jueves, 24 de septiembre de 2026

Unos días en Madrid (1)

Presentamos esta tarde, en la librería Rafael Alberti, Dices, mi último poemario publicado por Los Papeles de Brighton, juntamente con Breviario de horas bajas, de Ignacio Cartagena. Será una presentación cruzada, un quiasmo editorial: Ignacio presentará mi poemario y yo, el suyo. Vamos a la librería en metro. En la estación de Cuatro Caminos, donde hacemos transbordo, y cuando el tren ya está entrando en la estación, Juan hace una escapada rápida para examinar el pequeño montón de libros que hay en la metroteca del andén. Yo renuncio a hacerlo, violando así un principio que mantengo a rajatabla: mirar siempre en los rimeros de libros, aun en los de aspecto más miserable, porque en cualquiera se puede encontrar una joya oculta. Juan salta al vagón cuando el convoy ya está a punto de partir, y nos enseña, triunfante, el ejemplar que ha encontrado: una primera edición de ¡Rebeca!, de Ramón Gómez de la Serna, publicado por Plaza y Janés en 1947. Me maldigo por no haberlo acompañada en su fugaz, pero tan fructífera, revisión de la metroteca, en la que, como él mismo reconoce y como suele pasar en todas partes, solo hay basurilla. Mientras me reconcomo de envidia, recuerdo la ocasión, hace pocas semanas, en que, paseando por el valle del Llèmena, en Girona, donde estábamos pasando unos días juntos Juan, Moisés Galindo, Christian T. Arjona y yo, me separé del grupo en cuanto divisé una de esas cajas que algunos ayuntamientos disponen en las vía pública para dejar y coger libros. Estaba al lado de una hermosa iglesia ochocentista en medio del campo. Dentro, para mi sorpresa (y validación de mi principio de buscador de libros viejos) encontré una primera edición de Nada, de Carmen Laforet, de 1945, que suscitó a su vez la envidia y hasta el reproche ("¡has abandonado el grupo como un cabrón para ser el primero en rebuscar...!") de alguno. El destino me ha devuelto la jugada. Aunque me alegro por Juan, claro...

A la presentación acuden no pocos amigos. Un observador externo puede reconocer a unos y otros por las corbatas. Por su trabajo, del que ha venido directamente a la librería, Ignacio debe vestir traje. Sus compañeros, también. Los que no los llevan, son los míos. Entre los asistentes, sentado en primera fila con una camisa floreada y gafas oscuras, se encuentra Carlos Escolar, Frascuelo (a no confundir con el legendario Frascuelo del siglo XIX: Salvador Sánchez Povedano, que toreó 1236 corridas y mató 3801 toros). Don Carlos tiene 78 años y aún sigue toreando. Y, pese a que no lleva corbata, viene de parte de Ignacio, que es muy taurino y un gran admirador del veterano maestro. (De hecho, cuando nos reunamos para cenar dos días después de la presentación, Ignacio me llevará al bar Morales El Atómico, a cuya entrada descuella la enorme cabeza de un toro [¿o debería decir "la cabeza de un toro enorme"?] y cuyas paredes están tapizadas de fotografías de matadores y morlacos [en una, un toro de 600 kilos se ha incorporado para abrazar a un caballista, que le devuelve el abrazo]; por suerte, entre las especialidades de la casa no están las criadillas de toro, por las que no siento ninguna inclinación, sino la mojama y el pescadito frito).

Los asistentes a la presentación me deparan otra sorpresa. A un hombre de mediana edad que ha hecho cola para que le firme un ejemplar de Dices, le toca el turno por fin y me entrega el libro para el autógrafo. Se lo estampo. Cuando se lo devuelvo, se me acerca más y me dice que quiere agradecerme mi obra —que haya escrito lo que he escrito— y mis traducciones, de las que hace un elogio inmoderado. Me entrega a continuación un ejemplar de Insumisión —que, añade, considera mi mejor libro— y me pide que se lo firme también, pero no en las páginas de respeto, sino justo encima de uno de los poemas. Y yo, aún no repuesto de la impresión, se lo dedico también. Luego, me da la mano, yo se la estrecho y no se me ocurre nada más que darle las gracias, y, tan discretamente como ha venido, se marcha. No sé nada de esta persona, salvo su nombre de pila. No lo conocía y sigo sin conocerlo. No me ha dejado una tarjeta, ni un manuscrito, ni me ha dado un libro: solo su agradecimiento. Y eso me va a más que bastar cuando me pregunte, como hago cada vez más a menudo, para qué coño sigo escribiendo, a quién cojones le interesa lo que hago, qué sentido tiene que siga juntando palabras en un papel. 

