viernes, 16 de noviembre de 2018

Una avería en el tren

El día no ha empezado bien: llueve. De hecho, ha llovido toda la noche: el tamborileo de las gotas en las ventanas del dormitorio me ha despertado a una hora imprecisa, pero aún muy nocturna. La parte ecologista de mí celebra la tormenta: que caiga agua en un país casi siempre seco como el nuestro es una bendición. Pero la parte que se preocupa por la ropa y las comodidades de la vida (una parte muy grande) protesta: caminar hasta la estación bajo la lluvia supone llegar al tren con los pantalones mojados, por mucho paraguas que lleve. Quizá debería comprarme un paraguas más grande. Me cruzo con una mujer que lleva uno ajedrezado y enorme. Tiene los pantalones secos y va hablando por el móvil. Esto sí que es tener cobertura. Pero contar con un paraguas monstruoso también tiene inconvenientes: uno, estético: parecería un paracaidista; otro tiene que ver con la seguridad ciudadana: me lo robarían a las primeras de cambio. Y volvería a mojarme los pantalones. Aunque, por otra parte, sería más difícil que lo perdiera. Yo soy el campeón mundial de perder el paraguas, una de mis muchas virtudes, y el volumen de un paraguas grande me supondría un hándicap paradójicamente beneficioso. Cuando me acerco a la estación, con los pantalones mojados, intuyo que algo va mal: los paraguas, grandes y pequeños, se amontonan a la entrada. Ni siquiera he de mirar la pantalla informativa de los trenes para saber que hoy es ese día de lluvia en el que los trenes se han estropeado: todos los años hay uno, como todos los años hay un Viernes de Dolores, un Toro de la Vega o un día en el que se acaba el plazo para presentar la declaración de la renta. Y así es: un corrimiento de tierras, causado por el pertinaz aguacero, ha afectado a la vía entre Terrassa y Sant Cugat, y todo el delicado engranaje ferroviario al oeste de Barcelona, con el que cada día se desplazan decenas de miles de personas a y de la ciudad, se ha ido al garete. Utilizar otro medio de transporte es impensable. La autopista (de peaje) y las carreteras deben de estar tan o más colapsadas que el tren. Además, si volviera a casa para coger el coche, llegaría con los pantalones empapados. Por no hablar de aparcar cerca de la plaza Cataluña. Me armo, pues, de valor, desenfundo la tarjeta de 10 viajes, la introduzco en la ranura en cuya oscuridad advierto hoy brillos maléficos y oigo el crunchcrunch de la máquina validadora: alea jacta est, pienso, y que Dios nos asista. A saber cuándo llegaré a la oficina, ni en qué estado. Los augurios sombríos se suceden: nada más entrar, me cruzo con un fulano con el que estuve a punto de pegarme hace unos días, que ya es casualidad encontrarme, en este enjambre humano, con un menda como este. Fue una discusión de tráfico, pero sin coches: ambos chocamos en un túnel de los ferrocatas. En la discusión, fui agarrando el paraguas con más fuerza. También entonces me habría gustado tener uno más grande. Pero esta vez el tipo no me ve: pasa junto a mí y se va de la estación. Yo me adentro en el andén, en el que debe de haber unas ciento cincuenta mil personas. La situación es dantesca: me recuerda algunas espeluznantes experiencias vividas en el metro de Londres. He de recurrir a la sabiduría zen que no tengo para aceptar que es una situación que no puedo cambiar, y que la única actitud sensata consiste en salvaguardar la cartera en lo más profundo de la americana (lo que para mí es un infierno, para los cacos es el jardín del edén), apretar los dientes y esperar, aunque sospeche que la espera va a a ser larga y que los dientes me van a doler de tanto apretar. En realidad, lo que me apetece es aullar como un comanche, pero no creo que los demás lo considerasen una aportación constructiva a la situación. Encuentro, milagrosamente, un hueco en una máquina de Coca-Cola, me apoyo en ella y saco el libro que llevo en la mochila. A mi lado hay una mujer, con la misma expresión de resignado estupor que debo de tener yo, que también está leyendo un libro de papel. Nos miramos como dos náufragos agarrados a un madero en un mar proceloso. Yo siempre he dicho que con un libro uno nunca está solo, pero hoy tendré que encontrarle otras virtudes. Es difícil, no obstante: el constante y bovino trasiego de gente, armada con mochilas y, ay, paraguas (alguien pasa, inverosímilmente, empujando una bicicleta; las madres se echan a los hijos al cuello, como si la masa pudiera arrebatárselos, con un movimiento de deglución, en cualquier momento), me lleva el libro a la cara y, sobre todo, me impide subrayar. Sin subrayar no sé leer. Leer sin subrayar es un leer descafeinado, es leer a medias, es un gatillazo de lectura. Hago un alto en la lectura fracasada y llamo al trabajo para avisar de que llegaré a las tantas. En el trabajo me recuerdan que he de llevar un justificante de los ferrocarriles de la Generalitat para justificar el retraso. No basta la foto que he hecho de la pantalla informativa al entrar, en la que consta el retraso que sufren los trenes. La administración pide papel: uno que diga que los trenes han sufrido retraso. Los trenes se suceden, aleatoria y caóticamente; pero pasan. Todos van llenos, más llenos aún que el propio