domingo, 17 de abril de 2016

En el circo romano de Mérida

Uno de los monumentos más importantes de Mérida que aún me quedan por visitar es el circo romano, el lugar donde se celebraban las famosas carreras de bigas y cuadrigas que, al parecer, volvían locos a los romanos. Curiosamente, está muy cerca de mi casa. Al poco de llegar a la ciudad, pasé muchas veces por delante de él, sin reparar en que se trataba de una de las principales construcciones de la Antigüedad. Y no es exageración: se trata del mayor edificio construido para espectáculos públicos después del Circo Máximo de Roma, y uno de los pocos que hoy pueden contemplarse todavía en toda su planta. El hecho de que flanqueara un lugar tan grande sin darme cuenta de lo que era, ni de su importancia, dice mucho de mi legendaria capacidad de observación. Pero hoy estoy decidido a resarcirme de mi vergonzante inadvertencia. Como lo único que sé sobre las carreras de caballos en el Imperio es lo que he aprendido en las aventuras de Astérix y Obélix (que deberían ser consideradas patrimonio de la humanidad, como estas mismas ruinas), me viene de perlas el pequeño pero exhaustivo centro de información que acoge al visitante, tras pasar por taquilla. Allí me entero de que el circo se construyó a principios del s. I d. C. y de que estuvo en funcionamiento hasta bien entrado el s. VI, a pesar de la paulatina decadencia en la que se encontraba desde que el cristianismo se convirtiera en religión oficial del Imperio. La Iglesia, como siempre, acabó con prácticas seculares que constituían extraordinarias manifestaciones culturales, aunque los romanos no dejaron de resistirse a ese allanamiento moral. En los concilios de Arlès y Elvira, por ejemplo, celebrados a principios del s. IV, las autoridades eclesiásticas ahora ya no perseguidas, sino perseguidoras condenaron y prohibieron las profesiones de auriga conductor de carros y de cómico, pero la primera siguió ejerciéndose, al menos, dos siglos más hasta después incluso de la caída del Imperio y la segunda, gracias a ese mismo Dios que los obispos decían defender, ha perdurado hasta nuestros días, aun con el sambenito oscuro de ser práctica disoluta y dada al libertinaje y hasta al puterío. El circo tiene 440 m de largo y 115 de ancho, y en sus  once filas de gradas eso se cree, aunque hoy solo quedan los restos desgastadísimos de unas pocascabían 30 000 espectadores, es decir, toda la población de Emérita Augusta cuando fue construido. Hay que imaginarse un estadio así, en el que cupieran todos los habitantes de la ciudad: como si el Camp Nou pudiese acoger a un millón y medio de personas. Leo también en los paneles informativos que el gran ídolo de este circo fue el lusitano Cayo Apuleyo Diocles, el mejor conductor de carros de la historia de Roma: el Fernando Alonso de la época, qué digo Fernando Alonso: ¡el Fangio, el Schumacher de su tiempo! (Los portugueses han contribuido señaladamente a la historia de España con personajes aguerridos y pugnaces, como Diocles, Viriato, Magallanes o José Mourinho). Diocles empezó su carrera triunfal en este estadio y, cuando ya se había significado como un excelente conductor, pasó a Roma, la capital (como la joven promesa que salta de un equipo de provincias al Real Madrid), en cuyo Circo Máximo siguió acumulando victorias, hasta las 1 462 que consiguió en toda su vida (más 1 438 segundos y terceros puestos), que le reportaron una fortuna estimada en 36 millones de sestercios. Diocles, gracias a su arrojo y su pericia, sobrevivió a los frecuentes accidentes mortales de los aurigas y se retiró, aclamado y millonario, a los 42 años, como un portero de fútbol. Considerado "el más eminente de todos los aurigas", brilló "con nobilísimo esplendor" y, descollando siempre "con nuevas proezas y marcas nunca antes registradas", derrotó a conductores tan sobresalientes como Pompeyo Musculoso, conocido por la fuerza con que guiaba a sus bestias, y Poncio Epafrodito, el primero entre los aurigas miliarios. Cuando salgo al circo, me asalta el recuerdo de Décimo Máximo Meridio, hispano de Mérida, que protagoniza la, probablemente, mejor película de romanos de la historia, Gladiator, del gran Ridley Scott (que también ha firmado la mejor película de marcianos de la historia, Blade Runner). Veo a Máximo, con la cara de Russell Crowe, luchando en el Coliseo contra otros gladiadores y contra el propio emperador, Cómodo (algo que se inspira en la vida de este, un apasionado de los combates de gladiadores: él mismo participó en más de 700 a lo largo de su reinado, y nunca fue derrotado. No me extraña: a ver quién era el guapus que vencía al jefe ante decenas de miles de espectadores. Aunque, por