lunes, 1 de agosto de 2016

Cien centavos, de César Martín Ortiz


César Martín Ortiz (Salamanca, 1958-Jaraíz de la Vera, 2010) es un perfecto desconocido para la literatura española. Y así le luce el pelo a la literatura española. No es, empero, un escritor sin obra, una figura no tan paradójica como pueda pensarse: algunos conozco yo que, con dos plaquettes publicadas y media docena de poemitas en revistas, van por la vida como si fueran la reencarnación de Rilke (y a los que los demás tratan como si realmente lo fueran, lo cual es aún más asombroso). Martín Ortiz publicó dos excelentes libros de poesía: Dedicatoria o despedida, con el que ganó el premio Leonor, de la Diputación Provincial de Soria, en 1990, y Toques de tránsito, por el que recibió un accésit del premio Esquío, en 1995; cuatro libros de relatos: Un poco de orden, premio Ciudad de Coria, en 1997, Nuestro pequeño mundo, publicado por la Editora Regional de Extremadura, en 2000, Paso de contarlo, en 2004, y este Cien centavos, ya póstumo, recientemente publicado por Baile del Sol; y, en fin, un puñado de cuentos en volúmenes colectivos, la mayoría de la Editora Regional de Extremadura. Sin embargo, su influencia y su reconocimiento en nuestras letras actuales son casi nulos. Explica esta lamentable ausencia, casi anonimato, la conjunción de algunos hechos singulares: en primer lugar, la excentricidad de Martín Ortiz, profesor de un instituto de bachillerato y residente en el valle de la Vera, en Cáceres, uno de los rincones más apartados de España; en segundo, su preferencia, a la hora de publicar, por editoriales pequeñas, periféricas, apenas visibles; en tercero, su muerte temprana e inesperada, a los 52 años, cuando se encontraba en plena madurez creadora; y en último y más importante lugar, su propia actitud vital, distanciada de lo que se ha dado en llamar la sociedad literaria, de los afanes y servidumbres de la publicación, y de los fastos cuasicircenses a que ha de entregarse cualquier autor que, con mucho o poco talento (el talento siempre ha tenido poco que ver con estas cosas), quiera descollar en la apeñuscada batahola de colegas deseosos de afirmar su parcela de suelo, su trozo de tarta o su rayo de sol. «El panorama literario actual», escribió César Martín Ortiz, «es tan espeluznante que le quitaría las ganas de publicar al propio Lope de Vega. Cuando impera la chabacanería, se impone el recogimiento y un digno silencio, como diría Juan Ramón Jiménez, quien, de vivir ahora, posiblemente tampoco querría publicar nada».

No obstante estos factores, que pueden explicar, en parte, la consolidada preterición de César Martín Ortiz en el panorama literario patrio, maravilla –y entristece– que la evidencia de su calidad, de su obra extraordinaria, no se haya impuesto en la crítica y los lectores. Si acudimos a las hemerotecas y a Internet, encontraremos un puñado de reseñas en periódicos, blogs literarios y revistas digitales sobre su figura, cuando falleció, y sobre sus libros, cuando aparecieron, sin que ni una sola –entre ellas, las que Ricardo Senabre dedicó a Nuestro pequeño mundo y Paso de contarlo en «El Cultural» de El Mundo– deje de expresar su asombro por que esos libros existan, y por que un escritor de tanta enjundia siga siendo incógnito. 

