miércoles, 13 de mayo de 2026

Me jubilo

Nuestro entrañable ‘jubilar’ proviene del latín iubilare, que significa literalmente ‘lanzar gritos de júbilo’ (por la satisfacción del que ya no ha de trabajar, nos aclara Joan Corominas en su inigualable diccionario etimológico). La jubilación ha sido, pues —desde que la crearan los romanos para gratificar a los legionarios que hubieron cumplido veinticinco años de servicio—, motivo de inenarrable alegría, que ha cristalizado en nuestro idioma en la palabra ‘júbilo’. Yo me sumo hoy, 12 de mayo de 2026, a ese júbilo jubilar, porque me jubilo. Aunque, por desgracia, no después de veinticinco, sino de treinta y siete años de servicios al Estado. Tras algunos escarceos laborales veraniegos cuando era estudiante y el paso más fugaz de la historia por la nómina de El Corte Inglés —solo trabajé un día para la empresa de Ramón Areces—, ingresé como funcionario del cuerpo superior en la Generalitat de Cataluña, de la que cobré mi primer sueldo en julio de 1987. Y hasta hoy. Hubo un paréntesis de algo más de cuatro años y medio en mi desempeño como funcionario del gobierno autónomo: entre septiembre de 2013 y febrero de 2016 viví en Londres, en excedencia, dedicado a escribir, traducir y conocer aquella fascinante ciudad; y desde marzo de 2016 hasta abril de 2018 trabajé, en situación de servicios especiales, para la Junta de Extremadura. Pero también en Mérida, como director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura de la región, conservé la condición de empleado público: era personal eventual. Debo confesar que, a lo largo de esta dilatada vida laboral, los periodos de trabajo en los que he sido más feliz, han sido aquellos en los que no he trabajado para ningún empresario ni organización, aunque mucho como escritor: mi estancia en Londres y el año en el que estuve de baja por depresión en 2023. En realidad, y como ya he contado en este blog (y con esta misma expresión), trabajar es una mierda. Lo intuí desde el principio, cuando empiezas a comprender, aunque todavía no a racionalizar, que el trabajo —un término que proviene de tripalium, un instrumento de tortura en la, de nuevo, antigua Roma: la etimología nos descubre gruesas verdades— es una forma de prostitución, no solo aceptada socialmente, sino ensalzada y promovida: en las sociedades capitalistas (y en las comunistas, cuando existían, también), la identidad, más aún, la razón de nuestra existencia se conforma gracias a ella: uno vende lo más valioso que tiene, lo más valioso que es, el tiempo de su vida, para poder vivir. Una paradoja dolorosa y perversa, que nos expulsa de nosotros, que nos estraga y nos mata. Algunos, no muchos, muy pocos, tienen la inteligencia y también la suerte necesarias para encontrar una tarea que, además de darles de comer, les alegre o satisfaga. La mayoría penamos en nuestros trabajos como galeotes desorejados, siempre deseando estar en otra parte, o hacer otra cosa, o no hacer nada. Pero incluso aquellos afortunados que disfrutan con lo que hacen, sufren la ignominia de servir a intereses ajenos, de acatar disciplinas absurdas, de obedecer a jefes inútiles, ponzoñosos o disparatados. Las estructuras laborales —empresas y administración pública, pero también los autónomos, que creen gozar de más libertad, pero que están sometidos a la peor constricción de todas, la autoexplotación, el chantaje interiorizado, y sufren con más crueldad las tropelías del mercado— aplastan al individuo: lo moldean con horror, lo esquilman, lo queman. Están pensadas para eso: obtener beneficio —su objetivo primordial, o más bien el único— es obtener todo lo posible del individuo: arrancarle sus habilidades y su inteligencia, sus años y su piel, su ser todo. Y, para rematarlo, muchas veces con idiotez: si trabajar es una calamidad, trabajar en algo idiota, o para alguien idiota, o por algo idiota, es el culmen de la abominación. Por desgracia, aún no hemos encontrado la forma de subvenir a nuestras necesidades sin tener que hacerlo. Pero, hasta que demos con ella, el Estado formalmente del bienestar, pero que solo es, en realidad, el Estado del ir tirando, aporta la solución transitoria, el parche, aunque bienvenido sea, de la jubilación. En mi historia