sábado, 18 de mayo de 2019

Viaje pintoresco e histórico de España. Descripción de Extremadura

La Unión de Bibliófilos Extremeños, una benemérita institución que vela por la conservación y difusión del patrimonio bibliográfico de Extremadura, cumple un cuarto de siglo. Es un acontecimiento: pocas son las asociaciones que comparten en España ese fin —defender el libro antiguo, el libro que es también historia y obra de arte— y menos aún las que han sido capaces de resistir el vendaval de la crisis económica y algo aún peor para ellas: la transformación de la cultura libresca en cultura digital. Al éxito que suponen estos 25 años de vida han contribuido decididamente su actual presidente de honor, Joaquín González Manzanares, que lo ha sido ejecutivo en el último lustro —y al que acaba de suceder Matilde Muro, a la que le deseamos mucha suerte en su labor—, y la secretaria de la asociación, Teresa Morcillo, eficaz, discreta, amable y entregada a su trabajo como pocas. Para celebrar el acontecimiento, la UBEx ha publicado un libro fundamental en la historia cultural de Extremadura: Viaje pintoresco e histórico de España. Descripción de Extremadura, de Alexandre de Laborde, traducido con solvencia por Sofía Ciancas Augustín. El volumen, digno de su condición bibliófila —edición limitada de 250 ejemplares numerados, de papel verjurado cosido con hilo vegetal, encuadernación en rústica y portada en tapa dura con sobrecubierta a color: una preciosidad— cuenta con sendas presentaciones de Guillermo Fernández Vara y Joaquín González Manzanares y una amplia e incisiva introducción de Jesús María García Calderón, director de la Real Academia de Bellas Artes de Granada, "La visión desolada de una región remota. Sobre la Extremadura pintoresca de Alexandre Laborde". En el volumen encontramos docenas de láminas con los extraordinarios grabados que el equipo de artistas y eruditos capitaneados por Laborde —entre los que se contaban Jacques Moulinier, François Ligier, Jean-Lubin Vauzelle, Constant Bourgeois y su amigo François René de Chateaubriand— hizo de los principales monumentos y ciudades de Extremadura entre los últimos años del s. XVIII y los primeros del XIX, que es cuando recorre España —siempre con el apoyo de Manuel Godoy, al que está dedicado el libro— para urdir su proyecto editorial. Ahí aparecen vistas y planos de las ciudades de Mérida y Badajoz, de la ermita de Santa Eulalia y las ruinas romanas de Mérida, de los baños de Alange, de los puentes de Alcántara y Alconétar, de la villa de Coria, del arco tetrápilo de Cáparra y de los monasterios de Yuste y Guadalupe, entre otros lugares sobresalientes. Viaje pintoresco e histórico de España. Descripción de Extremadura incorpora también las explicaciones de los grabados, con valiosa información arqueológica, histórica y hasta política, muy representativa del espíritu ilustrado que animaba el proyecto. Laborde fue un personaje polifacético y singular: escritor, editor, militar, diplomático, político, viajero y anticuario. Era hijo de un financiero español, nacido en Jaca, Juan José de Laborde, que murió guillotinado por la Revolución. Tras una vida ajetreadísima, con viajes por toda Europa, misiones ante varias cortes continentales, proyectos editoriales millonarios —el propio Viaje pintoresco e histórico de España lo llevó a la ruina— y una actividad política incansable, siempre partidario de medidas liberales, murió perseguido por los acreedores, en un triste hotel de la parisina calle Saint-Lazare, en 1842. Del Viaje pintoresco e histórico de España publicó cuatro tomos, en 1806, 1811, 1812 y 1820, dedicados a Cataluña, Valencia, Extremadura, Castilla y Andalucía, con un total de 349 grabados. Es, pues, pese a su magnitud, una obra inacabada: todo el noroeste de la península queda fuera del libro. El estallido de la guerra en España en 1808 y las dificultades financieras que planteaba el proyecto impidieron a Laborde concluirlo. Quizá por eso se dirigió a otras tierras, menos convulsas quizás, pero también azotadas por la guerra, como Austria, de la que publicó otro Viaje pintoresco, entre 1821 y 1823, con un resumen histórico de la guerra entre Francia y este país de 1809, un compendio militar que alimenta las sospechas de que los viajes pintorescos de Laborde no solo estaban motivados por el interés paisajístico y científico, sino también por razones militares: para proporcionar información a Napoleón sobre caminos, fortificaciones y otros elementos estratégicos que lo ayudaran a conquistar países. El libro concluye con unas "Observaciones generales sobre Extremadura", que son, quizá, lo más interesante (y deprimente) del texto. Con su ojo progresista y científico, Laborde expone algunos problemas de la Extremadura que conoció, como la despoblación, que, más de dos siglos después, siguen apremiando a la región. Y escribe:

Un problema que da pena constatar es el de la fertilidad
reconocida del suelo de Extremadura y el aspecto estéril que esta provincia presenta casi por todos lados. Hay zonas donde se puede recorrer hasta veinte leguas sin divisar una población, ni pastor, ni árbol, ni retazo de tierra cultivada. (...) En 1788 solo había en Extremadura 416.000 habitantes sobre 2.000 leguas cuadradas. La expulsión de los moros y las guerras lejanas, que arrancó a esta provincia la parte de población más activa de esta provincia, ocasionaron este estado desastroso, que varias circunstancias permiten mantener. La que menos se ha tenido en cuenta, pero quizás la más poderosa, está en el carácter perezoso de los nativos, pues, de todos los medios para proveer a su subsistencia, prefieren el que les cuesta menos esfuerzo. Este matiz se encuentra en todas las clases, desde el campesino pobre que se alimenta de bellotas y castañas hasta el propietario rico que arrienda sus tierra a la mesta. El primero se limita a un alimento basto que la naturaleza le ofrece espontáneamente y sin exigir ningún cuidado; el segundo convierte todos sus bienes en pastos porque este sistema le ahorra el trabajo de cultivarlos. (...) El comercio de Extremadura es prácticamente inexistente. (...) la poca actividad que hay en las ciudades demuestra la ineptitud o la desgana de sus habitantes para una vida marcada por la actividad. (...) Los caminos y las posadas de la región se resienten necesariamente de la inactividad de la circulación. (...) Para vergüenza de los habitantes actuales, los mejores caminos de Extremadura son los restos de las calzadas realizadas por los romanos. (...) En cuanto a las posadas, no hay quizás en toda la provincia una sola casa que merezca este nombre. Las posadas presentan casi en todas partes el aspecto de un establo o de una cuadra, y ya es mucho cuando se parecen a un mediocre caravasar de Oriente. Extremadura es la provincia de España más atrasada en cuanto a las artes y las ciencias. En ella no se encuentran ni escuelas, ni colegios ni establecimientos de ningún tipo para la enseñanza pública; podríamos incluso decir que la despreocupación de sus habitantes a este respecto sobrepasa los límites de la indiferencia. Sin embargo, dio, en la época del renacimiento de las letras, algunos hombres célebres, entre otros el famoso polígrafo Sánchez de Brozas y el poeta dramático Barthelemi Naharro, al que se puede considerar como el pallae repertor honestae del teatro español. Pero desde hace tiempo toda pasión por los trabajos de la mente se ha apagado en Extremadura; esta aversión de los extremeños por el estudio les ha hecho desperdiciar los recursos que posee la región en cuanto a las ciencias naturales y los pocos conocimientos que se poseen a este respecto han sido realizados por gente de fuera. (...) La manera de vivir y las costumbres de los habitantes de esta provincia se resienten mucho de la apatía y la despreocupación que reinan por todas partes; no hay ningún tipo de distracción; todo es monótono, triste y acompasado. (...) En cuanto a la parte pobre de la población, su miseria y su pereza son extremas; la desgana por el trabajo nace de la poca costumbre de hacerlo y de los pocos recursos que le ofrece la región.

