jueves, 15 de enero de 2026

El concierto de Nochevieja en el palacio de Schönbrunn

El palacio de Schönbrunn es una de las principales atracciones turísticas de Viena. Fue, durante más de tres siglos, primero coto de caza y luego residencia veraniega de los soberanos de la casa de Habsburgo, la misma que reinó en España de Carlos I a Carlos II (que los ordinales no nos confundan: entre el primer y el segundo Carlos hubo tres Felipes). El penúltimo emperador de esa estirpe, el patilludo Francisco José, marido de la guapísima aunque desventurada Isabel de Baviera, Sisi (se le suicidó un hijo, o quizá lo asesinaron, y ella misma murió, a los cincuenta y cuatro años, a manos de un anarquista italiano, que le deslizó un estilete en el corazón), nació, pasó gran parte de su vida y de su larguísimo reinado de sesenta y ocho años, y murió allí. En 1918, tras la disolución del imperio austrohúngaro (siempre que escribo o, más raramente, pronuncio esta palabra, pienso en Luis García Berlanga), el palacio pasó a manos de la República de Austria, que lo ha conservado hasta nuestros días como lugar de ocasionales encuentros institucionales y, sobre todo, como museo. Así pues, ya no lo habitan miembros de la realeza habsbúrgica, sino los turistas, que llenan himenópteramente las docenas de habitaciones y salas abiertas al público (de las 1441 que tiene). Yo lo he visitado tres veces, la última el pasado 31 de diciembre, para asistir al concierto de Nochevieja que da todos los años la Orquesta del Palacio de Schönbrunn. No es, me apresuro a subrayar, el famoso concierto de Año Nuevo que se celebra en la Sala Dorada del edificio del Club de la Música de Viena y que se emite por televisión a casi todos los países del mundo, con los pegadizos y concluyentes compases de la Marcha Radetzky interpretados por la Orquesta Filarmónica de la ciudad y que todos solemos identificar con el 1 de enero (junto con los saltos de esquí retransmitidos esa misma mañana desde alguna estación invernal finlandesa...). No lo es, pero se le parece bastante. El de Schönbrunn se celebra en la Orangerie, el invernadero para cítricos y otras frutas exóticas del palacio, construido hacia 1755, un gran espacio acristalado y vacío que me defraudó la primera vez que lo vi —su arquitectura me pareció anodina, y no contenía nada, ni un triste naranjo—, pero que ahora he entendido que se reserva para acontecimientos tan concurridos como este en el palacio. La Orangerie queda a unos cien metros de distancia de la parada de metro —también llamada Schönbrunn— hasta la que hemos viajado Renée y yo. Habíamos sopesado venir en taxi desde el hotel, y no solo para evitar en lo posible las gélidas temperaturas de Viena y que Renée tuviese que cruzar el suelo helado de media ciudad con tacones de aguja, sino también porque, debo confesarlo, me resultaba más glamuroso. Acudir en metro a un evento como este me parecía plebeyo, incluso proletario, aunque también más rápido y barato (una impresión que solo puede tener alguien irremediablemente plebeyo como yo). La cercanía de la parada de Schönbrunn al lugar del concierto nos ha convencido de usar el suburbano, y aquí desembarcamos, aunque Renée no se ha desembarazado todavía del miedo a pillar una galipandria, por poco que tengamos que andar. Es lógica su preocupación: pese a que estamos bajo cero, su atuendo consiste solo en un fino vestido de noche palabra de honor (se ha olvidado en el hotel la chaquetilla a juego que debía cubrirle los hombros) y un tampoco muy grueso abrigo blanco. Está muy elegante, pero tan preparada para una noche decembrina en Austria como yo para escalar el Aconcagua. Renée ha preferido someterse a una tortura glacial antes que renunciar al atavío condigno del espectáculo que vamos a presenciar. Confiamos en que no muera helada y nos apresuramos hasta el vestíbulo de la Orangerie, donde se amontona la gente, que también ansía el calor del recinto. Por suerte, entramos casi inmediatamente y, frente al orden germánico que pensábamos reinaría en un evento organizado por una institución austrohúngara, nos encontramos con un caos muy mediterráneo. Primero, es obligatorio dejar abrigos y bolsos en una pequeña consigna, para la que no se guarda ninguna fila: se llega a ella a lo Trump, aplicando la ley del más fuerte. Cuando lo he conseguido, con un uso generoso de los codos y mis casi dos metros de altura, me doy cuenta, con horror, de que hay que pagar un euro por cabeza, de que no llevo ni una sola moneda encima y de que la consigna no tiene datáfono. Volver atrás, hasta donde, más allá del gentío, me espera Renée, es suicida: implica perder la posición de privilegio que me ha costado tantos pisotones y codazos conseguir, y renunciar a entrar pronto en la sala, donde los asientos no están numerados y rige otro principio trumpiano: el más espabilado se queda con la mejor silla (o con el mejor país). Así pues, adopto una medida de urgencia: veo que, en el mostrador de la consigna, hay una caja de puros (sí, una caja de puros...) dispuesta como bote de propinas, que contiene ya bastantes monedas, e interponiendo brevemente el corpachón entre el inesperado tesoro y el resto de la multitud, y, aprovechando un segundo en el que los empleados nos dan la espalda para colocar abrigos en las perchas, trinco de la caja una moneda de dos euros y se le entrego al que inmediatamente me atiende. He temido que se alzara alguna voz de entre el gentío acusándome de ladrón, pero nada sucede. Se conoce que todo el mundo está demasiado preocupado bregando por llegar al mostrador de la consigna para reparar en lo que hacen las manos de los demás, salvo interponerse entre ellos y su objetivo. Desembarazado de mi chaquetón y mi bufanda, y del abriguito de Renée, remonto con esfuerzo la corriente de la muchedumbre hasta alcanzar a mi acompañante, que me espera con una sonrisa desconcertada. Entramos después, no sin lucha también, en la Orangerie, propiamente —aquella sala sin ningún atractivo que había visto la primera vez, ahora llena de sillas y con el escenario dispuesto en un extremo—, y ocupamos dos buenos asientos. Cuando la sala ya casi se ha llenado, Renée me susurra al oído que se siente desnuda. Desnuda no está, desde luego, para tranquilidad general, pero sus hombros descubiertos, iluminados por los potentes focos de la sala, brillan en un mar de jerséis de cuello alto, suéteres noruegos, pantalones oscuros y, en general, graves prendas de abrigo. La organización no exige un dress code, una vestimenta determinada, pero sí agradece que no se acuda al concierto con tejanos, calzado deportivo o chanclas. Renée ha interpretado quizá demasiado estrictamente la recomendación de evitar la ropa ordinaria, y acaso se haya dejado influir también por su condición de pianista, que le hace sentir un respeto muy acusado por las formas en los espectáculos musicales. El concierto, que empieza por fin, se compone de dos partes: en la primera, se interpretan varias oberturas, arias y duetos de las óperas de Mozart —La flauta mágica, Las bodas de Fígaro y Don Giovanni—, y, en la segunda, las arias, polkas y valses más populares del rey del vals, y asimismo patilludo, Johan Strauss (hijo). Intervienen también una soprano y un barítono, que suman sus voces privilegiadas al buen hacer de la orquesta. Las piezas seleccionadas mantienen en todo momento un tono alegre, casi humorístico, subrayado por una escenografía lacónica pero igualmente bienhumorada, en la que los cantantes y el propio director de orquesta se mueven con soltura. Una iluminación cambiante, que juega con los rojos y morados, da una viveza extra a la actuación. El concierto concluye con la Marcha Radetzky, que no la compuso alguien llamado Radetzky, como yo —un gran ignorante— siempre había pensado, sino Johan Strauss (padre). Lo hizo en 1848, en honor del mariscal de campo austríaco Johann Joseph Wenzel Graf Radetzky von Radetz, nada menos, un tipo aguerrido (y sin patillas) que había sobrevivido milagrosamente a cinco balazos en la batalla de Marengo y que, casi cincuenta años más tarde, acababa de darles para el pelo a los italianos en la de Custoza. Al volver a Viena tras la victoria, sus hombres se dieron a cantar una antigua melodía popular, Alter Tanz aus Wien o Tinerl-Lied, y Strauss, que la escuchó, se inspiró en ella para componer la Marcha hoy conocida, aunque, eso sí, cambiando el compás a 2/4. Por supuesto, el director nos pide que aplaudamos en los momentos adecuados, y todo el público —hasta yo, que siempre me he resistido a estas participaciones no retribuidas en el trabajo de los demás—, que lo estaba esperando, se suma con entusiasmo al medido desenfreno. Tras esto y el bis de rigor, concluye el concierto, del que salimos a toda prisa para rescatar nuestros abrigos de la consigna nuevamente amenazada por el alud del público. En la calle nos esperan tres grados bajo cero y una espléndido wiener schnitzel en un restaurante cercano, cuyos camareros llevan gorritos navideños. Dentro de dos horas y media, será 2026.

