domingo, 19 de septiembre de 2021

Zascandileando por España (2): en Zamora

Zamora es una ciudad muy hermosa, con esa hermosura propia de las ciudades pequeñas, apartadas e históricas. Durante mucho tiempo, creí que Zamora era una convención, como Palencia o Jaén: lugares inexistentes, creados por la imaginación de la gente: fábulas de compatriotas ociosos. Pero no: Zamora existe. Lo supe hace muchos años ya, cuando un grupo de escritores y letraheridos de la ciudad —a algunos de los cuales, como Máximo Hernández o Juan Luis Calbarro, había conocido en un memorable curso de verano sobre poesía española— me invitaron a leer poemas y dar allí alguna charla. Para alguien  interesado en los versos, lo primero que sorprende de Zamora son los muchos poetas destacados que ha dado en el siglo XX: León Felipe, Claudio Rodríguez, Agustín García Calvo, Jesús Hilario Tundidor, Tomás Sánchez Santiago, Máximo Hernández, Juan Manuel Rodríguez Tobal, Ángel Fernández Benéitez, Natalia Carbajosa, Jesús Losada y Juan Luis Calbarro, entre otros. Pero, tras repasar esta nómina extraordinaria, me apresto a repasar la propia ciudad, que no había vuelto a pisar desde hacía más de una década. Lo hago en compañía de mi buen amigo Máximo Hernández, con el que he quedado a comer. Lo primero que hago es regalarle un ejemplar de mi recién reeditado La luz oída, el libro con el que gané el Premio Adonáis hace ya un cuarto de siglo. Máximo lo celebra y, acto seguido, no sé si estimulado por el obsequio o movido por su natural carnívoro, se propina, en el restaurante, un filete de brontosaurio. De camino al local, me ha contado que Zamora, con 62.000 envejecidos habitantes, se ha convertido en lo que él ya había pronosticado hacía 30 años: un geriátrico al aire libre, como, por otra parte, tantas capitales de provincia de la España interior. La fuga de la población —esa insidiosa diáspora en la que están sumidas tantas comunidades del país— obedece a un hecho muy simple: Zamora no produce nada  —solo la Semana Santa, que tiene aquí hasta un museo— y, por lo tanto, nada hay a lo que la gente pueda aferrarse. Tras el moderado festín (el pulpo que hemos tomado como entrante no destacaba y su solomillo, ha puntualizado Máximo, tampoco era como para bailar un zapateado), paseamos hasta la catedral, el destino obligado de cualquier visitante de Zamora. Pasamos por delante de varias de las bellísimas iglesias románicas de la ciudad (Zamora es románica, como Barcelona es modernista o Madrid, de los Austrias): la de San Juan Bautista, en la plaza mayor, a cuya entrada se alza, en bronce, el Merlú —el congregante con capirote cónico-pascual que convoca con una trompetilla a los participantes en los desfiles procesionales; y, a su lado, otro, con un tambor, para darle más empaque a la convocatoria—, la Magdalena, con su bellísima portada, o Santa María la Nueva. Junto a la biblioteca municipal, sobre el Duero, nos saluda otra efigie, la de Ignacio Sardá, encumbrado poeta local, franquista y teológico, que lee (o acaso recita de) un libro. Sorprende que, habiendo tantos buenos poetas zamoranos, se haya elegido a Sardá, en 1996, para representarlos (aunque, desde luego, no se le puede reprochar indolencia u ociosidad: don Ignacio escribió más de cien poemarios, amén, y nunca mejor dicho, de miles de artículos sobre todas los asuntos imaginables). Claudio Rodríguez, por ejemplo, aparece con frecuencia en las calles de la ciudad, pero siempre en rótulos (de una ruta literaria que lo tiene por protagonista) o cartelones; que yo sepa, ningún monumento lo recuerda. Y se sabe lo mucho que lo maltrató Zamora, por desafecto y rojo. Llegamos a la plaza de Viriato, aquel caudillo lusitano que corrió a gorrazos a los romanos en el siglo II a. C., exaltado por mis maestros de la infancia como prototipo del patriota español (¡español!) irreductible y con cojones, que dejó de constituir el mayor peligro para Roma en la península ibérica cuando algunos de sus propios hombres lo apuñalaron mientras dormía, un acto de incontestable arrojo que mereció, según la leyenda, la inmortal respuesta de Quinto Servilio Cepión, el jefe romano que entonces combatía al luso, a los asesinos que fueron a buscar la recompensa: Roma traditoribus non premiat, 'Roma no paga a traidores'. La peculiaridad del Viriato de la plaza homónima es que sostiene un puñal, a la altura de la cadera, con la mano izquierda, y que ese cuchillo, visto desde un ángulo de la plaza en el que se han apostado, en uno u otro momento, todos los zamoranos del mundo, sobresale de la estatua desde la ingle, lo que hace que el bueno de Viriato parezca especialmente excitado ante la perspectiva de abalanzarse sobre los romanos, que, como se sabe, luchaban con las piernas y los brazos desnudos, y eran unos mocetones de cuidado. Frente a la sorprendente estatua, que descansa en una gran cabeza de cabrón (acaso metáfora visual de la opinión que les merecía a los romanos el lusitano), se extiende el dosel verde de los plátanos de la plaza, cuyas ramas se han entrelazado tan inextricablemente que ya conforman un único árbol, una sola copa horizontal. Seguimos por la rúa de los notarios hasta la catedral. Máximo me enseña en primer lugar la portada del Obispo, mucho más hermosa que la portada principal, un pegote más o menos neoclásico, a su juicio, añadido a la seo, siglos después de su construcción, tras un devastador incendio. Junto a la portada del Obispo hay un mirador sobre el río Duero, desde el que se contempla el hermoso puente de piedra. Al adyacente palacio de Arias Gonzalo también se lo llama Casa del Cid, porque al parecer era en él donde se producían los tórridos encuentros entre Ruy Díaz de Vivar, que acudía allí para liberar las lógicas tensiones que le producía combatir infatigablemente contra la morisma, y doña Urraca, aquella hembra poderosa con nombre de pájaro, hermana del rey Alfonso VI (con quien se dice que también tuvo amores: Urraca no reparaba en medios para procurarse satisfacción) y señora de Zamora. Máximo, ya adentrado en el proceloso mundo de los chismes medievales, me cuenta también la historia de Vellido (o Bellido) Dolfos (o Adolfo), al que también recuerdo de mis clases colegiales, en este caso como prototipo de traidor, por haber engañado al rey Sancho II, que sitiaba Zamora para incorporarla a sus posesiones (los litigios sucesorios en aquella época eran aún más sangrientos que en la actualidad), y con el que se reunió para revelarle una puerta secreta por la que entrar en la ciudad. Pero era mentira. Lo que quería Vellido era matar al rey, para lo que aprovechó un aparte de este para descargar el vientre. En aquel momento de recogimiento e inadvertencia,  casi de unción, lo atravesó por la espalda. De esta leyenda —porque es leyenda— siempre me ha maravillado que Sancho eligiera aquel momento trascendental en el sitio de Zamora para evacuar, aunque bien es verdad que el apretón