sábado, 30 de diciembre de 2023

El País y la derechización de los intelectuales

La derechización de los intelectuales españoles, si es que aún queda alguno (los llamaremos así, en cualquier caso, por comodidad taxonómica), es un fenómeno general y bien estudiado, aunque no deje de sorprendernos a los que siempre hemos creído que los principios de la izquierda, fundamentados en la idea de que no solo la responsabilidad individual determina la suerte de las personas, sino también las condiciones y las leyes impuestas por el grupo en el que el azar ha hecho que nacieran, constituían una garantía de humanidad —esto es, de compasión— y de progreso ético. Y esa derechización se está trasladando a los medios de comunicación en los que esos intelectuales se expresan, un proceso descorazonador para los que seguimos creyendo en la justicia social y, por tanto, en la necesidad de atenuar las iniquidades de la economía de mercado con una vigorosa actuación de los poderes públicos. El País, en particular, un faro socialdemócrata en un país de agónicas y recurrentes pulsiones conservadoras, cuando no algo peor, que me ha acompañado desde los catorce años y al que he sido —y sigo siendo— fiel (en casa, antes de 1976, solo entraba La Vanguardia, que todos los días compraba mi padre y que yo siempre empezaba a leer por la sección de deportes, una costumbre que mantengo ahora con El País), derrota hacia el conservadurismo en la medida en que lo hacen sus más augustos colaboradores. Algunos siguen esa deriva desde hace tiempo. Mario Vargas Llosa —un buen escritor, aunque su última gran obra fuese La guerra del fin del mundo, publicada en 1981— mudó hace décadas sus inclinaciones comunistas de juventud —llegó a defender la revolución cubana— por una ideología ultraliberal, y lleva sus veinte años de colaboración en El País dándonos la matraca con un conservadurismo cada vez más cerril, que le ha llevado a apoyar públicamente a Keiko Fujimori, hija y heredera ideológica de Alberto Fujimori, el presidente más siniestro que ha tenido el Perú (condenado a veinticinco años de cárcel por allanamiento ilegal, homicidio calificado, lesiones graves y secuestro agravado, peculado doloso por apropiación [malversación de caudales públicos] y falsedad ideológica en agravio del Estado, violación del secreto de las comunicaciones y cohecho activo) y a ese gorila trumpista que es Javier Milei, que habla con el espíritu de su perro para que le diga cómo ha de gobernar la Argentina. (Según esto, Milei gobierna como un perro, y la verdad es que, dicho así, tiene bastante sentido). (No entraré a valorar la relación senil que Vargas Llosa ha mantenido con Isabel Preysler, la mayor cocotte de España desde La Bella Otero, pero sí diré que ese arrejuntamiento con el fascio rosa me parece coherente con su tránsito ideológico). Otro ejemplo de la infiltración del pensamiento reaccionario en El País es nada menos que Juan Luis Cebrián, que fue su primer director, desde 1976 hasta 1988, y que luego ostentó diferentes y altas responsabilidades en el Grupo PRISA, del que depende el periódico. En los artículos que publica de unos años a esta parte se advierte un vehemente alejamiento de los presupuestos socialdemócratas y una crítica crudísima a los gobiernos socialistas de coalición, en una línea de tosca hostilidad y partidismo camuflado que recuerda mucho a la involución de otras grandes figuras del progresismo patrio, como Felipe González o Alfonso Guerra, que han salido de sus sarcófagos para recordarnos que está muy feo pactar con los comunistas y, sobre todo, con los que quieren romper España (aunque no lo consigan nunca, por más que lo intenten). No sé si en este cambio tan radical ha tenido algo que ver que en 2016 se descubriera la vinculación de Cebrián con “los papeles de Panamá” a través de la empresa petrolera Star Petroleum, y que dos años más tarde fuera apartado de todos sus cargos ejecutivos en el Grupo Prisa (aunque se le mantuviese como presidente de honor y se le permitiera seguir publicando en el periódico, una facultad que ha ejercido con un ahínco que consterna). Juan Luis Cebrián ha pasado de ser una figura legendaria del periodismo nacional a un militante más del neoliberalismo que nos asfixia. Un tercer personaje que demuestra qué mal envejecen algunos cerebros es Fernando Savater, un filósofo saludablemente iconoclasta y lleno de una luminosa acracia en sus inicios —su Panfleto contra el todo constituye una referencia para toda una generación de progres, en la que me incluyo—, y un escritor por el que muchos hemos sentido veneración —La infancia recuperada es uno de los mejores libros sobre literatura y el placer de leer escritos nunca en España—, que ha pasado a suscribir, con disciplina de catecúmeno, el argumentario del PP y hasta pedir el voto para Ayuso, la política más obtusa (quitando a Ortega Smith, a quien no hay quien supere en zafiedad) y una de las más retrógradas del panorama nacional, en su columna de El País. Solicitar el voto para un político concreto, gracias al privilegio de disponer de una tribuna en un medio de este calibre, no solo es una inmoralidad, impropia de alguien que ha hecho de la ética el centro de su pensamiento (y