martes, 15 de enero de 2019

La gilipollez del Rally Dakar

Se corre estas semanas la 41ª edición del Rally Dakar. Pero no va a Dakar, sino a Lima. Antes se llamaba París-Dakar, pero tampoco iba de París a Dakar. Al principio, sí: se llamaba París-Dakar porque iba de París a Dakar. Pero las cosas cambian o, como decía don Sebastián en La verbena de la paloma, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Uno sabe que se corre el Rally Dakar (y que va a Lima) porque las televisiones están llenas de noticias sobre la carrera. De hecho, uno sabe que se va a correr el Rally Dakar porque, desde mucho antes de que empiece, las televisiones están llenas de noticias sobre la carrera (y seguirá habiéndolas hasta mucho después de que termine). En realidad, las televisiones y todos los medios de comunicación. Pero es que yo soy de los dinosaurios que todavía ven la televisión (y leen periódicos en papel), y esa es una de mis principales fuentes de información. A mí, el Rally Dakar siempre me ha parecido una gilipollez. Y no solo porque se llame así cuando ya no va a Dakar, sino también porque arrasar durante varias semanas los paisajes de los países pobres con una caravana de vehículos estrepitosos, contaminantes y destructivos (entre los que se cuentan camiones de varias toneladas, con ruedas como tractores) no es ni edificante, ni civilizado, ni divertido. La recua motorizada desfilaba por los países africanos y desfila ahora por los hispanoamericanos con la agresividad de la industria automovilística y la arrogancia del capitalismo, y no para mientes en lo que haya que cargarse. En Chile, por ejemplo, donde se han corrido etapas seis años, las motos, coches, quads y camiones del Dakar han dañado yacimientos arqueológicos de 2.000 años de antigüedad. También han perjudicado zonas del desierto de Atacama en las que crece la flora desértica, un fenómeno natural único en el mundo (en el que asoman especies tan singulares como las añañucas amarillas y rojas [rhodophiala phycelloides], el huille de flores blancas [leucocoryne], la pata de guanaco [cistanthe grandiflora], las coronillas del fraile [encelia canescens]  y las orejas de zorro [aristolochia bridgesii]). Los destrozos que causa esta nueva y más deletérea forma de serpiente multicolor no son solo arqueológicos y medioambientales: también son humanos. No me afectan demasiado los accidentes que sufren los propios conductores (o sus ayudantes), que han dejado un larguísimo reguero de heridos y lisiados, y que a menudo son fatales: 25 de ellos han palmado desde la fundación de la prueba, en 1979, a los que se sumaron, en 1986, el propio fundador, el francés Thierry Sabine, y cuatro personas más, en un accidente de helicóptero. Al fin y al cabo, ellos se lo han buscado. La mayoría se dejan la piel por accidentes y caídas, pero alguno ha muerto de un disparo, al pisar una mina o por deshidratación; y el motociclista Jean-Michel Baron se estampó en 1986, pero no murió hasta 2010, tras 24 años en estado vegetativo. Los accidentes que sobrecogen son los de personas que pasaban por allí. Hace tres días, mis queridas televisiones daban las imágenes de un espectador atropellado por un camión. El hombre no resultó muerto porque el cacharro no le pasó por el pecho, sino por las piernas; de otro modo, lo habría aplastado como a una uva. El conductor, además, no se paró a socorrerlo. Es lógico: estaba en una carrera, y en una carrera se trata de llegar cuanto antes a donde sea que haya que llegar, y no está uno para pararse por menudencias. Pese a lo trágico del incidente, el espectador arrollado había ido a ver el rally e, imprudente, había invadido el camino (o lo que fuera aquello) por el que pasaban los vehículos. Tuvo, pues, parte de culpa. Las desgracias que más duelen, si es que estas cosas tienen todavía la capacidad de afectarnos, son las de las mujeres y niños malienses, nigerianos, mauritanos, guineanos y senegaleses atropellados por los coches de la prueba. Cuando se entrevista a los participantes pasados, presentes o futuros del Rally Dakar, lo que siempre me ha llamado la atención ha sido la justificación de esa participación, que los periodistas deportivos, una de las especies más rastreras y más iletradas de los mass media contemporáneos, reproducen y amplifican en los medios: la superación. Antes era más frecuente apelar al espíritu de aventura, pero ahora de lo que se trata es de superarse. Una superación que invocan con especial vehemencia aquellos que padecen alguna minusvalía o limitación física, como Isidre Esteve, que ya había participado en el Rally Dakar, pero que ha seguido haciéndolo pese a estar postrado en una silla de ruedas desde 2007, a resultas de un grave accidente padecido en otro rally, celebrado en España. Así, cuanto más fastidiado esté uno, si es capaz de afrontar los morrocotudos desafíos de una prueba tan superferolítica como el Rally Dakar (o de cualquier otra igual de exigente, por estúpida que sea), más se supera. Pero superarse en algo tan inútil como conducir un coche de un lugar a otro, con el solo fin de conducir un coche de un lugar a otro (y llegar antes que nadie), es una superación vacua, una superación majadera, una mierda de superación, que solo sirve al negocio de las empresas de automoción y al circo planetario del deporte (y del periodismo deportivo). Si esta gente quiere superarse, que haga como tantas otras, como tantos millones de personas que lo hacen cada día, todos los días del año, con mayor esfuerzo, con mayor heroicidad, y sin ninguna publicidad: ninguna aparece ni un segundo en los telediarios que tanto espacio dedican al Rally Dakar y a sus pistonudos conductores: los que se levantan todas las mañanas sabiendo que se van a pasar el día cuidando de un enfermo incurable o un anciano desvalido; los que trabajan como perros, sin desfallecer, muchas veces en negro, sin derechos, sin protección, para sacar adelante a su familia o, simplemente, para sobrevivir; los que se esfuerzan en lo que hagan, y lo intentan y lo vuelven a intentar, hasta conseguir lo que mejora su condición o sostiene su dignidad; los que ayudan desinteresadamente a los demás, sobreponiéndose a dificultades y limitaciones, por compasión, por solidaridad, por afán de justicia; los que padecen maltrato e iniquidad y luchan sin descanso para defenderse o resarcirse; los que sobrellevan una vida de penalidades, pero se afanan para seguir viviéndola, y para que sea un motivo de alegría para ellos y para los demás; los empresarios, pequeños, modestos, que bregan cada jornada por ofrecer mejores productos o servicios y por garantizar los puestos de trabajo que dependen de su negocio; los que investigan, los que estudian, los que hacen arte, a menudo con pocos recursos, o contra la indiferencia o incomprensión de los demás, para obtener conocimientos, bienes o bellezas que mejoren la vida de todos. Todos esos, y muchos más, se superan cada día, a cada instante, y su superación es sufrida y verdadera, no esa superación idiota de pijos con GPS de última generación y anuncios multicolores en el coche que consideran una hazaña conducir de un lugar a otro, y alcanzar la meta antes que nadie, por muy en Perú que estén. Porque a Dakar el Rally Dakar ya no llega.

