lunes, 17 de septiembre de 2018

Stultorum infinitus est numerus

No soy partidario de ocupar las entradas de este blog con textos de otros. Me parece una forma de eludir la responsabilidad creadora y la obligación de pensar. Pero esta vez voy a hacer una excepción, porque se ha dado la casualidad de que coincidieran en el tiempo dos textos espléndidos, que se muestran íntimamente relacionados, que abundan en ideas expuestas en varios posts de estas corónicas, y que suscribo por entero. Además, uno ha sido escrito por un gran amigo. Es un placer, pues, hacer público el elogio. 

El primero es una carta al director (yo aún leo las cartas al director de los periódicos; más aún, yo aún leo los periódicos) firmada por Sebastián Fernández Izquierdo, a quien no tengo el gusto de conocer, de Petrer (Alicante), y publicada en El País el miércoles, 12 de septiembre de 2018. Dice así:

No hay ninguna prueba de que el hombre llegara a la Luna. La medicina oficial es una patraña; lo que realmente funciona es la medicina natural y la homeopatía. Aprende inglés mientras duermes. Las vacunas son perjudiciales e interfieren con las defensas naturales; son un invento diabólico de las empresas farmacéuticas para enriquecerse. Tengo algo que hará que te crezca el pelo y el pene. El veneno de abeja cura la esclerosis múltiple. Los extraterrestres viven entre nosotros. Si quieres que siga contándote verdades como estas y destapando conspiraciones, suscríbete a mi canal, haz clic en “me gusta” y hazte seguidor mío. Y ahora envía esto a diez de tus contactos si no quieres que te ocurra una desgracia. Un pequeño esfuerzo más para conseguir el objetivo: que el número de idiotas en la Tierra se cuente por miles de millones.

El acierto de la misiva es total. Precisamente por eso, porque da plenamente en el blanco, a uno le vienen ganas de prolongar la lista: Walt Disney está congelado y revivirá en el futuro, cuando la ciencia sea capaz de regenerar los tejidos muertos. Elvis Presley y Michael Jackson no han muerto, sino que viven en una isla del Pacífico (o del Atlántico, no estoy seguro). A John F. Kennedy lo mató la CIA. Los atentados del 11-S fueron también obra de la CIA (en colaboración con George Bush Jr. y las industrias petrolífera y armamentística americanas). Los del 11-M, de la ETA. Hay una conspiración judía para dominar el mundo. Los aviones dejan estelas químicas con el propósito de dañar a la población. El calentamiento global no existe. Y, entre muchas otras posibles, una excepcional, que está conociendo un gran auge entre los imbéciles, y de la que trata esta entrada, titulada "Planos", del blog Las diosas y las nubes, del helenista, poeta, traductor, tipógrafo y buen amigo Juan Manuel Macías, colgada el 11 de septiembre de 2018:

Con dos decenios ya casi cumplidos del siglo XXI, aún hay gente que sostiene que la Tierra es plana. Y no, no están en ninguna tribu perdida del Amazonas, sino en este llamado primer mundo, civilización de los aifons y demás regalos de los dioses. Incluso hay grupos organizados en las redes sociales, donde, por otra parte, toda gilipollez es alada. La ignorancia de nuestros antepasados, al menos, tenía un punto de legítima. Pero estos jóvenes (o no tan jóvenes) burgueses de ahora, que han crecido saturados y hastiados de información, parecen abrazar cualquier superchería como una novedad excéntrica, un esnobismo más. Nuestros lejanos ancestros creían en un mundo plano, pero al menos poblaban las tierras más extremas e incógnitas de dragones y demás portentos. Los entusiastas medio crédulos de hogaño se contentan con levantar toda una trama conspiratoria, y afirman que la comunidad científica, los gobiernos y la NASA ocultan a las masas la terrible verdad de la planicie terrestre. A saber con qué fin, como no sea el de fortalecer el poderoso lobby de los fabricantes de globos terráqueos. El profético Wells no se equivocaba con su Máquina del tiempo: está abonado el terreno para los Eloi. Mientras, los Morlock trabajan sin descanso en el subsuelo, fabricando aifons y demás regalos.

