso retablo verde y oro tras el altar principal. Se empezó a construir en 1562 y no se acabó hasta 1806. En la fachada, cerca de la entrada, veo varias placas. Una, misteriosa, dice así: "Al pueblo ecuatoriano en gesto heroico y acto de civismo sin precedentes, el 5/2/1997 el pueblo ecuatoriano en unidad patriótica desterro (sic): la soberbia, el despotismo, la corrupción y la incapacidad de un gobierno que accedio (sic) al poder engañando y no supo cumplir con sus promesas. Gobernantes tened presente que los escuatorianos estamos vigilantes somos jueces y sabemos castigar. Quito, 5/3/1997. F. D. I.". Seguramente los ecuatorianos entenderán muy bien el mensaje, y sabrán qué pasó el cinco de febrero de 1997 y quién o qué es "F. D. I.", pero para un gachupín como yo (aunque no sé si aquí a los españoles se nos llama gachupines, como en México, o gallegos, como en la Argentina, o godos, como en las Canarias) es rigurosamente incomprensible, aunque pueda sospecharse su razón de ser. En todo caso, las instituciones o particulares que promueven estos recordatorios y, en su defecto, quienes los acogen, como el arzobispado quiteño deberían comprobar la ortografía y la puntuación con algún experto (dado que ambas materias parecen haberse convertido en un saber arcano para casi todos) a fin de garantizar la inteligibilidad, el aseo y, en suma, la dignidad del mensaje. En la catedral, en una capilla contigua a la sacristía, se encuentra el mausoleo del mariscal Antonio José de Sucre, el vencedor de Ayacucho y libertador del Ecuador. El 24 de mayo de 1824, los 3 000 hombres bajo su mando peruanos, colombianos, ecuatorianos, algunos españoles que habían cambiado de bando y hasta un batallón de voluntarios británicos, siempre deseosos de zurrar a sus inveterados enemigos europeos, el Albión se enfrentaron a las fuerzas realistas, parecidas en número, capitaneadas por el general Melchor Aymerich, presidente de la Real Audiencia de Quito. Lo singular del enfrentamiento fue que se produjo en las escarpadas laderas del volcán Pichincha, que se eleva junto a Quito, a más de 3 000 m sobre el nivel del mar. Allí, con poco margen para maniobrar y aún menos para que la caballería pudiese operar, se libraron feroces combates de infantería, que, tras muchas horas de batalla, parecían decantarse en favor de los realistas. Y cuando el batallón Aragón, la mejor unidad de que disponía Aymerich, formado por veteranos de la Guerra de la Independencia fogueados también en las guerras americanas, desgajado del cuerpo principal de sus tropas para que rodeara por la cima del volcán a los rebeldes y los atacara por retaguardia, parecía que iba a descargar el golpe definitivo, se encontró con que los británicos del Albión, de cuya situación Sucre no estaba seguro, habían llegado antes a la cumbre y lo sometían a devastadoras descargas de fusilería. El Aragón aguantó con entereza la lluvia de fuego, pero, tras sufrir muchas bajas, acabó desintegrándose. Sucre lanzó entonces, a la bayoneta, al batallón colombiano Alto Magdalena, que había tenido ocasión de recomponerse después de los reveses iniciales, contra la línea realista, castigada y exhausta, que no pudo resistir la acometida y se rompió definitivamente. Sucre ganó, así, la batalla de Pichincha y entró al día siguiente en Quito. Seiscientos cadáveres quedaron en el campo: 200 americanos y 400 españoles. En el mausoleo de la catedral se le llama "noble domador de España" y su austera urna, de andesita, una piedra negra del Pichincha, aparece rodeado por todas las banderas de los países a cuya independencia contribuyó y numerosas placas de homenaje: hay varias de Chile, Bolivia y Argentina, pero Venezuela, inflamada de fervor bolivariano, se lleva la palma: ha entregado nueve. La catedral de Quito ha contemplado otros sucesos fascinantes, además del funeral y entierro de Antonio José de Sucre. El 30 de marzo de 1877, en la misa de Viernes Santo, fue envenenado aquí el obispo de la ciudad, José Ignacio Checa y Barba, por el expeditivo y muy poco eucarístico procedimiento de echar estrictinina al vino de consagrar. Se conoce que el prelado no apoyaba las medidas antirreligiosas del gobierno del general Ignacio de Veintemilla que, por cierto, había accedido al poder dos años después de otro asesinato, el del presidente Gabriel García Moreno, en 1875, a la salida de esta misma catedral: ambos, Veintemilla y García Moreno están enterrados en ella; no así Checa y Barba y aquella oposición le granjeó, al parecer, la muerte. Qué estupendas las luchas de poder en las que durante milenios ha estado involucrada la Iglesia (y que llegan hasta el fallecimiento de Juan Pablo I el Breve). Qué magnífica aunque dolorosa y terrible para él, desde luego la imagen de un obispo que perece tras ingerir la sangre de Cristo, dadora —en este caso, literalmente de vida nueva y eterna. Tras todos estos macabros y truculentos acontecimientos, ¿quién quiere novelas policiacas o históricas para entretenerse?