viene cuando viene y que poco puede hacer la consideración del momento histórico que se vive para reprimirlo o retrasarlo. En cualquier caso, dos son ya los personajes relevantes de Zamora que han pasado a la historia por ser víctimas o protagonistas de una traición. Admiramos luego de la catedral la torre del Salvador, una imponente pero airosa construcción que sirvió de defensa en la Edad Media y de cárcel en el siglo XVIII, y la cúpula, quizá la parte más llamativa del conjunto, gallonada y recubierta de escamas de piedra, en la que se reconoce una insólita influencia bizantina. Ya dentro del templo, en el que hay que pagar por entrar, como en casi todas las iglesias de España, nos dejamos envolver por la penumbra que favorecía el románico, siempre en busca del recogimiento (aunque diferente del que llevó al rey Sancho II a la muerte), y que contrasta vivamente en mi recuerdo con la luminosidad vítrea y la fuerza ascensional de la catedral de León, que he visitado hace pocos días. No entramos en el adyacente museo del escultor Baltasar Lobo, cuyas obras, en cualquier caso, salpican los jardines que rodean a la catedral y el castillo, pero sí en el museo catedralicio, donde Máximo tiene interés por que contemplemos el tapiz de Tarquino Prisco, flamenco, del siglo XV, el primero y principal de la pequeña pero valiosa colección, poblado de personajes estilizados, riquísimas vestiduras y colores muy vivos, que contrastan con la blancura perfecta de las pieles. Todo él proyecta una sensación de elevación, y no es para menos: representa, en su tercio central, una coronación. Hemos de volver ya, porque Máximo ha de atender algunas obligaciones familiares (y recuperar el libro que le he regalado, que se ha olvidado en el bar donde hemos tomado el aperitivo; por suerte, un libro no es un móvil, ni una cartera, ni siquiera unas gafas de sol, y en la taberna sigue tan pimpante), y nos dejamos sin ver el castillo, detrás de la catedral. En el camino de regreso, pasamos por delante de la casa de Agustín García Calvo, aquel intelectual ácrata que ha encarnado mejor que nadie las contradicciones del ser humano: contrario al Estado, pero servidor toda la vida del Estado; contrario al fútbol, que prohibía ver en casa a su familia, pero que él seguía, con la boca abierta, en el bar de la esquina; partidario de la libertad, pero contrario a los deberes que la garantizan, como pagar impuestos. La fachada de su casa (que es también la sede de la editorial Lucinda que creó para publicarse) exhibe series de aristocráticas cruces de Malta y, en lo alto, un escudo heráldico, lo que tampoco parece corresponder con las enseñanzas de Kropotkin o Bakunin. Pero, en fin, García Calvo suscribiría sin duda los famosos versos de Whitman: "¿Me contradigo? Muy bien, pues me contradigo". En una de las ventanas se leen dos frases suyas, mecanografiadas en sendas hojas de papel, y muy perspicaces, porque que uno haya sido un tarambana social no lo hace un analista menos agudo de la sociedad. En una se lee: "Si cada uno no creyera que hace lo que quiere, sería imposible que hiciera lo que le mandan"; y en la otra: "Si se contentara (sic) Capital y Estado en comprar y vender cosas que a la gente les sirvieran para algo, estarían perdidos". Me despido de Máximo con un abrazo y me encamino a la Feria del Libro Viejo de la ciudad, emplazado en el parque de la Marina Española, un homenaje que debe de ser muy sentido, dado que esta es una ciudad sin mar. En la Feria solo hay cinco casetas y el fuerte olor a polvo y ceniza que emana siempre de los puestos de los librovejeros. Tengo poco donde hurgar: descarto una biografía de Miguel Primo de Rivera, de César González-Ruano, por faccioso y lameculos, aunque su prosa sea siempre lúcida, y un tomito de poemas de Francisco Villaespesa, aquel rimador modernista que llenaba sus sonetos de crisantemos y exclamaciones, y que, como Ignacio Sardá, pergeñó una obra dolorosamente interminable: cincuenta y un poemarios, veinticinco obras de teatro, varias novelas y miles de artículos, y me quedo con una biografía de Garcilaso de la Vega escrita por Manuel Altolaguirre en 1933. Es un poco cara (25 euros), pero me parece un hallazgo valioso. Mientras aún  exhumo libros, oigo a una visitante que le dice a su acompañante, con el Diario íntimo de Amiel en las manos: "¡Esto no es un diario íntimo! Aquí no hay chismorreo, y yo lo que quiero son chismes...". Es cierto: en el Diario íntimo de Amiel no hay chismorreo, pero sí montones de inteligencia, que no le vendrían mal a la pedestre crítica literaria. Luego, como me he quedado con ganas de visitar el castillo, deshago el camino que he seguido con Máximo y vuelvo al lugar. En el trayecto, reparo en una de esas estatuas de bronce a ras de suelo que se han popularizado en tantas ciudades, y que representa a don Herminio Ramos Pérez, cronista de la ciudad. Alguien le ha puesto un clavel en uno de los ojales de metal, pero otro le ha arrancado las gafas, como también se las arrancan a la estatua de Woody Allen en Oviedo. Se conoce que arrancar las gafas de los esculpidos es cosa frecuente y hasta divertida entre los tarugos. Observo también que delante de la figura de don Herminio hay una tienda de "aperos y viandas". Paseo con placer por los pulcros y solitarios jardines del castillo, que antes hemos cruzado sin detenernos. Dos gays se están metiendo mano gozosamente en un banco, renovando la viejísima tradición española de magrearse en los parques públicos. De vez en cuando, se paran y miran discretamente alrededor. Me han visto, pero como yo paso sin asomo de indignación o siquiera sorpresa, vuelven sin tardanza a su placentera tarea, y hacen muy bien (aunque Máximo me ha contado que desde las cercanas almenas se ha tirado más de un homosexual, en tiempos, huyendo de la persecución ciudadana; ah, los tiempos cambian que es una barbaridad). Un ciprés cercano, atiborrado de pájaros canoros, suena como el tubo de un órgano. En el interior del castillo, casi todo está en ruinas, pero la reciente restauración permite apreciar los arcos carpaneles y echar un vistazo provechoso. Desde la torre, distingo la iglesia de Santiago de los Caballeros, de tejas y ocres medievales, y hechuras sencillas pero acogedoras. Las murallas que antes protegían el conjunto y rodeaban la ciudad, ahora se integran, a pedazos, en el casco urbano. Máximo me ha informado de que el actual alcalde de la ciudad —una rarísima avis: un miembro de Izquierda Unida, es decir, un comunista, que lleva dos mandatos gobernando una ciudad sociológicamente tan conservadora como Zamora— ha liberado doscientos metros de esa muralla de las casas que le estaban adosadas, como sucede en tantas ciudades españolas. Visto todo lo cual, compro un poco de fruta, que será mi cena, y me recojo en mi fonda. Mañana comeré en Salamanca y conduciré hasta Hoyos, donde me espera una casa que fue mía. Mañana será otro día. 