jueves, 10 de enero de 2019

Compramos un colchón

Hoy vamos a comprar un colchón. En realidad, no hemos hablado aún de comprarlo, sino solo de mirar, pero yo sé, en cuanto cruzamos el umbral de la tienda un establecimiento esquinero, de grandísimo y acristalado escaparate, que de aquí no saldremos sin uno nuevo. Ángeles lo necesita con urgencia y yo no estoy dispuesto a peregrinar por todas las tiendas de colchones de Sant Cugat hasta encontrar el más adecuado, el óptimo, el mejor. Obedezco a mi condición de varón cazador: las compras son un acto cinegético, en el que hay que proceder con rapidez, determinación y eficacia. Ángeles, en cambio, es una hembra recolectora morosa, paciente, deliberativa, una cualidad que, como casi todas las suyas, suele imponerse a la mía. Aunque esta vez tiene prisa: su lumbalgia no tolera ya la curvatura inevitable que sufre un jergón que ha de soportar mi peso y que lleva más de 13 años desempeñando tan esforzada tarea. De eso pienso aprovecharme: aquí, hoy, resolveremos el problema. Que esto sea, por una vez, llegar y besar al santo. Cuando entramos, una dependienta rubia y rolliza acude, presta, a recibirnos y a darnos la bienvenida. Es literal: "bienvenidos", nos dice. Nunca me habían dado la bienvenida en una tienda de colchones, ni, de hecho, en ninguna otra clase de tienda. Me pregunto si también nos ofrecerá un café, pero no, no nos ofrece un café. Va directa al grano: ¿alguno de Uds. [y le agradezco que no nos tutee; el tuteo establece una intimidad impertinente: la intimidad no puede ser impuesta por los demás, sino acordada por uno] tiene problemas de espalda? Ángeles se apresura a responder que sí, y yo añado que mis muchas horas diarias ante el ordenador me pasan también factura en las cervicales. Eso hace que nos conduzca, con una sonrisa de satisfacción, a un espacio aparte, ocupado por dos colchones medicinales. "Que sean medicinales no quiere decir que no sean cómodos", puntualiza, "y son los mejores para los problemas de espalda", remata. Serán cómodos, pienso, pero lucen adustos, puritanos: parecen colchones muy conscientes de su labor terapéutica, colchones que no están por tonterías, colchones con una misión en la vida. A mí me habría gustado que nos hubiese ofrecido otros más jacarandosos: un colchón de agua, por ejemplo, de esos que suscitan asociaciones sicalípticas, y que existen desde hace 5.600 años: los inventaron los persas, que llenaban de líquido recipientes de cuero; o un colchón de pelo de caballo, cuyos mejores modelos de la sueca Hästens cuestan 88.000 euros. Pero no: la dependienta nos lleva ante la presencia de sus colchones medicinales, que, insiste, son fabulosos para combatir nuestras dolencias: son firmes, pero se adaptan como un guante al cuerpo; transpiran; no se deforman; se mantienen libres de ácaros, insectos y otras sabandijas; y presentan una asimetría inteligente, que eleva un poco los pies del resto del cuerpo y favorece, así, la circulación sanguínea, lo que, sin duda, beneficiará a los ancianos que estamos a punto de ser, si es que no lo somos ya. Por si fuera poco, que estén fabricados con una espuma especial, high-density (así lo dice: jai dénsiti, como jai alai), evitará que el movimiento de uno en la cama zarandee al otro. Esta característica cautiva a Ángeles, que ya no está dispuesta a compartir el lecho, como en nuestros años de juventud y colchones muelleros, con un tren de mercancías. Ciertamente, la lista de utilidades del colchón medicinal es apabullante. Pero ante su inocultable severidad, que tiene algo de féretro o tumba, pasan ante mis ojos imágenes de todos los colchones que he tenido a lo largo de la vida. El ser humano pasa un tercio de su existencia durmiendo (o intentándolo), es decir, pasa un tercio de su vida abrazado a un colchón. Eso representa entre 27 y 30 años. El colchón es, pues, en muchísimos casos, más