sábado, 29 de septiembre de 2018

Libros (viejos)

Hoy ha sido un día enteramente dedicado a los libros. En realidad, todos mis días lo son: no hay jornada que pase en que no los hojee, lea, reseñe, traduzca y hasta escriba. Hoy, sin embargo, mi dedicación ha sido plena: ha consumido casi todas mis horas, casi todos mis esfuerzos y casi todo mi dinero. Por la mañana acudo a una casa particular en cuyo garaje se apila una docena y media de cajas llenas de libros de segunda mano. Supe que se guardaban allí por una suerte de azar y algún atrevimiento por mi parte. En un callejón de Sant Cugat, donde vivo, hay una tienda de chuches. Sí, chuches: gominolas, chicles, palotes, nubes y otras golosinas infantiles. Pero fuera, a la entrada, la tendera tiene también un expositor metálico –de alambre grueso, de esos que giran, aunque este lo hace torpemente, abrumado por el peso– con docenas de libros viejos a precios irrisorios. La venta de productos tan disímiles –pirulís y estudios de filosofía, haribos y tratados científicos, caramelos y poemarios– me recordó a la churrería de Badajoz que también vende libros usados (y que, por si fuera poco, mantiene asimismo un taller de reparación de bicicletas en el piso de arriba; su dueño, Carlos, debe de ser uno de los pacenses más activos y polifacéticos del último siglo). En ella encontré una vez un libro de Alberti autografiado por el gaditano. En la tienda de chuches de Sant Cugat he dado con la edición de José Ángel Valente de la Guía espiritual, de Miguel de Molinos, en Seix Barral, entre otros títulos moderadamente inverosímiles. A fuerza de pasar por el callejón, husmear en las existencias y comprar libros, me atreví a preguntarle a la dueña –una chica joven, rubia, simpática– por el origen de aquel suministro. Me dijo entonces que la familia le había ido regalando libros, que ella también había comprado algunos y que de ese fondo iba sacando ejemplares a la venta. Mi osadía fue aún más allá, y le pregunté si podría ver lo que tuviese en casa. Accedió de inmediato, y hoy visito su garaje. Su marido me hace hueco en el caos que son todos los garajes del mundo y yo me dispongo a abrir las cajas con los libros. La mayoría todavía están cerradas. El ejercicio es doble: físico e intelectual. El primero, por el trabajo con las cajas: levantarlas, llevarlas a la mesa, abrirlas, sacar y volver a poner libros, y devolverlas por fin al suelo. Quien haya hecho alguna vez esta operación, siquiera por una mudanza, sabrá que menear estos paquetes (y no se hagan lecturas sicalípticas de esta expresión, por favor) es uno de los trabajos más duros que existen, equiparable sin duda a cavar zanjas o practicar la halterofilia. El segundo, el intelectual, se resume en un examen rápido de las obras –de su calidad literaria, de su estado de conservación y de la oportunidad de su compra– y una decisión igualmente célere sobre su adquisición o no. El precio no es problema: si compro más de 24 libros, solo pagaré un euro por cada uno. Un porcentaje muy alto de libros tiene que ver con el zen, las ciencias ocultas, las religiones alternativas y el desarrollo personal, toda esa basura paulocoelhiana –salvo el zen, cuando no se utiliza como técnica de autoayuda– que lleva inundando estanterías –y, lo que es peor, mentes– desde hace décadas. Pero, en este barrizal de celulosa, encuentro una primera edición de El mono gramático, de Octavio Paz (que supongo que sus antiguos propietarios comprarían pensando que se trataba de alguna iluminadora filosofía hindú); una primera edición, también, de Poemas de la muerte y de la vida, de Cristina Lacasa, premio de poesía castellana "Ciudad de Barcelona" en 1964, en la que, tras una inenarrable fotografía en blanco y negro de la autora, aparece su dedicatoria "al Iltmo. Sr. D. José María de Porcioles [uno de aquellos catalanes franquistas que, para quien no lo sepa o recuerde, fue alcalde de Barcelona entre 1957 y 1973], como nuevo testimonio de adhesión", fechada el 23 de abril de 1966, Feria del Libro, como la autora se encarga de especificar entre paréntesis; y un extraordinario libro de arte sobre la Casa de la Lonja de Barcelona, La llotja i la reialesa. La mirada reial al món barceloní, casi tan grande como la lonja de la que trata. En estas compras masivas (he acabado llevándome 30 títulos), siempre cometo algún error. Esta vez me he quedado con una edición de la poesía completa del gran Joan Vinyoli que, al llegar a casa, compruebo que ya tenía. Pero no importa: solo me ha costado un euro, y se la regalaré a algún amigo (o, más probablemente, amiga) que sepa apreciarla. Tras descargar el género en casa y darme una ducha rápida –estoy sudado como si hubiera corrido los 10.000 metros, aunque no me he movido de un solo punto: el garaje de la chuchera-librera–, bajo a Barcelona para comer con mi madre y visitar después la recientemente inaugurada Feria del Libro Viejo y de Ocasión, que se celebra desde hace más de medio siglo en el paseo de Gracia entre finales de septiembre y principios de otoño, y a la que, por estar en Mérida, no he podido acudir los dos últimos años. Lo primero que veo al salir del metro y acercarme a los estands