lunes, 13 de agosto de 2018

En Copenhague (y 3): el museo más bonito del mundo y una playa que no está mal

El Museo Louisiana de Arte Moderno se llama así porque las tres mujeres del primer dueño de la propiedad en la que se asienta, Alexander Brun, se llamaban Louise. Se ignora si la coincidencia fue deliberada o casual, esto es, si al Sr. Brun le atraían especialmente las mujeres con ese nombre, y propendía a casarse con ellas, o si su homofonía conyugal solo fue fruto del azar. Lo que sí se sabe es que, en 1958, Knud W. Jensen, el entonces propietario de la finca, inauguró este extraordinario museo con la ayuda de algunos de los mejores arquitectos daneses del momento y la intención de fundir el arte contemporáneo con un paisaje admirable, y lo hizo respetando el nombre que le había dado su predecesor. Llegar no resulta fácil, aunque solo está a unos 30 km de Copenhague, en Humlebaek, en la costa de Oresund. Pero el tren que nos debería llevar hasta esta localidad está interrumpido por obras, y hay que hacer la parte final del trayecto, desde Hellerup, en autobús. Por si fuera poco, aún falta andar cosa de un kilómetro desde la estación de autobús hasta el museo. A la entrada nos refrescamos con la limonada casera que vende un chaval, cómo no, muy rubio, a diez coronas el vaso. Nos sorprende que el niño no hable inglés, porque en Dinamarca todo el mundo habla inglés; de hecho, se puede vivir aquí perfectamente sin saber una palabra de danés. El Louisiana se revela pronto el mejor ejemplo que conocemos de integración del arte y la arquitectura en el paisaje, ese desiderátum que tantos pregonan y que tan pocos practican (o que practican tan mal). El caserón decimonónico de Brun y luego de Jensen ocupa el centro del complejo, en el que se integran tres edificios conectados por pasillos de vidrio. La colección permanente del Louisiana es formidable: casi todos los grandes autores contemporáneos están representados aquí, desde Giacometti, con su inverosímil Homme qui marche, tantas veces visto en fotografías y libros de arte, hasta Picasso, que aporta un Déjeuner sur l'herbe, no menos admirado, pasando por Jean Dubuffet, Claes Oldenburg, Sonia Delaunay, Louise Bourgeois, Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Jackson Pollock, Fernand Léger, Vasili Kandinsky, Kurt Schwitters, Kazimir Malevich, George Grosz y Per Kirkeby, entre muchos otros. El Louisiana también alberga exposiciones temporales, como la que visitamos hoy de Gabrielle Münter, una prolífica pintora alemana compañera, por cierto, de Kandinsky sobre la que nuestro amigo, el poeta Agustín Calvo Galán, publicó un magnífico poemario, Amar a un extranjero, en 2014, que reseñé en mi blog Corónicas de Ingalaterra (http://eduardomoga.blogspot.com/2015/01/amar-un-extranjero.html). Pero, con ser este fondo excepcional, más nos atrae aún el exterior, los jardines, una sucesión de espacios verdes, con una meseta central, suaves declives hacia el mar y arboledas, en los que no dejan de salirnos al paso esculturas de Jean Arp, Henry Moore y Joan Miró, y móviles de Calder. Desde todas partes, y especialmente desde la privilegiada terraza del café, se ve el mar, un mar azul y blanco, inacabable; y, al fondo, la atormentada costa de Suecia. Hoy hace calor, y la luz enciende la hierba hasta hacerla vibrar. El cielo está alto, más alto que de costumbre, y todo parece amplio y abierto. La gente se tumba felizmente en el césped. Todo está en su sitio en este país; todo es preciso y perfecto. Nadie grita. No se discute. La sonrisa abunda. Pasa un velero, indolente, y luego otro. Una gaviota merodea por entre las mesas, buscando comida. Es un bicho enorme y, contra lo que difundió aquel acongojante best seller de los setenta, Juan Sebastián Gaviota, muy poco amistoso; además, las gaviotas son carroñeras: útiles, pues, pero poco simpáticas. Nos tomamos una copa de vino blanco frío antes de bajar a la playa, al pie del museo, para darnos un chapuzón; o para darme un chapuzón: Ángeles no se bañaría en un mar nórdico ni encañonada por un Kalashnikov. Pero la idea es sobrevenida. Eso quiere decir que no hemos venido preparados para un día de playa y que, por lo tanto, no tengo bañador. Pero da igual. Hemos visto a algunas desnudarse en la arena, sin mayor reparo, y ponérselo. Yo no pretendo alcanzar esa condición adánica, pero me quedo en calzoncillos en el extremo de un pequeño espigón, donde otra gaviota, esta más pequeña y de cabeza negra, ha decidido acompañarnos, y me meto enseguida en el agua, que está mucho más caliente de lo que podría pensarse de un mar escandinavo. En cualquier caso, confío en la legendaria libertad de costumbres de los daneses. Parece confirmarla que varias madres y sus hijos pasen junto a nosotros sin el menor indicio de preocupación. Yo tampoco la tengo. Los baños prosiguen quién nos lo iba a decir a nosotros, mediterráneos irreductibles, en un lugar como Dinamarca– en Amager Strand, una de las muchas playas algunas artificiales, otras naturales de la ciudad de Copenhague. Llegamos en metro. A la salida nos recibe, aunque con unos precios mucho más acordes con la realidad que los del encantador niño de Louisiana, un puesto móvil de fresas. El puesto, insisto, es móvil. Aquí no hay chiringuitos. El concepto de chiringuito es incomprensible para un danés. Un cucurucho de fresas y sendas tarrinas de helado serán nuestra comida. Amager es una playa atlántica, surtida de dunas y matojos, pero muy pulcra, y con visitantes tan educados como los de Louisiana. No vemos ni oímos a los habituales especímenes de las playas españolas: amantes de Los Chunguitos en su versión "destrúyete el cerebro, o lo que te quede de él, a decibelios", niños berreadores, fumadores compulsivos, adolescentes con palas, frisbis o pelotas de Nivea para los que tu barriga señala el centro del campo, señoras con sombrilla (aunque estas sean tan grandes a veces que más parecen sombrillas con señora), lateros y voceadores de mojitos a granel, y comedores, con abundantes salpicaduras, de bocadillos de calamares y tortilla de patatas. Sí vemos, en cambio, a una joven madre amamantar a su hijo. (Ayer vimos a otra, en la ciudad, que lo hacía mientras caminaba). Amager es una playa limpia y apacible, sí, pero flanqueada por la principal incineradora de Copenhague aunque nos tranquiliza saber que es ecológica, según nos han informado y el parque eólico de Middelgrunden, en el agua, que llena la vista de monstruosos esqueletos blancos. Por el mar, a distancia, navegan, o están al pairo, embarcaciones de toda clase: de pesca y de recreo, goletas y lanchas, y hasta un carguero. Yo me baño, claro; Ángeles no. Se puede caminar hasta bien adentro: el agua es poco profunda, y está tan caliente como la de Oresund. Hay algas, pero son algas danesas: corteses, rubias, políglotas; no molestan. No como las algas españolas, que se le meten a uno en el bañador y le colonizan la cara, enfurruñadas y oscuras. El sol brilla con una fuerza extraña. El aire pica, salobre. No hay olas.

