Salgo hoy de casa para ver la exposición “En el mar de Sorolla con Manuel Vicent”, en el Palau Martorell de Barcelona. Hace frío cuando, temprano, toco la calle. Pienso si esta temperatura desapacible le convendrá a mi querido resfriado, que hace casi cuatro meses que no me deja. Se ha encariñado conmigo. O quizá sean resfriados: una cadena de virus que lleva desde antes de Navidad taladrándome los pulmones. Aunque me inflo a vitamina C, no hay manera de librarme de él: estar resfriado es, para mí, el estado natural de las cosas. En el tren a la plaza de Cataluña, leo Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, el autor de la sobrecogedora La carretera. Y Meridiano de sangre es también sobrecogedora: está llena de una violencia salvaje y sensual, extraordinariamente traducida por Luis Murillo Fort. Cuando llego a Barcelona, noto que, por suerte, hace algún grado más que en Sant Cugat, aunque la lectura de McCarthy ya me haya caldeado bastante. Reconfortado, paseo desde las Atarazanas, a donde he llegado en metro, hasta el Palau Martorell, un contundente edificio neoclásico construido entre 1886 y 1900, que durante mucho tiempo acogió a una entidad financiera catalana y que fue reconvertido, hace algunos años, en sala de exposiciones. Y allí me encuentro, de entrada, con mucha gente. Como el recinto del Palau solo consiste en una pequeña planta baja y un primer piso algo más amplio, pero tampoco muy anchuroso, la visita se hace fatigosa. Aunque ¿qué visita a una atracción cultural no lo es hoy, en este mundo de turismo y vida masificados? Al entrar, se impone la voz de Manuel Vicent, el comentarista de las marinas sorollianas, que le habla al público desde la pantalla donde se proyecta el vídeo que protagoniza. Y en la pantalla lo veo, en efecto, bastante envejecido ya, pero lúcido y vigoroso, como siempre se expresa, de viva voz o por escrito en sus artículos en El País, y con esa cabeza en forma de pene que siempre ha tenido. Mientras Vicent habla, en un lugar que muy bien podría ser el mismo en el que Sorolla pintaba sus escenas de bañistas y pescadores, yo empiezo a recorrer la exposición. Sorolla siempre me ha interesado. Cuando vivía en Londres, mi entonces mujer y yo visitamos la que la National Gallery anunciaba como la mayor exposición del pintor valenciano que se hubiese organizado nunca. Y disfrutamos mucho con sus colores subidos, sus paisajes mediterráneos, sus pieles albas o bruñidas, sus bueyes y sus barcos, su luz total. Y también con una parte de su obra en la que no suele repararse, situada en los antípodas de los óleos que lo han hecho célebre: cuadros sorprendentemente tenebristas, que exponían o, mejor, que denunciaban las terribles condiciones en las que vivían muchos españoles del último tercio del siglo XIX y primer cuarto del XX: mujerucas de negro, mendigos en las calles, hambrientos haciendo cola delante de las iglesias para recabar el bodrio, presos en cárceles inmundas, destartaladas estaciones de tren. No hay nada de eso en esta muestra, que solo trata de los paisajes marinos de Sorolla, comentados por Vicent, cuyos primeros juicios, tanto en las cartelas como en el vídeo que se proyecta, subrayan el peso de la superficie en Sorolla: la potencia de los pigmentos y las formas en su pintura. Vicent recuerda oportunamente la máxima de Valéry: lo profundo es la piel, algo muy pertinente cuando hablamos de Sorolla. Los textos del escritor, por cierto, están escritos en las paredes de la exposición en castellano y catalán, y se me ocurren dos cosas: ¿no debería estar también en inglés? Y, sobre todo, ¿no deberían estar en valenciano, en lugar de en catalán? Veo, entre las primeras muestras de la obra expuesta, cuadros de Moraira y Jávea, pueblos de Alicante donde he pasado muchos buenos ratos, hace años ya, durante mis vacaciones en Calpe, frente al Peñón de Yfach, en las que no dejábamos de visitar las localidades cercanas, plagadas de turistas, pero con rincones hermosos todavía por conocer. En muchas piezas de Sorolla hay niños desnudos en la playa, cuerpos inocentes que se sumergen en las aguas someras, donde parece haberse sumergido también el sol. Una claridad exultante lo embadurna todo. Y lo hace gracias a un trazo no particularmente delicado, incluso de una cierta bastedad. La pincelada de Sorolla no es minuciosa, sino más bien crasa, aunque en ese grosor están la arena, la espuma, el calor que quiere captar y que capta, o el esfuerzo de los músculos y la rusticidad de las ropas de los pescadores que trabajan en la costa, y que en muchas piezas empujan las barcas al agua, o las sacan de ellas, ayudados por bueyes macizos. El trazo de Sorolla es espeso y granuloso, como lo es la materia que describe, pero irradiante y pleno, desnudo a la vez que cuajado, simultáneamente corporal y líquido. No se atiene al detalle —aunque tampoco lo excluye—, sino a la masa de estímulos sensoriales que se coagulan ante la vista, en la piel del observador y de lo observado. Y de ahí resulta un mundo restallante y verdadero, en el que conviven los burgueses de trajes de dril, pamelas y sombrillas que se alojaban en balnearios y casas de veraneo, y encontraban en las playas un asueto condigno de su condición, y los pescadores que malvivían en las casuchas de El Cabañal, entre niños descalzos y redes que siempre había que reparar. En El Cabañal pintó Sorolla muchos de estos cuadros, “ajeno a todas las vanguardias”, como señala Vicent. Así es: la ruptura y la experimentación apenas alcanzaron a Sorolla, que se hartaba a ganar medallas en los festivales internacionales de pintura con un arte que se consideraba agradablemente convencional, pero que, en su amena superficialidad, escondía un materialismo radical, una subversión de los cánones perceptivos, una sensualidad revolucionaria, una dimensión existencial, en suma. Y esta dimensión perturbadora, estos lengüetazos de oscuridad, afloran, además de en su obra abiertamente social, que no está aquí representada, en algunas de las piezas que sí lo están: en los cielos grises de un puñado de paisajes, en los pescadores que beben, con gesto torcido, en la penumbra de una taberna, en la miseria entrevista en las gentes del pueblo, pese a lo mucho que trabajan. Pese a ello, o conviviendo con ello, los estallidos de sol y carne que son los cuadros de Sorolla imponen su presencia en el visitante de la exposición. Admiro El balandret, de 1909; Adelfas de la Malvarrosa, la célebre playa de Valencia, de 1904; Autorretrato con fondo de mar, también de 1909, en el que el pintor aparece con una camisa blanca, una barba afilada y el ceño fruncido frente a las aguas