martes, 14 de enero de 2020

Picasso: un escritor que pinta

En el Museo Picasso, se reúnen dos exposiciones sobre la vertiente literaria de Pablo Picasso, que fue mucho más amplia de lo que se cree, pero que ha quedado oscurecida por la magnitud de su fama como pintor: Pablo Picasso. Paul Éluard. Una amistat sublim y Picasso poeta. Las visito con mi amiga Anay, que ha tenido que vencer cierta antipatía por la persona que fue Picasso para acompañarme en esta ocasión. No obstante, que haya sabido separar la conducta del hombre de la creación del artista demuestra altura de miras, y es un mérito que estoy muy dispuesto a reconocerle. La primera impresión es agradable: no hay colas para entrar. La última vez que pasé por aquí, había una que recorría prácticamente toda la calle Montcada, compuesta mayoritariamente por japoneses, pero que desprendía un tufo soviético (o cubano: en La Habana se forman colas parecidas para coger la guagua o comprar papel higiénico). Vemos primero la exposición sobre Picasso y Éluard. Los dos artistas se amistaron en 1935 y, hasta la muerte del francés en 1952, cultivaron y acrecieron esa amistad, hasta el punto de configurar un dúo, un bloque, coincidente en empuje creador, sensibilidad artística y opciones políticas: ambos se opusieron a los fascismos del medio siglo y se afiliaron al Partido Comunista. La exposición recorre la columna vertebral de ese vínculo, integrado por la influencia del pintor en el poeta y del poeta en el pintor, por sus compromisos artísticos y políticos, y por una cotidianidad a menudo compartida. Los dos, por ejemplo, junto con sus mujeres respectivas, Dora Maar (que Éluard le había presentado a Picasso) y Nusch Éluard (con la que el poeta se había casado tras separarse de Gala, que luego se convertiría en la musa de Dalí: el círculo sentimental de los surrealistas era ciertamente endogámico), pasaron varias vacaciones juntos en Mougins, cerca de Cannes, donde Picasso se compraría más tarde una casa y moriría en 1973. Abundan los dibujos y óleos de Picasso de Paul, Dora y Nusch, así como fotografías de unos y otros (tomadas por la propia Dora o por otros fotógrafos famosos, como Man Ray o Brassaï). En las obras de Picasso no faltan los cojones y los coños, frecuentes en sus papeles y lienzos, y las narices caen donde caen; como todo, en general: el cubismo impera. Tampoco faltan las cartas y postales que se intercambiaron: esas menudencias sentimentales que consolidan una relación duradera en el tiempo y el espacio. Picasso aparece en muchas de las fotos expuestas como le gustaba estar siempre: en camiseta de tirantes, horrorosas, y calzones cortos pero anchísimos, como un probo labriego español. Éluard, en cambio, se muestra siempre mucho más peripuesto, con americana y hasta corbata, fino y elegante: un auténtico caballero parisino, por muy surrealista que fuese. Bueno, siempre no: en una foto de grupo tomada en la playa, luce un bañador ajustadísimo y subido hasta más allá del ombligo: no resulta una visión placentera. Nusch, por su parte, que había sido acróbata y actriz, exhibe el pecho desnudo en otra foto de un verano en Mougins: los intelectuales de aquel tiempo desafiaban las convenciones de la sociedad y sus estándares éticos, como Dios manda. Varios poemas de Éluard ilustran aquellos amores, aquella amistad y aquel mundo, como todos los dedicados a Picasso (uno dice: "He vuelto a ver a quien no olvido nunca. A quien no olvidaré jamás") o el titulado "Noviembre, 1936", que escribió cuando España libraba ya una atroz guerra civil, un conflicto que no dejaría de atormentarlos y en el que ambos tomarían un resuelto partido por la República: "Mirad cómo trabajan los constructores de ruinas / Son ricos pacientes ordenados negros bestiales / Hacen todo lo posible por quedarse solos en la tierra / Están al límite del hombre y lo colman de inmundicia / Pliegan a ras de suelo palacios sin cerebro". Esta pieza inspiraría los grabados de Sueño y mentira de Franco, de enero de 1937. Pero Éluard también escribió versos de amor a su mujer, Nusch, como en este poema epónimo: "La cabellera de las caricias / Sin recelos ni sospechas / Tus ojos se entregan a lo que ven / Vistos por lo que miran / (...) De noche tus ojos se pierden / Para unir vigilia y deseo". Otro poema inspirado por su mujer, pero utilizado en la lucha contra el enemigo nazi —los aliados lo lanzaban desde el aire sobre el París ocupado—, es el legendario "Liberté", cuya estrofa final dice: "Y por el poder de una palabra / Reinicio mi vida / He nacido para conocerte / Para nombrarte / Libertad". La exposición no es solo pictórica: también recoge muestras de la escultura de Picasso, como un Cap de mort ('Cabeza de muerto'), de 1943 —inspirado, seguramente, por la carnicería que se desarrollaba entonces en el planeta—, que es eso, un negro, deforme y espeluznante cráneo humano, con grandes huecos en lugar de ojos, ubicado junto a un cráneo relicario de Gabón, propiedad de Éluard, también negro y también estremecedor. Pero Picasso bebía del arte primitivo de África, de Chipre, de cualquier sitio— para componer su mundo, y esta es otra prueba de su ecumenismo creador. Un poco más allá de los dos cráneos, vemos un molde en yeso de la mano de Picasso: nos sorprende la cortedad de sus dedos. Uno se los imaginaba largos y finos, como los de un pianista: instrumentos afilados que sostuvieran con fuerza y gracilidad el pincel. Pero eran tan chaparros, tan morcillescos como él. Es muy interesante asimismo el Retrato de Paul Éluard, de 1941, una sucesión de dieciocho dibujos del perfil del poeta, con pequeñas variaciones del primero al último, en busca de una esencialidad que se aproxima a la abstracción. No obstante, solo se exponen dieciséis: los dos que faltan fueron regalados (uno, al propio Éluard). La faceta política de los dos Pablos tiene igualmente una amplia representación en la exposición. Picasso se afilia al Partido Comunista en 1944 y, con la liberación de Francia y el fin de la Segunda Guerra Mundial, su obra se llena de palomas: toda una pared de la sala está cubierta de ellas. Pero allí, en un rincón, figura también un dibujo, de formato mucho más pequeño, en el que se lee, con la caligrafía picuda habitual de su autor: "Staline, a ta santé" ('Stalin, a tu salud'). Picasso entra con esta pieza en la concurrida nómina de grandes creadores que han loado a uno de los mayores criminales de la humanidad (el segundo con las manos más manchadas de sangre, después de Mao, según las últimas estadísticas): Neruda, Alberti, Nicolás Guillén y Miguel Hernández también incurrieron en ese terrible trampantojo. El sentido combativo del arte y el compromiso político, certero o equivocado, de Picasso quedan bien reflejados en la reflexión que hizo en marzo de 1945 y que preside la sala: "No, la pintura no está hecha para decorar los pisos. Es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo". A este planteamiento responden también otras piezas expuestas, como el gran óleo Masacre en Corea, de 1951, motivado por la guerra que entonces se libraba en el país asiático, y en el cual, dispuestos como en Los fusilamientos del 3 de mayo, de Goya, un grupo de hombres acorazados, con aspecto de robots, fusila a otro grupo de hombres, mujeres y niños desnudos. La exposición concluye con la proyección del documental Guernica, de Alain Resnais y Robert Hessens, de 1950, cuyo texto escribió Paul Éluard y leen Jacques Pruvost y María Casares. Las imágenes, fracturadas, superpuestas, subrayan los ojos desparejados del cuadro, las lenguas puntiagudas que salen como cuchillos de las bocas, las cabezas paralelas al cuerpo, todo el dolor sentido, pintado, gritado, que suscitó el bombardeo de la ciudad vasca. De las perturbadoras imágenes de Resnais pasamos a la otra exposición "Picasso poeta", enmarcada por esta reveladora cita del malagueño: "Si fuese chino, no sería pintor, sino escritor: escribiría mis pinturas". La pintura y la literatura estuvieron siempre muy cerca en la obra de Picasso; de hecho, cabe decir que se fundieron en una. André Breton lo dio a conocer como escritor con "Picasso poète", un texto publicado en Cahiers d'Art en 1935, y Picasso confirmó esa condición de poeta que le atribuía el autor de Nadja, aunque "descarriado". Quizá por eso trituraba el lenguaje en sus cuadros, y en lo que no eran cuadros, como si fuese una masa verbal de la que extraer sonidos, colores, asociaciones, quebrantamientos, raptos. Picasso escribió poemas en castellano y en francés, siempre rabiosamente surreales, como este, fechado el 24 de noviembre de 1939: "El ungüento que decora el vacío del cielo con las esquinas encendidas por la uña que clava sus labios en el cebo de cantos de gallo devorando sus sonrisas sus caricias haciendo garabatos en la pizarra la fachada aún de pie milagrosamente pelando su barba en el borde del velo de encaje de la vela de la mirada presa en el hielo de las águilas desatadas del lago que ondea en la ventana". Y también escribió teatro, de igual sesgo irracionalista, cuya mejor manifestación acaso sea El deseo atrapado por la cola, de 1941, originariamente en francés. Pero asimismo incorporó el lenguaje a su pintura. Vemos cinco de los once dibujos que componen otra variación sobre un mismo tema, Il neige au soleil ('Nieva al sol'), en los que la frase cambia, desde la legibilidad inicial a la desarticulación absoluta, con líneas dispersas e hiperbólicas. También pinta un óleo cargado de humor negro, una sátira feroz, contra los facciosos que se han rebelado contra la República y quienes los apoyan, Retrato de la marquesa de culo cristiano echándole un duro a los soldados moros defensores de la Virgen (un título que es, por sí mismo, una breve pieza literaria), de 1937, cuya horrenda protagonista enseña un cuello peludo y unas garras retorcidas, con las que sostiene una banderita de España (hoy, Cayetana Álvarez de Toledo, que también es marquesa, exhibe la enseña patria en una pulserita de muñeca): parece una cacatúa. Y, finalmente es la última sala que atravesamos antes de salir, a Anay y a mí nos fascina el poema litografiado Le chant des morts ('El canto de los muertos'), de 1948, con cuarenta y tres poemas de Pierre Reverdy, autografiados por este e iluminados con tinta roja por Picasso en 125 litografías, como los códices medievales. La imbricación de pintura y poesía es aquí absoluta. Y así, iluminados, cantados, imbricados, pero muy vivos, salimos otra vez a la calle Montcada. Anay, además, se siente legítimamente orgullosa: ha sido capaz de disfrutar de los poemas y de los cuadros de una persona con la que nunca se iría a tomar un café. Y yo me alegro por ella.

