viernes, 13 de septiembre de 2019

Españoles en Chipre

En el castillo de Limassol, en Chipre, hace un calor apabullante, como en toda la ciudad. Una losa de aire sahariano aplasta a personas, animales y plantas. Los muros de la fortaleza, pese a su grosor, no enfrían: tanta es la fuerza del sol. Y tampoco lo hacen los administradores del edificio, en cuyo recinto solo un esforzado ventilador de pie, en el piso superior, aporta algún alivio a los visitantes: varios están parados delante de él, como ante un tótem, desdeñando las riquezas que se alinean en las antiguas mazmorras, convertidas hoy en breves salas de exposiciones, y bebiendo frescor. El castillo de Limassol es como tantos otros castillos medievales: una mole de piedra en la que se acumulan las cicatrices de la historia, y también su botín: joyas, monedas, piezas de cerámica, cálices, cuadros, armaduras y lápidas funerarias —en una contrasta la delicadeza de la imagen cincelada de Akylina, hija del obispo Joannis Smerlinos, que no tuvo reparo en que su inadecuada paternidad constase grabada en mármol, con la lobreguez de la gran calavera y las tibias cruzadas que la sostienen—. Deambulamos por los sofocantes pasillos de la construcción con una cierta sensación de déjà vu y alguna decepción por la previsibilidad de todo. Pero descubrimos que aquí ha sucedido —al menos para nosotros, españoles— algo que la particulariza: en la capilla bizantina de san Jorge, el 12 de mayo de 1191, se casó Ricardo Corazón de León con Berenguela de Navarra, primogénita del rey Sancho VI. De aquella capilla no queda nada: varios terremotos dejaron el castillo muy maltrecho a finales del s. XV, y los venecianos, que por entonces mandaban en Chipre, decidieron destruirlo antes de que lo ocupasen los otomanos, que asediaban la isla y pretendían sustituirlos en el poder. Sus ruinas fueron incorporadas por estos a la nueva fortificación que erigieron en 1590. Pese a la desaparición de la capilla, nos emociona sabernos cerca de aquel hecho singular: hace 800 años, una infanta navarra desposó, en este rincón perdido del Mediterráneo, a uno de los grandes héroes del Medievo, el que luchara con su hermano, el malvado Juan sin Tierra, por la justicia y la libertad en Inglaterra. O, al menos, así nos lo han presentado la literatura y las películas de Hollywood. (Qué aparición memorable la de Sean Connery, ataviado con todas las galas de la realeza normanda, al final de Robin Hood: príncipe de los ladrones, el remake protagonizado por Kevin Costner, uno de los muchos que han cultivado el mito). Pero Ricardo Corazón de León tuvo más bien un corazón de hiena. Ya demostró maneras cuando, con 17 añitos, se rebeló contra su padre, Enrique II (aunque puede que algo tuviera que ver en ello que el monarca hubiese convertido a su prometida, Adela de Francia, en su amante). En los muchos combates en los que participó a lo largo de su vida, se distinguió por su crueldad: saqueaba y quemaba ciudades, violaba a las mujeres (aunque, como revela alguna crónica, si eso no bastaba para apagar el ardor de su lujuria, echaba mano de sus soldados "para lo mismo") y masacraba a los prisioneros: en Acre (donde se cuenta que mataba con una ballesta a los defensores de las murallas mientras, enfermo de escorbuto, era llevado en camilla) pasó a cuchillo a 2.700 musulmanes apresados tras la encarnizada toma de la ciudad: la sangre, cuentan los historiadores árabes, se embalsaba en charcas enormes. En su muerte se aliaron la soberbia y la estupidez. Durante el asedio al castillo de Châlus-Chabrol, en una de las muchas revueltas que hubo de sofocar, un ballestero que se cubría con una sartén como escudo le lanzó un virote. Falló, pero Ricardo, más chulo que un ocho, aplaudió su intento. Una segunda flecha del mismo ballestero lo alcanzó en un hombro, cerca del cuello. El rey se la intentó quitar él mismo en su tienda, pero no fue capaz. Sí lo logró un cirujano carnicero, valga la redundancia, aunque a costa de producirle una gangrena que finalmente le causó la muerte. No obstante, antes de fallecer, Ricardo hizo que llevaran ante él al ballestero, que resultó ser un niño. Este confesó que buscaba la muerte del rey en venganza por haber matado a su padre y a dos de sus hermanos. Corazón de León, impresionado por la valentía del muchacho, ordenó que lo liberaran y lo despidió con cien chelines. Pocos días después, falleció. El chaval, empero, no tuvo tiempo para disfrutar de la magnanimidad in articulo mortis del rey: su mercenario más abyecto, el capitán Mercadier, lo volvió a apresar, lo despellejó vivo y lo ahorcó (y le quitó los cien chelines). (La muerte de Ricardo me recuerda a la de otro personaje histórico, tan cruel y desaforado como él: Lope de Aguirre, el loco Aguirre, que le reprochó al primer sicario que fue a matarlo que no hubiese acertado el tiro; el segundo tuvo la puntería que reclamaba y lo dejó tieso de un arcabuzazo). Con Berenguela Ricardo tuvo poca relación, y algunos testimonios afirman que ni siquiera llegó a consumar la unión. Vivieron separados la mayor parte de su matrimonio, y no solo porque Ricardo estuviera guerreando casi todo el tiempo, sino también por su supuesta homosexualidad. En realidad, a Ricardo le gustaba tanto la carne como el pescado: se acostaba con el rey Felipe de Francia y con los soldados más descollantes de su ejército, pero se hartaba a violar a mujeres y llegó a tener un hijo bastardo, Felipe de Cognac. Pero nos volveremos a encontrar con Berenguela. En la Fundación Pierides de Lárnaka, un elegante museo sobre la historia de Chipre, una de las piezas sobresalientes es un joyero de la reina consorte, hallado en unas excavaciones submarinas. En él se lee con toda claridad: "Berenguela de Navarra".  Contiene cuatro sortijas de oro y piedras preciosas —cada una de las cuales representa no una virtud, sino un deseo: amor, sabiduría, gloria y riqueza— a las que se han adherido pequeñas formaciones coralinas, que los conservadores del museo han tenido el buen criterio de preservar: las joyas parecen así pequeñas criaturas extraterrestres, como gemas desmelenadas, fruto de un diseño contemporáneo. El azar mejora a veces las cosas. En este caso, las han acrecido y desordenado; las han vuelto, en cierta medida, surreales. Bien está. (Por otra parte, ¿cómo llegaron esas joyas al fondo del mar? ¿A resultas de un naufragio? ¿Las arrojó la propia Berenguela, quién sabe si despechada? ¿Fue un robo frustrado, un descuido? Ah, la de historias que se entretejen en estos pecios de la historia...). Pero tampoco será esta la última ocasión en que sepamos, durante nuestra estancia en Chipre, de un español (aunque Berenguela no lo fuera todavía, técnicamente, en 1191, la sentimos compatriota) consorte de un monarca de Inglaterra. En nuestro paseo por la Nicosia turca —la mitad de la ciudad perteneciente a la fantasmal República Turca del Norte de Chipre—, a la que se accede desenfundando el pasaporte en medio de la calle Ledra, la principal vía comercial de la Nicosia griega, visitamos el mercado, típicamente otomano, pero de hechuras modernas, y en uno de sus rincones damos con una librería que se llama, pertinentemente, "Walk Until the End" ['Camina hasta el final']. Es un lugar polvoriento y caótico, con cojines por el suelo y pósteres carpetovetónicos en las paredes, que no parece vigilar nadie. Pero hay mucho libro en inglés, porque el turismo inglés predomina en ambas partes de esta isla. Los turistas se desprenden de sus libros para hacer hueco en la maleta a los souvenirs chipriotas, y muchos acaban en estas azacaneadas librerías de viejo. La inmensa mayoría son nefastos superventas de aeropuerto, pero doy con un interesante Elizabeth and the Prince of Spain ['Isabel y el príncipe de España'], de Margaret Irwin, publicado por The Companion Book Club, de Londres, en 1954. Está razonablemente bien conservado, incluye tres huecograbados (uno de ellos, del "príncipe de España", que no es otro que Felipe II) y solo cuesta tres euros. Al casarse con María Tudor, también llamada María la Sanguinaria, por orden de su padre, Carlos I, Felipe II fue, en efecto, rey consorte de Inglaterra entre 1554 y 1558. Aún recuerdo cuando, visitando el palacio de Hampton Court, en Londres, me sorprendió descubrir un retrato suyo en una de las salas principales del lugar. Pese a que Felipe constituye una de sus némesis históricas, los ingleses no ocultan —no pueden ocultar: su sentido del fair play se lo impide, y la historia es incontrovertible— su condición de rey de Inglaterra, por fugaz e impopular que fuese. Y lo fue mucho: sufrió unas capitulaciones matrimoniales draconianas, la desconfianza de los nobles ingleses, el desprecio del populacho (que se extendió a los españoles que se encontraban entonces en Londres, víctimas de asaltos y robos) e incluso un atentado en Westminster en 1555, del que salió milagrosamente vivo. Él había intentado caer bien, pero caer bien no era el punto fuerte de Felipe: había comido en público y, cómo no, bebido cerveza, aunque ambas cosas le desagradaban, y hasta había besado a su esposa en la mejilla y la boca, algo inconcebible en España. Cuando María murió, Felipe, que ya no estaba en Inglaterra, se apresuró a reconocer a su sucesora, su hermana Isabel, con quien luego tendría aquella pejiguera de la Armada Invencible. Berenguela y Felipe, dos hispanos a los que recordamos en Chipre. La de vueltas que dan las vidas.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Machado en la Voivodina