es a un lisiado que hace caricaturas con los pies. Empezamos bien, pienso. Siento, en la cercanía de los puestos, la misma comezón que siempre he experimentado al aproximarme a los depósitos de libros usados, la misma excitación por que guarden tesoros escondidos para mí, y que solo yo voy a ser capaz de encontrar. La curiosidad no desaparece, pero sí mengua considerablemente ante el pandemonio y la cutrez de la mayoría de estands. Apenas existe en España el librero anglosajón, pulcro, ordenado, sapiente y, sobre todo, dotado de ese encanto inimitable de los librovejeros británicos, que saben dotar a sus establecimientos de una calidez extraña, con flores, moquetas, cuadros, teteras, sillones y viejecitas encantadoras, por raído que esté todo. Aquí casi todo es mugre y olores desaforados, caras agrias y respuestas destempladas, ceniza y polvo. Me parece advertir que este año hay menos puestos que otros. Aunque muchos libreros repiten: los reconozco; son los habituales, con la tez apergaminada y cerúlea, con el ceño permanentemente fruncido de tanto vigilar que no les roben libros, con el pelo más blanco y los hombros más caídos (como sus libros, más pálidos y más caídos), y alguno con la inevitable punta de caliqueño apestoso en los labios. También repiten muchos títulos, que no encuentran comprador. Y no me extraña, con los precios que tienen. En un puesto localizo un Vía Áurea, de César González-Ruano, que ya he visto otros años. Ahí sigue, con idéntico coste: 200 eurazos (aunque, según cómo, puede considerarse una ganga: en Internet, el único ejemplar a la venta cuesta el doble, 400, más gastos de envío). Lo devuelvo a su estantería como si me hubiese picado un alacrán. En otro hay una primera edición de La realidad y el deseo, la publicada por Cruz y Raya en 1936. Solo vale 1.800 euros (en Internet, 2.250). Me sorprende que esté así, suelto, solo, en la balda de la poesía. Robarlo sería fácil, pienso. Pero desbarato el relámpago de la tentación con un manotazo de conciencia. Las dedicatorias que se encuentran en los libros siguen siendo causa de alegría o pesar, según. En estos casos, recuerdo siempre el inmortal gesto del mexicano Avalle-Arce cuando descubrió, malbaratado, uno de sus libros dedicados a un presunto amigo: lo compró y se lo volvió a enviar con una nueva dedicatoria: "A Fulano, con renovado afecto". Compro un ejemplar de Los vientos, del granadino Rafael Guillén, un excelente poeta, y también una excelente persona, al que profeso admiración. Está dedicado, en 1971, "muy cordialmente", a un tal José García López. Tengo luego en la mano otro poemario, de una poeta en castellano muy conocida de Barcelona, con una untuosa dedicatoria (en catalán) a Joan Guitart, cuyo cargo especifica minuciosamente: consejero de Cultura de la Generalitat de Cataluña. Los tiempos cambian, pero no las costumbres: Cristina Lacasa le tiraba de la levita al todopoderoso Porcioles y la escritora de hoy enjabonaba al no menos influyente, en su tiempo, Guitart. Yo encuentro, ¡ay!, un ejemplar de La luz oída dedicado, en 1996, a "María Rosa, lectora y sensible". Pues ni una cosa ni otra, en realidad: el libro sigue intonso y no parece muy sensible quien lo da a la venta sin molestarse siquiera en recortar las palabras del poeta. No recuerdo, de entrada, quién era esta María Rosa; tras mucho pensar, creo acordarme de que se trataba de una compañera de trabajo que había sido novia de un poeta amigo mío. Pero no estoy seguro, ni me importa, a decir verdad. Dudo si comprarlo. No podré imitar a Avalle-Arce, porque no sé, ni he sabido nunca, las señas de la interfecta. Lo dejo, pues, refugiándome, como tantas otras veces, en la filosofía estoica: como una muestra más de la irrelevancia de los afanes y esperanzas humanos. Todas las ferias de libros viejos son eso: un gigantesco baño de realidad, un inacabable ejercicio de resignación: los libros que hemos escrito con la mayor ilusión, esperando que se convirtieran en hitos de la literatura, en demostraciones de la grandeza de nuestro espíritu, se transforman en esto: papel amarillento, dedicatorias huérfanas, olvido. La paseata concluye con otro polo empapado de sudor, los pies doloridos y un botín magro: seis libros. Pero es que resulta difícil gastarse 20 euros en uno cuando por la mañana te has gastado 30 euros en 30. En la plaza Cataluña, que tengo que cruzar para coger los ferrocarriles y volver a casa, hay un festival de música hispanoamericana (que seguramente los organizadores han llamado "latinoamericana", como si en los países de Sudamérica se hablara latín): en una carpa, brincan cuatro jóvenes vestidos de lentejuelas, y, en otra, un señor y una señora, ataviados de riguroso blanco, evolucionan al son de los atabales y algo parecido a las maracas. Vacío la vejiga, a punto de reventar, en los lavabos del café Zúrich, que está atestado de turistas, como siempre, pero que, alabado sea el Hacedor, sigue permitiendo el libre uso de los aseos, en el sótano. La plaza hipóstila del metro está tapizada de los bolsos falsos del top manta de los africanos barceloneses. La mochila me pesa, aunque solo llevo seis libros y el periódico de hoy. Estoy agotado.

