lunes, 13 de agosto de 2018

En Copenhague (y 3): el museo más bonito del mundo y una playa que no está mal

El Museo Louisiana de Arte Moderno se llama así porque las tres mujeres del primer dueño de la propiedad en la que se asienta, Alexander Brun, se llamaban Louise. Se ignora si la coincidencia fue deliberada o casual, esto es, si al Sr. Brun le atraían especialmente las mujeres con ese nombre, y propendía a casarse con ellas, o si su homofonía conyugal solo fue fruto del azar. Lo que sí se sabe es que, en 1958, Knud W. Jensen, el entonces propietario de la finca, inauguró este extraordinario museo con la ayuda de algunos de los mejores arquitectos daneses del momento y la intención de fundir el arte contemporáneo con un paisaje admirable, y lo hizo respetando el nombre que le había dado su predecesor. Llegar no resulta fácil, aunque solo está a unos 30 km de Copenhague, en Humlebaek, en la costa de Oresund. Pero el tren que nos debería llevar hasta esta localidad está interrumpido por obras, y hay que hacer la parte final del trayecto, desde Hellerup, en autobús. Por si fuera poco, aún falta andar cosa de un kilómetro desde la estación de autobús hasta el museo. A la entrada nos refrescamos con la limonada casera que vende un chaval, cómo no, muy rubio, a diez coronas el vaso. Nos sorprende que el niño no hable inglés, porque en Dinamarca todo el mundo habla inglés; de hecho, se puede vivir aquí perfectamente sin saber una palabra de danés. El Louisiana se revela pronto el mejor ejemplo que conocemos de integración del arte y la arquitectura en el paisaje, ese desiderátum que tantos pregonan y que tan pocos practican (o que practican tan mal). El caserón decimonónico de Brun y luego de Jensen ocupa el centro del complejo, en el que se integran tres edificios conectados por pasillos de vidrio. La colección permanente del Louisiana es formidable: casi todos los grandes autores contemporáneos están representados aquí, desde Giacometti, con su inverosímil Homme qui marche, tantas veces visto en fotografías y libros de arte, hasta Picasso, que aporta un Déjeuner sur l'herbe, no menos admirado, pasando por Jean Dubuffet, Claes Oldenburg, Sonia Delaunay, Louise Bourgeois, Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Jackson Pollock, Fernand Léger, Vasili Kandinsky, Kurt Schwitters, Kazimir Malevich, George Grosz y Per Kirkeby, entre muchos otros. El Louisiana también alberga exposiciones temporales, como la que visitamos hoy de Gabrielle Münter, una prolífica pintora alemana compañera, por cierto, de Kandinsky sobre la que nuestro amigo, el poeta Agustín Calvo Galán, publicó un magnífico poemario, Amar a un extranjero, en 2014, que reseñé en mi blog Corónicas de Ingalaterra (http://eduardomoga.blogspot.com/2015/01/amar-un-extranjero.html). Pero, con ser este fondo excepcional, más nos atrae aún el exterior, los jardines, una sucesión de espacios verdes, con una meseta central, suaves declives hacia el mar y arboledas, en los que no dejan de salirnos al paso esculturas de Jean Arp, Henry Moore y Joan Miró, y móviles de Calder. Desde todas partes, y especialmente desde la privilegiada terraza del café, se ve el mar, un mar azul y blanco, inacabable; y, al fondo, la atormentada costa de Suecia. Hoy hace calor, y la luz enciende la hierba hasta hacerla vibrar. El cielo está alto, más alto que de costumbre, y todo parece amplio y abierto. La gente se tumba felizmente en el césped. Todo está en su sitio en este país; todo es preciso y perfecto. Nadie grita. No se discute. La sonrisa abunda. Pasa un velero, indolente, y luego otro. Una gaviota merodea por entre las mesas, buscando comida. Es un bicho enorme y, contra lo que difundió aquel acongojante best seller de los setenta, Juan Sebastián Gaviota, muy poco amistoso; además, las gaviotas son carroñeras: útiles, pues, pero poco simpáticas. Nos tomamos una copa de vino blanco frío antes de bajar a la playa, al