domingo, 8 de enero de 2017

La cabalgata de los Reyes Magos

Anteayer, al llegar a casa, vi algo extraño en la calle. Lo que, realmente, me extrañó mucho, porque mi calle, apartada de casi todo, debe de ser una de las más tranquilas del universo. En mi calle, flanqueada por edificios deshabitados, nunca se oye nada, ni pasa nada, ni hay nada, salvo niebla. Niebla hay mucha, pero no hace ruido. Lo que sucedía es que la policía había dispuesto unas tiras de plástico para impedir el aparcamiento, algo que solo podía significar que allí iba a desarrollarse un acontecimiento extraordinario. Y, en efecto, no había ni un solo coche aparcado. Cuando ya estaba en casa, escribiendo, que es lo que siempre hago cuando estoy en casa, empecé a oír un ruido insólito: música. Y digo insólito porque en mi calle nunca se oye nada. Ni siquiera a los vecinos, que no existen. Me asomé a la ventana, compungido (me aterraba que se hubiera instalado en las cercanías una troupe de bongueros o cualquier otro mastuerzo amante de la murga), y descubrí lo que significaban tanto aquella repentina melodía como la prohibición de aparcar: por mi calle iba a pasar la cabalgata de Reyes, más aún, no solo iba a pasar, sino que empezaba en ella. Extendiéndose hasta el final de la vía, y más allá, se alineaban los camionazos que transportaban a las diferentes peñas reales, con sus motivos y muñecos. En todas ellas se sentaban una muchedumbre de niños y algunos supervisores adultos, dispuestos a repartir la felicidad de los regalos, simbolizados por los caramelos que cada uno de ellos llevaba en una bolsa blanca entre las piernas. Alrededor de los mastodónticos vehículos revoloteaban guardias urbanos, gente de Protección Civil, aguerridos bomberos y miembros de las Cruz Roja: un verdadero batallón de salvadores públicos, prestos a evitar cualquier percance (y, sobre todo, que algún niño suelto, arrebatado de entusiasmo por la generosidad de sus majestades, o quizá cegado por el ansia de alcanzar un balón de plástico que se ha lanzado a la multitud, pero que ha rodado debajo de un camión, se meta entre las ruedas para cogerlo y acabe como una alfombra). En estas circunstancias, la cabalgata hay que entenderla metafóricamente: lo que se cabalga aquí no son caballos, y mucho menos camellos, sino furgones de varias toneladas de peso. También lo de Reyes hay que entenderlo alegóricamente: la Biblia solo dice que "llegaron de Oriente a Jerusalén unos magos", pero no cómo se llamaban, ni que fuesen reyes, ni que fueran tres. De hecho, en la tradición armenia, son doce. Y los nombres que conocemos, Melchor, Gaspar y Baltasar, cuyas primeras menciones datan del s. V, no les fueron oficialmente atribuidos hasta mediados del s. VI, en Rávena (aunque, con la celeridad que caracteriza a los asuntos de la Iglesia, en algunos sitios todavía no los han aceptado: en Alcoy, por ejemplo, donde se celebra la cabalgata de Reyes más antigua del mundo, el rey negro es Gaspar, y el de la barba castaña, Baltasar). Mis primeros recuerdos de una cabalgata de Reyes son los de un gentío enorme en la Granvía de Barcelona, del que mi padre se esforzaba por sacarme, a hombros y entre reniegos, ante la preocupación de mi madre, para que pudiera ver el paso de las carrozas (que ya eran camiones en aquel tiempo). Lo que más me gustaba de aquel espectáculo, además de su rareza, eran "los caballeros con plumas". Los caballeros con plumas eran los jinetes de la Guardia Urbana, que escoltaban el desfile con uniforme de gala, en el que destacaban unos cascos empenachados de plumas blancas. Que pasaran los caballeros con plumas, o que formasen en cualquier acto ciudadano, daba a la ceremonia un aire glorioso y municipal, que yo, como niño, identificaba con las cosas elevadas e incomprensibles de los mayores, pero cuyo colorista protocolo me incendiaba la imaginación. También recuerdo que, en una de aquellas primeras cabalgatas de Reyes, mi padre, en un rapto de temeridad, y ante la mirada, no ya alarmada, sino frenética, de mi madre, me acercó a una de las carrozas con la monárquica intención de que el rey que ocupaba me besara. Pero la que pasaba por allí cuando él decidió dar aquel paso adelante era la del rey negro. Y, al verme delante de aquel rostro embetunado, vestido igual que un sátrapa otomano, y con un turbante como un inodoro al revés en la cabeza, que me hacía grotescas muecas de cariño, horrorizado (yo, no Baltasar), me eché a llorar como solo saben hacerlo los niños: apocalípticamente. Así me ha pasado siempre con los Reyes Magos, los payasos y los poetas de la experiencia: de lejos los tolero, pero, si me acerco y distingo sus rasgos, me invade el pavor y aprieto a correr. Mi experiencia con las cabalgatas de Reyes quedó interrumpida, como suele suceder, en la adolescencia y primera juventud, hasta que me casé y tuve hijos. Entonces volví a ellas, pero ya en calidad de padre. O quizá debería decir que me sumergí en ellas. Durante unos buenos años, con la compañía de unos cuñados que tenían, a su vez, tres hijas, asistíamos al espectáculo en Sant Cugat. Y no era difícil: salíamos a la calle y nos dejábamos arrastrar por la riada de gente que también quería ver pasar a los Reyes. Solíamos acabar en un descampado detrás de la biblioteca municipal, a donde sus majestades llegaban en helicóptero. Allí, en aquel rincón socioeconómicamente privilegiado de una futura Cataluña independiente, no se usaban caballos, ni camellos, ni carrozas, ni tráilers norteamericanos, por articulados que fuesen, no: allí se gastaban Reyes aerotransportados. Salvo el aterrizaje del helicóptero, no