miércoles, 17 de junio de 2026

Americaneando (2): la casa natal de Walt Whitman

Cumplo hoy un sueño de muchos años: conocer la casa donde nació Walt Whitman. En mis últimas estancias en Nueva York, siempre he querido hacerlo, pero nunca me ha sido posible, por una razón u otra. Ha contribuido no poco a ello que esté lejos de Manhattan. Se encuentra en West Hills, un pueblo perteneciente al municipio de Huntington, en Long Island, a casi ochenta quilómetros de donde nos alojamos, en el Bronx. Aunque Nueva York fue la ciudad en la que vivió buena parte de su vida, de la que estuvo enamorado siempre y a la que hizo protagonista de muchos de los poemas de Hojas de hierba, Whitman ni nació ni murió en ella. Para llegar a la casa, hemos decidido alquilar un Uber. Ir hasta Huntington en transporte público constituye una aventura épica, casi tanto como el propio Hojas de hierba: se necesitan varias horas y varios viajes en metro y autobús para llegar. Lo conduce una mujer silenciosa, que apenas pronuncia unas palabras, cuando subimos al coche, para recordarnos que debemos abrocharnos el cinturón. Luego cae en un mutismo absoluto. En varios puntos del interior del vehículo hay adhesivos que nos informan de que in car camera recording, esto es, que nos están grabando. Tanto Renée como yo dudamos de que sea legal, pero no protestamos. Ambos sabemos que no vamos a cometer ningún desaguisado, así que aceptamos las reglas establecidas por la mujer y nos dedicamos, también en silencio, a contemplar el paisaje de Long Island, empezando por el skyline de la Gran Manzana (aborrezco este nombre, que me suena a lema turístico, pero voy a utilizarlo, por mor del estilo, para no repetir demasiado "Nueva York"), que aparece, cuando cruzamos el Throgs Nest Bridge —el más moderno puente sobre el río Este, que conecta el Bronx con el noroeste de Queens—, como unos espectaculares dientes de sierra, de un gris brillante, pero también nebuloso. Luego nos sumimos en el previsible tráfico de la isla —Long Island está permanentemente atravesado por cientos de miles de coches que circulan en ambas direcciones— hasta que nuestra conductora afásica nos deja, cuarenta y cinco minutos más tarde, en la puerta del Walt Whitman Birthplace. State Historic Site. Interpretative Center, en una de cuyas fachadas luce este verso del poeta: "Stop this day and night with me and you shall possess the origin of all poems..." (Detén este día y esta noche conmigo y poseerás el origen de todos los poemas). Nos recibe al entrar uno de los dos empleados que atienden a los visitantes, una sonriente joven. Vemos en primer lugar una vitrina con una serie de monedas antiguas, entre ellas, destacada, una española, de dos reales, con la augusta aunque un poco desgastada cabeza de Carlos III. En tiempos de Whitman, nacido en 1819, todavía circulaban por el país monedas extranjeras con valor legal, una de las cuales era la española de dos reales. Aunque no fue esta la más importante para la economía estadounidense, sino el real de a ocho —el peso duro o peso español—, que los británicos llamaban el Spanish dollar y que llegó a ser, entre 1785 y 1792, la moneda oficial del país. Incluso tras la creación del dólar, el real de a ocho siguió circulando legalmente hasta 1857, cuando Whitman tenía ya treinta y ocho años. En el centro de interpretación se despliega después una extensa exposición sobre los principales hechos de la vida de Whitman, aunque no tanto sobre su poesía y, en general, su obra, que también incluye la prosa literaria y los artículos periodísticos; de hecho, eso es lo que fue toda su vida, aun después de su consagración como poeta: periodista. (Lo que le habría fastidiado mucho a otro gran poeta, Luis Cernuda, que, cuando quería insultar a alguien, le gritaba: "¡Periodista!"). La chica que nos acompaña hace mucho hincapié en los aspectos, digamos, menos convencionales de la biografía de Whitman. Por ejemplo, que era gay. Es algo sabido desde hace mucho (de hecho, desde que Hojas de hierba se publicó en 1855: las alusiones homoeróticas escandalizaron a muchos de sus contemporáneos, que eran decimonónicos, pero no tontos), pero hasta hace relativamente poco aún se disimulaba bajo alguna duda o inseguridad: "No está totalmente acreditado, pero parece ser que..."; o bien "muy probablemente lo era, aunque no está del todo claro..."; cosas así. Nuestra acompañante lo da por sentado, lo que cuadra con la información que nos ofrecen las cartelas de la exposición, que subrayan esa condición homosexual. En algún lugar del recinto luce también una banderita LGTBI. Y, en otro, nuestra acompañante nos enseña la que ella llama "foto de matrimonio", una, bien conocida, en la que Whitman y Peter Doyle, frente a frente, se miran como dos cónyuges enamorados. Doyle fue uno de los muchos amantes de Whitman, quizá con el que mantuvo una relación más intensa y dilatada, aunque las diferencias entre ambos fuesen notables: en 1865, cuando se conocieron, el poeta era ya un escritor reputado, pero Doyle, un veterano de la Confederación (de cuyo ejército, no obstante, había acabado desertando), era casi analfabeto y conductor de tranvía. En el tranvía se conocieron una noche de tormenta: Walt, envuelto en una manta, se subió al que conducía Peter y este, que lo vio solo y aterido (no había nadie más en el vagón) decidió entrar y darle calor. "Nos sentimos cómodos al instante", dejó dicho Doyle años más tarde; "le puse la mano en la rodilla; nos entendimos. No se bajó al final del viaje; de ​​hecho, regresó conmigo. (...) Desde entonces fuimos los mejores amigos...". Nuestra cordial acompañante subraya también otra foto, de entre las muchas que se exponen aquí (Whitman fue el primer autor realmente consciente de la importancia de la publicidad para la difusión y conocimiento de la obra literaria, y un hacha llevándola a cabo): esa en la que el poeta, ya mayor, adornado de una profusa barba blanca, mira a una mariposa que se le ha posado en la mano, como si fuese la reencarnación de Orfeo, aquel a cuyos labios dulcísimos acudían las abejas y que amansaba a las fieras con su música. Tras la muerte de Walt, se descubrió entre sus cosas la mariposa recortada de cartón y coloreada que se había atado al dedo para hacer la foto. Releva a la joven el segundo empleado del centro, encargado de guiarnos por la casa de Whitman. Pero antes nos da a escuchar la que se