jueves, 9 de enero de 2020

El tenis, un deporte de caballeros

El otro día fui a una tienda de Apple en Sant Cugat para que me revisaran el portátil, que ha dejado de funcionar. Así, porque sí. No estaba del mejor humor, pero el enfado que me turbaba no me impidió reconocer, entre las personas que esperaban a ser atendidas, a Álex Corretja, el extenista. Corretja es uno de los personajes famosos que viven en Sant Cugat: aquí tiene un restaurante, aquí vive con la modelo Martina Klein y aquí mantiene un largo litigio por una casa cuya demolición ha ordenado el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Este hombre fue un tenista importante a finales del siglo pasado y principios de este: ganó docena y media de torneos, una Copa de Maestros, una Copa Davis, una medalla olímpica y fue dos veces finalista en Roland Garros: en la primera, perdió con el también español Carlos Moyà, y en la segunda, con el brasileño Gustavo Kuerten, que remontó el primer set, ganado por Corretja, y acabó venciéndole por tres sets a uno, con rosco incluido en el último. La presencia de Corretja en Apple me recordó mi larga, muy larga relación con el tenis, hasta hace algunos años. Todo empezó, como tantas otras cosas, con la anglofilia de mi padre, que admiraba aquel deporte inventado por los ingleses, como tantos otros deportes (casi todos). Y, como era un padre intervencionista, un padre proselitista y tribunicio, no dejaba de inculcarle esa admiración a su hijo. A mi padre le gustaba la elegancia del tenis, uno de los pocos deportes, decía, en los que no hay contacto físico entre los contrincantes (salvo, claro está, si se mandan pelotazos al cuerpo con la intención de reventarse; pero ese es un contacto delegado: no una patada o un guantazo, tan plebeyos, sino un misil que aún arrastra cierta cortesía consigo). Y todavía más le gustaban ciertas tradiciones que los ingleses mantenían a rajatabla, como que los participantes en el torneo de Wimbledon, la catedral del tenis, tuviesen siempre que jugar de blanco (y las damas, con falda). Aquellos formalismos le encantaban y consiguieron fascinarme también a mí. Aunque no es extraño: yo era un crío muy influenciable. Lo cierto es que mi padre y yo nos pasábamos horas viendo los partidos en televisión. En blanco y negro, por supuesto, y con la cantinela reduplicativa del regordete y añorado Juan José Castillo: "¡Entró, entró!", gritaba el locutor cuando la bola, en efecto, entraba. No era muy imaginativo el hombre, pero sí muy imparcial. Del tenis me gustaba, extrañamente, la dimensión topográfica: cómo los jugadores se esforzaban por tirar líneas que superasen al contrario, y que acababan dibujando una malla móvil, saltarina, invisible, imprevisible, que igual incorporaba una recta impecable que un ángulo agudísimo o un semicírculo que, vaya uno a saber por qué, se llamaba lob. La puntuación y la terminología del tenis le resultaban también atractivas, por misteriosas (e ilógicas), a mi padre, y, por lo tanto, también a mí: ¿por qué cada punto no daba un punto, sino quince? ¿Por qué, a partir del tercer o cuarto punto, según, ya no daba quince, sino diez? ¿Por qué, si estaban empatados a cuarenta puntos, cada punto ya no valía quince puntos, ni diez, sino una ventaja, o volvían a estar iguales, como los ciegos? ¿Y por qué, en fin, si uno no conseguía ningún punto, se decía que iba a love, es decir, a amor? ¿Qué tenía que ver el amor con todo aquello? Aquellas preguntas le causaban a mi padre una gran confusión, pero era una confusión gozosa. Ver un partido de tenis era para él como ver un documental de animales: uno contempla las evoluciones de un cangrejo de los cocoteros, pongamos por caso, y no entiende nada de lo que hace, pero, precisamente por eso, por esa incomprensión absoluta, se siente encandilado por el bicho. Mi padre veía a los jugadores de tenis como a elegantes cangrejos de los cocoteros, que se dejaban la vida por enviar un trozo de caucho al otro lado de una red. Y yo también. En aquellos tiempos remotos, nuestros favoritos —es decir, los suyos, que yo hacía míos— eran los artistas, como Ilie Nastase, rumano, el George Best de la raqueta, un verdadero virtuoso del encordado, capaz de enviar la pelota, desde cualquier posición, al único rincón de la pista donde el rival no podía alcanzarla: lo hacía con un delicado giro de muñeca, que parecía de plastilina. También nos seducía su carácter burlón, su sentido del espectáculo y las muchas triquiñuelas que utilizaba, que lo emparentaban con la picaresca patria, aunque no fuesen un modelo de elegancia: en cierta ocasión, sacó para vengarse, con un pelotazo milimétrico, de un juez de línea que había cantado malo un servicio anterior por haber rozado la red. Pero mi padre y yo estábamos de acuerdo: el juez de línea se lo merecía. (A mi padre también le maravillaba que se hubiese acostado con 2.500 mujeres, según decía Nastase; yo, con diez u once años, aún no me hacía a las dimensiones prodigiosas de esa cifra). El rumano consiguió títulos importantes, y hasta fue número 1 del mundo en 1973, pero no obtuvo tantas triunfos como sus prodigiosas cualidades hacían prever. Su tenis artístico fue derrotado por el tenis inhumano de los pegadores, aquellos que daban raquetazos como quien tala un árbol, y cuya estirpe no ha hecho sino crecer. En el tenis siempre ha habido dos clases de jugadores: los finos y los que martillean, igual que el el boxeo ha habido estilistas y fajadores, en el ciclismo, escaladores y rodadores, en el fútbol, Messis y Cristianos, y en la poesía, experimentales y figurativos. Pero todos ellos, me doy cuenta, han sufrido la extraordinaria presión psicológica del tenis. Precisamente porque no es un deporte de contacto, sino de regla y cartabón, solitario y matemático, como el ajedrez, los tenistas se ven exprimidos hasta el desquiciamiento: esprintar como un poseso para alcanzar una dejada; o retroceder para devolver por entre las piernas un lob; o correr de un lado a otro de la pista, a cada uno de los cuales nos envía el adversario la bola durante un peloteo eterno; o insistir en las voleas sin que el contrario se rinda, sino que las devuelva todas, aun las que parecen imposibles, y hasta gane el punto; o ver cómo el golpe definitivo, dado a plena cancha, se estrella contra la red o se va fuera por milímetros, todo eso, y tantos otros suplicios, enloquecen al más pintado. Y por eso alguien como John McEnroe se enfurecía con los árbitros como si estuviera en una discusión de tráfico —a un umpire lo llamó "la escoria del mundo"—, o un australiano de hoy, que atiende por Kyrgios, se comporta como un macarra de VOX, o pocos tenistas no han estrellado alguna vez la raqueta contra el suelo, a veces hasta dejarla convertida en un acordeón, por la frustración de un golpe mal ejecutado o una maniobra incorrecta. Pero mi pasión por el tenis no se ha desarrollado solo en el sillón, que es donde prefiero practicar los deportes, sino también en la pista. Uno de los regalos de Reyes que más ilusión me hicieron nunca fue una raqueta de tenis. Era una raqueta de madera, que pesaba un quintal, pero que a mí me emocionó como si fuese a convertirme en Bjorn Borg, aquel sueco melenudo que lo ganaba todo y que era otro de mis héroes. El día que me la regalaron, me pasé media mañana jugando con ella en la calle: mi rival era la pared de la casa de mis tíos, donde íbamos a comer. La pared devolvía todos los golpes, pero yo insistía, y no me importaba (ni, por lo que recuerdo, a mis padres tampoco) que la pelota me superara, se fuera a la calzada y yo corriese a recuperarla entre los coches que pasaban. Empezaba a experimentar el desquiciamiento del tenista, pero me ilusionaba tanto el juguete que no me importaba. Luego he tenido ocasión de practicarlo en pistas de tierra de verdad: con Juan Carlos, un amigo al que, asombrosamente, siempre ganaba (era barrigudo y psicólogo: nunca me parecieron las mejores características para dedicarse a este deporte), y en un club deportivo de Sant Cugat en el que estuve apuntado con mi familia varios años (hasta que la cuota que pagábamos creció hasta parecer la cuota de la hipoteca; entonces lo dejamos). Allí comprobaba una obviedad: los resultados dependían mucho de con quién jugase. A Ángeles solía ganarle, alguna vez casi por incomparecencia: ella sacaba y con el saque sufría una lesión muscular, de forma que, cuando le devolvía la bola, ella ya no estaba de pie para golpearla, sino en el suelo, agarrándose la pantorrilla. Luego mis hijos la retiraban, sujetándola cada una por un brazo, y yo me proclamaba vencedor. Cuando jugaba contra mis hijos, en cambio, siempre perdía. Yo intentaba desconcertarlos con golpes astutos, propios de la inteligencia que me caracterizaba, dirigidos a donde menos se esperaban, pero ellos, no sé cómo, los adivinaban siempre y, dando unos pasitos, los alcanzaban para devolvérmelos con, advertía yo, cierta compasión o incluso sentimiento de culpa, que, no obstante, no les impedía hacerlos inalcanzables. Si, por ejemplo, yo me había ido a la red para machacarlos con una volea, ellos enviaban la pelota por encima de mí; y lo hacían de cuchara, que era lo más humillante. Al principio, intentaba retroceder para machacarlos con un passing shot, o con un cruzado de derecha, o con lo que sin duda se me ocurriría en aquel momento, pero, cuando a la segunda carrera (infructuosa) empecé a ver nublado y a sentir que aquello que me asomaba por las orejas no era cerumen, sino los pulmones, desistí del esfuerzo y me limité a ver (y luego a escuchar: ya ni me giraba) los botecitos del caucho en la arcilla. "¡Entró, entró!", habría gritado Juan José Castillo. Si, utilizando otra estrategia, me mantenía al fondo de la pista, controlando el peloteo y buscando el error del rival, me encontraba yendo de una punta a la otra como un metrónomo, cada vez a mayor velocidad, hasta que sentía los mismos efectos que cuando subía a la red: lo veía todo borroso y el hígado parecía que me fuese a explotar. Creo que mi mejor resultado fue un 6-0, 3-0. No llegué a acabar el segundo set, pero desde la enfermería me sentí muy orgulloso de haber terminado el primero. Ah, todo lo que tiene el tenis de difícil, lo tiene de satisfactorio. 

sábado, 4 de enero de 2020

Carta a los Reyes

Queridos Reyes Magos:

Si os soy franco, este año no sé si he sido bueno. Tampoco si he sido malo. Esto de ser bueno o malo es cada vez más difícil de saber. Sí sé que he sido paciente y, quizá, hasta resignado. Un poco, al menos. La paciencia y la resignación no tienen buena prensa: son virtudes maría, por utilizar una analogía escolar. Cotizan más la ambición, la valentía, la audacia: esas hijas del pensamiento positivo, tan norteamericano, según el cual, si uno quiere algo mucho, mucho, y se aplica a conseguirlo, se hará indefectiblemente realidad. Ser paciente, en cambio, carece del glamur de otros rasgos de la personalidad y, además, es muy difícil; y resignado, ni te cuento. Y lo son porque suponen el sacrificio de algo fundamental, el tiempo: la paciencia y la resignación son como la resistencia pasiva: algo que no hacemos, o que dejamos pasar, mientras transcurren los días o los años. El tiempo, nuestra única riqueza, se nos escurre entre los dedos mientras esperamos; y, si nos resignamos, simplemente se muere: desaparece, aunque uno siga respirando. Ambas, paciencia y resignación, deberían estar más reconocidas. Pero no sé, queridos Reyes de Oriente, por qué os estoy largando este discurso. Las cartas que se os escriben no están para filosofar, sino para pediros cosas. Así que yo también voy a hacerlo, aunque dude de mis méritos. Sin embargo, si lo pienso bien, lo que más me apetece que me traigáis es, precisamente, paciencia y cuarto y mitad de resignación. Preveo un incremento general de la estupidez circundante; o, más que un incremento, un enrocamiento, una fosilización de la imbecilidad, como si ya no pudiera estricarse de los cerebros que ha colonizado. Tampoco la cotidianidad ha de variar mucho: seguiremos yendo a trabajar cada día, seguiremos teniendo que hacer la compra, seguiremos llevando el coche a reparar al taller, seguiremos asistiendo a las reuniones de vecinos, seguiremos pagando impuestos, seguiremos, en fin, viendo pasar los días y las noches sin que la felicidad se nos aparezca, o, peor aún, sintiendo que se nos arrebata la poca o mucha que nos pudieran procurar algunos momentos, algunas aficiones, algunas personas. Para esta continuidad letal, porque acaba en la muerte y es ya la muerte anticipada, necesito que me deis fortaleza y serenidad, a falta de mejor remedio. No obstante, también os voy a pedir otras cosas. Ellas me ayudarán igualmente a sobrellevar este poco halagüeño 2020. O eso creo. Me gustaría que hubiera más Woody Allen. Me gustaría que el Barça ganara la Liga de Campeones, pero, a la vez, que no me importase que no la ganara (o que la ganase el Madrid). Me gustaría poder seguir leyendo periódicos en papel. Me gustaría no perder ningún amigo (y, si es posible, hacer alguno nuevo). Me gustaría que Donald Trump se cayera por las escaleras al subir al avión presidencial. Me gustaría que España fuese un país educado y generoso. Me gustaría que Cataluña fuese un país sensato y pacífico. Me gustaría que resucitaran Enrique Tierno Galván, Manuel Vázquez Montalbán, José Luis Sampedro, Rafael Sánchez Ferlosio, mi padre. Me gustaría no cometer ningún error cuando traduzco. Me gustaría que los pájaros no me cagaran el coche. Me gustaría que me gustase tanto escribir poesía como cuando empecé a hacerlo. Me gustaría leer más despacio, comer más despacio, hacer el amor más despacio. Me gustaría que la grúa no se me llevara el coche cuando lo dejo aparcado (de cualquier manera) para llevar a mi madre al hospital. Me gustaría adelgazar. Me gustaría no morirme todavía. Me gustaría que la gente no se diera tantos aires, ni darme yo mismo tantos. Me gustaría que mi mujer no tuviera que vivir en el extranjero para tener un trabajo digno. Me gustaría no discutir por gilipolleces, ni callarme cuando debiera protestar. Me gustaría haber conocido a mis abuelos. Me gustaría que, si perdiese algo, me lo devolvieran. Me gustaría que los libros, y el cine, y el teatro, y los museos, y los conciertos, fuesen más baratos (me da igual, en cambio, que las entradas del fútbol valgan el potosí que valen; por esto no tenéis que preocuparos). Me gustaría que no me perturbase la esperanza. Me gustaría no irritarme, no ensombrecerme, no declinar. Me gustaría que las cosas no dejaran de funcionar. Me gustaría vivir una vida lujosa. Me gustaría no hacer daño a nadie, ni que me lo hiciesen a mí. Me gustaría mentir con más sinceridad. Me gustaría encontrar un fontanero en agosto. Me gustaría que la gente agradeciera lo que se hace por ellos. Me gustaría entrar en una pelea sin pensar que nadie va a ayudarme. Me gustaría ser menos cobarde. Me gustaría ser mejor hijo y mejor padre. Me gustaría saber cocinar. Me gustaría que no hubiera erratas en los libros. Me gustaría hablar finlandés. Me gustaría amar mejor. Me gustaría que no enfermáramos, que no sufriésemos. Me gustaría que hubiese más poesía, que la poesía nos envolviera allí donde estuviésemos. Me gustaría que Isabel Díaz Ayuso volviese a llevar la cuenta de tuiter de Pecas, el chucho de Esperanza Aguirre. Me gustaría que siguiera habiendo concursos de belleza. Me gustaría la paz en el mundo. Me gustaría ganar alguna vez al ordenador al ajedrez. Me gustaría vivir en una república y no en una monarquía (sé que esto os debe de resultar particularmente incómodo, pero a mí me haría mucha ilusión). Me gustaría no interesarme por lo que dicen los idiotas. Me gustaría no perder el sentido del humor. Me gustaría conservar la llama interior. Me gustaría no dimitir de la vida. 

Ya sé, querido Reyes Magos, que la carta me ha salido un poco larga, pero confío en que podáis regalarme algo. Aunque, si queréis traerme solo carbón, lo aceptaré resignado. Quizá lo merezca. He dejado manzanas en los zapatos para los camellos. Os deseo un buen viaje. 