Son, me parece, dos textos emparentados, inteligentes y modélicos. Me habría gustado escribirlos a mí. Por eso los cuelgo hoy aquí. Por eso y porque todo esfuerzo es poco para combatir la estupidez, tan consustancial al género humano, pero, al mismo tiempo, tan trumpiana, tan de moda en nuestro mundo.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

El seminario de traducción en Farrera de Pallars

La Institució de les Lletres Catalanes (la entidad que ejerce en Cataluña las competencias que en Extremadura corresponden a la Editora Regional de Extremadura y el Plan de Fomento de la Lectura) me ha invitado a ser uno de los dos poetas protagonistas del Seminario de Traducción que organiza desde hace 25 años en una aldea del pirineo leridano, Farrera de Pallars. La otra poeta será, en esta edición, la cordobesa Ángeles Mora. En realidad, el protagonista no somos nosotros, sino la lengua castellana, como antes lo han sido el polaco, el francés, el serbo-croata, el bretón, el italiano, el gaélico, el portugués, el ruso, el árabe y el sueco, entre muchas otras. Me alegra ser traducido al catalán por primera vez. Yo suelo definirme, cuando por desgracia es necesario recluirse en definiciones, como un poeta catalán en lengua castellana; y, como tal, nunca había sido vertido a mi segunda lengua. Los poetas y traductores que se ocuparán de hacerlo en estos cuatro días de placentero encierro son Francesc Parcerisas, Àlex Susanna, Marta Pessarrodona tres autores fundamentales de la literatura contemporánea en catalán, el castellonense Josep Porcar, el madrileño afincado en Tarragona Ramón Sanz, la barcelonesa Anay Sala, la formenterana Maria Teresa Ferrer y un viejo amigo, el hispano-argentino Carlos Vitale, todos coordinados por Xavier Montoliu, el competente técnico de la ILC encargado de la organización del seminario. Llegamos a Farrera en un minibús conducido por Mario, en cuyos flancos se lee, sabiamente, "Mario". Confieso que, después de bastantes años de vida urbana y residencia en otros lugares de España y Europa, se me había olvidado lo bonita que es la Cataluña interior. Según nos acercamos al norte, el paisaje se vuelve más verde, montañoso y agreste, pero sin perder una suavidad mediterránea, una como civilización que dulcifica los torrentes y escarpaduras. También, la carretera se estrecha. De Burg, el último pueblo antes de llegar a nuestro destino, a Farrera, parece una de esas calzadas que serpentean inverosímilmente por picachos andinos (y de la que se despeñan cada año varios autobuses). Pese a la firmeza al volante, y en general, que demuestra Mario, no estamos del todo tranquilos; y la que menos lo está es Maria, que tiene vértigo y roza el desmayo en estas revueltas abismales. El tramo final de la ruta, entre picos altísimos, cubiertos de una vegetación inagotable, que solo clarea en herbazales luminosos, es poco más que un camino vecinal, estrecho y castigado, en el que trabajan máquinas asfaltadoras y peones camineros. En todo el trayecto no hemos dejado de ver lazos amarillos (o bufandas amarillas, que envolvían el cuello de las efigies públicas), carteles que reclamaban la liberación de los presos políticos y pintadas independentistas: en estas comarcas septentrionales, y supongo que en muchas otras de Cataluña, el amarillo se anuda con el verde. En Farrera nos alojamos en el Centre d'Art i Natura, una pequeña pero cómoda residencia para artistas de toda Europa, gestionada por el hospitalario Lluís Llobet. No es de extrañar que el Centre sea reducido: todo en Farrera lo es. Aquí no hay más que un puñado de casas, una iglesia y unas vistas sobrecogedoras. En 2017, el pueblo tenía 50 habitantes. El Diccionario Geográfico de Pascual Madoz, de 1845, le otorgaba 17 vecinos y 101 almas, y añadía que a Farrera la combatían especialmente los vientos del norte, y que era de clima frío, propenso a los reumas agudos y crónicos, y a las inflamaciones. Espero que esto no sea así en septiembre, o que lo sea poco. Tras una comida vegetariana (que contrasta con los desayunos serranos, abundantes en embutidos y quesos), empezamos las sesiones de trabajo: los traductores se dividen en dos grupos, y cada uno se reúne con un