sábado, 22 de septiembre de 2018

De política (2): el pavoroso regreso de Aznar

Aznar ha vuelto. Volvió a las Cortes, a prestar declaración en la comisión parlamentaria que investiga la corrupción del Partido Popular, y la televisión y luego la prensa– recogieron ampliamente su intervención. Aznar tiene una virtud: despierta lo peor que hay en mí. Es una virtud: la eficacia con la que activa esa reacción, al margen del contenido de esta, es digna del mejor ingeniero electrónico, del más fino astrofísico de la NASA, del mago más abracadabrante. Veo a Aznar su frente despejada, su rostro rubicundo, su pelo marmóreo, su sonrisa de Landrú, su no bigote y me posee el horror: el estómago se me revuelve; se me eriza el vello; y, con el impacto emocional que me produce su contemplación, sería incapaz de atender el menor deber amatorio, aunque, por intercesión del cielo, hubiera de practicarlo con Mónica Bellucci. (Algo parecido me pasaba con Jesús Gil y Gil, pero a ese Dios ya lo tiene en su gloria; y con José Mourinho, que ahora ya solo desquicia a los ingleses). Peores aún que las consecuencias físicas son las, digamos, consecuencias intelectuales, que se adentran ipso facto en el ámbito de lo criminal: a mí que, como Woody Allen, en una guerra solo serviría de prisionero me entran ganas de coger una escopeta recortada y liarme a tiros, primero con el televisor en el que Aznar desgrana, en esos momentos, su visión de España y sus opiniones de estadista, y luego con el universo mundo, capaz de haber alumbrado a un individuo semejante. Por fortuna, no lo hago: no tengo recortada; aunque la tuviera, mi mujer no me dejaría destrozar un televisor que nos costó carísimo; y, en cualquier caso, la posibilidad de compartir trullo con Bárcenas, Zaplana, Rato, Matas y otros hijos de Aznar constituye una perspectiva mucho más insoportable que la de sobrevivir a los informativos sobre la deposición del héroe de las Azores, del promotor de la Ley del Suelo el origen de la burbuja inmobiliaria que ha agravado, hasta extremos demoníacos, la crisis económica en España y del padrino de la caterva más corrupta de la historia reciente de España, como lo llamaron, esta vez con acierto, tanto Gabriel Rufián como Pablo Iglesias en la comisión de investigación. La virtud que he mencionado de Aznar es única: con nadie más me sucede, aunque algunos Rafael Hernando, Juan Carlos Girauta apunten maneras para sumarse al club. A Rajoy, por ejemplo, no he sido capaz de odiarlo. Por más que discrepase de sus ideas y de sus políticas, siempre me pareció un conservador tradicional, galdosiano, con algo de humor y no malintencionado, un burguesón de provincias que se creía hasta cierto punto, no vayamos a exagerar lo que decía: España, otra vez España, el crecimiento económico, la estabilidad y la moderación, y todo lo demás. Con el cuajo que lo caracteriza, inmune a la evidencia de una sentencia de casi 1.500 páginas que así lo acredita y de varios altos cargos del partido que han reconocido haber recibido sobres con dinero negro, Aznar negó que el PP tuviera una caja B. Y, de nuevo impasible y cejijunto el ademán, llamó a Iglesias "peligro para la democracia y el orden constitucional", o algo así, usando esas solemnes expresiones de tufo jurídico que tanto le gustan y que le debe de parecer que agradan el discurso, que lo hacen digno de un prócer como él. Así calificó al líder de Podemos, él, que llevó a España a una guerra en la que murieron españoles algunos e iraquíes muchos–; que sentó las bases, con una política económica ultraliberal de baja estofa, valga la redundancia, para que la crisis económica se cebara y devastase nuestro país; y que propició, ayudado por la prensa afín, la teoría conspiranoica de que el atentado del 11-M no fue obra del yidahismo, excitado por la participación de España en el conflicto de Oriente Medio, sino de la antiespañola ETA. En realidad, Aznar el inigualable Ánsar, como lo llamó otro político egregio, George W. Bush, cuando departían en mexicano, y con los pies embutidos en botas de piel de cocodrilo encima de la mesa de su rancho tejano, sobre las inminentes medidas de política internacional que iban a adoptar, para sosiego del mundo no me exaspera por su gestión, pese a ser rigurosamente abominable, sino por su actitud: pétreo, sin asomo de incertidumbre, fiado a verdades inconmensurables, a espantos que su exigüidad mental, siempre necesitada de magnificación, ha vuelto deseables. Ah, Aznar, cuánto lo había echado de menos. Estaba en mis pesadillas, pero lo añoraba en la realidad. Celebro que su reaparición me haya devuelto no su peor imagen que esa es espeluznante siempre, sino la mía. Es bueno saber que uno alberga los peores sentimientos, que uno podría convertirse fácilmente en asesino, que las sombras, ahí dentro, contigo, también pueden devorarte. En el camino del autoconocimiento, la certeza del mal que somos constituye una realidad iluminadora. En homenaje a Aznar, que me ha permitido abismarme de nuevo en ese espacio oscuro pero esencial del yo, transcribo el poema que le dediqué en Insumisión, el poemario publicado en 2013:

Veo a Aznar y su bigote ausente, su bigote terrible, su bigote abrumador que ha dejado al país sumido en la consternación del no bigote. Aznar tiene bigote como otros tienen silicosis o aerofagia, pero no lo tiene en la cara, como se cree comúnmente, sino en el cerebro. El bigote se le electriza cuando no piensa. Se retuerce entonces como una lombriz, invade con espasmos anélidos los recintos vacíos de su no pensar. El bigote de Aznar, gallardo gallardete flameante, insta a la preservación de los valores que constituyen nuestra identidad; cosquillea a la catástrofe, que se remueve en su madriguera incivil; titila como un farolillo chino en un cementerio abarrotado de muertos. Aznar combate la insignificancia con la prosopopeya de un subteniente de alabarderos. Y así como el topo crece entre detritos subterráneos, y su ceguera, alimentada por la oscuridad, se engolosina con la oscuridad, él se multiplica por efecto de nuestra insignificancia, de nuestra resistencia a admitir que somos insignificantes, y de nuestra consiguiente necesidad de encumbrar a quienes se enorgullezcan de su pequeñez y la hagan pública y estridente como una starlette de vodevil. Aznar es inspector de Hacienda e inspector de alcantarillas. El humor de Aznar es templario y gualdirrojo. Gaddafi, siseando como un crótalo, le regaló un alazán cuando aún humeaban los doscientos setenta cadáveres mutilados de Lockerbie, y cuando volvía a humear también el petróleo libio por los oleoductos del Mediterráneo. El bigote de Aznar se emparejaba con el bigote de Gaddafi, y ambos bigotes meneaban el vientre sin velos, abrazados a la causa del terror [el humor del multimillonario morador de jaimas, asesino dilecto de su pueblo, promotor y devorador de mierda, era verde, como su bandera], avezados al estruendo, a la carcajada mesozoica, entre jaeces y reflejos de ebonita. Aznar fue el primer mandatario occidental en visitar al gran masturbador tras la condonación de sus deudas de muerte —propias y ajenas— por la organización de nulidades unidas. Luego, con la prestancia de un monosabio, se perdió por las sendas de la historia, agitando el bastón de caña y caminando con pies estrábicos. Pero Aznar se aferra con ahínco a sus ideas ausentes: se apezuña en ellas para desafiar el embate de las presentes. Sutil como un ñu, enarca entonces la glotis, aguza el remoquete y expele la fruslería colmilluda, asentada en principios civilizatorios que merecen de todo español bien nacido el calificativo de inmarcesibles. Aznar mira a la cámara con su entrecejo de hombre empachado de certidumbres, lustrado por el betún de su ovacionada insignificancia, y afirma que existen, que sí, que hay, que créanme, que les doy mi palabra, que es necesario actuar, con el sacrificio de nuestras vidas, si fuere preciso [es decir, de las vidas de nuestros soldados], de conformidad con ese haber indiscutible, infinitamente inobjetable, como indiscutible e inobjetable es el monasterio de El Escorial o el quehacer de la Obra, porque los ciudadanos han de saber que el destino en lo universal de la democracia vallisoletana consiste en exportarla, con la firmeza que requiera el caso, y sin condescender a la menudencia del parecer común, a las mezquitas bagdadíes y los suburbios de Kabul, ondeando la bandera vencedora en Perejil, y sus regüeldos gualdos, y el pendón de Nuestra Señora de San Lorenzo, con todo el viento de la historia atlántica soplando a nuestro favor, y la zarpa del monarca transoceánico en mi lomo de la dehesa.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Stultorum infinitus est numerus