lunes, 30 de diciembre de 2019

El encargo, de Javier Melero, y las cosas del Derecho

He leído estos días un libro estupendo: El encargo. Un abogado en el juicio del procés, del abogado Javier Melero. Supe de él por un artículo de Vargas Llosa en su tribuna de El País. En ella, el hispano-peruano —un no nacionalista que acumula nacionalidades y que hasta ha querido ser presidente de una nación— lo elogiaba calurosamente, ponderando sus virtudes narrativas y la calidad de su prosa. Vargas Llosa lleva mucho tiempo entregado a la dudosa causa del neoliberalismo —y del españolismo feroz que aún representa, ay, Ciudadanos— y como novelista aporta ya bien poca cosa, pero sigue siendo un buen crítico literario. Además, entre las cosas que alababa del libro había unas cuantas que captaron mi atención. Siempre hay que fijarse en eso: en las citas que el reseñista transcribe, o en los detalles que subraya, del libro reseñado, antes que en las grandes ideas que formula, si es que formula alguna. Y Vargas Llosa decía que Melero prestaba mucha atención a cómo vestían las personas de las que hablaba, a los licores que tomaban —también el propio Melero—, a sus rugosidades humanas y morales. Eso me indujo a pensar que El encargo, probablemente, no sería el enésimo tostón sobre el laberinto político del procés, ni sobre su dimensión jurídica —insondable—, ni sobre sus consecuencias socioeconómicas —más insondables todavía—, sino un relato con calor y color, vívido y distinto. Y no me equivocaba. El encargo es la descripción de la defensa de uno de los principales líderes soberanistas, y consejero de Interior, cuando se produjo el seudoreferéndum del 1 de octubre de 2017, Joaquim Forn, que le es encomendada a un abogado penalista, Javier Melero, contada por Javier Melero. Lo más interesante de este planteamiento es que Melero no es independentista, más aún, se halla muy lejos del independentismo. Lleva tiempo defendiendo a los sumos sacerdotes del catalanismo —al mismísimo Jordi Pujol; a su hijo y presunto sucesor, el inefable Oriol Pujol; y al padre putativo del movimiento independentista, el mefistofélico Artur Mas— por los desmanes cometidos en el uso de la caja de los dineros, propios y ajenos, pero nunca ha compartido su ideología. Antes bien, Melero participó de la ideología contraria —estuvo, siquiera fugazmente, en la fundación de, ay de nuevo, Ciudadanos—, aunque se desvinculó pronto de la iniciativa, y de aquellos polvos hoy solo conserva los lodos de la amistad con uno de los españolistas más reaccionarios y repulsivos del país, el también catalán Arcadi Espada. De hecho, el rechazo de Melero del nacionalismo se hace extensivo también al español (pese a la lealtad que le guarda a Espada), a cuyos portavoces, mediáticos y políticos, dedica no pocas críticas: sus más cutres representantes en el juicio, los abogados de VOX, personados como acusación popular, Ortega y Fernández, los reyes de la brillantina, reciben algunas de las más lacerantes: "eran menos incisivos que un calippo (...), dos de los peores interrogadores jamás vistos en los tribunales españoles", dice de ellos. La labor de Melero ha sido, con los zombis de Convergència y ahora con los líderes del independentismo, estrictamente profesional. Por eso su defensa, en el reciente juicio celebrado en el Tribunal Supremo, no ha tenido, frente a la de los demás letrados, un carácter político, sino rigurosamente técnico, que le ha valido algunas críticas, pero muchos más elogios. Sus desvelos no se han visto culminados por el éxito —todos los acusados han sido condenados, y a Forn le han caído diez años y medio de prisión, más la inhabilitación absoluta, por sedicioso—, pero, como se enseña a todos los estudiantes de Derecho en primero de carrera y recuerda el propio Melero, su trabajo "es de medios y no de resultados". En El encargo tienen cabida, alrededor del eje central de la narración —la defensa jurídica de sus clientes en el juicio por el procés—, los gustos del autor, que dibujan una personalidad singular y, en muchos casos, admirable, y que son expuestos con ironía y sentido del humor: le gusta, por ejemplo, el boxeo, del que es incluso practicante. Como trasunto de esa condición, cada capítulo del libro aparece precedido por algún epígrafe alusivo, normalmente manifestaciones de púgiles famosos. El primero es revelador: "¿Por qué te has hecho boxeador?", le preguntan a Barry McGuigan, campeón mundial del peso pluma. Y McGuigan responde: "No servía para poeta". (Ay, si todos los que no sirven para poetas en España se dedicaran al boxeo, nuestro país sería una potencia mundial en este deporte). A Melero le encanta también comer y beber: la gastronomía no es para él un mero ejercicio de supervivencia, como acaso sea la abogacía, sino un placer y un signo de civilización, y no es raro, sino frecuente, que en el libro, entre sesión y sesión del juicio, refiera sus sofisticados pero contundentes menús: lengua con bogavante, rabitos de cerdo con anguila o callos con patata y morro. También es un amante de los espirituosos, como todo hedonista que se precie, y sabe gozar del vino, el dry martini o el gimlet, "hecho de ginebra y lima Rose's, y rematado por una guinda verde y desesperanzada". En un pasaje del capítulo 5 (cuyo epígrafe recoge aquella sabia reflexión de Mike Tyson: "Todo el mundo tiene un plan hasta que le cae la primera hostia"), transcribe este diálogo con un amigo suyo: "—¿Te acuerdas de aquel pasaje [de El largo adiós, de Raymond Chandler] en que el cliente pide un cóctel muy, muy seco, y el barman le responde que si lo quiere en polvo? —dijo. —Me gusta más aquel en el que el detective le pregunta al barman qué clase de cliente era el tipo al que buscaba, y el barman le responde: 