La literatura de César Martín Ortiz es extraordinaria. Su prosa lo es. Como se ha dicho de la de Julio Camba, es metálica: no envejece, sigue cortando o acorazando o volando con la misma eficacia, con la misma irreprochabilidad, con la que se creó, y es de prever que continúe así durante mucho tiempo, incluso cuando el idioma haya cambiado lo suficiente como para no reconocer a Martín Ortiz entre los contemporáneos: pese a este alejamiento, que es nuestro destino común, su prosa seguirá hermanada con la conciencia de la época y hablando a los lectores de entonces, porque no se construye con algaradas expresivas, tan rápidamente caedizas como la pasión que las suscitó, ni con fervores barrocos, que se enredan en las excrecencias retóricas de su tiempo y ahí embarrancan, pasto de historiadores y entomólogos. Martín Ortiz pertenece a una estirpe de narradores perfectos, aunque la perfección no exista: escritores cuyo estilo se revela naturalmente ajustado al lenguaje ideal de su época, al desiderátum posible del idioma, subyacente y elusivo, solo al alcance de alguien con el oído muy fino, la muñeca muy flexible, el gusto muy educado y la sensibilidad muy afilada. Es muy difícil encontrar defectos en el fluir de sus narraciones y de su prosa: son inatacables. Martín Ortiz, como Ignacio Aldecoa, Cunqueiro, González-Ruano, Pla, el mencionado Camba, Joaquín Vidal o Juan José Millás, nunca se equivoca: nunca interpone un adjetivo innecesario, nunca se lía en una descripción boba, nunca utiliza una palabra que no tenga el sentido o la pertinencia exigidos por la idea que está desarrollando o la situación que narra, nunca es excesivo o parco, nunca se abandona a la ebriedad de la metáfora, nunca puntúa mal. Uno lee lo que escribe –por ejemplo, los 82 relatos de este Cien centavos, que se extienden a lo largo de más de trescientas páginas– y se pasma de no encontrar apenas errores. Basta con leer cualquier párrafo, como este que pone fin a «Otro pueblo», el cuento más largo del conjunto, para darse cuenta de la naturalidad, la entereza y la exactitud con la que fluye su escritura: 

¿Han visto ustedes un zoológico antiguo? ¿Esos lobos o panteras que dan vueltas incesantemente a los escasos metros cuadrados de sus jaulas? La mente del hombre casado empieza a funcionar de esa forma. Privado de posibilidades dinámicas, de proyección biográfica, solo le queda girar en círculos que rememoran la época en la que aún estaba vivo, porque a un ser humano no le basta la existencia biológica para estar vivo y la detención de su biografía es tan mortal como la de su corazón. El alma se mueve como bestia enjaulada; se mueve, pero no avanza, no progresa. Confunde épocas y lugares, pasa y repasa los capítulos de su historia hasta que termina por mezclarlos todos en un mismo recuerdo indistinto y tristísimo del que sobresale lo que más se añora: un poco de soledad, oscuridad y silencio para que la vida tenga lo más bello de la muerte; y para no confundir a la una con la otra, un poco de incertidumbre.

En algún relato, Martín Ortiz hace algo muy parecido a teorizar sobre su gusto literario, o, mejor dicho, sus preferencias como escritor, y lo que dice es muy revelador de su práctica. Así sucede en «Cuaderno», donde escribe: 

Soy un novelista anómalo, un novelista al que no les gustan las novelas, o muy pocas. Intento escribir novelas poco novelescas y detesto que se me meta lo novelesco, lo amanerado, lo postizo, en una prosa que quiero libre y viva, pegada a los objetos y a las ideas, de modo que objetos e ideas estén en el lado de acá del lenguaje y no aparezcan filtrados por los colorines baratos de los lugares comunes narrativos.

César Martín Ortiz, en efecto, fue también novelista, aunque, ahora sí, inédito. De hecho, su legado incluye tres novelas que, para oprobio de las editoriales y la literatura española de hoy (y de mañana), aún no han visto la luz. Pero las afirmaciones que hace en «Cuaderno» valen también para sus relatos y hasta su poesía: escritura libre y viva, atenta a las cosas, hija del pensamiento propio, sin tópicos, banalidades ni ornamentación.

El tino del razonamiento y el desempeño creador de Martín Ortiz no excluye el desacuerdo, es más, lo exige, porque, como observó Proust, toda reflexión auténtica y veraz conduce inevitablemente a la discrepancia, cuando no al rechazo. En «Las listas», Martín Ortiz expone lo mucho que detesta las enumeraciones en poesía, y se muestra especialmente cruel con Whitman, con «su émulo más conspicuo» en nuestra lengua, «el austral Neruda», y con los «secuaces» de ambos. Su argumentación es la siguiente:

Las enumeraciones abiertas, en poesía, cumplen la función de crear una especie de zumbido de fondo, un bajo continuo de poder narcotizante en el que termina resultando verosímil cualquier disparate. [Los poemas que las utilizan] están escritos para ser leídos en voz alta, por eso tienen tanto éxito en los programas nocturnos de radio, donde son de una eficiencia infalible entre un auditorio compuesto por personas solitarias e insomnes.

