sábado, 24 de octubre de 2026

Llegan las elecciones: algunos aforismos

El nacionalismo es un refugio (y, a menudo, un búnker), es decir, una forma de cobardía. Los patriotas más feroces son los menos capaces de transigir, los menos dados a la ambigüedad y la polisemia, los más reacios a la fecunda incertidumbre de ser.

El patio patrio: donde intercambia chismes y verdulerías la comunidad.

Pa trío, el que tienen montado los neofascistas, los conservadores y España.

Los radicales de derecha no son, ni pueden ser, demócratas. O solo lo son en la medida en que la democracia respete instancias anteriores y superiores a ella: la patria, Dios, la familia y la propiedad privada. En cuanto sientan que la voluntad popular pone en peligro cualquiera de estas certidumbres, condescenderán —o contribuirán activamente— a su supresión.

Una caterva de trogloditas, cubiertos con la piel de oso de la bandera de España, y empuñando el saludo fascista a modo de quijada de asno, ha salido a la calle a defender la democracia.

El fascismo es como las lampreas: es muy antiguo, tiene una boca llena de dientes, se alimenta de sangre y no evoluciona. Aunque sí se camufla: hoy, en el populismo de derechas, o la derecha alternativa, o el trumpismo: fascismo de baja intensidad, fascismo light, neofascismo, pero todavía muy capaz de fijarse, como una ventosa, en el cuerpo que desea sangrar, atravesarlo con el émbolo de la lengua y alimentarse de él.

Vox debería llamarse Box.

La masa es fascista.

La única masa buena es la del pan.

Los gargarismos del gregarismo, balidos baldíos.

Arengar a la masa con razones es como instar al león a que no se coma el ñu que acaba de cazar.

Los neofascistas practican el onanismo patriótico. Pero este no es tan aconsejable como el onanismo sin adjetivos, el de toda la vida, el de zambomba y alegría, que casi todos hemos cultivado con entusiasmo. Ellos se han quedado ciegos. La patria, como nos advertían los curas de nuestra infancia, tan preocupados por nuestro bienestar, ciega (y reblandece el seso).

El demócrata de boquilla fuma tabaco sin emboquillar, le parte la boca a quien no piensa como él y, cuando se manifiesta, arranca las bocas de riego de las calles.

Aunque la ondeen bien alto, la bilis de los insultos que escupen los facciosos ensucia la bandera que enarbolan.

La enseña nacional no es solo un símbolo, sino también un arma: el asta es idónea para romper cabezas.

Apatría: 1. Impasibilidad del ánimo ante las solicitaciones patrióticas. 2. Dejadez, indolencia, falta de vigor o energía en la defensa de la patria.