si alguno sentía la tentación de hacerlo, Cómodo siempre utilizaba mejores armas que sus oponentes y hacía que estos salieran a la arena drogados. El emperador también se entretenía luchando contra hombres moribundos o ensartando a soldados o civiles que hubieran perdido algún miembro en guerras o accidentes: un crac, Cómodo), y también cruzando Europa a caballo, en un par de días, para llegar a su villa emeritense y descubrir que su mujer y su hijo han sido bárbaramente asesinados. Me gusta imaginar esa villa cerca de donde vivo ahora y recordar los cipreses que flanqueaban su largo camino de entrada: el ciprés era un árbol de bienvenida en la cultura latina, no de cementerio: su carácter luctuoso se lo dio, de nuevo, la Iglesia, siempre presta a transformar los símbolos antiguos, sensuales y vitalistas, en metáforas escatológicas. Me sorprende que el suelo del circo no sea de arena, como era originalmente, sino verde, cubierto por completo de hierba. Es muy placentero caminar por él y asomarse a la spina, la alargada plataforma central alrededor de la cual daban siete vueltas los carros, decorada con obeliscos y estatuas, y que aún conserva los cimientos de piedra en las que se asentaban las efigies y monolitos. La amplitud del espacio, la hierba esmeralda, el cielo tranquilo, los escasos visitantes, el canto de los pájaros: me invade una sensación de paz, muy distinta del fragor y la excitación que debían de reinar aquí cuando Diocles y sus rivales cabalgaban, empujándose unos a otros y estampándose, a menudo, contra el suelo, en una explosión, jaleada por el público, de cascos, astillas y huesos rotos. No me cuesta imaginarlo, aunque para ello tenga que obviar la presencia de muchos edificios circundantes, que se asoman como gigantes a la elíptica oquedad del circo: bloques de viviendas, almacenes de muebles, concesionarios de coches, casas baratas, iglesias y el acueducto de San Lázaro, en uno de cuyos arcos descansa una elegante cigüeña. Esto es hoy un monumento reconocido internacionalmente, pero durante mucho tiempo se integró, hasta casi desaparecer, en la vida cotidiana de la ciudad: fue campo de cebada y, cuando se empezó a excavar, en 1919, estaba dividido en parcelas rústicas. Es más: en 1862, la carretera Madrid-Lisboa pasaba por allí y lo partía en dos: aún quedan rastros de aquella vía, afortunadamente trasladada. Hoy se han recuperado e identificado todos los elementos posibles de la enorme construcción. En un extremo se señala la puerta pompae, por la que se iniciaba el espectáculo, con el desfile de los músicos, sacerdotes y los propios aurigas que iban a participar en las carreras, un desfile que debía de ser muy parecido al paseíllo actual de los toreros. A ambos lados de esa puerta se situaban las carceres o cocheras para los carros, que en este circo eran doce: se trata de los boxes de la época, otro ejemplo de cuánto nos parecemos todavía a aquella civilización, extinguida hace mil quinientos años. Más aún: el director de la carrera o editor muneris daba inicio a la carrera dejando caer un pañuelo, como aún se estila en algunas competiciones (y como sucede en Grease, en  la carrera entre Leo cara de cráter Kapinski y Danny Zuko en el canal de Los Ángeles, una parodia, en realidad, de Ben-Hur). Me interesa mucho la simbología circense y su dimensión política: los aurigas corrían para facciones distintas, identificadas por sus colores, azul, blanco, verde y rojo: eran las escuderías de entonces. Esas facciones financiaban las carreras y, con el tiempo, representaban a sectores de la población: la plebe, por ejemplo, era la verde; y la clase senatorial, la azul (tampoco, como vemos, ha cambiado mucho el significado político de los colores). Cada grupo, vestido con los suyos, animaba a sus campeones, más o menos con la misma vehemencia (o energumenismo) con que hoy las aficiones de los equipos de fútbol apoyan a sus escuadras. Se trataba, entonces como ahora, de ofrecer a la gente una válvula de escape para sus pasiones más atrabiliarias, y de que gritaran en contra o a favor de los aurigas y los caballos, en lugar de hacerlo en contra o a favor de los que mandaban. Recorro toda la longitud del campo e imagino la ferocidad del espectáculo, tanto en la arena como en las gradas. Y vuelve a emocionarme la paz de este día, de azules limpios y silencios dilatados. Aquellas carreras bestiales son ya solo un hecho de la historia, pero su espíritu y buena parte de su realidad se han transmutado en hábitos nuestros, en realidades cotidianas contemporáneas. No sé si eso es bueno o malo. Pero me da una extraña seguridad, una sutil convicción de que no estamos solos en el desierto infinito del tiempo.

