Corónicas de Españia. Blog de Eduardo Moga
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
martes, 13 de octubre de 2026
Bares donde me has dejado, de Sol Mussons
martes, 6 de octubre de 2026
Unos días en Madrid (y 3)
Siempre que vengo a Madrid, aprovecho la estancia para ver a los amigos. Uno apenas tiene familia y, después de mis hijos, mis amigos son mi familia. Uno de esos amigos con los que hacía tiempo que quería encontrarme es Juan Carlos Mestre, el gran poeta de nuestra generación, al que vengo leyendo y admirando desde que empecé a darme a esto de la poesía, e incluso desde antes. Lo hago en su casa, a donde ha tenido la amabilidad de invitarme, y en el camino a la cual advierto dos letreros sobresalientes: uno señala que en una fonda de las cercanías vivió durante un año, entre 1767 y 1768, Giacomo Casanova, aquel aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violinista, filósofo, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano que regó —y nunca mejor dicho— la historia europea de lances amorosos, peripecias cosmopolitas y libros; y otro es la Taberna La Ostia —así, sin hache; tengo para mí que la gente omite la inicial muda para que destaque la o que la sigue, de manera que la forma de la palabra recuerde a la de la cosa—, un club de tapas fundado en 1985. Juan Carlos me cuenta que su pareja y él tardaron ocho años en traducir la Obra poética de Saint-John Perse, publicada en 2025 en Galaxia Gutenberg, y que, por el esfuerzo requerido, él da por concluida su faceta de traductor: con Perse ha tenido suficiente. Y yo pienso que, aunque no vuelva a traducir nunca nada más, su dedicación ha valido ya más que la pena: la traducción mestriana de genio francés es extraordinaria, y, si no supiera que toda traducción está destinada a diluirse en el curso infinito del idioma, añadiría que insuperable. Mestre me cuenta también una anécdota increíble sobre su trabajo con Perse. Se conoce que, en un acto poético en el que había participado no hacía mucho, un asistente se acercó de entre el público a la mesa donde estaba firmando ejemplares y, saltándose la cola, le entregó un sobre cerrado, sin identificación ninguna en el exterior, y desapareció. Si el traductor de Perse hubiera sido alguno que yo me sé, no habría sido descabellado pensar que el sobre contuviera una bomba. Pero lo que en realidad contenía, como Mestre descubrió cuando el acto hubo acabado y abrió el misterioso sobre, era un ejemplar de la primera edición de Anabase, el segundo libro de Perse (tras Éloges, de 1911), que lo catapultó a la fama, publicado en 1924 por la Nouvelle Revue Française. No había nada más. Ni una tarjeta de quien se lo había regalado, ni una nota personal, ni unos datos de contacto: solo el libro. Y el ejemplar estaba impecable, sin una esquina doblada, sin una mancha de óxido, sin una tachadura. Aquel desconocido había querido agradecerle a Juan Carlos el trabajo realizado con aquel objeto valiosísimo. Sin más. Y se me ocurren pocos gestos tan hermosos para reconocer el trabajo abnegado —y, en el caso de Mestre, impecable— de un traductor. En su estudio, el poeta me enseña el Anabase y yo lo sostengo con estas manos pecadoras. También, con permiso del poeta, lo fotografío. Y luego admiro un ejemplar de la editio princeps de la traducción de T. S. Eliot de Anábasis, en Faber & Faber, de 1930, otra joya que posee Juan Carlos. Me voy de su casa admirado por tantas cosas, muerto de envidia (lo reconozco) y con la sensación de haber tocado un trocito de la historia de la literatura contemporánea. Y me tomo una caña en la Taberna La Ostia, pensando que, en efecto, esta mañana lo ha sido.
