jueves, 21 de junio de 2018

El Mundial, otro Mundial

Ha llegado el Mundial de Fútbol. Los Mundiales de Fútbol siempre llegan, como Jordi Hurtado o la muerte. El primero del que guardo recuerdo es el jugado en la República Federal de Alemania en 1974. Lo ganó Alemania, la anfitriona (el fútbol ha sido definido como ese juego que juegan once contra once y gana Alemania), pero la selección de nuestros amores míos y de mis compañeros de clase– era la selección de Holanda, la naranja mecánica, que disputó y perdió la final contra los germanos. Aquella tropa de melenudos y fumetas– enfundados en una casaca naranja y unos pantalones blancos, en la que los defensas atacaban, los atacantes defendían y hasta el utillero hacía de delantero centro si era menester, nos tenía cautivados a todos. Yo apenas entendía de fútbol (en los partidos tumultuosamente organizados en el patio del colegio, a mí se me reservaba el misericordioso puesto de portero: tapaba mucha portería y nadie había de preocuparse por que me hiciera un nudo con los pies cuando fuese a tocar el balón y me diera de bruces contra el suelo), pero advertía el entusiasmo de mis compañeros, encandilados por la electricidad de Cruyff, la hombría de Neeskens y la eficacia de Ressenbrink, y me contagiaba de él. Aunque a mí quien más me admiraba por solidaridad profesional, supongo era el portero, Jan Jongbloed, que jugaba con el 8 a la espalda, aunque fuese portero, y más con los pies que con las manos, algo que después se ha vuelto normal, pero que entonces se veía como una excentricidad insoportable. La gente se preguntaba, no sin razón: si el portero es el único jugador al que le está permitido utilizar las manos en el fútbol, ¿por qué este renuncia a ese privilegio y usa los pies, como los demás? (La tragedia se ha cebado con Jongbloed, que vio morir a su hijo Eric, también futbolista, en un partido, fulminado por un rayo, y que estuvo a punto de palmarla él mismo, de un infarto, asimismo en un partido. Se retiró a continuación, con 46 años). La selección de Holanda volvió a jugar la final del siguiente Mundial, el de Argentina, aunque ya sin Cruyff, y volvió a perderla. Fue uno de los mundiales más sombríos, con la dictadura militar echándole su tenebroso aliento a la competición y empujando a la prensa, la organización, los árbitros y los aficionados para garantizar el triunfo de su selección. Y lo consiguió, aunque en la albiceleste no jugara todavía, por decisión de su entrenador, César Luis Menotti, un jovencísimo Diego Armando Maradona. Pero aún me sobrecoge pensar que, mientras en los campos se jugaban los partidos, con gran aparato festivo, en las cárceles y cuarteles se seguía torturando a los presos, y en los vuelos de la muerte se continuaba desapareciendo a los opositores. A la vez que caían los balones a la hierba, caían los cuerpos al Mar del Plata. El Mundial del 82 fue el mundial de España, no por la gran actuación del equipo, sino porque se celebró en nuestro país, al amparo de aquella leyenda del diseño que fue Naranjito, que tanto y tan acertado énfasis ponía en uno de los puntales de la cultura y la historia de España: el sector agropecuario. En lo deportivo, España hizo uno de los papeles más lamentables que se le recuerdan a una selección anfitriona en los campeonatos del mundo: en la fase de grupos, empató con la potente selección de Honduras, perdió con la aún más formidable de Irlanda del Norte y solo ganó a Yugoslavia, gracias a un empujoncito arbitral. En la siguiente fase, volvió a perder, esta vez con Alemania, y empató con Inglaterra, y se quedó fuera de la competición. Tengo para mí que Naranjito era cenizo. Y los hinchas estaban negros. Yo, que entonces estudiaba Derecho, solía quedar con algunos amigotes de la Facultad para ver los partidos. No es que me interesaran demasiado, la verdad, pero era una buena oportunidad para pasar las tardes siendo lo que éramos, sin tapujos, sin vergüenza: unos simios postadolescentes que rebosaban de hormonas, y no lo que nos veíamos obligados a aparentar: futuros profesionales de la ley, responsablemente ocupados en el aprendizaje del Derecho Romano (¡ay, el Iglesias!) y del aún más fascinante Derecho Administrativo. Así, nos reuníamos en el piso de un compañero, nos atrincherábamos en el sofá, frente al televisor, y nos dábamos a la contemplación de aquella lúgubre selección española, mientras saqueábamos las bolsas de patatas fritas, chillábamos como monos aulladores y, si no estaba la hermana del anfitrión, eructábamos y nos tirábamos pedos. Ah, qué tiempos de sana camaradería; ah, el fútbol, cuánto acerca a las personas. Desde aquel Mundial jugado en casa, mi interés por los mundiales de fútbol no ha dejado de disminuir; es más, mi interés por el fútbol no ha dejado de disminuir. A ello ha contribuido mi alejamiento de las espurias seducciones de la infancia y los interesados espectáculos del mundo, pero también el triste desempeño histórico de España en la competición. El papel de nuestro país en los campeonatos ha sido acorde con nuestra luctuosa o anodina realidad, según, y algunas pifias inolvidables lo ejemplifican inmejorablemente: aquel chut de Cardeñosa a los pies del único defensor de Brasil de una portería vacía en el Mundial de Argentina, en el que lo verdaderamente difícil era mandar el balón a los pies del único defensor de Brasil de una portería vacía; o aquel paradón de Zubizarreta contra Nigeria en el Mundial de Francia del 98, que metió el centro raso y flojo de un africano en la propia portería (los porteros de España se han cubierto de gloria en las competiciones internacionales, como ya demostrara Luis Pulpo Arconada en la final contra Francia del Europeo de 1984 y ratificó De Gea hace unos días con una cantada esplendorosa contra Portugal, digna del mejor Karius); o aquel penalti fallado por Joaquín, el jolgorioso bético, contra otra selección potentísima, Corea del Sur, que nos eliminó del Mundial de Estados Unidos de 1994. Momentos estelares del balompié patrio, a los que se podrían sumar muchos otros. Claro que todo esto conoció un giro inesperado y maravilloso en el Mundial de Sudáfrica de 2010, que ganó España en apretada lid contra Holanda, el país con peor suerte del mundo en el fútbol: tres veces finalista y nunca campeón. Recuerdo que el día de la final íbamos de viaje, camino de Extremadura, y que paramos en Madrid para ver lo que quedase del partido en casa de nuestros cuñados Belén y Antonio, donde se había reunido casi toda la familia. Alcanzamos a seguir la segunda parte, con tensión creciente. Cuando Iniesta, a quien Dios bendiga, empalmó a la red la asistencia de Cesc, un rugido descomunal, que parecía provenir de las últimas esferas del firmamento, lo envolvió todo. Yo no recuerdo exactamente qué hice en los estados alterados de conciencia, uno pierde sentido de sí, pero algunos familiares han confirmado que estuve brincando por el comedor, como poseído por el demonio Asmodeo, mientras profería bramidos incomprensibles y me abrazaba compulsivamente a personas y cosas. Sí recuerdo, a pesar de aquella ceguera momentánea, que Antonio, con calma pasmosa, con la calma de quien no reaccionase al picotazo de un escorpión o al incendio de su casa, abrió la ventana del comedor, sacó la cabeza, alzó la mirada al cielo y soltó un larguísimo aullido, un aullido inhumano, un aullido como de las profundidades de la tierra, que se vengaba del sufrimiento, los estropicios y las humillaciones de ochenta años de campeonatos mundiales de fútbol y, ya puestos, de ochenta años de historia desgraciada de España. Luego, recuperado de la ofuscación, medité sobre lo que había visto, y reparé en que, no mucho antes de aquel gol redentor, Iker Castillas había repelido con la punta de la bota un contraataque de Robben que podría haber liquidado el partido, y que el propio Stekelenburg, el portero holandés, había estado muy cerca de parar el chut de Iniesta: había llegado a tocar el balón, aunque no lo suficiente como para desviarlo. Por unos centímetros del pie de Iker, de la mano de Stekelenburg la historia no era diferente, y mucho más dolorosa. Pienso ahora, por solidaridad profesional, en la ventura del portero español y en la desventura del holandés, en la trágica belleza de lo que pudo suceder pero no sucedió, y que condujo a una derrota que, para los holandeses, ya será eterna. Como eterno será el disparo de Andrés Iniesta, ese instante grandioso en que la pierna se arma, y todo queda suspendido, y en el estadio ya no hay un ruido ensordecedor, sino un silencio cósmico, y la pierna golpea el balón, como si el arco arrojara la flecha, y el balón sale en busca de su destino, y no lo aparta de él el guante insuficiente del portero, y cruza la línea, y llega a la red, y el silencio se rompe en un aullido monumental, en un aullido planetario, en un aullido metafísico, como el que soltó mi cuñado Antonio en la ventana de su casa, con una calma pasmosa, aquel día de la final. 