Duška, mi encantadora traductora al serbocroata, me invita a pasar el día en Titel, el pueblo de la Voivodina —donde el Tisza afluye al Danubio— en el que vive con su familia. Y allí me presenta a sus padres. Él, Lazar, tiene 93 años (uno menos, pienso, de los que tendría hoy mi propio padre) y ella, Marija, 88. Ambos se mantienen activos y lúcidos, aunque la madre, bellísima, guarda en todo momento un atento silencio. Cuando llego a la casa, Duška me enseña en primer lugar la biblioteca de su padre, que ha sido, entre otras cosas, bibliotecario y sigue siendo historiador del libro. Es un espacio deliciosamente caótico. Los libros y documentos no solo atiborran los estantes, sino también el suelo, como un sotobosque de papel en el que apenas se abre un sinuoso sendero que lleva al otro extremo de la habitación. Lo recorro despacio, contemplando con admiración la ininteligible sucesión de volúmenes, prácticamente todos en serbocroata y muchos en cirílico. Duška me cuenta que su padre se ha propuesto muchas veces poner orden en los plúteos, pero que, cuando se decide a hacerlo, siempre descubre algún libro interesante que ya no se acordaba de que tenía, y se dedica a leerlo en lugar de a ordenar. Luego me invitan a sentarme, algo que, según la tradición serbia, los invitados deben hacer siempre "para que los niños duerman bien". Acomodado en el comedor, me ofrecen un vaso de rakia, un aguardiente balcánico que me recuerda mucho al ajenjo o a algunos agrestes licores de hierbas españoles, aunque el rakia se elabora con fruta, y en Serbia, especialmente, con ciruelas. Me lo tomo con placer. Me gustan los alcoholes. Lazar, de rostro sereno y pelo blanquísimo, me enseña entonces revistas surrealistas de los años 20 y 30 y libros antiguos, de los siglos XVII y XVIII. Uno de ellos relaciona los países en los que hay comunidades serbias. Su estado de conservación no es bueno. En alguno veo desgarraduras remendadas con celo —esa materia engañosa, que parece primero solucionar los problemas, pero que, a la larga, solo deja un poso de oxidación y pringue— y los vasos colmados de rakia circulan por sobre los libros y a veces se posan en ellos. Por suerte, no hay que lamentar desgracias bibliográficas. Lazar, que fue amigo de Vasko Popa, acaso el mejor poeta serbio del s. XX, me cuenta lo importantes que han sido para él dos poetas españoles: Lorca y Machado. En su juventud, Lorca era Dios. Tras él iban Goethe y Byron, pero el granadino los excedía a todos. Y Machado escribió su poema favorito, "La plaza tiene una torre". Me lo recita en serbio, con voz suave pero firme: suena con ácida dulzura, como una canción de cuna levemente áspera. Yo recuerdo el poema de mis clases infantiles, cuando la poesía de los mejores poetas aún tenía algo que decir en la educación de los niños. Con Duška lo buscamos en Internet. Me llevo el portátil al comedor, y se lo leo en castellano:

La plaza tiene una torre, 
la torre tiene un balcón, 
el balcón tiene una dama, 
la dama una blanca flor. 

Ha pasado un caballero, 
¡quién sabe por qué pasó!, 
y se ha llevado la plaza, 
con su torre y su balcón, 
con su balcón y su dama,
su dama y su blanca flor.

Él me escucha con complacida atención y una sonrisa. En la Voivodina, una apartada región de Serbia, un poema escrito por un maestro de escuela español hace casi un siglo une, por un momento, a dos personas que no se conocían y a las que separan muchas cosas: el idioma, la edad —aunque no puedo dejar de representarme al padre de Duška como mi padre, que también tenía el pelo blanco y también amaba la poesía— y las circunstancias políticas y sociales, tan difíciles, sobre todo, en Serbia. Duška me recuerda que tenemos que irnos a comer. Me despido, pero tanto su padre como su madre nos acompañan afuera. Allí, mientras echamos un vistazo al pequeño jardín de la casa, Lazar me apoya una mano en el brazo, como si no quisiera que la unión que ha propiciado la poesía de don Antonio se rompiera todavía. Y a mí me gusta que tenga ahí la mano. No nos decimos nada. En realidad, nos lo hemos dicho todo ya. Nos vamos por fin. Yo, alegre y triste a la vez. 

martes, 3 de septiembre de 2019

Sobre Mi padre

Varias son las reseñas aparecidas sobre mi más reciente poemario, Mi padre. Son las siguientes: 

Manuel Simón Viola, en su blog Notas al margen http://simonviola.blogspot.com/2019/05/mi-padre.html. 