miércoles, 8 de agosto de 2018

En Copenhague (2): dos parques de atracciones: Tívoli y Christiania

Tívoli, el famoso parque de atracciones de la ciudad, está justo al lado de nuestro hotel. Cerca hay también unos cuantos locales de strip-tease. Vesterbro es un barrio muy animado. Ángeles prefiere visitar el parque, y lo hacemos la noche en que Dinamarca juega contra Croacia en la Copa del Mundo de fútbol. El hecho tiene una consecuencia imprevista pero deliciosa: todo el mundo que, como cualquier otra tarde, atiborraría el recinto y las atracciones, está concentrado en la plaza principal, viendo el partido en una pantalla gigante que se ha instalado para que el pueblo disfrute de sus circenses. Eso nos permite pasear con una insólita libertad por las calles del lugar, que es una mezcla de parque de atracciones y de centro comercial. De hecho, hay más tiendas y restaurantes que locales de tiro al blanco, puestos de algodón de azúcar o túneles de la bruja. Sabemos de la evolución del partido por los rugidos que, siempre que Dinamarca tiene una oportunidad, atruenan la noche. Hasta los vigilantes con uniformes blanquinegros y gorras de plato siguen el encuentro en los móviles o por la radio. Es el momento óptimo para robar, pienso. Y para subir a la montaña rusa, en la que siempre se forman colas soviéticas hoy habría que decir venezolanas y ahora, en cambio, está vacía. Hace siglos que no subo a una. La última vez que lo hice, estuve a punto de perder dos cosas: las gafas de sol, que salieron disparadas por uno de los últimos coletazos del artefacto, pero que atrapé, sabe Dios cómo, en el aire; y la conciencia: las sacudidas que me encantaban cuando era adolescente, ahora me dejan al borde del colapso, si no en el colapso mismo. En realidad, decido subir a este aparato infernal porque no hay cola. Es un motivo imbécil pero irresistible. Me consuelo pensando que la vida está llena de motivos imbéciles a los que no sabemos oponernos. Y a continuación pienso que es un consuelo imbécil. Ángeles me arranca de la imbecilidad obligándome a sentarme en el carricoche, o góndola, o vagón, o comoquiera que se llame, en el que afrontar el trance. Sospecho que a ella sí le gusta este zarandeo despiadado: me mira con ojillos risueños y algo burlones: "A ver cómo lo resistes", parecen decir. Aún recuerda y yo también, ay cuando se nos ocurrió subir en Montjuïc a otro armatoste demoníaco, cuyo aliciente consistía en elevarnos brutalmente y bajarnos con igual brutalidad, dejándonos cada vez unos segundos boca abajo. Aún tengo estómago. Y me sigo preguntando cómo. No ayuda a que me tranquilice saber que las montañas rusas se componen, entre otros horripilantes elementos, de headchoppers, "cortacabezas", y footchoppers, "cortapiés". Gracias al Altísimo, el recorrido dura poco. Cuando nos paramos, compruebo con alivio que no he perdido las gafas, ni el estómago, ni el corazón, aunque creo que se me han caído los testículos. Ángeles está encantada (no de que se me hayan caído los testículos o, al menos, eso espero, sino del viaje fascinante que acabamos de hacer) y se lamenta de que haya sido tan breve. Yo salgo de un brinco del coche (acabo de enterarme en wikipedia, la enciclopedia británica de la modernidad de que así se llama a los elementos del tren que viaja por la montaña rusa). Ángeles, en cambio, se demora, como intentando exprimir todavía los últimos temblores, los residuos de emoción que perduran en el plástico y los metales. Descendidos ambos, vamos a reponernos de la experiencia (yo; Ángeles, a seguir saboreándola) a un bar, tan vacío como todo en Tívoli, salvo la plaza principal, donde medio Copenhague sigue aullando, y ahora más que antes, porque el partido ha llegado a la prórroga. Cuando nos estamos tomando un chocolate caliente (Ángeles) y una cerveza (yo) en una terraza acristalada, vemos a un joven con sudadera y la nariz roja acercarse a la esquina de la terraza, desenfundar el pitorro y empezar a mear contra el vidrio. Informamos a la camarera del suceso, y la camarera, solícita, se acerca al miccionante para afearle la conducta desde el otro lado del cristal. Pero el miccionante sigue a lo suyo sin reacción discernible. Justo en ese momento, se le acerca un colega, con la nariz casi tan roja como la suya, aunque este no se suma a la descarga. Le palmotea en la espalda, lo que hace que el chorro dibuje en el vidrio un elegante aunque fugaz arabesco, y que el improvisado dibujante se regocije y suelte, además de orina, unas feroces risotadas. Luego se la sacude con brío, la devuelve a su madriguera y sale, abrazado al compinche, a ver el final del partido. Cuando dejamos del parque, nos acompaña un silencio ensordecedor: Dinamarca ha sido eliminada en los penaltis. 

Al día siguiente, visitamos Christiania, o la Ciudad Libre de Christiania, como se llama oficialmente, si es que no es una contradicción atribuirle características oficiales a un lugar como este. Christiania pervive, en el imaginario de la izquierda, como una realidad alternativa al capitalismo, como el sueño materializado de paz y amor del jipismo setentero (y hoy setentón), como la prueba, en fin, de que las experiencias comunitarias, ajenas a las pérfidas exigencias del mercado y a sus no menos perversas justificaciones ideológicas, son posibles y pueden triunfar. Aunque a nosotros, por lo que vemos, nos parece un éxito más que discutible. Esta ciudad que se proclama independiente del Estado danés y de la Unión Europea (you are now entering the EU, reza un cartel de despedida en su salida principal) nació, en efecto, en 1971, cuando un grupo de vecinos del barrio ocupó un terreno que acababa de abandonar el ejército danés, y decidió, en un proceso asambleario, destinarlo a usos comunales. Hoy, casi medio siglo después, viven aquí algo menos de 1000 personas: 700 adultos y 200 niños. Y lo hacen en lo que a Ángeles y a mí nos recuerda mucho a un poblado chabolista. Mucho más colorido y amable, desde luego, que los sórdidos enclaves de los suburbios hispanos, pero semejante en no pocos aspectos. Aunque con más contradicciones: en la primera tienda que vemos al entrar piden, en varios idiomas, que se compren acciones (¡acciones!) que contribuyan al sostenimiento de la ciudad. Antes, grapadas en un árbol, hemos leído las normas de conducta que los habitantes de Christiania exigen que se respeten. Y por todas partes ondea o se ha pintado la bandera (¡la bandera!) de la ciudad: en campo de gules, tres discos de oro. Su acracia, pues, se antoja singular, impregnada de los mismos valores, símbolos e intereses contra los que siempre han pretendido luchar. El capitalismo tiene una capacidad inigualada para absorber lo que lo impugna, para integrar en el sistema lo que se opone al sistema, y con Christiania ha hecho un trabajo inmejorable. Lo que le resulta más atractivo a la gente de este espectro del pasado es, todavía, su relación con las drogas. Christiania se extiende alrededor de un eje: la calle Pusher, que significa, literalmente, la calle del camello, o, dicho con más precisión, la calle del vendedor de estupefacientes. Y eso es por algo. Sus calles huelen a maría, y los puestos de venta menudean, aunque quizá no tanto como en años pasados: los atienden residentes que no permiten que los turistas los fotografíen y que han pegado carteles en las paredes y en sus propios chiringuitos en los que se lee: Say no to hard drugs ("Di no a las drogas duras"). De las blandas se ocupan ellos. Y quién no se fuma un porro aquí. Pasa una ciclista, en sujetador y alicatada de tatuajes, con uno, bien gordo, en los labios. Otro que toca el saxo le da caladas al suyo entre pieza y pieza. En cambio, no sé si los tres ancianos que tocan jazz frente a uno de los muchos bares de Christiania (con precios, eso sí, mucho más baratos que en Copenhague: ventajas de no pagar impuestos) también están colocados. En la fachada del bar, junto a un gran mural con la cara bigotuda de Emiliano Zapata, se lee un reclamo interesante: Hot beer. Lousy food. Bad service. Welcome ("Cerveza caliente. Comida de mierda. Mal servicio. Bienvenidos"). [Mientras andamos por Christiania, me llama la compañía de seguros para darme el presupuesto de la reparación de la mampara de baño, que se ha desprendido de su eje: 503 euros. Se me cae el móvil al suelo. La realidad me persigue]. Abundan las pintadas. De hecho, toda Christiania está garabateada. En una, de ecos rastafaris, leemos: Peace. Love ganja, que no creo que necesite traducción. Paseamos largamente por las 34 hectáreas de la ciudad. Algunas casuchas tienen un aspecto lastimosamente provisional, aunque quizá lleven décadas aquí. Otras se parecen más a las casitas burguesas con jardín y antena parabólica que se ven en cualquier barrio acomodado, aunque siguen siendo casuchas. Todo lo han construido los propios habitantes de Christiania. Hay una amplia zona cubierta de farolillos chinos. Y un café dadá, cerrado. También una chimenea cubierta de hiedra. La gente mira un partido de la Copa del Mundo de fútbol en televisores sacados a las puertas de los bares. A la entrada de una casa, han dejado a la venta, en un taburete, ejemplares de un libro de poesía: el precio está indicado en un cartón, y el dinero se deposita en un recipiente aledaño. Pero está vacío. Rebasamos la zona más concurrida y llegamos al canal que atraviesa la ciudad. Hay allí una zona de camping y baño, señalizada como tal: una mujer está desnuda en el agua. Más allá se sale ya de Christiania y se reingresa en la civilización. La Ciudad Libre, orgulloso ejemplo de una forma de vida que se pretendió exenta de las lacras de la propiedad y la injusticia, es hoy solo un fósil acaso divertido, pero carente ya del espíritu que los inconformistas escandinavos de los 70 quisieron infundirle. Conserva huellas de su proyecto original, pero convertidas en utopía respetable y en espacio semilegal. Sonreímos (o no) con la libertad con la que se comercia con el hachís y la marihuana, y con las escurriduras del nudismo que aún se observan, pero que nos parece irremediablemente cutre. Cuando entramos de nuevo en la Unión Europa, sentimos haber cumplido un trámite, y cierto alivio.

