Querido Jesús:
Aunque, ignominiosamente, yo releo poco o, sin más, nada —ante un libro ya leído, no puedo evitar recordar las dizque últimas palabras de nuestro mejor reaccionario, Menéndez Pelayo: «¡Qué pena morir cuando queda tanto por leer!»—, esta tarde me ha dado por asomarme otra vez a Los poemas de Vikram Babu, que visité con fervor hace algunos años, y a maravillarme con esas fabulaciones hindúes, beneméritas y apócrifas, escritas por un poeta español. Lo más curioso del caso es que ha sido una tarde apresurada: andaba yo haciendo el equipaje para un vuelo gallináceo a Madrid, y regando las plantas (aunque las de fuera estaban sobradamente regadas, después del ensañamiento con que ha llovido en enero), y afeitándome para no parecer un adán en la lectura de mañana (he de acordarme de comprar espuma de afeitar en mi próxima visita al súper: del bote ya solo salían los fondos, acuosos), y, sin que sepa decirte muy bien por qué, quizá por ese mismo trajín, por esa misma urgencia, he necesitado sosegarme y he pensado en la poesía oriental, escrita por un poeta español. Y me he sosegado y la he releído.
¿No te pasa a ti esto? Es decir, ¿no sientes la necesidad, según cómo te encuentres, de leer una cosa u otra? Y, cuando digo «necesidad», me refiero a necesidad física, de modo que la lectura no sea solo un pasatiempo, o ni siquiera una compañía, con ser esto fundamental, sino una suerte de fármaco, un vendaje compre(n)sivo, un masaje en la espalda (o en los pies) de la sensibilidad?
Recuerdo que, en momentos de mucha aceleración, de casi angustia, he recurrido a las Epístolas morales a Lucilio, del viejo y modernísimo Séneca, y también a Qué es el budismo, de Borges, otro muerto muy vivo (y Alicia Jurado). En ambos casos, era como tomarme un válium, o varios. En otras ocasiones, en cambio, de apocamiento y casi marasmo, me he estimulado con algún delirio del conde de Lautréamont o alguna pesadumbre de Cioran. Cioran, que ha coronado todos los ochomiles de la desesperación, me hace reír. Y me anima, increíblemente. La inteligencia siempre lo hace.
Los poetas en español han culminado excelentes trasvases de las literaturas orientales, ¿no te parece? (Bueno, qué te voy a contar a ti). Ejemplo de esto es uno de mis libros de cabecera, El mono gramático, de Octavio Paz, aunque no estoy muy seguro de que sea un trasvase, sino solo Octavio Paz pasado por la selva. El mono gramático me gusta porque me interpela desde el título: mono y gramático: yo. (Y perdona el egocentrismo, que es mucho mayor de lo que esta anécdota revela). Los poemas en prosa (si es que son poemas en prosa) que siguen a ese título, referido tanto a cada uno de nosotros como a la apabullante especie a la que pertenecemos, son un modelo de ajetreo y, a la vez, de pausa. Su bullicio de palabras es el mismo que el de las hojas de los árboles de Galta, que no dejan de crecer sin que las veamos crecer, y por entre las cuales circula un viento húmedo y rocoso.
Paradójicamente, me interesan mucho estos casos de mestizaje literario oriento-occidental, pero me disgustan ―y juzgo imposibles de llevar a cabo― los intentos de aplicar en las sociedades europeas las filosofías y doctrinas asiáticas. No distingo a los hare krishna, con sus rapaduras azafranadas y sus desquiciantes monodias, de una congregación de titiriteros, ni puedo dejar de reír ante una monja budista que fatigue las trochas en quad, como era habitual ver, hace años, en la Sierra de Gata.
Y ahora te dejo, que aún no he acabado de hacer el equipaje.
Un abrazo grande.
Eduardo.
15 de febrero 2026Querido Eduardo:
espero que el viaje te haya ido bien. Viaje o vuelo, como tú dices, “gallináceo”. Qué gracia me ha causado recrearte en mi cabeza a bordo de una gallina (cuya especie, por cierto, y al hilo de tus comentarios orientales, te recuerdo que procede del sudeste asiático); en mi cabeza no ha tardado de armarse un cómic donde tú y la monja budista en quad que citas al final de tu carta os perseguís por granjas y galaxias con porfía primero, cierta atracción encubierta después y, por último, una efusiva e irresistible concordancia tántrica.