Juan Manuel Macías, en su blog Las diosas y las nubeshttps://diosas-nubes.blogspot.com/2019/05/mi-padre-de-eduardo-moga.html. 

Francisco Martínez Bouzas, en su blog Brújulas y espiraleshttps://brujulasyespirales.blogspot.com/2019/06/mi-padre-se-llama-abel.html?fbclid=IwAR2hJezNrWDPyWzvLU_dunfSMG8-mfmUKEfuIicixKdJGybtcB8I3p1395E. 

Francisco H. González, en su blog Devaneos: http://www.devaneos.com/2019/mi-padre-eduardo-moga/. 

José Ángel Cilleruelo, en su blog El balcón de enfrentehttp://elbalconenfrente.blogspot.com/2019/05/a-vueltas-con-la-biografia-mi-padre-de.html. 

Enrique García Fuentes, en el suplemento "Trazos" del periódico Hoy: "Moga en forma", 25 de mayo de 2019. 

José María Castrillón, en la revista digital El Cuadernohttps://elcuadernodigital.com/2019/06/20/hijo-de-hombre/. 

Agustín Calvo Galán, en la revista Quimera"Escribir en relieve", nº 427-428, julio-agosto 2019.

Y Jesús Aguado, en la revista El Ciervo: nº 776, julio-agosto 2019.

Todas han sido alentadoras, todas me han permitido aprender y a todos les agradezco el tiempo que han dedicado al libro y sus valiosas observaciones. Reproduzco a continuación la más extensa, la de José Ángel Cilleruelo, publicada el 18 de mayo con el título de "A vueltas con la biografía: Mi padre, de Eduardo Moga":

Dos de los poetas sobre los que más he escrito han coincidido en publicar sendos títulos paralelos: Carta al padre (2016), Jesús Aguado, y ahora, tres años después, Mi padre (Trea, Gijón, 2019), Eduardo Moga. De hecho, el libro de este arranca con una cita del de Aguado, muy bien elegida, por cierto, pues atina con el tono que Moga va a utilizar en el suyo: "Una vez me perdí en el bosque. Mi padre, en vez de salir a buscarme, se tendió debajo de un árbol. Sus ronquidos me orientaron". Curiosamente este fragmento de Carta al padre resulta más representativo del libro que lo cita que del libro al que pertenece. El rápido trazo sintáctico, la anécdota simbólica, el final irónico van a ser la marca estilística de Mi padre. En las antípodas, por cierto, del desarrollo estilístico que se espera de Eduardo Moga.

Antes de entrar en el libro, me he quedado pensando en el asunto. Mi padre. En una ocasión escribí una serie de poemas sobre la evocación que hacía un hijo de su padre. Es lo más cerca que me he encontrado del tema. El último texto, siguiendo la lógica interna de la secuencia, culminaba ante el cuerpo yerto del padre. La materia poética lo exigía, era una reflexión sobre el desamparo. Y la muerte de un padre, o de una madre, es una manera de concretarlo poéticamente. Una persona conocida, que leyó aquel libro y quiso comentármelo, hizo una mención sobre la muerte de mi padre que me dejó paralizado. En aquel momento, mi padre vivía, y aún tardaría muchos años en fallecer. ¿Un poeta ha de desmentir lo que los versos dicen? Decidí callar. De hecho, se refería a los poemas, y en el poema mi padre había muerto, aunque eso no hubiera ocurrido en la realidad. Es curioso cómo cuesta despegar al poema —pese a los esfuerzos ingentes de todo tipo de vanguardias— de los vínculos biográficos. Ahora, en el momento en el que escribo, mi padre ya ha muerto, y el antiguo poema, de repente, ha cobrado un inesperado (para mí) valor real. Diré más: una exactitud biográfica. Como tantas veces ocurre, uno no escribe lo que le ha pasado, sino lo que le va a ocurrir.

No sé si se podría decir algo similar en ambos libros. Coinciden en haber sido escritos años más tarde del fallecimiento biográfico. Y subrayan los dos, desde el título, el factor testimonial: «Carta» (con eco indudable del conflicto de Kafka con el padre, que también cita al principio de su libro Moga), y el posesivo «mi», que como se sabe no indica casi nunca posesión, sino una relación directa entre sujeto y objeto. El factor biográfico no puede ser resuelto, tal vez, con la mera reflexión personal sobre mi experiencia del tema, es decir, excluyéndolo. Lo biográfico insiste desde el título y también desde la selección de momentos de intimidad familiar, con múltiples detalles y elementos concretos, que nutren la escritura de ambos libros. Sin embargo, persiste la sensación de que no son dos libros memorialistas, ni hay en ellos un factor testimonial que sobresalga en su interpretación. Junto a la pulsión biográfica, existen otros factores que alejan al lector de esta lectura. El primero es la ironía, elemento que en sí mismo ya establece distancias con cualquier relación directa. En el caso de Carta al padre, además, la compleja estructura del libro, que incluye en cada una de sus secciones modos opuestos de encarar el tema, sitúan el libro de Jesús Aguado más próximo a la meditación sobre los límites de la poesía a propósito de la relación padre-hijo que de su propia memoria.

En Mi padre ocurre un alejamiento de lo biográfico, dentro de la más descarnada biografía, que aporta un matiz interesante. Quien conozca la obra de Eduardo Moga habrá constatado una progresiva, decidida y voluntaria inmersión en lo biográfico, o más concretamente, en el presente vivencial. La diferencia en uno y otro concepto existe, pero también se pueden confundir en una lectura amplia. Esta evolución hacia el presente biográfico Moga la ha realizado desde otro presente con una dimensión opuesta, el del universo. Su obra se puede comprender como una transformación desde el tiempo infinito hasta el instante finito. Pero en esta metamorfosis temática ha contado con un poderoso elemento de cohesión de toda la obra, el estilo. De hecho, uno de los rasgos singulares de Moga ha sido precisamente el hecho de abordar aspectos marginales de la vida cotidiana —bien nimios, bien expresionistas— con un portentoso estilo cuajado, se podría decir, en la descripción del flujo de las galaxias en el universo. Evolución que en los últimos títulos le ha llevado a simbiosis tonales aún más extremas, pero manteniendo la feracidad estilística como cohesión del conjunto. No resulta imprescindible conocer este contexto para leer Mi padre, obviamente; pero sí lo es para interpretar la dimensión biográfica del libro. El estilo con el que Eduardo Moga ha impregnado su en absoluto sedentaria escritura poética, en este libro ha desaparecido. Las marcas, ahora, son otras: sintaxis sencilla, léxico directo, contención expresiva, carácter casi gnómico, trazo ligero de situaciones figurativas, ausencia de introspección, estructura sincopada. El estilo que le había servido a Eduardo Moga para convertir lo biográfico —el presente vivido, un instante ensanchado a categoría de proteico por la escritura—, desaparece ante el posesivo "mi" del título. De hecho, el flujo de escritura magmática con el que convierte en materia poética lo que carece de ella, ahora se interrumpe no tanto por la secuencia fragmentaria como por la organización del texto a modo de viñetas. Cada página recoge el dibujo de una anécdota, y su lectura se realiza página a página, cuadro a cuadro. Y todo ello aleja el libro de una simple lectura biográfica. De hecho, le da a lo biográfico un protagonismo inquietante como fruto de una contradicción esencial entre el enunciado y la secuencia. Entre la manifestación de lo memorístico y su presentación viñeteada, a modo de tebeo.