azules y blancas; y los cuadros en los que retrata en la playa a las mujeres de su familia: su esposa Clotilde o su hija Elena, siempre con vestidos vaporosos y parasoles, y sacudidas por la brisa. Acabo la visita al Palau Martorell comprando el catálogo de la exposición, con todas las piezas de Sorolla expuestas hoy y con todos los textos escritos por Vicent para la ocasión. No suelo comprar catálogos de exposiciones, primero porque son muy caros, y segundo porque no acostumbran a tener calidad literaria, pero esta vez hago una excepción. El catálogo es, en efecto, muy caro, casi 40 eurazos, pero la prosa de Vicent es siempre excelente y, además, muy apropiada para describir al artista del que habla. Luego salgo a la calle y me meto casi inmediatamente en un restaurante de cocina catalana, del carrer Ample, enteramente atendido por hispanoamericanos. Es ya la hora de comer y me zampo, sin remordimiento alguno, un arroz con verduras que está de rechupete y que seguramente cocinarían igual de bien, o incluso mejor, muchas de las pescadoras llenas de hijos y de penalidades que hoy he visto retratadas por Sorolla.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 13 de abril de 2026
martes, 7 de abril de 2026
Tres libros: Perera, Reseco y Marinas
miércoles, 1 de abril de 2026
Terence Dooley, in memoriam
Terence Dooley era poeta y traductor. Había nacido en Cornualles en 1950 y murió el pasado martes, 24 de marzo, de un cáncer. También fue el único amigo inglés que hice en mi estancia en Londres, entre 2013 y 2016. Lo conocí en una reunión sabatina con otros escritores y artistas españoles no sé si decir exiliados en la capital británica. Allí estaba él, amable pero discreto, como casi todos los ingleses, hispanófilo, alto, irónico, como casi todos los ingleses. La bondad se le advertía a distancia, como un abombamiento a la altura del corazón. Hablamos poco en aquella ocasión. Luego volvimos a coincidir en otros encuentros con gente de letras española. Recuerdo una lectura colectiva en una sala de arte en la que también participó el poeta Julio Mas Alcaraz, que estaba de visita en la ciudad y que recitó paseando por la sala y tirando al aire los papeles de los que leía conforme los leía. No le gustaban las declamaciones al uso, me confesó. Terence lo miraba todo con una sutil sonrisa en los labios. Poco a poco, nos hicimos amigos. Tradujo, por encargo de alguien de cuyo nombre tampoco me acuerdo, unos poemas míos, y ahí pude comprobar que era un traductor de raza, muy sólido y perspicaz, con un sentido acerado de la precisión y el ritmo. También era un decidido partidario de las versiones más libres frente a las más literales, y aquel entusiasmo suyo por dar un perfil que sobre todo funcionase literariamente en el idioma de llegada, le hacía decantarse a veces por opciones algo extremadas, aunque siempre plausibles. No había matiz que se le escapara, dificultad que no pudiera vencer ni mejora que no fuese capaz de introducir. Y se enorgullecía de mantener conmigo y con todos sus traducidos una relación de respeto y comprensión mutuos. Terence me ayudó a publicar en una revista singularísima, Long Poem Magazine, la única revista europea (y quizá mundial) que solo publica poemas extensos. Era el lugar ideal para mi obra. No obstante, había rechazado ya algún trabajo mío. Terence tradujo una de mis piezas y se encargó de que apareciera en sus páginas. También leímos juntos alguna vez en algún festival literario: yo traducía sus poemas al español y los recitaba, y él hacía lo propio con los míos. Mientras viví en Londres, no dejamos de vernos, irregularmente pero sin pausa. Visitamos en varias ocasiones el Barbican Centre, tomamos una o varias pintas de cerveza en algún pub, a ser posible en alguno del que fuese parroquiano algún escritor famoso, e intercambiamos informaciones útiles para los dos: él me puso en contacto con la editorial Shearsman, donde han acabado publicándose mis tres libros traducidos al inglés, y yo le facilité las señas de otros escritores españoles —Jordi Doce, Mariano Peyrou, Mario Martín Gijón— a los que pudiese verter a su idioma, que era lo que más le gustaba hacer, después de escribir poesía él mismo. Esos tres libros míos que han visto la luz en Inglaterra —entre ellos, My Father, que la Poetry Book Society consideró una de las cuatro mejores traducciones de poemarios publicados en la Gran Bretaña en 2021— fueron espléndida y desinteresadamente vertidos al español por Terence. Yo correspondí traduciendo y prologando uno de los títulos de su corta pero brillante obra poética: Tocoloro, que se publicó en 2023 en Los Papeles de Brighton, con epílogos de Jordi Doce, Mercedes Cebrián y Daniel Samoilovich (y que ya reseñé en este blog: https://www.blogger.com/blog/post/edit/548736059020121131/5999155307092362806?hl=es). Los Papeles de Brighton, por cierto, lo incluyó en la antología Dieciséis de Brighton, también aparecida en 2023. Terence siguió ayudándome cuando yo ya había vuelto a España. Yo le consultaba dudas que me ofrecían los autores, sobre todo estadounidenses, pero también ingleses, que estaba traduciendo, y él me las resolvía sin excepción con diligencia y cordialidad. Su presencia al otro lado del ordenador me daba consuelo y seguridad. Hasta que, no hace mucho, me notificó que lo había atrapado una de las plagas de nuestro tiempo: el cáncer. Sus mensajes se espaciaron, lógicamente, dada la difícil pelea que estaba librando con la enfermedad, pero, aun así, no dejó de darme cuenta, cada cierto tiempo, de los progresos de su tratamiento y de su estado de ánimo, esto último con la circunspección, casi con el estoicismo, propio de su estirpe y su carácter. En varios de sus mensajes incluía poemas inspirados por la situación que estaba viviendo, y que yo le traducía a vuelta de correo para alegrarle un poco el día; o eso esperaba. Y en el último correo suyo que recibí, de mediados de enero pasado, estaba contento de que su amigo, el poeta Hugo Williams, le hubiera aceptado un poema, “What’s the Hurry?” (‘¿qué prisa tienes?’), para publicarlo en la prestigiosa revista The Spectator. A mi último mensaje preguntándole cómo estaba, de hace unas pocas semanas, ya no contestó. El miércoles pasado, su hija Jemima nos escribió a sus amigos para informarnos de su fallecimiento. Y a mí, como siempre nos pasa con las personas buenas como Terence, con las personas que queremos, se me ha quedado un agujero en el pecho. Un agujero que solo voy a poder rellenar, a partir de ahora, con sus poemas, con su recuerdo, con una amistad que, aunque ya no exista físicamente, sé que perdurará. Descanse en paz.
