ESADE pasa por ser una de las grandes escuelas de negocios del mundo. Ya cuando estudiaba Derecho, hace unos doscientos años, miraba con un punto de envidia a los compañeros que complementaban o ampliaban sus estudios en aquel centro, que representaba, a mis ojos y a los de mucha otra gente, la formación privada más exquisita (y más cara) que podía uno procurarse en el ámbito de la empresa y la administración pública y privada. Nunca me planteé estudiar allí: sencillamente, no me lo podía permitir. Sin embargo, tiempo después, cuando había alcanzado ya un puesto de alguna responsabilidad en la administración pública, el Departamento para el que trabajaba me ofreció la posibilidad de cursar un Máster en Dirección Pública en ESADE, o, como la propia Escuela prefería anunciarse, un Executive Master in Public Administration (EMPA), así, en inglés, que molaba más. Yo acepté, porque entonces aún creía en la formación continua y por satisfacer mi deseo de conocer aquel lujoso centro por dentro; y también porque me halagó que mis jefes hubieran pensado en mí para realizar el curso. Le dediqué tres años, entre 2006 y 2009, compabilizando las clases con mi trabajo en el Departamento de Economía y Finanzas de la Generalitat. El Máster solo duraba dos, pero mi jefa entonces me pidió que espaciara las clases para que pudiera dedicarme más tiempo al trabajo administrativo, y hube de desdoblar el último año en dos. Aquellos años en ESADE me decepcionaron; y fue una decepción profunda. La formación era ligera: no había exámenes; en realidad, no había que estudiar. Solo asistir a las clases y escuchar lo que los profesores tuvieran que decirnos. Se favorecía el trabajo en grupo, en los que siempre había alguien dispuesto a esforzarse mucho y otros que se aprovechaban palmariamente de ese esfuerzo. Y la enseñanza se impartía muy a menudo mediante casos, que eran problemas de gestión planteados como historias, con diferentes actores —así se llamaba a los que participaban en ellas: cada disciplina crea su propio lenguaje—, que los alumnos teníamos que desentrañar, completar y/o resolver. O intentarlo. A veces el trabajo en grupo y el trabajo por casos se fundían y se organizaban en clase una suerte de psicodramas en los que los estudiantes tomábamos parte con una mezcla de vergüenza, desconocimiento e histrionismo, y de los que casi nunca sacábamos nada en claro. Entre los profesores había de todo, como en todas partes. Pero uno esperaba que aquellos docentes, aupados a la exclusiva atalaya de ESADE, fueran la crème de la crème, y descubría que no lo eran. Recuerdo a un señor y una señora mayores —y casados—que habían estado en la India, y que, pertrechados de los saberes místicos que habían adquirido en la cuenca del Ganges, intentaban insuflarnos las capacidades necesarias para tomar siempre la mejor decisión posible: sus recomendaciones oscilaban entre flatulencias de autoayuda y los camelos indostánicos de Lobsang Rampa. Recuerdo también a otro profesor mayor —ESADE era entonces bastante gerontocrático—, argentino, del que se decía que había sido un alto oficial del ejército de su país. Teniendo en cuenta a qué se había dedicado el ejército argentino a finales del siglo pasado, aquella sospecha era muy poco tranquilizadora. Recuerdo, en fin, a otro profesor, este más joven, pero muy gordo, al que, paseando por uno de los pasillos del aula, se le engancharon los pantalones en el pico de una mesa o el saliente de una silla, y se le cayeron a los pies: se quedó en calzoncillos en medio de la clase. Con imperturbable rapidez, como se recuperan los cantantes que se han tropezado y caído en el escenario, se los subió de nuevo, se los ajustó como pudo y siguió impartiendo la lección como si nada hubiera pasado. En ESADE, no obstante, había algo que funcionaba muy bien: el catering, incluido en el curso. Así podíamos hacer jornada completa de clase, mañana y tarde, en el centro. La comida era excelente y, sobre todo, abundantísima: te ponías ciego, lo que, por otra parte, siempre me pareció contradictorio con el hecho de que estuviéramos en un centro de enseñanza: en las clases de la tarde, después de la comilona que nos metíamos, no dormirse exigía un esfuerzo titánico. Yo, muchas veces, renunciaba a hacerlo, y descabezaba un sueñecito reparador, parapetado tras las carpetas que nos regalaban. Completé el EMPA en diciembre de 2009, y así lo acreditó ESADE con el certificado correspondiente. Pero no volví a saber de la Escuela hasta casi doce años después, cuando, a finales de julio de 2021, recibí un correo urgentísimo en el que se me pedía que abonara inmediatamente las tasas de expedición del título, 222,15 euros. Los pagué el 29 de julio de 2021, y, cuando ya creía que la impartición del título era inminente, volví a dejar de tener noticias de ESADE: se abrió entonces un silencio que se ha extendido casi un lustro. Pero esta vez he sido yo el que ha tomado la iniciativa de acabar con él. Transcurridos cinco años desde el pago infructuoso, y gozando ya de todo el tiempo del mundo, que me otorgaba mi benemérita condición de jubilado, telefoneé a ESADE para reclamar el título al que tenía derecho. No es que me importase ya nada —desde luego, no lo iba a necesitar en mi carrera profesional—, pero me daba coraje que la que se autoproclama y se vende por ahí como una de los mejores centros de formación del planeta necesitase diecisiete años para entregarme el título, y aún no lo hubiese hecho. Do good, do better [‘hazlo bien, hazlo mejor’] es el eslogan de ESADE (que, pese a pertenecer a la Orden de Jesús, no utiliza el latín para su lema, sino la lengua franca que ha abrazado, el inglés), que se diría el reverso del legendario, y mucho más inteligente, Fail again. Fail better de Samuel Beckett. Y no parece que lo hayan aplicado en mi caso, sino más bien su contrario: Do bad, do worse. El personal de la secretaría administrativa me informó, ante mi estupor, que había un “error del sistema” en mi expediente que impedía la expedición del título, y que no podía precisarme ni de qué error se trataba, ni por qué se había producido, ni a qué sistema afectaba. Tampoco supo explicarme por qué habían necesitado doce años para pedirme que lo pagara y otros cinco para no concedérmelo, para no arreglar el problema que les imposibilitaba hacerlo y para no informarme de nada de lo que no estaba sucediendo. Una de las mejores escuelas de negocios del mundo necesitaba diecisiete años para no darle el título a uno de sus alumnos. Pero se conoce que mi queja movilizó a los aletargados servicios administrativos de ESADE y, luego de un par de meses de espera más, me comunicaron que ya se había subsanado el problema —que, al parecer, provenía de una migración de datos defectuosa, que había decidido dejar fuera los míos del proceso— y que en breve me proporcionarían el título. Y así fue. Hace un par de semanas, me comunicaron que ya podía recogerlo en la sede de ESADE, y así lo hice. El diploma, expedido por el rector de la Universitat Ramon Llull, a la que está adscrita ESADE, está fechado el 29 de julio de 2021.