Esta larga, y acaso inútil, disquisición ha de servir como preámbulo a la que tal vez sea la característica literaria más sobresaliente del libro. E inesperada. Presentado como una declaración personal ("mi"), lo lírico se entrevera, sin embargo, con lo sociológico de forma casi imperceptible. Mi padre es un prodigioso retrato de una generación, la de los padres, vista desde el punto de vista de otra generación, la de los hijos, separadas ambas por un cambio histórico sustancial: el paso de la dictadura, cuyas marcas externas —ausencia de estudios, población extenuada, hábitos procaces…— resultan incomprensibles para quienes, ya en democracia, absorben nuevos estudios, cultura, educación, hábitos… que cambian los valores radicalmente.

El libro entrevera lo sociológico —que es este tebeo generacional extraordinario por su vivacidad, incisiva ironía y certera ejemplificación— con lo lírico. Pero lo lírico no es lo biográfico, no es lo anecdótico. Lo lírico es el sentimiento que late por debajo de esta manifestación casi caricaturesca del padre —de toda la generación de padres—, y es, claro, el dolor soterrado del libro escrito por quien no pudo comprender a su padre, por no poder dar carta de naturaleza a comportamientos que el presente democrático había caducado de golpe. El hijo estudiante, universitario, culto, educado, europeo… frente a una generación, la de su padre, devastada por el estancamiento de décadas de ostracismo social solo superado por una intimidad a veces expresionista: "Mi padre se tiraba pedos en casa". Este aspecto lírico, que no tiene reflejo léxico en el libro, ni siquiera la marca estilística del autor, que no se puede demostrar, es, sin embargo, el valor literario más sobresaliente del libro. El que subyace en aquellas grandes obras de la ironía y del humor en la historia literaria que hoy se leen no para reírse de las anécdotas, sino para comprender algo más de la complejidad humana. Sobre las sutilidades de la incomunicación. De cómo los padres, entregándoles lo mejor que poseen a los hijos, siembran en estos la distancia. De cómo los hijos que no han perdonado a los padres su vulgaridad, no logran perdonarse a sí mismos ese alejamiento y esa incomprensión. En suma, en literatura la biografía no se encuentra en las anécdotas, por real que sea su origen, sino en la amargura que queda después de haber vivido, por más que nos haga sonreír lo escrito.

jueves, 29 de agosto de 2019

Merlí

Yo suelo llegar tarde a todas las novedades, a todos los cambios, y no digamos a los introducidos por la revolución digital. Aunque a estos, si quiero ser justo, no es difícil llegar con retraso: cada media hora hay un nuevo avance que deja obsoleto lo que uno acaba de aprender. Eso me ha sucedido con Netflix: llevaba años funcionando, pero yo acabo de descubrirlo. Y quizá ese descubrimiento termine con mi adicción a la televisión, pese a que la televisión se ha convertido en un basurero aún mayor que Internet. Si sucede así, perderé mi cretácica condición de televidente, de la que no participan las generaciones más recientes: mis hijos no han visto nunca la tele; mis vecinos de rellano, treintañeros, ni siquiera tienen televisor. Pero no me importa. En realidad, ya solo acudo a la televisión para ver el telediario y El Intermedio o en busca desesperada de películas potables: apenas las hay y, si las hay, las ametralla, inmisericorde, la publicidad. En Netflix he dado con una serie que perseguía con afán y que no encontraba por ningún sitio, Merlí. Algo doblemente extraño en mi caso, porque no me gustan las series, que se me hacen acartonadas, populacheras, repetitivas y huecas: la última que seguí con interés fue Dos hombres y medio. Aunque Merlí está rodada en catalán por una productora catalana (en la que participa la empresa que publica La Vanguardia) y fue emitida, durante tres años, en TV3, la televisión pública catalana, yo empecé a verla en Mérida. Después de cenar, me tumbaba en el sofá y, como ha sido siempre mi costumbre (hasta, quizá, ahora...), zapeaba por los canales en procura de algo decente —decente intelectualmente, no decente moralmente— que echarme al magín. Y allí me topé con Merlí. La emitía un canal nacional, doblada al castellano. Yo le quitaba el doblaje y la escuchaba en versión original. Y me sorprendía —no tenía por qué, pero me sorprendía— estar viendo la tele en catalán en Extremadura. La serie me atrapó de inmediato. Era ágil, original y, sobre todo, inteligente. Trataba de filosofía y relaciones humanas. Su primer acierto era el título, el nombre de un mago: alguien que obra lo extraordinario, como es interesar a los adolescentes en la filosofía —y, por extensión, en el pensamiento y la crítica— y ayudarlos a resolver sus problemas. El protagonista, el profesor del instituto en el que transcurre la acción, Merlí Bergeron, interpretado por un magistral Francesc Orella, reúne verosímilmente algunos rasgos muy atractivos: es iconoclasta (pero responsable), mujeriego (pero leal), lúcido y contradictorio, y practica la mentira —uno de los más eficaces instrumentos de la inteligencia y también de la compasión— cuando conviene, pero detesta la hipocresía y puede ser brutalmente franco diciendo lo que piensa o lo que los demás no quieren oír (pero deben). Le dan completamente igual las redes sociales y aún le importa menos lo que piense la gente de él. Y, su característica más emocionante, no soporta a los perros. Encontrarse a un personaje así en estos tiempos de sacralización de los animales —a los que tantos cretinos consideran mejores que las personas— reconforta y consuela: «Mi animal favorito es el bistec», le dice a un alumno. A su alrededor se mueve un conjunto de personajes bien caracterizados: los jóvenes a los que da clase y sus padres, además de su propia familia. El aspecto de las relaciones entre los alumnos que más me admira, es su conducta sexual: libre, espontánea, natural. En un capítulo, y para reconocer su culpa en la difusión de un vídeo en el que una alumna —Mónica de Villamore, interpretada por la guapísima Júlia Creus— aparece desnuda, todos se desnudan en clase. En otro, dos compañeros de clase se lían en una fiesta y, cuando una amiga común le pregunta a uno de ellos —Bruno, el hijo de Merlí— si han follado, este contesta que no, pero que «se la ha chupado». En general, todos se relacionan con todos, todos picotean en todos sin ningún reparo moral ni empacho físico, como debe ser: se enamoran —uno afirma haberlo hecho ocho veces desde que está en el instituto—, se besan, se separan, vuelven a juntarse, vuelven a besarse, se acarician, se pelean, hacen el amor; y siguen en clase, con naturalidad, aprendiendo, por ejemplo, que la epojé de los escépticos griegos consiste en la «suspensión del juicio», un estado de la conciencia en el cual ni se niega ni se afirma nada. Comparo este condición libérrima de los adolescentes de hoy con la que yo viví en el colegio de curas al que no había más remedio que ir, si uno quería ser algo en la vida, en la España de los setenta del siglo pasado, y me estremezco de pena. Qué sórdido era aquello (aunque el propio colegio, barcelonés y posconciliar, presumiese de modernidad: hasta tuvimos un par de conferencias sobre educación sexual, impartidas por un experto en la materia, un sacerdote), qué rígido y oscuro. Fue un colegio exclusivamente masculino hasta 1977, cuando se incorporaron a nuestra clase cinco chicas. Cinco. El revuelo fue considerable. Pero las relaciones, si es que se dieron, estaban marcadas por la lobreguez. No había contacto físico, ni alegría, ni espontaneidad, ni nada de nada. El intercambio de fluidos era impensable. La homosexualidad, también. Los chicos nos matábamos a pajas: si ya lo hacíamos antes, en la inacabable soledad de nuestros cuartos, entonces, estimulados por la más turbadora presencia femenina, nos despellejábamos vivos. Las chicas tampoco ayudaban: educadas en el polvoriento catolicismo de la época, recuerdo a alguna sostener en público que ella no se entregaría a nadie (a ningún hombre, quería decir) hasta que hubiese pasado por el altar. Y, en última instancia, los curas velaban por la moralidad de la convivencia: todo estaba ordenado, vigilado, controlado, para que, acuciados por las hormonas, no nos desmandáramos y el libertinaje —aquel espantajo tan socorrido para los reaccionarios— no se enseñoreara de las aulas. Las clases de Merlí, en lo intelectual y en lo sexual, son solares: espacios luminosos de diálogo y placer, que es lo que debe ser siempre la educación. No obstante lo cual, la serie y, en particular, el personaje de Merlí recibieron, junto con una gran acogida de público y abundantes elogios críticos, varapalos de género: según algunos, el profesor es machista, manipulador y misógino. No lo es, pero, aunque lo fuese, es un personaje, una criatura de ficción que encarna rasgos y valores de la gente que hay a nuestro alrededor, e incluso de nosotros mismos: de los seres humanos reales. Reprobar una invención por no ajustarse a unos dictados éticos determinados es, precisamente, lo que hacían los curas con aquellos de nosotros que nos apartábamos de sus rigurosas exigencias morales. Y lo que está descafeinando la literatura —y el cine— hasta convertirlos en una papilla para débiles mentales. Y lo que Merlí aspira a evitar que hagan sus alumnos, cuyo único deber es ser radicalmente humanos: turbulentos, apasionados, contradictorios, independientes, gozosos, críticos.

