Rosas no pasa por ser uno de los pueblos más bonitos de la Costa Brava. Yo solo lo había visitado hace muchos años, invitado por un buen amigo mío, cuyos padres tenían un apartamento veraniego en la localidad. Y, de hecho, apenas recuerdo nada del pueblo, salvo las eternas discusiones —sobre política y fútbol— que mi amigo Jordi y yo teníamos en la casa. Esta vez, en que vuelvo a visitarlo, en cambio, admiro largamente, y nunca mejor dicho, su amplísima bahía y su extenso paseo marítimo, que la recorre de un extremo a otro. La visita también nos llevará a conocer uno de los atractivos históricos del lugar, el castillo de la Trinidad, que protegía a Rosas, precisamente, de piratas y franceses. Desde donde nos alojamos Álvaro, Mireia y yo hasta el castillo hay casi cinco kilómetros: una hora de caminata. Por suerte, no hace frío, sino un día casi primaveral, con una temperatura muy suave y un sol luminosísimo en el centro de un cielo lujuriosamente azul. Yo arrastro todavía el último de una cadena de resfriados —al igual que ha habido una cadena de borrascas en el país, la ha habido de catarros en mi avejentado organismo— que me tiene martirizado desde antes de la pasada Navidad: es el tercero que empalmo, y no dejo de maravillarme de la extraordinaria capacidad que tiene el cuerpo humano para producir moco. Si hoy hiciera aquí el típico día rosense de febrero —anterior al cambio climático—, con tramontana y helada, no habría podido salir de casa. Pero, animado por el calorcito y la luz, me he lanzado, con la compañía de mis hijos, a cubrir los diez kilómetros de nuestra excursión de hoy, cuya primera etapa concluye en la principal iglesia del pueblo, la de Santa María, de corte tardíamente neoclásico —empezó a construirse en 1792, aunque las obras no se remataron hasta mediados del siglo XIX—, pero anodina y gris, tanto de color como de espíritu. Nada destaca en la fachada —de hecho, nada hay en la fachada— y solo la cúpula en el interior llama la atención, con un entramado de colores, vidrieras y esculturas cuyo atractivo resalta por la pobreza decorativa del resto del templo. Aunque hay que ser justos y recordar que la iglesia, como tantas otras en España, fue saqueada durante la Guerra Civil y sufrió desperfectos irreparables. La renovación, en los tiempos victoriosos del franquismo, no brilló por su ingenio ni su originalidad, y el resultado es que tenemos ante nuestros ojos. De camino al castillo, sí se ve algo deslumbrante: las montañas nevadas al sur de la bahía, cuya franja blanca —de una blancura dolorosa— se imprime entre el azul del cielo y el azul del mar, dibujando una orla inmaculada por la que la luz resbala con delicadeza de escarcha. Rebasado el puerto deportivo, plagado de veleros musculosos, y ya en las cercanías del castillo, observamos dos búnkeres en la falda de la colina donde se encuentra la fortificación. Averiguamos que no los construyó la República para defenderse de los ataques fascistas que llegaran por mar, sino Franco para repeler las invasiones francesas o comunistas que pretendieran acabar con su régimen, última reserva espiritual de Occidente. Ambos reductos están verjados, para que no se conviertan en refugio de botelloneros o perroflautas (o de cultivadores de champiñones, como ha sucedido con los cientos de búnkeres que construyó el visionario Hoxha en Albania). También antes de ascender al castillo, vemos, a sus pies, el faro de Rosas, muy blanco, muy pequeño —casi de juguete—, construido en 1864. Una larga escalera de piedra nos lleva, después de no poco esfuerzo, sobre todo para mí, hasta la Trinidad, un castillo, situado a sesenta metros de altitud, que Carlos I mandó construir en 1544 y que en 1551 ya exhibía su airosa forma de estrella, desde cuyas cinco puntas la artillería podía cubrir cualquier ángulo de la bahía. Inicialmente, el castillo estaba pensado para proteger la rada y las poblaciones que se asentaban en ella de las incursiones berberiscas, que llevaban siglos azotando la costa catalana, pero pronto se integró en una red de fortificaciones, extendidas por todo el territorio de Cataluña, que actuaban como freno de las siempre pujantes ambiciones francesas. El castillo de la Trinidad participó en numerosas batallas a lo largo de la historia, y quizá su momento más memorable —que fue también el último— coincidió con la defensa que dirigió el capitán Thomas