viernes, 3 de agosto de 2018

En Copenhague (1): la Sirenita y la madre que la parió

En Copenhague, todos los caminos conducen a la Sirenita; de hecho, en Dinamarca, todos los caminos conducen a la Sirenita, el monumento más visitado del país. Yo recuerdo haber pagado el peaje de ir a verla en mi primera visita a la capital danesa, en 1981. Era un día frío y nublado, como corresponde a esta pequeña pero felicísima república septentrional. Hoy, en cambio, luce un sol mediterráneo, y el calor es de órdago. Parece que estuviéramos en Torremolinos. Lo mismo deben de pensar muchos de los daneses que se han tumbado en los parques de la ciudad, en bañador, para tomar el sol. Iniciamos la caminata que nos ha de llevar a la estatua en el canal de Nyhavn, cuyo nombre, puerto nuevo, no parece hoy el adecuado: se construyó en 1673. Desde el canal, atiborrado de gente, llegamos al paseo de la costa Langelinie, no sin sortear algún peligro: las bicicletas, que en esta ciudad están por todas partes, casi nos atropellan varias veces. Hay que tener mucho cuidado con las bicicletas, que son las dueñas del asfalto, y más peligrosas que una tarántula. En el paseo, admiramos el elegante porte del Eye of the Wind ("Ojo del Viento"), un velero de tres palos con la enseña naval de Su Graciosa Majestad; la amenazadora figura de un barco de guerra danés; y una reproducción del David de Miguel Ángel, que luce su consabido cabezón, la piel verde, consecuencia de la cercanía del mar, y el pene tirando a pequeño acorde con las convenciones estéticas de la época (los penes grandes se consideraban una deformidad en la Antigüedad clásica y en su secuela moderna, el Renacimiento; ni Jonah Falcon ni mi primo Celestino habrían hecho carrera ni con Pericles ni en la Roma de los Medicis, al menos como modelos escultóricos). Al lado del David se alza otra estatua, I am Queen Mary, con una reina africana sedente, a hybrid of names, nations and narratives ("un híbrido de nombres, naciones y relatos"). El verde del David y el negro de la reina María mezclan bien con el azul del cielo. La Sirenita aparece un poco más allá del final del canal, en Osterport, en un pequeño recodo de la costa. Es una figura decepcionante: pequeña, de corte tradicional y de poco más de un metro de altura. No obstante, los rasgos y el gesto de la sirena son sutiles y delicados: corresponden a la mujer del escultor, Edvard Eriksen, a la que tuvo que recurrir ante la negativa de la modelo en la que había pensado, una bailarina del Ballet Real, a posar desnuda (en la parte, al menos, que no fuera pez). Sí, la Sirenita desilusiona un poco, pero pienso en otros monumentos típicos iconos ciudadanos, los llamas las guías de viaje aún más frustrantes, como el Manneken Pis bruselense, un crío que mea, o el Oso y el Madroño madrileño, un oso y un madroño. El símbolo de Copenhague, además, ha tenido una vida dura: en sus 105 años de existencia, ha sufrido innumerables ofensas: la han decapitado dos veces, le han amputado un brazo, la han tirado al agua con palancas y explosivos, la han manchado con pintura de todos los colores, le han soldado un consolador en la mano y la han vestido de las prendas más abominables, como burkas y túnicas del Ku Klux Klan. Solo por este esforzado currículum, despierta alguna simpatía. Más recientemente, a la Sirenita le han salido competidores o émulos, no se sabe bien: desde 2000, un poco más allá de su emplazamiento actual, se alza la Sirenita genéticamente alterada, de Bjorn Noergaard, una reproducción cubista, por llamarla algo, del original, con su misma pose lánguida, y asentada también en un montón de piedras. El contraste irónico que sugiere la versión de Noergaard engrandece al original. Por si fuera poco, en Helsingor la ciudad del Hamlet de Shakespeare– se ha instalado, en estricta aplicación del principio de igualdad entre hombres y mujeres, que en Dinamarca se lleva a rajatabla, un sireno al que han dado el escueto pero inequívoco nombre de Han ("Él"), obra de dos escultores daneses (hombre y mujer), en acero inoxidable y cuyo principal rasgo distintivo es que pestañea, gracias a un sistema hidráulico, aunque solo una vez cada hora. La Sirenita, en cambio, ni pestañea ni hace nada: se limita a mirar al Báltico, entre expectante y melancólica. Y lo hace de un modo muy distinto de como los turistas la miran a ella: ávidamente, a través del ojo artificial y falseador de los móviles y las cámaras fotográficas. Una nube de guiris, entre los que, ay, nos contamos, inunda el pequeño mirador desde el que se contempla. Alrededor, como en cualquier parte del mundo, han proliferado puestos de helados y suvenires, pero más civilizadamente que en otros lugares: son chiringos limpios, pequeños, ordenados (y carísimos), como todo en este país. En los jardines del palacio Rosenborg, que visitamos después, admiramos la efigie de Hans Christian Andersen, el autor del cuento homónimo en el que se inspira la célebre escultura. Nos extraña no encontrar a su lado otra de Walt Disney, que ha contribuido aún más que el escritor danés a difundir planetariamente al personaje. Por lo demás, Andersen, el autor de El patito feo, era muy feo, más feo que Picio, de una fealdad asombrosa, digna de ser estudiada por la ciencia. Hijo de una familia muy pobre, quiso ser cantante de ópera y luego bailarín, y  en ambos propósitos fracasó. Triunfó con lo que no quería triunfar, los cuentos de hadas. Viajó incansablemente, desde Constantinopla a España ("viajar es vivir", decía; estoy de acuerdo con él), y luego se ganaba la vida, y la reputación literaria, contando sus viajes en los periódicos (como hago yo ahora, sobre Copenhague, en este blog, aunque, otra vez ay, sin que me reporte ni un euro, ni tampoco, me temo, reputación literaria). Se enamoró de mujeres y de hombres, sobre todo de hombres, como Harald Scharff, un bailarín muy apuesto, pero no consiguió labrar relaciones satisfactorias con nadie, y murió solo. En el palacio Rosenborg, que es donde se guardan las joyas de la corona danesa, vemos también un foso con unas carpas monstruosas, más grandes aún que las del lago del parque del Retiro sospecho que las danesas son siluros, y un cambio de guardia. Pero los soldados guardan muy poca marcialidad. Los que están de plantón no dejan de moverse para desentumecer los miembros, y uno hasta comete el sacrilegio de mirar disimuladamente el reloj; y los que vienen a sustituirlos desfilan con desgana, sin zapatazos en el suelo, ni gritos bestiales, ni nada de nada. Para quien haya visto un cambio de guardia de la Guardia Real británica, con soldados que no mueven un músculo aunque un escorpión les suba por la entrepierna y sargentos que aúllan como hienas, este de Rosenborg le parecerá una insulsez. Curiosamente, los militares daneses también gastan bearskins, gorros de piel de oso, como sus colegas ingleses, pero eso no parece servirles para contagiarse de su espíritu castrense. En el interior del lujoso palacio, construido en 1606 por Christian IV, sorteamos, aunque es difícil, al rebaño de japoneses que inunda las salas, y contemplamos, en una vitrina, la ropa ensangrentada del monarca: en 1644, en la batalla de la bahía de Kiel contra los suecos, perdió un ojo y recibió otras heridas. Con el que le quedaba, no obstante, Christian podía gozar, cuando iba al retrete, de la contemplación de sus radiantes jardines por una ventana dispuesta exactamente a la altura de los ojos de alguien sentado, y rodeado de aristocráticos azulejos. En varios cuadros admiramos la fealdad nuevamente de su tataranieto, el rey Christian VI, cuya descomunal nariz es digna de los Borbones. Otro agujero, además del de la letrina, nos llama la atención: el que observamos en la parte delantera del asiento del sillón del gabinete de Federico VII. ¿Qué metería allí el soberano? De regreso al hotel, entramos en un bar atestado de gente y vemos la eliminación de España en el Mundial de fútbol. A nosotros sí sé qué nos han metido: todos los penaltis que nos han chutado. Volvemos a las andadas.

