martes, 30 de junio de 2026

Americaneando (y 4): el German Village de Columbus

Salimos hoy para el German Village [Pueblo Alemán] de Columbus, un barrio construido en la primera mitad del siglo XIX por los muchísimos inmigrantes alemanes que se establecieron en la ciudad, y convertido hoy en un centro histórico y una de las más agradables zonas residenciales de la capital de Ohio. Al hacerlo, nos encontramos con un puesto de limonada en la calle, atendido por tres niños rubios y sonrientes. Los niños estadounidenses aprenden a ser amables con los vecinos, y de paso a ganar dinero, desde muy pequeños. Renée vive a una media hora en coche del German Village. Cuando llegamos, aparcamos frente a la iglesia de Saint Mary, el principal templo de la comunidad originaria alemana y hoy del barrio, construida en 1868 y adornada con una espléndida aguja de sesenta metros de altura en 1893. Por desgracia, muchas iglesias, como esta de Saint Mary, solo abren para las misas y no pueden visitarse salvo que se esté dispuesto a rezar. Como no es mi caso ni el de Renée, nos resignamos a admirar el airoso templo solo por fuera. El German Village se compone de espléndidas casas de ladrillo rojo, en muchos casos erigidas entre 1860 y 1890 y hoy felizmente restauradas, con plaquitas que informan de sus propietarios anteriores y de las vicisitudes por las que han pasado hasta llegar a su estado actual. En las ventanas y terrazas, así como en las aceras, la vegetación roza lo exuberante: predominan los narcisos, esa flor amarilla y tan inglesa, pese a ser este un vecindario alemán (Wordsworth la cantó en su célebre poema “I Wandered Alone as a Cloud”: “... my heart with pleasure fills, / And dances with the daffodils” [Vagaba como una nube solitaria: ... mi corazón se hinche de placer / y baila con los narcisos]) y las hortensias, grandes pomos blancos en matas de un verde voraz. Ambas, y muchas otras que pintan de colores el aire, lo impregnan también de un aroma acariciante y manso, que saboreamos mientras recorremos las calles, casi vacías. Mezclado con él, reconocemos el olor a carne asada —sería coherente que fuese de salchichas— que sale de algunas casas: la gente está preparando la cena, que es la comida importante en los Estados Unidos, aunque se hace a nuestra hora de la merienda. Pero esta fragancia, si bien le da color local, también enturbia de prosaísmo el lugar, y preferimos ignorarla. Amparados en la espesa vegetación del barrio, abundan asimismo los animales: vemos conejos en los jardines, que no huyen de nosotros cuando los avistamos: están acostumbrados a la presencia humana; y multitud de luciérnagas iluminan los setos y arriates: encienden apenas un segundo el abdomen y luego se apagan, sin dejar de volar. Una señora, en fin, pasea a un gato, atado a una correa, y nos sonríe al pasar (la señora, no el gato). Al minino, en cambio, no sabemos si contabilizarlo entre la fauna del lugar. Otra cosa que menudea son las banderas, y no solo las estadounidenses a la entrada de las casas (aunque aquí no hay tantas como en otras partes del país: quienes las cuelgan suelen ser republicanos, y este es un barrio, y una ciudad, demócrata), sino también las alemanas, las suizas, las británicas y hasta una ucraniana. Ondean, asimismo, muchas banderas arcoirisadas: en el German Village no hay locales de ambiente, pero sí una nutrida comunidad homosexual, otro rasgo del carácter liberal de la ciudad. En una de estas casas adornadas con una enseña lgtbiqa+ (el signo + ha venido a poner fin, alabado sea el Hacedor, a la fonéticamente atormentada prolongación del acrónimo) leemos: “Love always wins”, traducción al inglés del “Omnia vincit Amor” de la égloga X de las Bucólicas de Virgilio. Y en otra suscribimos en silencio, pero con íntimo entusiasmo, lo que dice el letrero que han colgado en una ventana, una frase de la juez del Tribunal Supremo Ruth Bader