domingo, 5 de diciembre de 2021

Ventajas e inconvenientes del suicidio

                          No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y ese es el suicidio.
ALBERT CAMUS, El mito de Sísifo

VENTAJAS

No tendría que coger un tren abarrotado todas las mañanas para ir a trabajar.

No tendría que ir a trabajar.

No contaría, desde la cama, los grumos de oscuridad que me asedian por la noche, ni los vería sonreírme, como polillas enormes. 

No sentiría la oscuridad mordiéndome los dedos de los pies y subiéndome por el espinazo hasta estallar dentro, donde los pulmones.

No vería cómo los cuerpos de las personas que me rodean se pudren.

No tendría que ir a la farmacia a comprar los medicamentos que impiden que se pudra el mío.

No tendría que esperar a que me dieran mesa en un restaurante.

No sentiría la levedad deshacerme los huesos, obstruirme la tráquea, arrancarme los testículos.

No pasaría los días sentado frente a la nada.

No sufriría por no haber escrito un poema en mucho tiempo.

No escribiría poemas.

No me dolería recordar a quienes han muerto.

No tendría que ir al dentista, ni quitar el polvo de los libros, ni soportar que se llenen de ronchas de óxido los espejos.

No conviviría con la idiotez.

No tendría que pasar la ITV del coche.

No tendría que oír las escalas que el vecino del primero practica implacablemente al piano.

No vería cómo se me mueren las plantas.

No tendría que comer solo en Navidad y cenar, también solo, en Nochevieja. 

No me dejaría medio sueldo en algo tan frágil y perecedero como los libros.

No tendría que ir a hacer pesas a un gimnasio ruinoso.

No tendría que desatascar el váter.

Nadie volvería a decirme nunca que no.

No añoraría a quien me repudia.

No necesitaría hablarle a la cajera del supermercado porque llevase días sin hacerlo con nadie.

No sentiría el tiempo perderse por el desagüe de los días. 

No se me estropearía la lavadora, ni la impresora se quedaría sin tinta cuando estuviera imprimiendo un documento importante.

No tendría que cargar con un pene indolente, reacio a la refriega.

No me cruzaría con la odiosa vecina del quinto, que, además, es feísima.

No me decepcionaría releer libros que me entusiasmaron la primera vez que los leí.

No tendría que planificar, al levantarme, en qué voy a ocupar la jornada, ni salir a pasear para desentumecer un cuerpo baldado por la inactividad.

No pensaría en la muerte, ni tendría miedo a morir.

No tendría que sonreír cuando no quisiera sonreír, ni llorar cuando se esperase de mí que llorase.

No sufriría atroces calambres en la cama.

Se extinguiría la incertidumbre.

No tendría que privarme de la tarta sacher, de la morcilla de Burgos, de las patatas bravas.

No sentiría las horas echárseme encima, despacio, como un manto de lava y vacío.

No evitaría mirar fotos para ahorrarme la tristeza.

No pagaría impuestos.

No sería cruel, ni mentiría, ni manejaría por interés a mis semejantes, ni me mostraría indiferente a su sufrimiento.

No tendría que afeitarme.

No me preguntaría por qué hay que vivir, para qué hay que vivir.

No tendría que ser educado; no tendría que agradar.

No me preguntaría quién es ese, cansado, arrugado, que me mira desde el espejo, o que camina a mi lado, o dentro de mí.

No envejecería.

No tendría que negociar nada con nadie; no habría de transigir.

No sentiría envidia.

Tampoco el peso del yo: su espesor ominoso, su gruesa tiniebla, su despótico imperio.

No tendría que hacer trámites digitales, ni despachar con robots telefónicos.

No creería que nada existe, que todo pasa: que la realidad se consuma y desaparece en el mismo instante en el que sucede. 

Dejaría de tener esperanza, esa mala puta.

INCONVENIENTES

Elegir la forma de hacerlo: cortarse las venas lo deja todo perdido, y no quisiera poner a mis hijos en el brete de recoger con una fregona la sangre de su padre muerto; para dispararse en la boca o en la sien hace falta un arma de fuego que no tengo ni sabría cómo conseguir; ahorcarse requiere un soporte firme que no ceda a mi mucho peso («dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», dijo Arquímedes; dádmelo a mí y me acabaré para el mundo, digo yo) y del que mi piso carece (además, el estrangulamiento afloja los intestinos y produce erecciones post mortem, dos consecuencias desagradables que me gustaría ahorrar a forenses y allegados), aunque siempre podría colgarme de la reja de una ventana callejera, como hizo Nerval; arrojarse al vacío no asegura el resultado (y puede que conduzca a una situación mucho peor, en una silla de ruedas o lelo para siempre, que la que se pretendía evitar); hacerlo a las vías del tren es una descortesía para con los viajeros; e ingerir una sustancia letal exige un asesoramiento científico que no estoy seguro de lograr, ni de que me garantice un final óptimo, sin incertidumbre ni agonía. (Aunque siempre queden opciones más ingeniosas, como la de Virginia Woolf en el río Ouse: llenarse de piedras los bolsillos del abrigo y meterse en las aguas. Pero ¿en qué río haría eso? ¿En el Llobregat?). 

No tendría vacaciones; ni siquiera libraría los fines de semana.

Los ataúdes son muy estrechos: no podría rascarme la espalda, ni acomodarme la entrepierna, ni rebullir.

El silencio sería, de tan compacto, doloroso.

No vería cuerpos de mujer, ni álamos mecidos por el viento, ni atardeceres.

No leería a san Juan de la Cruz, ni a Marcel Proust, ni a Alejandra Pizarnik.

Nadie me diría nunca que sí.

No sentiría el calor de las sábanas las mañanas de invierno.

Serían imposibles el café con leche y el gin-tonic, el gorgonzola y el tête de moine.

No sentiría la satisfacción de haber escrito un poema, aunque fuese malo.

No podría ayudar a nadie.

No acariciaría pechos, ni lamería vulvas.

No me acompañaría el calor de establo que desprende el latido, la tibieza maternal de las cosas que nos arropan, la alegría animal de respirar.

No sentiría el pálido fulgor de la conciencia, aunque no estoy seguro de que esto sea un inconveniente.

Tampoco el consuelo de las palabras, que pueden ser inicuas, pero también sanadoras.

Sería pasto de los gusanos antes de tiempo.

Bajo tierra, hace frío.

Me envolvería la nada: me colmaría. (La nada sería tanta que ni esta frase sería cierta: no habría nada que envolver; yo ya no ostentaría la condición de algo que pudiera ser envuelto; la nada prevalecería, total, arrolladora en su inexistencia).

Nadie me diría «te quiero», aunque fuese mentira.

Nadie pronunciaría mi nombre.

Nadie vendría a visitarme, salvo, quizá, las escolopendras.

No podría ducharme.

No sentiría el placer del grafito del lápiz rasguñando el papel cuando escribo un verso.

No vería crecer las plantas.

No me encontraría con los amigos para tomar una cerveza y charlar un rato, mientras la tarde pasa.

No vería a mi madre, sin pelo ya, pero sonriendo, en el retrato que conservo de ella en el dormitorio.