Corónicas de Españia. Blog de Eduardo Moga
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
sábado, 25 de julio de 2026
domingo, 19 de julio de 2026
El 18 de julio
lunes, 13 de julio de 2026
Una tarde de playa
Hacía tiempo que no iba a la playa. María y yo lo hacemos hoy. La elegida ha sido la playa de la Mar Bella, una de las diez que forman el litoral marítimo de Barcelona. Si ha pasado tanto tiempo desde mi última visita a los arenales veraniegos, ha sido porque la playa no me gusta. Es un lugar abrasado por el sol, sin agua potable, sin sombra, sin vegetación, sin nada. Solo tiene una cosa en abundancia: gente. Y las multitudes cada vez me ponen más nervioso. Por eso decidimos disfrutar del desierto playero a última hora de la tarde, cuando el sol ya declina y no te destroza la piel, y las hordas de bañistas se han recogido o lo harán dentro de poco. Si a eso se le suma una brisa agradable, que atempera las temperaturas asfixiantes, un oleaje sosegado, con su hipnótica monodia, y un cielo espectacularmente repujado de nubes, por entre las que asoma una luz benéfica y un azul muy puro, la cosa resulta hasta placentera. Por suerte, además, no nos ha tocado al lado ningún niño berreante o dispensador de arena o de balonazos con sus infatigables correrías, ni un grupo de lolailos que crea que a todos los presentes les gusta el rock flamenco con el que se procuran, día sí y día también, un formidable tumor cerebral. Extendemos la toalla —algo que al mediodía puede resultar una misión casi imposible y hasta una temeridad: hay quien ha llegado a las manos por plantar la sombrilla en una franja disputada de arena— en un hueco cerca del agua, a la vera de un local llamado BeGay. Porque, eso sí, gays hay muchos aquí. Se les ve en parejas o solos, leyendo en la arena o paseando el cuerpo, solo ceñido, por lo general, por un slip tan ajustado que uno teme que pueda causarles un trombo testicular. Aunque a menudo hasta ese slip desaparece: la playa de la Mar Bella —no sé si las otras también— admite desenfadadamente el nudismo, y por eso muchos de los presentes se despojan de su ya exigua indumentaria y se lanzan al agua a cuerpo gentil, para secarse después, con desnudo denuedo, en toallas coloridas. Los turistas, por su parte, no han desaparecido. Junto a los grupos de jóvenes nacionales que vienen aquí a recobrar las fuerzas gastadas en las vecinas instalaciones del complejo deportivo de la Mar Bella, corriendo, saltando o arrojando cosas lejos, y de chicas que se hacen selfis con mucho mohín y casi ninguna ropa, vemos (o más bien oímos) a no pocos estadounidenses y a muchos orientales, que, siguiendo la tradición, hacen fotos y sonríen incansablemente (sobre todo los japoneses; los coreanos son más austeros). Un americano solo, de no más de treinta años, luce una barba mosaica, una bandana harleydavidsoniana y un barrigón grandioso. Se pasea por la arena húmeda, pero no se atreve a mojarse. María y yo sí nos tiramos al mar, aunque ambos estamos acostumbrados a nadar en piscina y el oleaje, si bien escaso, nos dificulta dar con el ritmo adecuado. Y tampoco llevamos gafas, así que hemos de luchar con la sal en los ojos, con la turbiedad que introduce la espuma en la mirada. Pero el agua está limpia. Verde, pero limpia. Celebramos que no haya algas ni medusas. Todo está tranquilo. No hay muchos nadadores a nuestro alrededor. El sol sigue su camino declinante hacia el oeste, por detrás de las instalaciones del club deportivo, arrastrando un torrente de granas y oros. Cuando volvemos a la arena, hemos de espantar a una gaviota que, instalada en la toalla, examina con el pico nuestras bolsas. No sería la primera vez que un lárido me destrozara el equipaje: en una playa de California, otro, muy grande y muy americano, nos privó de la merienda que llevábamos preparada y casi trituró un regalo que había comprado —una piedra con forma, ay, de huevo— para la novia de mi hijo. Pero esta vez no llevábamos nada de comer en los macutos, y el bicho, sucio y malcarado —nada que ver con Juan Salvador Gaviota—, se larga con grandes y decepcionados aletazos. La gaviota no será el único ser al que haya que ahuyentar de las inmediaciones. En otro momento, al volver yo de un nuevo chapuzón, María, que se había quedado tomando el crepúsculo, me informa de que varios playistas habían descubierto a unos cacos entre la gente y los habían expulsado a gritos. Se conoce que en esta playa abundan los chorizos, tanto bípedos como alados. Despejado de riesgos el panorama, María y yo pasamos un buen rato tumbados en la toalla mirando el cielo. Solo nos rodea un rumor de conversaciones —del que sobresalen, a veces, los gritos publicitarios de los lateros: “¡Cerveza! ¡Birra!”—, ahogado por el murmullo del mar. Encima de nosotros se extiende un cielo que se oscurece minuciosamente, desgarrado por el algodón errante de las nubes. Es un cielo turneriano, le digo a María, que no está del todo de acuerdo (María casi nunca está del todo de acuerdo con nada). Pero yo sí creo que este firmamento tachonado de blanco tiene la calidad brumosa y quebrantada de los lienzos de Turner. La humedad cobra en él múltiples formas: los cirros se deshilachan al sur, blanqueando con sus tules laxos el azul que muda en negro; cúmulos y estratos se reparten el resto del espacio, mezclando sus mantos casi geológicos como si se disputaran una cama deshecha. Y todas, cuando las miras, parecen quietas. Pero se mueven. No dejan de moverse. Al cabo de pocos minutos, o de pocos segundos, ya están en otro lugar, ya encarnan otras figuras (pareidolia se llama el fenómeno de ver rostros o animales en objetos inanimados: me gusta esa palabra). Están vivas: con la energía del movimiento, del aire, de la nada. De vez en cuando, una gaviota atraviesa, como un dardo, el óleo evanescente de las nubes, y nos devuelve, con la armónica violencia de su vuelo, a esta realidad compuesta de objetos sólidos, de animales que necesitan comer, de realidades que irrumpen en la ensoñación y nos devuelven a nosotros mismos, que por un momento nos habíamos creído fundidos en el Todo, con la conciencia deshecha en una plenitud sin límites ni final. Las gaviotas son así de prosaicas. Cuando ya se han encendido las farolas del paseo marítimo y el cielo amenaza con dejar de ser un cuadro y convertirse en una cueva, decidimos retirarnos. Es el momento más crudo de cualquier excursión a la playa: estás cansado, tienes arena pegada al cuerpo y probablemente sed, y pesa haber de volver a casa, que en nuestro caso está a media hora en coche. En las duchas nos limpiamos los pies al lado de un tipo que para hacerlo ha considerado necesario quitarse el bañador. Por suerte, el aparcamiento del complejo deportivo es barato: por un par de horas de estacionamiento te cobra seis euros. Quizá volvamos mañana. María, que es de secano, agradece el Mediterráneo. Y a mí me apetece volver a ver la pintura de Turner.