jueves, 17 de septiembre de 2026

Elogio de la soledad

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
MIGUEL HERNÁNDEZ, «Elegía»

La soledad abre una puerta. La puerta esconde una oscuridad luminosa. Me golpeo las espinillas con lo que amuebla este recinto desorbitado, pero es un dolor equívoco, que se convierte, con lentitud de larva, en placer. El dolor y el placer concuerdan en esta tiniebla dorada, flechada por pájaros desconocidos, poblada por imágenes que no alcanzan a ser objetos, punteada de embriones de mí, de cadáveres de mí, de gritos y susurros que acaso haya pronunciado yo. En esta soledad fértil en figuraciones, advierto el cuerpo que acarreo, la forma que me obligo a poseer. Y también percibo el silencio, que afila sus facciones: las abastece de una desnudez desolada. Pero esta desolación, como las magulladuras de las canillas, suscita una extraña alegría. El silencio y la soledad van de la mano. Cada uno espolea al otro. La piel, bajo su luz tajante, ya no es una veladura. La soledad descubre tanto a quien no soy como a quien está sumido en el tráfago embrutecedor de las identidades. Con el resplandor encapotado de la soledad, se enderezan los pulsos que latían bajo mi pulso, se avivan los nombres que soterraba mi nombre, se ulceran las paredes que me contenían, y en esas úlceras veo a quien fui, a quien llueve o es derrotado, el espasmo sostenido del fingimiento, la benemérita corrosión de las fábulas con las que me construyo, el camino aciago de una sangre abocada a la intrascendencia, el cielo del que abomino y el barro en el que me revuelco, y donde me disperso, y me extingo, aunque nada último me posea todavía. La soledad desenmascara los hombres que soy. La soledad es, si no me descarrío, una alegría sin fin. No significa la nada; o sí, pero una nada jubilosa. Se encienden luces, que iluminan pasadizos cuyas paredes son mis huesos; se multiplica quien habla, que tiene mi nombre, pero que es otro, que es muchos; se ramifican los ojos; se desmenuza el sexo; oigo la música fracturada de quien ignoraba que compartiese mi cama y mis visiones. La soledad esculpe realidad en lo que huye. Cuanto omitía, es ahora fuego y morada. Cuanto solo intuía, deviene razón de mí, cimiento asentado por el seísmo. La soledad no gratifica: perturba, como el zumbido de un insecto en un cuarto vacío. La soledad percute hasta agujerear el muro que hemos levantado con las palabras, y por la grieta que dibuja asistimos a la erección de otro muro: el de quien tiene mi voz y, a la vez, repudia mi voz; el de quien escribe su llanto con la resignación de un desahuciado; el de quien se descalza. La soledad ahoga, pero alienta; esparce una semilla feroz. La maraña de la soledad solo atrapa a uno: me atrapa a mí.