sábado, 26 de noviembre de 2016

En la Feria Internacional del Libro de Quito (1): la inauguración

La Feria Internacional del Libro de Quito, a la que he sido invitado por la generosa sugerencia del poeta ecuatoriano Edwin Madrid, se celebra en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en el Parque del Arbolito. Debe de haber una razón para llamarlo así, pero, por más que me esfuerzo, no la encuentro: todos son árbolazos, con pájaros exóticos y todo. Asisto a la inauguración de la Feria, tras la que se inician los actos programados, el primero de los cuales es una lectura en la que participo con el cubano Sigfredo Ariel (este año el país invitado de honor es Cuba) y el ministro de Cultura del Ecuador, que también es poeta, Raúl Vallejo (aunque seguramente sería más adecuado decir que leo con el poeta Raúl Vallejo, que también es ministro de Cultura del Ecuador). Todas las inauguraciones, en todos los países del mundo, se parecen, y esta no es una excepción. Los parlamentos se suceden: por el atril desfilan los representantes políticos y culturales del gobierno anfitrión entre ellos, la presidenta de la Asamblea Nacional y del gobierno invitado, con alocuciones institucionales que, por decirlo con suavidad, no mueven al entusiasmo. Alguna resulta especialmente soporífera; alguna otra consigue espabilarnos un poco, como la de Vallejo, cuya intervención vivifica su condición de escritor. En los discursos, o más bien arengas, de los delegados cubanos no faltan las loas a los logros de la Revolución (los de siempre: sanidad y educación) y las denuncias al "criminal bloqueo", que ni ha sido bloqueo (sino embargo comercial por parte de un solo país, los Estados Unidos: Cuba podía mercar con cualquier otra nación del planeta, pero no tenía con qué hacerlo) ni criminal (porque establecer un embargo comercial, por más criticable que sea, no está tipificado como "crimen" en ningún código penal del mundo) y que, además, ya está en vías de concluir, pero en el que los funcionarios cubanos insisten porque, en casi sesenta años de Revolución, no han encontrado enemigo mejor para atribuirle todos los fracasos propios. Algunos de los que escuchamos, y que ya hemos empezado a tratarnos como el francés Stéphane Chaumet y los ecuatorianos Edwin Madrid y su mujer, Aleyda Quevedo-, echamos en falta algunos otros conspicuos logros del castrismo, como la falta de libertades y la represión política, los campos de trabajo, la persecución de los homosexuales, la ineficiencia económica y la pobreza generalizada, así como, entre los escritores que demuestran el gran nivel de la literatura cubana uno de los cuales es, para una de las oradoras, Alejo Carpénter, otros que también lo acreditan, pero que nunca aparecen en los panegíricos oficiales, como Guillermo Cabrera Infante, Reynaldo Arenas, Lorenzo García Vega u Orlando González Esteva. Acabados los parlamentos o, en el caso de los cubanos, las soflamas, pasan a interpretarse los himnos de Ecuador y Cuba. El primero corre a cargo de una soprano muy bajita, que lo ataca con la solemnidad que la ocasión merece. Todos lo escuchamos de pie. Del segundo se responsabiliza un señor negro, calvo, con tejanos, camisa negra por fuera del pantalón, corbata azul fluorescente y un arete en la oreja, aunque su actuación es breve: "La bayamesa", el epinicio nacional, que se remonta a 1868, cuando los cubanos ya se partían la crisma con los españoles, solo tiene dos estrofas; las otras cuatro fueron prudentemente eliminadas en 1902, una vez el país había ganado la independencia, porque no facilitaba las relaciones con la Madre Patria que dijeran, por ejemplo: "No temáis [a] los feroces íberos. / Son cobardes cual todo tirano. / No resisten al bravo cubano. / ¡Para siempre su imperio cayó!"; o bien: "Contempladlos a ellos caídos, / por cobardes se fueron vencidos". Y eso sin contar con el pequeño detalle de