andén en el que nos encontramos. Primero bajan los viajeros cuyo destino es Sant Cugat con una expresión unánime de alivio; muchos resoplan; una chica exclama: "¡ah, qué liberamiento!". Luego suben los valientes que han decidido lanzarse a la aventura. Se estrujan como estrujaban los negreros a los esclavos en las sentinas de los buques que los transportaban a América: aprovechando el menor espacio, disponiendo los cuerpos de forma que las protuberancias de uno coincidan con los huecos del otro (espero que no se me malinterprete; quiero decir que, al igual que las sanguijuelas esclavistas colocaban la cabeza de uno de aquellos desgraciados junto a los pies de otro, para hacerlos encajar y así poder transportar a más, como en un tétrix siniestro, aquí todos buscan acomodo poniéndose de perfil, o situando el hombro debajo de una axila, o dejando la mochila en el suelo, entre los pies de alguien). Y eso que no hay empujadores, como en el metro de Tokio, aunque quizá no fuera mala idea que la compañía de ferrocarriles contratase a trabajadores eventuales que pudiesen desempeñar esa función en días como hoy. Tras, probablemente, una docena de trenes que han llegado y se han ido, tan cargados como los que llevaban a los judíos a Auschwitz, observo que la espesura, tanto en el andén como en los vagones, empieza a adelgazar. Llevo tres cuartos de hora de pie, aplastado contra una máquina de Coca-Cola y mal leyendo, y me animo a dar el paso. Tomo posiciones junto a otros muchos y espero el siguiente convoy. Cuando pare, habré de tener cuidado de estar lejos de donde desagua el techo del vagón: los trenes modernos no tienen gárgolas, pero, cuando llueve mucho, como hoy, se comportan como si las tuvieran. A más de uno he visto esta mañana ducharse con el chorro imprevisto y entrar en el vehículo con la expresión de felicidad de un condenado a muerte. Dentro ya del vagón, experimento el placer del contacto humano con redoblada intensidad. Estas aglomeraciones lo hacen a uno dolorosamente consciente de la biomasa de la que forma parte. Recuerdo La rebelión de las masas, del maestro Ortega y Gasset, y su aristocrática protesta contra la ubicuidad de las muchedumbres. Y lo escribió en 1929. Ah, si don José me acompañase esta mañana de noviembre. Aplastado, otra vez, contra una de las puertas de salida, un vecino forzoso me clava un codo, y siento ese codo como si yo fuera el pan y él, un cuchillo; una mocetona delante de mí, con una mochila a la espalda que se me hunde en el pecho, me cepilla la cara con el pelo cada vez que se lo arregla (y se lo arregla muchas veces); un tercero ha encontrado una insólita misericordia en mi cadera, y recuesta en ella algo que no consigo identificar, pero que pesa notablemente. Y de todos percibo ese olor amalgamado, casi sólido, que se nutre de la piel y las entrañas, de las colonias y de la ausencia de colonia, de la humedad de la lluvia y de las humedades del cuerpo. Pero todos ellos son, somos, víctimas de las circunstancias. Los desaprensivos, no; los desaprensivos lo son por voluntad propia y mala intención. Alguien, cerca, se ha tirado un pedo. Tirarse pedos en esta dramática tesitura debería estar prohibido y gravemente penado por la ley. Tirarse pedos es un atentado incalificable, que nos sobrevuela irreparablemente. No se puede escapar del pedo. El pedo nos acogota y nos envenena. Vuelvo a sentir ganas de bramar. Con el paso de las estaciones que son muchas, y este es otro de los regalos de una jornada como hoy: los trenes paran en todas, para que todos los habitantes del Vallés Occidental tengan las mismas oportunidades de disfrutar del día, el pasaje disminuye. En las primeras Valldoreix, La Floresta... aún suben más viajeros, pero, a partir de Sarriá, la gente va llegando a su destino. Yo aprovecho el paulatino esponjamiento para volver a mi libro, Un aire anglès, de Miquel Berga, otro abducido por la cultura anglosajona, y subrayarlo. En uno de sus excelentes artículos el volumen es un compendio de los que ha publicado recientemente en la prensa catalana leo (y traduzco del catalán): "Lo que estoy seguro de saber porque lo dijo el sabio Chesterton es que intentar aceptarlo todo es un ejercicio sano, pero querer comprenderlo todo es agotador. Dedicarse a comprender el mundo es emprender el camino más rápido a alguna forma de locura. Y otra vez Chesterton nos avisa: la imaginación no conduce a la locura. Para ser exactos, lo que conduce a la locura es la razón. Por eso los poetas no se vuelven nunca locos. Son más proclives a la locura los jugadores de ajedrez y los contables...". Estoy de acuerdo con lo primero: haber aceptado el desastre de esta mañana, sin querer comprenderlo, ha sido sano: ha preservado mi salud mental. Pero disiento de lo segundo: los poetas se vuelven locos con frecuencia; de hecho, se vuelven más locos que los fontaneros o los numismáticos. Pero de eso quizá hable en otra entrada. Ahora todavía tengo que salir del tren, otra tarea que tampoco va a ser fácil, conseguir el justificante para el trabajo y llegar a la oficina. Por suerte, esta vez no me voy a encontrar en los túneles con el tipo con el que estuve a punto de pegarme el otro día. Y los pantalones ya se me están secando.

