domingo, 31 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (y 3)

Sant Cugat del Vallès, 19 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En todo texto, por más que se estructure cabalmente y desarrolle las ideas como Dios manda, los lectores encontramos algunos asertos, algunos sintagmas, algunas palabras, en las que el ojo —y la inteligencia— se detienen. Es como si sobresalieran de la página y tropezáramos con ellos, pero no para trompicarnos, sino para complacernos. En tu última carta, entre otras agudezas y hermosuras, mencionas ese «otro lado del espejo» al que han saltado los místicos, y en el que el yo ni está ni se le espera. Tengo para mí que al otro lado del espejo han saltado, además de, ciertamente, Juan de Yepes y Hafiz, Miguel de Molinos e Ibn Arabí, que lo hicieron con la irredenta esperanza de que su yo desapareciera de una vez por todas en el mar incandescente de la divinidad —aunque cada uno siguiendo sus propias inclinaciones: los castellanos, tras un abnegado tránsito nocturno; los islamitas, sublimando los placeres diurnos—, todos los que han buscado, los que seguimos buscando en la literatura y el arte la vía para transformar nuestro yo, tiránico e irremediablemente uno, en un nosotros ilimitado, en un todo orgiástico. Nada menos que Muhammad Alí, aquel boxeador guapísimo (y que lo seguía siendo al final de su carrera), que se definió a sí mismo como alguien que, al igual que la hierba crecía y los pájaros volaban, él pegaba a la gente, recitó este poema monóstico de su autoría para concluir una conferencia en la Universidad de Harvard: «Yo, nosotros». Al otro lado del espejo, está cuanto intuimos que existe, pero no vemos; cuanto queremos que exista, pero no sabemos alumbrar; cuanto deseamos ser, pero no somos ni seremos. Al otro lado del espejo, se encuentra nuestra ansia —nuestra necesidad— de sagrado, que no tiene que ver con dios alguno ni, Dios nos libre, con clérigo de ninguna laya: la voluntad de trascender esto breve, y tan a menudo miserable, que reunimos entre las paredes del cuerpo, con desconchones crecientes y grietas que ya no solo fracturan la superficie enjalbegada, sino nos dejan ver, a cada hora que pasa, paisajes incomprensibles y rostros sombríos. Al otro lado del espejo está lo que nos gustaría alcanzar mientras respiramos —mientras morimos—, pero que, dolorosamente, sabemos que es «lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio».

Pero, ay, Jesús, como ves, quizá empujado (suavemente) por ti —copiamos, copiamos, los escritores copiamos—, yo también me he puesto serio. Y las cosas hay que tomárselas en serio, pero no demasiado en serio. Mejor reír, sin duda. Aunque en la risa también hay mucha tristeza. Es, quizá, su reverso necesario. Y no hay que recurrir a casos tan visibles como el de los cómicos que se han quitado la vida —como Robin Williams, que aún me hace sonreír al recordar su inverosímil imitación de un perrito caliente en Mrs. Doubtfire— o se la han dejado perder —como Eugenio, que, con cincuenta y nueve años, dijo «me quiero morir» y al día siguiente se murió—, para percibir esa inquietante dualidad. Basta con que echemos una mirada a la oscuridad que la risa trocea. Con que veamos cómo se recompone.

Más y más abrazos.

Eduardo.

Barcelona, 20 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Hemos hablado mucho del “yo”, ese animal de compañía, esa sombra jungiana, ese montoncito de migas para las palomas, en estas cartas nuestras. El “yo”, que corretea por las palabras sin detenerse del todo en ninguna de ellas; aunque algunos, predadores y asesinos del sí-mismo, lo cazan mientras lo hace para adornar sus salones. El yo manso y violento, caprichoso y meditativo, locuaz y demudado, nuestro y ajeno, volátil y plúmbeo, etéreo y carnal. Este “yo” que, cuando mediatiza lo que somos y lo pone al servicio de un “ego” (parece redundante pero no lo es: el “ego” es la estatua o solidificación del “yo”), estropea, a mi entender, la vocación última que debe tener cualquier obra creativa: ponerse al servicio de un “nosotros”. 

Ese (te cito) “nosotros ilimitado” o “todo orgiástico”, da igual si lo connotamos de trascendencia o de sociología, de ultramundo o de política a pie de calle, crea un espacio propicio para las revelaciones, las epifanías, las metáforas, las ideas, los poemas, los mitos… Un espacio de ser que, al menos desde Heidegger, sabemos que no es necesariamente metafísico; o que no lo es en absoluto porque la metafísica nos ha robado, durante siglos y más siglos, la posibilidad de conocer a la hormiga que también somos, a la nube que se posa en nuestro cuerpo (y al cuerpo que acepta esa nube) cuando se asoma desde lo alto a él, al olivo y sus dialectos polvosos y gustativos. Un espacio compartido: un abrevadero para la comunidad, una aldea para el sentido común, un rizoma de conexiones secretas. Un espacio para la imaginación poética, pero también institucional (ahora me acuerdo de Cornelius Castoriadis y, más cerca, de Agustín García Calvo), que limpie el mundo de los mil y un cepos del egoísmo rancio, simplón y peligroso que lo impregna casi todo.

Pero, en efecto, como haces bien en recordar, sin la risa nada de eso sería posible. No cualquier risa, por supuesto, o no cualquier manera de provocarla, pero esto los dos lo tenemos tan claro que me vas a permitir que no lo desarrolle. La risa y su carácter subversivo, y perdón por el tópico. La risa como deflagración (sin víctimas) del intelecto. La risa como vinculadora o nudo (volvemos al principio) y como hacedora de mayorías felices. La risa, un atributo divino, si Blanchot tiene razón, que nos diviniza a quienes creemos en ella. Quizás la última fe no marchitada por la historia que nos queda, la aldea irreductible que aún resiste el asedio de los poderes. 

Ni tú ni yo, por desgracia, somos Astérix y Obélix. Ni siquiera Ideafix o Asurancetúrix, el perro y el bardo, respectivamente, del célebre cómic. Pero seguro que ambos hemos soñado alguna vez con ser raptados hacia una ficción donde ser poeta no se parezca tanto a pelar patatas en un cuartel abandonado. Ya ves, compañero, que termino intentando arrancarte una sonrisa, aunque me temo que solo he conseguido ponerle una nota melancólica final a este intercambio epistolar nuestro.

