domingo, 13 de agosto de 2017

Voces del Extremo (y III): una conferencia y las ruinas de Itálica

Mi participación en esta edición de Voces del Extremo acaba con una conferencia, que he de impartir en la casa natal de Juan Ramón Jiménez. A la vista del espíritu contestatario que impregna el encuentro, la he titulado, garciamárquezmente, "La poesía en los tiempos de la cólera". En el patio de la casa, antes de pronunciarla, me saluda David Trashumante, que me regala su poemario A viva muerte. Le agradezco el obsequio y la cordialidad. (También me regalan libros Ferran Fernández, editor de Luces de Gálibo, a quien conozco aquí, atendiendo el puesto que ha instalado en el encuentro, que anuncia la aplicación de "descuentos extremos"; Paco Cumpián, el editor malagueño, que me regala una rara edición de Dylan Thomas, cuando yo le compro otra, no menos rara, de Lawrence Ferlinghetti, con prólogo y traducción de Jesús Aguado; el poeta emeritense Eladio Méndez; el poeta y matemático astorgano, pero aragonés de adopción, Emilio Pedro Gómez; y, a través de Antonio Orihuela, Leon Félix Batista, un reputado poeta dominicano, que en varias ocasiones me ha hecho llegar sus libros por medio de amigos, dado que el servicio de correos de su país no parece inspirarle confianza. Por mi parte, además del volumen de Lawrence Ferlinghetti, compro otro del malogrado Eduardo Chirinos). La conferencia se desarrolla con normalidad, aunque casi llego tarde a iniciarla, porque Antonio Orihuela prácticamente ha acabado ya de presentarme cuando Mar, su mujer, me avisa de que me toca actuar: aquí, con un programa apretadísimo, no se espera a nadie. En la ponencia, hablo de la poesía crítica que se ha practicado en España desde la posguerra, y que se ha exacerbado con la última crisis económica y social, y de la ausencia, en mi opinión, de poesía satírica en esa lírica –aunque alguna haya habido, pero sin la entidad que la ocasión merecía, a mi juicio–. Toco también otros asuntos, como la utilidad social de la poesía –un clásico– y si la impugnación de la realidad puede hacerse solo con un lenguaje funcional y directo, que refleje sus injusticias y contradicciones, o también con otro, quebrantado y quebrantador, que descomponga sus ingredientes lingüísticos para descomponer, así, esa misma realidad y, en consecuencia, los ingredientes –y manipulaciones– ideológicos que lo sustentan –otro clásico– Cuando termino, las intervenciones se suceden. Esto también es característico de Voces del Extremo: la efervescencia dialógica, la inquietud intelectual, la crítica. Un primer contradictor me reprocha, entre otras cosas, que no haya citado, entre los nombres destacados de la poesía crítica actual –Riechmann, Orihuela, Falcón–, a Isabel Pérez Montalbán y su Cartas de amor de un comunista. Le respondo que mi canon es solo mío, y que él tiene derecho a tener el suyo, como todo hijo de vecino. Añado que Cartas de amor de un comunista me parece un buen libro, pero no superior a, por ejemplo, La marcha de 150.000.000, por ejemplo. A continuación, se pone de pie un señor bajito y rechoncho. Que alguien se ponga de pie para hablar me intranquiliza. Y mi intranquilidad está justificada: interviene, con parsimoniosa y displicente introducción ("yo, que tengo bastantes más años que cualquiera de vosotros, sé que...") y un no menos cachazudo excurso biográfico, para defender al capitalismo, gracias al cual, en su opinión, estamos todos hoy aquí. No dice que no haya habido abusos, pero sí que la economía de mercado nos ha proporcionado el bienestar de que hoy disfrutamos. Conforme se desarrolla su parlamento, observo crecer la inquietud en el auditorio: la gente se remueve en el asiento, lanza al improvisado orador miradas de impaciencia o indignación, y cuchichea cosas entre sí, cuyo tenor no me es difícil imaginar. Pero el hombre está demasiado ocupado en discursear como para darse cuenta del tiempo que consume y del malestar que genera. No obstante, nadie le interrumpe. Yo no dejo de mirarlo, con la ingenua esperanza de que acabe pronto. De pronto, veo a Antonio Orihuela levantarse, situarse a la espalda del hombre y hacer gestos desesperados –entre el rebanamiento de cuello y la acción de las tijeras– para que lo corte. Pero eso me transfiere a mí la responsabilidad del cese, y no sé si me apetece ejercerla. Quique Falcón, que hasta entonces había estado escuchándolo todo sentado en el suelo, contra una pared, con la apacibilidad de un yogui mediterráneo, me releva entonces de esa responsabilidad: se pone de pie (aunque él no me causa ninguna alarma) y, sin preocuparse por el punto en el que se encuentra la dilatada arenga del espontáneo, llama mi atención y me enumera algunos autores recientes que sí han practicado la poesía satírica. Quique parece frágil, pero, cuando conviene, despliega una saludable rotundidad. Se lo agradezco mucho. Todos se lo agradecemos mucho. Pero aún faltan dos intervenciones, ambas significativas. Una me supone un viaje en el tiempo: al fondo de la sala, una mujer cetrina, de edad indeterminada, y tocada con una gorra vagamente revolucionaria, se pone también de pie (con mi correspondiente desasosiego) y afirma estar convencida de que, al menos en su país, Nicaragua, la poesía cambia la realidad, aunque no especifica cómo. Luego recuerda el horror de la dictadura somocista y el progreso que ha supuesto la revolución sandinista, aunque ese progreso –pienso yo– haya conducido a un régimen filodictatorial como el de Daniel Ortega, con la inestimable ayuda de su mujer, Rosario Murillo, hoy vicepresidenta, sin haber acabado con el secular subdesarrollo del país. La última intervención es de otra mujer, española, que lamenta que no haya mencionado a más féminas en mi conferencia. Mi respuesta reitera la que he dado a mi primer interlocutor: este canon es el mío, y se compone de aquellos autores u obras que juzgo más relevantes. No obstante, sí he mencionado a bastantes mujeres, desde Ángela Figuera Aymerich hasta Julieta Valero, pasando por Angelina Gatell, Gloria Fuertes o la propia Isabel Pérez Montalbán, entre otras. Lo que plantea esta persona supone que el compromiso ético –que suscribo: estoy a favor de la plena igualdad entre hombres y mujeres; ¿quién con alguna decencia podría no estarlo?– prevalezca sobre el gusto, sobre la desnuda  y soberana condición de lector (o de lo que sea): en la práctica, que mencione a un 50% de mujeres y a un 50% de hombres. Si me gustara más, en el ámbito del que he hablado hoy, lo que escriben las mujeres, no tendría ningún inconveniente en decirlo públicamente, con la misma naturalidad con que me he expresado en esta ocasión, aunque eso supusiera el 100% de los autores mencionados. Pero no es el caso, y mi responsabilidad conmigo mismo y con quienes me escuchan, es sostener mi verdad, mi verdad subjetiva y parcial y acaso equivocada, pero mía. La igualdad no debe suponer, a mi juicio, una equivalencia ciega entre la producción de un sexo y otro, sino la paridad en las condiciones de producción: que ninguno sufra limitaciones que el otro no padece; que ninguno esté más o mejor preparado para hacer lo mismo; y que ninguno reciba menor retribución por hacerlo. Garantizado eso, a todos se les ha de juzgar por el mismo rasero, con libertad de conciencia y autonomía crítica. El domingo por la mañana partimos para Mérida. En el camino están las ruinas de Itálica, que nunca hemos visitado y que nos apetece conocer. La entrada es gratuita, lo que no sé si me gusta: el gratis total estimula el desaprecio. Una entrada, aunque fuera simbólica, le recordaría a la gente que también la cultura tiene un precio, y esa constancia quizá le ayudaría a comprender mejor su valor (confundamos, por una vez, precio y valor). Nada más entrar, reconozco en el edificio a la derecha del acceso los célebres versos de Rodrigo Caro: "Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa...". No es la única inscripción que nos encontraremos en el recinto, aunque ya no haya más de carácter literario. (Podría haberlas; debería haberlas: a las ruinas de Itálica han cantado Herrera, Medrano, Rioja, Villalón, Romero Murube, Foxá y Jorge Guillén, entre muchos otros). En un rincón del anfiteatro daremos con una reproducción de la tabula gladiatoria, del 177 d. C., que contiene un edicto del emperador Marco Aurelio y de su hijo Cómodo –sí, el malo de Gladiator– regulador de los gastos de los numera gladiatoria: establecía, por ejemplo, los premios máximos que podían otorgarse a los vencedores y los impuestos que había que aplicar a los tratantes de gladiadores. Roma nos antecedió en casi todo, y también en la gestión presupuestaria. El anfiteatro de Itálica es el cuarto mayor del mundo: construido por el emperador Adriano –natural, como su antecesor Trajano, de Itálica–, podía albergar a 25 000 espectadores, una cantidad desmesurada para su época. Hoy luce achacoso –le faltan dos anillos de gradas casi completos, y los que quedan son el triste resultado de siglos de saqueos y abandono, a pesar de una restauración por otra parte poco agraciada, que ha incrustado cubos de cemento en los muros y levantado paredes de ladrillo en el monumento–, pero aún impresiona. Mientras lo visitamos, oímos la desesperación de las cigarras y olemos a pino abrasado: el calor nos desquicia a todos. En una fuente dispuesta para la supervivencia, al lado de un mirador de aves, nos refrescamos hasta empaparnos. Junto con el anfiteatro, el mayor atractivo de estas ruinas largamente bimilenarias –Itálica se fundó en el 206 a. C. para acoger a los legionarios de Escipión el Africano heridos en la batalla de Ilipa contra los cartagineses– son los mosaicos de la Casa de los Pájaros, así llamada porque uno de ellos representa, en vivos colores y figuras perfectas, a 33 especies de aves. El mosaico de la habitación de los niños está presidido por una cabeza de Medusa, que los protegía del mal de ojo. Otros aparecen acenefados por esvásticas trabadas o delicados motivos geométricos. Admiramos, en fin, los mosaicos del Planetario, con sus imágenes estelares, y de Dionisio y Ariadna, y, sobreponiéndonos a un sol pavoroso, le echamos un vistazo a las termas, que debieron de ser también imponentes en su época, pero de las que hoy apenas quedan los cimientos. Cuando salimos de las ruinas, abrevamos ferozmente en el primer bar que encontramos, uno de los muchos que viven de los turistas que las visitan. Allí, un caballero muy amable me cede el ABC del establecimiento, en cuya portada luce su "queridísima Susana Díaz" –así la califica el señor–, que hoy afirma –y por eso aparece en la portada del ABC–: "Somos socialistas, no nacionalistas". Qué gilipollez, pienso.