Además de ver a los amigos, en Madrid voy de librerías. En una de ellas, el Re-Read de Martínez Campos, me paro a curiosear en el bien nutrido estante de poesía. (Los Re-Read se han convertido en el nuevo templo de la librovejería; las librerías de segunda mano de toda la vida se han convertido, o se están convirtiendo, en anticuarios). Mientras lo estoy haciendo, de espaldas al mostrador donde el encargado —un hombre de mediana edad con una camiseta negra anarcosindicalista y un parecido extraordinario a Luis Tosar— atiende a los clientes, oigo que uno de estos le pregunta por un libro de poesía, de un autor llamado Jaime Siles, titulado Semáforos. Aunque no soy muy dado a inmiscuirme en conversaciones ajenas, esta vez me siento interpelado por el asunto y legitimado por el lugar en el que nos encontramos, y me atrevo a informar a quien pregunta —un hombre mayor, acompañado por la que debe de ser su mujer— que ese poemario se titula, en realidad, Semáforos, semáforos, que está publicado por Visor, que no está en los estantes que estoy examinando y que puede encontrar a probarlo en Iberlibro u otras plataformas de venta de libros de segunda mano. El cliente, sorprendido pero contento por la coincidencia, me informa de que conoce bien a Jaime Siles —de quien yo también soy amigo—, me pregunta por mi nombre y me informa, al cabo, de que él es hijo de Antonio Tovar. “¡Ah, don Antonio Tovar, el gran filólogo!”, le respondo yo. (No añado que fue uno de los traductores de Franco en su encuentro con Hitler en Hendaya, porque no creo que eso contribuya al espíritu de camaradería que se ha suscitado en el encuentro). Nos damos todos la mano, el cliente y su mujer se van, y yo me quedo un rato charlando con el librero, que me confiesa algunos secretos de su trabajo: que ha de lidiar con el dolor de algunos escritores que encuentran un libro que le habían dedicado a algún amigo o amiga íntima saldado en la librería; o que él mismo se queda una media de tres libros al día para su biblioteca personal, donde no caben ya más libros, como tampoco caben en el Re-Read que gestiona (ni en mi casa, pienso para mis adentros). Salgo del establecimiento sin llevarme nada —lo que no deja de ser insólito— y convencido, una vez más, de que el mundo no es que sea un pañuelo, es que es un post-it, un sello, la cabeza de un alfiler.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
Unos días en Madrid (2)
Hoy cumplo un deseo largamente acariciado: visitar la ermita de San Antonio de la Florida, que atesora los —según dicen—espléndidos frescos de Goya. Viajo en metro hasta Príncipe Pío y llego al lugar dando un agradable paseo por el, valga la redundancia, paseo de la Florida. El templo es escueto —es una ermita, claro—, pero limpio y despejado: neoclásico. (¿Una ermita neoclásica no es un oxímoron?). Frente al edificio se alza una estatua moderna de Goya sedente, erigida en 1986. El pintor empuña la paleta y los pinceles como otros sostendrían un libro o un revólver. La ermita de San Antonio de la Florida, construida por orden del lamentable Carlos IV entre 1792 y 1798, según el diseño del inevitable arquitecto italiano, en este caso Felipe Fontana (que había llegado a España como escenógrafo de una compañía de ópera), es pulcra y recoleta, aunque también alta. En la puerta recibe al visitante un funcionario que le entrega el tique de entrada, pequeño como los antiguos billetes de autobús, y gratuito. Antes de pasar a la nave del templo, con planta de cruz griega, se encuentra la pila de agua bendita con grifo en la que cada 13 de junio se cumplía la tradición de que las mozas casaderas que desearan encontrar un buen novio, acudían a la ermita para que el santo, con reputación de casamentero, les augurase cuántos pretendientes tendrían ese año, algo que les hacía saber desde el ultramundo por medio de los alfileres que ellas mismas habían metido en la pila y que se les quedaban pegados, o no, a las manos: cada aguja en la palma era un novio. En el interior de la ermita lucen los frescos de Goya: en el ábside, la Adoración de la Trinidad, y, en la cúpula, el Milagro de San Antonio, otro hecho maravilloso en la vida del santo. Se conoce que el padre de Antonio, portugués, estaba siendo juzgado por asesinato en Portugal y todo parecía indicar que iba a ser condenado. El santo, enterado del hecho y sabedor, por inspiración divina, de que su progenitor era inocente, se traslada, asimismo por intervención del Altísimo, desde Italia, donde se encontraba, hasta Lisboa, y resucita al muerto el tiempo suficiente para que este declare que no