jueves, 6 de agosto de 2026

Gesto y Surco, Surco y Gesto

Acaban de aparecer, casi al mismo tiempo, los números más recientes de dos espléndidas revistas literarias españolas: Gesto. Revista de Literatura, Arte y Pensamiento y Surco. Cuadernos de Poesía, dirigidas por Juan Luis Calbarro y Antonio López Cañestro, respectivamente. De ambas he hablado ya, aunque por separado, en otras entradas de este blog. Ven ahora la luz el número 7-8 de la primera, fechado en julio de 2026, y el 12 de la segunda, correspondiente a la primavera de 2026. Ambas pueden definirse de la misma manera: están hechas con esmero, generosidad y buen gusto, y lucen, en cada entrega, una nómina muy atendible de autores. Y ambas encarnan también algo cada vez más raro en la sociedad literaria actual: son medios dedicados plenamente a la literatura, entregados al lenguaje y a su cultivo más exquisito, y con una atención especial a esa paria de todas las parias literarias: la poesía, quizá porque sus directores son, sobre todo, poetas. Por último, tanto Gesto como Surco prestan asimismo una atención destacada al apartado visual: la tipografía que emplean, las fotografías que incluyen, las ilustraciones que escogen, las cubiertas con las que se presentan, son, siempre, de una calidad extraordinaria. Y es lógico, porque quien tiene cuidado con el lenguaje, quien ama el lenguaje, que es forma, lo tendrá también con cualquier otra forma. También hay algunas diferencias entre ellas, como es natural: Gesto, hecha en Madrid, solo se publica en formato digital, tras una primera etapa en la que únicamente aparecía en papel; Surco, hecha en Sevilla, solo ve la luz en papel (lo que hoy en día constituye una verdadera heroicidad). Y Gesto tiene, digamos, un radio literario más amplio: publica también prosa de ficción, trabajos filológicos, aforismos, críticas de arte, reseñas de libros. Surco, por su parte, se ciñe exclusivamente a la poesía, aunque, dentro de esta, se muestra plural y hospitalaria: atiende a la creación, la traducción, el ensayo y la entrevista. Singularmente, no da cabida a la crítica de novedades —cosa que Gesto sí hace— porque considera que eso banaliza, hasta cierto punto, la trascendencia del hecho poético: porque lo somete a una actualidad líquida y alborotadora que nos hace perder el oremus de lo grande, de lo perdurable. También en su estructura interna difieren, aunque esto poco importa si el resultado, como sucede en los dos casos, es bueno. Gesto, hija, en primerísimo lugar, del esfuerzo de su director, Juan Luis Calbarro, cuenta con dos directores adjuntos —uno de los cuales tengo el honor de ser yo; el otro es Natalia Carbajosa— y un consejo editorial integrado por escritores tan notables como Luis Alberto de Cuenca, Jordi Doce, María Ángeles Pérez López, Tomás Sánchez Santiago, Jorge Rodríguez Padrón, Sebastián Gámez Millán y Olga González Aguilar. Surco, por su parte, es obra exclusiva de su fundador y director, Antonio López Cañestro. En su número actual, de casi 300 páginas, Gesto publica poemas de Antonio Colinas, José Luis Puerto, Isaac Gómez Calderón, Oswaldo Guerra, Ricardo Hernández Bravo, Jorge León Gustà, Sol Mussons, Jesús Cárdenas y el propio Juan Luis Calbarro, entre otros autores; ensayos de Esperanza Ortega, Jonás Sánchez Pedrero, Jorge León Gustà y Moisés Galindo, también entre otros; traducciones de Matt Mason, por Juan Luis Calbarro, Miren Agur Meabe, por ella misma, y Georg Trakl, por Natalia Carbajosa; un cuaderno central de poesía, dedicado en esta ocasión al poeta extremeño Javier Pérez Walias; y, en fin, una amplia sección de crítica de libros. Mi contribución al número ha sido doble: un conjunto de aforismos, “Algo de existencialismo (V): el lastre de la identidad” —perteneciente a mi libro La tabla del náufrago. Aforismos y no tanto o algo más, de próxima publicación en El Sastre de Apollinaire—, incluido en la sección de “Prosas”, junto a trabajos de Sebastián Mondéjar y Salvador Perpiñá; y una reseña, “El deseo a contraluz”, sobre el libro Follar por amor, amar por placer, de Silvia Rins (que ya había visto la luz en este blog el 14 de marzo de 2026: Gesto da también segundas oportunidades a trabajos ya publicados). En cuanto a Surco, su número 12, de 260 páginas, presta una atención privilegiada al poeta andaluz Manuel Mantero, fallecido hace un año y medio en los Estados Unidos, donde había vivido y desarrollado una distinguida carrera académica desde 1969: incluye una extensa “Autobiografía intelectual”, escrita por el propio Mantero, una muestra de su poesía en su sección “Quebrantos” y, finalmente, una amplia entrevista que firma Sara Paco. Junto a Mantero, aparece un iluminador ensayo, “Sobre la poesía”, de Edmond Jabès; unos enigmáticos y, por eso, fascinantes textos de Xul Solar, fechados como entradas de diario, con el título de “Los San Signos. Xul Solar y el I Ching”; y fragmentos, asimismo, de un nuevo libro de Jay Wright que ha de publicar Hojas de Hierba, tras Transfiguraciones, titulado Soul and Substance [‘alma y sustancia’], con traducción mía. El número incorpora asimismo varios poemas y reproducciones de la obra plástica de la malograda pintora algecireña Blanca Orozco.

Transcribo, a continuación, algunos de los aforismos con los que he colaborado esta vez en Gesto:

No sobrecoge pensar en el no ser. Sí en quien se es.

Orden de alejamiento
Id, entidades.

Discrepo de Rimbaud. Quiero ser otro –una mujer que lee en un banco del parque, un hombre que pasea mirando a los pájaros, un anciano que, pese a todo, sonríe–, pero el yo no me deja. El yo nunca es otro.

Impone su yo como un chaparrón o una cacerolada.

Cuando me quito la máscara, me arranco el rostro; y la calavera sanguinolenta es otra máscara.

Que la máscara sea la verdad.

Cuando me miro el ombligo, veo el de los demás.

El latido que oigo en el pecho de la persona a la que amo no se diferencia en nada del que suena en el mío. Tampoco lo haría el de mi peor enemigo, si me apoyara en él.

Somos nuestra propia doncella de hierro. Pero nos acostumbramos a vivir atravesados por sus hierros.

La mirada fija de los niños parece preguntarnos: ¿seré como tú?

Hay quien ondea el yo como un gallardete para atraer la atención de los navegantes; pero, como las veletas, también convoca a los rayos.

Todo rostro deja rastro. Todo rastro tiene rostro.

Arrastramos el cuerpo que somos como si empujáramos una carreta cargada con la bosta de las vacas que hemos limpiado del establo.

El yo es la alfombra bajo la que barremos la porquería de los días.

El yo es la bola de billar que choca con las demás bolas en el tapete del mundo, el taco que la golpea y el brazo que mueve el taco.

El yo-yo es el juego favorito de los egocéntricos.

El yo me devora cada día. Y luego eructa de satisfacción.

El martillo pilón del yo.

Envidio el título que dio Cioran a uno de sus libros: Ese maldito yo.

La pregunta «¿quién soy?» me resuena en el pecho desde que naciera. La pregunta «¿qué soy?» me retumba aún más adentro, y desde antes.

A cierta edad, y luego de años de probaturas y experimentos, no queda más remedio que ser lo que se es. Aunque hunda en uno mismo, un lugar en el que nunca se ha querido estar.

Siempre sonrío cuando me veo en un espejo, pero no porque me crea guapo, sino porque me han enseñado a ser amable con los desconocidos.

Detrás de los cuadros suele haber cajas fuertes. Pero ¿y detrás de los espejos?

Lo primero que hago al levantarme es comprobar que todos mis miembros estén en su lugar; luego, me lavo los dientes.