Pese a visión tan negra, casi buñueliana, Laborde remata sus observaciones con un
párrafo esperanzador, aunque el meollo de su esperanza no sea otro que el recuerdo de los fastos pasados:

Sin embargo, el carácter de los extremeños es relevante cuando se les facilita los medios para desarrollarlo. Su fuerza moral iguala su fuerza física; francos y sinceros, aunque taciturnos, henchidos de honor y de probidad dados a la guerra y capaces de grandes proezas, su constancia y su firmeza en la ejecución quedaron patentes en las épocas más brillantes de la historia de su región. La mayor parte de los conquistadores de México y Perú eran de esta provincia: Medellín, patria de Cortés, Trujillo, donde nacieron los Pizarro, ofrecen a los extremeños los recuerdos más gloriosos y honorables.

Laborde, con su testimonio y su crítica, rindió un gran servicio a Extremadura (y quizá también a Napoleón): contribuyó a hacerla consciente de sí y a denunciar muchos de los males que sufría. Hoy, la Unión de Bibliófilos Extremeños demuestra, con la reedición de este Viaje pintoresco e histórico de España, cuánto ha progresado Extremadura, a pesar de las dificultades por las que, como sociedad, sigue atravesando, desde aquellos tiempos desapacibles. Larga vida, pues, a este libro y larga vida también a la UBEx.

lunes, 13 de mayo de 2019

Cierra el zoo

Así lo ha anunciado la prensa: el zoo de Barcelona, fundado en 1892, y con una de las colecciones de animales más importante de Europa —2.000 ejemplares de 300 especies diferentes, echa el cierre como espacio público y se convierte en un centro dedicado exclusivamente a la investigación, el cuidado de animales maltratados y la preservación de las especies en peligro de extinción. La rampante sensibilidad animalista se ha impuesto también en el ayuntamiento de Barcelona. El progresismo vence, aunque hay que recordar que, durante mucho tiempo, lo progresista y educativo fue acoger a las fieras en un espacio adecuado, para que todo el mundo, viviese donde viviese, pudiera conocer las maravillas del mundo animal. Pero la naturaleza ha ganado autonomía: ya no la entendemos como una realidad a nuestro servicio, subordinada a las necesidades o los placeres humanos, sino como otra, ontológicamente separada, que debe ser respetada per se, y en la que debemos inmiscuirnos lo menos posible. Hace mucho tiempo que no voy al zoo, aunque de niño mis padres me llevaron muchas veces y yo, de mayor, he llevado también a mis hijos. De adolescente lo visité en algunas ocasiones, a veces con amigos, a veces con alguna novia. Aunque pronto descubrí que esto último no era inteligente: las novias fruncían el ceño y no de agrado con los mandriles que se masturbaban sin parar en el foso de los monos, y tampoco parecían complacidas con las culebras de cola estriada de Taiwán ni con los clamidosaurios de King que siseaban en el terrario. En mi infancia, la principal atracción del parque de las fieras como llamaban y aún llaman al zoo las personas mayores era Copito de Nieve, aquel gorila albino que unos cazadores fang se habían encontrado en la selva de Guinea Ecuatorial y que el naturalista Sabater Pi se trajo a Barcelona en 1966, con gran aparato del Régimen: aún recuerdo un documental, en blanco y negro, en el que se daba cuenta de la acogida que el animal había recibido en el ayuntamiento de Barcelona: Sabater lo llevaba de la mano y en pañales (el mono, no Sabater) por las escaleras del consistorio hasta el despacho del mismísimo alcalde, el eximio José María de Porcioles, aunque la filmación no refleja lo que las tres criaturas hicieron en aquella intimidad administrativa. El simio era tan singular que se hizo famoso en todo el mundo y llegó a convertirse en un símbolo de la ciudad. Aún me acuerdo de cuando entré en mi primera clase en el curso escolar que pasé en Atlanta, en 1979, y vi una foto de Copito de Nieve colgada en la pared. Al principio, ni reparé en ella, tan acostumbrado estaba a la imagen del mono. Pero luego caí en la cuenta de lo excepcional que era que, en un pequeño colegio de una ciudad del interior de los Estados Unidos, Copito de Nieve fuera conocido y expuesto. Mi integración en América resultó mucho más fácil con aquella mirada familiar acariciándome la nuca todos los días, mientras aprendía rudimentos de sociología con la encantadora señorita Phelps, escuchaba el fascinante relato de la historia estadounidense de labios de la incomparable señora Cox incomparable por su destreza profesional y también por el tamaño de sus pechos, que había de apoyar en el atril de lectura para impartir la clase o refrescaba mis conocimientos de latín con la inolvidable señora Tyler, que tenía la virtud de hacer que Suetonio pareciese Norman Mailer. La verdad es que Copito de Nieve no era un bicho demasiado agraciado: pesaba casi doscientos kilos, tenía el pelo amarillo y la piel rosada, y siempre parecía estar enfadado. Además, nunca hacía nada: ni se colgaba de los árboles, ni se golpeaba el pecho, ni aullaba uh-uh-uh. Se pasaba las horas sentado en la jaula, mirando a quienes se acercaban a mirarlo, que siempre eran muchos, con la desgana de un viejo galán de cine, harto o indiferente a la curiosidad que suscitaba. De vez en cuando, se daba un paseíto por su angosto feudo, supongo que para supervisar a su harén, compuesto por las hembras, pequeñas y negras, que los cuidadores del zoo le habían asignado para estimular su descendencia, que deseaban también albina. Pero, contra mis deseos, al gran mono nunca le dio por cubrir a ninguna gorila cuando yo estaba allí, tanto con mis padres como con mis amigos y novias (supongo que esto tampoco les habría gustado demasiado; y me entristece pensarlo). Las únicas actividades de Copito de Nieve que recuerdo eran rascarse y comer. Se rascaba todo el cuerpo, con aquellos dedos como morcillas que tenía, arrugados y ganchudos, y, con particular delectación, los cojones, que, por cierto, eran muy poco visibles: el gorila, contra lo que pueda hacer pensar su tamaño y su aspecto, no es un prodigio genital: su pene apenas mide tres centímetros, lo que, comparado con el metro setenta de altura que llega a alcanzar, lo hace prácticamente indetectable. Y comía zanahorias o fruta, cuyos restos aparecían siempre diseminados por la jaula, junto con abundantes excrementos, una suciedad que contribuía a restarle glamour al primate. Aunque lo que más glamour le quitó, en una de las visitas que le hice, fue que se comiera sus propios vómitos. Allí estaban, en el suelo, junto con muchos otros desperdicios, grumosos y amarillentos, y allí mismo los devoró, a lengüetazos, con incomprensible satisfacción. Desde aquel momento ya nunca pude ver a Copito de Nieve con los mismos ojos. El pobre se murió en 2003, víctima de un cáncer de piel, favorecido por el albinismo que le había dado fama, y desde entonces menester es reconocerlo el zoo entró en una imparable decadencia, a la que la decisión de nuestros munícipes ha puesto tajante fin. De mis paseos por el zoo recuerdo muchas otras cosas. Sobre todo, los olores, ácidos, violentos, omnipresentes. Y los zurullos, de todas las formas y colores, por doquier, en cuya exploración se afanaban insectos casi siempre verdes. Los animales se mostraban siempre cansinos: tumbados al sol, o aletargados en las casetas o madrigueras de juguete que les habían construido, o rumiando algo. Solo se excitaban cuando el público les tiraba cosas: cacahuetes, chucherías. Algunos, no obstante, nunca se inmutaban, o no dejaban de hacerlo: los felinos enjaulados, por ejemplo, se movían obsesivamente de un lado a otro de la jaula, lo que, al parecer, revelaba su malestar psicológico, el desquiciamiento a que los condenaba su reclusión. Recuerdo a los leones, aburridos, en un gran foso, pero no a los tigres, que fascinaban a Borges. Quizá no los hubiera. Me interesaban las jirafas, con esos cuellos enormes en los que, sin embargo, solo hay siete huesos; los hipopótamos y sus gigantescas bocas abiertas, que, quizá por su orondez, parecen tan entrañables, pero que son uno de los bichos más feroces de África, donde matan cada año a más gente que los cocodrilos; los camellos y los dromedarios, con sus dos y una joroba, respectivamente (aunque yo nunca recordaba cuál tenía dos y cuál, una), en las que siempre imaginaba cabalgando a Lawrence de Arabia; y los pingüinos, que, esos sí, no dejaban de nadar, como torpedos blanquinegros, en las aguas artificialmente azules del foso en el que estaban confinados. El terrario también me deparó alguna satisfacción, sobre todo a la hora de las comidas. Muchas serpientes solo se alimentan de presas vivas, así que solo había que esperar a que los cuidadores echaran en la pecera un ratón, o un conejo, o un pollo, para encontrar alguna diversión. A las novias, de nuevo, aquello no solía gustarles; alguna, incluso, prorrumpía en grititos angustiados por la suerte del aterrorizado almuerzo, que se convertían en chillidos de indignación cuando veía a alguien del público, impaciente por contemplar el desenlace de la escena, dar golpecitos en el vidrio para despertar a la serpiente, que, adormilada, no se había dado cuenta aún de la apetitosa compañía que le había caído del cielo. Yo entendía el disgusto de mis novias, pero a los que reclamaban que el reptil se llenara la panza no les faltaba razón: el mismo derecho a subsistir asistía a la serpiente que al conejo, aunque no tuviese las orejitas lanudas y la mirada aterciopelada de este. Yo me limitaba a observar la escena sin tomar partido, con espíritu científico, en espera de acontecimientos. Y los acontecimientos eran que, indefectible y gloriosamente, el ofidio se zampaba al conejo, con orejas y todo. También me interesaban mucho los espectáculos acuáticos, con los delfines como protagonistas. Nos sentábamos en unas gradas abarrotadas, comiendo altramuces o tiras de coco, y admirábamos las evoluciones de los cetáceos, que brincaban a una altura espectacular, o pasaban por aros muy estrechos, o caminaban por el agua, como Jesucristo. De niño, pensaba que aquello era fruto de su inteligencia natural y su afinidad con el ser humano, y que lo hacían gratuitamente. Pero no: lo hacían porque los cuidadores, siempre al borde de la piscina con un cubo lleno de pescado, les daban una sardina después de cada pirueta. Aquello era, técnicamente, un soborno: la retribución justificaba el acto, y comprenderlo me decepcionó. (Todos los animales que nos prestan algún servicio, empezando por nuestros queridos perros y gatos y acabando por los halcones cetreros, obran por la misma razón, y, pensándolo bien, también nosotros, los trabajadores asalariados, lo hacemos). En el zoo había muchas especies animales que no me atraían nada: los pájaros, por ejemplo, siempre difíciles de avistar, y tan pasivos como todos los demás. Aunque los más grandes, como los buitres o los cóndores, sí me impresionaban; y también el aviario de red en el que se encontraban, una gran malla que permitía ver sus breves pero majestuosos aletazos (y de las que luego he visto ejemplos aún más grandiosos, como la que flanquea el paseo del Regent's Canal, en Londres, en la que viven aves que parecen pterodáctilos). Cuando el cóndor volaba —aunque era un vuelo cortísimo—, se me hacía presente Víctor Jara y pensaba: el cóndor pasa. Era un momento emocionante. El último de mis mejores recuerdos del zoo es de algo no animal, y ni siquiera vivo. En el centro del parque se encuentra la Dama del paraguas, la escultura de una mujer que, bajo un antucá un parasol, en realidad, no un paraguas, extiende la mano para comprobar si aún llueve. La esculpió Joan Roig i Soler en 1884 para la Exposición Universal de 1888 y, aunque al principio concitó las críticas de los barceloneses, que la consideraban demasiado banal para un entorno tan regio (le pasó lo mismo a la torre Eiffel, que despertó las iras de los parisinos, que la veían como un monstruo de hierro, una infamia estética desacorde con la grandeur de la capital), acabó siendo aceptada después como otro icono de Barcelona. Copito de Nieve y la Dama del paraguas: dos imágenes imperecederas de un zoo que está a punto de perecer, que ha perecido ya. 