lunes, 19 de octubre de 2026

Elogio de la alegría

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.
JOSÉ HIERRO, Alegría

Elogiar a la alegría no tiene mérito. Como no lo tiene celebrar el vuelo del pájaro, la insurgencia de la flor o el derrocamiento del tirano; como tampoco lo tiene admirar el despertar de las estrellas y su quietud enfebrecida en la piel de la noche. No obstante, la alegría debe ser alabada, porque es frágil y corre siempre el peligro de desaparecer en las marañas caliginosas del día, en los atormentados azares de la malevolencia y el error. Si la buscamos en lo más pequeño, la elogiamos; si no tememos descubrirla en los recodos del tiempo y en los pliegues de la nada, la ensalzamos. Requiere algún esfuerzo —a veces, una paciencia titánica—, pero, con tesón, asomará en el aflorar de un gesto amable, o en la fábrica de una sonrisa, o en la negación de la muerte. La alegría nos cosquilleará entonces como una pinza blanda, y su pellizco será inmaculado. Su aparición se aliará con nuestra sorpresa y la transformará en confianza. Porque la alegría subyace en el zafiro y el geranio, en la derrota y la piedad. Y de esos sótanos salta a la conciencia, como si la hubiera empujado una mano interminable. También está en lo que no sabemos, pero sentimos, cuando amamos; y en el dolor, que nos arroja a sus orillas, por vericuetos de alquimia, cuando todo parece perdido. La alegría es un candado que es una flecha que es una guerra. De la alegría nace el oscuro poder de la supervivencia y el vértigo exorbitante del placer. La alegría es tanto sutileza como seísmo: desnuda los huesos; aúna insolencia e indolencia; es pétrea, pero oblitera la piedra. Desplegadas las alas, planea como si nadara, y escupe luz, y devora los excrementos de la soledad. Nada puede derrotarla, aunque todo la desafía. Y se contrae como una lombriz que atravesara un camino muy transitado. Pero la alegría llena el cielo y se derrama en el cuerpo. Derrite el barro que nos cerca —el barro que somos— para que andemos sin pies por la tierra. Acantona tropas de labios y semillas para que ganemos la inacabable batalla del ser. La alegría nos desborda como el aguardiente. Pastamos en sus predios cuando la ceguera nos ha herido, cuando no encontramos lápices con que imaginar otros mundos, ni armas con que reformar este. En las manos, es pequeña como un antílope; en el sexo, enjambra y parpadea. Si cae, rebota como el oro o muere lánguidamente. Pero las más de las veces se alza, horizontal, y desbarata los esqueletos que la discuten, hasta cercenar las bocas con un beso abrasador y un orgasmo crucial. La alegría desmonta las ruinas y los laberintos, porque no tolera los enigmas: es recta, es pura, es tímida como una vestal y ruidosa como el amanecer. No camina: brinca, aunque traza senderos, que conducen a la ignorancia. Alegrémonos de no saber, porque el mal es docto. Regocijémonos con la melodía que la acompaña: con el fiel tembloroso de su balanza. Y aprendamos que la alegría es la sangre invisible de los cuerpos, que ningún parásito ha de chupar: sabe a flor y a hierro a la vez. La indignación se somete a la alegría, que la confina en una celda sin muros. Cuando vacilan las uñas, la alegría las endereza. Si decaen las sombras, la alegría es oscuridad. Si todo se apaga, la alegría esgrime la claridad. Pese a ello, nunca se desmiente: enciende lo que lacera. La alegría radica en el guiso de una olla, en la hierba que se pisa, en los ruidos que ya no son, en el pecho compasivo, en los pechos que amamos. Somos la alegría cuando decidimos serlo: cuando afirmamos la voluntad de existir, de renunciar, de contradecirnos. Porque la alegría es paradójica: nos inviste de una negrura iluminadora; vuelve clemente el cuchillo y apacible la metralla. Sin embargo, su cuerpo es el nuestro, aunque no lo sepamos. Y siempre está ahí, esperando que nos despertemos y reconozcamos su rostro de agua, su ópalo bienaventurado.

martes, 13 de octubre de 2026

Bares donde me has dejado, de Sol Mussons

Acaba de ver la luz Bares donde me has dejado, el tercer libro de Sol Mussons (Barcelona, 1959), tras Objetos perdidos (2023) y Vertebrada (2024). Lo ha publicado Los Papeles de Brighton, la incansable editorial madrileña. Y esto digo de él en el prólogo del libro, titulado “Los luminosos estragos del amor”:

Las mujeres llevan siglos cantando sus penas de amor. Safo lo hizo en Lesbos hace 2.600 años, aunque de su tristeza solo nos quede la radiante oscuridad de sus añicos; mucho tiempo después, sor Juana Inés de la Cruz, en la Nueva España, pedía que se detuviese la sombra de su bien esquivo, que escapaba de los lazos de amor que ese mismo bien había anudado; Idea Vilariño, en Montevideo, a mediados del siglo pasado, escribía el estremecedor «Ya no», en cuyo final anunciaba: «No volveré a tocarte.// No te veré morir». Sol Mussons se suma a esta dilacerada tradición con un libro de amor y abandono, en el que reúne las muchas aristas del dolor que inflige una ruptura. Bares donde me has dejado no sucede, sin embargo, en las islas cuasimitológicas del Mediterráneo (aunque sí en un rincón privilegiado de este mar) ni en garcilasianos locus amoenus, ni en espacios ideales o asépticos, sino en el contemporáneo locus eremus de los bares y tabernas —treinta, en concreto— de una gran ciudad, abundosos de licores, humo de cigarrillos y acalorados disensos. La poeta se dirige, ya desde el título, a un tú plural, que es muchos hombres, pero también uno solo: la encarnación del amor; la materialización del ser con el que ser, o con el que ser más. Y, en ese diálogo del que solo oímos una voz, los amantes se suceden, con mucho cuerpo, espesamente palpitantes, pero también espectrales, huidos, disueltos en el aire: solo una estela de palabras —las que acopia Sol Mussons— da cuenta de su paso, a veces liviano, a veces monstruoso, pero siempre memorable, por la vida de alguien poseído por la voluntad de amar. En piezas concisas y verso libre, que a veces se coagula en acerados poemas en prosa, la poeta da cuenta del hachazo sentimental o del vértigo afectivo al que la condena la separación de aquel a quien ama o a quien quiere amar; y lo hace construyendo escenas o captando instantes, oscilando entre la trama y la estampa: «Escribo desamor: palabras de tres sílabas/ que contiene varias bibliotecas de Alejandría/ y el dolor entero de un universo silencioso», escribe Mussons en el primer poema del libro, «Bar Boia», un local de Cadaqués. Para construir estos paisajes, se vale de un verso que aúna fuerza y delicadeza: es poderoso por el vigor de la aflicción que transmite, pero estilizado por la sutileza de los meandros emocionales que recorre, por el inteligente puntillismo con el que describe sus turbulencias interiores. Bares donde me has dejado es metafórico y pesimista: las imágenes, sensuales, plagadas de carne (pero llamativamente avaras de erotismo: casi no hay momentos sexuales en el libro), eclosionan a cada verso, dibujando un paisaje de gestos y miradas, de pieles y labios, que llena los ojos de volumen y color, de luz preñada de una efervescente oscuridad. En esta fronda de tropos, menudean los motivos marinos. Un poema se desarrolla en el Marítim Bar —técnicamente, un chiringuito—, también de Cadaqués, en el que leemos: «… cincuenta años, uno tras otro como piedras de una cala lamida por el agua, ni en que veré tus ojos de gato amarillo cada vez que me siente a una mesa vacía en este bar para beberme el brillo de la tramontana. (…) El mar y el color del olivo solo serán nuestros en el tiempo azul de la risa mojada y las tormentas, en la vida que no fue, en la ola que es tu tumba». En una fina red de metáforas, calambures, aliteraciones y neologismos privativos o deliberadas anomalías sintácticas («deslugar», «destiempo», «la no sangre»), Sol Mussons nos muestra el espectáculo del duelo y la melancolía. La voz que reconocemos en los poemas explora la ausencia y se abandona al consuelo de la tristeza: la maniata con una sensibilidad exigente; le extrae los jugos con un verbo incisivo y a la vez balsámico; la amansa con un dolor que vivifica. Una nostalgia filtrada por la inevitabilidad de lo que ha sido puntea Bares donde me has dejado. La poeta habla de un pasado muerto en un presente alborotadamente vivo: suele hacerlo, pues, en pretérito. Los recuerdos hilvanan los poemas y desembocan en el lamento callado de un hoy aderezado de resignación, pero también de incomprensión. Al paso de los poemas, el libro se tiñe de un trasluz existencial. La muerte corporeíza la pérdida del amor, que cobra una dimensión cósmica. En «Bar del Tanatorio de San Gervasio», leemos: «El amor que empezaba a resbalarme por la frente se congela cuando la guillotina cae y me secciona el alma de un tajo limpio. Ni siquiera ahora deja volar la ternura de sutiles alas hiladas con brocado de infancia. El peso del llanto no vertido impide el vuelo. El amor vuelve a intentar un torpe aleteo truncado a ras de suelo y el momento se pierde». En el primer verso de «Bar Mandri», con un trazo de humor que no es raro en el poemario, la poeta nos informa de que le va muy mal morirse esta semana, y en el último, de que le va muy mal morirse hoy. Y en «La Confitería», escribe: «Ronda la muerte y canta una canción de cuna», renovando el viejo motivo barroco de la cuna y la sepultura que dio título a uno de los más graves libros de Quevedo y sobre el que habían raciocinado, antes que él, estoicos como Séneca o Epicteto. En Bares donde me has dejado, el existencialismo de Mussons incorpora el siempre acuciante problema de la identidad. En «Bar Marcel» —conjugando, en un alarde retórico, anáforas, políptotos y paradojas; muy quevedianamente, por cierto—, afirma: «Yo no soy cuando estoy siendo./ Yo soy cuando no soy»; y un procedimiento muy parecido sigue en «La Principal», cuyo último verso dice: «Dejo de ser. Sigo siendo». La poeta vincula, de este modo, la razón de ser con la razón de amar, a la que memorablemente cantó Pedro Salinas, y confirma el placer ontológico que proporciona la enajenación: la entrega al otro como forma de darse a uno mismo, y de repletarse; la unión con el otro como superación de la fractura de la que nacemos y con la que vivimos. La soledad, en fin, completa la tríada existencial que sostiene el edificio amoroso de Bares donde me has dejado. Una soledad que está presente tanto en los epígrafes de los poemas —como el de Alejandra Pizarnik, de En esta noche, en este mundo, que encabeza el poema «La Principal»: «La soledad sería esta melodía rota de mis frases»— como en las poemas mismos, y que se erige como una de las consecuencias más insidiosas de la discordia. En la soledad, el ser encuentra un paisaje arrasado de recuerdos empalidecidos y esperanzas frustradas, de impulsos que han chocado contra el muro de la nada, y de caricias, hechas o fabuladas, hundidas en el río del tiempo. Frente a este poderoso caudal de adversidades, Sol Mussons se aferra al lenguaje. Lo que siente es sentido porque es dicho. Lo que la hiere la hiere en la página. Su memoria se escribe y renace. Los poemas cobran a menudo un tinte metapoético y recurren al léxico de la gramática o la retórica para configurarse, esto es, para articular la sintaxis del alma desbaratada, del dolor todavía impronunciado. La poeta también subsume la pérdida amorosa en el acto de la escritura, y se pinta a sí misma en el momento de crear: de sublimar el padecimiento o el recuerdo, si es que no son lo mismo, en las palabras del poema. Así lo hace en «Bar Blau» —un nuevo establecimiento de Cadaqués—, donde escribe: «Sentada bajo el ombú, tacho adjetivos, artículos y adverbios. Me censuro para no degradar el pensamiento con desdicha, para no envilecer los versos que escribo y leo en voz alta por encima de la sinfonía de viento (…). Te erradico del mar y la tormenta, extirpo el tumor de tu nombre y tus pronombres (…) Borrón y tachadura; suprimido de texto y subtexto, ni siquiera eres elipsis. Otro café, por favor».
Bares donde me has dejado tiene mucho de autobiográfico, pero muy poco de confesional. El desamor se transustancia en un canto roto —cuyos fragmentos vuelan ante nuestros ojos como laceraciones distintas de una misma herida—, aunque atemperado por la implacabilidad del tiempo y la no menos inflexible realidad. Sol Mussons, como tantas otras mujeres —y hombres— de la historia, ha vivido el amor y la destrucción del amor, y en este libro lo canta con pasión y verdad. En esa lucha, y en ese duelo, estamos todos.