Un abrazo grande,

Jesús.

lunes, 25 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (2)

Sant Cugat del Vallès, 16 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En realidad, no soy yo el que dice lo de «viaje gallináceo»: es Josep Pla, citado por mi padre. Mi padre, que adoraba la boina, el caliqueño y la socarronería gerundense de Pla, siempre recurría a esa expresión cuando había de calificar una salida breve y aparatosa, que no dejaba en el aire más que un revuelo de plumas. Y yo la he tomado prestada de mi padre, que me sigue susurrando cosas al oído pese a llevar treinta y ocho años muerto, igual que él la tomó prestada de Pla. No soy, pues, original. Y no lo soy por partida doble: he copiado a mi padre, que copiaba a Pla. Ya sabes tú que los escritores no hacemos más que tomar prestado —o saquear— lo que otros han escrito. A veces me pregunto si alguna de las ideas que tengo, o que he tenido, proviene solo de mí, y prefiero no responderme. Tener una idea propia es tan raro como la floración de la Puya Raimondii: solo sucede cada cien años. Y algunos no tendrían una idea propia aunque los amenazaran con arrancarles las uñas con una varilla de bambú.

Tu imaginación estimula la mía. Y, aunque en la vida civil es poco probable que me sintiera atraído por una monja budista, y menos por una que montase en quad, acepto tu erótica fabulación y me veo sumido en un espléndido escarceo con la lama, aunque no en «granjas y galaxias», sino en los más modestos paisajes de la Sierra de Gata, allí donde la veía pasar, entre rugidos espasmódicos y derrapes antigravitatorios, y donde me imagino reviviendo con ella aquellos mismos rugidos y derrapes, pero ahora carnales, agrestes, muy poco tántricos. Y dejaré para otra carta lo que el nombre de la lama me sugiere que haga la lama.

Comparto tu voluntad de enredarme en la red de existencias que configuran este mundo, y el cosmos entero, y hacerme piedrauniverso, como tan bien atinas a sintetizar con ese neologismo que cumple el primer precepto de las metáforas maravillosas: unir lo más alejado, unir lo imposible de reconciliar. Esa fusión, deseada, perseguida y tantas veces frustrada, acalla el dolor constante de ser uno, de ser solo uno, de estar apartado de la unidad esencial, esa de la que intuimos que alguien o algo nos ha amputado, esa que había antes de que fuéramos nosotros, esa que, probablemente, solo sea una creación de nuestra conciencia, pero que sentimos poderosa como el árbol que ahora veo menearse al viento por el balcón del despacho en el que escribo, o como ese montón de objetos insignificantes, pero llenos de palpitación, que abarrotan tu mesa de trabajo. Lorca se preguntaba por qué un zapato ha de ser solo un zapato y no puede ser también un tenedor o una jirafa (me he inventado los términos, porque no recuerdo los que utilizaba Federico, pero tú me entiendes). Pues yo me pregunto, a cada instante, por qué no puedo ser el pájaro —una paloma— que se acaba de posar en el árbol —un plátano— que veo por el balcón del despacho, o por qué no puedo encarnarme en las personas que pasan por mi lado en la calle, cada una con su orejas, y sus tatuajes, y sus pensamientos girando como engranajes en la gran máquina del cerebro; o, contraria, paradójicamente, por qué no puedo dejar de ser yo.

Porque, es verdad, la religio de la que hablamos nos permite participar del todo, de esa armonía cósmica que han vislumbrado Hölderlin y Cardenal, Poe y Paz, pero también me hace dolorosamente consciente de lo que me separa del todo. Saber que he de envolverme en esa red en la que todo se une, no me exime de sentir la soledad de cada nudo. Y, a menudo, ese sentimiento se impone al deseo de elevación. Ahí me veo entonces, uno, solo, férreamente delimitado por unos límites corpóreos y temporales, desasido, a eones de distancia de cualquier cosa o ser cercanos —como si la lámpara de luz amarilla que me ilumina o la taza de metal de mi escritorio en la que meto los lápices fuesen Alpha Centauri, la estrella más próxima a la Tierra, a 4,4 millones de años luz—, un nudo más, e infinitamente insignificante, en el tapiz inacabable de realidades que pueblan el mundo. Releo lo que acabo de escribir (pero yo no releo) y me doy cuenta de que me ha salido sinuoso y existencial, cuando podría haberlo dicho de una forma mucho más sucinta: el yo es un latazo. Tú también lo afirmas al final de tu carta: la lectura te permite desaparecer, descansar de tu yo. Esa es, ciertamente, otra de las virtudes de la lectura: que nos exime, mientras dura, de ese que nos acompaña, que nos persigue, que se inmiscuye en todos los asuntos de nuestra vida, que nos asfixia con sus miedos y sus obsesiones, y que, lo peor de todo, nos dicta a quién debemos herir, qué hay que sacrificar, cómo hemos de morir. El yo es un lastre que nos impide escapar de nosotros. Ahora que lo pienso, quizá esta sea también una idea muy oriental.

Abracísimos.

Eduardo.

Barcelona, 18 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Ahora que me aclaras la procedencia de la expresión «vuelo gallináceo» (y qué hermoso homenaje a tu padre, por cierto, y de paso a Josep Pla), de repente me doy cuenta que buena parte de lo que se escribe y, peor, se publica, es solo eso: un traslado insignificante con mucho batir de plumas. Literatura gallinácea. Y la poética de lo gallináceo como máxima aspiración de tantos escritores y críticos capados para la altura, el horizonte y los esfuerzos migratorios. Pero mejor lo dejo aquí, que no está el berenjenal para que un servidor, poco nefelibato ya, ande picoteando por él a tontas y a locas.

Me ha conmovido una reflexión endecasilábica tuya: «sentir la soledad de cada nudo». Eso es: uno está religado (qué alivio) pero uno está, sobre todo, solo. Soledad que uno sufre más cuanto más fuerte sea esa conciencia de participación en la unidad. La soledad del que lleva luz (Nietzsche, Jung y Martí lo dijeron con palabras muy parecidas), la soledad del que porta una luz (un lucifer) que no le pertenece o de la que solo posee una ínfima parte alícuota.

La luz, el nudo: nos delimitan, nos cartografían, nos colocan, nos siluetean, nos hacen conscientes, nos contienen, nos visibilizan; pero también: nos sajan, nos estrangulan, nos señalan como dianas. Los místicos, que son anti-gordianos y anti-damoclianos por definición (cualquier místico sabe que las espadas de Alejandro Magno y de Damocles implicadas en sus respectivas historias son incapaces de herir porque están hechas de aire, de nada, de mente…), han resuelto o disuelto este dilema saltando al otro lado del espejo, es decir, al lugar donde el «yo» ni está ni se le espera.