'de los mejores, callado'". En tercer lugar, si es que todo lo que estoy diciendo admite una clasificación, es un admirador de las mujeres, cuya belleza nunca deja de ponderar. Lo hace con delicadeza, desde luego, contenidamente, porque incurrir en un exceso, y hasta en una levedad, en esta materia puede conducirnos hoy a los infiernos del denuesto público, la jauría digital e incluso los tribunales de justicia. Pero lo hace. Cuando refiere la actuación de una traductora del esloveno en el juicio —que interviene para hacer inteligible la deposición de unos diputados europeos, cuyo testimonio ha solicitado Raül Romeva, otro de los encausados—, escribe: "La traductora era una mujer muy hermosa y lamenté sentidamente la ausencia de más diputados balcánicos". Melero tiene en esto, como en tantas otras cosas, muy buen ojo: las mujeres de Centroeuropa son de las más bellas del mundo. El abogado es, en fin, lector y cinéfilo, y, en general, amante de las artes. Entre sus aficiones literarias, destaca el gusto por la novela negra, y, coherentemente, entre las cinematográficas, por el cine negro, que tanto tiene que ver con la justicia, y, como el boxeo, con el ataque y la defensa. En general, en El encargo Melero se muestra siempre atento a las cuestiones formales, que no son sinónimo de superficiales, sino, strictu senso, de la forma, esto es, de la manifestación visible del contenido: cómo viste la gente, cómo se peina, cómo habla, qué lee, cómo respira. Y eso le da un relieve singular, a la vez crítico y bienhumorado, a la narración. Esta inclinación no solo no perjudica los asuntos de fondo del libro, sino que los subraya: los vivifica. Y esos asuntos son el desarrollo del proceso judicial que ha condenado a los líderes del procés y el ejercicio de la defensa de Forn que ha hecho Melero: es fascinante conocer de primera mano, y desde dentro (aunque con la reserva que impone el deber de confidencialidad, que nunca deja de percibirse), los intríngulis, estrategias y razonamientos que sigue el abogado para la mejor suerte de su defendido. A la justificación (o no) del independentismo, en cambio, Melero le dedica muchísimas menos páginas. Lo despacha con resignación algo desdeñosa y cierto cansancio, el mismo cansancio que sentimos los catalanes no independentistas por esta historia desafortunada e inacabable. Para rematar, tras todas estas peripecias, se esconde cierto ánimo existencial, la asordinada certidumbre de que, en realidad,  todo da lo mismo, todo queda en nada, lo cual no es pretexto para la negligencia o la inacción —como en las labores de rescate después de un terremoto o la reanimación de los infartados, uno ha de hacer lo que tiene que hacer, sean cuales sean las expectativas del resultado—, pero sí otorga una sombría lucidez a los actos, una callada desesperación. Reveladoramente, estas son las últimas líneas del libro: "Los cuatro meses que habíamos pasado en el Supremo ya difuminaban sus contornos y se precipitaban con las cálidas ráfagas del viento de junio hacia el silencio y el olvido". Curiosamente, entre los muchos abogados que Melero cita en El encargo, hay uno que fue compañero mío en la facultad de Derecho de Barcelona, Pau Molins, un guaperas con el que no tuve apenas trato, y cuyo atractivo, por lo que cuenta, sigue inmarcesible. Molins es uno de los pocos miembros de mi promoción que ha destacado en el mundo del Derecho: en El encargo comparece como defensor de Santi Vila, el judas del independentismo, pero también ha cosechado fama defendiendo a la infanta Cristina —la proba esposa, que lo ignoraba todo de los negocios de su marido, Iñaki Urdangarín—, a Sandro Rossell —el expresidente del Barça que consiguió fuera declarado inocente, después de pasar dos años en la cárcel—, a Narcís Serra —por unos sobresueldecillos de nada— y hasta a Félix Millet, uno de los saqueadores del Palau y uno de los mayores virtuosos del latrocinio que ha dado jamás el catalanismo político. Semejante ristra de clientes adinerados (normalmente, del dinero de otros) ha hecho, como refiere Melero al ver su despacho en Barcelona, ampliamente iluminado, que Molins estuviera "en condiciones de iluminar un agujero negro". Otro estudiante en aquella facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona de los turbulentos años 80 se ha convertido también en miembro destacado de la abogacía patria, y, en su caso, nunca mejor dicho: Juan José Aizcorbe, que entonces militaba en Fuerza Nueva o en algún otro grupúsculo fascista, y que luego se ha recauchutado en defensor de causas condicentes con su ideología: las Juntas Españolas, el Grupo Intereconomía, don Alejo Vidal-Quadras, la familia Franco y, final y apoteósicamente, VOX, por el que ha sido elegido diputado en las últimas elecciones generales. A Aizcorbe lo recuerdo yo en una asamblea más o menos revolucionaria en la facultad. Ya no me acuerdo de si fue a raíz del golpe de Estado de Tejero o para protestar por alguno de los conflictos que sacudían entonces las calles de la joven democracia española. Estábamos todos reunidos en el Aula Magna, inflamados de ardor reivindicativo, cuando Aizcorbe, que seguía con inquietante atención las intervenciones de los sucesivos oradores, pidió la palabra. Lo escoltaba un gorila de varios metros en todas direcciones que no abrió la boca, ni falta que hacía: su presencia era suficientemente elocuente. Aizcorbe se limitó entonces a decir, ante el silencio estupefacto de los reunidos: "Mientras haya asambleas como esta, ¡habrá palos!". Y allí se quedó, al amparo de su Mike Tyson particular, blandiendo el bate de la mirada, hasta que la reunión se deshizo. Después se marchó, supongo, a apalear a alguno díscolos. Este Aizcorbe es hoy un padre de la patria. 