EL CAFÈ DE LES DELÍCIES

Te suscito, te resucito
Alejandra Pizarnik, En esta noche, en este mundo

Si no existieras, mis versos serían hierro forjado, pero existes. Existes bajo la especie de nubes que ensombrecen el invierno y olas que no rompen en la orilla. Anidas en anuncios de familias felices, en marquesinas de cines, al final de la luz de farolas encendidas en las oquedades de la memoria. El poema nace de los huecos de mi cuerpo que llenabas y que ahora viven el vacío. Cuando me cuento, te cuento; cuando me escribo, te escribo. Un solo deslugar basta para pensarte, un solo desamor basta para fraguar un libro que sea todos los libros. Tu voz, clamor constante, es todas las voces; un solo bar es todos los bares. Tu ausencia es presencia sólida.




martes, 6 de octubre de 2026

Unos días en Madrid (y 3)

Siempre que vengo a Madrid, aprovecho la estancia para ver a los amigos. Uno apenas tiene familia y, después de mis hijos, mis amigos son mi familia. Uno de esos amigos con los que hacía tiempo que quería encontrarme es Juan Carlos Mestre, el gran poeta de nuestra generación, al que vengo leyendo y admirando desde que empecé a darme a esto de la poesía, e incluso desde antes. Lo hago en su casa, a donde ha tenido la amabilidad de invitarme, y en el camino a la cual advierto dos letreros sobresalientes: uno señala que en una fonda de las cercanías vivió durante un año, entre 1767 y 1768, Giacomo Casanova, aquel  aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violinista, filósofo, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano que regó —y nunca mejor dicho— la historia europea de lances amorosos, peripecias cosmopolitas y libros; y otro es la Taberna La Ostia —así, sin hache; tengo para mí que la gente omite la inicial muda para que destaque la o que la sigue, de manera que la forma de la palabra recuerde a la de la cosa—, un club de tapas fundado en 1985. Juan Carlos me cuenta que su pareja y él tardaron ocho años en traducir la Obra poética de Saint-John Perse, publicada en 2025 en Galaxia Gutenberg, y que, por el esfuerzo requerido, él da por concluida su faceta de traductor: con Perse ha tenido suficiente. Y yo pienso que, aunque no vuelva a traducir nunca nada más, su dedicación ha valido ya más que la pena: la traducción mestriana de genio francés es extraordinaria, y, si no supiera que toda traducción está destinada a diluirse en el curso infinito del idioma, añadiría que insuperable. Mestre me cuenta también una anécdota increíble sobre su trabajo con Perse. Se conoce que, en un acto poético en el que había participado no hacía mucho, un asistente se acercó de entre el público a la mesa donde estaba firmando ejemplares y, saltándose la cola, le entregó un sobre cerrado, sin identificación ninguna en el exterior, y desapareció. Si el traductor de Perse hubiera sido alguno que yo me sé, no habría sido descabellado pensar que el sobre contuviera una bomba. Pero lo que en realidad contenía, como Mestre descubrió cuando el acto hubo acabado y abrió el misterioso sobre, era un ejemplar de la primera edición de Anabase, el segundo libro de Perse (tras Éloges, de 1911), que lo catapultó a la fama, publicado en 1924 por la Nouvelle Revue Française. No había nada más. Ni una tarjeta de quien se lo había regalado, ni una nota personal, ni unos datos de contacto: solo el libro. Y el ejemplar estaba impecable, sin una esquina doblada, sin una mancha de óxido, sin una tachadura. Aquel desconocido había querido agradecerle a Juan Carlos el trabajo realizado con aquel objeto valiosísimo. Sin más. Y se me ocurren pocos gestos tan hermosos para reconocer el trabajo abnegado —y, en el caso de Mestre, impecable— de un traductor. En su estudio, el poeta me enseña el Anabase y yo lo sostengo con estas manos pecadoras. También, con permiso del poeta, lo fotografío. Y luego admiro un ejemplar de la editio princeps de la traducción de T. S. Eliot de Anábasis, en Faber & Faber, de 1930, otra joya que posee Juan Carlos. Me voy de su casa admirado por tantas cosas, muerto de envidia (lo reconozco) y con la sensación de haber tocado un trocito de la historia de la literatura contemporánea. Y me tomo una caña en la Taberna La Ostia, pensando que, en efecto, esta mañana lo ha sido.

