Corónicas de Españia. Blog de Eduardo Moga
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
martes, 7 de abril de 2026
Tres libros: Perera, Reseco y Marinas
miércoles, 1 de abril de 2026
Terence Dooley, in memoriam
Terence Dooley era poeta y traductor. Había nacido en Cornualles en 1950 y murió el pasado martes, 24 de marzo, de un cáncer. También fue el único amigo inglés que hice en mi estancia en Londres, entre 2013 y 2016. Lo conocí en una reunión sabatina con otros escritores y artistas españoles no sé si decir exiliados en la capital británica. Allí estaba él, amable pero discreto, como casi todos los ingleses, hispanófilo, alto, irónico, como casi todos los ingleses. La bondad se le advertía a distancia, como un abombamiento a la altura del corazón. Hablamos poco en aquella ocasión. Luego volvimos a coincidir en otros encuentros con gente de letras española. Recuerdo una lectura colectiva en una sala de arte en la que también participó el poeta Julio Mas Alcaraz, que estaba de visita en la ciudad y que recitó paseando por la sala y tirando al aire los papeles de los que leía conforme los leía. No le gustaban las declamaciones al uso, me confesó. Terence lo miraba todo con una sutil sonrisa en los labios. Poco a poco, nos hicimos amigos. Tradujo, por encargo de alguien de cuyo nombre tampoco me acuerdo, unos poemas míos, y ahí pude comprobar que era un traductor de raza, muy sólido y perspicaz, con un sentido acerado de la precisión y el ritmo. También era un decidido partidario de las versiones más libres frente a las más literales, y aquel entusiasmo suyo por dar un perfil que sobre todo funcionase literariamente en el idioma de llegada, le hacía decantarse a veces por opciones algo extremadas, aunque siempre plausibles. No había matiz que se le escapara, dificultad que no pudiera vencer ni mejora que no fuese capaz de introducir. Y se enorgullecía de mantener conmigo y con todos sus traducidos una relación de respeto y comprensión mutuos. Terence me ayudó a publicar en una revista singularísima, Long Poem Magazine, la única revista europea (y quizá mundial) que solo publica poemas extensos. Era el lugar ideal para mi obra. No obstante, había rechazado ya algún trabajo mío. Terence tradujo una de mis piezas y se encargó de que apareciera en sus páginas. También leímos juntos alguna vez en algún festival literario: yo traducía sus poemas al español y los recitaba, y él hacía lo propio con los míos. Mientras viví en Londres, no dejamos de vernos, irregularmente pero sin pausa. Visitamos en varias ocasiones el Barbican Centre, tomamos una o varias pintas de cerveza en algún pub, a ser posible en alguno del que fuese parroquiano algún escritor famoso, e intercambiamos informaciones útiles para los dos: él me puso en contacto con la editorial Shearsman, donde han acabado publicándose mis tres libros traducidos al inglés, y yo le facilité las señas de otros escritores españoles —Jordi Doce, Mariano Peyrou, Mario Martín Gijón— a los que pudiese verter a su idioma, que era lo que más le gustaba hacer, después de escribir poesía él mismo. Esos tres libros míos que han visto la luz en Inglaterra —entre ellos, My Father, que la Poetry Book Society consideró una de las cuatro mejores traducciones de poemarios publicados en la Gran Bretaña en 2021— fueron