Ginsburg, la primera mujer judía en formar parte del alto Tribunal: “Dissent is patriotic” [disentir es patriótico]. Por las calles del German Village, algunas de las cuales conservan todavía nombres alemanes —Frankfort, Schiller, Kossuth, Jaeger—, vemos también muchos coches caros y una costumbre curiosa: Amazon y otras plataformas de comercio electrónico dejan los paquetes a la puerta de las casas si no hay nadie para recibirlos. Y allí pueden pasarse esos bultos todo el día, hasta que el dueño vuelva de trabajar, al alcance de cualquiera que les eche mano. Nadie parece tener miedo de que les roben las compras. Andando, andando, llegamos al restaurante Barcelona. Porque en el German Village hay un restaurante Barcelona, cuya fachada adornan seis banderas: la estadounidense, la española, la de Ohio, la de Barcelona, la de Columbus y la lgtbiqa+. Observo que la de Columbus, que incorpora los colores de la bandera española (y catalana), el rojo y el amarillo, además del blanco, incluye también un barco cuya vela mayor luce la cruz de Santiago y un gallardete, de nuevo, rojigualdo. Así pues, aquí no han eliminado los símbolos colombinos, y es de agradecer también, por rigor histórico, que los colores de la enseña no sean el rojo, el verde y el blanco, propios de la bandera italiana. Miramos la carta del Barcelona, con la vaga esperanza de que nos seduzca para comer, pero el resultado es el contrario: tienen ajoblanco, uno de mis platos favoritos, pero nos disuade que ofrezcan cuatro paellas distintas, todas con ingredientes tan estrafalarios como el chorizo o la morcilla. Los propietarios han caído en la tentación de reforzar el appeal hispano de la paella con algunos de los elementos que el norteamericano medio identifica singularmente con España, y puede que hayan logrado atraer a más público, pero lo que sin duda han conseguido ha sido ahuyentar a los españoles, aunque no vengan muchos por aquí. Seguimos nuestro paseo y llegamos a uno de los centros comunitarios del barrio: el Book Loft [Desván de Libros], la librería que ocupa un edificio anterior a la Guerra Civil en la calle principal, South Third Street, y que lleva en funcionamiento desde 1977. Es un monstruo (al que se accede, no obstante, por un muy tupido y agradable jardín): alberga 500.000 volúmenes (que aumenta a un millón en Navidad) en treinta y dos salas, dispuestas laberínticamente a lo largo de un entramado de angostos pasillos, en varios pisos. Renée y yo paseamos por la mayoría de las habitaciones, sorprendidos por la cantidad de libros y la estrechez de todo, y le dedicamos una atención especial a la poesía, pero no compramos nada. Si sigo llenándola de libros, no podré ni levantar del suelo la maleta con la que tengo que volver a España. Nuestra parada final es el parque Schiller, otro de los ejes del German Village, construido en 1867 y presidido, como su nombre hace prever, por una enorme estatua del poeta alemán, de casi ocho metros de altura y más de una tonelada de peso, forjada en Múnich y regalada a la ciudad de Columbus en 1891. El parque, y todo el barrio, vivieron unas décadas de prosperidad entre finales del siglo pasado y el estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero con este, y con el del sentimiento antialemán que propició, la comunidad se vino abajo. Se prohibió enseñar alemán en las escuelas, se cambió el nombre de las calles —el propio parque Schiller pasó a llamarse Parque Washington—, se hicieron autos de fe con los libros alemanes —algunos, a los mismos pies de la estatua del poeta que ahora contemplamos— y hasta se les arrebataron los perros de raza alemana a sus dueños, incluidos los simpáticos perros salchicha, y se los exterminó. Los cuerpos de los animales fueron arrojados a una fosa en el parque. A este explosión de furor nacionalista, que truncó el crecimiento del barrio, siguió la Ley Seca, que hirió de muerte a las