martes, 8 de agosto de 2017

Voces del Extremo (II): Moga en Moguer

Voces del Extremo que Ángeles se empeña en llamar Voces del Extrarradio: en su error no deja haber una parte de acierto es un encuentro poético alternativo, popular, feliz y, para los estándares de la poesía patria, multitudinario. Lleva celebrándose 19 años en Moguer, ciudad natal de Juan Ramón Jiménez, y yo he llegado a él de la mano de Antonio Orihuela, amigo de Mérida y uno de sus principales organizadores. Llegamos a última hora de la mañana, a una lectura colectiva como todas las que se hacen aquí que se desarrolla en la casa natal de Juan Ramón. Nos asomamos a la sala y la vemos llena. Así será siempre: los actos de Voces del Extremo están siempre hasta los topes. Y eso me pasma, porque una realidad con la que hay que convivir casi siempre en el mundo de la poesía es la escasez o falta de público. La preocupación por garantizar alguna asistencia a los actos lecturas, presentaciones, charlas es constante, y suele saldarse con una decepción o, como mucho, con una resignación apesadumbrada. Y a más de uno he asistido yo en el que no había nadie, salvo el presentador y el presentado. En Moguer, en cambio, hay gente de pie en todos e incluso, en algunos, es imposible entrar. Hasta que concluya la lectura, visitamos el lugar una hermosa casona decimonónica, aunque tiene mucha letra sobre Juan Ramón, pero pocos objetos, poca chicha museística, paseamos por el agradable patio de la casa y saludamos a viejos amigos y conocidos. Chema de la Quintana, con su aspecto de contramaestre de galéon, ha instalado un puesto con los libros de Amargord a la sombra de un magnolio. Chema debe de ser el editor que más puestos de libros instala en España: allí donde vaya ferias del libro, festivales, jornadas, allí está Chema con su género. Me regala un ejemplar de El corazón, la nada, la antología que publiqué hace tres años en la colección Transatlántica/Portbou, y se lo agradezco, aunque lamente que con ello no quede ya ningún ejemplar en la mesa. Saludo a Antonio Orihuela, a mi querida María Ángeles Pérez López, a Quique Falcón, a Jorge Riechmann, a Eladio Méndez y a Joaquín Gómez, un buen poeta visual extremeño al que la Editora Regional de Extremadura tiene previsto publicar el año que viene. Vuelvo a asomarme a la sala de lecturas, y me sitúo junto al pingüino que refresca una pizca el lugar: hace un calor de soponcio. Le toca el turno a un poeta cacereño joven, del que no sé nada. Recita de memoria. Lo que oigo algo sobre la elegancia y cagar, o sobre la elegancia de cagar, o sobre cagarse en la elegancia me recuerda a un monólogo cómico. Cosecha un éxito clamoroso: la ovación es estruendosa, y hasta resuenan algunos "¡bravos!" entusiastas. Esta es otra característica de Voces: el público se entrega a la poesía, la vive, la celebra y la aplaude, sea cual sea su perfil: la poesía se festeja por el solo hecho de existir; la poesía, por sí sola, justifica la alegría. Aquí no hay nada del recato obsequioso de las lecturas al uso: unas palmitas adocenadas para que el silencio no se entienda como agravio, o para que no refleje el intenso tedio que se ha experimentado. Aquí el oyente se entrega a la escucha, tanto si le gusta mucho como si le gusta menos, y manifiesta su parecer sin remilgos. Tras nuestra primera toma de contacto, vamos a comer al Castillo de Santo Domingo, un local de bodas, bautizos y celebraciones. Pero está bien: también Voces del Extremo es una celebración. En la mesa que nos toca en suerte, conocemos a Camino, alta, delgada y bellísima, a quien Antonio me presenta como la única persona que compra libros de poesía en España. Camino no solo es excepcional por comprar libros de poesía (en lugar de robarlos o esperar que se los regalen), sino también por leerlos uno al día, especifica y no querer escribirlos, algo sin duda asombroso, teniendo en cuenta que en España aspiran a ser poetas, y lo intentan con denuedo, hasta quienes solo han leído a Benedetti o Bukowski. También conocemos a Marjiatta Gottopo, una poeta venezolana, afincada en Barcelona, que, por decirlo con suavidad, desborda de entusiasmo: levanta la voz, gesticula, se remueve en la silla, opina con vehemencia. Como todas las personas que afirman con tanta rotundidad su ser, intuyo en ella a alguien frágil, vulnerada y vulnerable. Tras la comida y el calor de las calles, y antes de la lectura en la que he de participar a media tarde, nos vendría bien un descanso. María Ángeles Pérez López y su marido, Miguel, nos invitan a acompañarles a la hacienda cerca de Moguer donde han tenido la previsión que nosotros no hemos tenido de reservar alojamiento, y a disfrutar con ellos de la piscina. Aceptamos sin dudar, aunque no llevemos bañadores. María Ángeles me dice que ellos nos los prestarán. Y así lo hacen, generosos como siempre. Pero es un préstamo envenenado: el bañador de Miguel está a punto de asfixiarme. Embutido en él como un luchador de sumo en unas mallas de ballet, salgo a la pileta rezando por que la tela no reviente. Milagrosamente, no lo hace: nadamos, reímos y charlamos (yo no mucho: tengo dificultades para respirar), y volvemos a Moguer, esta vez a la Fundación Zenobia y Juan Ramón Jiménez, donde tanto María Ángeles como yo hemos de leer. La Fundación es otra casona burguesa, donde el poeta vivió algunos años de su infancia y juventud, que apenas podemos visitar: muchas habitaciones están cerradas. Allí saludo a un poeta de Sant Cugat al que no me agrada ver, pero al que es casi imposible no ver: comparece en