domingo, 17 de noviembre de 2019

Cosas que molestan

Que un desconocido camine al mismo paso que tú y no se despegue de tu lado por la acera. Que los envases abrefácil no sean fáciles de abrir. Los hilillos que se despegan del plátano. Descubrir un hueso de aceituna ya chupado en la ensalada. Los niños llorones. Que VOX obtenga 52 diputados en las Cortes. Que alguien ocupe el asiento del metro o el autobús en el que ibas a sentarte tú. Que te cobren diez euros en la tintorería por no haberte quitado las manchas de la ropa. La playa llena de plásticos. La estupidez. Que las cosas siempre se caigan allí donde sea muy difícil cogerlas. Que los pájaros te caguen el coche. Que se acentúe el adverbio solo. Tener que morir. Que, cuando lo llamas, el ascensor esté en el último piso. Que, cuando vas a incorporarte a una vía, el coche que venga por tu carril, si está lejos, venga deprisa, y, si está cerca, venga despacio. Que el Madrid haya ganado trece copas de Europa. El fútbol. No poder destrabar los corchetes del sujetador. Donald Trump. Despegar el plástico de las rodajas de embutido. Un coche aparcado en la acera. No tener preservativos cuando más los necesitas. Las erratas. Que el único periódico que no haya llegado, o que ya se haya agotado, sea el que venías a buscar. Que se derrame el agua de la tetera cuando te sirves el té. Tropezar dos veces en la misma piedra. Tropezar tres veces en la misma piedra. Tropezar cuatro veces en la misma piedra. Que se pegue el huevo frito. Que tu madre no te reconozca. Que el ateo lleve a sus hijos a un colegio católico. Que no haya papel higiénico. Que el nacionalista español acuse de nacionalista al nacionalista catalán. Un mosquito en la habitación. Cayetana Álvarez de Toledo. Que la televisión se estropee cuando van a tirar el penalti. Que la pizza esté fría. No acordarte de dónde has dejado el coche. Tener que pensar si lo que vas a decir puede condenarte a un linchamiento digital. Escribir a alguien y que no te conteste. La navidad. Un orzuelo. Que nadie se acuerde de tu cumpleaños. Que no haya mesa en el restaurante. Que nunca te haya tocado el sueldo para toda la vida de Nescafé. Los agujeros en los calcetines. Pilar Rahola. Que le echen quinoa a la ensalada. El acento pijo. Que los telefonistas y vendedores digan "Mi nombre es...", en lugar de "Me llamo...". La adulación, la descortesía, la injusticia. Que la persona con la que hablas se te acerque mucho. Que a la persona con la que hablas le huela el aliento. Que te digan que la poesía no se entiende. Que haga frío. Que un grifo gotee. Que se dé más cariño a los perros que a las personas. Haber nacido. Que el libro de la biblioteca que has ido a buscar no esté en préstamo. Leer un poema en la boda de unos amigos con la bragueta abierta. Que el cartero traiga siempre los envíos certificados cuando no estás en casa. Las verrugas. Los bancos. Que no te respondan cuando dices "Buenos días". Que las musulmanas se tapen. Marhuenda. Que un amigo al que le has aguantado los monólogos durante veinticinco años te diga que él es más dialogante que tú. La pintada subnormal en la pared limpia. Las frases mal construidas. Que el asiento en el que te sientas en el metro o el autobús esté caliente. La farfulla de los políticos. Las multitudes. El pelo de gato. Que te llame un vendedor de Orange, o de Endesa, o de la Mutua Madrileña, a la hora de la siesta. Que alguien más alto que tú se te siente delante en el cine. Que un perro parecido a un dinosaurio se te eche encima y su dueño diga que no hace nada, que solo quiere jugar. Que el helado se te deshaga. Que te asome un moco por la nariz. Que no haya pestillo en el váter. Que te cancelen el vuelo. Que el más capullo sea el que triunfe. Meter el pie en un charco. No acordarte del nombre de alguien a quien tienes que presentar a otro. Pegar sellos con la lengua. Que le sude la mano a quien se la estrechas. Que te la dé floja. Los polisílabos. Que en las tertulias y los debates políticos todos hablen a la vez. No encontrar las gafas. No encontrar las llaves. No encontrar el móvil. Envejecer. Descubrir que te has dejado la cartera en casa cuando vas a pagar la compra en el supermercado. Salpicarte la pechera de salsa de tomate cuando comes espaguetis. Hablar con alguien que no te mira a los ojos. Que un niño interrumpa la conversación que mantienes con alguien y que tu interlocutor te deje con la palabra en la boca para atender al crío. Los libros tirados en la calle. La unanimidad. Que tu mujer te diga que ya no está enamorada de ti. Las huelgas. Estirarte la ropa y que se rompa. Que el otro tenga razón. Tenerla tú. Que ya no puedas leer sin gafas. Haber olvidado cómo se despeja una ecuación o se resuelve una raíz cuadrada. Que se te mueran las plantas. Que el peluquero hable de política. Que los políticos hablen de política. Que ya nadie diga "oír", sino todos "escuchar". Que el bolígrafo con el que vas a apuntar una información importantísima no tenga tinta. Que no te quepan los pantalones que te iban bien la temporada pasada. Que se hayan terminado los cruasanes. Que se corte la comunicación justo cuando le acabas de explicar al telefonista el largo y complejo problema por el que has llamado. Que se mastique con la boca abierta. Que se chupe el cuchillo. Que tu madre te llame a las tres de la mañana para decirte que se ha caído en casa. Oír el piano de los vecinos. Pisar una mierda de perro. La superioridad moral con la que se expresan los más idiotas. No poder dormir. Que no haya entradas. La Agencia Tributaria. Que escritores e intelectuales a los que has admirado voten a Ciudadanos, y hasta vayan en sus listas. La brevedad de la vida. Que echen poca carne al estofado y menos vino en el vaso. Que se crea en Dios. Que se alegue con orgullo ser supersincero y decir siempre lo que se piensa. Que llamen a la puerta cuando estás en calzoncillos. Que la fruta parezca lozana y esté podrida. Los privilegios de que disfruta la Iglesia. Que los conductores no paren en los pasos de peatones. Que se fume en las terrazas. Que la piel se afloje y los testículos se distiendan. Que los anuncios de la Coca-Cola sean tan buenos. Que el agua de la ducha salga helada cuando la has puesto caliente o ardiendo cuando la has puesto fría. Pisar a quien baila contigo. Que te pise quien baila contigo. Una mancha de aceite en un libro. Que el único clavo que te falta en la caja de herramientas sea el que necesitas para colgar ese cuadro. Los Morancos. Los curas pederastas. Que no te incluyan en las antologías. Que el que se sienta a tu lado ocupe el reposabrazos antes que tú. Que te toque ser presidente de la comunidad de vecinos. Que se te empañen las gafas. Que no se comprenda la ironía. Los pistachos vacíos. Que alguien a quien detestas, sea inteligente, o guapo, o rico. Que no te sirvan tapa con la cerveza. Que el agujero pequeño de la ropa se haga grande. Los peajes. Que quien te considera el amor de su vida no haga nada por estar contigo. Las jugadas tontas en el ajedrez. La Comic Sans. Que pidas la carne muy hecha en el restaurante y te la sirvan cruda. Que se acabe el plazo de alquiler del nicho en el que está enterrado tu padre. No acertar cuando tiras algo a la papelera. El estruendo de las motos. La reacción de la jauría a los artículos de Javier Marías. Que te deslumbren las luces largas. Los gritos. Los lazos amarillos en las oficinas de la Generalitat. Que te duelan siempre los pies. Las multas. Hacer al amor con alguien a quien no amas. La música ensordecedora con la que algunos circulan, con la ventanilla bajada. Que el editor te diga que no. Los que, en el autobús, el metro o el tren, no dejan de hablar por el móvil. Carles Puigdemont. Un verso mal medido. Hacer cola. 