sábado, 16 de junio de 2018

La revelación y la muerte (Poesía, de Jaime Saenz)

La poesía boliviana contemporánea es una de las poesías americanas más desconocidas en España. Más allá del modernista Ricardo Jaimes Freyre, reseñado en todas las enciclopedias, y de autores plenamente actuales como Eduardo Mitre y Pedro Shimoshe, poco se sabe de la lírica del país andino, y menos aún se la ha leído. No escapa a ese desconocimiento el que acaso sea su mejor representante: Jaime Saenz, nacido en La Paz en 1921 y muerto en esa misma ciudad en 1986. A diferencia de la mayoría de sus poetas coetáneos, Saenz ha sido publicado en España, aunque póstumamente. En 2002, en la benemérita y ya largamente desaparecida Ave del Paraíso, vio la luz Obra poética I, reedición de la Obra poética que había publicado la Biblioteca del Sesquicentenario de la República de Bolivia en 1975, y que incluía seis de sus primeros poemarios, compuestos entre 1955 y 1973: El escalpelo, Muerte por el tacto, Aniversario de una visión, Visitante profundo, El frío y Recorrer esta distancia. Que el cardinal romano siguiera al título, Obra poética, parecía indicar que había de aparecer, como mínimo, un segundo volumen, pero, si eso era así, ya nunca lo sabremos, porque Ave del Paraíso, tras un brillante aunque siempre dificultoso paso por las librerías, echó el cierre hace muchos años. Amargord recoge ahora, con el lapidario e irreprochable título de Poesía, esos mismos seis poemarios, y les añade otros que la Biblioteca del Sesquicentenario había descartado, como Cuatro poemas para mi madre (1957) y Al pasar un cometa (1970-1972), además de los que Saenz ya escribiera entre 1973 y su muerte: Bruckner, Las tinieblas, ambos de 1978, y La noche, considerada la cumbre de su producción, en 1984. Poesía también incorpora una última sección, «Otros poemas», con un puñado de piezas que Saenz publicó en revistas y que no constan incluidas en ninguno de sus libros. Las ilustraciones que acompañan al volumen, incluido un inquietante "Autorretrato", son igualmente del poeta, asimismo dibujante.

El estadounidense Forrest Gander nos informa en el prólogo –que él prefiere llamar «texto introductorio»– de algunos rasgos singulares de la personalidad de Jaime Saenz, los cuales, con independencia de su rareza, quizá ayuden a entender algunas características de su poesía. Su formación intelectual tuvo mucho que ver con el ejército, aunque parezca un oxímoron: hijo de un teniente coronel, cumplió el servicio militar en la Alemania nazi entre 1938 y 1939 –muchos países hispanoamericanos han admirado históricamente la tradición prusiana, y considerado prestigioso seguirla– y, a su vuelta, trabajó para el Ministerio de Defensa y el Servicio Secreto. En la Alemania de Hitler, donde residió con otros cadetes de la Escuela Militar de Bolivia, conoció y aprendió a amar a los filósofos, escritores y músicos germanos (o de lengua alemana: Kafka era uno de sus escritores tutelares, y eso se trasluce en su obra, que no es solo poética, sino también novelística, ensayística y dramática). Como ya se ha indicado, uno de sus últimos poemarios fue Bruckner, así titulado por Anton Bruckner, el compositor y organista austriaco.  

Gander también subraya la fascinación que Saenz sintió desde niño por la muerte, uno de los temas axiales de su poesía, aunque siempre abrazado, especularmente, a otro asunto fundamental: la vida, el asombro y la maravilla de estar vivo, y la necesidad de entender eso que late y se presenta, fascinante y absurdo, ante los sentidos. Ambas, muerte y vida, entrelazadas, configuran una unidad fecunda y una realidad superior, que él bautizó, en mayúsculas, como la «Verdadera Vida», y en la que siempre quiso adentrarse por el procedimiento de mezclar la experiencia sensorial y el asedio intelectual. Como revela en su libro más autobiográfico, el conjunto de relatos La piedra imán, publicado en 1989, Saenz gustaba, cuando era joven, de visitar el depósito de cadáveres del Hospital General de La Paz, y en una ocasión no pudo resistir la tentación de hurtar una pierna (que queremos suponer estaba ya amputada) y llevársela a casa, para aprender mejor, para «tocar» la muerte. El tacto es, de hecho, una de las principales vías de Jaime Saenz para acceder a la revelación, a la aprehensión, física y metafísica, de lo existente; o para comprenderla. Y así lo afirma en uno de sus poemas: el tacto está «al servicio de lo elemental / de modo que nada turbe su uso y beneficio / y tengas al fin algo más ya concreto que la mirada y la vida». Saenz también insistía a sus amigos para que, cuando muriera, le cortaran la carótida y se aseguraran, así, de que estaba (o se quedaba) bien muerto. Y cumplieron su petición, en efecto. Al poeta lo aterraba la posibilidad de despertar, bajo tierra, en un ataúd.

La muerte es, ciertamente, uno de los temas principales –más: obsesivos– de la poesía de Saenz. Pero es siempre una muerte «encarnada», una muerte que vive en los cadáveres, una muerte que, en esa carne que ya está dejando de serlo, se aparece con empaque de objeto, de realidad tangible. Como han señalado los miembros del taller Hipótesis, de La Paz, ese cuerpo muerto «está accediendo al misterio de la muerte sin haber dejado completamente la vida»; constituye, pues, «un límite y un lugar privilegiado de revelación», que es lo que persiguió sin descanso Jaime Saenz. En La noche, escribe un ardoroso elogio de los muertos, plagado de anáforas, poliptotos y sinestesias: «Nada tan verdadero, nada tan humanamente humano como la carne de los muertos. / Ningún olor tan oscuro como el olor de los muertos (…) / Ningún silencio como el silencio de los muertos (…) / Nada como la inmovilidad, nada como la fuerza expresiva que mana de los muertos. / Por eso los hombres amantes de las tinieblas, / escudriñando el estar de los muertos, encuentran el camino cierto». El silencio, por cierto, es otro de los constantes deseos de Saenz, como lo fue también de Juan Ramón Jiménez. Persiguiéndolo, peregrinó durante años de casa de alquiler en casa de alquiler. Por lo mismo, para garantizárselo, dormía de día y escribía –y bebía, mucho; y practicaba la alquimia y la magia– de noche. En Recorrer esta distancia, la alabanza de los muertos se vuelve reivindicación ansiosa: «Yo digo que uno debería procurar estar muerto. / (…) Uno tendría que hacer todo lo posible por estar muerto. / (…) Vida y muerte son una misma cosa».