No recordaría a las mujeres que he amado.

No escucharía los conciertos para oboe y violín de Albinoni, ni Kind of Blue, de Miles Davis.

No sabría qué ha sido de mis hijos.

No podría celebrar que hubiese justicia, alguna vez, en el mundo: por ejemplo, que Gadafi fuera linchado, o que Slobodan Praljak se suicidara al escuchar el veredicto en su contra del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, o que Franco fuese exhumado del obsceno monumento a su victoria.

No me preocuparía el destino de mi biblioteca tras mi muerte.


Me salen más ventajas que inconvenientes.


martes, 30 de noviembre de 2021

La recreación del mundo

Marie-René-Alexis Saint-Leger Leger, más conocido por su nom de plume, Saint-John Perse, tuvo, como todos los hombres, una vida claroscura. Pero, a diferencia de todos los hombres, él supo construir con esa penumbra —o no le quedó más remedio que hacerlo— una poesía deslumbrante, que da cuenta tanto de su tortuoso recorrido vital —aunque sin referencias biográficas, sin datos que aminoren la enjundia imaginativa de su relato— como del mundo, real y a la vez fantástico, en el que tuvo lugar.

Había nacido en 1887 en Pointe-à-Pitre, en la isla de Guadalupe, en el seno de una familia de terratenientes, rodeado de la exuberante naturaleza del Caribe. Pero la isla tembló —hubo un devastador seísmo en 1897— y la economía de la familia también, y el niño Alexis hubo de sufrir el primer exilio de su vida: la familia se radicó en Pau, en los Pirineos franceses, después de que la biblioteca familiar, tan querida, que trasladaban desde las Antillas se hundiese por accidente en el mar y solo le pudiera ser devuelta en forma de pasta de papel. Su padre murió pocos años después. Saint John-Perse se marchó entonces a París, ingresó en el Ministerio de Relaciones Exteriores, viajó por Asia —estuvo destinado en China de 1916 a 1921— y, ya regresado a Europa, participó activamente, como alto funcionario y luego secretario general del Ministerio, en la convulsa política europea de los años 20 y 30. Militó, por desgracia, a favor de la no intervención de Francia en la Guerra Civil española —aquella malhadada abstención condescendiente con el fascismo y letal para la República— y formó parte de la delegación francesa en la Conferencia de Múnich de 1938, donde Mussolini lo piropeó como al gran poeta que ya era —había publicado Anábasis en 1924—, pero Hitler gritó: «¿Quién es este martiniqués, este negro que se atreve a desafiarme?». Hitler se equivocaba doblemente: Perse ni era de la Martinica, sino de Guadalupe, ni negro. Pero qué orgullo que Hitler lo insultara a uno. Los nazis, no obstante, le hicieron pagar sus osadías y, cuando ocupan Francia, saquean su piso en París —cinco volúmenes manuscritos e inéditos se convierten en humo—, el gobierno títere de Vichy confisca todos sus bienes y lo priva de la nacionalidad francesa, y él, arruinado y apátrida, tiene que huir a Inglaterra, luego a Canadá y, por fin, a los Estados Unidos, donde se establecerá. Será su segundo y definitivo exilio, y de él nacerá uno de sus mejores poemarios: Exilio. En Washington sobrevive como asesor de la Biblioteca del Congreso, gracias a la mediación de su amigo, el también poeta Archibald MacLeish. Luego viaja por el país, tan anchuroso como China, como ya hiciera en Asia. En 1960 recibe el premio Nobel y muere en Francia en 1975.

Es significativo que su primer libro, Estampas para Crusoe, publicado en la Nouvelle Revue Française en 1909, invocase al protagonista de la novela de Defoe, alguien que reconstruyó la civilización, el mundo, en una isla desierta, con su ingenio y los magros medios que sobrevivieron a su naufragio. Porque lo mismo hará Perse con su poesía: rehacer el mundo, y cantar su reconstrucción, con la materia del lenguaje, eso que sobrevive, en cada uno de nosotros, al naufragio de la vida. Saint-John Perse, desde Estampas para Crusoe hasta Canto para un equinoccio, su último poemario, publicado en 1971, edifica el cosmos: reúne los infinitos paisajes de la naturaleza (Lluvias, Nieves, Vientos, Mares, Pájaros: así se titulan sucesivos poemarios suyos) y las desconcertantes aventuras de los hombres, en el azaroso serpentear de la historia (sus ciudades, sus mitos, sus civilizaciones, sus catástrofes), para comprender ese caos maravilloso y también luciferino, ese hogar y ese exilio: para someterlo al dominio del espíritu. Y lo hace desplegando unos vastísimos conocimientos de geología, de navegación, de astronomía, de botánica, que se suman a los que le proporciona haber pisado, en sus destierros y correrías, las tierras y los océanos del planeta. Los poemas de Perse son himnos euclidianos, ecuaciones jubilosas, saber que muda en asombro y alegría: «erudición sensible», como dijo José Antonio Gabriel y Galán, uno de los mejores traductores de Anábasis. Perse reúne el lirismo y la épica, la objetividad y la imaginación, la conciencia individual y la conciencia colectiva. Y practica la enumeración como pocos poetas lo han hecho: a la altura de Whitman, o incluso más allá, Perse teje sus poemas con montuosas acumulaciones de objetos, profesiones, sucesos o seres; acumulaciones que no son meros catálogos, sino delicados entramados de correspondencias. Nunca sabemos muy bien de qué nos está hablando Perse, pero sabemos con seguridad que es algo muy importante, que nos concierne esencialmente como seres humanos, como habitantes de la historia y del planeta. Saint-John Perse ha pasado a menudo por poeta hermético, pero, como él mismo dijo y recoge el encendido y a la vez analítico prólogo de Juan Carlos Mestre y Alexandra Domínguez, ils m’ont appelé l’obscur et j’habitais l’éclat: «Me llamaban el oscuro, pero yo habitaba el resplandor». Y eso mismo siente, no puede dejar de sentir, quien se acerca a su obra sin la estrechez del cíngulo racional: su forma, versicular, fluyente, exaltada, precisa, constituye el sentido. Sus imágenes, desligadas de ataduras chatamente inteligibles, se bastan para transmitir el alborozo y la confusión de la vida, el pasmo ante las realidades visibles y las invisibles, las luces y las sombras del hacer humano, la soledad que subyace tanto en el exilio como en el amor, las tinieblas del sol y la claridad de la noche. Y todo eso se capta sin más, sin asedios lógicos, desciframientos ni exégesis: por la mera exposición al poder alquímico de sus alegorías, al ritmo embriagador de su verbo. Los poemas de Perse no significan: son.