martes, 14 de septiembre de 2021

Mapas de la poesía hispánica: un cuestionario

La revista Caracol, de Sao Paulo, ha publicado, en su número 21 (enero-junio 2021), un dosier titulado "Mapas de la poesía hispánica: cuestionario", coordinado por Alessandro Mistrorigo y Margareth Santos, en el que ha formulado las siguientes preguntas a una amplia lista de escritores españoles e iberoamericanos. Aquí van esas preguntas y mis respuestas:

1. Al igual que los otros discursos artísticos, en los últimos 30 años la poesía ha tenido que pasar por el cambio de siglo, el nacimiento y el desarrollo de internet. La red, en particular, ha favorecido la ampliación de las modalidades de difusión y recepción de la poesía, no solo en el mundo de habla hispana. Pensamos en los distintos soportes y dispositivos digitales, pero también en la hibridez del lenguaje poético mezclado a otros medios. Desde su punto de vista y teniendo en cuenta estas coordenadas: ¿en qué medida y de qué modo los cambios en el horizonte tecnológico y social han modificado el lenguaje del discurso poético? Por otra parte, ¿cuáles serían los rasgos de continuidad con el discurso anterior?

La universalización de Internet ha supuesto la democratización de la comunicación y, en consecuencia, la vulgarización de la comunicación (y del lenguaje poético). La democratización es necesaria, pero no sale gratis: exige un precio. Y ese precio consiste en que Internet permita creer a todo el mundo que es poeta y que cualquier cosa que se pretenda poesía lo sea. La omnipresente cultura digital ha eliminado casi todos los filtros cuyo cometido era garantizar la calidad de lo que se tenía por poesía, y el resultado es que millones de adolescentes o postadolescentes que no han leído nada (o que, a lo sumo, solo se han leído entre ellos) lo inundan todo con sus ignaras y balbuceantes memeces. La continuidad con los discursos anteriores únicamente se da en aquellos autores conscientes de las tradiciones que los han precedido y de su responsabilidad como creadores, que profundizan en el núcleo de la poesía: ser el arte de la palabra, y no un mero depósito de exabruptos sentimentales sin valor estético ni innovación creadora alguna.

2. En todas las épocas, la poesía ha buscado inspiración en la relación con otras artes y disciplinas. En los últimos 30 años, la ciencia de la comunicación y los avances tecnológicos han determinado el campo de tensiones en el que también el discurso poético tuvo que medir sus fuerzas. Por ejemplo, en la relación entre formas tradicionales de publicación de la poesía –el libro y las revistas de papel– y los canales de difusión que utilizan soportes digitales –blogs, webs y archivos multimediales–. A partir de esta relación, ¿en qué términos se puede volver a reflexionar sobre conceptos como la “autoría”, la “comunicación” entre el poeta y el lector, la “experimentación” y la “hibridez” de “formas” y “lenguajes” diferentes, la “mediatización” del discurso, la “publicación” de materiales etc.?

Ninguno de los conceptos que se mencionan en la pregunta (autoría, comunicación, experimentación, publicación, etc.) ha cambiado en esencia: solo se ha ampliado o adquirido, en algunos casos, perfiles más lábiles. Pero los autores siguen siendo autores, aunque sea más fácil piratearlos; y la comunicación entre el poeta y el lector debería seguir produciéndose, si la poesía es buena, con independencia de que haya visto la luz en una revista digital en lugar de en una de papel; y la experimentación e hibridación de las formas y lenguajes puede seguir produciéndose en el mundo digital (que ofrecerá, eso sí, más posibilidades para hacerlo), al igual que lo hecho siempre en los soportes tradicionales; etcétera. No veo, de momento, un gran impacto en todas estas cuestiones, más allá de lo que me parece esencial, y que he señalado en mi respuesta a la primera pregunta: que la generalización del medio y la ausencia o aflojamiento de los filtros ha causado una degeneración de la exigencia estética y una pauperización de la expresión poética, cuyo núcleo es, y no puede dejar de ser, la palabra. 

3. Los últimos 30 años están caracterizados por una progresiva promesa de extrema socialización global y por la adquisición y el intercambio continuo y simultáneo de enormes cantidades de información. La poesía, por otra parte, ha venido padeciendo una paradójica fragmentación individual de los discursos. A esa fragmentación individual de los discursos poéticos se suman dos grandes interrogantes, que nos parecen importantes:

(a) ¿Es posible todavía –o deseable– vislumbrar direcciones o rasgos comunes entre los diferentes discursos individuales? ¿Aún tiene sentido reflexionar en términos de “grupo” o en el ámbito nacional o internacional?

(b) Toda esa fragmentación, de la cual veníamos hablando, parece corresponder a una casi desorientación o multiplicación de direcciones del discurso crítico. De ser así, ¿cómo la crítica puede recorrer fructuosamente los intricados caminos de los mapas que los varios discursos poéticos han ido dibujando en estos últimos 30 años en ese enorme espacio geográfico-cultural que corresponde al mundo hispánico?

a) Sí. Que haya muchísima más gente pergeñando versos, aunque sean lamentables, no significa que no se puedan vislumbrar rasgos comunes o generales (siendo el primero, precisamente, que la inmensa mayoría de ellos son lamentables), ni que no sea útil hacerlo. Los individuos siguen siendo individuos, pero los grupos siguen formándose y las naciones siguen existiendo, hasta nueva orden, así que no veo por qué tendríamos que dejar de lado estas cuestiones, si es que en algún momento se consideran importantes, para valorar el hecho y la práctica de la poesía en un momento histórico determinado.

b) Precisamente por la prácticamente inabordable generalización de la oferta poética, la crítica tiene que continuar haciendo su trabajo, el de siempre, el único que puede resultar útil: realizar una lectura experta de la poesía (que solo podrá hacer quien haya acumulado un número suficiente de lecturas analíticas previas) para identificar y promover aquella que ofrece la máxima calidad, esto es, aquella que ofrece, como reclamaba Pound, el lenguaje más cargado de sentido, la palabra, intensa y depurada, que suscita la emoción estética, el dicho elocuente que mueve a resplandor.

Este es el enlace del cuestionario:(https://www.revistas.usp.br/caracol/article/view/187743/173417)

