sábado, 14 de julio de 2018

Cadalso

Hoy visitamos Cadalso. En realidad, no visitamos el pueblo, sino que nos quedamos a comer en uno de los restaurantes de la localidad a orillas del Árrago, Casa Piris, cuyo nombre –variante de Pérez–, por algún azar histórico-lingüístico, es tan abundante en Extremadura como en Cataluña y Valencia. El establecimiento tiene buena cocina y una terraza agradabilísima al lado mismo del río. Cuando llegamos, solo hay comiendo otra pareja. Algo, no obstante, perturba la paz del lugar: una irritante musiquilla que sale de no sé dónde. Nuestro vecino me ve rebuscar con la mirada el origen del chunda-chunda y se adelanta a mis deseos: "¿Quiere que la apague? La hemos puesto porque estábamos solos. Pero no queremos molestar". La amabilidad extremeña, de nuevo. Una amabilidad alguna de cuyas manifestaciones no hemos encontrado en ningún otro lugar del país, ni acaso del mundo. "Sí, por favor. Se lo agradeceremos mucho", respondo. Recuperado el bienaventurado silencio, nos atiende la única camarera del local, hija de los dueños. Es una criatura encantadora, que hoy acrecienta su encanto con unos shorts tejanos que amenazan con seccionarle las ingles. Me quedo preocupado. Y un poco aturdido con su aleteo constante alrededor de la mesa. Pedimos gazpacho, judías verdes y entrecots de ternera; de postre, un flan (que más bien parece la maqueta de una pirámide) y una mousse de fresa. Todo está fresco y bien cocinado. Los entrecots horrorizarían a cualquier vegano: son tan grandes que casi nos horrorizan a nosotros. Pero, deseosos de proteínas, nos los zampamos con delectación neolítica. El trajín en la mesa contrasta con la paz del lugar. Las aguas del Árrago, remansadas por la cercana piscina natural, fluyen sin urgencia, con un rumor apacible y azul. En el cielo solo despuntan algunas nubes condescendientes, breves hongos blancos que no emborronan el sol. Hace el calor justo: para agradecer la sombra y el baño, pero sin sudores ni jadeos. La luz cae en el río como una sábana enteriza pero sutil. Las ranas croan; también los pájaros se dejan oír; la brisa hace hablar a los olivos y los robles, cuya cremosa vibración se enreda con el murmullo espinoso de las jaras y los brezos. El vecino reconoce la superioridad de la música natural sobre los soniquetes prefabricados: "Esto sí vale la pena oírlo, ¿verdad?", nos pregunta. Asentimos. Pero nos equivocaríamos si creyéramos que esto es solo un locus amoenus, una escena de paz. Los inacabables conflictos de la naturaleza (que nosotros embellecemos y moralizamos, pero que son verdaderas guerras de supervivencia) se entrecruzan en ella. Nuestro vecino, sin ser consciente de las consecuencias de sus actos, les echa unas migas de pan a unos gorriones que revolotean en la ribera. Los pardales se enzarzan en una lucha frenética por las migas: en picados  o rasantes velocísimos se hacen con ellas y, cuando son demasiado grandes para tragárselas in situ, se las llevan a algún lugar apartado a ingerirlas con paciencia. Lo mismo sucede con una familia de pollos que aparece por allí, precedidos por su orgullosa madre, una gallina color avellana, y atraídos, suponemos, por el frenesí pajaril. Los adorables pollitos, cuya fragilidad suscita sin remedio la ternura del contemplador, demuestran tener espíritu de asesino en serie: se abalanzan sobre las migas, que el vecino no deja de volear, rápidos como áspides y defienden el botín frente a los hermanos que no han atrapado nada, y que quieren robárselo, con la ferocidad de un apache. Esas delicadas criaturas se libran a combates inmisericordes, con empujones, picotazos y golpes de ala, bajo la mirada indiferente de la madre, que debe de considerarlos una etapa más de su