miércoles, 8 de mayo de 2019

Mi padre

Acaba de aparecer en Ediciones Trea mi más reciente libro de poesía, Mi padre, un conjunto de poemas en prosa muy breves algunos tienen una sola línea; el más largo, once, cada uno de los cuales recoge un recuerdo de mi padre, muerto hace 30 años. Sé que no son todos los que guardo de él, pero sí una gran mayoría. Después de tanto tiempo, ignoro si son muchos o pocos. Tampoco quiero averiguarlo. Igualmente, sé que es un libro de poesía, aunque a veces crea que no lo es. Álvaro Díaz Huici, el editor de Trea, al que agradezco su labor y su hospitalidad, lo ha publicado en la colección de poesía, aunque a veces —sospecho tampoco crea que lo sea. Hablar del padre, aun en la forma literaturizada de un libro de poemas, nunca es fácil. Freud lo tenía claro. No obstante, la literatura española y me parece que también otras está conociendo un auge de lo que podría denominarse "literatura filial", esa con la que los escritores ajustan cuentas a veces con la crítica, a veces con el ensalzamiento con sus progenitores. Manuel Vilas ha obtenido un éxito clamoroso con Ordesa, en el que, al parecer —yo no lo he leído—, hace un retrato de su padre en la España de los años 60 y 70. Jesús Aguado publicó en 2016 un extraordinario Carta al padre, calcando el título del, probablemente, mayor clásico de esta singular modalidad autobiográfica, escrito por Franz Kafka. Y María Baranda, en México, ha dado a conocer en 2018 un brillante poemario, Teoría de las niñas, en Vaso Roto, cuya figura central es asimismo el padre, figura solar, dibujante y filósofo, creador de la risa y el lenguaje. Son unos pocos ejemplos de esa reviviscencia que me parece advertir, y que acaso crezca en años venideros. Mi padre se aleja, radicalmente, de todo lo que he escrito hasta ahora. Y tampoco sé por qué. Quizá lo más íntimo, lo más desnudamente arraigado (y supurante) en nuestra psique, exija una desnudez igual de las palabras, que refleje todo su peso, todo el amor y la suciedad que lo constituyen. Escribí el libro en Mérida, a principios del año pasado. Vivía solo y me sentía solo. Lo pergeñé en unos pocos días, yo, que tardo meses y meses en alumbrar y, sobre todo, en corregir los versos que escribo. Otro hecho insólito en mí. Mi padre quiere ser poesía de los hechos, poesía objetiva, de tiralíneas (por sinuosas o quebradas que sean las líneas), sin follaje, bulliciosamente seca. Lo extraño es que esta astringencia recaiga en algo tan contradictorio, tan claroscuro y laberíntico como la relación con el padre. En la composición del libro, he eludido el pudor. El pudor es uno de los grandes enemigos de la literatura. Y lo he hecho porque necesitaba la crudeza para desprenderme del dolor, o de la vergüenza. Aunque no del todo, claro. Nunca abatimos del todo nuestros sentimientos, ni construimos relatos sin veladuras. El solo hecho de construirlos ya es una veladura: la selección de lo narrado y la retórica, toda retórica, incluso la muy delgada, la casi transparente (ninguna lo es del todo), queratinizan y ensombrecen. Por despojada que sea la exposición, o que haya querido serlo, exponer es disfrazar. De lo que se trata es de que el disfraz sea fidedigno: un artificio que transmita verdad. Mi padre fue un hombre modesto, hijo irremediable de su época: bélica y sórdida, pero también esperanzada. Inteligente, sin estudios pero muy lector, machista (como la sociedad en la que se crio), desclasado (fue, como tantos, un proletario que aspiraba al bienestar burgués y se identificaba con los valores de quienes lo explotaban), bienhumorado, malhumorado, frágil pese a su corpulencia y su rotundidad, locuaz, desventurado. Siempre durmió bien, a pesar de las estrecheces de la familia. Ejerció la paternidad responsable y solo tuvo un hijo, porque no podía mantener a más, aunque habría preferido que fuera una niña, porque, como dice uno de los poemas del libro, las niñas cuidan mejor a sus padres cuando son viejos. Pero él no llegó: murió joven, a los 63 años. Yo tenía 26. 