Además de ver a los amigos, en Madrid voy de librerías. En una de ellas, el Re-Read de Martínez Campos, me paro a curiosear en el bien nutrido estante de poesía. (Los Re-Read se han convertido en el nuevo templo de la librovejería; las librerías de segunda mano de toda la vida se han convertido, o se están convirtiendo, en anticuarios). Mientras lo estoy haciendo, de espaldas al mostrador donde el encargado —un hombre de mediana edad con una camiseta negra anarcosindicalista y un parecido extraordinario a Luis Tosar— atiende a los clientes, oigo que uno de estos le pregunta por un libro de poesía, de un autor llamado Jaime Siles, titulado Semáforos. Aunque no soy muy dado a inmiscuirme en conversaciones ajenas, esta vez me siento interpelado por el asunto y legitimado por el lugar en el que nos encontramos, y me atrevo a informar a quien pregunta —un hombre mayor, acompañado por la que debe de ser su mujer— que ese poemario se titula, en realidad, Semáforos, semáforos, que está publicado por Visor, que no está en los estantes que estoy examinando y que puede encontrar a probarlo en Iberlibro u otras plataformas de venta de libros de segunda mano. El cliente, sorprendido pero contento por la coincidencia, me informa de que conoce bien a Jaime Siles —de quien yo también soy amigo—, me pregunta por mi nombre y me informa, al cabo, de que él es hijo de Antonio Tovar. “¡Ah, don Antonio Tovar, el gran filólogo!”, le respondo yo. (No añado que fue uno de los traductores de Franco en su encuentro con Hitler en Hendaya, porque no creo que eso contribuya al espíritu de camaradería que se ha suscitado en el encuentro). Nos damos todos la mano, el cliente y su mujer se van, y yo me quedo un rato charlando con el librero, que me confiesa algunos secretos de su trabajo: que ha de lidiar con el dolor de algunos escritores que encuentran un libro que le habían dedicado a algún amigo o amiga íntima saldado en la librería; o que él mismo se queda una media de tres libros al día para su biblioteca personal, donde no caben ya más libros, como tampoco caben en el Re-Read que gestiona (ni en mi casa, pienso para mis adentros). Salgo del establecimiento sin llevarme nada —lo que no deja de ser insólito— y convencido, una vez más, de que el mundo no es que sea un pañuelo, es que es un post-it, un sello, la cabeza de un alfiler.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Unos días en Madrid (2)