cree es la única grabación de la voz de Whitman, leyendo uno de los poemas de Hojas de hierba, uno muy breve, titulado "América". Yo ya lo he escuchado muchas veces: consta en el archivo sonoro de los Whitman Archives, donde se conserva todo el material conocido de y sobre la vida y obra de Whitman, y permite conocer la voz grave y la recitación ampulosa, característica de la época, del gran bardo. Edison, el inventor del fonógrafo, realizó la grabación. La primera vez que oí a Whitman, sentí como si Jesucristo se me hubiera aparecido. A mi pregunta de si se está seguro de que se trate de la voz de Whitman, que le hago aun sabiendo la respuesta, el joven responde que no al cien por cien, pero sí al noventa y pico por cien. Los expertos que han analizado el registro detectan en la dicción del poeta rasgos fonológicos de la Nueva York de mediados del siglo XIX y, por otra parte, añade, es razonable pensar que, si no fuese Whitman el que recitara, el poema elegido habría sido otro, más conocido, más importante, no este "América" breve y más que secundario en su obra, cuya uso se explicaría por tratarse la grabación de una prueba, de un experimento con algo recién creado, que Edison hacía recorriendo el país y entrevistando a sus figuras políticas y literarias más destacadas. Cruzamos luego la breve extensión de hierba que nos separa de la casa de Whitman. Tardamos poco en hacerlo, aunque lo suficiente para que el guía descubra que soy español y se nos revele como un verdadero amante de las palabras y de su etimología. Por ejemplo, nos confiesa lo hilarante que le resulta que España signifique originalmente "tierra de conejos" y parece por completo indiferente a la posibilidad de que a mí esto no me parezca cómico. Entramos por fin en la casa del poeta, construida por su padre, y en la que Whitman vivió los primeros cuatro años de su vida. Luego la familia, siempre acuciada por los problemas económicos derivados de las decisiones equivocadas de su padre, que no era precisamente un lince de los negocios, se trasladó a Brooklyn, donde pasó el resto de su infancia y su primera juventud. La casa, a cuyo lado hay un cobertizo, es de madera rojiza y, aunque está muy restaurada, conserva la estructura, la distribución y bastantes elementos constructivos originales. El suelo y los muebles, no obstante, no lo son, aunque los segundos sí corresponden a la época en la que Whitman vivió aquí. Las habitaciones son pequeñas, aunque luminosas. Me emociona ver el cuarto en el que naciera el poeta y las camas en las que pudo haber dormido. El guía nos explica que los somieres eran entonces de cuerdas entrelazadas y que, para que le sostuvieran mejor a uno y, por lo tanto, durmiera mejor, había que tensarlas con una suerte de torniquete, y que de ahí viene la singular expresión en inglés "to sleep tight", que debe traducirse por "que duermas bien", pero que literalmente significa "dormir apretado/ajustado". El joven nos demuestra, una vez más, su pasión por las palabras. Y no será la última, porque en otro dormitorio de la casa nos enseña un orinal y nos cuenta que el singular aparato lo inventó en 1870 un artesano inglés llamado Thomas Crapper, cuyo apellido significa "cagador", "que caga". En realidad, el orinal se remonta a la antigua Grecia —se han encontrado algunos del siglo VI a. C.— y en España existen desde la Edad Media, como mínimo; yo he llegado a utilizarlos. A lo que se refiere el joven es al inodoro sanitario, con descarga, que sí fue creación de Crapper, un fontanero avispado que hizo del hallazgo un negocio. Nuestro vehemente etimólogo aficionado y algo errático nos señala entonces un brasero y nos pregunta si sabemos para qué servía. Yo le respondo que lo sé muy bien desde que, de niño, veía utilizar a mi abuela uno muy parecido para calentar la cama, lo que parece causarle alguna decepción. Acabado el tour, nos hacemos unas fotos junto a una estatua del poeta, de tamaño natural, que se encuentra en el patio, con una inscripción a los pies en la que se leen unas palabras del lider budista japonés Daisaku Ikeda: "Whitman, my sun. Light my way. Shine on forever" (Whitman, sol mío. Ilumina mi camino. Brilla para siempre), y en la que Walt aparece con la mano alzada (aunque sin mariposa), sombrero, bastón y leontina, y volvemos al centro de interpretación, donde conocemos a la curadora del lugar, una señora mayor y diríase que cansada, o quizá enferma, que nos permite acceder a una sala no visitable en la que se celebran reuniones y se conserva la biblioteca del centro. Yo espero encontrar miles de volúmenes sobre Whitman, pero solo damos con una vitrina no muy grande y algunos estantes, asimismo exiguos, con un par de centenares de libros y revistas. La señora nos abre reverencialmente la vitrina, donde se conservan los ejemplares más valiosos. Veo que muchos de esos volúmenes que suscitan la admiración de la curadora no tienen demasiada enjundia. Distingo, por ejemplo, una antología poética de Santos Chocano, el poeta peruano que quiso ser (sin conseguirlo) el Whitman del Sur, en Austral, que, bajo la atenta mirada de la dama, me siento en la obligación de manejar como si fuese un palimpsesto egipcio, y también hojeo la primera edición de la que ha sido durante muchos años la traducción de referencia de Hojas de hierba, la del musicólogo ecuatoriano Francisco Alexander, de 1953. La joven que nos ha enseñado el centro, y que monta guardia junto a la vitrina, nos informa de que no tienen ningún ejemplar de la primera edición de Hojas de hierba ni apenas objetos personales de Whitman, aunque sí la Biblia de la familia, anotada. Pero no se expone al público, por razones que no aclara. También se encuentra en la vitrina, junto a los libros, un tintero ceremonial del poeta. Y yo, siempre que veo un objeto que haya pertenecido a un autor admirado, veo sus dedos tocándolo, o sosteniendo la pluma que mojara en él: la piel viva, regada por sangre verdadera, que diera existencia a aquellas cosas hoy muertas. Nuestra última parada es la tienda del cento, que, como la biblioteca, no parece muy surtida de género. Veo varios títulos que tratan de la homosexualidad de Whitman o de su época (o de la actual). Cuando Renée le pregunta al guía, que ahora se ocupa de la recepción, si son gratis unos puntos de libro que se apilan entre los libros, nos responde que cuentan dos dólares. No nos llevamos ninguno.