Transcribo a continuación uno de los poemas que Terence me mandó durante su enfermedad —obviamente inspirado por ella, y que él definió como escrito “al modo de Larkin”— y la traducción que le hice.
Calm down Phil – your ‘being brave
saves no-one from the grave’. Ease up
old boy, lie back, enjoy
the hospital years, the mile-long
corridors, the serene
trolley-rides, telling the orderlies
about your holidays, the cubicles,
the morphine, that shiny lino
(where are we going, nurse?)
the cardboard vases, the screens,
the knock-out drops, the masks,
the questions no-one asks,
your date of birth, your date of birth.
DUELE REÍRSE
Cálmate, Phil: tu «valentía
no salva a nadie de la tumba». Tranquilo,
viejo amigo, recuéstate, disfruta
de los años de hospital, los pasillos
kilométricos, los sosegados paseos
en camilla, de contarles tus vacaciones
a los celadores, de los cubículos,
la morfina, ese reluciente linóleo
(¿adónde vamos, enfermera?),
los jarrones de cartón, los biombos,
las gotas para dormir, las mascarillas,
las preguntas que nadie hace,
tu fecha de nacimiento, tu fecha de nacimiento.
jueves, 26 de marzo de 2026
El río y la totalidad
Tras un extenso preámbulo, o quizá un breve ensayo, en el que Christian T. Arjona da cuenta de la gestación del libro, resume eficazmente la evolución del ideograma kawa y ofrece algunos precedentes de la presencia del río en la literatura sapiencial china antigua —cuyo mejor ejemplo es el I Ching— y en la poesía china: Tao Yuanming, Wang Wei, Han Shan, Li Bai y Tu Fu (Han Shan, por ejemplo, escribe: «El sol y la luna son ríos que pasan; la luz y la sombra, fuegos en la piedra»), encontramos la sección «De la fuente al mar», que recoge el poema en prosa escrito por Arjona, dividido en capítulos, que describen el recorrido entero del río, desde su manantío hasta su desembocadura. Todos estos capítulos van acompañados por una caligrafía de kawa, de Gerardo D. Cristante, y, en algunos casos, también incluyen dibujos del propio Arjona, que no solo es poeta y editor, sino asimismo artista plástico. Kawa. El libro del río revela la pasión por la mezcla, por la fusión de géneros, estilos y artes en la obra de Christian T. Arjona. Todos los capítulos suman a la palabra del escritor ilustraciones, haikus, kanjis, citas literarias y hasta un fragmento de una partitura medieval con un melisma —un término latino que designa una sucesión de varias notas sobre una sola sílaba en el canto llano—. Y todos incluyen, al final, en cursiva, unas notas metaliterarias (¿metaestéticas?) en las que el poeta reflexiona sobre el propio hacer del calígrafo. En los textos sobre el río de Arjona, se echa de ver un fortísimo élan poético, aliado con la precisión descriptiva de un relojero del valle de Joux y un entusiasmo expresivo que hace palidecer al conde de Lautréamont. Arjona no solo disfruta bestialmente de aquello que ve —el río, el bosque, las piedras—, sino que aún parece disfrutar más de las palabras con que lo describe. Esto dice, por ejemplo, en «Las raíces del río»: «Parece más bien que el agua del río futuro siempre haya estado aquí, siempre lo esté y siempre lo vaya a estar —en un eterno retorno circular de lluvias, correntíos, mares y evaporaciones—; infinitamente ovillada, soterrada, en un densísimo micelio de líquidas raicillas. Azules, entreveradas, eléctricas microrizas de agua que crepitan como la red neuronal de la montaña y el bosque, ocultas bajo las grandes rocas verdecidas». En «Río abajo: los meandros», define la «prosa ameandrada» del río, que es también la suya: una prosa «que se desarrolla sin cesar, giróvaga y trashumante, sismógrafa de los valles como el largo pergamino de un tefilín desplegando y recitando versículos de agua decidora»; una prosa, añado yo, plagada de pertinentes neologismos, aliterativa y musical, arrebatada y exacta.
Gerardo D. Cristante firma la segunda parte del libro, «Notas sobre el arte del trazo», que recoge las informaciones y reflexiones que dedica al arte de la caligrafía, y la tercera, «Sedimentos. Kanjis de la serie Kawa», exclusivamente gráfica, que contiene once imágenes del kanji que da título y sentido al libro, todas en blanco y negro —salvo la primera, en la que se observan también algunos ocres—, pero muy distintas unas de otras: sorprende cuánto pueden dar de sí tres líneas verticales y paralelas en manos de un artista heterodoxo y experto. En ocasiones, las líneas se dilatan hasta configurar troncos negros, o, por el contrario, se adelgazan hasta el filamento; en otras, se tocan, se abrazan, se incurvan o se expanden en manchas minuciosamente desordenadas; a veces, en fin, se vuelven hacia sí mismas o casi estallan. En «Notas sobre el arte del trazo», Cristante revela cuánto ha influido el japonés Yuichi Inoue en su forma de entender la caligrafía, y subraya insistentemente la naturaleza multifacetada del trazo: es «un pulso, una huella del dinamismo vital que anima la creación artística», pero también «un modo de habitar la verdad»; es «lo que no está contaminado por la representación ni por la apariencia» y, asimismo, «un acto total». Cristante hace un recorrido por las diferentes concepciones del trazo en el arte contemporáneo —desde Paul Klee hasta Joan Miró, pasando por Henri Michaux y Antoni Tàpies, entre otros— y subraya la importancia del movimiento caligráfico del grupo Bokujinkai de mediados del siglo XX y de la caligrafía de vanguardia, el artshodo, para concluir que Kawa. El libro del río «es una manifiesta declaración de amor por la caligrafía japonesa». Ciertamente, lo es, pero también es una no menos manifiesta declaración de amor por el lenguaje y por la fusión de las artes en una obra total.