lunes, 6 de julio de 2026
Daniel C. Richardson, in memoriam
martes, 30 de junio de 2026
Americaneando (y 4): el German Village de Columbus
Salimos hoy para el German Village [Pueblo Alemán] de Columbus, un barrio construido en la primera mitad del siglo XIX por los muchísimos inmigrantes alemanes que se establecieron en la ciudad, y convertido hoy en un centro histórico y una de las más agradables zonas residenciales de la capital de Ohio. Al hacerlo, nos encontramos con un puesto de limonada en la calle, atendido por tres niños rubios y sonrientes. Los niños estadounidenses aprenden a ser amables con los vecinos, y de paso a ganar dinero, desde muy pequeños. Renée vive a una media hora en coche del German Village. Cuando llegamos, aparcamos frente a la iglesia de Saint Mary, el principal templo de la comunidad originaria alemana y hoy del barrio, construida en 1868 y adornada con una espléndida aguja de sesenta metros de altura en 1893. Por desgracia, muchas iglesias, como esta de Saint Mary, solo abren para las misas y no pueden visitarse salvo que se esté dispuesto a rezar. Como no es mi caso ni el de Renée, nos resignamos a admirar el airoso templo solo por fuera. El German Village se compone de espléndidas casas de ladrillo rojo, en muchos casos erigidas entre 1860 y 1890 y hoy felizmente restauradas, con plaquitas que informan de sus propietarios anteriores y de las vicisitudes por las que han pasado hasta llegar a su estado actual. En las ventanas y terrazas, así como en las aceras, la vegetación roza lo exuberante: predominan los narcisos, esa flor amarilla y tan inglesa, pese a ser este un vecindario alemán (Wordsworth la cantó en su célebre poema “I Wandered Alone as a Cloud”: “... my heart with pleasure fills, / And dances with the daffodils” [Vagaba como una nube solitaria: ... mi corazón se hinche de placer / y baila con los narcisos]) y las hortensias, grandes pomos blancos en matas de un verde voraz. Ambas, y muchas otras que pintan de colores el aire, lo impregnan también de un aroma acariciante y manso, que saboreamos mientras recorremos las calles, casi vacías. Mezclado con él, reconocemos el olor a carne asada —sería coherente que fuese de salchichas— que sale de algunas casas: la gente está preparando la cena, que es la comida importante en los Estados Unidos, aunque se hace a nuestra hora de la merienda. Pero esta fragancia, si bien le da color local, también enturbia de prosaísmo el lugar, y preferimos ignorarla. Amparados en la espesa vegetación del barrio, abundan asimismo los animales: vemos conejos en los jardines, que no huyen de nosotros cuando los avistamos: están acostumbrados a la presencia humana; y multitud de luciérnagas iluminan los setos y arriates: encienden apenas un segundo el abdomen y luego se apagan, sin dejar de volar. Una señora, en fin, pasea a un gato, atado a una correa, y nos sonríe al pasar (la señora, no el gato). Al minino, en cambio, no sabemos si contabilizarlo entre la fauna del lugar. Otra cosa que menudea son las banderas, y no solo las estadounidenses a la entrada de las casas (aunque aquí no hay tantas como en otras partes del país: quienes las cuelgan suelen ser republicanos, y este es un barrio, y una ciudad, demócrata), sino también las alemanas, las suizas, las británicas y hasta una ucraniana. Ondean, asimismo, muchas banderas arcoirisadas: en el German Village no hay locales de ambiente, pero sí una nutrida comunidad homosexual, otro rasgo del carácter liberal de la ciudad. En una de estas casas adornadas con una enseña lgtbiqa+ (el signo + ha venido a poner fin, alabado sea el Hacedor, a la fonéticamente atormentada prolongación del acrónimo) leemos: “Love always wins”, traducción al inglés del “Omnia vincit Amor” de la égloga X de las Bucólicas de Virgilio. Y en otra suscribimos en silencio, pero con íntimo entusiasmo, lo que dice el letrero que han colgado en una ventana, una frase de la juez del Tribunal Supremo Ruth Bader Ginsburg, la primera mujer judía en formar parte del alto Tribunal: “Dissent is patriotic” [disentir es patriótico]. Por las calles del German Village, algunas de las cuales conservan todavía nombres alemanes —Frankfort, Schiller, Kossuth, Jaeger—, vemos también muchos coches caros y una costumbre curiosa: Amazon y otras plataformas de comercio electrónico dejan los paquetes a la puerta de las casas si no hay nadie para recibirlos. Y allí pueden pasarse esos bultos todo el día, hasta que el dueño vuelva de trabajar, al alcance de cualquiera que les eche mano. Nadie parece tener miedo de que les roben las compras. Andando, andando, llegamos al restaurante Barcelona. Porque en el German Village hay un restaurante Barcelona, cuya fachada adornan seis banderas: la estadounidense, la española, la de Ohio, la de Barcelona, la de Columbus y la lgtbiqa+. Observo que la de Columbus, que incorpora los colores de la bandera española (y catalana), el rojo y el amarillo, además del blanco, incluye también un barco cuya vela mayor luce la cruz de Santiago y un gallardete, de nuevo, rojigualdo. Así pues, aquí no han eliminado los símbolos colombinos, y es de agradecer también, por rigor histórico, que los colores de la enseña no sean el rojo, el verde y el blanco, propios de la bandera italiana. Miramos la carta del Barcelona, con la vaga esperanza de que nos seduzca para comer, pero el resultado es el contrario: tienen ajoblanco, uno de mis platos favoritos, pero nos disuade que ofrezcan cuatro paellas distintas, todas con