domingo, 19 de julio de 2026

El 18 de julio

Escribo esta entrada, “El 18 de julio”, el 19 de julio. Ayer no quise hacer nada que diese difusión, aunque fuera para denostarla, a esa fecha infausta. Paradójicamente, en mi memoria de niño, el 18 de julio suena a cascabeles, porque en casa se recibía una paga extra: la del 18 de julio, precisamente, como siempre se encargaba de recordar mi madre, cuyas sempiternas estrecheces hacían que recibiera alborozada cualquier sobresueldo, cualquier ayuda, viniese de donde viniese. Mi padre tampoco rechazaba el dinero, pero al menos lo hacía con rostro de circunstancias: Franco era para él un mastuerzo, y su Régimen, un Estado de sangre y pandereta. Esa fecha tan facha, el 18 de julio, fue lo primero que supe de aquello que llamamos, durante tanto tiempo, la dictadura de Franco. A ese conocimiento se sumaron luego otros, que corroboraban y ampliaban la tragedia que había supuesto. Una tragedia nacional: una guerra civil de casi tres años de duración —iniciada, realmente, un día antes: la tarde del 17 de julio, con el levantamiento de las tropas estacionadas en el Marruecos español—, con medio millón de muertos e innumerables dramas: desde el bombardeo de Guernica hasta las masacres de la plaza de toros de Badajoz, la carretera de Málaga a Almería o Paracuellos del Jarama; y cuarenta años de una dictadura sanguinaria que dejó entre 100.000 y 150.000 personas asesinadas durante la Guerra Civil y en la inmediata posguerra por la represión franquista; alrededor de 114.000 desaparecidos en fosas comunes, muchos de las cuales siguen ahí, sumidos en el olvido, sin reconocimiento ni duelo; entre 450.000 y 500.000 exiliados, la mayoría de los cuales nunca volvió (a los que se sumarían, en las décadas posteriores, los casi dos millones de emigrantes a Europa e Hispanoamérica, expulsados de su tierra por el hambre, la miseria y la falta de esperanza); entre 700.000 y un millón de internados en alguno de los más de 300 campos de concentración existentes entre 1936 y los años cuarenta; varios cientos de miles de encarcelados, a lo largo de la dictadura, por motivos políticos o ideológicos (más de 270.000 llegó a haber simultáneamente en 1939), 100.000 de los cuales fueron destinados a batallones de trabajadores o a obras públicas mediante trabajos forzados; cientos de miles de funcionarios, maestros, profesores, ferroviarios y otros empleados públicos depurados, suspendidos o expulsados de sus puestos de trabajo; y, en fin, más de 300.000 personas objeto de expedientes de responsabilidades políticas, con multas, incautaciones de bienes o inhabilitaciones. Y eso por no hablar de la censura institucionalizada, las leyes racistas y homófobas, el nacionalcatolicismo asfixiante, la represión de la mujer, la prohibición de los sindicatos o la práctica de la tortura hasta más allá del fin de la dictadura por parte de funcionarios a los que se premiaba con medallas y un plus salarial por reeducar a los disidentes con porrazos en las plantas de los pies y patadas en los testículos, o apagándoles a ellas cigarrillos en los pechos. Pero la tragedia abierta por el 18 de julio tuvo también consecuencias personales, como en la mayoría de familias españolas. En la mía, se contaba un tío abuelo, Jesús Vidal, soldado de la República, muerto en Cataluña hacia el final de la guerra. Sus padecimientos se reflejan bien en la correspondencia que guardaba de él mi madre, y que yo descubrí en un rincón del armario más escondido de la casa cuando hube de vaciarla, tras la muerte de mi madre. Las cartas de Jesús, escritas con la caligrafía primitiva y las profusas faltas de ortografía de un campesino que apenas había alcanzado a conocer las primeras letras y las cuatro reglas, relatan un viaje hacia la muerte, que empieza en diciembre de 1936, cuando fue movilizado, y que concluye, tras un accidentado pase por diversas bases y aeródromos de la aviación republicana —mi tío Jesús pertenecía al 4º batallón de la 3ª región aérea, que fue