jueves, 1 de noviembre de 2018

La mirada, de José Ángel Cilleruelo

José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es muchas cosas en la literatura española actual –cuentista, novelista, aforista, traductor del portugués, antólogo, crítico literario– y todas las desempeña con mérito, pero su espinazo creador ha sido siempre la poesía. Una poesía que ha concebido, tanto en su desarrollo como en la factura concreta de sus poemas, con un sentido arquitectónico: culminó un primer ciclo de su producción con El don impuro, en 1989, y luego, en 2010, publicó Maleza. Ciclo completo, que recogía toda su obra publicada entre 1990 y ese año. Tras estas dos entregas, ha seguido publicando poesía, ya en verso, ya en prosa (Vitrina de charcos, en 2011; Tapia con mirlo, en 2014; Becqueriana, en 2015), y hoy recoge un amplia muestra de toda su obra –excepto Narrado en bronce, su primer libro, de 1982– en esta antología, dividida en tres partes –«Maleza», «Mirlo» y «Mondaduras»–, cuya edición, impecable, corre a cargo de Vicente Luis Mora. 

La maleza, que da título a tantas entregas (en 1995 bautizó así, Maleza, uno de sus libros más destacados), se erige en motivo fundamental de la poesía de José Ángel Cilleruelo. La maleza es el símbolo de la decadencia y el abandono que definen el paso del hombre por el mundo. El tiempo, que todo lo aja, lo inviste, a él y a las cosas, de una declinación irremediable. En el soneto siete de la serie «Vigilia», perteneciente a ese Maleza de 1995 e incluido ahora en la sección homónima de La mirada, Cilleruelo nos pasea por un paisaje urbano compuesto de «cascotes, bolsas / reventadas, astillas, viejos fardos, / con desechos, cenizas, muebles rotos / y polvorientos y descerrajados // e inútiles (…) [un] campo abandonado y vacío». Así son muchas de sus estampas: escenarios de la caída y la destrucción, fracasos tanto físicos como existenciales. La angustia por la vida que se desvae y la muerte que se yergue, arraigada en algunos de los mejores poetas españoles contemporáneos, decisivos en la formación de Cilleruelo, como Blas de Otero y Jaime Gil de Biedma (y de otras tradiciones literarias, como Emily Dickinson), pero filtrada por su discreción elocutiva, por la delicadeza de su dicción, se refleja en la ausencia y la vaciedad del ser, motivos centrales de no pocos poemas. La nada comparece también, y su cuerpo esquivo, inaprehensible, se vuelve visible en las ruinas, la vejez y la muerte (o los muertos). En «Otoño en Carlisle», también de Maleza, se confunden la certeza de la derrota y el sinsentido de la vida con una cotidianidad que roza lo insustancial. El protagonista entra un domingo en un restaurante de comida rápida y, junto con el ruido, las mesas apretadas y los colores chillones del local, encuentra, «en el anodino gesto / de una empleada solitaria, el hueco // de uno mismo. Con el desamparo / de un menú tan incomprensible como / esta vida que tiznan las ausencias». La poesía de José Ángel Cilleruelo aparece siempre permeada por una sensación de cansancio, de finitud, de acabamiento: todo remite a la pérdida, a la extinción. El soneto 11 de otra serie, «Túneles», publicado por primera vez en Formas débiles (2004), constituye una contenida pero turbulenta denuncia de la negrura del ser, hilvanada con muchos de los motivos preferidos por Cilleruelo para reflejarla: la oscuridad, la noche, los muros. Así acaba: «Cuando la angustia emerge desde dentro / y perfora los ojos con su túnel / de incertidumbres y de atardeceres / perdidos para siempre, salgo afuera / y camino desnudo por las calles».