viernes, 12 de junio de 2026

Americaneando (1): la Colección Frick de Nueva York

Nuestra primera visita en Nueva York será la Colección Frick, un museo de Manhattan que no solo no había visitado en ninguna de mi media docena de visitas anteriores a la ciudad, sino del que ni siquiera había oído hablar, pese a haberse creado en 1935 y albergar las más de 1.500 piezas de la colección privada del industrial Henry Clay Frick, uno de los muchos millonarios estadounidenses que invirtieron su fortuna en obras de arte: Frick era un freak de la pintura, la escultura y, en general, las artes decorativas. Esta constatación —la de mi infinita ignorancia— me llena de melancolía. Me consuela poco que el taxista que nos lleva, un dominicano que atiende por Freddy, tampoco sepa nada del lugar y responda, entre uno y otro de los bocinazos que pega, con un asombrado "¿dónde?" cuando le pedimos que nos lleve a la Colección Frick. Si Renée y yo hemos decidido conocerla, ha sido porque, hace un par de meses, al saber de mi planeado viaje a Nueva York, mi amigo, el escritor cubano afincado en Barcelona Ernesto Hernández Busto, me recomendó no perdérmela. Según él, es el mejor museo de la ciudad, tras los inevitables Museo Metropolitano de Arte (el Met) y el Museo de Arte Moderno (el MOMA, que algunas malas lenguas, que no están de acuerdo con que sea "moderno", llaman el MOMIA). Y como yo tengo en mucho el buen gusto y el refinamiento estético de Ernesto, hemos seguido su consejo. Y aquí estamos, a la entrada de la mansión beaux arts que alberga la Frick, en la calle 70 Este, tras un viaje extenuante (el tráfico en Nueva York es siempre infernal) y carísimo (75 dólares), y bajo un sol igualmente extenuante, impropio de principios de junio, haciendo una cola larguísima y no menos extenuante. Cuando entramos por fin, estamos extenuados. Y aún no hemos visto nada. Ya en el interior, nos recibe el Garden Court, un elegante patio, de aire neoclásico, con columnas jónicas y estatuillas alrededor del estanque central —un David atribuido a Giovanni di Stefano, una nereida de Stoldo Lorenzi...—, dominado por el ruido y el frescor del agua, empapada, a su vez, de la luz que regala la gigantesca claraboya del techo. Este es el único lugar del museo donde se puede hacer fotos, de modo que, aunque ni Renée ni yo seamos apasionados de la cámara, no perdemos la oportunidad de inmortalizar nuestra presencia. En la Sala Oval, una de las más destacadas del museo, a la que se accede desde el Garden Court, sufrimos el primer deslumbramiento, aunque, en realidad, no será el primero, sino el único, porque perdurará hasta el final de la visita. Vemos unos Whistler para empezar e inmediatamente a continuación una serie extraordinaria compuesta por un Felipe IV de Velázquez (el llamado "Felipe de Fraga", porque fue en esta villa oscense donde lo pintó); La fragua y Don Pedro, duque de Osuma, de Goya; un Autorretrato de Rembrandt, el más famoso de todos los que se hizo; Dama con criada y carta, de Vermeer (considerando que solo existen treinta y cuatro Vermeers documentados en el mundo, que un museo tenga uno solo de ellos es ya un privilegio; y la Frick posee tres, como comprobaremos luego); y varios Turner, uno de mis pintores favoritos: Colonia, la llegada de un barco de pasajeros al atardecer y El puerto de Dieppe, manchados de nubes, como de costumbre, y de tonos que cubren todo el espectro del ocre, desde el amarillo atabacado hasta el madera, en una muy inglesa combinación de detalle y borrosidad. Y todo ello, en una constelación de pintores que incluye a Jacob van Ruisdael, Frans Hals, Anton van Dick y Veronés (en cuyo Sabiduría y fuerza, a la Sabiduría le asoma una teta y la Fuerza es Hércules, que parece trastabillar), entre muchos otros primeros espadas de la pintura europea de los siglos áureos. Entre el público que contempla los cuadros, distingo —no es difícil hacerlo— a un hombre alto y trajeado que luce, no sin orgullo, un sombrero de paja que recuerda a un sombrero cordobés. También oímos a un vigilante de sala minusválido y negro, en una silla de ruedas elevada, con un aire a Pablo Echenique, que no deja de decir: "No photos, please!". Esa frase, "no photos, please!", nos acompaña durante el recorrido por la sala, como las campanadas de un reloj. En la Biblioteca, vuelvo a encontrar a mi admirado Turner con Amberes. Van Goyen buscando un tema, plagado de espumas y blancos, Mortlake Terrace. Mañana de principios de verano, con un río y una mansión, y Barcos de pesca entrando en el puerto de Calais, con un paisaje inestable, casi torturado, y a otros grandes ingleses del XVIII y principios del XIX, a los que tanto frecuenté en los museos de Londres: Hogarth, Reynolds, Constable (con el fantástico La catedral de Salisbury y, en otra sala del museo, unos estupendos Estudios de nubes: las nubes, protagonistas de la vida inglesa, lo son también de su pintura), Gainsborough y Thomas Lawrence, estos útimos autores de magníficos retratos, como el de Julia. Lady Peel, de Lawrence, de una tersura y una viveza sobrenaturales. La pintura española, por la que siempre me preocupo, patrióticamente, cuando visito museos extranjeros, está muy bien representada: además del Velázquez y los Goyas de la Sala Oval, continúo encontrando al maestro aragonés en las demás salas (admiro sus elegantes María Martínez de Puga Eugenio Eulalio Palafox y Portocarrero, conde de Teba, en el que la luminosidad de los rostros contrasta vigorosamente con la negrura del vestido de la primera y del uniforme del segundo; la cartela del primer cuadro se limita a titularlo "Portrait of a Lady" y encierra entre signos de interrogación el nombre de la retratada, y la del segundo omite por entero el nombre del personaje, sustituyéndolo por un anodino "An Officer") y, sobre todo, a El Greco, representado por San Jerónimo, que viste un anacrónico hábito cardenalicio y cuyas luengas barbas blancas maravillan; por el Retrato de Vincenzo Anastagi, un caballero de la Orden de Malta que se fajó para defender la muy católica isla de los turcos y que luce una armadura tan reflectante que parece eléctrica y unos aparatosos calzones verdes representativos de su dignidad; y por La purificación del templo, un cuadro de formato pequeño, pero de colores muy vivos, en el que sobresale el minucioso trabajo del pintor con el volumen y la torsión de los músculos y las arrugas de los vistosos ropajes de los personajes. Me agrada también encontrar en un vestíbulo, junto a dos Vermeers más (Militar y muchacha riendo y La lección de música interrumpida: dos nuevos ejemplos de la pintura de interiores, delicada y penumbrosa, entregada a los asuntos domésticos y las cosas cercanas), un Autorretrato de Murillo, de 1650, en el que luce un rostro despejado, un bigote fino, una melena de estrella del rock, golilla y la ropa negra propia de los caballeros de la época, y donde el pintor, curiosamente, hizo constar una fecha de nacimiento equivocada: 1618 en lugar de 1617. Contempla el cuadro un grupo de rusos, aleccionados por una guía muy locuaz. También los franceses exhiben músculo en la Frick. Al final del Pórtico, admiramos una gran Diana cazadora, de Jean-Antoine Houdon, cuya singularidad radica en mostrarse completamente desnuda (uno de los propietarios decimonónicos de la escultura llegó a taparle con yeso los genitales), y llegamos después a la Sala Fragonard, en la que se muestran los once lienzos de la serie El progreso del amor que el francés pintó por encargo de Madame du Barry, una de las amantes de Luis XV. La dama, no obstante, rechazó la obra (¿por demasiado atrevida?) y Fragonard decidió conservarla y hasta ampliarla. Pero a mí el estilo rococó nunca me ha impresionado; me parece más bien una galantería pictórica, un virtuosismo entre pueril y evanescente. En la segunda planta de la Frick, a la que se accede por una monumental escalera de mármol, hay otra sala rococó, donde destacan, como era de esperar, Watteau y Boucher. Por suerte, cerca se despliegan los impresionistas: Manet (con un pintura española: La corrida de toros, centrada en los toreros: del toro solo se ven el lomo y los cuernos), Monet (con Vétheuil en invierno), Degas (con El ensayo) y Renoir (con El paseo), entre otros. Entre las demás obras, no dejamos de reparar en el San Juan Evangelista, de Piero della Francesca; el Sir Tomás Moro y el Tomás Cromwell, de Hans Holbein el Joven, el primero de los cuales luce un gigantesco collar de oro, emblema de sus servicios al rey Enrique VIII, ensartado en el mismo cuello que después sería cercenado por alta traición, por orden del segundo; los Tres soldados de Brueghel el Viejo: un trío de lansquenetes que tocan el tambor y la flauta y portan un estandarte; y el Pietro Aretino de Tiziano, retrato del autor de los Sonetos lujuriosos, hijo de zapatero y de puta, al que intentaron asesinar en plena calle los sicarios de un obispo que se sentía ultrajado por las sátiras de Aretino: no murió, pero perdió dos dedos de una mano. Tiziano, gran amigo del poeta, lo pintó en tres días.

viernes, 5 de junio de 2026

Elogio de la masturbación

Lo mejor de la masturbación es el final: los cariñitos.