espléndida y desinteresadamente vertidos al español por Terence. Yo correspondí traduciendo y prologando uno de los títulos de su corta pero brillante obra poética: Tocoloro, que se publicó en 2023 en Los Papeles de Brighton, con epílogos de Jordi Doce, Mercedes Cebrián y Daniel Samoilovich (y que ya reseñé en este blog: https://www.blogger.com/blog/post/edit/548736059020121131/5999155307092362806?hl=es). Los Papeles de Brighton, por cierto, lo incluyó en la antología Dieciséis de Brighton, también aparecida en 2023. Terence siguió ayudándome cuando yo ya había vuelto a España. Yo le consultaba dudas que me ofrecían los autores, sobre todo estadounidenses, pero también ingleses, que estaba traduciendo, y él me las resolvía sin excepción con diligencia y cordialidad. Su presencia al otro lado del ordenador me daba consuelo y seguridad. Hasta que, no hace mucho, me notificó que lo había atrapado una de las plagas de nuestro tiempo: el cáncer. Sus mensajes se espaciaron, lógicamente, dada la difícil pelea que estaba librando con la enfermedad, pero, aun así, no dejó de darme cuenta, cada cierto tiempo, de los progresos de su tratamiento y de su estado de ánimo, esto último con la circunspección, casi con el estoicismo, propio de su estirpe y su carácter. En varios de sus mensajes incluía poemas inspirados por la situación que estaba viviendo, y que yo le traducía a vuelta de correo para alegrarle un poco el día; o eso esperaba. Y en el último correo suyo que recibí, de mediados de enero pasado, estaba contento de que su amigo, el poeta Hugo Williams, le hubiera aceptado un poema, “What’s the Hurry?” (‘¿qué prisa tienes?’), para publicarlo en la prestigiosa revista The Spectator. A mi último mensaje preguntándole cómo estaba, de hace unas pocas semanas, ya no contestó. El miércoles pasado, su hija Jemima nos escribió a sus amigos para informarnos de su fallecimiento. Y a mí, como siempre nos pasa con las personas buenas como Terence, con las personas que queremos, se me ha quedado un agujero en el pecho. Un agujero que solo voy a poder rellenar, a partir de ahora, con sus poemas, con su recuerdo, con una amistad que, aunque ya no exista físicamente, sé que perdurará. Descanse en paz.
Transcribo a continuación uno de los poemas que Terence me mandó durante su enfermedad —obviamente inspirado por ella, y que él definió como escrito “al modo de Larkin”— y la traducción que le hice.
Calm down Phil – your ‘being brave
saves no-one from the grave’. Ease up
old boy, lie back, enjoy
the hospital years, the mile-long
corridors, the serene
trolley-rides, telling the orderlies
about your holidays, the cubicles,
the morphine, that shiny lino
(where are we going, nurse?)
the cardboard vases, the screens,
the knock-out drops, the masks,
the questions no-one asks,
your date of birth, your date of birth.
DUELE REÍRSE
Cálmate, Phil: tu «valentía
no salva a nadie de la tumba». Tranquilo,
viejo amigo, recuéstate, disfruta
de los años de hospital, los pasillos
kilométricos, los sosegados paseos
en camilla, de contarles tus vacaciones
a los celadores, de los cubículos,
la morfina, ese reluciente linóleo
(¿adónde vamos, enfermera?),
los jarrones de cartón, los biombos,
las gotas para dormir, las mascarillas,
las preguntas que nadie hace,
tu fecha de nacimiento, tu fecha de nacimiento.
