domingo, 7 de mayo de 2017

Siega Verde

Nos acercamos hoy, con nuestros amigos Toña y José Antonio, al yacimiento paleolítico de Sierra Verde, en Villar de la Yegua, a unos quince kilómetros de Ciudad Rodrigo (qué nombres tan fantásticos tienen los pueblos castellano-leoneses). Es, al parecer, uno de las principales zonas de arte rupestre de Europa, y hace solo treinta años que se descubrió. En 1988, Manuel Santonja y Rosario Pérez, unos profesores que estaban trabajando en el inventario arqueológico de la provincia, reconocieron, en estos parajes del río Águeda, los grabados paleolíticos de cuya existencia solo sabían los pastores. Hoy, extensión del Parque Arqueológico del Valle de Côa, en Portugal, son patrimonio de la humanidad. El día es brumoso y frío, como tantos de las primaveras castellanas. No obstante, yo calzo sandalias. Salvo que diluvie o nieve, no me atrevería a dar la caminata que prevemos sin un calzado suficientemente cómodo; en mi caso, siempre torturado por los pies, el único calzado suficientemente cómodo. El centro de interpretación, donde se compran las entradas e inicia el recorrido, se alza junto a un airoso puente, por cuyos ojos pasa, alegre, el Águeda. El guía que nos toca en suerte solemos huir de los guías como de los inspectores de Hacienda, pero la visita solo puede ser guiada es un joven animoso y, como vemos desde el principio, muy impuesto en el tema: enseguida desliza tecnicismos como "prótomo", que no tengo ni idea de qué significa, pero que me seduce por su sonoridad y aparente precisión. No hay en su discurso ni rastro de los soniquetes que lastran y ridiculizan las peroratas de los guías que desconocen, en realidad, lo que muestran. Y aunque debe de haber hecho muchas veces este mismo itinerario, su tono no acusa la repetición: todo lo que dice parece decirlo por primera vez. Los datos que nos da impresionan: a lo largo de tres kilómetros, en estas riberas, se acumulan hasta 500 grabados zoomorfos y antropomorfos en 94 paneles de piedra, hechos en el Paleolítico Superior, entre los periodos gravetiense y magdaleniense, es decir, entre el 20 000 y el 12 000 a. C. Durante ocho mil años, los habitantes de esta región no dejaron de inscribir (o esculpir) estos dibujos en los esquistos fluviales. Para que luego pensemos que se tardaba mucho en erigir catedrales. Los grabados más antiguos representan, sobre todo, a animales, aunque también hay signos. Abundan los caballos, las cabras y los ciervos, y también un fascinante conjunto de criaturas ya extinguidas aquí: los uros o toros salvajes, los bisontes y el más asombroso de todos, el rinoceronte lanudo, que uno sitúa, como mínimo, en Finlandia. Pero ni siquiera los animales que hoy conocemos eran como son en la actualidad: los caballos, por ejemplo, tenían las crines erectas y se parecían más a las cebras que a las monturas de nuestros días. A veces, las bestias se entremezclan fantásticamente: en un grabado, un zorro (o quizá un lobo) aparece dentro de un uro. Los animales no están solo en las pizarras, sino también en la realidad: mientras paseamos, nos sobrevuelan buitres leonados, negros, de los muchos que anidan en estos parajes. El guía nos enseña algunos de los paneles donde las figuras resultan más reconocibles y nos explica que los musgos y líquenes de la zona no las dañan, sino que, por el contrario, las protegen. Igualmente, nos revela las técnicas que utilizaban aquellos cromañones para conseguirlas: el piqueteado, a base de golpecitos en la piedra, que dibujaban líneas de puntos, como luego haría el puntillismo contemporáneo, y la incisión, que se practicaba con cantos afilados, pasando una y otra vez por el mismo lugar. Las conexiones que se pueden establecer con el arte moderno no acaban aquí: en Siega Verde conviven el naturalismo de los grabados animales con la abstracción de los signos, menos abundantes, pero más enigmáticos. Algunos se reconocen, como