sábado, 27 de junio de 2020

El paraíso difícil. Siete años en Extremadura (2013-2019)

Acaba de aparecer El paraíso difícil. Siete años en Extremadura (2013-2019), el libro que recoge todas las entradas publicadas en mis blogs Corónicas de Ingalaterra y Corónicas de  Españia sobre la región y mis experiencias en ella. Me felicito por que vea la luz un trabajo que me ha llevado tanto tiempo culminar y que tan importante es para mí; ahora espero que también lo sea, literariamente, para los lectores. Pero asimismo me felicito por que un libro sobre Extremadura, intensa y casi exclusivamente sobre Extremadura, haya sido publicado por una editorial catalana, que lleva el nombre de un pueblecito de Tarragona, creada y dirigida por Matilde Martínez Sallés. Ese binomio se me antoja, en estos tiempos de lejanías y desgarramientos, un ejemplo de cosmopolitismo y solidaridad, por el que no puedo sino expresar mi reconocimiento y mi gratitud— a Matilde. En El paraíso difícil no he hecho selección: va, como he dicho, todo cuanto he escrito en estos años sobre mi segunda (o tercera o cuarta o..., qué más da) tierra. También, pues, aquellas entradas críticas o menos complacientes sobre un lugar amabilísimo, pero a veces arduo, a veces, incluso, quemante, y no me refiero solo a las temperaturas del verano. Cuando escribí el prólogo, hace seis meses largos, confiaba en que la publicación del libro no representase el final de ninguna etapa, sino un jalón más en mi ya larga relación con Extremadura. Hoy, tras algunas mudanzas personales, ya no estoy seguro de ello. No obstante, constituya o no un final, me satisface poder presentarlo como, por una parte —y si se me permite la expresión un tanto pretenciosa—, relato histórico y fresco social, y, por otra, confesión de la intimidad: de todos aquellos sucesos que acaban haciéndonos como somos y que nos dan, en algunas ocasiones, una pizca de felicidad.

Transcribo a continuación el fragmento inicial del prólogo:

Mi relación con Extremadura se explica por uno de esos azares inexplicables que acaban acaso explicándonos. En mi vida solo había habido un extremeño destacado —aunque no precisamente por sus virtudes: un tío político que, tras treinta años de vida en Barcelona, donde había fundado una familia y labrado un futuro para sus hijas, seguía cagándose en los catalanes; comprensiblemente, su estima por parte del resto de la familia no era muy alta—, hasta que di en unir mi destino al de una madrileña hija de extremeños, un fruto más —de segunda generación— de la eterna y desafortunada diáspora de aquellas tierras. El vínculo familiar me condujo, con los años, a un pueblecito de la sierra de Gata, Hoyos, donde mis suegros conservaban una casa vieja, casi caída. Con esfuerzo, la recuperamos y la convertimos en el asiento de nuestros descansos: como tantos otros habitantes de las ciudades, volvíamos al pueblo en Semana Santa, en verano y, a veces, algunos días de diciembre. Extremadura se convirtió, poco a poco, en otro espacio mío, en otro albergue, en otra piel. Y que estuviera tan lejos de Barcelona me favorecía: me permitía sentir que me alejaba de cuanto me oprimía, de cuanto me entristecía, de cuanto me cansaba: de lo conocido y aborrecido. Mientras mis vecinos y compañeros de trabajo se iban los fines de semana a su segunda residencia en la Costa Brava o la Costa Dorada, nosotros nos aprestábamos, en vacaciones y otras fiestas de guardar, para una expedición que había de cruzar la península ibérica. De Extremadura me cautivaba la amabilidad de la gente y la maravilla del paisaje, silencioso, hipnótico, de exuberancia aún sin desbastar. Y, sobre todo, me seducía cierta sensación de virginidad, de pausa y primitivismo —sin que esto tenga ninguna connotación negativa: lo primitivo es puro y esencial— que yo no hallaba en ninguna otra parte conocida de España. Extremadura configuraba, a mis ojos, un lugar crudo y sin adherencias, donde aún era posible encontrar cosas olvidadas, y encontrarlas también en uno mismo. Hice amigos en la sociedad civil y en la sociedad literaria. Constaté las muchas inquietudes creadoras y la pujanza de la poesía escrita por extremeños, tanto aquellos que se habían quedado en su tierra como los que habían optado por el difícil pero habitual camino de la emigración. Y me acomodé a sentir Extremadura como una parte de mí mismo: como otro pliegue de mi identidad, que no es un bloque sin resquicios ni alteraciones, sino una superposición de capas, de las que la extremeña es la más reciente y, quizá, la que más ha penetrado en mi sensibilidad. Por eso, cuando vivía en Londres —a donde había huido del tedio del trabajo y del adormecimiento existencial en Cataluña— y surgió la posibilidad de concurrir al puesto de trabajo de director de la Editora Regional de Extremadura —una veterana y muy noble editorial pública, la mejor, a mi juicio, entre las españolas, aunque algo decaída en los últimos años— y coordinador del plan de fomento de la lectura de la región —una materia de la que sabía poco, pero que estaba más que dispuesto a aprender—, no lo dudé: eché los papeles y, para mi sorpresa —porque uno está acostumbrado a que los puestos de responsabilidad en la administración pública se adjudiquen no por afinidad política o amistad manifiesta, sino por razones objetivas—, gané el concurso. Ejercí ambos puestos entre principios de 2016 y principios de 2018. Fue una experiencia agridulce: aprendí mucho, en efecto, disfruté no poco con los amigos que ya tenía y con otros que hice mientras ostenté el cargo, y colaboré, me parece, en el resurgimiento de un sello languideciente, pero también hube de sufrir una sobrecarga de responsabilidades, unas graves limitaciones presupuestarias y estructurales, y la oposición de algunos, tanto dentro como fuera de la administración, que veían con extrañeza que un foráneo ocupase un cargo local, para el que otros estaban llamados. Dimití del puesto en abril de 2018 y volví a Barcelona, pero eso no ha roto mi relación con Extremadura, ni tenía por qué: sigo cruzando la península ibérica para pasar temporadas en mi otra casa, en mi casa gateña, sigo teniendo amigos con los que hablo de literatura y de la vida, y sigo queriendo a Extremadura como queremos a las personas que nos dan disgustos, pero también felicidad: con sus errores y sus defectos. Extremadura es un paraíso difícil: una tierra en la que conviven los placeres y las injusticias, el afán de progreso y las servidumbres históricas, el esfuerzo y la indolencia, la feracidad de la naturaleza y la tragedia de la despoblación, las autopistas excelentes y las comarcas abandonadas, la voluntad de ser y la necesidad de marcharse para lograrlo, el turismo y la pobreza, la modernidad y el arcaísmo, el trabajo bien hecho y el trabajo anclado en un pasado polvoriento. Aunque, releyendo la lista que acabo de escribir, lo mismo, o cosas muy parecidas, podría decirse de la mayoría de lugares que conozco. En cualquier caso, sigo comiendo en Extremadura un jamón serrano y una morcilla patatera excepcionales (...).


Este es el enlace a la página web de la editorial, con toda la información sobre el libro: https://godalledicions.cat/es/titulos/el-paraiso-dificil/

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