Saint-John Perse ha tenido siempre mucha suerte con sus traductores: Rilke, Eliot, Ungaretti, Octavio Paz, Walter Benjamin, Drummond de Andrade, Auden y Lezama Lima, entre otros grandes, han vertido su obra a casi todos los idiomas del mundo. En España, también ha recibido la atención de excelentes traductores, como José Antonio Gabriel y Galán, Manuel Álvarez Ortega —que publicó una amplia antología de su poesía, Pájaros y otros poemas, en 1976— y Enrique Moreno Castillo, responsable de unas también magníficas Poesías en 1988. La versión de Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre, probablemente el poeta más persiano de España, junto con Antonio Gamoneda, obra el prodigio de reproducir sin merma la sintaxis ramificante de Saint-John Perse, la prosodia hirviente de sus enumeraciones y su acusada dificultad léxica: la precisión insuperable del original requiere una exactitud equiparable en la traducción. Au grand bruit frais de l’autre rive, les forgerons sont maîtres de leurs feux ! Les claquements du fouet déchargent aux rues neuves des tombereaux de malheurs inéclos. Ô mules, nos ténèbres sous le sabre de cuivre ! quatre têtes rétives au noeud du poing font un vivant corymb sur l’azur, escribe Perse en el poema IV de Anábasis. Y traducen Mestre y Domínguez: «¡En el reciente estruendo de la otra orilla, los herreros son dueños de su lumbre! Los chasquidos del látigo descargan en las nuevas calles sus carretelas de latentes infortunios. ¡Oh mulas, nuestras tinieblas bajo el yatagán de cobre! cuatro cabezas reacias a las bridas del puño forman un floreciente corimbo en el azur».

La edición se completa con el discurso de aceptación del Premio Nobel, que Perse pronunció el 10 de diciembre de 1960, una pieza de altísima oratoria donde se dan razones como esta: «Mediante el pensamiento analógico y simbólico, mediante la iluminación remota de la imagen mediadora y a través del juego de sus correspondencias, en miles de reacciones en cadena y de inéditas asociaciones, por la gracia al fin de un lenguaje en el que se tramite la manifestación misma del ser, el poeta se inviste de otra realidad». Esta visión expansiva, y a la vez entrañada, define la poesía de Saint-John Perse. Y la realidad de la que habla es la que todos albergamos, sin conocerla.

[Este artículo, sobre Obra poética (1904-1974), de Saint-John Perse, con traducción y prólogo de Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2021), se publicó en Letras Libres, nº 235, abril de 2021, pág. 44-46]

jueves, 25 de noviembre de 2021

Dancing Vivaldi

Asisto hoy, en el teatro-auditorio de Sant Cugat —una instalación que no tiene nada que envidiar al Madison Square Garden de Nueva York—, a un espectáculo musical, Dancing Vivaldi, que le pone danza al concierto de Brandenburgo número 3 en sol mayor, BWV 1048, de Juan Sebastián Bach, y al Gloria RV589 en re mayor para coro, solistas y orquesta, de Antonio Vivaldi. No me ha hecho falta mucho para decidirme: Vivaldi es mi compositor favorito y ver las obras que le he escuchado tantas veces me intriga tanto como me conmueve. Los conciertos de Brandenburgo, por su parte, tampoco están mal. Al interés de la velada se suma mi habitual encierro dominical, que he pasado encadenado a la banca de trabajo, como un galeote de la literatura (o de lo que pretendo sea literatura). El cuerpo me pide, pues, algo de movimiento, y el paseo al teatro-auditorio me reconfortará por dentro y por fuera. En la calle hace frío ya, y revolotean las primeras bufandas. Veo a varios vecinos esperando a que las enormes lavadoras de un autoservicio de lavandería concluyan la colada. Los tambores de las máquinas giran como grandes ojos desquiciados, en un caos circular de prendas y colores. Poco antes de llegar al teatro-auditorio, oigo, en un parque adyacente, el estruendo de un concierto. Se conoce que el ayuntamiento lleva —o permite que se lleve— la música tanto a los espacios cerrados como a los abiertos, para que sea omnipresente en la vida de los ciudadanos, aunque estos —en el caso de la música a la intemperie— no quieran. En España, ha de haber música siempre, en todos lados: en el metro, en las plazas públicas, en los retretes, en los ascensores y hasta en los cementerios. Viva la música y abajo el silencio, qué cojones. Que se note que vivimos en una cultura mediterránea y callejera. Por suerte, el teatro-auditorio está insonorizado. No sería agradable, ni para el público ni para los bailarines, que con los acordes de Bach y Vivaldi se mezclaran los exabruptos de un rapero o la última canción del verano de Georgie Dann, in memoriam. Mi asiento está, inverosímilmente, en la primera fila. Aún quedaban huecos en ese lugar privilegiado cuando compré la entrada por internet, y no dudé en hacerme con uno. Mi padre, que iba a menudo al teatro, su espectáculo preferido (junto con el pressing catch, otra forma de teatro), siempre pedía butacas de primera fila. Incluso había sobornado a los taquilleros alguna vez para que se las proporcionaran. Decía que le encantaba que le salpicara el sudor de los actores cuando trabajaban. La sensación de vida, de realidad única e irrepetible, que le transmitía aquella cercanía, frente a la frialdad de tantos espectáculos vistos desde lejos o en una pantalla, era, para él, impagable. Yo no llego a tanto, pero también me alegro de esta proximidad, que permite apreciar mejor muchos detalles de la actuación, y, sobre todo, de la posibilidad de estirar las piernas, algo casi siempre imposible por la estrechez de las butacas, aunque este desahogo tiene una contrapartida: no podré descalzarme como suelo hacer, sino que tendré que disimularlo, no sacando completamente los pies de sus fundas. Para que se note menos, hoy me he puesto calcetines oscuros. Poco antes de que empiece el espectáculo, cuando la orquesta —la sinfónica Victoria dels Àngels— ya está afinando los instrumentos en el foso e interpretando, así, esa suerte de prólogo dadaísta que nos regalan todas las orquestas del mundo, veo a mi lado a una chica con síndrome de Down bailando en el pasillo y haciendo como si dirigiera a la orquesta; luego, les toma algunas fotografías a los músicos. Pero alguien viene a buscarla y desaparecen en la platea. Empieza el espectáculo (precedido por una salutación enlatada en la que la locutora se dirige a los presentes con el inevitable «benvinguts i benvingudes» ['bienvenidos y bienvenidas']; ¿qué ha sido del elegante y exacto «senyors i senyores» o «damas y caballeros» que se ha usado siempre?), y los bailarines, vestidos como en el siglo XVIII, acompañan las alegres evoluciones del concierto de Brandenburgo con una sonrisa. Debe de ser muy difícil mantener esa sonrisa congelada en la cara cuando uno está sometiendo a tanta presión a todos los músculos del cuerpo y, además, tiene que hacerlo coordinadamente con muchos otros, ante los ojos implacables de la audiencia. Pero la compañía de danza, Par en Dansa, integrada por gente muy joven, en su mayoría mujeres, mantiene la mueca con profesionalidad. Sería incoherente, desde luego, que los rostros fueran inexpresivos o reflejasen tristeza cuando suenan los allegros impetuosos de Bach o sus rondós molto vivaci. También percibo de inmediato, y de una forma acuciante, el erotismo de la actuación. La danza, a la que nunca he sido muy asiduo, me impresiona siempre como exaltación del cuerpo, como gloria y culminación del cuerpo. Su presencia en absoluta: todo pasa por él; todo remite a él. El cuerpo —sus movimientos, su flexibilidad, su fuerza— es la voz del baile; el cuerpo dice la música, y es más elocuente que la palabra. Aprecio los muslos desnudos —y sorprendentemente recios, en el caso de no pocas bailarinas; lo celebro—, y los pechos, también rotundos, que se imprimen contra las mallas, y el revoloteo de las manos, y la miradas encendidas, y las nalgas pétreas, de hombres y mujeres, que parecen, en cambio, ligerísimas: todo me acaricia los ojos, mientras las notas de Juan Sebastián me acarician el oído; y siento que se me excita el tacto, inmóvil en la butaca. Los bailarines se tocan, se abrazan, se levantan en el aire, se sujetan por cintura o la entrepierna, se arrastran, hunden la cara en las axilas o el vientre del otro. Oigo el golpeteo de los pies en las tablas del entarimado, el roce granuloso de los dedos en los elásticos, los jadeos de unos y otros en los movimientos más esforzados, y me enardezco, turulato de sensualidad, pero sin perder la compostura, como si el calor de los gestos y la conjunción de los organismos me inflamase por dentro sin alterar mi educado hieratismo. La segunda parte de Dancing Vivaldi no tiene dancing: consiste en la interpretación de la Suite Abdelazer, de Henry Purcell, inspirada en la obra de teatro, de inquietante título, Abdelazer o La venganza del moro, de Aphrah Benn, cuya acción transcurre durante la Reconquista cristiana de la península ibérica. La orquesta, que en realidad debe de ser la sección de cuerda de la formación, porque solo se compone de violines, violas y cellos, ataca la pieza bajo la enérgica dirección de Pedro Pardo, que lee, en el atril, una partitura digital y no luce melena, como la mayoría de los directores —un rasgo que permite ver su actuación—, sino una pronunciada calvicie, lamentable pérdida que compensa con la abundancia sobrevenida de dos mascarillas: una blanca, abajo, y otra negra, encima, esta destinada a hacer juego con el uniforme del grupo, rigurosamente negro, y evitar que la albura de la primera introduzca una pincelada disonante en algo que ha de sonar, en todos los sentidos, minuciosamente conjuntado. Mientras las maestros tocan, se proyecta en la pantalla del escenario una serie de imágenes de cuadros del siglo XVII y los bailarines tienen tiempo de cambiar la indumentaria de época que han lucido en la primera parte por la estrictamente contemporánea que lucirán en la segunda. La coreografía es plenamente moderna, y los trenzados, carreras y sacudidas de los cuerpos hacen una nueva lectura de la deliciosa y a la vez sobrecogedora música de Vivaldi, y le dan un nuevo volumen. A los músicos y bailarines se ha sumado el coro del Orfeó Lleidatà, también dirigido por Pardo, con mujeres a la derecha del foso y hombres a la izquierda. La primera fila en la que me encuentro, me permite apreciar la vocalización de muchos de los cantantes, y hasta las palabras concretas que pronuncia cada uno, no solo el conjunto sonoro, siempre compacto e impersonal: otra ventaja de la contigüidad. En esta tercera y última parte también actúa el coreógrafo de la compañía, Rodolfo Castellanos, exbailarín principal del Ballet Nacional de Cuba, de admirable estampa y evoluciones felinas. También calvo, pero este por expreso rasurado. Sus músculos se despliegan por el escenario en una alarde de elegancia y flexibilidad, llevando las torsiones y los saltos a un ápice de belleza. Cuando salgo del teatro-auditorio, tengo los ojos, los oídos y el pensamiento llenos de ritmo y rebosantes de gozo. Paso al lado de un paqui y me compro unos higos. Así me llenaré también el gusto de placer. 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Cosas que no hemos hecho nunca