Si será engañosa la identidad que hace falta un documento expedido por el Estado para acreditarla.

Aguardo con curiosidad, y con esperanza de alivio, el día en que no sepa quién es el que me mira desde el espejo. O en el que sepa que es otro.

En todos vive un terrorista escondido, que acumula ira por las cosas que nos oprimen y el sufrimiento que nos causan. Siempre estamos a una distancia asombrosamente corta de cruzar el semáforo en rojo, tirar los papeles al suelo y matar a nuestro vecino con un cuchillo jamonero.

Llevo el yo enganchado como una película de sudor, como uno de aquellos monigotes de papel que nos pegaban en la espalda el Día de los Santos Inocentes y que paseábamos sin darnos cuenta por todas partes, como la pez con que embreaban en el Salvaje Oeste a los tahúres y vendedores de elixires mágicos. No puedo desembarazarme de él.

De pequeño, quería ser torero y boxeador. De lo primero me disuadió el primer astado que vi en la Monumental de Barcelona, a la que me llevaron mis padres; de lo segundo, el primer –y único: me dejó KO– puñetazo que me dio en la tripa Castiglione, un compañero de clase uruguayo con el que había organizado un combate en el patio para probar los guantes de reglamento que me acababan de regalar los Reyes y confirmar mis habilidades pugilísticas. Superadas estas pueriles e insensatas inclinaciones, a lo largo de la vida he deseado ser muchas cosas que nunca he sido ni seré: jardinero, psiquiatra, periodista, historiador, farero, abogado penalista, actor de teatro, restaurador de libros, detective privado, químico. Lo que no somos nos define con mucha más precisión que lo que somos.

El que está vacío, se llena de identidad o de patria, o de ambas cosas. Quien está lleno —de lucidez, de sensibilidad, de incertidumbre— no necesita de esos desagradables aditamentos para ser.

La identidad es el lastre preferido de los volátiles. Los pega al suelo. No les importa que sea cenagoso.

Cuando era joven, cada encuentro con alguien era un desafío, una aventura, un misterio. Hoy, con las enseñanzas de la edad, el conocimiento de las relaciones sociales y una reflexión consciente y constante, he conseguido que cada encuentro sea una colisión.

A más identidad, menos entidad.

viernes, 31 de julio de 2026

El hospital de Sant Saver y la colección Casacuberta Marsans

Ángeles me mandó hace unos días, desde Mánchester, un enlace a un nuevo museo de Barcelona, del que yo, amante y huésped habitual de los museos, no tenía la menor idea: la colección Casacuberta Marsans, expuesta en el antiguo Hospital de Sant Saver. El enlace recogía una crítica elogiosísima de una historiadora del arte que ya lo había visitado, y tanto por este motivo como por la curiosidad que me inspiraba la existencia de un museo en mi ciudad que ni siquiera sabía que existía, he decidido visitarlo hoy. Las visitas son obligatoriamente guiadas, y me presento a las once de la mañana, bajo un sol de injusticia, a la entrada del museo, en la calle de la Paja, un nombre que me trae agradables —aunque también obsesivos— recuerdos de adolescencia. El hecho de que la calle se encuentre en el Barrio Gótico contribuye a que el sol, pese a ser lapidario, no nos aplaste: las casas se construían muy cerca unas de otras para crear sombra y atemperar la chicharrera. La Paja también guarda una sorpresa: un lienzo de la muralla romana de Barcelona, construida entre los siglos I y IV d. C. —de los pocos que subsisten en la ciudad—, y que puede verse, tras una reja que la protege de guiris pernoctadores, drogatas y perroflautas en general (y, dado su recogimiento, de convertirse en urinario público), en la plazoleta de Frederic Marés. Admiro las dos torres cuadradas que ciñen el lienzo y los espléndidos, aunque inevitablemente baqueteados por el tiempo, sillares de opus quadratum, que sirvieron, tras la caída del Imperio, de cimientos para las viviendas del barrio. El hospital de Sant Saver —así, con a: no es errata; la e semiabierta del nombre original, Sever, se ha abierto definitivamente en una a, que se ha incorporado a su grafía— se encuentra un poco más allá, en el número 21, tras una fachada escueta. A la entrada me encuentro con Manel, el otro único visitante del lugar esta mañana. Recorrer un museo con la sola compañía de la guía y otro visitante ha sido una experiencia casi tan buena —y prácticamente olvidada: hoy no hay museo que no fatiguen millones de turistas aborregados— como el propio conocimiento de la colección. Mientras esperamos a que nos abran la puertas, Manel, que es profesor de historia del arte, me informa de que la hornacina que preside la fachada tiene forma de arco serliano —una combinación de un arco de medio punto y dos vanos adintelados, codificado y popularizado por el italiano Sebastiano Serlio a finales del siglo XV— y yo pienso que no solo no sabía lo que era un arco serliano, sino que, cuando he pasado por esta calle, estoy seguro de que ni había reparado en él, es más, ni siquiera en el hecho de que aquí hubiese habido un hospital, como indica una vetusta plaquita cerámica junto a la puerta. Mirar es una tarea laboriosa, y alguien tiene que enseñarnos a hacerlo. Hoy esa responsabilidad ha recaído en Manel, que parece asumirla con orgullo profesional. En el portal, que data de 1562 (aunque yo anoto erróneamente en mi libretita “1542”: el 4 y el 6, tal como se escribían entonces, apenas se distinguen a nuestros ojos), está inscrito Hospitale sacerdotum sancti Severi, porque eso es lo que fue desde 1412, un centro hospitalario, fundado por mosén Jaume Aldomar, presbítero y beneficiado de la catedral de Barcelona, para atender a los clérigos pobres y enfermos de la ciudad. Mosén Aldomar puso el hospital bajo la advocación de San Severo, un obispo de Barcelona —quizá legendario— que había sufrido la persecución de Diocleciano: intentó huir, pero los romanos lo apresaron y martirizaron clavándole un clavo en la cabeza. El hospital sufrió luego innumerables avatares —fue lugar de beneficencia, residencia de inquilinos y comerciantes, y local