viernes, 3 de agosto de 2018

En Copenhague (1): la Sirenita y la madre que la parió

En Copenhague, todos los caminos conducen a la Sirenita; de hecho, en Dinamarca, todos los caminos conducen a la Sirenita, el monumento más visitado del país. Yo recuerdo haber pagado el peaje de ir a verla en mi primera visita a la capital danesa, en 1981. Era un día frío y nublado, como corresponde a esta pequeña pero felicísima república septentrional. Hoy, en cambio, luce un sol mediterráneo, y el calor es de órdago. Parece que estuviéramos en Torremolinos. Lo mismo deben de pensar muchos de los daneses que se han tumbado en los parques de la ciudad, en bañador, para tomar el sol. Iniciamos la caminata que nos ha de llevar a la estatua en el canal de Nyhavn, cuyo nombre, puerto nuevo, no parece hoy el adecuado: se construyó en 1673. Desde el canal, atiborrado de gente, llegamos al paseo de la costa Langelinie, no sin sortear algún peligro: las bicicletas, que en esta ciudad están por todas partes, casi nos atropellan varias veces. Hay que tener mucho cuidado con las bicicletas, que son las dueñas del asfalto, y más peligrosas que una tarántula. En el paseo, admiramos el elegante porte del Eye of the Wind ("Ojo del Viento"), un velero de tres palos con la enseña naval de Su Graciosa Majestad; la amenazadora figura de un barco de guerra danés; y una reproducción del David de Miguel Ángel, que luce su consabido cabezón, la piel verde, consecuencia de la cercanía del mar, y el pene tirando a pequeño acorde con las convenciones estéticas de la época (los penes grandes se consideraban una deformidad en la Antigüedad clásica y en su secuela moderna, el Renacimiento; ni Jonah Falcon ni mi primo Celestino habrían hecho carrera ni con Pericles ni en la Roma de los Medicis, al menos como modelos escultóricos). Al lado del David se alza otra estatua, I am Queen Mary, con una reina africana sedente, a hybrid of names, nations and narratives ("un híbrido de nombres, naciones y relatos"). El verde del David y el negro de la reina María mezclan bien con el azul del cielo. La Sirenita aparece un poco más allá del final del canal, en Osterport, en un pequeño recodo de la costa. Es una figura decepcionante: pequeña, de corte tradicional y de poco más de un metro de altura. No obstante, los rasgos y el gesto de la sirena son sutiles y delicados: corresponden a la mujer del escultor, Edvard Eriksen, a la que tuvo que recurrir ante la negativa de la modelo en la que había pensado, una bailarina del Ballet Real, a posar desnuda (en la parte, al menos, que no fuera pez). Sí, la Sirenita desilusiona un poco, pero pienso en otros monumentos típicos iconos ciudadanos, los llamas las guías de viaje aún más frustrantes, como el Manneken Pis bruselense, un crío que mea, o el Oso y el Madroño madrileño, un oso y un madroño. El símbolo de Copenhague, además, ha tenido una vida dura: en sus 105 años de existencia, ha sufrido innumerables ofensas: la han decapitado dos veces, le han amputado un brazo, la han tirado al agua con palancas y explosivos, la han manchado con pintura de todos los colores, le han soldado un consolador en la mano y la han vestido de las prendas más abominables, como burkas y túnicas del Ku Klux Klan. Solo por este esforzado currículum, despierta alguna simpatía. Más recientemente, a la Sirenita le han salido competidores o émulos, no se sabe bien: desde 2000, un poco más allá de su emplazamiento actual, se alza la Sirenita genéticamente alterada, de Bjorn Noergaard, una reproducción cubista, por llamarla algo, del original, con su misma pose lánguida, y asentada también en un montón de piedras. El contraste irónico que sugiere la versión de Noergaard engrandece al original. Por si fuera poco, en Helsingor la ciudad del Hamlet de Shakespeare– se ha instalado, en estricta aplicación del principio de igualdad entre hombres y mujeres, que en Dinamarca se lleva a rajatabla, un sireno al que han dado el escueto pero inequívoco nombre de Han ("Él"), obra de dos escultores daneses (hombre y mujer), en acero inoxidable y cuyo principal rasgo distintivo es que pestañea, gracias a un sistema hidráulico, aunque solo una vez