jueves, 26 de marzo de 2026
El río y la totalidad
Tras un extenso preámbulo, o quizá un breve ensayo, en el que Christian T. Arjona da cuenta de la gestación del libro, resume eficazmente la evolución del ideograma kawa y ofrece algunos precedentes de la presencia del río en la literatura sapiencial china antigua —cuyo mejor ejemplo es el I Ching— y en la poesía china: Tao Yuanming, Wang Wei, Han Shan, Li Bai y Tu Fu (Han Shan, por ejemplo, escribe: «El sol y la luna son ríos que pasan; la luz y la sombra, fuegos en la piedra»), encontramos la sección «De la fuente al mar», que recoge el poema en prosa escrito por Arjona, dividido en capítulos, que describen el recorrido entero del río, desde su manantío hasta su desembocadura. Todos estos capítulos van acompañados por una caligrafía de kawa, de Gerardo D. Cristante, y, en algunos casos, también incluyen dibujos del propio Arjona, que no solo es poeta y editor, sino asimismo artista plástico. Kawa. El libro del río revela la pasión por la mezcla, por la fusión de géneros, estilos y artes en la obra de Christian T. Arjona. Todos los capítulos suman a la palabra del escritor ilustraciones, haikus, kanjis, citas literarias y hasta un fragmento de una partitura medieval con un melisma —un término latino que designa una sucesión de varias notas sobre una sola sílaba en el canto llano—. Y todos incluyen, al final, en cursiva, unas notas metaliterarias (¿metaestéticas?) en las que el poeta reflexiona sobre el propio hacer del calígrafo. En los textos sobre el río de Arjona, se echa de ver un fortísimo élan poético, aliado con la precisión descriptiva de un relojero del valle de Joux y un entusiasmo expresivo que hace palidecer al conde de Lautréamont. Arjona no solo disfruta bestialmente de aquello que ve —el río, el bosque, las piedras—, sino que aún parece disfrutar más de las palabras con que lo describe. Esto dice, por ejemplo, en «Las raíces del río»: «Parece más bien que el agua del río futuro siempre haya estado aquí, siempre lo esté y siempre lo vaya a estar —en un eterno retorno circular de lluvias, correntíos, mares y evaporaciones—; infinitamente ovillada, soterrada, en un densísimo micelio de líquidas raicillas. Azules, entreveradas, eléctricas microrizas de agua que crepitan como la red neuronal de la montaña y el bosque, ocultas bajo las grandes rocas verdecidas». En «Río abajo: los meandros», define la «prosa ameandrada» del río, que es también la suya: una prosa «que se desarrolla sin cesar, giróvaga y trashumante, sismógrafa de los valles como el largo pergamino de un tefilín desplegando y recitando versículos de agua decidora»; una prosa, añado yo, plagada de pertinentes neologismos, aliterativa y musical, arrebatada y exacta.
Gerardo D. Cristante firma la segunda parte del libro, «Notas sobre el arte del trazo», que recoge las informaciones y reflexiones que dedica al arte de la caligrafía, y la tercera, «Sedimentos. Kanjis de la serie Kawa», exclusivamente gráfica, que contiene once imágenes del kanji que da título y sentido al libro, todas en blanco y negro —salvo la primera, en la que se observan también algunos ocres—, pero muy distintas unas de otras: sorprende cuánto pueden dar de sí tres líneas verticales y paralelas en manos de un artista heterodoxo y experto. En ocasiones, las líneas se dilatan hasta configurar troncos negros, o, por el contrario, se adelgazan hasta el filamento; en otras, se tocan, se abrazan, se incurvan o se expanden en manchas minuciosamente desordenadas; a veces, en fin, se vuelven hacia sí mismas o casi estallan. En «Notas sobre el arte del trazo», Cristante revela cuánto ha influido el japonés Yuichi Inoue en su forma de entender la caligrafía, y subraya insistentemente la naturaleza multifacetada del trazo: es «un pulso, una huella del dinamismo vital que anima la creación artística», pero también «un modo de habitar la verdad»; es «lo que no está contaminado por la representación ni por la apariencia» y, asimismo, «un acto total». Cristante hace un recorrido por las diferentes concepciones del trazo en el arte contemporáneo —desde Paul Klee hasta Joan Miró, pasando por Henri Michaux y Antoni Tàpies, entre otros— y subraya la importancia del movimiento caligráfico del grupo Bokujinkai de mediados del siglo XX y de la caligrafía de vanguardia, el artshodo, para concluir que Kawa. El libro del río «es una manifiesta declaración de amor por la caligrafía japonesa». Ciertamente, lo es, pero también es una no menos manifiesta declaración de amor por el lenguaje y por la fusión de las artes en una obra total.