viernes, 10 de septiembre de 2021

Zancasdileando por España (1): En el País Vasco

Vuelvo a Bilbao para pasar unos días con mi amiga Miren. Hace un calor terrorífico: nunca me habría imaginado que una capital del norte pudiera estar a 36º a mediados de septiembre. Pero no debería sorprenderme, cuando en Groenlandia los osos polares están vendiendo sus abrigos de piel en wallapop: el cambio climático los ha hecho innecesarios. Ojalá lo consigan antes de que el hielo se funda bajo sus garras. Callejeo por el Casco Viejo, la plaza Nueva y el Arenal. En un rincón de la plaza Nueva, un grupo de septuagenarios ha montado varios puestos de venta e intercambio de cromos de futbolistas. No sabía yo que aún existieran los cromos de futbolistas ni la costumbre de mercadearlos, como en mi infancia. Los ancianos hablan con vigor vascuence y soltando varios tacos por minuto, mientras revisan furiosamente los separadores para dar con el delantero o el defensa escoba que complete o enriquezca su colección. En el Arenal, admiro el quiosco de música, abarrocado, y el mercado de flores que ocupa una mitad de su extensión. También leo en las paredes algunos anuncios muy estimulantes: un "Seminario kamikaze", que imagino sobre los mejores modos de destruir lo que se detesta (y, de paso, destruirse uno mismo, que acaso sea el mayor beneficio de todos), pero que en realidad versa, anticlimáticamente, sobre lo que el cine debería aprender del arte contemporáneo; y la representación de El viaje a ninguna parte en el teatro Arriaga. Aunque no participe ya en ella el gran Fernán Gómez, protagonizando aquella escena inolvidable del "¡Señoriiiitoooo!", me apetecería mucho verla. Pero no va a poder ser: solo hay representaciones de jueves a domingo. Ando un buen rato por el paseo junto a la ría. Aunque diviso el Guggenheim, no llegaré hasta él. Reparo en la cantidad de perroflautas y colgados que pululan por la zona, casi todos con camisetas negras. Un par de ellos parlotean, fumando tremendos canutos, junto a la estatua neoclásica de Pan en el Arenal. Un mendigo me observa con displicencia, tumbado en un colchón infinitamente mugriento, desde el hueco de uno de los puentes que salvan la ría: debe de pensar que soy imbécil por asfixiarme en la calle, con este calor, en lugar de estar a la sombra, como él, tan ricamente. Echo un vistazo a una tienda de objetos de segunda mano, "La Isla del Tesoro", que se me antoja prometedora, con libros y algunos objetos polvorientos a la entrada. Pero me decepciona. Dentro no hay antigüedades, sino trastos viejos, la mayoría sin ningún interés. Más bien rozan la condición de basura. Los ojos se me van a los libros, que es lo que siempre me pasa en estos sitios (y en todos los sitios). Hay bastantes, pero, de nuevo, carecen de interés. Descubro algunos títulos de P. C. Wren, el autor del mítico Beau geste, y de mi admirado Wodehouse, y siento el aguijonazo de la tentación, pero se trata de novelas secundarias, malamente traducidas, que empezarían a abarrotar mis ya llenas maletas (hasta acabar estas, probablemente, al final de mis vacaciones, como el baúl de la Piquer, y yo, teniéndolas que arrastrar). Desisto, pues. Más que las obras de mis queridos ingleses, capta mi atención un inverosímil Paulus, Poema de Roma, del clérigo Juan Manuel Igartua, publicado por la editorial El Mensajero del Corazón de Jesús el año de mi nacimiento, 1962, con prólogo del nauseabundo José María Pemán. Se trata, como no tarda en especificar Pemán, de una "epopeya cristiana", un tremendo ladrillo en verso, con 101 grabados y 3 láminas a todo color, sobre la historia del cristianismo en Roma. Estoy por comprarlo solo para contemplarlo privadamente y maravillarme con las obsesiones de los pirados y, sobre todo, con lo que esas obsesiones les impulsan a hacer. Y elegir a Pemán como prologuista fue, sin duda, un acierto. El gaditano ya se había significado, en la defensa de la religión católica y la patria nacionalcatólica, con el no menos morrocotudo, y también versal, Poema de la bestia y el ángel, publicado en plena Guerra Civil, y que narra otra lucha: la que sostenían los héroes facciosos con el monstruo comunista y judeomasónico. El Poema de la bestia y el ángel, faro de la literatura fascista de este país, pretendía alentarlos espiritualmente. Antes de volver a casa, remato el paseo con una cerveza y un pincho en un bar del camino. Se me ocurre que el pincho debería ser declarado patrimonio inmaterial de la humanidad, aunque sea gloriosamente material. Ya de regreso, me cruzo con uno que me ofrece "marihuana, marihuana, de la buena, buena, buena", así, con reduplicación. Tiene el pelo y la barba canos, como yo. Declino la invitación por el procedimiento de no darme por enterado. Más adelante, paso por delante de una casa en cuya fachada hay colgada una estelada y desde cuyo balcón superior una mujer, fumando, mira el mundo. Pasa también, en ese momento, alguien de mediana edad al que le falta una pierna —camina con muletas— y que también fuma. La mascarilla, que se ha bajado hasta el cuello, es del Athletic. Lleva una camiseta negra. 

Visito Algorta y Plentzia. Miren me ha recomendado el Puerto Viejo de la primera localidad, un pintoresco reducto de lo que fueron, en tiempos, los pueblos de pescadores. A ambos lugares se llega en metro desde Bilbao, aunque Plentzia está a 26 km. La mayor parte del recorrido no se hace bajo tierra, sino a cielo abierto. En Algorta, para llegar al Puerto Viejo, he de pasar primero cerca de una plaza en la que conviven una casona presidida por un gran escudo heráldico, pero ocupada por un restaurante vietnamita, una ajuria taberna y un pub llamado Maggie's Farm. La globalización tiene estas cosas. Muy cerca está también la iglesia de San Nicolás de Bari, frente a la hipermoderna musika eskola. Mucho del País Vasco tiene, a mis ojos, aire inglés, y no solo la ikurriña, que se inspira en la Union Jack, sino esta mezcla urbana y feroz de arquitectura antigua y moderna, o el aire solariego de las mansiones, o el espíritu metalúrgico y marítimo de sus ciudades, o el paisaje lluvioso y verde. E, igual que pasa en Londres y muchos otros sitios de Inglaterra, en el País Vasco se respira dinero. Habrá, sin duda, carencias y conflictos sociales, y siempre falta presupuesto para todo, pero se palpa una sensación de acomodo y bienestar, de amplitud de los servicios públicos, de atención ciudadana, que se superpone a la holgura que siempre ha proyectado la burguesía local. Y sin ETA, felizmente arrumbada en el baúl de las tragedias pasadas. El Puerto Viejo de Algorta es un cogollo de casas blancas, verdes y rojas —los colores de la ikurriña—, distribuidas en tres calles apenas, y salpicadas de geranios y flores, que a veces, en algunas fachadas y patios, forman mazos multicolores, casi impenetrables. Me gusta también lo que no hay: tiendas de suvenires o baratijas, aunque no falten los bares y restaurantes, consustanciales a este pueblo. Suplen la ausencia de comercios los africanos que ofrecen toallas de playa por las calles. A la salida del Puerto, junto al pretil de Riberamune, doy con sendas esculturas, de Arrantzale y La Sardinera, la primera bastante perjudicada: le falta un brazo y parte de la cara. Desde el pequeño mirador se aprecia bien la bahía del Abra, en cuyo centro se encuentra la playa de Algorta, y al otro lado de la cual se extienden todo tipo de instalaciones industriales: fábricas, almacenes, chimeneas, grúas y aerogeneradores. Pese a esta silueta ominosa, me doy un baño: el agua está helada, pero sienta de perlas para atemperar el calor despiadado. Cuando salgo, veo a mi vecina de arena que se está untando cuidadosamente los tatuajes con crema solar. Pero solo los tatuajes: en los antebrazos, un hombro, una pantorrilla y una teta. Deja lo demás a su suerte, bajo un sol sahariano. Me restauro en un local del Puerto Viejo —arroz marinero, merluza a la ondarresa y cuajada— y me quedo como nuevo, aunque echo en falta la siesta, que se está convirtiendo en el báculo de mi vejez. La sustituyo por un café bien cargado y algo de resignación, y prosigo el viaje, de nuevo en metro, hasta Plentzia. Cuando llego, a primera hora de la tarde, el sol cae a plomo, como una losa de fuego. Las calles, comprensiblemente, están vacías. La iglesia de Santa María Magdalena, un perfecto bloque de piedra, es antes una torre de defensa que una iglesia. Cerca de la villa Saturnina, blanca y negra, construida en 1914, veo otra casa con estelada, junto a un rótulo que dice: euskaraz bizi nahi dut y otro en el que se lee: Se aregla ropa (sic)Todas estas cosas son un misterio para mí. Oigo también el chinchín de una señora que vacía los restos de comida de los platos en la basura. Decido bajar al paseo que flanquea la ría, aunque allí la sombra de los árboles no es tan firme como la que deparan los edificios bajos y agrupados del pueblo, y lo recorro desde la plaza del Astillero. El calor aprieta, en efecto, pero me hago a la idea de que tengo que atravesar este paseo como Stanley atravesó el Sáhara para encontrar a Livingstone. Y lo consigo. A la izquierda, sobre el fondo de un bosque muy espeso y muy verde, se suceden los barcos de recreo de la adinerada gente de Plentzia y de otros lugares de la comarca, entre los que ahora navega un yate grande con una señora en bañador tostándose al sol en la popa. A la derecha se alinean fantásticas casonas, a cuál más envidiable. Pero los contrastes no cejan: en la esquina de una de ellas, un hombre en una silla de ruedas se está comiendo un bocadillo —de mortadela, creo atisbar— con una mano y espantándose las moscas de los pies desnudos a gorrazos, y, a su lado, otro duerme en una tumbona, malamente aparejada, con la boca abierta como la entrada de una cueva. Diría que alguna de las moscas espantadas por el de la gorra se le han metido dentro. De vuelta a la estación, hay niños bañándose en la ría, a la que acceden por unas rampas de piedra desde el paseo. Chapotean, gritan y, cuando no están en el agua, consultan febrilmente los móviles. Esa será la última imagen que me lleve de Plentzia. 

