Siempre que vengo a Madrid, aprovecho la estancia para ver a los amigos. Uno apenas tiene familia y, después de mis hijos, mis amigos son mi familia. Uno de esos amigos con los que hacía tiempo que quería encontrarme es Juan Carlos Mestre, el gran poeta de nuestra generación, al que vengo leyendo y admirando desde que empecé a darme a esto de la poesía, e incluso desde antes. Lo hago en su casa, a donde ha tenido la amabilidad de invitarme, y en el camino a la cual advierto dos letreros sobresalientes: uno señala que en una fonda de las cercanías vivió durante un año, entre 1767 y 1768, Giacomo Casanova, aquel aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violinista, filósofo, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano que regó —y nunca mejor dicho— la historia europea de lances amorosos, peripecias cosmopolitas y libros; y otro es la Taberna La Ostia —así, sin hache; tengo para mí que la gente omite la inicial muda para que destaque la o que la sigue, de manera que la forma de la palabra recuerde a la de la cosa—, un club de tapas fundado en 1985. Juan Carlos me cuenta que su pareja y él tardaron ocho años en traducir la Obra poética de Saint-John Perse, publicada en 2025 en Galaxia Gutenberg, y que, por el esfuerzo requerido, él da por concluida su faceta de traductor: con Perse ha tenido suficiente. Y yo pienso que, aunque no vuelva a traducir nunca nada más, su dedicación ha valido ya más que la pena: la traducción mestriana de genio francés es extraordinaria, y, si no supiera que toda traducción está destinada a diluirse en el curso infinito del idioma, añadiría que insuperable. Mestre me cuenta también una anécdota increíble sobre su trabajo con Perse. Se conoce que, en un acto poético en el que había participado no hacía mucho, un asistente se acercó de entre el público a la mesa donde estaba firmando ejemplares y, saltándose la cola, le entregó un sobre cerrado, sin identificación ninguna en el exterior, y desapareció. Si el traductor de Perse hubiera sido alguno que yo me sé, no habría sido descabellado pensar que el sobre contuviera una bomba. Pero lo que en realidad contenía, como Mestre descubrió cuando el acto hubo acabado y abrió el misterioso sobre, era un ejemplar de la primera edición de Anabase, el segundo libro de Perse (tras Éloges, de 1911), que lo catapultó a la fama, publicado en 1924 por la Nouvelle Revue Française. No había nada más. Ni una tarjeta de quien se lo había regalado, ni una nota personal, ni unos datos de contacto: solo el libro. Y el ejemplar estaba impecable, sin una esquina doblada, sin una mancha de óxido, sin una tachadura. Aquel desconocido había querido agradecerle a Juan Carlos el trabajo realizado con aquel objeto valiosísimo. Sin más. Y se me ocurren pocos gestos tan hermosos para reconocer el trabajo abnegado —y, en el caso de Mestre, impecable— de un traductor. En su estudio, el poeta me enseña el Anabase y yo lo sostengo con estas manos pecadoras. También, con permiso del poeta, lo fotografío. Y luego admiro un ejemplar de la editio princeps de la traducción de T. S. Eliot de Anábasis, en Faber & Faber, de 1930, otra joya que posee Juan Carlos. Me voy de su casa admirado por tantas cosas, muerto de envidia (lo reconozco) y con la sensación de haber tocado un trocito de la historia de la literatura contemporánea. Y me tomo una caña en la Taberna La Ostia, pensando que, en efecto, esta mañana lo ha sido.
Además de ver a los amigos, en Madrid voy de librerías. En una de ellas, el Re-Read de Martínez Campos, me paro a curiosear en el bien nutrido estante de poesía. (Los Re-Read se han convertido en el nuevo templo de la librovejería; las librerías de segunda mano de toda la vida se han convertido, o se están convirtiendo, en anticuarios). Mientras lo estoy haciendo, de espaldas al mostrador donde el encargado —un hombre de mediana edad con una camiseta negra anarcosindicalista y un parecido extraordinario a Luis Tosar— atiende a los clientes, oigo que uno de estos le pregunta por un libro de poesía, de un autor llamado Jaime Siles, titulado Semáforos. Aunque no soy muy dado a inmiscuirme en conversaciones ajenas, esta vez me siento interpelado por el asunto y legitimado por el lugar en el que nos encontramos, y me atrevo a informar a quien pregunta —un hombre mayor, acompañado por la que debe de ser su mujer— que ese poemario se titula, en realidad, Semáforos, semáforos, que está publicado por Visor, que no está en los estantes que estoy examinando y que puede encontrar a probarlo en Iberlibro u otras plataformas de venta de libros de segunda mano. El cliente, sorprendido pero contento por la coincidencia, me informa de que conoce bien a Jaime Siles —de quien yo también soy amigo—, me pregunta por mi nombre y me informa, al cabo, de que él es hijo de Antonio Tovar. “¡Ah, don Antonio Tovar, el gran filólogo!”, le respondo yo. (No añado que fue uno de los traductores de Franco en su encuentro con Hitler en Hendaya, porque no creo que eso contribuya al espíritu de camaradería que se ha suscitado en el encuentro). Nos damos todos la mano, el cliente y su mujer se van, y yo me quedo un rato charlando con el librero, que me confiesa algunos secretos de su trabajo: que ha de lidiar con el dolor de algunos escritores que encuentran un libro que le habían dedicado a algún amigo o amiga íntima saldado en la librería; o que él mismo se queda una media de tres libros al día para su biblioteca personal, donde no caben ya más libros, como tampoco caben en el Re-Read que gestiona (ni en mi casa, pienso para mis adentros). Salgo del establecimiento sin llevarme nada —lo que no deja de ser insólito— y convencido, una vez más, de que el mundo no es que sea un pañuelo, es que es un post-it, un sello, la cabeza de un alfiler.
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