ingredientes tan estrafalarios como el chorizo o la morcilla. Los propietarios han caído en la tentación de reforzar el appeal hispano de la paella con algunos de los elementos que el norteamericano medio identifica singularmente con España, y puede que hayan logrado atraer a más público, pero lo que sin duda han conseguido ha sido ahuyentar a los españoles, aunque no vengan muchos por aquí. Seguimos nuestro paseo y llegamos a uno de los centros comunitarios del barrio: el Book Loft [Desván de Libros], la librería que ocupa un edificio anterior a la Guerra Civil en la calle principal, South Third Street, y que lleva en funcionamiento desde 1977. Es un monstruo (al que se accede, no obstante, por un muy tupido y agradable jardín): alberga 500.000 volúmenes (que aumenta a un millón en Navidad) en treinta y dos salas, dispuestas laberínticamente a lo largo de un entramado de angostos pasillos, en varios pisos. Renée y yo paseamos por la mayoría de las habitaciones, sorprendidos por la cantidad de libros y la estrechez de todo, y le dedicamos una atención especial a la poesía, pero no compramos nada. Si sigo llenándola de libros, no podré ni levantar del suelo la maleta con la que tengo que volver a España. Nuestra parada final es el parque Schiller, otro de los ejes del German Village, construido en 1867 y presidido, como su nombre hace prever, por una enorme estatua del poeta alemán, de casi ocho metros de altura y más de una tonelada de peso, forjada en Múnich y regalada a la ciudad de Columbus en 1891. El parque, y todo el barrio, vivieron unas décadas de prosperidad entre finales del siglo pasado y el estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero con este, y con el del sentimiento antialemán que propició, la comunidad se vino abajo. Se prohibió enseñar alemán en las escuelas, se cambió el nombre de las calles —el propio parque Schiller pasó a llamarse Parque Washington—, se hicieron autos de fe con los libros alemanes —algunos, a los mismos pies de la estatua del poeta que ahora contemplamos— y hasta se les arrebataron los perros de raza alemana a sus dueños, incluidos los simpáticos perros salchicha, y se los exterminó. Los cuerpos de los animales fueron arrojados a una fosa en el parque. A este explosión de furor nacionalista, que truncó el crecimiento del barrio, siguió la Ley Seca, que hirió de muerte a las destilerías y cervecerías fundadas por los alemanes, y, después, una nueva Guerra Mundial, con su correspondiente odio por lo germano. En este conflicto, se confiscaron los camiones y hasta las verjas de hierro de las casas para contribuir al esfuerzo de guerra. El German Village quedó prácticamente arrasado hasta que a principios de los sesenta empezó a recuperarse, gracias a la clarividencia de algunos inversores, como Frank Fetch, que se dieron cuenta del potencial que todavía atesoraba. La recuperación ha llegado hasta hoy mismo, como demuestra el hermosísimo parque Schiller por el que seguimos paseando. Atravesamos el Jardín de Grace, en cuyo centro se alza la Niña del Paraguas, que me recuerda, aunque esta sea mucha más joven, a la Dama del Paraguas de Barcelona. Antes, su lugar lo ocupaba una estatua de Hebe, la diosa griega de la juventud, pero algún desaprensivo la robó en los cincuenta (¿qué habrá hecho con ella? ¿Vendérsela a algún coleccionista? ¿Ponerla en el salón de casa?). Para sustituirla, se erigió en 1996 esta delicada figura, de las varillas de cuyo paraguas mana el agua que alimenta el estanque en el que se alza. Mientras estoy mirándola, un joven con aspecto de indigente, pero no demasiado, sentado en un banco y fumando, al lado de otro hobo moderado, en una silla de ruedas, me pregunta si jugaba al baloncesto en el instituto. Le respondo que sí, pero que era muy malo. Luego quiere saber cuánto mido —seis pies con tres, le traduzco—, si aún trabajo —“ya no, por suerte”— y si me han operado de las rodillas —“tampoco, también por suerte”— (aunque, cuando escribo esto, me ha aparecido un principio de artrosis en la izquierda; Renée me explicó que se ha vuelto muy normal en los Estados Unidos ponerse rodillas nuevas cuando se alcanza una cierta edad). El hombre se admira entonces de mi aspecto y mi aparente salud, y yo, que había eludido cuanto había podido la conversación, como siempre hago con los desconocidos que me abordan, me siento un poco avergonzado por sus halagos y por haberme mostrado tan indiferente. Me reúno de nuevo con Renée y continuamos nuestro paseo por el parque, que nos lleva a otro grupo escultórico, de remeros suspendidos en el aire, por encima de otra balsa, del artista polaco Jerzy Kedziora. Para llegar hasta allí, hemos de cruzar un puentecito junto al que pasa la tarde una bandada de ocas, algunas de las cuales picotean en la hierba. Son muchas y tienen polluelos. Parecen tranquilas, casi somnolientas, pero Renée acelera el paso: “Pueden ser muy antipáticas”. Tiene razón: en mi penúltima visita a Madrid, vi en el Jardín de Cecilio Rodríguez, en el Retiro, cómo uno de los muchos pavos reales que deambulaban por allí atacaba a un hombre por razones que solo él conocía (el pavo real, no el hombre). Y lo hacía con violencia faisánida, saltando con fuerza y apuntando, con mala intención, me pareció, a los huevos. El hombre, comprensiblemente alarmado, se defendió con un par de coces que disuadieron al galliforme de continuar con la acometida. Así que le hago caso a Renée y yo también acelero. Superada la intranquilidad que nos inspiraban las ocas, desembocamos en el anfiteatro del parque, donde el Teatro de Actores de Columbus representa gratuitamente, en los meses de verano, obras de Shakespeare. Ahora mismo están interpretando La fierecilla domada, con gran asistencia de público, que se trae la cesta de pícnic y cena en la hierba, o una silla plegable para ver cómodamente el espectáculo. Nosotros seguimos alguna escena (yo, con dificultad: siempre me ha resultado difícil entender el lenguaje shakespeariano), pero, cuando advertimos que la luz se desvanece, volvemos a casa. A Renée no le gusta conducir de noche, ni a mí tampoco. Los niños del puesto de limonadas ya se habrán recogido, pero, si no fuera así, les compraría con gusto un buen vaso.