La poesía de Jaime Saenz, «testarudamente místico y barroco», en palabras de Gander, es deudora de las mejores tradiciones de la vanguardia, pero su irracionalismo, imperioso, opresivo a veces, nunca se desparrama y, mejor aún, nunca se descontrola. Sus versos, reacios a cualquier escansión u horma estrófica, siempre libérrimos, incorporan dosis de figuración –de aliento social; en La noche, por ejemplo, junto con la indagación mortuoria y el retrato infernal del alcohol y las drogas, resuenan la protesta contra el golpe de Estado del coronel Alberto Natusch Busch en 1979: solo estuvo en el poder 16 días, pero, considerando que el putsch (y nunca mejor dicho) había causado un centenar de muertos y más de un millar de heridos, puede considerarse el régimen más cruento de la historia de Bolivia–, un denso arsenal filosófico –en el que alientan sus admirados Schopenhauer, Hegel y Heidegger–, las zigzagueantes fulguraciones de lo fantástico y el centelleo no menor de los símbolos y el mito. La poesía de Saenz admite el calificativo de visionaria, aunque ello no signifique que se muestre desvinculada de la realidad más inmediata y palpable, siempre tamizada por un ansia cósmica y un sobrecogimiento existencial. También es telúrica, aunque su telurismo sea ciudadano: La Paz se convierte, en sus versos, en un espacio oscuro y palpitante, enraizado en el propio yo de quien la recorre, de quien visita los rincones más negros de la urbe y, con ellos, los de su alma.

Un rasgo expresivo de Jaime Saenz destaca, a mi juicio, de los demás: sus permanentes vueltas y revueltas con las mismas o parecidas palabras. Un poco al modo de Francis Ponge, que atacaba una misma escena, como los cubistas, desde todos los ángulos léxicos posibles, y con todas las miradas que era capaz de proyectar, en variaciones interminables, Saenz intenta asir la realidad, la realidad real o la realidad inventada, la realidad del mundo o la realidad de su interior, si es que son dos cosas distintas, mediante un asedio multitudinario: las enumeraciones abundan; las repeticiones no cesan; los juegos fónicos son machacones; los poliptotos rozan la glosolalia. Con un castellano por otra parte universal, que apenas contiene bolivianismos, Saenz alumbra textos reiterativos, arbóreos, que conjugan el ipsocentrismo de su propósito con la multiplicación de sus tanteos y aproximaciones. En este juego de fértiles redundancias, las antítesis menudean: Saenz practica la paradoja como lo han hecho todos los poetas que han sufrido antes que él esa escisión de un todo irrecuperable, esa sorpresa de estar vivo y tener que morir. Saenz persigue una concordia oppositorum que reconduzca o suture la partición de la luz y las tinieblas, del amor y la soledad, de la inteligencia y el sueño, aun a costa, con frecuencia, de la lógica aristotélica y el principio de identidad. Pero en él la única lógica que impera es la lógica poética. Así acaba el poema IV de Recorrer esta distancia: «Si te sientes bien, no te sientas bien. Si te quedas, no te quedes. Si te mueres, no te mueras. Si te apenas, no te apenes. No digas nada. / Vivir es difícil; cosa difícil no decir nada. / Soportar a la gente sin decir nada no es nada fácil. / Es muy difícil –en cuanto pretende que se la entienda sin decir nada– / entender a la gente sin decir nada. / Es terriblemente difícil y, sin embargo, muy fácil ser gente; / pero es lo difícil no decir nada».

[Reseña publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 809, noviembre de 2017]

lunes, 11 de junio de 2018

Interpoetas o poetanautas

Circula por entre los círculos poéticos establecidos cierta inquietud por el advenimiento de una multitudinaria camada de poetas jóvenes, provenientes de las redes sociales, que deslustran la grandeza de la poesía y vulgarizan hasta lo indecible un quehacer distinguido, que requiere conocimiento artesanal y altura u hondura, quizá de espíritu. Esos poetas son, para sus críticos, adolescentes por edad o adolescentes eternos, con poca o ninguna formación y lecturas, que balbucean memeces sentimentales, propias de su juventud y su inmadurez intelectual, y que deben su éxito a Internet, donde cualquier ingenuidad o rebuzno tiene su espacio y su acogida. Y los críticos tienen razón: así es. Uno si es que no es rehén generacional de esos poetas, y yo me temo que dejé de ser veinteañero hace mucho se asoma a lo que escriben y se pasma de lo rudimentario de su expresión y la elementalidad de su contenido. La cursilería y la ñoñez lo invaden todo. Y el amor el gran asunto de los púberes es, prácticamente, su único tema. El meollo de la tarea poética, la transformación lingüística de la realidad, apenas se da en los poemas de estos pollos. Y es lógico que sea así: para que no sea así, uno ha de haberse apropiado de la tradición literaria es decir, debe haber leído mucho, debe haber leído bien y debe haber reflexionado sobre lo leído para luego destilarla en una voz singular, que no surgirá sin tenacidad ni reescritura. La poesía es muchas cosas un modo de estar en el mundo; un camino de conocimiento; un acto revolucionario; una forma de comunicación; una necesidad de supervivencia; una técnica de respiración, pero también, y no menos importante, un oficio. Y todo oficio requiere unos conocimientos, que solo se adquieren con el estudio, con el ejercicio consciente y con la paciencia de quien desea aprender de sus maestros para superarlos, esto es, para decir un poco mejor (o para decir hoy, con el timbre y el lenguaje del mundo en el que cada uno viva) lo que ellos ya han dicho. Además de la invencible pobreza de cuanto escriben estos exitosos interpoetas o poetanautas, constato la endeblez de su bagaje lector y su escaso, o nulo, aprovechamiento de las tradiciones literarias. Descorazona averiguar cuáles son sus autores de referencia cuando se les pregunta en entrevistas o ellos intentan prestigiar su desempeño con artículos patizambos, aunque explica muy bien tanto su impericia como, paradójicamente, su éxito mediático. Y casi todos coinciden: lo más viscoso de la poesía de la experiencia, algún abuelo del realismo sucio rescatado de los baúles del olvido (que, enardecido por su inesperada reviviscencia, se pone a cantar la palinodia de sus admiradores, como si fueran hölderlines reencarnados; no, qué digo: bukowskis reencarnados. Es lógico: si sus admiradores son muy buenos, él, su maestro, lo será aún más), un par de cantautores desorejados y Joan Margarit. Ay. Como mucho llegan a un poquito de Lorca o Miguel Hernández y los más audaces, a Neruda, aunque de este, que podría haberles enseñado mucho, no hayan aprendido nada. Pese a esta escuálida panoplia ni rastro de la mejor poesía de Occidente, desde Vallejo hasta Eliot, desde Leopardi hasta Paz, desde Virgilio hasta Perse, desde San Juan de la Cruz hasta José Ángel Valente, aún hay poetanautas de menores pertrechos lectores. Uno de los más famosos, de los que arrasan en la Red y las ferias del libro, le pidió a un vecino, que resultaba ser editor y vivir en el piso de abajo, que le prestara algunos libros para ponerlos en el salón: un periódico o revista importante iba a entrevistarlo en su casa y no quería aparecer sin libros en las fotos. Su autor de referencia no podía ser sino un cantautor, como él mismo; pero solo uno: de haber tenido más de uno, le habría estallado la cabeza. Pero no hay por qué escandalizarse ni preocuparse por el éxito de esta generación de presuntos poetas. Nacen de un fenómeno planetario e incontenible: la revolución digital, que permite a cualquiera, sin freno, sin filtros, sin juicio, lanzar sus borborigmos urbi et orbi y encontrar a miles de destinatarios naturales, que los reciben en el mismo estado de efervescencia sentimental y privación raciocinante en el que se encontraban aquellos al perpetrarlos. Para que esa recepción se produzca, unos y otros, autores y lectores, suelen alegar la verdad, la sinceridad o la naturalidad de lo que escriben, virtudes todas ellas, sean lo que sean, que abren el camino al corazón y ensanchan las paredes del alma. Pero yo no sé desde cuándo la verdad, la sinceridad y la naturalidad han sido requisitos de la literatura, que es una forma de arte y que, como tal, requiere una elaboración creadora, una falsificación que alumbre una presencia nueva, una realidad distinta. La verdad, la sinceridad y la naturalidad están muy bien para el diario íntimo y la charla con los amigos, pero no son necesarias para hacer poesía. Además, la verdad, la sinceridad y la naturalidad suelen ocultar la chatura de la expresión y la simpleza de lo expresado. Podemos estar seguros de que quien las reivindica lo hace porque es incapaz de hacer otra cosa, es decir, de hacer lo que el arte exige: mentir, ser insincero, para que surja una verdad universal; construir un artificio para verlo todo desnudo, despojado, recién nacido. El éxito de los poetas jóvenes es incuestionable y, salvo catástrofe mundial, lo seguirá siendo durante mucho tiempo. Pero hay que recordar que, antes de la universalización digital, también había fenómenos literarios que reunían a un público multitudinario. En todos los países, la historia de la literatura está llena de autores aplaudidísimos y reconocidísimos cuya única aportación al arte de la palabra ha sido la capacidad para satisfacer las necesidades de consumo de una masa ingente de lectores. Por no salir de España, a Campoamor y Villaespesa, vates lamentables y hoy justamente olvidados, los vitoreaban por los pueblos o muchedumbres los esperaban en los puertos cuando llegaban de gira. Y Corín Tellado, aquella "pornógrafa inocente", según Cabrera Infante, escribió 5 000 novelas, que se tradujeron a 27 idiomas y de las que vendió 400 millones de ejemplares: es el segundo autor español más leído después de Cervantes. Se hace difícil pensar que, aun con las herramientas digitales de hoy, cualquiera de estos zagales pueda igualarla. Los éxitos populares, que pueden prolongarse décadas y devenir fenómenos socioculturales, no tienen nada que ver con la calidad de la literatura ni con la función crítica y regeneradora del arte en la sociedad. Pero pueden ser éxitos apabullantes, sin duda. Como este, en España y en otros países (cunde ahora mismo una interesante polémica sobre el asunto en Inglaterra, con participantes de altura, como Rebecca Watts y Don Patterson), de nuestros poetas de las redes, las performances y las jam sessions, hoy reconvertidos en poetas en (y de) papel. En nuestro país se han beneficiado de algunas circunstancias que han favorecido su popularización y, en consecuencia, sus ventas, que es de lo que se trataba. Algunos sellos especializados en operaciones comerciales han lanzado sus redes al caladero de estos escritores que ya contaban con un público amplio e iletrado y los han propulsado a la gloria editorial, con la esperanza de arrastrar a sus lectores a su cuenta de resultados. Y me parece que lo han conseguido. Recuerdo haber visto hace meses, en la mesa de novedades de una feria del libro, un poemario de una de esas jóvenes rompedoras, publicado por cierta ensotanada editorial. Una faja la anunciaba como "la poeta que la literatura española estaba pidiendo a gritos", o algo así. Serán gritos de socorro, pensé al picotear en algunos poemas, o lo que fuese aquello. La faja la firmaba un alabardero de la poesía de la experiencia, uno de los muchos que integran la cuadra de la editorial y que se prestan a ejercer de voceros de sus operaciones. Por si fuera poco, el prólogo lo suscribía Joan Margarit. Desde entonces, no he dejado de ver el nombre (y la cara) de esa poeta en todas partes: su omnipresencia se ha vuelto absoluta, aunque sus poemas sean fofos y sus artículos o juicios, de una indigencia intelectual sonrojante. Pero aún más digna de consideración que su éxito es la utilización que ha hecho de él la vieja escudería de la experiencia, una facción siempre dispuesta a acomodarse en la cresta de cualquier ola. Todos, tanto sus ya achacosos prebostes como sus fámulos más obsequiosos, lo han acompañado y, a la vez, empleado para reivindicarse: que una catecúmena agradecida llegue a la cumbre también los ensalza a ellos. Y cuanto más la lean a ella, más leerán también a sus mentores. Todo el mundo gana, pues; todo el mundo menos la poesía, que sigue atascada en el fangal del figurativismo más lerdo, ahora metamorfoseado en sensiblería pubescente.