viernes, 11 de septiembre de 2026

En la oficina de Correos

En la oficina de Correos de mi ciudad (antes se la llamaba estafeta, una palabra mucho más sabrosa que oficina, de connotaciones casi siniestras, pero ha caído en un desuso que deploro; y antes mi ciudad era un pueblo, pero cien mil personas después lo han convertido en ciudad) hay hoy un gentío descomunal. La peña ha vuelto de vacaciones y arde en deseos de recoger los paquetes que tiene pendientes, o bien de mandar documentos y cosas que no ha enviado por disfrutar de un merecido descanso. En mi localidad, solo hay una oficina postal (de cuando esto era un pueblo) y, en las fechas en que no queda más remedio que recurrir al snail mail, como estas o Navidad, las aglomeraciones son legendarias. Me abro paso entre la muchedumbre y saco mi número en la maquinita roja que los expende, para ordenar el tráfico, como en las carnicerías. Benditas maquinitas: desde que existen, se han acabado aquellas fastuosas discusiones sobre quién estaba antes, cuya virulencia competía con la de dos hinchadas enfrentadas después de un partido de fútbol en Mánchester o Buenos Aires. Mi número es el E98 y veo, con desaliento, que el último atendido en la pantalla es el E57: faltan más de cuarenta para que me toque y todas las sillas están ocupadas. Por suerte, advierto un escalón libre en la escalera que sube al primer piso de la dependencia: me apresuro a remontar el tramo que me separa de él y, sorteando muchas cabezas y piernas, lo ocupo. Es muy incómodo —en realidad, no es el escalón: soy yo, que me estoy lignificando—, pero más cornadas da estar de pie. Saco un libro, empiezo a leer y espero, con paciencia monacal, a que suene el ping de la pantalla cuando corresponda a mi número. Y suena, tres cuartos de hora después, cuando mi espalda y mis nalgas chirrían ya como una puerta mal engrasada. Acudo al mostrador que se me indica, donde me espera una abrumada funcionaria. Y este es el diálogo que mantenemos:

- Buenos días. Venía a mandar este paquete por el sistema Postlibris.

- ¿Postlibris? A ver, no sé si voy a poder hacerlo...

Guardo silencio. La funcionaria manipula nerviosamente el ordenador.

- Un momento, voy a consultar una cosa.

La funcionaria se va. Vuelve, al cabo de un rato, con otra funcionaria. La otra funcionaria mira la pantalla y le da una serie de crípticas (para mí) explicaciones a la funcionaria primera.

- Ah, sí, vale, sí, ya está —dice la funcionaria primera. La otra funcionaria se va.

La funcionaria primera pega la etiqueta y pesa el paquete: son dos kilos y cien gramos. 

- Ah, no, perdón —me dice—, si son más de dos kilos no puede ir como Postlibris. Ha de ser un paquete ordinario.

- Pero el sistema Postlibris está pensado, como su nombre indica, para libros, que, por definición, pesan mucho —le digo yo—. ¿Cómo se le pone entonces un límite? ¿Y tan escueto? (Es como si se estableciera un sistema para enviar bolígrafos, pero no se aceptaran los que llevasen tinta, pienso; pero esto no se lo digo, para no parecer que me ensaño).

- Pues es así. No se puede enviar por Postlibris —repite la funcionaria, inmune a mi objeción.

- Bien, pues si no hay más remedio, mandémoslo como paquete ordinario —me resigno yo.

La funcionaria vuelve a teclear en el ordenador. En una pantallita que hay en el mostrador, se iluminan unos datos y un recuadro vacío.

- Compruebe que todo está bien y firme.

Lo compruebo.

- Mi primer apellido está mal: no es Moya, sino Moga —le digo. (Pienso entonces en todas las deturpaciones que, a lo largo de sesenta y cuatro años, ha sufrido mi pobre apellido, y que resultan difíciles de explicar teniendo en cuenta que solo tiene cuatro sencillas letras; la más divertida, y acaso más reveladora, es la que me convirtió en Eduardo Murga).

La funcionaria, ajena a mis cogitaciones, me mira sorprendida.

- Ah, pero eso no lo he escrito yo: sale así del sistema.

- Ya. Pero, aunque salga así del sistema, está mal. Hace tres años, cuando me di de alta en el servicio Postlibris, ya advertimos este error y la directora de la oficina me dijo que no me preocupase, que lo corregirían enseguida. Pero veo que no lo han corregido.

- Bueno, ya lo hago yo... —me responde la funcionaria.

Yo guardo silencio mientras vuelve a teclear en el ordenador. Y otra vez me dice que compruebe lo escrito y que, si está bien, lo firme. Lo hago.

- Hay un error en la dirección: el destino es la calle Dante Alighieri, no Danti Alighieri. D-A-N-T...

- Sí, sí, ya sé quién es Dante —me corta el deletreo. Y vuelve a teclear en el ordenador.