pie del museo, para darnos un chapuzón; o para darme un chapuzón: Ángeles no se bañaría en un mar nórdico ni encañonada por un Kalashnikov. Pero la idea es sobrevenida. Eso quiere decir que no hemos venido preparados para un día de playa y que, por lo tanto, no tengo bañador. Pero da igual. Hemos visto a algunas desnudarse en la arena, sin mayor reparo, y ponérselo. Yo no pretendo alcanzar esa condición adánica, pero me quedo en calzoncillos en el extremo de un pequeño espigón, donde otra gaviota, esta más pequeña y de cabeza negra, ha decidido acompañarnos, y me meto enseguida en el agua, que está mucho más caliente de lo que podría pensarse de un mar escandinavo. En cualquier caso, confío en la legendaria libertad de costumbres de los daneses. Parece confirmarla que varias madres y sus hijos pasen junto a nosotros sin el menor indicio de preocupación. Yo tampoco la tengo. Los baños prosiguen quién nos lo iba a decir a nosotros, mediterráneos irreductibles, en un lugar como Dinamarca– en Amager Strand, una de las muchas playas algunas artificiales, otras naturales de la ciudad de Copenhague. Llegamos en metro. A la salida nos recibe, aunque con unos precios mucho más acordes con la realidad que los del encantador niño de Louisiana, un puesto móvil de fresas. El puesto, insisto, es móvil. Aquí no hay chiringuitos. El concepto de chiringuito es incomprensible para un danés. Un cucurucho de fresas y sendas tarrinas de helado serán nuestra comida. Amager es una playa atlántica, surtida de dunas y matojos, pero muy pulcra, y con visitantes tan educados como los de Louisiana. No vemos ni oímos a los habituales especímenes de las playas españolas: amantes de Los Chunguitos en su versión "destrúyete el cerebro, o lo que te quede de él, a decibelios", niños berreadores, fumadores compulsivos, adolescentes con palas, frisbis o pelotas de Nivea para los que tu barriga señala el centro del campo, señoras con sombrilla (aunque estas sean tan grandes a veces que más parecen sombrillas con señora), lateros y voceadores de mojitos a granel, y comedores, con abundantes salpicaduras, de bocadillos de calamares y tortilla de patatas. Sí vemos, en cambio, a una joven madre amamantar a su hijo. (Ayer vimos a otra, en la ciudad, que lo hacía mientras caminaba). Amager es una playa limpia y apacible, sí, pero flanqueada por la principal incineradora de Copenhague aunque nos tranquiliza saber que es ecológica, según nos han informado y el parque eólico de Middelgrunden, en el agua, que llena la vista de monstruosos esqueletos blancos. Por el mar, a distancia, navegan, o están al pairo, embarcaciones de toda clase: de pesca y de recreo, goletas y lanchas, y hasta un carguero. Yo me baño, claro; Ángeles no. Se puede caminar hasta bien adentro: el agua es poco profunda, y está tan caliente como la de Oresund. Hay algas, pero son algas danesas: corteses, rubias, políglotas; no molestan. No como las algas españolas, que se le meten a uno en el bañador y le colonizan la cara, enfurruñadas y oscuras. El sol brilla con una fuerza extraña. El aire pica, salobre. No hay olas.

miércoles, 8 de agosto de 2018

En Copenhague (2): dos parques de atracciones: Tívoli y Christiania

Tívoli, el famoso parque de atracciones de la ciudad, está justo al lado de nuestro hotel. Cerca hay también unos cuantos locales de strip-tease. Vesterbro es un barrio muy animado. Ángeles prefiere visitar el parque, y lo hacemos la noche en que Dinamarca juega contra Croacia en la Copa del Mundo de fútbol. El hecho tiene una consecuencia imprevista pero deliciosa: todo el mundo que, como cualquier otra tarde, atiborraría el recinto y las atracciones, está concentrado en la plaza principal, viendo el partido en una pantalla gigante que se ha instalado para que el pueblo disfrute de sus circenses. Eso nos permite pasear con una insólita libertad por las calles del lugar, que es una mezcla de parque de atracciones y