martes, 5 de junio de 2018

Cojones y españolía

Un raro momento de felicidad ha cruzado por la vida de muchos entre ellos, yo con la destitución de Mariano Rajoy ("M. Rajoy" para Luis Bárcenas y otros camaradas del Partido Popular). Ha sido algo imprevisto y maravilloso: un chispazo de beatitud que a los ateos nos ha hecho dudar de que no exista la Providencia. Uno advierte que el registrador de Pontevedra ya no es el presidente del gobierno y le acomete un pasmo, un temblor, un gustirrinín, que decía el añorado Gila, que no se puede aguantar. Claro que no ha desaparecido de la política, es más, quienes lo arropan en estos momentos de tribulación amenazan con su retorno inminente, metamorfoseado en jefe de la oposición y presidente del Partido hasta que otro dedazo, como el que lo ungió a él, decida los destinos de la derecha española. Seguiremos disfrutando, pues, de sus retruécanos esclarecedores, de su legendaria rapidez de reflejos y de su modernez sin fin. Pero no es poco que Mariano haya sido desalojado de la poltrona presidencial, tras seis años y medio tremebundos, en los que hemos asistido, como metáforas de la regresión y el facherío que inspiraban su gestión, a indemnizaciones en diferido, vírgenes condecoradas por ministros del Interior y ministros de Cultura cantando, inflamados de orgullo patrio, "Soy el novio de la muerte", además de una hecatombe de derechos y conquistas sociales recortados o eliminados y de 900 cargos del Partido Popular imputados por delitos de corrupción, lo que constituye un récord absoluto de choriceo en el poder en Europa y acaso en el mundo entero. Pero antes del hecho bienaventurado de que se fulminara a Rajoy, otro suceso insólito captó mi atención. Este tuvo menos repercusión mediática, aunque no se le dejaron de dedicar espacios en los telediarios de mayor audiencia y algunas reflexiones, si es que se les pueden llamar así, en la prensa escrita: la constitución de la plataforma "España Ciudadana", promovida por Albert Rivera, el líder de Ciudadanos. Por lo que vi y oí, el espectáculo del lanzamiento de "España Ciudadana", reflejo de su poso ideológico, fue un aquelarre de españolía, como la que reclamaba en la posguerra, como toda receta para vencer, el general Gómez-Zamalloa a los jugadores de la selección de fútbol que iban a disputar un partido contra Suiza: "¡Cojones y españolía!". En un mar de banderas rojigualdas, que sus portadores ondeaban como si espantaran a la muerte que planeaba por sobre sus cabezas, Rivera afirmó que, fuese quien fuese el que se le pusiera delante, rojo o azul, hombre o mujer, partidario o desafecto, beneficiado o necesitado, él solo veía españoles. Luego, Marta Sánchez –que ya de joven, cuando se embarcó en la fragata Numancia para enardecer a los marineros que servían a España allende los mares, había exhibido un patriotismo tan formidable como sus carnes– deshizo a los presentes en otro mar, este de lágrimas, con su estremecedora interpretación de la Marcha de Granaderos, enriquecida por una letra de su autoría, a cuyo lado palidecen las demás compuestas por liróforos tan insignes como Eduardo Marquina, José María Pemán o Abelardo Linares. La actuación de la Sánchez fue tan desgarradora que los asistentes no pudieron sino ponerse en pie, arrebatados de emoción. Y entre ellos, en lugar principalísimo, muy sonrientes y transidos de entusiasmo celtibérico, el promotor de la iniciativa, Albert Rivera, su fiel escudera en Cataluña, Inés Arrimadas, y uno de los ideólogos de Ciudadanos, Francesc de Carreras, un antiguo comunista reconvertido en ariete espiritual y baluarte jurídico del españolismo, entre otros paladines o paniaguados– del movimiento. El parlamento de Rivera, el de su miopía patriótica, me suscitó el pensamiento contrario: las diferencias que él diluye en la españolidad (como ya hacía José Antonio Primo de Rivera, que tampoco veía diferencias entre empresarios y trabajadores, sino una unidad de destino en lo universal; el fascismo siempre ha utilizado el sacacuartos de la patria para negar la lucha de clases y las diferencias sociales en que ahonda el capitalismo) son las únicas que yo veo. Es decir, yo no veo españoles (ni marroquíes, ni rumanos, ni finlandeses...), sino trabajadores y parados, parados de larga duración y parados recientes, trabajadores precarios e indefinidos, trabajadores que llegan a final de mes y trabajadores que, aun siéndolo, no salen de la pobreza. Tampoco veo españoles, sino jóvenes que han de emigrar para ganarse la vida y jóvenes que no pueden pagarse los estudios, mayores que cobran una pensión miserable y mayores a los que no se les reconoce una situación de dependencia (o que, reconociéndoseles, no se les paga), gente de ciudad que sufre la carestía de la vivienda y gente de pueblo que padece la despoblación y el abandono. No veo, en fin, españoles, sino mujeres que se revientan a trabajar para cobrar menos que sus compañeros varones y mujeres que sufren el acoso y la violencia de machos seguramente muy españoles y mucho españoles, creyentes que gozan de unos privilegios inaceptables en un Estado aconfesional y no creyentes que financian con sus impuestos el sostenimiento de una fe religiosa, inmigrantes a los que se les niega la asistencia sanitaria y refugiados del hambre, la persecución y la guerra a los que no les damos refugio. La españolía (y la catalanía, y la vasquidad, y toda forma de patraña nacionalista) no constituye un punto de vista iluminador ni un modo transparente de mirar, sino todo lo contrario: un velo que enturbia la realidad, que la difumina en los colores de la bandera para que no distingamos lo que tiene de injusto, o deforme, o sangrante. Aunque Rivera y muchos como él no quieran enterarse, la propiedad de los medios de producción y las relaciones de poder que propicia siguen siendo los principales factores que configuran la realidad. Y el nacionalismo es una de las mejores herramientas para ocultarlo. Como decía Gila, el nacionalismo es un invento de las clases poderosas para que las clases inferiores defiendan los intereses de las clases poderosas. Poco después de la bacanal españolista de los naranjas, oí la respuesta airada del joseantoniano catalán a una periodista que le preguntaba si no creía que su "España Ciudadana" era prueba de un nacionalismo radical. "¡Me ofende Ud.!", contestó Rivera. Y entonces añadió lo que los nacionalistas españoles llevan afirmando desde que el fervor patrio se encendió en sus corazones: "¡Yo no soy nacionalista!", que es algo así como si el Papa protestara, indignado, por que lo tacharan de católico. Alguien que solo ve españoles, cuando la realidad está llena de tantísimas cosas buenas por ver y de tantas, también, por cambiar, no es nacionalista. Alguien que solo ve españoles, cuando a lo mejor esos españoles que ve no quieren serlo, no es nacionalista. Alguien que solo ve españoles sin acudir de inmediato al oftalmólogo no es nacionalista. Claro que podría ser peor otros en ocasiones ven muertos, pero la contradicción es digna de figurar en el panteón de las incoherencias grotescas. Rivera y su invento anticatalanista, exportado ahora con éxito al resto del país, han abrazado la españolía como antídoto, primero, de un pujolismo en descomposición y, después, del independentismo rampante. Y ese abrazo le gusta a la gente. En realidad, es un abrazo múltiple: el españolismo de Ciudadanos se agranda cuanto más persevera el soberanismo, que, a su vez, se fortalece con Marta Sánchez, la corrupción oceánica del PP y los vóxmitos de Vox. Y así seguiremos, me temo, hasta que alguien decida acabar con esta patria de cuchufleta que esperemos no derive, como en tantas otras ocasiones a lo largo de nuestra historia, en una patria de sangre. O hasta que lo decidamos todos.