martes, 12 de noviembre de 2019

Las minas prehistóricas de Gavà

Gavá es una población próxima a la costa, a unos 20 km al sur de Barcelona. Pese a lo cerca que está de mi ciudad –y de Castelldefels, otra población costera donde mis padres tenían un apartamento en el que solíamos pasar fines de semana y vacaciones–, solo la he visitado una vez: cuando me reuní allí con mi amigo Carlos para hacer el Camino de Santiago en bicicleta. Carlos guardaba en la casa de veraneo de su familia las dos bicis con las que nos lanzamos a la aventura compostelana, y aquel fue nuestro punto de partida. Desde entonces, hace más de 30 años, no había vuelto al lugar. Hoy lo hago para visitar las minas prehistóricas (aunque ¿por qué prehistóricas? ¿No forman parte también de la historia? ¿Hay algo anterior a la historia?) y el museo local con mis amigos Agustín y José Antonio. Lo primero que sorprende es que estén en pleno centro de la ciudad, rodeadas por casas y calles muy transitadas. Allí se descubrieron durante unas obras en 1975: las excavadoras dieron con un complejo conjunto de galerías y restos líticos y humanos que se identificaron como una gran explotación minera, más aún, como la única explotación minera subterránea del neolítico a gran escala en Europa. Las pruebas del carbono 14 han determinado que las minas estuvieron en funcionamiento nada menos que durante un milenio, aproximadamente: desde el 5500 hasta el 4500 a. C. Durante este larguísimo periodo, proporcionaron sílex, ópalo, cuarzo, turquesa, ocre, fosfosiderita y, sobre todo, variscita, un aluminofosfato verde que se utilizaba como ornamento personal: era el material de las joyas de la época. Una vez en el interior del parque, podemos asomarnos, aunque no descender –lo prohíbe una portezuela con una gran candado–, a las minas, cuyos agujeros se abren en el centro de un gran espacio de exposición, rodeados por los cubículos informativos. En cada uno de estos cubículos se asiste a una filmación sobre el tema de que se trata: los instrumentos utilizados por las comunidades neolíticas; sus símbolos y valores; la fauna y flora en la que vivían; etc. Lo filmado muestra la fabricación hoy, pero con las técnicas de la época, de las herramientas y bienes neolíticos. Y, así, las manos de un artesano desconocido nos enseñan cómo se labraban las cuentas que componían los collares de variscita a partir de las piezas del mineral extraído del subsuelo; o cómo se fabricaban las flechas con las que se cazaban conejos y jabalíes, o las hachas de madera y piedras encastradas con las que se destazaban los animales cazados; o cómo se obtenía un punzón de hueso del fémur de un ciervo. Dado que las minas se utilizaban también como vertedero y como lugar de enterramiento, han aflorado muchos restos óseos. Su estudio ha permitido comprobar que muy pocas mandíbulas conservaban los dientes –la completa ausencia de higiene arrasaba las bocas–, que muchas vértebras estaban afectadas de artrosis u otras enfermedades causadas por el violento y continuado esfuerzo físico, y que morían muchos niños, cuyos huesecillos abundan en las cuevas. Nada de esto sorprende, en realidad: es la constatación de una vida dura, sucia y corta, plagada de enfermedades para las que no había remedios, salvo los que proporcionaba una medicina incipiente, como la trepanación, de la que hay abundantes pruebas, es decir, numerosos agujeros, en los cráneos encontrados. (La trepanación siempre me ha asombrado, como la sangría: ¿cómo es posible que algo tan objetivamente perjudicial para el cuerpo humano, y sobre todo para el cuerpo humano debilitado por una enfermedad, no solo se mantuviera como práctica médica durante siglos, sino que además pasara por eficaz cura de las dolencias? ¿No era evidente que las personas se morían más y más deprisa cuando se aplicaban una y otra?). En un espacio anejo, el parque ha reconstruido una sección de las minas para que el público conozca, con mayor realismo, lo que significaba trabajar en esas profundidades laberínticas. Para entrar, hay que calarse un casco amarillo, como en las obras. Descartamos el ascensor y bajamos por las escaleras al interior de la recreación. Nos parece más aventurero hacerlo así. Hemos de acostumbrarnos a desdeñar los añadidos modernos al escenario antiguo, como las puertas de incendios que aparecen, de vez en cuando, en los rincones de la mina. El alumbrado eléctrico, aunque atenuado, nos impide imaginarnos cómo debían de verse aquellas galerías a la luz mortecina de las lámparas mineras neolíticas, que no eran sino piedras agujereadas, en cuyo hueco quemaba la grasa o el tuétano de los animales. Recorremos los bajos y angostos pasillos, en mi caso con especial preocupación, a pesar del casco, por dejarme la cabeza en algún techo. En las paredes de pega, pero bien reproducidas, se han dispuesto vetas de variscita y fosfosiderita, indicadas con postes luminosos, para edificación de los escolares e ilustración del público en general. Tras una somera visita a la tienda del parque arqueológico, en la que hay poco género, vamos al museo de la ciudad, donde se conserva la Venus de Gavá, la principal pieza artística extraída de las minas. Parque y museo están cerca: no tardamos más de diez minutos en llegar a la torre Lluc, el hermoso caserón de 1799 en el que se encuentra el museo. Vemos una pancarta amarilla que se despliega entre las fachadas de una de las calles que conduce hasta él, en la que se lee: "Tornarem a ser forts" ('Volveremos a ser fuertes'). El mensaje me sorprende, porque implica que quienes lo dicen consideran que ahora no lo son, y confesiones de debilidad así no son frecuentes. (Aunque también resuena en la afirmación el eco de las palabras pronunciadas por Lluís Companys al salir en 1936 de la cárcel donde lo habían encerrado por proclamar la República Catalana dos años antes, cuando gobernaba la derecha en Madrid: "Tornarem a sofrir, tornarem a lluitar i tornarem a guanyar" ['Volveremos a sufrir, volveremos a luchar y volveremos a ganar']). El museo en sí no es muy grande: en las salas de la planta baja hay una exposición de pintura en homenaje a Leonardo da Vinci, aunque los temas de actualidad, de rabiosa actualidad, el feminismo y la independencia de Cataluña, impregnan el tributo que numerosos autores rinden al genio italiano. Vemos, así, una composición titulada Dones silenciades, de Mercè Carbonell, en la que aparecen las caras de seis lideresas del soberanismo presas o prófugas: Forcadell, Serret, Bassa, Ponsatí, Gabriel y Rovira. Carbonell las ha embellecido a todas. Hablando de mujeres, también admiramos un Dona vitruviana, de Esther Xandri, que recuerda al hombre de Vitruvio leonardiano, pero que representa a una mujer, cruzada por una linea morada que converge, desde ambos lados del cuadro, en la vagina. Un Deconstrucció i estudi d'un cos femení, de Alícia Hernàndez, completa una exposición marcadamente reivindicativa, aunque no todos los cuadros lo sean: un Escalera imposible, de Xabier Etxeberria, evoca los laberintos imposibles de Escher. Algunos poemas de conocidos poetas catalanes, como Carles Duarte, Manuel Forcano o Isabel Clara-Simó, cuelgan también de las paredes. En el piso superior, donde se encuentra la exposición permanente "Gavà, las voces del paisaje" sobre la historia de la ciudad desde, precisamente, el neolítico, damos con la Venus de Gavà, una figurita antropomorfa que se encontró durante la excavación de uno de los pozos. En realidad, no se encontró la figura, sino sus trozos: estaba rota y desperdigada, pero los arqueólogos la reconstruyeron con sabiduría. Hoy luce reconociblemente en las vitrinas del museo. Es una pieza de cerámica negra, de apenas 16 cm de altura y 6.000 años de antigüedad. No tiene nada que ver con las obesas venus paleolíticas de Willendorf o de Lespugue, a las que los pechos y las nalgas les cuelgan como globos. Sus rasgos son de un esquematismo contemporáneo: los ojos sobresalientes y solares; la nariz lineal, recta, desproporcionada; los pechos pequeños y puntiagudos, encima de los cuales pende un collar en forma de peine invertido; los brazos, adornados con brazaletes, delicadamente doblados sobre el regazo, como protegiendo el vientre embarazado; los dedos finamente perfilados; y la vulva, simbolizada por una espiga invertida. La Venus de Gavà ejemplifica el culto a la fecundidad, pero también la dualidad de la naturaleza: la luz (del sol de los ojos) y la oscuridad (de la piel negra); la tierra y el cielo; la mujer y el hombre; la vida y la muerte. Es inquietante y hermosa, en un sentido muy diferente de como lo son las imágenes del piso de abajo, obedientemente combativas, gregariamente éticas. También inquietante es algo más que vemos en "Gavà, las voces del paisaje": una botellita encontrada en una fosa común en Gurb, con un papel en su interior en el que se relacionan los nombres de los muertos arrojados a ella. Que los asesinos se deshicieran de sus víctimas en las cunetas, pero se tomaran la molestia de identificarlas, aun de aquella forma tan rupestre, nos revela una de esas contradicciones que constituyen la sustancia de la naturaleza humana.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Pedir la luna

Acaba de publicarse Pedir la luna. Una reflexión colectiva sobre el arte de traducir, coordinado y editado por Miguel Casado, Ignacio Fernández Rocafort, José Luis Gallero e Inmaculada Jiménez Morell (Madrid, Enclave de Libros/Galsen RPM, 2019), una interesantísima "puesta en común de los múltiples interrogantes, expectativas y responsabilidades que confluyen en el universo de la trducción". El origen del volumen son las jornadas sobre traducción que se celebraron en la librería Enclave de Libros, de Madrid, durante el otoño de 2018 y el invierno de 2019, que reunieron a algunos de los traductores y hombres de letras vinculados a la traducción más relevantes del país, empezando por el propio Miguel Casado que es, además, un notable crítico y poeta y siguiendo por Mariano Antolín Rato, Luis Magrinyà, Manuel Borrás, Esteban Pujals, Berta Vias, Carlos Bueno Vera, Carlos Fortea y Pilar González España, entre otros. De ese ciclo seminal se han recogido, en la primera parte de Pedir la luna, todas las ponencias presentadas salvo la de Luis Magrinyà, que por desgracia no fue redactada ni grabada. En la segunda, el libro incorpora un conjunto de reflexiones de traductores asimismo destacados, a los que se ha invitado a participar en el proyecto editorial Julia Castillo, Julián Jiménez Heffernan, Chantal Maillard, Luis Marigómez, Enrique Murillo o Ildefonso Rodríguez, de nuevo entre otros, así como las respuestas a un cuestionario establecido por los coordinadores de otro conjunto de traductores entre los que me cuento y un apéndice integrado por sendos ensayos breves de Juan Barja, Miguel Morey e Isidoro Reguera. La tercera y última parte de Pedir la luna incluye un repertorio de textos sobre traducción pertenecientes a la tradición hispánica y organizados en forma de diccionario, una lista de obras de referencia y, por último, un "quién es quién": la nómina de colaboradores. En total, 66 voces se han sumado al volumen. Se trata, como se ve, de una estructura compleja, pero que arroja un resultado resplandeciente: un panorama teórico-práctico riquísimo de las concepciones y dificultades que suscita el trabajo de la traducción, y cuya complejidad se explica por el carácter colectivo que se ha querido imprimir al libro. La traducción, como he escrito en algún lugar, es la actividad creadora porque tan creadora es como la propia creación literaria, ya que crea en dos lenguas que mejor admite el trabajo en grupo, es más, que más lo reclama, y cuyos resultados más visiblemente se enriquecen con el trabajo de varios y no de uno solo. A ello obedece que, como recuerdan y discuten muchos de los traductores cuya opinión se recoge en el libro, se haya generalizado en las editoriales la figura del "editor de textos", también llamado "editor de mesa", que pule, complementa y, en su caso, corrige la labor del traductor. Pedir la luna es, pues, un libro coral, que aporta, felizmente, múltiples perspectivas a la tarea, siempre ardua, siempre insatisfactoria, de verter a un idioma una obra literaria escrita en otro. Esta pluralidad de aproximaciones, cuya lectura se hace fascinante al menos para alguien como yo, intrigado desde mucho antes de que me dedicara a esto, hace ya 25 años, por los secretos y maravillas de la traducción, responde a una evidencia que, no obstante, olvidamos a menudo: "La historia de la poesía occidental es la historia de la poesía en traducción" (e igualmente podría decirse "de la literatura occidental"). La frase, contenida en Un pez en la higuera: una fabulosa historia de la traducción (Ariel, 2012), es del ensayista inglés David Bellos, y la recoge Mariano Antolín Rato en su ponencia "Escritura y traducción: una misma e insalvable brecha", donde remacha esa idea fundamental: "Todas las tradiciones poéticas occidentales están hechas a partir de otras, es decir, a partir de traducciones". Y así ha sido no solo en las tradiciones poética occidentales (y orientales), sino también en las mías propias: yo me he formado como lector y, por lo tanto, después como escritor leyendo a autores en mi lengua y a autores en otras lenguas, traducidos. Mi lectura, a los veinte años, de En busca del tiempo perdido que hice en la versión de Pedro Salinas y Consuelo Berges determinó mi sentido estético y mi voluntad de ser escritor. Las de La tierra baldía y Cuatro cuarteros, de Eliot de quien fuera mi profesor, el inolvidable José María Valverde–, y de Hojas de hierba, de Whitman, no me influyeron menos. Rimbaud y Perse que leí de la privilegiada mano de Enrique Moreno Castillo, pero que también me hizo accesible el gran Manuel Álvarez Ortega– fueron asimismo decisivos. La lista es interminable. Sin traducción, no hay cultura; sin traducción, no hay, en puridad, literatura: solo espasmos liliputienses, balbuceos solipsistas. Pedir la luna constituye una magnífica aportación al debate intelectual de nuestro país y al análisis de una tarea tan inquietante, pero tan necesaria para la buena salud de nuestras letras (y de nuestra inteligencia), como la traducción.