Alexander Cochrane, décimo conde de Dundonald, frente a las tropas napoleónicas que asediaban la plaza. Resulta que este personaje histórico, Cochrane, ha inspirado a varios personajes de la literatura, como Horatio Hornblower, el protagonista de las novelas de Cecil Scott Forester, y, sobre todo, en lo que a mí respecta (a Hornblower no lo he leído), el capitán Jack Aubrey, el héroe de la serie de novelas sobre el mar de Patrick O’Brian, y que en el cine encarnó Russell Crowe, cuando estaba mucho menos gordo que ahora, en la genial Master and Commander. La vida de este Thomas Cochrane —una estatua suya, de tamaño natural, preside la entrada al interior rehabilitado del castillo— es demasiado aventurera, casi inverosímil, como para resumirse aquí: solo diré que se pasó media vida combatiendo a españoles y a franceses en Europa, y la otra media a españoles y portugueses en Hispanoamérica y a turcos otra vez en el Mediterráneo. Es difícil de creer que, tras todo lo vivido en barcos, cárceles y costas del mundo, muriera en paz, en su cama de Londres, a los ochenta y cinco años, una edad señaladamente provecta en 1860. Naturalmente, está enterrado en la abadía de Westminster. En 1808, los franceses de Gouvion Saint-Cyr sitiaban la Trinidad, pero la marina británica se había comprometido a defender el puesto, y a eso se aplicó Thomas Cochrane, al mando de una heterogénea fuerza compuesta por soldados del regimiento Ultonia —una unidad del ejército español integrada por irlandeses—, migueletes catalanes y los propios marineros británicos. Pese a la habilidad de Cochrane y el heroísmo de los defensores, la posición hubo de ser abandonada, no sin que antes el inglés ordenara su destrucción para que no pudiera ser utilizado por los bonapartistas. A esta voladura siguió, seis años después, la de los propios franceses, que acabaron así definitivamente con el castillo. La Trinidad fue restaurada, con gran dispendio, en 2010. La restauración nos causa buena impresión, pero leo después en Internet “que ha destruido buena parte de los valores históricos y documentales del monumento”. Así, se ha extraído “todo el derribo, que ha sido arrojado a un vertedero”, lo que contraviene la Ley del Patrimonio Histórico Español, que exige que se utilice, y no se ha respetado la fisonomía original. Por si fuera poco, los materiales utilizados, en su mayoría cemento armado, casan poco con los restos conservados, de forma que la construcción parece más un búnker que un castillo renacentista. En cualquier caso, disfrutamos de unas vistas privilegiadas en las terrazas del castillo, que en la actualidad solo acogen a turistas —hoy, extrañamente, muy pocos— en lugar de cañones, y desde las cuales se aprecian hasta las islas Medas, donde hace algunos años mis hijos y yo disfrutamos de una extenuante jornada de kayaking. Al bajar de la Trinidad, atravesamos una ladera salpicada de cactus resecos, casi negros, aplastados contra el suelo como pulpos muertos, junto a los que desfilan las procesionarias que han sobrevivido al aplastamiento de los visitantes. Ha llovido mucho, y todo, salvo los cactus, luce verde y vivo. Una alfombra de flores amarillas enciende la hierba. Por la tarde, tras la siesta, salimos a pasear hasta el espigón, en el extremo contrario de donde se encuentra el castillo. Pasamos por delante de una terraza en la que una pareja se está tomando, en albornoz, un gin tónic, y divisamos, al final del paseo marítimo, els aiguamolls de l’Empordà (‘los humedales del Ampurdán’), que separan Rosas de Empuriabrava, una masa oscura de vegetación. Por el brazo de mar que se interpone entre nosotros y las marismas, se desliza, silencioso y elegante, un velero deportivo de bandera francesa (como casi todo en esta tierra, invadida históricamente por los franceses). Tras él, una zodiac ruidosa y sin bandera, que rompe la paz del momento. El horizonte arde de rojos y violetas. Nos encaminamos a la punta del espigón, a lo largo del cual solo encontramos a pescadores procurándose la cena o un momento de asueto, aunque siempre me ha resultado difícil entender qué placer se obtiene de estar de pie muchas horas, sosteniendo una caña, rodeado de humedad (y ahora de noche), a la espera de que un animal que no ves decida morder el anzuelo. Desde el final de la escollera, las luces de Rosas se extienden a lo largo de la bahía como un largo gusano de neón.