poeta para acometer los poemas que haya seleccionado. Al cabo de dos días, los poetas cambian de grupo, y así se consigue que todos trabajen con todos. Las sesiones se desarrollan con sorprendente fluidez. Y digo "sorprendente" porque yo, que nunca había participado en un encuentro como este, me imaginaba que con tantos escritores, seres imperfectos, obstinados y vanidosos donde los haya, los acuerdos iban a ser difíciles, o por lo menos laboriosos. Pero me equivocaba. El compromiso de todos con su papel de traductores, de colaboradores diestros y generosos, ha sido ejemplar. Lo que no ha obstado para que las discusiones por una u otra opción hayan sido ardorosas. Al final, sin embargo, siempre se ha encontrado una solución satisfactoria para todos o para una amplia mayoría de participantes, y un resultado, en general, muy persuasivo. El minucioso esfuerzo desplegado nos ha permitido, a unos y a otros, hacer algunos descubrimientos interesantes. Por ejemplo, quienes pensaban que la traducción de un idioma tan próximo a otro simplificaba la tarea, o le restaba interés, se han dado cuenta de que es más bien lo contrario: la cercanía entre ambas, y el conocimiento perfecto de las dos por parte de todos los invitados, hacía que los problemas se multiplicasen, al multiplicarse los matices, los ecos, las posibilidades (y las imposibilidades: ¿cómo se traduce "asómate al balcón", como decía un poema de Ángeles Mora, al catalán?). El destripamiento de los poemas que supone la traducción el análisis de la última desinencia, de la coma más arrinconada, de la palabra menos significante despoja al poema de toda grandeza, de toda aureola de hermosura o sublimidad. Uno siente que su obra, su obra imperecedera, ha sido reducida a los tornillos, alcayatas y cojinetes que la componen: el análisis la desmonta como un castillo de lego, y las palabras quedan exangües, expuestas a todos los zarandeos imaginables, en la mesa del traductor. Es un baño de realidad, que nos recuerda algo dolorosamente, debo reconocer que, como decía Borges, la literatura no es más que un hecho sintáctico, una modestísima ars combinatoria, tan irrelevante y prescindible como esas construcciones que los muy pacientes levantan con cerillas o esos rompecabezas que los muy ancianos se pasan años resolviendo. Por suerte, su grandeza, si es que tiene alguna, se recupera con la traducción. Esas mismas palabras desnudadas, baqueteadas, irrisorias, vuelven a erguirse con las ropas de un nuevo idioma y a recuperar su sonoridad magnífica, su totalidad. En el proceso, los autores aprendemos también que la traducción puede revelar errores de la creación. Algunas de las observaciones de mis compañeros me han iluminado fallos, redundancias, deslices, aunque ellos no me estuvieran juzgando como autor, sino solo manipulando el texto para encontrar las correspondencias idóneas. Yo he escrito, por ejemplo, "grandes extensiones de terreno", y alguien observa que mejor decir "gran extensions", prescindiendo de "de terreny", porque "extensions", en ese contexto, ya incorpora la noción de territorio. Es obvio y elemental, pero yo no caí en ello al escribirlo. Y me duele particularmente haber cometido un pleonasmo, porque, si me disgusta omitir una información necesaria, más detesto dar una innecesaria. El ejercicio de la traducción también está próximo al de la crítica literaria. Verbigracia, yo he sabido, de labios de Àlex Susanna, que algunos de mis poemas eran ausiasmarquianos y otros, octaviopacianos. Ambos magisterios me complacen. Y también he constatado que la tendencia creadora de cada cual y eran muy diversas no condicionaba el trabajo ni la búsqueda del mejor resultado posible en la lengua de llegada. Todos estaban al servicio del poema, no del poeta, y eso se notaba en el esfuerzo bienintencionado, y respetuoso con los presupuestos estéticos del autor, que se volcaba en cada imagen, en cada verso. También nos hemos reído mucho: con una décima mía, por ejemplo, que describía una felación (ese acto maravilloso que, injustamente, tan poco se ha tratado en la literatura universal), y que Álex estaba empeñado en que difundiera en las lecturas que hemos hecho en Sort, la capital de la