No soy partidario de ocupar las entradas de este blog con textos de otros. Me parece una forma de eludir la responsabilidad creadora y la obligación de pensar. Pero esta vez voy a hacer una excepción, porque se ha dado la casualidad de que coincidieran en el tiempo dos textos espléndidos, que se muestran íntimamente relacionados, que abundan en ideas expuestas en varios posts de estas corónicas, y que suscribo por entero. Además, uno ha sido escrito por un gran amigo. Es un placer, pues, hacer público el elogio. 

El primero es una carta al director (yo aún leo las cartas al director de los periódicos; más aún, yo aún leo los periódicos) firmada por Sebastián Fernández Izquierdo, a quien no tengo el gusto de conocer, de Petrer (Alicante), y publicada en El País el miércoles, 12 de septiembre de 2018. Dice así:

No hay ninguna prueba de que el hombre llegara a la Luna. La medicina oficial es una patraña; lo que realmente funciona es la medicina natural y la homeopatía. Aprende inglés mientras duermes. Las vacunas son perjudiciales e interfieren con las defensas naturales; son un invento diabólico de las empresas farmacéuticas para enriquecerse. Tengo algo que hará que te crezca el pelo y el pene. El veneno de abeja cura la esclerosis múltiple. Los extraterrestres viven entre nosotros. Si quieres que siga contándote verdades como estas y destapando conspiraciones, suscríbete a mi canal, haz clic en “me gusta” y hazte seguidor mío. Y ahora envía esto a diez de tus contactos si no quieres que te ocurra una desgracia. Un pequeño esfuerzo más para conseguir el objetivo: que el número de idiotas en la Tierra se cuente por miles de millones.

El acierto de la misiva es total. Precisamente por eso, porque da plenamente en el blanco, a uno le vienen ganas de prolongar la lista: Walt Disney está congelado y revivirá en el futuro, cuando la ciencia sea capaz de regenerar los tejidos muertos. Elvis Presley y Michael Jackson no han muerto, sino que viven en una isla del Pacífico (o del Atlántico, no estoy seguro). A John F. Kennedy lo mató la CIA. Los atentados del 11-S fueron también obra de la CIA (en colaboración con George Bush Jr. y las industrias petrolífera y armamentística americanas). Los del 11-M, de la ETA. Hay una conspiración judía para dominar el mundo. Los aviones dejan estelas químicas con el propósito de dañar a la población. El calentamiento global no existe. Y, entre muchas otras posibles, una excepcional, que está conociendo un gran auge entre los imbéciles, y de la que trata esta entrada, titulada "Planos", del blog Las diosas y las nubes, del helenista, poeta, traductor, tipógrafo y buen amigo Juan Manuel Macías, colgada el 11 de septiembre de 2018:

Con dos decenios ya casi cumplidos del siglo XXI, aún hay gente que sostiene que la Tierra es plana. Y no, no están en ninguna tribu perdida del Amazonas, sino en este llamado primer mundo, civilización de los aifons y demás regalos de los dioses. Incluso hay grupos organizados en las redes sociales, donde, por otra parte, toda gilipollez es alada. La ignorancia de nuestros antepasados, al menos, tenía un punto de legítima. Pero estos jóvenes (o no tan jóvenes) burgueses de ahora, que han crecido saturados y hastiados de información, parecen abrazar cualquier superchería como una novedad excéntrica, un esnobismo más. Nuestros lejanos ancestros creían en un mundo plano, pero al menos poblaban las tierras más extremas e incógnitas de dragones y demás portentos. Los entusiastas medio crédulos de hogaño se contentan con levantar toda una trama conspiratoria, y afirman que la comunidad científica, los gobiernos y la NASA ocultan a las masas la terrible verdad de la planicie terrestre. A saber con qué fin, como no sea el de fortalecer el poderoso lobby de los fabricantes de globos terráqueos. El profético Wells no se equivocaba con su Máquina del tiempo: está abonado el terreno para los Eloi. Mientras, los Morlock trabajan sin descanso en el subsuelo, fabricando aifons y demás regalos.