domingo, 11 de noviembre de 2018

El museo de la guerra en Mánchester

Visitamos, por la mañana, el Imperial War Museum, el museo de la guerra, de Mánchester. En España, que ha librado también bastantes guerras, solo hay uno, creo, y no se llama así, sino del Ejército; y ni siquiera estoy muy seguro de dónde está. En Gran Bretaña, casi cada ciudad alberga un espacio en el que se recuerda la historia militar del país. Este de Mánchester se encuentra en un sitio llamado Media City UK, a las afueras de la ciudad, un amplio conjunto de empresas e instituciones locales, como las sedes mancunianas de la BBC y la ITV, así como de restaurantes, locales de ocio y un hermoso canal, que lo cruza por entero. Para llegar, cogemos el tranvía. El tranvía de Mánchester es moderno, amarillo y lento. Sirve tanto de medio de transporte como de tour con vistas. Quizá por esa slow motion que lo caracteriza, se utiliza con frecuencia como teatrillo o lugar de esparcimiento; y al teatro, como a las guerras, los ingleses son muy dados, en los escenarios y en la vida en general. Hoy llenan el vagón, además de los viajeros inadvertidos como nosotros, una nube de  periodistas y curiosos. Una empleada del metro con traje chaqueta y una banderita en la mano nos informa de que va a actuar Lisa Stanfield. Ni Ángeles ni yo tenemos ni idea de quién es Lisa Stanfield, pero debemos de ser los únicos: todo el mundo parece excitadísimo ante la perspectiva de que actúe Lisa Stanfield. Y Lisa Stanfield, en efecto, actúa. No la vemos, envuelta por el gentío, pero la oímos. No nos parece María Callas, pero, de nuevo, discrepamos de la opinión de la mayoría, que ríe, aplaude, se menea al son ferroviario de Lisa Stanfield. En las canciones se mezclan los anuncios de la ruta –Next stop: Exchange Quay! y el clangor del convoy, pero a Lisa Stanfield no parece importarle: es una profesional. Al final de uno de los temas, alguien aúlla: "¡Lisa Stanfield!", lo que sin duda la reconforta a ella y a todos. Los periodistas que cubren tan importante noticia no dejan de moverse para captar los mejores planos uno de ellos, cargado con una cámara que parece un lanzallamas, me golpea al pasar con las patas del trípode, grabar los audios más conmovedores o recoger las opiniones del público, fascinado por el espectáculo. Una intrépida reportera de la radio, con una gran sonrisa en la cara, quiere recabar la nuestra. Yo, hierático, eludo la alcachofa; Ángeles, siempre más solícita, le contesta, pero la periodista, a la que se le ha borrado la sonrisa de la cara, comprende enseguida que no vale la pena seguir entrevistando a unos guiris que no conocen a Lisa Stanfield y, en cuanto Ángeles acaba de pronunciar la última palabra de su respuesta, se lleva el micrófono a labios más complacientes y que hablen con acento de Mancunia. En la parada de Media City UK nos bajamos todos: los viajeros, los periodistas y Lisa Stanfield, a la que entonces vemos, aunque no sin dificultad: es muy bajita y luce una gorra que debe de ser a las gorras lo que el casco de Darth Vader a los cascos. Mientras todos nos dirigimos a nuestros destinos, Lisa Stanfield se queda atendiendo a sus muchos fans, que la felicitan por su gran actuación. Es lógico: se debe a su público. Nosotros nos encaminamos al museo, que se inauguró en 1914, como previendo la gran escabechina que se avecinaba aquel año, aunque el edificio actual es rabiosamente alumínico y contemporáneo. A la entrada se despliega una gran instalación de amapolas, la flor que homenajea a los muertos en aquella y en todas las guerras que ha librado el país. El Imperial War Museum responde a un concepto distinto de museo bélico. Da cuenta de los muchos conflictos en los que ha participado la Gran Bretaña, y de los sufrimientos padecidos en ellos, pero no se limita a un retrato patriótico, sino que se extiende también a otras conflagraciones y otros pesares, e incluso a una visión crítica de la propia actuación británica en dichos conflictos. Así, nada más entrar, nos abruma un harrier, un cazabombardero de despegue vertical –que también posee la Armada española–, y nos sorprende una canoa laosiana hecha con un depósito de combustible de un avión de combate estadounidense derribado en la guerra de Vietnam, pero nos maravilla el ejemplar, que vemos en una vitrina, de Seed of Chaos: What Mass Bombing Really Means [La semilla del caos: el verdadero significado de los bombardeos masivos], de Vera Brittain, una de las primeras protestas, si no la primera, contra el arrasamiento de las ciudades alemanas por parte de las aviaciones británica y norteamericana. El libro se publicó en 1944 y recibió críticas feroces. Pero la reputación de su autora mejoró cuando, en 1945, se dio a conocer la Lista Negra de los Nazis, una relación de las 2.000 personalidades británicas que debían ser arrestadas cuando los alemanes invadiesen la Gran Bretaña, y que incluía su nombre. Es lo que tiene no estar con los hunos ni con los hotros: ser fiel a la razón y la compasión conlleva siempre la crítica de los sectarios. No es de extrañar que Brittain fuera pacifista: en la Primera Guerra Mundial habían muerto su novio, su hermano y dos de sus mejores amigos. Ni que tuviese un carácter fuerte, hecho al dolor y las adversidades: en 1966, cuando ya tenía 73 años, se cayó en una calle de Londres, camino de una conferencia. Se rompió un brazo y un dedo del otro, pero impartió