[Este artículo se publicó en Qué Leer, nº 325, marzo de 2026, pp. 28-29]
viernes, 20 de marzo de 2026
Hijas de un sol naciente
Esto, entre otras razones, dije ayer del libro en la Biblioteca Central:
Hijas de un sol naciente es un libro fuertemente arraigado en la cultura y la cosmovisión japonesas del mundo y la existencia, y que se apoya sin ambages en sus formas artísticas y literarias, pero en el que no se percibe —yo, al menos, no lo percibo— que la textura, que la carne de los poemas sea estrictamente nipona, con sus rasgos constitutivos de depuración extrema, afinación perceptiva total y sencillez expresiva máxima, sino más bien que Joan de la Vega irrumpe en los cauces y topoi poéticos elegidos con su poesía característica, que venimos leyendo desde su primer libro, Intihuatana (2002), y que está poderosamente vinculada a las corrientes de vanguardia de Occidente, con sus torceduras lingüísticas y hasta sus quebrantamientos formales (como puede apreciarse en «Onibaba», que concluye así: «Que […] el vuelo de la vida quede ya lejos del menos, del sin»), su carácter acusadamente analógico, su simbolismo desgarrado, su búsqueda de trascendencia en la palabra (y por medio de la palabra) para acceder al otro lado de la realidad (y del ser), su lucha por decir las cosas, lo que sucede, siempre de otro modo, y, en fin, su mesurado irracionalismo. Hijas de un sol naciente es, pues, un ejemplo preclaro de fusión euronipona, una realidad literaria híbrida que, a mi juicio, incorpora lo mejor de ambas tradiciones: la precisión, laconismo y objetividad de la poesía oriental, y la eclosión imaginativa, la complejidad verbal y la atormentada fluencia de la poesía occidental. En cualquier caso, junto con la capacidad de sugerencia siempre buscada y ensalzada por los poetas del Japón, junto con la sutileza de sus fórmulas y la delicadeza de sus voces, incorporadas a Hijas de un sol naciente, De la Vega nunca renuncia a una dicción vigorosa, construida con imágenes muy plásticas y metáforas inquisitivas («la lápida de un niño ciego es un doble espacio caído, lleno de pus y plegarias, de sudores vencidos. La sangre del niño […] es una flor funesta clavada en el ojo del abismo», leemos en «Tenshinranman»), con repeticiones, personificaciones, aliteraciones («alguien traza con tiza fugaz la línea…», en «Kawaakari») y paronomasias («tiempos raídos, roídos», dice en «Anémica y celeste», cuyo título, por cierto, es una parodia de otro muy famoso de Gil de Biedma, «Pandémica y celeste»), entre otros recursos de un vasto y muy rimbaldiano arsenal retórico.
sábado, 14 de marzo de 2026
Follar por amor, amar por placer
Ayer presentamos, en la Llibreria de la Imatge, de Barcelona, el poemario Follar por amor, amar por placer, de Silvia Rins, publicado por Los Papeles de Brighton. El lugar estaba atiborrado, a lo que contribuyeron no solo la atractiva personalidad de Silvia y su ya sustanciosa trayectoria literaria, sino también, quizá, el carácter erótico del poemario, lo muy insólito y pecaminoso del título, y, en último lugar, pero no por ello menos importante, el refrigerio previsto para después de la presentación, un obsequio a los asistentes que antes —es decir, hace bastantes años ya— era muy común, pero que hoy en día es una rareza, por no decir un imposible. En el acto se proyectaron algunas imágenes que ilustraban o se referían a motivos concretos del poemario, y también se interpretaron, a la guitarra, dos poemas musicados del libro. No fue, pues, una presentación al uso, sino polifacética y singular, de la que todo el mundo, me parece, salió contento y, lo que es aún más destacable, con el libro en la mano.