comarca donde se encuentra Farrera, y en Laie, en Barcelona, con la que hemos rematado el seminario. O con la vigorosa cópula que practicó Queta, la simpática perrita de Marta, con mis pies (y luego con los de Carlos), debajo de la mesa, en una de las cenas. El seminario nos ha permitido a todos conocer Farrera y sus alrededores. Al lado mismo del Centre d'Art i Natura se encuentra la iglesia de Sant Roc, el protector contra la peste, cuya puerta nos abre Lluís con un llavón que parece tan antiguo como el templo, del s. XVII. La gente de Farrera no es muy religiosa: la iglesia solo se utiliza una vez al año, en la fiesta mayor, como sede de conciertos. Esto sí ha cambiado desde los tiempos de Madoz: entonces había una ermita dentro del propio pueblo, donde se celebraba misa cada día. La irreligiosidad sobrevenida de Farrera se nota en el estado de la construcción, bastante dejada de la mano de Dios. Las cuatro columnas que flanquean el altar son tubos de uralita; en uno de ellos aún se puede leer el sello romboidal que acredita su condición: "Uralita". En la sacristía, tan exigua como el pueblo, cuelga una cuerda del techo. Si la estiras, suena la campana del campanario. Ramón lo hace, con cierta timidez. A mí me apetecería echarla al vuelo, pero me contengo: no hay que alborotar la paz del lugar. Al salir, doy una vuelta por el pueblo. Dura poco. Veo fechas grabadas en los dinteles de piedra de las puertas de algunas casas: en una, 1904; en otra, 1624. También advierto una losa de pizarra en una entrada con una de las famosas frases de Einstein: "Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy muy seguro de la primera". Aplaudo la máxima, pero no estoy seguro de que sea la forma más amable de dar la bienvenida a los visitantes. Tras las sesiones de las mañanas, y antes de comer, paseamos hasta los puntos de interés del valle. Al grupo se ha unido Fernando Jiménez, un funcionario del Centro Andaluz de las Letras que viene a conocer in situ el seminario, para realizarlo también, quizá, en Andalucía. El primer día, vamos hasta la ermita de Santa Eulàlia d'Alendo, una sencilla nave prerrománica con un humilde cementerio adyacente, al que Francesc ha dedicado un hermoso poema: "(...) Ara que passegem pel cementiri / penso si algú haurà trobat mai / la navalla rovellada que dorm / en aquest equador on les arrels / fan girar el món / entre les mans lligades d'un cadàver. / Mentrestant apleguem els llumenets rojos / de la moixera de guilla, / i al palmell són boles de fang / que ressusciten en silenci". [Ahora que paseamos por el cementerio / pienso si alguien habrá encontrado alguna vez / la navaja oxidada que duerme / en este ecuador cuyas raíces / hacen girar el mundo / entre las manos atadas de un cadáver. / Mientras tanto, juntamos / las lucecitas rojas / del serbal de los cazadores, / y en la palma de la mano son bolas de barro / que resucitan en silencio]. El segundo, bajamos hasta Burg, donde hay tiendas y restaurantes: nos parece Nueva York. Y el tercero, llegamos hasta otra ermita, la de Santa Maria de la Serra. El camino es de cabras; lo cruzan, de vez en cuando, grandes mariposas grises y rojas. (Anay, urbanita como yo, lo califica de "rupestre"; tiene razón, pero qué agradable rupestridad). La iglesuela es, como todas las de estos lugares, muy sencilla. Y también la están restaurando, como la carretera. Las puertas y el techo son nuevos: huelen a madera recién puesta. La ermita no está recta, sino que se empina. Y desde la ventana posterior se divisa todo el valle de Farrera, como una herida gigantesca y verdemar, sobrevolada por nubes montañosas pero educadas, que solo descargan agua de noche, cuando dormimos, y que alguna tarde se deshilachan en nieblas que colman las quebradas como nata y nos regalan una blancura intangible. El sábado volvemos a Barcelona, de nuevo de la mano de Mario, el hombre del minibús, y por la tarde damos una lectura de los poemas traducidos en Laie, a la que asiste el director de la Institució de les Lletres Catalanes, el poeta Joan-Elies Adell, y mucho público. El trabajo ha valido la pena. Y esta es la tan reclamada décima sobre la felación, de Décimas de fiebre, traducida en Farrera:

[TE ARRODILLAS, LO CAPTURAS...]

Te arrodillas, lo capturas,
bajas, subes, miras, bajas,
no cedes, no te relajas,
lo acometes, te saturas,
lames alto y bajo, apuras
el tallo y mascas la flor,
chupas, muerdes sin dolor,
y logras que estalle, y tragas,
y es gloria que todo lo hagas
con ese aire de candor.


[T’AGENOLLES, EL CAPTURES…]

T’agenolles, el captures,
baixes, puges, mires, baixes,
no cedeixes, no et relaxes,
l’envesteixes, te’n satures,
llepes dalt i baix, escures
la tija i menges la flor,
xucles, mossegues sense dolor,
perquè esclati i t’ho empassis,
i és glòria que tot ho facis
amb un aire de candor.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Los dadaístas rusos

Visito hoy, con mi buena amiga Teresa Morcillo, la exposición Dadá ruso 1914-1924 en el museo Reina Sofía de Madrid. Nos interesa el arte, desde luego, pero también el aire, el aire acondicionado: es fundamental escapar del calor fundepiedras de hoy, y los museos, bien refrigerados, son el lugar ideal para hacerlo. Antes de entrar, cuando el sol todavía no ahoga, nos tomamos un relaxing café con leche (claro, estamos en Madrid) en una de las terrazas circundantes. Mientras lo hacemos, se nos acerca una joven con un puñado de ejemplares de un librito en los brazos. "Lo he escrito yo", nos informa, con ese brillo sin igual del primer libro en los ojos. Le pido uno y lo hojeo. Contiene poemas breves y microrrelatos, escritos, obviamente, por una autora digital. Y, como casi todo lo escrito por un autor digital, son malos, muy malos, malísimos. No obstante, le compro uno. El precio, once euros, casi me disuade, pero se impone el deseo de ayudar a quien comparte el amor por el lenguaje y la literatura y ha decidido ser escritora: no defraudaré la ilusión con que lo ha compuesto y ahora nos los ofrece. Solo confío en que lea más (y que lo que lea no sea solo de otros autores digitales), corrija más y escriba mejor. Cumplido el deber de auxiliar a los jóvenes (y a los editores de poesía), entramos en la exposición. Dadá ruso es una muestra exhaustiva del arte de vanguardia en Rusia y de sus relaciones con los ismos europeos, aunque se concentra en la década –la que se inicia con el estallido de la Primera Guerra Mundial y acaba con la muerte de Lenin– en que el dadaísmo alcanza su apogeo. Dadá (que, pese a su ideario jocosamente destructor, y aunque su nombre no signifique nada, según su creador, Tristan Tzara, cobra en ruso un sentido afirmativo: dada quiere decir "sí-sí") promovió la fusión de las artes y los medios de comunicación –la poesía, la pintura, la fotografía, el teatro, el cine, la prensa–, y eso se advierte desde la primera sala a la que nos asomamos, donde se proyecta la película El rayo de la muerte, de Lev Kuleshov, rodada en 1925: en ese momento se ve a una mujer, extraordinariamente parecida a Maribel Verdú, secándose el pelo con dos secadores. No sabemos muy bien cómo se integra este hecho en la lucha antifascista que documenta el film, pero de algún modo debe de hacerlo. No obstante, como el largometraje es, en efecto, largo –de 125 minutos–, preferimos no averiguarlo y seguir adelante. Leo con placer, poco después, una frase de Vladímir Tatlin, a quien no sé si le gustaría mucho verse hoy aquí: promovió la muerte del arte de museo (y también un monstruoso edificio, el Monumento a la Tercera Internacional, ejemplo del antiarte, que por fortuna no llegó a construirse: salía demasiado caro). Pero con esa frase salva su iconoclasia. Dice Tatlin: "Nada de Arte... A la mierda el Arte". Inconformista sí era, como Dios mandaba. Igual que los nadistas (no nudistas), cuyo arte insistía en la destrucción del arte: "Si alguien afirma con delicadeza: 'El arte está por encima de la vida, el arte nos enseña...', le atizamos con un palo en la cabeza". Maiakovski aparece a continuación, pero no como poeta, sino como diseñador y autor teatral: suyos son los