Ayer me asaltó la desgracia. Quiero decir, más de lo que lo asalta a uno por el simple hecho de estar vivo. Aunque seguramente me la merecí. Por atender una llamada de teléfono, paré apresuradamente el coche a un lado de la carretera, y reventé una rueda contra el bordillo alto. Y allí me vi tirado en medio del tráfico, con esa sensación de bochorno que nos invade a todos (o que, al menos, que me invadió a mí) cuando hemos de abandonar el vehículo, deambular por la acera y confiar en la providencia para que nos rescaten. Y a esa espera, en la que me consumía, se sumó el gracejo hispánico, o en este caso vasco, que contribuyó a hacerla más consuntiva. Pasó uno que me gritó por la ventanilla: "¡Déjate caer...!", porque el tramo en el que me encontraba hacía una suave pendiente. Otro fue aún más sagaz: sacando medio cuerpo por la ventanilla de la furgoneta y con una sonrisa de oreja a oreja, me gritó: "¿Ka pasaooooo?". No se detuvo a que le contestara. Por suerte, poco después de estas muestras de simpática solidaridad, llegaron mis rescatadores: los ocupantes de un carromato asediado por los arapahoes en las praderas de Wyoming no habrían sentido tanta felicidad al oír las cornetas del Séptimo de Caballería como la que sentí yo al oír el claxon de Grúas Otero, que me anunciaba que ya estaba allí y cuyos ocupantes, encima, me felicitaban al llegar por haber puesto el triángulo de señalización de emergencia (cuando abrí aquel tubo rojo que llevaba en el maletero del coche desde que lo compramos sin que supiera qué había dentro, pensé: "¡Andá, el triángulo!", como en mis clases de geometría del colegio) en el carril que malhadadamente ocupaba. Les dejé hacer, cambiaron la rueda en un pispás y se marcharon, no sin antes recordarme que debía cambiar cuanto antes la rueda de repuesto por una normal (y procurar no reventarla). Y ese fue mi siguiente paso: me dirigí al taller oficial más cercano y dejé el auto para que lo repararan. Hacerlo solo me costará 243 euros de vellón. Como precio por una llamada, no está mal. Pero no quiero darles ideas a las empresas de telefonía. Las de electricidad ya lo han averiguado. Al menos, llevar el coche al taller me permitió volver a recorrer la ría de Bilbao desde más allá del Guggenheim. Le mandé unas fotos del museo a una amiga, que me respondió: "¡Qué voluptuoso! Y el agua aún lo erotiza más". Yo sentía muy poca voluptuosidad en aquel momento, pero su comentario me devolvió al mundo del sosiego y del placer. Y me vino de maravilla.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Septiembre

Cuando llega septiembre, una lluvia de doradas oscuridades se precipita sobre las ciudades.

Con septiembre viajan el estallido y el silencio.

Septiembre disipa la pereza del veraneante y afianza la resolución del suicida.

Septiembre no es urgente, sino apacible y desolado.

En septiembre, se oye a las flores.

Septiembre restaura el recuerdo de quien fue muerto en un palacio bombardeado sin haber pisado todavía las grandes alamedas de la libertad.

En septiembre, el agua huye.

En septiembre, todos los pájaros vuelan hacia la muerte y todos los ascensores descienden a los infiernos.

Cuando septiembre se desnuda, no vemos la gloria de un cuerpo, sino la sinopsis de un esqueleto, que, sin embargo, no se arredra ante el frío, ni repudia al sol. 

Desde septiembre, se divisan valles callados, se alerta de la caída de meteoritos, se distingue una muchedumbre de horizontes, se reconoce un mar vertical, cuyos relumbres ciegan.

En septiembre, los borrachos beben sombras.

En septiembre, se abren los paraguas de los níscalos.

En septiembre nació Roald Dahl.

En Croacia, septiembre es el mes rojo; en Polonia, el mes en que florece el brezo.

Septiembre es un mes solitario, a quien cubre un manto y merodea un lagarto.

Septiembre es el barco y el embarcadero, la marea y la estiba, la dársena y el océano.

En septiembre, fusileros exhaustos taponaban las brechas que la artillería de Berwick había abierto en el baluarte del Portal Nou, mientras los capitanes ondeaban en las murallas las banderas de Santa Eulalia y San Jorge.

En septiembre, los niños vuelven a jugar al fútbol.

El zafiro chilla luz en septiembre.

Septiembre es el hogar de la caducidad y la resurrección.

En septiembre nació António Lobo Antunes.

¿Qué oculta septiembre para que nos intriguen sus atardeceres y nos confundan sus madrugadas?

En septiembre comemos membrillos y mariposas.

En septiembre nos revestimos de luz, que nos abriga y nos desuella.

En septiembre, las madres regresan a la menstruación.