A continuación transcribo mi contribución al libro: la respuesta que di a la pregunta "¿Cómo afrontas, a la hora de traducir, el problema específico de la puntuación?" (pág. 301-302):

¿Qué hacer con la puntuación de Whitman? Es deudora del mismo hervor, de las mismas turbulencias de su verso, y ha de ser, pues, respetada, como otro rasgo expresivo singular, tan singular como sus enumeraciones, su sintaxis tortuosa o su ímpetu oratorio. Pero también es sumamente imprecisa, cuando no errónea. Los traductores que me han precedido apenas han reparado en ella, como si solo hubiera que traducir las palabras y no los signos que las ordenan. He procurado, en consecuencia, ajustarla al sentido que, en mi opinión, tienen los versos: a la formulación más nítida, más ceñida, del significado. Es arriesgado, porque confundir una coma o un punto puede trastocar asimismo el significado, y porque, y más importante, ese ajuste no puede interrumpir la concatenación alborotada, pero casi siempre esticomítica, de la poesía de Whitman, ni desvirtuar, de este modo, su fluir hímnico, que es una de sus mayores potencias; pero también es muy satisfactorio, porque, si se acierta, el verso brilla con una nitidez insólita: significa más, o significa mejor. 

¿Qué hacer con la puntuación de Bukowski, tan desaliñada como su poesía? Y no solo desaliñada, sino también incoherente, que es aún peor. El empleo de los signos de puntuación no suele obedecer a una voluntad expresiva, inspirada por las vanguardias, porque las vanguardias inspiraron muy poco a un poeta figurativo a machamartillo como Bukowski. Que haya una coma o un punto, o que no los haya (los signos más sofisticados, como el punto y coma, sencillamente no existen en su poesía), responde al puro descuido o al puro azar; o al humor, laxo o inquieto, en que se encontraba el poeta al escribir los versos. Así, en un mismo poema, y para regular sintagmas o versos muy parecidos, a veces encontramos una coma y a veces no. O un punto. O un guion. Se advierte la prisa, la factura urgente del verso: la práctica desidiosa del oficio. Yo me he decantado por distinguir aquellos poemas en los que la omisión total o parcial de los signos de puntuación, que Bukowski practica en ocasiones, sí responde a un propósito comunicativo y, por lo tanto, persigue un efecto estético, de los que no. En los primeros, respeto la opción del poeta; en los segundos, ajusto la puntuación a la norma en castellano, aunque con matices: el inglés, en general, es menos puntuador que el castellano, me parece, y Bukowski, en particular, es poco dado a puntuar, aun cuando decida hacerlo. Por eso, en contextos en los que tan admisible es, es español, poner una coma como no hacerlo, si él prefiere omitirla, como suele suceder, respeto su elección. 

¿Y qué hacer, en fin, con la puntuación de Emily Dickinson, en la que prácticamente todos los signos han sido reemplazados por sus característicos guiones? La mayoría de sus traductores modernos los han respetado: son su sello personal, y suprimirlos parece atentar contra la propia sustancia de su poesía. Sin embargo, a mí me molestan –entorpecen la lectura, perturban la comprensión– y, cuando he tenido ocasión de traducir algunos poemas de la poeta de Amherst, me he inclinado por eliminarlos (aunque eso hacía, en realidad, más difícil la tarea). Entonces me ha parecido que sus versos, sin perder ni su concisión ni su fuerza, ganaban ritmo y hondura. Sé que esta eliminación puede tenerse por un sacrilegio, por atentar contra la voluntad creadora de la escritora, pero lo asumo; en cualquier caso, y por importantes que fuesen para ella los guiones, recaen sobre un elemento ancilar, no sobre el meollo lingüístico de su obra.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Trujillo y la Resistencia Dominicana

En Santo Domingo hay museos muy amables: el del ámbar, por ejemplo, o, más aún, el del chocolate, que es, como cabe imaginar, una delicia. Pero hay también uno muy amargo, aunque también, precisamente por esa amargura, muy edificante: el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana. Se encuentra en un edificio austero, no muy grande, de la ciudad colonial. Su objetivo es dar a conocer los horrores de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y la lucha de los dominicanos contra el tirano y sus secuaces. El museo nació cuando la madre de un opositor a Trujillo, Tony Mota Ricart, se preguntó quién conservaría los bienes de su hijo, y perpetuaría su memoria, cuando ella falleciera. La idea caló en Luisa de Peña, entonces directora de otro museo de la ciudad, que promovió la creación e inauguración del Museo, acaecida en 2011, y hoy es su directora. El centro ha sido declarado Memoria del Mundo por la UNESCO. Reconforta que en un país tan pequeño y tan pobre –a pesar del turismo que lo invade– como la República Dominicana exista un museo como este, que, bajo la triple invocación de "memoria, verdad y justicia", explica su pasado y detalla sus calamidades. En España, que presume de europea y moderna, no lo hay, y eso que contamos en nuestra historia reciente con un dictador de la misma calaña, si no peor, que Trujillo: Francisco Franco. Igual que se lo ha exhumado de un monumento nacional, habría que exhumarlo de la penumbra en la que pervive su figura, gracias al empeño por el olvido –o la indiferencia– que promueven sus herederos ideológicos. A lo mejor, en el Valle de los Caídos podría situarse ese museo que diese cuenta, para reparación de las generaciones pasadas, que lo sufrieron, e ilustración de las futuras, que ya casi no saben quién fue, de las salvajadas que cometió, empezando por el hecho de que la basílica en la que ha yacido 45 años descanse sobre los cuerpos de decenas de miles de republicanos muertos durante su construcción, o cuyos restos fueron trasladados allí manu militari, y de opositores políticos. Lo primero que uno ve al entrar en el Museo de la Resistencia Dominicana es un gran mural en cemento sobre la matanza de los haitianos ordenada por Trujillo en 1937. Con esa masacre –llamada "del perejil", porque esa era la palabra, perejil, que la policía dominicana obligaba a pronunciar a los sospechosos para determinar, ya que todos eran negros, si se trataba de haitianos o de dominicanos: los primeros eran incapaces de pronunciarla–, Trujillo pretendía deshaitianizar el país, algo que concordaba con su propósito fundamental de "blanquear la raza", es decir, de reducir el aspecto oscuro –negro o mulato– de su población, incluyendo a él mismo, que era descendiente de haitianos y moreno (aunque en las fotos que se hacía, siempre trucadas, pareciese noruego). Sus esbirros liquidaron, a machetazos –la degollina se ha llamado también "del corte", porque se ejecutó rebanando cuellos o destripando a la gente: aquellos haitianos miserables no merecían el dispendio de una bala–, a un número indeterminado de personas, que las últimas investigaciones sitúan en torno a las 17.000, entre las que se cuentan también varios cientos de dominicanos que tampoco pronunciaron bien "perejil" o que, simplemente, pasaban por allí. El Gobierno de Haití protestó al cabo de algún tiempo y, con el apoyo de los Estados Unidos, que no quería que se les alborotara el patio de atrás, consiguió que se le reconociera el derecho a una indemnización de 750.000 dólares. Trujillo, por su parte, regateó hasta reducir la cantidad a 525.000 dólares, pero la finalmente pagada fue mucho menor, porque una parte sustancial desapareció en los bolsillos de la propia burocracia trujillista. La enormidad de la escabechina y las presiones internacionales hicieron también que Trujillo montase una farsa de juicio y condenase a 30 inocentes, aunque años después, y discretamente, todos fueron excarcelados. Pese a la aparente tosquedad de sus prácticas, como la masacre de haitianos desheredados, Rafael Leónidas Trujillo, que gobernó la República Dominicana de 1930 a 1961, fue un maestro de la crueldad, un virtuoso de la perversión. A los 19 años ya apuntaba maneras: fue cuatrero, falsificador de cheques, ladrón postal y salteador de caminos, pero su tétrica carrera oficial no empezó hasta que, ansioso por encontrar un lugar donde pudiese desarrollar respetablemente su talento para el crimen, se hizo "guardia campestre", esto es, policía privado, en un ingenio azucarero propiedad de empresarios estadounidenses. Acumuló méritos ante los americanos por la brutalidad que empleaba con los trabajadores y, cuando se creó la Guardia Nacional, durante la ocupación yanqui del país, entre 1916 y 1924, fue nombrado segundo teniente provisional (Franco también creó oficiales provisionales: una más de las muchas coincidencias entre ambos sátrapas). Esta invasión de los Estados Unidos no fue cualquier cosa: en ella, por ejemplo, las tropas de ocupación utilizaron por primera vez a la aviación contra la población civil. También como oficial de la Guardia Nacional, Trujillo se dedicó a perseguir con saña a sus compatriotas, ahora los guerrilleros "gavilleros" que se oponían a la presencia de los estadounidenses en la isla. Cuando estos se fueron, Trujillo ya era capitán y, aún más importante, jefe de la Policía Nacional. Tras progresar en el ejército, en 1930 urdió una trama contra el presidente Horacio Vásquez, lo mandó al exilio y, tras unas elecciones convenientemente fraudulentas, accedió a la presidencia de la República. Como Hitler, Trujillo ganó el poder con las urnas. Pronto, en 1933, se autoconcedió el título de "Generalísimo", que Franco importaria para sí pocos años después, y, bajo esa autoridad superlativa, hizo suyo el país: se apropió de sus riquezas, lo corrompió hasta las heces, violó, asesinó y extorsionó, y, en fin, impuso un régimen de terror que duró hasta el 30 de mayo de 1961, cuando un grupo de opositores lo acribilló en su coche (con armas facilitadas por la CIA, que no quería que la barbarie de Trujillo diera pie a una nueva Cuba), aprovechando que había salido sin escolta para visitar a una de sus amantes. Los pobres hicieron un gran bien a la humanidad, pero no escaparon de las iras del hijo de Trujillo, Ramfis, un vampiro con nombre de faraón, que movilizó a los servicios de inteligencia del país hasta localizarlos, torturarlos y fusilarlos (o de otro modo asesinarlos) a todos. Algunas de las técnicas empleadas por Trujillo, y expuestas en el Museo, me asombran singularmente, como su uso del chisme como instrumento del terror. "El Foro Público" fue, durante 13 años, y hasta el mismo año de la muerte del dictador, una sección fija en los periódicos y las radios dominicanos. En él se publicaban supuestas cartas de los ciudadanos denigrando y denunciando a los desafectos al régimen. Hoy pueden ser consideradas un antecedente del tuit. En realidad, las redactaban agentes (medianamente letrados) del siniestro Servicio de Inteligencia Militar (SIM) en el Palacio Nacional, supervisadas por el propio Trujillo. Unas 30.000 vieron la luz. Su primera virtud consistía en permitir al dictador practicar el doble juego que tanto le gustaba: aplicaba sus prácticas dictatoriales de forma que le sirvieran para desmentir que esas prácticas existieran. Así, alegaba que "El Foro Público" era una demostración de la libertad de prensa que reinaba en el país, cuando en realidad era un sofisticado medio de represión de la disidencia política, que a menudo culminaba en la detención, tortura y asesinato de las víctimas. Aplicó este mismo juego en la eliminación de las hermanas Mirabal –Patria, Minerva y María Teresa–, opositoras al régimen, que habían sido condenadas a prisión, como sus maridos. En agosto de 1960, inesperadamente, Trujillo las dejó en libertad, reclamando para sí una generosidad áurea, pero en noviembre dio orden al SIM de asesinarlas, siguiendo las pautas clásicas: las mataron a golpes, pero hicieron que pareciese un accidente. (El SIM, dirigido por los siniestros Arturo Espaillat, alias Navajita, y Johnny Abbes García, que supliciaba personalmente a los detenidos, que se paseaba por el Palacio Nacional leyendo compendios de las torturas que se habían aplicado a lo largo de la historia, desde los antiguos chinos hasta los recientes nazis, y que acabó trabajando para –y siendo asesinado por– François Duvalier, papa Doc, el patriarca de los dictadores haitianos, fue también responsable del asesinato del exiliado vasco Jesús de Galíndez, como narró Manuel Vázquez Montalbán en Galíndez, y del intento de magnicidio del presidente venezolano Rómulo Betancourt). En un sótano al que se accede desde el patio del Museo, se reproduce una sala de interrogatorios de uno de los dos centros de tortura más famosos del trujillismo, "la 40". El espacio es, quizá por fortuna, demasiado austero, pero pueden contemplarse algunos de los instrumentos con los que los sicarios de Trujillo trabajaban a los presos, o la silla en la que los sentaban para aplicarles bonitas descargas eléctricas en las partes más sensibles del cuerpo. También se escucha el testimonio grabado de un torturado y se lee el escalofriante relato del ambiente que reinaba en aquel antro del horror, donde los aullidos de los que eran azotados con alambres se mezclaban con los de los perros que les echaban a otros prisioneros (o a los mismos azotados) y las risotadas etílico-perturbadas de los verdugos, hecho por alguien que también lo sufrió, Rafael Valera Benítez. Lo narra en Complot desvelado (vol. I, pp. 32-33). El Museo de la Resistencia Dominicana alberga mucha más información sobre el sanguinario Trujillo y la evolución política de la República Dominicana, que conoció una segunda intervención militar de los Estados Unidos, en 1965, y no se libró del aura macabra del dictador hasta, prácticamente, los años 80, y acoge en su sede, entre otras instalaciones, un centro de documentación que es también un centro de registro de víctimas de la dictadura. Cuando ya me marcho de este lugar admirable, que debería ser un faro para los españoles, leo en una pared el "Versainograma a Santo Domingo", de Pablo Neruda, escrito en 1966: "Tuvieron a Trujillo sempiterno / que gracias a un balazo se enfermó / después de cuarenta años de gobierno. / Podríamos decir de este Trujillo / (a juzgar por las cosas que sabemos) / que fue el hombre más malo de este mundo / (si no existiese Johnson, por supuesto). // (Se sabrá quien ha sido más malvado / cuando los dos estén en el infierno)...". Hoy, los restos de Trujillo descansan en el cementerio de Mingorrubio, el mismo en el que acaban de ser enterrados los de su compadre Franco. Bien está que los que fueron hermanos en su lamentable existencia descansen juntos ahora, en la tierra y en el infierno, para toda la eternidad.