Transcribo a continuación un fragmento de mi presentación:
La parodia, el juego, la subversión, las referencias cruzadas, el humor, todos estos elementos tan definitorios de Follar por amor, amar por placer responden a una concepción vanguardista de la literatura, a una voluntad experimental, de indagación y cambio. Este sentido rupturista, transgresor, se materializa en la descomposición final de «Safe word», en la mezcla posmoderna de asuntos y referentes de «En progresión geométrica» y en el vibrante poema último, «Silabario», donde conviven armoniosamente ―y esto es lo sorprendente― la yuxtaposición, la enumeración, la exhortación y la elipsis. También a esta visión otra de la literatura, de los caminos y efectos que puede (o debe) producir la poesía, cabe atribuir un cierto feísmo, o tremendismo, que se aprecia en numerosos poemas, como «Safe word», donde se habla de los «señoros que jamás han sido penetrados con un arnés» y de los besos y esputos del amante; u «Oda a los calzoncillos», en el que la poeta confiesa el cambio de actitud que ha experimentado ante la antaño odiosa costumbre de su amado de dejar los calzoncillos sucios en el suelo del baño, «junto a los calcetines de deporte desparejados y la camiseta sudada hecha un boñigo», que han pasado a ser «la prueba palpable de otro ser humano invadiendo con feliz y resoluta inconsciencia el impecable hastío que pudo ser mi vida»; o «Maldito deseo», donde Silvia Rins revela, quizá para consternación de algunos, que cree «en la quintaesencia de [los] pedos» del amado.
Este feísmo está emparentado con el uso de un lenguaje no solo coloquial o vulgar, sino en ocasiones soez, que, como contrapartida de su aspereza, aporta claridad, desde luego, y fe en el idioma: la convicción de que las palabras están para usarse, para designar, sin eufemismos ni circunloquios, aquello a lo que sirven (o que crean). Silvia Rins habla, sin pestañear, aunque acaso sonriendo, de culos, pollas, vergas, vulvas y, ya en el título –donde términos así no suelen figurar–, como un bofetón léxico, de «follar».
La palabra «follar», por cierto, que uno creía que solo significaba una cosa, tiene, en cambio, según el DRAE, las siguientes acepciones: soplar con el fuelle; soltar una ventosidad sin ruido (ambas del latín follis, ‘fuelle’); formar o componer en hojas algo (del latín folium, ‘hoja’); hollar (desusado); talar o destruir (desusado); y, por fin, practicar el coito (vulgar y también del latín follis). Esta última acepción, que es, obviamente, la que utiliza Silvia Rins, proviene del latín vulgar follicare, ‘usar el fuelle’, que pasó a significar resollar o jadear, haciendo referencia al sonido y al movimiento rítmico del aparato, desde donde, por semejanza funcional, se asoció figurativamente con el acto sexual. «Follar» es, pues, en rigor, una metáfora, lo que no lo hace inadecuado para figurar en un libro de versos como este.
No hay que ser un lince para concluir que un poemario que incluye la palabra «follar» en el título muy probablemente tenga un carácter erótico. Y en efecto, en el libro encontramos múltiples expresiones del deseo, también de diferente forma y condición (porque el deseo no es un monolito, una fuerza única, sino plural, multifacético): «Divina canción» incorpora un catálogo paródico de actividades sexuales, «Nuestros no besos» ensalza el beso negro, «Camino de perfección» considera una prueba de perfección «masturbarse a la salud de la pareja» y, en fin, en «Otra manera de morir» se expresa el deseo de fallecer «tocando una verga erguida/ o un fragante clítoris./ Mejor, una tenaz polla/ en cada una de mis manos». Hay hasta una oda al falo, «Faloforia», de la que no recuerdo muchos ejemplos en la literatura universal escritos por mujeres (sí por hombres, lo que parece confirmar que el pene es más importante para el hombre que para la mujer), además de la ya mencionada oda a los calzoncillos.