miércoles, 24 de junio de 2026
Americaneando (3): El USS Cod
A diferencia de Jacinto Antón, yo no he subido nunca a un submarino (es curioso que se diga “subir a un submarino”, cuando el propósito de un submarino es siempre bajar). Lo hago por primera vez en Cleveland, en uno de cuyos muelles —Cleveland se encuentra a la orilla del Erie, uno de los Grandes Lagos, tan grande que parece un mar— lleva cincuenta años atracado el USS Cod, entre el Salón de la Fama del Rock & Roll y el aeropuerto de la ciudad. Antes de montarnos en el gigantesco ingenio —el USS Cod parece antes un buque de guerra que un sumergible: los submarinos estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial no tenían potencia para estar mucho tiempo sumergidos y pasaban mucho más en la superficie que debajo del agua; por eso también estaban fuertemente artillados en cubierta—, vemos una placa en honor de los 2.400 norteamericanos muertos en el ataque japonés a Pearl Harbor y una hélice dorada de cinco palas —muy parecida a las que usaba el USS Cod para propulsarse— en recuerdo de los 3.900 marinos que han muerto prestando servicios en los submarinos de la Marina estadounidense desde 1900. Los estadounidenses son muy de homenajear a sus muertos, y hacen muy bien, qué caramba, aunque no todas las guerras en las que han participado hayan sido justas, e incluso algunas, profundamente injustas. También hay un periscopio (por cuyos ojos, a los que turísticamente nos asomamos, no se ve nada) y un torpedo, adornado por uno de los símbolos del submarino, muy poco halagüeño por sus destinatarios: un torpedo atravesando una calavera. Se trata del proyectil más utilizado por los sumergibles estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Nos alegra saber que la cabeza del artefacto es de fogueo. Queda descartado así el peligro de que un niño desatendido le dé un balonazo y nos mande a todos a reunirnos con los hijos del Sol Naciente que descansan ya en el mar por obra de los que lanzara, hace ochenta años, el submarino que se despliega ante nosotros. Que, por cierto, fueron muchos. El USS Cod hundió, en los dos años de guerra en los que participó —había sido botado en 1943—, veintiséis buques japoneses, entre mercantes y barcos de guerra —uno de ellos, el orgulloso destructor Karukaya—, y dos sampanes tailandeses. Al final de la Guerra, y dado que la marina imperial había sufrido grandes pérdidas, los japoneses tuvieron que recurrir a las flotillas tailandesas —el reino de Siam fue la única nación asiática aliada del Trono del Crisantemo— y vietnamitas para aprovisionar a las islas del Pacífico que todavía estaban bajo su control. Tras el prólogo en tierra, montamos en el submarino, y lo primero que vemos es un operario trabajando en la cubierta y dos limpiadores abrillantándolo. El USS Cod es un enorme (y feroz) bacalao —eso significa su nombre— que aún está vivo. Se salvó del desguace en 1976, y aquí sigue, para deleite de curiosos y turistas. Pero requiere un mantenimiento constante. Los hombres trabajan en su estructura con dedicación patriótica, y nosotros agradecemos su esfuerzo. También se monta, casi al mismo tiempo que nosotros, una familia oriental, con dos niños pequeños, que lo mira todo con sonriente curiosidad. Aunque no lo sabemos, suponemos que no son japoneses. Si lo fueran, nos parecería desagradablemente morboso. En la cubierta, destaca un cañón 7-Tom de cinco pulgadas donde cumplo uno de mis sueños de infancia: sentarme en uno de sus taburetes metálicos —aunque lo de sentarme es más una intención que una realidad, porque apenas quepo en él, y lo de taburete es una solución léxica mía de urgencia: seguro que el aparejo tiene un nombre preciso que yo, en mi infinita ignorancia, desconozco— y hacer girar las ruedas que orientaban la torreta al blanco. El mecanismo todavía funciona, aunque, por más que le doy al disparador, no dispara nada. Es decepcionante. En la cubierta hay más armas: dos cañones antiaéreos a los que no se puede acceder y que apuntan todavía al cielo, como si aún esperaran que apareciesen entre las nubes los temibles zeros nipones o los aún más escalofriantes kamikazes. Entramos por fin en el submarino. Renée ha de vencer para ello cierta claustrofobia, y yo, las dificultades que me plantea la pequeñez de todo. El USS es muy grande, pero el espacio interior resulta exiguo, sobre todo para alguien de mis dimensiones: subir y bajar por unas escalerillas estrechísimas y pasar por unas puertas que parecen hechas para hobbits, me obliga a contorsiones casi circenses. A lo que he de sumar los problemas de mi rodilla izquierda, en la que ha aparecido, regalo de la edad, un osteofito, esto es, un cuerno óseo, que se me clava en el tendón rotuliano y me hace daño. Así pues, la visita al USS Cod también es un desafío físico. La primera sala que vemos es la de torpedos. Hay una en cada extremo del submarino, con seis tubos lanzatorpedos la delantera y cuatro la trasera. Lo más sorprendente del lugar es que encima de los tubos, y en los múltiples rincones, se disponen