sábado, 10 de enero de 2026

Amarmorir y Gloria Bendita

A principios del pasado diciembre, el infatigable Antonio López Cañestro, poeta y editor de Hojas de Hierba, dio a la luz un nuevo proyecto editorial: Ediciones de la Mula, bajo cuyo sello han aparecido ya los tres primeros títulos de la colección de plaquettes "Gloria Bendita": Crazy Diamond, del propio Antonio López Cañestro; Pero sobre todo, recordadme entre mis amigos, de Juan Grande; y mi Amarmorir. Que sea una colección de plaquettes no significa que sea poca cosa. Por el contrario, aspira a ser un proyecto grande. Porque las plaquettes no son, en este caso, objetos panfletarios y redundantes, sino casi libros, y están hechas —y esto es fundamental— con un esmero y una elegancia sobresalientes: en color, con papel verjurado y edición cosida; hasta cuentan con un punto de libro. El diseño es asimismo llamativo: el código de barras, por ejemplo, ocupa, verticalmente, una página entera. Aunque quizá su característica más singular sea que los poemas se reproducen también manuscritos en la página izquierda: los poetas comparecen así, de su puño y letra, en las páginas, como también lo hacen al firmar los 120 ejemplares numerados que se tiran de cada plaquette. En cuanto al contenido, en Crazy Diamond, un conjunto de cuarenta y ocho poemas amorosos muy breves, y muy intensos, encontramos este poema larreano: "Pero la luz/ para quererte/ no era indispensable"; y también este hirviente monóstico: "Tú, la innumerable". Pero sobre todo, recordadme entre mis amigos, del ya fallecido pintor y poeta jerezano Juan Grande, recoge un texto, a modo de prólogo, de Antonio López Cañestro, titulado "Inhalar flamenco. Una conversación con Juan Grande en 4 movimientos", ocho poemas de Grande y un cuaderno final, un Sketch Book, que reproduce fragmentos inéditos —tanto versos como dibujos— de sus cuadernos de trabajo. En el poema "Vividores", leemos: "A vosotros/ noctámbulos bebedores/ incansables historiadores/ bailaores cantaores y poetas/ de salones toreros/ tocaores de sones de mostradores/ de tabancos/ contadores de cuentos y sueños/ contadores de verdades a medias/ magos y hadas del bosque encantado/ de las medias noches de tu barrio/ tocaores de rumbas callejeras..". En cuanto a mí, aporto en Amarmorir cuatro poemas ya éditos: el soneto prologal y el poema "Escribo para tenerte...", de Tú no morirás (Pre-Textos, 2021), y los poemas "Para romper hay que romperse..." y "Mientras mi madre se moría", de Hombre solo (Huerga y Fierro, colección Rayo Azul, 2022). Reproduzco a continuación la primera de estas composiciones:

Acaso, porque te amo, creas que la fortuna
te ha señalado; acaso, que el ciego escalofrío
de mi cuerpo en tu cuerpo te ennoblece; que el frío
del mundo es menos frío si abrigo la duna

de tu pecho con la ola del deseo; que la luna
que me alumbra, te alumbra también a ti; que el río
fuerte que soy te entrega las aguas sin vacío
con que inundas el tiempo, y en las que ninguna

tiniebla se enraíza, porque he abatido el muro
que te circunvalaba como el sol, y te he dado
el júbilo y la sombra. Te alegras de que, oscuro,

te humedezca de luz, pero has equivocado
esta labor que ejerzo, este don que aventuro.
Porque, amándote, yo soy el afortunado.















https://edicionesdelamula.com/gloria-bendita/
info@edicionesdelamula.com


domingo, 4 de enero de 2026

Elogio de las cosas

Ordo et connexio rerum idem est ac ordo et connexio idearum.
SPINOZA, Ética demostrada según el orden geométrico, II, VII.