Pero los que seguimos llevando a cuestas el «latazo del yo», de nuevo una expresión tuya tan acertada, padecemos, en ocasiones trágicamente, esa dualidad irresoluble, esa gigantesca separación, ese oxímoron metafísico. Cuando escribo, por muy juguetón que parezca en diversos textos míos, lo hago siempre zarandeado por esta tensión: querer poner en el lenguaje lo que no cabe en el lenguaje o, todavía peor, lo que al lenguaje no le compete aceptar como tarea suya. El lenguaje se ríe de nuestras limitaciones, y esa risa, que uno puede escuchar a poco que rasgue las palabras del mundo, es justo la prueba de que eso que nos anuda al tapiz (siendo «eso» y «tapiz» quizás sinónimos en este contexto) es lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio y así hasta el infinito. ¿Estoy invocando una trascendencia, una teodicea? No lo creo. Modestamente, y como mucho, una poética no gallinácea que aspire a ser comprehendida por lo inabarcable-inagotable de la piedrecita de mi primera carta y por el resto de humildes coexistentes del universo.

Me he puesto demasiado serio. Ay. Te pido excusas, Eduardo. Con la de carcajadas que tú yo nos sacamos de la chistera cuando estamos juntos, y lo bien que nos sienta a ambos (perdón si me atrevo a interpretarte) hacer añicos conceptos, situaciones, experiencias y expresiones para planchar rigideces, despeinar silogismos y poner patas arriba el mundo. Un abrazo grande,

Jesús.

lunes, 18 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (1)

Hace cuatro meses, la escritora Valerie Miles nos invitó a Jesús Aguado y a mí a mantener una correspondencia para la sección homónima de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, en una suerte, como la propia Valerie nos precisaba, de intercambio epistolar de otra época: algo levemente oulipiano, decía Valerie, con lo que dar curso a un diálogo privado, sosegado, construido a partir de detalles pequeños y ordinarios, y formalizado en cartas, esto es, en pequeñas cápsulas de tiempo vivido. Jesús y yo, encantados con la idea, nos lanzamos jubilosamente a ponerla en práctica y nos asestamos tres cartas cada uno. Y yo disfruté enormemente de la experiencia: hablar, sin prisa y sin formalidades, de esto y de aquello, de todo y de nada, con un poeta tan luminoso y un pensador de lo poético tan penetrante como Jesús, me complació hasta los huesos. Las seis cartas que nos regalamos se publicaron en el número 906 de Cuadernos Hispanoamericanos, correspondiente a abril de 2026, bajo el título “Eduardo Moga y Jesús Aguado. La piedrauniverso sin escisión, sin dialéctica, sin Aristóteles ni Freud” (pp. 23-27). Reproduzco a continuación los dos primeras, y en entradas sucesivas colgaré asimismo, por pares, las siguientes.

14 de febrero de 2026

Querido Jesús:

Aunque, ignominiosamente, yo releo poco o, sin más, nada —ante un libro ya leído, no puedo evitar recordar las dizque últimas palabras de nuestro mejor reaccionario, Menéndez Pelayo: «¡Qué pena morir cuando queda tanto por leer!»—, esta tarde me ha dado por asomarme otra vez a Los poemas de Vikram Babu, que visité con fervor hace algunos años, y a maravillarme con esas fabulaciones hindúes, beneméritas y apócrifas, escritas por un poeta español. Lo más curioso del caso es que ha sido una tarde apresurada: andaba yo haciendo el equipaje para un vuelo gallináceo a Madrid, y regando las plantas (aunque las de fuera estaban sobradamente regadas, después del ensañamiento con que ha llovido en enero), y afeitándome para no parecer un adán en la lectura de mañana (he de acordarme de comprar espuma de afeitar en mi próxima visita al súper: del bote ya solo salían los fondos, acuosos), y, sin que sepa decirte muy bien por qué, quizá por ese mismo trajín, por esa misma urgencia, he necesitado sosegarme y he pensado en la poesía oriental, escrita por un poeta español. Y me he sosegado y la he releído.

¿No te pasa a ti esto? Es decir, ¿no sientes la necesidad, según cómo te encuentres, de leer una cosa u otra? Y, cuando digo «necesidad», me refiero a necesidad física, de modo que la lectura no sea solo un pasatiempo, o ni siquiera una compañía, con ser esto fundamental, sino una suerte de fármaco, un vendaje compre(n)sivo, un masaje en la espalda (o en los pies) de la sensibilidad?

Recuerdo que, en momentos de mucha aceleración, de casi angustia, he recurrido a las Epístolas morales a Lucilio, del viejo y modernísimo Séneca, y también a Qué es el budismo, de Borges, otro muerto muy vivo (y Alicia Jurado). En ambos casos, era como tomarme un válium, o varios. En otras ocasiones, en cambio, de apocamiento y casi marasmo, me he estimulado con algún delirio del conde de Lautréamont o alguna pesadumbre de Cioran. Cioran, que ha coronado todos los ochomiles de la desesperación, me hace reír. Y me anima, increíblemente. La inteligencia siempre lo hace.

Los poetas en español han culminado excelentes trasvases de las literaturas orientales, ¿no te parece? (Bueno, qué te voy a contar a ti). Ejemplo de esto es uno de mis libros de cabecera, El mono gramático, de Octavio Paz, aunque no estoy muy seguro de que sea un trasvase, sino solo Octavio Paz pasado por la selva. El mono gramático me gusta porque me interpela desde el título: mono y gramático: yo. (Y perdona el egocentrismo, que es mucho mayor de lo que esta anécdota revela). Los poemas en prosa (si es que son poemas en prosa) que siguen a ese título, referido tanto a cada uno de nosotros como a la apabullante especie a la que pertenecemos, son un modelo de ajetreo y, a la vez, de pausa. Su bullicio de palabras es el mismo que el de las hojas de los árboles de Galta, que no dejan de crecer sin que las veamos crecer, y por entre las cuales circula un viento húmedo y rocoso.

Paradójicamente, me interesan mucho estos casos de mestizaje literario oriento-occidental, pero me disgustan ―y juzgo imposibles de llevar a cabo― los intentos de aplicar en las sociedades europeas las filosofías y doctrinas asiáticas. No distingo a los hare krishna, con sus rapaduras azafranadas y sus desquiciantes monodias, de una congregación de titiriteros, ni puedo dejar de reír ante una monja budista que fatigue las trochas en quad, como era habitual ver, hace años, en la Sierra de Gata.