había sido su padre quien le había dado matarile. Dicho lo cual, el muerto vuelve a morir. (Aquel anónimo fiambre es uno de los dos únicos casos conocidos en que un ser humano ha muerto dos veces: Lázaro y él; y me imagino su rabia al comprobar que san Antonio no aprovechaba la ocasión de haberlo revivido para revivirlo del todo y devolverlo en plenas facultades al mundo. Por otra parte, se ignora si el resucitado aprovechó el momento para declarar quién lo había asesinado realmente). Goya pintó alrededor del acto vencedor de la muerte de San Antonio a una multitud de madrileños —el milagro se reclama del siglo XIII, pero Goya lo vistió del XVIII— compuesta por majas, chisperos, mujeres, niños, caballeros y gente humilde, que contemplan admirados el hecho desde una barandilla fingida, a la que uno tiene también la sensación de asomarse desde el suelo de la ermita, como si la reivindicación de la inocencia de San Antonio lo involucrara asimismo a él. Muchos de los rostros de los personajes pintados en la cúpula me recuerdan a los Caprichos de Goya, entre grotescos y tenebrosos, con rasgos deformados y expresión vívida pero torcida, expectantes y, a la vez, un punto monstruosos. Paseo brevemente por la ermita —sus dimensiones no permiten un paseo largo—, procurando no golpearme la cabeza con la magnífica pero bajísima lámpara de bronce que cuelga del techo, disfrutando de las vistas de los capiteles corintios integrados en los muros y de los frescos que permiten los espejos sabiamente inclinados y dispuestos en el suelo, y admirando el hermoso Cristo crucificado —de marfil y carey, traído de las Filipinas— del altar mayor. Aunque quizá sea demasiado hermoso: la figura no aparece contraída ni doliente por el tormento al que está siendo sometido, sino espléndidamente musculosa y serena: parece un actor de cine. En la ermita también hay otro polo de interés: la tumba de Goya. El maestro aragonés murió en Burdeos, donde se había refugiado después de escapar de una España devuelta al absolutismo de Fernando VII y al clericalismo trentino, pero, casi un siglo después de su muerte, en 1919, sus restos y la lápida original bajo la que descansaban fueron traídos hasta esta ermita. Leo en la piedra que lo cubre: Hic jacet Franciscus á Goya et Lucientes, Hispaniensis peritissimus pictor... luminae vitae. Convengo en ello. Pero también disiento de algo. La lápida dice aetatis suae LXXXV, pero se trata de un error: Goya no murió a los ochenta y cinco años, sino a los ochenta y dos, como se desprende de las fechas que la propia inscripción hace constar: 1746-1828. La pifia se debe a quien redactó la inscripción: José Pío de Molina, amigo de Goya y antiguo alcalde de Madrid, que sabía mucho de latín, pero poco de matemáticas. En cualquier caso, no es la única imperfección de la sepultura. Al cuerpo que contiene, de Francisco de Goya, le falta la cabeza. Esto, claro, ya no he podido verlo.
Justo al lado de la ermita, está Casa Mingo, un establecimiento de mucha solera, fundado en 1888, el año de la publicación de Azul, de Rubén Darío, el pistoletazo de salida del modernismo hispano. Juan me ha recomendado este sitio, y yo, salvo en política, hago siempre caso de Juan. Así que entro y ocupo una de las pocas mesas individuales que aún están libres. Quiero pedir el pollo, que, según mi amigo, está para chuparse los dedos, pero lo sirven entero, lo que me resulta disuasorio. El camarero, provisto de la consuetudinaria pero cada vez menos frecuente pajarita negra sobre camisa blanca, y muy amable, me recomienda el chorizo a la sidra, cuya aspereza quiere suavizar con un toque de melancolía: me cuenta que su abuelo solía traerlo de niño a este lugar y que los dos se atizaban sendos chorizos; muchos años después, el camarero, que debe rondar la cincuentena, es el que los sirve y quien se emociona con el recuerdo de aquellos gustos atávicos. Se trata de una emoción comprensible: el embutido está sobrenatural. Pocas cosas saben mejor acompañadas de un vaso de vino.
Me llama la atención cuánta gente pasa silbando por la calle. En Barcelona casi nunca se oye silbar. Antes, era frecuente que los albañiles silbaran en la obra, mientras ponían ladrillos (o cuando pasaban algunas mujeres, pero este silbido era de otra naturaleza), o que los transportistas descargaran pesadas cajas de sus vehículos y, no obstante, silbaran también. El silbido era una muestra de satisfacción con el trabajo honrado que se realizaba y, en definitiva, de epicúrea conformidad con el mundo. Estos días, oyéndolo en esta ciudad, lo he echado de menos en la mía.
