Ya ha llegado la Navidad. A finales de octubre. Cada año se adelanta unos días. Al paso que vamos, pronto empezaremos a ver turrones en los estantes (o lineales, como se dice ahora, con inventiva insuperable) de los supermercados en agosto, cuando aún calzamos chanclas y luchamos con el mundo por no perecer deshidratados. En las tiendas de regalos han empezado a aparecer los entrañables motivos navideños: abetos nevados, papás noeles, bolas de colores y espumillón plateado. Y en las calles cuelgan ya los cables de los que colgarán las bombillitas (o bombillazas, en el caso de Vigo) que iluminarán, una vez más, el hecho prodigioso de que Jesús vaya a nacer, aunque esos entramados eléctricos solo parezcan todavía unos esqueletos sinuosos, espectros de una luz nonata. El mundo cambia, todo cambia constantemente, nosotros cambiamos, pero la Navidad no. Cada año nos cae encima como una losa indestructible, hecha, como el turrón de Alicante, de la almendra tostada de la obligación de gastar, de la miel de la religiosidad diluida en El Corte Inglés, del azúcar de Solo en casa o Qué bello es vivir en la televisión, de la clara de huevo de las espantosas comidas familiares y de las obleas de la felicidad imperiosa. Y, como cada año, intentaré escapar como pueda de las inexorables solicitaciones de estos festejos aturdidores, aunque confieso que, quizá como homenaje a mis padres, ya muertos, y a aquellas celebraciones decembrinas de mi infancia, teñidas aún de la ilusión de los Reyes Magos (que, no obstante, nunca me traían lo que les pedía: era demasiado caro para el presupuesto real) y las bulliciosas comidas con la abuela, los tíos y las primas, organizaré en casa un almuerzo con mis hijos y sus novias el día de San Esteban, me tomaré las uvas al dictado de las campanadas de la Puerta del Sol (habría sido divertido que la acampada en la plaza que se acaba de desmontar aún estuviera allí el 31 de diciembre; ¿qué habría pasado? ¿Habrían respetado las hordas jubilosas el derecho de los acampados a manifestarse o, impulsados por su afán celebratorio, les habrían pasado por encima, arrasando las tiendas y aplastando a los que protestaban como una estampida de ñus a cuanto encuentra a su paso en el Serengueti?) y hasta aceptaré la invitación a comer con mis consuegros el día de Reyes, si la invitación llega. Demasiadas concesiones, quizá: placeres culpables. Sea como fuere, el 7 de enero me sentiré libre otra vez, aunque nunca lo seamos.
Si la Navidad se adelanta cada año más, el calor se atrasa también cada vez más. Y eso hace que se difuminen las fechas en las que tradicionalmente ocurrían las cosas. Antes, que se instalaran los puestos de castañas en las calles quería decir que había llegado el frío. Ahora significa que todavía dura el verano. Las castañas se han resignificado: ya no son aquel fruto polivalente que no solo servía para entretener el hambre, sino también para calentarse las manos (mi exsuegro se las metía en los bolsillos cuando era estudiante, en los gélidos inviernos madrileños, para que no se le helaran los dedos), sino un testigo del cambio climático. Quienes las sirven ya no van abrigados como exploradores de la Antártida, con gorros de orejeras y abrigos que parecen armaduras, sino en mangas de camisa, sudando, incluso, por el calor de los asadores que atienden. Las castañas, tiempo ha, eran el anuncio del invierno: época de recogimiento y mantas. Hoy participan todavía de la jarana estival. Por suerte, su carne blanca y dulce —cuando uno consigue despojarla del epispermo, el tegumento que la recubre, algo que, en las peor trabajadas, nunca ha sido fácil— sigue siendo la misma: sabrosa, acariciadora, como un último lengüetazo del veroño. Por cierto, siempre me ha resultado llamativa la polivalencia semántica de la castaña: algo muy malo es una castaña; el pasado mes de septiembre, yo cumplí sesenta y cuatro castañas (aunque este significado no se opone necesariamente al primero); si bebo en exceso, lo más probable es que agarre una castaña; y si alguien le propina un golpe muy fuerte a otro, le ha dado una castaña (o un castañazo, como se tituló en España aquella descacharrante película de 1977, protagonizada por Paul Newman, en la que el entrenador de un calamitoso equipo de hockey sobre hielo intenta mejorar sus resultados por el expeditivo procedimiento de que sus pupilos jueguen como las hordas desatadas del infierno).
Pero la pre-Navidad que ya nos ha caído encima, a la espera de la hermana mayor, mucho más gorda, que nos ha de aplastar dentro de un par de meses, con ser una mala noticia —e ir acompañada de otra mucho peor, la recientísima tragedia de Urda, con sus sesenta y nueve muertos, y su inyección de descreencia en la modernidad de España—, no ha venido exenta de buenas nuevas —como la llegada del Señor—, todas de carácter político: Lula ha ganado en Brasil, derrotando contra pronóstico a la forma que el neofascismo internacional ha adoptado en su país, liderado por la terrorífica saga Bolsonaro; y los demócratas estadounidenses han barrido en las elecciones de medio mandato en los Estados Unidos, dándole un sonoro castañazo al jefe —e inspiración— de los neofascistas del mundo, Donald John Trump, para satisfacción propia y de todos los demócratas del mundo. En las generaciones más jóvenes, como la de mis hijos, predomina la ecoansiedad: la angustia por el deterioro del medio ambiente y la condena a muerte de la vida en el planeta tal como la conocemos. En la mía, o al menos en mí, se impone la fascistoansiedad: la congoja por que el pensamiento (por llamarlo de algún modo) antiilustrado y violento, racista y ultraliberal, patriotero y militarista, inculto y conspiranoico, creyente en Dios pero descreyente de la civilización, homogeneizador pero antiigualitario, jurásico y atroz, se apodere del planeta, como parecía que iba a hacer. Pese a estos signos de esperanza, a los que cabe sumar otros, como la victoria de los estudiantes serbios contra otro autócrata formalmente democrático, el presidente Aleksandar Vučić, en España pintan bastos: la ola neofascista, desgraciadamente, nos va a pasar por encima. No creo que la izquierda —desunida, como siempre: está en sus genes; ¿qué hacen dos socialistas cuando se encuentran?: formar dos partidos políticos diferentes— pueda restañar la gran distancia que, según las encuestas, la separan de los partidos de derecha y ultraderecha. No nos va a quedar más remedio que tragar saliva y aguantar, durante cuatro años al menos, que Santiago Abascal sea vicepresidente del Gobierno y alguno de sus analfabetos mamporreros, ministro de Cultura.