dibujos –satíricos, coloristas– de la escenografía y el vestuario de Misterio bufo. Siete pares de puros, la obra que escribió en 1919 para conmemorar el primer aniversario del triunfo de la Revolución de Octubre. Pero su obra poética no tarda en verse: en una vitrina –a la que me asomo con ansia fetichista– hay un ejemplar de 150.000.000, publicado en Praga en 1925, su mayor creación y una de las mayores, también, de la literatura épica contemporánea, que ha prolongado, setenta años después, un poeta español, Enrique Falcón, con otro libro titánico, La marcha de 150.000.000. Víktor Shklovski, panfletista y teórico del formalismo ruso, aporta un poema en el que se lee: "Insistimos: No convirtáis a Lenin en un cliché...". La historia, por desgracia, no le ha hecho caso. Ilia Zdanevich, franco-georgiano, nos ilumina con un volante indecente, de 1917, titulado "¡No puedes sostener una teta y un coño con la misma mano!". Cuánta razón tenía. Y también en este otro, del mismo año: "La felicidad no es una polla: no se puede agarrar con las manos". El absurdo atraviesa la exposición de principio a fin, porque el absurdo de las vanguardias revela el absurdo de las convenciones y la arbitrariedad de las formas. El Lisitsky, uno de los artistas más influyentes de la Rusia revolucionaria, escribió esto en 1925: "Estoy trabajando en un autorretrato fotográfico. Una pieza totalmente absurda, si todo marcha según lo planeado", algo que recuerda, aunque en sentido inverso, al no menos absurdo dictum de Groucho Marx según el cual nunca pertenecería a un club que lo aceptara como miembro. Más dadaístas rusos abundan en la crítica –y la autocrítica– desde otros ángulos: Iván Puni escribe en 1925: "En general, el arte ruso se dedica permanentemente a cortar el nudo gordiano. No sabemos cómo atarlo". Y no falta, desde luego, el célebre axioma de André Breton que parece la clave de bóveda del edificio universal de la vanguardia, o, como la llamaba Octavio Paz, de la tradición de la ruptura: "La belleza será convulsiva o no será" (y que habremos de abstenernos de manipular como se hiciera con la máxima del obispo Torras i Bages esculpida en la fachada de la abadía de Montserrat, "Cataluña será cristiana o no será". Alguien muy listo –porque para ser listo a menudo basta con ser sencillo– desautorizó al prelado y a su tremebunda sentencia con un insignificante pronombre: "Cataluña será cristiana o no lo será"). Entre los pintores expuestos en Dadá ruso, disfrutamos de piezas de Kamenski, Malevich, Schwitters, Grosz, Rozánova (de esta, cuadros que son hipnóticas [des]composiciones geométricas de puntos, líneas y figuras que integran la tipografía y el color), Klutsis y Delaunay, que aporta el celebre Retrato de Tristan Tzara, de 1923, en el que el rumano que parecía querer destruirlo todo, o burlarse de todo, aparece con gafas, bufanda y una raya perfecta en el pelo engominado. Abundan los collages con recortes de prensa, que en aquellos años de escasa difusión audiovisual era fundamental para la configuración de la opinión pública y la agitación de masas. No obstante, Dadá ruso subraya la creciente pujanza del cine como medio de comunicación y forma artística. Además de El rayo de la muerte, se exhibe El diario de Glúmov, rodada en 1923, la primera película de Serguéi Eisenstein, que dos años después entregaría la capital El acorazado Potemkin, y un corto estupendo, que yo no habría asociado nunca a la vanguardia rusa, pero que los inteligentes comisarios de Dadá ruso me han hecho descubrir vinculado a sus propuestas deletéreas y lúcidamente descabelladas: Adiós a las armas, de Charles Chaplin, de 1918, en la que Charlot da pataletas y desfila como si llevara al hombro un jamón serrano, y que aquí cierra la muestra. Fuera, las piedras ya se están fundiendo No vemos a la joven escritora a la que le he comprado un libro. A ver si encontramos refugio en otro museo.