que quien venció a los españoles no fue "el bravo cubano", sino el aplastante norteamericano, cuya superioridad militar cayó con todo su peso sobre las exhaustas espaldas coloniales, a pesar de una resistencia tan desesperada como inútil. Mientras el solista entona el himno, es admirable el acompañamiento de su coro, en el que destaca un joven mulato con cresta cheroqui amarilla, gafas de espejo verdes y más aretes en las orejas: se conoce que los aretes en las orejas son imprescindibles en las orquestas modernas. Concluidos los himnos punteado el cubano por algún espontáneo "¡Viva Cuba!" que surge de entre el gentío, la banda contratada para la ocasión se arranca con lo que le sale de dentro: una actuación de salsa (con la que está en su salsa), con piezas memorables (entre las que, por desgracia, no se cuenta "Devórame otra vesss") que, al fervor patriótico provocado por "La bayamesa", suman el entusiasmo febril de los sones populares. Cuentan con la inestimable colaboración de la señorita Catalina, una isleña rolliza, residente en Quito, que se ha sumado a la fiesta y que parece a punto de explotar: Catalina no se viste, sino que se envasa al vacío. Con el frenesí del coplero y de la señorita Carolina, todos los cubanos, y no pocos ecuatorianos, empiezan a menear las caderas, girar las rodillas y puntear con los zapatos el ritmo sabrosón del grupo, en el que el joven de la cresta cheroqui se ha desatado y aporrea los bongos con pasión inenarrable, hasta configurar un espectáculo desenfrenado que suscita el disgusto de Aleyda, que me revela que a la banda se le había encargado una actuación con piezas clásicas y de jazz, pero que la han sustituido, motu proprio, por esta exhibición poco sobria, que concluye, como era de esperar, y apoteósicamente, con "Guajira Guantanamera". Tranquilizados los ánimos, nos dirigimos a la sala de actos donde se va a hacer la lectura. Para ello, tenemos que atravesar la pleonásmica exposición "Fidel es Fidel", compuesta por fotografías y vídeos del Comandante en el ejercicio del cargo. Confieso que no me resulta cómodo pasar por delante de un televisor en el que se proyecta interminablemente una grabación de Castro, vestido de generalísimo de los ejércitos, y pronunciando alguno de sus mesurados discursos, de nueve horas de duración, como aquel en el que dijo que en Cuba no había opositores, sino solo contrarrevolucionarios pagados por los Estados Unidos, o aquel otro, de 1966, en el que auguraba que la producción lechera de la isla sería tanta que se podría llenar de leche la bahía de La Habana. Dejamos atrás la hagiográfica exposición de Cuba en la FIL y pasamos a la sala de la lectura. Hay mucho público, al que, asombrosamente, no han retenido en el vestíbulo los mojitos y cubalibres gratuitos que se están sirviendo. A mí me toca leer el primero, tras la presentación de una meritoria de la organización, que me llama "Edward Moga" e informa de que soy "doctor en Filosofía"; luego lo hace Sigfredo Ariel (al que la misma meritoria llama "Sigifredo") y, por último, Raúl Vallejo (del que se limita a decir que es ministro de Cultura y que nació en 1959...), uno de cuyos poemas canta a los compatriotas emigrados a España e inevitablemente llamados "sudacas" por los pijos de la Castellana, y otro recuerda el asesinato del Che: el primero debe de ser un guiño (crítico) a mi presencia, y el segundo, otro (elogioso) a la presencia de Ariel. Cuando bajamos del escenario, todo el mundo, incluido el embajador de Cuba, nos estrecha la mano (en el improbable caso de que lea este diario, quizá lamente el gesto), y un anciano me entrega un sobre en cuyo remite ha escrito "El Poeta": me temo lo peor. Salimos a la calle charlando con el escritor peruano Fernando Ampuero, que es la viva imagen de Omero Antonutti. Hoy ha caído, al mediodía, un tormentón tropical, y las calles están empapadas. Las ranas croan.