miércoles, 25 de diciembre de 2019

El concierto de Navidad

Esta tarde vamos con unos vecinos —y amigos— nuestros, José María y Pau, al concierto de Navidad en el monasterio de Sant Cugat. José María y Pau (que, en catalán, significa 'Pablo', como en el caso de Pau Gasol, pero también 'Paz', como en el de nuestra vecina) son una pareja encantadora y los únicos compradores originarios del piso, junto con nosotros, que siguen viviendo en el inmueble. Nos conocemos, pues, desde hace más de veinte años, y en este tiempo hemos visto crecer a sus hijos, como ellos han visto crecer a los nuestros (además de, ay, vernos envejecer mutuamente), y compartido algunos de los bonitos momentos que suelen darse en toda escalera de vecinos: la luz que se va y nosotros que nos quedamos encerrados en el ascensor; la puerta de casa que se cierra por sorpresa y nos deja en el rellano en pijama y sin llaves; las fascinantes reuniones de la comunidad de propietarios. Y aún hemos vivido más cosas: con José María recuerdo haber ido a un teatro de las Ramblas, hace una década, a ver un espectáculo del añorado Pepe Rubianes (que se quejaba de que lo llamasen Paco Rubiales): pocas veces me he reído tanto. Hoy nos han invitado a acompañarlos al concierto de Navidad, y hacia allí vamos Ángeles y yo, bajo un arcoíris que abarca el firmamento entero, de colores punzantemente nítidos, alumbrado por la lluvia fina que lleva cayendo toda la tarde. El arcoíris traza un arco místico en el cielo, pero lo que nos rodea a ras de suelo es algo mucho más prosaico: la multitud voraz de todas las navidades, una masa de consumidores que recorre con frenesí las tiendas para demostrar, tarjeta de crédito en ristre, su acendrado espíritu navideño. Entramos en el monasterio y admiramos brevemente el suntuoso pesebre desplegado debajo del retablo de Santa Escolástica. Una placa en la capilla nos informa de que la parte superior de la obra fue destruida en 1936. No dice por quién, pero, habiendo ocurrido en el 36, no es difícil suponerlo. Nos sentamos luego al lado de José María y Pau, que nos han guardado sitio. Nuestro banco queda junto a otro hermoso retablo, una pietà de Josep Sala, de 1706, alojada en la capilla del Santísimo, decorada floralmente en blanco y negro. Encima está el órgano del templo, un artilugio enorme que, como todos los órganos, me recuerda a una fábrica en miniatura, con sus claraboyas, sus respiraderos y sus chimeneas. No me resisto a acercarme a contemplar, cerca también de donde estamos, la pieza más valiosa, probablemente, de todo el monasterio: el retablo de Santa Maria de Tots els Sants, obra de Pere Serra, fechada en 1375. Pere Serra estaba más preocupado por el color que por el espacio, y eso se nota en el retablo, cuyos rojos y dorados deslumbran; y también en la iconografía estilizada y minuciosa, aunque no exenta de originalidades: en esta Santa Maria de Tots els Sants, el Niño posa una mano muy blanca en uno de los pechos de la Virgen, como si aferrara una manzana (aquí, también, de la tentación) o asiera un pomo para abrir una puerta. Hoy actúan dos corales, la del Club Muntanyenc ('montañero') de Sant Cugat i la Coral Sant Sadurní, dirigidas ambas por el jovencísimo director Patrick Valls, que se presenta con el pelo largo, pero no coletudo, unas gafas que brillan en la distancia, pese a la penumbra en la que nos encontramos, un traje coherentemente juvenil y una corbata azul celeste. Los miembros de ambas corales aparecen de riguroso negro, aunque las damas vivifican el luctuoso uniforme con bufandas y estolas de colores (y me agrada comprobar que no todas son amarillas). No obstante, en algunos pechos, tanto de hombres como de mujeres, sí descuellan lazos, mariposas o flores amarillas: faltaría más. La sección de cuerda es nutrida, y de los solos se encargarán Irene García, Alejandro López y Héctor dos Santos: los tres, con voces privilegiadas, aunque la acústica del lugar no sea la ideal para que se luzcan. Presenta el acto un cura también joven, con un catalán de Barcelona —esto es, de fonética castellanizada—, lo que me lleva a pensar que es hijo de la emigración o que, por lo menos, no proviene de la Cataluña profunda. En cualquier caso, él también va de riguroso negro. Su toque de color lo da el alzacuellos, que brilla como si fuera una perla que llevase engastada en el cuello. En el parlamento, nos pide que el acto al que estamos a punto de asistir sea también una oración. En mi caso, desde luego, no lo será (o será solo una oración laica, dirigida al dios de la belleza y la emoción). Pero se nota que es un sacerdote que siente lo que vive, o al revés, y eso está bien. A continuación, las corales, fundidas en una, atacan la primera pieza programada: la Misa nº 2 en sol mayor, de Franz Schubert, compuesta por el músico austriaco en menos de una semana, cuando solo tenía 18 años. La voz de la coral, multitudinaria pero única, se eleva como una ola, como una marea que nos bañase, y retumba como un seísmo volátil en las paredes claras de la nave. En esa magnitud asombrosa, destaca la cuña cristalina de la solista, cuyo papel es modesto en esta misa —Schubert estaba más interesado en promover un estado de ánimo devocional, como el cura que nos ha hablado, que en los alardes individuales—, pero que resuelve con transparente eficacia. Me asombra, no deja nunca de asombrarme que los cantantes, como los de estas corales, abran la boca y salga esta maravilla, armoniosa, conjuntada, arrebatadora, bellísima. Yo abro la boca y sale un graznido. Y así ha sido desde siempre: oigo una melodía y reproduzco un borborigmo, algo en los antípodas de mi voluntad, irreconocible, que me brota de dentro como el monstruo de la tripa del astronauta en Alien. Parece no haber conexión entre mi oído y mi aparato fonador, como si un cortocircuito genético me hubiese dejado incapaz de sintonizar, incapaz de cantar. Curiosamente, sí sé reproducir, en el verso, la música verbal que percibo dentro de mí; o eso creo. Pero la música de pentagrama es tan superior a mí como un autobús a una oruga. También me pasma, pensando ahora en Schubert y en todos los compositores, que sean capaces de concebir la frase musical. Yo no puedo: ni siquiera soy capaz de concebir una letra, una coma musical; mi cerebro no procesa sonidos desvinculados de las palabras. Los reconoce, sí, pero se niega a engendrarlos. El suyo, en cambio, sí: transmuta el sentimiento en esa emoción algebraica, químicamente pura, que es la música. Qué maravilla. Qué envidia. Y eso aunque no se entienda nada del libreto. En la misa de Schubert solo identifico varios "Amen" y un puñado de "¡Hossanna!" ("Hossanna in excelsis", creo que dicen), que no dejan de ser expresiones previsibles en una pieza litúrgica. Todo lo demás es una pasta inextricable, pero da igual: como si cantaran la lista de la compra o la alineación del Barça. Tras la Misa de Schubert, le toca el turno a la Kantate zum 1. Advent BWV 61 Nun komm, der Heilen Heiland ('Ven ahora, Salvador de los gentiles'), de Bach. Si el austriaco me ha parecido, lo confieso, algo aburrido, el alemán brilla desde el principio. Beethoven siempre impresiona, componga lo que componga: una nana suya nos encendería a todos. Tampoco aquí se entiende nada, y también aquí da lo mismo, aunque en esta ocasión podamos intuir el desarrollo del texto, puesto que en el programa se incluye una traducción al catalán del texto de la cantata, obra de Erdmann Neumeister, cuya primera estrofa es la del himno homónimo de Martín Lutero, que a su vez lo tradujo del himno de adviento de Ambrosio de Milán Intende qui regis Israel, del siglo IV: Veni redemptor gentium, decía Ambrosio; Nun komm, der Heiden Heiland, escribe Lutero; y Vine, Salvador dels gentils, reza, por fin, la traducción sancugatense. Vigorosamente mecido por los acordes de Bach, observo los movimientos de Patrick, el director: sus gestos espasmódicos se mezclan con parsimoniosos desplazamientos de manos y brazos. Si los primeros dan pie a que sobresalga un instrumento o se subrayen unas notas en particular, los segundos parecen invitar a que el resto del coro y todas las cuerdas y solistas se sumen al pasaje y sostengan una cadencia más ceremoniosa u honda. Y así van sucediéndose las secciones lentas y las rápidas, los recitativos seccos y ariosos, las aceleraciones y los frenazos. La gesticulación de los directores de orquesta es otra de las cosas que siempre me han fascinado: son la música hecha forma; dan al ojo lo que los instrumentos confieren al oído. Von Karajan dirigía como si se estuviera peleando con un endriago. Patrick no llega a tanto, desde luego, pero de vez en cuando suelta un manotazo que tumbaría a un peso wélter. Y ambos lucen una melena muy dicharachera —la de Herbert, más añoso, blanca; la de Patrick, poco más que adolescente, negra—, que contribuye a hacer visible lo tocado. También me encanta la liturgia del concertismo: que el director, justo después de acabar, le estreche efusivamente la mano al primer violín (algo que, a veces, todavía sucede tras una lectura de poesía, sobre todo si se celebra en Centroeuropa o Hispanoamérica); que le regalen flores a la solista; que el director salga del escenario y espere un momento, mientras el público sostiene los aplausos, para volver a saludar, como si lo hiciera requerido por la ovación; o que se ofrezca un bis, que en este caso tampoco falta: una obertura de Beethoven que nos deja, al mismo tiempo, exaltados y serenos. El cura, antes de salir, nos recuerda que el concierto es gratis para el público, pero no para los organizadores, y que se agradecerá que contribuyamos con la voluntad. Dejamos un billete en el cesto que esgrime una parroquiana. Al salir, compruebo que me ha llegado al guasap —que tenía en silencio— uno de esos mensajes guarros que circulan por las redes, y que me ha mandado un amigo rijoso. Mientras sonaba Bach. Ah, qué extraña es la vida, qué contradictoria. 

