Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 24 de agosto de 2026
La colección Gimferrer en el Centro de Arte de Bañolas
martes, 18 de agosto de 2026
El fiasco del eclipse
Suelo desconfiar —y acabar huyendo— de lo que se publicita masivamente (la visita de un Papa, lo último de Rosalía, La península de las casas vacías...), pero a veces la insistencia es tanta, tan ubicua y machacona, que me aturde —y acaba atrapándome—. Así sucedió con La Odisea, de Christopher Nolan —de la que hablé en la entrada anterior de este blog—, y con el eclipse del pasado 12 de agosto. Será que últimamente ando dócil e influenciable. Todos los medios de comunicación se habían pasado semanas anunciando el apagón que se produciría ese día como si se acercara el fin de los tiempos. Los periodistas cantaban las maravillas del fenómeno, explicaban sus características como si realizaran un examen forense, nos recordaban que algo así solo podía contemplarse una vez en la vida y no paraban de entrevistar a meteorólogos y astrónomos, con gran reverencia, para que nos revelasen todos los secretos del fabuloso acontecimiento. Lo más enternecedor era cuando dejaban asomar al poeta que todo gacetillero lleva dentro y nos contaban que durante el eclipse los pájaros dejarían de cantar y los insectos, de batir los élitros, y que se levantaría un viento formidable, resultado de la veladura sideral. Más prosaicos y profilácticos, no dejaban de repetir que habían de usarse las gafas adecuadas para ver el eclipse: homologadas, por supuesto. De otro modo, corríamos peligros terribles: quemaduras de retina, perturbaciones sin cuento, ceguera. Además de toda la prensa, escrita y audiovisual, los amigos que siguen las redes sociales (yo de eso no gasto) me contaban que bullían de noticias, comentarios y paranoias sobre el eclipse. Todos los frikis de la astronomía del mundo, y unos cuantos millones de turistas más, se habían concertado para venir a España y ver in situ, o más bien in caelo, el oscurecimiento del Sol: los hoteleros, desde Galicia a Tarragona, estaban encantados con que de día se hiciera de noche. Pues bien: a todos ellos decidí sumarme el día de autos. Ya me había perdido, años atrás, el paso del cometa Halley, del que también se dijo que no se volvería a ver hasta dentro de un siglo o más, cuando ninguno criara pelo ya, y me pareció que a lo mejor de este suceso celeste mis ojos sí podían ser testigos. Y resolví que lo fueran con mi amiga Sol: nadie más adecuado. El primer problema que se me planteaba era hacerme con unas gafas para eclipses, un modelo poco común en las ópticas. Las encontré, para mí y para Sol, en mi farmacia habitual: tres euritos me costaron (mi amigo Juan me contó que, en Madrid, Ayuso las regalaba: qué rumbosa, la presidenta; o quizá pensara que, si se aseguraba de que la gente mirara el eclipse, no repararía en otros asuntos de las alturas). Luego supe que los más rezagados —unas cuantas docenas de miles de personas— atiborraban las farmacias y los comercios de todo el país en busca de unas gafas más que agotadas. Provistos, en fin, Sol y yo de los anteojos protectores, acudimos diligentes al punto de observación elegido. Que no es otro que el Turó de Can Mates, una colina artificial situada en el parque homónimo de Sant Cugat, a unos quince minutos andando de mi casa. Se trata de un amontonamiento de los escombros de la reurbanización del barrio, llevada a cabo hace unos treinta años (antes, todo esto eran huertos y campos de labor), recubierto de una capa de verdor y acondicionado como mirador. Desde la cumbre —una palabra demasiado grande, desde luego, para una altura tan modesta: 178 metros—, se ve, no obstante, una amplia extensión de la comarca del Vallès, la montaña de Montserrat y, justo al pie, flanqueando el parque, las sedes de varias empresas farmacéuticas internacionales. Y, lo que es más importante a los efectos que nos ocupan, un magnífico horizonte por el que se pone todos los días el coprotagonista del acontecimiento de hoy. Pues bien: hacia allí que