Tanto disgusto, y tan sarcásticamente expresado, se entiende en un amante radical de la concisión, de la literatura pegada al terreno, prieta, equilibrada, como es Martín Ortiz, pero revela, al mismo tiempo, su limitación para comprender la dimensión hímnica, celebratoria del verso. No es verdad que estas poesías enumerativas no resistan «la lectura silenciosa y solitaria», como dice después –la resisten perfectamente, porque, entre otras cosas, no son solo enumerativas–, pero es que, además, todas las poesías deberían pasar –y resistir– la prueba de la lectura pública y en voz alta para comprobar su vigencia musical y su arraigo colectivo. Por otra parte, en «El lector empequeñecido, o el camelo de lo exótico», Martín Ortiz, con el pretexto del malestar que le ha producido la lectura de «un volumen con tres novelas cortas de un escritor latinoamericano, un tal Bolaños (sic), al que se jalea mucho en los suplementos culturales» [uno de los pocos pasajes de Cien centavos en el que encontramos algún error, de hecho, más de uno: es Bolaño, desde luego, Roberto Bolaño, y sería preferible hablar de «escritor hispanoamericano», porque ¿qué autor chileno ha escrito nunca en latín?], reivindica una concepción la literatura de la que lo exótico está excluido, entendiendo por exótico aquello que, precisamente, excluye la literatura: 

El camelo de lo exótico implica que hay temas o situaciones interesantes en sí, independientemente de la maestría o la torpeza con que se procesen, pero lo interesante está en la maestría y no en la materia prima; en caso contrario, habría un novelista en cada pirata y en cada salteador de caminos. Pero hasta las novelas de piratas las tienen que escribir los escritores.

De nuevo, el carácter selvático, inmoderado, de lo que él entiende por «exótico» se lo hace inconveniente, como lector y como escritor; y también el alejamiento de la realidad conocida que supone. Para alguien como Martín Ortiz, que hace de la realidad –de la suya, de la más inmediata y común– el centro de su atención, lo exótico es un subterfugio o una añagaza, algo remoto que, por su propia lejanía, él percibe como falso. Pero lo exótico es un recurso más, un tema más, ni el mejor ni el peor, al que cabe aplicar el cincel de la prosa y de la propia sensibilidad. Todo es apto para la literatura, siempre que la literatura haya sabido hacerlo suyo.

En los relatos de Cien centavos, César Martín Ortiz explora literariamente las revueltas y recovecos de una vida ordinaria, que roza incluso la vulgaridad –la suya, pero también la de todos–, amenazada siempre por el tedio y la muerte. Y de ese material cotidiano y mate extrae historias luminosas, que exploran y revelan, sanguinolentas a veces, compasivas siempre, las facetas del alma humana: las relaciones amorosas y familiares, la burocracia conyugal, la lucha –o la sumisión– del espíritu a trabajos sórdidos y embrutecedores, la tarea sisífica y callada del escritor, las pequeñas ocupaciones y miserias de los hombres, la inminencia opresiva de la muerte. Y, en relación con esto último, sobrecoge algún relato, como «Sobre mi muerte», en el que escribe, con premonitoria lucidez: «No está de más tener un sitio donde caerse muerto, aunque sea vecino o incluso contiguo al sitio donde Carmen se caerá muerta, presiento que muchos años después que yo». En Cien centavos hay mucho de todo: melancolía, crítica social, metaliteratura, fabulación, tono diarístico –de hecho, es libro no es sino la ficcionalización de un diario personal–, poesía (once de las piezas son en realidad poemas, intercalados entre los textos en prosa; excelente es «El profeta») y humor, en sus múltiples formas: a veces, delicada ironía; en otras ocasiones, sarcasmo, como hemos visto; y también humor corrosivo, negro. Todo ello configura una de las propuestas más inteligentes y preciosas de la literatura española contemporánea, aunque muy pocos se hayan enterado todavía.

[Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 793-794, julio agosto 2016]

No hay comentarios:

Publicar un comentario