Vuelvo a casa. Bajo en la parada de Tetuán. La boca del metro por la que salgo da a la calle General Margallo. Se trata, supongo, del infortunado Juan García-Margallo y García, un extremeño que fue gobernador de Melilla y que, atrapado por los rifeños levantiscos, murió de un disparo en la cabeza en el Fuerte de Cabrerizas Altas. Pese a sus antecedentes africanos, la calle es una pequeña China. Aquí se concentran, junto con un puñado de establecimientos españoles, supermercados chinos, locales de gastronomía asiática, un almacén de productos filipinos y varios oriental markets. No veo todavía ningún centro de masajes. Parece más bien un pequeño hub de negocios alimentarios. García-Margallo se ha orientalizado. En la calle abunda la gente de ojos almendrados y las ricas, desconcertantes tonalidades del mandarín y el tagalo. Bien está.
jueves, 24 de septiembre de 2026
Unos días en Madrid (1)
Presentamos esta tarde, en la librería Rafael Alberti, Dices, mi último poemario publicado por Los Papeles de Brighton, juntamente con Breviario de horas bajas, de Ignacio Cartagena. Será una presentación cruzada, un quiasmo editorial: Ignacio presentará mi poemario y yo, el suyo. Vamos a la librería en metro. En la estación de Cuatro Caminos, donde hacemos transbordo, y cuando el tren ya está entrando en la estación, Juan hace una escapada rápida para examinar el pequeño montón de libros que hay en la metroteca del andén. Yo renuncio a hacerlo, violando así un principio que mantengo a rajatabla: mirar siempre en los rimeros de libros, aun en los de aspecto más miserable, porque en cualquiera se puede encontrar una joya oculta. Juan salta al vagón cuando el convoy ya está a punto de partir, y nos enseña, triunfante, el ejemplar que ha encontrado: una primera edición de ¡Rebeca!, de Ramón Gómez de la Serna, publicado por Plaza y Janés en 1947. Me maldigo por no haberlo acompañado en su fugaz, pero tan fructífera, revisión de la metroteca, en la que, como él mismo reconoce y como suele pasar en todas partes, solo hay basurilla. Mientras me reconcomo de envidia, recuerdo la ocasión, hace pocas semanas, en que, paseando por el valle del Llèmena, en Girona, donde estábamos pasando unos días juntos Juan, Moisés Galindo, Christian T. Arjona y yo, me separé del grupo en cuanto divisé una de esas cajas que algunos ayuntamientos disponen en la vía pública para dejar y coger libros. Estaba al lado de una hermosa iglesia ochocentista en medio del campo. Dentro, para mi sorpresa (y validación de mi principio de buscador de libros viejos) encontré una primera edición de Nada, de Carmen Laforet, de 1945, que suscitó a su vez la envidia y hasta el reproche ("¡has abandonado el grupo como un cabrón para ser el primero en rebuscar...!") de alguno. El destino me ha devuelto la jugada. Aunque me alegro por Juan, claro...
A la presentación acuden no pocos amigos. Un observador externo puede reconocer a unos y otros por las corbatas. Por su trabajo, del que ha venido directamente a la librería, Ignacio debe vestir traje. Sus compañeros, también. Los que no los llevan, son los míos. Entre los asistentes, sentado en primera fila con una camisa floreada y gafas oscuras, se encuentra Carlos Escolar, Frascuelo (a no confundir con el legendario Frascuelo del siglo XIX: Salvador Sánchez Povedano, que toreó 1236 corridas y mató 3801 toros). Don Carlos tiene 78 años y aún sigue toreando. Y, pese a que no lleva corbata, viene de parte de Ignacio, que es muy taurino y un gran admirador del veterano maestro. (De hecho, cuando nos reunamos para cenar dos días después de la presentación, Ignacio me llevará al bar Morales El Atómico, a cuya entrada descuella la enorme cabeza de un toro [¿o debería decir "la cabeza de un toro enorme"?] y cuyas paredes están tapizadas de fotografías de matadores y morlacos [en una, un toro de 600 kilos se ha incorporado para abrazar a un caballista, que le devuelve el abrazo]; por suerte, entre las especialidades de la casa no están las criadillas de toro, por las que no siento ninguna inclinación, sino la mojama y el pescadito frito).
Los asistentes a la presentación me deparan otra sorpresa. A un hombre de mediana edad que ha hecho cola para que le firme un ejemplar de Dices, le toca el turno por fin y me entrega el libro para el autógrafo. Se lo estampo. Cuando se lo devuelvo, se me acerca más y me dice que quiere agradecerme mi obra —que haya escrito lo que he escrito— y mis traducciones, de las que hace un elogio inmoderado. Me entrega a continuación un ejemplar de Insumisión —que, añade, considera mi mejor libro— y me pide que se lo firme también, pero no en las páginas de respeto, sino justo encima de uno de los poemas. Y yo, aún no repuesto de la impresión, se lo dedico también. Luego, me da la mano, yo se la estrecho y no se me ocurre nada más que darle las gracias, y, tan discretamente como ha venido, se marcha. No sé nada de esta persona, salvo su nombre de pila. No lo conocía y sigo sin conocerlo. No me ha dejado una tarjeta, ni un manuscrito, ni me ha dado un libro: solo su agradecimiento. Y eso me va a más que bastar cuando me pregunte, como hago cada vez más a menudo, para qué coño sigo escribiendo, a quién cojones le interesa lo que hago, qué sentido tiene que siga juntando palabras en un papel.