veíamos nada, claro está: había demasiada gente; de hecho, no veíamos ni a nuestros hijos, que andaban por las profundidades de la caterva, y de cuya existencia solo sabíamos porque los sujetábamos, allí en lo hondo, de la mano. (Los míos decían que la sentían como una trampa para osos: yo temía que, si se me soltaban, fuesen engullidos por la multitud y nunca más volviésemos a saber de ellos). Anulada la volutad, dejándonos llevar simplemente por la fluvial multitud, acabábamos en alguna calle de Sant Cugat por donde habían de pasar, entonces sí, los furgones reales. Éramos como unos cantos rodados que arrastraba el agua de la gente y que se depositaban, al azar, en algún recodo, en algún meandro limoso de la ciudad. Y allí empezaba otra batalla: la de la recogida de caramelos. En cuanto pasaban las carrozas motorizadas, se desataba una lluvia de confites y piruletas, a la que respondía una turba de niños, que se enzarzaba en una pelea sin igual por recolectarlos del suelo y hasta atraparlos en el aire. La pelea era, a veces, literamente eso: una pelea. Y volaban, junto con los caramelos, los tortazos. Lo entiendo: da mucha rabia que, cuando estás a punto de pillar uno jugoso de naranja o de limón (no de menta, y mucho menos de anís), te lo arrebate alguien más rápido o más hábil (las niñas destacan en esto: como, en general, no pueden competir en fuerza física con los niños, suelen ser más astutas, y se sitúan mejor ante el paso de las carrozas, o colocan mejor el cuerpo ante los competidores, o se camelan a los pajes que los tiran, y también son más tenaces y sistemáticas: su cosecha acostumbra a ser mayor). Otro factor que contribuía a la violencia del momento eran las súbitas enemistades que surgían entre el público y los pajes (o las pajas, si eran niñas). Si, por ejemplo, un infante les decía algo así como: "¡A ver si me das alguno, mamón, capullo!" (en catalán, claro), el paje (o la paja) atendía su solicitud, pero tirándole con todas sus fuerzas el caramelo. Era comprensible. Los caramelos se convertían, así, en proyectiles mortales: si acertaban en un ojo, lo saltaban. (Como, por cierto, las tizas que Correas, nuestro profesor de Ciencias Naturales en el colegio, nos tiraba cuando no atendíamos. Eran otros tiempos: hoy, un profesor que atizase a los alumnos, y nunca mejor dicho, iría a la cárcel). En algunos puntos del recorrido, los intercambios de fusilería los caramelos que disparaban unos eran recogidos por los otros y lanzados a su vez por estos a aquellos, en una escalada de violencia sin final discernible se hacían tan nutridos que los padres habían de intervenir, con la ayuda de la Guardia Urbana (esta, sin plumas). Separados los contendientes, quedaba entonces un paisaje desolado, que podríamos llamar, goytisolianamente, paisaje después de la batalla, con las calles tapizadas de caramelos destruidos y muchos heridos, tanto en las calles como en las carrozas, doliéndose de los impactos, con las ropas y los disfraces desbaratados, y hematomas que tardarían muchos días en curar. Pero, sorprendentemente, los niños no volvían a sus casas descontentos. No sé cómo fue anteanoche con los camiones emeritenses. Detras de casi todos iba un grupo de cofrades, disfrazados del motivo de la carroza (no pude evitar pensar en los penitentes de la Semana Santa...), que podrían sacudir de lo lindo a quienes se propasasen con los pajes (o las pajas) de los vehículos: había batmans y capitanes América, pitufos y abejas maya, aladinos y ratatouilles, ratones Mickey y cochecitos de Cars. Como se ve, todo muy internacional: ¿por qué no, también, Jabatos y capitanes Trueno? Cerraba la comitiva un camión de bomberos: no era una carroza, sino uno de verdad, con sus bomberos encaramados a las grúas y sentados en las mangueras (en las de apagar incendios, digo). Este fue el que más interés despertó en Ángeles, que siente una admiración especial por el cuerpo de bomberos, o por el cuerpo de los bomberos. En cualquier caso, me gustó que se mantuviera una tradición tan hispana: ¡abajo Halloween, muera Santa Claus, vivan los Reyes! Todo eso pensaba cuando advertí que los camiones se ponían en movimiento y doblaban, lentamente, por la carretera y luego la avenida que enfila al centro de Mérida, dejando en mi calle el vacío, el silencio y la niebla que, felizmente, la acompañan siempre.

6 comentarios:

  1. Cualquier tiempo pasado fue mejor.
    Hoy los reyes son ERC (izquierda republicana de cataluña)Los animalistas no quieren camellos (La DEA tampoco)Pero eso si la Guardia Urbana sigue usando el caballo y las plumas en el casco que serán algún pobre pollo del zoo de Barcelona, que escapó al control y protección de los ecologistas. Supongo que allá no desentonarían unos verracos ibéricos, que aun siendo carne impura, harían juego con los batmans y capitanes América, pitufos y abejas...

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    1. Gracias por tu comentario, Alfredo. Un gran abrazo.

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  2. Gracias por el relato, me ha transportado a mí también a otros tiempos, y además me recuerda inevitablemente al capítulo segundo de mi novela "Regalo de Reyes". Un saludo y feliz año

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    1. No sabía de tu novela, Jesús, ni de esta curiosa coincidencia a cuenta de los Reyes Magos. La buscaré. Abracísimos.

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    1. Me alegro, Gema. Reírse es bueno. Y me encanta que los lectores lo hagan con mis textos. Un montón de besos.

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