jueves, 15 de febrero de 2024

Poemas enumerativos

Acaba de aparecer, en la editorial Olifante, Poemas enumerativos, mi más reciente libro de poemas. A la satisfacción que siempre supone publicar un nuevo volumen, yo sumo, en este caso, dos alegrías más: la de saberme en un catálogo en el que he deseado figurar desde que descubriera sus primeros libros, allá por los años 80 —recuerdo los Cantos órficos, de Dino Campana, traducidos por el que luego sería mi amigo Carlos Vitale, o el Cancionero, de Cecco Angiolieri, que me maravillaron—, hechos con una pulcritud y una elegancia poco frecuentes (y que incorporaban detalles estupendos, como una postal con la misma foto del autor que aparece en el libro, y un punto separador: ambos detalles se mantienen en esta edición); y la de ser publicado en Aragón, la tierra de mi madre, donde hasta ahora había tenido poca presencia literaria y ninguna editorial. En Poemas enumerativos recojo veintitrés poemas, diecisiete de los cuales ya han visto la luz en este blog. Se trata, pues, de una recopilación de textos de las Corónicas, a la que he añadido un prólogo, tres piezas más publicadas en otros tantos poemarios y tres composiciones inéditas en forma de libro, pertenecientes a un volumen titulado Todo queda en nada. Como señalo en el prólogo, la enumeración ha pasado de ser mera técnica compositiva —a la que fueron muy dados grandes autores que admiro, como Whitman o Borges— a protagonista absoluta (y, de hecho, única) de la poesía, y me ha dado la oportunidad de experimentar con los ritmos que suscita, que deben encauzarse por una estrecha pero fértil franja entre el derramamiento arborescente y la monotonía puntillista. Espero haberlo conseguido.


[UNO CON ASPECTO DE CONTABLE…]

Uno con aspecto de contable. Un runner. Una mujer que entra en el supermercado. Otra que sale del supermercado. Un niño revoltoso. Una paloma que picotea algo en el suelo. Un portero de finca urbana que barre la acera. Un ciclista. Otro. Varios perros enredados en olisqueos y ladridos. Un tendero que arregla los melocotones del cajón. Una vieja vestida como una adolescente. Una adolescente plagada de tatuajes. Un joven anodino. Un policía municipal. Uno con barba bayeta. Uno que mea en un rincón, donde nadie mira. Un grupo que charla. Muchos que pasan absortos, deprisa, como en trance. Una que limpia los escaparates de la boutique. Un mendigo arrodillado. Un cura con alzacuellos. Una familia que pasea. Dos viejos que hablan en un banco, apoyados en el bastón. Un hombre con mono azul que sale de un almacén de electrodomésticos. Otro con bata blanca que entra en una farmacia. Un conductor de ambulancia. Un taxista. Uno que no sabe a dónde va. Una empleada de los ferrocarriles. Uno que lee un cartel pegado en una fachada. Un músico callejero. Un vigilante de seguridad aburrido. Una apoyada en una puerta, esperando que llegue alguien. Un gorrión que echa a volar. El gato que quería cazarlo. Una librera. Una pareja que se besa. Yo.

(De Todo queda en nada, inédito)


La enumeración me ha servido —y me sirve todavía— para concretar el mundo, para suscitar el trance y para alterar el ritmo. Lo que veo —lo que siento—, como lo que ven o sienten la mayoría de los hombres, suele ser una masa inarticulada de fenómenos o un flujo informe de palabras: una burbuja abstracta y cenagosa en lo que nada está delimitado. La enumeración penetra en esa cápsula turbulenta como un cuchillo de muchos filos y separa lo que hasta ese momento estaba unido: desune para significar. El mundo ya no es una pasta, sino un mosaico: la realidad innominada recibe un nombre, o muchos nombres: tantos como elementos la componen. Así, eso que siento, y que podría recibir el nombre de melancolía, no tiene por qué permanecer en la indefinición: la melancolía es el pájaro que bebe de un charco gris, entre sombras ardientes, y los pliegues tenebrosos de la noche, y la soledad que me envuelve, y el lápiz que me mira, caído en el escritorio, y el hecho de tener que escribir un prólogo para un libro y que no me apetezca. Por inabarcable o inconcreto que sea lo que queramos decir, la enumeración lo vuelve decible: disgregándolo, lo reconstruye; parcelándolo, lo totaliza. La enumeración es otro instrumento alumbrado por la inteligencia que nos permite llegar a donde nuestra sola naturaleza no nos permite hacerlo, como el microscopio, el telescopio o el periscopio. (...)

(Del prólogo)




Ficha Técnica
ISBN: 978-84-127338-2-2
EAN: 9788412733822
Editorial: Olifante, Ediciones de Poesía
Autor/a: Moga, Eduardo
País de publicación: España
Idioma de publicación: Castellano
Idioma original: Castellano
Páginas: 121
Precio: 15 euros