WOODY ALLEN

«No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con la persona que más quieres», dijo también el sabio Woody Allen. Su reflexión es impecable. Un grafitero de lavabo, por su parte, formuló esta sutil observación: «Pelársela está bien, pero follando conoces gente». No obstante, esta máxima de urinario desatiende una realidad fundamental: masturbándote te conoces mucho mejor a ti mismo. Conoces tus ritmos, tus debilidades, tus preferencias, tus interrupciones. Y ese prodigioso instrumento que es la mano, con sus cinco magníficos (dedos), capaces de las mayores hazañas —desde el pellizco sabroso de la piel desesperadamente sensible a la presa propia de una trampa para osos—, descubre rincones amenos, cerros de placer y vaguadas de entusiasmo, pero también rincones grises y trechos indiferentes. (Madame la cinq, la llaman los franceses). Tras todos ellos, en todos ellos, está el yo solo, lleno de sí, que quiere anularse y quiere gritar, aunque ni siquiera profiera un gemido. En la acción ensimismada y jubilosa de la gayola, asoma no solo un glande o un clítoris felizmente desvelados, sino un rostro —el nuestro— que corre hacia su adentro, aunque estalle en el afuera. Onán nos permite abrazarnos sin otro, mitigarnos sin merma, despellejarnos sin dolor. Y ni se nos reblandecen los sesos (los sexos sí, pero después) ni nos quedamos ciegos; al contrario, ganamos una lucidez exasperada: todo lo distinguimos con singular clarividencia. Expulsamos lo que desconocemos, pese a haberlo visto —y a habernos manchado con ello— tantas veces. La masturbación nos ratifica en el asombro de sentir y en la gloria de derramarnos. Devolvemos al mundo el mismo zumo con el que hemos venido de la nada. La masturbación permite, además, que nos consolemos en cualquier circunstancia, en cualquier soledad. Nos rescata del tedio del trabajo, nos libra del deseo insatisfecho, nos resarce del abandono, o da rienda suelta a la fabulación inflamada pero improductiva: consuma el frenesí insuficiente. Apenas unas caricias —unos embates— y nos sosegamos. La masturbación se adapta a cualquier ambiente. Su hábitat verdadero está en nuestra mente. Es otro interruptor del cuerpo, el más silencioso, el que conduce al calambre más devastador. Masturbarnos despeja las incógnitas y aclara las ideas. Nos enriquece vaciándonos. Nos fortalece extenuándonos. Y preserva nuestra independencia: a nadie necesitamos para disfrutar de los placeres de la vida, que están en nosotros y solo nos angustian si no los ejercitamos. Pero la masturbación no es un acto solipsista: puede ser solidario y hasta abnegado. Masturbar a quien amamos (además de a nosotros mismos), o a quien no amamos, pero estimamos razonablemente, ensancha su naturaleza y sus méritos. Masturbar no supone entonces sustituir nada, sino, como en el mejor cristianismo, dar sin recibir, dar sin esperar nada siquiera, salvo el placer de procurar placer y la satisfacción del deber cumplido. Los dedos o la lengua —apéndice asimismo apto, y hasta preferible, para el quehacer inguinal— se revelan cerrajeros sutiles, que franquean con paciencia los candados más estrictos. Indagan, hurgan, promueven el temblor. Y, cuando sienten que llega, lo amplían, lo ponen cabeza abajo, lo convierten en marejada y se dejan arrastrar por ella, a la vez que continúan empujándola. La masturbación supone siempre un ejercicio rítmico: una forma en el tiempo. Se eleva desde la planicie, y remonta los riscos, y alcanza mesetas más empinadas, pero no se detiene en ellas, sino que persevera, como el alpinista en la pared, hasta que ataca la cima, entrecruzada de ayes y empujones y humedades. Y luego ayuda al descenso, con la misma vigorosa delicadeza con que ha favorecido el ascenso. La masturbación, propia o ajena, nos exonera del mal, y nos recuerda que el bien se asocia a la necesidad saciada, al ansia cumplida con honestidad y rigor.

domingo, 31 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (y 3)

Sant Cugat del Vallès, 19 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En todo texto, por más que se estructure cabalmente y desarrolle las ideas como Dios manda, los lectores encontramos algunos asertos, algunos sintagmas, algunas palabras, en las que el ojo —y la inteligencia— se detienen. Es como si sobresalieran de la página y tropezáramos con ellos, pero no para trompicarnos, sino para complacernos. En tu última carta, entre otras agudezas y hermosuras, mencionas ese «otro lado del espejo» al que han saltado los místicos, y en el que el yo ni está ni se le espera. Tengo para mí que al otro lado del espejo han saltado, además de, ciertamente, Juan de Yepes y Hafiz, Miguel de Molinos e Ibn Arabí, que lo hicieron con la irredenta esperanza de que su yo desapareciera de una vez por todas en el mar incandescente de la divinidad —aunque cada uno siguiendo sus propias inclinaciones: los castellanos, tras un abnegado tránsito nocturno; los islamitas, sublimando los placeres diurnos—, todos los que han buscado, los que seguimos buscando en la literatura y el arte la vía para transformar nuestro yo, tiránico e irremediablemente uno, en un nosotros ilimitado, en un todo orgiástico. Nada menos que Muhammad Alí, aquel boxeador guapísimo (y que lo seguía siendo al final de su carrera), que se definió a sí mismo como alguien que, al igual que la hierba crecía y los pájaros volaban, él pegaba a la gente, recitó este poema monóstico de su autoría para concluir una conferencia en la Universidad de Harvard: «Yo, nosotros». Al otro lado del espejo, está cuanto intuimos que existe, pero no vemos; cuanto queremos que exista, pero no sabemos alumbrar; cuanto deseamos ser, pero no somos ni seremos. Al otro lado del espejo, se encuentra nuestra ansia —nuestra necesidad— de sagrado, que no tiene que ver con dios alguno ni, Dios nos libre, con clérigo de ninguna laya: la voluntad de trascender esto breve, y tan a menudo miserable, que reunimos entre las paredes del cuerpo, con desconchones crecientes y grietas que ya no solo fracturan la superficie enjalbegada, sino nos dejan ver, a cada hora que pasa, paisajes incomprensibles y rostros sombríos. Al otro lado del espejo está lo que nos gustaría alcanzar mientras respiramos —mientras morimos—, pero que, dolorosamente, sabemos que es «lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio».

Pero, ay, Jesús, como ves, quizá empujado (suavemente) por ti —copiamos, copiamos, los escritores copiamos—, yo también me he puesto serio. Y las cosas hay que tomárselas en serio, pero no demasiado en serio. Mejor reír, sin duda. Aunque en la risa también hay mucha tristeza. Es, quizá, su reverso necesario. Y no hay que recurrir a casos tan visibles como el de los cómicos que se han quitado la vida —como Robin Williams, que aún me hace sonreír al recordar su inverosímil imitación de un perrito caliente en Mrs. Doubtfire— o se la han dejado perder —como Eugenio, que, con cincuenta y nueve años, dijo «me quiero morir» y al día siguiente se murió—, para percibir esa inquietante dualidad. Basta con que echemos una mirada a la oscuridad que la risa trocea. Con que veamos cómo se recompone.