También envejecen.

También enloquecen.

En septiembre renacemos para morir.

Septiembre es una película de Woody Allen en la que actúa la mujer que quiere destruirlo.

En septiembre, miríadas de insectos alborotan la candente penumbra de las habitaciones, motean los haces ambarinos de las bombillas y tunelan las mermeladas de las alacenas.

Las Perseidas ya están muy lejos en septiembre.

En septiembre, el monstruo levantó la barrera y extendió su monstruosidad por el mundo.

También en septiembre, en el Missouri, el monstruo, que lucía chistera, fue devuelto a su ciénaga. Le habían arrancado los ojos, pero deberían haberlo castrado.

En septiembre bostezan las tumbas. (¿Tienen hambre? ¿Se aburren?).

El sol rueda más deprisa en septiembre; y acaba extenuado.

Y la luna, ¿a dónde va en septiembre?

Septiembre es ferruginoso.

Quevedo nació en septiembre.

Las armas se desbocan en septiembre, como los dondiegos.

Ojalá muriese en septiembre.

Un septiembre atroz ennegreció las pistas de atletismo, el combate sin sangre en la palestra, el laurel inofensivo.

Septiembre es el mes de las brujas y los enamorados.

Septiembre a veces cojea de la p.

Septiembre orina melancolía.

En  septiembre vuelve a girar, chirriando, la herrumbrosa rueda cósmica.

En septiembre fueron devueltos a la nada 186 niños en Beslán.

En septiembre recuerda el mar a todos su ahogados.

En septiembre, los ángeles chocan unos con otros, tropiezan en las aceras, caen en los balcones como las hojas de los árboles o la ropa que se le escurre a la vecina de arriba, y hasta entran a trompicones en las casas, para asombro de los que miran la televisión, o echan la siesta, o copulan.

Septiembre suelta una baba iridiscente, en la que se reúnen los gusanos y las tormentas.

¿Por qué septiembre martiriza y acaricia? ¿Por qué sus cristales brillan con una crueldad desconocida en julio o en enero?

Fue en septiembre cuando asesinaron a tres mil personas y dos rascacielos. Se enderezó entonces la barbarie; y se irguió la venganza.

¿Dónde está septiembre? ¿Dónde es?

Septiembre canta como el mirlo, pero sin su pico anaranjado.

En septiembre nació Nicanor Parra.

Cuando llegue septiembre, veré Cuando llegue septiembre.

Septiembre es un mes incoherente: se llama séptimo, pero es noveno.

En septiembre, los milanos negros, las cigüeñas y los halcones abejeros, migrantes al sur, se cruzan con los desgraciados del sur que migran al norte para librarse de su desgracia. 

En septiembre, se deprimen las piscinas y los botes de crema solar.

Todos los días de septiembre contienen miel y negación de la miel, ácido y negación del ácido, olvido y afirmación del olvido.

En septiembre, hasta el hielo hace ruido.

En septiembre, la tristeza brinca como un cervato desconcertado.

¿Por qué sigue a agosto, si agosto es más tardío, si en agosto todo se rezaga, y los árboles apenas hablan, y las nubes se deshilachan en el cielo?

En septiembre descubrieron el escondrijo de Anna Frank.

En septiembre nació el doctor Johnson.

En septiembre se contraen los pechos, asfixiados de tristeza.

En septiembre se dilatan los pechos, imbuidos de esperanza.

En septiembre, las cosas se abandonan a una molicie que anticipa el sosiego de los cementerios.

En septiembre, todo es relativo.

Dan ganas de componer greguerías en septiembre. Y misas de réquiem.

En septiembre, el poeta Rigoberto López Pérez le pegó cuatro tiros a Anastasio Somoza García. Bendito sea.

Con el aire estremecido de septiembre, el amor es más noble: los labios besan más; la piel dice mejor.

En septiembre, las gemas se reblandecen, el oro transige, la plata palpita.

En septiembre, azagayas de nomeolvides recorren las esquinas del aire.

Yo nací en septiembre.


[Este poema se ha publicado en el número de septiembre de la revista digital de cultura de la República Dominicana Plenamar: https://plenamar.do/2021/09/septiembre/