Y este es “Silabario”, el último poema del libro:
Cuida este amor. Abyecto. Bárbaro. Con tus propias manos. Cuántico, ditirámbico. No lo dejes caer. A este amor fofo, estocástico. A este amor gañán, hacendoso. Cuida de este amor insípido. No lo dejes caer. Jamás. Protege este amor lampiño, kilométrico. Llano maravilloso. Con tu vida. Llama menguante. Nunca. Si es necesario con tu vida. Onerosa. Queda. Lo pierdas. Aliméntalo. Risible. Acarícialo, acicálalo. Soso. Con tu propia sangre. Terrible. Con tus propias manos. Véngalo. A este amor único, xilofónico, yámbico. Zigzagueante. Cázalo al vuelo. Zulo. Si sales, no podrás respirar. Incluso si está hecho añicos, recógelo. Azul, azucarado. Con tus manos. Aunque te cortes. Aunque te duela. Cielo. Porque, si no cuidas este amor, ni siquiera las palabras. Únicamente te quedarán tus propias manos. Vacías.
domingo, 8 de marzo de 2026
Dices
lunes, 2 de marzo de 2026
Un oscuro presagio
El poeta Julio Trujillo (Ciudad de México, 1969-Cornualles, 2025) se suicidó a los 55 años. Dejó mujer e hijos. Sus últimos mensajes —dos tuits sin destinatario conocido, como botellas arrojadas al mar, del 9 y el 10 de enero de 2025— decían: «Cuando yo muera de vida y no de tiempo…» y «Ya no va a dolerme el mar, porque conocí la fuente…». Menos de dos meses antes, había ganado el VII Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, un prestigioso galardón otorgado por la Fundación Centro de Poesía José Hierro, que culminaba una brillante trayectoria literaria, desde su primer libro, Una sangre, publicado en 1998, hasta este Detrás de la ciudad y antes del cielo, aparecido el mismo año de su muerte, pasando por otros títulos significativos de la poesía mexicana actual, como El perro de Koudelka (2003), Bipolar (2008), La burbuja (2013), El acelerador de partículas (2017) y Jueves (2021), entre otros. Aunque nos han inculcado que las obras literarias son realidades autónomas y que así debemos juzgarlas, al margen de las vicisitudes personales de sus autores, resulta difícil separar ambos ámbitos, el poético y el vital, en un caso tan singular como este. También Pavese se suicidó después de recibir un premio importante —el Strega por Un bello verano—, pero es muy inusual que a un reconocimiento literario sobresaliente siga una muerte por propia mano: Pavese estaba fuertemente deprimido, y es muy posible que Trujillo también lo estuviera. El trágico fin del poeta mexicano condiciona inevitablemente la lectura de Detrás de la ciudad… Si Julio Trujillo no hubiera muerto como murió poco después de haber ganado el premio que ha hecho posible su publicación, consideraríamos su libro una muestra más de poesía urbana —caótica, tumultuosa, como la realidad a la que se refiere— y existencial, signada por la angustia de un vivir tan lacerante e incomprensible como el mundo en el que se habita. Pero hoy, a la luz de las circunstancias, Detrás de la ciudad… brilla oscuramente como un anuncio, como una terrible premonición.
Treinta poemas componen este poema-río, escrito en un versículo muy plástico, accidentado, suntuoso; y expansivo: desborda casi siempre la anchura de la caja. Esta dilatación fractura los versos en la página, con una línea continua de lado a lado y otra, muy corta, abruptamente interrumpida. Las treinta piezas conforman una visión caleidoscópica de la ciudad, por la que vagabundea la conciencia del autor y cuyos espacios suscitan la perplejidad, la alucinación, el asombro o el miedo; a menudo, todo ello en un mismo poema. La ciudad puede muy bien ser la Ciudad de México, donde nació el poeta, por sus perfiles enmarañados, las frecuentes alusiones a los volcanes que la rodean y su absorbente totalidad, pero, como en toda buena poesía, las imágenes superan la condición biográfica y adquieren una textura simbólica, universal. La naturaleza versicular del libro, así como la madeja urbana desgarradamente desovillada en sus páginas, remiten a otros libros fundamentales de la poesía mexicana contemporánea, como Incurable, de David Huerta, también recientemente fallecido.