literas: contamos quince. Había que aprovechar el espacio al máximo para acomodar a los hasta noventa y nueve marinos que viajaban en el sumergible, y cualquier agujero era bueno para embutir a uno. Pero es que, además, la tripulación prefería dormir aquí a hacerlo en los dormitorios propiamente dichos: esta parte era más fresca y silenciosa. En la sala hay un retrete y, fuera, una ducha y la cocina. Pese a la cortedad de los medios con los que se contaba en un submarino, la marinería de esta arma, compuesta por voluntarios, era la que mejor comía de toda la US Navy, además de cobrar un 50% más de sueldo y disfrutar de permisos más largos: premios con los que se compensaba el sufrimiento de permanecer semanas embarcado en un cacharro asfixiante, viviendo en miniatura, lejos de todo y permanentemente amenazado por las cargas de profundidad de los barcos y las bombas de los aviones enemigos. En el comedor del aparato encontramos hasta una máquina de helados, aunque el insólito aparato debía de consolar poco a los marinos: debajo de las mesas se almacenaba la munición del submarino. Tampoco nos los imaginamos lamiendo un cucurucho en un zafarrancho de combate o mientras se manipulan los explosivos del batiscafo. La visita continúa en la sección de oficiales, con cabinas para tres y su propio comedor, minúsculo; en la habitación del capitán, que es, en rigor, un zulo, pero que, comparada con las demás dependencias del barco, parece una suite del Hilton; en la oficina, porque la burocracia está en todas partes y también aquí, en la que advertimos una caja fuerte y hasta una pequeña biblioteca, entre cuyos ejemplares distingo un libro de Robert Penn Waren, el celebrado autor de Todos los hombres del rey; y en la sala de control y de comunicaciones, desde la que se dirigía el buque, iluminada por una luz roja moderadamente tenebrosa (o prostibularia). Desde allí se sube al centro de ataque, en un nivel superior —desde el que se manejan los dos periscopios del submarino—, pero al que no se permite acceder a los visitantes: nos limitamos a entreverlo por una angosta puerta. Desfilamos después por las más técnicas y escabrosas salas de motores y de maniobras, aunque siempre acompañados por la música hawaiana que se supone escuchaban los embarcados en los años 40 y con la que ahora los responsables del barco amenizan nuestra visita. La ventilación de todos estos lugares se confiaba, solo podía confiarse a unos omnipresentes ventiladores, que luchaban contra el calor pegajoso que generaban los motores (cuatro, diésel, de 1.600 caballos de potencia cada uno, más cuatro generadores eléctricos de 1.100 kilovatios), el hermetismo y las pieles. En otro toilet del submarino (da escalofríos pensar en lo que suponía que casi cien hombres solo dispusieran, durante semanas, de dos letrinas) vemos que, junto al inodoro —llamémosle así—, hay algunos ejemplares de la revista Life para hacer más llevadera la deposición, al igual que en el comedor hemos visto algunos calendarios con pin-ups de la época. Lo entendemos: se trataba de que los marinos se sintieran como en casa. El recorrido acaba en la sala de torpedos trasera, donde se produjo la única desgracia del USS Cod en toda la guerra. Si bien fue atacado en varias ocasiones con cargas de profundidad, solo sufrió daños materiales (los marinos se quedaban entonces con trozos del metal fracturado por las cargas como suvenir). Pero en abril de 1945, cuando la guerra estaba muy cerca de terminar, se produjo aquí un incendio, durante cuya extinción dos hombres cayeron al agua. Uno fue recuperado, pero el otro, Andrew G. Johnson, se perdió en el mar. Fue la única víctima del conflicto, y en el submarino se le homenajea con una gran fotografía y el relato de su sacrificio. También coincidiendo con el fin del conflicto se produjo la mayor hazaña del USS Cod, si descontamos el hundimiento del Karukaya. Consistió en rescatar a los cincuenta y cinco tripulantes del submarino holandés O-19, que había encallado en un arrecife en aguas enemigas, y devolverlos a todos, sanos y salvos, a tierra. Tardaron tres días en hacerlo, durante los cuales hubo 152 marineros a bordo del USS Cod. No nos imaginamos a tanta gente compartiendo este espacio. Ni usando solo dos baños. El rescate de los holandeses explica que en el muelle hayamos visto una bandera holandesa; que en el interior del buque cuelgue una foto de la reina entonces de los Países Bajos, Guillermina; y que, en fin, en el escudo del submarino, impreso en el casco, figure una copa de martini, con la que se recuerda el fiestón que les dieron los holandeses a los americanos para agradecerles seguir vivos, durante el cual, por cierto, les llegó a todos la noticia, tras los hongos apocalípticos de Hiroshima y Nagasaki, de la rendición del Japón. Cuando Renée y yo salimos de nuevo al exterior, nos vivifica la luminosa brisa del lago Erie. Pero, aunque no hubiera soplado una sola ráfaga de viento, nos habríamos sentido igualmente reanimados. La vida bajo el agua no está hecha para los seres humanos.