abandonado; incluso se quiso, muy recientemente, convertirlo en un hotel de lujo— hasta que los Casacuberta Marsans, enriquecidos gracias al negocio inmobiliario y grandes coleccionistas de arte, compraron el edificio y lo dedicaron a exponer la colección que habían amasado en vida. Entramos, por fin, en el museo. Nos recibe Clara, una encantadora joven que será nuestra guía, y que se apresura a precisar que esto no es tanto un museo como una colección privada abierta al público. Por eso no hay cartelas junto a los cuadros y las piezas expuestas, y por eso se han remodelado los espacios para transmitir la sensación al visitante de que entraba en la casa de un coleccionista y no en una pinacoteca. Y por eso, también, se renuevan los fondos expuestos cada dos años, más o menos: hoy veremos aquí cuarenta y siete piezas, pero la colección tiene más de 400, que irán pasando por estas paredes en muestras sucesivas. Hacerlo así no solo es una decisión generosa para con el público, sino también una inteligente decisión comercial: se garantiza la fidelidad del cliente durante veinte años. La entrada cuesta quince euros. Dentro del edificio, cruzamos en primer lugar la androna, el pasadizo interior que lleva del portal principal a la capilla del hospital. En ella nos espera un hermoso relieve de mármol blanco, de finales del siglo XIII, con la leyenda de Magencio y Santa Catalina de Alejandría, aquella bienaventurada que derrotó al emperador y a sus sabios —convocados para refutarla, pero a los que ella convirtió al cristianismo— y de cuyo cuello brotó leche cuando fue decapitada por orden de un Magencio irritadísimo. Tras un telón verde que descorre Clara— y es inevitable que, siempre que se descorre un telón, el gesto parezca un poco teatral—, encontramos la antigua capilla del hospital, bellamente restaurada, aunque sin apenas trazas ya de su estilo renacentista original. En las paredes de la iglesia y de la cripta, en el piso inferior, se despliega una colección de arte hispánico, con una importante presencia también del arte flamenco, desde el siglo XII hasta hoy mismo. Pese a su eclecticismo estético, predomina el arte sacro medieval, aunque hay un nutrida representación de modernistas y postimpresionistas catalanes de finales del siglo XIX y principios del XX. Vemos pronto un sobrecogedor Retrato de Elisa Casas, viuda de Josep Codinas, pintado por el cuñado del difunto, Ramon Casas, en el que la viuda es solo una estilizada mancha negra con un rostro pálido y cariacontecido, y una mano borrosa, casi espectral. Junto a esta tenebrosa pintura hay otra, no menos inquietante, titulada Les velles [‘las viejas’], de Joaquim Mir, en que dos ancianas miran tristemente al observador desde la negrura de sus atavíos, pero rodeadas —Mir no lo puede evitar: era un pintor de la naturaleza— de motivos florales y colores subidos, que establecen una perturbadora paradoja visual con las figuras humanas. Me llaman también la atención dos cuadros de Gutiérrez Solana: La Dolorosa, con una figura de la Virgen y cuatro mujeres a sus pies, todas ellas mirando al espectador y envueltas en negro, con el tenebrismo y la crudeza habituales de Solana; y el retrato de un torero en el que Clara no se detiene, pero que podría ser  Isidoro Carmona, el Lechuga, que luce su disparatado palmito sobre un fondo polvoriento. Más imágenes desgarradas aparecen en Los mendigos (Les clochards). Montmartre o rue Lepic, de Joaquim Sunyer —otro catalán que peregrinó a Paris cuando había que hacerlo, a finales del siglo XIX—, en el cual dos pordioseros cadavéricos desfilan ante un paisaje, borroso de ocres, con jamelgos y casas; y en el Busto de gitano, de Isidre Nonell, aquel excelente artista que se empeñaba a pintar todo cuanto repugnaba a los burgueses que compraban arte en su tiempo —gitanos, pedigüeños y cretinos: gente que olía a miseria— y que, en consecuencia, vivió pobre y poco reconocido, y murió joven de fiebres tifoideas. Tras asomarnos al pequeño claustro del hospital, sobre el que a partir del siglo XVIII se construyeron los cuatro pisos que hoy lo coronan, todos restaurados y pintados de blanco, nos detenemos un buen rato con Clara ante un Cristo en la cruz, de El Greco, precedente, me parece, de la España negra que describieron Solana y Nonell, entre otros. Contra un cielo de nubes oscuras, tormentoso, se dibuja el cuerpo alargadísimo y blanquísimo, casi de plata, de Jesucristo, desnudo salvo por el perizoma, el paño anudado que velaba las partes pudendas del crucificado y garantizaba así la pureza de la imagen, y sin la lanzada en el costado que le había propinado el miserable de Longino. Cristo está aún vivo y, por cómo lo representa El Greco, en el momento de preguntarle a su Padre por qué lo había abandonado. Pese a no haber muerto aún, los soldados y demás asistentes a la ejecución ya se marchan de regreso a Jerusalén, pintada al fondo: así lo dispone El Greco en uno de los lados del óleo. Las tres Marías, no obstante, vienen a él. Antes de bajar a la cripta, admiramos igualmente un riquísimo descendimiento flamenco del siglo XVII, plagados de rojos y oros, de autor desconocido, en el que nos detenemos otro buen rato. Al parecer, el tríptico fue contratado por un adinerado matrimonio vasco —hombre y mujer aparecen en el cuadro, frente a frente, en actitud orante— y permaneció muchos años en un convento de la localidad vizcaína de Lekeitio. Cuando finalmente bajamos a la cripta, Manel —que antes me ha dicho que se ha especializado en la perspectiva de género en el arte— le pregunta a Clara cuántas de las obras hoy expuestas han sido hechas por mujeres, y Clara le responde que ninguna, aunque sí las hay en la colección. También nos cuenta que, en el plan de convertir el hospital en un hotel, la cripta iba a ser el spa. Al salir, acabada la visita, Manel concluye que, aunque no hay nada espectacular, la colección es agradable de ver. A mí me ha parecido más que agradable: es una pequeña joya oculta entre callejuelas, que renueva el placer de ver arte sin urgencias ni aglomeraciones.