reculando desde Zaidín y Alcubierre, en Huesca, hasta Celrà y Torroella de Montgrí, en Gerona—, en enero de 1939: su última carta está fechada “en campaña a 2 de 1 de 39”. Luego, Jesús desaparece en combate. Según le contó un compañero de armas a mi familia después de la guerra, huían del avance franquista, y él cayó en un terraplén. No se le volvió a ver. Quizá quedó herido en la caída y luego fue rematado, o capturado y fusilado, por los atacantes. También desapareció en combate, aunque de otro modo, mi abuelo Alfonso. Cuando cayó Aragón, y como se había implicado con otros anarquistas en la colectivización de las tierras, tuvo que poner pies en polvorosa para que los nuevos amos no le dieran matarile. Se fue solo, no obstante: su mujer —mi abuela— y sus dos hijas pequeñas —una de ellas, mi madre— quedaron desamparadas en Chalamera, su pueblo (donde había nacido Ramón J. Sender, otro rojo destacado), y tuvieron que echarse a los caminos para poder comer. Pasaron dos años vagando por las carreteras y fincas entre Aragón y Cataluña: mi abuela trabajaba en los campos a cambio de techo y comida para las tres. Finalmente, consiguieron emigrar a Barcelona, donde una pariente les cedió un cuarto en un pisito de alquiler donde ya se amontonaban varios menesterosos más. Mi madre nunca dejó de recordar la pobre impresión que le había causado Barcelona al llegar (en tren): pobre, sucia, oscura. Era 1948: todavía en lo peor, en lo más sórdido, de la dictadura del Generalísimo. Al poco de establecerse allí, con doce años, tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica de cajas para productos cosméticos (que compraban las señoronas barcelonesas): con sus finos deditos de niña, se convirtió enseguida en una cajista experta. Mientras tanto, mi abuela limpiaba por las noches una residencia a la que las familias pudientes llevaban a sus hijos deficientes mentales, y mi abuelo seguía en Francia, de donde nunca regresó y desde donde nunca, por cierto, mandó dinero a su familia, ni hizo nada por reunirse con ella. En Francia se ganó la vida como albañil y volvió a casarse. Tengo, pues, el dudoso honor de contar con un abuelo bígamo. También por parte de mi padre, la Guerra Civil supuso una fractura dolorosa: hubo de dejar la escuela —donde, como siempre repetía con orgullo, había llegado a ser el segundo de la clase— y soportar las bombas de los Savoia-Marchetti de la Aviazione Legionaria italiana, que machacaba a Barcelona desde Mallorca, hasta que su madre lo envió a su pueblo, Pomar de Cinca, también en Huesca, para asegurarse de que comiera y de que no lo moliesen las bombas que les regalaban los hijos de Mussolini, aliados de Franco. En la posguerra, ya vuelto a Barcelona, vio cómo un hermano pequeño se le moría de tuberculosis y cómo su padrastro, guardia civil, era encarcelado dos años por haber sido fiel a la República, aunque esto último no sé si le afectó demasiado, o más bien lo alivió, porque el yayo Francisco era de los que pegaban lo normal a su mujer. Todo esto ha representado, y sigue representando, el 18 de julio para mí. Cuando veo a los cada vez más numerosos fascistas de hoy y a cuantos descerebrados les ríen las tristes gracias aplaudir la fecha y su simbolismo insurreccional, me entra vomitera. Y cuando leo a los numerosos revisionistas que intentan convencernos de que dar un golpe de Estado, causar una guerra civil, asesinar a cientos de miles de personas y establecer una tiranía de décadas fue algo necesario para restaurar la patria, la civilización o a Dios, cuando solo restauró los privilegios de los poderosos, me dan ganas de darme de baja de ser humano y exiliarme en Marte. La pena es que todos los años habrá un 18 de julio. La pena —aún mayor— es que no parece haber forma de que se borre de la mente de tantos el miedo que subyace en su apoyo al fascismo. Si todos abrazáramos la incertidumbre con igual franqueza e igual inocencia, otra vida, quizá, sería posible.

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