jueves, 31 de mayo de 2018

Estampas de Mánchester (y 3)

Buxton es una villa termal, a unos 45 km de Mánchester, que Terence, mi amigo y traductor inglés, nos ha recomendado que visitemos. Y le hacemos caso. Llegamos, sin novedad, en tren, y lo primero que vemos al bajar en la estación es a un señor con bombín. Vamos a continuación a los Pavilion Gardens, un conjunto de parques y estanques inaugurado en 1893 para solaz de los termalistas y el público en general. En una de las muchas fuentes que lo jalonan leemos este minucioso aviso: Do not put coins, food or fingers in the water [No echen monedas ni comida ni metan los dedos en el agua]. Lo aplaudimos: combate con firmeza la estúpida costumbre de tirar monedas a los cuerpos de agua, la no menos perjudicial de alimentar a los peces (que se convierten, gracias a esa generosidad aborrecible, en bestias del tamaño de siluros) y la repulsiva de utilizar la pila como lavamanos (y arriesgarse, además, a perder las manos, devoradas por los peces monstruosos). Luego recorremos los puestos de un mercadillo que se ha instalado en el lugar y compramos un precioso juego de té de los 60. Como solo podemos pagar con tarjeta y el quincallero –alto, delgado, de pelo blanquísimo– solo acepta metálico, le preguntamos si nos puede apartar el género y nos comprometemos a pagárselo después en efectivo. Nos dice que sí y que no quiere paga y señal: "Si me decís que vais a volver, cuento con que volváis". Junto al puesto del confiado vendedor, vemos otro de Spanish churros, atendido por un chino que los fríe con unas gafas de buceo puestas. Más allá, husmeo en una book fair vecina: predominan los libros de historia y sobre asuntos locales y nacionales, pero localizo también una historia del paraguas (lo cual, bien mirado, también es un asunto muy local); una biografía de George Borrow, don Jorgito el inglés, aquel viajero políglota que tuvo la temeridad de recorrer España a mediados del s. XIX para difundir la Biblia protestante (naturalmente, fue encarcelado) y que dio cuenta de sus peripecias en un libro extraordinario, The Bible in Spain, or the Journey, Adventures, and Imprisonment of an Englishman in an Attempt to Circulate the Scriptures in the Peninsula (Londres, 1843), que don Manuel Azaña tradujo, simple y sabiamente, como La Biblia en España; un volumen sobre Cervantes y los encantadores; y una curiosa antología, Fauns, Satyrs and a Few Sages: Songs, Epigrams and Pieces After the Greek, de Bernard D. N. Grebanier, que me resuelvo a comprar por dos libras. A la salida paseamos por el parque, donde menudean los perros y los narcisos. En el lago principal, los pájaros observan comportamientos muy dispares: los cisnes se dejan admirar; los patos se pelean; los gansos sestean sobre una pata; y las gaviotas cabecinegras se lanzan en el aire a por las migas que les tira desde la orilla un grupo de adolescentes con camisetas de AC/DC. En el quiosco de música, una banda, uniformada de granate, parece aprestarse a tocar, pero no llega a hacerlo nunca. Damos una vuelta entera al recinto, y allí siguen los músicos, punteando los violines, afinando las trompetas, estirándose los faldones de las guerreras o recolocándose la gorra de plato, pero sin arrancarse con Pompa y circunstancia, como parece exigir la tesitura, ni cualquier otra bonita pieza del repertorio británico. La gente, que al principio esperaba con ilusión, sentada en la hierba, el inicio del concierto, ha desertado y está comiéndose los churros del chino con gafas o tirándoles migas a la gaviotas. Ni siquiera esta oprobiosa deserción induce a la orquesta a atacar pieza alguna. Allí siguen, en silencioso gatillazo. Por fin, se van. Nosotros subimos al ayuntamiento por los slopes: la sede municipal está en alto, y desde allí se ven los numerosos tejados de los hoteles palaciegos y antiguos balnearios de la ciudad, de piedra roja y negra. Vemos también la iglesia de Santa Ana, flanqueada por una bandera del Vaticano, y la de San Juan, cuyo cementerio, tapizado de cruces y lápidas declinantes, iluminan los omnipresentes narcisos, el canto de los pájaros y un sol huidizo, que asoma entre chubascos leves y nubes imperiosas. En los antiguos Buxton Baths, ahora reconvertidos en arcade, esto es, en galería comercial, nos tomamos sendos chocolates calientes. Los azulejos y la gran vidriera polícroma del techo, conservados de los tiempos en los que los baños eran baños, son primorosos, pero los chocolates, aguados, no valen nada. Luegos pagamos y recogemos el juego de té y volvemos a Mánchester.