[Este artículo se publicó en Qué Leer, nº 325, marzo de 2026, pp. 28-29]
viernes, 20 de marzo de 2026
Hijas de un sol naciente
Esto, entre otras razones, dije ayer del libro en la Biblioteca Central:
Hijas de un sol naciente es un libro fuertemente arraigado en la cultura y la cosmovisión japonesas del mundo y la existencia, y que se apoya sin ambages en sus formas artísticas y literarias, pero en el que no se percibe —yo, al menos, no lo percibo— que la textura, que la carne de los poemas sea estrictamente nipona, con sus rasgos constitutivos de depuración extrema, afinación perceptiva total y sencillez expresiva máxima, sino más bien que Joan de la Vega irrumpe en los cauces y topoi poéticos elegidos con su poesía característica, que venimos leyendo desde su primer libro, Intihuatana (2002), y que está poderosamente vinculada a las corrientes de vanguardia de Occidente, con sus torceduras lingüísticas y hasta sus quebrantamientos formales (como puede apreciarse en «Onibaba», que concluye así: «Que […] el vuelo de la vida quede ya lejos del menos, del sin»), su carácter acusadamente analógico, su simbolismo desgarrado, su búsqueda de trascendencia en la palabra (y por medio de la palabra) para acceder al otro lado de la realidad (y del ser), su lucha por decir las cosas, lo que sucede, siempre de otro modo, y, en fin, su mesurado irracionalismo. Hijas de un sol naciente es, pues, un ejemplo preclaro de fusión euronipona, una realidad literaria híbrida que, a mi juicio, incorpora lo mejor de ambas tradiciones: la precisión, laconismo y objetividad de la poesía oriental, y la eclosión imaginativa, la complejidad verbal y la atormentada fluencia de la poesía occidental. En cualquier caso, junto con la capacidad de sugerencia siempre buscada y ensalzada por los poetas del Japón, junto con la sutileza de sus fórmulas y la delicadeza de sus voces, incorporadas a Hijas de un sol naciente, De la Vega nunca renuncia a una dicción vigorosa, construida con imágenes muy plásticas y metáforas inquisitivas («la lápida de un niño ciego es un doble espacio caído, lleno de pus y plegarias, de sudores vencidos. La sangre del niño […] es una flor funesta clavada en el ojo del abismo», leemos en «Tenshinranman»), con repeticiones, personificaciones, aliteraciones («alguien traza con tiza fugaz la línea…», en «Kawaakari») y paronomasias («tiempos raídos, roídos», dice en «Anémica y celeste», cuyo título, por cierto, es una parodia de otro muy famoso de Gil de Biedma, «Pandémica y celeste»), entre otros recursos de un vasto y muy rimbaldiano arsenal retórico.
sábado, 14 de marzo de 2026
Follar por amor, amar por placer
Ayer presentamos, en la Llibreria de la Imatge, de Barcelona, el poemario Follar por amor, amar por placer, de Silvia Rins, publicado por Los Papeles de Brighton. El lugar estaba atiborrado, a lo que contribuyeron no solo la atractiva personalidad de Silvia y su ya sustanciosa trayectoria literaria, sino también, quizá, el carácter erótico del poemario, lo muy insólito y pecaminoso del título, y, en último lugar, pero no por ello menos importante, el refrigerio previsto para después de la presentación, un obsequio a los asistentes que antes —es decir, hace bastantes años ya— era muy común, pero que hoy en día es una rareza, por no decir un imposible. En el acto se proyectaron algunas imágenes que ilustraban o se referían a motivos concretos del poemario, y también se interpretaron, a la guitarra, dos poemas musicados del libro. No fue, pues, una presentación al uso, sino polifacética y singular, de la que todo el mundo, me parece, salió contento y, lo que es aún más destacable, con el libro en la mano.
Transcribo a continuación un fragmento de mi presentación:
La parodia, el juego, la subversión, las referencias cruzadas, el humor, todos estos elementos tan definitorios de Follar por amor, amar por placer responden a una concepción vanguardista de la literatura, a una voluntad experimental, de indagación y cambio. Este sentido rupturista, transgresor, se materializa en la descomposición final de «Safe word», en la mezcla posmoderna de asuntos y referentes de «En progresión geométrica» y en el vibrante poema último, «Silabario», donde conviven armoniosamente ―y esto es lo sorprendente― la yuxtaposición, la enumeración, la exhortación y la elipsis. También a esta visión otra de la literatura, de los caminos y efectos que puede (o debe) producir la poesía, cabe atribuir un cierto feísmo, o tremendismo, que se aprecia en numerosos poemas, como «Safe word», donde se habla de los «señoros que jamás han sido penetrados con un arnés» y de los besos y esputos del amante; u «Oda a los calzoncillos», en el que la poeta confiesa el cambio de actitud que ha experimentado ante la antaño odiosa costumbre de su amado de dejar los calzoncillos sucios en el suelo del baño, «junto a los calcetines de deporte desparejados y la camiseta sudada hecha un boñigo», que han pasado a ser «la prueba palpable de otro ser humano invadiendo con feliz y resoluta inconsciencia el impecable hastío que pudo ser mi vida»; o «Maldito deseo», donde Silvia Rins revela, quizá para consternación de algunos, que cree «en la quintaesencia de [los] pedos» del amado.
Este feísmo está emparentado con el uso de un lenguaje no solo coloquial o vulgar, sino en ocasiones soez, que, como contrapartida de su aspereza, aporta claridad, desde luego, y fe en el idioma: la convicción de que las palabras están para usarse, para designar, sin eufemismos ni circunloquios, aquello a lo que sirven (o que crean). Silvia Rins habla, sin pestañear, aunque acaso sonriendo, de culos, pollas, vergas, vulvas y, ya en el título –donde términos así no suelen figurar–, como un bofetón léxico, de «follar».
La palabra «follar», por cierto, que uno creía que solo significaba una cosa, tiene, en cambio, según el DRAE, las siguientes acepciones: soplar con el fuelle; soltar una ventosidad sin ruido (ambas del latín follis, ‘fuelle’); formar o componer en hojas algo (del latín folium, ‘hoja’); hollar (desusado); talar o destruir (desusado); y, por fin, practicar el coito (vulgar y también del latín follis). Esta última acepción, que es, obviamente, la que utiliza Silvia Rins, proviene del latín vulgar follicare, ‘usar el fuelle’, que pasó a significar resollar o jadear, haciendo referencia al sonido y al movimiento rítmico del aparato, desde donde, por semejanza funcional, se asoció figurativamente con el acto sexual. «Follar» es, pues, en rigor, una metáfora, lo que no lo hace inadecuado para figurar en un libro de versos como este.
No hay que ser un lince para concluir que un poemario que incluye la palabra «follar» en el título muy probablemente tenga un carácter erótico. Y en efecto, en el libro encontramos múltiples expresiones del deseo, también de diferente forma y condición (porque el deseo no es un monolito, una fuerza única, sino plural, multifacético): «Divina canción» incorpora un catálogo paródico de actividades sexuales, «Nuestros no besos» ensalza el beso negro, «Camino de perfección» considera una prueba de perfección «masturbarse a la salud de la pareja» y, en fin, en «Otra manera de morir» se expresa el deseo de fallecer «tocando una verga erguida/ o un fragante clítoris./ Mejor, una tenaz polla/ en cada una de mis manos». Hay hasta una oda al falo, «Faloforia», de la que no recuerdo muchos ejemplos en la literatura universal escritos por mujeres (sí por hombres, lo que parece confirmar que el pene es más importante para el hombre que para la mujer), además de la ya mencionada oda a los calzoncillos.