jueves, 17 de septiembre de 2026
Elogio de la soledad
viernes, 11 de septiembre de 2026
En la oficina de Correos
En la oficina de Correos de mi ciudad (antes se la llamaba estafeta, una palabra mucho más sabrosa que oficina, de connotaciones casi siniestras, pero ha caído en un desuso que deploro; y antes mi ciudad era un pueblo, pero cien mil personas después lo han convertido en ciudad) hay hoy un gentío descomunal. La peña ha vuelto de vacaciones y arde en deseos de recoger los paquetes que tiene pendientes, o bien de mandar documentos y cosas que no ha enviado por disfrutar de un merecido descanso. En mi localidad, solo hay una oficina postal (de cuando esto era un pueblo) y, en las fechas en que no queda más remedio que recurrir al snail mail, como estas o Navidad, las aglomeraciones son legendarias. Me abro paso entre la muchedumbre y saco mi número en la maquinita roja que los expende, para ordenar el tráfico, como en las carnicerías. Benditas maquinitas: desde que existen, se han acabado aquellas fastuosas discusiones sobre quién estaba antes, cuya virulencia competía con la de dos hinchadas enfrentadas después de un partido de fútbol en Mánchester o Buenos Aires. Mi número es el E98 y veo, con desaliento, que el último atendido en la pantalla es el E57: faltan más de cuarenta para que me toque y todas las sillas están ocupadas. Por suerte, advierto un escalón libre en la escalera que sube al primer piso de la dependencia: me apresuro a remontar el tramo que me separa de él y, sorteando muchas cabezas y piernas, lo ocupo. Es muy incómodo —en realidad, no es el escalón: soy yo, que me estoy lignificando—, pero más cornadas da estar de pie. Saco un libro, empiezo a leer y espero, con paciencia monacal, a que suene el ping de la pantalla cuando corresponda a mi número. Y suena, tres cuartos de hora después, cuando mi espalda y mis nalgas chirrían ya como una puerta mal engrasada. Acudo al mostrador que se me indica, donde me espera una abrumada funcionaria. Y este es el diálogo que mantenemos:
- Buenos días. Venía a mandar este paquete por el sistema Postlibris.
- ¿Postlibris? A ver, no sé si voy a poder hacerlo...
Guardo silencio. La funcionaria manipula nerviosamente el ordenador.
- Un momento, voy a consultar una cosa.
La funcionaria se va. Vuelve, al cabo de un rato, con otra funcionaria. La otra funcionaria mira la pantalla y le da una serie de crípticas (para mí) explicaciones a la funcionaria primera.
- Ah, sí, vale, sí, ya está —dice la funcionaria primera. La otra funcionaria se va.
La funcionaria primera pega la etiqueta y pesa el paquete: son dos kilos y cien gramos.
- Ah, no, perdón —me dice—, si son más de dos kilos no puede ir como Postlibris. Ha de ser un paquete ordinario.
- Pero el sistema Postlibris está pensado, como su nombre indica, para libros, que, por definición, pesan mucho —le digo yo—. ¿Cómo se le pone entonces un límite? ¿Y tan escueto? (Es como si se estableciera un sistema para enviar bolígrafos, pero no se aceptaran los que llevasen tinta, pienso; pero esto no se lo digo, para no parecer que me ensaño).
- Pues es así. No se puede enviar por Postlibris —repite la funcionaria, inmune a mi objeción.
- Bien, pues si no hay más remedio, mandémoslo como paquete ordinario —me resigno yo.
La funcionaria vuelve a teclear en el ordenador. En una pantallita que hay en el mostrador, se iluminan unos datos y un recuadro vacío.
- Compruebe que todo está bien y firme.
Lo compruebo.
- Mi primer apellido está mal: no es Moya, sino Moga —le digo. (Pienso entonces en todas las deturpaciones que, a lo largo de sesenta y cuatro años, ha sufrido mi pobre apellido, y que resultan difíciles de explicar teniendo en cuenta que solo tiene cuatro sencillas letras; la más divertida, y acaso más reveladora, es la que me convirtió en Eduardo Murga).
La funcionaria, ajena a mis cogitaciones, me mira sorprendida.- Ah, pero eso no lo he escrito yo: sale así del sistema.