Creemos que las cosas carecen de espíritu. Pero nos equivocamos: tienen alma. Lo que sucede es que su alma no se expresa con latidos o palabras, sino con vibraciones huidizas: con ese temblor inmóvil con que responden a nuestro latido y nuestras palabras. La lámpara que me ilumina ahora, mientras escribo estos versos titubeantes, no me entrega mecánicamente su luz, sino que, antes de que haya pulsado el interruptor, antes incluso de que haya sentido siquiera la necesidad de alumbrarme, ya me ofrecía su espesura eléctrica, su irradiación inmaterial, con la discreción de un benefactor anónimo, pero con la indisputabilidad de una evidencia forense. El lápiz con el que escribo estos mismos versos calamitosos también los escribía antes de que me sentara a la mesa y sacara de un cajón los folios en que garabatearlos: su conciencia de cosa se plasmaba en un hacer objetivo e invisible. Y el licor de hierbas amarillo que sorbo —mientras los versos surgen, como una estela negra, de la punta menguante de ese lápiz vivo—, aun oculto en la alacena de los alcoholes, predicaba igualmente su júbilo sosegado, con el que ahora labro el agua de la página y surco la superficie de la intimidad. Las cosas dialogan con nosotros, pero solo las oímos cuando callan: cuando se acendran en su ser; cuando se vuelven cosas inobjetables, asentadas en su raíz; cuando, espesas como piedras, se impregnan de plasticidad y se acentúan de piel. Las cosas nos acompañan en la muerte, pero se resisten a la dominación. Porque vivimos engañados: no somos nosotros los que poseemos las cosas, sino las cosas las que nos poseen a nosotros. El samovar que luce en mi recibidor —y que pasamos de matute por una frontera rusa, hace muchos años, dentro de otra cosa: una bolsa verde de deporte, que aún debe de estar recuperándose del susto— es de 1899. Desde entonces, ha tenido muchos dueños, y todos han muerto. Pero el samovar no: el samovar sigue drásticamente vivo, y se complace en hablarme siempre que paso por su lado, o lo bruño con cuidado y un líquido especial, o simplemente lo contemplo. Yo también moriré, pero el samovar, cirílico y dorado, proseguirá su vida, y llegará a otras manos, y después a otras más, y continuará sobreviviendo a sus propietarios, como un canto rodante en el lecho del río que va a dar en la mar, que es el morir. Como dijo D’Ors, basta con mirar algo con atención para que se vuelva interesante. Y tenía razón: solo con observar hondamente una cosa, se convierte en árbol, o en estrella, o en océano, sin dejar de ser lo que humildemente es. También nosotros cambiamos: nuestro yo muda en sí, se vuelve sol, actúa como el viento. Se empapa de la oscuridad luminosa de las cosas y abraza su tumultuoso silencio. Y en la epidermis de un armario, o la mirada de un jarrón, o la mueca de una camisa, dejamos nuestro olor, como los animales que se frotan contra un tronco para comunicar su presencia, y también nuestro sudor y nuestro semen, jirones del desgarro permanente de vivir, y hasta los fantasmas del recuerdo, más sólidos, no obstante, que la materialidad viscosa de la nada cotidiana. Las cosas comprenden nuestra soledad y le suman su propia soledad desaforada. Pero esa añadidura es un consuelo. A veces, nos enfadamos con ellas. ¿Por qué se ha caído ese colgador lleno de ropa? ¿Lo ha hecho con mala intención? ¿Por qué han rodado esos calcetines malaventurados hasta el rincón más inaccesible de una cómoda, que los esconde cómplicemente y se ríe de nuestras contorsiones por recuperarlos? ¿Cómo puede haberse traspapelado lo que no podía traspapelarse, y que ahora es imprescindible? En ocasiones, las cosas incluso nos agreden. Expresan así su malestar y se muestran indiferentes a nuestro sufrimiento: el cuchillo cae de punta; la pata de la mesa interrumpe el pie; el cajón no tiene piedad de la espinilla. Las cosas obran con dolo y son siempre culpables de su comportamiento. Pero las disculpamos: no podemos dejar de perdonar a quienes nos cuidan y nos soportan. Las cosas, puras, ciertas, obsesivas, nos redimen inversamente de nosotros: nos ayudan a ser más, a ser muchos, a ser otros, sin dejar de ser quienes humildemente somos. Gracias a esa compasión ilimitada, que trasluce su ascendiente sobre nosotros, pero también su infalible magnanimidad, encontramos la paz de un zapato, la complicidad de una alfombra, la sorna de un cepillo, la audacia de un tenedor, la algarabía de un cuadro. Y con el calor que las cosas juntan, podemos llegar hasta el día siguiente, o al menos hasta la cama, que nos acoge con algún enfado —hemos perturbado su descanso—, pero con su acostumbrada generosidad.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Tres libros de Dilema: Sánchez Pedrero, Curiel y Cartagena.

Jonás Sánchez Pedrero (Rivas-Vaciamadrid, 1979), tras el éxito de Juan Ramón Jiménez y las drogas, publica ahora Torrelodones, un libro de aforismos con el que prolonga la aforística que nos ha dado —y nos sigue dando— a conocer en su perturbador blog Jonás Sánchez Pedrero (blog clausurado), que está de todo menos clausurado. Jonás es hombre ingenioso, metafórico, sucinto y acumulativo. Pero acumulativo de brevedades que no pueden ser más breves. Con ellas construye montañas de pensamientos, tiernos, burlescos, lúcidos, sangrantes. El primer aforismo de Torrelodones dice: “Exige en metáforas lo que la emoción permita”. Y el segundo: “Preguntar responde un poco”. Esto es empezar bien un libro. Jonás podría suscribir sin vacilación el aserto de Karl Kraus, otro francotirador sin miramientos: “Hay escritores que en solo veinte páginas pueden expresar aquello para lo que a veces necesito hasta dos líneas”. Aunque Jonás Sánchez Pedrero, a menudo, solo necesita dos palabras: “Compartir estriñe”, “Muerto asintomático”, “Repetir resta”, “Pezones colaterales”, “Quedarse sigue”, “Trapicheaba realidad” “Entender excluye”; o incluso solo una: “Semitotal”, “Ascolibrí”, “Respíramelo”. La astringencia de Jonás resulta, a veces, dolorosa. Y también cruel. Pero es que ambas, la astringencia y la crueldad, forman parte del código genético del aforismo. El sentido crítico recorre los lacónicos dicterios del poeta, que no dejan títere con cabeza, pero no solo de la atribulada sociedad actual, sino de nuestra propia intimidad, de nuestros sentimientos, nobles e innobles, de sueños y pesadillas. Jonás mira a su alrededor y también mira adentro, y a veces descubre que alrededor y adentro son la misma cosa: “Dormía para morir mejor”. Leyéndolo, sonreír es también inevitable: “La Inteligencia Artificial se ha puesto tetas” (en otro puntualiza: “Para pleonasmo, la Inteligencia Artificial”). Los juegos sintácticos y verbales, nunca huecos, sino entreverados de pulsión moral, suscitan asimismo la sonrisa. A veces, son cambios minúsculos: “Y el verbo se hizo carné”, “Quien no curra, vuela”, “Quiero cansarme contigo”; en otras ocasiones, son no menos escuetas repeticiones: “No escondas el no”, “A veces temo a mis a veces”. Torrelodones oxigena, desengrasa, reconstruye. Algunos asuntos lamentables acucian al autor, como la soledad, el tiempo, la escritura (y sus vanidades), la tristeza o estos dos frecuentemente visitados: el fracaso (“Sin fracaso no hay auditorio”, “Ya no hay fracasos como los de antes”, “Fracasa como puedas”) y el dolor (“Lo peor del dolor es su egoísmo”,“Solo duele mientras”, “Me duele el codo de tanto querer”, “El dolor pregunta y el placer responde”, “Si no duele, empeora”). Él, sin torcer el gesto, los vuelve edificantes. La paradoja, uno de  los mejores fulminantes poéticos, alimenta muchos aforismos: “Seguimos las huellas que dejamos”. Y el libro se cierra con una máxima absurda y luminosa, para que no nos olvidemos de que toda revelación es arbitraria, de que todo a lo que creemos haberle dado sentido sigue siendo incomprensible: “Torrelodones rima con cebolla”.