en la que ni siquiera la Iglesia incurre), sino también, y aún peor, un ejemplo de sumisión al poder que, si siempre es denostable, en un intelectual de la talla de Savater da vergüenza ajena. Y no es esa la única inmoralidad que el autor de Invitación a la ética ha cometido en las páginas del periódico: la columna en la que frivolizaba sobre los abusos sexuales a menores en España era repugnante, como también lo fue que dijese que la réplica que le dio el escritor Alejandro Palomas, uno de los violados por curas en el colegio, era “lo verdaderamente escandaloso” y lo que no debería haberse publicado. A Savater, no obstante, quizá se le pueda aplicar la atenuante de haber sido víctima del terrorismo, al que él persiguió, y que le persiguió a él: ser amenazado por etarras, comprensiblemente, perturba, y puede que esa lógica perturbación se haya extendido por su mente y empañado una inteligencia que, durante muchos años, ha alumbrado ideas ampliamente compartibles. Félix de Azúa figura también en la lista de los exizquierdistas, hoy derechistas, aunque él no se decanta por Ayuso, sino por Ciudadanos, a los que ha defendido incansablemente en las páginas de El País y escrito en un artículo publicado en el diario que piensa seguir votando mientras existan. Pues que se dé prisa, porque ya casi han desaparecido. En cada elección, Ciudadanos encoge un poco más, pero al menos sabemos —y nos tranquiliza, porque significa que no vota a un partido aún peor— que Azúa los continúa apoyando. Del dilatado historial regresivo del escritor barcelonés destaca lo que dijo de Ada Colau en 2016: “Debería estar sirviendo pescado”, algo muy parecido, por cierto, a lo que acaba de afirmar la depuesta alcaldesa de Pamplona, de UPN, un clon navarro del PP: “Nunca apoyaría a Bildu. Antes prefiero fregar escaleras”. Aquí se ven el clasismo y la grosería de Azúa y de la señora Cristina Ibarrola aliados contra los perroflautas (y terroristas, a sus ojos) de izquierda. (Y añado: antes que decir “Nunca apoyaría a Bildu. Antes prefiero fregar escaleras”, prefiero votar al PP). A Azúa El País ha tenido el buen juicio de quitarle la columna de la contracubierta y confinarlo en las páginas de Cultura, donde publica ahora un artículo de vez en cuando. Y se agradece, porque fue un poeta estimable y sigue siendo un escritor refinado, cuando quiere, cuyos juicios, en estos ámbitos de la filosofía y la cultura, suelen ser dignos de consideración (aunque nunca deje de colarnos sus pullas cada vez más sectarias). Hay otros colaboradores, más jóvenes y menos afamados todavía (aunque todo se andará), que secundan esta regresión ideológica y prestan un apoyo constante al conservadurismo rampante que no deja de escupir coces, patriotismo y vivas a Adam Smith y Milton Friedman en nuestro país, pero no hablaré de ellos. Los primeros espadas del fenómeno ya han quedado representados en esta entrada. El País justifica su presencia por la necesaria pluralidad de opiniones, reflejo de la pluralidad de opiniones de la sociedad, que el periódico quiere ofrecer a sus lectores. Y recientemente he leído alguna carta al director en el que un comprensivo lector aplaude la pluralidad que representan Vargas Llosa, Cebrián, Savater y Azúa, entre otros (que no es pluralidad, en realidad, sino unicidad: la del pensamiento de derechas, tan monolítico como cualquier otro), y celebra poder disfrutarla de primera mano. Pues, mira, yo no. Yo, si quiero conocer lo que opina la derecha más bravía, leo cualquiera de los muchos periódicos —El Mundo, ABC, La Razón— o de las muchas cadenas de radio o televisión —la COPE, El Toro TV, Trece TV— que la encarnan (por no hablar de la fachosfera digital, desde El Español hasta OK Diario): ahí me enteraré, sin cortapisa alguna, de lo que piensan esa caterva de luminarias que son Isabel San Sebastián, Arcadi España, Federico Jiménez Losantos, Salvador Sostres, Jorge Bustos, Carlos Dávila o Pedro J. Ramírez, entre tantos otros (y donde, por cierto, es improbable que encuentre a colaboradores que canten las bondades de la economía centralizada, despotriquen de Feijóo, pidan el voto para Pedro Sánchez, aplaudan la amnistía o expliciten su apoyo a Sumar). Yo quiero un periódico que pueda seguir reconociendo como mío y que conserve la sensibilidad social y la coherencia ideológica, lo que no significa que desee una sola voz, un diario petrificado o un muermo repetitivo. Por eso me gustan los artículos de Ignacio Peyró, de Javier Cercas (aunque en su último artículo dominical llamaba a la rebelión contra los políticos actuales y propugnaba que se eligieran por sorteo: espero que a él no lo afecte también el virus de la derechización), de Antonio Muñoz Molina, de Xavier Vidal-Folch, de Elvira Lindo, de Víctor Lapuente, de Josep Ramoneda o de Ana Iris Simón, entre otros. Celebro la crítica y la discrepancia, pero también la ecuanimidad y la moderación. Lo que desde luego no celebro es que quienes gozan del privilegio de escribir en el periódico más importante de España, el mío, lo conviertan en una hoja parroquial de la derecha española, tan ultramontana como siempre, tan nacionalcatólica como siempre, tan incomprensible como siempre, tan sobrecogedora como siempre.