Corónicas de Españia. Blog de Eduardo Moga
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
martes, 24 de febrero de 2026
lunes, 16 de febrero de 2026
POESIAVOZ y Dilema: una lectura en Madrid
Acudo hoy, viernes, a la lectura del ciclo POESIAVOZ, organizada por la librería Enclave de Libros, de Madrid —que se va quedando, poco a poco, como referente de esta suerte de actos en la capital: otra librería fundamental, Tipos Infames, acaba de cerrar—, en la que participaremos los autores de la editorial Dilema, cuya colección de poesía dirige el poeta y crítico Antonio Ortega. Vamos a ser legión, nos dice Antonio: dieciocho poetas, nada menos, embutidos en un acto de una hora de duración. Un número tan alto de autores revela varias cosas: a) que los que escribimos poesía en España (y en todas partes) somos muchos, tal vez demasiados; b) que todos nos pirramos por que nuestros versos sean leídos (o escuchados) en público y en privado; y c) que Dilema ha publicado mucho hasta ahora (aquí no me atrevo a decir “tal vez demasiado”). Entre los participantes en el acto, hay no pocos amigos: Ignacio Cartagena, Jonás Sánchez Pedrero, Ángel Cerviño, Francisco Layna, Miguel Ángel Curiel, Víctor M. Díez. Desgraciadamente, estos dos últimos se darán de baja en el último momento y me privarán de la posibilidad de darles un abrazo. A Madrid viajo en tren, lo que actualmente supone embarcarse en una aventura plagada de riesgos. Y asumir, desde que uno llega a la estación, que todo va a funcionar, si es que funciona, con retraso. Y así es: el convoy de OUIGO con el que cruzo media España sale veinte minutos más tarde de la hora prevista y llega a Atocha cuatro hora después. Un viaje que, antes del espantoso accidente de Adamuz, se hacía en dos hora y media, ahora tarda cuatro. Ya en Madrid, he de apresurarme para no llegar tarde a la lectura, que empieza a las 18.30. Por suerte, Atocha no queda lejos de la calle Relatores, donde tiene su sede la benemérita Enclave de Libros. Alcanzo a llegar incluso con alguna antelación (el metro madrileño funciona bien, aunque siempre va abarrotado; todo en nuestras ciudades está siempre lleno) e intento entrar, con Jonás e Ignacio, con los que he dado a la entrada, en el bar cercano donde Antonio ha convocado previamente a los poetas. Una camarera nos barra militarmente el paso, porque en la mesa ya no cabe nadie más (rebosa de poeterío) y debemos esperar a que nos acomoden en otra parte. La espera se prolongará muchos minutos, durante los cuales la misma camarera que nos ha disciplinado pasa varias veces por nuestro lado para atender a otros clientes u otras mesas, sin decirnos oxte ni moxte. Y allí quedamos, de pie, pausados, sedientos, prosaicos, hasta que los que ya estaban dentro del bar-cuartel salen, porque ya se ha hecho la hora, y nos arrastran en su marcha. Cómo está el servicio (en los bares), madre mía. Enclave de Libros es una librería más bien pequeña, pero con una flexibilidad admirable. En cualquier caso, que los locales donde se celebran actos literarios sean pequeños no es malo per se; por el contrario, puede ser muy útil. Igual que en el parlamento británico hay menos escaños que diputados, para que siempre dé la sensación de que las sesiones, con parlamentarios de pie, son el colmo de la actividad, en las librerías chiquitas la escasez de aforo induce a pensar que las masas, arrebatadas de pasión lírica, y entre codazos, han invadido el escenario de la lectura. Así sucede hoy: la gente de Enclave de Libros coloca sillas desde el fondo de la librería, donde se sitúan los escritores, una zona un poco más ancha que el resto, hasta casi la entrada del local, y a todos nos agrada esta sensación de placentera incomodidad, de amontonada plenitud. Antonio da inicio al acto, anunciando que, dada la cantidad de vates, el tiempo de lectura queda necesariamente limitado a dos o tres minutos por cabeza. Esta medida me plantea una duda a la que le encuentro algún parecido con una aporía de Zenón de Elea. Somos dieciséis para leer y tenemos dos minutos cada uno; si fuéramos treinta y dos, tendríamos, quizá, un minuto; y si fuéramos más y más, el tiempo se reduciría simultáneamente —treinta, veinte, diez segundos...