Miguel Ángel Curiel (Korbach Valdeck, Alemania, 1966), uno de los mejores poetas españoles de entre los nacidos en los años sesenta, publica Escribir, un conjunto fragmentario de apuntes, reflexiones, aforismos y hasta poemas, bajo la advocación del libro homónimo de Marguerite Duras, Écrire, del que extrae este epígrafe: “He conservado esa soledad de los primeros libros. La he llevado conmigo. Siempre he llevado mi escritura conmigo donde quiera que haya ido”. La contracubierta nos informa de que nos encontramos ante una “escritura continua y en evolución constante que el autor comienza en Roma durante el año 2009 [cuando estuvo allí becado en la Academia de España], y que llega hasta nuestros días”. Este mosaico de pensamientos, compuesto a lo largo de dieciséis años, dibuja un fantástico diorama creativo, en el que cabe la nota relampagueante, la introspección metapoética, la confesión sobre el propio proceso de escritura, el aforismo literario (“Al escribir todas estas palabras muertas, duele la mano”) y el no literario (“Me ciega ser”), el apunte de diario o de viaje, el recuerdo de poetas o pensadores admirados (Valente, Wittgenstein, Celan), el ensayo breve (como el que empieza en la pág. 64 y acaba en la 70, sobre la Arcadia perdida que podría ser Extremadura: Miguel Ángel Curiel es hijo de extremeños emigrados) y el poema, monóstico (“Recuerdo no sé cuántas cosas que jamás viví”) o en prosa (“Oreja dormida que solo oye el agua. ¿Oímos dormidos? ¿Qué oímos al dormir? ¿Los crujidos de la cama como una vieja cama de madera que se queja por la presión del agua? ¿El aire golpeando en los árboles? ¿El sol tras la noche? ¿Nuestro cuerpo quemándose en el abrazo? Oímos el agua, el corazón del perro que nadó por ti en el abismo”). Curiel ni siquiera elude, en esta dilatada contemplación de lo que supone escribir en su vida y para la existencia del mundo, la observación crítica, incluso burlesca, de otros poetas, como de esos dos —a los que tiene la compasión de nombrar solo por sus iniciales— de los que dice que escriben una poesía “de tergal”. La maravilla de Curiel no es solo esta pluralidad temática y la incisividad de su mirada, su franqueza desollada, sino el carácter imprevisible de su prosa —y de su verso—, que se aparece siempre al bies, tajantemente oblicuo, sólido y elusivo, quebrado y fluyente. Las frases escapan de la lógica formal y buscan otra lógica, sincopada, que transcriba la sinuosidad o la fractura del pensamiento, que recoja los ángulos nebulosos de lo no dicho o de lo solo intuido, que arranque de la sombra, y tatúe en la piel del poema, lo que está punto de formarse o no va a formarse nunca. La retórica de Escribir, y de toda la obra de Curiel, es una retórica líquida, pero a la vez hiriente. Hiriente con la benevolencia del que vive —y viaja— desnudo, desgarrado, en la escritura. “El miedo procura una luz más intensa que la alegría. El miedo es lo más potente y vivo que hay en uno. El miedo a ti mismo. Te conviertes en un foco de luz azul. Estás ciego de ti. Tu risa se convierte en un rebaño de ovejas que balan perdidas en un desierto negro”, leemos en Escribir.

Ignacio Cartagena (Alicante, 1977) continúa, con Europa cuando llueve, la línea de poesía cosmopolita y narrativa en la que lleva embarcado desde siempre, pero con más énfasis, quizá, en sus últimos libros. Sus poemas cuentan historias sobre relaciones sentimentales —y su deriva erótica— o sobre circunstancias vitales, tanto del individuo como de la sociedad. Pero suelen ser historias trágicas, impregnadas de frustración o desengaño. Cartagena lleva la melancolía consigo y nunca elude el aguijonazo de tristeza que resulta del declive que es vivir. Lo hace con una escritura infinitamente pulcra, en versos con frecuencia endecasílabos o alejandrinos, de metáforas ceñidas e inteligentes, e ironía constante, que unas veces se aplica a sí mismo y otras se adensa en comicidad, como en “Nuestros hijos, 1: Matilde, la escritora”, en el que deplora los horrores ortográficos de una hija, que se atribuyen, burlonamente, a “la educación bilingüe”. Sus descripciones, precisas y punzantes, cuya limpieza hace que resalten los detalles, impulsan los relatos. En “El Transiberiano” —muchos de los poemas transcurren en los países del Este de Europa, en varios de los cuales ha vivido Ignacio Cartagena, diplomático de profesión—, “tres tristes tayikos (...) saludaban // con gestos microscópicos, frunciendo / los ojos de esquimal tallados a cuchillo. / Pasaban la mañana en el vagón-cafetería / muy cerca de la brasa macilenta de la chaika / jugando meteóricas partidas de backgammon. // (...) Rodaba el tren oscuro en la llanura / desierta, entre estaciones despobladas, / bajo una luz azul, de frigorífico”. En una de las piezas de la cuarta sección del poemario, “Un cuento victoriano”, que componen una serie —casi un microrrelato de amor nonato, en verdad—, los muslos de la mujer pretendida se pintan así: “blancos, protestantes, / de eterna candidata para un Rubens”. En los poemas de Cartagena, aparentemente morigerados, enunciados siempre con voz contenida, subyace tanto un espíritu crítico —que denuncia, por ejemplo, los desastres ocasionados por la transición del comunismo al capitalismo en los país del Este de Europa— como una ocasional violencia, que se echa de ver en “La paloma”, en la que la compañera del yo poético mata, al abandonarlo, a los pájaros que este había salvado de la muerte, o en “Dormir separados”, en el que una esposa imagina —¿desea?— la muerte de su marido. Esta violencia, esta voluntad de acabamiento, este carácter crepuscular que impregna inevitablemente los versos de Europa cuando llueve encuentra también acomodo —otra forma de acomodo— en la última sección del libro, “Las escalas de Poniente”, que incluye cuatro poemas que el autor especifica que le han “salido con vocación de póstumos” y que quiere “pensar que se trata de una vocación precoz, aunque el resultado de los últimos análisis no deje mucho lugar a la esperanza”, y donde se plasma, con dolorosa explicitud, la previsión de la vejez y la muerte: suceden en residencias de ancianos, en hospitales centrales, en cementerios.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Ah, qué bonita es la Navidad