Más y más abrazos.

Eduardo.

Barcelona, 20 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Hemos hablado mucho del “yo”, ese animal de compañía, esa sombra jungiana, ese montoncito de migas para las palomas, en estas cartas nuestras. El “yo”, que corretea por las palabras sin detenerse del todo en ninguna de ellas; aunque algunos, predadores y asesinos del sí-mismo, lo cazan mientras lo hace para adornar sus salones. El yo manso y violento, caprichoso y meditativo, locuaz y demudado, nuestro y ajeno, volátil y plúmbeo, etéreo y carnal. Este “yo” que, cuando mediatiza lo que somos y lo pone al servicio de un “ego” (parece redundante pero no lo es: el “ego” es la estatua o solidificación del “yo”), estropea, a mi entender, la vocación última que debe tener cualquier obra creativa: ponerse al servicio de un “nosotros”. 

Ese (te cito) “nosotros ilimitado” o “todo orgiástico”, da igual si lo connotamos de trascendencia o de sociología, de ultramundo o de política a pie de calle, crea un espacio propicio para las revelaciones, las epifanías, las metáforas, las ideas, los poemas, los mitos… Un espacio de ser que, al menos desde Heidegger, sabemos que no es necesariamente metafísico; o que no lo es en absoluto porque la metafísica nos ha robado, durante siglos y más siglos, la posibilidad de conocer a la hormiga que también somos, a la nube que se posa en nuestro cuerpo (y al cuerpo que acepta esa nube) cuando se asoma desde lo alto a él, al olivo y sus dialectos polvosos y gustativos. Un espacio compartido: un abrevadero para la comunidad, una aldea para el sentido común, un rizoma de conexiones secretas. Un espacio para la imaginación poética, pero también institucional (ahora me acuerdo de Cornelius Castoriadis y, más cerca, de Agustín García Calvo), que limpie el mundo de los mil y un cepos del egoísmo rancio, simplón y peligroso que lo impregna casi todo.

Pero, en efecto, como haces bien en recordar, sin la risa nada de eso sería posible. No cualquier risa, por supuesto, o no cualquier manera de provocarla, pero esto los dos lo tenemos tan claro que me vas a permitir que no lo desarrolle. La risa y su carácter subversivo, y perdón por el tópico. La risa como deflagración (sin víctimas) del intelecto. La risa como vinculadora o nudo (volvemos al principio) y como hacedora de mayorías felices. La risa, un atributo divino, si Blanchot tiene razón, que nos diviniza a quienes creemos en ella. Quizás la última fe no marchitada por la historia que nos queda, la aldea irreductible que aún resiste el asedio de los poderes. 

Ni tú ni yo, por desgracia, somos Astérix y Obélix. Ni siquiera Ideafix o Asurancetúrix, el perro y el bardo, respectivamente, del célebre cómic. Pero seguro que ambos hemos soñado alguna vez con ser raptados hacia una ficción donde ser poeta no se parezca tanto a pelar patatas en un cuartel abandonado. Ya ves, compañero, que termino intentando arrancarte una sonrisa, aunque me temo que solo he conseguido ponerle una nota melancólica final a este intercambio epistolar nuestro.

Un abrazo grande,

Jesús.

lunes, 25 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (2)

Sant Cugat del Vallès, 16 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En realidad, no soy yo el que dice lo de «viaje gallináceo»: es Josep Pla, citado por mi padre. Mi padre, que adoraba la boina, el caliqueño y la socarronería gerundense de Pla, siempre recurría a esa expresión cuando había de calificar una salida breve y aparatosa, que no dejaba en el aire más que un revuelo de plumas. Y yo la he tomado prestada de mi padre, que me sigue susurrando cosas al oído pese a llevar treinta y ocho años muerto, igual que él la tomó prestada de Pla. No soy, pues, original. Y no lo soy por partida doble: he copiado a mi padre, que copiaba a Pla. Ya sabes tú que los escritores no hacemos más que tomar prestado —o saquear— lo que otros han escrito. A veces me pregunto si alguna de las ideas que tengo, o que he tenido, proviene solo de mí, y prefiero no responderme. Tener una idea propia es tan raro como la floración de la Puya Raimondii: solo sucede cada cien años. Y algunos no tendrían una idea propia aunque los amenazaran con arrancarles las uñas con una varilla de bambú.

Tu imaginación estimula la mía. Y, aunque en la vida civil es poco probable que me sintiera atraído por una monja budista, y menos por una que montase en quad, acepto tu erótica fabulación y me veo sumido en un espléndido escarceo con la lama, aunque no en «granjas y galaxias», sino en los más modestos paisajes de la Sierra de Gata, allí donde la veía pasar, entre rugidos espasmódicos y derrapes antigravitatorios, y donde me imagino reviviendo con ella aquellos mismos rugidos y derrapes, pero ahora carnales, agrestes, muy poco tántricos. Y dejaré para otra carta lo que el nombre de la lama me sugiere que haga la lama.

Comparto tu voluntad de enredarme en la red de existencias que configuran este mundo, y el cosmos entero, y hacerme piedrauniverso, como tan bien atinas a sintetizar con ese neologismo que cumple el primer precepto de las metáforas maravillosas: unir lo más alejado, unir lo imposible de reconciliar. Esa fusión, deseada, perseguida y tantas veces frustrada, acalla el dolor constante de ser uno, de ser solo uno, de estar apartado de la unidad esencial, esa de la que intuimos que alguien o algo nos ha amputado, esa que había antes de que fuéramos nosotros, esa que, probablemente, solo sea una creación de nuestra conciencia, pero que sentimos poderosa como el árbol que ahora veo menearse al viento por el balcón del despacho en el que escribo, o como ese montón de objetos insignificantes, pero llenos de palpitación, que abarrotan tu mesa de trabajo. Lorca se preguntaba por qué un zapato ha de ser solo un zapato y no puede ser también un tenedor o una jirafa (me he inventado los términos, porque no recuerdo los que utilizaba Federico, pero tú me entiendes). Pues yo me pregunto, a cada instante, por qué no puedo ser el pájaro —una paloma— que se acaba de posar en el árbol —un plátano— que veo por el balcón del despacho, o por qué no puedo encarnarme en las personas que pasan por mi lado en la calle, cada una con su orejas, y sus tatuajes, y sus pensamientos girando como engranajes en la gran máquina del cerebro; o, contraria, paradójicamente, por qué no puedo dejar de ser yo.