miércoles, 1 de septiembre de 2021

La vuelta a la oficina

Hoy, tras casi un año y medio de teletrabajo, me reincorporo a la oficina. En España siguen muriendo docenas de personas al día por coronavirus, pero da igual: toca volver. La sensación es extraña: el despertador era un aparato que había desaparecido de mi vida, como tantas otras cosas —aunque no, debo aclarar, porque me levantase cuando quisiera, sino porque mi cuerpo, de forma natural, se había habituado a despertarse antes de la hora en que empezaba la jornada laboral, y hoy me ha devuelto a su tiranía. Ha sido horroroso. En lugar de un desayuno tranquilo, leyendo, con una mezcla de placer y espanto, las noticias de Google, he tenido que engullir la fruta y el café con leche como si fuera un pelícano, y salir como si se hubiera declarado un incendio en casa, solo para darme cuenta, cuando ya estaba cerca de la estación, de que me había olvidado la mascarilla. He tenido que volver, por supuesto: la mascarilla es tan necesaria hoy para la vida social como antaño lo era el sombrero para los hombres o el bolso para las mujeres. Veinte minutos de carrerilla irritada se han sumado a la tortura del tiempo en esta melancólica mañana. De camino otra vez a los ferrocarriles, me cruzo con un minusválido que circula en una silla eléctrica, con el que se cruza un jogger, melena al viento, con el que se cruza un ciclista, decorado con tatuajes. Todo me suena a nuevo y a viejo a la vez. Reconozco los andares no azarosos, sino decididos a alcanzar algún punto: la parada del autobús, la entrada del negocio, la tienda en la que hacer la compra o, como yo, la estación de tren; esos andares un punto nerviosos, que luchan contra sí mismos, en los que conviven la obligación de alcanzar un destino y la resistencia a hacerlo. Veo también los pelos húmedos de las primeras duchas (en algún caso, me encantaría enredarme en su sedosa maraña), los papeles o maletines que aferran las manos, los comercios aún cerrados, pero ya bañados por la claridad que anuncia su inminente apertura, el parque sin niños, ni grupos de sudamericanos, ni partidos de fútbol improvisados, en el que solo algunos que pasean al perro, mientras miran el móvil, rompen el sosiego verde. La hierba, ahora, huele más a hierba. Tampoco han cambiado demasiado las cosas en la estación: está atiborrada. Igual que el tren en el que me monto: lleno hasta los topes. Tengo la suerte de que una joven se levanta pronto de un asiento, y lo ocupo. A mi alrededor, muchos dormitan, prolongando en la incómoda piel del tren el sueño cruelmente interrumpido por el despertador. Yo desenfundo mi libro y me arrebujo en él. Ese es el único placer que encuentro en la, de nuevo, cotidiana tortura ferroviaria: abstraerme en la lectura. Eso, si no me lo impide alguien que ronque a mi lado; o que no se haya duchado (a diferencia de esas mujeres de pelo brillante con las que me he cruzado); o con el volumen de la música, en los auriculares, tan alto que yo tambien la escuche; o que le refiera a su compañera de asiento, con todo lujo de detalles, las fascinantes discusiones que ha mantenido con su marido sobre el montaje del último mueble que han comprado en IKEA. El libro que estoy leyendo es A la caza del amor, de Nancy Mitford, un delicioso relato de las cuitas de una familia inglesa del primer tercio del siglo pasado, escrito por alguien que formaba parte de una de las familias más extrañas que ha dado Gran Bretaña en su historia reciente; y ha dado muchas. Recuerdo que supe de Nancy Mitford en Londres y, en particular, cuando visité la librería Heywood Hill: Nancy había trabajado allí en los años de la Segunda Guerra Mundial, como recuerda una placa azul a la entrada del local. Aunque lo de trabajar acaso sea excesivo: de ella se ha dicho que convirtió la librería en una cocktail party de ocho horas sin necesidad de servir ni una copa. Fue, como tantas inglesas de linaje intelectual, una excéntrica. También en los sentimientos: se enamoró de alguien con el improbable nombre de Hamish Saint Clair-Erskine, aristócrata y homosexual, por el que lloraba en los autobuses; también se habría enamorado de Robert Byron si no hubiera sido un pederasta; y se casó, por fin, con Peter Rod, hijo de un barón, a quien dio su consentimiento después de que pidiera tres manos la misma semana. La familia la acompañaba en rareza: una hermana, con el no menos inverosímil nombre de Unity Valkyrie, fue nazi y amiga de Hitler, y se pegó un tiro en la cabeza cuando Inglaterra declaró la guerra a Alemania, aunque no consiguió matarse; otra, Diana, matrimonió con el líder fascista británico Oswald Mosley; y una tercera, Jessica, fue estalinista. Las reuniones de Navidad de la familia Mitford debían de ser la bomba. A la caza del amor, notablemente autobiográfica, refleja bien estas personalidades, a caballo entre la extravagancia y el espanto. He descubierto que la literatura inglesa ha calado en mí más de lo que me habría imaginado. Rastreo con especial interés las reseñas o críticas que me descubren a autores británicos nuevos (específicamente británicos; los irlandeses o estadounidenses no son lo mismo), porque sé que sus libros contarán historias divertidas, aunque sean trágicas, y lo harán con un especial pragmatismo, con una funcionalidad tan agradable como exacta. Y tanto la ironía como la precisión me encantan. No suele haber pomposidad en los narradores ingleses; tampoco palabrería, si es que no son lo mismo. Aunque el libro fracase, como con alguna frecuencia sucede, dejará un poso cautivador, una sensación de haberlo intentado con toda la honestidad posible para con el lector. Cuando llego a mi parada, la final del trayecto, en la plaza de Cataluña, vuelvo a tener esa sensación inaugural, pero de algo ya viejo: como si volviera a cortarse la cinta de un monumento antiquísimo, visitado cientos de veces. Las calles están mucho más pobladas: hasta parecen ya calles normales, con sus mendigos en los portales, su tráfico ruidosísimo, sus turistas despistados o siendo desvalijados en las terrazas que rodean la plaza como un cilicio, sus trabajadores de camino a la consecución del pan de cada día. Y las palomas cagándolo todo. Lo de siempre. Entro en el edificio en el que no entraba desde el 7 de marzo de 2020. La entrada sigue siendo digital, pero lo digital tiene ahora otro sentido: no se puede fichar con el dedo —para prevenir la transmisión del virus—, sino que hay que hacerlo por la página web del Departamento. Todo está como lo dejamos: en mi mesa encuentro los mismos papeles que había, en la misma posición, con las mismas motas de polvo. Los espacios de trabajo son como esas habitaciones de niños que han muerto y que sus padres conservan exactamente como eran cuando sus hijos vivían. Hay pocos compañeros porque el teletrabajo se mantiene, y todos hemos optado por él el máximo permitido, dos días a la semana, y porque los que nos reincorporamos no lo hacemos todos a la vez, sino repartidos en días distintos. Los pelos de los colegas que veo ya no están húmedos. Muchos vuelven a parecerme lo que siempre me han parecido: esfinges sedentes frente a un muro (yo también lo parezco, pero no me veo). Desde mi mesa vuelvo a contemplar la mole abrumadora del Corte Inglés, que ya anuncia la tornada al col·legi. El Corte Inglés, perspicaz, siempre anuncia lo que pasa: las estaciones que se suceden, la entrañable Navidad que llega, las estupendas rebajas veraniegas. Es un hacha, el Corte Inglés. Las horas ya transcurren, otra vez, en esta mesa, entre estas paredes, con estas vistas. Vuelvo a ejercer el servicio público en una dependencia diseñada para ello. Es una sensación rara. Mañana he de acordarme de poner el despertador un poco más temprano. Y no puedo olvidarme la mascarilla.

viernes, 27 de agosto de 2021

El sombrío brillo de ser nadie

El título de esta antología esencial de Tomás Modesto Galán, Góngora en motoconcho, cumple el antiguo deber de intrigar y el más moderno de aportar información sin resultar obvio. Porque un poeta culterano, como fue don Luis de Góngora o ahora es Tomás Modesto Galán, que se desplace por el mundo actual en los hipertrofiados mototaxis de la República Dominicana, simboliza cuanto asoma en esta selección de la poesía escrita por el poeta dominicano desde 1983. En Góngora en motoconcho asistimos a una constante interacción de lo lírico y lo crítico, de lo literario y lo social, si es que pueden considerarse cosas distintas. La visión panóptica del hombre, en su laberíntico debate existencial, convive con la atención al detalle cotidiano, con una dolorida minucia, que atiende por igual a lo más escondido del individuo y a lo más sangrante del mundo. En «La hermosa nada», el único poema de El reino de las cosas recogido en la antología, observamos un bodegón de objetos y actos, una exposición de menudencias, que la voz resonante del poeta, hurgando en las cavidades de la materia, en las honduras de la conciencia a las que nos arroja el misterio de las cosas, eleva a la categoría de óleo metafísico, al mismo paradójico modo de las Odas elementales, de Neruda. En él, la fértil contemplación de las macetas y la sal, del limón y el arroz, nos lleva a conclusiones trascendentes: «Soy un nombre escrito en el vacío (…). / No me canso de ser tigre y hombre, mujer y pájaro. / (…) Soy un yo, un no sé qué, con el tú a cuestas…». En «En ningún cine», perteneciente a Diario de caverna, asistimos a una perturbadora reflexión ontológica tras una humilde sesión de cine: «Ocurre que al llegar / buscas al depositario de tus huesos / y te sientas desnudo en el abismo, entre una pierna que / silencia su llanto y un ojo que maldice la noche». Los poemas de Subway. Vida subterránea y otras confesiones, por su parte, son composiciones claustrofóbicas, como tiznadas de hollín, pero aun así carnales, y siempre poliédricas, rebosantes de sucesos y sentimientos, no solo narrativas, sino indagadoras de los asuntos del ser, de la sustancia del hombre: el tiempo, el amor, la pérdida, la muerte. En ellos encontramos a viajeros a los que urge redescubrir la dulzura de la putrefacción, horas perdidas sobre los rieles del tiempo, errores que ruedan hacia el vacío, trenes en marcha hacia la nada, ojos de iguana en túneles sin esperanza y pubis crepusculares. 