domingo, 29 de julio de 2018

En Santander, con Donoso

Viajo a Santander para participar en el encuentro «Donoso después de Donoso», que se imparte en el programa de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Debo reconocer que, cuando mi buen amigo Juan Antonio González Fuentes me invitó a hablar de la poesía del autor chileno, mi conocimiento de ella era nulo. De hecho, ni siquiera sabía que Donoso hubiera escrito poesía. Más aún: mi conocimiento sobre la literatura de Donoso, en general, era escaso. Recordaba haber leído, hacía una eternidad, El lugar sin límites, y que la impresión que me había causado era ambivalente: un buen libro, lastrado por cierta abarrocada vaguedad. Pero poco más. El obsceno pájaro de la noche, que pasa por ser la mejor obra de Donoso, sigue estando en mis estanterías, intacto. Donoso era uno de esos escritores hispanoamericanos engrandecidos por el boom al que perteneció, titubeante, marginalmente que permanecían en una incómoda bruma, protagonistas (o figurantes) ya de la historia de la literatura, pero no muy presentes en su realidad viva, en su meollo supurante. Acepté, no obstante, el encargo (o desafío) de abordar la poesía de Donoso, porque siempre me ha gustado descubrir autores y porque la perspectiva de pasar unos días en Santander era tan atractiva como la de la propia lectura del chileno. Me facilitó las cosas que su obra poética fuera escuetísima: un solo libro, y no muy extenso, titulado Poemas de un novelista, que se publicó por primera vez en Santiago de Chile, en 1981, y que la editorial española Bartleby recuperó en 2009, con prólogo de otro chileno insigne, Jorge Edwards. El volumen –y el prólogo de Donoso plantean cuestiones interesantes. Por ejemplo, Donoso reconoce que nunca ha sido «un gran consumidor del poesía» y, más aún, que «no quiere ser poeta»: «La poesía me parece un quehacer tan aterradoramente serio, solitario, definitivo, esencial, y las esencias, así, escuetas e implacables, no son mi vocación», escribe. Donoso niega que quisiera hacer un libro de poemas –jamás tuvo intención de ello, confiesa– e incluso que Poemas de un novelista contenga una «visión poética» –que encarna en el ritmo y la cadencia, o en su ausencia; que es la persona y el estilo y la creación de un universo lírico–, esto es, que sea poesía: «Las tramas de sonoridad a distintos niveles, que constituyen la esencia de la poesía, están sustituidas aquí con frecuencia por crónica y anécdota, itinerarios y recuerdos, elementos todos muy novelísticos». Sin embargo, habiendo leído todas estas manifestaciones, y otras del mismo tenor que salpican las reflexiones de Donoso sobre el género, uno se sorprende de averiguar que una de las dos condiciones que le impuso a su futura mujer para casarse con ella fue que supiera conducir (él no sabía y no pensaba aprender nunca; el rechazo de los poetas a la conducción de vehículos, o su incapacidad para practicarla, es un asunto –de resabios freudianos, conjeturo–, que merecería estudiarse con detenimiento) y que leyese a Proust –Proust, ese gran poeta emboscado de novelista–, porque de otro modo no tendrían de qué hablar; y de que, en su lecho de muerte, pidiera que le leyesen versos de Altazor, de Vicente Huidobro. ¿A qué responde, pues, este libro, compuesto por alguien que no lee demasiada poesía, que no se considera poeta y que ni siquiera está seguro de que sea poesía? Según explica Donoso, a la necesidad de «hacer autobiografía, de dar intimidad propia como propia, y [de] darle curso a mi soledad y a mi ternura». Sus novelas, nunca inmediatas y siempre metafóricas y abarrocadas, según Jorge Edwards, se lo impiden. La poesía, en cambio, le abre las puertas de una comunicación limpia y directa, de una crónica realista, sin imaginación –desbordante en su prosa– y «sin recurrir a la metáfora», asimismo abundante, constitutiva de sus ficciones, y le permite dar curso formal a su conciencia de cada día, a su estar de cada día, a la insignificancia –pero insignificancia extraordinariamente importante para cada uno de nosotros– de cada día. Como dice de John Donne, en comparación con John Milton, «sus metáforas son parte de lo inmediato, del texto mismo, no de algo que el texto señala afuera de sí». Milton, por el contrario, es un gran escenógrafo, un movilizador de tramoyas y aparato. Y Donoso quiere «eliminar toda escenografía –visual y emocional– para dejar el poema íntimo y desnudo, tiritando pegado a mí». Jorge Edwards suscribe lo dicho por Donoso, y subraya el carácter elemental, sencillo, de los poemas de Poemas de un novelista, reivindicadores de una mirada inocente y primaria: «Es una paradoja interesante: en su poesía, Donoso procuraba ser escueto, incisivo, controlado, en contraste con su prosa narrativa. Para el narrador esencialmente visual, siempre atento a la pintura, constructor de grandes cuadros verbales, que era José Donoso, las novelas tendían a ser lujuriosos frescos al óleo. Los poemas, en cambio, eran dibujos nerviosos a lápiz o a tinta china»Pero, leído y releído Poemas de un novelista, no acabo de estar de acuerdo con estos planteamientos. En primer lugar, porque el poemario despliega un andamiaje retórico, de perceptible influencia nerudiana, de grandes dimensiones y vigor. Y porque el concepto de realismo que demuestra manejar dista mucho de ese otro, desembarazado, casi autobiográfico, que dice pretender. De hecho, no tiene nada que ver con el realismo desnarigado de la España finisecular (que perdura, epigónicamente, aún hoy), para el que su despliegue elocutivo constituye un derroche de orfebrería y una bambolla superflua. Pero es que también el concepto de realismo evoluciona: el que tuviera Donoso en los 70 estaba a años luz de ese