lunes, 25 de diciembre de 2023

El paseo de Nochebuena

En Nochebuena casi nadie sale a pasear. En Sant Cugat, yo soy el casi. Pero es que me gusta hacerlo cuando nadie más lo hace, porque la quietud de los lugares repletos es una quietud más espesa, más fértil, cuando están vacíos. Las familias se recogen en casa para celebrar la gran cena del clan, y en las calles queda la oquedad de lo desaparecido: la ausencia de lo que siempre es y hoy no. Naturalmente, las calles no transmiten la sensación de apocalipsis que reinaba durante la pandemia. Entonces, el miedo se percibía en los portales, en los escaparates de los pocos negocios que seguían abiertos, en la hosquedad de todo, y una como nube de abandono sepultaba la ciudad: la luz de los semáforos, el asfalto apenas pisado, los insólitos paseantes sólitamente enmascarillados. Hoy, el sosiego de Sant Cugat es una tranquilidad algodonosa, refugiada en mesas abundantes y, quizá, algún villancico desafinado. En mi andar, veo una excepción: la gente sale del monasterio. Ha debido de haber misa. Casi todos asoman con una vela encendida, que jaspea de oro y temblor una oscuridad maquillada por los colores de las luces y de sus reflejos en las ventanas, de los anuncios, de los toldos recogidos, pero todavía toldos. Pienso que estos vecinos son afortunados, porque, confesos y comulgados, irían derechos al cielo si ahora los fulminara un infarto, aunque sean asesinos en serie o se hayan comido a su abuela. La institución del perdón, mucho más que la novedad de que Dios se hiciera Hombre, es la aportación más revolucionaria del cristianismo a la historia humana, la que más ha hecho por que el pobre ser humano sea capaz de sobrellevar sus miserias, y las de los demás, en este mundo al que Dios los ha condenado. Los benditos que veo cruzar la plaza del monasterio se disgregan en pequeños grupos y se pierden por las calles centrales, camino de sus hogares. Yo sigo el mío, mi recorrido habitual, hacia el extremo del pueblo. Por encima de mí se despliega la malla de luces que el ayuntamiento ha dispuesto por las vías principales —esto es, las comerciales— de Sant Cugat. (No me consta que, en punto a iluminación navideña, el ayuntamiento haya competido con otras ciudades del país por ser quien la tuviera más grande; y es de agradecer). También los cipreses de la plaza del monasterio y los restos de la muralla del cenobio están vestidos —o presos— con serpenteantes cables de luces navideñas, que me recuerdan a las bombillas de colores de las verbenas o las terrazas veraniegas: los extremos se tocan, aunque las decembrinas sean doradas y plateadas, y las estivales, polícromas, cálidas, los siete colores del arcoíris. Algo más allá del monasterio, por la avenida de Cerdanyola, hago mi parada habitual: unas almas buenas y desconocidas mantienen en una fachada unos cajones donde depositan los libros de los que quieren desembarazarse. Como suele suceder en estos puestos improvisados y enteramente dependientes de la voluntad popular —como el gobierno de la nación—, predomina la basura: ediciones ignominiosas de títulos más que prescindibles, publicaciones técnicas —del orden de “instrumentos para la contabilidad de balances de las empresas de automoción”— del año de María Castaña, fascículos huérfanos de enciclopedias de la Edad del Bronce, o folletos