Pasamos la tarde en el Museo de la Ciencia y la Industria de Mánchester. No extraña que una de las capitales de la Revolución Industrial haya establecido este lugar de estudio y rememoración. Como es enorme e imposible de visitar en unas pocas horas, nos concentramos en la sección de Cottonopolis [ciudad del algodón]: así se llamaba a Mánchester a principios del s. XIX (su permanente carácter fabril continúa reflejándose en su símbolo actual, una abeja). Allí, en un foso que reproduce un taller decimonónico, dos guías explican al público que se asoma desde una galería circundante cómo funcionaba una fábrica textil. Y lo hacen muy bien, con el histrionismo justo, aprendido de la mejor escuela dramática inglesa, y sin que la inevitable repetición del parlamento merme la viveza o desbravezca el ritmo de la exposición. El monitor hace hincapié en las terribles condiciones de trabajo del lugar. Y uno, que ha leído sobre la explotación bestial de los trabajadores de aquellas maquilas, no alcanza a atisbar sus dimensiones verdaderas hasta que no experimenta, siquiera fugazmente, lo espantoso de la actividad: el polvo del algodón destrozaba los pulmones; el ruido ininterrumpido de los telares ensordecía y llegaba a enloquecer; las máquinas, que se limpiaban y engrasaban sin dejar de funcionar, para no perder producción y, por lo tanto, dinero con el parón, cortaban dedos y trituraban manos (y hasta machacaban cuerpos, si alguna de las poderosas correas que mantenían en funcionamiento aquellos ingenios perversos enganchaba y lanzaba contra el techo o el suelo, o contra ambos, a los desgraciados que, entontecidos por el ambiente infernal, no habían reparado en su excesiva vecindad). Los niños tenían un papel fundamental en aquellos agujeros del averno: porque apenas se les pagaba y porque sus cuerpecitos finos eran imprescindibles para introducirse en los mecanismos y engranajes y lubricarlos o ajustarlos, a costa de amputaciones y aplastamientos. Hasta 1833, trabajaban en aquellos talleres niños de cinco años en jornadas de doce y catorce horas; luego ya solo podían hacerlo si tenían nueve. Fue un gran avance humanitario. Para acabar, el guía nos recuerda que el algodón, uno de los pilares de la industrialización de la Gran Bretaña y, por ende, de su imperio y su riqueza, provenía del trabajo esclavo. Honra a los ingleses reconocer que su prosperidad es fruto de la miseria de los demás. Cuando salimos del Museo, la perturbación que nos ha causado aquella descripción descarnada de los orígenes recientes de la sociedad moderna se prolonga en escenas inverosímiles: en el Great Northern Railways Company Good Warehouse [Almacén de los Ferrocarriles del Gran Norte], hoy reconvertido en centro comercial y de ocio, vemos a varios mozos subiendo grandes ruedas de camión por las gradas del anfiteatro que lo precede por qué, lo ignoramos; pero ellos parecen divertirse mucho y a otros, en uno de los locales del interior, practicar el lanzamiento de hacha. También estos parece estar pasándoselo en grande. Echan un trago de cerveza y arrojan luego el arma a la diana, entre alaridos regocijados. Me pregunto dónde la tirarán cuando la pinta sea la cuarta o la quinta. Pero no nos quedamos a averiguarlo.

Mánchester tiene, además de un barrio chino populoso, un estimulante gay village, al que llegamos siguiendo el canal de Rochdale, que atraviesa la ciudad, y cuya mucha basura recogen del agua achocolatada barcazas barrenderas o voluntarios por el camino de sirga. El canal alterna tramos en los que se refugian borrachos y perroflautas y vecindarios suntuosos, engalanados con flores, cisnes (aunque un poco sucios) y coches de lujo, hasta llegar a Canal Street y Richmond Street, los dos ejes del barrio gay. Las banderas arcoirisadas, los locales de ambiente (uno se llama Gay, así, a a palo seco: es imposible mayor concisión) y los teatrillos con drag queens están por todas partes, aunque muy tranquilos aún a esta hora del día. En el barrio se encuentran también los Sackville Gardens, con el memorial de Alan Turing, el descifrador de la máquina Enigma de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial (lo que salvó cientos de miles de vidas) y padre de la informática, que fue condenado en 1952 por maricón en el lenguaje de la época, por "indecencia grave y perversión sexual" y murió dos años después, tras someterse a una brutal castración química, envenenado con cianuro, sin que aún se sepa si fue suicidio o asesinato. Lo recuerda una estatua sedente, en bronce, en la que aparece con su característico flequillo y una manzana en la mano, como de la que comió para morir hace más de medio siglo. A sus pies vemos un arco iris teselado y una frase de Bertrand Russell sobre las matemáticas, que no solo poseen la verdad, sino cierta belleza suprema, "una belleza fría y austera, como la de una escultura". Cerca, en otro banco, dos colgados quizá provenientes del canal de Rochdale trasiegan vinazo, eructan y hieden. Pero la belleza del recuerdo y del ejemplo de Turing se sobrepone a su presencia. Y nosotros nos la llevamos con nosotros al dejar este hermoso trozo de la ciudad.

sábado, 26 de mayo de 2018

Estampas de Mánchester (2)

Mánchester abunda en bibliotecas estupendas. Y no solo modernas, vinculadas a sus muchas e igualmente estupendas universidades, sino también, y sobre todo, históricas, con todo el sabor de siglos y generaciones de lectores. Una es la John Rylands; otra es la Chetham's, que visitamos hoy. Con la primera, la viuda de un industrial del algodón quiso lavar su conciencia del acaso insoportable peso de haberse hecho millonarios gracias al trabajo de niños de siete años durante catorce horas al día en pavorosas maquilas decimonónicas, a cambio de unos pocos peniques, si es que llegaban a cobrar un salario. La segunda, creada por Humphrey Chetham, terrateniente y comerciante de telas, e imbuida de un mismo espíritu filantrópico, aspiraba a contribuir a la educación de "los hijos de padres honorables, industriosos y abnegados", pero también a prestar servicio a los scholars. Se inició en la tarea muy pronto, en 1653, y hasta hoy: es la biblioteca pública en funcionamiento ininterrumpido más antigua del Reino Unido. La entrada para quienes quieran consultar libros sigue siendo gratuita. Se aloja en un edificio de 1421, que fue, durante mucho tiempo, colegiata, es decir, residencia sacerdotal. Los curas tenían en ella todo lo que necesitaban para sobrevivir y, singularmente, una cervecería: eran curas ingleses. También un claustro de dos pisos, sombrío y apretado, y celdas con gateras. Los felinos les ayudaban a limpiar el lugar de ratas y les hacían compañía en las gélidas jornadas mancunianas. Tras casi cuatrocientos años de labor, la Chetham's alberga hoy más de 100 000 volúmenes impresos, 60 000 de los cuales son anteriores a 1851. Entre las primeras ediciones que se conservan en ella, destacan algunos títulos imprescindibles de la ciencia y la cultura occidentales, como el Paraíso perdido, de John Milton; los Principia Mathematica, de Isaac Newton; y el Diccionario de la lengua inglesa, del doctor Johnson, ese lexicón sin igual en el que, por ejemplo, se definía así el término "avena": "Cereal que en Inglaterra sirve de alimento a los caballos, pero del que en Escocia se alimentan las personas"; y así el término "patrocinador": "Alguien que tolera, apoya o protege a otros. Usualmente, un desgraciado que apoya con insolencia, y es pagado con adulación". Quien nos enseña la biblioteca –al que le hemos caído en gracia, quizá porque le hemos hecho preguntas, y los demás que integran el grupo no nos señala los dos tomos del Diccionario, encuadernados en blanco, que se encuentran en la sala principal. Pero no podemos cogerlos y abrirlos: para hacerlo, tendríamos que haberlo solicitado con antelación. No obstante, su cercanía me produce un extraño cosquilleo, un prurito que podríamos llamar bibliográfico, que solo se ha observado en letraheridos de herida profunda, bibliófilos reincidentes y eruditos de varia condición. Todos los fondos se encuentran en plúteos protegidos con rejas, que solo pueden abrirse con llave. Pero esta puede decirse que es una instalación moderna. En sus inicios, los libros estaban encadenados. Eran objetos carísimos, de lujo, y la biblioteca no se podía permitir que se los robaran (y no lo hacían para leerlos, sino para revenderlos, enteros o troceados). En una de las salas de la Chetham's todavía se conserva una estantería con los libros y sus argollas. En aquellos tiempos, los lectores iban hasta el lugar donde estaba el volumen que quisieran consultar y lo leían sentados en unos taburetes de roble, aún en uso, identificados con la letra ese, de stool, 'taburete'. En otra se exhibe una imprenta de madera de principios del s. XVII. Nuestro guía nos indica, con el discreto orgullo de los ingleses, que, si quisiéramos, aún podríamos imprimir con ella. Con ser muy atractivo todo lo que vemos y nos cuentan, lo que me resulta más impactante es una tribuna de la sala central de la biblioteca en la que Carlos Marx y Federico Engels pasaron muchos días del verano de 1845 leyendo libros de economía, sociología y política, unos libros que aún siguen ahí, al alcance de la mano de quien quiera consultarlos, y de cuya lectura surgieron muchas de las ideas que plasmaron, poco después, en el Manifiesto comunista, aunque también les debió de inspirar mucho el espantoso suburbio industrial que rodeaba entonces la biblioteca y que veían, horrorizados, desde su rincón de estudio. Las manos de ambos próceres del socialismo sostuvieron estas cubiertas que ahora acaricio yo, y sus augustos culos reposaron exactamente en el mismo banco en el que he puesto hoy el mío. Intento que algo de su grandeza se me infunda a mí, siquiera por vía rectal. Ángeles, en cambio, se niega a sentarse. A ella estos lugares por donde pasa tanta gente siempre le han dado algún reparo. Y, además, es de derechas.