sábado, 10 de febrero de 2024

Las queridas, las devastadoras cartas

Ya no se escriben cartas. Los medios digitales de comunicación han acabado con ellas. Primero, el correo electrónico, que, obstante, todavía recordaba, en parte, al viejo arte epistolar: si uno quería —aunque pronto estuvo mal visto porque consumía demasiada atención—, podía redactar correos largos y morosos. Pero luego, aplastantemente, el guasap y toda la cohorte aledaña de mensajería inmediata. En el lapso de unos pocos años, apenas entrado el siglo XXI, se finiquitó un arte que había existido, y producido grandes obras literarias, durante muchos siglos, si no milenios. Yo era un gran aficionado a escribir y, sobre todo, a recibir cartas. Pero era consciente de que, para que pasara lo segundo, debía aplicarme a lo primero: era una conditio sine qua non, un quid pro quo, un do ut des, y basta ya de latinajos. Así, desde mi infancia me recuerdo escribiendo cartas a diestro y siniestro, y recibiendo también muchas. Las fui guardando en cajas a lo largo de los años y hace unas semanas me dio el volunto de poner orden en ellas, como parte del deseo de poner orden en mi vida, una tarea en la que ando afanado ya varias temporadas. Recuperé las seis cajas, seis, que acumulaba en las profundidades de un armario remoto y me zambullí en aquel mar de celulosa vieja. Y tan abisales eran las aguas que aún no he salido de ellas, pero ya estoy empezando a cartografiar los fondos marinos. Me ha sorprendido —y conmovido— comprobar la capacidad de evocación que tienen las cartas, todas sin excepción, aun las más lacónicas o groseras. Quevedo escribió que, leyendo, escuchaba con los ojos a los muertos. Con nada es esto más cierto que con las cartas. Al releerlas, la voz de quien nos las ha enviado se hace presente con una fuerza inusitada, y también su cuerpo, y la persona toda. Nuestro remitente, acaso olvidado o muerto, se yergue ante nosotros como el genio de una lámpara de papel que hubiéramos frotado con los ojos. Leo las frases escritas por personas muy distantes y el papel parece tener labios, y pupilas, y piel; y huele: no solo el de las cartas de algunas mujeres (y hombres) que cumplían con el encantador rito de perfumar los pliegos, sino el de todas. Veo con los oídos y oigo con los ojos a quien las ha compuesto: sus gestos, sus muletillas, el color del pelo, los zapatos que gastaba. La memoria es un gigantesco archivo la mayoría de cuyos fondos están escondidos, pero que se abre, accionado por el resorte de la lectura, cuando nos asomamos a esta tinta fósil, a esta vida muerta. Entonces la melancolía y el asombro por albergar tantos recuerdos que ya no sabíamos que poseíamos se disparan. Me resulta inverosímil y enternecedora la importancia que mis interlocutores y yo dábamos a cosas que, vistas hoy, a tantos años de distancia, no tenían ninguna: la energía que les dedicábamos, las ilusiones que depositábamos en ellas, los esfuerzos que invertíamos para que se cumplieran, o para celebrarlas. La inmensa mayoría de esas cosas ya no existen: pasaron hace mucho, o no significaban nada, o nunca llegaron a darse. Solo una puede decirse que ha perdurado en algunos casos: la amistad que revelan. Con un puñado de mis corresponsales —con mis muy queridos Juan Luis Calbarro o Tomás Sánchez Santiago—, la tenacidad epistolar ha sido paralela a la continuación de la fraternidad. De ambos conservo docenas de cartas y tarjetas, siempre llenas de palabras amables y divertidas, de humanidad y calor (también el de las discusiones), y, en el caso de Juan, de innumerables pullas a cuenta de nuestro antagonismo futbolístico (él, fanático de ese equipo lamentable que es el Real Madrí, Madrí, Madrí, en México se piensa mucho en ti, y yo, fiel al rutilante Barça, aunque este no sea el año más esplendoroso de nuestra historia) y político. Me ha sorprendido comprobar la cantidad de cartas que guardo también de gente a la que he olvidado hace mucho y que nunca tuvo una gran incidencia en mi vida (ni yo en la de ellos, desde luego). Pero, durante un tiempo que en ocasiones fue largo, mantuvimos un diálogo intenso y supongo que esperanzado. Pero esperanzado ¿de qué? No lo sé. Me imagino de que aquellos intercambios nos dieran más vida, más posibilidades de reír, más nosotros. También hay cartas que ya no sé quién me envió. Las guardé sin el sobre, la firma es ilegible y el contenido del texto no contiene nada que me revele al autor. Esas cartas flotan en el proceloso piélago de mi correspondencia como pecios a la deriva, como barcos fantasma solo habitados por una tripulación de espectros. He reservado un archivador especial para las cartas insultantes y las de rechazo de los editores. Las primeras son pocas, pero de las segundas conservo un buen puñado. Entre las cartas groseras, destacan dos de sedicentes escritores, que, curiosamente, coinciden en la razón por la que me escriben: había publicado sendas críticas en las que ponía bien a sus libros. La primera, de un expresidiario a quien le había molestado que dijera que algunos aspectos de su poesía me parecían epigonales del realismo sucio predominante en aquellos años (y que amenazaba con partirme la cara, amén de prohibirme volver a mencionar públicamente su nombre); la segunda, de un poeta molesto por que le hubiese atribuido el error de equivocar la autoría de unos versos, aunque este no manifestaba ningún deseo de calentarme las orejas, sino solo de que publicara una rectificación en la revista donde había aparecido la crítica. En cuanto a las cartas de rechazo de los editores, son bienes preciados. Yo no he hecho como Stephen King, que durante algún tiempo las ensartaba en un clavo que tenía en la pared, ni como Bukowski, que las coleccionaba en una caja de zapatos y sobre las que de vez en cuando, entre botella y botella de whisky, pergeñaba un poema. Pero las atesoro con avaricia, como recordatorio de la vanidad y la estupidez humanas. Las suyas y las mías. Un apartado especial de la correspondencia la constituyen las cartas que parecen amistosas, pero no lo son: aquellas que, con unas formas melifluas o engañosamente corteses, ocultan el interés, el desprecio o incluso la enemistad, como varias de un poeta al que le birlé uno de los muy pocos premios literarios que he ganado en mi vida y que nunca me lo ha perdonado, aunque en las cartas que me dirigió se mostrase obsequioso y formal; o como las del escritor provincial, apenas conocido cuando las redactó, pero que luego se ha subido al carro desbocado de la fama, que me pedía favores, o difusión, o reseñas, cuando creía que yo proporcionárselos, y que luego, una vez montado en el dólar, ha dejado de pedírmelos y nunca se ha ofrecido a dármelos. Las cartas más dolorosas no son estas, por supuesto, sino las de los amigos y los amores muertos, que también van siendo ya unos cuantos. Cuando las leo, el amigo resucita. Y yo siento una punzada de nostalgia y de anticipación de mi propia muerte. Imagino entonces cuando yo me haya ido y algún amigo lea lo que le escribí. ¿Sentirá lo mismo que siento yo ahora o me habrá olvidado? ¿Verá mi cara, mis virtudes y mis defectos como ahora mismo veo yo los de Luis Javier Moreno, o Luísa Vilalta, o Daniel Riu Maraval, o Diego Jesús Jiménez, o Jesús Hilario Tundidor, o Marta Agudo, o Ana Santos, o Antonio Fernández Molina, o Manuel Álvarez Ortega, o Willy McKey, o María Victoria Morales, o Arnaldo Calveyra, o Pedro Luis Cano, o Rafael Guillén, o Jordi Royo, o Eduardo García, o Angelina Gatell, o se preguntará quién demonios era aquel Eduardo Moga que le había mandado tanto papel, sobre el que ha caído tanto polvo? Los amores también siguen ahí, en el sarcófago del sobre, sutilizados, empalidecidos, febrilmente acidulados por el tiempo, pero aún vibrantes en las fibras últimas de la memoria, emanando lo mucho o poco o nada que fue, pero también todo lo que habría podido ser de no haberse interpuesto aquella distancia que justificaba, y exigía, las cartas, las queridas cartas, las devastadoras cartas.

lunes, 5 de febrero de 2024

Elogio del fracaso

Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better. 
Samuel Beckett, Worstward Ho!