desorejados. Hoy mismo veo varios volúmenes de las obras completas del ínclito Edward Phillips Oppenheim, un popularísimo hacedor británico de novelitas de suspense, con tramas internacionales de espías, distinguidos aristócratas ingleses, pérfidos aristócratas prusianos y femmes fatales que lucen dijes deslumbrantes, fuman cigarrillos egipcios emboquillados y regalan escotes de vértigo. Pues aquí hay varios ejemplares, polvorientos, con las camisas carcomidas, de estas intrigas elaboradas y huecas, que entretuvieron al paisanaje durante años por unas pocas pesetas. Naturalmente, no me llevo ninguno, pero sí un livre de poche cuyo título se me antoja pertinente en estos tiempos procelosos, aunque el libro data de 1998: Les Identités meurtrières [‘las identidades asesinas’], de Amin Maalouf. Es una edición barata, pero está bien conservada. No tiene bárbaras anotaciones o señales con bolígrafo o rotulador fosforescente, y solo un par de páginas indebidamente dobladas. Las despliego con cuidado y el libro queda listo y curioso. Cruzo después los jardines del Vallès, al final de la avenida, que constituyen la mitad del recorrido, para iniciar el regreso a casa. En los jardines, muy mediterráneos —con pinos, arena, plantas aromáticas y hasta un anfiteatro de aire griego, aunque las gradas de madera, colocadas hace poco, ya se han estropeado—, tampoco hay nadie. Casi siempre me encuentro a un grupito de jóvenes, que ha colonizado uno de los bancos, charlando, fumándose unos canutos, o besuqueándose con las chicas, pero hoy no hay ni un paseante de perros despistado (aunque sí algunos zurullos de los que han pasado ya por aquí [perros, no paseantes]). En la rambla del Celler, de nueva urbanización, los edificios parecen más serios, más compactos, que en el barrio antiguo, más poroso. Y también más aburridos. Los balcones, donde antes cundían aguerridas senyeres, ahora están pintarrajeados por las luces de Navidad, entre las que se cuela algún muñeco de Papá Noel que intenta colarse en las casas con nocturnidad y escalo. Todavía queda alguna estelada, con algún jirón y un poco desteñida, pero testigo resistente del inflamado espíritu patriótico de esta ciudad pija, residencial, empresarial e independentista, que da la casualidad de ser uno de los municipios más ricos de España. Hace frío y apresuro el paso. La energía que gasto me hace entrar en calor. Me cruzo, para mi sorpresa, con alguna sudamericana que habla a gritos por el móvil (los gritos, solos, recrecidos, resuenan derechamente en las paredes) y con un coche blanco que parece llevar mucha prisa: quizá llegue tarde al ágape familiar. No oigo ladridos: los chuchos también celebran la Nochebuena. Para llegar a casa, solo he de seguir las estrellas del Belén con que nuestros munícipes han tenido a bien decorar los plátanos del Parc Central, y, como los reyes de Oriente, arribo por fin a mi pesebre, donde me espera un videoencuentro con Elaine, en el que nos desearemos mutua y amorosamente feliz Navidad, y también una piña rellena de gambas, un benjamín de Codorniu y Elena sabe, una inquietante y excelente película argentina en Netflix. Por suerte, el discurso que un negro le ha escrito al Rey y que este ha leído sin el gracejo gangoso de su progenitor, el añorado emérito, ya ha pasado. Ahora disfrutaré de verdad de la Nochebuena.