formación. Pero el depredador de ahora es la presa de después. Un gato se acerca con la misma intención de hacerse con los polluelos que los polluelos han demostrado con las migas (y contra sus hermanos). Todos, crías y madre, ponen, entre piídos, patas en polvorosa. Esta defiende la retirada estirando el cuello y ahuecando las alas para parecer mayor y dispuesta al combate. Pero el gato no ha querido perseverar en la caza y deja que las aves se retiren. Luego se pasea por la hierba, con la cola levantada y la mirada oblicua. Acabada la comida y el espectáculo de la ley de la selva, recorremos los cien metros que nos separan del acceso a la piscina natural. Vemos desde el camino la fantástica imagen de la iglesia de la Purísima Concepción alzada contra la sierra, en uno de cuyos picos, como el pezón de un pecho gigantesco, sobrevive la ruina cuadrada del castillo de Almenara, construido, como tantos otros de la zona, por los árabes. Al lado de la iglesia ondea una bandera española. No sabemos hasta qué punto el nombre del pueblo responde al hecho histórico de que fuera aquí donde se ejecutase a malhechores y moros. Preferimos evocar lo transmitido por la tradición oral: que Cadalso era uno de los lugares en los que el rey Alfonso XI, bisnieto de El Sabio, se encontraba con su amante, la bellísima Leonor de Guzmán, con la que tuvo diez hijos. En el pueblo se conserva todavía la Casa del Rey. Y en el Libro de la montería que se le atribuye, Alfonso, gran amante de la caza –como ya demostrara con Leonor y los muchos sarracenos a los que liquidó–, ha dejado muestras de conocer bien la región: elogia, por ejemplo, el cercano monte de la Aliseda, que abundaba en jabalíes y osos. Cuando llegamos a la piscina, descubrimos con placer que no hay nadie. El silencio y la quietud son adánicos. Yo los rompo ambos metiéndome enseguida en el agua. Nado casi hasta Casa Piris: a pozas en las que no se hace pie siguen tramos en los que puede uno andar por el lecho del río sin que el agua supere las rodillas. Me siento en una roca en el curso del agua y contemplo el puente recientemente construido, de chirriante hierro verde. Me pregunto por qué no se habrá hecho de madera o de piedra. Dejo también que se me acerquen los peces del río. Primero son unos pocos, y muy pequeños. Pero poco a poco son más, y más grandes. Alguno alcanza un tamaño preocupante. Y a todos parece gustarle mi piel, que mordisquean (no sé si los peces muerden, pero no se me ocurre cómo llamar a su forma de alimentarse) con ansia, llevándose las escamas muertas, las pequeñas excrecencias invisibles a nuestros ojos, pero muy apetitosos a los suyos. Me hacen cosquillas. Pero ya son muchos, y no me gustaría que las cosquillas evolucionaran a pellizcos. Así que me levanto como un cíclope de las profundidades de las aguas y desbarato su banco. Ángeles no se baña: el agua fría (aunque no está fría) le gusta tanto como un cólico miserere. Ángeles nunca se baña en ningún sitio que no desprenda vaho. Me mira desde la orilla como miraría a un cebú revolcarse en el barro. Pero el rato de paz que pretendíamos en la ribera se acaba sin haber empezado: aparecen unos niños, seis o siete, que saltan al agua con estrépito adolescente. Uno de ellos lo hace desde el puente, justo desde allí donde un cartel prohíbe saltar desde el puente. El chapoteo y las carcajadas sin motivo (o sin otro motivo que la felicidad de estar vivo y no tener responsabilidades), aliadas con tacos, aumenta gradualmente: como los peces de antes, esta media docena de seres se convierte en una cincuentena al cabo de poco: debe de ser un campamento de verano. Melancólicamente, recogemos las toallas y nos vamos. A pesar del baño interrumpido, ha sido un día feliz.