Ir al cine. Ver atardecer en una playa. La compra. Tender la colada y poner los calzoncillos al lado de las bragas. Tumbarnos en el sofá, con una manta, para ver una película. Jugar a pimpón. Preparar una limonada caliente para el otro cuando está resfriado. Sexo anal. Leer juntos, en silencio. Regar las plantas. Planear un viaje al extranjero. Viajar al extranjero. Caminar sin objeto por la calle cogidos de la mano. Burlarnos de alguna costumbre del otro. Ayudar al otro a hacer la declaración de la renta. Cosquillas. La comida de Navidad. Ir a bailar. Quitarle al otro las gafas cuando se ha quedado dormido en el sillón. Ponernos los dos debajo de un solo paraguas cuando llueve. Ir a la ópera. Endilgarle al otro que asista a la reunión de la comunidad de propietarios. Ir a un restaurante caro a celebrar una buena noticia o un aniversario. Ver la tele (y discutir por quién tiene el mando). Quitarle al otro una miga o una mancha que tenga en los labios o en la ropa. Comprar regalos. Aburrirnos. Cocinar. Escribir juntos. Conocer a la familia del otro. Ir a un entierro. Ir en globo. Leernos en voz alta poemas que nos hayan gustado. Acompañar al otro al médico. Lavarle al otro el pelo, los dientes, el sexo. Cortarle las uñas de los pies. Escucharnos incluso cuando no tengamos ganas de hacerlo. Arroparnos. Emborracharnos. Tener celos. Tener hijos. Ir a buscar al otro a la salida del trabajo. Reírnos con El Intermedio. Jugar al Scrabble. Felicitarnos el aniversario, el cumpleaños, el año nuevo. Quedar con gente. Pensar que el otro ha de morir. Pasar una tarde de domingo en casa sin hacer nada. Ponernos crema en la espalda. Ir al teatro. Bajar a tirar la basura. Mojarnos con la lluvia. Chuparnos los dedos de los pies. Ir a votar. Desatar un nudo que el otro no puede. Llamar para decir que hemos llegado bien. Ver crecer a los hijos. Estar desnudos en casa. Mirarnos a los ojos en la cama por la noche hasta quedarnos dormidos. Ordenar los libros. Descorchar una botella de champán. Hacer el amor en un lugar público. Ir a misa. Grabar un corazón atravesado por una flecha con nuestros nombres en la corteza de un árbol. Llevarle papel higiénico al otro cuando el del váter se ha acabado. Rascarnos la espalda. Acompañar a alguien que agoniza. Discutir de política. Abrir una cuenta corriente a nombre de los dos. Sacarle al otro algo que se le ha metido en el ojo. Ir a un entierro. Casarnos. Intercambiar con el otro el plato que hemos pedido en un restaurante porque no nos gusta. Utilizar el cepillo de dientes del otro. Quitar el polvo. Juguetear con los pies del otro por debajo de la mesa en una reunión. Jugar al Trivial Pursuit. Darle un masaje al otro cuando le duele la espalda. Dejar las persianas subidas para que algún vecino nos vea haciendo el amor. Usar las gafas del otro cuando no encontramos las nuestras. Curarle una herida al otro. Ver amanecer. Vivir juntos. Morir juntos.