Encontramos otro lugar de libros en Didsbury, un pueblo residencial al que se puede llegar en tranvía desde el centro de Mánchester. No sabemos si es una librería a la que se ha adosado una cafetería o una cafetería a la que le ha crecido una librería. Un cartel a la entrada identifica lo que fue este local en el pasado: el Blackhall Youth Club, un club juvenil. Aunque bastante juvenil sigue siendo: casi todos sus clientes son veinteañeros; de hecho, nosotros, cincuentones, somos los ancianos del lugar. El lugar es amorosamente cutre: todas las sillas y mesas son distintas entre sí, un perro lanudo se pasea por entre las patas de los muebles y de los parroquianos, las paredes están atestadas de flores y pintadas, y la clientela se compone sobre todo de estudiantes y lectores que pasan aquí toda la tarde (es decir, hasta las cinco: las tardes inglesas acaban a las cinco) con mucho ordenador y un té o un café con leche, quién sabe si relaxing. La librería, trasera, es más que caótica: es casi infranqueable. Los libros se amontonan en diabólico desorden y el sendero por el que se transita parece una trocha de la selva vietnamita. Al pasar, observo en el centro del pandemonio que algo se mueve. Quizá sea el perro sonriente de la cafetería, que se ha colado en el cenagal de celulosa, u otro animal sin identificar: los ingleses aman tanto a las bestias que podrían tener a cualquiera de ellas en cualquier parte. Pero no: es un ser humano, un señor mayor semienterrado entre los libros, casi vuelto libro él mismo. Al reconocer también él a un congénere (con alguna sorpresa, como si le asombrara que pasase alguien por allí), se interesa por lo que busco y por quién soy. Le doy un par de respuestas apresuradas, pero suficientes para despertar su ansia de conversación, o más bien de monólogo: el caballero es un miembro avezado de la ingente cofradía universal de los habladores no escuchadores, particularmente frecuente entre las personas de edad. Y este tiene ya unos cuantos años, aunque, como se preocupa por aclararme, está casado con una mujer veinte años más joven que él, que ahora mismo está en Rusia. Cuando interrumpo su soliloquio, como quien se lanza a cruzar una calle atravesada de tráfico, para preguntarle si tiene algo de literatura en español, me dice que muy poco, y que le parece extraño que se conozca a tan pocos escritores españoles en Inglaterra. Ay, qué me va a contar a mí. ¿Por qué cree Ud. que es así?, se suelta a preguntarme. Si tradujeran Uds. más, le respondo, quizá descubrirían a los muchos buenos escritores que hay y ha habido en mi país.

Uno de los rincones más bonitos de Mánchester es la iglesia de Santa Ana, en la plaza del mismo nombre. Consagrada en 1712, ha sobrevivido a los bombardeos de la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial de los que se conserva un proyectil incendiario que cayó en el tejado, pero no llegó a explotar y a la bomba del IRA que destrozó el centro de la ciudad en 1996 y acabó con las bellísimas vidrieras originales de uno de los lados de la iglesia. Por suerte, el órgano, de 1730, que también estaba en ese costado, había sido trasladado para que lo repararan, y se salvó de la destrucción. Me siento en un banco central y disfruto de la serena hermosura del templo, de columnas blancas y maderas nobles, con un hermoso Descendimiento de la cruz, de Annibale Carracci, vecino de una vidriera art déco. El pastor, que a mi llegada estaba hojeando un periódico deportivo, se da cuenta de que tomo notas en una libreta y me pregunta si estoy escribiendo mi autobiografía. Le contesto que en cierto modo sí. Me sonríe, pero no se detiene. Yo también le sonrío, pero no dejo de tomar notas. Aquí está enterrada Elizabeth, la hermana de Thomas de Quincey, el autor de El asesinato considerado como una de las bellas artes. La placa que informa sobre los enterramientos dice que no se merecen que los pisoteemos ni que los utilicemos como mesas de pícnic. Estoy de acuerdo. Los repaso todos, sin rozarlos, y visito la cercana plaza Lincoln, así llamada por estar presidida por una enorme estatua en bronce de Abraham Lincoln, el presidente de los Estados Unidos. La efigie iba a acompañar a las de otros prohombres en las Casas del Parlamento, en Londres, pero se juzgó carente de la majestuosidad exigible para ocupar tan prominente lugar. La reclamó entonces la ciudad de Mánchester, alegando que sus trabajadores habían hecho grandes sacrificios para suministrar algodón a la Unión durante la Guerra de Secesión, y que querían homenajear a su vencedor, que había abolido la esclavitud. Y aquí está ahora Abe, algo adusto pero sin duda imponente, compartiendo espacio con otro monumento en recuerdo de Diana de Gales, la princesa del pueblo, cuyos merecimientos, a juzgar por los británicos, fueron iguales que los del libertador de los negros y mantenedor de la Unión. En la vecina King's Street se conservan algunas de las escasísimas muestras de arquitectura georgiana que perduran en Mánchester. Los bajos de uno de estos edificios acogen una tienda de ropa que se anuncia como fabulously British, lo que, a la vista de cómo visten algunos aquí, no sé si es un acicate o un demérito. El establecimiento está delante de El Gato Negro, un bar de tapas español. La Barton Arcade, asimismo próxima Mánchester tiene el tamaño de Zaragoza y todo está, en realidad, a tiro de piedra, es un pequeño y lujoso palacio de cristal en el que se aglomeran las tiendas finas y los establecimientos singulares, entre ellos uno de productos catalanes (se llama Lunya, y no tiene lazos amarillos a la entrada) y la peluquería para hombres probablemente más bonita del mundo, que presta servicio a scoundrels & gentlemen, es decir, a "sinvergüenzas y caballeros", aunque quienes así se venden quizá no hayan reparado en que, en algunos casos, ambos pueden ser una misma persona. Desde el piso superior de la Arcade, un señor se asoma de pronto a la baranda y nos invita a subir a degustar un whisky, y yo me apresuro a aceptar su invitación. La amabilidad de Mancunia es proverbial.