Son, me parece, dos textos emparentados, inteligentes y modélicos. Me habría gustado escribirlos a mí. Por eso los cuelgo hoy aquí. Por eso y porque todo esfuerzo es poco para combatir la estupidez, tan consustancial al género humano, pero, al mismo tiempo, tan trumpiana, tan de moda en nuestro mundo.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Los dadaístas rusos

Visito hoy, con mi buena amiga Teresa Morcillo, la exposición Dadá ruso 1914-1924 en el museo Reina Sofía de Madrid. Nos interesa el arte, desde luego, pero también el aire, el aire acondicionado: es fundamental escapar del calor fundepiedras de hoy, y los museos, bien refrigerados, son el lugar ideal para hacerlo. Antes de entrar, cuando el sol todavía no ahoga, nos tomamos un relaxing café con leche (claro, estamos en Madrid) en una de las terrazas circundantes. Mientras lo hacemos, se nos acerca una joven con un puñado de ejemplares de un librito en los brazos. "Lo he escrito yo", nos informa, con ese brillo sin igual del primer libro en los ojos. Le pido uno y lo hojeo. Contiene poemas breves y microrrelatos, escritos, obviamente, por una autora digital. Y, como casi todo lo escrito por un autor digital, son malos, muy malos, malísimos. No obstante, le compro uno. El precio, once euros, casi me disuade, pero se impone el deseo de ayudar a quien comparte el amor por el lenguaje y la literatura y ha decidido ser escritora: no defraudaré la ilusión con que lo ha compuesto y ahora nos los ofrece. Solo confío en que lea más (y que lo que lea no sea solo de otros autores digitales), corrija más y escriba mejor. Cumplido el deber de auxiliar a los jóvenes (y a los editores de poesía), entramos en la exposición. Dadá ruso es una muestra exhaustiva del arte de vanguardia en Rusia y de sus relaciones con los ismos europeos, aunque se concentra en la década –la que se inicia con el estallido de la Primera Guerra Mundial y acaba con la muerte de Lenin– en que el dadaísmo alcanza su apogeo. Dadá (que, pese a su ideario jocosamente destructor, y aunque su nombre no signifique nada, según su creador, Tristan Tzara, cobra en ruso un sentido afirmativo: dada quiere decir "sí-sí") promovió la fusión de las artes y los medios de comunicación –la poesía, la pintura, la fotografía, el teatro, el cine, la prensa–, y eso se advierte desde la primera sala a la que nos asomamos, donde se proyecta la película El rayo de la muerte, de Lev Kuleshov, rodada en 1925: en ese momento se ve a una mujer, extraordinariamente parecida a Maribel Verdú, secándose el pelo con dos secadores. No sabemos muy bien cómo se integra este hecho en la lucha antifascista que documenta el film, pero de algún modo debe de hacerlo. No obstante, como el largometraje es, en efecto, largo –de 125 minutos–, preferimos no averiguarlo y seguir adelante. Leo con placer, poco después, una frase de Vladímir Tatlin, a quien no sé si le gustaría mucho verse hoy aquí: promovió la muerte del arte de museo (y también un monstruoso edificio, el Monumento a la Tercera Internacional, ejemplo del antiarte, que por fortuna no llegó a construirse: salía demasiado caro). Pero con esa frase salva su iconoclasia. Dice Tatlin: "Nada de Arte... A la mierda el Arte". Inconformista sí era, como Dios mandaba. Igual que los nadistas (no nudistas), cuyo arte insistía en la destrucción del arte: "Si alguien afirma con delicadeza: 'El arte está por encima de la vida, el arte nos enseña...', le atizamos con un palo en la cabeza". Maiakovski aparece a continuación, pero no como poeta, sino como diseñador y autor teatral: suyos son los dibujos –satíricos, coloristas– de la escenografía y el vestuario de Misterio bufo. Siete pares de puros, la obra que escribió en 1919 para conmemorar el primer