lunes, 9 de julio de 2018

Túnez, otra vez (1)

Vuelvo a Sidi Bou Saïd, en Túnez. Es la tercera vez que visito este pueblo de casas blancas y azules, colgado sobre la bahía de Cartago, en el que a principios del s. XX se establecieron aristócratas y pintores europeos, fascinados por la belleza del lugar, y que ha conservado un cierto espíritu artístico y bohemio. En esta ocasión lo hago para participar en el Festival Internacional de Poesía que se organiza aquí desde hace años. No soy el único español: la asturiana Laura Casielles me acompaña en el evento, junto a un amplio elenco de poetas africanos, europeos y hasta taiwaneses. En el aeropuerto me está esperando Luis María Marina, escritor, traductor, diplomático (y no me refiero a su carácter, sino a su ocupación: es diplomático, ahora destinado en el país magrebí) y sobre todo amigo, por cuya mediación se me ha invitado al evento. También me espera un chófer, en cuyo vehículo vuelvo a experimentar las fuertes emociones que siempre procura el tráfico tunecino. Mientras conduce, sorteando vehículos a toda velocidad, me habla del inolvidable Ben Alí, presidente que fue de la República Tunecina, y al que nosotros, en nuestro primer viaje (turístico) a Túnez, llamábamos el frotón, porque en todas las fotografías y carteles con su imagen que inundaban el país aparecía siempre con ese gesto de frotarse las manos propio de los avaros o de aquellos con quienes la vida está siendo benévola. Bueno, en realidad, el chófer no habla de Ben Alí, sino de Alí Babá, un nombre que cuadra mucho mejor con su estilo (y con la imagen de aquellos memorables carteles, hoy arrumbados por una primavera árabe que nació aquí, aunque se haya quedado en un mero entretiempo árabe). Después de comer con Luis en el restaurante del hotel –un voluminoso parador de los 70 que ha acusado el paso del tiempo y que cuenta con los refinados servicios de la hostelería tunecina, pero también con excelentes vistas–, acudo al acto de inauguración del Festival, que se celebra en uno de los muchos bares que jalonan la calle principal de Sidi Bou Saïd. Allí desfilamos todos los poetas, al reclamo altisonante de Raouf, el director del encuentro, y leemos alguno de nuestros poemas. Como somos muchos y aquello no acabará hasta la madrugada si nos abandonamos al placer de la recitación, decido contribuir a la distensión de la concurrencia leyendo solo un puñado de haikus. Pero, en realidad, mi lectura es una contribución a la confusión general, porque la organización no ha previsto que los poemas se traduzcan. Así que me levanto, presto a defender el honor poético patrio (¡Eduardo Moga, de l'Espagne!), agarro el micrófono, balbuceo, en mi oxidado francés, unas frases de agradecimiento por la invitación, suelto los siete "haikús del ciego y el perro" en el castellano que mamé de mi madre (y que solo entienden Laura, Domingo, el director del Instituto Cervantes, que ha venido a acompañarnos en el acto, y una poeta tunecina que, como averiguaré luego, ha vivido 14 años en España y que habla español como si hubiera nacido en Lavapiés) y me apresuro a ocupar de nuevo mi  asiento, donde me están esperando un mojito que me ha servido un solícito camarero y una periodista de una radio local que tiene interés en entrevistar a los poetas invitados. Accedo, complacido, a la entrevista, porque los poetas nunca nos negamos a estas cosas y porque la periodista, según compruebo entusiasmado, debe de ser miss Túnez. Sus preguntas se revelan luego a la altura de las respuestas que dan las misses en los concursos de belleza (por ejemplo: ¿escribirá Ud. algún poema sobre el encuentro?; ¿qué es para Ud. la poesía?; ¿qué hace para invocar a la inspiración?), pero no importa: escuchar cómo salen de sus labios es un placer por sí mismo. Al día siguiente he quedado a comer con Domingo y Luis en Túnez. Así pues, tras el desayuno, cojo otro taxi y me dirijo a la capital. El conductor, a diferencia del que me estibó hasta el hotel, no pretende emular ni a Lewis Hamilton ni a Mad Max, sino que circula con relativa tranquilidad y me da conversación y hasta consejos de seguridad ("nunca lleve los objetos de valor en los bolsillos traseros: póngaselos en los delanteros; y no