Te pido excusas porque la imaginación es, siempre, lo que primero se me dispara. Cualquier cosa lo hace. Tu mención de Adán, aunque en un contexto humorístico, me recordó un ensayo juvenil de Ortega y Gasset, Adán en el Paraíso, donde puede leerse: “Una piedra al borde de un camino necesita para existir del resto del universo”. Eso es la imaginación para mí: la facultad que rescata, o intenta hacerlo, cualquier cosa de su soledad esencial con respeto al “resto del universo”. Darle universo a las cosas. Darnos universo a nosotros mismos. Cósmicos y minúsculos a la vez, imaginar la armonía última que une todo con todo. Analogías, símbolos, ritmos, relaciones explícitas o secretas, conjunciones y disyunciones: para Octavio Paz, que toma esta idea tanto del romanticismo y el surrealismo europeos, y un poco del estructuralismo, como del hinduismo y del budismo, ese es el verdadero cometido de la poesía. Un tejido dentro del cual debemos encontrar, los poetas, nuestro lugar y la voz con que expresarlo. Ser la piedra y ser el universo. O mejor: ser la piedrauniverso sin escisión, sin dialéctica, sin Aristóteles o Freud.
Me encanta que recuerdes El mono gramático, quizás el libro que más he releído en mi vida. (Releer es una pasión para mí, y un acto de justicia con ciertos libros inagotables o que uno repasó distraído en su momento; pero de esto, si te parece, hablaremos otro día). En uno de sus capítulos se hace una enumeración de especies vegetales que recuerda la enumeración de naves al principio de la Ilíada. También ese extraordinario libro tuyo titulado Poemas enumerativos, un compendio de obsesiones que arrasan, hipnotizan y conmueven. Me obsesionan las enumeraciones porque me obsesiona la inabarcabilidad del mundo. No del mundo en abstracto o como suma de lo que hay, sino del mundo de esa piedra del ejemplo orteguiano; de cualquier piedra, de cualquier experiencia, de cualquier instante. Es imposible agotar nada. Miro mi mesa de trabajo ahora mismo (un ahora mismo lábil que se escurre entre los dedos) y es inabarcable, inagotable: sombras, cables, papeles, carpetas, libros, teclas de ordenador, un vaso de agua vacío, el teléfono, el polvo, el gris y el marrón y el blanco y el rojo de los distintos objetos, la pared contra la que se apoya, la barra de pegamento, la grapadora, el portalápices, el colirio… ¿Cómo sobrevivir a esta sobreabundancia y, sobre todo, cómo superar la angustia de que, escriba uno lo que escriba, el mundo no estará representado más que en sus sobras, sus minucias, sus apariencias, sus naderías o sus bordes?
Lo inabarcable se puede enumerar (cada cosa un número pi de infinitos decimales), pero eso no lo desactiva (hablo por mí, claro) como desencadenante de crisis interiores, de falta de confianza en la realidad, incluso de esterilidad creativa. Lo único que lo hace es ese principio de religación universal al que Paz y otros se refieren; porque cuando uno sabe y siente y participa de ese estar todo atado a todo deja de preocuparse por los modos en los que esa totalidad elige para desplegarse o para, quizás usándonos a nosotros, decirse. La imaginación, que en mí, como te decía, salta con cualquier motivo, es la que mantiene en buen estado la red de pescar mundos para que estos, en justa correspondencia, nos almacenen en sus nasas (peces vivos, no pescados boqueantes) y nos pongan a disposición del universo, de las piedras y de mi mesa de trabajo.
Me encanta lo que dices de la lectura. Pero como ya me he extendido demasiado, solo un apunte: para mí la lectura, además de un fármaco como lo es para ti, es el lugar de mis desapariciones, un espacio-tiempo donde descansar de mi yo mientras buceo y me nutro en el yo de los grandes.
Un abrazo grande.
Jesús.
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