Los abetos llenos de plásticos —bolas de colores, espumillones, estrellas de Belén: productos derivados del petróleo— en calles a 20º de temperatura. Los innumerables anuncios de perfumes que te aseguran que, si te sahúmas con ellos, te convertirás en una mujer fatal o un hombre irresistible. Las aglomeraciones en Doña Manolita y los periodistas que informan de que muchos de los que guardan cola llevan esperando desde las cinco de la mañana, o han venido desde Villafranca del Bierzo, para comprar la participación o el décimo. Las cabalgatas de Reyes en las que los pajes les tiran los caramelos a los niños como si fueran perdigones. El precio de los langostinos. El alcalde de Vigo aullando, en su inglés de Pontevedra, que en Navidad brillan más luces en su ciudad que en Nueva York (y que los casi tres millones de euros que cuestan son un buen negocio para los vigueses). El precio del cordero. Que no haya más canciones como Fuck Christmas, de Eric Idle. Los turrones El Almendro. Los partidos amistosos entre la selección de Cataluña y la del Kurdistán, o entre España y Guatemala. Los niños de San Ildefonso, su irritante soniquete y las ganas que tiene uno de que se les caigan las bolas (las de los números) o confundan los números. Los retrasados mentales que asisten al sorteo de la lotería de Navidad disfrazados de papá Noel o del capitán John Sparrow. Los adornos kitsch que cuelgan los vecinos en la puerta de sus casas. El burrito sabanero. Que la Navidad celebre un hecho religioso y apócrifo. El precio del cordero. Las muñecas de Famosa, que se dirigen al portal. El discurso del Rey en Nochebuena. La Nochebuena. Comprar lotería navideña en el trabajo, aunque nunca juegues a la lotería, no sea que toque el gordo y tú seas el único imbécil que no tenga. Los burros y las vacas que llenan las plazas de los pueblos. Los caganers. La obligación de ser feliz. Que te regalen una birria de jersey o unos calzoncillos demasiado pequeños. El alcalde de Badalona aullando, en los ratos libres que le deja expulsar a cuatro centenares de negros pobres de sus refugios improvisados en la ciudad, que el árbol de Navidad del municipio pronto será más alto que el de Vigo. El precio del besugo. Las exhortaciones de RENFE y de las compañías aéreas a que volvamos a casa por Navidad. La obligación de comer hasta reventar el 24, el 25, el 26 (en Cataluña y Baleares) y el 31 de diciembre, y el 6 de enero. La presencia de cuñados, primos remotos, tíos desconocidos, suegras insufribles y demás gente de mal vivir en esos ágapes colosales.  El champán RondelEl calvo de la Navidad, que ya ha muerto. Las galas de fin de año, sobre todo si participan Raphael, Fernando Esteso o Bertín Osborne. La alegría prefabricada, las sonrisas impostadas, los buenos deseos industriales. Que la Navidad ni siquiera sirva para que haya un día de tregua entre los combatientes, como en la Primera Guerra Mundial, y los rusos y los ucranianos sigan matándose alegremente en el Donetsk. La media hora larga que dedican el Telediario y todos los noticieros nacionales el 22 de diciembre a los que les ha tocado la lotería, y las escenas de los agraciados gritando como posesos y rociándose en cava en las administraciones donde han comprado la participación, o en el bar del barrio, en el que todos están invitados. El concurso de saltos de esquí, casi tan aburrido como el discurso del Rey en Nochebuena, que esas mismas cadenas retransmiten la mañana del 1 de enero. La obligación de cumplir con una tradición de la que no te sientes heredero. La capa española de Ramón García, antes, y el vestido de la Pedroche, ahora, en Nochevieja. La Pedroche en Nochevieja. Los polvorones, las peladillas y el turrón duro. Atragantarse con las uvas. Sentir la necesidad de felicitar la Navidad a gente que ni nos importa ni conocemos. No cumplir ninguno de los buenos propósitos que hacemos para el año nuevo. Ayuso anunciando la buena nueva de que va a nacer un niño y de que la persecución judicial de su novio, un mero ciudadano particular, es solo una perversa operación para destruirla, orquestada por el pérfido Perro Sanxe y su gobierno corrupto. Que en la tele ineluctablemente echen ¡Qué bello es vivir! y Solo en casa. Multitudes por la calle cargadas de bolsas de El Corte Inglés. El gordinflón de Papá Noel, que nunca renueva el vestuario, ni modera las risotadas, ni adelgaza, el reno Rodolfo y su nariz de payaso, y los elfos, que malbaratan el trabajo: lo cumplen como japoneses y ni siquiera reclaman el plus de nocturnidad. La misa del gallo. Los mensajes de paz y amor de gilipollas e hijos de puta. El precio del bogavante. La obligación de tener —y demostrar— buenos sentimientos. Que a finales de octubre ya empiecen a aparecer arbolitos de Navidad en las tiendas y papás noeles en los balcones. El amigo invisible. Seguir viendo la cara de los compañeros que aborreces en los aperitivos del trabajo o las comidas de empresa, y escuchar las arengas de los jefes, a los que aún detestas más. La obligación de cumplir las normas sociales. Que los grinchs sean considerados unos aguafiestas y no unos visionarios. Las iluminaciones disneyanas en los balcones de las casas. Las frases de autoayuda que difunden los establecimientos comerciales, como “creer en la Navidad es creer en las personas”. Las canciones de Mariah Carey. Que sea un rito: la fosilización y el vaciamiento— del significado que haya podido tener. ¡Viva Ebenezer Scrooge (antes de su conversión)!