de centro comercial. De hecho, hay más tiendas y restaurantes que locales de tiro al blanco, puestos de algodón de azúcar o túneles de la bruja. Sabemos de la evolución del partido por los rugidos que, siempre que Dinamarca tiene una oportunidad, atruenan la noche. Hasta los vigilantes con uniformes blanquinegros y gorras de plato siguen el encuentro en los móviles o por la radio. Es el momento óptimo para robar, pienso. Y para subir a la montaña rusa, en la que siempre se forman colas soviéticas hoy habría que decir venezolanas y ahora, en cambio, está vacía. Hace siglos que no subo a una. La última vez que lo hice, estuve a punto de perder dos cosas: las gafas de sol, que salieron disparadas por uno de los últimos coletazos del artefacto, pero que atrapé, sabe Dios cómo, en el aire; y la conciencia: las sacudidas que me encantaban cuando era adolescente, ahora me dejan al borde del colapso, si no en el colapso mismo. En realidad, decido subir a este aparato infernal porque no hay cola. Es un motivo imbécil pero irresistible. Me consuelo pensando que la vida está llena de motivos imbéciles a los que no sabemos oponernos. Y a continuación pienso que es un consuelo imbécil. Ángeles me arranca de la imbecilidad obligándome a sentarme en el carricoche, o góndola, o vagón, o comoquiera que se llame, en el que afrontar el trance. Sospecho que a ella sí le gusta este zarandeo despiadado: me mira con ojillos risueños y algo burlones: "A ver cómo lo resistes", parecen decir. Aún recuerda y yo también, ay cuando se nos ocurrió subir en Montjuïc a otro armatoste demoníaco, cuyo aliciente consistía en elevarnos brutalmente y bajarnos con igual brutalidad, dejándonos cada vez unos segundos boca abajo. Aún tengo estómago. Y me sigo preguntando cómo. No ayuda a que me tranquilice saber que las montañas rusas se componen, entre otros horripilantes elementos, de headchoppers, "cortacabezas", y footchoppers, "cortapiés". Gracias al Altísimo, el recorrido dura poco. Cuando nos paramos, compruebo con alivio que no he perdido las gafas, ni el estómago, ni el corazón, aunque creo que se me han caído los testículos. Ángeles está encantada (no de que se me hayan caído los testículos o, al menos, eso espero, sino del viaje fascinante que acabamos de hacer) y se lamenta de que haya sido tan breve. Yo salgo de un brinco del coche (acabo de enterarme en wikipedia, la enciclopedia británica de la modernidad de que así se llama a los elementos del tren que viaja por la montaña rusa). Ángeles, en cambio, se demora, como intentando exprimir todavía los últimos temblores, los residuos de emoción que perduran en el plástico y los metales. Descendidos ambos, vamos a reponernos de la experiencia (yo; Ángeles, a seguir saboreándola) a un bar, tan vacío como todo en Tívoli, salvo la plaza principal, donde medio Copenhague sigue aullando, y ahora más que antes, porque el partido ha llegado a la prórroga. Cuando nos estamos tomando un chocolate caliente (Ángeles) y una cerveza (yo) en una terraza acristalada, vemos a un joven con sudadera y la nariz roja acercarse a la esquina de la terraza, desenfundar el pitorro y empezar a mear contra el vidrio. Informamos a la camarera del suceso, y la camarera, solícita, se acerca al miccionante para afearle la conducta desde el otro lado del cristal. Pero el miccionante sigue a lo suyo sin reacción discernible. Justo en ese momento, se le acerca un colega, con la nariz casi tan roja como la suya, aunque este no se suma a la descarga. Le palmotea en la espalda, lo que hace que el chorro dibuje en el vidrio un elegante aunque fugaz arabesco, y que el improvisado dibujante se regocije y suelte, además de orina, unas feroces risotadas. Luego se la sacude con brío, la devuelve a su madriguera y sale, abrazado al compinche, a ver el final del partido. Cuando dejamos del parque, nos acompaña un silencio ensordecedor: Dinamarca ha sido eliminada en los penaltis. 