sábado, 24 de agosto de 2019

La adivinanza del agua

Javier Alcaíns acaba de publicar un nuevo libro, La adivinanza de agua (Cáceres: Javier Martín Santos, 2019), un largo poema en prosa, ilustrado por él mismo. En realidad, todo en este libro es suyo: el texto, los dibujos y el libro propiamente dicho, fruto de la autoedición. Soy, como ya he dicho en otras ocasiones, un decidido enemigo de la autoedición, que se me antoja una concesión casi siempre injustificada a la vanidad (y una forma de condenar la obra a la irrelevancia), excepto en el caso de autores que hayan demostrado su calidad y que no quieran someter el flujo de su creatividad a las limitaciones estéticas, temporales o presupuestarias de las editoriales convencionales. (De hecho, un blog también es autoedición: también aquí damos rienda suelta a la escritura abundante y libérrima). Javier Alcaíns ha compuesto, como suele, una obra primorosa. En la Editora Regional de Extremadura tiene publicados varios títulos, como La locura y las rosas, Teatro de sombras y Memoria de los viajes, y también ha diseñado un buen número de exposiciones para el Plan de Fomento de la Lectura: La palabra pintada, El bestiario de iluminaciones, Fábulas de Oriente: los cuentos de Calila y Dimna y una patrocinada por mí, que tuve el honor de presentar en Extremadura poco antes de abandonar mis responsabilidades, Felicitaciones japonesas. Surimono: poesía e imagen. Recuerdo que, cuando llegué a Mérida, uno de los primeros problemas a los que hube de enfrentarme fue la desafección de Javier, que había sufrido uno de los habituales desmanes burocráticos de la administración. Contribuí a resolverlo, creo, y recuperé al poeta para la causa. De ahí surgió una nueva colaboración, que condujo a los surimonos, y una amistad que perdura hasta hoy. La adivinanza del agua constituye un relato lírico cuyo motivo central es la lluvia. Y esa lluvia espolea o inspira a la memoria, que se esfuerza por recuperar "el agua del origen". La busca de un arquetipo que explique la realidad —la realidad que se ha sido y la que todavía se es—, vinculado a un líquido primordial la sangre, el semen, el agua del que proviene la vida—, despierta rememoraciones y preguntas, que se engarzan en pasajes enumerativos, que pueden identificarse, a veces, como poemas sucesivos, como fragmentos autónomos de un único torrente poético. El trabajo del recuerdo suscita, también, la melancolía, que impregna toda La adivinanza del agua, y asociaciones clásicas, como la del río de la vida. El poema, no obstante, apela a lo cercano, a lo cotidiano, a los paisajes conocidos, entre los que reconozco algunos muy próximos: el Jálama, Eljas, Montánchez (donde presentamos, precisamente, los surimonos). Alcaíns sabe muy bien que, como decía Joan Miró, para ser universal, hay que ser local. El humor está asimismo presente, y cada vez agradezco más el humor, aun —o sobre todo— en los libros más graves o trascendentes. "En la nota del jueves —escribe Alcaíns—, se estrena en el teatro local la obra, al parecer maestra, que todo el mundo está esperando; con los primeros compases, de debajo de los asientos salen los gatos en estampida. En la nota del viernes, el periódico pregona que tanto la crítica como el público están de acuerdo en que la obra es un churro patatero, y más vale que el autor se dedique a otros menesteres" (pág. 30). Abrumado por la lluvia, pero también estimulado por ella, el hombre crece hacia dentro: hacia dentro de sí y hacia dentro de la tierra, con la que se funde. La lluvia, el agua, disuelve los perfiles del ser y lo devuelve a la naturaleza, de la que se convierte en un apéndice más, en una brizna más de esta, pero un apéndice y una brizna sosegados y plenos. El discurso de Alcaíns, bifronte, tiene también un plano visual: veinticinco ilustraciones de su mano, de trazo austero y flexible, lo hilvanan. Son imágenes de paisajes lluviosos, sin figuras humanas: casas —siempre iluminadas en el interior—, árboles, flores, lomas, rayos, lámparas, nubes, postes telefónicos; y las estiradas gotas de agua cayendo como si desgarraran suavemente las escenas, con un desgarro que, en realidad, las completa: las aúna. Esas imágenes nunca se disponen del mismo modo en las páginas: verticales a veces, horizontales otras, circulares otras más, acompañando al texto u ocupando, exentas, la página, obedecen a un dinamismo inteligente, que pretende acicatear el ojo para estimular así, también, la captación de una realidad fluyente e inmoderada, que cifra en el curso multitudinario del agua el propio estallido de la existencia. Pese a tantos elementos significativos, el poeta confiesa en el colofón: "Comenzó en abril de 2018 y le dio fin el primer domingo de junio de 2019, fecha en la que seguía sin saber la solución de la adivinanza del agua". 