martes, 19 de diciembre de 2023

Feliz Navidad

Tras mis haikus antinavideños del pasado 9 de diciembre, mi reacción natural ante la avalancha de estímulos propios de estas fechas tan señaladas —compra, ríe, reúnete con la familia, reza, canta villancicos, come, bebe, sigue comprando, sé feliz, haz un viaje, tómate las uvas, felicita la Navidad y desea próspero Año Nuevo incluso a la gente que no conoces de nada, admira las luces (y al alcalde que las ha instalado), no te olvides de la lotería, disfruta de los turrones y la paga doble, ve a esquiar, no dejes de comprar— que, como cada año, nos sepulta inmisericordemente desde principios de noviembre y nos tendrá intoxicados hasta el 6 de enero, hoy quiero felicitar la Navidad. En esto de la Navidad, soy como Buñuel, que era ateo gracias a Dios. Y tampoco he temido nunca la contradicción, que no me parece indeseable si ambos términos de la oposición contienen verdad. Por eso quiero aprovechar esta humilde ventana para desear a todos unos días de paz en este caluroso diciembre y unos tiempos mejores en 2024. Por lo pronto, ojalá cesen las masacres en Gaza, en Ucrania y en todos los olvidados rincones del mundo donde la gente, con tenacidad inverosímil, sigue matándose. Y, aunque sé que no es posible, ojalá quienes sufren, que somos todos, dejemos de sufrir. Sigamos vivos, pues, y gocemos.

Para materializar este deseo y esta felicitación, y que no sean meras proclamas lanzadas al viento de la indiferencia, he escrito este madrigal, cuyo asunto, me parece, es uno de los pocos que aún puede hermanarnos a todos.

MADRIGAL DEL AMOR DESEADO 

                                             Navidad, 2023

A quién amaré que ame
enamoradamente, que desame,
si así sucede, con amor constante,
que, amante, amando, embeba
el mar de tanto amar que nada pueda
desacatar lo que ama
ni se turbe el amor en su mirada.
Inamante, a ese yo
acudiré no para ser amado,
sino para sumirme en el amor
y ser por el amor multiplicado.


Pues eso, que Feliz Navidad.