miércoles, 13 de abril de 2016

Fugitivos. Antología de la poesía española contemporánea

Acaba de ver la luz Fugitivos. Antología de la poesía española contemporánea, una selección de 22 autores nacidos entre 1960 y 1980, hecha por el también poeta Jesús Aguado. La publica el Fondo de Cultura Económica, como culminación de un proyecto editorial que celebra los 50 años de vida del FCE en España: se trata de publicar cuatro antologías de poesía, escritas en cada una de las principales lenguas oficiales del país: castellano, catalán, gallego y vasco. A mí me correspondió el honor y la satisfacción de firmar la segunda, que titulé Medio siglo de oro. Antología de la poesía contemporánea en catalán y apareció en 2014, y ahora solo falta que aparezca la antología de autores vascos, que ha sufrido un retraso imprevisto. Estoy muy contento de figurar en la selección de Jesús por una sencilla razón: es la primera antología nacional, publicada por una editorial de ámbito asimismo nacional (e internacional), en la que se me incluye. He formado parte de otras, pero siempre temáticas, circunstanciales o locales. Otro motivo de alegría es integrar una nómina de excelentes poetas, entre los que cuento no pocos amigos. Los 22 autores son estos: José Ángel Cilleruelo, Pilar González España, Juan Vicente Piqueras, Carlos Marzal, Aurora Luque, Vicente Valero, Eduardo Moga, Vicente Gallego, Isabel Bono, Juan Antonio González Iglesias, Ada Salas, Álvaro García, Francisco Alba, Agustín Fernández Mallo, Enrique Falcón, Vicente Luis Mora, Julieta Valero, Pablo García Casado, José Luis Rey, Miriam Reyes, Josep María Rodríguez y Elena Medel. Y, aunque la poesía sea un arte y una experiencia radicalmente individuales, sí quiero hacer una consideración, digamos, territorial: celebro que un buen número de estos autores, en castellano, lo sean de comunidades, digamos nuevamente, periféricas y bilingües, que no suelen estar representadas en las antologías al uso. Por ejemplo, hay cuatro catalanes (aunque uno de ellos, Francisco Alba, viva en Asturias desde niño), cuatro valencianos, dos gallegos y un balear. Jesús me ha escrito para que acuda, si me es posible, a la presentación del libro en la librería Juan Rulfo, del FCE, en Madrid. Lo hago con gusto, aunque ello me exija pasar muchas horas en autobús y darme un madrugón sobrehumano. Pero el viaje no es insufrible: para desgracia de la compañía de transporte, pocos viajeros suelen hacer este recorrido. De hecho, en Mérida solo me subo yo al autobús. Hay espacio de sobra para todos. Entretengo la tarde de carretera con Animales melancólicos, el magnífico libro sobre la literatura regionalista extremeña que Luis Sáez, predecesor mío en la dirección de la Editora Regional de Extremadura, y hombre inteligente y amabilísimo, me ha hecho llegar recientemente. En el camino nos diluvia: todo el día ha sido de chaparrones, pero en algunos puntos del trayecto la tromba de agua lo ennegrece todo y retumba en el chasis del autocar como una legión de tamborileros. Hacemos una parada en Navalmoral de la Mata para que los viajeros descarguen las vejigas y el conductor llene el estómago: el hombre se zampa un rotundo pincho de tortilla y un vaso de leche. Hace bien: que se alimente, no sea que pierda fuerzas al volante, con este tiempo. El bar de la estación es razonablemente cutre, como corresponde a las circunstancias. La oscuridad que supone la lluvia, que no deja de caer, aunque ya no con la violencia de antes, no beneficia a un local de muebles oscuros y dimensiones oscuras. No obstante, debo decir que el bocadillo de lomo que me propino yo es muy luminoso. Y el pan es con tomate, como en Cataluña: un sencillo y muy de agradecer milagro de la globalización. El postre es una chocolatina que compro en un quiosquillo de la estación (hay dos, prácticamente iguales, uno al lado del otro: no lo entiendo). Cuando la estoy pagando, oigo por el televisor que la dependienta no deja de mirar que Mario Conde ha sido detenido por blanquear el dinero que había robado de Banesto, y que tenía a buen recaudo en Suiza, y recuerdo que, desde que salió de la cárcel, el exbanquero se ha presentado a  varias elecciones con dos partidos políticos distintos (el CDS y uno que creó él mismo, Sociedad Civil y Democracia, o una gilipollez semejante), amén de trabajar es un decir como contertulio en varios programas de debate (es decir, de soliloquio filofascista) de las repugnantes cadenas televisivas de la ultraderecha y la Iglesia, valga la redundancia. Como político, ha recibido el voto de varias decenas de miles de personas, y como comentarista político, el aval de las audiencias. Mientras haya un solo español que preste su confianza a un personaje como este, desvalijador