sábado, 25 de julio de 2026

ESADE, “Do good. Do better”

ESADE pasa por ser una de las grandes escuelas de negocios del mundo. Ya cuando estudiaba Derecho, hace unos doscientos años, miraba con un punto de envidia a los compañeros que complementaban o ampliaban sus estudios en aquel centro, que representaba, a mis ojos y a los de mucha otra gente, la formación privada más exquisita (y más cara) que podía uno procurarse en el ámbito de la empresa y la administración pública y privada. Nunca me planteé estudiar allí: sencillamente, no me lo podía permitir. Sin embargo, tiempo después, cuando había alcanzado ya un puesto de alguna responsabilidad en la administración pública, el Departamento para el que trabajaba me ofreció la posibilidad de cursar un Máster en Dirección Pública en ESADE, o, como la propia Escuela prefería anunciarse, un Executive Master in Public Administration (EMPA), así, en inglés, que molaba más. Yo acepté, porque entonces aún creía en la formación continua y por satisfacer mi deseo de conocer aquel lujoso centro por dentro; y también porque me halagó que mis jefes hubieran pensado en mí para realizar el curso. Le dediqué tres años, entre 2006 y 2009, compabilizando las clases con mi trabajo en el Departamento de Economía y Finanzas de la Generalitat. El Máster solo duraba dos, pero mi jefa entonces me pidió que espaciara las clases para que pudiera dedicarme más tiempo al trabajo administrativo, y hube de desdoblar el último año en dos. Aquellos años en ESADE me decepcionaron; y fue una decepción profunda. La formación era ligera: no había exámenes; en realidad, no había que estudiar. Solo asistir a las clases y escuchar lo que los profesores tuvieran que decirnos. Se favorecía el trabajo en grupo, en los que siempre había alguien dispuesto a esforzarse mucho y otros que se aprovechaban palmariamente de ese esfuerzo. Y la enseñanza se impartía muy a menudo mediante casos, que eran problemas de gestión planteados como historias, con diferentes actores —así se llamaba a los que participaban en ellas: cada disciplina crea su propio lenguaje—, que los alumnos teníamos que desentrañar, completar y/o resolver. O intentarlo. A veces el trabajo en grupo y el trabajo por casos se fundían y se organizaban en clase una suerte de psicodramas en los que los estudiantes tomábamos parte con una mezcla de vergüenza, desconocimiento e histrionismo, y de los que casi nunca sacábamos nada en claro. Entre los profesores había de todo, como en todas partes. Pero uno esperaba que aquellos docentes, aupados a la exclusiva atalaya de ESADE, fueran la crème de la crème, y descubría que no lo eran. Recuerdo a un señor y una señora mayores —y casados—que habían estado en la India, y que, pertrechados de los saberes místicos que habían adquirido en la cuenca del Ganges, intentaban insuflarnos las capacidades necesarias para tomar siempre la mejor decisión posible: sus recomendaciones oscilaban entre flatulencias de autoayuda y los camelos indostánicos de Lobsang Rampa. Recuerdo también a otro profesor mayor —ESADE era entonces bastante gerontocrático—, argentino, del que se decía que había sido un alto oficial del ejército de su país. Teniendo en cuenta a qué se había dedicado el ejército argentino a finales del siglo pasado, aquella sospecha era muy poco tranquilizadora. Recuerdo, en fin, a otro profesor, este más joven, pero muy gordo, al que, paseando por uno de los pasillos del aula, se le engancharon los pantalones en el pico de una mesa o el saliente de una silla, y se le cayeron a los pies: se quedó en calzoncillos en medio de la clase. Con imperturbable rapidez, como se recuperan los cantantes que se han tropezado y caído en el escenario, se los subió de nuevo, se los ajustó como pudo y siguió impartiendo la lección como si nada hubiera pasado. En ESADE, no obstante, había algo que funcionaba muy bien: el catering, incluido en el curso. Así podíamos hacer jornada completa de clase, mañana y tarde, en el centro. La comida era excelente y, sobre todo, abundantísima: te ponías ciego, lo que, por otra parte, siempre me pareció contradictorio con el hecho de que estuviéramos en un centro de enseñanza: en las clases de la tarde, después de la comilona que nos metíamos, no dormirse exigía un esfuerzo titánico. Yo, muchas veces, renunciaba a hacerlo, y descabezaba un sueñecito reparador, parapetado tras las carpetas que nos regalaban. Completé el EMPA en diciembre de 2009, y así lo acreditó ESADE con el certificado correspondiente. Pero no volví a saber de la Escuela hasta casi doce años después, cuando, a finales de julio de 2021, recibí un correo urgentísimo en el que se me pedía que abonara inmediatamente las tasas de expedición del título, 222,15 euros. Los pagué el 29 de julio de 2021, y, cuando ya creía que la impartición del título era inminente, volví a dejar de tener noticias de ESADE: se abrió entonces un silencio que se ha extendido casi un lustro. Pero esta vez he sido yo el que ha tomado la iniciativa de acabar con él. Transcurridos cinco años desde el pago infructuoso, y gozando ya de todo el tiempo del mundo, que me otorgaba mi benemérita condición de jubilado, telefoneé a ESADE para reclamar el título al que tenía derecho. No es que me importase ya nada —desde luego, no lo iba a necesitar en mi carrera profesional—, pero me daba coraje que la que se autoproclama y se vende por ahí como una de los mejores centros de formación del planeta necesitase diecisiete años para entregarme el título, y aún no lo hubiese hecho. Do good, do better [‘hazlo bien, hazlo mejor’] es el eslogan de ESADE (que, pese a pertenecer a la Orden de Jesús, no utiliza el latín para su lema, sino la lengua franca que ha abrazado, el inglés), que se diría el reverso del legendario, y mucho más inteligente, Fail again. Fail better de Samuel Beckett. Y no parece que lo hayan aplicado en mi caso, sino más bien su contrario: Do bad, do worse. El personal de la secretaría administrativa me informó, ante mi estupor, que había un “error del sistema” en mi expediente que impedía la expedición del título, y que no podía precisarme ni de qué error se trataba, ni por qué se había producido, ni a qué sistema afectaba. Tampoco supo explicarme por qué habían necesitado doce años para pedirme que lo pagara y otros cinco para no concedérmelo, para no arreglar el problema que les imposibilitaba hacerlo y para no informarme de nada de lo que no estaba sucediendo. Una de las mejores escuelas de negocios del mundo necesitaba diecisiete años para no darle el título a uno de sus alumnos. Pero se conoce que mi queja movilizó a los aletargados servicios administrativos de ESADE y, luego de un par de meses de espera más, me comunicaron que ya se había subsanado el problema —que, al parecer, provenía de una migración de datos defectuosa, que había decidido dejar fuera los míos del proceso— y que en breve me proporcionarían el título. Y así fue. Hace un par de semanas, me comunicaron que ya podía recogerlo en la sede de ESADE, y así lo hice. El diploma, expedido por el rector de la Universitat Ramon Llull, a la que está adscrita ESADE, está fechado el 29 de julio de 2021.