la conferencia. Moriría cuatro años después. En el museo, un gran espacio único, sin salas estancas, en cuyas paredes no dejan de proyectarse documentales, seguimos recorriendo la historia de horror y abnegación que es siempre la historia de las guerras. Pero este museo es plural y digresivo. Cerca de un lanzallamas naval de la Primera Guerra Mundial se exhiben los restos metálicos de una ventana de las Torres Gemelas de Nueva York: también eso se considera aquí una guerra, creo que con razón. De la Guerra Fría hay un coche trabant, uno de aquellos desmochados escarabajos de la DDR que los buenos trabajadores socialistas esperaban años para conseguir. Una amplia sección del museo se dedica al periodo de entreguerras, en el que se incubó el demonio del nazismo. No obstante, la referencia a la Guerra Civil española es, como suele suceder, muy escueta: apenas un panel informativo y algunos carteles de la CNT que llamaban a la lucha contra el fascismo. En ningún lado se informaba de que la política de no intervención, por la cual las democracias occidentales, con Francia y Gran Bretaña a la cabeza, se mantenían neutrales en el conflicto español, fue una de las causas de la derrota de la República. En la sección, muy extensa, dedicada a la Segunda Guerra Mundial, descubro uno de los objetos más singulares y, a la vez, más escalofriantes de todos: la máscara mortuoria de Himmler, hecha con pasta cerámica odontológica, en la que el jefe de las SS, aquel hombre de bigote de mosca y parietales rasurados, responsable de la muerte de millones de personas, casi parece estar sonriendo. No murió en circunstancias divertidas: detenido por los ingleses, mordió una cápsula de cianuro que llevaba en la boca y cayó fulminado. Pero su expresión última parece ser irónica, de jovial distanciamiento. Junto a la máscara contemplo fotos y una película de los terribles bombardeos que padeció Mánchester el 23 y 24 de diciembre de 1940. La sonrisa final de Himmler y las imágenes devastadoras del Blitz se me aparecen entonces siniestramente conectadas. Cerca, Ángeles y yo nos desintoxicamos de esas representaciones del mal con uno de los juegos montados por el museo: en un panel, hemos de levantar las tapas de unos agujeros y adivinar a qué huele: a pólvora, a letrina, a pies, a gas mostaza. Yo los acierto todos, y eso que nunca he estado en las trincheras; en la mili solo fui furriel. En cambio, Ángeles, que habría podido ser nariz de la industria cosmética de no haberse decantado por la anatomía patológica, se aparta con repugnancia del panel y se va a escuchar los testimonios filmados de varios homosexuales que han luchado en las guerras de este siglo: sus experiencias de discriminación y maltrato en sus propias filas fueron casi tan terribles como las que padecieron en los frentes en los que combatieron. Seguimos admirando los sobrecogedores fondos del museo: un kukri, el legendario cuchillo curvo de los gurkas, que tantos vientres ha destripado; un MK V Matilda II, el tanque inglés de principios de la Segunda Guerra Mundial, que prestó heroicos servicios hasta ser ampliamente superado por los panzer y tiger alemanes en 1942; un Leopard Mark IV, de 1979, un extraño vehículo de seguridad empleado en Rhodesia que parece un insecto gigante, y cuyo diseño obedece a la necesidad de sustraerlo a las minas con las que estaba sembrado el país; y hasta una muestra inmejorable de lo que se opone o da otra visión del objeto del museo, la guerra: un cartel pacificista en el que leemos, simple y gloriosamente, Fuck War [Que se joda la guerra; o que le den por el culo a la guerra, en traducción más libre]. No obstante, el ítem más llamativo de todos descansa en el suelo de la sección dedicada a la Guerra Fría: junto a una vitrina con un AK-47, kalashnikov (que tanto se utilizó en aquellos años en los que las guerritas en la periferia mundial, África, Asia e Hispanoamérica, sustituían al conflicto larvado y axial entre el capitalismo y el socialismo), trajes de aviador, teléfonos rojos, folletos propagandísticos y otras fruslerías, encontramos una bomba atómica. Por suerte, está desactivada. De hecho, solo es de entrenamiento (aunque ¿cómo se puede entrenar con una bomba atómica?) y no muy grande, pero, con todo, no deja de intranquilizarnos. Se identifica como una WE (¿world explosion?) 117, de 1966, de 40 kilotones, más del doble de los que arrasaron Hiroshima y Nagasaki. Nos la quedamos mirando un buen rato, maravillados –es un decir– de que en algo tan pequeño quepa tanta destrucción, y sobrecogidos por que todavía haya en el mundo miles de artefactos (varios cientos de ellos, británicos) mucho más potentes que este apuntando en todas direcciones, que pueden asesinar al planeta y devolvernos a nosotros, en minutos, a la Edad de Piedra. La gente pasa al lado de la WE 117 sin prestar demasiada atención, pero nosotros estamos como hipnotizados ante su perfil apocalíptico. Salimos con alivio a la Media City UK, iluminada por un sol reparador, y nos vamos a comer a The Alchemist, un restaurante sobre el canal. Allí me quedo hipnotizado por otras cosas los maquillajes nefertíticos, sin una grieta, sin una falla, con cejas perfiladas a tiralíneas, de las camareras y me dejo transportar por el inigualable sabor de una Fuller's India Pale Ale, y así me alejo, felizmente, de la perturbadora visión de Heinrich Himmler y la bomba atómica de entrenamiento. 