Transcribo a continuación un fragmento del libro (pág. 39-42):


Abre la ventana, que el viento meta en casa la lluvia, que la lluvia traiga todos los espejismos al pensamiento, como si trajera el perfume de las violetas que Michelino da Besozzo pintó hace siglos en un libro de horas. Esto trae la lluvia, el olor de las mimosas que entraba por los ventanas de la escuela, trae a la abuela María peinando su cabellera larguísima y blanca sobre una palangana, trae la nana que la madre le canta al hijo pequeño y que duerme antes al hermano mayor, trae el dolor que aun sin querer causamos, trae la luz de un miércoles que resultó glorioso, trae momentos ridículos que quieren atenuar momentos brillantes, trae el miedo y la vergüenza del miedo, trae la redención de alguna valentía, trae la eme con la a ma, trae la quietud de un insecto verde como una hoja de abril que echa a volar de pronto y te roza la frente, trae la lluvia brillando al anochecer ante los faros de los coches, trae la extrañeza de lo que hizo daño una vez y ya no duele, trae lo que no importó cuando vino y luego se hizo necesario, trae la mano del hijo que cae como nieve sobre los ojos del padre que acaba de morir, trae una inicial bordada con hilo rojo en un pañuelo, trae la calle en la que parpadea un anuncio de neón amarillo y azul, y más allá hay un portal y más allá las sombras, trae dos cabecitas locas bajo un paraguas, tras la mano del padre que toca la cara del hijo que acaba de nacer como un pájaro cantarín posándose sobre un cerezo florecido, trae todas las lunas llenas del verano, trae el olor adolescente del comienzo de la noche de invierno, cuando las luces de la ciudad tiemblan de frío, trae un abrazo que olía a ropa mojada, a sudor y a perfume, trae unas palabras que la lluvia se lleva mezcladas con las hojas, trae una respiración honda y fresca como la juventud. Trae también las imágenes de un sueño que se intenta contar, como si se pudiera.

martes, 20 de agosto de 2019

Chalamera

Mi madre nació en Chalamera, un pueblecito del Bajo Cinca, cerca de Fraga. Aunque siempre ha sido, tenazmente, pueblo—desde la Edad del Bronce ha habido aquí asentamientos humanos—, no siempre ha sido pequeño: hace un siglo, todavía tenía 457 habitantes, pero, tras sufrir el inclemente proceso de despoblación que ha afectado a tantos lugares de España —agudizado en los años de la emigración masiva, sobre todo a Cataluña, entre 1950 y 1980—, se ha quedado en casi aldea, con poco más de 100 habitantes en invierno, aunque en los meses de verano, como también sucede en buena parte de la actual España vaciada, el municipio se hincha con los emigrantes, o los hijos (y nietos) de los emigrantes, que vuelven de vacaciones, a rememorar raíces o disfrutar de la casa del pueblo. Pero, si retrocedemos aún más, advertimos que Chalamera tuvo cierta relevancia histórica, hoy completamente desaparecida. Los visigodos construyeron un castillo en el altozano que domina la localidad y los templarios lo reedificaron en el siglo XII, a cuyo calor creció la población y la actividad agrícola y comercial. De finales de ese siglo es, justamente, el principal monumento del lugar, la ermita de Santa María, románica, asentada en la ruta del Camino de Santiago proveniente de Cataluña. Pero la Inquisición, a instancias del papa y con la reticente ayuda de Jaime II (el constructor del monasterio de Pedralbes, sobre el que versó mi entrada anterior de este diario), acabó con el Temple aragonés: tras vencer una prolongada resistencia, ocupó los castillos de Monzón y Chalamera, donde se habían refugiado los últimos caballeros de la Orden, y encerró en mazmorras a los supervivientes, entre ellos su comendador, el chalamerino Berenguer de Belvís. La suerte de los derrotados caballeros, no obstante, fue mejor que la de sus cofrades franceses, que sufrieron minuciosos tormentos o fueron, sin más, pasados a cuchillo. De ese castillo que tantos acontecimientos históricos ha contemplado, no queda nada: en la Guerra Civil, un convoy de soldados —que mi madre nunca ha sabido precisar si eran republicanos o facciosos; pero da igual— llegó al pueblo y arrambló con toda la piedra que quedaba, para, se supone, construir casamatas y trincheras. La piedra —la gruesa y ya cortada— era un bien preciado entonces. Mi madre sí recuerda sus correrías, de muy niña, por las salas sin muros de la fortificación, por los cimientos pelados. De aquel edificio ausente, que le resultaba espectral, hoy solo queda el nombre: una elevación vacía, que los chalamerinos se empeñan en llamar el castillo. Los años de la guerra fueron muy crueles en esta zona: el frente anduvo cerca, la agitación política fue alta y la represión franquista, en consecuencia, terrible. Mi abuelo, combatiente rojo, tuvo que huir a Francia para evitar que le dieran pasaporte. Pero dejó detrás, desamparadas, a una mujer y dos hijas pequeñas. Y las nuevas autoridades del lugar, inflamadas de fervor nacionalcatólico, las dejaron más solas aún: ni el Auxilio Social, que se le daba a todo el mundo, les concedieron. No fueron tiempos felices. Mi abuela los resumió con lúgubre laconismo: "Allí mataron a mucha gente". Por dos hechos más, y no solo por las escabechinas que han tenido el pueblo por escenario, conserva Chalamera alguna presencia en los libros de historia: fue el lugar en el que nació, en 1901, el novelista Ramón J. Sender, cuyo padre era el secretario del ayuntamiento (al que mi abuela, nacida en 1905, afirmaba haber conocido en el pueblo), y también el destino putativo de dos centrales nucleares en 1975, cuya construcción —para más inri, y nunca mejor dicho, en el lugar que ocupa la ermita de Santa María— ideó algún iluminado del tardofranquismo, dominado por los tecnócratas del Opus Dei, pero que una decidida oposición popular —en la que militaban famosos