jueves, 14 de diciembre de 2023

Personajes de Sant Cugat (I): el local de comida para llevar

Yo no cocino. Debo de ser el único español que no lo hace. Por lo que se ve en televisión y en muchos medios de comunicación, en España ya no solo cocinan las madres, las abuelas y los chefs, como siempre ha sido, sino todo Dios: niños, famosos, señores y hasta perros. Pero, como el hecho de no cocinar no exime de la fatigosa tarea de comer para sobrevivir, he tenido que procurarme fuentes de subsistencia que no salgan de unos fogones que no uso ni sé cómo usar. Además de los socorridos estantes de comida preparada en los supermercados, siempre sospechosos de contener productos ultraprocesados y dañinos, en la pandemia descubrí un establecimiento providencial: un local familiar de comida para  llevar a ciento cincuenta metros de mi casa, en mi misma calle. Aunque solo funciona los fines de semana, de viernes a domingo, aquel sitio me salvó la vida. Su actividad principal son los clásicos pollos a l’ast, pero han ampliado el negocio con primeros y segundos platos —incluyendo algunos tan sofisticados como el fricandó o los calamarcitos en salsa— bien guisados y a buen precio. El lugar, no obstante, se caracteriza por algo más que por la calidad y la economía de la pitanza. Como le dijo una vez uno de los dependientes, hijo de la dueña, a otro, “la gente no viene solo porque la comida esté buena; viene, sobre todo, por el espectáculo”. Y así es: un espectáculo singular, que no consiste en hacer malabarismos con las aperos de cocina, como en algunos restaurantes japoneses, o darles vueltas a los cócteles, como hacen los barmans, o incorporar un prestidigitador o un payaso al servicio, sino en pelearse constante, sistemáticamente, entre quienes atienden el local. El nivel de la discusión no es feroz, pero alcanza picos de jugosa intensidad. La causante fundamental de la discordia es la dueña, una mujer cincuentona y menuda, que ha sido instructora de esquí, pero que ahora asa pollos: se ha reconvertido, o reinventado, como dicen algunos: del hielo al fuego. A la señora, que no es de mal natural (me trata bien y me hace descuentos, aunque no ha conseguido aprenderse mi nombre: aún me llama Fernando), le cuesta confiar en lo que hacen los demás y no puede evitar supervisarlo todo. Y, en un espacio tan reducido como el de su local, que no ocupará más de quince metros cuadrados, donde se embuten la cocina, el horno para los pollos, el mostrador con las bandejas de los alimentos y la caja registradora, la nevera, el congelador y, los domingos, cuatro y hasta cinco empleados (tras el mostrador, a menudo se apilan también varios sacos de patatas), supervisarlo todo se convierte inevitablemente en un agobio difícil de soportar. Y, así, mientras los clientes esperamos a que nos atiendan o nos sirvan, delante de una caja de salsa Espadaler para los berberechos, varias fuentes de croquetas y una cazuela de chicharrones que están diciendo: “¡Venga, no te contengas! ¡Méteme en las arterias!”, la dueña le espeta a su hijo, un zagal simpático, que intenta compensar con cordialidad las asperezas de su madre, que no ponga esos dos pedazos de pescado en la cajita, sino aquellos otros (o que no ponga dos, sino solo uno); o a otro dependiente, que el precio de lo vendido no es el que está marcando en la caja, sino uno distinto; o al muchacho que trincha los pollos —un joven corpulento con gafas y una bandana parecida a la de samurái, envuelto en una permanente película de grasa, y que, al menos para los que jamás hemos tenido que cortar nada en la cocina ni en la mesa, maneja los tijeras con una habilidad pasmosa: deja los pollos limpios y troceados con precisión de geómetra— que deje de trinchar y que atienda los pedidos que llegan por teléfono. A lo que, la mayoría de las veces, los subordinados le contestan: que si yo ya sé hacerlo, que si antes me has dicho otra cosa, que no puedo hacer dos cosas a la vez, que no te metas, como haces siempre. El grado de acritud es variable: su hijo, que puede permitírselo, le responde con alguna crudeza, pero con cariño basal; los demás se contienen algo más. No obstante, la respuesta más perturbadora proviene siempre del grandullón encargado de dilacerar la volatería, que deja de asestar tijeretazos y se le encara, sudoroso —está siempre frente al fuego, donde la temperatura, en verano, puede rondar los cuarenta y cinco grados— esgrimiendo inquietantemente la cizalla. De momento, la sangre no ha llegado al río (la humana; la de los pollos, sí), y yo lo celebro. Porque si el clima laboral se estropeara tanto (o el trinchador decidiera cortar otra carne que no fuese la de los pollos) como para que el local tuviese que cerrar, yo me quedaría sin sustento y atribulado, y tendría que alejar el riesgo de morir de inanición con algún otro establecimiento —mucho más alejado de mi casa— donde encontrara ensaladilla rusa y macarrones con tomate, habas a la catalana y ensalada de tomate y feta, fideuá y albóndigas caseras, entre otras exquisiteces. Porque la opción de aprender a cocinar, a mi edad, está descartada. 

sábado, 9 de diciembre de 2023

Haikus antinavideños

La Navidad
dicta, ensordecedora,
que el amor reina.

¿Alguien recuerda
aún a quién recuerda
la Navidad?

Navidad rima
desesperadamente
con soledad.

En el bazar
paquistaní, sonríe
papá Noel.

Hay quien se en[c/t]ierra
para no envenenarse
de Navidad.

En un abrigo
rosa embuten al shihtzu
por Navidad.

En el estanque
helado pica el pájaro
sin esperanza.

Solo a sí mismas
se iluminan las luces
de Navidad.

Escribir haikus
en Navidad = bailar
rumbas en Tokio.

Los langostinos,
cuando llega diciembre,
huyen del mar.

El año nuevo
es el mismo año viejo
más doce uvas.

¡Cuántos cuñados
salen de su guarida
en Nochebuena!

La soledad
es un búnker y un páramo
en Navidad.

A las paredes
y a las calles les crecen
barbas de luz.

¿No son los Reyes
de Oriente inmigrantes
irregulares?