miércoles, 17 de junio de 2026
Americaneando (2): la casa natal de Walt Whitman
Cumplo hoy un sueño de muchos años: conocer la casa donde nació Walt Whitman. En mis últimas estancias en Nueva York, siempre he querido hacerlo, pero nunca me ha sido posible, por una razón u otra. Ha contribuido no poco a ello que esté lejos de Manhattan. Se encuentra en West Hills, un pueblo perteneciente al municipio de Huntington, en Long Island, a casi ochenta quilómetros de donde nos alojamos, en el Bronx. Aunque Nueva York fue la ciudad en la que vivió buena parte de su vida, de la que estuvo enamorado siempre y a la que hizo protagonista de muchos de los poemas de Hojas de hierba, Whitman ni nació ni murió en ella. Para llegar a la casa, hemos decidido alquilar un Uber. Ir hasta Huntington en transporte público constituye una aventura épica, casi tanto como el propio Hojas de hierba: se necesitan varias horas y varios viajes en metro y autobús para llegar. Lo conduce una mujer silenciosa, que apenas pronuncia unas palabras, cuando subimos al coche, para recordarnos que debemos abrocharnos el cinturón. Luego cae en un mutismo absoluto. En varios puntos del interior del vehículo hay adhesivos que nos informan de que in car camera recording, esto es, que nos están grabando. Tanto Renée como yo dudamos de que sea legal, pero no protestamos. Ambos sabemos que no vamos a cometer ningún desaguisado, así que aceptamos las reglas establecidas por la mujer y nos dedicamos, también en silencio, a contemplar el paisaje de Long Island, empezando por el skyline de la Gran Manzana (aborrezco este nombre, que me suena a lema turístico, pero voy a utilizarlo, por mor del estilo, para no repetir demasiado "Nueva York"), que aparece, cuando cruzamos el Throgs Nest Bridge —el más moderno puente sobre el río Este, que conecta el Bronx con el noroeste de Queens—, como unos espectaculares dientes de sierra, de un gris brillante, pero también nebuloso. Luego nos sumimos en el previsible tráfico de la isla —Long Island está permanentemente atravesado por cientos de miles de coches que circulan en ambas direcciones— hasta que nuestra conductora afásica nos deja, cuarenta y cinco minutos más tarde, en la puerta del Walt Whitman Birthplace. State Historic Site. Interpretative Center, en una de cuyas fachadas luce este verso del poeta: "Stop this day and night with me and you shall possess the origin of all poems..." (Detén este día y esta noche conmigo y poseerás el origen de todos los poemas). Nos recibe al entrar uno de los dos empleados que atienden a los visitantes, una sonriente joven. Vemos en primer lugar una vitrina con una serie de monedas antiguas, entre ellas, destacada, una española, de dos reales, con la augusta aunque un poco desgastada cabeza de Carlos III. En tiempos de Whitman, nacido en 1819, todavía circulaban por el país monedas extranjeras con valor legal, una de las cuales era la española de dos reales. Aunque no fue esta la más importante para la economía estadounidense, sino el real de a ocho —el peso duro o peso español—, que los británicos llamaban el Spanish dollar y que llegó a ser, entre 1785 y 1792, la moneda oficial del país. Incluso tras la creación del dólar, el real de a ocho siguió circulando legalmente hasta 1857, cuando Whitman tenía ya treinta y ocho años. En el centro de interpretación se despliega después una extensa exposición sobre los principales hechos de la vida de Whitman, aunque no tanto sobre su poesía y, en general, su obra, que también incluye la prosa literaria y los artículos periodísticos; de hecho, eso es lo que fue toda su vida, aun después de su consagración como poeta: periodista. (Lo que le habría fastidiado mucho a otro gran poeta, Luis Cernuda, que, cuando quería insultar a alguien, le gritaba: "¡Periodista!"). La chica que nos acompaña hace mucho hincapié en los aspectos, digamos, menos convencionales de la biografía de Whitman. Por ejemplo, que era gay. Es algo sabido desde hace mucho (de hecho, desde que Hojas de hierba se publicó en 1855: las alusiones homoeróticas escandalizaron a muchos de sus contemporáneos, que eran decimonónicos, pero no tontos), pero hasta hace relativamente poco aún se disimulaba bajo alguna duda o inseguridad: "No está totalmente acreditado, pero parece ser que..."; o bien "muy probablemente lo era, aunque no está del todo claro..."; cosas así. Nuestra acompañante lo da por sentado, lo que cuadra con la información que nos ofrecen las cartelas de la exposición, que subrayan esa condición homosexual. En algún lugar del recinto luce también una banderita LGTBI. Y, en otro, nuestra acompañante nos enseña la que ella llama "foto de matrimonio", una, bien conocida, en la que Whitman y Peter Doyle, frente a frente, se miran como dos cónyuges enamorados. Doyle fue uno de los muchos amantes de Whitman, quizá con el que mantuvo una relación más intensa y dilatada, aunque las diferencias entre ambos fuesen notables: en 1865, cuando se conocieron, el poeta era ya un escritor reputado, pero Doyle, un veterano de la Confederación (de cuyo ejército, no obstante, había acabado desertando), era casi analfabeto y conductor de tranvía. En el tranvía se conocieron una noche de tormenta: Walt, envuelto en una manta, se subió al que conducía Peter y este, que lo vio solo y aterido (no había nadie más en el vagón) decidió entrar y darle calor. "Nos sentimos cómodos al instante", dejó dicho Doyle años más tarde; "le puse la mano en la rodilla; nos entendimos. No se bajó al final del viaje; de hecho, regresó conmigo. (...) Desde entonces fuimos los mejores amigos...". Nuestra cordial acompañante subraya también otra foto, de entre las muchas que se exponen aquí (Whitman fue el primer autor realmente consciente de la importancia de la publicidad para la difusión y conocimiento de la obra literaria, y un hacha llevándola a cabo): esa en la que el poeta, ya mayor, adornado de una profusa barba blanca, mira a una mariposa que se le ha posado en la mano, como si fuese la reencarnación de Orfeo, aquel a cuyos labios dulcísimos acudían las abejas y que amansaba a las fieras con su música. Tras la muerte de Walt, se descubrió entre sus cosas la mariposa recortada de cartón y coloreada que se había atado al dedo para hacer la foto. Releva a la joven el segundo empleado del centro, encargado de guiarnos por la casa de Whitman. Pero antes nos da a escuchar la que se