domingo, 14 de diciembre de 2025

Un viaje a Miami (y 3): los museos del sexo

No es extraño, si uno lo piensa bien, que Miami, una ciudad de gente con poca ropa, acalorada, hormonalmente zarandeada por el clima tropical, tenga dos museos del sexo: el primero se llama así, Museum of Sex, sin más circunloquios; el segundo recibe una denominación menos directa y más sofisticada: World Erotic Art Museum [‘Museo del Arte Erótico Mundial’]. Pero los dos constituyen una exaltación de Eros, una celebración de los placeres de la carne. Visito el primero en primer lugar, por la mañana. Y lo hago con Lyft, un Über miamense, que funciona como un reloj y por bastante menos que un taxi. María, la conductora, se sorprende de que haya un museo del sexo en Miami: nunca ha oído hablar de él. Me pregunta, sin tapujos, por qué voy allá: “¿Es Ud. curador?”, aventura, y me sorprende que una taxista dominicana sepa de la existencia de unos profesionales llamados curadores. “No, soy turista”, le respondo, y ella entiende “No, soy artista”. “Ah, claro, va Ud. a inspirarse”. Sí, en cierta medida sí, pienso, pero decido concluir ahí la conversación. Como el museo no abre hasta las once —como tantos otros establecimientos de la ciudad—, decido hacer tiempo y avanzar el almuerzo. Encuentro, a poca distancia, un restaurante mexicano, pero me disuade de entrar el anuncio de “rabo encendido” que hay en el escaparate. Algo más allá veo un “restaurante de comida centroamericana” —así, en general— y me instalo en él. Tiene un excelente nivel de cutrez: los cubiertos son de plástico; las servilletas, dos trozos de papel de cocina; no dan vaso con la cerveza, que se ha de beber a morro; y hay dos teles encendidas, con un partido de la Champions en curso. Pero, como preveía, la señora del lugar —hondureña, me parece— me atiende con mimo, y la ropa vieja que pido, con arroz, frijoles y maduritos (que no son señores de edad avanzada, sino plátanos fritos), está para chuparse los dedos, que es exactamente lo que hago. Cuando he dado cuenta del platillo y de un café largo de postre, vuelvo al museo, que ya ha abierto sus puertas. Debo realizar una complejísima operación informática para comprar el billete (cómo añoro aquellos tiempos en que uno entraba en el local, pedía un billete, el empleado de la entrada te extendía un papelín, uno depositaba el dinero en el mostrador y se entraba sin más dilación en la exposición o el espectáculo), pero finalmente, con la paciente ayuda de la recepcionista, lo consigo y me adentro en el museo, que está dividido en tres secciones. La primera hace una sucinta presentación, con imágenes y objetos, de la evolución del mundo del sexo a lo largo del siglo XX: desde los primeros consoladores vibrátiles y masajeadores de pene (que parecen secadores de pelo), de los años 1910-1920, hasta los dildos de aspecto extraterrestre y masturbadores de elastómero para hombres de la actualidad, pasando por condones exóticos y aquellas primera máquinas expendedoras de gabardinas, profilácticos para los soldados de la Primera Guerra Mundial (en la que hubo que dar de baja a decenas de miles de soldados de todos los bandos por enfermedades venéreas), extensores de pene (fracasados, como todos: ningún extensor de pene ha extendido jamás ningún pene; solo excitan la imaginación de sus poseedores), recomendaciones sanitarias de los poderes públicos (wash your privates) y escenas televisivas de Elvis la Pelvis, cuyos espasmódicos golpes de cadera enloquecían a las jóvenes estadounidenses de los años 50, asfixiadas por el siempre reinante puritanismo americano. La segunda sección del museo es una colección privada de arte erótico: la Hard Art, de la Beth Rudin Dewoody Collection. Al entrar, una vigilante me indica que puedo tomar fotos y vídeos, pero no tocar. Se entiende: tocar debe de ser una tentación constante, y hasta peligrosa, en una exposición como esta. En esta parte del museo encuentro un dilatado (y nunca mejor dicho) conjunto de obras de arte que hacen del sexo su inspiración y su tema. Y sexo quiere decir a menudo órganos sexuales, que funcionan a modo de icono o símbolo de lo representado. Y lo fálico predomina. Por ejemplo, en Superzipper, de Judith Bernstein, de 1966, los cojones dibujados son más grandes que el hombre que los porta. Los dibujos de Tom of Finland, un clásico contemporáneo del homoerotismo, pintan a megahombres con megapaquetes, y las fotos de Robert Mapplethorpe retratan enormes y relucientes falos negros. Por su parte, el simbolismo del Banana Split, de Marilyn Minter, de 1989, no admite ambigüedad. Pero la colección no está solo interesada por los penes. También incluye algunas piezas menos fálicas, como el Sueño de Venus, de Salvador Dalí, pintado para la Feria Mundial de Nueva York de 1939 (“para promover el movimiento surrealista”, especifica la cartela), o una foto de John Giorno, hecha por Eliot Elisofon en 1971, donde se ve al gran poeta norteamericano posando en el alféizar de una ventana junto a un cartel en el que se lee un mensaje indudablemente perturbador en aquellos años: “Husband sucks and takes it up the ass. Wife loves couples with big cocks and hairy pussys. Will suck them dry” (‘El marido la chupa y se la mete por el culo. A la esposa le encantan las parejas con pollas grandes y coños peludos. Los chupará hasta secarlos’), y se proyecta la película Sync, de Marco Brambilla, de 2004, un film ideal para que los epilépticos se vuelvan locos: consiste en un ametrallamiento de imágenes de asunto sexual (doce tomas por segundo), acompañadas por el redoblar constante de una batería. Yo apenas lo soporto unos segundos, y huyo a la tercera y última sección del museo, la más americana de todas —esto es, la que persigue más decididamente el espectáculo—, Journey into the Erotic Carnival (‘viaje al carnaval erótico’), que pretende ser una feria del sexo, con sus atracciones y puestos de golosinas. Hay un Sizemologist (‘un “tamañólogo”’) que mide el aparato del o de la visitante. También, una hilera de váteres con glory holes por los que aparecen pollas (en este contexto, no se puede escribir “penes”) que el visitante ha de agarrar y estirar tres veces (si lo consigue, gana puntos); un Pornomatic, en el que aparece tu cara en una escena pornográfica; y un Jump for Joy (‘salta y alégrate’), una piscina no de bolas, sino de tetas, flanqueada por tres muñecas inflables gigantescas, de tetas de tamaño acorde. Veo asimismo muchas máquinas de monedas, pero que aquí, como la entrada al museo, no funcionan con monedas, sino con códigos QR y arduas operaciones tecnodigitales. Por supuesto, soy incapaz de jugar con ninguna de ellas (por ejemplo, con la rueda de la fortuna, a ver qué me depara la suerte sexual en el futuro, aunque soy pesimista), y me da vergüenza pedir ayuda a alguno de los ¿vigilantes? ¿asistentes? que andan por aquí con una sonrisa esculpida en la cara. Antes de salir, sí le pregunto a uno por el restroom, aunque con cierta prevención: temo que puedan enviarme a los váteres de los glory holes (o que sospechen que voy al baño a sacudírmela). Ya en la calle, reparo en que he visitado el museo solo y que mi visita puede calificarse de masturbatoria.