Por tercera vez somete a mi consideración los datos del envío en la pantallita del mostrador. Y por fin firmo.

- Muy bien —dice la funcionaria, perceptiblemente aliviada—. Pues son 21,70 euros, 19.90 por el envío y 1,80 por la caja de cartón...

- Aquí tiene —le contesto. Y le doy la cantidad indicada.

La funcionaria coge el dinero, pero vuelve a mirar el ordenador.

- Un momento. No me lo junta. No me lo ha sumado... Me tiene Ud. que dar 1,80 euros por la caja.

- Ahí los tiene —le contesto, señalando los 21,70 que tiene en la mano.

- No, pero es que son dos envíos aparte...

- No, es un solo envío: la caja y los libros viajan juntos, en un solo paquete. Y la suma del coste de ambos es, por lo que Ud. me ha dicho, 21,70 euros.

La funcionaria guarda silencio un momento, con ojos de atribulada concentración.

- Un momento, voy a consultar una cosa —me dice otra vez, y se va.

Vuelve con la otra funcionaria que ya ha venido antes. La otra funcionaria reitera las explicaciones crípticas (que supongo serán diferentes de las de antes) y aguarda a la reacción de la primera funcionaria.

- Ah, sí, vale. Ya, ya... —dice esta.

La otra funcionaria se marcha y la funcionaria que me atiende teclea brevemente en el ordenador y me entrega el recibo sin apartar la vista de la pantalla.

-Adiós. Muchas gracias —le digo.

Cuando salgo a duras penas de la oficina, parece el camarote de los Hermanos Marx.

(Varios días después de esto, Correos me mandó un correo electrónico en el que me decía que el envío en cuestión había sido entregado a su destinatario. Hoy, el destinatario me ha comunicado, también por correo electrónico, que no ha recibido nada).