casi todos los saraos literarios de España y, sobre todo, de Hispanoamérica, donde ha establecido su principal territorio de caza literario. De hecho, acude, como suele hacer, acompañado por un poeta hispanoamericano, al que nos presenta escuetamente. Este poeta, al que es muy probable que tenga acogido en su casa, le servirá, o le ha servido, para acudir a algún encuentro en su país de origen, y ahora está invirtiendo en ese proyecto o devolviendo el favor. La lectura se hace en el patio de la Fundación, fresco, sosegado las campanas que suenan no alteran, sino que acendran ese sosiego, tupido de hiedra y árboles aromáticos, y frente a una pared en la que unos azulejos reproducen "La noche mejor", un sugerente poema de Juan Ramón Jiménez Bayo, sobrino del poeta. Desfilamos por el atril o la mesa Riechmann, con su poesía combativa, seca, armada de ideas; María Ángeles, delicada y feroz, y siempre atrevida (lee hoy unos poemas en prosa, el género de los que no temen a la incertidumbre); y algunos poetas que no conozco: la gallega Montserrat Villar, con unas piezas exquisitas, Manuel López Arroyo, demasiado teatral para mi gusto, y un autor marroquí, Mezouar el Idrissi, que justifica su presencia en el encuentro por ser "descendiente de moriscos", y que lee, en buen castellano, alguna pieza dedicada a Granada y otra, en árabe, a la Palestina sometida, merecedoras de mucho aplauso. Yo leo "Solo, alguien, una sombra calcárea...", un poema sobre la soledad de Muerte y amapolas en Alexandra Avenue, y el dedicado al inolvidable José María Aznar en Insumisión. Hay un poeta más convocado a la lectura, un joven extremeño cuya presencia reclama Antonio varias veces, pero que no comparece. Y no me extraña: alguien que se tiene por un poeta maldito, aunque solo haya publicado un par de cuadernillos (o quizá por eso; en realidad, lo es: malditas son su egolatría y su mala educación), puede no presentarse, sin dar ninguna explicación, en un acto público en el que él mismo ha pedido participar y en el que generosamente se le ha incluido. Lo que toca después de nuestra lectura es otra lectura: Voces del Extremo es una yincana de versos. Esta se hará en la calle, porque los poetas no se limitan a leer bajo techo: lo hacen donde sea y a la hora que sea. Vamos, pues, a la plaza de las Monjas, en la que se han dispuesto unas sillas, un pequeño escenario y unos micrófonos. Recorrer Moguer nos permite comprobar que el pueblo está entregado a la obra y figura de Juan Ramón Jiménez: las calles están llenas de figuras de Platero, de bustos del poeta y de reproducciones de fragmentos de sus poemas, entre muchos otros recordatorios del autor de Tiempo y Espacio. En este supuesto, casa la devoción local con la relevancia del personaje, y no solo porque obtuviera el Premio Nobel, sino por su envergadura objetiva: Juan Ramón Jiménez es el poeta más importante del siglo XX español; acaso no el mejor, pero sí el más trascendente, el más plural y a la vez coherente, el que más ha aportado. Y su ejemplo ético fue también definitivo. La influencia de Juan Ramón se respira hasta en los pequeños detalles, o las pequeñas anécdotas, del encuentro: cuando llegamos a la plaza de las Monjas, vemos a aquel poeta cacereño de la elegancia y el cagar trayendo a un burrito de una cuerda, y dejándolo atado a los pies del monumento a Colón que preside la plaza. Allí el animal (que es pequeño, peludo y suave, pero que no parece blando: lleva huesos, con toda su dureza cálcica) se entretiene mordisqueando la hierba del breve arriate colombino. Ángeles y yo asistimos al recital sentados en un banco de la plaza. Anochece, y se encienden las farolas, amarillentas. Los niños juegan al fútbol cerca de los poetas. Los abuelos juegan con sus nietos. A nuestro lado, en el banco de piedra, una abuela no deja de comportarse como una abuela da órdenes cariñosas, hace fiestas, besuquea con un nieto que no deja de marear con un dinosaurio y una pelota. En las terrazas de los bares, detrás del escenario, la gente chupa cerveza. Distingo entre el público a Enrique Falcón, que cada día se parece más a un filósofo presocrático, y al poeta de Sant Cugat, adherido al poeta hispanoamericano del que se ha provisto. Quienes leen desgranan poemas, fuertemente ideologizados, contra el capitalismo, el liberalismo, el maltrato de las mujeres, el machismo, la destrucción de la naturaleza y otras injusticias del sistema. Todo Voces lo está ideologizado, digo, pero es una ideología muchas de cuyas líneas críticas comparto y con la que, en general, no me siento incómodo. Luego de los versos viene un concierto lorquiano, dado por Iris Almenara y Sergio Santes. Nos gusta, aunque la espléndida voz de Iris sea siempre operística y no se adapte lo suficiente, a nuestro entender, al tono popular y a menudo íntimo de la poesía de Lorca. Vamos a cenar, por fin. A nuestro lado se sienta Marjiatta, que copará la conversación con su desbordante personalidad. Nos relata, con muchos decibelios, su decepción con el chavismo pasó de abrazar tres veces a Chávez, que ya es abrazar, a renunciar a su trabajo en la Administración y exiliarse en España, nos habla, asimismo con notable excitación, de sus tortuosas relaciones sentimentales y de su relación con las drogas, y remata el encuentro, cuando ya hemos acabado de cenar, llevándose el vino sobrante en una botella vacía de agua. Marjiatta nos cae bien su arrolladora vitalidad es estimulante, pero nos deja agotados. Nos retiramos, pues, a San Juan Puerto, a no descansar en nuestra cama para enanos.