martes, 22 de noviembre de 2016

Vida social (2): en el Aula Literaria Guadiana

Las aulas literarias, junto con los clubes de lectura, son uno de los grandes logros de la sociedad literaria extremeña. Antes de vivir en Extremadura, solo había sido invitado a una de ellas, la Díez Canedo, de Badajoz, dirigida por los infatigables Enrique García Fuentes y José Manuel Sánchez Paulete. Este viernes acudo al Aula Literaria Guadiana, de Don Benito, cuyos responsables son Manuel Simón Viola y José Carlos García de Paredes. No conozco Don Benito, así que la visita al Aula me servirá también para tener una primera impresión de la localidad. El primer encuentro, de los dos que se realizan a lo largo del día, tiene lugar en el colegio Claret, donde trabaja Simón. Antonio María Claret, el fundador de los colegios claretianos, fue un barcelonés viajero –nació en Sallent, en la Cataluña profunda, que también existe, muy cerca de Vic, una ciudad de acendrados sentimientos religiosos, y luego anduvo, predicando la palabra de Dios, por Roma, Lanzarote, Cuba, Madrid y Francia–, confesor de la reina Isabel II, a la que acompañó al exilio parisino, y responsable de otras prédicas menos edificantes, como las contenidas en «Avisos saludables para ser buena casada» de su Colección de opúsculos, publicado en 1849, en las que proclama, con flamígera vehemencia, la necesidad de quemar libros y, ya puestos, a sus autores. Sus sucesores, por fortuna, no comparten su furor savonarólico, sino que dan amparo hoy a los escritores, incluso a los ateos como yo, que acuden a sus centros a hablar de literatura con los alumnos. Los tiempos adelantan que es una barbaridad. Cuando llego a la recepción del colegio y pregunto por Simón, el conserje que atiende (aunque quizá sea un profesor: ya no se sabe, con tantos recortes...) me pregunta a su vez: "¿Es Ud. el escritor?". Sigue resultándome chocante que me identifiquen solamente como escritor, y aún más identificarme yo solo como tal. "Sí", respondo, "supongo que sí". Simón acude enseguida y me saluda con su cordialidad habitual. Lo primero que hace es entregarme el cuadernillo que ha publicado el Aula, con los poemas que hoy leeré, no sin lamentar unas erratas que afean la página en la que consta mi currículum. Pero no importa: la publicación es más que digna, y servirá muy bien al propósito que me trae hoy a Don Benito. Esperamos un rato, tomando un café, en una gran y desangelada sala (lo que resulta contradictorio con el hecho de que en las paredes haya cuadros de ángeles, aunque también desangelados; pero dejémoslo: me estoy liando); charlamos, y no dejo de admirar una enciclopedia Espasa que casi llena una pared como un ejército de saberes ensotanados, y esto sí resulta coherente. Pero no tardamos en pasar a la sala de actos, donde ya están reunidos los alumnos de los tres centros de enseñanza que participan en las lecturas del Aula. Simón me ha contado algunas anécdotas de un par de escritores que han visitado el Aula sin ser, o sin querer ser, conscientes de que iban a leer para adolescentes. Uno de ellos, tenido por picajoso, algo que no cuesta deducir de su prolija literatura, dio un puñetazo en la mesa cuando el runrún de las conversaciones superó el nivel de ruido, bajísimo, que estaba dispuesto a tolerar. El puñetazo fue efectivo: acalló de raíz a los parlantes. De hecho, fue tan efectivo que los acalló completamente: cuando se abrió el turno de preguntas, nadie osó abrir la boca, no fuese a ser que se la cerrara de nuevo con otro mamporrazo. Y allí quedó el escritor picajoso, defensor a trompadas de la sublimidad de su estro, sin hablar y sin que le hablaran, sumido en un silencio perfecto, reflejo insuperable de la perfección de su arte. Otro, me cuenta Simón, no recurrió a la violencia física, sino al maltrato psicológico. Cuando un alumno alabó su poesía, pero reconoció, con la tímida cordialidad de sus dieciséis o diecisiete años, que no la había entendido (lo cual, en realidad, revela a un buen lector de poesía, aquel que no subordina la apreciación de su belleza a su comprensión racional), el afamado y ya provecto vate respondió: "Pues tiene Ud. un problema... Siguiente pregunta". Para no ser otro ejemplo de engreimiento y mala educación, mi tarea consiste hoy en recordar en qué registro he de moverme, a qué nivel he de hablar: no más bajo, sino adecuado a mis interlocutores. Me esfuerzo, pues, no por explicar los poemas (sigo creyendo que, sea