los luzca nunca en la calle"). Su calma al volante, en cualquier caso, resulta vital para mis cervicales: el taxi es tan pequeño que cualquier bote en la carretera hace que me dé de cabeza contra el techo (y tampoco tiene aire acondicionado...). Cuando el taxista se entera de que soy un invitado del Festival, concluye, sin excesivo esfuerzo deductivo, que soy poeta y afirma: alors, j'ai l'honneur de vous y amener [así que tengo el honor de llevarlo]. Sin solución de continuidad, me pregunta por el Mundial de Fútbol y canta la palinodia de Xavi e Iniesta. Pese a la deriva futbolística de la conversación, el homenaje que ha hecho este hombre a la poesía, con el pretexto de llevarme en su taxi, es sincero. Y así tengo comprobado que suele ser en los países del Tercer Mundo (y que ahora, ya sin el comunismo, debería llamarse el Segundo Mundo): la poesía conserva una importancia simbólica que ha menguado, o casi desaparecido, en Occidente, donde es apenas una actividad artística más, sin trascendencia social ni mucho menos mercantil. En cambio, los poetas siguen siendo en África, Asia y muchos países de Hispanoamérica representantes del espíritu de la comunidad, comunicadores del pueblo, voces privilegiadas que dialogan con lo más elevado de la inteligencia y la sensibilidad (ah, si estas gentes conocieran a algunos poetas que yo me sé...). Esta alta consideración popular no hace que la poesía se publique más o mejor, ni que los poetas se ganen con ella la vida (por el contrario, en los países árabes la autoedición es lo normal; un poeta iraquí ha despotricado en el desayuno contra los editores del mundo musulmán: "son todos unos ladrones", ha puntualizado), sino solo que gocen de una mirada respetuosa y hasta de veneración, que trasluce el papel que se les asigna como portavoces de las inquietudes más profundas de la sociedad. El taxista, en fin, se revela contrario a la revolución. Cuando ya estamos llegando al centro de Túnez, hace las afirmaciones que siempre se han hecho al pasar de un régimen dictatorial a otro democrático (o no tan dictatorial como el primero): Túnez no está preparado para la democracia; los tunecinos no han entendido qué quiere decir libertad de expresión; no hay que confundir libertad con libertinaje. Y añade, para rematar, que muchos de los libios que han entrado en el país huyendo de la guerra que asuela su país, no son ni cultivés ni modernisés. El taxista, ay, es fachilla, pero qué le vamos a hacer. Conmigo ha sido amable y no me ha robado en la carrera: se lo agradezco y le deseo que pase un buen día, como él a mí. Me apeo delante de la catedral católica de San Vicente de Paúl, la mayor del país, en la plaza de la Independencia, delante de la embajada de Francia, rodeada de alambradas y sacos terreros, con una tanqueta apostada junto a la entrada y soldados en uniforme de combate con el dedo en el gatillo de los fusiles de asalto. El templo, un pastiche de estilos, se inauguró en 1897 y su estado de conservación y uso demuestra la tolerancia religiosa de los tunecinos: soyez le bienvenu, me dice con una sonrisa el conserje de la entrada, que es gratuita. Un policía que patrulla el recinto le señala a una mujer que también quiere entrar el papel que ha tirado al suelo y, con ese gesto mudo y el pistolón que le cuelga del cinto, la obliga a recogerlo. La mujer lo hace en silencio. La catedral, enorme, está llena de retratos de monjes y monjas franceses, además de las imágenes de dolor –crucifixiones, latigazos, cadáveres– propias de las seos católicas. Nada de eso, ni de la arquitectura apastelada de la iglesia, me gusta, pero aquí se está muy fresco, y el frescor me disuade de lanzarme al bochorno africano de la avenida Habib Bourguiba. Pero acabo haciéndolo, claro: no he venido aquí solo a contemplar hábitos paulinos ni columnas neobizantinas. Ya en la calle, sigue sorprendiéndome el espectáculo habitual en Túnez: la presencia de mujeres tapadas hasta la coronilla, incluso con guantes (¡con este calor!), y mujeres vestidas a la occidental, con pantalones ceñidos, minifaldas y escotes generosos. La indumentaria de los hombres, en cambio, es mucho más homogénea: europea, en general, con la excepción de algunas