aniversario del triunfo de la Revolución de Octubre. Pero su obra poética no tarda en verse: en una vitrina –a la que me asomo con ansia fetichista– hay un ejemplar de 150.000.000, publicado en Praga en 1925, su mayor creación y una de las mayores, también, de la literatura épica contemporánea, que ha prolongado, setenta años después, un poeta español, Enrique Falcón, con otro libro titánico, La marcha de 150.000.000. Víktor Shklovski, panfletista y teórico del formalismo ruso, aporta un poema en el que se lee: "Insistimos: No convirtáis a Lenin en un cliché...". La historia, por desgracia, no le ha hecho caso. Ilia Zdanevich, franco-georgiano, nos ilumina con un volante indecente, de 1917, titulado "¡No puedes sostener una teta y un coño con la misma mano!". Cuánta razón tenía. Y también en este otro, del mismo año: "La felicidad no es una polla: no se puede agarrar con las manos". El absurdo atraviesa la exposición de principio a fin, porque el absurdo de las vanguardias revela el absurdo de las convenciones y la arbitrariedad de las formas. El Lisitsky, uno de los artistas más influyentes de la Rusia revolucionaria, escribió esto en 1925: "Estoy trabajando en un autorretrato fotográfico. Una pieza totalmente absurda, si todo marcha según lo planeado", algo que recuerda, aunque en sentido inverso, al no menos absurdo dictum de Groucho Marx según el cual nunca pertenecería a un club que lo aceptara como miembro. Más dadaístas rusos abundan en la crítica –y la autocrítica– desde otros ángulos: Iván Puni escribe en 1925: "En general, el arte ruso se dedica permanentemente a cortar el nudo gordiano. No sabemos cómo atarlo". Y no falta, desde luego, el célebre axioma de André Breton que parece la clave de bóveda del edificio universal de la vanguardia, o, como la llamaba Octavio Paz, de la tradición de la ruptura: "La belleza será convulsiva o no será" (y que habremos de abstenernos de manipular como se hiciera con la máxima del obispo Torras i Bages esculpida en la fachada de la abadía de Montserrat, "Cataluña será cristiana o no será". Alguien muy listo –porque para ser listo a menudo basta con ser sencillo– desautorizó al prelado y a su tremebunda sentencia con un insignificante pronombre: "Cataluña será cristiana o no lo será"). Entre los pintores expuestos en Dadá ruso, disfrutamos de piezas de Kamenski, Malevich, Schwitters, Grosz, Rozánova (de esta, cuadros que son hipnóticas [des]composiciones geométricas de puntos, líneas y figuras que integran la tipografía y el color), Klutsis y Delaunay, que aporta el celebre Retrato de Tristan Tzara, de 1923, en el que el rumano que parecía querer destruirlo todo, o burlarse de todo, aparece con gafas, bufanda y una raya perfecta en el pelo engominado. Abundan los collages con recortes de prensa, que en aquellos años de escasa difusión audiovisual era fundamental para la configuración de la opinión pública y la agitación de masas. No obstante, Dadá ruso subraya la creciente pujanza del cine como medio de comunicación y forma artística. Además de El rayo de la muerte, se exhibe El diario de Glúmov, rodada en 1923, la primera película de Serguéi Eisenstein, que dos años después entregaría la capital El acorazado Potemkin, y un corto estupendo, que yo no habría asociado nunca a la vanguardia rusa, pero que los inteligentes comisarios de Dadá ruso me han hecho descubrir vinculado a sus propuestas deletéreas y lúcidamente descabelladas: Adiós a las armas, de Charles Chaplin, de 1918, en la que Charlot da pataletas y desfila como si llevara al hombro un jamón serrano, y que aquí cierra la muestra. Fuera, las piedras ya se están fundiendo No vemos a la joven escritora a la que le he comprado un libro. A ver si encontramos refugio en otro museo.