jueves, 3 de agosto de 2017

Voces del Extremo (I): en Huelva

El encuentro poético Voces del Extremo, al que me han invitado por primera vez, está tan concurrido que, a menos que hayas reservado habitación con meses de adelanto, resulta muy difícil encontrar un alojamiento cómodo en el propio Moguer, donde se celebra. Nosotros hemos encontrado posada en un modesto hostal de San Juan del Puerto, a pocos kilómetros. Cuando llegamos, es ya casi de noche. Paseamos por el centro del pueblo, en el que hay dos plazas unidas por una calle. La calle se llama Dos Plazas. Nuestra incipiente sospecha de que sea una localidad que depare escasas sorpresas se desvanece cuando vemos que las sedes del PSOE y el PP locales son vecinas. Al enemigo, mejor tenerlo cerca, deben de pensar ambos. La calle Dos Plazas lleva desde la plaza de España, presidida por el elegante y centenario edificio del ayuntamiento, a la que aloja la iglesia parroquial de San Juan Bautista, grande, blanca, de  hechuras neoclásicas, levantada en el s. XVI y vuelta a levantar en el XVIII, tras el devastador terremoto de Lisboa, que golpeó con fuerza todo el oeste español. Una placa junto a la entrada nos informa de lo siguiente: "Henchida de orgullo, se alza sobre su casería, vigilando la apacible vida de este pueblo". La información se hace luego general: "¡Qué bonitas son las iglesias de los pueblos de Huelva!". No es la única leyenda que nos suscita algún asombro. En la misma fachada en la que el anónimo informador se ha extasiado con esta y las demás iglesias de los pueblos onubenses, vemos otra placa en homenaje a Juan de Robles, "gloria de las letras del Siglo de Oro". Comprendemos y aplaudimos que un escritor oriundo del pueblo merezca el recuerdo de sus paisanos, pero lo de "gloria de las letras del Siglo de Oro", aplicado a un mediano retórico, ortógrafo y recopilador de facecias y cuentecillos populares, del que solo han sobrevivido dos obras, parece excesivo. Quizá en el futuro haya también una placa dedicada a otra hija ilustre de San Juan del Puerto, Fátima Báñez, la actual ministra de Trabajo, esa que opinaba, en lo peor de la crisis, que los jóvenes que tenían que emigrar porque en España no encontraban trabajo, no lo hacían por necesidad, sino por "movilidad exterior", y quizá esa placa también considere a la brillante funcionaria "una gloria del s. XXI". Volvemos por la calle Dos Plazas hasta la de España, y disfrutamos de una bonita sucesión de fachadas azulejeadas y balcones historiados. La gente, sentada a la puerta de las casas, toma el fresco y charla. No es extraño: el calor diario es asfixiante. Nos sentamos a cenar algo en la terraza de El Rincón de Ericka, junto al ayuntamiento. Nos atiende Ericka, una cubana o dominicana que también ha tenido que practicar la movilidad exterior. Damos pronta cuenta de una ensalada de remolacha y un pincho de pollo, y nos entretenemos observando a una pareja que está en la mesa vecina. Ella, una joven muy parecida a Natalie Portman, es de una belleza descomunal, aunque mancillada por todos los atavíos de la vulgaridad: tatuajes, shorts tejanos (de esos que te hacen sufrir por que le corten la circulación de la femoral y tengamos un problema) y unos modales en los que brilla con luz propia una enojosa propensión a comer con la boca abierta. A su lado, un niño muy pequeño no para de incordiar obviamente, es su hijo, que debió de tener siendo adolescente; de hecho, aún lo es y, enfrente, el que conjeturamos su marido, cuya belleza dista mucho de la de su cónyuge, juguetea con el móvil, despreocupado de mujer e hijo, bebe cerveza a gollete y compite con ella en comer enseñando todo lo que come; y gana él. Pero estamos cansados y el entretenimiento que nos proporciona la rústica pareja es limitado. Nos acostamos pronto, pues, aunque el lecho no nos augura una noche feliz: es poco más que una cama individual grande, manifiestamente insuficiente para dos personas, sobre todo cuando una de ellas tiene el tamaño de un oso pardo, y, peor aún, es muellera. Y, en efecto, dormimos mal, aunque, cuando llega el día, hacemos lo posible por despojarnos de esa sensación lisérgica que da la falta de sueño y el descanso poco reparador y visitar Huelva, la capital, con entereza e ilusión. Entramos en la ciudad por la Avenida de Andalucía y luego por la calles San Sebastián y Pablo Rada, en las que se suceden los bustos y estatuas. Si los monumentos públicos son reveladores de los intereses de quienes los erigen, estos no dejan lugar a dudas sobre los espectáculos preferidos de los onubenses: contabilizo la efigie de un cantaor, un homenaje al fútbol (así, en general) y otro a la dinastía de los Litri; de hecho, la plaza cuyo centro ocupa esta última se llama así: Plaza de la dinastía de los Litri. Otra plaza, la de las Monjas bautizada de este modo por adyacer al convento mudéjar de las agustinas, se suma a esta nómina de ocupaciones tradicionales. También contiene un monumento a Colón. A la casa asimismo llamada Colón (Huelva es un lugar muy colombino) se llega por la avenida Martín Alonso Pinzón, a la que da el ayuntamiento de la ciudad, cuya arquitectura nos recuerda mucho a la del Madrid de los Austrias. La Casa Colón, airosa, atlántica, colonial, hoy ocupada por dependencias públicas, forma parte del legado inglés de Huelva: los ingleses explotaron muchos años las minas de la provincia, e inevitablemente dejaron un rastro propio en los edificios e infraestructuras (y en el deporte: no en vano el Recreativo de Huelva es el club de fútbol decano de España; los ingleses se llevaron el cobre, pero trajeron el football). En los agradables y geométricos jardines de la Casa Colón, lo único visitable del conjunto, se alzan otras dos estatuas: a Platero, el burro cantado por Juan Ramón Jiménez, y al inca Garcilaso de la Vega. Y en una de sus paredes se reproduce el soneto de José Manuel de Lara (el poeta, no el editor) "Nací en Andalucía un martes triste / del otoño del año veintinueve. / Hoy es martes también y también llueve...", que me suena vagamente vallejiano. Celebro que ambos sean personajes literarios. Siempre me congratulo de que la literatura ocupe los espacios