—, hasta que a cada poeta ya no le correspondiese ninguno. El resultado de esta disposición sería, entonces, que las docenas y docenas de poetas pasarían la hora de lectura en completo silencio, y el público asistiría a una performance negativa: a una lectura muda, a una poesía ausente. En la de hoy, Esther Peñas, que acompaña a Antonio Ortega en la dirección del acto, hace una ceñida pero sustanciosa presentación de cada uno de los poetas (es un arte ser un buen introductor de los protagonistas de una lectura, y Esther, sin duda, domina ese arte; el poeta barcelonés Pedro Alcarria, de quien he recibido instrucciones para transmitirle sus saludos a Esther, de quien es amigo, también funge, curiosamente, de diligente gestor cultural e inmejorable maestro de ceremonias). Tras lo cual abre el fuego Ignacio Cartagena, con un par de poemas de su Europa cuando llueve, un excelente libro, que he reseñado en este blog: “Tres libros de Dilema: Sánchez Pedrero, Curiel y Cartagena” (https://eduardomoga1.blogspot.com/2025/12/tres-libros-de-dilema-sanchez-pedrero.html). La vez —la voz— va pasando luego de mano en mano —de garganta en garganta—, aunque no todos quieren utilizarla: Luisa Pallarés, por ejemplo, declina recitar poemas suyos y decide leer un texto, en prosa, escrito para la ocasión. Jonás Sánchez Pedrero sí lee algunos aforismos de su asimismo magnífico Torrelodones —reseñado en la misma entrada que Cartagena—, pero no más de una docena, y, como son aforismos, su lectura apenas dura cuarenta segundos. Luego, cuando Antonio, que ha sido demasiado draconiano estableciendo el límite de dos-tres minutos, decida permitirnos una segunda ronda, Jonás no querrá leer más: así es de tímido o de, injustamente para él, modesto. Otro poeta, Paco Layna, de poderosa y experimental voz, renuncia también a utilizar esta segunda ronda, alegando que lo que él hace es muy largo. Lo entiendo muy bien, porque también lo que a mí me sale suele ser muy largo, tal vez demasiado. Por eso he elegido para esta escuetísima ocasión tres poemas: una décima, un ovillejo y un soneto, a los que se sumará un cuarto poema —otro soneto— en el segundo turno. A la postre, seré el único que utilice formas estróficas en el recital, en el que predomina el verso no ya libre, sino libérrimo. De hecho, otro de los participantes, Pedro Provencio, tiene escrito un ensayo, que podría calificarse de canónico, sobre el verso libre: Un curso sobre verso libre, en Libros de la Resistencia. Me gusta mucho lo que lee —y cómo lo lee— Ángel Cerviño, al que me complace reencontrar después de la visita que hice a Vigo hace un par de años para impartir una conferencia sobre Walt Whitman. También me gusta lo que oigo de Carmen Díaz-Maroto, a quien no conozco, pero que me seduce con sus versos fracturados y acariciantes: “De estar con tu cuerpo// qué constelación/ qué ser saciado/ en qué batir de alas/ en qué fosa hubiera caído nuestra carne/ en el rescate de qué memoria/ hubiera sido el despertar// qué semillas de adormidera/ hubieran alimentado a nuestros hijos...”. Luis Santana, a cuyo lado estoy sentado, y a la presentación de cuya obra reunida, publicada por Dilema, asistí en el espacio Betulia, de Badalona, hace ya un par de años, lee varias piezas que se corresponden perfectamente con su perfil: discreto, agudo, minucioso. Ina Olvera, Enrique Darriba, Eva Yárnoz, Ildefonso Rodríguez, Francisco Taboada, Francisco Deco y Aldo Sanz —el único inédito aún en Dilema, pero que, no obstante, participa en la lectura: su libro saldrá hacia mayo, según informa Antonio Ortega— completan el acto. Cuando acaba, se produce en la librería el previsible tumulto de poetas, acompañantes y público, en el que me encuentro con otro buen amigo, Javier Gil, responsable de la estupenda colección “Cartonera del escorpión azul”. En la calle chispea, lo que no es óbice para que casi todos quieran ir a prolongar el encuentro en el bar de la esquina. Yo, no. Estoy cansado de un viaje largo y apresurado, y, aunque celebraría una cerveza relajada, prefiero irme a casa a cenar en calma. Tengo mucha hambre.