Este poema y la serie entera, «Túneles», ilustran bien otros dos rasgos relevantes de la poesía de Cilleruelo: la existencia de una panoplia de símbolos subordinados al principal eje emocional de su obra, la certeza del estrago y la desolación, y la «hiperconciencia técnica» con que la edifica, como la ha bautizado Vicente Luis Mora en el prólogo. Entre los primeros se puede subrayar el ya señalado del muro, la pared o la tapia, metáfora del encierro en una realidad de la que resulta imposible escapar (y que solo se puede trascender con el ensalmo liberador de la poesía), pero también el del tren, que representa modernamente, en sustitución del motivo clásico del vita flumen, el curso indetenible de la vida, y el de la noche, alegoría milenaria de la cesación del ser y el advenimiento de la muerte. El motivo de la noche se inserta, además, en una predilección por las variaciones de la luz –por los juegos lumínicos– como representación del ciclo vital y del paso del tiempo: del amanecer al ocaso y la noche, y de los paisajes resplandecientes de la primavera a los quebradizos del otoño y los afligidos del invierno. Pessoa y su meticuloso cincel de colores, claridades y sombras acaso subyazga en esta apesadumbrada pero vívida orfebrería cillerueliana.

Y juegos, pero bastante más que juegos, son también las construcciones elaboradas por José Ángel Cilleruelo, que Vicente Luis Mora analiza con exactitud en el prólogo. Esta serie, «Túneles», compuesta por 14 sonetos, y compactada por un conjunto de recurrencias, figuras retóricas y estructuras sintácticas (el primero y el último, por ejemplo, son palindrómicos), resulta oulipiana y trasluce una aproximación casi algebraica al verso. Gracias en buena parte a las genésicas restricciones que establecen, se configura un conjunto de escenas urbanas de perturbadora viveza, a pesar de las tinieblas que narran –los túneles, la noche, la lluvia, la nada–: estallidos de momentos, fogonazos de sucesos y personajes, en ciudades que a veces se identifican con Barcelona y Lisboa, pero que en realidad responden a una visión universal de la ciudad como el espacio por antonomasia del hombre contemporáneo, donde se entrelazan sus miedos, incertidumbres y esperanzas. Toda la obra de Cilleruelo obedece a «una preocupación sistémica por la medida y las estructuras basadas en el número 14», en palabras de Mora; un número que subyace incluso en construcciones singulares, y alejadas en principio de toda restricción métrica, como los poemas en prosa de la sección «Mondaduras» o de «Café Lehmitz», inédito hasta ahora en libro, cada uno de los cuales se compone, sin excepción, de 100 palabras, pero en los que el propio Cilleruelo reconoce que respiran los endecasílabos del soneto –con los acentos en las sílabas pares–. «El poema en prosa», especifica el poeta en el epílogo del volumen, «es, en mi escritura, la evolución natural del soneto blanco». (En «Café Lehmitz», ese aliento es más laxo: las escenas, expresionistas, se traman con frases muy cortas, percutientes, en las que se ha relajado la ilación lógico-formal, algo infrecuente en la poesía de José Ángel Cilleruelo). Las constricciones deliberadas de la obra de Cilleruelo no son solo el fruto de una conciencia muy temprana por su parte de que son las formas, y no los temas, las que conducen a la poesía, sino también una manera muy efectiva de estimular la creación. Las limitaciones autoimpuestas fuerzan la imaginación y la mirada, y suscitan escorzos expresivos improbables con un cultivo despreocupado del verso.