nos dirigimos Sol y yo... y también toda la población de Sant Cugat: unas 90.000 personas, más unos cuantos miles más de los pueblos aledaños. Nos cuesta un poco alcanzar el mirador, porque para ello hay que subir una cuesta pronunciada, y ni Sol ni yo somos escaladores afamados; Sol, de hecho, está a punto de eclipsarse, lo que habría resultado muy coherente esta tarde, pero también muy frustrante. Mientras ascendemos, somos rebasados por una riada de parejas y familias que no quieren perderse el espectáculo, y que pasan a nuestro lado con fluencia amazónica. Un padre le dice a su mujer: “¡No me imaginaba que fuera a haber tanta gente!”, y Sol estalla en una carcajada. El hombre la mira mal. Algo de razón tiene: la risa de mi amiga le estaba diciendo que no era muy avispado. Con paciencia alcanzamos la cumbre, donde apenas queda espacio para sentarse. Algo que deberemos hacer, desde luego, en la hierba: en el poyo que rodea la escultura que corona el lugar, La rosa de los vientos, de Pep Codó —un homenaje a los vientos de Cataluña—, se sientan ya varios centenares de personas, casi unas encima de otras. Encontramos un rincón aún desocupado en la zona desde donde mejor se verá el eclipse. Averigüé cuál era esa zona hacía algunos días, cuando subí al Turó para evaluar la posición idónea. En Sant Cugat, el Sol estará muy bajo, muy cerca del horizonte, cuando la Luna lo tape en su máxima extensión, casi al 100%, y no se trata de que nos coloquemos donde los árboles, de los que hay algunos en la falda de la colina, perturben la visión, ni de que lo haga la montaña de Montserrat, por muy sagrada que sea. Felices, pues, por ir cumpliendo las etapas previstas de la aventura, le abro a Sol la sillita de playa que hemos traído para que se siente, extiendo en el suelo la toalla, también de playa, de la que me he provisto yo, y esperamos el glorioso, inenarrable momento. Claro que aún falta más de una hora para que se produzca, y hemos de tener paciencia. Nos entretenemos charlando y mirando a la gente a nuestro alrededor, que se sigue amontonando, como si no hubiera bastantes seres humanos para llenar el lugar. Uno con tatuajes delante de nosotros mira el móvil con avidez y se zampa varias bolsas de patatas fritas; mastica con la boca abierta. Dos mujeres con sus hijos pequeños en el regazo le piden a un sudamericano que se ha puesto de pie para fotografiar el horizonte, que se agache, que sus retoños quieren ver. “¡Pero si no hay luna todavía!”, responde el hombre, no sin lógica. “Da igual: ¡quieren ver!”, contestan a su vez, mientras una de las madres se lleva varias el índice extendido desde debajo del ojo al vacío celestial. A nuestro lado, una octogenaria, vestida de rojo pasión y con zapatos de plataforma, vela sin cesar por sus nietos, que, no obstante, cansados de su vigilancia, le gritan: “¡Nos vamos con nuestra familia!”. A la mujer se le estremece un poco el moño. Oímos a muchos padres sermonear a sus hijos con que han de ponerse las gafas (homologadas): “¡Si no lo hacéis, os vais a quedar ciegos!”. La ceguera asusta mucho. Mientras un rumor creciente se nos mete por los oídos, las muchas hormigas que corretean por aquí se nos meten por los pantalones: no deja de ser un problema. Detrás, un crío le grita a su madre: “¡Mira, mamá, aquí está la boca del hormiguero!”. Y pienso que ha acertado con un término ya infrecuente: la boca del hormiguero. Estoy por felicitarlo. Por fin sucede. Con las gafas enjaretadas, se advierte que una sombra convexa empieza a superponerse al Sol. Otra cosa no se ve: los lentes anulan cualquier visión —todo es negro—, salvo la del Sol comido por la Luna. Al principio, la sombra es solo un puntito, pero con los minutos aquella pequeñez crece y uno confirma que la bola de Selene ya está solapándose. Me pregunto si entre los asistentes no habrá alguien que crea que la Tierra es plana, y si el espectáculo de dos cuerpos celestes esféricos que convergen no le hará preguntarse si la Tierra no será también esférica. (O quizá piense que también el Sol