Al día siguiente, visitamos Christiania, o la Ciudad Libre de Christiania, como se llama oficialmente, si es que no es una contradicción atribuirle características oficiales a un lugar como este. Christiania pervive, en el imaginario de la izquierda, como una realidad alternativa al capitalismo, como el sueño materializado de paz y amor del jipismo setentero (y hoy setentón), como la prueba, en fin, de que las experiencias comunitarias, ajenas a las pérfidas exigencias del mercado y a sus no menos perversas justificaciones ideológicas, son posibles y pueden triunfar. Aunque a nosotros, por lo que vemos, nos parece un éxito más que discutible. Esta ciudad que se proclama independiente del Estado danés y de la Unión Europea (you are now entering the EU, reza un cartel de despedida en su salida principal) nació, en efecto, en 1971, cuando un grupo de vecinos del barrio ocupó un terreno que acababa de abandonar el ejército danés, y decidió, en un proceso asambleario, destinarlo a usos comunales. Hoy, casi medio siglo después, viven aquí algo menos de 1000 personas: 700 adultos y 200 niños. Y lo hacen en lo que a Ángeles y a mí nos recuerda mucho a un poblado chabolista. Mucho más colorido y amable, desde luego, que los sórdidos enclaves de los suburbios hispanos, pero semejante en no pocos aspectos. Aunque con más contradicciones: en la primera tienda que vemos al entrar piden, en varios idiomas, que se compren acciones (¡acciones!) que contribuyan al sostenimiento de la ciudad. Antes, grapadas en un árbol, hemos leído las normas de conducta que los habitantes de Christiania exigen que se respeten. Y por todas partes ondea o se ha pintado la bandera (¡la bandera!) de la ciudad: en campo de gules, tres discos de oro. Su acracia, pues, se antoja singular, impregnada de los mismos valores, símbolos e intereses contra los que siempre han pretendido luchar. El capitalismo tiene una capacidad inigualada para absorber lo que lo impugna, para integrar en el sistema lo que se opone al sistema, y con Christiania ha hecho un trabajo inmejorable. Lo que le resulta más atractivo a la gente de este espectro del pasado es, todavía, su relación con las drogas. Christiania se extiende alrededor de un eje: la calle Pusher, que significa, literalmente, la calle del camello, o, dicho con más precisión, la calle del vendedor de estupefacientes. Y eso es por algo. Sus calles huelen a maría, y los puestos de venta menudean, aunque quizá no tanto como en años pasados: los atienden residentes que no permiten que los turistas los fotografíen y que han pegado carteles en las paredes y en sus propios chiringuitos en los que se lee: Say no to hard drugs ("Di no a las drogas duras"). De las blandas se ocupan ellos. Y quién no se fuma un porro aquí. Pasa una ciclista, en sujetador y alicatada de tatuajes, con uno, bien gordo, en los labios. Otro que toca el saxo le da caladas al suyo entre pieza y pieza. En cambio, no sé si los tres ancianos que tocan jazz frente a uno de los muchos bares de Christiania (con precios, eso sí, mucho más baratos que en Copenhague: ventajas de no pagar impuestos) también están colocados. En la fachada del bar, junto a un gran mural con la cara bigotuda de Emiliano Zapata, se lee un reclamo interesante: Hot beer. Lousy food. Bad service. Welcome ("Cerveza caliente. Comida de mierda. Mal servicio. Bienvenidos"). [Mientras andamos por Christiania, me llama la compañía de seguros para darme el presupuesto de la reparación de la mampara de baño, que se ha desprendido de su eje: 503 euros. Se me cae el móvil al suelo. La realidad me persigue]. Abundan las pintadas. De hecho, toda Christiania está garabateada. En una, de ecos rastafaris, leemos: Peace. Love ganja, que no creo que necesite traducción. Paseamos largamente por las 34 hectáreas de la ciudad. Algunas casuchas tienen un aspecto lastimosamente provisional, aunque quizá lleven décadas aquí. Otras se parecen más a las casitas burguesas con jardín y antena parabólica que se ven en cualquier barrio acomodado, aunque siguen siendo casuchas. Todo lo han construido los propios habitantes de Christiania. Hay una amplia zona cubierta de farolillos chinos. Y un café dadá, cerrado. También una chimenea cubierta de hiedra. La gente mira un partido de la Copa del Mundo de fútbol en televisores sacados a las puertas de los bares. A la entrada de una casa, han dejado a la venta, en un taburete, ejemplares de un libro de poesía: el precio está indicado en un cartón, y el dinero se deposita en un recipiente aledaño. Pero está vacío. Rebasamos la zona más concurrida y llegamos al canal que atraviesa la ciudad. Hay allí una zona de camping y baño, señalizada como tal: una mujer está desnuda en el agua. Más allá se sale ya de Christiania y se reingresa en la civilización. La Ciudad Libre, orgulloso ejemplo de una forma de vida que se pretendió exenta de las lacras de la propiedad y la injusticia, es hoy solo un fósil acaso divertido, pero carente ya del espíritu que los inconformistas escandinavos de los 70 quisieron infundirle. Conserva huellas de su proyecto original, pero convertidas en utopía respetable y en espacio semilegal. Sonreímos (o no) con la libertad con la que se comercia con el hachís y la marihuana, y con las escurriduras del nudismo que aún se observan, pero que nos parece irremediablemente cutre. Cuando entramos de nuevo en la Unión Europa, sentimos haber cumplido un trámite, y cierto alivio.