Y ahora te dejo, que aún no he acabado de hacer el equipaje.

Un abrazo grande.

Eduardo.

15 de febrero 2026

Querido Eduardo:

espero que el viaje te haya ido bien. Viaje o vuelo, como tú dices, “gallináceo”. Qué gracia me ha causado recrearte en mi cabeza a bordo de una gallina (cuya especie, por cierto, y al hilo de tus comentarios orientales, te recuerdo que procede del sudeste asiático); en mi cabeza no ha tardado de armarse un cómic donde tú y la monja budista en quad que citas al final de tu carta os perseguís por granjas y galaxias con porfía primero, cierta atracción encubierta después y, por último, una efusiva e irresistible concordancia tántrica. 

Te pido excusas porque la imaginación es, siempre, lo que primero se me dispara. Cualquier cosa lo hace. Tu mención de Adán, aunque en un contexto humorístico, me recordó un ensayo juvenil de Ortega y Gasset, Adán en el Paraíso, donde puede leerse: “Una piedra al borde de un camino necesita para existir del resto del universo”. Eso es la imaginación para mí: la facultad que rescata, o intenta hacerlo, cualquier cosa de su soledad esencial con respeto al “resto del universo”. Darle universo a las cosas. Darnos universo a nosotros mismos. Cósmicos y minúsculos a la vez, imaginar la armonía última que une todo con todo. Analogías, símbolos, ritmos, relaciones explícitas o secretas, conjunciones y disyunciones: para Octavio Paz, que toma esta idea tanto del romanticismo y el surrealismo europeos, y un poco del estructuralismo, como del hinduismo y del budismo, ese es el verdadero cometido de la poesía. Un tejido dentro del cual debemos encontrar, los poetas, nuestro lugar y la voz con que expresarlo. Ser la piedra y ser el universo. O mejor: ser la piedrauniverso sin escisión, sin dialéctica, sin Aristóteles o Freud. 

Me encanta que recuerdes El mono gramático, quizás el libro que más he releído en mi vida. (Releer es una pasión para mí, y un acto de justicia con ciertos libros inagotables o que uno repasó distraído en su momento; pero de esto, si te parece, hablaremos otro día). En uno de sus capítulos se hace una enumeración de especies vegetales que recuerda la enumeración de naves al principio de la Ilíada. También ese extraordinario libro tuyo titulado Poemas enumerativos, un compendio de obsesiones que arrasan, hipnotizan y conmueven. Me obsesionan las enumeraciones porque me obsesiona la inabarcabilidad del mundo. No del mundo en abstracto o como suma de lo que hay, sino del mundo de esa piedra del ejemplo orteguiano; de cualquier piedra, de cualquier experiencia, de cualquier instante. Es imposible agotar nada. Miro mi mesa de trabajo ahora mismo (un ahora mismo lábil que se escurre entre los dedos) y es inabarcable, inagotable: sombras, cables, papeles, carpetas, libros, teclas de ordenador, un vaso de agua vacío, el teléfono, el polvo, el gris y el marrón y el blanco y el rojo de los distintos objetos, la pared contra la que se apoya, la barra de pegamento, la grapadora, el portalápices, el colirio… ¿Cómo sobrevivir a esta sobreabundancia y, sobre todo, cómo superar la angustia de que, escriba uno lo que escriba, el mundo no estará representado más que en sus sobras, sus minucias, sus apariencias, sus naderías o sus bordes? 

Lo inabarcable se puede enumerar (cada cosa un número pi de infinitos decimales), pero eso no lo desactiva (hablo por mí, claro) como desencadenante de crisis interiores, de falta de confianza en la realidad, incluso de esterilidad creativa. Lo único que lo hace es ese principio de religación universal al que Paz y otros se refieren; porque cuando uno sabe y siente y participa de ese estar todo atado a todo deja de preocuparse por los modos en los que esa totalidad elige para desplegarse o para, quizás usándonos a nosotros, decirse. La imaginación, que en mí, como te decía, salta con cualquier motivo, es la que mantiene en buen estado la red de pescar mundos para que estos, en justa correspondencia, nos almacenen en sus nasas (peces vivos, no pescados boqueantes) y nos pongan a disposición del universo, de las piedras y de mi mesa de trabajo. 

Me encanta lo que dices de la lectura. Pero como ya me he extendido demasiado, solo un apunte: para mí la lectura, además de un fármaco como lo es para ti, es el lugar de mis desapariciones, un espacio-tiempo donde descansar de mi yo mientras buceo y me nutro en el yo de los grandes. 

Un abrazo grande.

