miércoles, 24 de junio de 2026

Americaneando (3): El USS Cod

A diferencia de Jacinto Antón, yo no he subido nunca a un submarino (es curioso que se diga “subir a un submarino”, cuando el propósito de un submarino es siempre bajar). Lo hago por primera vez en Cleveland, en uno de cuyos muelles —Cleveland se encuentra a la orilla del Erie, uno de los Grandes Lagos, tan grande que parece un mar— lleva cincuenta años atracado el USS Cod, entre el Salón de la Fama del Rock & Roll y el aeropuerto de la ciudad. Antes de montarnos en el gigantesco ingenio —el USS Cod parece antes un buque de guerra que un sumergible: los submarinos estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial no tenían potencia para estar mucho tiempo sumergidos y pasaban mucho más en la superficie que debajo del agua; por eso también estaban fuertemente artillados en cubierta—, vemos una placa en honor de los 2.400 norteamericanos muertos en el ataque japonés a Pearl Harbor y una hélice dorada de cinco palas —muy parecida a las que usaba el USS Cod para propulsarse— en recuerdo de los 3.900 marinos que han muerto prestando servicios en los submarinos de la Marina estadounidense desde 1900. Los estadounidenses son muy de homenajear a sus muertos, y hacen muy bien, qué caramba, aunque no todas las guerras en las que han participado hayan sido justas, e incluso algunas, profundamente injustas. También hay un periscopio (por cuyos ojos, a los que turísticamente nos asomamos, no se ve nada) y un torpedo, adornado por uno de los símbolos del submarino, muy poco halagüeño por sus destinatarios: un torpedo atravesando una calavera. Se trata del proyectil más utilizado por los sumergibles estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Nos alegra saber que la cabeza del artefacto es de fogueo. Queda descartado así el peligro de que un niño desatendido le dé un balonazo y nos mande a todos a reunirnos con los hijos del Sol Naciente que descansan ya en el mar por obra de los que lanzara, hace ochenta años, el submarino que se despliega ante nosotros. Que, por cierto, fueron muchos. El USS Cod hundió, en los dos años de guerra en los que participó —había sido botado en 1943—, veintiséis buques japoneses, entre mercantes y barcos de guerra —uno de ellos, el orgulloso destructor Karukaya—, y dos sampanes tailandeses. Al final de la Guerra, y dado que la marina imperial había sufrido grandes pérdidas, los japoneses tuvieron que recurrir a las flotillas tailandesas —el reino de Siam fue la única nación asiática aliada del Trono del Crisantemo— y vietnamitas para aprovisionar a las islas del Pacífico que todavía estaban bajo su control. Tras el prólogo en tierra, montamos en el submarino, y lo primero que vemos es un operario trabajando en la cubierta y dos limpiadores abrillantándolo. El USS Cod es un enorme (y feroz) bacalao —eso significa su nombre— que aún está vivo. Se salvó del desguace en 1976, y aquí sigue, para deleite de curiosos y turistas. Pero requiere un mantenimiento constante. Los hombres trabajan en su estructura con dedicación patriótica, y nosotros agradecemos su esfuerzo. También se monta, casi al mismo tiempo que nosotros, una familia oriental, con dos niños pequeños, que lo mira todo con sonriente curiosidad. Aunque no lo sabemos, suponemos que no son japoneses. Si lo fueran, nos parecería desagradablemente morboso. En la cubierta, destaca un cañón 7-Tom de cinco pulgadas donde cumplo uno de mis sueños de infancia: sentarme en uno de sus taburetes metálicos —aunque lo de sentarme es más una intención que una realidad, porque apenas quepo en él, y lo de taburete es una solución léxica mía de urgencia: seguro que el aparejo tiene un nombre preciso que yo, en mi infinita ignorancia, desconozco— y hacer girar las ruedas que orientaban la torreta al blanco. El mecanismo todavía funciona, aunque, por más que le doy al disparador, no dispara nada. Es decepcionante. En la cubierta hay más armas: dos cañones antiaéreos a los que no se puede acceder y que apuntan todavía al cielo, como si aún esperaran que apareciesen entre las nubes los temibles zeros nipones o los aún más escalofriantes kamikazes. Entramos por fin en el submarino. Renée ha de vencer para ello cierta claustrofobia, y yo, las dificultades que me plantea la pequeñez de todo. El USS es muy grande, pero el espacio interior resulta exiguo, sobre todo para alguien de mis dimensiones: subir y bajar por unas escalerillas estrechísimas y pasar por unas puertas que parecen hechas para hobbits, me obliga a contorsiones  casi circenses. A lo que he de sumar los problemas de mi rodilla izquierda, en la que ha aparecido, regalo de la edad, un osteofito, esto es, un cuerno óseo, que se me clava en el tendón rotuliano y me hace daño. Así pues, la visita al USS Cod también es un desafío físico. La primera sala que vemos es la de torpedos. Hay una en cada extremo del submarino, con seis tubos lanzatorpedos la delantera y cuatro la trasera. Lo más sorprendente del lugar es que encima de los tubos, y en los múltiples rincones, se disponen literas: contamos