domingo, 19 de julio de 2026

El 18 de julio

Escribo esta entrada, “El 18 de julio”, el 19 de julio. Ayer no quise hacer nada que diese difusión, aunque fuera para denostarla, a esa fecha infausta. Paradójicamente, en mi memoria de niño, el 18 de julio suena a cascabeles, porque en casa se recibía una paga extra: la del 18 de julio, precisamente, como siempre se encargaba de recordar mi madre, cuyas sempiternas estrecheces hacían que recibiera alborozada cualquier sobresueldo, cualquier ayuda, viniese de donde viniese. Mi padre tampoco rechazaba el dinero, pero al menos lo hacía con rostro de circunstancias: Franco era para él un mastuerzo, y su Régimen, un Estado de sangre y pandereta. Esa fecha tan facha, el 18 de julio, fue lo primero que supe de aquello que llamamos, durante tanto tiempo, la dictadura de Franco. A ese conocimiento se sumaron luego otros, que corroboraban y ampliaban la tragedia que había supuesto. Una tragedia nacional: una guerra civil de casi tres años de duración —iniciada, realmente, un día antes: la tarde del 17 de julio, con el levantamiento de las tropas estacionadas en el Marruecos español—, con medio millón de muertos e innumerables dramas: desde el bombardeo de Guernica hasta las masacres de la plaza de toros de Badajoz, la carretera de Málaga a Almería o Paracuellos del Jarama; y cuarenta años de una dictadura sanguinaria que dejó entre 100.000 y 150.000 personas asesinadas durante la Guerra Civil y en la inmediata posguerra por la represión franquista; alrededor de 114.000 desaparecidos en fosas comunes, muchos de las cuales siguen ahí, sumidos en el olvido, sin reconocimiento ni duelo; entre 450.000 y 500.000 exiliados, la mayoría de los cuales nunca volvió (a los que se sumarían, en las décadas posteriores, los casi dos millones de emigrantes a Europa e Hispanoamérica, expulsados de su tierra por el hambre, la miseria y la falta de esperanza); entre 700.000 y un millón de internados en alguno de los más de 300 campos de concentración existentes entre 1936 y los años cuarenta; varios cientos de miles de encarcelados, a lo largo de la dictadura, por motivos políticos o ideológicos (más de 270.000 llegó a haber simultáneamente en 1939), 100.000 de los cuales fueron destinados a batallones de trabajadores o a obras públicas mediante trabajos forzados; cientos de miles de funcionarios, maestros, profesores, ferroviarios y otros empleados públicos depurados, suspendidos o expulsados de sus puestos de trabajo; y, en fin, más de 300.000 personas objeto de expedientes de responsabilidades políticas, con multas, incautaciones de bienes o inhabilitaciones. Y eso por no hablar de la censura institucionalizada, las leyes racistas y homófobas, el nacionalcatolicismo asfixiante, la represión de la mujer, la prohibición de los sindicatos o la práctica de la tortura hasta más allá del fin de la dictadura por parte de funcionarios a los que se premiaba con medallas y un plus salarial por reeducar a los disidentes con porrazos en las plantas de los pies y patadas en los testículos, o apagándoles a ellas cigarrillos en los pechos. Pero la tragedia abierta por el 18 de julio tuvo también consecuencias personales, como en la mayoría de familias españolas. En la mía, se contaba un tío abuelo, Jesús Vidal, soldado de la República, muerto en Cataluña hacia el final de la guerra. Sus padecimientos se reflejan bien en la correspondencia que guardaba de él mi madre, y que yo descubrí en un rincón del armario más escondido de la casa cuando hube de vaciarla, tras la muerte de mi madre. Las cartas de Jesús, escritas con la caligrafía primitiva y las profusas faltas de ortografía de un campesino que apenas había alcanzado a conocer las primeras letras y las cuatro reglas, relatan un viaje hacia la muerte, que empieza en diciembre de 1936, cuando fue movilizado, y que concluye, tras un accidentado pase por diversas bases y aeródromos de la aviación republicana —mi tío Jesús pertenecía al 4º batallón de la 3ª región aérea, que fue reculando desde Zaidín y Alcubierre, en Huesca, hasta Celrà y Torroella de Montgrí, en Gerona—, en enero de 1939: su última carta está fechada “en campaña a 2 de 1 de 39”. Luego, Jesús desaparece en combate. Según le contó un compañero de armas a mi familia después de la guerra, huían del avance franquista, y él cayó en un terraplén. No se le volvió a ver. Quizá quedó herido en la caída y luego fue rematado, o capturado y fusilado, por los atacantes. También desapareció en combate, aunque de otro modo, mi abuelo Alfonso. Cuando cayó Aragón, y como se había implicado con otros anarquistas en la colectivización de las tierras, tuvo que poner pies en polvorosa para que los nuevos amos no le dieran matarile. Se fue solo, no obstante: su mujer —mi abuela— y sus dos hijas pequeñas —una de ellas, mi madre— quedaron desamparadas en Chalamera, su pueblo (donde había nacido Ramón J. Sender, otro rojo destacado), y tuvieron que echarse a los caminos para poder comer. Pasaron dos años vagando por las carreteras y fincas entre Aragón y Cataluña: mi abuela trabajaba en los campos a cambio de techo y comida para las tres. Finalmente, consiguieron emigrar a Barcelona, donde una pariente les cedió un cuarto en un pisito de alquiler donde ya se amontonaban varios menesterosos más. Mi madre nunca dejó de recordar la pobre impresión que le había causado Barcelona al llegar (en tren): pobre, sucia, oscura. Era 1948: todavía en lo peor, en lo más sórdido, de la dictadura del Generalísimo. Al poco de establecerse allí, con doce años, tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica de cajas para productos cosméticos (que compraban las señoronas barcelonesas): con sus finos deditos de niña, se convirtió enseguida en una cajista experta. Mientras tanto, mi abuela limpiaba por las noches una residencia a la que las familias pudientes llevaban a sus hijos deficientes mentales, y mi abuelo seguía en Francia, de donde nunca regresó y desde donde nunca, por cierto, mandó dinero a su familia, ni hizo nada por reunirse con ella. En Francia se ganó la vida como albañil y volvió a casarse. Tengo, pues, el dudoso honor de contar con un abuelo bígamo. También por parte de mi padre, la Guerra Civil supuso una fractura dolorosa: hubo de dejar la escuela —donde, como siempre repetía con orgullo, había llegado a ser el segundo de la clase— y soportar las bombas de los Savoia-Marchetti de la Aviazione Legionaria italiana, que machacaba a Barcelona desde Mallorca, hasta que su madre lo envió a su pueblo, Pomar de Cinca, también en Huesca, para asegurarse de que comiera y de que no lo moliesen las bombas que les regalaban los hijos de Mussolini, aliados de Franco. En la posguerra, ya vuelto a Barcelona, vio cómo un hermano pequeño se le moría de tuberculosis y cómo su padrastro, guardia civil, era encarcelado dos años por haber sido fiel a la República, aunque esto último no sé si le afectó demasiado, o más bien lo alivió, porque el yayo Francisco era de los que pegaban lo normal a su mujer. Todo esto ha representado, y sigue representando, el 18 de julio para mí. Cuando veo a los cada vez más numerosos fascistas de hoy y a cuantos descerebrados les ríen las tristes gracias aplaudir la fecha y su simbolismo insurreccional, me entra vomitera. Y cuando leo a los numerosos revisionistas que intentan convencernos de que dar un golpe de Estado, causar una guerra civil, asesinar a cientos de miles de personas y establecer una tiranía de décadas fue algo necesario para restaurar la patria, la civilización o a Dios, cuando solo restauró los privilegios de los poderosos, me dan ganas de darme de baja de ser humano y exiliarme en Marte. La pena es que todos los años habrá un 18 de julio. La pena —aún mayor— es que no parece haber forma de que se borre de la mente de tantos el miedo que subyace en su apoyo al fascismo. Si todos abrazáramos la incertidumbre con igual franqueza e igual inocencia, otra vida, quizá, sería posible.