Jesús.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Me jubilo

Nuestro entrañable ‘jubilar’ proviene del latín iubilare, que significa literalmente ‘lanzar gritos de júbilo’ (por la satisfacción del que ya no ha de trabajar, nos aclara Joan Corominas en su inigualable diccionario etimológico). La jubilación ha sido, pues —desde que la crearan los romanos para gratificar a los legionarios que hubieron cumplido veinticinco años de servicio—, motivo de inenarrable alegría, que ha cristalizado en nuestro idioma en la palabra ‘júbilo’. Yo me sumo hoy, 12 de mayo de 2026, a ese júbilo jubilar, porque me jubilo. Aunque, por desgracia, no después de veinticinco, sino de treinta y siete años de servicios al Estado. Tras algunos escarceos laborales veraniegos cuando era estudiante y el paso más fugaz de la historia por la nómina de El Corte Inglés —solo trabajé un día para la empresa de Ramón Areces—, ingresé como funcionario del cuerpo superior en la Generalitat de Cataluña, de la que cobré mi primer sueldo en julio de 1987. Y hasta hoy. Hubo un paréntesis de algo más de cuatro años y medio en mi desempeño como funcionario del gobierno autónomo: entre septiembre de 2013 y febrero de 2016 viví en Londres, en excedencia, dedicado a escribir, traducir y conocer aquella fascinante ciudad; y desde marzo de 2016 hasta abril de 2018 trabajé, en situación de servicios especiales, para la Junta de Extremadura. Pero también en Mérida, como director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura de la región, conservé la condición de empleado público: era personal eventual. Debo confesar que, a lo largo de esta dilatada vida laboral, los periodos de trabajo en los que he sido más feliz, han sido aquellos en los que no he trabajado para ningún empresario ni organización, aunque mucho como escritor: mi estancia en Londres y el año en el que estuve de baja por depresión en 2023. En realidad, y como ya he contado en este blog (y con esta misma expresión), trabajar es una mierda. Lo intuí desde el principio, cuando empiezas a comprender, aunque todavía no a racionalizar, que el trabajo —un término que proviene de tripalium, un instrumento de tortura en la, de nuevo, antigua Roma: la etimología nos descubre gruesas verdades— es una forma de prostitución, no solo aceptada socialmente, sino ensalzada y promovida: en las sociedades capitalistas (y en las comunistas, cuando existían, también), la identidad, más aún, la razón de nuestra existencia se conforma gracias a ella: uno vende lo más valioso que tiene, lo más valioso que es, el tiempo de su vida, para poder vivir. Una paradoja dolorosa y perversa, que nos expulsa de nosotros, que nos estraga y nos mata. Algunos, no muchos, muy pocos, tienen la inteligencia y también la suerte necesarias para encontrar una tarea que, además de darles de comer, les alegre o satisfaga. La mayoría penamos en nuestros trabajos como galeotes desorejados, siempre deseando estar en otra parte, o hacer otra cosa, o no hacer nada. Pero incluso aquellos afortunados que disfrutan con lo que hacen, sufren la ignominia de servir a intereses ajenos, de acatar disciplinas absurdas, de obedecer a jefes inútiles, ponzoñosos o disparatados. Las estructuras laborales —empresas y administración pública, pero también los autónomos, que creen gozar de más libertad, pero que están sometidos a la peor constricción de todas, la autoexplotación, el chantaje interiorizado, y sufren con más crueldad las tropelías del mercado— aplastan al individuo: lo moldean con horror, lo esquilman, lo queman. Están pensadas para eso: obtener beneficio —su objetivo primordial, o más bien el único— es obtener todo lo posible del individuo: arrancarle sus habilidades y su inteligencia, sus años y su piel, su ser todo. Y, para rematarlo, muchas veces con idiotez: si trabajar es una calamidad, trabajar en algo idiota, o para alguien idiota, o por algo idiota, es el culmen de la abominación. Por desgracia, aún no hemos encontrado la forma de subvenir a nuestras necesidades sin tener que hacerlo. Pero, hasta que demos con ella, el Estado formalmente del bienestar, pero que solo es, en realidad, el Estado del ir tirando, aporta la solución transitoria, el parche, aunque bienvenido sea, de la jubilación. En mi historia laboral, no obstante, no todo ha sido congoja y chirriar de dientes. Recuerdo que empecé con ilusión mi trabajo como funcionario y que, durante no pocos años, aquella ilusión me mantuvo a flote. No me gustaba la rapacidad de las empresas, ni la enajenación a la que condenaban a sus empleados. Me satisfacía mucho más prestar un servicio público, esforzarme por la comunidad, garantizar el uso adecuado del dinero de todos; y también no tener que preocuparme por hacerme con un sueldo cada mes: el de la administración caía cada día veinticinco con la regularidad de un metrónomo. Pero quien trabaja para la administración pública, para cualquier administración pública, no tarda en comprender —si es que no lo sabía ya, y por eso ha ingresado en ella— que es un reino somnífero y vasoconstrictor, tolerante con el inepto y el sinvergüenza, cuya estructura paramilitar, pese a cuantos avances tecnológicos pueda incorporar —en mis primeros años oficinescos, todavía escribíamos a máquina, y con papel carbón, en unas elefantiásicas Olivettis grises—, mantiene sometido a los funcionarios a una disciplina castrante —a la que muchos de ellos, hay que añadir, se adaptan con gusto—. En el caso de la administración catalana, se daba una particularidad más, y era que se trataba de una organización repulsivamente politizada, al menos durante los interminables gobiernos de Convergència y sus sucesores o avatares soberanistas, que fueron aún peores. Los funcionarios sufrían, así, la indolencia consustancial a la estructura administrativa y el sectarismo propio de unos jefes afectos a la causa. En cualquier caso, si de algo estoy seguro es de que yo no voy a padecer el síndrome de y ahora qué haré que aqueja a tantos recién jubilados, algunos de los cuales no dudan en morirse poco después de haber abandonado el barco laboral: su vida ha perdido sentido y se dejan ir, o bien están tan deteriorados que no tardan en desmoronarse con la ayuda de una embolia, un infarto o algún mal semejante. Esta desorientación existencial es otra de las aportaciones que hemos de agradecerle al capitalismo en el que aceptamos vivir: el trabajo lo es todo, ser productivo lo es todo, y, cuando ya no trabajamos ni somos productivos, la vida se pulveriza, se esfuma. Se conoce que las nuevas generaciones están cambiando esta forma de entender la servidumbre laboral, benditas sean, y que ya no lo fían todo al desarrollo profesional, ni a la estabilidad a ultranza, ni a la empresa es como la familia, ni a ninguna de las patrañas con las que el sistema se ha garantizado durar hasta hoy mismo. Pero, como decía, yo ya había hecho esa revolución en mi fuero interno, y no porque fuese más listo que los demás, sino porque las hechuras de la condena laboral —el “infierno idiotizante” de la oficina, como decía Cioran, que jamás se rebajó a la indignidad de realizar trabajo asalariado alguno— se me hacían dolorosamente opresivas, como un pantalón demasiado estrecho. La jubilación no es, pues, en mi caso, un anonadamiento ni mucho menos una amputación, sino la continuación de una vida que he querido creativa y de un afán de contemplación, de puro goce sensual, que por fin practicaré sin restricción alguna, sin horarios ni atisbo de culpa. Lo único que me atrevo a pedir ahora es que la muerte me respete unos años: no criar un cáncer, ni padecer alzheimer, ni que me atropelle un autobús, hasta dentro de algún tiempo (de bastante, si puede ser). Y luego ya, si eso, que sea lo que Dios quiera. Trabajar es una esclavitud y jubilarse, una forma de manumisión, insuficiente y tardía (yo fusilaría al amanecer a todos esos estalinistas de la estadística que propugnan retrasar cada vez más la edad de jubilación; estos días he leído a un desalmado, a quien Dios confunda, que propone hacerlo ¡a los setenta y dos años!), pero parcialmente redentora. Celebrémosla como los antiguos y esforzados legionarios romanos cuando, tras haber sobrevivido a marchas y hambrunas, a ciénagas y bárbaros, a horrores y adversidades sin cuento, alcanzaban el fin de sus servicios. Nosotros quizá no hayamos pasado por tanto, pero de ciénagas y bárbaros los trabajadores, todos los trabajadores, sabemos un rato.

