jueves, 7 de mayo de 2026

Novelemas y poevelas

Julio Cortázar (Ixelles, Bélgica, 1914-París, 1984) fue un poeta metido a novelista. Otros como él —gente naturalmente hecha para la poesía: que no se conforma con la mera realidad de las cosas, sino que busca siempre en ellas, con el punzón del lenguaje, un envés, una trastienda, un cuarto oscuro— se iniciaron en la poesía, pero la abandonaron: habían descubierto que la mejor manera de ser poeta era escribir novelas. Así lo hicieron Faulkner o Julio Llamazares, por ejemplo. Algunos llegaron a esa conclusión antes incluso de haber escrito un verso, como Francisco Umbral. Entre los clásicos, encontramos no pocos que, pese a haber seguido el camino de la prosa, nunca renunciaron a la poesía, como Cervantes, aunque este la considerara el don que no había querido concederle el cielo. A esta estirpe pertenece Cortázar, aunque a él sí se lo concedió. El argentino fue reconocido por una de las grandes novelas del siglo, Rayuela, y por sus extraordinarios relatos, entre otras obras en prosa. Fue también dramaturgo, un crítico afilado y un epistológrafo imparable. Sin embargo, nunca dejó de escribir poesía: nunca la abandonó como tarea íntima, nuclear, aunque la publicara avaramente: en 1938 se estrenó con Presencia, un sonetario firmado con el seudónimo de Julio Denis, y hasta 1971 no publicó un segundo poemario, Pameos y meopas; el año de su muerte, en fin, vio la luz Salvo el crepúsculo. En 2005, se publicó toda su poesía conocida —también la inédita— en el volumen IV de sus Obras completas, en Galaxia Gutenberg. Ahora, Alfaguara republica ese volumen con dos cambios importantes: se suprime el libro en prosa Imagen de John Keats y se añaden los treinta y tres poemas inéditos descubiertos por el profesor Jesús Rubio Jiménez en varios fondos bibliográficos depositados en la Fundación Lázaro Galdiano, de Madrid, los diez primeros de los cuales integran un libro completo, Fábula de la muerte, escrito en 1941 y firmado, de nuevo, por Julio Denis.

La dedicación a la poesía de Julio Cortázar no ha sido subterránea, como demuestran los varios —aunque escasos— poemarios que publicara en vida, pero sí recogida y silenciosa. La razón de este recogimiento la da el escritor en el prólogo de Pameos y meopas: «Mis poemas no son como esos hijos adulterinos a los que se reconoce in articulo mortis, sino que nunca creí demasiado en la necesidad de publicarlos; excesivamente personales, herbario para los días de lluvia, se me fueron quedando en los bolsillos del tiempo sin que por eso los olvidara o los creyera menos míos que las novelas o los cuentos…». En la «Carta abierta para abrirla más», dirigida a Gianni Toti, el traductor al italiano de Le ragioni della collera, publicado en 1995, Cortázar remacha y amplía este juicio: «El hecho de no haber publicado nunca nada que no fuera prosa (salvo un pecado de juventud en forma de sonetos) me había acostumbrado pavlovianamente a dejar mi poesía en estado de manuscrito, como actividad íntima, sin buscar el lector o los lectores que, de todos modos, implicaban siempre. (…) En efecto, si las “razones de la cólera” fueron para mí, hace veinte años, sobre todo metafísicas y morales, inadaptaciones frente a una realidad que entonces prefería ignorar antes que combatir, hoy estas razones obedecen a un sentimiento directamente enraizado en una conciencia revolucionaria, y la cólera no es un pretexto de fuga o de sustitución, sino de ataque y de combate».