Y este es “Silabario”, el último poema del libro:
Cuida este amor. Abyecto. Bárbaro. Con tus propias manos. Cuántico, ditirámbico. No lo dejes caer. A este amor fofo, estocástico. A este amor gañán, hacendoso. Cuida de este amor insípido. No lo dejes caer. Jamás. Protege este amor lampiño, kilométrico. Llano maravilloso. Con tu vida. Llama menguante. Nunca. Si es necesario con tu vida. Onerosa. Queda. Lo pierdas. Aliméntalo. Risible. Acarícialo, acicálalo. Soso. Con tu propia sangre. Terrible. Con tus propias manos. Véngalo. A este amor único, xilofónico, yámbico. Zigzagueante. Cázalo al vuelo. Zulo. Si sales, no podrás respirar. Incluso si está hecho añicos, recógelo. Azul, azucarado. Con tus manos. Aunque te cortes. Aunque te duela. Cielo. Porque, si no cuidas este amor, ni siquiera las palabras. Únicamente te quedarán tus propias manos. Vacías.
domingo, 8 de marzo de 2026
Dices
lunes, 2 de marzo de 2026
Un oscuro presagio
El poeta Julio Trujillo (Ciudad de México, 1969-Cornualles, 2025) se suicidó a los 55 años. Dejó mujer e hijos. Sus últimos mensajes —dos tuits sin destinatario conocido, como botellas arrojadas al mar, del 9 y el 10 de enero de 2025— decían: «Cuando yo muera de vida y no de tiempo…» y «Ya no va a dolerme el mar, porque conocí la fuente…». Menos de dos meses antes, había ganado el VII Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, un prestigioso galardón otorgado por la Fundación Centro de Poesía José Hierro, que culminaba una brillante trayectoria literaria, desde su primer libro, Una sangre, publicado en 1998, hasta este Detrás de la ciudad y antes del cielo, aparecido el mismo año de su muerte, pasando por otros títulos significativos de la poesía mexicana actual, como El perro de Koudelka (2003), Bipolar (2008), La burbuja (2013), El acelerador de partículas (2017) y Jueves (2021), entre otros. Aunque nos han inculcado que las obras literarias son realidades autónomas y que así debemos juzgarlas, al margen de las vicisitudes personales de sus autores, resulta difícil separar ambos ámbitos, el poético y el vital, en un caso tan singular como este. También Pavese se suicidó después de recibir un premio importante —el Strega por Un bello verano—, pero es muy inusual que a un reconocimiento literario sobresaliente siga una muerte por propia mano: Pavese estaba fuertemente deprimido, y es muy posible que Trujillo también lo estuviera. El trágico fin del poeta mexicano condiciona inevitablemente la lectura de Detrás de la ciudad… Si Julio Trujillo no hubiera muerto como murió poco después de haber ganado el premio que ha hecho posible su publicación, consideraríamos su libro una muestra más de poesía urbana —caótica, tumultuosa, como la realidad a la que se refiere— y existencial, signada por la angustia de un vivir tan lacerante e incomprensible como el mundo en el que se habita. Pero hoy, a la luz de las circunstancias, Detrás de la ciudad… brilla oscuramente como un anuncio, como una terrible premonición.
Treinta poemas componen este poema-río, escrito en un versículo muy plástico, accidentado, suntuoso; y expansivo: desborda casi siempre la anchura de la caja. Esta dilatación fractura los versos en la página, con una línea continua de lado a lado y otra, muy corta, abruptamente interrumpida. Las treinta piezas conforman una visión caleidoscópica de la ciudad, por la que vagabundea la conciencia del autor y cuyos espacios suscitan la perplejidad, la alucinación, el asombro o el miedo; a menudo, todo ello en un mismo poema. La ciudad puede muy bien ser la Ciudad de México, donde nació el poeta, por sus perfiles enmarañados, las frecuentes alusiones a los volcanes que la rodean y su absorbente totalidad, pero, como en toda buena poesía, las imágenes superan la condición biográfica y adquieren una textura simbólica, universal. La naturaleza versicular del libro, así como la madeja urbana desgarradamente desovillada en sus páginas, remiten a otros libros fundamentales de la poesía mexicana contemporánea, como Incurable, de David Huerta, también recientemente fallecido.
La mirada de Julio Trujillo es una mirada desengañada, consciente de la caída, triste. En el tráfago inacabable de una megalópolis, la soledad cobra una intensidad —y una violencia— insoportables. El poeta se describe solo ante el ordenador, en «una babel atomizada» compuesta por «millones de soledades mirando apantalladas sus oasis personales», y se pregunta: «¿La gente dónde está?». O bien recurre a la figura del farero, arquetipo de la soledad, «epicentro del temblor de ser», para significar el aislamiento arrasador del que nunca espera nada de nadie y no encuentra en quien repose la luz que arroja al mundo. También denuncia otros descalabros: el fracaso de la poesía —y cita a Wittgenstein y Beckett para ilustrar ese fracaso— y la ausencia de Dios; la Nada, hacia la que «brinca el corazón (…) porque el mañana y el ayer son nada»; la necesidad de descansar «de la crueldad del infinito»; la torpeza de vivir y el agotamiento de monologar. El libro se adentra, poco a poco, en una desesperación solo atajada por el recuerdo de una infancia balsámica —todo es colapso menos ser niño, dice Trujillo—, por una trascendente reflexión metaliteraria y por la propia combustión del poema. La identidad se trastoca, sacudida por el desconcierto: somos «ese no ser siendo, (…) ese ser no siendo», o somos otros, o somos Nadie («pero no me olviden», implora el poeta); o bien nos sumimos en la enajenación insuperable de que «todo [sea] otro». El poeta quiere liberarse de un yo embarcado, como un nuevo y desvalido Ulises, en la odisea de la soledad: «Vaciar, vaciarse, desasirse, soltar/ los propios fardos y elevarse en esa bóveda que es él abandonándose…». En realidad, se trata de cruzar «la Atlántida de tedio y tristeza» en la que penamos y escapar del «abrasador dolor de ser». Pero estamos ante una tarea imposible, porque el fondo —y el «seductor silencio de sus animales oscuros»— nos llaman. (También Alejandra Pizarnik se mató después de escribir en el pizarrón de su cuarto: «No quiero ir más que hasta el fondo»). Y así, gracias a la muerte, santa, que nos cosquillea heideggerianamente a cada rato, alcanzamos «la dicha de extinguirnos». Trujillo acude a un clásico del cine, Blade Runner, para abominar de la persecución inexorable del tiempo y cantar nuestra resistencia a que nos dé alcance. Sin embargo, nunca dejamos de saber que es una pretensión algo infantil y completamente inútil: que el futuro es imposible y el pasado, irrevocable; que «es hora de morir todas las horas».