quince. Había que aprovechar el espacio al máximo para acomodar a los hasta noventa y nueve marinos que viajaban en el sumergible, y cualquier agujero era bueno para embutir a uno. Pero es que, además, la tripulación prefería dormir aquí a hacerlo en los dormitorios propiamente dichos: esta parte era más fresca y silenciosa. En la sala hay un retrete y, fuera, una ducha y la cocina. Pese a la cortedad de los medios con los que se contaba en un submarino, la marinería de esta arma, compuesta por voluntarios, era la que mejor comía de toda la US Navy, además de cobrar un 50% más de sueldo y disfrutar de permisos más largos: premios con los que se compensaba el sufrimiento de permanecer semanas embarcado en un cacharro asfixiante, viviendo en miniatura, lejos de todo y permanentemente amenazado por las cargas de profundidad de los barcos y las bombas de los aviones enemigos. En el comedor del aparato encontramos hasta una máquina de helados, aunque el insólito aparato debía de consolar poco a los marinos: debajo de las mesas se almacenaba la munición del submarino. Tampoco nos los imaginamos lamiendo un cucurucho en un zafarrancho de combate o mientras se manipulan los explosivos del batiscafo. La visita continúa en la sección de oficiales, con cabinas para tres y su propio comedor, minúsculo; en la habitación del capitán, que es, en rigor, un zulo, pero que, comparada con las demás dependencias del barco, parece una suite del Hilton; en la oficina, porque la burocracia está en todas partes y también aquí, en la que advertimos una caja fuerte y hasta una pequeña biblioteca, entre cuyos ejemplares distingo un libro de Robert Penn Waren, el celebrado autor de Todos los hombres del rey; y en la sala de control y de comunicaciones, desde la que se dirigía el buque, iluminada por una luz roja moderadamente tenebrosa (o prostibularia). Desde allí se sube al centro de ataque, en un nivel superior —desde el que se manejan los dos periscopios del submarino—, pero al que no se permite acceder a los visitantes: nos limitamos a entreverlo por una angosta puerta. Desfilamos después por las más técnicas y escabrosas salas de motores y de maniobras, aunque siempre acompañados por la música hawaiana que se supone escuchaban los embarcados en los años 40 y con la que ahora los responsables del barco amenizan nuestra visita. La ventilación de todos estos lugares se confiaba, solo podía confiarse a unos omnipresentes ventiladores, que luchaban contra el calor pegajoso que generaban los motores (cuatro, diésel, de 1.600 caballos de potencia cada uno, más cuatro generadores eléctricos de 1.100 kilovatios), el hermetismo y las pieles. En otro toilet del submarino (da escalofríos pensar en lo que suponía que casi cien hombres solo dispusieran, durante semanas, de dos letrinas) vemos que, junto al inodoro —llamémosle así—, hay algunos ejemplares de la revista Life para hacer más llevadera la deposición, al igual que en el comedor hemos visto algunos calendarios con pin-ups de la época. Lo entendemos: se trataba de que los marinos se sintieran como en casa. El recorrido acaba en la sala de torpedos trasera, donde se produjo la única desgracia del USS Cod en toda la guerra. Si bien fue atacado en varias ocasiones con cargas de profundidad, solo sufrió daños materiales (los marinos se quedaban entonces con trozos del metal fracturado por las cargas como suvenir). Pero en abril de 1945, cuando la guerra estaba muy cerca de terminar, se produjo aquí un incendio, durante cuya extinción dos hombres cayeron al agua. Uno fue recuperado, pero el otro, Andrew G. Johnson, se perdió en el mar. Fue la única víctima del conflicto, y en el submarino se le homenajea con una gran fotografía y el relato de su sacrificio. También coincidiendo con el fin del conflicto se produjo la mayor hazaña del USS Cod, si descontamos el hundimiento del Karukaya. Consistió en rescatar a los cincuenta y cinco tripulantes del submarino holandés O-19, que había encallado en un arrecife en aguas enemigas, y devolverlos a todos, sanos y salvos, a tierra. Tardaron tres días en hacerlo, durante los cuales hubo 152 marineros a bordo del USS Cod. No nos imaginamos a tanta gente compartiendo este espacio. Ni usando solo dos baños. El rescate de los holandeses explica que en el muelle hayamos visto una bandera holandesa; que en el interior del buque cuelgue una foto de la reina entonces de los Países Bajos, Guillermina; y que, en fin, en el escudo del submarino, impreso en el casco, figure una copa de martini, con la que se recuerda el fiestón que les dieron los holandeses a los americanos para agradecerles seguir vivos, durante el cual, por cierto, les llegó a todos la noticia, tras los hongos apocalípticos de Hiroshima y Nagasaki, de la rendición del Japón. Cuando Renée y yo salimos de nuevo al exterior, nos vivifica la luminosa brisa del lago Erie. Pero, aunque no hubiera soplado una sola ráfaga de viento, nos habríamos sentido igualmente reanimados. La vida bajo el agua no está hecha para los seres humanos.

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