martes, 6 de noviembre de 2018

Placeres y peligros del hockey sobre patines

El hockey sobre patines es un deporte curioso: diez tipos sobre ruedas y con un palo persiguen una pelota, dura como una piedra, con la incomprensible intención de meterla en una portería apenas mayor que el portero que la defiende. En realidad, todos los deportes son curiosos, cuando no asombrosos. El curling, por ejemplo, es una curiosidad monumental, pero ahí está, ganando adeptos, incluso en un país tan poco glacial como España: hace poco supe por la prensa, que dedica su tiempo a estas cosas que una jugadora de curling española se había ido a Escocia, cuna, al parecer, de este deporte (y de otros igual de fascinantes, como el golf), para preparar la que será la primera participación de un compatriota en un Mundial de curling, o algo así. No obstante, el hockey sobre patines merece más consideración que el curling y que muchos otros sports: España ha ganado más campeonatos mundiales y de Europa en este deporte que en cualquier otro, y, si fuese olímpico, el país figuraría mucho más arriba en el medallero histórico, en lugar de en la posición menesterosa que ocupa ahora. Ayer, volvía yo de comer en El Mexicano de Sant Cugat cuyos ceviches son gloriosos y las negras Modelo, no digamos, cuando pasé por delante del polideportivo municipal. Normalmente, no le presto atención: es un monstruo gris y sin interés, como casi todos los polideportivos municipales. Esta vez, no obstante, tenía una puerta abierta y se oía un gran estruendo. Me picó la curiosidad y me asomé. No había que pagar entrada. Dentro, se jugaba un partido de hockey sobre patines. No eran equipos de mayores, sino que parecían juveniles, o cadetes. Uno debía de ser el Sant Cugat, por el color del uniforme, en el que predomina el negro; el otro, de algún otro sitio, iba de riguroso amarillo, no sé si para reivindicar la liberación de los presos políticos o porque siempre ha sido así. Me sorprendió, nada más entrar, la intensidad del ruido: el chirrido de los frenos de los patines, los golpes de stick, los pelotazos en las paredes de la cancha, los gritos de los entrenadores y del público (porque, inverosímilmente, había público), los pitidos del árbitro, los costalazos de los jugadores en el parqué, los bocinazos del marcador, todo contribuía a una batahola espectacular. El parqué, desde luego, amplificaba el ruido. En las antiguas canchas de cemento, como aún son en algunos rincones proletarios del país, el cemento lo asordinaba. Allí, cuando un patinador mordía el polvo, lo hacía como en una película muda, o casi. Pero la falta de sonido era engañosa: uno creía que, porque no había habido estrépito (salvo, quizá, algún juramento del zancadilleado), el jugador no se había hecho nada, cuando, en realidad, era muy probable que se hubiera dejado los premolares en el lance. También me llamó la atención, en el polideportivo sancugatense, la rapidez con que sucedía todo: los jugadores pasaban en segundos de un extremo a otro de la cancha, los disparos se encadenaban en ambas porterías y no había parones en el juego. Todo parecía presa de una aceleración brutal, de una urgencia castrense. Nada más entrar, una bola salió disparada hacia mí. Por suerte, toda la pista está rodeada por una red protectora, y la malla me salvó. Si no la hubiese, habría que contabilizar varios muertos por partido. Un pelotazo de esos, a la velocidad con que salen disparados, puede noquear, y hasta descerebrar, a cualquiera. Lo recuerdo muy bien, porque el hockey sobre patines era uno de los deportes preferidos de mi colegio, el Padre Mañanet (así se llamaba durante el franquismo; luego se reconvirtió en Pare Manyanet). En el patio había una pista de hockey, que en el horario escolar se llenaba de críos que jugaban al fútbol o, simplemente, se entretenían pegándose unos a otros, pero que, por las tardes y los fines de semana, se utilizaba para lo que había sido construida: calzarse los patines y arrear bolazos, una actividad a la que los alumnos del Padre Mañanet se mostraron siempre muy dispuestos. Yo también quise participar en aquel jolgorio. En general, yo quería participar en el colegio en todo cuanto condujese al bochinche y la zapatiesta, sin que nunca me planteara si