sábado, 5 de septiembre de 2026

Un ateo en el Museo de los Santos, de Olot

Que un ateazo como yo se haya desplazado un domingo por la mañana desde Sant Cugat, donde vivo, a Olot, a ciento cinco kilómetros de distancia, para ver el Museo de los Santos que alberga esta ciudad, es culpa de Christian T. Arjona, un amigo muy querido y otro ateazo incorregible, pese a lo cual me lo recomendó con entusiasmo hace algunas semanas. Claro que también aprovecharé el desplazamiento para visitar a mi hijo Pablo y a su novia Júlia, que viven muy cerca de Olot: esta será la parte laica de mi excursión. Pero insisto: la chispa responsable de que prendiera mi interés por esta extraña gliptoteca la encendió Christian, que es pintor, escultor y fotógrafo, además de editor, traductor y poeta, y en cuyo criterio artístico confío plenamente. De modo que aquí estoy, dominical, descreído, apostólico y olotino, esperando a que el museo abra sus puertas, algo que debería suceder dentro de unos pocos minutos. En la esquina del edificio, se alza un busto de Joaquim Vayreda, uno de los integrantes más destacados de la escuela paisajística catalana, cuyo centro se encontraba precisamente aquí, en Olot, y también uno de los fundadores del Taller de Arte Cristiano, origen del actual Museo de los Santos, en 1880, junto con otro afamado paisajista catalán, Josep Berga Boix, y un hombre de negocios y, es de suponer, socio capitalista, Valentí Carrera. El busto de Vayreda emerge entre unos desmelenados arbustos. Muy despejada, en cambio, luce la fachada del Museo, que fue antes, como ya he dicho, sede del Taller de Arte Cristiano, dedicado a la fabricación de figuras de vírgenes y santos, y antes de eso, la casa de Marian Vayreda, hermano de Joaquim y escritor, autor, entre otras, de la novela inquietantemente titulada La puñalada. Preside la fachada un medallón ornamental con la figura de un ángel, fechado en 1893 y firmado por el escultor garrotxense Celestí Devesa, debajo del cual una leyenda aleccionadora reivindica la dificultad y el orgullo de la tarea asumida por el Taller: “Hacer santos no es tarea sencilla”. El autor de la máxima tiene razón, porque yo nunca me he encontrado con ninguno: que haya santos debe de ser dificilísimo. El Museo se divide en cuatro espacios y el recepcionista que atiende al público —más bien escaso hoy: solo una mujer con dos niños me acompaña; me encantan los museos solitarios, más aún, vacíos— me sugiere que empiece la visita viendo un breve vídeo informativo junto a la recepción —y así lo hago, acompañado por un Sant Jordi enorme en el legendario trance de matar al dragón— y vaya luego al sótano, donde aún funciona el taller que fundaran Vayreda y sus colegas. Claro que entonces Olot, una ciudad tradicionalmente conservadora (cuya población, por ejemplo, alimentó en el siglo XIX a las fuerzas carlistas en su denodada lucha contra el liberalismo; el propio Marian Vayreda combatió con Francesc Savalls, uno de los principales jefes carlistas catalanes, y se integró en su Estado Mayor), vivía un boom de la imaginería religiosa, que hasta mediados del siglo XX constituyó una de las principales industrias de la localidad, con docenas de talleres y cientos de trabajadores especializados. Hoy de aquel esplendor imaginístico solo queda este reducto, en el que todavía trabajan una quincena de esforzados artesanos, y no solo para las iglesias españolas, sino también para las estadounidenses, canadienses y australianas. Su labor puede incluso admirarse en los días entre semana, pero no hoy domingo, claro. Ahora solo se ven, tras unos gruesos cristales, las mesas en las que trabajan y los instrumentos y materiales con que lo hacen, todos laboriosamente manchados de pastas y pinturas. Entre muchas figuras —reconozco a Santa Cecilia, a San Roque...—, todas hechas con cartón madera, el revolucionario material que sustituyó al yeso o la pasta fuerte con los que se habían esculpido hasta entonces y que permitió aumentar mucho la producción —la Iglesia bendijo el cartón madera en 1887: nada obstaba para que fuese la carne inmaculada de María o la asimismo reverenciable de los bienaventurados—, me llama la atención un cajón lleno de ojos de vidrio: los ojos se soplaban al tamaño requerido y se insertaban después, con mucha delicadeza, en las cuencas de los santos. En la planta baja se alinean los originales de las figuras moldeadas en el taller, como un nuevo ejército de soldados de terracota de Xi’an. Aquellas y estos se parecen más de lo que se podría suponer: ambos pretenden conquistar: territorios los unos, almas los otros; también derrotar al enemigo: a sus vecinos hostiles los segundos, y al Malo, los primeros; y todos acompañan a un muerto: los santos, a Jesucristo, el primer dios único, y los soldados, a Qin Shi Huang, el primer emperador de la China. Nunca había visto a tantas santos y vírgenes juntos. Hay cientos de modelos aquí, colgados del techo, alineados en el suelo, amontonados en los rincones, a muchos de los cuales les faltan miembros: brazos, manos, piernas, todos metidos en una bolsa que se les cuelga al cuello. Así se construyen: se saca el cuerpo del molde y luego, en un troceamiento a la inversa, se les enganchan los apéndices o extremidades. Y el resultado final es, a