domingo, 2 de septiembre de 2018

De política (1): estrechando lazos

Cataluña está empapelada de lazos amarillos, sobre todo la Cataluña profunda, que es, como la España profunda, agropecuaria y cerril; Barcelona y su área metropolitana, bastante menos. Hay que aplaudir a quien ideó el símbolo, aunque el amarillo sea el color de la mala suerte en el teatro y los faranduleros lo rehúyan con ahínco (y la política no deja de ser una farsa en el gran teatro del mundo): el lazo glauco ha prendido entre quienes comparten las ideas que se ha decidido que representase, y también entre quienes comparten las ideas contrarias. Entre ambos –igual que a ambos hay que atribuir la responsabilidad del pandemonio nacionalista que nos asfixia– lo han convertido en el centro del debate, en el protagonista de la farsa. Hay que felicitar asimismo a los fabricantes de lazos amarillos: están haciendo el agosto. Hoy, se pone uno a recortar tiras de ese color, de plástico, de tela o de papel, y se hace de oro. Es una buena idea para los autónomos, ahora que se habla tanto de ellos. En realidad, es todo una estupidez: colgar lazos, retirar lazos, debatir ad nauseam sobre el colgar o el retirar lazos, organizar brigadas de limpieza para quitarlos y comités vecinales para volverlos a poner, presentar denuncias contra unos y otros, y hasta pegarse por ellos. Pero también es una manifestación de la libertad de expresión (pegarse no, desde luego), que tanto, ay, nos ha costado conseguir: unos colgando lazos amarillos, banderas esteladas y carteles que reclaman la liberación de los presos políticos, y otros colgando carteles naranjas o con gaviotas azules, banderas españolas y difundiendo en múltiples medios que no hay presos políticos, sino políticos presos. A mí los lazos amarillos me incomodan, sobre todo cuando los veo en las solapas de funcionarios de las administraciones públicas de Cataluña y representantes institucionales. Los funcionarios públicos y los gestores que nos gobiernan (porque eso son los políticos a los que elegimos: gestores; no hay que olvidarlo) se deben a todos los ciudadanos, y que luzcan ese símbolo, u otros de carácter igualmente partidista, expulsa de su espacio, de su representatividad, de su labor, a más de la mitad de la población a la que deberían servir. Pero también me incomodan las manifestaciones del nacionalismo español, que nunca son tan ruidosas (menos cuando participa Marta Sánchez), porque no lo necesita –la institucionalización, con todo el peso de la soberanía, es decir, del Derecho y por lo tanto de la fuerza, hace innecesarias sus expresiones más banales–, pero que resultan, por su fuerza, precisamente, tan o más dañinas que las de sus antagonistas. Toda la construcción jurídica con la que los unos (o hunos, como diría Unamuno) pretenden erradicar al contrario y toda la destrucción jurídica con la que los otros quieren dejar al oponente en la estacada, no son sino estructuras artificiales con las que se sustancian –y disimulan– sentimientos nacionales –es decir, de pertenencia a una comunidad, de identificación con un grupo– encontrados. Con esa base, el lenguaje se hincha y se vuelve un arma de combate –unos y otros se tildan de "fascistas" con una frivolidad que abochorna a quieres han sufrido el fascismo verdadero; cualquier manifestación del rival es una expresión "de odio"; el independentismo es "golpista"; España es "franquista"– y también los comportamientos, que han llegado ya, hace poco, a la agresión física. Curiosamente, los que pegaron, militantes o simpatizantes de Ciudadanos, son los mismos que califican a los independentistas de violentos. Un pobre cámara de Telemadrid –uno de los suyos, además–, que no cayó en la cuenta de que llevar una prenda amarilla, por pequeña que fuese, en aquellas circunstancias tenía más peligro que una piraña en un bidé, fue aporreado por varios defensores de la unidad de la patria que se habían reunido en el parque de la Ciudadela para protestar pacíficamente por los atropellos de los indepes. Rivera y Arrimadas, esos Bonnie and Clyde de la nueva política española, se apresuraron a manifestar que los agresores habían sido radicales infiltrados en su manifestación. Si bien esta explicación no es nada original –es la que han dado todos los líderes del mundo cuando algunos de sus cachorros han hecho que se le viera el plumero a su partido o movimiento-, Rivera y Arrimadas –que quizá sean, corrijo, los Pompoff y Thedy de la política patria, con permiso del polimasterizado Pablo Casado y su fiel escudero, el inefable Teodoro García Egea– sí han sido innovadores con el concepto de "la neutralidad de los espacios públicos". Con él, formulado con ese aire técnico-jurídico que viste mucho y da respetabilidad, pretenden que sea imposible –más aún: ilegal– que la gente exprese en la calle lo que quiera. ¿Neutralidad del espacio público? Lo que ha de ser neutral son las instituciones (por eso no debería permitirse que los funcionarios o gobernantes, en el ejercicio de sus cargos, lucieran símbolos sectarios), pero la calle ni puede ni debe serlo. La calle es, y ha de seguir siendo, lo que siempre ha sido, al menos en los países democráticos: el lugar sin peajes al que todos accedemos en igualdad de condiciones para defender, siempre que sea pacíficamente, lo que creamos justo defender: la mejora de unas condiciones laborales en una huelga; la conveniencia de votar a uno u otro partido político en unas elecciones; la alegría por una victoria deportiva o por que se celebre el Día de la Hispanidad o el de las Fuerzas Armadas; la solidaridad con los inmigrantes que mueren camino de Europa o a los que Europa desahucia en una manifestación; la devoción por una imagen o una festividad religiosas (aunque estas a mí me resulten especialmente difíciles de tragar); o la oposición a una política, unos políticos o un Estado, entre una infinidad de cosas más. En ese espacio cabe todo; y está bien que sea así: todo ha de caber, sobre todo aquello que nos disgusta, y hasta nos repugna. Ciudadanos lo ha llenado, a lo largo de estos años infaustos, de octavillas, pasquines, reuniones de ciudadanos rojigualdos, armados de banderas rojigualdas, que gritaban su amor a la patria, y hasta fotos de su líder desnudo. Todo eso me repele, pero no puedo –ni quiero– oponerme a que lo haga. Y para justificarlo recurro a eso tan repetido, pero tan poco practicado, que enunció Helvecio: no estoy de acuerdo con lo que dicen (o con que cuelguen lazos amarillos en la calle), pero defenderé con la vida (bueno, con la vida quizá no, pero lo defenderé mucho) su derecho a decirlo (y a colgarlos). Con la majadería de la neutralidad de los espacios públicos solo se demuestra, una vez más, la voluntad de los nacionalistas de afirmar, frente a los otros nacionalismos que les discuten el territorio y la hegemonía, su sentimiento primitivo, su condición tribal, su aquí estamos nosotros y esto es nuestro.