laboral, no obstante, no todo ha sido congoja y chirriar de dientes. Recuerdo que empecé con ilusión mi trabajo como funcionario y que, durante no pocos años, aquella ilusión me mantuvo a flote. No me gustaba la rapacidad de las empresas, ni la enajenación a la que condenaban a sus empleados. Me satisfacía mucho más prestar un servicio público, esforzarme por la comunidad, garantizar el uso adecuado del dinero de todos; y también no tener que preocuparme por hacerme con un sueldo cada mes: el de la administración caía cada día veinticinco con la regularidad de un metrónomo. Pero quien trabaja para la administración pública, para cualquier administración pública, no tarda en comprender —si es que no lo sabía ya, y por eso ha ingresado en ella— que es un reino somnífero y vasoconstrictor, tolerante con el inepto y el sinvergüenza, cuya estructura paramilitar, pese a cuantos avances tecnológicos pueda incorporar —en mis primeros años oficinescos, todavía escribíamos a máquina, y con papel carbón, en unas elefantiásicas Olivettis grises—, mantiene sometido a los funcionarios a una disciplina castrante —a la que muchos de ellos, hay que añadir, se adaptan con gusto—. En el caso de la administración catalana, se daba una particularidad más, y era que se trataba de una organización repulsivamente politizada, al menos durante los interminables gobiernos de Convergència y sus sucesores o avatares soberanistas, que fueron aún peores. Los funcionarios sufrían, así, la indolencia consustancial a la estructura administrativa y el sectarismo propio de unos jefes afectos a la causa. En cualquier caso, si de algo estoy seguro es de que yo no voy a padecer el síndrome de y ahora qué haré que aqueja a tantos recién jubilados, algunos de los cuales no dudan en morirse poco después de haber abandonado el barco laboral: su vida ha perdido sentido y se dejan ir, o bien están tan deteriorados que no tardan en desmoronarse con la ayuda de una embolia, un infarto o algún mal semejante. Esta desorientación existencial es otra de las aportaciones que hemos de agradecerle al capitalismo en el que aceptamos vivir: el trabajo lo es todo, ser productivo lo es todo, y, cuando ya no trabajamos ni somos productivos, la vida se pulveriza, se esfuma. Se conoce que las nuevas generaciones están cambiando esta forma de entender la servidumbre laboral, benditas sean, y que ya no lo fían todo al desarrollo profesional, ni a la estabilidad a ultranza, ni a la empresa es como la familia, ni a ninguna de las patrañas con las que el sistema se ha garantizado durar hasta hoy mismo. Pero, como decía, yo ya había hecho esa revolución en mi fuero interno, y no porque fuese más listo que los demás, sino porque las hechuras de la condena laboral —el “infierno idiotizante” de la oficina, como decía Cioran, que jamás se rebajó a la indignidad de realizar trabajo asalariado alguno— se me hacían dolorosamente opresivas, como un pantalón demasiado estrecho. La jubilación no es, pues, en mi caso, un anonadamiento ni mucho menos una amputación, sino la continuación de una vida que he querido creativa y de un afán de contemplación, de puro goce sensual, que por fin practicaré sin restricción alguna, sin horarios ni atisbo de culpa. Lo único que me atrevo a pedir ahora es que la muerte me respete unos años: no criar un cáncer, ni padecer alzheimer, ni que me atropelle un autobús, hasta dentro de algún tiempo (de bastante, si puede ser). Y luego ya, si eso, que sea lo que Dios quiera. Trabajar es una esclavitud y jubilarse, una forma de manumisión, insuficiente y tardía (yo fusilaría al amanecer a todos esos estalinistas de la estadística que propugnan retrasar cada vez más la edad de jubilación; estos días he leído a un desalmado, a quien Dios confunda, que propone hacerlo ¡a los setenta y dos años!), pero parcialmente redentora. Celebrémosla como los antiguos y esforzados legionarios romanos cuando, tras haber sobrevivido a marchas y hambrunas, a ciénagas y bárbaros, a horrores y adversidades sin cuento, alcanzaban el fin de sus servicios. Nosotros quizá no hayamos pasado por tanto, pero de ciénagas y bárbaros los trabajadores, todos los trabajadores, sabemos un rato.

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