quien sea su destinatario, deben explicarse por sí mismos), pero sí por contextualizarlos, por dar alguna clave por la que quienes los escuchan puedan entrar en ellos, o encontrar algún asidero que les permita experimentarlos mejor. Observo que, cuando anuncio que voy a leer una décima erótica, se produce un revuelo en la sala. Yo creía que los cuchicheos y las risitas nerviosas ya habían desaparecido: que los jóvenes de hoy estaban lo suficientemente impuestos en materia sexual –a gran diferencia de nosotros, los que nos educamos en colegios de curas en la sórdida noche franquista, sin costumbres liberales, ni libros guarros (o muy pocos), ni películas porno (aún menos), ni Internet– como para no alterarse por algo tan inocente como una décima que relata una honesta felación. Pero no: se conoce que algo así continúa causando un notable alboroto en las almas juveniles, y me pregunto por qué (además de por el hecho, nada desdeñable, de que un tercio de la audiencia siga educándose en un colegio de curas). En el turno de preguntas, en el que los chicos se muestran sorprendentemente participativos (una ventaja de no aporrear la mesa cuando hablan), uno quiere saber de qué trata la décima que he leído: me niego a decírselo, claro: estoy seguro de que todos lo saben ya. Otra, luego de discutirlo apasionadamente con su compañera, sostiene que un verso de los haikús que he leído no tiene las siete sílabas preceptivas. Le explico que, según las leyes métricas del castellano, los versos que acaban en una palabra aguda suman una sílaba más a las prosódicas, y que por eso "el lánguido mastín" es heptasílabo (Simón me susurra que el poeta que pasaba a la siguiente pregunta sin haber contestado a la anterior, no habría dudado en responder a esta: "¡Aprenda Ud. a contar, señorita!"). El acto concluye, por fin, no sin que algunas alumnas (siempre son alumnas las que lo hacen) se me acerquen para pedirme, encantadoramente turbadas, que les dedique el cuadernillo. Tengo comprobado que, de la turbamulta de escolares que participan por obligación, y muchos de ellos con desgana, en estos actos, siempre sobresale alguno, o, mejor no, no sobresale: siempre reconozco a alguno que atiende con fijeza, aunque algo desvalido, desde las primeras filas, que mira con profundidad, siguiendo en un silencio lleno de inteligencia, y despreocupado de las burlas o distracciones de sus compañeros, las explicaciones del invitado. Algunas de estas chicas son de esas. Les firmo con gusto los libritos y nos retiramos todos. Simón, José Carlos, Ángeles y yo vamos a comer entonces al restaurante Quinto Cecilio, en Medellín. Es una tarde lluviosa, pero disfrutamos por igual de las vistas del pueblo, con sus iglesias (una de las cuales presenta el rasgo insólito de que el campanario, exento, sea más bajo que el templo) y su castillo. La apacibilidad del paisaje oculta un enclave torturado: desde la Conisturgis de los conios, destruida por los lusitanos, hasta la Guerra Civil española, en la que Medellín fue frente de guerra, sometida a intensos bombardeos por parte de los dos bandos, pasando por la expulsión de los visigodos por los árabes, las luchas de estos con los cristianos de la Reconquista, las peleas asociadas al conflicto dinástico entre Isabel de Castilla y Juana la Beltraneja, y la terrible batalla de Medellín, en la Guerra de la Independencia, en la que el general Claude-Victor Perrin infligió una grave derrota a las tropas españolas, al mando del general Gregorio García de la Cuesta, y luego cumplió lo prometido antes del choque, no dar cuartel, fusilando a todos los españoles que se rendían, la villa natal de Hernán Cortés (qué grande el momento en que el querido alcalde de Medellín, en nuestro reciente viaje oficial a Colombia, le entregó a su homónimo emeritense americano un busto, de varias arrobas de peso, del conquistador de México) ha concitado enfrentamientos y combates con desdichada asiduidad. Tras la comida, queremos visitar el teatro romano, pero llegamos cinco minutos tarde: cierran a las seis, y son las seis y cinco. Paseamos a su alrededor, como fieras a las que les gustaría estar enjauladas, pero no pueden entrar en la jaula. No obstante, ya falta poco para la lectura en el Museo Etnográfico, que completa la jornada en el Aula, así que allí nos dirigimos. Normalmente, las lecturas del Aula Literaria Guadiana se celebran en la Casa de Cultura, un impresionante edificio de Rafael Moneo en el centro