Estos son algunos de los poemas del libro:

Mi padre me llevaba al mercado de San Antonio los domingos por la mañana a comprar libros viejos. Siempre regateaba con los vendedores. Los puestos, cochambrosos, olían a ceniza. Luego, nos tomábamos unos boquerones en un bar.

Mi padre gastaba Floïd.

Mi padre me llevaba a la ermita de Chalamera por un camino pedregoso, que apenas era ya camino. Entre jaras y romeros, me hablaba de la bóveda de cañón, del arco de medio punto y de los pantocrátor. Prefería el románico al gótico.

Me pregunto si mi padre tuvo amantes. 

Mi padre conservaba con orgullo un libro de Álvaro de Laiglesia, Una larga y cálida meada, que el autor le había dedicado sin preguntarle siquiera el nombre: «A mi amigo el del bar, con afecto». Entonces mis padres tenían un bar. Luego tuvieron una papelería. Yo he heredado el libro.

Mi padre recordaba que uno de los oficiales que le mandaba en la mili, el teniente Lamarca, voluntario en la División Azul, había saltado de la trinchera nevada en Krasni Bor y atacado a los rusos con un palo. 

Mi padre guardaba algunas revistas pornográficas suecas en lo alto de un armario.

Por mucho que me esfuerce, no consigo recordar nada más de mi padre.

Mi padre se llamaba Abel.




Mi padre 
Eduardo Moga 
Ediciones Trea
Colección: Poesía
Edición en papel 
Formato: 12 x 16,7 
Páginas: 120 
Peso: 0.1 
ISBN: 978-84-17767-33-4 
Año: 2019 
Precio: 14,00 €