lunes, 9 de febrero de 2026
Elogio del libro sin erratas
martes, 3 de febrero de 2026
“Baladaz”, de Sharon Olds
Se acaba de publicar Baladaz, mi traducción de Balladz, de Sharon Olds, en la editorial barcelonesa La Cama Sol, aunque no toda aún. Me explico: la editorial ha decidido dar a conocer el libro, unitario, en dos volúmenes; ambos verán la luz en 2026. El que acaba de aparecer es el primero. El libro no es bilingüe, pero cuenta con las sugerentes ilustraciones de Juan Uslé.
Así dice el poema “Best Friend Ballad”:
Sometimes I’ll suddenly remember the powerhouse—what?
Italianate? Ogive windows,
balconies, tile roof,
the land fallen o steep behind it to the
the at stones up to her Doric
portico—between them, flowering
elegant home of safety where she was
dying, 9 years old, and I didn’t
let myself realize it.
If her mother had been there, maybe I could have
asked her if I could take a nap
had died the day before, my job
was to not let my friend know it—
a mother. What would I have given to
next to her dear skeletal body.
She still had her fine, yellow-green,
as if the lead poison they’d breathed had
what would I have given to be
and dream, alive—what would I give
none of the luck which followed in my fortunate
9 and 9, we can hold each other in a
green dream.
martes, 27 de enero de 2026
Algunos aforismos, o lo que sean, sobre literatura
La escritura automática es imposible. Y no solo porque, como la escritura racional, como cualquier escritura, nace de un entramado neuronal que impone la sintaxis de sus sinapsis, sino también porque, aunque creamos habernos liberado de toda sujeción lógica, no podremos evitar que lo que hayamos leído, escrito, pensado y vivido dicte, desde el subsuelo de nuestra sensibilidad, lo que ahora escribimos y le imponga el mismo orden, si bien alterado o confuso, que sustenta nuestro yo. Y cuánto más hayamos leído, escrito, pensado y vivido, más articulado será ese automatismo, ese caos. No obstante, que la escritura automática sea imposible no quiere decir que no debamos practicarla. Como todas las utopías, solo se realiza cuando intentamos alcanzarla.
La literatura está inerme ante sus manipuladores, y no solo por la censura tradicional, ideológica, ejercida por el poder, las iglesias o, actualmente, la secta de la cancelación. Hay una censura más sutil, pero no menos dañina. Hoy, la Inquisición pseudoprogresista cambia o elimina palabras, años o siglos después de que hayan sido escritas, para no ofender a nadie de nuestro mundo que pueda sentirse ofendido, es decir, todos. Y bienintencionados editores y filólogos simplifican o hacen versiones abreviadas de obras antiguas, también años o siglos después de que hayan sido escritas, para hacerlas más accesibles a los estudiantes ignaros o a la población en general, solo un poco menos ignara. Pero aquellos emiten una condena anacrónica, inicua y brutal, y estos olvidan que, en literatura, la forma es significante: allanar y abreviar el Quijote es escribir otro Quijote, indeciblemente peor. A nadie se le ocurriría modificar El jardín de las delicias, de El Bosco, para aclarar lo que representan o hacen las criaturas del cuadro, que pocos entienden (y que, en muchos casos, es moralmente reprobable), o los jeroglíficos egipcios, que entienden aún menos personas y que son deplorablemente paganos. Como tampoco sería admisible reconfigurar las figuras del Picasso cubista para hacerlas más reconocibles, o que se cambiaran las notas de una sinfonía de Arnold Schönberg para que fuese más melódica y se recibiera mejor, o que se añadieran las partes ausentes de una escultura de la antigüedad para que esa carencia no nos confundiese y nos permitiera disfrutar de su prístina belleza. Sin embargo, alterar lo que otro ha escrito se acepta, se promueve, se defiende y, escandalosamente, hasta se aplaude.