viernes, 20 de diciembre de 2019

Feliz Navidad

El Niño Jesús no nació en un establo, sino en un campamento de refugiados: en una carpa donada por una ONG. A su lado, no había un buey ni un asno, sino otros refugiados (y, a veces, alguna rata). Hacía frío, y los animales no estaban allí para atemperarlo con su aliento. José era carpintero, pero ahora tenía que trapichear con cualquier cosa, o incluso dedicarse al top túnica, porque, como era galileo, los vecinos de Belén creían que había venido a quitarles el trabajo y beneficiarse de las ayudas sociales (un poco de forraje gratis para las bestias; algún mendrugo de pan arrojado por los virreyes romanos desde carros engalanados) y le hacían el vacío (además, en el campamento se rumoreaba que solo era padre putativo de la criatura, que el verdadero padre había sido otro: algunos creían que un legionario romano llamado Pantera; otros, que un tal Palomo, al que nadie había visto, pero del que se decía que era un gran seductor. Pantera o Palomo, otro animal había sembrado en aquel huerto). María era ama de casa, pero a veces tenía que salir a trabajar para que la familia pudiese comer. Sin embargo, cuando lo hacía, no le pagaban en ases, como a José, sino en cuadrantes o incluso en leptós, como los que echó la pobre viuda al arca de las ofrendas. Los Reyes Magos no eran ni remotamente reyes, y mucho menos magos. Melchor era un mendigo viejo, de los muchos que pululaban por aquellas tierras, que llevaba años sin afeitarse —lucía una barbota descuidada y gris— y que quiso mezclarse con los refugiados porque allí daban mantas y repartían sopa. Gaspar era un sirio que había escapado de un país atormentado por la guerra y que había alcanzado aquel rincón sin flechas ni catapultas, hacinado con varias docenas más de emigrantes en un carromato fletado por una mafia local. Y Baltasar, bueno, Baltasar era uno más de los millones de negros que, como no dejaban de repetir cada día los patricios romanos y los líderes de Judea, esperaban en los países del sur para asaltar su tierra y acabar con sus costumbres, más aún, para arrebatárselo todo: cosechas, ganado, mujeres, casas, todo. Melchor, Gaspar y Baltasar no iban en camello, sino a pie, siempre a pie, y no le llevaron al Niño Jesús oro, incienso ni mirra, a quién se le ocurre: si apenas tenían con qué vestirse. Asomaron, uno tras otro, por la entrada de la tienda, le lanzaron al Niño y a los padres (es decir, a la madre y al padre putativo) una mirada conmiserativa y se acurrucaron en un rincón, hasta que llegara la sopa o pasara algo. Fuera, el frío era insoportable. Había nevado, y la nieve, pisoteada por cientos de menesterosos, se acumulaba en grumos negros. También había por allí un montón de pastores, aunque sin ovejas. Eran otros emigrados, que merodeaban sin saber qué hacer. Las ovejas y las cabras las habían dejado (o se las habían robado) en Samaria o Perea, o más allá del Jordán, y vagaban ahora por este y otros campamentos con la fatalidad del que no tiene nada y no espera nada. Para llegar allí, no habían seguido el camino de una estrella en el cielo (el cielo estaba demasiado contaminado como para dejar ver las estrellas), sino los itinerarios del exilio, que eran muchos desde siempre, o las rutas del tráfico transjordano de personas, controladas por bandidos sin escrúpulos que los desvalijaban de los pocos denarios que pudiesen tener. A muchas mujeres, estos desalmados las condenaban a pagar con su cuerpo, en los burdeles de Jericó (cuyas murallas serían derribadas luego con estrépito descomunal), la deuda que les habían impuesto. Mucha gente que huía lo hacía por mar: se lanzaban al Mediterráneo en frágiles y sobrecargadas chalupas, con la esperanza de alcanzar una tierra mejor. La mayoría perecía en la travesía, y eso si no los asaltaban los piratas que infestaban aquellas aguas para venderlos como esclavos en Chipre o Anatolia. La vida en el campamento era muy dura. Como eran tantos, las instalaciones sanitarias no eran suficientes para todos. A los refugiados no les quedaba, pues, más remedio que aliviarse donde pudiesen, a veces muy cerca de las carpas. María y José, en concreto, estaban negros, porque al lado de la suya solía descargar un hombre que llevaba una especie de caperuza roja en la cabeza y, por más que le habían dicho que se fuera a otro lado, el sujeto no dejaba de obrar en las inmediaciones. La última vez que lo habían increpado, José creía haber visto en el chaleco de borrego que vestía un extraño lazo amarillo. A todas sus desgracias, los refugiados habían de sumar el merodear constante de los esbirros de Herodes, que en cualquier momento podían darles un disgusto. Los gestores del campo no podían mantenerlos lejos —eran demasiado poderosos—, y quizá a José y María no les quedase más remedio que abandonar la relativa protección de la ONG y huir a otro lugar, si querían salvar la vida y la de Jesús. Se sabía que Herodes miraba con desconfianza a todos los niños que nacían en el campamento, porque le espantaba que aquellas mareas de desheredados, con su pobreza a cuestas, sus costumbres bárbaras y sus muchos piojos, a las que él consideraba inferiores, pudieran sustituirlo en el poder cuando crecieran. Además, si dejaba que se quedasen, habría que alimentarlos, escolarizarlos y procurarles un trabajo, y eso suponía mucho gasto y demasiado esfuerzo por gente tan arrastrada. Que se volvieran a sus países o que se ahogaran en el mar, pensaban Herodes y muchos con él. Y José y María lo sabían. Pero aún confiaban en que el mundo les diera alguna esperanza, algún calor; aún esperaban que no fuera todo un muro insuperable. 