Se repite mucho la frase de Samuel Beckett, aunque mutilada: «Fracasa más. Fracasa mejor». Pero induce a sospecha que quienes más la repitan sean los que llenan sus arengas de palabras aborrecibles como «resiliencia», «empoderar» o «motivacional». Los campeones del éxito reivindican el fracaso como los jipis de los sesenta se colgaban atrapasueños al cuello o se vestían con túnicas azafrán. Sin embargo, no hay que degradar al fracaso a ruedecilla de la opresiva maquinaria del orden y la exacción productiva para que todo gire en un frenesí de beneficios empresariales y monstruosa banalidad, sino tenerlo por un valor preciado por sí mismo, que nos enfrenta a nuestra calamitosa condición, que nos obliga a mirarnos a la cara y reconocernos humanos, es decir, falibles, transitorios, inciertos, perecederos, irredimibles. El fracaso nos concierta con el humo, no con las máquinas que lo producen. El fracaso es nuestro corazón que se eleva y, de repente, cae en la misma tierra desde la que se ha elevado, en la misma tierra que somos. (Cae en el pozo turbulento del café con leche que desayunamos, en el grumo seminal que expulsamos al lavamanos, en la menstruación carmesí que se traga el desagüe). Con el fracaso no nos rendimos, somos: un deshielo candente, un lugar sin nombre, un vilano que desaparece en la conjura de las cosas quietas. Somos eso que se derrumba cuando nos enderezamos, y el olor de nuestra piel cuando nadie la toca, y la vida que queda en nosotros cuando hemos muerto. El fracaso nos abrillanta las entrañas y saca lo mejor de nosotros, lo que se desvanece aunque abramos mucho los ojos, lo que grita piedras. El fracaso nos enciende, pero con un fuego benigno, porque no disiente de la noche que cae ni del día que tristemente amanece. No se puede amar el fracaso, pero rebosa de amor, como una serpiente que sisea o un niño que pide agua. Todos necesitamos ser lo que somos, y el fracaso obra que lo seamos. El fracaso nos revela de qué color tenemos los ojos, y de qué pie cojeamos, y con qué mano cogemos el pan; y también que nunca nadie podrá salvarnos. El fracaso pronuncia nuestro nombre como quien formula un ensalmo, con una reverencia teñida de sobrecogimiento. En el páramo que es el fracaso hallamos, si sabemos mirar —si no fracasamos en mirar—, el oasis de nuestro cuerpo, con la fronda de los órganos atravesada por el simún, con la poza cristalina de la muerte, en la que bullen los zapateros, con el ulular afilado de los búhos y el revoloteo funesto de los buitres. Ese cuerpo también fracasará, aunque ahora ondee, amarrado al asta de los huesos. De hecho, ya está fracasando, aunque el viento le acaricie todavía el lomo con una mano cortada. El fracaso imbuye todas las cosas: el reloj que se para y el tiempo que no se para, el teléfono que suena y el teléfono que no, el sueño viscoso de la bonanza que se aleja y la pesadilla extenuante de la calamidad que se acerca. El fracaso nos unce a nuestra piel y nos unge de dolor. No hay nada tras él; tampoco debajo. El fracaso es algo redondo que nos colma: se derrama en el tórax y ocluye la imaginación. Y no nos perdona: nos respeta lo suficiente como para afirmar sin tapujos su presencia. El cuchillo que nos clava nos atraviesa gloriosamente, como una lengua muy dulce que lamiese el hígado y el sueño, el ano y los años. Con el fracaso crecemos, pero no para obtener mejores resultados, ni para que nuestra mierda sea más lustrosa, ni para poseer una casa en la que se amontonen los murciélagos, sino para tenernos a nosotros mismos, para fortificarnos en la derrota y en la certeza de que habrá una derrota mayor, que será irreversible. Hay que fracasar más y fracasar mejor, sí, pero privando a esos términos de su denotación cuantitativa: no denotación, sino detonación. Hay que fracasar porque así estalla nuestro ser, y ese estallido nos construye. Hagamos caso a Beckett: «Fracasemos otra vez. Otra vez mejor. O mejor, peor. Fracasemos peor otra vez. Aún peor. Hasta enfermar del todo. Vomitemos del todo».