¿Lo de los elfos
es acondrodisplasia
o mal comer?

Las luces, cuanto
más resplandecïentes,
más tenebrosas.

La Navidad
convierte las ciudades
en termiteros.

En la nariz
del pino acatarrado,
unos carámbanos.

Como borrachos,
las estrellas se abrazan
a las farolas.

Aún palpita
el abeto talado
entre el gentío.

La cresta fucsia
de un punki añade jácara
a los festejos.

Un gato husmea
en el espumillón
abandonado.

¡Qué rico el gallo
de la misa del Gallo
en pepitoria!

            Gaza, Navidad, 2023
Donde nació
Jesús, se mata más
gente que nunca.

La Navidad
reúne como el cierzo
junta al rebaño.

El abejorro
se posa, despistado,
en el pesebre.

El villancico,
ni humor, ni amor, ni sexo:
locus eremus.

Canto tan mal
que vuelvo villanía
el villancico.

La Navidad
ya no es blanca; ahora
es veraniega.

Bufés, loteros
y curas en diciembre
hacen su agosto.

El oro, vale.
El incïenso, pase.
¿Pero y la mirra?

No es decembrino
Jesús, sino agosteño,
quizá marzal.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Diez años de Corónicas

En realidad, hace algo más de diez años que empecé a escribirlas. Fue el 4 de septiembre de 2013, recién aterrizado yo en Londres, a donde me había trasladado a vivir y donde permanecería casi dos años y medio. Bauticé aquel blog Corónicas de Ingalaterra, utilizando, para alumbrar el nombre —titular siempre es difícil, salvo que uno tenga una iluminación—, un viejo fenómeno fonético que se me había dado a conocer con aquel fantástico título de un libro de caballerías, el Palmerín de Ingalaterra. Con aquellas primeras corónicas, quería recoger mis andanzas y vivencias en la Pérfida Albión. Aquello, pensaba, me ayudaría a adaptarme a mi nuevo lugar de residencia, haciéndome entender mejor la vida en Inglaterra al obligarme a ordenar mis ideas sobre ella, dado que tenía que ponerlas por escrito, y a combatir, quizá, la melancolía del (voluntariamente) exiliado: Inglaterra es un lugar donde la melancolía puede abrumar. Tanta fue la presión que me impuse por abordarlas, porque tanto era el efecto terapéutico que esperaba que tuvieran, que decidí probar a escribir una al día, sin excepción, al menos durante un año. Y así lo hice, en efecto, durante mis primeros 365 días de estancia. La primera que colgué, aquel 4 de septiembre de 2013, era muy breve y sensorial, y se titulaba “Olores”. En ella daba cuenta de eso: de los olores que había percibido al pisar el aeropuerto de Heathrow a mi llegada, el 30 de agosto de 2013. Luego siguieron 353 más (solo hubo una pausa involuntaria: unos días de vacaciones que pasé con mi familia, como unos ingleses más, en Lanzarote, y que, por las circunstancias de la estancia, me impidieron dedicarme al blog), hasta que decidí que el experimento de escribir una entrada diaria era estupendo, pero también extenuante. Tener que escribir algo públicamente, con algún interés, todos los días de la vida escapaba de mis posibilidades, o más bien de mi voluntad: a la vez que un estímulo, era una esclavitud. Así que decidí publicar una corónica cada cinco días, un plazo que me parecía adecuado para que el blog se mantuviera vivo, pero suficiente también para que el autor y los lectores descansaran. Esa es la frecuencia de publicación que he mantenido, sin rigideces, hasta hoy mismo, en que aquellas Corónicas de Ingalaterra se han convertido en unas Corónicas de Españia. La bitácora inglesa, en efecto, me permitió procesar mejor mis experiencias en el nuevo país (y también en el mío, que veía, a la vez, desde la distancia e interiormente): con diligencia y espíritu constructivo, crítico pero bienhumorado; o, al menos, así lo intenté. Publiqué en las Corónicas de Ingalaterra 561 entradas, y las mantuve hasta que volví a España a mediados de febrero de 2016, para incorporarme como director de la Editora Regional de Extremadura, en Mérida. La última que publiqué en aquel blog, el 16 de febrero, se titulaba, muy previsiblemente, “Goodbye”. Ese mismo día creé estas Corónicas de Españia y apareció la primera entrada, titulada “Bienvenidos”. Cuando esta que ahora redacto vea la luz, habré