viernes, 3 de agosto de 2018

En Copenhague (1): la Sirenita y la madre que la parió

En Copenhague, todos los caminos conducen a la Sirenita; de hecho, en Dinamarca, todos los caminos conducen a la Sirenita, el monumento más visitado del país. Yo recuerdo haber pagado el peaje de ir a verla en mi primera visita a la capital danesa, en 1981. Era un día frío y nublado, como corresponde a esta pequeña pero felicísima república septentrional. Hoy, en cambio, luce un sol mediterráneo, y el calor es de órdago. Parece que estuviéramos en Torremolinos. Lo mismo deben de pensar muchos de los daneses que se han tumbado en los parques de la ciudad, en bañador, para tomar el sol. Iniciamos la caminata que nos ha de llevar a la estatua en el canal de Nyhavn, cuyo nombre, puerto nuevo, no parece hoy el adecuado: se construyó en 1673. Desde el canal, atiborrado de gente, llegamos al paseo de la costa Langelinie, no sin sortear algún peligro: las bicicletas, que en esta ciudad están por todas partes, casi nos atropellan varias veces. Hay que tener mucho cuidado con las bicicletas, que son las dueñas del asfalto, y más peligrosas que una tarántula. En el paseo, admiramos el elegante porte del Eye of the Wind ("Ojo del Viento"), un velero de tres palos con la enseña naval de Su Graciosa Majestad; la amenazadora figura de un barco de guerra danés; y una reproducción del David de Miguel Ángel, que luce su consabido cabezón, la piel verde, consecuencia de la cercanía del mar, y el pene tirando a pequeño acorde con las convenciones estéticas de la época (los penes grandes se consideraban una deformidad en la Antigüedad clásica y en su secuela moderna, el Renacimiento; ni Jonah Falcon ni mi primo Celestino habrían hecho carrera ni con Pericles ni en la Roma de los Medicis, al menos como modelos escultóricos). Al lado del David se alza otra estatua, I am Queen Mary, con una reina africana sedente, a hybrid of names, nations and narratives ("un híbrido de nombres, naciones y relatos"). El verde del David y el negro de la reina María mezclan bien con el azul del cielo. La Sirenita aparece un poco más allá del final del canal, en Osterport, en un pequeño recodo de la costa. Es una figura decepcionante: pequeña, de corte tradicional y de poco más de un metro de altura. No obstante, los rasgos y el gesto de la sirena son sutiles y delicados: corresponden a la mujer del escultor, Edvard Eriksen, a la que tuvo que recurrir ante la negativa de la modelo en la que había pensado, una bailarina del Ballet Real, a posar desnuda (en la parte, al menos, que no fuera pez). Sí, la Sirenita desilusiona un poco, pero pienso en otros monumentos típicos iconos ciudadanos, los llamas las guías de viaje aún más frustrantes, como el Manneken Pis bruselense, un crío que mea, o el Oso y el Madroño madrileño, un oso y un madroño. El símbolo de Copenhague, además, ha tenido una vida dura: en sus 105 años de existencia, ha sufrido innumerables ofensas: la han decapitado dos veces, le han amputado un brazo, la han tirado al agua con palancas y explosivos, la han manchado con pintura de todos los colores, le han soldado un consolador en la mano y la han vestido de las prendas más abominables, como burkas y túnicas del Ku Klux Klan. Solo por este esforzado currículum, despierta alguna simpatía. Más recientemente, a la Sirenita le han salido competidores o émulos, no se sabe bien: desde 2000, un poco más allá de su emplazamiento actual, se alza la Sirenita genéticamente alterada, de Bjorn Noergaard, una reproducción cubista, por llamarla algo, del original, con su misma pose lánguida, y asentada también en un montón de piedras. El contraste irónico que sugiere la versión de Noergaard engrandece al original. Por si fuera poco, en Helsingor la ciudad del Hamlet de Shakespeare– se ha instalado, en estricta aplicación del principio de igualdad entre hombres y mujeres, que en Dinamarca se lleva a rajatabla, un sireno al que han dado el escueto pero inequívoco nombre de Han ("Él"), obra de dos escultores daneses (hombre y mujer), en acero inoxidable y cuyo principal rasgo distintivo es que pestañea, gracias a un sistema hidráulico, aunque solo una vez cada hora. La Sirenita, en cambio, ni pestañea ni hace nada: se limita a mirar al Báltico, entre expectante y melancólica. Y lo hace de un modo muy distinto de como los turistas la miran a ella: ávidamente, a través del ojo artificial y falseador de los móviles y las cámaras fotográficas. Una nube de guiris, entre los que, ay, nos contamos, inunda el pequeño mirador desde el que se contempla. Alrededor, como en cualquier parte del mundo, han proliferado puestos de helados y suvenires, pero más civilizadamente que en otros lugares: son chiringos limpios, pequeños, ordenados (y carísimos), como todo en este país. En los jardines del palacio Rosenborg, que visitamos después, admiramos la efigie de Hans Christian Andersen, el autor del cuento homónimo en el que se inspira la célebre escultura. Nos extraña no encontrar a su lado otra de Walt Disney, que ha contribuido aún más que el escritor danés a difundir planetariamente al personaje. Por lo demás, Andersen, el autor de El patito feo, era muy feo, más feo que Picio, de una fealdad asombrosa, digna de ser estudiada por la ciencia. Hijo de una familia muy pobre, quiso ser cantante de ópera y luego bailarín, y  en ambos propósitos fracasó. Triunfó con lo que no quería triunfar, los cuentos de hadas. Viajó incansablemente, desde Constantinopla a España ("viajar es vivir", decía; estoy de acuerdo con él), y luego se ganaba la vida, y la reputación literaria, contando sus viajes en los periódicos (como hago yo ahora, sobre Copenhague, en este blog, aunque, otra vez ay, sin que me reporte ni un euro, ni tampoco, me temo, reputación literaria). Se enamoró de mujeres y de hombres, sobre todo de hombres, como Harald Scharff, un bailarín muy apuesto, pero no consiguió labrar relaciones satisfactorias con nadie, y murió solo. En el palacio Rosenborg, que es donde se guardan las joyas de la corona danesa, vemos también un foso con unas carpas monstruosas, más grandes aún que las del lago del parque del Retiro sospecho que las danesas son siluros, y un cambio de guardia. Pero los soldados guardan muy poca marcialidad. Los que están de plantón no dejan de moverse para desentumecer los miembros, y uno hasta comete el sacrilegio de mirar disimuladamente el reloj; y los que vienen a sustituirlos desfilan con desgana, sin zapatazos en el suelo, ni gritos bestiales, ni nada de nada. Para quien haya visto un cambio de guardia de la Guardia Real británica, con soldados que no mueven un músculo aunque un escorpión les suba por la entrepierna y sargentos que aúllan como hienas, este de Rosenborg le parecerá una insulsez. Curiosamente, los militares daneses también gastan bearskins, gorros de piel de oso, como sus colegas ingleses, pero eso no parece servirles para contagiarse de su espíritu castrense. En el interior del lujoso palacio, construido en 1606 por Christian IV, sorteamos, aunque es difícil, al rebaño de japoneses que inunda las salas, y contemplamos, en una vitrina, la ropa ensangrentada del monarca: en 1644, en la batalla de la bahía de Kiel contra los suecos, perdió un ojo y recibió otras heridas. Con el que le quedaba, no obstante, Christian podía gozar, cuando iba al retrete, de la contemplación de sus radiantes jardines por una ventana dispuesta exactamente a la altura de los ojos de alguien sentado, y rodeado de aristocráticos azulejos. En varios cuadros admiramos la fealdad nuevamente de su tataranieto, el rey Christian VI, cuya descomunal nariz es digna de los Borbones. Otro agujero, además del de la letrina, nos llama la atención: el que observamos en la parte delantera del asiento del sillón del gabinete de Federico VII. ¿Qué metería allí el soberano? De regreso al hotel, entramos en un bar atestado de gente y vemos la eliminación de España en el Mundial de fútbol. A nosotros sí sé qué nos han metido: todos los penaltis que nos han chutado. Volvemos a las andadas.