otro, aburguesado e imperito, que convenció a legiones de escribientes de que la mejor –de que la única– forma de describir un cielo azul era llamarlo «azul». Y aún sería más interesante analizar el propio concepto de realismo: ¿por qué es más realista la descripción de la matanza del cerdo que contiene el poema 9º de «Diario de invierno en Calaceite (1971-1972)», la sección más importante de Poemas de un novelista, que la que hace Donoso de ese mismo acontecimiento, según informa en el prólogo, en su novela Casa de campo (primera parte, segundo capítulo, tercera sección: págs. 80 a 84, en la edición de Seix Barral)? ¿Por qué el hecho de que haya más palabras en esta, y más boscosamente abrazadas, la aleja de la realidad, mientras que la menos espesa lingüísticamente la acerca a ella? (Y aún podríamos ir más allá: ¿de qué realidad?; ¿cuál es la «realidad» de la obra literaria? Pero ese es un debate para otro curso de verano o para otra entrada del blog). Leo mi intervención en el comedor real del Palacio de la Magdalena ante un público escaso pero muy interesado. Los demás ponentes del curso son los españoles Selena Millares y Vicente Cervera, y los chilenos Cecilia García-Huidobro (que es descendiente lejana del poeta Vicente Huidobro), Alberto Fuguet y Álvaro Bisama. Tras la lectura, y como he dicho que Donoso padeció, como tantos otros, la dictadura sangrienta del general Pinochet, un caballero del respetable se me acerca para felicitarme por la exposición, pero también para recordarme que, en 1973, la mitad de los chilenos clamaba por una intervención del Ejército. No le respondo: me abstengo de preguntarle cómo puede saber que en 1973 la mitad de la población deseaba la intervención del Ejército, o qué le parece el resultado de esa intervención, y dejo que sus evocaciones fascistas se deshagan en el aire, como pompas de jabón (de un jabón malo). Con ocasión del encuentro, se ofrece un cóctel en la casa de Elena García Botín, presidenta de una de las asociaciones que lo patrocina. El caserón –al lado de otro ocupado en tiempos por Álvaro Pombo es magnífico. Las viandas y bebidas se sirven en el jardín, que ocupa un delicioso declive, cubierto de césped, hacia la bahía de Santander, al final del cual esplende una piscina de agua de mar de un celeste luminoso. Tres camareros de chaquetilla blanca sirven el champán (que no es Veuve Clicqot, como esperaba, sino Freixenet; pero no está mal) y los gin-tónics, y media docena de mucamas, con uniforme negro ribeteado de encajes blancos, se encargan de las bandejas con canapés y chocolates. Charlamos (¿o debería decir, dadas las circunstancias, departimos?) mientras oscurece. Las orillas de la bahía se iluminan, y con ellas las aguas del Cantábrico: el aire se colorea de todos los matices del gris, y luego del negro, hasta alcanzar la rotundidad del azabache. Esta debe de ser una de las formas del paraíso (siempre he creído que no tiene una sola, sino muchas, cada una adecuada al desiderátum de quien lo recrea): un sillón cómodo, un breve vergel, un buen libro, una copa y la vista de una bahía que lame los ojos y la piel. En sus aguas me bañaré al día siguiente. El Sardinero está atiborrado, pero aún se puede pasear por la arena sin que parezca que viajas en metro. Observo la diferente presentación de los cuerpos: los de los hombres, incluso los más jóvenes, broncíneos y esculturales, ampliamente velados por calzones enormes, y los de las mujeres, casi enteramente descubiertos, bien porque practican el toples, bien porque, sin practicarlo, la tela que los tapa, arriba y abajo, apenas alcanza unos pocos centímetros cuadrados. No veo slips entre los varones ni bañadores entre las mujeres. Y me sorprende que la moral social imponga el burka genital a los primeros y prácticamente la desnudez a las segundas. No hay que ir a la playa, desde luego, para advertir esa diferencia; también está en las calles: los hombres, con ropa suelta; las mujeres, con ropa ansiosa de piel, en ropa aferrada a la piel como un náufrago a una tabla. En esta revolución por la igualdad en la que parece que por fin estamos embarcados, el mismo rasero estético no ha llegado a la presencia pública del cuerpo: el femenino, con la plena exhibición de sus atributos, sigue presentándose como patrón valorativo, y siendo admirado y reivindicado; el masculino, en cambio, retrae los suyos: oculta el sexo; la visión de sus formas incomoda o juzga inapropiada. Quizá sea una forma de significar el retroceso de la virilidad: su adecuación a una nueva convivencia o una nueva definición. La última mañana de estancia hago el segundo desayuno con Elda Lavín, poeta y amiga santanderina, que me regala su último poemario, Las variaciones insensibles, y el tercero con José Antonio, Toña y el hermano de esta, Román, los dos primeros amigos muy queridos de Hoyos que están pasando unos días de vacaciones en Cantabria con su familia. Luego tomamos un ferri turístico con el que circunnavegaremos la bahía. Román habría preferido coger uno de los barquitos que unen la ciudad con una de sus islas cercanas, capitaneado por Emeterio, la persona que más poesía ha leído que él conozca. Pero Emeterio no está localizable. La figura de un capitán de transbordador amante de los versos se uniría, felizmente, a otras que he conocido y que asimismo reunían aficiones improbables: el peluquero de Belgrado que tenía a Shakespeare en los estantes, junto a las tijeras y los ungüentos; el peluquero de Palma de Mallorca que vendía libros de poesía en su establecimiento (los peluqueros quizá sean más dados a la lírica que ninguna otra profesión); el editor de poesía que se gana la vida con una agencia de viajes. Tendré que esperar a otro viaje. O a otro capitán de barco.