domingo, 14 de noviembre de 2021

La ciudad encontrada

Por tercera vez, Los Papeles de Brighton, la editorial fundada y dirigida por Juan Luis Calbarro hace ya ocho años, acoge una obra mía. Antes fueron un sucinto poemario, Décimas de fiebre, en 2014, y un compendio de reseñas y artículos literarios, Homo legens, en 2018. Ahora es La ciudad encontrada, una recopilación de las crónicas que he escrito sobre Sant Cugat del Vallès, la ciudad en la que resido desde 1998 —con los paréntesis de Londres y Mérida—, y que he publicado en mis blogs, Corónicas de Ingalaterra y Corónicas de Españia, desde el 2 de enero de 2014 hasta el 24 de junio de 2021. Así, justamente, se subtitula el volumen: Crónicas de Sant Cugat. Es el cuarto diario que publico, entendiendo por diario esta suma de relatos sobre los lugares en los que he vivido. Me gusta escribir diarios, o quizá debería decir que a los diarios les gusta escribirme. Dar forma escrita a las casi siempre pequeñas peripecias que me suceden allí donde estoy y colgarlas en el blog, es una forma —modesta, pero forma al fin y al cabo— de perdurar: de dejar constancia de nuestros leves pasos in hac lachrymarum valle, que tan importantes son para nosotros mismos, pero a los que tan indiferentes se muestra el mundo. La épica de la cotidianidad nos rescata de la insignificancia de la que estamos hechos, y da la oportunidad a los lectores de reconocerse y, por lo tanto, de confraternizar con su propia levedad. La levedad es nuestra amiga: nos quiere. Aunque casi siempre creamos que lo que nos pasa es el eje alrededor del cual gira el universo, lo que nos pasa suele ser una menudencia por la que no se le mueve un pelo al cosmos (ni a casi nadie). Asumir esa futilidad y relatarla con humor, para que no supure, sino para enaltecerla humildemente, para hacerla tolerable (y hacernos tolerables nosotros) y hasta placentera, es la única redención posible. De eso tratan estas crónicas: de plasmar lo que ocurre con ironía y llaneza; de ofrecer el fruto de la contemplación, ese arte olvidado, con la sal necesaria, para que no sea solo un fruto, sino también un alimento; de contar sin ánimo literario, o con un ánimo literario embridado, consciente de su causticidad, lo que ocupa los días y la conciencia. La ciudad encontrada es, claro, Sant Cugat del Vallès, en el doble sentido del término: es la ciudad que la que entonces era mi mujer y yo encontramos cuando buscábamos un lugar en el que escapar de los alquileres abusivos y el jaleo de la ciudad, pero también una ciudad con la que se tropieza, a la que uno se opone, o de la que disiente. Tengo sentimientos encontrados con Sant Cugat, como creo que se podrá apreciar en estas crónicas. Del libro que ahora publico, me gusta especialmente la ilustración de la cubierta, que reproduce el adorno de la aldaba de hierro de la actual puerta principal de acceso al monasterio de Sant Cugat: es una cara negra, que parece una máscara africana. Y eso conviene singularmente a un pueblo cuyo epónimo —Sant Cugat: San Cucufato— fue un mártir nacido en la provincia romana de Cartago y, por lo tanto, de piel oscura. Por cierto que Cucufato, según el Martirologia romano, ofreció una resistencia numantina a sus torturadores, con la ayuda de Dios: primero volvió a meterse en el vientre las tripas que le habían sacado y a coserse acto seguido el abdomen con un cordón; luego, condenado a la hoguera, vio cómo Dios apagaba de un soplo el fuego que iba a consumirlo; y, más tarde aún, encerrado en una mazmorra (se conoce que los romanos se habían cansado de intentar matarlo sin conseguirlo), logró convertir a sus carceleros. Pero él quería subir al cielo por la vía del martirio y Dios, para agradecerle su fe inquebrantable, accedió a su deseo: permitió que sus perseguidores lo degollasen. Ese regalo le hizo. Hoy, de san Cucufato —Cucuphas en el Martirologio queda la oración testicular que pronuncian los que han perdido algo y hacen unos nudos en un pañuelo: "San Cucufato, san Cucufato, los cojones te ato, y hasta que no encuentres [lo que sea que hayan extraviado], no te los desato". Yo confieso no haber recurrido nunca a Sant Cugat (ni acudido a la oficina de objetos perdidos de la ciudad) para encontrar los paraguas o las gafas que constantemente me dejo por ahí, pero quizá deba hacerlo la próxima vez. Será otra de las ventajas de vivir aquí.

Esto cuento en el prólogo del libro:

Me establecí en Sant Cugat en 1998. Ángeles, mi mujer entonces, y yo llevábamos diez años viviendo en un piso de alquiler en Barcelona y estábamos cansados; de vivir en alquiler, quiero decir, no el uno del otro (todavía). Como ambos habíamos venido, desde nuestros inicios proletarios, a mejor fortuna (por el muy hispánico procedimiento de hacernos funcionarios), decidimos convertirnos en eso que casi todos los españoles quieren ser: propietarios. De proletarios a propietarios, pues. Y empezamos a buscar casa en Barcelona, una tarea que se reveló, sobre agotadora, desesperante: a finales del siglo pasado, el mercado inmobiliario, más hinchado que un zepelín, ofrecía pocilgas a precio de casa solariega, y nuestros magros ingresos no podían hacer frente a los dinerales que el más deleznable hacendado pedía por sus cuatro (y a veces solo tres) paredes. Pero tuvimos un golpe de suerte: el colegio de médicos de Barcelona, alentado por la perspectiva de sumarse a aquel frenesí constructor que dejaba a casi todos beneficios astronómicos, decidió ejercer de promotor inmobiliario y ofreció a sus colegiados —entre los que se contaba mi esposa— una propiedad sobre plano en Sant Cugat del Vallès. (...) La promoción se llevó a cabo sin desfalcos ni incumplimientos —el colegio de médicos de Barcelona es mucho colegio de médicos— y muy pronto nos radicamos en una calle que daba al Parc Central, una zona de nueva urbanización en el municipio. Hasta entonces, Sant Cugat solo había sido para nosotros una más de las muchas localidades del cinturón de Barcelona, de la que apenas sabíamos nada. Sí teníamos la impresión, empero, de que no era como Santa Coloma de Gramenet o L’Hospitalet de Llobregat, destinos de la inmigración española a Cataluña en las décadas precedentes y, a nuestros ojos asustadizos y pequeñoburgueses, ciudades sin ley, poco más que amontonamientos de chabolas, habitadas por hordas de lolailos y navajeros. Sant Cugat era un reducto tranquilo, catalán (no como Santa Coloma y Hospitalet, que eran enclaves andaluces en Cataluña), acomodado y ultramontano  —esto es, situado más allá de la montaña del Tibidabo—, que crecía con firmeza, y que muchos consideraban ya un refugio de pijos. Mi único conocimiento del pueblo —que en 1998 ya tenía poco de pueblo: contaba con más de 50.000 habitantes; hoy acoge a más de 90.000— provenía de las visitas que le había hecho a un amigo de adolescencia que había vivido allí durante un tiempo antes de emigrar a Israel. (...) Recuerdo que un día, tras pasar toda la tarde con ambos paseando por el lugar, fui a la estación de los ferrocarriles de la Generalitat para volver a casa y ya no había trenes: la estación oscura, las puertas cerradas, la sensación de abandono. Volví al piso de mis amigos y hube de pasar con ellos la noche (compartiendo la cama con otra amiga; fue una noche rara). Pero ahí se acabaron mis relaciones con Sant Cugat, hasta que el azar médico inmobiliario me devolvió a él. 

