viernes, 5 de junio de 2026

Elogio de la masturbación

Lo mejor de la masturbación es el final: los cariñitos.

WOODY ALLEN

«No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con la persona que más quieres», dijo también el sabio Woody Allen. Su reflexión es impecable. Un grafitero de lavabo, por su parte, formuló esta sutil observación: «Pelársela está bien, pero follando conoces gente». No obstante, esta máxima de urinario desatiende una realidad fundamental: masturbándote te conoces mucho mejor a ti mismo. Conoces tus ritmos, tus debilidades, tus preferencias, tus interrupciones. Y ese prodigioso instrumento que es la mano, con sus cinco magníficos (dedos), capaces de las mayores hazañas —desde el pellizco sabroso de la piel desesperadamente sensible a la presa propia de una trampa para osos—, descubre rincones amenos, cerros de placer y vaguadas de entusiasmo, pero también rincones grises y trechos indiferentes. (Madame la cinq, la llaman los franceses). Tras todos ellos, en todos ellos, está el yo solo, lleno de sí, que quiere anularse y quiere gritar, aunque ni siquiera profiera un gemido. En la acción ensimismada y jubilosa de la gayola, asoma no solo un glande o un clítoris felizmente desvelados, sino un rostro —el nuestro— que corre hacia su adentro, aunque estalle en el afuera. Onán nos permite abrazarnos sin otro, mitigarnos sin merma, despellejarnos sin dolor. Y ni se nos reblandecen los sesos (los sexos sí, pero después) ni nos quedamos ciegos; al contrario, ganamos una lucidez exasperada: todo lo distinguimos con singular clarividencia. Expulsamos lo que desconocemos, pese a haberlo visto —y a habernos manchado con ello— tantas veces. La masturbación nos ratifica en el asombro de sentir y en la gloria de derramarnos. Devolvemos al mundo el mismo zumo con el que hemos venido de la nada. La masturbación permite, además, que nos consolemos en cualquier circunstancia, en cualquier soledad. Nos rescata del tedio del trabajo, nos libra del deseo insatisfecho, nos resarce del abandono, o da rienda suelta a la fabulación inflamada pero improductiva: consuma el frenesí insuficiente. Apenas unas caricias —unos embates— y nos sosegamos. La masturbación se adapta a cualquier ambiente. Su hábitat verdadero está en nuestra mente. Es otro interruptor del cuerpo, el más silencioso, el que conduce al calambre más devastador. Masturbarnos despeja las incógnitas y aclara las ideas. Nos enriquece vaciándonos. Nos fortalece extenuándonos. Y preserva nuestra independencia: a nadie necesitamos para disfrutar de los placeres de la vida, que están en nosotros y solo nos angustian si no los ejercitamos. Pero la masturbación no es un acto solipsista: puede ser solidario y hasta abnegado. Masturbar a quien amamos (además de a nosotros mismos), o a quien no amamos, pero estimamos razonablemente, ensancha su naturaleza y sus méritos. Masturbar no supone entonces sustituir nada, sino, como en el mejor cristianismo, dar sin recibir, dar sin esperar nada siquiera, salvo el placer de procurar placer y la satisfacción del deber cumplido. Los dedos o la lengua —apéndice asimismo apto, y hasta preferible, para el quehacer inguinal— se revelan cerrajeros sutiles, que franquean con paciencia los candados más estrictos. Indagan, hurgan, promueven el temblor. Y, cuando sienten que llega, lo amplían, lo ponen cabeza abajo, lo convierten en marejada y se dejan arrastrar por ella, a la vez que continúan empujándola. La masturbación supone siempre un ejercicio rítmico: una forma en el tiempo. Se eleva desde la planicie, y remonta los riscos, y alcanza mesetas más empinadas, pero no se detiene en ellas, sino que persevera, como el alpinista en la pared, hasta que ataca la cima, entrecruzada de ayes y empujones y humedades. Y luego ayuda al descenso, con la misma vigorosa delicadeza con que ha favorecido el ascenso. La masturbación, propia o ajena, nos exonera del mal, y nos recuerda que el bien se asocia a la necesidad saciada, al ansia cumplida con honestidad y rigor.

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