chilabas. Muchos, hombres y mujeres, van tocados con el clásico sombrero de paja de ala ancha, un gran invento mediterráneo: la mejor protección que conozco para el sol abrasador de cualquier latitud. Admiro asimismo la estatua de Ibn Jaldún, el filósofo e historiador de origen andalusí, que se encuentra frente a la catedral, y visito la librería Al Kitab, aunque pequeña, una de las mejores de Túnez. Para hacerlo, he de cruzar la avenida, lo que constituye una aventura singular: los pasos de cebra son en este país puramente orientativos; de hecho, te orientan sobre el lugar en el que puedes perecer aplastado por cualquiera de las docenas de coches que pasan por ellos sin disminuir la velocidad, es más, acelerando. En Al Kitab descubro un libro sorprendente: Islam et émancipation de la femme, de Sahraoui Gamaoun, que se me antoja un oxímoron (el libro, no Gamaoun). A lo largo de toda la avenida Habib Bourguiba se suceden las terrazas, ocupadas exclusivamente por hombres: leen el periódico, fuman cigarrillos o el narguilé, conversan, toman café, juegan al dominó o al backgammon. Pero no hay ni una mujer con ellos. En ningún bar. Ni en ningún punto del país (ni del continente, probablemente). En este país, los hombres ocian y las mujeres trabajan. De hecho, tengo para mí que son ellas las que lo sostienen, las que aportan la poca o mucha riqueza de que pueda disfrutar. Luis me contará después que las organizaciones internacionales, tanto gubernamentales como no gubernamentales, procuran que los proyectos de cooperación y desarrollo lleguen a las manos de las mujeres, porque son más laboriosas, más colaborativas, más avispadas para la inversión y más responsables, y hay más probabilidades de que los proyectos alcancen un buen resultado. Pero de las elusivas habilidades de los hombres tengo una buena prueba cuando ya estoy entrando en la medina, a la espera de que sea la hora de encontrarme con Domingo para almorzar. Un tipo algo bizco que pasa a mi lado (y que me recuerda a uno de los pérfidos turcos de la terrorífica El expreso de medianoche) me ve mirar una tienda que exhibe pósteres de las selecciones nacionales de fútbol de Túnez desde los años 60, y me explica que son pósteres de las selecciones nacionales de fútbol de Túnez desde los años 60. A continuación, con la sutileza de una víbora cornuda del desierto, tira de ese cabo para darme conversación, aclararme que no es guía sino florista y decirme que, si quiero, puede acompañarme a un lugar estupendo de la medina, donde hay varias exposiciones interesantísimas de artesanía tunecina. Yo no quiero y, aunque me he jurado no atender a las maquiavélicas solicitaciones callejeras de los países norteafricanos, por amables que puedan ser, la educación que he recibido –que exige no ser descortés ni cortar abruptamente una conversación civilizada con nadie– se me impone y me ata a este pícaro que no deja de sonreír, que ya debe de estar pensando que ha pescado a otro guiri alelado y que pronto va a hacer caja. Me veo, pues, casi corriendo tras sus pasos por el dédalo del zoco, eludiendo, a su estela de rompehielos, el agobiante tráfico humano, y preguntándome qué hago yo corriendo tras los pasos de un florista bizco camino de un lugar desconocido, pero que seguramente será algún tugurio donde me sacarán los cuartos (ah, Eduardo, ¿por qué no decir "no", un "no" tajante e irrefutable, un "no" que no dé ninguna opción ni ofrezca ningún resquicio, un "no" como la catedral de Túnez, un "no" berroqueño y salvador?), hasta que, por fin, y en efecto, llego a un tugurio que resulta ser del hermano del bizco, según me dice, y que no es una floristería, sino una tienda de perfumes. En las manos anhelantes de este, que es cojo, me deja el captador  –que parte enseguida a trincar a otros borricos–, y yo me veo enfrascado (y nunca mejor dicho) en un regateo que no deseo por un producto –unos aromas buenísimos, naturales y que duran años– que tampoco deseo, pero que acabo comprando (a mitad del precio que el vendedor ofrecía al principio, pero que sin duda sigue siendo una estafa) para librarme de una cacería agotadora en la que yo soy la presa. Ah, cuánto me gustaría saber decir no. Qué benéfico y redentor un buen no a tiempo.