viernes, 3 de mayo de 2019

Por qué no me gustan los políticos

De un tiempo a esta parte, vengo experimentando una creciente aversión por los políticos; no por la política que me sigue pareciendo tan importante como siempre: si no la ejerce uno, la ejercerán otros por uno, sino por los políticos: por las personas que viven para ella (y de ella). Hace no mucho, esa aversión se concentraba en algunas figuras egregias de la cosa pública. En José María Aznar, por ejemplo, ese campeón del bigote faraónico, del no bigote faraónico, de los abdominales faraónicos, de las bodas faraónicas, del españolismo faraónico, del capitalismo faraónico y de la corrupción faraónica; el faraón de la FAES, vamos, el faraón del fascismo democrático. Aunque era más que aversión: era odio burbujeante, era detestación panóptica; era verlo el rictus cejijunto, el cerebro cejijunto y sentir un deseo incontenible de aullar como un apache y destripar el televisor (que era, por fortuna, el único lugar en el que lo veía) a patadas o navajazos. Sin llegar, ni mucho menos, a extremos tan destructivos, y con las excepciones de rigor, he percibido que mi estima por los políticos se ha desplomado, con independencia de su mayor o menor cercanía a mis propias ideas. El derrumbe se ha visto favorecido es obvio por este carrusel electoral en el que nos encontramos desde hace varios años y que seguirá zarandeándonos, como mínimo, hasta el próximo 26 de mayo. Las urnas excitan lo peor de los políticos: mienten a destajo, insultan a cascoporro, sonríen siniestramente, besan niños, esgrimen banderas (y atizan con ellas), gritan, se juntan con indeseables, dicen Diego donde dijeron digo, solo ven españoles, juegan al dominó con los jubilados de Villanueva del Pardillo, hablan del Frente Popular y la Antiespaña o cantan Puente de los franceses. Y todo eso, y mucho más, me ha llevado a un estado de turbación enfermiza, de misantropía militante, en la que, a veces, ya solo deseo vivir en una isla desierta (que se autogestione) o practicar el budismo zen. Soy consciente de que las diatribas homogeneizadoras contra los políticos abonan el nihilismo de taberna y promueven el malestar que ha conducido a engendros como BOX (no es errata). Por eso, tras días preguntándome por las causas de tanta antipatía, expongo a continuación las que he podido identificar, para que no se entienda como un sarpullido de populismo o una explosión de mal humor, sino como una reacción comprensible a una situación lastimosa. En primer y fundamental lugar, los políticos, todos, viven en la certeza. La certeza de que sus ideas son las mejores para el bienestar del país y del mundo, y para la felicidad de sus habitantes; más aún: no son solo las mejores, sino las únicas: conforman un bloque infalible cuya verdad es inmune a toda otra verdad posible o imaginable. Y nada de lo que hagan los demás supondrá nunca ningún beneficio para la comunidad; nada de lo que digan será jamás sensato ni provechoso. Los programas electorales son catecismos; los argumentarios de los partidos, charlas de parroquia; los mítines, eucaristías; y todos, expresiones de lo sagrado, de lo inmutable, de lo que no admite duda. Pero a mí esa certidumbre radical me da grima. Y arcadas. Y miedo. Las únicas certidumbres son que hemos nacido y que tenemos que morir. La única certidumbre es la incertidumbre. Yo cada vez sé menos. Cuanto más aprendo, si es que aún aprendo algo, menos seguro estoy de nada. Los principios, los valores, los conceptos que en algún momento de mi vida he creído inmodificables, a salvo de la permanente subversión que es vivir, viven, cada día que vivo, sometidos al escrutinio de la duda. No hay noche en que, al acostarme, no me pregunte si aún subsiste algo de lo que he sido, si aún creo en algo de lo que creía, si todavía soy yo. Paradójicamente, esta incertidumbre procaz me sosiega, acaso porque me instala en la única humanidad deseable: la que acepta y asume su fragilidad, su desnudez y su nada. Los políticos, en cambio, viven obscenamente en lo contrario: en la afirmación incontrovertible, en una omnisciencia casi divina (Dios: el político del universo), en lo absoluto, lo cual, dada su, en general, cortedad de miras (y a menudo de luces), ni siquiera se transforma en una construcción ordenada, sino en una sarta de vulgaridades, limítrofes con el rebuzno, cuando no con el matonismo. Y eso no solo es un error, sino algo aún peor: una grosería. Y este es el segundo motivo por el que me repelen los políticos: su manejo del lenguaje, cuyo buen uso, cuyo uso veraz, para un ser lingüístico como yo, resulta primordial. En sus labios, el lenguaje ese mecanismo privilegiado por el que experimentamos y compartimos la emoción de estar en el mundo, y con el que vivimos, en la intimidad de la conciencia, la perturbadora condición de seres transitorios y desvalidos  se convierte en un no lenguaje: un código que no obedece a la experiencia genuina de la vida, sino a los dictados del prejuicio, la conveniencia o el miedo. El lenguaje ya no vehicula las verdades (o las mentiras) palpitantes del ser, sino esas verdades (o mentiras) exoesqueléticas en las que el político está enrocado, que le sirven de coraza y madriguera. El lenguaje se convierte en un arma, y un arma rudimentaria, como el garrote de un Neanderthal: despoja a las cosas de sus matices y su hondura, de sus colores cambiantes, de su latido, y las deja convertidas en pellejos, que se usan como látigos. Ya no significan lo que significan, sino, como en Alicia en el país de las maravillas, lo que quiere el que las manipula que signifiquen. Ya no pretenden establecer un espacio común en el que cada cual deposite su realidad singular, la verdad parcial, individual, que contribuya a la creación de una verdad intersubjetiva apta para todos, y respetuosa con todos, sino que actúan como baluartes, como aristas, como certezas aquí las tenemos otra vez inconmovibles. El lenguaje de los políticos pone el lenguaje no al servicio de los hombres (y las mujeres), sino al de su temor, su ceguera o su codicia. El lenguaje de los políticos niega la complejidad del lenguaje y, a la vez, su sencillez esencial; niega su pulsión de cosa viva; niega sus recovecos y sus contradicciones. Por último, pero no por ello menos importante, los políticos incumplen muchas de las exigencias de la buena educación. Y no solo porque alguno, como cierto chulopiscinas criptofalangista, omita el elemental deber de felicitar al ganador de las elecciones (por primera vez en la historia democrática de España, y creo que en la del mundo), sino porque todos hablan bien de sí mismos y mal de los demás. A mí, en cambio, me enseñaron que la buena educación que no es otra cosa que la represión del yo empieza por ponderar las virtudes de los otros y silenciar las propias, sin dejar de practicarlas. Cuanto más se empeñan las redes sociales y los planes de enseñanza en destruir la buena educación que no solo incluye eso que antes se llamaba urbanidad o buenos modales, sino también, y sobre todo, una actitud de respeto existencial: del reconocimiento y abrazo del otro—, más necesaria se me antoja: para que la vida sea más amable y para que la ética de las formas facilite la ética de las cosas. Este egocentrismo repulsivo empeora, a menudo, en un endiosamiento intolerable: el político se cree algo más que el mero gestor público que es: alguien a quien autorizamos con nuestros votos y pagamos con