cantautores de la época, como La Bullonera, José Antonio Labordeta (el añorado diputado del "¡A la mierda!" dirigido a la grosera bancada popular) y Joaquín Carbonell, que popularizó el "Romance de Chalamera": "En Chalamera, con Chalamera, / ya es hora de gritar: / en Chalamera, con Chalamera, / no queremos central"— consiguió evitar. Del primero queda un busto en el centro del pueblo, una efigie contundente, en la que el escritor aparece con gafas y barbita; y de lo segundo, la canción de Carbonell y el legítimo orgullo de los aragoneses por haber evitado el desmán nuclear. Mis recuerdos del pueblo son parcos: poco tiempo pasé en él de niño, que es cuando los pueblos arraigan en la conciencia de las criaturas urbanas. La casa de la familia, abandonada hacía tanto tiempo, no estaba en condiciones de alojarnos con dignidad, y mis padres optaron por buscar refugio estival en otros pueblos de Huesca. No obstante, algunas imágenes conservo de aquellos días breves: singularmente, la de la gente sacando la mesa a la calle y cenando a la fresca, bajo lunas brillantes. Durante el día hacía tanto calor que la única forma de sobrellevar el monacato impuesto por el sol era suavizándolo de noche, entre tientos al porrón, rebanadas de pan con tomate y embutido, y mucha fruta: melones, sandías, melocotones. Recuerdo las carcajadas de mi padre, su vociferar a los vecinos. Y el trajín sin pausa de las mujeres, que se afanaban en los portales por sacar el condumio fragante. Y recuerdo también estar sentado debajo de una higuera, cuya sombra es tan fresca, comiéndome a dos carrillos los higos que mi madre no dejaba de bajar del árbol. Conservo en la memoria, antes que recuerdos concretos —los anteriores aparte—, una sensación, una atmósfera: la de un lugar a la vez árido y húmedo, que comparte la sequedad de los Monegros y el agua del Cinca y el Alcanadre; un lugar áspero, de casas de adobe, caminos pedregosos y calores achicharrantes, pero de una aspereza limpia; un lugar desollado, pero extrañamente acariciador. Y quizá esa acedía amable explique el insólito surgimiento de tantos artistas en estas tierras: Sender, como ya he dicho, nació en Chalamera y se crio entre Chalamera y Alcolea, el pueblo vecino, de donde era originario el gran filólogo, profesor de la Universidad de Barcelona, José Manuel Blecua (no llegué a tenerlo de profesor, aunque me habría gustado: se había jubilado poco antes de que yo me incorporara a las aulas); y el tenor Miguel Fleta, muy celebrado en los años 20 y 30 del siglo pasado, voz de la Falange y uno de los portadores del féretro de Miguel de Unamuno en Salamanca, había nacido en Albalate, a pocos kilómetros de Chalamera. (Y todo eso sin remontarnos a Miguel Servet, churruscado en la calvinista Ginebra, originario de Villanueva de Sigena, también a tiro de piedra). Hoy, Chalamera es un lugar tranquilo, tranquilísimo, con una de esas tranquilidades que pueden llegar a lapidarte. Ya no conserva nada de lo que una vez hubo: escuela, colmado, bar —salvo el Hogar Social que mantiene en ayuntamiento, con un horario tan exiguo como el propio pueblo, en su sede—. Pero sigue funcionando la piscina que el consistorio abrió hace unos años, y que ayuda, y cómo, a soportar el tórrido verano, y se puede llegar a la ermita por carretera, en lugar de por el camino de tierra que, por falta de uso, casi ha desaparecido entre las aliagas y las piedras. También sigue siendo un placer remojarse en el Cinca y en su afluente, el Alcanadre, aunque sus aguas no sean tan abundantes como antaño y bajen casi siempre más sucias, y los accesos estén fangosos. La dificultad para acceder enriquece la experiencia: uno se siente como Tarzán, pero un Tarzán a lo Alfredo Landa, abriéndose paso hasta los cauces. La gente continúa trabajando el campo, y no cuesta nada llenar el zurrón de fruta y productos de la huerta. Aunque también esto ha descendido. Antes, por ejemplo, de camino a Chalamera desde Fraga, uno se encontraba con un gran almacén, propiedad de una familia campesina, en el que podía hacerse, a buen precio, con kilos de peras de un blanco lunar, que soltaban agua como fuentes, y melocotones colorados, grandes como peces globo, aromáticos hasta el desmayo. En mi último viaje vi que el almacén había cerrado. Ya no lo guardaba Tigre, un perrillo que vivía atado a su caseta y venía a lamernos los pies en cuanto desembarcábamos en el lugar. Un vecino nos dijo que se lo había comido un perro cimarrón. Pero las golondrinas aún anidan en los balcones y los azores todavía cruzan el cielo para cazar a las golondrinas. Y se oye a las cigarras, desquiciadas, durante el día y a los grillos por la noche (a veces, metidos en las casas, demasiado). Los niños pululan con la bicicleta, como siempre han hecho, pero ahora no solo fatigan los pedales, sino también el móvil. Los mayores charlan, en corros breves, en la plaza o, de atardecida, a la puerta de las casas. Y el minusválido de siempre —el que antes no habría tenido empacho en llamar el tonto del pueblo—, a quien llevo viendo toda la vida sentado con el bastón y las gafas oscuras en el portal de lo que antaño fue el bar, sigue ahí, sentado con el bastón y las gafas oscuras en el portal de lo que antaño fue el bar. La gente mira cuando uno pasa con el coche, y más aún cuando pasa andando: mira con tenacidad, con ansia; escrutar, y sentirse escrutado, es patrimonio de los pueblos. En el cementerio están enterrados mi abuela y mi padre, y allí quiere descansar también mi madre. Yo no me uniré a sus huesos: prefiero volar como ceniza. Pero reconozco en esta voluntad de perdurar en la vida y en la muerte un arraigo que va más allá de la tierra, un arraigo que entronca con el aire transparente, y con el olor a jara abrasada y bosta de vaca, y con la dureza inmisericorde pero nutricia de una existencia descarnada.