Porque, es verdad, la religio de la que hablamos nos permite participar del todo, de esa armonía cósmica que han vislumbrado Hölderlin y Cardenal, Poe y Paz, pero también me hace dolorosamente consciente de lo que me separa del todo. Saber que he de envolverme en esa red en la que todo se une, no me exime de sentir la soledad de cada nudo. Y, a menudo, ese sentimiento se impone al deseo de elevación. Ahí me veo entonces, uno, solo, férreamente delimitado por unos límites corpóreos y temporales, desasido, a eones de distancia de cualquier cosa o ser cercanos —como si la lámpara de luz amarilla que me ilumina o la taza de metal de mi escritorio en la que meto los lápices fuesen Alpha Centauri, la estrella más próxima a la Tierra, a 4,4 millones de años luz—, un nudo más, e infinitamente insignificante, en el tapiz inacabable de realidades que pueblan el mundo. Releo lo que acabo de escribir (pero yo no releo) y me doy cuenta de que me ha salido sinuoso y existencial, cuando podría haberlo dicho de una forma mucho más sucinta: el yo es un latazo. Tú también lo afirmas al final de tu carta: la lectura te permite desaparecer, descansar de tu yo. Esa es, ciertamente, otra de las virtudes de la lectura: que nos exime, mientras dura, de ese que nos acompaña, que nos persigue, que se inmiscuye en todos los asuntos de nuestra vida, que nos asfixia con sus miedos y sus obsesiones, y que, lo peor de todo, nos dicta a quién debemos herir, qué hay que sacrificar, cómo hemos de morir. El yo es un lastre que nos impide escapar de nosotros. Ahora que lo pienso, quizá esta sea también una idea muy oriental.

Abracísimos.

Eduardo.

Barcelona, 18 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Ahora que me aclaras la procedencia de la expresión «vuelo gallináceo» (y qué hermoso homenaje a tu padre, por cierto, y de paso a Josep Pla), de repente me doy cuenta que buena parte de lo que se escribe y, peor, se publica, es solo eso: un traslado insignificante con mucho batir de plumas. Literatura gallinácea. Y la poética de lo gallináceo como máxima aspiración de tantos escritores y críticos capados para la altura, el horizonte y los esfuerzos migratorios. Pero mejor lo dejo aquí, que no está el berenjenal para que un servidor, poco nefelibato ya, ande picoteando por él a tontas y a locas.

Me ha conmovido una reflexión endecasilábica tuya: «sentir la soledad de cada nudo». Eso es: uno está religado (qué alivio) pero uno está, sobre todo, solo. Soledad que uno sufre más cuanto más fuerte sea esa conciencia de participación en la unidad. La soledad del que lleva luz (Nietzsche, Jung y Martí lo dijeron con palabras muy parecidas), la soledad del que porta una luz (un lucifer) que no le pertenece o de la que solo posee una ínfima parte alícuota.

La luz, el nudo: nos delimitan, nos cartografían, nos colocan, nos siluetean, nos hacen conscientes, nos contienen, nos visibilizan; pero también: nos sajan, nos estrangulan, nos señalan como dianas. Los místicos, que son anti-gordianos y anti-damoclianos por definición (cualquier místico sabe que las espadas de Alejandro Magno y de Damocles implicadas en sus respectivas historias son incapaces de herir porque están hechas de aire, de nada, de mente…), han resuelto o disuelto este dilema saltando al otro lado del espejo, es decir, al lugar donde el «yo» ni está ni se le espera.

Pero los que seguimos llevando a cuestas el «latazo del yo», de nuevo una expresión tuya tan acertada, padecemos, en ocasiones trágicamente, esa dualidad irresoluble, esa gigantesca separación, ese oxímoron metafísico. Cuando escribo, por muy juguetón que parezca en diversos textos míos, lo hago siempre zarandeado por esta tensión: querer poner en el lenguaje lo que no cabe en el lenguaje o, todavía peor, lo que al lenguaje no le compete aceptar como tarea suya. El lenguaje se ríe de nuestras limitaciones, y esa risa, que uno puede escuchar a poco que rasgue las palabras del mundo, es justo la prueba de que eso que nos anuda al tapiz (siendo «eso» y «tapiz» quizás sinónimos en este contexto) es lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio y así hasta el infinito. ¿Estoy invocando una trascendencia, una teodicea? No lo creo. Modestamente, y como mucho, una poética no gallinácea que aspire a ser comprehendida por lo inabarcable-inagotable de la piedrecita de mi primera carta y por el resto de humildes coexistentes del universo.

Me he puesto demasiado serio. Ay. Te pido excusas, Eduardo. Con la de carcajadas que tú yo nos sacamos de la chistera cuando estamos juntos, y lo bien que nos sienta a ambos (perdón si me atrevo a interpretarte) hacer añicos conceptos, situaciones, experiencias y expresiones para planchar rigideces, despeinar silogismos y poner patas arriba el mundo. Un abrazo grande,

Jesús.

lunes, 18 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (1)

Hace cuatro meses, la escritora Valerie Miles nos invitó a Jesús Aguado y a mí a mantener una correspondencia para la sección homónima de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, en una suerte, como la propia Valerie nos precisaba, de intercambio epistolar de otra época: algo levemente oulipiano, decía Valerie, con lo que dar curso a un diálogo privado, sosegado, construido a partir de detalles pequeños y ordinarios, y formalizado en cartas, esto es, en pequeñas cápsulas de tiempo vivido. Jesús y yo, encantados con la idea, nos lanzamos jubilosamente a ponerla en práctica y nos asestamos tres cartas cada uno. Y yo disfruté enormemente de la experiencia: hablar, sin prisa y sin formalidades, de esto y de aquello, de todo y de nada, con un poeta tan luminoso y un pensador de lo poético tan penetrante como Jesús, me complació hasta los huesos. Las seis cartas que nos regalamos se publicaron en el número 906 de Cuadernos Hispanoamericanos, correspondiente a abril de 2026, bajo el título “Eduardo Moga y Jesús Aguado. La piedrauniverso sin escisión, sin dialéctica, sin Aristóteles ni Freud” (pp. 23-27). Reproduzco a continuación los dos primeras, y en entradas sucesivas colgaré asimismo, por pares, las siguientes.

14 de febrero de 2026

Querido Jesús:

Aunque, ignominiosamente, yo releo poco o, sin más, nada —ante un libro ya leído, no puedo evitar recordar las dizque últimas palabras de nuestro mejor reaccionario, Menéndez Pelayo: «¡Qué pena morir cuando queda tanto por leer!»—, esta tarde me ha dado por asomarme otra vez a Los poemas de Vikram Babu, que visité con fervor hace algunos años, y a maravillarme con esas fabulaciones hindúes, beneméritas y apócrifas, escritas por un poeta español. Lo más curioso del caso es que ha sido una tarde apresurada: andaba yo haciendo el equipaje para un vuelo gallináceo a Madrid, y regando las plantas (aunque las de fuera estaban sobradamente regadas, después del ensañamiento con que ha llovido en enero), y afeitándome para no parecer un adán en la lectura de mañana (he de acordarme de comprar espuma de afeitar en mi próxima visita al súper: del bote ya solo salían los fondos, acuosos), y, sin que sepa decirte muy bien por qué, quizá por ese mismo trajín, por esa misma urgencia, he necesitado sosegarme y he pensado en la poesía oriental, escrita por un poeta español. Y me he sosegado y la he releído.

¿No te pasa a ti esto? Es decir, ¿no sientes la necesidad, según cómo te encuentres, de leer una cosa u otra? Y, cuando digo «necesidad», me refiero a necesidad física, de modo que la lectura no sea solo un pasatiempo, o ni siquiera una compañía, con ser esto fundamental, sino una suerte de fármaco, un vendaje compre(n)sivo, un masaje en la espalda (o en los pies) de la sensibilidad?