fiel (y más fiable) que la familia, más fiel (y más fiable) que la pareja. El colchón es nuestro compañero y nuestro amigo, aunque también, si padece uno insomnio, puede convertirse en un enemigo cruel. Pero, sea como fuere, siempre está ahí, dispuesto a acogernos, sin una queja (salvo, quizá, la de los muelles desnortados, la de las lamas exhaustas), abnegado, placentero y placentario. Veo el colchón de mi infancia y adolescencia, poco más que una colchoneta de espuma debajo de la cual, por consejo del médico de cabecera de la familia, mi madre puso una tabla de madera para enderezarme una espalda que siempre amenazaba, por mi altura, con venirse abajo. Veo aquel colchón de paja en el que mi padre y yo dormimos algunas noches en Azanuy: a él le encantaba, como demostraban sus ronquidos, porque lo devolvía a su niñez; a mí me resultaba desabrido: me pinchaba, y nunca llegué a captar el embrujo rural que aquella márfega conservaba todavía para él. Veo los colchones de lana que nos esperaban sin remedio en las casas de los pueblos donde pasábamos los veranos, y cuyos grumos jugueteaban azarosamente con mi cuerpo. Veo la colchoneta indeciblemente sucia del refugio de la estación de esquí de Núria, de la que apenas me preservaba el saco de dormir en el que me embutía, y que me procuró la reacción de un eccema galopante. Veo el colchón asimismo inhumano de la compañía en la que hice la mili, en el que se habían depositado los miasmas y toda suerte de sustancias demasiado íntimas de docenas de reemplazos de reclutas y soldados. Veo mi primer colchón de casado, muellero pero prometedor además, entonces no me importaba: era una mejora sustancial con respecto a casi todo lo que había tenido antes, en el que concebimos a nuestros hijos. Veo mi primer colchón viscoelástico, una novedad astrofísica, un lujo asiático, una prueba incontestable de que habíamos venido a mejor fortuna, de nuestro ascenso social. Y veo mi último colchón en Mérida, el mejor en el que quizá haya descansado nunca, donde depositaba las angustias de mis últimos meses en la Editora Regional de Extremadura, y cuyo nombre cometí el error de no anotar: un colchón gordo, acariciador, aterciopelado, infinito, que me envolvía con la dulzura de una madre y la rectitud de un padre. Ahora, en cambio, solo veo el colchón medicinal, con sus aristas sanadoras y su lisura cuáquera, que la dependienta continúa ponderando sin descanso. "Pruébenlo, pruébenlo", concluye, como me temía. Siempre me he sentido incómodo acostándome en los colchones de las tiendas para probarlos. Es algo, de nuevo, demasiado íntimo como para hacerlo delante de una desconocida. (Además, ¿cuántos se habrán acostado ya en él?). Sin embargo, Ángeles, que tiene muchos más escrúpulos higiénicos que yo, pero, incomprensiblemente, nunca ha sentido ningún reparo en tumbarse en los colchones de exposición, salta animosa al medicinal. "Está muy bien", sostiene. Yo lo hago, remiso, después de ella y lo siento duro como una piedra, pero no digo nada. "Es medicinal", pienso; "duro tiene que ser". "Y, si Ángeles lo ha encontrado bien, es que está bien", sigo pensando, algo lúgubremente. Supongo que en su impresión ha pesado con fuerza que no quiera volver a encontrarse como se encuentra ahora: rodando ladera abajo por su mitad de la cama hasta encontrarse conmigo, sólidamente desparramado en la mía. Así pues, y pese a la gravedad que transmite, o quizá por ella, nos quedamos con el colchón medicinal. Además, nos beneficiaremos de la oferta de temporada: una reducción del 21% del precio, coincidente con el importe del IVA. Además, se llevarán el viejo de casa. Además, nuestra espalda nos lo agradecerá. Además, ya habremos liquidado el asunto, a la primera y definitivamente. Hasta dentro de 10 años, como poco, en que quizá ya no haya colchones, o estén hechos con la materia de los sueños, o no sea necesario dormir.