lunes, 28 de octubre de 2019

El tiempo es un cartón de leche

Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) lleva dos décadas construyendo una obra excepcional, tanto por su calidad como por sus dimensiones y su ambición: abarca todos los géneros y no rehúye ningún problema. Aunque eso que se suele llamar éxito puede atribuirse, en su caso, a sus novelas –cuya última y brillante entrega fue, en 2018, Trilogía de la guerra–, sus cimientos, su raíz, ha sido siempre la poesía, que impregna cuanto escribe. Ahora vuelve al ensayo –tras Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma, publicado en 2009– con un volumen en el que analiza cuanto atañe a la cultura contemporánea y propone un modelo alternativo tanto al realismo tradicional –y fosilizado– como al relativismo y la deconstrucción posmodernos. La idea de la que parece surgir Teoría general de la basura –que las mejores creaciones no nacen del meollo, sino de los residuos; no de lo que otros han edificado, sino de lo que han descartado–, siendo importante en el conjunto, no es sino un pretexto para la presentación de un pensamiento sistemático, que pretende un gran orden, un modelo omnicomprensivo, una estructura global, y que excede con mucho una idea seminal. Esta búsqueda de una totalidad orgánica es permanente en la obra de Fernández Mallo: su aparente fragmentación, sus paradojas, sus excursos, son hebras firmes de una coherencia que, no obstante serlo, escapa siempre a toda noción común y aun a toda estabulación conceptual. 

El pensamiento de Fernández Mallo obedece en todo momento a pautas poéticas, es decir, metafóricas. Que sea físico, y que utilice con amplitud y solvencia el lenguaje del empirismo, no desdice de esa tarea, sino que la refuerza: también la ciencia es una metáfora. Y esa labor relacional –de urdimbre de analogías, de orgía de nexos– con que analiza la realidad acaba definiendo la realidad, y acaso transformándola. La obra entera del autor de Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus es una incansable busca de lo agazapado en los intersticios y los márgenes, de lo difuminado en las tierras de nadie, de lo híbrido, oblicuo y residual. Fernández Mallo escarba en las ruinas con la misma fruición con que ahonda en lo líquido. Y en todo persigue la subversión: a todo, o a casi todo, le da la vuelta. Pero fundir nociones, con frecuencia muy alejadas entre sí, no las diluye, sino que, por el contrario, las refuerza. Y poner patas arriba nociones preconcebidas, por asentadas que estén, no conlleva el caos intelectual, sino la regeneración intelectual, algo de lo que estamos siempre muy necesitados (aunque sí comporta cierta incomodidad, pero la incomodidad es igualmente saludable: sin incomodidad aún viviríamos apiñados en cuevas, calentándonos con fogatas). La metáfora, como afirma Fernández Mallo, es una metáfora de la necesaria fusión de conceptos. 

En Teoría general de la basura, Agustín Fernández Mallo, con un ejemplar (y crítico) conocimiento del pensamiento posmoderno, analiza qué es la realidad y cómo llegamos a conocerla (y a construirla), en qué consiste el acto creativo y, en definitiva, cómo elaboramos la cultura (y cómo deberíamos elaborarla en el futuro, si queremos que siga viva). Y en cada uno de estos grandes ámbitos impulsa constantes ramificaciones, que escrutan desde la velocidad de la luz de las cosas (y de los residuos) hasta la museística como religión, pasando por los durmientes de Éfeso, el absoluto hegeliano, la epifanía del azar, la exonovela y el fin de la espectacularidad en las artes, entre muchos otros asuntos. Se trata, pues, de un ensayo sobre la concepción y el tratamiento, epistemológico y estético, de lo real, que Fernández Mallo define como «la problematización de la realidad». 

Frente al realismo ingenuo, a la concepción lineal de la historia –alentada por el motor falaz del progreso–, al hombre-sustancia de la Ilustración, al vacío que introducen, en el arte del s. XX, los coletazos románticos que supone el posmodernismo –Foucault, Derrida, Lyotard, Deleuze– y, sobre todo, frente a la acomodación, el adocenamiento y la vulgaridad, Fernández Mallo reivindica el nomadismo estético, el apropiacionismo, el realismo complejo, los sistemas en red y la docuficción: todo aquello que amplía lo real, que extiende, por vías fértilmente anómalas, la incertidumbre y el desconcierto, que promueve lo orgánico en lugar de lo pétreo, que nos adentra en territorios inexplorados, en penumbras, incluso en tinieblas, pero vivas, pulsátiles, iluminadas. En la poesía, y en todas las artes, afirma Fernández Mallo, lo que debe guiarnos, y adonde hemos de orientar nuestras fuerzas y las técnicas que empleemos para su elaboración –con la metáfora, esto es, la transfusión significativa y existencial, como eje de nuestro empuje–, es lo inusitado, lo improbable, lo imprevisto. 

Una aproximación de estas características se me antoja profundamente democrática, y esta es una de sus mayores virtudes, que hoy debería ser apreciada más que nunca. Fernández Mallo es relativista, pero no insensato. Siempre plantea los dos (o múltiples) polos de las cuestiones que aborda y busca, hegelianamente, una suerte de síntesis. Y así lo afirma en algunos pasajes: «Hay que lanzar una mirada a la realidad bajo el prisma de la complejidad, de los sistemas complejos, definidos, entre otras cosas, por el abandono del pensamiento en términos de dialéctica, para verlos como un espacio donde las partes en juego se atraen y se repelen a fin de buscar un equilibrio inestable, activo. Este equilibrio inestable no es detención o estatismo, sino realimentación, flujos continuos entre las partes en juego». Niega la esencia de las cosas, pero esta negación no las despoja de entidad, porque, al mismo tiempo, subraya su dependencia de otras cosas, su integración en la maquinaria, por borrosa o fluctuante que sea, de un sistema articulado, o que nosotros podemos articular. Fernández Mallo pretende lo ecléctico, lo que supera las jerarquías y las dicotomías, como quien pretende encontrar un regato numinoso en el páramo de lo consabido. 

Teoría general de la basura es una obra mayor del pensamiento español reciente, escrita con vigor lírico y pulso narrativo, cuya fuerza radica tanto en la originalidad como el sincretismo de sus propuestas.