jueves, 15 de agosto de 2019

En el monasterio de Pedralbes

Hacía tiempo que quería visitar el monasterio de Pedralbes. Nunca lo he hecho. Y que un barcelonés como yo no conozca el que es, probablemente, el más importante cenobio de la ciudad, no deja de ser vergonzante. Por si fuera poco, pasé cinco años estudiando en la facultad de Derecho, a un cuarto de hora a pie del lugar, y nunca se me ocurrió acercarme: estaba demasiado ocupado en el bar. Hoy pienso enmendar tan imperdonable omisión. Aunque, en cuanto salgo del metro, me pregunto si ha sido una buena idea enmendarla precisamente hoy: hace un calor que funde las piedras. Y el camino hasta el monasterio, por la avenida de Pedralbes, es recto, en cuesta y sin apenas sombra. Las cigarras chirrían desesperadas. Huele a pino gimiente y a hojarasca abrasada. La luz reverbera en los paneles de acero y cristal de la facultad de Derecho y de los lujosos edificios que jalonan la avenida. Rebaso los pabellones Güell, construidos por Gaudí, así llamados por quien los encargó, su mecenas, el conde Eusebi Güell, y reparo, como siempre que paso por aquí, en el dragón de hierro forjado de la verja de entrada, un exceso, como casi todo en Gaudí, de patas, colas, alas y, creo, cuernos. Caminando, busco la escasa sombra que proporcionan los árboles de la acera, y es escasa porque no se proyecta en ella, sino en la calzada. Bajo, pues, al asfalto, pero vuelvo a subir a la acera cuando diviso un autobús acercándose: prefiero achicharrarme a morir aplastado, aunque, si lo pienso bien, estoy cerca de morir aplastado por el sol. A medio camino, me cruzo con una mujer gorda, con una bolsa del Mercadona en un brazo, apoyada en una pared y rodeada de palomas que comen pan. La mujer no parece del barrio; las palomas, sí. Llego por fin al monasterio, poco antes de que me dé un síncope. Lo primero que hago tras comprar la entrada —cinco eurillos; tres y medio con carné de bibliotecas— es ducharme en el lavamanos de los aseos y comprarme una botella de agua en la máquina de bebidas. Luego, me siento en el primer poyo que encuentro en el claustro, me bebo la botella de un tirón y recupero el aliento. Una brisilla que las galerías del claustro vuelven fresca, contribuye a devolverme a la vida. El claustro es todo lo que voy a poder visitar, porque la iglesia solo abre un par de horas por las mañanas. Así lo ha decidido la pequeña comunidad de monjas clarisas que todavía vive, en clausura, en el monasterio, y bajo cuya responsabilidad queda el templo. Las clarisas —la rama femenina de los franciscanos— han vivido en Pedralbes desde su fundación por el rey Jaime II y su cuarta esposa, Elisenda de Montcada, en 1326. (Obviamente, Jaime era un hombre que no sabía estar solo). Inicio el paseo por el claustro por su capilla más famosa, la de San Miguel, recientemente restaurada —aún huele a madera fresca— con las pinturas del maestro Jaume Ferrer Bassa, llamado "el Giotto catalán", y a quien también se ha comparado, por sus inclinaciones libertinas y su amor por la buena vida, con otro pintor italiano, Filippo Lippi. Por desgracia, Ferrer Bassa murió a causa de la peste que azotó Europa entre 1348 y 1350, pero su obra ha quedado, al menos en esta capilla, plena de finura, serenidad y color, aunque un poco desordenada: la representación de la oración en el huerto y el prendimiento de Jesús queda encima de la anunciación, y el camino al calvario, de la adoración de los Magos y el triunfo de la Virgen. Junto a la capilla de San Miguel se encuentra la tumba de la reina Elisenda, que es bifronte: un sepulcro, en el que yace vestida de soberana, da a la iglesia, y otro, ataviada como viuda y penitente, al claustro. Se conoce que la reina no tenía bastante con un solo sarcófago, sino que necesitaba dos: cosas de la realeza. Las explicaciones del monumento están en catalán y en braille. Siguiendo el claustro —el mayor claustro gótico del mundo, con dos galerías y un tercer piso a modo de buhardilla, y 26 columnas simples a cada lado, de piedra calcárea mezclada con fósiles—, uno va encontrando las diferentes capillas, salas y celdas de las religiosas. Un poco más allá está la farmacia, donde una breve exposición nos recuerda que los tratados farmacológicos más autorizados en la Baja Edad Media, y empleados por las comunidades monásticas como la que habitaba el monasterio de Pedralbes, eran el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum, de Hildegarda de Bingen, la sibila del Rin, la profetisa teutónica que alcanzó la dignidad de Doctora de la Iglesia en 2012, gracias a la decisión de su compatriota, el simpático papa Ratzinger, y el no menos célebre Libro de los medicamentos simples, de Abu-l Mutarrif Abd al Rahman ben Muhammad ben Abd-al-Kabir ben Yahyá ibn Wafid, más económicamente llamado Ibn Wafid. Entre la farmacia y el altar de la Crucifixión, de vistosa cerámica, me cruzo primero con el colorido carrito de las señoras de la limpieza, ambas hispanoamericanas (como muchas de las monjas que ahora viven aquí), en el que no falta de nada: lejía, limpiacristales, mochos, guantes de látex, jabón y un hermoso cubo escurridor azul; y luego con un visitante sentado, con gafas de sol y las manos en la cara, que no sé si está rezando o simplemente tan agotado como yo de llegar hasta aquí. En realidad, hay poca gente, y la mayoría pasea en este momento por el centro del claustro, donde hay un pozo, la fuente del Ángel en un rincón —así llamada porque la culmina la figura de un ángel blanco, de aspecto un poco bobalicón— y la gran fuente central, rodeada de árboles copudos, con nenúfares, peces de colores, un chorrito melodioso y una envidiable sensación de paz. En la fuente del Ángel se lavaban las manos las religiosas antes de pasar al refectorio, donde comían. Hoy este amplio espacio se mantiene vacío, con solo las mesas para el yantar, de mármol, pegadas a las paredes, en las que aún se leen las admoniciones que acompañaban las colaciones: algunas, sencillas y directas: Silentium o Audi tacens; otras, más lúgubres: Considera morientem; otras, en fin, muy elaboradas: Non in solo pane vivit homo sed in omni verbo, quod procedit de ore Dei, o Sive manducatis sibe bibitis sibe aliud quid facitis, omnia in gloriam Dei facite. Mientras las leo, suenan las campanas del monasterio: un sonido cristalino, que se viene repitiendo en este lugar desde hace casi 700 años. Junto al refectorio está, como es natural, la cocina, aunque es difícil imaginársela de época: hay un calentador encima de un lavamanos, varias lámparas, unos enormes fogones y hasta una cámara frigorífica. Cerca se encuentra el lavadero o "claustro de los gatos", donde estos animales se concentraban, gracias a la gatera de la puerta de acceso, que les permitía el paso a donde estaba su principal interés, la comida. El tamaño de estas dependencias no parece corresponderse con la obligada frugalidad de las monjas: en el larguísimo periodo de ayuno, del 8 de septiembre, natividad de la Virgen, hasta Pascua, solo comían una vez al día, salvo los domingos y fiestas de guardar, y nunca carne; y el resto del año, ya desatadas, lo hacían dos veces. Los tesoros del monasterio se exponen en el antiguo dormitorio. En realidad, se trata de un museo sacro, y las colecciones de arte religioso nunca me han interesado en exceso, pero este atrae poderosamente mi atención, porque es el único espacio del monasterio con aire acondicionado. Bendigo al comisario de la exposición y me paseo sin ninguna prisa por la sala, donde admiro un Retablo de la Epifanía, de 1475, en la que destaca la figura de un santo cuyas barbas grises le cubren, como una gran medusa, todo el cuerpo; un Cristo sentado en la roca fría; un conjunto de retablos facticios único en el mundo; un muy colorista Ecce Homo, de un anónimo catalán; una Visión de San Francisco en la Porciúncula, de otro anónimo catalán (que me sirve para enterarme que la porciúncula es el jubileo que se gana el 2 de agosto en las iglesias y conventos de la Orden de San Francisco); y algunas pinturas de Joan Llimona y Josep Maria Tamburini —este pintó a una Virgen y a un Niño negros: la negritud mariana es otra seña de identidad de Cataluña—, de finales del s. XIX, cuando se recuperó el monasterio, al calor de la Renaixença, gracias sobre todo a la dedicación de otra mujer, sor Eulalia de Anzizu. Antes, en otro espacio expositivo, he contemplado un fragmento de una copia de los siglos XIV o XV del libro IV de la Metafísica, de Aristóteles, y no he podido evitar pensar en Jorge de Burgos, ese personaje de El nombre de la rosa —para el que Umberto Eco se inspiró en Borges cuya razón de ser es impedir que se conozca el tratado sobre la comedia de Aristóteles, para que la gente no se ría, porque la risa es mala: deforma una faz que solo debe expresar temor y alabanza de Dios, y nos hace parecernos a monos. Cuando salgo del dormitorio, el puñetazo de calor me retrotrae al momento de mi llegada al monasterio, pero esta vez me sobrepongo más deprisa. Ya solo me queda visitar el piso superior, cuyas claraboyas, de techo artesonado, albergan otro pequeño museo, el museíto, con un excelente, aunque inquietante, San Francisco recibiendo los estigmas, del siglo XVII. Todo visto, apuro la estancia, sentado en el mismo poyete en el que he vuelto a la vida al entrar, hasta el mismo minuto de cierre. Sé que fuera me espera el mismo sol despiadado de la venida. Sé que hace un calor babilónico. Solo espero que las sombras de los árboles se hayan alargado hasta la acera.