sábado, 5 de septiembre de 2026

Un ateo en el Museo de los Santos, de Olot

Que un ateazo como yo se haya desplazado un domingo por la mañana desde Sant Cugat, donde vivo, a Olot, a ciento cinco kilómetros de distancia, para ver el Museo de los Santos que alberga esta ciudad, es culpa de Christian T. Arjona, un amigo muy querido y otro ateazo incorregible, pese a lo cual me lo recomendó con entusiasmo hace algunas semanas. Claro que también aprovecharé el desplazamiento para visitar a mi hijo Pablo y a su novia Júlia, que viven muy cerca de Olot: esta será la parte laica de mi excursión. Pero insisto: la chispa responsable de que prendiera mi interés por esta extraña gliptoteca la encendió Christian, que es pintor, escultor y fotógrafo, además de editor, traductor y poeta, y en cuyo criterio artístico confío plenamente. De modo que aquí estoy, dominical, descreído, apostólico y olotino, esperando a que el museo abra sus puertas, algo que debería suceder dentro de unos pocos minutos. En la esquina del edificio, se alza un busto de Joaquim Vayreda, uno de los integrantes más destacados de la escuela paisajística catalana, cuyo centro se encontraba precisamente aquí, en Olot, y también uno de los fundadores del Taller de Arte Cristiano, origen del actual Museo de los Santos, en 1880, junto con otro afamado paisajista catalán, Josep Berga Boix, y un hombre de negocios y, es de suponer, socio capitalista, Valentí Carrera. El busto de Vayreda emerge entre unos desmelenados arbustos. Muy despejada, en cambio, luce la fachada del Museo, que fue antes, como ya he dicho, sede del Taller de Arte Cristiano, dedicado a la fabricación de figuras de vírgenes y santos, y antes de eso, la casa de Marian Vayreda, hermano de Joaquim y escritor, autor, entre otras, de la novela inquietantemente titulada La puñalada. Preside la fachada un medallón ornamental con la figura de un ángel, fechado en 1893 y firmado por el escultor garrotxense Celestí Devesa, debajo del cual una leyenda aleccionadora reivindica la dificultad y el orgullo de la tarea asumida por el Taller: “Hacer santos no es tarea sencilla”. El autor de la máxima tiene razón, porque yo nunca me he encontrado con ninguno: que haya santos debe de ser dificilísimo. El Museo se divide en cuatro espacios y el recepcionista que atiende al público —más bien escaso hoy: solo una mujer con dos niños me acompaña; me encantan los museos solitarios, más aún, vacíos— me sugiere que empiece la visita viendo un breve vídeo informativo junto a la recepción —y así lo hago, acompañado por un Sant Jordi enorme en el legendario trance de matar al dragón— y vaya luego al sótano, donde aún funciona el taller que fundaran Vayreda y sus colegas. Claro que entonces Olot, una ciudad tradicionalmente conservadora (cuya población, por ejemplo, alimentó en el siglo XIX a las fuerzas carlistas en su denodada lucha contra el liberalismo; el propio Marian Vayreda combatió con Francesc Savalls, uno de los principales jefes carlistas catalanes, y se integró en su Estado Mayor), vivía un boom de la imaginería religiosa, que hasta mediados del siglo XX constituyó una de las principales industrias de la localidad, con docenas de talleres y cientos de trabajadores especializados. Hoy de aquel esplendor imaginístico solo queda este reducto, en el que todavía trabajan una quincena de esforzados artesanos, y no solo para las iglesias españolas, sino también para las estadounidenses, canadienses y australianas. Su labor puede incluso admirarse en los días entre semana, pero no hoy domingo, claro. Ahora solo se ven, tras unos gruesos cristales, las mesas en las que trabajan y los instrumentos y materiales con que lo hacen, todos laboriosamente manchados de pastas y pinturas. Entre muchas figuras —reconozco a Santa Cecilia, a San Roque...—, todas hechas con cartón madera, el revolucionario material que sustituyó al yeso o la pasta fuerte con los que se habían esculpido hasta entonces y que permitió aumentar mucho la producción —la Iglesia bendijo el cartón madera en 1887: nada obstaba para que fuese la carne inmaculada de María o la asimismo reverenciable de los bienaventurados—, me llama la atención un cajón lleno de ojos de vidrio: los ojos se soplaban al tamaño requerido y se insertaban después, con mucha delicadeza, en las cuencas de los santos. En la planta baja se alinean los originales de las figuras moldeadas en el taller, como un nuevo ejército de soldados de terracota de Xi’an. Aquellas y estos se parecen más de lo que se podría suponer: ambos pretenden conquistar: territorios los unos, almas los otros; también derrotar al enemigo: a sus vecinos hostiles los segundos, y al Malo, los primeros; y todos acompañan a un muerto: los santos, a Jesucristo, el primer dios único, y los soldados, a Qin Shi Huang, el primer emperador de la China. Nunca había visto a tantas santos y vírgenes juntos. Hay cientos de modelos aquí, colgados del techo, alineados en el suelo, amontonados en los rincones, a muchos de los cuales les faltan miembros: brazos, manos, piernas, todos metidos en una bolsa que se les cuelga al cuello. Así se construyen: se saca el cuerpo del molde y luego, en un troceamiento a la inversa, se les enganchan los apéndices o extremidades. Y el resultado final es, a veces, estremecedor: se