[Esta reseña se publicó en Turia, nº 131, junio-octubre 2019, pp. 429-431]

miércoles, 23 de octubre de 2019

El opositor y la historia

Desde hace unos meses, en la sala hipóstila de la estación de plaza de Cataluña, en Barcelona, se instala un tenderete de libros viejos. Pertenece a una ONG, Llibre Solidari ['Libro Solidario'], que los recibe de los donantes, los revende en los túneles del metro y destina los ingresos obtenidos a sus nobles fines. Tengo por costumbre —fruto de una larga experiencia como rebuscador de libros usados— mirar en todo montón de papel que me encuentre, porque en todas partes, aun en las más cochambrosas, puede esconderse una joya. (En pilas inverosímiles, y por unos pocos euros, he encontrado primeras ediciones de Manual de espumas, de Gerardo Diego, y Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda). En el puesto de Llibre Solidari, siempre echo un vistazo a la poesía, aunque a veces, como lo que suele haber son antologías cutres y bazofia autopublicada, me asomo también a las demás secciones. Y ayer, en el cajón de la historia, encontré un volumen que me llamó la atención: La oposición. Un relato sobre la invención de la historia, de Alfonso Mateo-Sagasta (que no sé si tendrá algo que ver con Práxedes, el político de la Restauración), publicado por Reino de Cordelia en 2016. No conozco al autor, pero varias cosas me atraen del libro: el formato, delgado, estirado, singular; la editorial, siempre atenta a las propuestas novedosas; el prologuista, Luis Alberto de Cuenca —que recuerda al autor, librero antes que escritor, como el procurador de su «ración cotidiana de droga bibliográfica»—; y la dedicatoria autógrafa de Mateo-Sagasta, que incluye el dibujo de un pájaro antropomorfo con un gran penacho y la afirmación «El futuro está en nuestras manos», y cuyo destinatario, un famoso periodista de Barcelona, no ha tenido siquiera la misericordia de recortar (a ese periodista, con una de las prosas más divertidas del país, he estado tentado de enviarle algún libro mío; pero me abstendré de hacerlo). El futuro quizá esté en sus manos, pero lo que es seguro que ya no lo está es el libro de Mateo-Sagasta. No obstante, lo que más me interesa de La oposición. Un relato sobre la invención de la historia es el tema, y no por la oposición —aunque sea el espectáculo nacional más sangriento después de los toros, según Ortega y Gasset—, sino por la invención de la historia. Me lo compro por dos euros y, como es breve —apenas 70 páginas de texto—, me zampo una buena parte en el tren, de vuelta a casa. Últimamente ando sumido en lecturas históricas, y la razón es un hecho inaudito en la vida cultural española: un debate intelectual, desembarazado y público, entre dos ensayistas y sus tesis: María Elvira Roca Barea, autora del superventas Imperiofobia y leyenda negra, y el filósofo José Luis Villacañas, contradictor de la primera con Imperiofilia y el populismo nacional-católico. Confieso que Roca Barea me hizo tilín (sobre todo por su reivindicación de todo lo bueno que España ha aportado al mundo y que apenas es conocido, ni siquiera por los propios españoles), pero Villacañas me lo está afeando, con buenas razones. Si el primero me gustó, el segundo me demuestra por qué no debería haberme gustado (y yo me siento un poco pazguato por haberme dejado seducir). En cualquier caso, ese debate ilustra el pensamiento central de La oposición, como sostuvo Hayden White en la década de los 70 del siglo pasado y consigna De Cuenca en el prólogo: que la historia no es una ciencia, sino un género literario, o, por decirlo con las palabras más matizadas del propio Mateo-Sagasta: «La Historia es un relato coherente y dramatizado del pasado (…), un corpus de conocimiento maleable que cambia con el tiempo y los intereses de quienes la formulan y los pueblos a los que sirven». Porque de eso se trata en la disputa Roca Barea-Villacañas: de una diferente interpretación de los datos históricos, según el perfil ideológico y el empaque científico de los exégetas, y, sobre todo, según las necesidades del presente —y del futuro— que esas interpretaciones aspiran a satisfacer. Y, para Villacañas, las de Roca Barea no son otras que las de un nacionalismo español urgido de autoestima frente al desafío independentista catalán. La oposición se presenta como un diálogo entre un opositor a catedrático universitario y su tribunal examinador. No obstante, no es un diálogo de verdad, sino un monólogo —del opositor— disimulado por las preguntas y las expresiones de disgusto de los examinadores, poco habituados a que se impugne su condición de rigurosos garantes de la Verdad histórica. El libro tendría más enjundia literaria si el debate entre los personajes fuese real (es decir, todo lo real que pueda ser un debate entre personajes de ficción), esto es, si los miembros del tribunal no se manifestasen como cándidos zoquetes, siempre pillados a contrapié por el ladino opositor, sino como expertos en la materia que han de juzgar y, por lo tanto, como conocedores ya del principio de que no es la historia la que explica el presente, sino el presente el que explica la historia. Por otra parte, si La oposición es un libro, lo es por estiramiento: de un artículo largo, Mateo-Sagasta ha hecho una nouvelle. No obstante, sus tesis, expuestas con claridad y zumba, persuaden. Lástima que las tiznen algunas erratas horrorosas, como un «heroicos» con tilde, un adverbio «sí» sin ella y, la más inverosímil de todas, un «Cervantes» con be: «Cerbantes» (pág. 40). Cuando llego a mi parada, aún no he terminado de leerlo. Lo hago mientras camino a casa como un murciélago: detectando, y esquivando, los obstáculos que surgen gracias a una suerte de radar que desarrollamos los lectores callejeros. Compongo entonces una estampa que antes era frecuente y hoy resulta excepcional: la del transeúnte absorbido por el libro, la de quien lee andando. Y me doy cuenta de que leer es tender una red, o construirla: los librovejeros, Mateo-Sagasta (Práxedes y Alfonso), De Cuenca, Roca Barea, Villacañas, el periodista desconsiderado, Cervantes. Gracias a ella no me caigo por la calle, ni por la vida.

[Este artículo se ha publicado en el suplemento "La Sombra del Ciprés", de El Norte de Castilla, el 3 de octubre de 2019]

Nota bene: Alfonso Mateo-Sagasta, el autor del libro, me ha escrito para señalarme que el "Cerbantes" denunciado por mí como errata no es tal, "sino un pequeño homenaje a la edición del Quijote de Pollux Hernúñez y Emilio Pascual (con ilustraciones de Miguel Ángel Martín) publicada por Reino de Cordelia (y para mantener el criterio de la editorial). En ella, además de fragmentar el texto en versículos, apuestan por escribir el nombre del autor con b, tal y como él firmaba". Y así lo hago constar yo. 

viernes, 18 de octubre de 2019

Reflexiones sobre unos días de violencia y uno de huelga

El 14 de julio de 1789, mientras las turbas asaltaban la Bastilla, el último rey de Francia (y de Navarra), Luis XVI, anotó en su agenda personal: "Nada". Se refería al resultado de su día de caza, a la que era muy aficionado: ninguna pieza cobrada. El 2 de agosto de 1914, Kafka escribió en su diario: "Hoy Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde he ido a nadar". Salvando las enormes distancias, tanto en lo que respecta a los sucesos referidos como a quienes los consignan, algo parecido podría decir yo de estos días de violencia en Barcelona. Por ejemplo, "anoche se quemaron docenas de contenedores y algunos coches; esta tarde he ido a nadar". De la violencia he sabido, como casi todo el mundo, por las noticias de la prensa y la televisión. En mi vida cotidiana, como en la de la inmensa mayoría de catalanes, la reacción del independentismo a la reciente sentencia del Tribunal Supremo no ha tenido ninguna incidencia. Más aún, en estos días agradablemente soleados, los lugares por los que suelo moverme de Sant Cugat a la plaza de Cataluña me han parecido más apacibles que de costumbre. Hoy mismo, la huelga general convocada por los sindicatos indepes ha supuesto que, a diferencia de lo que sucede en los días normales, cuando viajamos todos apretados como arenques, haya llegado al trabajo en un vagón semivacío. (Las huelgas, cuando no nos afectan directamente, son una delicia: las masas se diluyen; los otros, que son siempre el problema, desaparecen). Todo lo cual no significa que la violencia no haya existido. Lo ha hecho, y en algunos momentos con lamentable intensidad. Pero su difusión constante y exclusiva por los medios de comunicación ha transmitido la idea de que Barcelona ha vuelto a ser la "rosa de fuego" de los años 20, cuando anarquistas y revolucionarios de toda laya se enfrentaban, a bombazos, a empresarios y gobernadores militares, y de que en Cataluña está a punto de estallar una guerra civil. Siempre es así: sucesos desgajados de su todo, y presentados absolutamente, contaminan al todo y lo vuelven absoluto. Ayer pasó por debajo de la oficina donde trabajo, en pleno centro de Barcelona, una manifestación de estudiantes contra la sentencia del Tribunal Supremo y a favor de la independencia. Desfilaron ordenada y ruidosamente, todos muy contentos por participar en algo que se parece mucho a una fiesta: no van a clase, pasean, se hacen notar, se toman una cervecita o un helado por ahí, y hasta ligan. Vi por la tarde algunos grupitos de manifestantes deshilachados de la mani. Muchos llevaban esteladas a modo de capa de Supermán anudadas al cuello. Pensé en cuánto han cambiado los ideales de la juventud, si es que lo que defienden estos chicos puede considerarse un ideal. Cuando yo tenía su edad (ay, qué viejo sueno ya), luchaba luchábamos por el socialismo o, lo que era lo mismo en aquellas circunstancias, por una sociedad igualitaria y una Cataluña y una España democráticas. Hoy se pelea por la identidad. Ya no se es tanto de derechas o de izquierdas, rico o pobre, ateo o creyente, culto o ignorante, como catalán o español. La pertenencia a la tribu determina la posición social; acogerse a una patria y a su manifestación en la tierra, una nación, parece ser el anhelo de los jóvenes y de muchos que ya no lo son, sin que sea relevante que el estado-nación constituya un invento de hace siglos que, tras algunos beneficios e innumerables desastres, parece ya amortizado. Mientras veía a los adolescentes protestones (que no son, en cualquier caso, los encapuchados que queman contenedores o echan ácido a los mossos por las noches), reparé en una valla publicitaria en la que se leía: Feel the embrace of Barcelona. Es un lema pintiparado para estos días: el abrazo de Barcelona es más cálido que nunca. También leí el que figuraba en la camiseta de un gordo que pasó a mi lado: Real is rare, cuya mejor traducción sería 'lo verdadero no abunda'. Pero una lectura apresurada puede llevar a creer lo contrario de lo que pienso yo: que la realidad existe y que está por todas partes; que la realidad, inmisericorde, nos abruma; y que es imprecindible luchar todos los días contra el exceso de realidad. Barcelona, en cualquier caso, sigue manifestándose: lo hacen los estudiantes, los anuncios y los gordos en camiseta; también los mendigos, uno de los cuales, en el paseo de Gracia, ha puesto delante del colchón de gomaespuma en el que languidece todos los días, rodeado de mugre e indiferencia, un cartón que dice: Life is beautiful. A su lado, un grupo de encorbatados testigos de Jehová monta guardia junto a varios carteles que proclaman su fe inextinguible, uno de los cuales reza: "¿Qué sentido tiene la vida?". Si uno acepta la pregunta, puede responder que hipotecarla en defensa de un Dios inexistente, creador de la muerte y del infierno, no tiene ninguno. Pero también se puede rechazar el marco mental que supone y contestar que no tiene sentido preguntar por el sentido de la vida. Sentido tiene una frase o una fórmula matemática, pero no la realidad biológica (y espiritual) de la existencia. Aunque no pienso perder el tiempo argumentando tantas obviedades con un pelotón de retrasados. Lo que sí me decido a hacer es comprar un inverosímil cucurucho de castañas en el primer puesto de castañas que veo este año. Antes, las castañas y boniatos señalaban la indefectible llegada del frío. Hoy los compramos en pantalones cortos, con sandalias y bajo un sol, como el de hoy, casi abrasador. El cambio climático forma parte de la realidad, excesiva, que nos rodea. Muchos estudiantes se manifiestan también en el mundo contra ese hecho ominoso. Esa sí es una causa que merece la pena apoyar.