estaba dotado, o no, de las aptitudes físicas necesarias para hacerlo sin caer en el ridículo; y casi nunca lo estaba, pero eso no me disuadía. Imbuido de un súbito fervor por el hockey, les pedí a los Reyes Magos un stick y, para mi regocijo (y mi sorpresa: aún estaba enfadado con ellos por que no me hubiesen traído la escopeta de perdigones que había pedido la Navidad anterior), me lo trajeron, y con él me fui enseguida al colegio para profundizar en el maravilloso mundo del hockey. Pero se me había olvidado un detalle: no sabía patinar. Y tampoco les había pedido a los Reyes unos patines. De hecho, aprender a patinar se me antojaba una tarea hercúlea, un ascenso sin oxígeno al Kanchenjunga, una dimensión desconocida. Yo, que apenas sabía dar una voltereta o subir por la cuerda con nudos ah, las clases de gimnasia con el señor Soriano, cuánta felicidad me procuraron, tenía que aprender a maniobrar sobre ruedas a una velocidad vertiginosa, mientras mantenía el control de una pelota díscola y eludía las feroces acometidas de otros que, como yo, querían hacerse con el control de la bola. Estuve unas pocas semanas languideciendo con el stick en el patio a veces, rodeado por una nube de compañeros que jugaban a una especie de fútbol-rugby a mi alrededor o se pegaban, me esforzaba por ametrallar a bolazos, sin patines, una portería sin portero, aunque la cosa, no sé por qué, me parecía desangelada, pero al final desistí de mis sueños. La puntilla me la dio una escena escalofriante de la que fui testigo: a Iñíguez, que ni siquiera estaba jugando a hockey, sino que paseaba sin propósito por la pista (lo que era, en cualquier caso, una temeridad: los peligros que nos acechaban a todos en aquel espacio selvático pelotazos, atropellos, mamporros, collejas, lapos– eran innumerables), le metieron un bolazo en la entrepierna. No es de extrañar que los jugadores de hockey se protejan como gladiadores, y que una de las protecciones imprescindibles sea la coquilla, elocuentemente conocida como huevera. El portero, en particular, ese héroe a menudo olvidado de tantos deportes, ha de acorazarse como un astronauta, porque su trabajo no es otro que interponerse en la trayectoria del proyectil que le mandan los rivales, con riesgo de su vida. (A veces, para que gane aún más velocidad, lo disparan elevando la bola del suelo con un movimiento de cuchara y dejándola en el aire, para sacudirle entonces con el stick como si aquello no fuera hockey, sino béisbol). Y yo, que, por alguna locura transitoria, he sido portero de fútbol y, aún peor, de balonmano, sé bien lo que es exponerse y recibir el pelotazo asesino, pero no quiero imaginarme lo que puede suponer esa tríada fatal: una bola de hockey y sus congéneres humanas, reunidas de golpe. El pobre Iñíguez sí lo experimento: se quedó doblado en el suelo, gimiendo como una ocarina, hasta que se lo llevaron a la enfermería y luego al hospital. Nunca volvió a ser el mismo. Ni yo tampoco: el hockey sobre patines dejó de interesarme, hasta hoy. Bueno, hasta ayer, en que me quedé admirado de las atléticas evoluciones de aquellos jóvenes jugadores en el polideportivo municipal de Sant Cugat, mientras digería un ceviche memorable.

jueves, 1 de noviembre de 2018

La mirada, de José Ángel Cilleruelo

José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es muchas cosas en la literatura española actual –cuentista, novelista, aforista, traductor del portugués, antólogo, crítico literario– y todas las desempeña con mérito, pero su espinazo creador ha sido siempre la poesía. Una poesía que ha concebido, tanto en su desarrollo como en la factura concreta de sus poemas, con un sentido arquitectónico: culminó un primer ciclo de su producción con El don impuro, en 1989, y luego, en 2010, publicó Maleza. Ciclo completo, que recogía toda su obra publicada entre 1990 y ese año. Tras estas dos entregas, ha seguido publicando poesía, ya en verso, ya en prosa (Vitrina de charcos, en 2011; Tapia con mirlo, en 2014; Becqueriana, en 2015), y hoy recoge un amplia muestra de toda su obra –excepto Narrado en bronce, su primer libro, de 1982– en esta antología, dividida en tres partes –«Maleza», «Mirlo» y «Mondaduras»–, cuya edición, impecable, corre a cargo de Vicente Luis Mora. 