Las colecciones del Museo de Arte Erótico Mundial, que se encuentra en Miami Beach y que visitamos por la tarde mi amiga Renée y yo, son amplias y cuentan con obras de artistas importantes, que son, en algunos casos, clásicos absolutos. Por ejemplo, nos admiran unos bosquejos a lápiz de Rembrandt, y reconocemos tres litografías de Cunnilingus con voyeur, de Pablo Picasso, cuya presencia aquí no nos extraña nada, dada su condición de erotómano confeso. También encontramos a Gustav Klimt, que aporta una Mujer desnuda, al expresionista y grotesco Egon Schiele, y a Fernando Botero, el pintor de los seres carnosos. Algunos de los artistas que he visto esta mañana en el Museo del Sexo comparecen también en este del Arte Erótico, como Dalí, del que aquí se expone La Venus aux Fourrures, de 1968, en el que aparece él autorretratado y a punto de chupar una vagina atravesada por un clavo, y Robert Mapplethorpe, con más fotos de negros desnudos y bien dotados. No obstante, este museo no es solo una pinacoteca. Muchas de las piezas que reúne tienen que ver con el cine. Así, Frank Follmer dibuja escenas pornográficas protagonizadas por los inefables personajes de Walt Disney (que se subiría por las paredes si las viera): los siete enanitos haciendo cochinadas con la Cenicienta y el ratón Mickey, el divertido Pluto o el bueno del pato Donald follando felizmente entre sí o con otros. Vemos fotos de Marilyn Monroe —fotos de ella vestida, sin más: eso basta para que las imágenes sean fuertemente eróticas— y de Anita Ekberg, la inolvidable protagonista de la escena de La dolce vita en la Fontana de Trevi con Marcello Mastroianni. El Museo refleja también las huellas que el erotismo ha dejado en las diferentes culturas del mundo. Un Pinocho se representa con un pene en lugar de nariz, y el cambio nos parece justificado, porque ambos crecen. En unas grandes vitrinas encontramos juguetes eróticos, en el sentido literal de la expresión: artilugios para entretener a los niños, pero con motivos sexuales; muchos son articulados: si estiras de una cuerda, por el otro extremo aparece un pene erecto. Cosas así. Más obras remiten, sorprendentemente, al mundo de la infancia. En un rincón, vemos una escultura de T. Watson, de 2000, que representa a un niño sentado, descalzo y modoso, pero agarrándose con las dos manos un pene monstruoso que le sale del pantalón corto y que casi le llega a la cara. Admiramos diversas representaciones —variaciones de un mismo tema— de la fábula de Leda y el Cisne, cuyo cuello resulta indudablemente fálico, y los cuadros de un artista sin identificar (pero probablemente estadounidense), de 1979, que vinculan el sexo y la comida, una asociación muy plausible: dos polos, una mazorca de maíz o un perrito caliente que son penes. Hay una amplísima exposición de artes eróticos del mundo: japonés, mexicano, africano (aquí las figuras son literalmente tripódicas), chino, hawaiano, precolombino, indio: todos representan el poder del falo y el enigma de la vagina. Salimos del Museo con la sensación de haber visto mucho, pero de habernos informado poco, y con una cierta sensación de desorden e incluso de desconcierto. No todas las piezas están acompañadas por cartelas que indiquen su autor y las caractericen y contextualicen, y a una sala dedicada al arte peruano puede seguir otra que exponga pipas del mundo con motivos eróticos. De hecho, una gran sala está dedicada a Miami Vice, la mítica serie de televisión de los 90, en la que, sin duda, había mucho sexo, pero muy poco arte erótico, y que no llegamos a comprender por qué está aquí. Como despedida, vemos en un espacio distribuidor una colosal escultura dorada de un pene erecto con dos testículos grandes como balones de playa. Me siento en ellos y Renée me toma una foto. Pero no pienso colgarla aquí ni en ningún sitio.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Un viaje a Miami (2): el downtown y Agustín Fernández Mallo