de Banesto y chulo indescriptible, España seguirá sin arreglo, por decirlo con suavidad. Otra vez en ruta, cuando nos acercamos a Madrid, me pasa una de esas cosas felices que pocas veces ocurren: me telefonea Pepo Paz, el editor de Bartleby, y, al saber del poco tiempo que tengo para llegar desde la Estación Sur de autobuses a la librería de la presentación, pasando por la casa de mis suegros, donde he de dejar la mochila y coger unas llaves, se ofrece para ir a recoger estas llaves él mismo y luego esperarme en la estación y acercarme a la Juan Rulfo. Y así lo hace, sorteando con habilidad de madrileño curtido en los lances terribles del tráfico capitalino los semáforos y los atascos de las calles mojadas de la ciudad. Aprovechamos para ponernos al día de la vida de uno y otro en los veinte minutos que dura el viaje, en el que no dejo de admirar la coleta que se ha dejado desde la última vez que lo vi y, en general, el aire podemita que lo aureola, y llegamos sin percance a la librería. Saludo a Jesús y a las compañeras de antología Ada Salas y Pilar González España, con las que leeré algunos poemas (Elena Medel también iba a participar en el acto, pero ha comunicado que no se encuentra bien y que no podrá asistir), y también, entre el público, a Jordi Doce, a Charles Olsen un poeta neozelandés que lleva viviendo en España desde 2003 y que me invitó a participar en una página literaria en Internet, a Orlando Rossardi un poeta cubano al que conocí en un encuentro literario en Washington; vive en Miami, pero pasa largas temporadas en Madrid y a Ignacio Cartagena, poeta y diplomático, cuate de peripecias internacionales y amigo muy querido, que llega con el traje ministerial que requieren sus altas responsabilidades y una corbata que me impresiona por clásica y, a la vez, por rompedora. Jesús presenta su trabajo subrayando que hacer una antología es una "empresa pavorosa"; lo secundo: es pavorosa e ingrata y luego nos cede el micrófono para que leamos algunos poemas: yo, condenado por la longitud, solo leo uno. Es suficiente. Alguien del público elogia después, muy calurosamente, que haya escrito un poema extenso que no pierda la tensión, y me anima a seguir escribiéndolos así: con ímpetu y sin caídas. Yo le agradezco mucho el comentario, que demuestra que, con al menos un lector él, he conseguido uno de mis propósitos como creador: forjar un discurso que fluya y a la vez vuele, que sea arquitectura y río, sin que afloje la pasión ni tropiece la música. A eso de las nueve y media dejamos la librería con la satisfacción del deber cumplido, y Jesús y yo nos vamos a cenar algo. No sabemos dónde hacerlo, así que entramos en el primer local con el que nos cruzamos, la Toast Tavern, que resulta ser un sitio estupendo: nos atizamos sendos sándwiches de aúpa el mío, de poderoso secreto ibérico y dos cervezas (él, media pinta; yo, una pinta entera: en algo se ha de notar que soy medio londinense) y seguimos hablando de poesía, de poetas y de antologías. Él me cuenta sin dar nombres: Jesús es de una discreción proverbial de algunas críticas acerbas, aunque privadas, que ya ha recibido por la selección de Fugitivos, y de algunos examigos que ya ha cosechado con otras publicaciones recientes, como Carta al padre. Si uno es honrado consigo mismo y asume su responsabilidad de escritor, no dejará de llevarse disgustos por lo que escriba: la literatura, como la vida, nos depara tanta felicidad como conflictos y tantos camaradas como enemigos. Hay que asumir esas pequeñas calamidades no hace falta que se lo diga; él lo sabe bien con espíritu deportivo. Lo importante es decir lo que uno quiera y como uno quiera. La libertad y la liberación extremas que supone la poesía no pueden verse coartadas por los arrebatos ni por la irritación de quienes no la practican (ni, a menudo, la entienden). Hay que ser prudente pero revolucionario. Y hay que seguir adelante. A mí me toca hacerlo al cabo de pocas horas de sueño. El taxi que me devuelve a la Estación Sur me cuesta más de catorce euros, casi lo que vale todo el recorrido Madrid-Mérida. Y en el viaje de vuelta recibo un comentario a una entrada anterior de este diario, de una persona que se lamenta de que no haya reparado en una meritoria exposición en la Feria del Libro de Trujillo que ha organizado con mucha ilusión y esfuerzo ni, por lo tanto, hablado de ella en el blog—. Tiene razón: debí haberme fijado en esa exposición y dado cuenta de ella en mi entrada. Pero es curioso: algunas de las críticas más virulentas que he recibido en mi vida de escritor (esta no lo ha sido, desde luego, sino muy dolida y mesurada) han sido por cosas que no había dicho. La literatura tiene esta capacidad, no sé si malsana, de irradiación.