nuestros impuestos para que nos represente durante algún tiempo y ejerza, en nuestro nombre, la administración de la comunidad. Nada más. Los políticos no son, ni pueden ser, en una sociedad democrática, mesías ni salvadores: solo apoderados, que obran con probidad, se expresan con modestia, rinden cuentas y abandonan el cargo, por decencia y porque así se lo exigen las leyes, a la menor equivocación. Y aquí he de volver, ay, a mi añorado Aznar, ese inspector de Hacienda que ha aparecido en algunas fotos disfrazado de Cid Campeador y al que no le parecía de mala educación plantar las botazas en la mesa del rancho del emperador de Occidente, o al tenebroso Abascal, de profesión sus reconquistas, ese trumpito vascongado que pretende inseminarnos de españolía. Si alguna vez asisto a un debate, televisado o institucional, en el que se respeten los turnos de palabra, se expongan razonada y mesuradamente las ideas propias, y se escuche con generosidad a los demás, con la intención de alcanzar alguna suerte de progreso, mejora o conclusión, o si veo a algún político, del partido que sea, reconocer públicamente que otro partido ha actuado bien, o tomado alguna medida beneficiosa, pensaré que no todo está perdido y que los políticos, por fin, han aprendido a no ser unos zotes sin educación, sino unos caballeros (y señoras) dignos de nuestra confianza.

domingo, 28 de abril de 2019

Voces humanas

Acaba de aparecer Voces humanas, de Penelope Fitzgerald, en Impedimenta, con traducción mía. La escritora inglesa es bien conocida en España, donde se ha publicado casi toda su obra novelística, con excelentes versiones de Mariano Peyrou y Pilar Adón, entre otros, y un éxito incuestionable: La librería, que fue llevada al cine en 2017, protagonizada por la guapísima Emily Mortimer, con guion y dirección de Isabel Coixet. Curiosamente, una de sus novelas, A la deriva, transcurre en un barcaza fluvial, una de esas casas flotantes con las que muchos británicos se ahorran pagar los alquileres imposibles de Londres u otras ciudades de las islas (a veces son casi mansiones sobre las aguas, con jardines en la cubierta, bicis a la puerta y casi todas las comodidades dentro), y esa casa flota en el Támesis, en el barrio de Battersea, donde también viví yo dos años. Más curiosamente todavía, Terence Dooley, mi traductor al inglés, es yerno y albacea de Penelope y gran conocedor de su obra; por eso ha firmado el epílogo o postfacio de varios libros suyos, todos ellos aparecidos en Impedimenta: Inocencia, El inicio de la primavera y La flor azul. Voces humanas cuenta varias historias entrelazadas, que se desarrollan en la sede de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial. El principal personaje del conflicto es la propia BBC: su política informativa, sus problemas de organización, sus necesidades de personal, sus sacrificios y sus errores. Penelope Fitzgerald habla con conocimiento de causa, porque trabajó en ella durante la guerra. Por eso sus descripciones son vívidas y sus personajes, creíbles. Su experiencia le permite desentrañar, y exponer a nuestros ojos, los recovecos, a menudo tortuosos (y también risibles), de una organización tan grande y compleja como la British Broadcasting Corporation. La novelista expone la decisión del Ente (he preferido traducirlo así, en lugar de "Corporación", porque el lector español, habituado al Ente Radiotelevisión Española, identificará la referencia más fácilmente, me parece) de decir la verdad, es decir, lo que realmente ha pasado, aunque eso vaya contra la lógica propagandística de la guerra. Y, dicho sea de paso, no vendría mal, en estos tiempos que corren, que esa política tan elemental, pero tan irreprochable, se aplicara, con igual radicalidad, en la vida pública de los países, empezando, ay, por el nuestro. Cuenta, asimismo, las relaciones que se establecen entre los diferentes personajes del libro: profesionales, desde luego, pero también y, sobre todo, sentimentales: varias historias de amistad y una de amor, comedida pero pujante, atraviesan la novela. El relato fluye con sorprendente naturalidad. Y digo "sorprendente" porque, cuando el escenario de una historia es la guerra —en Voces humanas, los devastadores bombardeos alemanes de Londres en 1940—, es fácil dejarse llevar por la grandilocuencia y la épica. Fitzgerald narra con precisión y sutileza, sin excesos de ninguna clase. Su estilo es radicalmente inglés: delicado, indirecto y, por supuesto, irónico. El humor recorre Voces humanas como una hebra que lo hilvanase todo, aun lo trágico y lo perverso. El efecto —sin duda perseguido, aunque inconscientemente perseguido— de este conjunto de rasgos —que son, en realidad, técnicas— es restar dramatismo a lo expuesto, para que aflore el dramatismo genuino, sin adulterar, de la situación. A los ingleses, en general, y a los narradores ingleses, en particular, les molesta hasta la exasperación significarse demasiado: es de mala educación. No deja de ser paradójico que algo que pretende configurar un significado —y un significado, además, que produzca una emoción estética— no quiera significarse, pero es que los ingleses son paradójicos. Se trata, en su caso, de decir sin que se note que se ha dicho. Se trata de que lo dicho se afirme sin el artificio de la afirmación: sin los ornamentos, apoyaturas o envoltorios que moldean —que dan volumen— al enunciado, o, por lo menos, sin que se perciban demasiado. Por eso mismo, apenas hay asomo de heroísmo en los personajes: asumen lo que no les queda más remedio que asumir —las explosiones, el racionamiento, las dificultades en el transporte, los rigores horarios—, con la resolución última (y feroz, sin duda) de oponerse al enemigo, pero en sus actos diarios eso no se manifiesta en soflama ni hipérbole alguna. Al contrario: una estoica, enternecedora y a veces sórdida humanidad trasmina por doquier: hay quien bebe demasiado; hay quien es torpe; hay quien se siente un genio incomprendido; hay viejas glorias y jóvenes ambiciosos; hay secretarias cotillas; hay afinadores de pianos que mueren jóvenes y dejan huérfanas a sus hijas adolescentes; por haber, hay hasta un general francés, que se ha hecho rico y famoso con las carreras de caballos, que exhorta a los ingleses a rendirse, como se han rendido los franceses. La cotidianidad —contrahecha por la guerra, pero cotidianidad al fin y al cabo— se despliega con todas sus minúsculas turbulencias, con la rara luz de su pequeñez, agrandada por las esperanzas y el dolor de los sufridos londinenses. Sin gritos, sin inmortalidades. La traducción ha sido exigente: la prosa de Penelope Fitzgerald parece fácil, pero lo es a costa de una gran elaboración subyacente. La polisemia y la elipsis, las alusiones veladas y la agudeza sutil, entre otros mecanismos lenitivos, conforman un texto de engañosa transparencia, en el que muchas cosas se dilucidan por debajo, o en los márgenes, de lo enunciado. A ello se suman dificultades específicas, y casi todos los libros tienen alguna: en este caso, el lenguaje de la radio de hace 80 años —aparatos, vehículos, procedimientos—, que me resultaba completamente ajeno. Espero haber sido capaz de resolver los problemas gozosamente planteados por Penelope Fitzgerald y de volcar el excelente conjunto que es Voces humanas en una versión persuasiva y sugerente, que, sin error ni pérdida, suene en castellano como si Penelope la hubiera escrito en nuestro idioma. 