La maleza, que da título a tantas entregas (en 1995 bautizó así, Maleza, uno de sus libros más destacados), se erige en motivo fundamental de la poesía de José Ángel Cilleruelo. La maleza es el símbolo de la decadencia y el abandono que definen el paso del hombre por el mundo. El tiempo, que todo lo aja, lo inviste, a él y a las cosas, de una declinación irremediable. En el soneto siete de la serie «Vigilia», perteneciente a ese Maleza de 1995 e incluido ahora en la sección homónima de La mirada, Cilleruelo nos pasea por un paisaje urbano compuesto de «cascotes, bolsas / reventadas, astillas, viejos fardos, / con desechos, cenizas, muebles rotos / y polvorientos y descerrajados // e inútiles (…) [un] campo abandonado y vacío». Así son muchas de sus estampas: escenarios de la caída y la destrucción, fracasos tanto físicos como existenciales. La angustia por la vida que se desvae y la muerte que se yergue, arraigada en algunos de los mejores poetas españoles contemporáneos, decisivos en la formación de Cilleruelo, como Blas de Otero y Jaime Gil de Biedma (y de otras tradiciones literarias, como Emily Dickinson), pero filtrada por su discreción elocutiva, por la delicadeza de su dicción, se refleja en la ausencia y la vaciedad del ser, motivos centrales de no pocos poemas. La nada comparece también, y su cuerpo esquivo, inaprehensible, se vuelve visible en las ruinas, la vejez y la muerte (o los muertos). En «Otoño en Carlisle», también de Maleza, se confunden la certeza de la derrota y el sinsentido de la vida con una cotidianidad que roza lo insustancial. El protagonista entra un domingo en un restaurante de comida rápida y, junto con el ruido, las mesas apretadas y los colores chillones del local, encuentra, «en el anodino gesto / de una empleada solitaria, el hueco // de uno mismo. Con el desamparo / de un menú tan incomprensible como / esta vida que tiznan las ausencias». La poesía de José Ángel Cilleruelo aparece siempre permeada por una sensación de cansancio, de finitud, de acabamiento: todo remite a la pérdida, a la extinción. El soneto 11 de otra serie, «Túneles», publicado por primera vez en Formas débiles (2004), constituye una contenida pero turbulenta denuncia de la negrura del ser, hilvanada con muchos de los motivos preferidos por Cilleruelo para reflejarla: la oscuridad, la noche, los muros. Así acaba: «Cuando la angustia emerge desde dentro / y perfora los ojos con su túnel / de incertidumbres y de atardeceres / perdidos para siempre, salgo afuera / y camino desnudo por las calles».

Este poema y la serie entera, «Túneles», ilustran bien otros dos rasgos relevantes de la poesía de Cilleruelo: la existencia de una panoplia de símbolos subordinados al principal eje emocional de su obra, la certeza del estrago y la desolación, y la «hiperconciencia técnica» con que la edifica, como la ha bautizado Vicente Luis Mora en el prólogo. Entre los primeros se puede subrayar el ya señalado del muro, la pared o la tapia, metáfora del encierro en una realidad de la que resulta imposible escapar (y que solo se puede trascender con el ensalmo liberador de la poesía), pero también el del tren, que representa modernamente, en sustitución del motivo clásico del vita flumen, el curso indetenible de la vida, y el de la noche, alegoría milenaria de la cesación del ser y el advenimiento de la muerte. El motivo de la noche se inserta, además, en una predilección por las variaciones de la luz –por los juegos lumínicos– como representación del ciclo vital y del paso del tiempo: del amanecer al ocaso y la noche, y de los paisajes resplandecientes de la primavera a los quebradizos del otoño y los afligidos del invierno. Pessoa y su meticuloso cincel de colores, claridades y sombras acaso subyazga en esta apesadumbrada pero vívida orfebrería cillerueliana.

Y juegos, pero bastante más que juegos, son también las construcciones elaboradas por José Ángel Cilleruelo, que Vicente Luis Mora analiza con exactitud en el prólogo. Esta serie, «Túneles», compuesta por 14 sonetos, y compactada por un conjunto de recurrencias, figuras retóricas y estructuras sintácticas (el primero y el último, por ejemplo, son palindrómicos), resulta oulipiana y trasluce una aproximación casi algebraica al verso. Gracias en buena parte a las genésicas restricciones que establecen, se configura un conjunto de escenas urbanas de perturbadora viveza, a pesar de las tinieblas que narran –los túneles, la noche, la lluvia, la nada–: estallidos de momentos, fogonazos de sucesos y personajes, en ciudades que a veces se identifican con Barcelona y Lisboa, pero que en realidad responden a una visión universal de la ciudad como el espacio por antonomasia del hombre contemporáneo, donde se entrelazan sus miedos, incertidumbres y esperanzas. Toda la obra de Cilleruelo obedece a «una preocupación sistémica por la medida y las estructuras basadas en el número 14», en palabras de Mora; un número que subyace incluso en construcciones singulares, y alejadas en principio de toda restricción métrica, como los poemas en prosa de la sección «Mondaduras» o de «Café Lehmitz», inédito hasta ahora en libro, cada uno de los cuales se compone, sin excepción, de 100 palabras, pero en los que el propio Cilleruelo reconoce que respiran los endecasílabos del soneto –con los acentos en las sílabas pares–. «El poema en prosa», especifica el poeta en el epílogo del volumen, «es, en mi escritura, la evolución natural del soneto blanco». (En «Café Lehmitz», ese aliento es más laxo: las escenas, expresionistas, se traman con frases muy cortas, percutientes, en las que se ha relajado la ilación lógico-formal, algo infrecuente en la poesía de José Ángel Cilleruelo). Las constricciones deliberadas de la obra de Cilleruelo no son solo el fruto de una conciencia muy temprana por su parte de que son las formas, y no los temas, las que conducen a la poesía, sino también una manera muy efectiva de estimular la creación. Las limitaciones autoimpuestas fuerzan la imaginación y la mirada, y suscitan escorzos expresivos improbables con un cultivo despreocupado del verso.