de Don Benito, una localidad mucho más populosa de lo que imaginábamos, pero hoy está ocupada por otras actividades. No me importa en absoluto leer en el Museo Etnográfico, que José Carlos Rosales nos informa de que ha sido calificado como uno de los dos mejores de su clase en España; el otro es el de Olivenza, y ambos, señaladamente, se encuentran en Badajoz. Por desgracia, de nuevo, no podemos hacer una visita cabal al lugar: hace cinco minutos que han cerrado. Los cinco minutos de retraso nos persiguen. Ello no obstante, una empleada muy amable se ofrece a enseñarnos las salas principales alrededor del patio central del edificio, antigua residencia de los condes de Campos de Orellana. Atisbamos la acumulación de objetos heterogéneos, desde un consultorio médico hasta una tienda de ultramarinos (qué nombre tan delicioso: lo que viene de allende el mar), y saboreamos la singular mezcla de arquitectura y materiales nobles y espíritu rural. Leo en una sala central, peristilada, de techos altísimos y aire neoclásico, con reminiscencias modernistas, tras la amable presentación de Simón y unas palabras de bienvenida de la concejala de Cultura de la localidad. Entre quienes han tenido la generosidad de asistir, bastantes amigos: Elías Moro (que llega tarde: ha estado esperando fuera a que le abrieran, mientras el acto se desarrollaba ya en el interior...), Yolanda Regidor y su marido Eduardo, Antonio Reseco, Domingo Álvarez y Antonio María Flórez. También saludo a Diego González, inminente autor de la Editora Regional de Extremadura, y a su esposa, y a algunos miembros del club de lectura de Don Benito. Luego, en un bar próximo, cerveceamos y nos reímos. Al final, de eso se trata: de que la literatura, la poesía, sea un motivo para el placer y la risa. Sin alegría nada vale la pena.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Nada pueden bombas

En ¡Ay, Carmela! (1990), lo primero que se agradece es que haya una coma entre la interjección y el vocativo del título: hoy ya casi nadie señala con ese humildísimo pero esclarecedor (y preceptivo) signo de puntuación al destinatario del aserto. Lo segundo, la limpieza con la que se narran los conflictos y sentimientos de los personajes. Para ello, Sanchís Sinisterra, el autor de la versión dramática original, y Carlos Saura, el director de la película, se valen, sobre todo, del humor, un humor que impregna toda la película, salvo el tristísimo final, convirtiéndola en uno de los mejores ejemplos de tragicomedia de nuestro cine reciente. Sonreímos –con tristeza, pero sonreímos– cuando Paulino, acuciado por un hambre perseverante, estructural, un hambre de guerra civil (que es más hambre que la de cualquier otra guerra, porque el pan no lo roba el enemigo, que acaso esté muy lejos, sino el vecino, que está dolorosamente cerca), se merienda un gato, royendo con fervor los huesecillos y convenciéndose de que es conejo –evocador del tomillo y el romero de los campos por los que ha triscado– frente a la lapidaria admonición de Gustavete en su pizarrín: “Es gato”. (Por cierto, que lo que escribe el mudo interpretado por Gabino Diego es siempre, por su innegociable brevedad, de una eficacia comunicativa absoluta, incluso cuando se equivoca: “Viva Mulosini”, garabatea para halagar al fascista pero enternecedor teniente Ripamonte). También sonreímos cuando los italianos del Corpo Truppe Volontarie, bajo la dirección de Ripamonte, con plumas en el casco y desfilando por el escenario como si pisaran brasas, atacan con brío ratonil el Faccetta Nera y suscitan el siguiente diálogo entre los dos principales jefes españoles: “–¡Estos no tienen arreglo! –¡Son una panda de maricones!”. (Los militares de Franco despreciaban a los italianos por su escaso fuste bélico, que ellos identificaban con una hombría igualmente escasa, y hasta se enorgullecían de que los republicanos, españoles como ellos al fin y al cabo, los hubieran derrotado en Guadalajara). Todo se derrumba al final, cuando Carmela es asesinada de un tiro en la frente por un oficial exaltado, y el sobrecogimiento nos vence al ver la despedida de Paulino y Gustavete de su tumba, un mero túmulo de tierra, cuya lápida es el inmarcesible pizarrín del mudo, que envuelve una grisura cósmica, anunciadora de la espesa oscuridad de la posguerra. Pero hasta ese momento, todo el drama se puntea de ironía, de la mellada pero aún cortante ironía de las tragedias colectivas y las calamidades individuales. Y por ese angosto camino es muy difícil –y meritorio– transitar, aunque en España haya una cierta tradición de cine humorístico sobre la Guerra Civil, como demuestran La vaquilla o Belle Epoque