Cuando nos instalamos en nuestro nuevo hogar, aún quedaban bastantes rastros del pueblo que había sido. El Parc Central solo estaba construido hasta la mitad —luego ha crecido hasta constituir, con el adyacente Parc del Turó de Can Mates, uno de los parques urbanos más grandes de España— y, al llegar al final de lo edificado, se veían unos trigales que se extendían al horizonte, interrumpido por los grumos rocosos de la montaña de Montserrat, y que era un placer contemplar a la puesta del sol, cuando los últimos rayos desordenaban los ocres serenos y los convertían en un amarillo refulgente, casi desquiciado. También subsistían —y siguen subsistiendo— algunas casas de la posguerra entre los edificios nuevos y rutilantes: lugares sencillos, a veces incluso toscos, que tenían huertos en lugar de jardines, trabajados por propietarios provectos, que atendían los tomates y las lechugas en camiseta de tirantes. Aquellas fincas, sólidamente ancladas a la tierra, habían resistido el vendaval de la reurbanización y seguían manteniendo su carácter dignamente humilde, que recordaba los esfuerzos de la gente, no demasiados años atrás, por hacerse un hueco en el extrarradio y levantar un techo propio que los protegiera de las amenazas del mundo. Esta condición rural, presente aún en muchos rasgos del pueblo —sus masías, su tradición vinícola, sus negocios de cerámica—, venía conviviendo, no obstante, con el carácter residencial que le había otorgado la burguesía de Barcelona a finales del siglo XIX. Familias pudientes habían descubierto un lugar fresco y apacible, en pleno bosque de Collserola, donde pasar felizmente los veranos húmedos y los incómodos inviernos de su ciudad. En 1914, los ingenieros norteamericanos y canadienses de la Barcelona Traction, Light and Power Company, que estaba electrificando Barcelona, inauguraron en Sant Cugat el primer club de golf de Cataluña, que no solo sigue funcionando hoy, sino que se ha convertido en una respetable institución de la comunidad. Y en 1917 llegó el tren, que facilitó el desplazamiento desde la capital: ya no eran necesarios fatigosos viajes en coche, tartana o animal por los polvorientos caminos o las improbables carreteras de la época. Los más adinerados se apresuraron a levantar torres, mansiones y villas (...) que hoy constituyen un significativo muestrario de la arquitectura modernista y posmodernista catalana, y una prueba del poderío de muchas familias capitalinas. No pocas de esas casas se construyeron cerca de la vía férrea, lo que las hacía aún más adecuadas, a pesar del ruido de los trenes. Otras se diseminaron por el núcleo urbano o dieron pie a nuevos barrios. (...)



Enlace del libro en la página web de la editorial: https://lospapelesdebrighton.com/2021/11/05/eduardo-moga-la-ciudad-encontrada/

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Literatura gay

¿La hay? ¿Se puede identificar algo que sea, o que nosotros convengamos en que sea, por los rasgos que la caracterizan, por su tono u objeto, por el perfil psicológico que refleja —si es que refleja alguno—, literatura homosexual? ¿Es literatura gay la escrita por un homosexual, aunque hable del cultivo del crisantemo, o la literatura que trata de la vida sexual y los conflictos emocionales de los homosexuales, aunque la haya escrito alguien que no lo sea? Más aún: ¿es lícito hablar de «literatura homosexual», cuando nunca se habla de «literatura heterosexual» como categoría literaria o fenómeno estético? ¿No supone hacerlo una especificación indebida, una suerte de establecimiento de un gueto ideológico, algo muy cercano a una discriminación? Por otra parte, ¿no es lógico pensar que un rasgo tan señalado de la condición sexual —señalado no por su naturaleza intrínseca, sino por su desviación de la norma, por su carácter excéntrico respecto del mandato social, y, por lo tanto, también por la marginación sufrida, por la superación (o no) de las dificultades para su expresión impuestas por la ley común— ha de imprimirse, de alguna forma, en la sustancia o matriz de lo dicho? Todas estas preguntas, y otras que no sigo enumerando, me asaltan estos días, en que han coincidido en mis manos, por azar, varios textos en los que la homosexualidad está singularmente presente. El primero son los Diarios. A ratos perdidos 1 y 2, de Rafael Chirbes, una obra excepcional, cuya lectura me ha absorbido: por la calidad de su prosa, por la autenticidad y entereza de sus revelaciones personales, por el acierto crítico con el que disecciona el mundo y por la integridad moral que demuestra. Descubrí a Chirbes tarde, cuando vivía en Mérida. Allí leí algunos de sus ensayos, y me sedujo para siempre. Curiosamente, él también había vivido en Extremadura: en un pueblo de menos de 300 habitantes, entre Zafra y Fregenal de la Sierra, llamado Valverde de Burguillos, donde residió nada menos que doce años y escribió seis de sus catorce libros. Allí asistí, como director de la Editora Regional de Extremadura, en 2016, a un encuentro en su homenaje en el que recuerdo que participó, con una destacada intervención, Luciano Feria. En los Diarios da cuenta tanto de las relaciones sentimentales que mantiene con algunos hombres —durante bastante tiempo, con un francés llamado François— como de los encuentros fugaces y moderadamente sórdidos con otros partenaires en locales de ambiente o rincones urbanos aptos para el desahogo inmediato. Pero su relato, aunque cargado del peso que supone satisfacer una sexualidad distinta en una sociedad todavía reticente y a menudo intolerante con el otro, nunca incurre en la autocompasión ni se refocila en lo morboso. Sus informaciones son directas pero naturales, o todo lo naturales que pueden ser en un entorno adverso. (Los Diarios abarcan de 1984 a 2005, un periodo en el que España aún no había avanzado todo lo que ha progresado luego en la defensa de los derechos de los homosexuales, y los españoles participaban más que hoy del tradicional espíritu del macho hispánico y la abominación de los maricones). A Chirbes no lo ofuscan las dificultades que sufre para vivir y disfrutar de su condición, ni la expía de ningún modo, ni exagera lo que experimenta o añora, ni borra con la hipérbole de la prosa el daño o la insatisfacción que siente: refiere lo que le pasa con precisión y calma, aunque no sin confusión ni, a veces, perplejidad. Y lo hace sin envolverlo en metáforas o veladuras retóricas: su llaneza, cervantina, beneficia al relato e ilumina al lector. En la entrada correspondiente al 12 y 13 de diciembre de 1987, describe este encuentro con un vecino:

A las once de la noche, salgo de casa y me encuentro con mi vecino R.: borrachera hasta las siete de la mañana, alcohol, coca, y, a última hora, popper. Como otras veces (todo son preludios para ese desenlace sabido), me pide que me haga una paja delante de él: acerca su cara y mira con ojos morbosas cómo me corro. Él está casado, convencido de su heterosexualidad, pero tiene un órgano infantil, y prácticamente inútil. Se desnuda, se tumba y me mira con la cara pegada a mi polla, que es más bien poca cosa. A mí me excita eso: verle el deseo en los ojos. Me frota, me palmea en las nalgas mientras me la meneo, pega su cara a mi polla casi a punto de chupármela, le doy con ella junto a la boca. Se aparta, finge asco. La tienes gorda, cabrón, dice. No es verdad, pero a él le excita decirlo. Deja que te la toque. Lo hace con dos dedos, como si le diera asco, y a mí me excita verle ese corpachón y allá a fondo de la entrepierna, el rabito como un niño perdido entre sus carnosos y fuertes muslos blancos, mientras vuelve a poner los labios junto a mi polla. Pero no me toques con ella, cabrón susurra (pp. 190-191)

Un segundo libro gay —¿libro gay?— que me acompaña estos días es una antología poética del norteamericano Harold Norse, que ando traduciendo para una editorial andaluza. Norse es un autor completamente desconocido en España. Perteneció al grupo beat, aunque nunca descolló entre los Burroughs, Ginsberg o Kerouac que se llevaban la fama. La primera vez que supe de él fue cuando investigaba sobre un poema de Auden titulado «A Platonic Blow (A Day for a Lay)» [‘Una mamada platónica (un día para echar un polvo)’], que también quería traducir, y di con una cita suya, sacada de su autobiografía, Memoirs of a Bastard Angel ['Memorias de un ángel bastardo'] (que está pidiendo a gritos ser traducida al castellano), en la que decía de Auden y de su escasa habilidad para la felación: «Cuantas más ganas le echaba, menos respondía yo». Norse, obviamente, sabía de lo que hablaba. En su antología, el norteamericano canta el amor homosexual con una intensidad inusitada, y también con poca ocultación, como Chirbes. Pero en sus poemas siempre hay una crítica por la marginación a la que se ve sometido como gay, una denuncia de la represión y el desprecio que el homoerotismo suscita, incluso un temor por el daño que los déspotas de la heterosexualidad de las-cosas-como-deben-ser— todavía podían causar. En una fecha tan tardía como 1999 —Norse había nacido en 1916, y moriría en 2009, solo, en una residencia de ancianos aún escribió un poema titulado «Réquiem por San Robbie Kirkland (1984-1998, martirizado por sus compañeros de colegio)», en recuerdo de un adolescente gay que se había suicidado un año antes como consecuencia del terrible acoso que llevaba sufriendo en la escuela desde los seis años. La poesía de Norse es una exaltación del deseo y de la satisfacción del deseo; una llamada a la liberación de las ataduras que le impiden a cada cual ser como es y a los demás, aceptarlo; una oda al cuerpo del hombre y al placer que proporciona. Harold Norse era muy lorquiano, no tanto en su estilo, más próximo a Bukowski, pero sin sus exabruptos facciosos y sus bravatas de macho, como en su sensibilidad. Admiraba al granadino, cuya «Oda a Walt Whitman» figuraba entre sus lecturas de cabecera, y al que dedica un duro y hermoso poema, «Nos hemos cargado a su amigo el poeta», y menciona en muchos otros, como este «Yo no recomendaría el Amor», de inequívocas sugerencias:

                                                        Mi cabeza se sentía apuñalada
por una corona de espinas, pero bromeaba e iba en metro
y me metía en los calzoncillos del colegio y me masturbaba
y escribía en secreto
                                      sobre el infierno de la adolescencia
porque era “diferente”
el primero y el último de mi especie
reprimiendo sensaciones muy agudas
en piscinas y vestuarios
adicto a los labios y los genitales
loco por las nalgas
                                   que Whitman y Lorca
y Catulo y Marlowe
                                        y Miguel Ángel
y Sócrates admiraban

y escribí: Amigos,
si queréis sobrevivir,
yo no recomendaría
el Amor

Por fin, el tercer libro de asunto (o espíritu, o sensibilidad) homosexual que estoy leyendo, es Poems of a Penisist, que se traduce, sin más, por Poemas de un adorador del pene, del japonés Matsuo Takahashi, publicado en 1975, una antología que incluye su pieza más reconocida, «Oda», un poema de más de mil versos que el publicista Winston Leyland ha calificado como «el gran poema gay del siglo XX». Lo leo, claro, en la traducción al inglés hecha por Hiroaki Sato: mi conocimiento del japonés es ninguno. He descubierto este libro en otra investigación que estoy llevando a cabo: la de la literatura universal dedicada al sexo oral, tanto el practicado por hombres como por mujeres. En fin, es un tema de mi interés. E indagando en este campo, he llegado a esta «Oda», una descripción del amor homosexual hecha por el poeta Takahashi, como Norse, desconocido en España. Es un canto explícito y, a diferencia de los dos anteriores, hondamente metafórico. Takahashi envuelve su adoración en un lujoso manto verbal, plagado de referencias literarias y mitológicas, con el que eleva el objeto de su deseo a una condición espiritual, casi divina, sin privarlo de una dimensión material que conoce bien. No obstante, el pene de esta «Oda» es también un símbolo (fálico, nunca mejor dicho) de la condición homosexual y de la busca homosexual: de compañeros en la oscuridad de algún local, de placer urgente y enseguida desechado por otro, de antídoto contra la soledad; de amor, supongo que podemos concluir. De todo eso habla este libro franco, minucioso, arrebatado, naturalista, alegórico y desvergonzado, esto es, desprovisto de la vergüenza de sentir y de decir lo sentido. Transcribo un fragmento de «Oda». La traducción es mía:

Impulsado por tiernos pensamientos de amor, envuelvo con                         los labios
La camelia, el alambique, la jarra de boca ancha
Un gozoso fulgor
Que brota y desciende al infierno, mi garganta
Espumoso licor de miel que rebosa del tarro de boca ancha
Se derrama por el bien torneado surco y deja una estela                                 brillante
Lo tuvieron almacenado en tiempos de niebla y granizo                                 persistentes
Los feroces bárbaros de un país desconocido
Allende los mares de olas que se desatan en tormentas de                                 invierno
Los hombres que lo engendraron son valientes y violentos
Pero el licor que nació es suave y delicado en la lengua
Agua sagrada que mana en la isla purificadora de Okeonos
Y que una paloma sabia lleva en el pico
Hasta el Olimpo y los labios de los dioses
El mercurio del Dr. Fausto, el espíritu de la tierra de color                            mercurio
Agua que fluye por oscuros caminos subterráneos
Un pozo profundo que se quiebra si se le tira un cubo en una                         noche oscura
Un repentino surtidor en un parque invernal
El humo que expulsa un cohete
Los viscosos vapores de un volcán
Lava que se escurre hasta el pie de la montaña
El tiempo que gotea, una clepsidra
Una avalancha, el descenso de un glaciar
Cataratas congeladas, carámbanos, columnas de hielo
La saliva con que la luciérnaga alimenta a sus larvas
La baba del dragón, las lágrimas de una serpiente, el rastro                         de una babosa
El Camino de Santiago, el río de leche que se formó cuando                             volcó la enorme jarra del cielo (...)