Detrás de la ciudad y antes del cielo es un viaje abrasador por las turbulencias de la ciudad y el naufragio del yo, que se entrelazan y confunden. Empieza con el anochecer, cuando la oscuridad borra los volcanes, que el alba vuelve a dibujar cada mañana, y concluye con un amanecer que, en efecto, insinúa otra vez esos mismos volcanes, que la noche borrará de nuevo al cabo de unas horas. El poemario sucede en el tiempo: es, machadianamente, palabra en el tiempo y construye un círculo con ese tiempo. Su transcurso es ipsocéntrico: vuelve al ser desbaratado, al espíritu sin consuelo, cuya negra lucidez destierra la esperanza; y también amargamente revelador: descubre las razones por las que las horas son insoportables, por las que la vida es insoportable.
[Julio Trujillo, Detrás de la ciudad y antes del cielo, VII Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, Fundación Centro de Poesía José Hierro, Valencia, Pre-Textos, 2025, 70 pp.]
[Este artículo se publicó en Turia, nº 156, noviembre 2025-febrero 2026, pp. 493-495]
martes, 24 de febrero de 2026
Una visita a Rosas
Rosas no pasa por ser uno de los pueblos más bonitos de la Costa Brava. Yo solo lo había visitado hace muchos años, invitado por un buen amigo mío, cuyos padres tenían un apartamento veraniego en la localidad. Y, de hecho, apenas recuerdo nada del pueblo, salvo las eternas discusiones —sobre política y fútbol— que mi amigo Jordi y yo teníamos en la casa. Esta vez, en que vuelvo a visitarlo, en cambio, admiro largamente, y nunca mejor dicho, su amplísima bahía y su extenso paseo marítimo, que la recorre de un extremo a otro. La visita también nos llevará a conocer uno de los atractivos históricos del lugar, el castillo de la Trinidad, que protegía a Rosas, precisamente, de piratas y franceses. Desde donde nos alojamos Álvaro, Mireia y yo hasta el castillo hay casi cinco kilómetros: una hora de caminata. Por suerte, no hace frío, sino un día casi primaveral, con una temperatura muy suave y un sol luminosísimo en el centro de un cielo lujuriosamente azul. Yo arrastro todavía el último de una cadena de resfriados —al igual que ha habido una cadena de borrascas en el país, la ha habido de catarros en mi avejentado organismo— que me tiene martirizado desde antes de la pasada Navidad: es el tercero que empalmo, y no dejo de maravillarme de la extraordinaria capacidad que tiene el cuerpo humano para producir moco. Si hoy hiciera aquí el típico día rosense de febrero —anterior al cambio climático—, con tramontana y helada, no habría podido salir de casa. Pero, animado por el calorcito y la luz, me he lanzado, con la compañía de mis hijos, a cubrir los diez kilómetros de nuestra excursión de hoy, cuya primera etapa concluye en la principal iglesia del pueblo, la de Santa María, de corte tardíamente neoclásico —empezó a construirse en 1792, aunque las obras no se remataron hasta mediados del siglo XIX—, pero anodina y gris, tanto de color como de espíritu. Nada destaca en la fachada —de hecho, nada hay en la fachada— y solo la cúpula en el interior llama la atención, con un entramado de colores, vidrieras y esculturas cuyo atractivo resalta por la pobreza decorativa del resto del templo. Aunque hay que ser justos y recordar que la iglesia, como tantas otras en España, fue saqueada durante la Guerra Civil y sufrió desperfectos irreparables. La renovación, en los tiempos victoriosos del franquismo, no brilló por su ingenio ni su originalidad, y el resultado es que tenemos ante nuestros ojos. De camino al castillo, sí se ve algo deslumbrante: las montañas nevadas al sur de la bahía, cuya franja blanca —de una blancura dolorosa— se imprime entre el azul del cielo y el azul del mar, dibujando una orla inmaculada por la que la luz resbala con delicadeza de escarcha. Rebasado el puerto deportivo, plagado de veleros musculosos, y ya en las cercanías del castillo, observamos dos búnkeres en la falda de la colina donde se encuentra la fortificación. Averiguamos que no los construyó la República para defenderse de los ataques fascistas que llegaran por mar, sino Franco para repeler las invasiones francesas o comunistas que pretendieran acabar con su régimen, última reserva espiritual de Occidente. Ambos reductos están verjados, para que no se conviertan en refugio de botelloneros o perroflautas (o de cultivadores de champiñones, como ha sucedido con los cientos de búnkeres que construyó el visionario Hoxha en Albania). También antes de ascender al castillo, vemos, a sus pies, el faro de Rosas, muy blanco, muy pequeño —casi de juguete—, construido en 1864. Una larga escalera de piedra nos lleva, después de no poco esfuerzo, sobre todo para mí, hasta la Trinidad, un castillo, situado a sesenta metros de altitud, que Carlos I mandó construir en 1544 y que en 1551 ya exhibía su airosa forma de estrella, desde cuyas cinco puntas la artillería podía cubrir cualquier ángulo de la bahía. Inicialmente, el castillo estaba pensado para proteger la rada y las poblaciones que se asentaban en ella de las incursiones berberiscas, que llevaban siglos azotando la costa catalana, pero pronto se integró en una red de fortificaciones, extendidas por todo el territorio de Cataluña, que actuaban como freno de las siempre pujantes ambiciones francesas. El castillo de la Trinidad participó en numerosas batallas a lo largo de la historia, y quizá su momento más memorable —que fue también el último— coincidió con la defensa que dirigió el capitán Thomas Alexander Cochrane, décimo conde de Dundonald, frente a las tropas napoleónicas que asediaban la plaza. Resulta que este personaje histórico, Cochrane, ha inspirado a varios personajes de la literatura, como Horatio Hornblower, el protagonista de las novelas de Cecil Scott Forester, y, sobre todo, en lo que a mí respecta (a Hornblower no lo he leído), el capitán Jack Aubrey, el héroe de la serie de novelas sobre el mar de Patrick O’Brian, y que en el cine encarnó Russell Crowe, cuando estaba mucho menos gordo que ahora, en la genial Master and Commander. La vida de este Thomas Cochrane —una estatua suya, de tamaño natural, preside la entrada al interior rehabilitado del castillo— es demasiado aventurera, casi inverosímil, como para resumirse aquí: solo diré que se pasó media vida combatiendo a españoles y a franceses en Europa, y la otra media a españoles y portugueses en Hispanoamérica y a turcos otra vez en el Mediterráneo. Es difícil de creer que, tras