Feliz Navidad.

lunes, 16 de diciembre de 2019

El amor es fuerte como la muerte

El Cantar de Cantares de Salomón es el libro más insólito de la Biblia: un epitalamio, una égloga alborozada, un himno sexual encajado entre los adustos episodios del Antiguo Testamento. Y no lo compuso Salomón —pese a su envidiable currículum amatorio: conoció a 700 princesas y 300 concubinas—, sino alguien mucho más modesto, algún escriba anónimo, seguramente hacia el s. IV a. C. Su arrebatada sensualidad lo hizo peligroso desde el principio: los judíos menores de 40 años tenían prohibido leerlo. Teólogos y clérigos se esforzaron durante siglos por que el Cantar fuese leído alegóricamente, como una expresión de la unión mística con Dios. Pero también desde muy temprano —Teodoro de Mopsuestia, en el s. IV d. C., consideraba que el libro ensalzaba la relación de Salomón con una princesa egipcia, una interpretación que el concilio de Constantinopla condenó gravemente, juzgándola errónea y «vergonzosa para los oídos cristianos»— el Cantar se ha leído literalmente, como una colección de cantos que celebran el amor humano. En nuestra secularizada época, esta es la interpretación que prevalece; la doctrinal queda para los eruditos, los creyentes muy píos y, en general, los dualistas más inclementes. Y no es el único caso de deslizamiento mundano, de vulgarización exegética de la literatura cristiana: también el Libro de amigo y amado, de Ramon Llull, un opúsculo didáctico para la edificación de quienes abrazasen la vida contemplativa, se lee hoy como un magnífico relato de amor humano. 

Los ocho cantos en que se divide el Cantar en esta edición, al cuidado de Víctor García de la Concha, admiten, sin duda, una lectura profana. Así elogia el esposo a su amada en el extraordinario capítulo IV: ¡Ah!, qué hermosa eres, Amiga mía, ¡ay, cuán hermosa! / (…) Como un hilo de carmesí tus labios, y el tu hablar pulido. / Como cacho de granada tus sienes entre tus guedejas. / (…) Tus dos tetas como dos cabritos mellizos / que están paciendo entre azucenas». (La metáfora pectoral, a la que el autor parece naturalmente inclinado, se repite en el VII: «Los dos pechos tuyos, / como dos cabritos mellizos de una cabra»). Y esto revela la esposa en el V: «Mi amado metió la mano por el resquicio de las puertas, / y mis entrañas se me estremecieron en mí». Las imágenes se construyen casi siempre con los elementos de la naturaleza propios de una cultura agraria, en la que pesan las figuraciones del jardín del Edén, y que luego, a su vez, serán determinantes para la configuración de uno de los tópicos más recurrentes de la literatura occidental, el locus amœnus. El Cantar aparece trufado de cedros y manzanos, de nardos y cardamomo, de tórtolas y palomas, de ganado y vino: «béseme de besos de su boca, / porque buenos [son] tus amores más que el vino», dice la esposa en los versos inaugurales del libro. Un derroche de lozanía y color, extraído de un mundo que mana leche y miel, impregna los tropos del Cantar, acorde con el derroche de los cuerpos, con las efusiones íntimas, y se plasma en el castellano crujiente, sabrosísimo, exultante a la par que sereno, de fray Luis. Los comentarios que este hace a los versos del Cantar en su Exposición, aparecida en Salamanca en 1580, y que también se publican en esta edición, quieren justificar sus decisiones y ratificar la ortodoxia, cuya vulneración tanto le reprocharon sus enemigos, pero contribuyen hoy, más bien, a una interpretación venérea de la obra. De la afirmación del esposo en el muy incitante capítulo VII, que dice: «yo subiré a la palma, y asiré sus racimos, / y serán tus pechos como los racimos de la vid», fray Luis precisa: «encendidos en tu belleza, nos dice el deseo y el corazón: “¡Quién te alcanzase y gozase así, que pueda llegarse a ti, y recreándose en tus brazos, y dándote mil besos, coger el fruto de tu boca y pechos!”». 

El Cantar traducido por fray Luis es, pues, una alegoría metafísica y la palabra de Dios, pero también, y sobre todo, un poema erótico, la palabra de un hombre y una mujer enamorados. La Exposición, por su parte, constituye un corpus polisémico y multidisciplinar. Contiene, al menos, un ars amandi, un tratado retórico y una teoría de la traducción. La primera de estas facetas es el resultado de la sistematización de las atracciones y las prácticas insinuadas en el texto, con la que el fraile de Belmonte justifica muchos versos, cuya presencia se explica por las urgencias del amor. El tratado de retórica atiende, sobre todo, «a la corteza y sobrehaz de la letra», esto es, a la pertinencia expresiva y al decoro de la dicción. Fray Luis se muestra siempre preocupado por la propiedad de lo que dice: por que las palabras elegidas se correspondan tanto con su verdadero contenido —esto es, que sean pertinentes y significantes— como con el registro propio del hablante. Y no deja de formular principios estilísticos, que acreditan ese empeño por que forma y fondo concuerden, es más, por que devengan una sola realidad. Así, en la exposición del capítulo V, reivindica la metáfora como forma de dar «más encarecimiento y mayor gracia a lo que se dice»: «los que mucho quieren encarecer una cosa, alabando y declarando sus propiedades, dejan de decir los vocablos llenos y propios, y dicen los nombres de las cosas en que más perfectamente se halla aquella propiedad y calidad de lo que loan (…). Y así vemos que aquí la Esposa procede de esta manera; porque diciendo de los ojos que son de paloma, dice más que si dijera que eran hermosos…». Finalmente, el Cantar de fray Luis es también un estudio sobre la traducción, al que se aplica con especial viveza —y, en ocasiones, con algún fárrago— porque era la traducción de algunos pasajes —en realidad, era la traducción entera a una lengua vernácula— lo que más había incomodado a la Inquisición, por apartarse de la establecida en la Vulgata. Fray Luis se proclama traductor fiel y cabal, y propugna dar palabras «de la misma cualidad y condición y variedad de significaciones que son y tienen las originales, [pero] sin limitarlas a su propio sentido y parecer; para que los que leyeren la traducción puedan entender toda la variedad de sentidos a que da ocasión el original si se leyese, y queden libres para escoger de ellos el que mejor les pareciere». Esta sorprendente paradoja —ser estricto y fiel para que el lector sea tanto más libre de interpretar— sugiere un relativismo incipiente, que convive en la Exposición con una pertinaz, pero a veces algo formularia o previsible, defensa de la ortodoxia. En los comentarios que hace al capítulo IV, fray Luis alega algo que hoy consideramos evidente, pero que entonces tenía perturbadoras connotaciones: «En aquel tiempo y en aquella lengua todas estas cosas tenían gran primor, como en cada tiempo y en cada lengua vemos mil cosas recibidas y usadas por buenas, que en otra lengua, o en otro tiempo, no las tuvieran por buenas». Estas mismas diferencias se aprecian hoy en la lectura del Cantar de fray Luis: junto con sus avanzadas consideraciones sobre tantos asuntos artísticos y humanos, sus frecuentes y a menudo desfavorables juicios sobre la mujer —no hay que olvidar que fue el autor del muy patriarcal La perfecta casada— lo alejan de la sensibilidad actual. No obstante, esa mezcla de ensayos y propósitos, esa convivencia de epinicio y razón, de trova y discurso, ese juicio que fluye por espacios de la inteligencia emparentados pero autónomos, es muy moderno, y hasta posmoderno. Fray Luis resucita al remoto Salomón, apócrifo autor de esta joya veterotestamentaria, con su Cantar fresco, excitado y excitante, y García de la Concha nos lo sirve, depurado, contextualizado y explicado, en una rigurosa edición.

[Este artículo se ha publicado en la revista Letras Libres, nº 217, de octubre de 2019]