martes, 30 de enero de 2024

Juan-Ramón Capella, maestro

El miércoles pasado murió Juan-Ramón Capella (1939-2024), catedrático de Filosofía, Moral y Derecho de la Universidad de Barcelona. Tenía 85 años. Fue mi profesor de Derecho Natural, en primer curso, y de Filosofía del Derecho, en quinto, y el único al que, en aquella facultad, pude llamar maestro. No hubo más: el resto de profesores eran simplemente eso, profesores, y, más a menudo de lo que me habría gustado, mediocres o anodinos. La estampa del Capella, como lo llamábamos los estudiantes, era impresionante: paseando sus casi dos metros de altura por el estrado del Aula Magna, con una mirada redonda, que sus gruesos lentes magnificaban, y una voz honda, aterciopelada, milagrosa, desarrollaba un discurso, siempre crítico, que planteaba preguntas, desmontaba prejuicios —la tarea más ardua de un maestro— y asumía riesgos. Lo recuerdo esgrimir, desde nuestros primeros días de clase, los principios de la filosofía analítica aplicada al derecho y combatir la noción misma de la asignatura que impartía, Derecho Natural, propia del escolasticismo que asfixiaba la filosofía del derecho —y, en general, la filosofía— en España desde Cánovas del Castillo. El derecho natural, decía, es un oxímoron, porque el derecho no es una creación de la naturaleza —no hay nada en ella que pueda considerarse jurídico—, sino del ser humano. Debería llamarse, pues, derecho humano, pero entonces sería una redundancia. De Capella se decía —aunque yo siempre he sospechado que esto es apócrifo— que la única pregunta que había puesto en un examen final había sido “Describa las relaciones jurídicas entre los peces de una pecera”. La respuesta era, claro, que entre los peces de una pecera no había relaciones jurídicas, porque estas solo existen entre los hombres. También recuerdo muchas de las cosas que nos enseñó, como que el trabajo es una relación con la naturaleza; que la fuerza ciega de la ley debía sustituirse, para acelerar la emancipación social, por las normas de moralidad positiva que regían en algunos pueblos primitivos; o aquel irónico corolario de la ley de Murphy, impregnado de optimismo marxista vuelto del revés, según el cual no debíamos cometer “el craso error de pensar que las cosas no pueden ir peor: las cosas siempre pueden ir peor”. Juan- Ramón Capella no tenía miedo de comprometerse ni de decir lo que sabía que muchos —y yo mismo— considerarían una abominación: en una clase nos confesó que, para él, el futuro de las sociedades radicaba en una organización semejante a la que habían implantado los regímenes comunistas en el sudeste asiático. “Qué quieren que les diga”, concluyó, un poco resignado, “así lo creo sinceramente” (y razonadamente, añado yo: sus ideas, aunque equivocadas, se apoyaban siempre en un minucioso análisis de la realidad). En Filosofía del Derecho, cuando ya estábamos a punto de licenciarnos, desveló la razón por la que, inconscientemente, me (nos) había cautivado desde el principio: “Pronto serán ustedes abogados. Y lo serán porque en esta casa les habrán enseñado un lenguaje”. El derecho no es más que un lenguaje, en efecto, un código con su propia lógica y sus normas particulares que basta con dominar para lograr los objetivos que se persigan. De eso, precisamente, trata la tesis con la que Juan-Ramón Capella se doctoró: El Derecho como lenguaje, publicada por Ariel en 1968. Su interés por el lenguaje como base de la razón y el poder humanos explica también su interés por la literatura. En clase, nos recomendó que leyéramos e incluso nos invitó a colaborar con Mientras Tanto, una revista de pensamiento emancipador, como a él le gustaba llamarla, precursora en España de la reivindicación ecologista y feminista, cuyas páginas finales siempre estaban reservadas a un poema. Además, Juan-Ramón Capella fue traductor de autores tan destacados como Gramsci, Russell, Marcuse, Pasolini, Weil, o C. P. MacPherson (cuyo La teoría política del individualismo posesivo nos recomendó vivamente) y escribió una obra ensayística y narrativa sobresaliente. Entre otros libros, en 1993 publicó Los ciudadanos siervos, un punzante análisis de los mecanismos de poder, tanto ideológicos como materiales, que someten a los miembros de la comunidad; en 2005, publicó La práctica de Manuel Sacristán. Una biografía política, la biografía del pensador marxista español probablemente más importante, de quien había sido discípulo; y en 2011, Sin Ítaca. Memorias: 1940-1975, una espléndida autobiografía de juventud en la que narraba sus dificultades, que fueron las de muchos otros de su generación, para vivir bajo el sórdido franquismo —al que combatió como miembro del clandestino Partido Comunista—, y revelaba, con mucha delicadeza, cómo había descubierto su homosexualidad en el París en el que, expulsado de la universidad, tuvo que refugiarse. Yo hablé con él, a solas, en varias ocasiones. Primero como delegado de curso —en primero; en segundo me derrotó un zopenco del Opus Dei que iba para notario—, como cuando fui a pedirle disculpas porque la clase hubiera salido de estampida cuando el bedel dio la hora (entonces los bedeles, uniformados, entraban en el aula y gritaban: “¡Doctor, la hora!”), antes de que él hubiese acabado su exposición, y luego en una visita que le hice a su casa, en la calle Aribau de Barcelona, muy cerca de donde yo mismo vivía, en Muntaner. Me recibió con mucha amabilidad en aquel amplio caserón del Ensanche, donde me pareció que vivía solo: no observé ningún detalle que me hiciera pensar que compartía su intimidad con nadie. Me ofreció un agua tónica y charlamos ya no recuerdo de qué. Sí que él me habló de un antiguo maestro suyo, don Alejandro, al que él había acudido, cuando estudiante, como yo entonces acudía a él. Volví a verlo, por casualidad, en una calle de Barcelona. En 2015, yo vivía en Londres y había regresado unos días a la ciudad para atender a mi madre, vecina también del Ensanche. Cerca del Hospital Clínico, pasé por delante de la terraza de un bar y allí lo vi, sentado y nuevamente solo. Hacía un crucigrama. Su interés por el lenguaje no había disminuido. Estaba mayor, pero no se había olvidado de mí, es más, se acordaba de mí en unos términos que me parecieron elogiosos, y no porque hubiese ido a sus clases, sino por razones literarias. “Yo fui alumno suyo [siempre nos tratamos de ‘usted’], soy Eduardo Moga”, le dije, venciendo, por la cercanía que habíamos tenido hacía tantos años, el pudor que me suele impedir acercarme a gente conocida. “Ah, Eduardo Moga, el poeta”, respondió con una sonrisa. Me hinché un poco, debo admitir. Conversamos brevemente, y otra vez se me ha olvidado de qué. Pero no tiene importancia: lo importante es que seguíamos siendo, tantos años después y en un lugar tan desaborido como aquella calle barcelonesa: él, un hombre inteligente, amable, responsable, bueno, alguien capaz —y esto es infrecuente— de estimular la inteligencia de los demás, de motivarlos a aprender, a reflexionar y a debatir; y yo, un antiguo alumno suyo, aún maravillado por su luz intelectual y humana. Descanse en paz, querido maestro.