domingo, 2 de septiembre de 2018

De política (1): estrechando lazos

Cataluña está empapelada de lazos amarillos, sobre todo la Cataluña profunda, que es, como la España profunda, agropecuaria y cerril; Barcelona y su área metropolitana, bastante menos. Hay que aplaudir a quien ideó el símbolo, aunque el amarillo sea el color de la mala suerte en el teatro y los faranduleros lo rehúyan con ahínco (y la política no deja de ser una farsa en el gran teatro del mundo): el lazo glauco ha prendido entre quienes comparten las ideas que se ha decidido que representase, y también entre quienes comparten las ideas contrarias. Entre ambos –igual que a ambos hay que atribuir la responsabilidad del pandemonio nacionalista que nos asfixia– lo han convertido en el centro del debate, en el protagonista de la farsa. Hay que felicitar asimismo a los fabricantes de lazos amarillos: están haciendo el agosto. Hoy, se pone uno a recortar tiras de ese color, de plástico, de tela o de papel, y se hace de oro. Es una buena idea para los autónomos, ahora que se habla tanto de ellos. En realidad, es todo una estupidez: colgar lazos, retirar lazos, debatir ad nauseam sobre el colgar o el retirar lazos, organizar brigadas de limpieza para quitarlos y comités vecinales para volverlos a poner, presentar denuncias contra unos y otros, y hasta pegarse por ellos. Pero también es una manifestación de la libertad de expresión (pegarse no, desde luego), que tanto, ay, nos ha costado conseguir: unos colgando lazos amarillos, banderas esteladas y carteles que reclaman la liberación de los presos políticos, y otros colgando carteles naranjas o con gaviotas azules, banderas españolas y difundiendo en múltiples medios que no hay presos políticos, sino políticos presos. A mí los lazos amarillos me incomodan, sobre todo cuando los veo en las solapas de funcionarios de las administraciones públicas de Cataluña y representantes institucionales. Los funcionarios públicos y los gestores que nos gobiernan (porque eso son los políticos a los que elegimos: gestores; no hay que olvidarlo) se deben a todos los ciudadanos, y que luzcan ese símbolo, u otros de carácter igualmente partidista, expulsa de su espacio, de su representatividad, de su labor, a más de la mitad de la población a la que deberían servir. Pero también me incomodan las manifestaciones del nacionalismo español, que nunca son tan ruidosas (menos cuando participa Marta Sánchez), porque no lo necesita –la institucionalización, con todo el peso de la soberanía, es decir, del Derecho y por lo tanto de la fuerza, hace innecesarias sus expresiones más banales–, pero que resultan, por su fuerza, precisamente, tan o más dañinas que las de sus antagonistas. Toda la construcción jurídica con la que los unos (o hunos, como diría Unamuno) pretenden erradicar al contrario y toda la destrucción jurídica con la que los otros quieren dejar al oponente en la estacada, no son sino estructuras artificiales con las que se sustancian –y disimulan– sentimientos nacionales –es decir, de pertenencia a una comunidad, de identificación con un grupo– encontrados. Con esa base, el lenguaje se hincha y se vuelve un arma de combate –unos y otros se tildan de "fascistas" con una frivolidad que abochorna a quieres han sufrido el fascismo verdadero; cualquier manifestación del rival es una expresión "de odio"; el independentismo es "golpista"; España es "franquista"– y también los comportamientos, que han llegado ya, hace