miércoles, 25 de julio de 2018

César González-Ruano revisitado

Nunca he sabido por qué meto libros en la maleta cuando voy a Hoyos, si allí tengo varios millares. Y no hay estancia en que no me aproveche de ello: siempre recupero algún título o releo a algún autor. En mi última visita andaba yo estragado de lecturas insatisfactorias y alguna muy decepcionante, como la novela Necrosfera, de César Martín Ortiz, mi admirado poeta y cuentista, que, aunque con la prosa ejemplar de siempre y brillantes reflexiones ocasionales, no sabe constituirse en novela, sino que se queda en mero batiburrillo de ciencia ficción y crítica psicosocial y he hecho una apuesta segura: he buscado entre los libros de Pla, de Cunqueiro, de Camba, de González-Ruano, algunos de los mejores prosistas del XX español. De este último he reparado en un título que aún no había leído: Nuevo descubrimiento del Mediterráneo, publicado por Afrodisio Aguado en 1959, uno de esos volúmenes con desvaídas fotografías en blanco y negro que tanto me recuerdan a las imágenes de la infancia que todavía conservo en la memoria. En él, Ruano desgrana su recorrido circular por el Mare Nostrum, desde Marsella a Port-Bou, pasando por Italia, Grecia, Constantinopla (no Estambul), el norte de África y la costa española: Andalucía, Valencia, Mallorca y Cataluña. Sé sin asomo de duda que el libro me va a gustar, y me siento culpable por ello. Me siento culpable de que me guste un libro escrito por alguien como Ruano, fullero, sinvergüenza, estafador, faccioso, adulador y colaborador de los nazis, y hasta cómplice de la persecución y muerte de los judíos franceses en la Segunda Guerra Mundial. Más aún: me siento culpable de que me guste Ruano, cosmopolita, bienhumorado, inteligente, liberal, amante del arte, escritor de raza, buen poeta. Pero, como el vizconde de Valmont, no puedo evitarlo. González-Ruano escribe con la naturalidad, la fluidez, la precisión y la viveza con que a mí me gustaría hacerlo siempre. Y es capaz de escribir sobre cualquier cosa, por insignificante que sea; más aún, cuando mejor escribe es cuando lo hace sobre nada: está en un café, por ejemplo en uno de los cafés en los que se pasaba las horas componiendo los varios artículos que debía redactar al día para los varios periódicos con los que colaboraba, y escribe sobre el aire que ve, sobre una mujer que pasa, sobre el tiempo que huye (o que se remansa en la mesa a la que le han llevado un café con leche en vaso y recado de escribir), sobre un recuerdo o una impresión indefinible, sobre una vaga esperanza, sobre un sueño. Cuanto más inaprensible es el objeto sobre el que escribe, más plástica y exacta es su escritura. Esta insólita aptitud revela que la literatura se ha adueñado, de una forma inadvertida y bienaventurada, de su prosa, es decir, de su mano, su gesto y su mirada. González-Ruano no sabe escribir mal. Escribir bien le sale con la misma facilidad con que respira, con que se atusa el bigotillo, con que le vende un visado falso a un judío desesperado. La naturaleza viva, iluminadora, de la prosa literaria, de la prosa que persigue la emoción estética, se ha fundido con su propia naturaleza humana (y animal). En el capítulo dedicado a Marsella, el primero de Nuevo descubrimiento del Mediterráneo, leo este pasaje prodigioso: "Marsella, hasta el siglo V, hablaba en griego. No nos extrañaría mucho oír hablar griego todavía por sus calles policromas y leprosas, que huelen a hombre dormido, a mujer que se peina, a gato que come las raspas de una luna ahogada en una jofaina". En el de Tolón, doy con esta metáfora increíble: "Frejus (...), cuyos verdes valles buscan el mar etiquetado por las velas blancas de los yates". Etiquetado, dice: las velas, cuadradas y blancas, etiquetan el mar. Hay que tener una sensibilidad singular y una mirada flexible como una mano, o como unas pinzas, para hacer la identificación que el tropo requiere, esa identificación rara pero perfecta, y sobriamente alumbradora, de vela y etiqueta. Más adelante, cuando habla de Tánger, esa ciudad a la que tantos han cantado, pero tan pocos con fortuna, describe así los cafés de la ciudad: "Se me han quedado en el oído del alma las canciones de las orquestas de los pequeños cafés, en los ojos del alma aquellos bares franceses envueltos en una luz roja, donde siempre había poca gente y una muchacha de aspecto triste bebía a sorbitos finechampagne junto a un hombrón atlético, con cara de aldeano chulo, que jugaba en uno de esos juegos absurdos en que una bolita metálica va rodando por puentes, chocando contra obstáculos y encendiendo números". La mirada narrativa, que encapsula el ambiente de las tabernas pobres y las parejas desparejadas, donde algunos –con cara de aldeano chulo– juegan a la máquina del millón, es redonda e incisiva a la vez. El párrafo nos despliega ante la vista una escena que reconocemos, aunque nunca la hayamos visto, y en la que no solo percibimos lo que el escritor dice, sino también lo que no menciona: el olor a ajenjo, el salitre en el aire, la penumbra erizada de puntas de cigarrillos y bombillas carcomidas, la barra mellada del figón, la mugre. Pero el mismo hombre capaz de escribir esto, y muchísimas otras cosas más tan buenas o mejores, afirma, en Nuevo descubrimiento del Mediterráneo, que sufrió "casi tres meses peligrosos e inolvidables por razones sin razón que no vienen al caso" en la prisión de Cherche-Midi y que "nunca, ni aun cuando ellos lo creyeron pensando en fusilarme en los fosos de Frennes, fui un enemigo de Alemania, ni de aquella Alemania [la de Hitler] siquiera, y ahora, que incluso podría convenirme el equívoco, lo proclamo siempre que tengo ocasión". Los tres meses de prisión que pasó en París no fueron "por razones sin razón", sino por la muy autorizada razón de haber sido descubierto por la Gestapo, cuando no tenía ocupación conocida en la ciudad, con un pasaporte de una república hispanoamericana en blanco, un diamante del tamaño de un testículo y 12.000 dólares. Todo aquello tenía que ver, según las más recientes investigaciones de Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, con la única ocupación real que sí tenía y que le permitía disfrutar de un alto tren de vida en una ciudad derrotada, en plena guerra mundial: el tráfico de judíos fugitivos. Para más inri, y según las pesquisas de Sala y García-Planas, su liberación se debió tanto a las presiones del embajador de Franco como a la ayuda que prestó González-Ruano a sus captores al denunciar que otros prisioneros como él compañeros de celda se comunicaban con el exterior y conseguían comida, noticias, ánimos. González-Ruano era un ser abyecto, sin duda; un engendro moral. Su predilección por los regímenes fascistas se manifiesta en otros capítulos de Nuevo descubrimiento del Mediterráneo, como en "La noche de Villefranche", donde relata que la noticia de la sublevación de Franco lo sorprendió en la villa que tenía en esa localidad la bailaora Raquel Meller, aquella "patriótica y gentil española", como él la define (porque Ruano siempre definía muy bien a la gente a la que le interesaba definir bien). Allí se habían reunido ambas figuras para beber champán, bañarse en la piscina, disfrutar de las vistas y compartir confidencias. Y, cuando la Meller no lo acompañaba, Ruano bajaba hasta la bahía de Villefranche "entre terrazas logradas en piedra viva, entre baluartes de vida millonaria, entre jardines babilónicos por cuyas tapias y verjas asomaban los naranjos y las mimosas [y] se disparaban los verdes cohetes de las palmeras". En este entorno paradisíaco (y tan bellamente descrito) se enteran ambos, la noche del 18 de julio, de que "en Marruecos el Ejército había iniciado un golpe de Estado y que en España iba a comenzar la guerra civil". La Meller, transida de emoción, como él, subió de su bodega "venerables coñacs y champagnes ilustres", y ambos se emborracharon "de alcohol, de Patria [así, en mayúscula], de nostalgia e incertidumbre, de poesía y de literatura, tal y como recomendaba nuestro primo de aquella noche, Carlitos Baudelaire". En definitiva, concluye Ruano, en un rapto de exaltación patriótico-lírica: "Villefranche (...) sería siempre para mí aquella noche del 18 de julio. Aquella noche que olía a sangre remota y a próximos naranjos, como si en una trinchera poética, sobre la muerte, se hubiera tendido desnudo el sol". Sigue confundiéndome es un conflicto que aún no he resuelto esta convivencia, en un mismo ser, de lo más delicado, lo más gallardo, en la literatura, y lo más ignominioso, lo más miserable, en la vida (o al revés). González-Ruano, como tantos otros, empezó escribiendo poesía y, a pesar de que sus éxitos le llegaron por sus artículos, sus biografías y sus novelas, nunca dejó de practicarla: la consideraba el arte más nostálgico y misterioso, y, por eso mismo, el más alto. Fue poeta ultraísta, como Eugenio Montes, como Adriano del Valle, como Gerardo Diego, como tantos otros, y con ello estableció otra contradicción insondable (que también estos encarnan: todos se dieron al fascio): la del iconoclasta en arte, que pulveriza las convenciones artísticas, y la del partidario de la preservación a ultranza del orden establecido, hasta el empleo de las armas si es necesario, en política. Nunca he entendido cómo se engarzan ambos extremos, pero valdría la pena investigarlo, si es que no se ha hecho ya. Ruano escribió un magnífico poema, Balada de Cherche-Midi, en el que reflejaba su terrible experiencia en la cárcel homónima (aunque más terrible fue, sin duda, para aquellos a los que denunció), y que muchos (de los muy pocos que todavía se ocupan de su poesía y de su literatura, en general) consideran su mejor obra. En él escribió estos versos admirables: "Mis noches no tuvieron muchos días mañana / pero ahora sé cosas que no sabía antes: / (...) que la noche es un hueso con luz, ritmo y medida; / que hay millones de amantes que llaman como llamo / con los puños de sangre sobre las mismas puertas / a los tristes millones de millones de puertas; / que llaman a una sola mujer y que se llama / como te llamas tú y como yo te llamo, / con mis diez uñas negras de llanto y soledad, / con mis ojos que miran a donde te imagino / (...) piernas, brazos, entrañas que tuvieron el labio / de esta raza del mundo que formamos nosotros". Los escribió el mismo que había brindado con champán por el levantamiento militar y el estallido de la Guerra Civil en España, el mismo que viajó siempre por el Mediterráneo con el espíritu abierto y la mirada luminosa, el mismo que participó en el asesinato de judíos, el mismo que ha dejado una de las mejores prosas de la literatura española contemporánea. El mismo. Qué extraña es la gente. Qué extraño es todo.

jueves, 19 de julio de 2018

Túnez, otra vez (y 2)