lunes, 13 de julio de 2026

Una tarde de playa

Hacía tiempo que no iba a la playa. María y yo lo hacemos hoy. La elegida ha sido la playa de la Mar Bella, una de las diez que forman el litoral marítimo de Barcelona. Si ha pasado tanto tiempo desde mi última visita a los arenales veraniegos, ha sido porque la playa no me gusta. Es un lugar abrasado por el sol, sin agua potable, sin sombra, sin vegetación, sin nada. Solo tiene una cosa en abundancia: gente. Y las multitudes cada vez me ponen más nervioso. Por eso decidimos disfrutar del desierto playero a última hora de la tarde, cuando el sol ya declina y no te destroza la piel, y las hordas de bañistas se han recogido o lo harán dentro de poco. Si a eso se le suma una brisa agradable, que atempera las temperaturas asfixiantes, un oleaje sosegado, con su hipnótica monodia, y un cielo espectacularmente repujado de nubes, por entre las que asoma una luz benéfica y un azul muy puro, la cosa resulta hasta placentera. Por suerte, además, no nos ha tocado al lado ningún niño berreante o dispensador de arena o de balonazos con sus infatigables correrías, ni un grupo de lolailos que crea que a todos los presentes les gusta el rock flamenco con el que se procuran, día sí y día también, un formidable tumor cerebral. Extendemos la toalla —algo que al mediodía puede resultar una misión casi imposible y hasta una temeridad: hay quien ha llegado a las manos por plantar la sombrilla en una franja disputada de arena— en un hueco cerca del agua, a la vera de un local llamado BeGay. Porque, eso sí, gays hay muchos aquí. Se les ve en parejas o solos, leyendo en la arena o paseando el cuerpo, solo ceñido, por lo general, por un slip tan ajustado que uno teme que pueda causarles un trombo testicular. Aunque a menudo hasta ese slip desaparece: la playa de la Mar Bella —no sé si las otras también— admite desenfadadamente el nudismo, y por eso muchos de los presentes se despojan de su ya exigua indumentaria y se lanzan al agua a cuerpo gentil, para secarse después, con desnudo denuedo, en toallas coloridas. Los turistas, por su parte, no han desaparecido. Junto a los grupos de jóvenes nacionales que vienen aquí a recobrar las fuerzas gastadas en las vecinas instalaciones del complejo deportivo de la Mar Bella, corriendo, saltando o arrojando cosas lejos, y de chicas que se hacen selfis con mucho mohín y casi ninguna ropa, vemos (o más bien oímos) a no pocos estadounidenses y a muchos orientales, que, siguiendo la tradición, hacen fotos y sonríen incansablemente (sobre todo los japoneses; los coreanos son más austeros). Un americano solo, de no más de treinta años, luce una barba mosaica, una bandana harleydavidsoniana y un barrigón grandioso. Se pasea por la arena húmeda, pero no se atreve a mojarse. María y yo sí nos tiramos al mar, aunque ambos estamos acostumbrados a nadar en piscina y el oleaje, si bien escaso, nos dificulta dar con el ritmo adecuado. Y tampoco llevamos gafas, así que hemos de luchar con la sal en los ojos, con la turbiedad que introduce la espuma en la mirada. Pero el agua está limpia. Verde, pero limpia. Celebramos que no haya algas ni medusas. Todo está tranquilo. No hay muchos nadadores a nuestro alrededor. El sol sigue su camino declinante hacia el oeste, por detrás de las instalaciones del club deportivo, arrastrando un torrente de granas y oros. Cuando volvemos a la arena, hemos de espantar a una gaviota que, instalada en la toalla, examina con el pico nuestras bolsas. No sería la primera vez que un lárido me destrozara el equipaje: en una playa de California, otro, muy grande y muy americano, nos privó de la merienda que llevábamos preparada y casi trituró un regalo que había comprado —una piedra con forma, ay, de huevo— para la novia de mi hijo. Pero esta vez no llevábamos nada de comer en los macutos, y el bicho, sucio y malcarado —nada que ver con Juan Salvador Gaviota—, se larga con grandes y decepcionados aletazos. La gaviota no será el único ser al que haya que ahuyentar de las inmediaciones. En otro momento, al volver yo de un nuevo chapuzón, María, que se había quedado tomando el crepúsculo, me informa de que varios playistas habían descubierto a unos cacos entre la gente y los habían expulsado a gritos. Se conoce que en esta playa abundan los chorizos, tanto bípedos como alados. Despejado de riesgos el panorama, María y yo pasamos un buen rato tumbados en la toalla mirando el cielo. Solo nos rodea un rumor de conversaciones —del que sobresalen, a veces, los gritos publicitarios de los lateros: “¡Cerveza! ¡Birra!”—, ahogado por el murmullo del mar. Encima de nosotros se extiende un cielo que se oscurece minuciosamente, desgarrado por el algodón errante de las nubes. Es un cielo turneriano, le digo a María, que no está del todo de acuerdo (María casi nunca está del todo de acuerdo con nada). Pero yo sí creo que este firmamento tachonado de blanco tiene la calidad brumosa y quebrantada de los lienzos de Turner. La humedad cobra en él múltiples formas: los cirros se deshilachan al sur, blanqueando con sus tules laxos el azul que muda en negro; cúmulos y estratos se reparten el resto del espacio, mezclando sus mantos casi geológicos como si se disputaran una cama deshecha. Y todas, cuando las miras, parecen quietas. Pero se mueven. No dejan de moverse. Al cabo de pocos minutos, o de pocos segundos, ya están en otro lugar, ya encarnan otras figuras (pareidolia se llama el fenómeno de ver rostros o animales en objetos inanimados: me gusta esa palabra). Están vivas: con la energía del movimiento, del aire, de la nada. De vez en cuando, una gaviota atraviesa, como un dardo, el óleo evanescente de las nubes, y nos devuelve, con la armónica violencia de su vuelo, a esta realidad compuesta de objetos sólidos, de animales que necesitan comer, de realidades que irrumpen en la ensoñación y nos devuelven a nosotros mismos, que por un momento nos habíamos creído fundidos en el Todo, con la conciencia deshecha en una plenitud sin límites ni final. Las gaviotas son así de prosaicas. Cuando ya se han encendido las farolas del paseo marítimo y el cielo amenaza con dejar de ser un cuadro y convertirse en una cueva, decidimos retirarnos. Es el momento más crudo de cualquier excursión a la playa: estás cansado, tienes arena pegada al cuerpo y probablemente sed, y pesa haber de volver a casa, que en nuestro caso está a media hora en coche. En las duchas nos limpiamos los pies al lado de un tipo que para hacerlo ha considerado necesario quitarse el bañador. Por suerte, el aparcamiento del complejo deportivo es barato: por un par de horas de estacionamiento te cobra seis euros. Quizá volvamos mañana. María, que es de secano, agradece el Mediterráneo. Y a mí me apetece volver a ver la pintura de Turner.