destilerías y cervecerías fundadas por los alemanes, y, después, una nueva Guerra Mundial, con su correspondiente odio por lo germano. En este conflicto, se confiscaron los camiones y hasta las verjas de hierro de las casas para contribuir al esfuerzo de guerra. El German Village quedó prácticamente arrasado hasta que a principios de los sesenta empezó a recuperarse, gracias a la clarividencia de algunos inversores, como Frank Fetch, que se dieron cuenta del potencial que todavía atesoraba. La recuperación ha llegado hasta hoy mismo, como demuestra el hermosísimo parque Schiller por el que seguimos paseando. Atravesamos el Jardín de Grace, en cuyo centro se alza la Niña del Paraguas, que me recuerda, aunque esta sea mucha más joven, a la Dama del Paraguas de Barcelona. Antes, su lugar lo ocupaba una estatua de Hebe, la diosa griega de la juventud, pero algún desaprensivo la robó en los cincuenta (¿qué habrá hecho con ella? ¿Vendérsela a algún coleccionista? ¿Ponerla en el salón de casa?). Para sustituirla, se erigió en 1996 esta delicada figura, de las varillas de cuyo paraguas mana el agua que alimenta el estanque en el que se alza. Mientras estoy mirándola, un joven con aspecto de indigente, pero no demasiado, sentado en un banco y fumando, al lado de otro hobo moderado, en una silla de ruedas, me pregunta si jugaba al baloncesto en el instituto. Le respondo que sí, pero que era muy malo. Luego quiere saber cuánto mido —seis pies con tres, le traduzco—, si aún trabajo —“ya no, por suerte”— y si me han operado de las rodillas —“tampoco, también por suerte”— (aunque, cuando escribo esto, me ha aparecido un principio de artrosis en la izquierda; Renée me explicó que se ha vuelto muy normal en los Estados Unidos ponerse rodillas nuevas cuando se alcanza una cierta edad). El hombre se admira entonces de mi aspecto y mi aparente salud, y yo, que había eludido cuanto había podido la conversación, como siempre hago con los desconocidos que me abordan, me siento un poco avergonzado por sus halagos y por haberme mostrado tan indiferente. Me reúno de nuevo con Renée y continuamos nuestro paseo por el parque, que nos lleva a otro grupo escultórico, de remeros suspendidos en el aire, por encima de otra balsa, del artista polaco Jerzy Kedziora. Para llegar hasta allí, hemos de cruzar un puentecito junto al que pasa la tarde una bandada de ocas, algunas de las cuales picotean en la hierba. Son muchas y tienen polluelos. Parecen tranquilas, casi somnolientas, pero Renée acelera el paso: “Pueden ser muy antipáticas”. Tiene razón: en mi penúltima visita a Madrid, vi en el Jardín de Cecilio Rodríguez, en el Retiro, cómo uno de los muchos pavos reales que deambulaban por allí atacaba a un hombre por razones que solo él conocía (el pavo real, no el hombre). Y lo hacía con violencia faisánida, saltando con fuerza y apuntando, con mala intención, me pareció, a los huevos. El hombre, comprensiblemente alarmado, se defendió con un par de coces que disuadieron al galliforme de continuar con la acometida. Así que le hago caso a Renée y yo también acelero. Superada la intranquilidad que nos inspiraban las ocas, desembocamos en el anfiteatro del parque, donde el Teatro de Actores de Columbus representa gratuitamente, en los meses de verano, obras de Shakespeare. Ahora mismo están interpretando La fierecilla domada, con gran asistencia de público, que se trae la cesta de pícnic y cena en la hierba, o una silla plegable para ver cómodamente el espectáculo. Nosotros seguimos alguna escena (yo, con dificultad: siempre me ha resultado difícil entender el lenguaje shakespeariano), pero, cuando advertimos que la luz se desvanece, volvemos a casa. A Renée no le gusta conducir de noche, ni a mí tampoco. Los niños del puesto de limonadas ya se habrán recogido, pero, si no fuera así, les compraría con gusto un buen vaso.

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