Recuerdo que, en momentos de mucha aceleración, de casi angustia, he recurrido a las Epístolas morales a Lucilio, del viejo y modernísimo Séneca, y también a Qué es el budismo, de Borges, otro muerto muy vivo (y Alicia Jurado). En ambos casos, era como tomarme un válium, o varios. En otras ocasiones, en cambio, de apocamiento y casi marasmo, me he estimulado con algún delirio del conde de Lautréamont o alguna pesadumbre de Cioran. Cioran, que ha coronado todos los ochomiles de la desesperación, me hace reír. Y me anima, increíblemente. La inteligencia siempre lo hace.

Los poetas en español han culminado excelentes trasvases de las literaturas orientales, ¿no te parece? (Bueno, qué te voy a contar a ti). Ejemplo de esto es uno de mis libros de cabecera, El mono gramático, de Octavio Paz, aunque no estoy muy seguro de que sea un trasvase, sino solo Octavio Paz pasado por la selva. El mono gramático me gusta porque me interpela desde el título: mono y gramático: yo. (Y perdona el egocentrismo, que es mucho mayor de lo que esta anécdota revela). Los poemas en prosa (si es que son poemas en prosa) que siguen a ese título, referido tanto a cada uno de nosotros como a la apabullante especie a la que pertenecemos, son un modelo de ajetreo y, a la vez, de pausa. Su bullicio de palabras es el mismo que el de las hojas de los árboles de Galta, que no dejan de crecer sin que las veamos crecer, y por entre las cuales circula un viento húmedo y rocoso.

Paradójicamente, me interesan mucho estos casos de mestizaje literario oriento-occidental, pero me disgustan ―y juzgo imposibles de llevar a cabo― los intentos de aplicar en las sociedades europeas las filosofías y doctrinas asiáticas. No distingo a los hare krishna, con sus rapaduras azafranadas y sus desquiciantes monodias, de una congregación de titiriteros, ni puedo dejar de reír ante una monja budista que fatigue las trochas en quad, como era habitual ver, hace años, en la Sierra de Gata.

Y ahora te dejo, que aún no he acabado de hacer el equipaje.

Un abrazo grande.

Eduardo.

15 de febrero 2026

Querido Eduardo:

espero que el viaje te haya ido bien. Viaje o vuelo, como tú dices, “gallináceo”. Qué gracia me ha causado recrearte en mi cabeza a bordo de una gallina (cuya especie, por cierto, y al hilo de tus comentarios orientales, te recuerdo que procede del sudeste asiático); en mi cabeza no ha tardado de armarse un cómic donde tú y la monja budista en quad que citas al final de tu carta os perseguís por granjas y galaxias con porfía primero, cierta atracción encubierta después y, por último, una efusiva e irresistible concordancia tántrica. 

Te pido excusas porque la imaginación es, siempre, lo que primero se me dispara. Cualquier cosa lo hace. Tu mención de Adán, aunque en un contexto humorístico, me recordó un ensayo juvenil de Ortega y Gasset, Adán en el Paraíso, donde puede leerse: “Una piedra al borde de un camino necesita para existir del resto del universo”. Eso es la imaginación para mí: la facultad que rescata, o intenta hacerlo, cualquier cosa de su soledad esencial con respeto al “resto del universo”. Darle universo a las cosas. Darnos universo a nosotros mismos. Cósmicos y minúsculos a la vez, imaginar la armonía última que une todo con todo. Analogías, símbolos, ritmos, relaciones explícitas o secretas, conjunciones y disyunciones: para Octavio Paz, que toma esta idea tanto del romanticismo y el surrealismo europeos, y un poco del estructuralismo, como del hinduismo y del budismo, ese es el verdadero cometido de la poesía. Un tejido dentro del cual debemos encontrar, los poetas, nuestro lugar y la voz con que expresarlo. Ser la piedra y ser el universo. O mejor: ser la piedrauniverso sin escisión, sin dialéctica, sin Aristóteles o Freud. 

Me encanta que recuerdes El mono gramático, quizás el libro que más he releído en mi vida. (Releer es una pasión para mí, y un acto de justicia con ciertos libros inagotables o que uno repasó distraído en su momento; pero de esto, si te parece, hablaremos otro día). En uno de sus capítulos se hace una enumeración de especies vegetales que recuerda la enumeración de naves al principio de la Ilíada. También ese extraordinario libro tuyo titulado Poemas enumerativos, un compendio de obsesiones que arrasan, hipnotizan y conmueven. Me obsesionan las enumeraciones porque me obsesiona la inabarcabilidad del mundo. No del mundo en abstracto o como suma de lo que hay, sino del mundo de esa piedra del ejemplo orteguiano; de cualquier piedra, de cualquier experiencia, de cualquier instante. Es imposible agotar nada. Miro mi mesa de trabajo ahora mismo (un ahora mismo lábil que se escurre entre los dedos) y es inabarcable, inagotable: sombras, cables, papeles, carpetas, libros, teclas de ordenador, un vaso de agua vacío, el teléfono, el polvo, el gris y el marrón y el blanco y el rojo de los distintos objetos, la pared contra la que se apoya, la barra de pegamento, la grapadora, el portalápices, el colirio… ¿Cómo sobrevivir a esta sobreabundancia y, sobre todo, cómo superar la angustia de que, escriba uno lo que escriba, el mundo no estará representado más que en sus sobras, sus minucias, sus apariencias, sus naderías o sus bordes? 

Lo inabarcable se puede enumerar (cada cosa un número pi de infinitos decimales), pero eso no lo desactiva (hablo por mí, claro) como desencadenante de crisis interiores, de falta de confianza en la realidad, incluso de esterilidad creativa. Lo único que lo hace es ese principio de religación universal al que Paz y otros se refieren; porque cuando uno sabe y siente y participa de ese estar todo atado a todo deja de preocuparse por los modos en los que esa totalidad elige para desplegarse o para, quizás usándonos a nosotros, decirse. La imaginación, que en mí, como te decía, salta con cualquier motivo, es la que mantiene en buen estado la red de pescar mundos para que estos, en justa correspondencia, nos almacenen en sus nasas (peces vivos, no pescados boqueantes) y nos pongan a disposición del universo, de las piedras y de mi mesa de trabajo. 

Me encanta lo que dices de la lectura. Pero como ya me he extendido demasiado, solo un apunte: para mí la lectura, además de un fármaco como lo es para ti, es el lugar de mis desapariciones, un espacio-tiempo donde descansar de mi yo mientras buceo y me nutro en el yo de los grandes. 

Un abrazo grande.