jueves, 25 de enero de 2024

Galeras, galeotes y esclavos: el Museo Marítimo de Barcelona

Mi amigo Juan Carlos y yo vamos hoy al Museo Marítimo de Barcelona, después de haber visitado la iglesia de Sant Pau del Camp, la más antigua de la ciudad, un encantador templo románico, documentado desde finales del siglo X —que, para mi vergüenza, yo, un barcelonés de sesenta y un años, no conocía todavía—, y del que nos llevamos algunas imágenes memorables, como las de unas sirenas con alas y unos sapos que les comen los pechos a unas mujeres en sendos capiteles del recoleto claustro. El Museo Marítimo no queda lejos de la iglesia y llegamos tras un breve paseo. Ocupa el edificio de las Atarazanas, una enorme construcción del siglo XIII destinada a armar galeras y barcos desde tiempos del rey de Aragón Pedro III, llamado el Grande. Recuerdo haberlo visitado, hace muchísimos años, con mi padre, que admiraba las Atarazanas como un ejemplo más del poder industrial de Cataluña. Mi padre admiraba todas las pequeñas grandezas de Cataluña. De aquella visita solo guardo un vago recuerdo de la gigantesca galera que ocupaba, y sigue ocupando, el centro del recinto, reproducción de La Real, la nave capitana de la Liga Santa en la batalla de Lepanto. Considerando que se construyó en 1971 —para conmemorar el cuarto centenario de aquel triunfo de la Cristiandad que el franquismo agonizante, pero aún ferozmente católico, quería exaltar como una de mayores gestas de la muy nacionalcatólica España—, yo debía de tener nueve o diez años. Desde el principio, las Atarazanas fueron uno de los puntales del desarrollo marítimo y comercial de Barcelona y de todo el Reino de Aragón. Poco después de que se edificaran, el 6% de la población de la ciudad ya trabajaba en ellas: eran la primera infraestructura de la urbe. Allí se construían más de treinta galeras al año, una barbaridad. Eran unos barcos colosales, evolución de las trirremes romanas, que alojaban a 236 galeotes y 400 marineros y soldados —aunque “alojar” es un decir, a la vista de las condiciones en que lo hacían—. Desde luego, ir a bordo de una de aquellas sobrecogedoras embarcaciones no permitía confiar en que se fuese a tener una vida muy larga, pero quienes menos confiaban en ello eran los galeotes, el motor de la nave, cuya única función era remar, y que lo hacían, horas y horas, encadenados a los bancos. Allí también comían —bizcocho duro, un puñado de legumbres cocidas y dos litros de agua al día—, dormían y hacían sus necesidades. Es fácil imaginar cómo estaba el agüilla en el que tenían permanentemente hundidos los pies. De hecho, en aquellos tiempos los ataques marítimos por sorpresa eran imposibles: las galeras apestaban de tal manera que revelaban su presencia a millas de distancia. Los galeotes remaban al ritmo que marcaban el cómitre y los latigazos que sus acólitos les propinaban, y lo hacían hasta literalmente morir de agotamiento en las batallas o en las maniobras urgentes que había que ejecutar, por tormentas o alguna de las muchas adversidades que les deparaba el mar, para mover aquellos farragosísimos mastodontes (cuya velocidad máxima, a plena palamenta —es decir, cuando los 236 galeotes remaban a la vez al ritmo más elevado posible durante media hora—, era de seis nudos, unos once kilómetros por hora). Por supuesto, en los combates, ellos eran los que peor lo tenían. Aherrojados al barco, no podían escapar del fuego o el abordaje enemigos, ni del naufragio si el buque se hundía. Y, si enfermaban, quedaban heridos o protestaban demasiado, se les echaba sin miramientos por la borda. En el Museo, averiguamos que había tres clases de galeotes: los esclavos (por lo general, turcos o moros capturados en batalla, pero también cristianos reducidos a servidumbre, como los herejes condenados por la Iglesia), los forzados (delincuentes penados, que no podían purgar sus culpas en galeras más de diez años, aunque a este límite no llegaba casi ninguno: la media de supervivencia de los galeotes era de dos) y los “buenos boyas”, hombres libres que se prestaban a remar a cambio de un sueldo. Hoy, lo que hacemos no es muy diferente: sacrificamos nuestro tiempo —nuestra vida—, haciendo un trabajo que casi todos aborrecemos, para ganar el dinero que nos permita comer (y, por lo tanto, seguir trabajando). Las condiciones de trabajo han mejorado, pero la esencia del sacrificio es la misma. La galera que ilustra este mundo infernal es el buque insignia de la flota cristiana en Lepanto, que se despliega en la nave central del Museo y que se puede admirar desde dos tribunas levantadas a proa y popa. Destaca el larguísimo espolón, rematado por un Neptuno dorado a lomos de un pez, cuya finalidad era ensartar los buques enemigos y dejarlos sometidos al fuego de los cañones situados detrás de él y alimentados con los mil proyectiles de piedra que solían cargar las galeras. En una de las dos velas latinas del barco cuelga el estandarte de Jesucristo, y a popa se alzan los tres enormes fanales que representan las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, y que indicaban el alto rango del navío. Por cierto que fe y esperanza puede que sí tuvieran los marinos que luchaban en estos monstruos, pero caridad, más bien poca, ni consigo mismos, expuestos al horror del choque, ni, sobre todo, con los enemigos, para los que no había perdón, sino solo ensañamiento y muerte. El barco tiene una eslora de sesenta metros, como un campo de fútbol, y a popa, lo más resguardada posible, se encuentra la parte noble: donde vivían don Juan de Austria, el comandante de la flota cristiana, y su séquito de oficiales. En esta zona adquiere plena vigencia la brutal diferencia de clases que caracterizaba a la época: los galeotes remaban, entre excrementos, hasta la muerte; los soldados y marineros vivían a la intemperie, enfrentándose al frío y el sol, al hambre y la sed, y, cuando llegaba el combate, a turcos muy enfadados que les disparaban flechas envenenadas, arcabuzazos y piedras, y querían hacerlos picadillo a golpes de cimitarra; y los jefes disfrutaban de suelos de marquetería y finas esculturas, de cortinajes y vinos, de sirvientes y cámaras privadas. Aunque en Lepanto, todos pringaron, desde luego: pese a que las fuerzas estaban muy igualadas (unos 300 barcos por bando y casi las mismas tropas: cerca de 90.000, aunque las fuerzas de la Liga contaban con más artillería, y eso resultó decisivo), los cristianos manejaron mejor el fuego, y las picas de la infantería de marina española, creada en 1534 por Carlos I, fueron fundamentales en los abordajes. Miguel de Cervantes se había enrolado en la flota y, aunque estaba enfermo, con malaria, pidió luchar donde fuera más peligroso. Y su petición fue atendida: lo destinaron a la cabeza de un esquife de abordaje. Allí recibió tres arcabuzazos: dos en el pecho y uno en la mano, que le quedó estropeada (sorprende que Cervantes sobreviviese a tantos azares: fue gravemente herido en Lepanto, participó en otras expediciones navales no menos peligrosas, sufrió cautiverio cinco años en Argel, fue excomulgado y estuvo también preso en España...). Cuando la batalla terminó, habían muerto 40.000 turcos y 10.000 cristianos, los otomanos habían perdido 200 galeras, y los cristianos habían hecho 8.000 prisioneros y liberado a 12.000 cautivos que remaban en los bajeles de la Sublime Puerta. Juan Carlos y yo observamos que la información que proporciona el Museo sobre estos primeros siglos de navegación es coherente con las últimas tendencias museísticas. Así, apenas menciona la batalla de Lepanto ni a los grandes señores que urdieron o participaron en aquel enfrentamiento, sino que se concentra en exponer la crudeza de las condiciones de vida de los galeotes y marineros, y la relación fundamental de la industria marítima con el auge de las rutas comerciales y la dominación colonial, y, en última instancia, con el desarrollo del capitalismo. Los museos son cada vez menos épicos y más intrahistóricos; cada vez aluden menos a los privilegiados de la sociedad (que son los que más han hecho por que esos museos existan y para nutrir sus fondos) y más a los que consideran los verdaderos protagonistas de la historia: los de abajo, los sometidos, los desgraciados: los que construían los barcos o los impulsaban con sus brazos; los que edificaban las ciudades y los palacios donde vivían los obispos y los reyes; los que acarreaban los bloques de granito con los que se levantaban las pirámides; los negros que recogían el algodón o formaban el servicio doméstico de los millonarios. Y el Museo Marítimo no es una excepción. Ya no cuenta hazañas, sino que desmenuza relaciones de producción: se ha vuelto cordialmente marxista. Apreciamos este cambio de rumbo, y nunca mejor dicho, en el tratamiento de la esclavitud no solo en la época de las galeras, sino también al hablar de la navegación comercial en los siglos posteriores, hasta el XIX. En una sala completamente negra, luctuosa, dedicada al “tráfico de personas esclavizadas”, se exponen varios documentos de la monarquía española —de Carlos IV, que liberalizó el comercio negrero, y su hijo, el preclaro Fernando VII— que autorizan o promueven el tráfico “legítimo” de esclavos, y yo me fijo en uno en virtud del cual se constituyen comisiones para recoger negros cimarrones, esto es, rebeldes o fugitivos refugiados en las profundidades de la selva o en riscos inaccesibles. España tiene mucho que explicar todavía sobre ese negocio infame, por el que trasladó a más de un millón de africanos a América entre 1501 y 1875 (aunque no fue el imperio más esclavizador: ese fue el portugués, seguido por el inglés y el francés), y se agradecería que el Museo dedicara más espacio a este tema. En otra interesante ala de las Atarazanas, se expone el barco Les Sorres X, los restos de una pequeña embarcación de cabotaje de la segunda mitad del siglo XIV, hallada en 1990 en los humedales de la desembocadura del Llobregat durante las obras de construcción del canal de remo para los juegos olímpicos de 1992, y preservada para la posteridad por las arenas aislantes de la capa freática en la que vino a depositarse. La barca transportaba pescado en conserva desde el golfo de Cádiz hasta Barcelona y otras ciudades norteñas. La exposición de los restos está acotada por varias citas literarias: una del Espill, la sátira misógina de Jaume Roig que he traducido para Pre-Textos, y otra del célebre poema de Ausiàs March “Veles e vents”, ambas de la misma época en que Les Sorres, se llamara como se llamara entonces, caboteaba por la costa catalana. Son maravillosas, en el Museo Marítimo, las innumerables maquetas de los barcos. Los amantes de estas minuciosas miniaturas han de estar encantados. Admiramos reproducciones del Victory, el buque insignia de la flota británica en Trafalgar, en el que murió Nelson, abatido por un fusilero francés; del Santa María de la Victoria, la única nave de la expedición de Magallanes que volvió a España, al mando de Juan Sebastián Elcano, después de haber circunnavegado el globo por primera vez (que se sepa); de muchos barcos de placer de las compañías Transmediterránea y Transatlántica, aunque los de esta última sirvieron también para transportar a los desdichados reclutas españoles a luchar en los manglares de Cuba, infestados de mosquitos y de mambises; y del Ictíneo II, el sumergible gordezuelo inventado, para pescar coral, por el catalán Narcís Monturiol en 1858, cuya réplica se exhibe en los luminosos jardines del Museo. Los aparatos de navegación —brújulas, cronómetros, esferas armilares, globos terráqueos, rosas de los vientos, sextantes, monoculares— son también estupendos, como los cañones roídos por el salitre y las bombardas, los mascarones de proa, los patines de vela y los dinghies, las campanas de buzo y la fantástica óptica giratoria dióptrica catadióptrica del faro de San Sebastián, de Calella de Palafrugell, de 1924, cuyo centelleo se divisaba a 31 millas de distancia.

