Ordo et connexio rerum idem est ac ordo et connexio idearum.
SPINOZA, Ética demostrada según el orden geométrico, II, VII.
Creemos que las cosas carecen de espíritu. Pero nos equivocamos: tienen alma. Lo que sucede es que su alma no se expresa con latidos o palabras, sino con vibraciones huidizas: con ese temblor inmóvil con que responden a nuestro latido y nuestras palabras. La lámpara que me ilumina ahora, mientras escribo estos versos titubeantes, no me entrega mecánicamente su luz, sino que, antes de que haya pulsado el interruptor, antes incluso de que haya sentido siquiera la necesidad de alumbrarme, ya me ofrecía su espesura eléctrica, su irradiación inmaterial, con la discreción de un benefactor anónimo, pero con la indisputabilidad de una evidencia forense. El lápiz con el que escribo estos mismos versos calamitosos también los escribía antes de que me sentara a la mesa y sacara de un cajón los folios en que garabatearlos: su conciencia de cosa se plasmaba en un hacer objetivo e invisible. Y el licor de hierbas amarillo que sorbo —mientras los versos surgen, como una estela negra, de la punta menguante de ese lápiz vivo—, aun oculto en la alacena de los alcoholes, predicaba igualmente su júbilo sosegado, con el que ahora labro el agua de la página y surco la superficie de la intimidad. Las cosas dialogan con nosotros, pero solo las oímos cuando callan: cuando se acendran en su ser; cuando se vuelven cosas inobjetables, asentadas en su raíz; cuando, espesas como piedras, se impregnan de plasticidad y se acentúan de piel. Las cosas nos acompañan en la muerte, pero se resisten a la dominación. Porque vivimos engañados: no somos nosotros los que poseemos las cosas, sino las cosas las que nos poseen a nosotros. El samovar que luce en mi recibidor —y que pasamos de matute por una frontera rusa, hace muchos años, dentro de otra cosa: una bolsa verde de deporte, que aún debe de estar recuperándose del susto— es de 1899. Desde entonces, ha tenido muchos dueños, y todos han muerto. Pero el samovar no: el samovar sigue drásticamente vivo, y se complace en hablarme siempre que paso por su lado, o lo bruño con cuidado y un líquido especial, o simplemente lo contemplo. Yo también moriré, pero el samovar, cirílico y dorado, proseguirá su vida, y llegará a otras manos, y después a otras más, y continuará sobreviviendo a sus propietarios, como un canto rodante en el lecho del río que va a dar en la mar, que es el morir. Como dijo D’Ors, basta con mirar algo con atención para que se vuelva interesante. Y tenía razón: solo con observar hondamente una cosa, se convierte en árbol, o en estrella, o en océano, sin dejar de ser lo que humildemente es. También nosotros cambiamos: nuestro yo muda en sí, se vuelve sol, actúa como el viento. Se empapa de la oscuridad luminosa de las cosas y abraza su tumultuoso silencio. Y en la epidermis de un armario, o la mirada de un jarrón, o la mueca de una camisa, dejamos nuestro olor, como los animales que se frotan contra un tronco para comunicar su presencia, y también nuestro sudor y nuestro semen, jirones del desgarro permanente de vivir, y hasta los fantasmas del recuerdo, más sólidos, no obstante, que la materialidad viscosa de la nada cotidiana. Las cosas comprenden nuestra soledad y le suman su propia soledad desaforada. Pero esa añadidura es un consuelo. A veces, nos enfadamos con ellas. ¿Por qué se ha caído ese colgador lleno de ropa? ¿Lo ha hecho con mala intención? ¿Por qué han rodado esos calcetines malaventurados hasta el rincón más inaccesible de una cómoda, que los esconde cómplicemente y se ríe de nuestras contorsiones por recuperarlos? ¿Cómo puede haberse traspapelado lo que no podía traspapelarse, y que ahora es imprescindible? En ocasiones, las cosas incluso nos agreden. Expresan así su malestar y se muestran indiferentes a nuestro sufrimiento: el cuchillo cae de punta; la pata de la mesa interrumpe el pie; el cajón no tiene piedad de la espinilla. Las cosas obran con dolo y son siempre culpables de su comportamiento. Pero las disculpamos: no podemos dejar de perdonar a quienes nos cuidan y nos soportan. Las cosas, puras, ciertas, obsesivas, nos redimen inversamente de nosotros: nos ayudan a ser más, a ser muchos, a ser otros, sin dejar de ser quienes humildemente somos. Gracias a esa compasión ilimitada, que trasluce su ascendiente sobre nosotros, pero también su infalible magnanimidad, encontramos la paz de un zapato, la complicidad de una alfombra, la sorna de un cepillo, la audacia de un tenedor, la algarabía de un cuadro. Y con el calor que las cosas juntan, podemos llegar hasta el día siguiente, o al menos hasta la cama, que nos acoge con algún enfado —hemos perturbado su descanso—, pero con su acostumbrada generosidad.
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