Colección Impedimenta
Rústica con sobrecubierta
Formato: 13 x 20 cm
ISBN: 978-84-17553-08-1
IBIC: FA
Páginas: 208
PVP: 19,95 €

lunes, 22 de abril de 2019

Muertos y libros en Hoyos

Mi suegro murió el diciembre pasado. Hoy vamos al cementerio de Hoyos, donde está enterrado. Ángeles quiere ponerle unas flores. El cementerio de Hoyos es como casi todos los cementerios de pueblo: pequeño, rústico, floral. Aunque no tan pequeño, en realidad: cubre, rectangular, cierta extensión de terreno a la entrada del pueblo, cerca de una quesería. Normalmente, si uno quiere entrar, ha de pedir la llave en el ayuntamiento, pero estos días de Semana Santa las puertas quedan francas. La verja se abre con dificultad: rasca en el suelo. En el centro del camino principal se alza el cubo de la ermita de San Sebastián, donde a veces se celebran oficios. A su lado y a la izquierda se encuentran las gruesas flechas de dos cipreses, cuyos troncos son un anudamiento de troncos menores, como gigantescos cables eléctricos de fibras entrelazadas. En Roma, los cipreses eran árboles de bienvenida. La gente los plantaba a la entrada de sus villas para anunciar la alegría de la hospitalidad y la civilización. El cristianismo se apoderó de la criatura y, por su forma, que apuntaba al cielo, lo transformó en símbolo de la salvación de las almas, que escalaban a la gloria desde los pudrideros de la tierra. El cristianismo es una religión plagiaria; es el diógenes de las religiones: casi todos sus rituales y mitos —desde la Navidad hasta el diluvio o la crucifixión, pasando por los cipreses— provienen de otros credos o culturas, esquilmados sin disimulo. Llegamos hasta el nicho donde descansa Alfonso, cuyas hijas han hecho inscribir en la lápida, bajo las fechas de nacimiento y muerte, un escueto "cirujano". No hay más lemas ni inscripciones. No hacen falta. Me gusta así. Y recuerdo la tumba de Tolstói, donde solo se lee "Tolstói". La vocación y la vida de mi suegro fueron esas: operar, remediar, curar. Y, en cuarenta años de ejercicio médico, curó a muchos, ciertamente. A no pocos —algunos, reventados por las bombas de ETA— les salvó la vida. A Ángeles le ha costado encontrar las flores adecuadas. En realidad, son unas plantas crasas, que florecen raramente, pero que se mantienen vivas y frescas siempre: una reúne varios tallos espigados, que se elevan como cipreses exiguos. Las ha comprado en Moraleja. Mientras ella arregla el nicho y reza unas oraciones, yo paseo por el camposanto, leyendo nombres y despedidas, y viendo las fotografías de los enterrados que sus deudos han colocado en las lápidas. En esto, me incomoda el barroquismo y la demasía. A la muerte hay que acogerla con parquedad y, si es posible, hasta con indiferencia. No vamos a darle encima la satisfacción de que vea cuánto nos importa su presencia. Aquí, en cambio, las estelas son reventonas: de nombres, fechas, Cristos, vírgenes, ángeles, parentescos, fotos, frases (plagadas de faltas de ortografía), jarrones, flores, coronas fúnebres, más fotos, más frases, más flores, más coronas. Uno se imagina el agobio del difunto, dentro. Reparo en muchas caras: campesinas, arrugadas por el sol y el trabajo, unas; o de cuando el finado era joven, otras. Caras con gafas grandes y cuadradas, con nudos de corbata grandes y cuadrados, con peinados grandes y cuadrados. En las fotos de los muertos, nadie ríe. Todos miran muy serios, muy tiesos, a la cámara, anticipando quizá el lugar desde el que contemplarán, muertos para siempre, a quienes van camino de serlo. Entre los nombres, abundan los Eufrasios, los Nicomedes, las Patrocinios (y dos nombres que se me antojan especiales: Longinos, como el del soldado que alanceó a Cristo en el costado, y Asterio, que me recuerda irremediablemente al Asterión del cuento de Borges). Y entre los apellidos, dos muy comunes en Hoyos, y esta vez muy eufónicos: Montero —el de Alfonso y Ángeles— y Valiente. También leo alguno inquietante: García Martín. Y el apellido de una bisabuela italiana de Ángeles, que tiene a muchos parientes enterrados aquí: Axerio. Quizá de ella provengan los ojos claros y los cabellos rubios de la familia. Al salir, vemos, a la derecha, una ampliación reciente del cementerio. Un gran espacio tapiado espera a los nuevos muertos. Las paredes son de ladrillo, y cada ladrillo parece un nicho en miniatura, una representación a escala del difunto que vendrá. Un anillo de castaños copudos rodea la necrópolis. En algún rincón canta un mirlo. Cerramos con esfuerzo la verja de entrada y nos vamos a comer. No tenemos mucha hambre, pero es un trámite que hay que cumplir. Por la tarde, visitamos en su casa a nuestros amigos Toña y José Antonio. Toña me regala un montón de libros de poesía en inglés que ha encontrado en un contenedor del pueblo. En la Sierra de Gata han vivido, y siguen viviendo, varios escritores británicos. Se conoce que alguno ha hecho limpia de la biblioteca y no ha encontrado mejor forma de deshacerse de los libros que tirarlos a la basura. Ah, los ingleses ya no son lo que eran. Aunque tampoco los españoles podamos presumir de nada. En el pueblo de Gata, muy cerca de aquí, se dio hace tres años una situación parecida: en un contenedor de reciclaje (al menos, el autor de la masacre tuvo el escrúpulo de aprovechar el papel) apareció un montón de libros, de los que sospecho se desprendió el bibliotecario de la localidad, que ya no debía de saber dónde ponerlos. Pero no saber dónde ponerlos no es razón para tirarlos, y menos un bibliotecario, que es un profesional de las letras y que debería estar comprometido con la cultura. Entre aquellos libros había títulos destacadísimos y ediciones no desdeñables, como demostraron los vecinos que, escandalizados por la dilapidación, los fotografiaron y se los quedaron. Hicieron muy bien: la dignidad de su gesto contrastó con la vileza del dilapidador. Yo escribí un artículo en el Hoy denunciando aquel desatino, "Biblioclasia gateña". Algo similar, pues, ha pasado en Hoyos. Toña me cuenta que los libros se metieron en cajas y se trasladaron a la Casa de Cultura, para que los vecinos se llevaran los que quisieran. Ella, pensando en mí, rescató títulos señalados de poetas clásicos ingleses, como Wyatt, Tennyson, Pope, Dryden o Wordsworth, y también de importantes autores contemporáneos en lengua inglesa: William Carlos Williams —Patterson—, Edward Muir, Robert Duncan o Margaret Atwood. En el lote va la poesía reunida de John Betjeman, un poeta inglés muy conservador por el que no siento ningún interés, pero que no rechazo: no es cortés rehusar un regalo, Betjeman es un escritor relevante y un libro siempre es un libro. Toña añade que aún quedan cajas con libros en el vestíbulo de la Casa de Cultura, aunque muchas menos que al principio. Me alegra que mis convecinos se hayan lanzado a vaciarlas, aunque lamente, pro domo mea, tanto botín desaparecido. De regreso a casa, me asomo a los restos y, para mi sorpresa, todavía descubro títulos que valen la pena: un estudio sobre Delft, la patria de Vermeer, uno de mis pintores favoritos, con espléndidas fotografías de sus cuadros; una monografía sobre los cementerios londinenses, por los que tanto paseé durante mi estancia allí (titulada Londinenses permanentes; si escribiera yo uno sobre el cementerio de Hoyos, lo titularía Soyanos permanentes); un ensayo sobre Kim Philby y la fascinante saga de espías cantabrigienses del siglo pasado; media docena de novelas de Evelyn Waugh, aquel escritor antimoderno con nombre de mujer; varios interesantes poemarios, de Danny Abse y Peter Porter; y un libro delicioso, Enemies of Promise [Enemigos de la promesa], de uno de los mejores críticos literarios del siglo, Cyril Connolly: la edición, de Penguin, es de 1961, aunque el libro apareciese en 1938, y llena la cubierta la cara rechoncha, algo batracia, de Connolly, cuyo nudo de la corbata no es ni grande ni cuadrado, sino un Windsor irreprochable. Salgo de la Casa de Cultura sosteniendo una inestable columna de libros entre las manos y la barbilla, y me encuentro, a la entrada, con un coche de la Guardia Civil. Por fortuna, no me espera a mí. La guardia al volante —no veo a su compañero: yo pensaba que los miembros de la Benemérita iban siempre en pareja— habla con un grupo de chicos sentados en las escaleras de entrada del Centro de Recursos del Profesorado, que, cuando he llegado yo, parecían estar liándose unos porretes. "No me la vayáis a montar, ¿eh?", les dice la guardia. Luego pone en marcha el vehículo, que, con todas las luces encendidas, parece un árbol de Navidad, y se dirige despacio a la plaza Mayor. Yo la sigo, luchando por que no se me desmoronen los libros.