todo lo vivido en barcos, cárceles y costas del mundo, muriera en paz, en su cama de Londres, a los ochenta y cinco años, una edad señaladamente provecta en 1860. Naturalmente, está enterrado en la abadía de Westminster. En 1808, los franceses de Gouvion Saint-Cyr sitiaban la Trinidad, pero la marina británica se había comprometido a defender el puesto, y a eso se aplicó Thomas Cochrane, al mando de una heterogénea fuerza compuesta por soldados del regimiento Ultonia —una unidad del ejército español integrada por irlandeses—, migueletes catalanes y los propios marineros británicos. Pese a la habilidad de Cochrane y el heroísmo de los defensores, la posición hubo de ser abandonada, no sin que antes el inglés ordenara su destrucción para que no pudiera ser utilizado por los bonapartistas. A esta voladura siguió, seis años después, la de los propios franceses, que acabaron así definitivamente con el castillo. La Trinidad fue restaurada, con gran dispendio, en 2010. La restauración nos causa buena impresión, pero leo después en Internet “que ha destruido buena parte de los valores históricos y documentales del monumento”. Así, se ha extraído “todo el derribo, que ha sido arrojado a un vertedero”, lo que contraviene la Ley del Patrimonio Histórico Español, que exige que se utilice, y no se ha respetado la fisonomía original. Por si fuera poco, los materiales utilizados, en su mayoría cemento armado, casan poco con los restos conservados, de forma que la construcción parece más un búnker que un castillo renacentista. En cualquier caso, disfrutamos de unas vistas privilegiadas en las terrazas del castillo, que en la actualidad solo acogen a turistas —hoy, extrañamente, muy pocos— en lugar de cañones, y desde las cuales se aprecian hasta las islas Medas, donde hace algunos años mis hijos y yo disfrutamos de una extenuante jornada de kayaking. Al bajar de la Trinidad, atravesamos una ladera salpicada de cactus resecos, casi negros, aplastados contra el suelo como pulpos muertos, junto a los que desfilan las procesionarias que han sobrevivido al aplastamiento de los visitantes. Ha llovido mucho, y todo, salvo los cactus, luce verde y vivo. Una alfombra de flores amarillas enciende la hierba. Por la tarde, tras la siesta, salimos a pasear hasta el espigón, en el extremo contrario de donde se encuentra el castillo. Pasamos por delante de una terraza en la que una pareja se está tomando, en albornoz, un gin tónic, y divisamos, al final del paseo marítimo, els aiguamolls de l’Empordà (‘los humedales del Ampurdán’), que separan Rosas de Empuriabrava, una masa oscura de vegetación. Por el brazo de mar que se interpone entre nosotros y las marismas, se desliza, silencioso y elegante, un velero deportivo de bandera francesa (como casi todo en esta tierra, invadida históricamente por los franceses). Tras él, una zodiac ruidosa y sin bandera, que rompe la paz del momento. El horizonte arde de rojos y violetas. Nos encaminamos a la punta del espigón, a lo largo del cual solo encontramos a pescadores procurándose la cena o un momento de asueto, aunque siempre me ha resultado difícil entender qué placer se obtiene de estar de pie muchas horas, sosteniendo una caña, rodeado de humedad (y ahora de noche), a la espera de que un animal que no ves decida morder el anzuelo. Desde el final de la escollera, las luces de Rosas se extienden a lo largo de la bahía como un largo gusano de neón.
lunes, 16 de febrero de 2026
POESIAVOZ y Dilema: una lectura en Madrid
Acudo hoy, viernes, a la lectura del ciclo POESIAVOZ, organizada por la librería Enclave de Libros, de Madrid —que se va quedando, poco a poco, como referente de esta suerte de actos en la capital: otra librería fundamental, Tipos Infames, acaba de cerrar—, en la que participaremos los autores de la editorial Dilema, cuya colección de poesía dirige el poeta y crítico Antonio Ortega. Vamos a ser legión, nos dice Antonio: dieciocho poetas, nada menos, embutidos en un acto de una hora de duración. Un número tan alto de autores revela varias cosas: a) que los que escribimos poesía en España (y en todas partes) somos muchos, tal vez demasiados; b) que todos nos pirramos por que nuestros versos sean leídos (o escuchados) en público y en privado; y c) que Dilema ha publicado mucho hasta ahora (aquí no me atrevo a decir “tal vez demasiado”). Entre los participantes en el acto, hay no pocos amigos: Ignacio Cartagena, Jonás Sánchez Pedrero, Ángel Cerviño, Francisco Layna, Miguel Ángel Curiel, Víctor M. Díez. Desgraciadamente, estos dos últimos se darán de baja en el último momento y me privarán de la posibilidad de darles un abrazo. A Madrid viajo en tren, lo que actualmente supone embarcarse en una aventura plagada de riesgos. Y asumir, desde que uno llega a la estación, que todo va a funcionar, si es que funciona, con retraso. Y así es: el convoy de OUIGO con el que cruzo media España sale veinte minutos más tarde de la hora prevista y llega a Atocha cuatro hora después. Un viaje que, antes del espantoso accidente de Adamuz, se hacía en dos hora y media, ahora tarda cuatro. Ya en Madrid, he de apresurarme para no llegar tarde a la lectura, que empieza a las 18.30. Por suerte, Atocha no queda lejos de la calle Relatores, donde tiene su sede la benemérita Enclave de Libros. Alcanzo a llegar incluso con alguna antelación (el metro madrileño funciona bien, aunque siempre va abarrotado; todo en nuestras ciudades está siempre lleno) e intento entrar, con Jonás e Ignacio, con los que he dado a la entrada, en el bar cercano donde Antonio ha convocado previamente a los poetas. Una camarera nos barra militarmente el paso, porque en la mesa ya no cabe nadie más (rebosa de poeterío) y debemos esperar a que nos acomoden en otra parte. La espera se prolongará muchos minutos, durante los cuales la misma camarera que nos ha disciplinado pasa varias veces por nuestro lado para atender a otros clientes u otras mesas, sin decirnos oxte ni moxte. Y allí quedamos, de pie, pausados, sedientos, prosaicos, hasta que los que ya estaban dentro del bar-cuartel salen, porque ya se ha hecho la hora, y nos arrastran en su marcha. Cómo está el servicio (en los bares), madre mía. Enclave de Libros es una librería más bien pequeña, pero con una flexibilidad admirable. En cualquier caso, que los locales donde se celebran actos literarios sean pequeños no es malo per se; por el contrario, puede ser muy útil. Igual que en el parlamento británico