cree es la única grabación de la voz de Whitman, leyendo uno de los poemas de Hojas de hierba, uno muy breve, titulado "América". Yo ya lo he escuchado muchas veces: consta en el archivo sonoro de los Whitman Archives, donde se conserva todo el material conocido de y sobre la vida y obra de Whitman, y permite conocer la voz grave y la recitación ampulosa, característica de la época, del gran bardo. Edison, el inventor del fonógrafo, realizó la grabación. La primera vez que oí a Whitman, sentí como si Jesucristo se me hubiera aparecido. A mi pregunta de si se está seguro de que se trate de la voz de Whitman, que le hago aun sabiendo la respuesta, el joven responde que no al cien por cien, pero sí al noventa y pico por cien. Los expertos que han analizado el registro detectan en la dicción del poeta rasgos fonológicos de la Nueva York de mediados del siglo XIX y, por otra parte, añade, es razonable pensar que, si no fuese Whitman el que recitara, el poema elegido habría sido otro, más conocido, más importante, no este "América" breve y más que secundario en su obra, cuya uso se explicaría por tratarse la grabación de una prueba, de un experimento con algo recién creado, que Edison hacía recorriendo el país y entrevistando a sus figuras políticas y literarias más destacadas. Cruzamos luego la breve extensión de hierba que nos separa de la casa de Whitman. Tardamos poco en hacerlo, aunque lo suficiente para que el guía descubra que soy español y se nos revele como un verdadero amante de las palabras y de su etimología. Por ejemplo, nos confiesa lo hilarante que le resulta que España signifique originalmente "tierra de conejos" y parece por completo indiferente a la posibilidad de que a mí esto no me parezca cómico. Entramos por fin en la casa del poeta, construida por su padre, y en la que Whitman vivió los primeros cuatro años de su vida. Luego la familia, siempre acuciada por los problemas económicos derivados de las decisiones equivocadas de su padre, que no era precisamente un lince de los negocios, se trasladó a Brooklyn, donde pasó el resto de su infancia y su primera juventud. La casa, a cuyo lado hay un cobertizo, es de madera rojiza y, aunque está muy restaurada, conserva la estructura, la distribución y bastantes elementos constructivos originales. El suelo y los muebles, no obstante, no lo son, aunque los segundos sí corresponden a la época en la que Whitman vivió aquí. Las habitaciones son pequeñas, aunque luminosas. Me emociona ver el cuarto en el que naciera el poeta y las camas en las que pudo haber dormido. El guía nos explica que los somieres eran entonces de cuerdas entrelazadas y que, para que le sostuvieran mejor a uno y, por lo tanto, durmiera mejor, había que tensarlas con una suerte de torniquete, y que de ahí viene la singular expresión en inglés "to sleep tight", que debe traducirse por "que duermas bien", pero que literalmente significa "dormir apretado/ajustado". El joven nos demuestra, una vez más, su pasión por las palabras. Y no será la última, porque en otro dormitorio de la casa nos enseña un orinal y nos cuenta que el singular aparato lo inventó en 1870 un artesano inglés llamado Thomas Crapper, cuyo apellido significa "cagador", "que caga". En realidad, el orinal se remonta a la antigua Grecia —se han encontrado algunos del siglo VI a. C.— y en España existen desde la Edad Media, como mínimo; yo he llegado a utilizarlos. A lo que se refiere el joven es al inodoro sanitario, con descarga, que sí fue creación de Crapper, un fontanero avispado que hizo del hallazgo un negocio. Nuestro vehemente etimólogo aficionado y algo errático nos señala entonces un brasero y nos pregunta si sabemos para qué servía. Yo le respondo que lo sé muy bien desde que, de niño, veía utilizar a mi abuela uno muy parecido para calentar la cama, lo que parece causarle alguna decepción. Acabado el tour, nos hacemos unas fotos junto a una estatua del poeta, de tamaño natural, que se encuentra en el patio, con una inscripción a los pies en la que se leen unas palabras del lider budista japonés Daisaku Ikeda: "Whitman, my sun. Light my way. Shine on forever" (Whitman, sol mío. Ilumina mi camino. Brilla para siempre), y en la que Walt aparece con la mano alzada (aunque sin mariposa), sombrero, bastón y leontina, y volvemos al centro de interpretación, donde conocemos a la curadora del lugar, una señora mayor y diríase que cansada, o quizá enferma, que nos permite acceder a una sala no visitable en la que se celebran reuniones y se conserva la biblioteca del centro. Yo espero encontrar miles de volúmenes sobre Whitman, pero solo damos con una vitrina no muy grande y algunos estantes, asimismo exiguos, con un par de centenares de libros y revistas. La señora nos abre reverencialmente la vitrina, donde se conservan los ejemplares más valiosos. Veo que muchos de esos volúmenes que suscitan la admiración de la curadora no tienen demasiada enjundia. Distingo, por ejemplo, una antología poética de Santos Chocano, el poeta peruano que quiso ser (sin conseguirlo) el Whitman del Sur, en Austral, que, bajo la atenta mirada de la dama, me siento en la obligación de manejar como si fuese un palimpsesto egipcio, y también hojeo la primera edición de la que ha sido durante muchos años la traducción de referencia de Hojas de hierba, la del musicólogo ecuatoriano Francisco Alexander, de 1953. La joven que nos ha enseñado el centro, y que monta guardia junto a la vitrina, nos informa de que no tienen ningún ejemplar de la primera edición de Hojas de hierba ni apenas objetos personales de Whitman, aunque sí la Biblia de la familia, anotada. Pero no se expone al público, por razones que no aclara. También se encuentra en la vitrina, junto a los libros, un tintero ceremonial del poeta. Y yo, siempre que veo un objeto que haya pertenecido a un autor admirado, veo sus dedos tocándolo, o sosteniendo la pluma que mojara en él: la piel viva, regada por sangre verdadera, que diera existencia a aquellas cosas hoy muertas. Nuestra última parada es la tienda del cento, que, como la biblioteca, no parece muy surtida de género. Veo varios títulos que tratan de la homosexualidad de Whitman o de su época (o de la actual). Cuando Renée le pregunta al guía, que ahora se ocupa de la recepción, si son gratis unos puntos de libro que se apilan entre los libros, nos responde que cuestan dos dólares. No nos llevamos ninguno.