domingo, 20 de mayo de 2018

Estampas de Mánchester (1)

Hoy cenamos en el Asmara, un restaurante eritreo. Es un local austero, sin apenas decoración, como el país. Solo brillan unas luces sobre la barra, de los mismos colores que la bandera nacional: verde, rojo y azul. Ángeles se sorprende de que sepa cómo es la bandera de Eritrea. En realidad, no se sorprende: sabe que la vexilología es una de mis aficiones ocultas (y banales). Comemos tef (eragrostis tef), una gramínea parecida al cereal, el alimento básico de la dieta eritrea, y lo hacemos con las manos. Otra cosa que aquí no hay ni debe haber son cubiertos. Africanamente, nos pringamos los dedos para envolver con el tef la carne y las verduras que son la enjundia del plato. Me siento pelícano: formo el bocado, levanto la cabeza, abro la boca y lo engullo como a una trucha. Pero cometo el error de hacer trozos demasiado grandes. El truco para comer tef sin exhibir en la pechera un cuadro expresionista es que los trozos sean pequeños. Un eritreo que está en una mesa vecina lo hace con una finura admirable, que intento emular, con resultados catastróficos. Yo he pedido una cerveza eritrea when in Rome, do as the Romans do–, pero él se está bebiendo una San Miguel. Ah, los prodigios de la globalización. Cuando ya hemos acabado, otro parroquiano, ganoso de conversación, nos pregunta por qué hemos cenado allí. Lo hace sin acritud, por curiosidad: se conoce que los blancos de Mancunia no frecuentan el Asmara. Aprovecha para carcajearse de la comida inglesa ("fish and chips!", exclama, entre compasivo y burlón) y del fútbol inglés. Él y sus compatriotas prefieren ver la segunda división española a la Premier League. También cree que España puede ganar el próximo mundial. Pienso en cuánto han hecho la gastronomía y el balompié por el entendimiento (y la incomprensión) entre los pueblos. Luego se va, precedido por una sonrisa negra, iluminada por una dentadura blanca.

En Mánchester llueve. Llueve mucho. Llueve siempre. Ante el hecho incontrovertible de la lluvia, algunos van pertrechados y a otros les da igual. Los primeros visten impermeables de última generación, o despliegan paraguas grandes como cóndores, o se calan gorras indestructibles, capaces de resistir el sirimiri más tenaz y el peor diluvio; y de ambos hay aquí. Los segundos, en cambio, transitan como si el agua fuera aire, o como si estuvieran en España. Parecen tontos, pero, en realidad, son más listos que nadie: han comprendido que la lluvia es imbatible y que, mientras vivan en Mánchester, será una compañera fatal. Mejor, pues, aceptarla con indiferencia, y hasta con alegría, que empeñarse en un combate del que solo pueden salir derrotados. El estoicismo de los ingleses empapados, y contentos de estarlo, me gusta. Son los mendigos, que no buscan ningún refugio cuando estallan las nubes y siguen con sus cantinelas petitorias o su abstracción desamparada; y los cantantes callejeros, que no interrumpen sus actuaciones aunque caigan chuzos de punta (y aun a riesgo de electrocutarse, si lo que tocan es una guitarra eléctrica); y los muchos transeúntes que pasan, calados de pies a cabeza, sin dejar de hablar por el móvil, o de escuchar música, o de charlar, con mucho jolgorio, con sus acompañantes. Uno anda cantando: literalmente, singing in the rain.

Visito el barrio de Castlefield. Mánchester es, como Londres, como tantas ciudades inglesas, pero con especial intensidad, una maraña de laberintos históricos, una mezcla aluvial de arquitecturas y espacios, desde ruinas antiguas hasta iglesias medievales y rascacielos superferolíticos, pasando por las antiguas fábricas y almacenes de la Revolución Industrial y los nobles edificios victorianos con los que se blanqueaban las miserias de la Revolución Industrial. Mánchester, además, está surcada por tres ríos, el Irwell, el Medlock y el Irk, y múltiples canales. El agua de unos y otros alimentaba las máquinas de vapor de las usinas y, a falta de carreteras, transportaba lo que producían. También eran albañales, las cloacas de la ciudad. Hoy estos ríos ya no cumplen esas penosas funciones, pero aún son escuálidas cintas marrones que circulan, avergonzadas, por entre las casas de los peores barrios: siguen exhaustos, después de una explotación secular. En Castlefield radica el instituto Cervantes de la ciudad, señalado a la entrada por una bandera rojigualda que resulta chillona en la grisura circundante. Ocupa un antiguo edificio industrial y lo dirige un tal Francisco Oda Ángel, un sociólogo y diplomático, profesor de la tristemente célebre Universidad Rey Juan Carlos, que ni siquiera acusó recibo del ejemplar de Selected Poems que publiqué hace un año en Shearsman, la única editorial británica que le presta atención a la literatura española actual, y que le mandé al centro, junto con otros libros míos. Hace años, en mi primera visita a la ciudad, asistí a la lectura de poemas que hizo aquí Manuel Rico. Es un lugar, si no suntuario, sí vistoso, que contrasta vivamente con la modestia con la que se presenta, en un piso del centro, una institución cultural tan linajuda como la Alliance Française. Paso por delante de un teatro en cuya fachada se despliega un enorme fotografía de Tom Cruise. Al pie del cartel leo: Tom Cruise is not appearing at this performance [Tom Cruise no actúa en esta obra]. Más allá, en un bar, leo también: I am one gin away from telling the neighbours what I really think of them [Un gin más y les diré a mis vecinos lo que de verdad pienso de ellos]. Cruzan por dondequiera que vaya tranvías amarillos, como en Lisboa. Pero estos no son carruajes vetustos, de engranajes que chirrían como huesos desparejados, sino vehículos silenciosos, eficaces, vagamente aeroespaciales. En Castlefield se conservan las ruinas del asentamiento romano que dio origen a la ciudad, Mamucium, con las plantas de varias casas una taberna, un almacén, una vivienda y un lienzo reconstruido de la muralla del fuerte que la protegía, defendido desde el 79 hasta el 410 d. C. Algo más allá, visito los restos de los graneros, hoy suaves taludes de tierra, alfombrados de hierba. El césped, alimentado por la lluvia omnipresente, lo tapiza todo, y los narcisos, de un amarillo insultante, lo acuchillan. En un rincón del parque que alberga las ruinas se ha instalado un mendigo. Pero es un mendigo pudiente, que vive en una quechua, a la entrada de la cual se amontonan sus descabaladas pertenencias: cajas, ropas, un saco de dormir, restos de comida. Ciñen el parque dos pubs: el White Lion y el Oxnoble. En el segundo me recupero de tanta antigüedad con una pinta que me sabe a gloria.

Por la noche cenamos en Matt & Phreds (el truco idiota de transformar Rafael en Raphael sigue vigente, constato con decepción), un local con música en directo. Hay muchos tugurios como este en la ciudad, cuyo amor por la música continúa muy vivo. El barrio en el que se encuentra inspira poca confianza, pero eso hace al bar aún más prometedor. Y, en efecto, pronto comprobamos que el lugar es razonablemente cutre, con esa cutrez chispeante, simpática, que augura relajación y espontaneidad. Pedimos una botella de vino blanco español, "Castillo de Piedra" (que no conocemos, pero se trata de hacer patria), que en la carta se identifica como "Castillio de Piedra". La botella más una copa extra y dos pizzas una griega y una cajoun cuesta 20 libras, un precio ridículo comparado con lo que nos cobrarían por lo mismo en Londres, y hasta en Barcelona. Los músicos son excelentes: la cantante, blanca, tiene voz de negra, y el guitarrista que la acompaña parece el sobrino de Andrés Segovia. Por desgracia, la gente se amontona delante de nosotros y no los vemos actuar. Pero los oímos y eso basta. La lluvia de sus notas nos redime de la otra, de la que nos ha acompañado todo el día, con pertinacia hiperbórea.