cada hora. La Sirenita, en cambio, ni pestañea ni hace nada: se limita a mirar al Báltico, entre expectante y melancólica. Y lo hace de un modo muy distinto de como los turistas la miran a ella: ávidamente, a través del ojo artificial y falseador de los móviles y las cámaras fotográficas. Una nube de guiris, entre los que, ay, nos contamos, inunda el pequeño mirador desde el que se contempla. Alrededor, como en cualquier parte del mundo, han proliferado puestos de helados y suvenires, pero más civilizadamente que en otros lugares: son chiringos limpios, pequeños, ordenados (y carísimos), como todo en este país. En los jardines del palacio Rosenborg, que visitamos después, admiramos la efigie de Hans Christian Andersen, el autor del cuento homónimo en el que se inspira la célebre escultura. Nos extraña no encontrar a su lado otra de Walt Disney, que ha contribuido aún más que el escritor danés a difundir planetariamente al personaje. Por lo demás, Andersen, el autor de El patito feo, era muy feo, más feo que Picio, de una fealdad asombrosa, digna de ser estudiada por la ciencia. Hijo de una familia muy pobre, quiso ser cantante de ópera y luego bailarín, y  en ambos propósitos fracasó. Triunfó con lo que no quería triunfar, los cuentos de hadas. Viajó incansablemente, desde Constantinopla a España ("viajar es vivir", decía; estoy de acuerdo con él), y luego se ganaba la vida, y la reputación literaria, contando sus viajes en los periódicos (como hago yo ahora, sobre Copenhague, en este blog, aunque, otra vez ay, sin que me reporte ni un euro, ni tampoco, me temo, reputación literaria). Se enamoró de mujeres y de hombres, sobre todo de hombres, como Harald Scharff, un bailarín muy apuesto, pero no consiguió labrar relaciones satisfactorias con nadie, y murió solo. En el palacio Rosenborg, que es donde se guardan las joyas de la corona danesa, vemos también un foso con unas carpas monstruosas, más grandes aún que las del lago del parque del Retiro sospecho que las danesas son siluros, y un cambio de guardia. Pero los soldados guardan muy poca marcialidad. Los que están de plantón no dejan de moverse para desentumecer los miembros, y uno hasta comete el sacrilegio de mirar disimuladamente el reloj; y los que vienen a sustituirlos desfilan con desgana, sin zapatazos en el suelo, ni gritos bestiales, ni nada de nada. Para quien haya visto un cambio de guardia de la Guardia Real británica, con soldados que no mueven un músculo aunque un escorpión les suba por la entrepierna y sargentos que aúllan como hienas, este de Rosenborg le parecerá una insulsez. Curiosamente, los militares daneses también gastan bearskins, gorros de piel de oso, como sus colegas ingleses, pero eso no parece servirles para contagiarse de su espíritu castrense. En el interior del lujoso palacio, construido en 1606 por Christian IV, sorteamos, aunque es difícil, al rebaño de japoneses que inunda las salas, y contemplamos, en una vitrina, la ropa ensangrentada del monarca: en 1644, en la batalla de la bahía de Kiel contra los suecos, perdió un ojo y recibió otras heridas. Con el que le quedaba, no obstante, Christian podía gozar, cuando iba al retrete, de la contemplación de sus radiantes jardines por una ventana dispuesta exactamente a la altura de los ojos de alguien sentado, y rodeado de aristocráticos azulejos. En varios cuadros admiramos la fealdad nuevamente de su tataranieto, el rey Christian VI, cuya descomunal nariz es digna de los Borbones. Otro agujero, además del de la letrina, nos llama la atención: el que observamos en la parte delantera del asiento del sillón del gabinete de Federico VII. ¿Qué metería allí el soberano? De regreso al hotel, entramos en un bar atestado de gente y vemos la eliminación de España en el Mundial de fútbol. A nosotros sí sé qué nos han metido: todos los penaltis que nos han chutado. Volvemos a las andadas.

1 comentario:

  1. Los que se acordaron de la madre de La Sirenita debieron ser los turistas que se acercaron a verla en 2010 y se encontraron que no estaba en su lugar. Desde marzo hasta noviembre de ese año, presidió el Pabellón de Dinamarca en la Expo de Shangai.

    ResponderEliminar