Antes de ir a comer, vuelvo a la medina con Domingo. Tras recorrer una antigua calle francesa, bajo cuyos arcos se suceden tiendas de ropa y electrodomésticos y ancianos que, en la acera, se ofrecen a pesar a la gente en básculas de baño (uno de los pesadores está dormido o en estado cataléptico, y un hilo de baba le cae hasta la pechera), llegamos a su principal punto de acceso: la puerta de Francia, que separa el Túnez nuevo del Túnez "de los indígenas", o ciudad antigua, y por la que he pasado hace poco con el tunante bizco, pero que no he podido admirar, dado que íbamos al trote. Lo primero que me invade al entrar en el laberinto, como siempre que llego a cualquier sitio, es el olor. No tengo un olfato especialmente sensible para eso está mi mujer, pero estas primeras sensaciones, a través del único sentido que entronca directamente con el cerebro, me resultan tan imperiosas y reveladoras como la primera imagen que recibo de algo o de alguien, o las primeras frases que intercambio con los recién conocidos. Además, este olor de la medina es tan fuerte como un puñetazo. Los aromas mezclan aquí exquisiteces y suciedades: cuero y basura, especias y plástico, perfumes y mierda. Reparamos pronto en la casa, tan descascarillada como todas las que conforman la medina, donde se refugió Garibaldi en 1835, huyendo de una condena a muerte en Italia y antes de marcharse a América, a malmeter en todas las guerras del continente (Bettino Craxi, otro líder italiano, también se refugiaría en Túnez muchos años después, pero este no movido por un afán liberador, sino para escapar de la justicia de su país, que lo perseguía por corrupto). Vemos gatos por todas partes. Perros no hay ni uno es un animal impuro para el islam, pero los gatos, escuálidos, perezosos, sucios, menudean. Algunos turistas, impulsados por el fervor animalista occidental, se acercan a acariciarlos, y los bichos se dejan hacer. Estoy tentado de enumerar a los acariciadores las enfermedades que pueden transmitir, pero pienso que, si no han tenido reparo en tocar semejantes bolas de mugre, no les disuadirá de hacerlo la posibilidad de contraer la campilobacteriosis, la rabia, la fiebre maculosa, la toxocariasis, la toxoplasmosis y la tiña. El zoco congrega tiendas de una belleza espectacular polícromos puestos de frutas y verduras, joyerías refulgentes, que acreditan el gusto de los árabes por el oro con chiringos inmundos, en los que ni siquiera se atreven a entrar los gatos leprosos, aunque sí algunos guiris desprevenidos. Cruzamos callejas con capiteles bajos pintados de franjas verdes y rojas. También vemos policías vestidos de negro con el subfusil terciado. Los policías tienen la virtud, a falta de otra, de abrir camino por entre la marea humana, que se arremolina en cada pasadizo, en cada recodo. Igual que los mozos con carretillas cargadas hasta los topes que separan la permanente aglomeración con paso enérgico e indiferente: o te apartas, como puedas, o te arrollan. Otra suerte de asalto se verifica también a cada instante: el de los vendedores que ofrecen su mercancía a los turistas. A menos que uno quiera dejarse envolver por el espíritu oriental y experimentar sus agotadores placeres regatear, discutir, ser embaucado, no hay que atender a sus solicitaciones, no hay que entrar en conversación, no hay que pararse. Domingo me enseña las calles de la medina en las que se concentran las tiendas de chechias, esos feces rojos que son el sombrero nacional de Túnez. La distribución dentro del zoco es gremial, como en la Edad Media: hay zonas de orífices, zonas de peleteros, zonas de ceramistas, zonas de vendedores de alfombras, zonas de chucherías de plástico. Entramos en una que visitaba a menudo me cuenta Domingo Alfonso de la Serna, el embajador español en los años cincuenta y sesenta, que recogió sus experiencias en el país en un libro excelente, Imágenes de Túnez. Es pequeña, verde y barroca. Al lado de la entrada, se alinean chechias aún en proceso de fabricación: se tejen y luego se hierven para que encojan y adopten la forma que se les da. El dueño del garito, un señor gordo, está hablándole a un público compuesto por media docena de personas, sentadas en respetuoso silencio en sillas de enea: parece conferenciar, supongo que sobre la elaboración de los bonetes. En la medina hay también mezquitas y madrasas, o escuelas coránicas: las primeras pueden visitarse, aunque ahora están cerradas, pero las segundas no: manoseados carteles en francés avisan de la prohibición de entrar a los no musulmanes. La medina acaba en el palacio de la presidencia del gobierno: la cochambre cesa abruptamente y se transforma en un edificio mazacótico y colonial, despejado por razones de seguridad. Paso por delante de una de las oficinas que forman parte la constelación administrativa del palacio, la Dirección General de la Calidad del Servicio Público: en la esquina de la calle que ocupa esta importante unidad se acumula la basura, en la que investigan los gatos. Vamos por fin a comer al restaurante Dar el Jeld. Situado en un rincón de la medina, nada lo identifica fuera: ni un nombre, ni un rótulo, nada. Domingo llama a la puerta y nos abre un maestresala muy trajeado que, a la vista de mis shorts de explorador, me invita a cubrirme con una chilaba. Como en los restaurantes occidentales se facilitan corbatas a quienes no se han presentado con el atavío adecuado, aquí se proporcionan chilabas. Me gusta cómo me queda la mía. Me descalzo y me dejo fotografiar, en el patio del restaurante, claro y fresco, con Domingo a un lado y Luis María Marina, que se ha unido a nosotros para comer, al otro. Ah, Lawrence de Arabia, cuánto te comprendo. Luego nos propinamos un ágape memorable: ellos, sendos cuscús que yo declino: la sémola es uno de los escasos alimentos de este mundo que no me gusta; yo, espetones de gambas y una crema zgougou, como, me dicen, las que preparan las abuelas tunecinas, con piñones machacados y un agridulce sabor a madera. Cuando al salir me quito la chilaba, me siento desnudo. Por la noche, me toca leer. En esta ocasión ya disponemos todos de los poemas traducidos y de una intérprete que los lee en francés. Del equipo de tres jóvenes que lo componen, a mí me toca una joven rellenita, cetrina y simpática, cuyo acento galo se me antoja inmejorable. Pero antes de ponerme en sus manos, debo preocuparme por que sean mis poemas los que lea y no los de Laura Casielles. Raouf, el director del festival, se ha equivocado y me ha dado los papeles de Laura en lugar de los míos. Con urgencia le hago ver el error y con la misma urgencia insta a una azafata a que le facilite un ordenador y una impresora para deshacer el entuerto. Y lo deshace. Acompaña después la lectura un maestro que toca una especie de laúd con un jazmín la flor nacional en la oreja. Y cuando digo acompaña, no quiero decir que rellene huecos, sino que toca al mismo tiempo que los poetas leen. Con los versos se entremezclan, pues, los monótonos gañidos de la bandurria norteafricana. Así sucede y así sucederá en todas las lecturas: aquí no parece comprenderse que el poema tiene su propia música y que esa música no debe perturbarse con otras melodías. Davide Rondoni, el poeta italiano, que también lee ahora, le pregunta al maestro del laúd si puede tocarle un blues o si piensa seguir con ñigui ñigui. El maestro sonríe y sigue con el ñigui ñigui. Y, por si fuera poco, se le suman un flautista y un violinista, que conforman un trío inmisericorde y letal. Cuando sale Laura a leer, el del laúd rasguea a Falla. Cuando salgo yo, vuelven los tres a su acreditado ñigui ñigui: quizá me consideran menos español o quizá solo conocen a Falla. Yo leo dos poemas largos, cuya extensión se dobla con la traducción. Este es uno de los principales problemas de escribir largo, una forma de hacer que se aviene mejor con la soledad y el sosiego de la lectura individual: la demasiada duración de las recitaciones públicas. Cuando llevo algún rato desgranando versos, siempre pienso que, por más que me esfuerce por hacer una lectura diáfana y rítmica, por más pausas y aceleraciones que imprima, es inevitable que la atención decaiga y que el público se aburra, si es que en algún momento ha estado atento y se ha divertido. Pero uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede. Y lo que me sale a mí es poesía grave y larga, qué le vamos a hacer. Conseguimos acabar, mi esforzada intérprete y yo, sin que se advierta ninguna cabeza declinante ni se oiga ningún ronquido, y volvemos a nuestros puestos, no sé si satisfechos o aliviados. (Será mucho peor la lectura del día siguiente, en la terraza del café Amor. Allí, en plena calle, leo, leemos, en un pandemonio de gente que habla, de platos y vasos que entrechocan, de camareros que cobran, del violinista que toca, del micrófono que disuena, de la intérprete que tose, de los paseantes que se preguntan quién es el tonto ese que está leyendo en un idioma incomprensible, del vendedor de helados que anuncia la mercancía, de los niños que piden helados, de las niñas que chillan, de los jóvenes que cantan dentro del bar, de una moto que pasa, de los gatos que maúllan. Leo aferrándome al poema como si fuera una traviesa y yo, un náufrago en un océano de ruido. Leo abrazando esos sonidos huérfanos, que solo entendemos Luis María Marina, que está de nuevo escuchándome, y yo; y, envueltos por un estruendo de incomunicación, ni siquiera estoy seguro de que los entendamos). A la salida de la lectura, un vendedor de jazmines intenta endilgarme uno: me lo coloca en la mano y me pide que se lo pague. Cuando le miento y le digo que solo llevo monedas, me dice que las monedas no valen nada; ergo, le he de dar billetes. Le devuelvo el jazmín, a lo que responde con una mirada que no parece estrechar los tradicionales lazos de amistad hispano-tunecinos. Luego Davide, Yvon le Men un poeta francés con el que también me he amistado y yo nos vamos a cenar a uno de los restaurantes en los que la organización da de comer a los participantes en el festival. Se nos unen dos jóvenes tunecinas que han venido de la capital, atraídas por la publicitada reunión de poetas internacionales. Ambas escriben poesía: una ha publicado un libro y la otra ha escrito un poema. Y ambas nos leen poemas: la primera, uno de su libro, y la otra, el único que ha escrito en su vida. Yo he de ir al lavabo (no por los poemas que nos han leído; ha coincidido así) y tengo que pedir la llave en la barra. Cuando, tras no poco forcejeo, consigo abrir la puerta, no encuentro la luz y me golpeo contra una vigueta del techo. Me duele, pero no me sorprende: debajo del pelo tengo un callo por los muchos golpes que me he dado, a lo largo de los años, contra techos, marcos de puertas y superficies bajas varias. Este es otro problema de ser largo (de altura). A pesar de las estrellas que acabo de ver, sigo sin dar con interruptor ninguno, pero, por el olor que percibo y lo resbaladizo del suelo, prefiero no encontrarlo. Salgo, echo la llave otra vez y vuelvo a la mesa de las poetas tunecinas. Que sea lo que Dios quiera. Alá es grande y Mahoma es su profeta. 