dirían seres humanos simplemente detenidos en su hacer, de mirada vítrea y convincente, de piel imperiosa. Algunos son piezas de orfebrería: su realismo y la riqueza y verosimilitud de sus detalles apabullan. Entre los cuerpos de tamaño natural, aparecen también otros de dimensiones desmesuradas: son los cabezudos, que en las cartelas se identifican como cabeçuts (aunque a mí, en el colegio, me enseñaron que ‘cabezudo’ en catalán era capgròs), estas figuras festivas que protagonizaban los pasacalles y que representaban, hiperbólicamente, el espíritu del lugar y el carácter de sus gentes. Aquí se alzan los tradicionales de Olot: dos gigantes, un hombre y una mujer, él, de 1521, con aire romano, mostachazo y maza con pinchos al hombro, y ella, de 1609, recatada, casi virginal. Cerca, hay también un cap de lligamosques, otra cabeza grotesca que coronaba al esparriot, el tipo que precedía al pasacalles e impedía, a bastonazos, si era necesario, que la chiquillada molestara a los gigantes, y así les abría paso. Recibía el nombre de lligamosques [‘atrapamoscas’] porque se la untaba de miel para que los insectos se quedaran enganchados y no molestasen a quienes participaban en el desfile. El esparriot con su cap de lligamosques era, pues, una suerte de gastador extravagante, pero muy necesario en aquellos tiempos rurales y desordenados (aunque acabo de ver por la televisión imágenes de esa imbecilidad contemporánea llamada tomatina de Bunyol, y a lo mejor resulta que entonces eran más civilizados que hoy). En la primera planta, encuentro varias salas dedicadas. La primera, a Ramon Amadeu, el mejor artesano de santos catalán de siempre, que era barcelonés, pero que se estableció en Olot huyendo de los franceses en 1809, cuando nuestros vecinos campaban por el país intentando implantar la modernidad a golpe de bayoneta. De Amadeu son un Ecce Homo y una Dolorosa contundentes que nos reciben al entrar, además de cientos de figuritas de pesebre, que representan a personajes populares, coloridas y expresivas. La segunda, a Marian Vayreda, el propietario de la casa, del que se conservan algunos muebles y objetos personales, y de cuyos libros se exponen algunos ejemplares. Abro al azar uno de La puñalada y caigo en este diálogo, que hace un escalofriante honor a su título: «Estaba asomado al borde de la roca, examinando con mirada de gavilán los cadáveres que se ennegrecían al fondo del barranco y buscando inútilmente cuál de ellos podía presentar indicios de ser el de Ivo (...) —¿Sabes que ya he contado veintinueve y que todavía me parece que no están todos? —me dijo una voz alegre que me heló la sangre. (...) —Sí, veintinueve o treinta más —respondí yo—; tanto me dan diez más que diez menos, si no está el grande. Los pequeños nacen cada día». Y la tercera, al Sagrado Corazón de Jesús, también esculpido, con diferentes formas y modelos, por los artesanos del taller. Recuerdo que en la puerta de la casa en la que me crie, en Barcelona, había una placa dorada con un Sagrado Corazón, que nunca supe qué hacía allí: mis padres no eran devotos, y yo, menos. Era, claro, herencia de algún propietario anterior. Pero ninguno de nosotros quiso nunca sacarla: un resto de pensamiento supersticioso nos impedía hacerlo. En esta planta se informa también de los lugares tan exóticos para los que han moldeado figuras los talleres olotinos, desde la Virgen de Fátima, en Portugal, hasta el Niño de Atocha, en Madrid y México, desde el Beato Gabriel Perboire, en China y Francia, hasta el Niño de Tacoronte, en Tenerife, entre muchos otros. En esta planta se subraya la, digamos, dimensión social de la industria de los santos olotina y se aporta información, por ejemplo, sobre las huelgas que han protagonizado sus trabajadores para reclamar mejores condiciones laborales: la primera, en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, cuando las figuras de los santos y las vírgenes eran muy reclamadas en todas partes: había muchos muertos que poner bajo su protección. También se exponen ejemplos de otro tipo de trabajos a los que se dedica el taller actual, que, ante la paulatina contracción de la fe en la sociedad española actual, se ha visto obligado a diversificar su labor para poder subsistir. Así, se ven maniquíes de moda, figuras laicas, entre las que reconozco una cabeza de John F. Kennedy, troncos humanos didácticos y rostros anatómicos. En la última planta, la superior, destaca las colecciones de figuras de pesebre (catalanas, napolitanas, andaluzas, murcianas, austríacas, mallorquinas) y Cristos crucificados, y las trece figuras de la Última Cena que formaron el paso de la Cofradía de la Santa Cena entre 1968 y 1971, obra sobresaliente de Modest Fluvià. Entre las trece, de tamaño natural y aspecto realista, la de Judas, el traidor, se reconoce enseguida: es el único de gesto retorcido, arrugado y malcarado, y está en uno de los extremos de la fila de comensales, en el lugar más alejado posible del Salvador. Cuando salgo del Museo, sigo siendo igual de ateo que al entrar, pero me siento extrañamente reconfortado. Ha sido una visita sosegada y reveladora. Y siempre está bien saber de qué materiales humanos están hecho los materiales espirituales con que nos consolamos de ser.

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