Jesús.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Me jubilo

Nuestro entrañable ‘jubilar’ proviene del latín iubilare, que significa literalmente ‘lanzar gritos de júbilo’ (por la satisfacción del que ya no ha de trabajar, nos aclara Joan Corominas en su inigualable diccionario etimológico). La jubilación ha sido, pues —desde que la crearan los romanos para gratificar a los legionarios que hubieron cumplido veinticinco años de servicio—, motivo de inenarrable alegría, que ha cristalizado en nuestro idioma en la palabra ‘júbilo’. Yo me sumo hoy, 12 de mayo de 2026, a ese júbilo jubilar, porque me jubilo. Aunque, por desgracia, no después de veinticinco, sino de treinta y siete años de servicios al Estado. Tras algunos escarceos laborales veraniegos cuando era estudiante y el paso más fugaz de la historia por la nómina de El Corte Inglés —solo trabajé un día para la empresa de Ramón Areces—, ingresé como funcionario del cuerpo superior en la Generalitat de Cataluña, de la que cobré mi primer sueldo en julio de 1987. Y hasta hoy. Hubo un paréntesis de algo más de cuatro años y medio en mi desempeño como funcionario del gobierno autónomo: entre septiembre de 2013 y febrero de 2016 viví en Londres, en excedencia, dedicado a escribir, traducir y conocer aquella fascinante ciudad; y desde marzo de 2016 hasta abril de 2018 trabajé, en situación de servicios especiales, para la Junta de Extremadura. Pero también en Mérida, como director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura de la región, conservé la condición de empleado público: era personal eventual. Debo confesar que, a lo largo de esta dilatada vida laboral, los periodos de trabajo en los que he sido más feliz, han sido aquellos en los que no he trabajado para ningún empresario ni organización, aunque mucho como escritor: mi estancia en Londres y el año en el que estuve de baja por depresión en 2023. En realidad, y como ya he contado en este blog (y con esta misma expresión), trabajar es una mierda. Lo intuí desde el principio, cuando empiezas a comprender, aunque todavía no a racionalizar, que el trabajo —un término que proviene de tripalium, un instrumento de tortura en la, de nuevo, antigua Roma: la etimología nos descubre gruesas verdades— es una forma de prostitución, no solo aceptada socialmente, sino ensalzada y promovida: en las sociedades capitalistas (y en las comunistas, cuando existían, también), la identidad, más aún, la razón de nuestra existencia se conforma gracias a ella: uno vende lo más valioso que tiene, lo más valioso que es, el tiempo de su vida, para poder vivir. Una paradoja dolorosa y perversa, que nos expulsa de nosotros, que nos estraga y nos mata. Algunos, no muchos, muy pocos, tienen la inteligencia y también la suerte necesarias para encontrar una tarea que, además de darles de comer, les alegre o satisfaga. La mayoría penamos en nuestros trabajos como galeotes desorejados, siempre deseando estar en otra parte, o hacer otra cosa, o no hacer nada. Pero incluso aquellos afortunados que disfrutan con lo que hacen, sufren la ignominia de servir a intereses ajenos, de acatar disciplinas absurdas, de obedecer a jefes inútiles, ponzoñosos o disparatados. Las estructuras laborales —empresas y administración pública, pero también los autónomos, que creen gozar de más libertad, pero que están sometidos a la peor constricción de todas, la autoexplotación, el chantaje interiorizado, y sufren con más crueldad las tropelías del mercado— aplastan al individuo: lo moldean con horror, lo esquilman, lo queman. Están pensadas para eso: obtener beneficio —su objetivo primordial, o más bien el único— es obtener todo lo posible del individuo: arrancarle sus habilidades y su inteligencia, sus años y su piel, su ser todo. Y, para rematarlo, muchas veces con idiotez: si trabajar es una calamidad, trabajar en algo idiota, o para alguien idiota, o por algo idiota, es el culmen de la abominación. Por desgracia, aún no hemos encontrado la forma de subvenir a nuestras necesidades sin tener que hacerlo. Pero, hasta que demos con ella, el Estado formalmente del bienestar, pero que solo es, en realidad, el Estado del ir tirando, aporta la solución transitoria, el parche, aunque bienvenido sea, de la jubilación. En mi historia laboral, no obstante, no todo ha sido congoja y chirriar de dientes. Recuerdo que empecé con ilusión mi trabajo como funcionario y que, durante no pocos años, aquella ilusión me mantuvo a flote. No me gustaba la rapacidad de las empresas, ni la enajenación a la que condenaban a sus empleados. Me satisfacía mucho más prestar un servicio público, esforzarme por la comunidad, garantizar el uso adecuado del dinero de todos; y también no tener que preocuparme por hacerme con un sueldo cada mes: el de la administración caía cada día veinticinco con la regularidad de un metrónomo. Pero quien trabaja para la administración pública, para cualquier administración pública, no tarda en comprender —si es que no lo sabía ya, y por eso ha ingresado en ella— que es un reino somnífero y vasoconstrictor, tolerante con el inepto y el sinvergüenza, cuya estructura paramilitar, pese a cuantos avances tecnológicos pueda incorporar —en mis primeros años oficinescos, todavía escribíamos a máquina, y con papel carbón, en unas elefantiásicas Olivettis grises—, mantiene sometido a los funcionarios a una disciplina castrante —a la que muchos de ellos, hay que añadir, se adaptan con gusto—. En el caso de la administración catalana, se daba una particularidad más, y era que se trataba de una organización repulsivamente politizada, al menos durante los interminables gobiernos de Convergència y sus sucesores o avatares soberanistas, que fueron aún peores. Los funcionarios sufrían, así, la indolencia consustancial a la estructura administrativa y el sectarismo propio de unos jefes afectos a la causa. En cualquier caso, si de algo estoy seguro es de que yo no voy a padecer el síndrome de y ahora qué haré que aqueja a tantos recién jubilados, algunos de los cuales no dudan en morirse poco después de haber abandonado el barco laboral: su vida ha perdido sentido y se dejan ir, o bien están tan deteriorados que no tardan en desmoronarse con la ayuda de una embolia, un infarto o algún mal semejante. Esta desorientación existencial es otra de las aportaciones que hemos de agradecerle al capitalismo en el que aceptamos vivir: el trabajo lo es todo, ser productivo lo es todo, y, cuando ya no trabajamos ni somos productivos, la vida se pulveriza, se esfuma. Se conoce que las nuevas generaciones están cambiando esta forma de entender la servidumbre laboral, benditas sean, y que ya no lo fían todo al desarrollo profesional, ni a la estabilidad a ultranza, ni a la empresa es como la familia, ni a ninguna de las patrañas con las que el sistema se ha garantizado durar hasta hoy mismo. Pero, como decía, yo ya había hecho esa revolución en mi fuero interno, y no porque fuese más listo que los demás, sino porque las hechuras de la condena laboral —el “infierno idiotizante” de la oficina, como decía Cioran, que jamás se rebajó a la indignidad de realizar trabajo asalariado alguno— se me hacían dolorosamente opresivas, como un pantalón demasiado estrecho. La jubilación no es, pues, en mi caso, un anonadamiento ni mucho menos una amputación, sino la continuación de una vida que he querido creativa y de un afán de contemplación, de puro goce sensual, que por fin practicaré sin restricción alguna, sin horarios ni atisbo de culpa. Lo único que me atrevo a pedir ahora es que la muerte me respete unos años: no criar un cáncer, ni padecer alzheimer, ni que me atropelle un autobús, hasta dentro de algún tiempo (de bastante, si puede ser). Y luego ya, si eso, que sea lo que Dios quiera. Trabajar es una esclavitud y jubilarse, una forma de manumisión, insuficiente y tardía (yo fusilaría al amanecer a todos esos estalinistas de la estadística que propugnan retrasar cada vez más la edad de jubilación; estos días he leído a un desalmado, a quien Dios confunda, que propone hacerlo ¡a los setenta y dos años!), pero parcialmente redentora. Celebrémosla como los antiguos y esforzados legionarios romanos cuando, tras haber sobrevivido a marchas y hambrunas, a ciénagas y bárbaros, a horrores y adversidades sin cuento, alcanzaban el fin de sus servicios. Nosotros quizá no hayamos pasado por tanto, pero de ciénagas y bárbaros los trabajadores, todos los trabajadores, sabemos un rato.