y la Luna son planos, pero están girados en vertical hacia nosotros; o que hay una confabulación planetaria, acorde con la que nos ha hecho creer perversamente que la Tierra es redonda, para, con un gigantesco juego de espejos o amaño de imágenes, convencernos a todos de que el Sol y la Luna también lo son... Dios mío: cuánto da de sí la imbecilidad). Pero el eclipse crece, y con él mi decepción. Porque, para empezar, solo se ve con las gafas. Si uno se las quita, el Sol sigue brillando plenamente. No se aprecia ninguna mancha en su superficie, ni perlas de Baily ni corona solar alguna, ni se oscurece el cielo o se platea la luz, ni los pájaros, y mucho menos los insectos, dejan de cantar (aunque, si lo hicieran, no nos enteraríamos: tal es el ruido del gentío), ni sopla ningún viento (contradiciendo la propia naturaleza del lugar), ni nada de nada: lo único que se ve, si uno se encasqueta las gafas, es un sombra que va laminando el pequeño y anaranjado disco solar. Y ya está. Esto será quizá prodigioso para muchos. Para mí no es sino un curioso accidente astral, un engranaje más en la incomprensible disposición del universo, de la que también forman parte algunos hechos tan cotidianos que apenas si reparamos en ellos: que amanezca y que anochezca todos los días, o que haya estrellas en el firmamento (algunas fugaces: esta misma noche, por cierto, nos mojarán las Perseidas), o que ocurran las mareas, o que distingamos a Marte en el cielo nocturno o a Venus al amanecer y al anochecer. A eso de las ocho y media de la tarde, el eclipse se ha completado (y algunos, no muchos, los más exaltados, han aplaudido): visto desde aquí, la Luna ha ocultado el 99,68% del Sol, dejando solo a la vista un finísimo hilo rojo, que pronto vuelve a crecer: la Luna sigue su camino infinito alrededor de nosotros, y nosotros seguimos el nuestro alrededor del Sol. No hay nada más que ver ni sentir. Sol y yo nos levantamos con dificultad para marcharnos antes de que los caminos de regreso se vean eclipsados por la multitud: nos duele la espalda y el cuello de tanto tenerlo levantado para mirar (y a mí, el culo). Bajamos mucho más deprisa de lo que hemos subido. No volveremos a ver un eclipse, pero yo ya he decidido que me importa un rábano.
miércoles, 12 de agosto de 2026
La Odisea de Christopher Nolan
He visto La Odisea. Como muchos millones de personas en el mundo. Como casi todos. Y, aunque no me gusta hablar de lo que todo el mundo habla, voy a hacer una excepción, aunque tampoco sé por qué. Quizá porque la película me ha gustado más de lo que esperaba. O porque los fenómenos cinematográficos planetarios como este nos arrastran a todos. O porque hoy no tenía un tema mejor del que hablar (el eclipse aún no ha tenido lugar; lo hará esta tarde, si el Sol y la Luna no deciden lo contrario: sería maravilloso que el eclipse no sucediera). Antes de presentarme con mi hijo Álvaro y su novia Mireia en el IMAX de Diagonal (antes, la espectacular pantalla estaba en el Puerto Olímpico, que habría sido un lugar mucho más adecuado para ver una película como esta), situado en uno de esos centros comerciales cuyo principal atractivo ya no son las tiendas fastuosas o los restaurantes franquicia que los atiborran, sino el paradisíaco aire acondicionado, había leído críticas de todos los colores: desde las entusiastas hasta las horrorosas, que hablaban de “tocomocho” o infumabilidad y poco menos que dejaban a Nolan a la altura del betún. Fui, pues, al cine con cautela, impresionado todavía, además, por el extraordinario papel de Ulises (lo siento: me resisto a llamarlo Odiseo; desde mis clases de griego en BUP y COU, con don Gregorio Salvador, Ulises solo puede ser Ulises) que hace Ralph Fiennes en El regreso, y temiéndome un fiasco monumental. Pero no. La película, como ya he dicho, me ha gustado. En algunos momentos, me ha gustado mucho; en otros, no tanto. Pero, incluso cuando flojea, mantiene un pulso narrativo, un sentido épico y una espectacularidad visual que satisfacen. De entrada, la película de Christopher