hay menos escaños que diputados, para que siempre dé la sensación de que las sesiones, con parlamentarios de pie, son el colmo de la actividad, en las librerías chiquitas la escasez de aforo induce a pensar que las masas, arrebatadas de pasión lírica, y entre codazos, han invadido el escenario de la lectura. Así sucede hoy: la gente de Enclave de Libros coloca sillas desde el fondo de la librería, donde se sitúan los escritores, una zona un poco más ancha que el resto, hasta casi la entrada del local, y a todos nos agrada esta sensación de placentera incomodidad, de amontonada plenitud. Antonio da inicio al acto, anunciando que, dada la cantidad de vates, el tiempo de lectura queda necesariamente limitado a dos o tres minutos por cabeza. Esta medida me plantea una duda a la que le encuentro algún parecido con una aporía de Zenón de Elea. Somos dieciséis para leer y tenemos dos minutos cada uno; si fuéramos treinta y dos, tendríamos, quizá, un minuto; y si fuéramos más y más, el tiempo se reduciría simultáneamente —treinta, veinte, diez segundos...—, hasta que a cada poeta ya no le correspondiese ninguno. El resultado de esta disposición sería, entonces, que las docenas y docenas de poetas pasarían la hora de lectura en completo silencio, y el público asistiría a una performance negativa: a una lectura muda, a una poesía ausente. En la de hoy, Esther Peñas, que acompaña a Antonio Ortega en la dirección del acto, hace una ceñida pero sustanciosa presentación de cada uno de los poetas (es un arte ser un buen introductor de los protagonistas de una lectura, y Esther, sin duda, domina ese arte; el poeta barcelonés Pedro Alcarria, de quien he recibido instrucciones para transmitirle sus saludos a Esther, de quien es amigo, también funge, curiosamente, de diligente gestor cultural e inmejorable maestro de ceremonias). Tras lo cual abre el fuego Ignacio Cartagena, con un par de poemas de su Europa cuando llueve, un excelente libro, que he reseñado en este blog: “Tres libros de Dilema: Sánchez Pedrero, Curiel y Cartagena” (https://eduardomoga1.blogspot.com/2025/12/tres-libros-de-dilema-sanchez-pedrero.html). La vez —la voz— va pasando luego de mano en mano —de garganta en garganta—, aunque no todos quieren utilizarla: Luisa Pallarés, por ejemplo, declina recitar poemas suyos y decide leer un texto, en prosa, escrito para la ocasión. Jonás Sánchez Pedrero sí lee algunos aforismos de su asimismo magnífico Torrelodones —reseñado en la misma entrada que Cartagena—, pero no más de una docena, y, como son aforismos, su lectura apenas dura cuarenta segundos. Luego, cuando Antonio, que ha sido demasiado draconiano estableciendo el límite de dos-tres minutos, decida permitirnos una segunda ronda, Jonás no querrá leer más: así es de tímido o de, injustamente para él, modesto. Otro poeta, Paco Layna, de poderosa y experimental voz, renuncia también a utilizar esta segunda ronda, alegando que lo que él hace es muy largo. Lo entiendo muy bien, porque también lo que a mí me sale suele ser muy largo, tal vez demasiado. Por eso he elegido para esta escuetísima ocasión tres poemas: una décima, un ovillejo y un soneto, a los que se sumará un cuarto poema —otro soneto— en el segundo turno. A la postre, seré el único que utilice formas estróficas en el recital, en el que predomina el verso no ya libre, sino libérrimo. De hecho, otro de los participantes, Pedro Provencio, tiene escrito un ensayo, que podría calificarse de canónico, sobre el verso libre: Un curso sobre verso libre, en Libros de la Resistencia. Me gusta mucho lo que lee —y cómo lo lee— Ángel Cerviño, al que me complace reencontrar después de la visita que hice a Vigo hace un par de años para impartir una conferencia sobre Walt Whitman. También me gusta lo que oigo de Carmen Díaz-Maroto, a quien no conozco, pero que me seduce con sus versos fracturados y acariciantes: “De estar con tu cuerpo// qué constelación/ qué ser saciado/ en qué batir de alas/ en qué fosa hubiera caído nuestra carne/ en el rescate de qué memoria/ hubiera sido el despertar// qué semillas de adormidera/ hubieran alimentado a nuestros hijos...”. Luis Santana, a cuyo lado estoy sentado, y a la presentación de cuya obra reunida, publicada por Dilema, asistí en el espacio Betulia, de Badalona, hace ya un par de años, lee varias piezas que se corresponden perfectamente con su perfil: discreto, agudo, minucioso. Ina Olvera, Enrique Darriba, Eva Yárnoz, Ildefonso Rodríguez, Francisco Taboada, Francisco Deco y Aldo Sanz —el único inédito aún en Dilema, pero que, no obstante, participa en la lectura: su libro saldrá hacia mayo, según informa Antonio Ortega— completan el acto. Cuando acaba, se produce en la librería el previsible tumulto de poetas, acompañantes y público, en el que me encuentro con otro buen amigo, Javier Gil, responsable de la estupenda colección “Cartonera del escorpión azul”. En la calle chispea, lo que no es óbice para que casi todos quieran ir a prolongar el encuentro en el bar de la esquina. Yo, no. Estoy cansado de un viaje largo y apresurado, y, aunque celebraría una cerveza relajada, prefiero irme a casa a cenar en calma. Tengo mucha hambre.
lunes, 9 de febrero de 2026
Elogio del libro sin erratas
martes, 3 de febrero de 2026
“Baladaz”, de Sharon Olds
Se acaba de publicar Baladaz, mi traducción de Balladz, de Sharon Olds, en la editorial barcelonesa La Cama Sol, aunque no toda aún. Me explico: la editorial ha decidido dar a conocer el libro, unitario, en dos volúmenes; ambos verán la luz en 2026. El que acaba de aparecer es el primero. El libro no es bilingüe, pero cuenta con las sugerentes ilustraciones de Juan Uslé.
Así dice el poema “Best Friend Ballad”:
Sometimes I’ll suddenly remember the powerhouse—what?
Italianate? Ogive windows,
balconies, tile roof,
the land fallen o steep behind it to the
the at stones up to her Doric
portico—between them, flowering
elegant home of safety where she was
dying, 9 years old, and I didn’t
let myself realize it.
If her mother had been there, maybe I could have
asked her if I could take a nap
had died the day before, my job
was to not let my friend know it—
a mother. What would I have given to
next to her dear skeletal body.
She still had her fine, yellow-green,
as if the lead poison they’d breathed had
what would I have given to be
and dream, alive—what would I give
none of the luck which followed in my fortunate
9 and 9, we can hold each other in a
green dream.