sábado, 5 de enero de 2019

De bautismos y aeropuertos

El gobierno ha acordado hace poco rebautizar el aeropuerto de Barcelona, que toda la vida se ha llamado El Prat, con el nombre de Josep Tarradellas, el que fuera 125º presidente de la Generalitat de Cataluña: en el exilio desde 1954 a 1977 y en la Generalitat restaurada por la democracia española desde 1977 hasta 1980. La decisión, eminentemente simbólica, es otra de las medidas adoptadas por el gobierno de Pedro Sánchez para apaciguar las  encrespadas aguas del independentismo catalán. Aunque no sé yo si precisamente alguien como Tarradellas, que previó y anunció la radicalización del catalanismo, instigada por el victimismo y la corrupción de Jordi Pujol y sus secuaces, es el más adecuado para sosegar a Puigdemont y los suyos. Méritos, desde luego, no le faltan: como conseller en cap, promovió una ley del aborto progresista, en 1936; vivió 38 años en el exilio, durante los cuales mantuvo la legitimidad de la Generalitat histórica y la República española; sentó las bases de la Generalitat actual; se erigió en símbolo imperecedero cuando pronunció su célebre Ciutadans de Catalunya! Ja sóc aquí! (y obsérvese que no dijo Catalans!, como Franco decía ¡Españoles!, sino ¡Ciudadanos de Cataluña!) al regresar a Barcelona; y gobernó Cataluña tres tempestuosos años sin tacha de sectarismo o corrupción. Pero también dijo, refiriéndose a Pujol, que él "de enanos y corruptos no hablaba", y que el régimen que este había establecido en Cataluña era una "dictadura blanca". No creo que alguien que se exprese en esos términos, íntegro y clarividente, como Tarradellas, suscite el entusiasmo de los actuales cabestros del separatismo, y el recordatorio que hará su nombre en el aeropuerto de Barcelona de su figura será un chinche constante, que diría José Mota, en la conciencia de los hooligans Torra et al. Bien pensado, el acaso malsano placer que algo así nos procure a algunos quizá compense la tristeza que nos cause abandonar ese otro nombre, El Prat, que nos ha acompañado toda la vida y que asociamos con algunos de nuestros recuerdos más felices. 