Con la poesía (con la literatura, con el arte) damos patadas, desesperadas e inútiles, pero consoladoras en su airada inutilidad, contra la inmutabilidad del ser y la inevitabilidad de la muerte. Nos engañamos para persuadirnos de que con ella derrotaremos a la angustia y la finitud, de que nos sobrepondremos a nuestra propia temporalidad, de que alcanzaremos el instante eterno, la perduración que deseamos. Pero solo es un aguijón que golpea a una pared. La palabra no nos redime de ninguno de los males que nos aquejan, ni tampoco de los males que somos. Solo esboza la impresión borrosa de que llenamos momentáneamente el vacío, de que restañamos, durante apenas unos instantes, una herida que no deja de sangrar. La poesía, y cualquier forma de sublimación artística, es el grito de impotencia que proferimos encerrados en una habitación, y que solo nos alivia como abrir un grifo alivia a la tubería de la presión que sufre, pero sin que ese cambio altere la dureza del plomo, la inmovilidad de la canalización, ni el mecanismo del grifo. La poesía: grito, grifo, grieta.
Acudir hoy a la presentación de un poemario o a una lectura poética es como participar en una asamblea de rosacruces o de caballeros templarios, como ser miembro de una célula comunista en un país gobernado por fascistas, como sumarse a un encuentro de alcohólicos anónimos. Fuera de las paredes del tabernáculo de los iniciados, de la sala hipóstila donde comulgan los adeptos —los adictos—, no solo quedan las tinieblas exteriores, sino la humanidad entera, que los rodea maquinalmente o circula por encima de sus cabezas como un ejército de zombis, inadvertida de ese puñado de sediciosos que han abrazado la clandestinidad y el absurdo.
Suelen ocurrírseme aforismos en la cama, antes de quedarme dormido o después de despertarme, e incluso cuando me despierto por la noche. Pero no tengo el hábito de apuntarlos entonces, y qué difícil me resulta retenerlos para copiarlos después. Cuando voy a hacerlo, convencido de que los he repetido mentalmente lo bastante como para recordarlos, siempre se me escapa alguno: no consigo que vuelvan la idea que expresaba ni las palabras con que la expresaba. Es como si se lo hubiera tragado la tierra, que en este caso es la conciencia; como si se hubiera desintegrado en un espacio inaccesible y solo quedase el hueco de su forma, el recuerdo invisible de que en algún momento ha existido. En otras ocasiones, la pérdida se produce en el mismo momento en que voy a escribirlo: noto cómo, poseyéndolo aún, no lo puedo apresar, cómo se me escurre entre los dedos, resbaladizo como un pez recién sacado del agua, y, ante mi desesperación muda, vuelve a la negrura de la que había surgido. Contrariamente, en alguna rara ocasión alguno regresa: asoma otra vez al pensamiento como un cuerpo hundido que emergiese; como si, en efecto, volviera de unas profundidades que se parecen mucho a la nada. (Escribo esto después de que esta mañana se me haya extraviado uno de los tres aforismos que se me habían ocurrido a las cuatro de la madrugada; ha sido imposible recuperarlo, pero guardo la impresión de que era breve y excelente).
El aforismo más colosal de la historia lo compuso Otto Muttermann, un personaje de Gog, de Giovanni Papini, que, preso de la misma inquietud que Joubert —«s’il y a un homme tourmenté par la maudite ambition de mettre tout un livre dans une page, toute une page dans une phrase, cette phrase dans un mot, c’est moi»—, se había propuesto —y, según creía, había conseguido— escribir una epopeya lírica y filosófica que contuviera no solo su Weltanschauung, sino también la revolución histórica de la Humanidad en torno al mito central de Rea-Cibeles, y que, después de veinte años de incansable lucha contra la prolijidad, había logrado condensar los 50.600 versos de aquella epopeya en una sola palabra: Entbindung, en la cual se encontraban, según Muttermann, «los infinitos sentidos que resumen el destino de los hombres: Binden, ‘atar’, el mito de Prometeo, la esclavitud de Espartaco, la potencia de la religión (de "religar"), los abusos de los tiranos, la Redención y la Revolución. (…) Entbindung es desenvolvimiento y parto. Es la salvación de los vínculos, es el nacimiento milagroso del Dios mártir, la gestación triunfante de la Humanidad libertada, al fin, de los mitos y de las leyes. Aquí está comprendida la doble respiración del dios de Plotino y, al mismo tiempo, las vicisitudes universales de la Historia: ¡conquista y revolución, servidumbre y libertad!». Entbindung corrobora los peligros de la demasiada condensación y de la chifladura poética.