poco, a la agresión física. Curiosamente, los que pegaron, militantes o simpatizantes de Ciudadanos, son los mismos que califican a los independentistas de violentos. Un pobre cámara de Telemadrid –uno de los suyos, además–, que no cayó en la cuenta de que llevar una prenda amarilla, por pequeña que fuese, en aquellas circunstancias tenía más peligro que una piraña en un bidé, fue aporreado por varios defensores de la unidad de la patria que se habían reunido en el parque de la Ciudadela para protestar pacíficamente por los atropellos de los indepes. Rivera y Arrimadas, esos Bonnie and Clyde de la nueva política española, se apresuraron a manifestar que los agresores habían sido radicales infiltrados en su manifestación. Si bien esta explicación no es nada original –es la que han dado todos los líderes del mundo cuando algunos de sus cachorros han hecho que se le viera el plumero a su partido o movimiento-, Rivera y Arrimadas –que quizá sean, corrijo, los Pompoff y Thedy de la política patria, con permiso del polimasterizado Pablo Casado y su fiel escudero, el inefable Teodoro García Egea– sí han sido innovadores con el concepto de "la neutralidad de los espacios públicos". Con él, formulado con ese aire técnico-jurídico que viste mucho y da respetabilidad, pretenden que sea imposible –más aún: ilegal– que la gente exprese en la calle lo que quiera. ¿Neutralidad del espacio público? Lo que ha de ser neutral son las instituciones (por eso no debería permitirse que los funcionarios o gobernantes, en el ejercicio de sus cargos, lucieran símbolos sectarios), pero la calle ni puede ni debe serlo. La calle es, y ha de seguir siendo, lo que siempre ha sido, al menos en los países democráticos: el lugar sin peajes al que todos accedemos en igualdad de condiciones para defender, siempre que sea pacíficamente, lo que creamos justo defender: la mejora de unas condiciones laborales en una huelga; la conveniencia de votar a uno u otro partido político en unas elecciones; la alegría por una victoria deportiva o por que se celebre el Día de la Hispanidad o el de las Fuerzas Armadas; la solidaridad con los inmigrantes que mueren camino de Europa o a los que Europa desahucia en una manifestación; la devoción por una imagen o una festividad religiosas (aunque estas a mí me resulten especialmente difíciles de tragar); o la oposición a una política, unos políticos o un Estado, entre una infinidad de cosas más. En ese espacio cabe todo; y está bien que sea así: todo ha de caber, sobre todo aquello que nos disgusta, y hasta nos repugna. Ciudadanos lo ha llenado, a lo largo de estos años infaustos, de octavillas, pasquines, reuniones de ciudadanos rojigualdos, armados de banderas rojigualdas, que gritaban su amor a la patria, y hasta fotos de su líder desnudo. Todo eso me repele, pero no puedo –ni quiero– oponerme a que lo haga. Y para justificarlo recurro a eso tan repetido, pero tan poco practicado, que enunció Helvecio: no estoy de acuerdo con lo que dicen (o con que cuelguen lazos amarillos en la calle), pero defenderé con la vida (bueno, con la vida quizá no, pero lo defenderé mucho) su derecho a decirlo (y a colgarlos). Con la majadería de la neutralidad de los espacios públicos solo se demuestra, una vez más, la voluntad de los nacionalistas de afirmar, frente a los otros nacionalismos que les discuten el territorio y la hegemonía, su sentimiento primitivo, su condición tribal, su aquí estamos nosotros y esto es nuestro.