públicos, aunque sea bajo la especie petrificada de bustos, rótulos y efigies: es importante mantener el valor simbólico de las artes para que las artes sigan siendo apreciadas. A la salida de la Casa Colón, en cambio, nos asalta un grupo escultórico que exalta los más rancios valores culturales patrios: varias figuras sostienen una imagen de la Virgen, en un escorzo, esforzado y entusiasta, que me recuerda al de los marines estadounidenses levantando la bandera americana en Guadalcanal. El legado inglés de Huelva, actualizado por el masivo turismo británico de nuestros días, se continúa observando en los muchos pubs y taverns que jalonan nuestro recorrido, y culmina en el Barrio Reina Victoria, una ciudad jardín construida en los años 20 del siglo pasado por la Río Tinto Company para alojar a sus trabajadores y, así, tenerlos controlados: había que ofrecerles algún comodidad para quitarles las ganas de protestar y evitar que acabaran colectivizando los medios de producción. Lo mismo sigue pasando hoy: el precario bienestar de que disfrutamos nos ha hecho olvidar la necesidad de asaltar el Palacio de Invierno. Paseamos demoradamente, a pesar del calor, por las callecillas del Barrio. Reconocemos los rasgos del urbanismo inglés, pero también los estilos andaluz, neomudéjar y colonial que convierten el conjunto en una bizarro pupurrí de cubiertas a dos aguas de teja plana y chimenea, y fachadas encaladas, con azulejos, ladrillos vistos y verjas también de ladrillo. Algunas casas se mantienen sobrias y septentrionales; otras lucen tiestos con flores en las fachadas; las menos despliegan toda la cutrez posible en los patios o jardines: sacos terreros, parapetos de plástico verde, infames sucedáneos de brezo, huesos secos de jamón. Ah, la capacidad hispana para ensuciar, o el arraigado mal gusto de nuestros compatriotas, cuánto daño han hecho siempre. Pensando ya en comer, volvemos al centro por la ominosa Cuesta de las Tres Caídas, que da a la entrada del parque Alonso Sánchez, en la que un considerado grafitero ha pintado un gigantesco falo eyaculando. Como para compensar, leemos en los bordillos mensajes edificantes, no sabemos si obra del ayuntamiento: "A mal tiempo, buenas tapas" o "Amojámate en el Atlántico". Desde las alturas del parque, acompañados por su pene jubiloso, admiramos el paisaje de Huelva, hecho de una amalgama de casas blancas y bajas y edificios, aquí y allá, de muchas plantas, por lo general feos. Nos dirigimos al restaurante El Comercial, del que tenemos buenas referencias. Pasamos por delante de la casa natal de Rogelio Buendía, aquel ultraísta que ha pasado a la historia de la literatura por haber escrito una de las pocas obras valiosas del ultraísmo, La rueda de color, y, sobre todo, por haber sido el primer traductor de Pessoa al español. A no mucha distancia, vemos también una frutería que ha colgado un cartel que dice: "Cierre la puerta antes de salir", lo que me suena muy ultraísta. Cerca de El Comercial está la hermosa iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, otro templo dañado por el terremoto de Lisboa, pero también por seísmos posteriores y por la Guerra Civil, quizá el mayor de todos. Una placa, precisamente, recuerda el "sacrílego incendio perpetrado por la barbarie impía marxista del 20 de julio de 1936". La prosa, ahora crítica, es tan virulenta como entusiasta era la que cantaba la hermosura de las iglesias de los pueblos de Huelva en San Juan del Puerto: las placas informativas en Huelva no conocen el término medio. En cualquier caso, puedo entender, aunque nunca justificar, que la "barbarie impía marxista", es decir, grupos de peones o jornaleros explotados y desposeídos de todo desde siempre, expresaran su ira contra los símbolos principales de los espadones que se habían rebelado solo dos días antes contra el gobierno legítimo. El Comercial cumple las expectativas: rodeados por paneles que reproducen escenas de la Capilla Sixtina o El nacimiento de Venus, de Botticelli, mezclados con largos estantes en los que polícromas botellas de espirituosos se alinean con aire marcial, comemos bien, aunque tarden en servirnos. Estiramos la sobremesa, porque el calor, fuera, es disuasorio. Cuando nos atrevemos a salir, optamos por dirigirnos al muelle, donde confiamos en que las brisas del Odiel nos ayuden a sobrevivir. Y así es: paseamos por el Muelle Cargadero de Mineral de Río Tinto así se llama un largo y curvo pier que se adentra en el río, y en el cual se abastecían antiguamente los barcos del mineral que habían de transportar a Inglaterra y gozamos de un viento fresco, que riza las aguas verdes de un verde militar del Odiel, grande aquí como un mar, mientras la vista se pierde en los juncales y cañizares de la orilla opuesta. En el muelle se disponen los pescadores, que, una vez tirada la caña, se apoyan en los pretiles metálicos, con la vista perdida en las ondulaciones del río o las lejanías azules del cielo, o se sientan en sillitas de playa, y fuman. Pescar siempre me ha parecido una actividad melancólica, no apta para hiperactivos. Cuando dejamos el muelle, aunque estamos cansados, decidimos visitar Punta Umbría: no queremos pasar por Huelva sin conocer alguna de sus playas más famosas. "No tengáis miedo: abrid las puertas a Cristo", leo escrito en la fachada de una iglesia que nos pilla de camino al coche. Es una frase de Juan Pablo II. Ay, a mí el que me daba miedo era Juan Pablo II, a quien Dios tenga en su gloria.

lunes, 31 de julio de 2017

Todos los Madrid, el otro Madrid, de Edwin Madrid

Tras una dilatada carrera literaria, que empezó en 1987 con ¡Oh! Muerte de pequeños senos de oro, y que conoció un hito importante en 2004 con la publicación en España de Mordiendo el frío, premio Casa de América de Poesía Americana, el ecuatoriano Edwin Madrid (Quito, 1961) publica ahora, en Pre-Textos, Todos los Madrid, el otro Madrid, una antología de todos sus libros, más un largo fragmento de Levantar el vuelo, inédito, ordenados al revés de lo que es habitual en los compendios poéticos: del más reciente, Al sur del Ecuador, publicado en 2015, al más antiguo, el ya mencionado ¡Oh! Muerte de pequeños senos de oro