domingo, 10 de abril de 2016

En la Feria del Libro de Trujillo

Acudo a la clausura de la V Feria del Libro de Trujillo. El año pasado también fui invitado, pero solo como autor: presenté mi traducción de Hojas de hierba, de Walt Whitman, y la antología Otrora, de mi buen amigo Javier Pérez Walias. Esta vez vengo oficialmente, aunque movido por un genuino interés poético: actúa Juan Carlos Mestre y lo presenta Javier. (Los días anteriores han desfilado por la Feria otros buenos amigos y poetas, como Diego Doncel y María Ángeles Pérez López, pero me ha sido imposible acompañarlos). Melitón, uno de los chóferes de la Secretaría General de Cultura, me deja en las inmediaciones de la plaza Mayor. El año pasado llegué a Trujillo en autobús. Estuve charlando con mi vecina de asiento, una dominicana que llevaba casi veinte años viviendo en España, pero que, por la crisis, se planteaba volver a su país. Con Melitón tenemos otra suerte de conversaciones: hablamos de libros, porque Melitón pertenece a esa clase en extinción de personas cuyo trabajo no tiene nada que ver con las letras (salvo porque transporta, por toda Extremadura, a gente de letras), pero que lee: cuando espera en la sala de conductores, lee; y cuando espera en el coche a que volvamos, lee. Melitón no solo es encantador: es admirable, aunque los tiempos sean tan tristes como para considerar admirable a alguien que lee. En la bocacalle por la que accedo a la plaza Mayor, donde se desarrolla, como siempre, la Feria, paso por delante de la Librería Solita, fundada en 1939. Pienso que 1939 debió de ser un año terrible y a la vez maravilloso para abrir una librería en Trujillo. Y que quizá el nombre fuese el de su fundadora, pero que también podría ser meramente descriptivo y que designase a la única librería de la ciudad en aquellos años oscuros. En el escaparate de la Librería Solita, no obstante, no hay libros de la Editora Regional de Extremadura (y supongo que tampoco en las estanterías), como no los hay en los escaparates de ninguna librería de la región: el de la distribución es uno de los problemas más graves que debo resolver, si es que tiene solución; o, al menos, intentarlo. Cuando llego por fin a la impresionante plaza Mayor en cuyo centro se yergue el monumento ecuestre de Francisco Pizarro, esculpido por un norteamericano, Charles Cary Rumsey, y escupido por un nacionalismo vergonzante, según algunos mesoamericanos: "¿Pero cómo se puede tener en el centro de la ciudad la estatua de un genocida! ¡Es como si en Alemania erigiesen una de Hitler!", me dijo una vez, con exceso manifiesto e igualmente nacionalista, el poeta mexicano David Huerta, hijo del gran Efraín Huerta, está leyendo en la carpa de la Feria el poeta, músico, director de revistas y juez Jesús M. Gómez, al que presenta y acompaña José Cercas, el coordinador el encuentro (que luego me regalará un ejemplar de su más reciente libro, Madre, publicado en la ajedrezada y multicolor colección de poesía de la infatigable Isla de Siltolá). Veo que el número de casetas de librerías y editoriales no ha variado respecto al año pasado: siguen siendo ocho, aunque tres entre ellas la de Amargord ya han cerrado. Saludo con gusto a Álvaro, el dueño de La puerta de Tannhäuser, la excelente librería de Plasencia, en la que tantos ratos de placer he pasado. Charlamos un momento, aunque Álvaro está ocupado protegiendo los libros de la lluvia que amenaza con caer (y que, a resultas de ello, exhiben un agradable desorden, como de librería de segunda mano) e intentando convencer a un par de extranjeras, en inglés, de que compren un libro para aprender inglés. Luego me confesará que, aunque suele tener éxito con los guiris, en este caso no ha conseguido venderles nada. Contribuyo a la causa comprándole, por razones obvias, Londres, de Paul Morand, publicado por Confluencias, con la traducción de José Jesús Fornieles Alférez. (En él leo cosas en las que convengo: "Buckinghmanm Palace [...] fue un bonito palacio a finales del siglo XVIII; en 1913 ya era bastante feo; ahora parece un gran almacén", y cosas de las que discrepo: "Los ingleses se han servido del dinero, pero sin que el dinero se [haya servido] de ellos"; o "aunque no sean muy corteses, nunca [son] groseros". Entre el público de la carpa no tardo en reconocer a Juan Carlos y a Javier. Los saludo a los dos. Mientras estoy charlando con Javier, una mujer, vestida de chándal, quiere hacerme una foto. Le pregunto por qué. "¿No ha presentado Ud. un libro esta mañana? Pues no, señora. Ah, perdone". Y la mujer en chándal que quería hacerle una foto a alguien, no porque hubiese leído su libro y mucho menos porque le hubiese gustado, sino porque creía que lo había presentado aquella mañana, se aleja con una sonrisa de frustración. Nos