veces, estremecedor: se dirían seres humanos simplemente detenidos en su hacer, de mirada vítrea y convincente, de piel imperiosa. Algunos son piezas de orfebrería: su realismo y la riqueza y verosimilitud de sus detalles apabullan. Entre los cuerpos de tamaño natural, aparecen también otros de dimensiones desmesuradas: son los cabezudos, que en las cartelas se identifican como cabeçuts (aunque a mí, en el colegio, me enseñaron que ‘cabezudo’ en catalán era capgròs), estas figuras festivas que protagonizaban los pasacalles y que representaban, hiperbólicamente, el espíritu del lugar y el carácter de sus gentes. Aquí se alzan los tradicionales de Olot: dos gigantes, un hombre y una mujer, él, de 1521, con aire romano, mostachazo y maza con pinchos al hombro, y ella, de 1609, recatada, casi virginal. Cerca, hay también un cap de lligamosques, otra cabeza grotesca que coronaba al esparriot, el tipo que precedía al pasacalles e impedía, a bastonazos, si era necesario, que la chiquillada molestara a los gigantes, y así les abría paso. Recibía el nombre de lligamosques [‘atrapamoscas’] porque se la untaba de miel para que los insectos se quedaran enganchados y no molestasen a quienes participaban en el desfile. El esparriot con su cap de lligamosques era, pues, una suerte de gastador extravagante, pero muy necesario en aquellos tiempos rurales y desordenados (aunque acabo de ver por la televisión imágenes de esa imbecilidad contemporánea llamada tomatina de Bunyol, y a lo mejor resulta que entonces eran más civilizados que hoy). En la primera planta, encuentro varias salas dedicadas. La primera, a Ramon Amadeu, el mejor artesano de santos catalán de siempre, que era barcelonés, pero que se estableció en Olot huyendo de los franceses en 1809, cuando nuestros vecinos campaban por el país intentando implantar la modernidad a golpe de bayoneta. De Amadeu son un Ecce Homo y una Dolorosa contundentes que nos reciben al entrar, además de cientos de figuritas de pesebre, que representan a personajes populares, coloridas y expresivas. La segunda, a Marian Vayreda, el propietario de la casa, del que se conservan algunos muebles y objetos personales, y de cuyos libros se exponen algunos ejemplares. Abro al azar uno de La puñalada y caigo en este diálogo, que hace un escalofriante honor a su título: «Estaba asomado al borde de la roca, examinando con mirada de gavilán los cadáveres que se ennegrecían al fondo del barranco y buscando inútilmente cuál de ellos podía presentar indicios de ser el de Ivo (...) —¿Sabes que ya he contado veintinueve y que todavía me parece que no están todos? —me dijo una voz alegre que me heló la sangre. (...) —Sí, veintinueve o treinta más —respondí yo—; tanto me dan diez más que diez menos, si no está el grande. Los pequeños nacen cada día». Y la tercera, al Sagrado Corazón de Jesús, también esculpido, con diferentes formas y modelos, por los artesanos del taller. Recuerdo que en la puerta de la casa en la que me crie, en Barcelona, había una placa dorada con un Sagrado Corazón, que nunca supe qué hacía allí: mis padres no eran devotos, y yo, menos. Era, claro, herencia de algún propietario anterior. Pero ninguno de nosotros quiso nunca sacarla: un resto de pensamiento supersticioso nos impedía hacerlo. En esta planta se informa también de los lugares tan exóticos para los que han moldeado figuras los talleres olotinos, desde la Virgen de Fátima, en Portugal, hasta el Niño de Atocha, en Madrid y México, desde el Beato Gabriel Perboire, en China y Francia, hasta el Niño de Tacoronte, en Tenerife, entre muchos otros. En esta planta se subraya la, digamos, dimensión social de la industria de los santos olotina y se aporta información, por ejemplo, sobre las huelgas que han protagonizado sus trabajadores para reclamar mejores condiciones laborales: la primera, en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, cuando las figuras de los santos y las vírgenes eran muy reclamadas en todas partes: había muchos muertos que poner bajo su protección. También se exponen ejemplos de otro tipo de trabajos a los que se dedica el taller actual, que, ante la paulatina contracción de la fe en la sociedad española actual, se ha visto obligado a diversificar su labor para poder subsistir. Así, se ven maniquíes de moda, figuras laicas, entre las que reconozco una cabeza de John F. Kennedy, troncos humanos didácticos y rostros anatómicos. En la última planta, la superior, destaca las colecciones de figuras de pesebre (catalanas, napolitanas, andaluzas, murcianas, austríacas, mallorquinas) y Cristos crucificados, y las trece figuras de la Última Cena que formaron el paso de la Cofradía de la Santa Cena entre 1968 y 1971, obra sobresaliente de Modest Fluvià. Entre las trece, de tamaño natural y aspecto realista, la de Judas, el traidor, se reconoce enseguida: es el único de gesto retorcido, arrugado y malcarado, y está en uno de los extremos de la fila de comensales, en el lugar más alejado posible del Salvador. Cuando salgo del Museo, sigo siendo igual de ateo que al entrar, pero me siento extrañamente reconfortado. Ha sido una visita sosegada y reveladora. Y siempre está bien saber de qué materiales humanos están hecho los materiales espirituales con que nos consolamos de ser.