domingo, 13 de octubre de 2019

La exasperación de la patria

Pues así andamos todos, encendidos o quemados por esa cosa llamada patria. Unos más que otros, claro. Pero sin que nadie pueda evitar el tufo a chamusquina que despide y que nos envuelve como una nube irritante. La patria, ese manto abstracto con el que nos protegemos, como en un útero materno de monumentales dimensiones, a salvo de las asechanzas de otras tribus, de otras patrias. Hace un mes se celebró la Diada en Cataluña, y hubo berridos a favor y berridos en contra: los primeros para exaltar una historia milenaria, y los segundos, para oscurecerla, banalizarla o, sin más, negarla. Hoy se ha celebrado el Día de la Hispanidad, con todo el aparato castrense del Estado en Madrid y un buen número de manifestaciones y contramanifestaciones y antimanifestaciones y supermanifestaciones en Barcelona. Siempre me he preguntado por qué se celebran los días de la patria con un desfile militar, y no con un desfile de médicos y enfermeras, o de maestros de escuela y profesores de instituto, o de bomberos, o de pintores y escritores (la estampa que dibujaría alguno de estos por la Castellana sería más recordada que la marcha de la Legión, a 160 pasos por minuto, con cabra y todo). En la capital, al presidente del Gobierno, socialista, se le ha abucheado, como cada año, más que por ser rojo —aunque también—, por no ser lo bastante patriota: el público ha demostrado así, otra vez, que la bandera patria, y la patria misma, solo pertenecen a quienes las aman: a la gente de orden, a la gente que vota a los partidos que las defienden. En el mismo acto, el experto paracaidista que bajaba la bandera desde un avión —militar, por supuesto—, entre los vítores de la enfervorizada multitud, se ha comido una farola y ha dejado la enseña nacional enredada en el alumbrado público, para pasmo y consternación de los presentes, con el rey a la cabeza. Quizá haya sido una metáfora de la ridiculez de acto, de la ridiculez de las patrias. Un general muy importante y el propio monarca han saludado y consolado al bripac, comprensiblemente compungido por la cagada. Pero, si esto hubiera sucedido en mis tiempos, cuando yo hice la mili, al paraca este lo degradaban ipso facto a limpiador vitalicio de letrinas y a no salir de permiso durante los próximos cuarenta años. (No es la pifia más importante protagonizada por los militares a lo largo de la historia; esta es más bien anecdótica. La más morrocotuda quizá sea la del Vasa, el mayor y mejor buque de la armada sueca, y uno de los más avanzados del mundo de su tiempo, que fue botado ante el rey de Suecia, toda su corte y casi toda la ciudad de Estocolmo el 10 de agosto de 1628, y se hundió como una piedra al poco de tocar el agua. Qué imagen gloriosa debió de ser aquella: un coloso erizado de cañones, el orgullo de la patria, yéndose a pique ante los ojos atónitos del país). En Barcelona, los falangistas, como cada año, se han reunido en Montjuïc para amenazar, a voz en cuello, a todo aquel que no comparta sus ardores patrióticos, que son muchos e inextinguibles. Los autodenominados antifascistas —aunque en realidad practiquen otra suerte de fascismo— han merodeado por el lugar para hacerles tragar sus gritos a favor de España, aunque la policía haya conseguido evitar el choque. Y en el paseo de Gracia, los constitucionalistas, o unionistas, o españolistas, o antiindependentistas —que todo son formas de llamar a quienes aman a una patria y no a otra—, han desfilado con menos amenazas, pero no con menos gritos, para afirmar su amor por España, su identificación con España, su pertenencia a España. Cataluña, España, la defensa de la patria, la unidad de la patria, la terra lliure, la independencia, están por todas partes: zumban como insectos, y pican, pican con afán. La sentencia del Tribunal Supremo en el juicio contra los líderes independentistas está a punto de dictarse: los magistrados, que han sido nombrados y ejercen su labor para defender el derecho español, esto es, el fruto de la soberanía de la patria, condenarán por sedición y otros delitos a unos exdiputados ansiosos por establecer otro derecho, fruto de la soberanía de otra patria. Y tanto unos como otros, ante iguales circunstancias, lo volverían a hacer. La patria, siempre la patria azuzando a sus peones, que son —que somos— casi todos. Antes de la sentencia, un general con un tricornio y más medallas en el pecho que el escaparate de una joyería ha dicho en Barcelona —y en catalán— que atizar a la gente en los colegios electorales, si en los colegios electorales se pretende votar por abandonar una patria (la suya) y abrazar otra (la de los votantes), está muy bien, y que la institución que representa está preparada para ejercer de nuevo, con la porra, sus altas funciones constitucionales. Tras la sentencia, los que no se sienten españoles protestarán con ferocidad, y harán declaraciones vehementes, y se quejarán con energía sin par de que la otra patria, la que no es la suya, no es democrática, mientras que la suya sí lo es: tanto que se atreve a anular antidemocráticamente las leyes de aquella. Por su parte, los CDR y la CUP y los ERT y no sé cuántas e inquietantes siglas más se lanzarán a un tsunami democràtic, y sembrarán Cataluña, muy democráticamente, de patrióticos cortes de carretera, de patrióticas ocupaciones del espacio público y, quizá, de patrióticos explosivos. De momento, ya están empapelando de pasquines que llaman a la movilización, si no a la insurrección, los edificios de la Generalitat, que hace mucho que dejó de ser el gobierno de todos en Cataluña para convertirse en la casa parroquial del independentismo. Qué lío, pero qué diáfano se me hace que el barullo proviene del patio de monipodio de las patrias. A todo esto, se acercan las elecciones. Y casi todos los partidos invocan a la patria en sus lemas: el PSOE, "ahora, España" (plagiado, al parecer, de uno que utilizó hace dos años la Fundación Francisco Franco); Ciudadanos, "España en marcha"; VOX, "España, siempre". Cuánto me recuerdan a aquel que utilizó la legendaria Alianza Popular en otras elecciones, hace muchos años: "España, lo único importante". Fernando Savater, el predicador de la civilidad, el héroe intelectual del estado de derecho, se ha unido —aunque sea en un simbólico último lugar— a las listas de Albert Rivera, ese campeón de la españolidad, tan apasionado de la patria que solo ve españoles, aunque no se vista de Rodrigo Díaz de Vivar, como hizo el añorado José María Aznar en su juventud, ni monte a lomos de un caballo, de pura raza española, como un cacique inspeccionando su hacienda o un Cid redivivo ahuyentando a los moros, tal que otros líderes políticos actuales. Rivera es más de quedarse en pelotas, para luego ponerse la camisa que mejor le siente. Y Abascal, que cuando habla, como demostró hace unos días en El hormiguero, parece un buen chico, un chaval educado y amable, pero de cuyos labios salen frases que podría haber pronunciado Benito Mussolini, reivindica ampliar la valla de Melilla "para defender a los españoles", es decir, para defender a la patria. Pero ¿defenderlos de qué? ¿De los millones de negros que, como decía Pablo Casado en otra declaración memorable, están esperando en África para invadirnos, quitarnos el trabajo, imponernos su cultura (matando a corderos, por ejemplo, sin cumplir las ordenanzas sanitarias) y arrasar, los muy bellacos, nuestro envidiado estado del bienestar? (Mientras escribo todo esto, me llegan, de un televisor cercano, los aullidos del locutor, que celebra el gol que ha marcado la selección nacional en el partido contra Noruega). Ah, la patria, siempre la patria. En España y en todas partes: en los Estados Unidos, el inenarrable Donald Trump pretende volver a hacer grande, otra vez, la suya; no mejor, ni más cordial, ni más compasiva, ni más culta, no: más grande. Y para ello también levanta muros, o quiere hacerlo, a fin de defender a los norteamericanos de los millones de hispanos que están esperando en México para invadirlos, quitarles el trabajo, imponer su cultura (hablando en español, por ejemplo) y arrasar, los muy arteros, el país de la libertad y las oportunidades. En la Gran Bretaña, un granuja llamado Boris Johnson quiere llevar adelante, caiga quien caiga, el deseo patriótico de sus conciudadanos, consistente en encerrarse en su isla, con el menor número de extranjeros posible, y recordar los buenos viejos tiempos en los que su país era el rey del mundo. Y en otras partes, la cosa es aún peor: Bolsonaro en Brasil, que se emborracha de amor a su patria, pero que está permitiendo que los incendios, la discriminación y la injusticia la destruyan; el criminal Rodrigo Duterte en sus adoradas Filipinas; el tarugo Maduro en la atormentada Venezuela: ah, si Bolívar levantara la cabeza. Yo estoy cansadito de las patrias: de las de unos y de las de otros. Si tiene que haberla, quiero una sosegada y hospitalaria, una a la que no se le erice el vello por cualquier tontería, una en la que prevalezcan las personas y sus derechos, una que no promueva la adscripción ciega a los mitos colectivos, sino la pertenencia pacífica a una humanidad en la que todos quepamos. Y, si no, pues mejor: pasémonos sin patrias. Estoy seguro de que viviremos más tranquilos: de que seremos más personas y menos pueblo.