jueves, 7 de mayo de 2026

Novelemas y poevelas

Julio Cortázar (Ixelles, Bélgica, 1914-París, 1984) fue un poeta metido a novelista. Otros como él —gente naturalmente hecha para la poesía: que no se conforma con la mera realidad de las cosas, sino que busca siempre en ellas, con el punzón del lenguaje, un envés, una trastienda, un cuarto oscuro— se iniciaron en la poesía, pero la abandonaron: habían descubierto que la mejor manera de ser poeta era escribir novelas. Así lo hicieron Faulkner o Julio Llamazares, por ejemplo. Algunos llegaron a esa conclusión antes incluso de haber escrito un verso, como Francisco Umbral. Entre los clásicos, encontramos no pocos que, pese a haber seguido el camino de la prosa, nunca renunciaron a la poesía, como Cervantes, aunque este la considerara el don que no había querido concederle el cielo. A esta estirpe pertenece Cortázar, aunque a él sí se lo concedió. El argentino fue reconocido por una de las grandes novelas del siglo, Rayuela, y por sus extraordinarios relatos, entre otras obras en prosa. Fue también dramaturgo, un crítico afilado y un epistológrafo imparable. Sin embargo, nunca dejó de escribir poesía: nunca la abandonó como tarea íntima, nuclear, aunque la publicara avaramente: en 1938 se estrenó con Presencia, un sonetario firmado con el seudónimo de Julio Denis, y hasta 1971 no publicó un segundo poemario, Pameos y meopas; el año de su muerte, en fin, vio la luz Salvo el crepúsculo. En 2005, se publicó toda su poesía conocida —también la inédita— en el volumen IV de sus Obras completas, en Galaxia Gutenberg. Ahora, Alfaguara republica ese volumen con dos cambios importantes: se suprime el libro en prosa Imagen de John Keats y se añaden los treinta y tres poemas inéditos descubiertos por el profesor Jesús Rubio Jiménez en varios fondos bibliográficos depositados en la Fundación Lázaro Galdiano, de Madrid, los diez primeros de los cuales integran un libro completo, Fábula de la muerte, escrito en 1941 y firmado, de nuevo, por Julio Denis.

La dedicación a la poesía de Julio Cortázar no ha sido subterránea, como demuestran los varios —aunque escasos— poemarios que publicara en vida, pero sí recogida y silenciosa. La razón de este recogimiento la da el escritor en el prólogo de Pameos y meopas: «Mis poemas no son como esos hijos adulterinos a los que se reconoce in articulo mortis, sino que nunca creí demasiado en la necesidad de publicarlos; excesivamente personales, herbario para los días de lluvia, se me fueron quedando en los bolsillos del tiempo sin que por eso los olvidara o los creyera menos míos que las novelas o los cuentos…». En la «Carta abierta para abrirla más», dirigida a Gianni Toti, el traductor al italiano de Le ragioni della collera, publicado en 1995, Cortázar remacha y amplía este juicio: «El hecho de no haber publicado nunca nada que no fuera prosa (salvo un pecado de juventud en forma de sonetos) me había acostumbrado pavlovianamente a dejar mi poesía en estado de manuscrito, como actividad íntima, sin buscar el lector o los lectores que, de todos modos, implicaban siempre. (…) En efecto, si las “razones de la cólera” fueron para mí, hace veinte años, sobre todo metafísicas y morales, inadaptaciones frente a una realidad que entonces prefería ignorar antes que combatir, hoy estas razones obedecen a un sentimiento directamente enraizado en una conciencia revolucionaria, y la cólera no es un pretexto de fuga o de sustitución, sino de ataque y de combate».

En el «pecado de juventud» que fueron los sonetos de Presencia siguió incurriendo Julio Cortázar toda la vida. El soneto, «ese agazapado íncubo de la poesía en lengua castellana», no anacrónico, sino ucrónico, en palabras del propio escritor, recorre su obra de principio a fin, como principal reflejo de su lectura de los clásicos, con Góngora y Garcilaso a la cabeza, y su formación en los patrones de la poesía áurea española. Cortázar recurre a menudo a ellos, y también a otras formas estróficas tradicionales como el romance, en versos escandidos y rimados. Pero a este lecho clásico afluyen otras dos corrientes principales. En primer lugar, la vanguardista, dada al juego y la experimentación —con un ingenio no trivial, sino siempre trascendente—, iluminada de quebraduras y zigzagueos, proclive a la mezcla (de verso y prosa, de realismo y alucinación, de líneas y dibujos, de idiomas), en la que las fabulaciones oníricas, paradójicamente procuradas por un insomnio tenaz, la síncopa del jazz, del que Cortázar fue siempre un enamorado, y el acarreo mallarmeano, ceñido a la sustancia corporal del lenguaje, configuran una poesía acalambrada y autorreferencial, hecha de «embudos, succiones, maelstroms de imágenes y derelicts del recuerdo chocando entre ellos» —como escribe en «Grèce Grecia Greece 59», un poema que se publica apaisado—, en la que se respira la influencia de Vallejo y Neruda, entre otros miembros de la tradición de la ruptura. «Mueven las ganas y blancas/ en dos jugadas. ¡La fresca que repausa!/ Salgamos todos a cazar/ los rinopótamos y los hipocerontes. Pero, ay,/ tanto va el rompe a la fuente/ que al fin se cántaro…», leemos en el poema «Se le lengua la traba», un poema que recuerda los estupefacientes juegos lingüísticos de Rayuela.

Y, en segundo lugar, una corriente de poesía crítica y comprometida, no solo de denuncia, sino también de pelea, en defensa del humanismo ilustrado y contra la injusticia social instaurada por el capitalismo y resguardada con saña por las numerosas dictaduras de Hispanoamérica, y del mundo entero, tras la Segunda Guerra Mundial; una defensa que no dudó en aplicar a la revolución cubana y, después, a la lucha contra el infame Somoza en Nicaragua. En esta dimensión de su poesía, se impone un lenguaje templado de metáforas, pródigo en reveses dialécticos, directo, sangrante, coloquial e indignado, aunque siga componiendo un flujo drástico y esquinado, como la propia realidad que retrata. Pese a que el espíritu reivindicativo acompañó a Cortázar toda la vida, se hace especialmente presente en los poemas incluidos en su libro Último round, de 1969, como el extenso y también apaisado «Noticias del mes de mayo» —sobre el mayo parisino del 68, que tantas esperanzas dio a la izquierda mundial— o «Álbum de fotos», en el que leemos: «La verdadera cara de los ángeles/ es que hay napalm y hay niebla y hay tortura./ La cara verdadera/ es el zarpazo entre la mierda, el lunes de mañana, el diario./ La verdadera cara/ cuelga de perchas y liquidación de saldos, de los ángeles/ (…) la cara de un negrito hambriento,/ la cara de un cholito mendigando,/ un vietnamita, un argentino, un español, la cara/ verde del hambre verdadera de los ángeles…».