Recorrer este prolongado camino depara una primera y esencial constatación, que cabe intuir en el final del poema “El austríaco”, inspirado en la figura de Thomas Bernhard, perteneciente a Al sur del Ecuador. Allí escribe Madrid: “Y se refugió en su escritura, escribió cientos y / cientos de poemas, buenos y precisos poemas / incluso para la inconsciencia de la sociedad / de los sanos. (…) / Y el tiempo restante tomaba el lápiz guardado en / la funda de su bata y se precipitaba hacia su cuaderno / con desenfreno. Existía para su escritura. / El señor TB / no estaba loco, solo lanzaba al rostro del mundo los más / bellos, espléndidos, grandes y sonoros escupitajos”. Ese “existir para la escritura” es algo que se desprende con nitidez de la poesía de Edwin Madrid. La poesía lo ha colonizado todo: ocupa todos los espacios, trata de todos los temas, lucha contra todos los enemigos, aspira a todos los cielos. En suma, llena el ser: justifica la vida. De esta presencia omnímoda se derivan algunas de sus características principales. La más destacada acaso sea la pluralidad, sin fin aparente, de formas, temas, estilos y registros empleados. Muchos poetas despliegan unas obsesiones concretas y labran una manera definida de crear, y se ciñen a ese molde desde su primer hasta su último verso: son autores de cauce único, hondos quizá, pero previsibles y repetitivos. Madrid, en cambio, invade todas las jurisdicciones de la poesía, echa mano de todas las técnicas y exhibe una panoplia inagotable de preocupaciones y asuntos. Cada libro suyo pone el foco en algún aspecto de la realidad o la conciencia, y lo hace con un estilo, esto es, con unas fórmulas retóricas singulares, diferentes de las utilizadas en sus demás obras. En general, puede decirse que sus primeros poemarios beben más perceptiblemente de los esquemas vanguardistas –acentos irracionales, discursos cartilaginosos y enrabietados, incursiones oníricas; es revelador que cite a Breton en “Rabito”, de ¡Oh! Muerte de pequeños senos de oro– y que, conforme avanza en su producción, la expresión se reconcentra, se ajusta a una realidad más reconocible, se aleja, aunque nunca se desliga del todo, de la experimentación y la ruptura. 

Junto a la omnipresencia de la poesía, otra preocupación es constante en la obra de Edwin Madrid, y definitoria de su naturaleza: la fascinación por la mujeres y las relaciones sentimentales que se establecen (y se rompen) con ellas. El propio Madrid resume ambos leitmotiv en el fragmento 83 de Levantar el vuelo: “crecí / entre los murmullos de [las] mujeres y la furia de la poesía”. Muchos de los poemas recogidos en Todos los Madrid, el otro Madrid narran peripecias amorosas, acercamientos y separaciones, fantasías y decepciones, o bien encuentros eróticos. Mordiendo el frío, una apócrifa autobiografía sexual, es el poemario más visiblemente pasional del conjunto, pero incluso en los poemas o libros más luctuosos, como ¡Oh! Muerte de pequeños senos de oro, la parca –elemento imprescindible del clásico binomio de eros y tánatos– aparece voluptuosa, con esos pechos áureos por los que el poeta siente comprensible propensión. “El manjar más antiguo del mundo”, de Pavo muerto para el amor (2012), poetiza, en prosa, un cunnilingus –una práctica, por cierto, poco reflejada en la poesía occidental–, aunque disimulado en un relato gastronómico (o una receta culinaria) sobre la exquisitez de la ostra, bajo la advocación de Giacomo Casanova: “Poco a poco, deslice los dedos. Cuando lo tibio sea calor abrasador, retírese con elegancia y exhiba la concha sobre una almohada blanca y blanda como una nube. Échele suficiente vino e inmediatamente recójalo a sorbos largos y profundos. Moviendo la lengua de arriba abajo, sentirá que toda se retuerce de placer. Entonces deje de lado la boca y actúe como si fuera el mismísimo Casanova”. Para equilibrar las cosas, en “Nuestra señora de la biblioteca”, de Mordiendo el frío, lo descrito es una felación.

Pivotando alrededor de estos ejes, la relación de intereses y objetos de atención de Edwin Madrid es muy amplia: Pavo muerto para el amor repara en la comida y la gastronomía (e incluye un poema autofágico, cuyo protagonista, después de devorarse a sí mismo, queda “reducido a una boca inmensa que querría comerse el mundo”); De puertas abiertas (2000) reflexiona sobre la casa, metáfora de la existencia y la identidad; Lactitud cero (2005) –un poemario en cuyo título se plasma otra de las constantes de la poesía de Madrid: el juego verbal– practica la sátira, al modo latino, contra los poetas de su país, y quizá también de otros lugares: como un Marcial contemporáneo, escribe: “Te confieso, Lelio, que, aunque para todos seas el gran poeta ecuatorial, para mí no eres más que un hombre con facha de tendero que en los recitales quiebra la voz en trémolos atiplados como putita de academia”; Caballos e iguanas (1993) recrea el mundo indígena e imita –y, a la vez, desmitifica– el relato de la conquista, en ocasiones con su propio lenguaje, lo que alumbra algunas de las mejores composiciones de la antología, en las que se mezcla la parodia, la epopeya y la crítica histórica, como “De cómo y por qué se llegó a destas tierras” o “El almirante desde la tierra más hermosa”, en cuya última estrofa leemos: “destas tierras es para desear para nunca dejar / en la cual todos los hombres de nos sean contentos / con hasta veinte mujeres de cabellos correndios / e oro cuanto ouiere menester / y esclavos cuantos pudieren escoger / especería y algodón cuanto pudieren cargar / y almastica y lignáleo cuanto ouiere / e creo también roibarbo y canela e otras mil especias / ques harto y eterno lo que nuestro Redentor / dios a Vuestras Altezas Rey e Reyna”; en fin, Celebriedad (1991) –otra paronomasia– constituye un largo y vigoroso discurso en el que se entrelazan el sueño, el alcoholismo y la locura: “beber nunca es obediencia / beber nunca es sumisión / beber es bibir”. En otros poemarios aparecen cuentos infantiles –a los que Edwin Madrid da la vuelta como un calcetín: subvertir el orden establecido, o al menos zarandearlo, es una de las funciones ineludibles del poeta–, fábulas americanas, poemas sobre los toros (cuya voz es la del toro: otra subversión), escenas urbanas –de una Quito poliédrica, ásperamente amable– y composiciones sobre la historia de la evolución, carentes de signos de puntuación. Merece la pena resaltar la dimensión reivindicativa de Edwin Madrid, que se plasma en las piezas americanistas, entregadas al canto de la naturaleza del Nuevo Mundo o de su atormentada historia; en la incorporación de las culturas indígenas a su cosmos poético; y en la inquietud social, de hoy mismo, como la que se refleja en “La encendida”, de Al sur del Ecuador, que ensalza la figura de la mujer trabajadora, de la mujer que no se rinde, sostén de todo, y cuyo final casa con la ola de ira ciudadana que ha barrido tantos países: “Llegar a la cima del Cotopaxi y abandonar el pueblo para / patear la ciudad. Quito, fría y sucia, pero suya, no la venció / ni hoy ni nunca y le puso hijos para que brinquen y pataleen / por sus entrañas, incendiando, rayando las montañas / (…). Mujer macho, mujer de cojones como tantas que nos han / enseñado a movernos, agitarnos, sacudirnos, reclamar, remover, / vibrar, hormiguear. Por todos los cielos: ¡indignarse!”.