      Pese a la bastedad de las situaciones descritas, todo es delicado en ¡Ay, Carmela! Carmen Maura interpreta angelicalmente a Carmela, sin que ello saque al personaje del barro en el que le ha tocado vivir: incluso cuando se deja manosear una teta por un soldado de Murcia en la cabina de un camión republicano o le enseña la otra teta al ojiplático Ripamonte, en ambos casos para obtener el beneficio de la supervivencia. También Andrés Pajares se desenvuelve con una finura insólita. De hecho, ¡Ay, Carmela! es lo único que se le recuerda que no consista en un mero acopio de jirimejias tartamudeantes o un chorreo de chistes chuscos, con la inestimable colaboración de Fernando Esteso. Carlos Saura consigue domar su histrionismo de película de cine de barrio y le arranca un personaje contenido y polisémico, al que no se le escapa nada de lo que ocurre, pero que prioriza seguir vivo, comer y hacer el amor, por este orden, en el sangriento patio de Monipodio de la guerra por el que el destino ha querido que deambule. Paulino lee para sí el parlamento que le entrega Ripamonte, con el que ha de iniciar la velada teatral para los fascistas, rezumante de Españas eternas y alegorías marciales, y, al acabar, exclama: “¡Anda, que también estos…!”. Ni un ápice de su burla o su desprecio asoma cuando lo lee después ante los soldados de Franco, o cuando declama fragmentos del “Romance de Castilla en armas”, incluido en los Poemas de la Falange eterna, del repugnante Federico de Urrutia (que firmó los aún más sobrecogedores “Poemas de la Alemania eterna”: se conoce que Urrutia, como tantos otros de su calaña, estaba obsesionado con la eternidad), o cuando saluda con el brazo en alto y los ojos perfilados de negro, sobre el fondo de una gigantesca bandera española con aguilucho. ¿Y qué decir de Gabino Diego, ese actor que, tras su apariencia desgalichada, es un reloj atómico, un metrónomo de la interpretación, ese “zangolotino” –como lo bautizó Fernando Fernán Gómez en la inolvidable El viaje a ninguna parte, y como no puedo nunca dejar de verlo– que jamás zangolotea, sino que se ajusta a las necesidades del personaje, ya sea un rey pasmado o un yonqui inverecundo, como un engranaje de diamante? El Gustavete que se queja de que lo engañen en el magro reparto del embutido de la cena con su laconismo de yeso (“Trampa”, grita, silencioso, en el encerado), que hace de coro –un coro de uno– en el “Uruguay” que cantan Paulino y Carmela, vestido de requeté, pero semejante a una jirafa o a una marioneta, y que recupera el habla cuando fulminan a su adorada Carmela (cuya muerte y desplome, por cierto, son el único fallo técnico de toda la película: el agujero que abre la bala es ridículo: un disparo así revienta el cráneo; y nadie a quien se le pegue un tiro en la cabeza cae al suelo como lo hace Carmen Maura, apoyando incluso una mano en las tablas para amortiguar el golpe), parece un adolescente inmarcesible, un desvalido berroqueño, un tonto listo, un mudo elocuente. En cualquier caso, un secundario principal.    
        ¡Ay, Carmela! no escamotea el conflicto ético, sino que lo subraya con oblicuidad: lo tamizan la miseria de los protagonistas y el peligro al que no dejan de estar expuestos, que les obliga a vivirlo, no como autómatas, de uno u otro bando, sino como seres humanos cuya principal necesidad es llegar al día siguiente, a ser posible con algo en el estómago. El contraste entre la naturalidad –y la alegría– con la que actúan, al principio, para los milicianos (que gritan “¡libertad¡, ¡libertad!”) y la amostazada profesionalidad con que lo hacen, al final, para la soldadesca facciosa (que gritan “¡puta!” y “¡guarra!” cuando Carmela se exhibe envuelta en la bandera tricolor, la que ampara a los partidarios de la libertad) refleja bien la posición personal de los personajes y el fiel ideológico de la película. Pero el humor y la ambigüedad, que no se oponen a la pulcritud de lo narrado, encauzan el compromiso político y moral por la vía del arte: le trasfunden vida, que es lo contrario de lo tético, de lo sagrado, de lo inorgánico. Carlos Saura pergeñó en ¡Ay, Carmela! un artefacto minucioso y palpitante, como lo están los sentimientos de sus protagonistas hasta el pistoletazo final, y aun más allá.