miércoles, 4 de julio de 2018

Salvar lo inconfesable

Caligrafía de la necesidad (Madrid, Bartleby, 2017), el sexto poemario de Cecilia Quílez (Algeciras, 1965), da vida a una voz que transita por los tortuosos caminos de la realidad cotidiana, unos caminos que nunca sabemos si nos van a conducir al páramo de lo insignificante o al abismo de nosotros mismos. Aferrados a la yuxtaposición, pero sin signos de puntuación que los acoten, los versos libérrimos de Caligrafía de la necesidad recogen escenas –o fragmentos de escenas– en las que el yo cumple un papel elusivo, como el de una sombra que pasara, o, mejor, como el de una luz que pasara: la de un faro costero que iluminase, a trechos, la espesura incomprensible de cuanto nos rodea. Esa levedad, sin embargo, es solo aparente, porque, en la sucesión de los poemas, se revela grávida de sentimiento, que a veces se reviste de incertidumbre, otras de tristeza y las más de pugnacidad. Estas reflexiones en tránsito, sujetas a las fluctuaciones de una interioridad líquida y un mundo inaprensible, conocen algunas recurrencias, como apoyaturas de un devenir azaroso. El recuerdo de la niñez, y la melancolía que se desprende de esa evocación, tiñen no pocas composiciones, y encauza una percepción dolorida del paso del tiempo. No obstante, «morir debe esperar», como escribe Quílez en el último poema de la primera parte, «Caligrafías». La rememoración de la infancia permite una reivindicación moral: la de la inocencia, una virtud que disipa la tristeza y combate el desencanto, tantas veces impugnado en el poemario. De hecho, inocencia y tristeza, inocencia y desencanto, se acometen y traban a lo largo del libro. Frente al pesar que suscita la realidad, frente al llanto que se vierte por las heridas de la vida y lo irrecuperable de la vida, tenazmente volcados en las páginas de Caligrafía de la necesidad, se afirma, con igual tenacidad, la pureza del deseo, el ansia de justicia, la voluntad del bien. Se trata, con las herramientas de la esperanza, de «despertar de la pesadilla»: de imponer el altruismo a la soledad; de afirmarse, aun aturdida o quebrantada, ante el ultraje de la negación. Así sucede en otras ocasiones en el libro: el diálogo con lo cotidiano o con la propia conciencia –o con ambos, entreverados– se transforma en juicio abstracto o incluso metafísico: la impresión o el recuerdo devienen, así, una suerte de universal: un concepto despojado de sus adherencias terrenales, que proyecta una vibración ética, un sentido absoluto. 

También el amor es invocado. Con delicada oblicuidad, Quílez se presenta como «la ceremoniosa maestra / Del té tibio en tu sexo» y, en el mismo poema –de la segunda parte, «Cartilla de símbolos»–, frente al «despertar / Del delirio / En la comandancia de la realidad», asegura que «aun así Amor», y que nada ha sobrado. La sintaxis interrumpida a veces, entrecortada y hasta cortocircuitada, comunica el calambre emocional o la lúcida confusión a la que este conduce. 