Nolan tiene un gran mérito: ha renovado el interés por la gran obra de Homero. Las librerías del mundo entero —al menos, del occidental— se han llenado de gente —sobre todo de jóvenes, lo que me parece especialmente valioso— que quería un ejemplar del libro. Yo mismo he acudido a la mía a encargar uno de la traducción de Carlos García Gual en Alianza y otro de la nueva versión de Juan Manuel Rodríguez Tobal, recientemente publicada en Hiperión, aunque en casa ya tenga dos ediciones de la clásica de don Luis Segalá Estalella de La Odisea y La Ilíada (Luis Segalá Estalella es a Homero lo que Luis Astrana Marín a Shakespeare). Por otra parte, Nolan ha sabido movilizar a la audiencia mundial: hacía años que un estreno no concitaba el interés de esta Odisea, y, al parecer, la taquilla está respondiendo a ese interés: la película ha costado 250 millones de dólares, pero ya ha recaudado 1.100 en todos los cines del mundo, y los expertos le auguran una cifra final que rondará los 1.400 o 1.500 millones. Por imponente que haya sido la campaña de márketing orquestada por la productora, obtener estos resultados es prodigioso. En lo estrictamente fílmico, La Odisea no solo mantiene el tipo, sino que descuella en muchos momentos. La interpretación de la bellísima Anne Hathaway, una actriz que yo asociaba siempre con comedias románticas y otros productos hollywoodienses de fácil factura y aún más fácil consumo, hace aquí un trabajo espléndido, contenido y desgarrado a la vez, sobrio y natural, si es que puede hablarse de naturalidad en el caso de alguien que se pasa veinte años tejiendo y destejiendo un manto fúnebre, mientras una caterva de pretendientes rijosos la espera al otro lado de la puerta, babeando por poseerla y, de paso, devenir reyes. También es muy destacable Robert Pattinson en el papel de Antínoo, el más venenoso de esos feroces pretendientes, que muere a manos de Ulises, como casi todos los demás, en una, por cierto, de las mejores escenas de muerte del cine reciente. Charlize Theron, por su parte, hace de Calipso con su acostumbrada solvencia, y nos permite admirar su belleza sobrenatural en las playas de Malta, también sobrenaturalmente bellas. En el otro lado de la interpretación, encontramos a Matt Damon, un buen actor que en esta película no alcanza el nivel esperable. Uno se imagina a Ulises fuerte e ingenioso, decidido pero atormentado, y solo encuentra a un hombre de cuerpo escueto y rictus a menudo inexpresivo, que deambula sin demasiado ton ni son por los parajes del Mediterráneo a los que el azar los lleva a él y a sus aqueos. Damon no consigue transmitir esa impresión de héroe y, a la vez, de hombre frágil, acosado por sus demonios interiores y urgido por el deseo de volver a casa. O, al menos, yo no lo he percibido así. Mientras observaba su actuación, no podía dejar de pensar en cuánto mejor protagonista habría sido Javier Bardem, por ejemplo, o el propio Ralph Fiennes. Algo bueno que sí transmite el Ulises interpretado por Damon, siguiendo el guion del propio Nolan (que ha recibido mordaces críticas de Emily Wilson, la traductora del libro en el que Nolan dice haberse basado para escribirlo), es su, digamos, preferencia por lo humano. Frente a las exigencias y expectativas de los dioses, este Ulises se decanta siempre por las propias: las suyas y las de sus hombres, mortales, débiles, necesitados, obedientes al instinto de supervivencia, aferrados a su carne y sus heridas frente a los sacrificios y penalidades que les imponen los inmortales. Así, Ulises nunca se para a enterrar a sus muertos si lo apremia algo más urgente o si hacerlo constituye una amenaza o un peligro. Y enterrar a los muertos propios era paradójicamente vital para los griegos: sin la inhumación debida, al difunto se le negaban el honor y el descanso que le correspondían, y su espíritu no podía ingresar en el inframundo: quedaba así condenado a vagar eternamente sin más realidad ni existencia. Esta inclinación por lo humano —a mí, que soy radicalmente antiteísta— me halaga y me