Muchos poemas de Edwin Madrid son relatos líricos: sucesos con un sustrato o una estructura narrativa, pero cincelados con los instrumentos retóricos de la poesía: transformación lingüística, vínculos analógicos y asociaciones musicales, y emparejamientos, esto es, repeticiones, permutaciones, enumeraciones y paralelismos. A estas herramientas, Madrid añade el humor, aunque con visos negros. Su lenguaje es accesible, coloquial, pegado a la calle, al mundo, pero también crujiente, consciente de sí: nunca pierde intensidad. Se percibe elaborado, pero también natural, y esa es una de sus mayores virtudes: el artificio no le resta espontaneidad. Su vocabulario, sensual, vivo, no rehúye lo anómalo: desde los juegos verbales hasta el léxico indígena que enrarece –y enriquece– el texto o el francés macarrónico que emplea en un largo trecho de Celebriedad. Siempre preocupado por la recreación de lugares, o, mejor, de atmósferas, Madrid cultiva lo material y no lo abstracto; y, si lo hace, es siempre una abstracción tangible: un concepto metamorfoseado en cosa, o en recuerdo de cosa. Muchas formas están presentes en Todos los Madrid, el otro Madrid, aunque siempre que garanticen la libertad expresiva: no hay apenas escansión ni rima, ni poema estrófico alguno. Con el espíritu voraz y multitudinario que lo caracteriza, el poeta recurre al poema breve y al poema torrencial; al poema en prosa y al poema en verso; al monóstico y al versículo. 

Levantar vuelo, que cierra el libro, es un compendio significativo de la poesía de Edwin Madrid. Largo pero fragmentario, y ordenado en estrofas numeradas, de extensión variable, recorre todos los territorios del lenguaje, como un explorador sin prejuicios ni limitaciones. Es un bildungsroman, pero también una road tale; es una historia erótico-sentimental, pero igualmente una broma gongorina, una relativización o burla de los procedimientos retóricos. Cómico y monorrimo al principio (“Tú eres mi amor, mi dicha y mi tesoro; / irte es dejar mis días sin el brillo del oro, / y es allí cuando el llanto me causa atoro / pues cuerpo y mente entran en deterioro”), cobra después un tono nerudiano, épico-cívico: “Me veo acostado en mi tienda de viaje / y toda Latinoamérica entrevista desde el lomo / de los camiones a toda máquina. Las ruedas echando / chispas a velocidades inauditas, enredándose con los sueños, / girando y haciendo flamear la camisa de mis sueños. / Llegué a Tuluá, Riosucio, pasé por León. / Me detuve en Sonora, volví para Rosario, fui hasta / Arica, recorrí mi país de cabo a rabo y sé / de sus montañas, selvas, de sus indios y mujeres. / País maltrecho y saqueado como cada Estado / de América Latina”. Levantar vuelo concluye, hasta el momento, una de las más amplias y audaces líricas de Ecuador, y de toda Hispanoamérica, de las últimas décadas, movida por una arraigada creencia en la necesidad de la poesía y en su carácter salvador.

[Esta reseña se publicó, bajo el título de "La poesía nos salva" en el núm. 804 de Cuadernos Hispanoamericanos, correspondiente a junio de 2017, pág. 146-149]

miércoles, 26 de julio de 2017

Lecturas de verano (2)