La condición femenina –«el infortunio de ser mujer»– hilvana asimismo el fluir de la meditación, y ello se advierte, sobre todo, en los poemas de «Performance del ángel», la tercera sección de Caligrafía de la necesidad. Quílez se dirige a la «mujer tranquila», a la mujer inocente, y proclama la necesidad de no callar; también, la de sacudirse el yugo de la propiedad que la sujeta a la gleba de los hombres. No es este el único espacio en el que la poeta manifiesta su preocupación social, que asoma, como una proyección de aquella demanda individual de inocencia, en muchas piezas del poemario. En una de las últimas de «Performance del ángel», escribe: «Soñé (…) / Borrar de las enciclopedias la palabra dominio / (…) Dar voz y voto a los niños en las Naciones Unidas / Firmar sin vanidad el Convenio de la Razón / Clausurar las fábricas de pólvora antes de que anochezca / Destruir las armas al amanecer / (…) Siete días a la semana que suene la novena de Beethoven». En el poema siguiente, Quílez menciona a Jorge Riechmann, uno de los representantes señeros de la poesía crítica en España: «Riechmann dice cuando no dice / Respiran los poetas / En la verdad hasta cuando callan».

La alusión a los poetas y, por extensión, la inquietud metapoética es constante en Caligrafía de la necesidad, como ya anuncia su título. La palabra revela, más aún, construye, pero esa revelación y esa construcción no se dan sin lucha. La poeta batalla con una forma que se resiste a acomodarse a los perfiles del pensamiento. La poeta quiere que la palabra diga el ser, pero choca con una maleabilidad incierta y una lejanía insalvable. Ciertos rasgos de su propia escritura, de raigambre vanguardista, reflejan esa resistencia consustancial al hecho de decir: los neologismos («desamanecida», «despiertadormida»), los juegos de palabras («Nos está acabando / Cavando», «Por el error / El horror»), la manipulación de los signos de puntuación, que no es sino rebelión ante su yacente jerarquía, la anómala partición de los términos («Re / des / componerse») y los caligramas que salpican el primer poema de los dos que componen la última sección del libro, «Siglo XXI (Epílogo)». Hasta un rasgo ya insólito, como empezar los versos en mayúscula, puede considerarse tributario de esta busca permanente de una forma significativa, de un altorrelieve verbal que sea fruto inmediato del cincel de la subjetividad. Provista de este haz de aproximaciones y oposiciones, Cecilia Quílez reivindica la figura de la figura sanadora, restauradora –inocente, en suma, como todo lo importante–, de los poetas, esos que saben amansar –o acaso excitar– la palabra, «en celo eternamente / Como una despiadada primavera». Y en esta contienda por decir aquello que nos crea, por nombrarnos a la vez que nombramos, la yuxtaposición que ha encauzado la insurgencia de los versos, golpeada, atirantada, se deshilacha sintáctica y semánticamente, y se transmuta en enumeraciones irracionales, en las que los actos de la conciencia y los actos del habla relajan su ilación y se superponen como los cantos de un río, vuelto ahora avenida: «Es el momento después dentro de un año / Un sudario está dentro de una caja / El ojo tuerto de un jilguero / Ha amanecido / En la sintaxis de las estrellas / (…) Oh misericordia indecisa / Ayer es ya mañana / De aquel silencio hasta ahora / Solo pude salvar / Lo inconfesable».

Transcribo uno de los poemas del libro:

Y si la bestia fuera yo
Y todos los inviernos
Fueran inocentes
Días
Decidme
Haced un bello panteón
Con este insoportable
Rigor mortis
Mirad las calaveras
Muertas de risa Muertas
No hay óleo
Que alivie el ser no siendo
La tortura
Está marchita en otra hoja
Noto a la bestia aquí
Me hace sangre
No es suficiente
Aún no he podido escribir
Cómo asesinarla

[La reseña se ha publicado en Turia, núm. 125-126, 2018]