lunes, 6 de julio de 2026

Daniel C. Richardson, in memoriam

A Danny —así lo llamaba casi todo el mundo— lo conocí a poco de empezar mi año como estudiante de intercambio en la Ridgeview High School, en agosto de 1979. Muy pronto nos sentimos interesados el uno por el otro, pese a estar en cursos diferentes: él era junior (el equivalente entonces a primero de bachillerato hoy) y yo, senior (correspondiente a segundo). Pero a ambos nos atraían las mismas cosas, o, mejor dicho, no nos atraían las que atraían a los demás: las fiestas tumultuosas, los encuentros sociales por el mero hecho de encontrarse socialmente, las marcas de ropa, los coches. Aunque también había discrepancias: yo quería ligar —aunque siempre fracasaba—; él, en cambio, siempre abstraído en un mundo interior donde convivían la reflexión y la ensoñación, parecía ajeno a las procelosas pulsiones de la adolescencia. Y eso que era muy guapo: uno de los chicos más handsome (y también brilliant: uno de los que sacaban A o A+, es decir, sobresalientes o matrículas de honor, en todas las asignaturas) del instituto. Cuando mi primera familia de acogida me echó de su casa, él convenció a sus padres —que se convirtieron, desde aquel mismo momento, en mis padres americanos— de que me acogieran en la suya. Y así fue: durante el resto del curso, desde enero hasta julio de 1980, viví en su casa, en un barrio residencial de Atlanta, rodeado de bosques y picos picapinos. Con Danny jugábamos al billar o escuchábamos a Bob Marley & the Wailers —era un devoto de la música rastafari— en el sótano, o salíamos a comer pizza o burritos (y beber cerveza) con unos pocos amigos en algún local del vecindario, o debatíamos asuntos políticos o filosóficos con toda la ingenuidad y la pasión de los diecisiete años. También formábamos parte del equipo de soccer de Ridgeview High School: yo era el portero titular y él, un extremo habilidoso y escurridizo. Hicimos una temporada más bien mediocre: cuatro victorias, un empate y cinco derrotas, pero disfrutamos mucho del espíritu de grupo y del liderazgo de nuestro entrenador, el coach Chevannes, un jamaicano jocundo que era profesor de carpintería en el instituto (porque en nuestra High School se enseñaba carpintería) y que había llegado a jugar en la selección nacional de su país. Cuando concluyó mi año de estancia en los Estados Unidos, yo regresé a España y Danny acabó su enseñanza secundaria. Antes de proseguir sus estudios, Danny me devolvió la visita. Vino a Barcelona y se quedó seis meses en mi casa: su curiosidad viajera e intelectual seguía sin conocer límites. Viajó por España y por Europa (con algún sobresalto: los franceses no le dejaron entrar en el país, porque le faltaba algún visado o papel, y volvió a Barcelona cagándose en la France), sin dejar de sorprenderse por la turbulenta vida política de entonces, efervescente de partidos socialistas, comunistas y anarquistas (y también de mesnadas fascistas). Una vez, con ocasión de una de las muchas elecciones que animaron, tras el franquismo, al aletargado animal cívico que era España, se encaramó como un koala a una de las farolas en las que los partidos políticos colgaban sus carteles para arrancar uno que pedía el voto para la Liga Comunista Revolucionaria o el Partido de los Trabajadores, facción marxista-leninista, o algo así. Estaba radiante con su botín. Tras su experiencia española, volvió a los Estados Unidos y decidió estudiar Filosofía en la Universidad de Indiana. Era un gran lector y un gran debatidor, pero siempre con el respeto, y también la ironía, que le habían inculcado unos padres cultos y liberales: mi padre americano —hijo de inmigrantes suecos— era trabajador de la universidad, y mi madre americana, maestra y pianista. Danny se licenció en Filosofía en 1989, y después anduvo en diversos trabajos —la mayoría de ellos relacionados con la restauración: Danny era un excelente cocinero, siempre preocupado por una alimentación natural y saludable, es decir, poco americana— hasta que decidió hacerse profesor, para lo que tenía unas dotes asimismo naturales: razonaba con delicadeza, pero también con vigor, y una admirable precisión, y exponía el fruto de sus razonamientos con claridad. Durante cuatro años vivió en el Brasil. Aprendió portugués —o quizá debería decir ya brasileño— a la perfección, y ese conocimiento le sirvió para redactar su tesis sobre las traducciones al luso de la obra de William Faulkner, uno de sus autores favoritos. Eso le permitió completar su doctorado en Literatura Comparada en la Universidad del Estado de Georgia en 2004. Se casó con Juliana, una mujer encantadora, brasileña también (y con antepasados españoles), con la que se estableció en Atlanta y tuvo dos hijos, Gabriel y Diogo. Danny ya trabajaba en la Atlanta International School, un prestigioso colegio privado de la ciudad de cuyo claustro formó parte hasta su jubilación, cuando Ángeles, mi entonces mujer, nuestro hijo Pablo y yo los visitamos en el verano de 2000. Recuerdo una cena con toda la familia —también con su padres, mis padres americanos— en el velador de la casa de Anne, mi hermana americana, envueltos por el calor del estío georgiano y la voz de terciopelo en llamas de Billie Holiday, y acompañados por un vino californiano que aún sabía a roble y a océano. Durante aquella estancia, Danny y Juliana nos llevaron a pasar un día en Juliette, el pueblo de Georgia en el que se había rodado Tomates verdes fritos, la película de Jon Avnet, basada en una novela de Fannie Flagg y Carol Sobieski, que nos había maravillado. Nos bañamos en un pantano cercano —los niños chapoteaban, algún busardo nos sobrevolaba, el sol sonreía— y comimos en el mismo restaurante en el que las protagonistas le habían dado para almorzar al malo, vuelto hamburguesa, al policía, pérfido pero idiota, que las perseguía. “El secreto está en la salsa”, le habían deslizado con una sonrisa. Tampoco se me ha olvidado cuánto le gustaba a Danny el calor: “Me hace sentir vivo”, nos decía, mientras escalábamos una avenida de Atlanta, camino del Museo de la Coca Cola, con unas temperaturas propias del Valle de la Muerte (o de la Siberia extremeña), y todos jadeábamos como perros braquicéfalos menos él, inmarcesiblemente sonriente. Algunos años después de este viaje, Danny y yo nos embarcamos en un proyecto literario conjunto, el único, por desgracia, que hicimos al alimón: aprovechándome de su condición de especialista en Faulkner, le propuse que tradujéramos juntos su poesía reunida, compuesta por cuatro volúmenes que el de Misisipi había escrito en su juventud. Danny aceptó generosamente y, al cabo de varios meses de fecundos intercambios, en 2008, apareció el libro en la editorial Bartleby, de Madrid. Volví a ver a Danny hace cuatro años, cuando pasé un mes viajando por los Estados Unidos. Ambos nos habíamos separado ya de nuestras mujeres, los hijos de los dos ya se habían independizado o casi, y tanto él como yo estábamos cerca de la jubilación. Danny me acogió como siempre: con cariño y hospitalidad fraternal. Me quedé cuatro días en su casa, que pasamos prácticamente enteros hablando de cosas, de casi todo, en su salón o, mejor, en la terraza de su casa, un mirador que se había construido él mismo, rodeado de árboles altísimos y del canto de los muchos pájaros que los habitaban. Danny creía en la unión con la naturaleza y lo demostraba en cuanto hacía: se fabricaba sus propios muebles; creaba su propio abono, con el que nutría un amplio huerto; cocinaba de forma y con ingredientes naturales. Pero, a la vez que trabajaba con las manos, lo hacía también con la mente: era un lector infatigable, con especial querencia por las materias más arduas, y aún daba unas clases en la Atlanta International School extraordinariamente valoradas por sus alumnos. Me regaló libros de los poetas estadounidenses del lenguaje más abstrusos y también, entre las cervezas que no dejábamos de chupar, unas opiniones muy vehementes, casi virulentas, contra Trump, el movimiento MAGA y, en general, el republicanismo más cerril. En el reciente viaje que he hecho a los Estados Unidos, no conseguí ponerme en contacto con él: extrañamente, no respondió a mis mensajes. Pocos días después de volver a España, recibí una comunicación de Juliana, que me informaba de que Danny estaba hospitalizado y muy enfermo: tenía cáncer de páncreas, y su familia ya no dejaba de acompañarlo en ningún momento. Casi inmediatamente, en otro mensaje me comunicó que había fallecido: en su casa, a donde había querido volver para dar el último paso. Estoy seguro de que murió con serenidad, y, por fortuna, no lo hizo solo —aunque todos muramos solos—, sino rodeado de sus hijos y las personas que lo querían. Me habría gustado estar entre ellos. Danny ha sido para mí, que no tengo hermanos, el único hermano que he tenido. Y lo ha sido desde aquellos días torpes y urgentes de la Ridgeview High School hasta ahora mismo, en que escribo estas líneas con una torpeza y una urgencia no muy distinta de las que nos empujaban entonces. La hermandad que me ha unido a él todos estos años, fundada en una rara unión de afanes e incertidumbres, ha desafiado la distancia, la geografía, las diferencias culturales y el envejecimiento, y sé que sobrevivirá también a la muerte. Danny ha sido un hombre bueno, un gran padre, un profesor querido y un ciudadano honrado. Le ha dado al mundo más de lo que el mundo le ha dado a él. Y ha muerto demasiado joven, de una enfermedad cruel. Yo soy mejor porque él ha existido. Todos lo somos, en realidad. Descanse en paz.