sábado, 20 de enero de 2024

La infancia recuperada de Javier Pérez Walias

Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960) lleva construyendo, desde su primer libro, Ceremonias del barro, publicado en 1988, una prolongada elegía, un canto al nacimiento del mundo, de su mundo: cuando ante sus ojos maravillados aparecieron la casa y la familia, enclavadas en un paisaje difícil e inmaculado, y accedió a la conciencia. Su poesía —biográfica, aunque al modo embozado, metamórfico, de la poesía— destiña una melancolía flamígera, fruto de la constante evocación de la infancia, del auge auroral de la juventud. Pero esa evocación no es un himno abstracto, sino una profundización en los detalles cotidianos, en el devenir minucioso de las cosas experimentadas a su alrededor —y construidas— por un ser que nace, por alguien que aprende a existir: a poseer un yo. El poeta cuenta, por ejemplo, la historia de un cordero que se crio en su casa, y con el que la familia se acabó alimentando; o recuerda al pájaro enjaulado («sucede que una jaula es un lugar sin aire que cuelga boca arriba», precisa), o la clásica caja con gusanos de seda con la que a todos, de niños, nos han enseñado el ciclo de la vida. Javier Pérez Walias es un ser que recuerda y que edifica el poema con ese recuerdo, con esos «seres recordados que tanto [ama]»; con «los suyos», que constituyen su única comunión. Su nostalgia, no obstante, no se limita a la dolorosa y a la vez placentera rememoración de lo ido, sino que se sumerge en el propio ser del poeta, que se pregunta por su identidad («soy yunque y martillo para conmigo mismo», dice en los primeros versos del primer poema del libro) e interpela a la conciencia misma: «Hoy he regresado a ti / a ti mi conciencia tan desconocida tú insecto ámbar hermana de la palabra», escribe en el último poema de Insecto ámbar, cerrando así un círculo —o, mejor, una elipse— de pesquisa en la interioridad, de análisis del ensamblaje de los recuerdos y la experiencia para la erección del yo. De este abismamiento interior no solo surgen las figuras amadas, los parajes de la niñez, el paraíso perdido de la inocencia y la invulnerabilidad, sino también, asociados a ellos, en pugna con ellos y con quien ahora es el poeta, la soledad («vivo en soledad», dice de nuevo en el poema 1; como todos, claro), el miedo (que también es de todos), la angustia permanente por el paso del tiempo (lo mismo) y la certeza de que «solo la muerte/ existe/ justo antes/ de la muerte» (así lo afirma en el poema 8, y exactamente igual en el poema 5). Pero es que lo que hay justo antes de la muerte es la vida. Completando esta punzante introspección, los recuerdos que el poeta invoca a lo largo del poemario —y de toda su obra anterior— se proyectan también en el futuro, abarcando el arco temporal entero. Así, el frecuente recuerdo del padre del poeta se transforma en el que su hijo guardará de él.