La mirada revela una poesía delicada y pulquérrima, de espíritu narrativo, sin hinchazones metafóricas ni adjetivas, pero de una gran precisión descriptiva, cromática, cuyo detallismo se vuelve a veces puntillismo: las frases, en las que se acumulan los motivos caros a Cilleruelo –los paisajes sombríos, la maleza, el invierno, el tren–, se yuxtaponen entonces hasta configurar mosaicos primorosos: «Neblina sobre la línea del horizonte y entre los árboles de copas difuminadas. Cielos grises. Campos en barbecho. Agostada tierra revuelta. Cromatismos de un paisaje árido. Arena de los caminos encharcados, maleza mustia entre las roderas. Garzas menudas por los terrones que encrespó el arado. Alguna corneja asustadiza. Un abejorro descerebrado. Sequedad en los taludes. En los bancales. En las imágenes que desdibuja el invierno. (…) Una hoja arrancada. Tren que llega con retraso donde nadie lo espera. Áspera geometría que lo convierte en símbolo», dice un poema de «Mondaduras». Es casi una microscopía, pero de ella surgen mundos. Sin embargo, esta oblicuidad, esta elegancia, sin voces ni músicas gruesas, rara en la poesía española contemporánea, no es impersonal: también incorpora una carga sentimental, aunque sin sentimentalismos, y explora el amor y el deseo. Sus reflexiones en este terreno son tan sutiles como el resto de sus preocupaciones: «Nada se parece al amor y sin embargo todo lo evoca», escribe Cilleruelo en otro poema de «Mondaduras».


Cilleruelo sabe también muy bien, y lo demuestra en todo momento, que el poeta es antes alguien que mira, que sabe mirar, que alguien que escribe; o, dicho de otro modo, que escribe porque está mirando o ha mirado. Y su escrutinio refleja un deslumbramiento tranquilo y, a la vez, una perplejidad estoica ante la realidad, que da la sensación de no acabarse de comprender (ni de comprenderse quien la mira). Lo contemplado no es lineal, sino una mezcla de lugares y tiempos, una encrucijada de conocimientos e ignorancias, que a menudo se expresa por medio de paradojas, muy abundantes en «Mondaduras»: «Recuerdo el día en el que empezaron a licuarse las cosas. Aunque no había llovido durante las semanas anteriores, las aceras permanecían encharcadas (…). Ya solo me acuerdo de lo que no ocurre». Las repeticiones, asimismo frecuentes en esta sección, traslucen la insistencia del ojo que mira –y de la mano que escribe lo mirado– en captar una realidad, o una amalgama de realidades, huidiza y enigmática. El polisíndeton de «hay un camino de guijarros luminosos al lado del camino. Y un bosque plagado de presagios junto al pinar sombrío. Y canta un pájaro donde solo vuela un pájaro. Y nace una flor amarilla en el muro contiguo al desmoronado muro…» refuerza esa obsesión por trenzar el cúmulo de facetas que integra un mundo plural e inaccesible a otra intelección que la del mirar. Y las casi greguerías que salpican el texto aquí y allá –el metal de las vías del tren es una «correa alrededor del cuello de la ciudad»– intentan fijar esa comprensión alucinada que proporciona la estricta aprehensión de su transitoria y, acaso por ello, hermosa materialidad. El lenguaje de José Ángel Cilleruelo, traducción de su mirada, se imbrica siempre con esa realidad poliédrica, o más bien la construye, la instaura, hasta alcanzar esa «dicción extraña» que es, según afirma, la poesía. Palabras y cosas se depositan unas en otras, como en un infinito juego de muñecas rusas, hasta que ya no podemos deslindarlas. Lo mirado y lo creado se abrazan, así, en el mundo contradictorio y perfecto de esta poesía sosegada en la superficie, pero desgarradora en el interior. 

[Esta reseña sobre La mirada. Antología esencial (1982-2017), de José Ángel Cilleruelo (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2017, con prólogo de Vicente Luis Mora), se ha publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 814, abril de 2018, pp. 122-125]