En Kaliningrado alguien tuvo la feliz idea de proponer el nombre de Immanuel Kant para el aeropuerto de la ciudad. Allí, cuando aún era Königsberg, capital de la Prusia Oriental, mucho antes de que los rusos conquistaran el territorio durante la Segunda Guerra Mundial y lo incorporaran a la Unión Soviética, había nacido, estudiado, profesado, escrito y muerto el que acaso sea el filósofo más importante de la edad moderna, sin el cual no puede entenderse el pensamiento ni la cultura occidentales de hoy. Resultaba, pues, adecuado y plausible que un lugar como el aeropuerto lo homenajeara así. Sin embargo, en Kaliningrado, sede de la flota rusa del Báltico, abundan los almirantes rusos, y ya se sabe que los almirantes rusos no son gente de fiar, sobre todo cuando los manda alguien tan poco de fiar como el ex agente del KGB Vladímir Putin. Henchidos de amor indígena, militares y ultranacionalistas, valga la redundancia, han llamado a Kant enemigo y traidor a la patria (rusa, se entiende), y las turbas, obedientes al dictado de los verdaderos hijos de Kaliningrado, han llenado de pintura y oprobio los varios monumentos a Kant de la ciudad y conseguido que el aeródromo se llame por fin Isabel I (de Rusia, claro; no de Inglaterra ni España), que queda mucho más regio, patriótico y hasta feminista. En este vendaval que avergüenza, o debería avergonzar, a la humanidad, uno de los prebostes de la Armada, el vicealmirante Igor Mujametshin, que tiene nombre de luchador uzbeko de ultimate fighting, y que sin duda mentalmente lo es, instó en plata: ordenó a sus (muchísimos) soldados a no votar a Kant (dado que el nombre se decidía por votación popular), alegando que el filósofo había traicionado a su patria (aunque no especificó cómo), que se había humillado y arrastrado “de rodillas para que le dieran una cátedra en la universidad donde daba clases” (tampoco justificó este aserto, ni falta que le hacía) y, escandalosamente y para concluir, que había escrito “unos libros incomprensibles que nadie de los que están aquí ha leído ni leerá nunca”. En esto último llevaba razón, al menos en lo que a él mismo y probablemente a sus conmilitones concernía. Para el vicealmirante Mujametshin, seguramente los cuentos de Winnie the Pooh sean una lectura ardua. Para cerrar su inflamada intervención, el entorchado cómitre pidió a los marineros y, por su mediación, a sus parientes que votaran por el almirante Alexandr Vasilevski, que había dirigido el asalto de las tropas rusas a Königsberg en 1945, aduciendo que un lugar donde “se había vertido la sangre de soldados y oficiales soviéticos no podía llevar el nombre de un extranjero”, aunque tal extranjero no lo hubiese sido ni un solo minuto de su vida en la ciudad en la que había nacido, estudiado, profesado, escrito y muerto, y a la que había honrado con su presencia y su obra. La arenga de Mujametshin contribuyó al propósito perseguido: que Kant no diese nombre al aeropuerto. Quedó segundo y, para su mayor vilipendio, ex aequo con Vasilevski. (Charlot quedó tercero una vez en un concurso de imitadores de Charlot, en Suiza).