Hoy cumplo un deseo largamente acariciado: visitar la ermita de San Antonio de la Florida, que atesora los —según dicen—espléndidos frescos de Goya. Viajo en metro hasta Príncipe Pío y llego al lugar dando un agradable paseo por el, valga la redundancia, paseo de la Florida. El templo es escueto —es una ermita, claro—, pero limpio y despejado: neoclásico. (¿Una ermita neoclásica no es un oxímoron?). Frente al edificio se alza una estatua moderna de Goya sedente, erigida en 1986. El pintor empuña la paleta y los pinceles como otros sostendrían un libro o un revólver. La ermita de San Antonio de la Florida, construida por orden del lamentable Carlos IV entre 1792 y 1798, según el diseño del inevitable arquitecto italiano, en este caso Felipe Fontana (que había llegado a España como escenógrafo de una compañía de ópera), es pulcra y recoleta, aunque también alta. En la puerta recibe al visitante un funcionario que le entrega el tique de entrada, pequeño como los antiguos billetes de autobús, y gratuito. Antes de pasar a la nave del templo, con planta de cruz griega, se encuentra la pila de agua bendita con grifo en la que cada 13 de junio se cumplía la tradición de que las mozas casaderas que desearan encontrar un buen novio, acudían a la ermita para que el santo, con reputación de casamentero, les augurase cuántos pretendientes tendrían ese año, algo que les hacía saber desde el ultramundo por medio de los alfileres que ellas mismas habían metido en la pila y que se les quedaban pegados, o no, a las manos: cada aguja en la palma era un novio. En el interior de la ermita lucen los frescos de Goya: en el ábside, la Adoración de la Trinidad, y, en la cúpula, el Milagro de San Antonio, otro hecho maravilloso en la vida del santo. Se conoce que el padre de Antonio, portugués, estaba siendo juzgado por asesinato en Portugal y todo parecía indicar que iba a ser condenado. El santo, enterado del hecho y sabedor, por inspiración divina, de que su progenitor era inocente, se traslada, asimismo por intervención del Altísimo, desde Italia, donde se encontraba, hasta Lisboa, y resucita al muerto el tiempo suficiente para que este declare que no había sido su padre quien le había dado matarile. Dicho lo cual, el muerto vuelve a morir. (Aquel anónimo fiambre es uno de los dos únicos casos conocidos en que un ser humano ha muerto dos veces: Lázaro y él; y me imagino su rabia al comprobar que san Antonio no aprovechaba la ocasión de haberlo revivido para revivirlo del todo y devolverlo en plenas facultades al mundo. Por otra parte, se ignora si el resucitado aprovechó el momento para declarar quién lo había asesinado realmente). Goya pintó alrededor del acto vencedor de la muerte de San Antonio a una multitud de madrileños —el milagro se reclama del siglo XIII, pero Goya lo vistió del XVIII— compuesta por majas, chisperos, mujeres, niños, caballeros y gente humilde, que contemplan admirados el hecho desde una barandilla fingida, a la que uno tiene también la sensación de asomarse desde el suelo de la ermita, como si la reivindicación de la inocencia de San Antonio lo involucrara asimismo a él. Muchos de los rostros de los personajes pintados en la cúpula me recuerdan a los Caprichos de Goya, entre grotescos y tenebrosos, con rasgos deformados y expresión vívida pero torcida, expectantes y, a la vez, un punto monstruosos. Paseo brevemente por la ermita —sus dimensiones no permiten un paseo largo—, procurando no golpearme la cabeza con la magnífica pero bajísima lámpara de bronce que cuelga del techo, disfrutando de las vistas de los capiteles corintios integrados en los muros y de los frescos que permiten los espejos sabiamente inclinados y dispuestos en el suelo, y admirando el hermoso Cristo crucificado —de marfil y carey, traído de las Filipinas— del altar mayor. Aunque quizá sea demasiado hermoso: la figura no aparece contraída ni doliente por el tormento al que está siendo sometido, sino espléndidamente musculosa y serena: parece un actor de cine. En la ermita también hay otro polo de interés: la tumba de Goya. El maestro aragonés murió en Burdeos, donde se había refugiado después de escapar de una España devuelta al absolutismo de Fernando VII y al clericalismo trentino, pero, casi un siglo después de su muerte, en 1919, sus restos y la lápida original bajo la que descansaban fueron traídos hasta esta ermita. Leo en la piedra que lo cubre: Hic jacet Franciscus á Goya et Lucientes, Hispaniensis peritissimus pictor... luminae vitae. Convengo en ello. Pero también disiento de algo. La lápida dice aetatis suae LXXXV, pero se trata de un error: Goya no murió a los ochenta y cinco años, sino a los ochenta y dos, como se desprende de las fechas que la propia inscripción hace constar: 1746-1828. La pifia se debe a quien redactó la inscripción: José Pío de Molina, amigo de Goya y antiguo alcalde de Madrid, que sabía mucho de latín, pero poco de matemáticas. En cualquier caso, no es la única imperfección de la sepultura. Al cuerpo que contiene, de Francisco de Goya, le falta la cabeza. Esto, claro, ya no he podido verlo. 

Justo al lado de la ermita, está Casa Mingo, un establecimiento de mucha solera, fundado en 1888, el año de la publicación de Azul, de Rubén Darío, el pistoletazo de salida del modernismo hispano. Juan me ha recomendado este sitio, y yo, salvo en política, hago siempre caso de Juan. Así que entro y ocupo una de las pocas mesas individuales que aún están libres. Quiero pedir el pollo, que, según mi amigo, está para chuparse los dedos, pero lo sirven entero, lo que me resulta disuasorio. El camarero, provisto de la consuetudinaria pero cada vez menos frecuente pajarita negra sobre camisa blanca, y muy amable, me recomienda el chorizo a la sidra, cuya aspereza quiere suavizar con un toque de melancolía: me cuenta que su abuelo solía traerlo de niño a este lugar y que los dos se atizaban sendos chorizos; muchos años después, el camarero, que debe rondar la cincuentena, es el que los sirve y quien se emociona con el recuerdo de aquellos gustos atávicos. Se trata de una emoción comprensible: el embutido está sobrenatural. Pocas cosas saben mejor acompañadas de un vaso de vino.