En el mundo evocado de Insecto ámbar, la presencia de la naturaleza es protagónica: el poemario está recorrido por animales —sobre todo pájaros—, por insectos, por el fluir hipnótico y exultante del río, que es el río Jerte. Toda esta naturaleza es, biográficamente, la del hermosísimo valle del Jerte, cerca del que nació y en el que fue niño Javier Pérez Walias. Pero el poeta no se limita a describirla —aunque lo hace muy bien y con mucha intensidad—, sino que se la apropia existencialmente y la convierte en raíz y prolongación de su ser. Hombres, animales, plantas y hasta seres sobrenaturales se funden en el cosmos rememorado, en su espacio de libertad y pureza: «Caído / como un ángel. // El insecto / palo / se abraza a la rama. // Sus círculos de leña gritan / mi edad. / Y comenzaron a precipitarse sobre mí letras, hojas, signos deformes…», escribe Pérez Walias en el poema 7. Y también: «Antes de que amanezca y un perro arañe mis ojos escarbando la tierra…». En Insecto ámbar, el yo es la tierra.  

El «insecto» de este libro, central en su articulación visionaria, es un símbolo polisémico, que se ajusta, como un engranaje rotatorio, a las necesidades expresivas del poeta: a veces es solo un insecto (como el puro de Freud no era, a veces, un símbolo fálico, sino nada más que un puro), pero otras se identifica con el hombre, con las palabras, con el pasado, con la memoria («cada recuerdo es un insecto») o con el tiempo. El «insecto ámbar» del título representa la solidificación de las nieves de antaño, su pervivencia agónica en el recuerdo. El poema es, en este libro, y siempre, la forma que tiene Javier Pérez Walias de revivir lo muerto, de extraer los insectos fosilizados de la resina de los años para que vuelen otra vez: de emancipar al ser del tiempo.

Pese al carácter melancólico, y por lo tanto benigno, de los poemas, no pocas imágenes de Insecto ámbar son fieras, incluso violentas: transparentan el conflicto interior entre la añoranza de los seres amados y los placeres vividos, y la comprobación de su alejarse diario, de su inevitable palidecer ante los embates de la edad y el olvido: «Nadando en plomo. // Sin aire en los pulmones, como pecios de salitre y alquitrán nos asfixiaba la sed de sobrevivir. // El insecto del tiempo no se alimenta del néctar de la luna. // Ni de los despojos de la luz/ (…) ni de los estambres de los cuchillos/ que abren sus retinas/ en la noche». A las asociaciones de Javier Pérez Walias las anima una libertad a la que impone cada vez menos restricciones; su realismo basal se ha enriquecido, a lo largo de los años, con una panoplia de metáforas, alegorías, figuras de la dicción —en Insecto ámbar abundan las aliteraciones— y, en general, cristalizaciones retóricas de la imaginación, que aquí se despliega con toda su fuerza. Son de destacar las enumeraciones en prosa sin signos de puntuación —aunque no sean, en realidad, enumeraciones, sino apilamientos de versos desnudos, cadenas de sintagmas que se transfunden unos a otros, que alean sus contornos en un restallante cuerpo verbal—, con detalles de la vida, de la casa, que, en su radicalmente yuxtapuesta sequedad, crean un ritmo acelerado y vivificador, y explotan de lirismo. El poema 9, el último del libro, se compone fundamentalmente de ellas: «Aletean los rabilargos en la noche zumban en mis oídos colgados como galgos de las ramas enhebradas las bogas en un junco abrazando mi cuello con sus picos vaciando las entrañas a otros pájaros la bilis los miedos bajo un alumbramiento de plumas mi cabeza es un papel secante / de palabras…».

[Este artículo se publicó, bajo el título de «Volver a vivir», en Letras Libres, nº 268, enero de 2024, pp. 47-48]