martes, 30 de junio de 2026

Americaneando (y 4): el German Village de Columbus

Salimos hoy para el German Village [Pueblo Alemán] de Columbus, un barrio construido en la primera mitad del siglo XIX por los muchísimos inmigrantes alemanes que se establecieron en la ciudad, y convertido hoy en un centro histórico y una de las más agradables zonas residenciales de la capital de Ohio. Al hacerlo, nos encontramos con un puesto de limonada en la calle, atendido por tres niños rubios y sonrientes. Los niños estadounidenses aprenden a ser amables con los vecinos, y de paso a ganar dinero, desde muy pequeños. Renée vive a una media hora en coche del German Village. Cuando llegamos, aparcamos frente a la iglesia de Saint Mary, el principal templo de la comunidad originaria alemana y hoy del barrio, construida en 1868 y adornada con una espléndida aguja de sesenta metros de altura en 1893. Por desgracia, muchas iglesias, como esta de Saint Mary, solo abren para las misas y no pueden visitarse salvo que se esté dispuesto a rezar. Como no es mi caso ni el de Renée, nos resignamos a admirar el airoso templo solo por fuera. El German Village se compone de espléndidas casas de ladrillo rojo, en muchos casos erigidas entre 1860 y 1890 y hoy felizmente restauradas, con plaquitas que informan de sus propietarios anteriores y de las vicisitudes por las que han pasado hasta llegar a su estado actual. En las ventanas y terrazas, así como en las aceras, la vegetación roza lo exuberante: predominan los narcisos, esa flor amarilla y tan inglesa, pese a ser este un vecindario alemán (Wordsworth la cantó en su célebre poema “I Wandered Alone as a Cloud”: “... my heart with pleasure fills, / And dances with the daffodils” [Vagaba como una nube solitaria: ... mi corazón se hinche de placer / y baila con los narcisos]) y las hortensias, grandes pomos blancos en matas de un verde voraz. Ambas, y muchas otras que pintan de colores el aire, lo impregnan también de un aroma acariciante y manso, que saboreamos mientras recorremos las calles, casi vacías. Mezclado con él, reconocemos el olor a carne asada —sería coherente que fuese de salchichas— que sale de algunas casas: la gente está preparando la cena, que es la comida importante en los Estados Unidos, aunque se hace a nuestra hora de la merienda. Pero esta fragancia, si bien le da color local, también enturbia de prosaísmo el lugar, y preferimos ignorarla. Amparados en la espesa vegetación del barrio, abundan asimismo los animales: vemos conejos en los jardines, que no huyen de nosotros cuando los avistamos: están acostumbrados a la presencia humana; y multitud de luciérnagas iluminan los setos y arriates: encienden apenas un segundo el abdomen y luego se apagan, sin dejar de volar. Una señora, en fin, pasea a un gato, atado a una correa, y nos sonríe al pasar (la señora, no el gato). Al minino, en cambio, no sabemos si contabilizarlo entre la fauna del lugar. Otra cosa que menudea son las banderas, y no solo las estadounidenses a la entrada de las casas (aunque aquí no hay tantas como en otras partes del país: quienes las cuelgan suelen ser republicanos, y este es un barrio, y una ciudad, demócrata), sino también las alemanas, las suizas, las británicas y hasta una ucraniana. Ondean, asimismo, muchas banderas arcoirisadas: en el German Village no hay locales de ambiente, pero sí una nutrida comunidad homosexual, otro rasgo del carácter liberal de la ciudad. En una de estas casas adornadas con una enseña lgtbiqa+ (el signo + ha venido a poner fin, alabado sea el Hacedor, a la fonéticamente atormentada prolongación del acrónimo) leemos: “Love always wins”, traducción al inglés del “Omnia vincit Amor” de la égloga X de las Bucólicas de Virgilio. Y en otra suscribimos en silencio, pero con íntimo entusiasmo, lo que dice el letrero que han colgado en una ventana, una frase de la juez del Tribunal Supremo Ruth Bader Ginsburg, la primera mujer judía en formar parte del alto Tribunal: “Dissent is patriotic” [disentir es patriótico]. Por las calles del German Village, algunas de las cuales conservan todavía nombres alemanes —Frankfort, Schiller, Kossuth, Jaeger—, vemos también muchos coches caros y una costumbre curiosa: Amazon y otras plataformas de comercio electrónico dejan los paquetes a la puerta de las casas si no hay nadie para recibirlos. Y allí pueden pasarse esos bultos todo el día, hasta que el dueño vuelva de trabajar, al alcance de cualquiera que les eche mano. Nadie parece tener miedo de que les roben las compras. Andando, andando, llegamos al restaurante Barcelona. Porque en el German Village hay un restaurante Barcelona, cuya fachada adornan seis banderas: la estadounidense, la española, la de Ohio, la de Barcelona, la de Columbus y la lgtbiqa+. Observo que la de Columbus, que incorpora los colores de la bandera española (y catalana), el rojo y el amarillo, además del blanco, incluye también un barco cuya vela mayor luce la cruz de Santiago y un gallardete, de nuevo, rojigualdo. Así pues, aquí no han eliminado los símbolos colombinos, y es de agradecer también, por rigor histórico, que los colores de la enseña no sean el rojo, el verde y el blanco, propios de la bandera italiana. Miramos la carta del Barcelona, con la vaga esperanza de que nos seduzca para comer, pero el resultado es el contrario: tienen ajoblanco, uno de mis platos favoritos, pero nos disuade que ofrezcan cuatro paellas distintas, todas con ingredientes tan estrafalarios como el chorizo o la morcilla. Los propietarios han caído en la tentación de reforzar el appeal hispano de la paella con algunos de los elementos que el norteamericano medio identifica singularmente con España, y puede que hayan logrado atraer a más público, pero lo que sin duda han conseguido ha sido ahuyentar a los españoles, aunque no vengan muchos por aquí. Seguimos nuestro paseo y llegamos a uno de los centros comunitarios del barrio: el Book Loft [Desván de Libros], la librería que ocupa un edificio anterior a la Guerra Civil en la calle principal, South Third Street, y que lleva en funcionamiento desde 1977. Es un monstruo (al que se accede, no obstante, por un muy tupido y agradable jardín): alberga 500.000 volúmenes (que aumenta a un millón en Navidad) en treinta y dos salas, dispuestas laberínticamente a lo largo de un entramado de angostos pasillos, en varios pisos. Renée y yo paseamos por la mayoría de las habitaciones, sorprendidos por la cantidad de libros y la estrechez de todo, y le dedicamos una atención especial a la poesía, pero no compramos nada. Si sigo llenándola de libros, no podré ni levantar del suelo la maleta con la que tengo que volver a España. Nuestra parada final es el parque Schiller, otro de los ejes del German Village, construido en 1867 y presidido, como su nombre hace prever, por una enorme estatua del poeta alemán, de casi ocho metros de altura y más de una tonelada de peso, forjada en Múnich y regalada a la ciudad de Columbus en 1891. El parque, y todo el barrio, vivieron unas décadas de prosperidad entre finales del siglo pasado y el estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero con este, y con el del sentimiento antialemán que propició, la comunidad se vino abajo. Se prohibió enseñar alemán en las escuelas, se cambió el nombre de las calles —el propio parque Schiller pasó a llamarse Parque Washington—, se hicieron autos de fe con los libros alemanes —algunos, a los mismos pies de la estatua del poeta que ahora contemplamos— y hasta se les arrebataron los perros de raza alemana a sus dueños, incluidos los simpáticos perros salchicha, y se los exterminó. Los cuerpos de los animales fueron arrojados a una fosa en el parque. A este explosión de furor nacionalista, que truncó el crecimiento del barrio, siguió la Ley Seca, que hirió de muerte a las destilerías y cervecerías fundadas por los alemanes, y, después, una nueva Guerra Mundial, con su correspondiente odio por lo germano. En este conflicto, se confiscaron los camiones y hasta las verjas de hierro de las casas para contribuir al esfuerzo de guerra. El German Village quedó prácticamente arrasado hasta que a principios de los sesenta empezó a recuperarse, gracias a la clarividencia de algunos inversores, como Frank Fetch, que se dieron cuenta del potencial que todavía atesoraba. La recuperación ha llegado hasta hoy mismo, como demuestra el hermosísimo parque Schiller por el que seguimos paseando. Atravesamos el Jardín de Grace, en cuyo centro se alza la Niña del Paraguas, que me recuerda, aunque esta sea mucha más joven, a la Dama del Paraguas de Barcelona. Antes, su lugar lo ocupaba una estatua de Hebe, la diosa griega de la juventud, pero algún desaprensivo la robó en los cincuenta (¿qué habrá hecho con ella? ¿Vendérsela a algún coleccionista? ¿Ponerla en el salón de casa?). Para sustituirla, se erigió en 1996 esta delicada figura, de las varillas de cuyo paraguas mana el agua que alimenta el estanque en el que se alza. Mientras estoy mirándola, un joven con aspecto de indigente, pero no demasiado, sentado en un banco y fumando, al lado de otro hobo moderado, en una silla de ruedas, me pregunta si jugaba al baloncesto en el instituto. Le respondo que sí, pero que era muy malo. Luego quiere saber cuánto mido —seis pies con tres, le traduzco—, si aún trabajo —“ya no, por suerte”— y si me han operado de las rodillas —“tampoco, también por suerte”— (aunque, cuando escribo esto, me ha aparecido un principio de artrosis en la izquierda; Renée me explicó que se ha vuelto muy normal en los Estados Unidos ponerse rodillas nuevas cuando se alcanza una cierta edad). El hombre se admira entonces de mi aspecto y mi aparente salud, y yo, que había eludido cuanto había podido la conversación, como siempre hago con los desconocidos que me abordan, me siento un poco avergonzado por sus halagos y por haberme mostrado tan indiferente. Me reúno de nuevo con Renée y continuamos nuestro paseo por el parque, que nos lleva a otro grupo escultórico, de remeros suspendidos en el aire, por encima de otra balsa, del artista polaco Jerzy Kedziora. Para llegar hasta allí, hemos de cruzar un puentecito junto al que pasa la tarde una bandada de ocas, algunas de las cuales picotean en la hierba. Son muchas y tienen polluelos. Parecen tranquilas, casi somnolientas, pero Renée acelera el paso: “Pueden ser muy antipáticas”. Tiene razón: en mi penúltima visita a Madrid, vi en el Jardín de Cecilio Rodríguez, en el Retiro, cómo uno de los muchos pavos reales que deambulaban por allí atacaba a un hombre por razones que solo él conocía (el pavo real, no el hombre). Y lo hacía con violencia faisánida, saltando con fuerza y apuntando, con mala intención, me pareció, a los huevos. El hombre, comprensiblemente alarmado, se defendió con un par de coces que disuadieron al galliforme de continuar con la acometida. Así que le hago caso a Renée y yo también acelero. Superada la intranquilidad que nos inspiraban las ocas, desembocamos en el anfiteatro del parque, donde el Teatro de Actores de Columbus representa gratuitamente, en los meses de verano, obras de Shakespeare. Ahora mismo están interpretando La fierecilla domada, con gran asistencia de público, que se trae la cesta de pícnic y cena en la hierba, o una silla plegable para ver cómodamente el espectáculo. Nosotros seguimos alguna escena (yo, con dificultad: siempre me ha resultado difícil entender el lenguaje shakespeariano), pero, cuando advertimos que la luz se desvanece, volvemos a casa. A Renée no le gusta conducir de noche, ni a mí tampoco. Los niños del puesto de limonadas ya se habrán recogido, pero, si no fuera así, les compraría con gusto un buen vaso.