Hace algunos meses, en la presentación de un poemario de la Editora Regional, me reuní en Cáceres con un grupo de amigos. En la tertulia posterior al acto, en una terraza del centro, surgió, ya no recuerdo por qué, el asunto –un asunto raro, lo admito, pero es que la mayoría de los que estábamos allí éramos bastante raros– de la proyección internacional de España y de su papel en la historia. Yo sostuve, confiado en la benevolencia de mis interlocutores e incluso en que compartirían mi opinión, que los españoles debíamos ser más conscientes –y estar más orgullosos– de algunos de nuestros logros históricos, como, por ejemplo, nuestra presencia en los Estados Unidos. Y, para justificarlo, aporté un dato: más de la mitad del actual territorio de ese país, hoy tan importante como temible, estuvieron tres siglos bajo soberanía española. Pues bien: mis contertulios me saltaron (dialécticamente) a la yugular, supongo que inficionados por esa prevención contra cualquier manifestación que huela a nacionalismo (o a imperialismo, como en este caso, el colmo de la abominación) y que nos vuelve ciegos a los hechos, a las realidades históricas. (Hubo algunos que se quedaron callados, acaso masticando la información que les había dado, y lo que se infería de ella, pero lo cierto es que ninguno secundó mis palabras). Solo uno de mis opositores sabía, por ejemplo, que la primera ciudad edificada en América del Norte, y habitada de forma permanente, fue San Agustín, en la Florida, cuyo fundador fue el español Pedro Menéndez de Avilés en 1565. Los famosos peregrinos del Mayflower, la semilla de la civilización inglesa en el continente, aún tardarían más de medio siglo en llegar. Viene esto a cuento de un libro que acabo de leer, Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, de María Elvira Roca Barea, publicado por Siruela en 2016, y que va ya por la octava edición. Imperiofobia y leyenda negra es un libro necesario, que revela el origen y desarrollo de la leyenda negra española –la única que pervive todavía, aunque de forma difusa, de todas las que han recaído en los imperios históricos; y yo lo sé bien, porque en la televisión británica, incluso en la siempre admirada BBC, sigue siendo imposible, por ejemplo, oír la palabra Inquisition sin que lleve aparejada la palabra Spanish– y, sobre todo, los intereses a los que ha respondido. La desnuda, pues, como lo que siempre ha sido: una gigantesca operación de propaganda, al servicio de las necesidades del grupo humano que la promoviese: humanistas italianos (sus creadores) quejosos de la dominación española en el s. XVI; protestantes alemanes y holandeses que luchaban por sustituir el gobierno de la monarquía hispana por otro que defendiese sus prerrogativas; ingleses decididos a combatir urbi et orbe al archienemigo peninsular; ilustrados franceses ansiosos por establecer su superioridad intelectual frente a un país ignorante que, no obstante su ignorancia, había acertado a crear lo que Francia nunca había conseguido: un imperio. (Otra anécdota de mis años ingleses: en nuestra visita a la Torre de Londres, vimos expuesta una silla de tortura, de escalofriantes hechuras. Una etiqueta informaba, con anglosajona asepsia, de que durante muchos años aquella silla se había presentado como uno de los monstruosos instrumentos de tortura de la InquisitionSpanish, por supuesto–, pero que, al parecer, no era sino una reconstrucción manipulada de la época victoriana, hecha con el propósito de denigrar al inveterado enemigo. Es decir, aquella silla ni siquiera había existido nunca como tal, sino que solo era la suma de una serie de piezas colocadas ad hoc para sugerir la máxima crueldad posible: un agujero para destrozar los genitales, un garfio para arrancar la lengua, un torno para triturar la espalda y otras lindezas equiparables, aplicadas todas a la vez). Roca Barea, con un estilo pulcro y dinámico, que en nada recuerda a la horrísona jerga académica, un buen pulso narrativo y un gran rigor documental, expone las falsedades que han nutrido el oprobio vertido sobre España y el imperio español, y las contrapone a las evidencias históricas. Así nos recuerda, verbigracia, que los españoles no tardaron ni diez años en levantar hospitales y universidades, abiertos a todos, en sus colonias americanas, y que siguieron haciéndolo hasta prácticamente su independencia, mientras que a los ingleses les costó mucho más erigir un puñado de ellos, en los que solo se admitía a ingleses; que los españoles alumbraron el Derecho de Indias –desde Bartolomé de las Casas y fray Antonio de Montesinos hasta Francisco de Vitoria y toda la Escuela de Salamanca–, el germen del Derecho Público internacional y de los actuales derechos humanos, mientras que los ingleses se limitaron a exterminar –o, en el mejor de los casos, a segregar– a las poblaciones indígenas; que expulsiones de judíos (y persecuciones religiosas) hubo en todos los países europeos, y que las de Inglaterra, Holanda y Alemania, entre otros, fueron mucho más crueles que las decretadas por los Reyes Católicos; que la Inquisición ni se creó en España, ni la española fue la última en desaparecer de Europa, y que sus terribles actividades fueron mucho menos inhumanas que las de otros países (por ejemplo: es imposible saber cuántas brujas fueron quemadas en la Edad Moderna en Europa, pero las estimaciones más rigurosas hablan de 25.000 en los territorios alemanes; 4.000 en Suiza; otras tantas en Francia; 1.500 en Inglaterra… Y 27 en España. Esta última cifra es la única exacta, porque la Inquisición española no daba un paso –es decir, no aplicaba la garrucha ni el aplastapulgares– sin levantar acta); que el desastre de la Armada Invencible (aunque no fuera tal desastre, pese a la derrota: la marina española no sufrió un menoscabo irreparable y siguió acarreando, con relativa solvencia, los tesoros de Indias) es ampliamente conocido en todo el mundo, propalado por los voceros anglosajones, pero que casi nadie sabe que la Contra-Armada lanzada en represalia por Isabel I al año siguiente de la fracasada expedición, en 1589, integrada por 180 barcos (muchos más de los que había enviado Felipe II) y dirigida nada menos que por el pirata Drake, fue desbaratada por las 30 embarcaciones de Alonso de Bazán y Martín de Padilla, que hundieron entre 40 y 50 buques del enemigo y le causaron 15.000 muertos y miles de desertores; o que la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna contra la Viruela, que se desarrolló entre 1803 y 1814, y que la OMS considera la primera campaña médica internacional, fue sufragada por el denostado (con razón) Carlos IV y llevada a cabo por su médico personal, el militar Francisco Javier Balmis, a quien nadie conoce hoy en España. La investigación de Roca Barea no se limita a contraponer los datos aireados por la leyenda negra y la realidad de los hechos. También se extiende a las actividades del pensamiento. Dos casos: la teoría de la evolución de las especies, fundamental en la lucha contra el oscurantismo y la superstición, y cuya paternidad es universalmente conocida –el, cómo no, inglés Charles Darwin–, fue anticipada por el jesuita chileno Juan Ignacio Molina, el abate Molina, en Analogías menos observadas de los tres reinos de la naturaleza (1815), y por el ilustrado español Félix de Azara, en Apuntes para la Historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y Río de la Plata (1802); y los principios de la economía política, entre los que se cuentan el concepto de la inflación y los motivos que la causan, fueron establecidos por Martín de Azpilcueta y Jaureguizar, el doctor Navarro, uno de los sabios de la Escuela de Salamanca, en Comentario resolutorio de cambios, un apéndice de Manual de confesores y penitentes, publicado en 1557. Los ejemplos se multiplican, siempre documentados y razonados, en Imperiofobia y leyenda negra, y el conjunto ofrece un magno contrapunto a la execrable visión que se ha tenido tradicionalmente de España, incluso en la propia España. Los españoles, incomprensiblemente, han interiorizado esa opinión vejatoria –que se prolonga hoy en el tratamiento que dispensan los países del norte de la Unión Europea a los del sur, los PIGS, gandules y derrochadores– y apenas han respondido a los ataques; y, cuando lo han hecho, ha sido de la forma equivocada: con informes, estudios y auditorías, y no con golpes propagandísticos de la misma ralea que los que sufrían. Esta es una de las principales virtudes de este libro: es educativo: ilustra lo que somos y lo que hemos sido (y que por desidia ignorábamos), masajea nuestra orgullo y mejora nuestra autoestima. En unos momentos de desgarro independentista, conocer el pasado –una de las mejores maneras de entender el presente– se vuelve imprescindible, y, si se hace con amenidad, como en este libro, resulta impagable. No obstante, y pese a sus muchas virtudes, Imperiofobia y leyenda negra no carece de defectos: el prescindible prólogo, si es que puede llamarse así, del repulsivo Arcadi Espada y cierta tendencia de la autora a cargar la suerte en solo uno de los lados de la cuestión, aunque esto sea, justamente, lo que el libro pretende: contrapesar la parcialidad ajena con la propia. Así, uno acaba de leerlo y puede tener la impresión de que el imperio español, como todos los imperios, ha sido un proyecto benéfico, integrador, rebosante de ilustración y progreso, y solo interesado en promover el bienestar de sus súbditos; o que la Inquisición española ha sido una cosa leve (sí en relación con las demás, quizá, pero no en su abominable existencia y funcionamiento) y casi disculpable; o que los Austrias fueron incansables defensores de la libertad de expresión y de la primacía de la ley frente a la arbitrariedad y la corrupción; o que el catolicismo hispano no ha sido, secularmente, una de las razones fundamentales de la ignorancia patria, por más que algunos de sus miembros hayan destacado en diversas ramas de las letras y las ciencias. En cualquier caso, Imperiofobia y leyenda negra ha sido uno de los mejores descubrimientos literarios de este verano, y una lectura grata y edificante, amén de un verdadero espaldarazo a la baqueteada conciencia nacional, si es que tengo alguna. He de recomendárselo a los amigos con los que discutí en Cáceres.