Me llama la atención cuánta gente pasa silbando por la calle. En Barcelona casi nunca se oye silbar. Antes, era frecuente que los albañiles silbaran en la obra, mientras ponían ladrillos (o cuando pasaban algunas mujeres, pero este silbido era de otra naturaleza), o que los transportistas descargaran pesadas cajas de sus vehículos y, no obstante, silbaran también. El silbido era una muestra de satisfacción con el trabajo honrado que se realizaba y, en definitiva, de epicúrea conformidad con el mundo. Estos días, oyéndolo en esta ciudad, lo he echado de menos en la mía.

Vuelvo a casa. Bajo en la parada de Tetuán. La boca del metro por la que salgo da a la calle General Margallo. Se trata, supongo, del infortunado Juan García-Margallo y García, un extremeño que fue gobernador de Melilla y que, atrapado por los rifeños levantiscos, murió de un disparo en la cabeza en el Fuerte de Cabrerizas Altas. Pese a sus antecedentes africanos, la calle es una pequeña China. Aquí se concentran, junto con un puñado de establecimientos españoles, supermercados chinos, locales de gastronomía asiática, un almacén de productos filipinos y varios oriental markets. No veo todavía ningún centro de masajes. Parece más bien un pequeño hub de negocios alimentarios. García-Margallo se ha orientalizado. En la calle abunda la gente de ojos almendrados y las ricas, desconcertantes tonalidades del mandarín y el tagalo. Bien está. 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Unos días en Madrid (1)

Presentamos esta tarde, en la librería Rafael Alberti, Dices, mi último poemario publicado por Los Papeles de Brighton, juntamente con Breviario de horas bajas, de Ignacio Cartagena. Será una presentación cruzada, un quiasmo editorial: Ignacio presentará mi poemario y yo, el suyo. Vamos a la librería en metro. En la estación de Cuatro Caminos, donde hacemos transbordo, y cuando el tren ya está entrando en la estación, Juan hace una escapada rápida para examinar el pequeño montón de libros que hay en la metroteca del andén. Yo renuncio a hacerlo, violando así un principio que mantengo a rajatabla: mirar siempre en los rimeros de libros, aun en los de aspecto más miserable, porque en cualquiera se puede encontrar una joya oculta. Juan salta al vagón cuando el convoy ya está a punto de partir, y nos enseña, triunfante, el ejemplar que ha encontrado: una primera edición de ¡Rebeca!, de Ramón Gómez de la Serna, publicado por Plaza y Janés en 1947. Me maldigo por no haberlo acompañado en su fugaz, pero tan fructífera, revisión de la metroteca, en la que, como él mismo reconoce y como suele pasar en todas partes, solo hay basurilla. Mientras me reconcomo de envidia, recuerdo la ocasión, hace pocas semanas, en que, paseando por el valle del Llèmena, en Girona, donde estábamos pasando unos días juntos Juan, Moisés Galindo, Christian T. Arjona y yo, me separé del grupo en cuanto divisé una de esas cajas que algunos ayuntamientos disponen en la vía pública para dejar y coger libros. Estaba al lado de una hermosa iglesia ochocentista en medio del campo. Dentro, para mi sorpresa (y validación de mi principio de buscador de libros viejos) encontré una primera edición de Nada, de Carmen Laforet, de 1945, que suscitó a su vez la envidia y hasta el reproche ("¡has abandonado el grupo como un cabrón para ser el primero en rebuscar...!") de alguno. El destino me ha devuelto la jugada. Aunque me alegro por Juan, claro...

A la presentación acuden no pocos amigos. Un observador externo puede reconocer a unos y otros por las corbatas. Por su trabajo, del que ha venido directamente a la librería, Ignacio debe vestir traje. Sus compañeros, también. Los que no los llevan, son los míos. Entre los asistentes, sentado en primera fila con una camisa floreada y gafas oscuras, se encuentra Carlos Escolar, Frascuelo (a no confundir con el legendario Frascuelo del siglo XIX: Salvador Sánchez Povedano, que toreó 1236 corridas y mató 3801 toros). Don Carlos tiene 78 años y aún sigue toreando. Y, pese a que no lleva corbata, viene de parte de Ignacio, que es muy taurino y un gran admirador del veterano maestro. (De hecho, cuando nos reunamos para cenar dos días después de la presentación, Ignacio me llevará al bar Morales El Atómico, a cuya entrada descuella la enorme cabeza de un toro [¿o debería decir "la cabeza de un toro enorme"?] y cuyas paredes están tapizadas de fotografías de matadores y morlacos [en una, un toro de 600 kilos se ha incorporado para abrazar a un caballista, que le devuelve el abrazo]; por suerte, entre las especialidades de la casa no están las criadillas de toro, por las que no siento ninguna inclinación, sino la mojama y el pescadito frito).