[Este artículo, con el título de “Nada pueden bombas”, se ha publicado en el núm. 250 de Versión Original. Revista de Cine, julio-agosto de 2016]

sábado, 12 de noviembre de 2016

Y va Trump. Y van tres.

Interrumpo la serie prevista de "Vida social" para expresar mi estupor y mi rabia por la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Donald Trump, como escribí hace no demasiado en este mismo blog, representa lo peor de ese país, como ha demostrado con creces durante la campaña electoral (y, en general, a lo largo de su vida), en la que no ha habido una sola ocasión de exhibir al imbécil que es que no haya aprovechado con minucia y deliberación. Es un imbécil a su lado, George W. Bush es Aristóteles, pero también muchas cosas más: la más preocupante es que sea un fascista embozado, al que la bicentenaria democracia americana solo ha otorgado una delgadísima pátina de respetabilidad, más delgada aún que su cerebro. Por Trump ha votado la gente más inculta, la más primitiva, la menos inteligente. Muchos andan por ahí intentando dar a ese voto una explicación racional, aplicándole lo que ya se ha convertido en un tópico: que esas amplias masas de blancos pobres, sin formación y habitantes de los pueblos del interior del país han expresado su rechazo por haber sido excluidos de las ventajas de la globalización y del bienestar económico, por haber sufrido el gobierno de las élites federales, lejanas y ajenas a sus problemas. Quizá sea cierto, aunque yo creo que la explicación es otra: cuando alguien te permite, es más, te anima a sacar lo peor de ti, los miedos más idiotas, los prejuicios más absurdos pero consoladores, la suciedad profunda del hipotálamo y las tripas, toda la violencia y el odio y la irracionalidad que se agazapan en los sótanos de la psique y del alma, y de que eso tenga un efecto real en el mundo, aupando a la presidencia del país más poderoso de la Tierra a alguien que lo encarna, muchos encuentran difícil resistirse a hacerlo. Pero votar a un imbécil es siempre un voto imbécil. Y ninguna explicación justifica la opción por un energúmeno de la calaña de Trump. Dan ganas de darse de baja de demócrata o de pedir plaza en la próxima expedición tripulada a Marte, aunque confieso que para tener probabilidades de cambiar de planeta aún he de ahorrar bastante. En España conocemos bien el perfil de Trump: lo encarnó mucho tiempo Jesús Gil y Gil, aquel prohombre de la cultura y de la gestión pública ejemplar, aquel prodigio de sutileza y caballerosidad, asimismo empresario de éxito (aunque de vez en cuando se le cayera algún edificio, como a Trump se le han caído algunas empresas), a pesar de que al alcalde de Marbella no lo siguiera a todas partes un militar con un maletín en cuyo interior viajan los códigos nucleares. Y en Italia han disfrutado de Silvio Berlusconi, otro ejemplo moral, dechado de virtudes cívicas y faro de la inteligencia. La elección de Trump se suma a otros disgustos que muchos hemos recibido en referendos o elecciones mundiales, como el bréxit y el rechazo al plan de paz en Colombia. Parece que no salimos de esta espiral de miedo, aislamiento y venganza. Al bréxit solo le reconozco un efecto positivo: quizá a algunos les haya quitado de los ojos la venda de cierta anglofilia papanatas (toda admiración acrítica lo es) y revelado que aquella sociedad no es el paraíso de la bondad política y el sentido común, sino un lugar como todos, con algunas virtudes y no pocos defectos, en el que la gente se comporta de forma muy distinta a como dictan los arquetipos, en buena medida construidos por ellos mismos, en su beneficio. Y el plan de paz en Colombia, aunque truncado por los colombianos, le ha reportado el premio Nobel de la Paz al presidente Santos: él y su familia, por lo menos, estarán contentos. Nos quedan cuatro años de Trump, si es que los norteamericanos no deciden prolongarlos otros cuatro más. A la vista de lo sucedido, no es una opción descartable. Retrocederemos, sin duda. Solo podemos rogar que los destrozos en el clima, en la economía mundial, en los derechos de todos, en la paz no sean irreparables y seguir trabajando, en la medida de las posibilidades de cada cual, por defender lo fraterno, lo honrado, lo compasivo, lo razonable: todo lo que no es Donald Trump (ni los 59 727 805 de americanos que votaron a Clinton; sus partidarios fueron menos, 59 505 613: otro triunfo de la democracia; otro motivo de exasperación).