Hoy he quedado a comer con Agustín, con quien, asombrosamente, me encontré ayer. Pero antes quiero conocer el downtown de Miami. Para llegar al centro, cojo el Metrorail, el metro elevado de la ciudad (que no debe llamarse, por tanto, suburbano, sino sobreurbano), en el que vuelvo a constatar cuánto han arraigado aquí los haitianos: los asientos reservados para personas mayores y embarazadas están escritos en inglés, español y criollo haitiano: priyorite syèj. Kite sou demann. El asiento lo ocupa, precisamente, un sesentón negro, con gorra de béisbol y cadenas de plata al cuello, que se mueve sutilmente al ritmo que le marca la música que escucha por unos audífonos, con la mirada perdida. Bajo en la parada de Government Center, donde hago transbordo con el Metromover, otra red ferroviaria que recorre exclusiva y circularmente el centro de la ciudad. Yo esperaba un tren caro y grande —porque todo es caro y grande en este país—, pero me encuentro con que el viaje es gratuito y que el convoy lo compone un solo vagoncito, que aumenta a dos en las horas punta. Hago el recorrido con otra viajera —esta vez, blanca y joven— que no solo se cimbrea con la música de su ipod, sino que no se recata de tocar una guitarra fantasma. El Metromover circula por entre rascacielos ya construidos o aún en construcción, como una hormiga extraviada entre baobabs. Como es temprano —he comprobado que la actividad comercial empieza aquí más tarde que en España: hasta las nueve o las diez (o incluso las once) no abre la mayoría de locales—, hay poca gente por la calle. Pero sí un gallo muy pinturero, que cruza una de las avenidas, con polícroma arboladura de plumas y crestas, y se me planta al lado, desafiante. “¿Qué pasa?”, parece preguntarme. “Vivo entre rascacielos, ¿y qué?”. También veo palmeras en los tejados de los enormes edificios de oficinas y, al doblar una esquina, escueta, asalmonada y neogótica, la Salvation Army Citadel, el cuartel del Ejército de Salvación. En uno de los muchos rincones verdes de la ciudad, cuidados por numerosos jardineros, todos hispanos (la naturaleza exuberante del trópico ha de ser domeñada constantemente: las hojas de los ruibarbos gigantes [gunnera manicata], por ejemplo, alcanzan dimensiones de sábana), un soplahojas inunda de estruendo cuanto lo rodea. Compruebo con pesar que los soplahojas son una especie universal, como las cigüeñas: están en todas partes, descoyuntándonos los oídos. El paseo me permite constatar la existencia de un Museo del Helado y de admirar el Globo Terráqueo Panam, construido en 1930 y de casi tres toneladas de peso, en el que España y sus posesiones africanas —Guinea, Río de Oro— aparecen pintadas de amarillo, y la escultura de Woody de Othello Some Time Moves Fast, Some Time Moves Slow [Hay un tiempo que se mueve deprisa y otro que se mueve despacio] de 2022, en la que distingo un reloj blando: uno de los leitmotivs dalinianos se ha convertido, como los soplahojas, en una presencia universal. Anda que te anda, llego a la Torre de la Libertad, así llamada por haber sido, en los años 60, el centro de acogida de los cubanos emigrados de la Cuba castrista. Construido en 1925 en estilo neorrenacentista, inspirado en la Alhambra y la Giralda (también el hotel Biltmore, en Coral Gables, construido en aquellos mismos años, se inspira en la torre de la catedral de Sevilla), fue durante algunos años el edificio más alto de Miami (hasta que pronto lo superaron los rascacielos de acero y cristal que no han dejado de brotar a su alrededor hasta hoy mismo; de hecho, Miami está llena de grúas y obras) y sede de un periódico local, para luego convertirse en la Ellis Island de Florida. Hoy forma parte de una universidad y contiene un museo (que no abre hasta las once). Sigo paseando y llego a otro de los lugares más conocidos de Miami, el Bayside, donde se concentran un puerto deportivo; varias atracciones populares, como una noria junto al agua y un barco de madera, El Loro, en cuyas bordas se posan y graznan los cuervos; una galería comercial con una pintoresca extensión callejera, donde se vende desde bisutería y cerámica hasta suvenires, y cuyo pintoresquismo se acendra —y vuelve doloroso— cuando compras una botella pequeña de agua —cuesta seis dólares— o pasas al lado de un puesto llamado Churroland, afortunadamente cerrado (abre a las diez); y hasta un paseo de la fama —al que da paso un baniano de veintitrés metros de altura y ciento diez años de antigüedad—, mucho más pequeño, eso sí, que el de Los Ángeles, con estrellas dedicadas a Andy García (es lógico: es uno de los cubanos emigrados más famosos de Estados Unidos), Jamie Foxx o Jada Pinkett-Smith, la actriz en cuya defensa Will Smith le soltó un guantazo a Chris Rock en la ceremonia de entrega de los Óscar en 2022. A quienes ocupan las demás estrellas del paseo no tengo el gusto de conocerlos. El Bayside conduce naturalmente al Bayfront Park, donde las autoridades han plantado un gigantesco árbol de Navidad, con bolas de colores y un remedo de nieve, cuyo absurdo esplende en este luminoso día floridano, a casi 30º. En el centro del parque se alza una fuente circular, con muchos chorros. Y, a su frente, Biscayne Bay [bahía Vizcaína] —que en realidad no es una bahía, sino una laguna tropical—, por la que se deslizan, a lo lejos, algunos cargueros y, más cerca, los yates y balandros de los muchos millonarios miamenses. Me siento en un banco sombreado a ordenar estas notas y descansar, y disfruto de las vistas despejadas, en las que se pinta el discurrir de las nubes poderosas, el azul de turmalina del mar, la sombra móvil de las embarcaciones que pasan y la plata descomunal de los rascacielos, que llegan hasta la orilla misma de la bahía. Reparo también —no se puede evitar— en los ruidos, porque cada ciudad tiene los suyos. En Miami, se entretejen los aviones que nos sobrevuelan sin descanso, las ambulancias chillonas, los cláxones graves de los grandes camiones de carga y los más agudos de los automóviles (los conductores tienden aquí a agredirse con las bocinas), las máquinas de los restaurantes y los aires acondicionados, las taladradoras y hormigoneras de las obras en marcha, los carros de la limpieza... Aún sentado en el banco, advierto otro animal en las inmediaciones: una iguana melenuda y anaranjada, de uñas como garfios, que se acerca a un charco de la fuente a beber. Saciada la sed, el bicho se me acerca, lenta pero inexorablemente. Y me mira mal, como hacían muchos toros con Curro Romero. Espero que ahora no quiera saciar su hambre. Por suerte, pasa de largo y se pierde entre la vegetación. Para llegar al hotel donde se aloja y en el que he quedado con Agustín, un Marriott, he de recorrer la avenida Brickell, la más lujosa de Miami, flanqueada de rascacielos alumínicos, acristalados, en los que tienen la sede muchas grandes empresas internacionales. Pero entre estas pirámides del siglo XX sigo encontrando las casonas e iglesias que nacieron aquí antes de que la ciudad se convirtiera en un centro de negocios planetario, y que el crecimiento urbano no ha conseguido arrasar, como la primera iglesia presbiteriana, que no es muy antigua —data solo de 1949—, pero que, comparada con los monstruos que la rodean, parece una construcción neolítica. De estilo mediterráneo —el Mediterranean Revival, con influencias del Renacimiento español e italiano, el estilo colonial español y francés, la arquitectura norteafricana y el gótico veneciano, tuvo mucho predicamento en Florida en la primera mitad del siglo pasado—, se erige en apenas tres acres de terreno y suaviza, con su color arena, sus líneas benevolentes y sus dimensiones humanas, el brutalismo metálico de la avenida Brickell. Llego por fin al hotel en el que se aloja Agustín y donde he quedado con él. Lo encuentro tomando notas en el vestíbulo del lujoso establecimiento. Agustín, que lleva viajando por el mundo desde que se convirtió en un escritor de éxito, me insiste en que a él no le gusta viajar, y que por eso intenta siempre reproducir en sus viajes las condiciones en las que vive en su casa, donde lee, escribe y, muy importante, ve la televisión, algo que, por otra parte, ya solo hacemos los miembros de nuestra generación (Agustín tiene 58 años; yo, 63), y, en mi caso al menos, cada vez menos. Salimos a comer a algún restaurante cercano, y recalamos en uno argentino donde hay poca gente y, también muy importante, poco ruido. Para los dos, es importante no estar rodeados de una música ambiental estruendosa, los pitidos y soniquetes desquiciantes de las máquinas tragaperras, parroquianos que aúllen sus privacidades al teléfono en la mesa de al lado, artefactos de cualquier tipo cuyas tripas suenen encima o debajo de nosotros, tráfico insufrible que se cuele por unas ventanas no aisladas y ese largo etcétera que vuelve cualquier conversación (cualquier acto, en realidad) una dolorosa supervivencia entre decibelios. El restaurante parece estar tranquilo, y Lucas, el camarero que nos ha tocado en suerte, parece genuinamente dedicado a obtener una buena propina de nosotros. Las propinas se han doblado y multiplicado desde la última vez que estuve en los Estados Unidos: ahora se incluye ya una, de oficio, con la cuenta, por lo general del 20%, y luego el camarero espera otra, la de toda la vida, de otro 20% al margen de la factura, que va íntegramente a su bolsillo. Antes, además, esos porcentajes no eran tan altos, sino del 10 o 15%. La charla se desarrolla como siempre entre Agustín y yo: con una facilidad pasmosa, y sobre cualquier tema que asome a los labios. Es lo que tiene ser amigos desde hace treinta años: que retomamos la conversación hoy como si la hubiéramos interrumpido ayer, aunque haga varios años que no nos veamos. Liquidada la comida y pagada la cuenta (y las propinas), salimos a bajarla paseando. Recorremos, sin dejar de hablar, el seaside walk, el paseo costero que recorre la línea de mar por entre los edificios, algo más bajos, que dan a la bahía por esta parte de Brickell, y admiramos la arquitectura tan funcional como deslumbrante de la ciudad y las vistas de Biscayne Bay, punteada de barcos y estratocúmulos. No nos cruzamos con apenas nadie hasta el Bayfront Park y luego el Bayside, donde el gigantesco baniano en el que antes he reparado causa la admiración de Agustín. La iguana que me ha acompañado ha desaparecido. Volvemos sobre nuestros pasos hasta el Marriott del que Agustín tendrá que salir pronto, camino del aeropuerto. Nos despedimos en el vestíbulo con un abrazo emocionado. Mientras él se prepara para volar, yo cojo otra vez el Metroraíl hasta Allapattah. En el camino, diviso un bellísimo arco iris.