tomamos Javier y yo luego una breve cerveza en una de las terrazas de la plaza y, de regreso a la carpa, donde ya no puede tardar en actuar Juan Carlos, saludo a la actual concejala de cultura y al concejal que conocí el año pasado. Con el retraso correspondiente, le toca por fin el turno, que ya es el último: su intervención cierra el festival. Juan Carlos viste chaleco y zapatos negros con cordones rojos. Recita de memoria, con voz grave y dicción pausada, pespunteadas por las notas del fatigado acordeón que lleva al cuello (y de otro instrumento popular, con un lacónico manubrio, que no soy capaz de identificar), el extraordinario "Salmo de los bienaventurados": "Bienaventurado el que a los cuarenta años aún no ha conocido la recompensa y llama virtud al cordón de un zapato, el hombre sin convicción que tumbado en la hierba pasa el día durmiendo y discute sobre el esfuerzo con los saltamontes. / Bienaventurado el que soporta el préstamo de la verdad, el excavado en piedra y el que, construido en paja, es alternativamente señor de la nada y rey de un solo vasallo...", y el no menos portentoso "Cavalo morto": "Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo.// Un poema de Lêdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves...". Entre los poemas que declama, Mestre explica, puntualiza, agradece; o no: simplemente canta: Mestre canta siempre, aunque razone, o porque razona. Su figura es enorme, no solo por la grandeza de su poesía, sino por la plenitud con que abraza su condición de poeta, ese estar, pública y privadamente, en las palabras y por las palabras, ese afirmarse heredero de todos los que le han precedido en el oficio maravilloso y terrible de decir, esa reivindicación universal del verbo y la necesidad de que prevalezca, limpio, regenerador, en una sociedad sojuzgada por la mentira y el interés, sodomizada por el poder. Mestre es poeta y el poeta: alguien todavía imprescindible, o más que nunca imprescindible, para preservar la salud de la comunidad. Y me gusta que recuerde, entre otras cosas, que la cita tan socorrida y que tanto justifica la mediocridad general de que "nadie es más que nadie", es solo media cita: entera, dice "nadie es más que nadie, si no hace más que nadie". De eso se trata: del mérito por las obras, del trabajo incesante y digno. Pero mientras Juan Carlos Mestre cuenta y canta todo esto, un mendigo entra, silencioso, en la carpa. Quizá lo hayan atraído esas cosas tan extrañas que la megafonía de la Feria lanza al aire trujillano en este crepúsculo primaveral. El hombre gorra de marca de tractores, barba selvática, llavín al cuello (seguramente, del candado con el que impide que le roben sus miserables pertenencias), cigarrillo gastado en los labios, manos engarfiadas y negras escucha primero, entre confuso y asombrado. Pero luego su propia realidad se le impone y empieza a pedir a la gente: un mendigo no puede no pedir, sean cuales sean las circunstancias. De mí requiere tabaco, que no le doy, porque no fumo. Tras un lento revoloteo, acaba donde nos temíamos: dirigiéndose al poeta, que, con la profesionalidad de muchos años, interrumpe su parlamento y se le acerca para estrecharle cordialmente la mano. Eso les da a los organizadores el tiempo suficiente como para levantarse y llevarse al hombre del escenario: Pepe Cercas asume la ingrata tarea. El pedigüeño, que parece también perturbado, retira con brusquedad el brazo de la sujeción de Pepe y vuelve a extraviarse entre el público. Sigue con su cantinela el exconcejal lo llama por su nombre y le entrega una moneda, con la esperanza de que se dé por satisfecho y se marche; el mendigo quiere entonces cogerlo por el cuello, aunque no estoy seguro de que sea por agradecimiento, pero el exconcejal se zafa, con alguna violencia, de su mugriento abrazo, aunque ya no perturbará la lectura. Por fin, se pierde en las sombras del ocaso, que ya cuajan en noche. Cuando la lectura acaba, se celebra el ritual inevitable de la firma de ejemplares. Quien conozca a Mestre sabrá que ese ritual no es poca cosa. Por el contrario, el poeta se desdobla en pintor y estampa en las páginas de respeto de los libros ilustraciones que, a veces, parecen y que tardan tanto como la Capilla Sixtina. Luego nos cuenta, con incredulidad, que, en una ocasión, una exprofesora suya del bachillerato acudió a una de sus lecturas y le acercó un poemario suyo para que se lo dedicase. Pero le dijo: "Limítese a firmarlo. No me lo emborrone". Tomamos por fin unas cervezas y unas aceitunas memorables en un bar cercano y proseguimos la charla. Por desgracia, no puedo quedarme a cenar. Melitón me está esperando delante del ayuntamiento. Son las diez y media. Cuando me acerco al coche, veo la luz interior encendida: Melitón está leyendo.