sábado, 14 de julio de 2018

Cadalso

Hoy visitamos Cadalso. En realidad, no visitamos el pueblo, sino que nos quedamos a comer en uno de los restaurantes de la localidad a orillas del Árrago, Casa Piris, cuyo nombre –variante de Pérez–, por algún azar histórico-lingüístico, es tan abundante en Extremadura como en Cataluña y Valencia. El establecimiento tiene buena cocina y una terraza agradabilísima al lado mismo del río. Cuando llegamos, solo hay comiendo otra pareja. Algo, no obstante, perturba la paz del lugar: una irritante musiquilla que sale de no sé dónde. Nuestro vecino me ve rebuscar con la mirada el origen del chunda-chunda y se adelanta a mis deseos: "¿Quiere que la apague? La hemos puesto porque estábamos solos. Pero no queremos molestar". La amabilidad extremeña, de nuevo. Una amabilidad alguna de cuyas manifestaciones no hemos encontrado en ningún otro lugar del país, ni acaso del mundo. "Sí, por favor. Se lo agradeceremos mucho", respondo. Recuperado el bienaventurado silencio, nos atiende la única camarera del local, hija de los dueños. Es una criatura encantadora, que hoy acrecienta su encanto con unos shorts tejanos que amenazan con seccionarle las ingles. Me quedo preocupado. Y un poco aturdido con su aleteo constante alrededor de la mesa. Pedimos gazpacho, judías verdes y entrecots de ternera; de postre, un flan (que más bien parece la maqueta de una pirámide) y una mousse de fresa. Todo está fresco y bien cocinado. Los entrecots horrorizarían a cualquier vegano: son tan grandes que casi nos horrorizan a nosotros. Pero, deseosos de proteínas, nos los zampamos con delectación neolítica. El trajín en la mesa contrasta con la paz del lugar. Las aguas del Árrago, remansadas por la cercana piscina natural, fluyen sin urgencia, con un rumor apacible y azul. En el cielo solo despuntan algunas nubes condescendientes, breves hongos blancos que no emborronan el sol. Hace el calor justo: para agradecer la sombra y el baño, pero sin sudores ni jadeos. La luz cae en el río como una sábana enteriza pero sutil. Las ranas croan; también los pájaros se dejan oír; la brisa hace hablar a los olivos y los robles, cuya cremosa vibración se enreda con el murmullo espinoso de las jaras y los brezos. El vecino reconoce la superioridad de la música natural sobre los soniquetes prefabricados: "Esto sí vale la pena oírlo, ¿verdad?", nos pregunta. Asentimos. Pero nos equivocaríamos si creyéramos que esto es solo un locus amoenus, una escena de paz. Los inacabables conflictos de la naturaleza (que nosotros embellecemos y moralizamos, pero que son verdaderas guerras de supervivencia) se entrecruzan en ella. Nuestro vecino, sin ser consciente de las consecuencias de sus actos, les echa unas migas de pan a unos gorriones que revolotean en la ribera. Los pardales se enzarzan en una lucha frenética por las migas: en picados  o rasantes velocísimos se hacen con ellas y, cuando son demasiado grandes para tragárselas in situ, se las llevan a algún lugar apartado a ingerirlas con paciencia. Lo mismo sucede con una familia de pollos que aparece por allí, precedidos por su orgullosa madre, una gallina color avellana, y atraídos, suponemos, por el frenesí pajaril. Los adorables pollitos, cuya fragilidad suscita sin remedio la ternura del contemplador, demuestran tener espíritu de asesino en serie: se abalanzan sobre las migas, que el vecino no deja de volear, rápidos como áspides y defienden el botín frente a los hermanos que no han atrapado nada, y que quieren robárselo, con la ferocidad de un apache. Esas delicadas criaturas se libran a combates inmisericordes, con empujones, picotazos y golpes de ala, bajo la mirada indiferente de la madre, que debe de considerarlos una etapa más de su formación. Pero el depredador de ahora es la presa de después. Un gato se acerca con la misma intención de hacerse con los polluelos que los polluelos han demostrado con las migas (y contra sus hermanos). Todos, crías y madre, ponen, entre piídos, patas en polvorosa. Esta defiende la retirada estirando el cuello y ahuecando las alas para parecer mayor y dispuesta al combate. Pero el gato no ha querido perseverar en la caza y deja que las aves se retiren. Luego se pasea por la hierba, con la cola levantada y la mirada oblicua. Acabada la comida y el espectáculo de la ley de la selva, recorremos los cien metros que nos separan del acceso a la piscina natural. Vemos desde el camino la fantástica imagen de la iglesia de la Purísima Concepción alzada contra la sierra, en uno de cuyos picos, como el pezón de un pecho gigantesco, sobrevive la ruina cuadrada del castillo de Almenara, construido, como tantos otros de la zona, por los árabes. Al lado de la iglesia ondea una bandera española. No sabemos hasta qué punto el nombre del pueblo responde al hecho histórico de que fuera aquí donde se ejecutase a malhechores y moros. Preferimos evocar lo transmitido por la tradición oral: que Cadalso era uno de los lugares en los que el rey Alfonso XI, bisnieto de El Sabio, se encontraba con su amante, la bellísima Leonor de Guzmán, con la que tuvo diez hijos. En el pueblo se conserva todavía la Casa del Rey. Y en el Libro de la montería que se le atribuye, Alfonso, gran amante de la caza –como ya demostrara con Leonor y los muchos sarracenos a los que liquidó–, ha dejado muestras de conocer bien la región: elogia, por ejemplo, el cercano monte de la Aliseda, que abundaba en jabalíes y osos. Cuando llegamos a la piscina, descubrimos con placer que no hay nadie. El silencio y la quietud son adánicos. Yo los rompo ambos metiéndome enseguida en el agua. Nado casi hasta Casa Piris: a pozas en las que no se hace pie siguen tramos en los que puede uno andar por el lecho del río sin que el agua supere las rodillas. Me siento en una roca en el curso del agua y contemplo el puente recientemente construido, de chirriante hierro verde. Me pregunto por qué no se habrá hecho de madera o de piedra. Dejo también que se me acerquen los peces del río. Primero son unos pocos, y muy pequeños. Pero poco a poco son más, y más grandes. Alguno alcanza un tamaño preocupante. Y a todos parece gustarle mi piel, que mordisquean (no sé si los peces muerden, pero no se me ocurre cómo llamar a su forma de alimentarse) con ansia, llevándose las escamas muertas, las pequeñas excrecencias invisibles a nuestros ojos, pero muy apetitosos a los suyos. Me hacen cosquillas. Pero ya son muchos, y no me gustaría que las cosquillas evolucionaran a pellizcos. Así que me levanto como un cíclope de las profundidades de las aguas y desbarato su banco. Ángeles no se baña: el agua fría (aunque no está fría) le gusta tanto como un cólico miserere. Ángeles nunca se baña en ningún sitio que no desprenda vaho. Me mira desde la orilla como miraría a un cebú revolcarse en el barro. Pero el rato de paz que pretendíamos en la ribera se acaba sin haber empezado: aparecen unos niños, seis o siete, que saltan al agua con estrépito adolescente. Uno de ellos lo hace desde el puente, justo desde allí donde un cartel prohíbe saltar desde el puente. El chapoteo y las carcajadas sin motivo (o sin otro motivo que la felicidad de estar vivo y no tener responsabilidades), aliadas con tacos, aumenta gradualmente: como los peces de antes, esta media docena de seres se convierte en una cincuentena al cabo de poco: debe de ser un campamento de verano. Melancólicamente, recogemos las toallas y nos vamos. A pesar del baño interrumpido, ha sido un día feliz.