jueves, 18 de abril de 2019

Cristianos, musulmanes y, sobre todo, judíos

Hoy visitamos el Museo Judío de Mánchester. La comunidad judía ha sido tradicionalmente importante en esta región (aunque, en la actualidad, 250.000 judíos de los 350.000 que viven en la Gran Bretaña residen en Londres) y nos apetece conocer algo más de sus circunstancias y su historia. Enfilamos por la Chetham Hill Road, una calle fea, llena de almacenes, talleres mecánicos y solares sin destino discernible, en cuyo número 198 se encuentra el museo, y nos cruzamos, poco antes de llegar, con la iglesia de San Chad, el templo católico más importante de Mánchester, erigido, en estilo neogótico, a mediados del s. XIX. Como Ángeles y yo somos constitutivamente incapaces de pasar por una iglesia sin visitarla, flanqueamos el coqueto cementerio que le sirve de jardín y entramos en ella. Pero no podemos pasearnos a nuestras anchas, porque es hora de misa. Yo me doy la vuelta institivamente para salir, pero Ángeles me pide que nos quedemos "cinco minutos", atenúa. Hay tres buenas razones para irme: primera, soy ateo; segunda, soy antirreligioso; y tercero, habiendo sido alumno de un colegio de curas once años, ya me he chupado suficientes misas como para, a pesar de las razones primera y segunda, haberme ganado con creces el cielo. Pero aún hay una razón mejor para quedarme: Ángeles quiere que me quede. Así que me quedo. Nos sentamos en un rincón de la última fila y disfrutamos del espectáculo. (Ángeles aprovecha también para persignarse un poco). La iglesia es elegante, suena un hermoso canto gregoriano que no parece enlatado, aunque no vemos el coro y el cura combina el queen's English con un notable sentido musical, que le permite entonar armoniosamente los salmos que lee. El sacerdote, además, se ha subido al púlpito para cantarlos y sahumarnos con incienso. Los rayos de sol que se filtran por las vidrieras iluminan el estrado y otorgan al misacantano, nimbado por las volutas del incienso, un aura sobrenatural. Pese a la impactante imagen, los oficios religiosos me dan sueño, y este no es una excepción. En las rarísimas ocasiones en que asisto a uno, no puedo evitar recordar el inmortal sketch de míster Bean en la iglesia anglicana, más aún, no puedo evitar sentirme como míster Bean, aunque no lleve caramelos en el bolsillo. Por eso suelo marcharme antes de que el sermón surta su efecto narcótico y me deje en evidencia ante la feligresía. Así lo hago también hoy, arrastrando a Ángeles. Muy poco más allá, llegamos al Museo Judío, que ocupa la sinagoga española y portuguesa, construida en 1874 por un arquitecto de origen sefardí, Edward Salomons, que la llenó de arcos moriscos y, como indica la cartela de entrada, "motivos sarracenos". El templo atendía a las necesidades espirituales de una comunidad judía muy numerosa en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, atraída por las necesidades fabriles y financieras de una región industriosa. En esa comunidad había personajes relevantes, como el primer presidente del Estado de Israel, Chaim Weizmann, que vivió en Mánchester entre 1904 y 1917. Visitamos primero la planta de la sinagoga, de la mano de una solícita voluntaria judía, claro que nos aclara numerosos conceptos de la religión y la cultura hebreas. La sinagoga, nos cuenta, está orientada ("más o menos", matiza) hacia Jerusalén, igual que las mezquitas apuntan a La Meca. (Pienso que las sedes católicas no se construyen hacia Roma ni hacia ningún lado, y me pregunto el porqué de esta desorientación geoteológica). Se divide en una planta principal y un anfiteatro (aunque no estoy seguro de que sea esta la palabra que utiliza, que me suena irreverente, por teatral, para referirse a una misa), reservado para las mujeres. La razón por la que se las separaba, prosigue, era para que su presencia es decir, sus cuerpos no distrajera a los fieles. Es, de nuevo, el mismo motivo por el que hombres y mujeres se mantienen también separados en las mezquitas (y, hace mucho tiempo, en las iglesias). La guía nos enseña el arca (hekhal) en la que se guardan las torás, hechas de pergamino, los objetos más sagrados de la sinagoga. Son tan sagrados que los dedos humanos no pueden tocarlos: se guardan en bolsas o cajas de metal o de madera y, cuando se leen, quienes lo hacen siguen las líneas con un puntero rematado por una manita con un dedo extendido. Encima del arca lucen las tablas de la ley, con los diez mandamientos; encima de estos, la luz eterna (ner tamid), que simboliza el fuego que se mantenía siempre encendido en el Templo de Jerusalén; y encima de todo, una enorme vidriera con una menorah, o candelabro de siete brazos, en el que consta inscrito el salmo 67, ese, hermoso como todos los salmos, que reza, en la versión de Reina-Valera: "Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros; Selah. Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación. Te alaben los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te alaben. Alégrense y gócense las naciones, porque juzgarás los pueblos con equidad, y pastorearás las naciones en la tierra; Selah. Te alaben los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te alaben...". Ni en esta ni en ninguna otra vidriera del templo hay figuras humanas. En una nueva coincidencia con el islam, la representación humana está prohibida, aunque solo allí donde haya hebreo escrito. Nos acercamos a continuación a la tebah, el estrado en el que se lee la Torá. Y vaya si se lee: todos los años de principio a fin, a razón de un fragmento cada semana (y tiene 52, como semanas el año). El judaísmo es una de las tres religiones del Libro (y la más pequeña de ellas en número de fieles), pero, sin duda, la que más atiende a su condición de libro: de palabra que ha de ser dicha, meditada y debatida, y vuelta a decir, a meditar y a debatir. Al pie de la tebah se exponen, entre otros objetos, mezuzahs (que deberían estar a la entrada de todas las habitaciones de la casa, menos el baño, pero que suelen reservarse para la entrada principal), tefillins (esas cajitas negras que los ortodoxos se ponen en la frente y el brazo, que contienen fragmentos de la Torá, y que tanto se parecen a un tintero) y las fajas y chales que visten los hombres en los oficios, cuyos flecos representan las nada menos que 613 leyes que los judíos deben respetar, si quieren que el Mesías vuelva. La prescripción es terrible: Dios solo regresará al mundo si todos los hijos de Israel las cumplen sin tacha. De estas leyes, la amable guía se preocupa por explicarnos algunas de las referidas a la comida. El régimekosher es muy estricto y está lleno de prohibiciones: los judíos, por ejemplo, no pueden mezclar carne y leche, ni comer marisco, ni carne de animales que no tengan más de un estómago y la pezuña hendida, ni insectos (menos cuatro tipos de langostas): así, los ultraortodoxos ni siquiera comen espárragos, porque no pueden estar seguros de que no escondan insectos. La lista de restricciones es pintoresca e interminable. Siempre me he preguntado qué tendrán que ver todos estos ritos, gastronómicos o de cualquier otra naturaleza, con la existencia de Dios o su gobierno en la Tierra; qué relación guarda mezclar la carne y el queso con hacer el bien, o practicar la compasión, o salvarse o condenarse. Le pregunto a la guía qué pasaría si un judío vulnerase alguna norma kosher, si se zampara una hamburguesa con queso, por ejemplo. La mujer, azorada, no me da una respuesta clara. Dice que el judío infractor sufriría mucho —sí, eso puedo imaginármelo— y que iría corriendo a hablar con su rabino, aunque no especifica cuál sería el cometido de este: ¿amonestarlo?, ¿castigarlo?, ¿hacerle prometer no volver a hacerlo?, ¿perdonarlo? Porque ¿cómo quitarle a alguien de encima la abrumadora culpa de ser el responsable, por haberse comido una hamburguesa con queso, de que el Mesías no vuelva a la Tierra? Los judíos carecen del utilísimo sacramento de la confesión, y eso debe de causarles, en momentos de tribulación, una angustia indecible. Los católicos, en cambio, lo tienen fácil: se lo cuentan a su rabino, que es el cura, y este, pronunciando unas palabras mágicas, los absuelve de todo mal: así se quedan tranquilos y ya pueden volver a pecar. Es muy práctico, y no entiendo cómo una institución tan ventajosa no se ha extendido a los demás credos del mundo. Acabada la visita a la sinagoga propiamente dicha, subimos al primer piso (a las galerías que antes ocupaban las mujeres) y vemos los textos, fotografías y objetos cotidianos que dan cuenta de la vida de la comunidad judía mancuniana a lo largo de los siglos. Es de agradecer que uno de los primeros datos que se nos proporcione sobre la historia de los hebreos en Inglaterra sea que el rey Eduardo I los expulsó de su reino en 1290, dos siglos antes de que los Reyes Católicos hicieran lo propio con sus israelitas. Casi todos los países europeos han perseguido, matado y expulsado a los judíos a lo largo de los siglos, a menudo con más encono y crueldad que Sefarad, pero, curiosamente, es España la que carga con el sambenito de la Inquisición y el peor antisemitismo, que, si bien fueron ciertos, no fueron peores que los de sus vecinos continentales, donde se cometieron tropelías incalificables. El póster también informa de que los judíos fueron acogidos de nuevo en Inglaterra por Oliver Cromwell en 1656, pero no por un imperativo ético, sino por el acreditado pragmatismo inglés: el astuto Cromwell se dio cuenta de que con ellos mejorarían sus relaciones comerciales con las demás naciones, y mejorar las relaciones comerciales es algo que siempre ha estado bien visto en Inglaterra (hasta el Bréxit). Dos detalles nos llaman la atención en la galería. En una foto de una fiesta judía de los años 20 del siglo pasado, vemos a uno de los invitados abrazar a la vez a dos mujeres, a cada una de las cuales les pone una mano en el pecho. Se conoce que las fiestas judías de los años 20 del siglo pasado eran la repera. Y en la baranda que nos protege de caer, observamos una pieza de metal distinta de todas las demás. Otra ficha nos entera de que el error es deliberado, para recordar a los feligreses que solo Dios puede crear la perfección. Salimos de la sinagoga con hambre, pero no tenemos ninguna intención de buscar un establecimiento kosher. Damos, a escasos doscientos metros, con un restaurante iraní, es decir, musulmán. La comida iraní es comida mediterránea, y eso es siempre una garantía, sobre todo en los países del Norte, donde la tendencia es a atiborrarse de féculas, hidratos de carbono y grasas animales. Entramos, pues, y honramos así, sutilmente, a la tercera religión del Libro. Aquí también tienen prohibiciones: para mi desesperación, no hay cerveza. Pero el agua con yogur y menta que pedimos está deliciosa, y el abgusht que nos atizamos resucitaría a un muerto. De hecho, salimos resucitados.