conmueve. Otro aspecto inadecuado del elenco de actores de la película que debo señalar es el hecho de que para el papel de Helena, aquella belleza sobrehumana que había causado la guerra de Troya, se ha elegido a Lupita Nyong’o, una actriz negra. Recuerdo cuánto nos indignó a muchos, en nuestra adolescencia, que Judas fuera interpretado por un actor negro en la mítica Jesucristo Superstar, de 1971, porque implicaba una valoración moral: lo negro era lo malvado (o peor: el negro era el malvado), y contra esto estábamos todos de acuerdo. Pero, en el caso de La Odisea, la valoración moral ha obrado a la inversa: para demostrar que lo negro no es lo malvado, sino lo bueno, o por lo menos lo igual de bueno que lo blanco, vamos a utilizarlo incluso allí donde no puede ser utilizado: en el papel de una mujer que no podía ser sino blanca, como lo es en el libro de Homero y como lo eran todas las mujeres de la realeza en los siglos de la Hélade homérica, por más origen mitológico que tuvieran. Que Helena sea negra es tan anacrónico, y tan inverosímil, como que Kunta Kinte o Martin Luther King fuesen blancos. E igual que Helena, para serlo, no puede ir vestida como una astronauta o como una jugadora de fútbol, tampoco puede tener la piel blanca. El color de la piel es consustancial a la caracterización de Helena. La elección de Lupita Nyong’o para el papel —que desempeña, en cualquier caso, con mucha dignidad— solo obedece a la necesidad de proclamar al mundo que quienes hacen la película no juzgan a sus empleados, ni a nadie, por el color de su piel, sino por sus habilidades interpretativas. Lo que no deja de ser otra forma —aunque esta social y políticamente aceptada— de racismo, en la medida en que el color de la piel se impone injustamente a la realidad. Por último, al estar basada La Odisea en una obra literaria, y sobre todo de la entidad de esta, no es de extrañar que se remarquen las diferencias entre la película y el relato original. Pero este aspecto me ha importado poco, aunque haya bastantes diferencias entre una y otro, algunas gruesas y otras de detalle (como que las velas de las naves de los griegos, que además parecen drakkars vikingos, sean rojas: el tinte púrpura era carísimo y no se podía derrochar de esa manera: otro color improcedente, como el de la piel de Helena). Los capítulos o episodios que Nolan ha elegido, y su forma de tratarlos, mantienen el espíritu de la epopeya homérica y se desarrollan a buen ritmo, como en los cantos del griego. Quizá el capítulo que se me hace más confuso e incómodo de ver es el del Cíclope que encierra a Ulises y sus compañeros en la cueva donde guarda las ovejas (y de vez en cuando se come a alguno), y al que el héroe le clava un madero ardiente en el único ojo (con el que, en cualquier caso, no parece ver demasiado). En La Odisea de Homero, el ganado es de un tamaño proporcional al del Cíclope y eso permite que los griegos se escapen de la cueva agarrados al vientre de los animales, a los que el Cíclope, cegado ya, reconoce por el tacto de la lana. En la película, las ovejas son normales, y eso obliga al guionista a inventarse una forma un poco chusca de huir: poniéndose algunas hierbas en el cogote para que el Cíclope, si llega a tocarlos, no los distinga de los animales. La película de Christopher Nolan dura tres horas, de cuyo transcurso no fui consciente. No se me cerraron los ojos en ningún momento, ni me removí en el asiento para encontrar una mejor posición, ni siquiera hube de salir de la sala para ir al baño, como pensaba que tendría que hacer inevitablemente, dado el pobre estado de mi próstata y la duración del film. Cuando me di cuenta de lo ligeramente que habían pasado aquellas tres horas, pensé que mi cuerpo y mi mente ya habían decidido el sentido de esta crítica por mí.
jueves, 6 de agosto de 2026
Gesto y Surco, Surco y Gesto
Transcribo, a continuación, algunos de los aforismos con los que he colaborado esta vez en Gesto:
No sobrecoge pensar en el no ser. Sí en quien se es.
Orden de alejamientoId, entidades.