La mirada revela una poesía delicada y pulquérrima, de espíritu narrativo, sin hinchazones metafóricas ni adjetivas, pero de una gran precisión descriptiva, cromática, cuyo detallismo se vuelve a veces puntillismo: las frases, en las que se acumulan los motivos caros a Cilleruelo –los paisajes sombríos, la maleza, el invierno, el tren–, se yuxtaponen entonces hasta configurar mosaicos primorosos: «Neblina sobre la línea del horizonte y entre los árboles de copas difuminadas. Cielos grises. Campos en barbecho. Agostada tierra revuelta. Cromatismos de un paisaje árido. Arena de los caminos encharcados, maleza mustia entre las roderas. Garzas menudas por los terrones que encrespó el arado. Alguna corneja asustadiza. Un abejorro descerebrado. Sequedad en los taludes. En los bancales. En las imágenes que desdibuja el invierno. (…) Una hoja arrancada. Tren que llega con retraso donde nadie lo espera. Áspera geometría que lo convierte en símbolo», dice un poema de «Mondaduras». Es casi una microscopía, pero de ella surgen mundos. Sin embargo, esta oblicuidad, esta elegancia, sin voces ni músicas gruesas, rara en la poesía española contemporánea, no es impersonal: también incorpora una carga sentimental, aunque sin sentimentalismos, y explora el amor y el deseo. Sus reflexiones en este terreno son tan sutiles como el resto de sus preocupaciones: «Nada se parece al amor y sin embargo todo lo evoca», escribe Cilleruelo en otro poema de «Mondaduras».


Cilleruelo sabe también muy bien, y lo demuestra en todo momento, que el poeta es antes alguien que mira, que sabe mirar, que alguien que escribe; o, dicho de otro modo, que escribe porque está mirando o ha mirado. Y su escrutinio refleja un deslumbramiento tranquilo y, a la vez, una perplejidad estoica ante la realidad, que da la sensación de no acabarse de comprender (ni de comprenderse quien la mira). Lo contemplado no es lineal, sino una mezcla de lugares y tiempos, una encrucijada de conocimientos e ignorancias, que a menudo se expresa por medio de paradojas, muy abundantes en «Mondaduras»: «Recuerdo el día en el que empezaron a licuarse las cosas. Aunque no había llovido durante las semanas anteriores, las aceras permanecían encharcadas (…). Ya solo me acuerdo de lo que no ocurre». Las repeticiones, asimismo frecuentes en esta sección, traslucen la insistencia del ojo que mira –y de la mano que escribe lo mirado– en captar una realidad, o una amalgama de realidades, huidiza y enigmática. El polisíndeton de «hay un camino de guijarros luminosos al lado del camino. Y un bosque plagado de presagios junto al pinar sombrío. Y canta un pájaro donde solo vuela un pájaro. Y nace una flor amarilla en el muro contiguo al desmoronado muro…» refuerza esa obsesión por trenzar el cúmulo de facetas que integra un mundo plural e inaccesible a otra intelección que la del mirar. Y las casi greguerías que salpican el texto aquí y allá –el metal de las vías del tren es una «correa alrededor del cuello de la ciudad»– intentan fijar esa comprensión alucinada que proporciona la estricta aprehensión de su transitoria y, acaso por ello, hermosa materialidad. El lenguaje de José Ángel Cilleruelo, traducción de su mirada, se imbrica siempre con esa realidad poliédrica, o más bien la construye, la instaura, hasta alcanzar esa «dicción extraña» que es, según afirma, la poesía. Palabras y cosas se depositan unas en otras, como en un infinito juego de muñecas rusas, hasta que ya no podemos deslindarlas. Lo mirado y lo creado se abrazan, así, en el mundo contradictorio y perfecto de esta poesía sosegada en la superficie, pero desgarradora en el interior. 

[Esta reseña sobre La mirada. Antología esencial (1982-2017), de José Ángel Cilleruelo (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2017, con prólogo de Vicente Luis Mora), se ha publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 814, abril de 2018, pp. 122-125]

1 comentario:

  1. Sigo desde hace tiempo lo que comparte en sus bitácoras, donde se encuentran algunos de sus poemas y textos para los que me resulta difícil encontrar adjetivos. Consigue agrandar de belleza lo pequeño, encontrar lugares nuevos por donde pasear (y cargar) con los dolores y alegrías de siempre y, lo mejor de todo, logra con las palabras fijar la huella de las pérdidas, de las grandes y pequeñas derrotas, conservando en su contorno el brillo (atenuado y humilde) del paraíso que fueron.

    He de leerlo de una forma menos desordenada y saltarina.

    Un beso.

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