manos y vulvas, que me interesan especialmente; otros son puro misterio. Pero parece claro que el binomio realismo-simbolismo está presente en el arte humano (si es que esto es arte) desde los albores de la humanidad. Por desgracia, las delicadas líneas paleolíticas se ven acompañadas ensuciadas, en realidad por los rayazos de los vándalos actuales. En los diez años posteriores a su descubrimiento, hasta que se instalaron en el yacimiento sistemas de protección y acceso, atraídos por su rareza, venían aquí la muchachada local y no pocos curiosos para dejar indebida constancia de sus inquietudes adolescentes o su congénita imbecilidad. Alguien, por ejemplo, escribió "Ana" en uno de los paneles, como si fuera el tabique de un urinario. Y, así, muchos grabados que habían permanecido incólumes durante milenios, recibieron en pocos años las chafarrinadas de los tarugos modernos. Nunca los pastores se habían atrevido a ello: los pastores eran más civilizados que estos gamberros. Las administraciones, por su parte, demostraron, una vez más, la diligencia que las caracteriza: tardaron un década en asegurar el enclave. Sigue siendo un misterio por qué aquellas tribus paleolíticas grababan estos dibujos en la piedra. Nuestro guía enuncia las diferentes teorías que lo explican: estructuralistas, chamánicas, mágico-religiosas y territoriales. Todas, menos la última, deben de ser muy divertidas. Para mitigar la ignorancia, no deja de darnos información. A veces, mayéutico, nos hace preguntas para que seamos nosotros mismos quienes despejemos las dudas. Quiere saber, verbigracia, por qué algunos équidos (quizá burros, quizá caballos) presentan unas líneas curvas en el cuerpo, desde el lomo hasta los cuartos traseros. Yo me apresuro a dar una respuesta que me parece brillante: "Son alforjas". El guía esboza una sonrisa (y mi mujer reprime una carcajada): "No, amigo mío: la domesticación vendría algo después". Ese "algo después" son 8 000 años. Acreditada mi brillantez, espero a que nuestro timonel resuelva el misterio. Y lo hace: esos despieces interiores otra expresión estupenda señalan las diferencias de color. Aquellos eran, pues, caballos manchados. La visita se extiende hasta algunos paneles muy próximos al agua. Maravilla tanta labor, tanta paciencia (hacer uno de esos grabados llevaba meses), durante tanto tiempo; y también que seres primitivos o lo que hoy consideramos primitivo, aunque nosotros lo seamos, en algunos aspectos, mucho más que ellos revelaran ya una inquietud artística o simbólica, una voluntad de crear realidades que salieran de sus estrictos límites y significasen otra cosa, un espíritu trascendente. Cuando remontamos la ribera para volver al centro de interpretación y marcharnos, levanto la vista y veo buitres planeando. Como los debían de ver aquellos creadores cavernícolas cuando se cansaban de picar o rayar la piedra y miraban al cielo para refrescar los ojos y quizá el pensamiento.

2 comentarios:

  1. Hoy nos preguntamos por las enigmáticas razones de esos signos y de la labor meticulosa y paciente que permitió tallarlos, sin saber si se trataba de un ritual, de un rutinario registro de datos o de un acto de fe. También se nos ocurre cavilar sobre la consideración que tendría en la tribu "el artista", así como si estas labores le concedían algún tipo de valor o privilegio en el grupo.
    Me pregunto también si dentro de ocho o diez siglos habrá algo enigmático en nuestro vivir y quehacer, si todo estará milimétricamente analizado, registrado y documentado.
    Un abrazo.

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  2. " A quienes hemos vivido- digamos-entre 1980 y 2020 se nos preguntará:¿pero qué hiciste en aquellos años decisivos,cuando todavía era posible evitar lo peor? ¿Qué hiciste y qué dejaste de hacer?

    Jorge Riechmann

    Un placer poder leerte, Eduardo.

    Blanca.

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