jueves, 7 de abril de 2016

En un ambulatorio de Mérida

Hoy tengo visita en el ambulatorio. Soy enfermo crónico desde hace años, y necesito tanto revisiones periódicas como una dispensación constante de medicamentos. Uno acarrea sus enfermedades como quien transporta sus enseres: pesada y rutinariamente, aunque procura molestar lo menos posible. También procuraré morirme sin importunar demasiado. Cuando he llamado al ambulatorio que me corresponde en Mérida, me ha sorprendido la rapidez con que me han dado cita: "Mañana, a las 11.36", me ha comunicado la encargada de estos menesteres, con precisión helvética: esos treinta y seis minutos pasadas las once parecen demostrar que las visitas están milimetradas. En Cataluña las cosas van mucho más despacio: uno se considera afortunado si le dan hora para dentro de un mes. Pero en Mérida no: en Mérida la cosa funciona a toda velocidad. Qué bien. Así de contento estoy cuando, con ánimo despejado y alegría primaveral, me encamino al centro de salud. Al llegar a la entrada del ambulatorio, sin embargo, empiezo a sospechar que quizá no todo sean razones para el optimismo: un remolino de gente se agrupa frente a las varias ventanillas del vestíbulo. Yo solo quiero preguntar a qué consulta tengo que dirigirme, pero varias personas me preceden en la cola, y, dentro del cubículo de información, los dos empleados que atienden un celador, supongo, con bata blanca, y el vigilante de seguridad, con uniforme marrón hacen su trabajo o bien con minuciosidad ímproba, aunque inadecuada en estas circunstancias, o bien con torpeza memorable: cada pregunta que se les hace desata el furioso teclear del segurata y larguísimas miradas de los dos a la pantalla del ordenador, actividades ambas que, empero, no desembocan en ninguna información concreta hasta muchos minutos después; una información concreta que consiste, en muchos casos, en que no hay información. Entonces, el celador y/o el segurata remiten al usuario a la ventanilla de enfrente, donde varios trabajadores más, todos con bata blanca, se afanan en atender a la gente procedente de la ventanilla de información y a quienes se apuestan, sin más preámbulos, delante de ellos, sabedores, probablemente, de que en la ventanilla de información no se informa de nada. Delante de mí, una paciente joven se abanica con la tarjeta sanitaria, mientras espera el resultado de la complejísima consulta que los ocupantes de la ventanilla de información están evacuando con el ordenador. Como calor no hace, el sofoco debe de tener otras causas. "¿Vais a tardar mucho", les pregunta. "Es que me encuentro mal: estoy con taquicardia". El celador le informa de que no tiene información y la envía, fatídicamente, a la ventanilla de enfrente, lo que barrunto que no contribuirá a aliviarle la taquicardia. "¡Madre mía, madre mía!", casi grita. Cuando me toca el turno y pregunto, simplemente, a qué consulta he de ir, veo sus caras de alivio: yo soy alguien que no plantea un problema irresoluble, como parecen haber sido todos a los que han tenido que hacer frente hasta entonces, sino una demanda modesta, que pueden satisfacer de inmediato: "Al final del segundo pasillo", me responde a gritos el segurata, porque, si no gritara, el grueso cristal de la ventanilla y el no menos grueso estruendo general no me dejarían oírlo. De camino ya a la consulta, pienso que este percance inicial no significa nada, o solo una aglomeración concreta o un mal día. Pronto va a atenderme el médico y mis problemas quedarán solucionados. Al girar la esquina del segundo pasillo, descubro que vuelvo a estar equivocado, y es que mi capacidad para equivocarme no conoce límites. Frente a la consulta del doctor, hay quince personas con exactamente la misma cara que debía de tener el santo Job cuando Satán lo martirizaba con la sarna o los sabeos y caldeos atacaban a sus criados. Casi todos son mayores y pobres; muchos van con bastón. Nada más llegar, me informan de que hoy hay mucho retraso: "Una hora y pico", especifica una señora; "yo tengo visita a las 10 y fíjese qué hora es ya". Sí, el reloj proclama escandalosamente las 11.35. Por si fuera poco, la doctora está sin enfermera, lo que quiere decir que nadie sale a llamar a los pacientes. Cuando, un cuarto de hora después de haber entrado alguien, se abre la puerta y sale la visita, se desencadena un sprint multitudinario para acceder a la consulta; sprint tan memorable por su ferocidad, en la que intervienen codos huesudos y afiladas garrotas, como por el hecho de que quienes lo protagonizan tienen una media de ochenta años. Pero que estos atletas octogenarios no corran como Usain Bolt no significa que sus acelerones no sean dignos de verse: quizá lo sean más todavía que las del propio Bolt, a quien no le cuesta nada correr como corre; estas personas, en cambio, hacen un esfuerzo descomunal y casi heroico. El recuerdo de la Seguridad Social de mi infancia, cuando las visitas al médico se parecían mucho a una expedición al Monte Kinabalu, es inevitable. En un momento dado, cuando sale la enfermera de la consulta vecina para llamar al siguiente paciente, entiendo por qué se conciertan las visitas tan deprisa y por qué, en cambio, la atención en el ambulatorio es tan deficiente: alcanzo a ver la lista de la que lee la enfermera, y allí debe de haber un centenar de nombres. Convocando enseguida a la gente se evitan o reducen las listas de espera. Pero convocando enseguida a toda la gente se traslada la acumulación y la espera al propio centro de salud, donde los médicos solo disponen de unos minutos para cada paciente, estos pierden cantidades ingentes de tiempo en antesalas y pasillos, y muchos abandonan la empresa, cansados de que pasen las horas, en un caos bíblico, sin que nadie se ocupe de ellos. Yo también espero un buen rato. Llevo conmigo un ejemplar de Pleamargen, de André Breton, recientemente publicado por Galaxia Gutenberg, con la excelente traducción y edición de Xoán Abeleira, y me entrego a los desvaríos inconscientes del francés. Leo: "En la parte superior el futuro lleva unos cuernos amarillos de todo que asaetean plumas de flamenco / Está coronado por un relámpago de paja para transformar el mundo / En la parte derecha lo eterno lleva unos cuernos azules de toro en cuyas puntas se ensortijan varias plumas de manucodia...". Lo encuentro extrañamente adecuado. Por fin luce un rayo de esperanza: en un plazo relativamente breve se despacha a varios pacientes y me siento más cerca de mi ansiado destino: el médico. Sin embargo, mi gozo se hunde en el pozo cuando compruebo que llega más gente con una hora de visita anterior a la mía. Conscientes del atasco, se han ido a tomar un café, o hacer alguna gestión, o dar un paseo. Y ahora vuelven, proclamando la hora a la que han sido citados como salvoconducto para adelantarse a cualquiera, y ocupando fatalmente los huecos que han dejado los pacientes ya visitados; es decir, que la espera se extiende a los presentes y también a un número indeterminado, y desesperante, de ausentes. Intento consolarme con Breton ("El día y la noche intercambiando sus promesas / O los amantes encontrando y perdiendo el anillo de su fuente en lo atemporal // Oh gran movimiento sensible mediante el cual los otros consiguen ser los míos..."), pero no lo consigo. Y no encuentro fuerzas para afirmar mi posición en este tumulto incomprensible de enfermos y horas de visita. Recojo los bártulos y me voy. Al llegar a casa, vuelto a telefonear al ambulatorio y le pido otra vez hora a la señorita. "Pero, por favor", le digo, "deme Ud. la primera; no me importa cuándo, pero quiero ser el primero de la lista". Oigo su sonrisa al teléfono. "El próximo viernes, a las 9.00 h.", me responde. Resistiré hasta entonces. Y seguiré leyendo a Breton, con la esperanza de que el surrealismo se ciña solo a sus páginas.

domingo, 3 de abril de 2016

Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012), de Agustín Fernández Mallo



Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) encabeza la vanguardia española, aunque lo hace con matices singulares: los propios de esta era posmoderna, en la que, diluidos los grandes relatos y no pocas certidumbres, la inquietud —expresada en elipsis y fragmentos— se convierte en la única certeza. Fernández Mallo, físico de profesión, ha volcado en la poesía —la base de su obra literaria, aunque sea un narrador virtuoso y de éxito, como demuestra su trilogía Nocilla: Dream, Experience y Lab— su convicción de que, si las demás artes humanas han incorporado en el último siglo los hallazgos de la ciencia, la poesía también puede —y debe— hacerlo. El hecho de que el lenguaje empírico se haya utilizado en la literatura occidental desde antiguo no desmiente la pertinencia de su propósito: la vanguardia es una actitud —de acuidad en la captación de cuanto defina la sensibilidad contemporánea, primero, y de ruptura con las convenciones que la constriñan, después— que resulta siempre necesaria; la vanguardia, entendida como impulso palingenésico, vivifica el objeto artístico y la sensibilidad de su contemplador, y nos obliga a mirar de otro modo, es decir, a sentir, es decir, a pensar de otro modo. Fernández Mallo cree en la necesidad de que la ciencia imbuya la poesía, en última instancia, porque también la ciencia es metáfora: «toda ciencia es ficción», ha dicho. Para ello acude al lenguaje de la física y las matemáticas —que se incorporan como fórmulas, principios o teoremas a sus versos—, y, de hecho, a cualquier disciplina, realidad o situación que le proporcione materiales aptos estéticamente, capaces de suscitar la emoción poética: es el apropiacionismo, que ha teorizado en su ensayo Postpoesía, hacia un nuevo paradigma (2009), y que ha llevado a la práctica en El Hacedor (de Borges), Remake (2011), un homenaje, precisamente, a quien ejecutó esa hibridación de lenguajes, preocupaciones y sistemas de pensamiento antes que nadie, y con admirable precisión. La obra poética de Fernández Mallo incluye Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001, reeditado en 2012), Creta lateral travelling (2004), Joan Fontaine Odisea (2005), Carne de píxel (2008), Antibiótico (2012) y Ya nadie se llamará como yo, su último poemario, que publica ahora Seix Barral en un solo volumen con sus demás títulos, configurando, así, una Poesía reunida (1988-2012), con un lisérgico frontispicio de Antonio Gamoneda. En todos ellos se expresa un yo inquisitivo y trunco, sumido en una constelación de quebraduras, y fascinado por los espacios difusos, intermedios —arcenes, fronteras, linderos—, que constituyen la metáfora de su estar impreciso en el mundo, pero, a pesar de ello (o por eso mismo), dedicado a una afanosa busca de simetrías y correspondencias, aunque resulten desconcertantes: a una enloquecida, pero intelectualmente estimulante, casi salvífica, elaboración de redes, que abarcan todo cuanto integra nuestra sensibilidad: el lenguaje —con el diamantino positivismo que quiso insuflarle Wittgenstein—, pero también la publicidad, las artes visuales, la cultura popular y la cultura digital. Es, también, un yo sentimental, esto es, alguien que relata siempre, bajo su fluencia analítica y su vocabulario numérico, un itinerario emocional; una paradoja —la fusión de la abstracción y el amor— que caracteriza bien su propuesta: todo verdadero inventor es paradójico; todo verdadero inventor formula una antítesis con lo que existe, incluso con aquello que él mismo crea. En Ya nadie se llamará como yo se renuevan estas características, aunque enmarcadas en un contexto que el propio Fernández Mallo considera particularmente narrativo y autobiográfico. En efecto, con la experiencia reciente de la muerte del padre, el poeta recuerda a su familia y su niñez —«el edredón de la infancia»— e indaga en la muerte —«una fiesta de la objetividad»—, pero no como hecho lineal, como desenlace euclidiano, sino como arborescente posibilidad de renacimiento, un renacimiento plural y contradictorio, como todo en su poesía. La evocación de los más cercanos y queridos se subsume en «el laberinto de las permutaciones» que son sus versos: el sentimiento se agazapa, aquí como en toda su producción, en la ciencia de la literatura. Todo en Ya nadie se llamará como yo engarza con otras cosas: todo es lo que es y, además, otra cosa. Si la inteligencia puede definirse como la capacidad para establecer relaciones —entre objetos, entre hechos y entre realidades—, la poesía de Fernández Mallo es una orgía de la inteligencia. Sus versos —sus ideas— están en movimiento continuo: las sinapsis nunca cesan. Quizá por eso el protagonista del poemario va a menudo en coche, como iba su padre, viajero, y narra lo que desfila ante sus ojos: la infinitud de lo existente, que se desdobla —o ramifica— en una nueva infinitud: la de eso otro que todo lo que existe guarda dentro de sí. Entre paradojas y asombros, entre antítesis e imprevisibilidades, Fernández Mallo dialoga incansablemente con la tradición literaria e intelectual de Occidente, a menudo para subvertirla, es decir, para reavivarla: «el mar carece de memoria», dice en un poema, y uno recuerda el «recuerda el mar a todos sus ahogados», de García Lorca. También abunda en el viejo motivo de la oscuridad como luz, revelador siempre del espíritu de ruptura, y habla, por ejemplo, de «cosas / que solo pueden ser vistas en la oscuridad». Ni siquiera hace falta estar de acuerdo con él para convenir en su impulso transgresor: «El lenguaje de la ciencia es tremendamente preciso en cuanto a los sustantivos», dice, «pero espectacularmente metafórico en cuanto a los verbos. ¿Cómo es posible que un gas sufra una expansión? ¿Cómo (…) que una partícula sienta una fuerza? ¿O que un gen se exprese?». Sin embargo, precisión y metáfora no se contraponen, antes bien, se identifican: para ser preciso, hay que ser metafórico. Algunas recurrencias, como corresponde a un buen orfebre, puntúan el desarrollo acezante y fractal del poemario: la repetición de ciertos motivos —«son las 4.30 de la madrugada…», «no obstante agosto»— o de esa oración que le da título, «ya nadie se llamará como yo», establece un sutil pero resistente armazón mántrico que encauza la atención del lector. La estructura elegida orienta asimismo el crecimiento del relato. Tres bloques que se inician con esta especificación, «Al mismo tiempo, a 1 500 kilómetros de distancia, en otra isla yo también escribía…», solapan las cronologías y, a la vez, multiplican el yo: acrecen la identidad disociándola, como la palabra acrece el mundo. Y una sección final, «Veo un bosque y algo más vivo dentro (oración)», en la que ese título se repite también como una letanía o una endecha, se presenta como una despedida en la que conviven el dolor y la impasibilidad, el sufrimiento y la inteligencia, la hipótesis y la fantasía. 

(Publicado en Turia, nº 117-118, marzo-mayo 2016, pp. 450-452)