viernes, 5 de noviembre de 2021

La dentista

Aunque las ciencias adelantan que es una barbaridad, y en nada se parece la experiencia de hoy a la que ha vivido el ser humano durante siglos, algo genético debe de haber en el terror que todavía nos inspira ir al dentista, al menos a mí. La literatura y la historia llevan milenios ofreciéndonos relatos escalofriantes de los cirujanos (sic) que igual ayudaban a parir a una yegua, fileteaban carne en el mercado del pueblo, sajaban los abscesos de los apestados o sacaban una muela, o la dentadura entera, cuando el cariado ya no aguantaba más. Y tenían trabajo, no solo por el pluriempleo, que siempre ha sido fatigoso, sino porque la gente no se lavaba, ni los dientes, ni casi nada. Aquellos primitivos odontólogos identificaban el origen del dolor —normalmente, una pieza negra en una boca tenebrosa—, introducían unas tenazas o unos alicates, lo que tuvieran más a mano, apresaban la muela podrida y, zas, con algunos certeros tirones, aunque tampoco importaba mucho que no fueran certeros, redimían al paciente de su calvario, aunque a costa de inenarrables dolores y un recital de aullidos. El calvario, no obstante, podía volver con facilidad, porque muchas veces quedaban restos de las raíces enfermas en el hueso y el mal se reproducía, o porque la higiene de las operaciones era escasa (quizá el cirujano venía de capar a un garañón o examinar la bosta de una vaca), todo quedaba impregnado de suciedad y la infección prosperaba de nuevo. Eso si había cirujanos en la comarca, o si la gente podía pagarles, porque, de otro modo, los atormentados tenían que obrar como Tom Hanks en Náufrago y arrancarse la razón de sus desvelos de una pedrada o atándola con un cordel a una puerta y cerrando la puerta. Hoy, por suerte, las cosas ya no son así. La anestesia —uno de los mejores inventos de la humanidad, junto con el libro y el aire acondicionado—, el perfeccionamiento del instrumental y el avance de la medicina han hecho que esas escenas terroríficas ya no se den. Pero, como decía, un miedo raigal nos encoge aún los testículos (los físicos de los hombres y los metafóricos de las mujeres). Acudo hoy a mi dentista —que lo será por primera vez: con los dentistas me pasa como con los peluqueros: me cuesta hacerme cliente; ninguno me convence—, que me ha prescrito la extracción de una muela muy estropeada y un implante posterior. Yo le he preguntado si no se podría aplicar un tratamiento más conservador —que conserve la muela, básicamente—, pero ella lo ha descartado con mucha inteligencia, sugiriéndome que pida una segunda opinión: está tan segura de lo que dice que no le importa que consulte a otro médico. Y eso me ha convencido. De modo que aquí estoy, tumbado en el antaño potro de tortura, hoy moderno sillón odontológico, con un foco con la forma de la cabeza de ET y el aspecto de aquellos flexos con los que los torturadores argentinos cegaban a los subversivos a los que se estaban trabajando en la Escuela de Mecánica de la Armada delante de los ojos, con las manos aferradas al cinturón de los pantalones y recordando —no puedo evitarlo— algunas desagradables experiencias en otras clínicas dentales, como aquella en la que la dentista, que aprovechaba que me tenía en sus manos para instruir a una aprendiz de su establecimiento, le decía que tuviera cuidado de coger bien la funda para que no se le cayese en el gaznate del paciente justo antes de que se le cayera la funda en mi gaznate: vi pasar entonces toda mi vida por delante de los ojos, lo que me pareció una mala señal, pero, en un infrecuente rapto de lucidez, en lugar de obedecer al instinto de tragarme aquel cuerpo extraño, taponé la entrada de la faringe con la lengua y tosí: la funda salió disparada y yo me sentí resucitar). La dentista de hoy, que se llama Luz, forma una buena pareja con el foco, pero ella es amable, y no gélidamente nosocomial, y hasta me acaricia el hombro para tranquilizarme. Algo hace muy bien: explica con detalle y calma lo que va a hacer y, cuando se pone a ello, lo que está haciendo. La información es fundamental para que uno no crea que todo va mal y que su hurgar desesperado en la quijada responde a que ha sucedido algo terrible o inesperado. El principio no es agradable, pero hay que entenderlo como una inversión: uno de los cuatro pinchazos de la anestesia, en plena mucosa, me recuerda a la cirugía de antaño. Pero no dura mucho y pronto, con los otros tres, surte el efecto de convertir mi boca en una masa de corcho insensible. La doctora introduce entonces, sucesivamente, artilugios punzantes, sajantes y cortantes, algunos parecidos a garfios, otros a ganzúas o escalpelos, todos los cuales tienen un brillo siniestro y hacen un ruido más siniestro todavía, mezcla de picana eléctrica —de nuevo, los torturadores de Videla— y martillo neumático. Pero yo, alabado sea el Hacedor, no noto nada. Mi dentista se afana en retirar todos los trozos de la muela, que estaba rota, sin partirlos más, aunque alguna raíz, me explica, se encontraba ya muy luxada. Me gusta esa expresión: una raíz luxada. Y me pregunto si, en el caso de que me torturasen realmente, también repararía en expresiones curiosas o llamativas que utilizaran los torturadores. Luego, concluido el trance, me enseñará esos trozos, en una bandeja metálica, como los médicos de campaña les enseñan las balas que los han atravesado a los heridos a los que han operado. En todo el proceso, Luz me ha contado muchas cosas y también me ha preguntado mucho. Pero no acabo de entender por qué lo hace, cuando responder es casi imposible: uno tiene la boca anestesiada, invadida por los artefactos del demonio con los que te está manipulando, y llena del agua que una ayudante implacable no deja de verter por una cánula, y que me provoca más de un ahogo. Cuando me atrevo a responder, parece que hable en albanés. Cuando acabamos, ha pasado una hora. Sin embargo, a mí me han parecido diez minutos. Es mentira que es sufrimiento prolongue el tiempo. Más bien lo acorta: el cerebro apresura la percepción para evitarlo, para que deje de oprimirlo. Me pasó, hace años, en un TAC que me hicieron por mis acúfenos (que siguen ahí): el ruido de aquel ataúd radiográfico era tan desquiciante que me parecieron solo cinco minutos los tres cuartos de hora que duró el tormento. Ahora tenemos que esperar a que la herida se cierre, pero solo para que pueda volver a abrirse: dentro de dos o tres meses hay que meter un clavo de titanio (el material de la naturaleza que mejor tolera el cuerpo humano) y después coronarlo con una muela nueva. Una gran perspectiva. Y la factura que caerá entonces por todo, otra. ¿Pero no eran los dientes la materia más dura de nuestro cuerpo? ¿Por qué, entonces, se empeñan en romperse, cariarse, temblar? ¿Por qué no dejan de fallarnos? ¿O les fallamos nosotros a ellos?