colgado 595, que llevan algo más de 364.000 visitas (la bitácora inglesa cuenta ya con 411.000: aunque duró mucho menos que la española, lleva más tiempo que esta en Internet, e Internet es el registro eterno). La razón por la que continué el blog en España fue la misma por la que lo creé en Inglaterra: ayudarme a vivir en una tierra nueva. A pesar de los muchos vínculos familiares y literarios que mantenía con ella, Extremadura aún era muy desconocida para mí, sobre todo después del bienio largo pasado en la hiperbórea Albión. La etapa emeritense de las Corónicas de Españia duró lo que duró mi estancia allí, dos años y dos meses. Al volver a Barcelona, descubrí que el blog no solo me ayudaba a vivir en una tierra nueva, sino que me ayudaba a vivir. Me permitía permanecer conectado con el mundo, decirle al mundo: “¡Estoy aquí! ¡Aún no me he muerto! ¡Existo!”. Sé que eso puede tener muy poco o ningún interés para el mundo, que es asombrosamente indiferente a nuestras cuitas, pero a mí me servía para sentirme unido a él, para creer que seguía hablando con los amigos desperdigados por los países, para pensar que, pese al silencio con el que siempre responde la pantalla del ordenador, el planeta recibía mis monólogos y, calladamente, los convertía en diálogos. Y también para continuar sintiéndome escritor, que no es nada más (y nada menos) que una persona que escribe y que se comunica con los demás por medio de la escritura. Me pase lo que me pase, si escribo en el blog y alguien me lee, estoy salvado. Así pienso ahora, y esa es la razón última de que estas corónicas pervivan. Aunque debo confesar que, a veces, siento la tentación de abandonarlas. El cansancio nos amenaza siempre, y el tiempo es un gran irradiador de cansancio. También, en ocasiones, pienso que el tiempo de los blogs ha pasado (yo suelo llegar tarde, ¡ay!, a casi todo) y que el interés que puedan tener estas entradas es modesto, o acaso mínimo, o quizá nulo. O que mis seguidores (treinta y tres beneméritas personas, en estos momentos) y mis lectores (la media de visitas de las entradas se sitúa entre 100 y 150) ya me conocen lo suficiente —mis muletillas, mis chistes, mis prejuicios— y que deben de aburrirse con lo que cuento. Pero siento que aún no he llegado al final del camino, y todavía encuentro útil y placentero sentarme delante del ordenador y ordenar las ideas escribiendo, con la esperanza de que el resultado de esa tarea le dé a alguien un rato de placer o entretenimiento, como me lo ha dado a mí. Las corónicas también han tenido algunas consecuencias positivas más. Han sido una forma dilatada de escribir libros. He comprobado que, sin tener un plan establecido, algunos temas y algunas preocupaciones se repetían. Y que, sin intención de componer un libro, el libro se componía solo. De este modo, al cabo de cierto tiempo, sumando todas las entradas que trataban de un mismo asunto, me encontraba con un volumen prácticamente hecho. Dos diarios sobre mi vida en Inglaterra (Corónicas de Ingalaterra. Un año de vida en Londres y Corónicas de Ingalaterra: una visión crítica de Londres), uno sobre mi vida en Extremadura (El paraíso difícil), uno sobre mi vida en Sant Cugat (La ciudad encontrada) y otro sobre las exposiciones que he visitado en los museos del mundo (Expón, que algo queda) son el fruto de mis blogs. Las corónicas, last but not least, me han permitido mantenerme en contacto con personas a las que quería, conocer a otras a las que he llegado a querer e indisponerme, o incluso enemistarme, con algunas. Por fortuna, muy pocas. Pero esto forma parte del intercambio humano, por más que con mis entradas nunca haya pretendido ofender a nadie. Descontando los inevitables comentarios anónimos insultantes, y alguna pelotera con desagradables interlocutores con nombres y apellidos, estoy muy contento de que la gran mayoría de mis corresponsales hayan sido atentos y afectuosos. Muchas gracias, pues, a todos los que me hayan seguido o hayan concedido a estas bitácoras alguna atención por estos diez años de compañía y escucha. Sin ellos, esto no tendría sentido.