Situados en uno o varios de estos tres grandes cauces creativos, los poemas de Cortázar refieren melancolías —recuerdos familiares, andanzas de juventud— de la Argentina que había abandonado; lances de amor y desamor, de los que emana un erotismo delicado, nunca abrasivo; zozobras existenciales —el paso del tiempo, el derrumbamiento de las cosas, la muerte—; descripciones asombradas y asombrosas de la naturaleza y la ciudad; y, en fin, tallas minuciosas de una cotidianidad permeada de extrañeza y celebración. En todos ellos, las ideas se subordinan al empuje emocional. Cortázar desmenuza las sensaciones y los sentimientos, y los dispone en un collage inacabable, que rehúye lo lineal y acentúa lo soñado. En su mirada conviven la introspección implacable de lo que bulle en la conciencia y la contemplación crítica de cuanto sucede en el mundo. Los versos que plasman esa cohabitación constituyen una orfebrería que, paradójicamente, rezuma naturalidad, un caudal de imágenes y asociaciones en cuyas aguas no se diluye la voz del poeta, sino que se encrespa y corrobora. Los poemas de Julio Cortázar aparecen escritos en el flujo de la vida, al hilo de sus descubrimientos y tropezones, fruto de una reflexión ininterrumpida sobre el placer y el dolor de ser.

[Este artículo se publicó en Letras Libres, n.º 295, abril de 2026, pp. 55-57]

jueves, 30 de abril de 2026

El barco ebrio y otros poemas, de Rimbaud

La Universidad de Extremadura acaba de publicar El barco ebrio y otros poemas, de Arthur Rimbaud, en su colección Textos UEx, que dirige el poeta y profesor Mario Martín Gijón. Se trata de la reedición de la traducción que publiqué en la colección de poesía de DVD Ediciones en 2007, bajo el título Obra poética completa, de Rimbaud. En ella, el poeta y crítico Miguel Casado y yo nos repartíamos la traducción de toda la producción del escritor francés: a mi cargo quedaron, precisamente, “El barco ebrio” y una treintena de poemas de juventud de Rimbaud, aunque decir esto es una tautología, porque todos los poemas de Rimbaud fueron escritos cuando era joven (“El barco ebrio”, a los dieciséis años, en 1871, en su casa familiar de Charleville, de la que siempre escapaba y a la que siempre acababa volviendo, hasta que se fue a África). Mío era también el epílogo de aquel volumen. El libro que hoy ve la luz en la Universidad de Extremadura incorpora esa traducción, ahora actualizada; un estudio introductorio escrito ex profeso para esta edición, con un amplio apartado bibliográfico; el epílogo de la edición de DVD; y, en la contrasolapa, la semblanza crítica que escribiera Sergio Gaspar, el editor de DVD y buen amigo, para su edición del libro. Les agradezco mucho a la UEx y a Mario Martín Gijón la confianza que han depositado en mi trabajo, la oportunidad que le brindan de tener una segunda vida y, en último lugar, pero no por ello menos importante, la posibilidad que me dan de volver a Extremadura, una tierra en la que, pese a las dificultades por las que atravesé allí, siento muy cerca de mi corazón. Desde que dimitiera como director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura de la región, no había estado presente en la vida cultural de la comunidad, y celebro que esta resurrección de mi Rimbaud me devuelva, siquiera modestamente, a un lugar que estimo en lo personal y que valoro en lo intelectual.

Esto escribo en el prólogo:

Traducir a Arthur Rimbaud no es moco de pavo. En realidad, no lo es traducir a ningún poeta, si es verdadero. En el caso del francés, las dificultades se acentúan no solo por las referencias a realidades sociales y culturales ya considerablemente alejadas en el tiempo, sino también por el carácter visionario —y hasta cabría decir que alucinatorio— de muchas de sus composiciones, una condición propiciada por el consumo de alcohol y diversas sustancias lisérgicas, y por el entendimiento mágico —o esotérico— de la realidad que tenía, o pretendía, el poeta. Rimbaud gustaba, además, de inventar neologismos. Como tantos otros poetas que han empujado más allá los límites del lenguaje, intentando con ello empujar asimismo los límites del mundo, las palabras comunes no le bastaban para fundamentar su aventura: tenía que crear otras nuevas que se adecuaran mejor a los vaivenes de su psique, a las exigencias de su expresión. Pero en la propia dificultad del lenguaje y la cosmovisión rimbaldianos se encuentra la llave de una mejor traducción, como también sucede, y sigue sucediendo, con sus herederos surrealistas: las imágenes irracionales no necesitan de interpretación en el momento de verterse a otro idioma. Su propia irracionalidad determina derechamente las opciones del traductor. Cuando Rimbaud escribe, en “El barco ebrio”, «à travers mes liens frêles/ Des noyés descendaient dormir, à reculons!», por ejemplo, no es menester escudriñar las palabras para discernir si contienen o significan algo más de lo que dicen. Basta, a mi juicio, con traducir «por mis frágiles amarras/ bajaban, a reculones, los ahogados a dormir» (aunque quizá «amarras» podría ser «ataduras», pero utilicé «amarras» porque la acción sucedía en un barco que navegaba; «ataduras» es inespecífico, demasiado general). Una vez el verso haya adquirido su nueva forma en el idioma de destino, será el momento de hacer todas las elucubraciones que se estimen necesarias para desentrañar sus connotaciones y su sentido. Así pues, la literalidad viene a ser el mejor ayudante del traductor, aunque, naturalmente, esa literalidad léxica deba compatibilizarse con otra, rítmica, con la que no siempre coincide. La lógica romance compartida por ambos idiomas, francés y español, que garantiza una sintaxis cercana y un vocabulario no muy disímil, ayuda a la fijación de la versión idónea. Que siempre será otra poesía, claro, como sucede con toda poesía traducida. Pero si eso era el yo de Rimbaud, un autre, no resultará inadecuado —ni a él le parecería mal, quiero pensar, cuando todavía le importaban estas cosas de la poesía— que también lo sean sus versos en castellano. 