En el «pecado de juventud» que fueron los sonetos de Presencia siguió incurriendo Julio Cortázar toda la vida. El soneto, «ese agazapado íncubo de la poesía en lengua castellana», no anacrónico, sino ucrónico, en palabras del propio escritor, recorre su obra de principio a fin, como principal reflejo de su lectura de los clásicos, con Góngora y Garcilaso a la cabeza, y su formación en los patrones de la poesía áurea española. Cortázar recurre a menudo a ellos, y también a otras formas estróficas tradicionales como el romance, en versos escandidos y rimados. Pero a este lecho clásico afluyen otras dos corrientes principales. En primer lugar, la vanguardista, dada al juego y la experimentación —con un ingenio no trivial, sino siempre trascendente—, iluminada de quebraduras y zigzagueos, proclive a la mezcla (de verso y prosa, de realismo y alucinación, de líneas y dibujos, de idiomas), en la que las fabulaciones oníricas, paradójicamente procuradas por un insomnio tenaz, la síncopa del jazz, del que Cortázar fue siempre un enamorado, y el acarreo mallarmeano, ceñido a la sustancia corporal del lenguaje, configuran una poesía acalambrada y autorreferencial, hecha de «embudos, succiones, maelstroms de imágenes y derelicts del recuerdo chocando entre ellos» —como escribe en «Grèce Grecia Greece 59», un poema que se publica apaisado—, en la que se respira la influencia de Vallejo y Neruda, entre otros miembros de la tradición de la ruptura. «Mueven las ganas y blancas/ en dos jugadas. ¡La fresca que repausa!/ Salgamos todos a cazar/ los rinopótamos y los hipocerontes. Pero, ay,/ tanto va el rompe a la fuente/ que al fin se cántaro…», leemos en el poema «Se le lengua la traba», un poema que recuerda los estupefacientes juegos lingüísticos de Rayuela.

Y, en segundo lugar, una corriente de poesía crítica y comprometida, no solo de denuncia, sino también de pelea, en defensa del humanismo ilustrado y contra la injusticia social instaurada por el capitalismo y resguardada con saña por las numerosas dictaduras de Hispanoamérica, y del mundo entero, tras la Segunda Guerra Mundial; una defensa que no dudó en aplicar a la revolución cubana y, después, a la lucha contra el infame Somoza en Nicaragua. En esta dimensión de su poesía, se impone un lenguaje templado de metáforas, pródigo en reveses dialécticos, directo, sangrante, coloquial e indignado, aunque siga componiendo un flujo drástico y esquinado, como la propia realidad que retrata. Pese a que el espíritu reivindicativo acompañó a Cortázar toda la vida, se hace especialmente presente en los poemas incluidos en su libro Último round, de 1969, como el extenso y también apaisado «Noticias del mes de mayo» —sobre el mayo parisino del 68, que tantas esperanzas dio a la izquierda mundial— o «Álbum de fotos», en el que leemos: «La verdadera cara de los ángeles/ es que hay napalm y hay niebla y hay tortura./ La cara verdadera/ es el zarpazo entre la mierda, el lunes de mañana, el diario./ La verdadera cara/ cuelga de perchas y liquidación de saldos, de los ángeles/ (…) la cara de un negrito hambriento,/ la cara de un cholito mendigando,/ un vietnamita, un argentino, un español, la cara/ verde del hambre verdadera de los ángeles…».

Situados en uno o varios de estos tres grandes cauces creativos, los poemas de Cortázar refieren melancolías —recuerdos familiares, andanzas de juventud— de la Argentina que había abandonado; lances de amor y desamor, de los que emana un erotismo delicado, nunca abrasivo; zozobras existenciales —el paso del tiempo, el derrumbamiento de las cosas, la muerte—; descripciones asombradas y asombrosas de la naturaleza y la ciudad; y, en fin, tallas minuciosas de una cotidianidad permeada de extrañeza y celebración. En todos ellos, las ideas se subordinan al empuje emocional. Cortázar desmenuza las sensaciones y los sentimientos, y los dispone en un collage inacabable, que rehúye lo lineal y acentúa lo soñado. En su mirada conviven la introspección implacable de lo que bulle en la conciencia y la contemplación crítica de cuanto sucede en el mundo. Los versos que plasman esa cohabitación constituyen una orfebrería que, paradójicamente, rezuma naturalidad, un caudal de imágenes y asociaciones en cuyas aguas no se diluye la voz del poeta, sino que se encrespa y corrobora. Los poemas de Julio Cortázar aparecen escritos en el flujo de la vida, al hilo de sus descubrimientos y tropezones, fruto de una reflexión ininterrumpida sobre el placer y el dolor de ser.

[Este artículo se publicó en Letras Libres, n.º 295, abril de 2026, pp. 55-57]