Discrepo de Rimbaud. Quiero ser otro –una mujer que lee en un banco del parque, un hombre que pasea mirando a los pájaros, un anciano que, pese a todo, sonríe–, pero el yo no me deja. El yo nunca es otro.
Impone su yo como un chaparrón o una cacerolada.
Cuando me quito la máscara, me arranco el rostro; y la calavera sanguinolenta es otra máscara.
Que la máscara sea la verdad.
Cuando me miro el ombligo, veo el de los demás.
El latido que oigo en el pecho de la persona a la que amo no se diferencia en nada del que suena en el mío. Tampoco lo haría el de mi peor enemigo, si me apoyara en él.
Somos nuestra propia doncella de hierro. Pero nos acostumbramos a vivir atravesados por sus hierros.
La mirada fija de los niños parece preguntarnos: ¿seré como tú?
Hay quien ondea el yo como un gallardete para atraer la atención de los navegantes; pero, como las veletas, también convoca a los rayos.
Todo rostro deja rastro. Todo rastro tiene rostro.
Arrastramos el cuerpo que somos como si empujáramos una carreta cargada con la bosta de las vacas que hemos limpiado del establo.
El yo es la alfombra bajo la que barremos la porquería de los días.
El yo es la bola de billar que choca con las demás bolas en el tapete del mundo, el taco que la golpea y el brazo que mueve el taco.
El yo-yo es el juego favorito de los egocéntricos.
El yo me devora cada día. Y luego eructa de satisfacción.
El martillo pilón del yo.
Envidio el título que dio Cioran a uno de sus libros: Ese maldito yo.
La pregunta «¿quién soy?» me resuena en el pecho desde que naciera. La pregunta «¿qué soy?» me retumba aún más adentro, y desde antes.
A cierta edad, y luego de años de probaturas y experimentos, no queda más remedio que ser lo que se es. Aunque hunda en uno mismo, un lugar en el que nunca se ha querido estar.
Siempre sonrío cuando me veo en un espejo, pero no porque me crea guapo, sino porque me han enseñado a ser amable con los desconocidos.
Detrás de los cuadros suele haber cajas fuertes. Pero ¿y detrás de los espejos?
Lo primero que hago al levantarme es comprobar que todos mis miembros estén en su lugar; luego, me lavo los dientes.
Si será engañosa la identidad que hace falta un documento expedido por el Estado para acreditarla.
Aguardo con curiosidad, y con esperanza de alivio, el día en que no sepa quién es el que me mira desde el espejo. O en el que sepa que es otro.
Llevo el yo enganchado como una película de sudor, como uno de aquellos monigotes de papel que nos pegaban en la espalda el Día de los Santos Inocentes y que paseábamos sin darnos cuenta por todas partes, como la pez con que embreaban en el Salvaje Oeste a los tahúres y vendedores de elixires mágicos. No puedo desembarazarme de él.
De pequeño, quería ser torero y boxeador. De lo primero me disuadió el primer astado que vi en la Monumental de Barcelona, a la que me llevaron mis padres; de lo segundo, el primer –y único: me dejó KO– puñetazo que me dio en la tripa Castiglione, un compañero de clase uruguayo con el que había organizado un combate en el patio para probar los guantes de reglamento que me acababan de regalar los Reyes y confirmar mis habilidades pugilísticas. Superadas estas pueriles e insensatas inclinaciones, a lo largo de la vida he deseado ser muchas cosas que nunca he sido ni seré: jardinero, psiquiatra, periodista, historiador, farero, abogado penalista, actor de teatro, restaurador de libros, detective privado, químico. Lo que no somos nos define con mucha más precisión que lo que somos.
El que está vacío, se llena de identidad o de patria, o de ambas cosas. Quien está lleno —de lucidez, de sensibilidad, de incertidumbre— no necesita de esos desagradables aditamentos para ser.
La identidad es el lastre preferido de los volátiles. Los pega al suelo. No les importa que sea cenagoso.
Cuando era joven, cada encuentro con alguien era un desafío, una aventura, un misterio. Hoy, con las enseñanzas de la edad, el conocimiento de las relaciones sociales y una reflexión consciente y constante, he conseguido que cada encuentro sea una colisión.
A más identidad, menos entidad.