La mirada de Julio Trujillo es una mirada desengañada, consciente de la caída, triste. En el tráfago inacabable de una megalópolis, la soledad cobra una intensidad —y una violencia— insoportables. El poeta se describe solo ante el ordenador, en «una babel atomizada» compuesta por «millones de soledades mirando apantalladas sus oasis personales», y se pregunta: «¿La gente dónde está?». O bien recurre a la figura del farero, arquetipo de la soledad, «epicentro del temblor de ser», para significar el aislamiento arrasador del que nunca espera nada de nadie y no encuentra en quien repose la luz que arroja al mundo. También denuncia otros descalabros: el fracaso de la poesía —y cita a Wittgenstein y Beckett para ilustrar ese fracaso— y la ausencia de Dios; la Nada, hacia la que «brinca el corazón (…) porque el mañana y el ayer son nada»; la necesidad de descansar «de la crueldad del infinito»; la torpeza de vivir y el agotamiento de monologar. El libro se adentra, poco a poco, en una desesperación solo atajada por el recuerdo de una infancia balsámica —todo es colapso menos ser niño, dice Trujillo—, por una trascendente reflexión metaliteraria y por la propia combustión del poema. La identidad se trastoca, sacudida por el desconcierto: somos «ese no ser siendo, (…) ese ser no siendo», o somos otros, o somos Nadie («pero no me olviden», implora el poeta); o bien nos sumimos en la enajenación insuperable de que «todo [sea] otro». El poeta quiere liberarse de un yo embarcado, como un nuevo y desvalido Ulises, en la odisea de la soledad: «Vaciar, vaciarse, desasirse, soltar/ los propios fardos y elevarse en esa bóveda que es él abandonándose…». En realidad, se trata de cruzar «la Atlántida de tedio y tristeza» en la que penamos y escapar del «abrasador dolor de ser». Pero estamos ante una tarea imposible, porque el fondo —y el «seductor silencio de sus animales oscuros»— nos llaman. (También Alejandra Pizarnik se mató después de escribir en el pizarrón de su cuarto: «No quiero ir más que hasta el fondo»). Y así, gracias a la muerte, santa, que nos cosquillea heideggerianamente a cada rato, alcanzamos «la dicha de extinguirnos». Trujillo acude a un clásico del cine, Blade Runner, para abominar de la persecución inexorable del tiempo y cantar nuestra resistencia a que nos dé alcance. Sin embargo, nunca dejamos de saber que es una pretensión algo infantil y completamente inútil: que el futuro es imposible y el pasado, irrevocable; que «es hora de morir todas las horas».
Detrás de la ciudad y antes del cielo es un viaje abrasador por las turbulencias de la ciudad y el naufragio del yo, que se entrelazan y confunden. Empieza con el anochecer, cuando la oscuridad borra los volcanes, que el alba vuelve a dibujar cada mañana, y concluye con un amanecer que, en efecto, insinúa otra vez esos mismos volcanes, que la noche borrará de nuevo al cabo de unas horas. El poemario sucede en el tiempo: es, machadianamente, palabra en el tiempo y construye un círculo con ese tiempo. Su transcurso es ipsocéntrico: vuelve al ser desbaratado, al espíritu sin consuelo, cuya negra lucidez destierra la esperanza; y también amargamente revelador: descubre las razones por las que las horas son insoportables, por las que la vida es insoportable.
[Julio Trujillo, Detrás de la ciudad y antes del cielo, VII Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, Fundación Centro de Poesía José Hierro, Valencia, Pre-Textos, 2025, 70 pp.]
[Este artículo se publicó en Turia, nº 156, noviembre 2025-febrero 2026, pp. 493-495]