lunes, 15 de enero de 2024

En Miravet y Siurana con Andreu Navarra

Llego a Miravet con mi buen amigo Andreu, polifacético como pocos —poeta, novelista, historiador, profesor, sindicalista de Educación, músico de una banda anarcosatánica—, en un día soleado pero frío. Hacía tiempo que queríamos venir, pero preferíamos no hacerlo en verano: las temperaturas escalan aquí a los cuarenta grados o más en julio y agosto (y pronto, tal como pintan las cosas, lo harán en los demás meses del año: había que apresurarse). Miravet se alza, literalmente, sobre un meandro del río Ebro, ya cerca de su desembocadura. El río viene hoy con mucha agua; y aunque sea el más caudaloso de España, no nos lo habíamos imaginado, con la sequía que hay. Antes de internarnos por las callejas del pueblo y subir al castillo, nos fortalecemos en uno de los bares de la localidad: sendos bocadillos de fuet, generosamente guarnecidos, nos devuelven a la vida, tras casi dos horas de pesada autopista. Al salir de los aseos, veo, frente a la puerta, algunas de las fotos que han hecho famoso a Miravet, y, singularmente, esa en la que se ve a una docena de soldados republicanos, fusiles en ristre, vadear el río justo delante de donde estamos y por donde hoy solo circulan los kayaks de las empresas de recreo. La foto es una montaje de los servicios de propaganda de la República, tomada dos días después del inicio de la batalla de Ebro —el 25 de julio de 1938— en un lugar que no puede cruzarse a pie, pero funciona: se ha vuelto un icono de aquella última ofensiva de la República, capitaneada por el legendario Vicente Rojo y ejecutada por hombres no menos míticos del bando republicano —Líster, Modesto, Tagüeña—, cuyo fracaso final selló el destino de la breve y malhadada democracia española. Vivificados por el tremendo bocadillo de fuet y el melancólico recuerdo de aquellos valientes luchadores por la libertad, salimos a las calles de Miravet, que nos recibe con un apiñado enjambre de casas de piedra, arcos, porches, aljamas e iglesias, en cuyos huecos y alrededores se amontonan las chumberas, verticales, que descienden hasta la misma agua. Todo el pueblo está encajado en la roca de la ribera, cuyas irregularidades forman los cimientos de muchas casas. Sobre la cinta verdegrís del Ebro planean garzas y garcetas, y a mí me parece reconocer también una oropéndola. En el agua, la cabeza de un ánade real, que se mueve con soberana indiferencia, lanza eléctricos destellos verdes. De camino al castillo, pasamos por delante de la iglesia vieja, un espléndido templo renacentista de la segunda mitad del siglo XVI, construido por la Orden del Hospital sobre una antigua mezquita. Así ha sido casi siempre, y en todas partes: las religiones se superponen y reemplazan. Miravet es de origen árabe: los musulmanes fundaron aquí una alquería en el siglo VIII, que creció y prosperó, y en la que vivieron sus descendientes hasta su definitiva expulsión del país en el XVII. Por desgracia, la iglesia, desacralizada, está cerrada y no podemos contemplar sus esgrafiados y pinturas murales ni su ara románica, pero, al menos, la admiramos entera y en pie. No lo estaría si hubiera estallado la bomba que lanzó la aviación fascista y que atravesó la cúpula. En la fachada que da al río, en la plaza de la Sanaqueta, en cambio, todavía se aprecian los impactos de bala y metralla que le regaló la guerra al templo, como en tantos otros lugares de España: pienso en la iglesia de San Felipe Neri, en Barcelona, con la portada aún marcada por la viruela de una bomba asesina, también lanzada por la aviación italiana que martilleaba la ciudad desde Mallorca por orden de Franco, que mató aquí a cuarenta y dos personas, la mayoría niños, el 30 de enero de 1938. El tramo final de acceso al castillo, por un camino de madera, es muy empinado, y tanto a Andreu como a mí, que sumamos casi doscientos kilos entre los dos, nos cuesta superarlo. Jadeamos y ralentizamos el paso, pero por fin lo conseguimos: hemos asaltado con éxito el castillo. Al igual que la iglesia, se construyó sobre una antigua fortaleza árabe, de la que aún se conservan restos, como el arco de herradura de alguna ventana (situada junto a un sillar marcado con una ostentosa cruz: los obreros cristianos no dejaban de acotar el terreno). Lo edificaron los caballeros templarios a mediados el siglo XII, mezclando en la construcción los estilos islámico, bizantino y cisterciense. El resultado fue el gigantesco castillo-convento de piedra clara que ahora vemos, dividido en dos grandes áreas, señaladas a su vez por sendas explanadas: el recinto jussà, andalusí, más antiguo y escalonado, y el recinto soberano, posterior, con una estructura poligonal, cinco torres, contrafuertes y un patio de armas donde se podría jugar un partido de fútbol. En esta parte se concentran las dependencias destinadas a garantizar la autonomía del castillo, en particular si era sitiado: la cisterna, en la que se recogía el agua de la lluvia (entonces llovía más que ahora); las caballerizas, donde aún se reconocen los comederos de los animales; el granero, con dos silos; el almacén, que también era donde se fabricaba y guardaba la pólvora, aunque nos parece temerario que estuviera situado debajo de las salas principales de la fortaleza; el refectorio, donde comían los caballeros templarios y que luego fue dormitorio de la soldadesca, y en el que, como el suelo está levantado, admiramos los cimientos de las columnas que, parecidas a palmeras, sostenían los arcos del techo: tres grandes tubos truncos de piedra; la bodega, la mayor sala de todas (nos la imaginamos repleta de barricas de vino, el mejor producto de esta tierra, y el trasiego de odres y botellas para saciar la sed y satisfacer la necesidad de alegría de los que vivían aquí); y, por último, la iglesia, románica, interior, austera, silenciosa, fortificada, en la que pasamos un buen rato descansando y charlando. Nuestra última visita es a la torre de San Miguel, una de las varias que circundan el castillo, a veinticinco metros de altura, desde la que volvemos a disfrutar de la vista del Ebro adentrándose majestuosamente en la sierra de Pàndols, entre arboledas plateadas y breves campos de labor, y sobrevolado por una pareja de milanos negros que buscan el almuerzo. Después del nuestro en un restaurante del pueblo —yo compenso el megabocata de fuet, que aún me pesa en las entrañas, con una crema de coliflor, blanca y delicada, y una exquisita calabaza con queso de la tierra—, vamos a Siurana, que Andreu considera el pueblo más bonito de Cataluña. Para que pueblos como este —o como Cadaqués— hayan conservado su encanto secular, la inaccesibilidad ha sido fundamental. Hoy ya no es inaccesible, pero para llegar todavía hay que recorrer una carretera muy estrecha y sinuosa (que Andreu insiste en que han arreglado mucho desde la última vez que estuvo aquí), batida por el viento. El pueblo corona un enorme peñón de casi 740 metros de altitud, asomado al río y al embalse de Siurana —hoy prácticamente seco, menos el tramo más cercano al dique, en el que sobrevive un brazo de agua verde— y rodeado por otras espectaculares formaciones rocosas, como la peña gemela de Siuranella y los acantilados de Arbolí, todos ellos frecuentados por escaladores que dejan las furgonetas con las que viajan en los inexistentes arcenes de la carretera. Muchas de estas peñas son, en la base, rojizas, y, en la cúspide, ocres o casi blancas, y a todas las pinta de cobre y transparencia el sol poniente. De piedra son asimismo las casas del pueblo, entre las que una fuente de 1888 recuerda a mosén Josep Salvat, fuese este quien fuese, y se alza la iglesia románica de Santa María, cuya hermosa portada luce tres arcos de medio punto, sostenidos por columnas con capiteles historiados, y un tímpano con un Cristo crucificado y ocho, no doce, adláteres. Desafiando el frío creciente, nos encaminamos a los restos de castillo, erigido en el siglo IX y último enclave musulmán de Cataluña, conquistado para la causa de Dios y el provecho de sus ministros por Ramón Berenguer IV en 1153. Aunque los restos son solo muñones de murallas y cimientos desorejados que no se pueden visitar, el paseo nos permite asomarnos al llamado Salto de la Reina Mora, un mirador situado en una de las muchas plataformas rocosas que se solapan en el pueblo, desde el que la leyenda dice que la última reina de la taifa se precipitó al vacío porque prefería la muerte a ser capturada por los cristianos. Sí, uno puede imaginarse lo que habrían hecho con ella. Es solo una leyenda, pero mucho más arrebatadora que la tontería aquella de Boabdil de echarse a llorar por la pérdida de Granada, y que encima le riñese su madre por hacerlo.