Y esto escribe Rimbaud y yo traduzco:

AU CABARET VERT
CINQ HEURES DU SOIR

Depuis huit jours, j’avais déchiré mes bottines
Aux cailloux des chemins. J’entrais à Charleroi.
– Au Cabaret-Vert: je demandai des tartines
De beurre et du jambon qui fût à moitié froid.

Bienheureux, j’allongeai les jambes sous la table
Verte: je contemplai les sujets très naïfs
De la tapisserie. – Et ce fut adorable,
Quand la fille aux tétons énormes, aux yeux vifs,

– Celle-là, ce n’est pas un baiser qui l’épeure! –
Rieuse, m’apporta des tartines de beurre,
Du jambon tiède, dans un plat colorié,

Du jambon rose et blanc parfumé d’une gousse
D’ail, – et m’emplit la chope immense, avec sa mousse
Que dorait un rayon de soleil arriéré.


Octobre 1870

EN LA TABERNA VERDE
A LAS CINCO DE LA TARDE

Con los botines rotos, tras ocho días
de caminos pedregosos, llegué a Charleroi
y, en la Taberna Verde, pedí unas rebanadas
de manteca y jamón que estuviese templado.

Satisfecho, estiré las piernas por debajo de la mesa
verde, mientras examinaba los motivos naífs
de la tapicería. Y fue delicioso
que la camarera, de tetas enormes y ojos como brasas

–y a la que seguro no asustaba un beso–,
me trajera, riendo, en una fuente de colores,
las rebanadas de manteca y jamón tibio

–un jamón rosado y blanco, perfumado con un diente
de ajo–, y me llenara la jarra inmensa de una espuma
que doraba un rayo de sol tardío.

Octubre del 70

LA MALINE

Dans la salle à manger brune, que parfumait
Une odeur de vernis et de fruits, à mon aise
Je ramassais un plat de je ne sais quel met
Belge, et je m’épatais dans mon immense chaise.

En mangeant, j’écoutais l’horloge, – heureux et coi.
La cuisine s’ouvrit avec une bouffée,
– Et la servante vint, je ne sais pas pourquoi,
Fichu moitié défait, malinement coiffée

Et, tout en promenant son petit doigt tremblant
Sur sa joue, un velours de pêche rose et blanc,
En faisant, de sa lèvre enfantine, une moue,

Elle arrangeait les plats, près de moi, pour m’aiser;
– Puis, comme ça, – bien sûr, pour avoir un baiser, –
Tout bas: «Sens donc, j’ai pris une froid sur la joue…».

Charleroi, octobre [18]70


LA PICARONA

En el comedor fosco, perfumado
por un olor a barniz y fruta, me hice,
a mi sazón, con un plato de no sé qué guisote
belga, y me despatarré en un asiento inmenso.

Mientras comía, callado y contento, escuchaba el reloj.
Se abrió la cocina, como una bocanada,
y se acercó la sirvienta, no sé por qué,
con la pañoleta entreabierta y un peinado travieso.

Y mientras paseaba el meñique, tembloroso,
por la mejilla –terciopelo de melocotón
rosado y blanco– y hacía, infantil, un puchero,

me arreglaba los platos, para que estuviese cómodo;
y luego, distraída –sin duda para que le diera un beso–,
me dijo, muy bajito: «Toca, toca: he cogío frío en la mejilla…».

Charleroi, octubre de [18]70
                                                   

Autor: Arthur Rimbaud
Edición, traducción y notas: Eduardo Moga
Colección: Textos UEx
Número en la colección: 23
Materia: Poesía
Idioma: Castellano
EAN: 9788491273530
ISBN: 978-84-9127-353-0
Páginas: 150
Ancho: 13 cm
Alto: 20 cm
Edición: 1
Fecha publicación: 17-04-2026

sábado, 25 de abril de 2026

El abrazo

Un mechón que se pega a la mejilla. Un pelo que se enreda en las pestañas. La rodilla que se siente en el muslo. Los ojos, pelotas negras de pimpón. El cosquilleo del vello público en la ingle. El pálpito del corazón en los dedos entrelazados. El suave amontonamiento de un pecho contra el pecho. Una cicatriz como un gusano enterrado. Una gota de sudor extraviada en la axila. La piel, sedosa como el parche de un tambor que aún no ha redoblado. La punta de flecha de un pezón. El brazo que se acomoda a la curva de la cadera. Las lenguas que se abrazan todavía. Los dedos de los pies, que rastrillan los empeines del otro. Un dedo que se libera y recorre las últimas cornisas de la espina dorsal. El aliento que se bebe. Las narices que se tocan. Los codos, siempre interpuestos, a los que nunca ha cantado nadie en la poesía universal. Las palabras, tan susurradas que parecen decirse muy lejos, dentro. El arañazo benigno de una uña. El cuerpo desdoblado, unido, despierto, dormido. El parpadeo, como si un insecto grande se hubiera posado en la frente. El pene inmóvil, y satisfecho de su inmovilidad, entre los muslos. La quietud desasosegada de la piel. La sonrisa que se abre paso en la penumbra de la habitación. Los dientes blandos. Un tendón que se tensa. Otro que se relaja. Las costillas que encajan. El pálpito del corazón en el tórax y contra el tórax. El movimiento leve, que solo busca reajustarse entre músculos, entre caricias. La fragancia ferruginosa de los sexos. El martillo muelle de las sienes. El coágulo de las miradas. Las sábanas entrometidas en los pliegues, en los rincones. La mano que explora un hueco que acaba de descubrir. Otro mechón que se rebela. El corazón, el corazón, el corazón. La ropa en el suelo, como una bandada de pájaros sedentes. El rítmico fuelle de los pulmones. El aire, como una colcha. La oscuridad, como un caparazón. La carne que parece licuarse, pero detenida en el último estadio de la solidez. Un lunar en el que no se había reparado. Franjas tibias de grasa. Un pellizco amable por un rebullir. Un rayo de luz de la tarde que se cuela hasta las nalgas. Las nucas, ásperas. Los labios, sangre delineada, comestible. El otro pezón, un matacandelas aterciopelado. La oxitocina llamando a las puertas de la conciencia. El tiempo que no pasa.