martes, 8 de octubre de 2019

Parques y jardines

Ayer salí a pasear por el parque que hay delante de mi casa. Suelo hacerlo, sobre todo los fines de semana, después de pasarme casi todo el día encerrado en casa, escribiendo. Pasarse casi todo el día encerrado en casa escribiendo no deja de ser una forma de condena. Por eso, cuando llega la noche, salgo de la celda y respiro, hasta el día siguiente. Recorro entonces la avenida central, flanqueada por una vegetación que ha crecido monstruosamente desde que nos mudamos aquí, hace más de veinte años —el parc Central estaba entonces recién urbanizado, y los árboles eran todos jóvenes, huesudos, como adolescentes desgarbados—, entre la que abundan los árboles frutales. Esta había sido tradicionalmente una zona de huertos, con higueras, perales y tomateras, y el ayuntamiento quiso —por una vez, con buen criterio— mantener esa tradición. (Aunque de poco me sirve: nunca he pillado fruta de estos árboles. La que crece pasa de verde a desaparecida: siempre hay alguien que, en cuanto muestra los primeros signos de madurez, se me adelanta). A las horas en que transito por el parque, me acompaña poca gente: algún runner, unos cuantos que pasean al perro, parejas de novios que se magrean con discreción en un banco o cuchichean cogidos de la mano. Ayer me sorprendió una gran luz azul a mi espalda: era un coche de la policía municipal. No me pitó: no quería asustarme, supongo. Los guardias esperaron a que me diese cuenta de su presencia y me echara a un lado; y así lo hice. Los guardias de Sant Cugat son muy civilizados. Luego siguieron su insólito camino: no los había visto nunca apatrullando el parque. Y, junto con todos ellos, yo, un paseante solitario y meditabundo. La meditación es solo, en realidad, un flujo inconexo de ideas: una balumba de impresiones, de recuerdos, de garabatos de pensamiento. De hecho, no creo que pueda calificarse de idea nada de lo que se me ocurre en esas deambulaciones. Ayer, no obstante, hilvané algunos recuerdos y dibujé, me parece, un guion coherente. Siempre me ha gustado pasear por parques al anochecer. El crepúsculo es mi hora favorita del día, y me complace recorrerla sin prisa, disfrutando de ese momento en el que la luz parece tragarse las cosas. Ese espacio crepuscular me sirve para ahondar más en mí mismo, para sentirme más cerca de mí, siquiera fugazmente, frente a la aridez o la hostilidad del mundo. Cuando era adolescente, después de pasarme la tarde estudiando (otra forma de condena), visitaba el parc de l'Escorxador ('parque del matadero'), que se llama así porque allí había estado el principal macelo de Barcelona, hasta cuyo recinto he visto yo a los pastores conducir sus rebaños por la calle Aragón, hoy infestada de tráfico. También recuerdo un gran establo en la adyacente calle Tarragona, por las rendijas de cuyos portones veía yo caballos que me parecían grandes como el de Troya y que olían intensamente a mierda de caballo. Todo aquello desapareció, y desde hace muchos años se levanta en esa gran cuadrícula un parque urbano con una biblioteca, algunos chiringuitos, una escultura multicolor de Miró que se titula Dona i ocell ('Mujer y pájaro'), pero que parece un pene, y un suelo que combina el cemento y la tierra. Por esas pistas polvorientas paseaba yo, intentando digerir mis frustraciones quinceañeras, que son las mayores que sufre nunca nadie, y algunas noches en que me sentía especialmente desazonado me alargaba hasta Montjuïc, más allá de la plaza de España: subía las escaleras que conducen al palacio que alberga el Museo de Arte Románico, contemplaba la fuente luminosa sin luces, olía la hierba y la grava, que desprende un aroma enclenque y gris, y me detenía en las balaustradas para admirar una Barcelona que, al ascender yo, se empequeñecía. Quise reproducir aquella experiencia consoladora —y a la vez endurecedora del yo— en mi año como estudiante de intercambio en Atlanta, cuando no me faltaban tampoco incomprensiones, desengaños y asombros que digerir. Pero en Atlanta, donde yo vivía, no había ni palacios, ni balaustradas, ni mucho menos museos de arte románico: solo el jardín que la comunidad de propietarios había dispuesto para que los vecinos aparcaran y se encaminasen a sus casas. Pese a la humildad de estos propósitos, el jardín, y la comunidad toda, se llamaba Versalles. No obstante, como en los Estados Unidos todo es grande, aquel espacio anodino, salpicado de las brillantes luces blancas de las farolas, en el que chirriaban los grillos y ululaban los mochuelos, daba para un prolongado paseo, que yo llevaba a cabo casi cada noche, para pasmo de mi familia americana, que no entendía que un adolescente aparentemente en su sano juicio abandonase la comodidad del hogar, con sus cincuenta canales de televisión, su calefacción y su mantequilla de cacahuete, para dar vueltas solo por el aparcamiento de la urbanización. En Londres, en cambio, contaba con extensiones ilimitadas para verificar mis caminatas. Londres es la capital mundial de los parques urbanos, y uno de ellos, uno de los más hermosos, el de Battersea, fue muchas noches el escenario de mis vagabundeos, junto al Támesis, del puente de Alberto al de Chelsea, observando la pagoda que lo preside, los mendigos en los bancos y las gaviotas en el agua, las barcas detenidas o las barcas que pasaban, las luces innumerables y la oscuridad coagulada, y mascando la soledad y la esperanza. En Mérida, las cosas se empequeñecieron, y solo un parque, el de la Isla, emulaba los vastos predios londinenses. Muchos fines de semana, y también algunos días laborables, me iba hasta aquel islote del Guadiana y lo circundaba por entero: bajaba por el puente romano y caminaba por debajo de este y los demás puentes que lo cruzaban: el de Lusitania, el Fernández Casado, el del ferrocarril. Veía gatos perezosos y aves acuáticas, a veces peligrosamente cerca. Veía el camalote que lo asediaba todo y que, en ocasiones, sepultaba al agua. Veía los muros de la alcazaba, tan iluminados de noche como las paredes del Museo de Arte Románico de Barcelona o el Embarcadero de Chelsea, en la otra orilla del Támesis, que daba paso al barrio homónimo. En todos estos parques he respirado el aire más limpio del atardecer, que me ha hecho también más respirable también a mí. Hoy, cuando salgo a pasear por el parc Central de Sant Cugat un sábado o un domingo, todos los senderos que he pisado, todas las tinieblas que me han amparado, todas las soledades en las que he sanado, van conmigo y me susurran su íntima fragancia de hierba y humedad.

jueves, 3 de octubre de 2019

Con estos bueyes hemos de arar

Se acercan, fatalmente, unas nuevas elecciones. Las cuartas generales en cuatro años, a las que los catalanes hemos de sumar varias autonómicas y un par de referendos, o algo parecido, que han movilizado a la población (aunque solo a la que ya sabía lo que había que votar) tanto o más que los comicios legales. Aquí, en Cataluña, vivimos en la votación permanente, en un país donde la democracia se vive, y se ejerce, con intensidad inigualable. Pero muchos, entre los que me cuento, estamos hasta los cojones. Porque lo bonito de la democracia representativa es eso, que sea representativa, es decir, que los representantes elegidos y pagados por mí me sustituyan en la toma de decisiones que requiere la gestión pública. Porque la toma de decisiones que requiere la gestión pública es una pesadez: yo prefiero dedicar el tiempo el valor más precioso que tenemos los seres humanos, y del que los que ya tenemos una edad andamos cada día más escasos a los placeres que me ofrece la vida: la literatura, el arte, la amistad, la gastronomía, el sexo. No quiero sacrificar los goces sensuales e intelectuales a una constante y desolada preocupación por los asuntos públicos. Esos los delego en quien quiera ejercerlos en mi nombre y, por supuesto, bajo mi supervisión. El problema es que los que se presentan como delegados en España (y en Cataluña) son incapaces de trabajar como tales. Sus egos enormísimos les impiden transigir con los egos enormísimos de los demás. Su escasa capacitación intelectual los condena a la chatura ideológica y a la mediocridad, cuando no al ridículo, aunque su sentido del ridículo se haya diluido, tiempo ha, en el océano proceloso de su ego. Su infatuación es inversamente proporcional a su capacidad para entender y para entenderse. Su necesidad de afirmación, de envolverse en una certidumbre regeneradora para ellos y sus rebaños de acólitos, pero asfixiante para todos los demás, los mantiene atados a unas seguridades dogmáticas, a unas convicciones sin fisuras ni matices, al miedo por cuanto no sean las propias certezas, las propias obsesiones. Esa necesidad de certidumbre, de grabar en piedra a su alrededor el mundo que requieren sus pulsiones emocionales, se materializa no solo en una doctrina insensible a la realidad, sino en una doctrina que niega la realidad. VOX niega que haya una violencia específica contra las mujeres y que Franco fuese un dictador; el PP niega que haya facilitado, promovido o cultivado la corrupción; Ciudadanos niega ser un partido nacionalista, ferozmente españolista, más radical aún que los otros nacionalismos a los que se jacta de combatir; el PSOE niega que haya tejido en toda España una sólida red de sumisión clientelar; Unidas Podemos niega que el régimen de Maduro sea calamitoso y que esté conduciendo a Venezuela al desastre; y los independentistas catalanes, de cualquiera de los partidos o asociaciones que defienden el derecho de autodeterminación, niegan que el referéndum del 1-O fuera una charlotada, que la actuación de los políticos indepes en el Parlament fuese un asalto ilegítimo al poder y que la mayoría social en Cataluña no está a favor de la independencia. Veremos qué niega Errejón cuando haya alcanzado el poder. De todos estos partidos lamentables, el más lamentable es Ciudadanos. Los demás son lo que siempre han sido: VOX, una pintoresca (aunque muy peligrosa) agrupación de neofascistas; el PP, un partido conservador, heredero sociológico de franquismo, catolicón y corrupto; el PSOE, una socialdemocracia aguada que vende gregarismo y humo; Unidas Podemos, una izquierda subnormal, aupada por la indignación coyuntural de la gente y solidificada en un proyecto de raigambre estalinista; y los independentistas catalanes, un hatajo de zoquetes cuatribarrados que consideran que ser democráticos consiste en violar las leyes democráticas. Pero decía que Ciudadanos es el más deplorable de todos. Y lo es porque es el único que ha engañado, es más, que desde el principio estaba constituido por el engaño. Irrumpió en el escenario político, en Cataluña, con la fuerza de un movimiento liberador: luchaba contra la opresión del pujolismo y de todo nacionalismo, enarbolando la bandera de un liberalismo europeo y molón. No quiero presentarme como un analista perspicaz mi perspicacia se limita a augurar que mañana saldrá el sol y que por la noche se pondrá, pero Rivera, aquel tardoadolescente musculoso que aparecía desnudo en los carteles electorales, agarrándose las partes como si los pujolistas fueran a arrancárselas, siempre me hizo sospechar: licenciado en Derecho, simpatizante del PP, trabajador de banca, decía querer renovar la política, pero en realidad solo renovaba el españolismo: oponía un nacionalismo a otro. Su liberalismo no solo era una tapadera, como se ha visto en su deriva de estos años, que ha culminado aliándose con Santiago Abascal (otro exPP) y sus Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, sino que se ha convertido en una estafa. Y su orgía españolista con Marta Sánchez, en la que, joseantonianamente, solo veía españoles, acreditó finalmente para quien quiera verlo, claro: para quien no niegue la realidad que lo que le molesta del nacionalismo catalán no es que sea nacionalismo, sino que sea catalán. A todo esto, Rivera suma algunas características personales que lo hacen singularmente detestable: es un chulopiscinas dialéctico (y también ideológico, en la medida, muy escasa, en que tiene ideas), que siempre, asombrosamente, ha estado muy orgulloso de haber ganado un concurso universitario nacional de debate. Pues si Rivera es el que ganó, no quiero ni imaginarme cómo serían los perdedores. Su estilo es gangoso y soez, y ario por partida doble: lapidario y tabernario. Carece de todo sentido del humor, y todo lo tritura con tópicos, desplantes y barrabasadas. Es desafiante y hueco, y ha impregnado a sus huestes y, en buena medida, al pandemonio político nacional de un tono provocador y sórdido que me recuerda al de los fachas de la vieja escuela: a los falangistas siempre dispuestos al guantazo, a Blaspi (así llamábamos en la facultad de Derecho a Blas Piñar, aquel notario memorable y facundo orador que custodiaba las esencias del franquismo más tenebroso con la muchachada de Fuerza Nueva; curiosamente, también Ciudadanos es una nueva fuerza política), a los tribunos más exaltados de Cristo Rey. Pese a rasgos tan aciagos, el problema no es que Rivera exista, sino que haya quien lo vote, gente a la que su jactancia y su grosería la seduzcan. Ese perfil españolísimo de tío con dos cojones (aunque tapados en los carteles electorales, pero tapados se intuyen mejor, se subrayan más), que va a donde haya que ir y dice lo que haya que decir, aunque sea una gilipollez, convence a muchos individuos que prefieren el desafío a la reflexión, la bravata a la mesura, la manipulación a la honradez. Las encuestas le auguran muchos menos diputados en las próximas elecciones (que irán mayoritariamente al PP). Si eso se confirma, y a pesar de que el PP sea el beneficiario de la defección, lo celebraré: querrá decir que muchos españoles se han dado cuenta de la falsedad de su propuesta. Los perdonavidas como él solo emponzoñan el debate.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Calles do casi viaja el que transita