Los asistentes a la presentación me deparan otra sorpresa. A un hombre de mediana edad que ha hecho cola para que le firme un ejemplar de Dices, le toca el turno por fin y me entrega el libro para el autógrafo. Se lo estampo. Cuando se lo devuelvo, se me acerca más y me dice que quiere agradecerme mi obra —que haya escrito lo que he escrito— y mis traducciones, de las que hace un elogio inmoderado. Me entrega a continuación un ejemplar de Insumisión —que, añade, considera mi mejor libro— y me pide que se lo firme también, pero no en las páginas de respeto, sino justo encima de uno de los poemas. Y yo, aún no repuesto de la impresión, se lo dedico también. Luego, me da la mano, yo se la estrecho y no se me ocurre nada más que darle las gracias, y, tan discretamente como ha venido, se marcha. No sé nada de esta persona, salvo su nombre de pila. No lo conocía y sigo sin conocerlo. No me ha dejado una tarjeta, ni un manuscrito, ni me ha dado un libro: solo su agradecimiento. Y eso me va a más que bastar cuando me pregunte, como hago cada vez más a menudo, para qué coño sigo escribiendo, a quién cojones le interesa lo que hago, qué sentido tiene que siga juntando palabras en un papel. 

jueves, 17 de septiembre de 2026

Elogio de la soledad

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
MIGUEL HERNÁNDEZ, «Elegía»

La soledad abre una puerta. La puerta esconde una oscuridad luminosa. Me golpeo las espinillas con lo que amuebla este recinto desorbitado, pero es un dolor equívoco, que se convierte, con lentitud de larva, en placer. El dolor y el placer concuerdan en esta tiniebla dorada, flechada por pájaros desconocidos, poblada por imágenes que no alcanzan a ser objetos, punteada de embriones de mí, de cadáveres de mí, de gritos y susurros que acaso haya pronunciado yo. En esta soledad fértil en figuraciones, advierto el cuerpo que acarreo, la forma que me obligo a poseer. Y también percibo el silencio, que afila sus facciones: las abastece de una desnudez desolada. Pero esta desolación, como las magulladuras de las canillas, suscita una extraña alegría. El silencio y la soledad van de la mano. Cada uno espolea al otro. La piel, bajo su luz tajante, ya no es una veladura. La soledad descubre tanto a quien no soy como a quien está sumido en el tráfago embrutecedor de las identidades. Con el resplandor encapotado de la soledad, se enderezan los pulsos que latían bajo mi pulso, se avivan los nombres que soterraba mi nombre, se ulceran las paredes que me contenían, y en esas úlceras veo a quien fui, a quien llueve o es derrotado, el espasmo sostenido del fingimiento, la benemérita corrosión de las fábulas con las que me construyo, el camino aciago de una sangre abocada a la intrascendencia, el cielo del que abomino y el barro en el que me revuelco, y donde me disperso, y me extingo, aunque nada último me posea todavía. La soledad desenmascara los hombres que soy. La soledad es, si no me descarrío, una alegría sin fin. No significa la nada; o sí, pero una nada jubilosa. Se encienden luces, que iluminan pasadizos cuyas paredes son mis huesos; se multiplica quien habla, que tiene mi nombre, pero que es otro, que es muchos; se ramifican los ojos; se desmenuza el sexo; oigo la música fracturada de quien ignoraba que compartiese mi cama y mis visiones. La soledad esculpe realidad en lo que huye. Cuanto omitía, es ahora fuego y morada. Cuanto solo intuía, deviene razón de mí, cimiento asentado por el seísmo. La soledad no gratifica: perturba, como el zumbido de un insecto en un cuarto vacío. La soledad percute hasta agujerear el muro que hemos levantado con las palabras, y por la grieta que dibuja asistimos a la erección de otro muro: el de quien tiene mi voz y, a la vez, repudia mi voz; el de quien escribe su llanto con la resignación de un desahuciado; el de quien se descalza. La soledad ahoga, pero alienta; esparce una semilla feroz. La maraña de la soledad solo atrapa a uno: me atrapa a mí.