El tercer y último caso de disputa por el nombre que ha de llevar un aeropuerto se ha dado, se está dando todavía, en Santiago de Chile, para cuyo aeropuerto internacional se busca nueva denominación, más glamurosa y universal (actualmente, se llama Comodoro Arturo Merino Benítez; por muchos méritos que atesorase el comodoro –tal que ser el  creador de la Fuerza Aérea de Chile y el fundador de sus líneas aéreas nacionales, que no es moco de pavo, su atractivo internacional es escaso). En el Parlamento se debate si ese honor debería recaer en Pablo Neruda. Así parecía que iba a ser, dada la magnitud de su figura y la importancia de su obra, pero los grupos feministas han protestado airadamente porque, según dicen, el poeta fue un maltratador de mujeres: primero abandonó a una hija enferma, Malva Marina, nacida en 1934 y aquejada de hidrocefalia, y luego reveló en Confieso que he vivido que había forzado a una criada en Ceilán, donde había sido cónsul en 1928. Los grupos opositores proponen que el aeródromo lleve el nombre de Gabriela Mistral, premio Nobel como Neruda. Una investigación reciente ha dejado al descubierto la relación o, mejor, la falta de relación de Pablo Neruda con la infortunada Malva, pero el caso del abuso sufrido por la ceilandesa estaba ante los ojos del público, descrito por el propio Neruda, desde 1974, el año de la publicación de sus memorias. Como la muerte del poeta (asesinado, por cierto, por Pinochet, según las últimas pesquisas) interrumpió la redacción del libro, su ordenación y salida a la luz corrió a cargo del también poeta Miguel Otero Silva y de su mujer Matilde Urrutia. Sobre la tortuosa paternidad de Neruda no tengo nada que decir: no conozco con el suficiente detalle el caso como para condenarlo. De cualquier modo, me resulta muy difícil, si no imposible, juzgar moralmente a alguien por las bondades o maldades de sus relaciones familiares, que pertenecen siempre al complejo mundo de los afectos o desafectos más íntimos de la persona. Tampoco yo quiero ser juzgado por ellas. Y, en cualquier caso, ni afectan ni tienen por qué afectar a la valoración de su obra, que es o debería ser ajena al desempeño civil del escritor. 

En cuanto a la alegada violación de la sirvienta, este es el relato que hace Neruda (Confieso que he vivido, Barcelona, Seix Barral, 1974, pp. 140-141):

El cubo [en el que Neruda hacía sus necesidades en el cuchitril en el que vivía en Colombo: era 1928] amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.

Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.

En el actual momento de la reivindicación feminista, álgido y combativo, y que a veces, llevado por su propio impulso censor, resbala a lo inquisitorial, este relato le ha valido a Neruda descalificaciones feroces Confieso que he violado, ha pasado a titularse su libro en pasquines digitales, amén de la negativa a que su nombre sea el del aeropuerto de Santiago. La reacción de los críticos ilustra bien el fenómeno del juicio retroactivo: de repente, en lo que había estado a la luz durante más de cuatro décadas, por la propia voluntad del acusado, sin que nadie reparara en ello, recae el rayo láser de la opinión vigente, hirsuta y en ocasiones ordálica, y cobra una nueva y siniestra vida, a cuyo vilipendio acuden con presteza todos los moralmente indignados, los enarboladores de la razón ética, los puros de pensamiento, palabra y obra. Se censura, así, lo sucedido en el pasado según los criterios actuales; proyectamos lo que a muchos nos subleva hoy en lo que no suscitaba sublevación o no en la misma medida cuando ocurrió. No digo que mantener una relación sexual con una persona como la que describe Neruda sea, ni fuese hace casi un siglo, moralmente aceptable (el poeta, de hecho, remata la escena con una avergonzada autocondena), pero sí creo que su bajeza estaba atenuada por el contexto en el que se produjo: la propia pasividad de la mujer parece denotar que asumía lo que su sociedad había establecido como tolerable o incluso inevitable. Si condenamos a los escritores que cometieron actos que hoy consideramos inadmisibles, una buena parte de la nómina empezando por Dios, cuyo Antiguo Testamento es un compendio de barbaridades incalificables debería ser arrojada a las llamas del infierno, junto con casi toda la literatura mundial. Ambos planos deben mantenerse separados: el comportamiento personal de los artistas pertenece a una esfera distinta de la de sus obras, que han de juzgarse por sus méritos estéticos. Y los de Neruda son indiscutibles: su poesía, crítica, sensual, exaltada y exaltadora, reivindicativa de la solidaridad y la justicia, uno de los mayores monumentos literarios del siglo XX, ha dado placer y mejorado moralmente a millones de personas, y no sin razón García Márquez ha llamado a su autor "el más grande poeta de la centuria en cualquier idioma". Fueran cuales fueran sus equivocaciones, Neruda ha hecho mucho bien a hombres y a mujeres, y no solo con su obra, sino también con su labor personal, con su implicación en la defensa de la República española y sus infatigables esfuerzos, que culminaron con éxito, para llevar a Chile a más de 2.000 republicanos españoles, el mayor contingente de pasajeros de toda la historia del exilio español tras la Guerra Civil, a bordo del Winnipeg, y salvarlos así de la persecución, la cárcel y acaso la muerte. A mí me gustaría que el aeropuerto internacional de Santiago de Chile llevara su nombre. Además, su poesía me gusta mucho más que la de Gabriela Mistral.