Londres pesa mucho. Y aún más que físicamente —con sus 1.600 km2 y sus casi 10 millones de habitantes—, pesa emocionalmente: en los recuerdos, en los sentimientos, en la sensibilidad. Como todas las grandes metrópolis, puede ser indiferente, cuando no hostil: las muchedumbres abruman; su propia extensión la vuelve inhóspita; el ruido, en muchos barrios, es insufrible; y los precios, en casi todos, resultan disparatados. El carácter del londinense se ha forjado con el fuego de las multitudes y el caos, y la frialdad resultante se asienta en un temperamento reservado per se, el temperamento inglés. Tratar con muchos de cuantos viven en la ciudad es tratar con piedra. Pero Londres es también un lugar inagotable y riquísimo, y no me refiero solo a sus espectaculares riquezas, pasadas y presentes, sino, sobre todo, a los estímulos que procura: sociales, culturales, vitales; es un manantío de cosmopolitismo, donde todo, literalmente todo, está representado y todo es accesible (si se tienen buenas libras para pagarlo, claro); es un lugar donde la historia te asalta a cada paso: ha sido, y en buena medida sigue siendo, capital del mundo, y eso se nota en cada calle, en cada plazuela, en cada rincón, por anodino que parezca; y es un lugar de libertad, donde, a pesar del bréxit, cualquiera cabe, haga lo que haga y sea lo que sea. Yo viví en Londres dos años y medio: no sé si fue feliz —no lo sé de ningún sitio en el que haya estado, ni de ninguna época por la que haya pasado; en realidad, no sé en qué consiste la felicidad—, pero sí que me sentí vivo, desafiado, renacido. Y eso basta, aunque se fracase. También sé que yo, que cada vez me siento menos de ningún sitio, me siento londinense. Un poco, al menos. O un mucho. Y, desde que dejé Londres, he querido mantener algún vínculo íntimo, pero también exterior, objetivo, con una ciudad que ha marcado un punto de inflexión en mi vida. A eso responde el libro que acabo de publicar, Streets Where to Walk Is to Embark, una antología de poemas sobre la ciudad de Londres escritos por poetas españoles de los dos últimos siglos, desde Francisco Martínez de la Rosa hasta María Salvador. El título es la traducción del verso de José Alcalá Galiano que da título a esta entrada: «Calles do casi viaja el que transita», una traducción que se debe al poeta, hispanista y buen amigo Terence Dooley, responsable asimismo de la versión al inglés de mi antología Selected Poems, publicada en el mismo sello en el que ahora ve la luz Streets Where to Walk Is to Embark, Shearsman, la única, que yo sepa, que dedica atención, y mucha, a la poesía escrita en español, tanto en España como en Hispanoamérica. El límite temporal de la antología no es arbitrario, sino el único posible, según mis investigaciones: no conozco obra poética sobre la ciudad anterior a 1800. Hay, sin duda, muchos más poemas que los aquí se recogen escritos por poetas que se encontraban en Londres a la hora de componerlos. Pero yo solo he querido juntar textos que hablasen de la ciudad, aunque hablen también de muchas otras cosas. Todos los seleccionados presentan, pues, algún vínculo explícito con la urbe. En algunos casos, Londres es la protagonista de los poemas; en otros, el escenario o marco en el que se desarrollan; en otros más, en fin, se trata de un espacio exterior que el poeta absorbe e interioriza, pero que sigue reconociéndose como un lugar concreto. No he atendido, en cambio, a estilos ni formas. En Streets Where to Walk Is to Embark caben todos los modos de decir, hijos de todas las tradiciones, expresión de todas las voces y de todas las sensibilidades, siempre que cumplan un requisito inexcusable de calidad. La antología es, de hecho, además de un recorrido histórico desprejuiciado, una muestra sustancial de la diversidad estilística que caracteriza a la actual poesía española y que, en buena medida, la ha caracterizado históricamente. Los poemas han de haber sido publicados, los autores son solo españoles, y el idioma, solo el castellano. Hay más autores españoles con poemas sobre Londres, pero los han escrito en otras lenguas peninsulares: conozco bastantes, por ejemplo, en catalán, y es más que probable que los haya también en gallego y vasco. Muchos son, asimismo, los poetas hispanoamericanos que han escrito sobre Londres, en varias lenguas, desde el peruano Antonio Cisneros al brasileño Vinicius de Moraes. También lo han hecho muchos autores portugueses, por sus inveterados vínculos históricos con Inglaterra, como Alberto Lacerda, Mário Cesariny o Manuel A. Domingos, y franceses, empezando por Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, que llevaron su tormentoso idilio, con pistoletazo incluido, a la capital británica. En realidad, Londres ha sido centro de atención de la literatura mundial, en multitud de idiomas, y esta antología no pretendía —ni podía— ser tan ambiciosa como para abarcarlos o reseñarlos a todos. Me he ceñido, pues, a mi lengua materna, que es también mi lengua de creación, en la que la muestra es, me parece, representativa y generosa. No me satisface, en otro orden de cosas, que en Streets Where to Walk Is to Embark haya muchos más hombres que mujeres: me gustaría que la representación femenina fuera mucho mayor de lo que es. Pero, a pesar de mis esforzadas pesquisas, no he encontrado más poemas escritos por mujeres que pudieran ser incluidos en la selección. Y espero que se me perdone la vanidad de haber incluido un poema mío en el conjunto. He creído que, por ser esta una antología temática, no resultaba inaceptable que lo hiciera, y quiero pensar que su inclusión no desvirtúa la exigencia de calidad que me ha guiado a la hora de seleccionarlos. La presencia de ese poema es también un homenaje personal a la ciudad en la que pasé dos años y medio de mi vida, zarandeado por la incertidumbre, pero también vivificado por la esperanza. Hoy la echo de menos más que nunca.

Esta es la relación de autores que figuran en la antología: Francisco Martínez de la Rosa, Domingo María Ruiz de la Vega, José de Espronceda, José Alcalá Galiano, Miguel de UnamunoJosé Antonio Balbontín, Luis Cernuda, Luis Gabriel Portillo, Basilio FernándezPedro de Basterra (José García Pradas), José María Aguirre Ruiz, Manuel Padorno, Rafael Guillén, Carlos Sahagún, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Juan Luis Panero, Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, Leopoldo María Panero, Rafael Argullol, Efi Cubero, Joaquín Sabina, Luis Suñén, Ángeles Mora, Javier Viriato, Javier Pérez Walias, Carlos MarzalEduardo Moga, Manuel Vilas, Juan Carlos Marset, Antonio Rivero Taravillo, Balbina Prior, Javier Sánchez Menéndez, Melchor López, Antonio Orihuela, Juan Luis Calbarro, Juan Carlos Elijas, Susana Medina, David Torres, Jordi Doce, Anxo Carracedo, Francisco León, Julio Mas Alcaraz, Mercedes Cebrián, Óscar Curieses, Teresa Guzmán, Ernesto García López, Antonio Reseco, José Luis Rey, Ignacio Cartagena, José Manuel Díez, José Daniel García, Mario Martín Gijón, Jèssica Pujol y María Salvador.

Y este, el poema de Luis Cernuda, «Impresión de destierro», perteneciente a Las nubes e incluido en el libro:

Fue la pasada primavera,
Hace ahora casi un año,
En un salón del viejo Temple, en Londres,
Con viejos muebles. Las ventanas daban,
Tras edificios viejos, a lo lejos,
Entre la hierba el gris relámpago del río.
Todo era gris y estaba fatigado
Igual que el iris de una perla enferma.

Eran señores viejos, viejas damas,
En los sombreros plumas polvorientas;
Un susurro de voces allá por los rincones,
Junto a mesas con tulipanes amarillos,
Retratos de familia y teteras vacías.
La sombra que caía
Con un olor a gato,
Despertaba ruidos en cocinas.

Un hombre silencioso estaba
Cerca de mí. Veía
La sombra de su largo perfil algunas veces
Asomarse abstraído al borde de la taza,
Con la misma fatiga
Del muerto que volviera
Desde la tumba a una fiesta mundana.

En los labios de alguno,
Allá por los rincones
Donde los viejos juntos susurraban,
Densa como una lágrima cayendo,
Brotó de pronto una palabra: España.
Un cansancio sin nombre
Rodaba en mi cabeza.
Encendieron las luces. Nos marchamos.

Tras largas escaleras casi a oscuras
Me hallé luego en la calle,
Y a mi lado, al volverme,
Vi otra vez a aquel hombre silencioso,
Que habló indistinto algo
Con acento extranjero,
Un acento de niño en voz envejecida.

Andando me seguía
Como si fuera solo bajo un peso invisible,
Arrastrando la losa de su tumba;
Mas luego se detuvo.
«¿España?», dijo. «Un nombre.
España ha muerto». Había
Una súbita esquina en la calleja.
Le vi borrarse entre la sombra húmeda.