Coherentemente con este carácter bifronte o dicotómico, Tomás Modesto Galán mezcla registros, cronologías y espacios: en Góngora en motoconcho se funden lo que se percibe, lo que se recuerda, lo que se desea y a lo que se aspira. El poeta no tiene inconveniente en que Farabundo Martí, Pulgarcito y los marines compartan el poema –así sucede en «A Juan Chacón y a los otros», de Cenizas del viento–, y nosotros tampoco. El discurso salta sin pausa de un punto a otro, de la esfera al rectángulo, del malestar a la excitación, del pasado al presente y del presente al futuro, pero trabando los elementos dispares en un flujo común, con frecuencia caudaloso y siempre aristado; dejan así de ser dispares y se hacen congruentes, sin perder su extrañeza. Los versos de Tomás Modesto Galán no se limitan a contar: apuntan, sugieren, esbozan, matizan; y abundan en realidades híbridas, mestizas, nuevas en suma, cuyas criaturas, siempre distantes y a menudo contradictorias, se fecundan mutuamente. Así acontece cuando el poeta habla, en «Necesito ese rostro de viudas», de Diario de caverna, de hombres que «legan su sonrisa a los teléfonos del mediodía» o de que uno «precisa ayunar delante de un / cadáver azul para divisar una caída de las estadísticas»: los mundos invocados –los negocios, las comunicaciones, el cuerpo, la muerte, el planeta– se imbrican hasta conformar un mundo nuevo, un mundo lacerante y placentero a la vez, que se erige en la página, como Polifemo se alzaba en las octavas reales de Góngora, y nos interpela desde ella. La ilación discursiva se fía a la concatenación analógica, a la arborescencia de los ecos, que se imprimen en el poema –y en nuestra sensibilidad– igual que los estímulos de la realidad en la retina. La incesante captación del mundo por parte del poeta, siempre atento a cuanto ocurre dentro y fuera de él, supone un incesante suministro de estímulos, que se transforman en palabras. El resultado es una poesía engarzada y espermática: un caleidoscopio de sensaciones. Las imágenes se suceden, se acumulan, florecen, exuberantes, en los versos y diseminan aroma y color. El poema resulta una mezcla de delirio y razonamiento, en la que destaca la fusión de elementos materiales e inmateriales. El lirismo, argamasa última de los poemas, los empapa y enardece.

El factor crítico constituye uno de los cimientos de la obra de Tomás Modesto Galán. La denuncia del tirano Trujillo y de la opresión inacabable de las dictaduras hispanoamericanas aflora desde el primer libro, Cenizas del viento. «Elegía a Ramón Galán» recuerda al hermano del poeta asesinado por Rafael Leónidas Trujillo. Y en «Carta de renuncia ficticia del comisionado dominicano de cultura en USA del año 2008», menciona al siniestro Johnny Abbes García, el jefe del Servicio de Inteligencia Militar de Trujillo –que se paseaba por el palacio de Gobierno leyendo una historia de la tortura, desde los antiguos chinos hasta los nazis contemporáneos, tanto por placer como por trabajo: para actualizar sus técnicas– y el ejecutor, por orden del Generalísimo, de las hermanas Mirabal, a las que Tomás Modesto Galán trae asimismo a sus versos en «Dictaduras depredadoras». Pero el afán de justicia de los poemas de Góngora en motoconcho no se limita al continente americano, sino que se extiende al mundo entero, atenazado por un capitalismo que siembra desigualdad y sufrimiento. Berta Cáceres, la ecologista hondureña asesinada por sicarios de una empresa energética; Edward Snowden y Julian Assange, los traidores perseguidos por la CIA; el payasesco y criminal Rodrigo Duterte, presidente de las Filipinas; los emigrantes del mundo, expulsados de todas partes y ahogados en cualquier mar; la trágica situación en Somalia y Palestina; las guerras en Siria, Yemen y Afganistán; el racismo, que se antoja inextirpable de la humanidad; los feminicidios; las dañinas sandeces de Donald Trump, y hasta la vergüenza del Valle de los Caídos en España, ya felizmente resuelta, entre muchos otros personajes y fenómenos, dibujan un extraño panorama de sarcasmo y dolor, una suerte de pandemonio medieval, renacido en la contemporaneidad, en el que los bufones bailan con los desheredados y los verdugos con los víctimas. Hasta el papa asoma el solideo, y no para bien, en «La gran marcha por nuestras vidas», de El payaso perverso. Poemas para una imaginación antibélica: «Este papa argentino es demasiado progresista / para salvar la civilización / de la piedad del cristianismo», escribe el poeta. La preocupación cívica por lo que ocurre en el mundo recorre la antología entera y llega hasta nuestros días, en un intenso ejercicio de actualidad poética, con los últimos poemas de la selección dedicados a la crisis mundial provocada por el coronavirus.

La poesía de Tomás Modesto Galán atesora una gran fuerza verbal. Urgente y urbana, exaltada y melancólica, plástica y muscular, recurre con frecuencia al vocabulario del cuerpo, que la dota de una imperiosa materialidad. En «Desencanto del realismo», por ejemplo, encontramos corazones, pasos, miradas, cabellos desatados, pies, transfusiones, caricias, «besos sin pausas entre pulmones o clavículas comunes», manos, otra vez pies, y otra vez, «el cuerpo y sus ramificaciones», pechos «de flores rezagadas», manos furiosas, latidos, otro pulmón, otro corazón, más cabellos, uñas, el cuerpo ahora «cubierto de palabras ensordecidas», manos de nuevo, palmas de las manos y, en fin, cabezas: un despliegue de órganos y latidos que se entrelaza con puertos, mares, sueños, partidos de béisbol, películas de terror y estatuas de bronce. Eros está muy presente en Góngora en motoconcho: «Tus labios», de Amor en bicicleta y otros poemas, practica una metonimia quemante, y concluye así: «Siento tus dientes royendo un pan envejecido, / abriéndose para engullir un mangle, / absorben el esqueleto de un paraguas, / reclaman el principio de esta orgía». Pero el amor invocado por Tomás Modesto Galán no es meramente físico, siéndolo mucho. La figura de la mujer emerge en los poemas como arquetipo del bien. Las mujeres cuidan el mundo y dejan un legado bienaventurado. La dicción exuberante de Góngora en motoconcho se asienta en el verso libre para desplegarse sin restricciones. El poema generalmente largo permite un discurrir dilatado, una construcción ramificante, que se alimenta a sí misma con la incesante eclosión de lo que se ve, se rememora o se ansía. La pluralidad formal –que va del verso corto al versículo y el poema en prosa– obedece a la busca de la mejor expresión, del más preciso andamiaje elocutivo. La adjetivación es osada, como todo en esta poesía, pero es el adjetivo el que da siempre la medida de la ambición creadora del autor: «cuernos petulantes», «mantequillas sangrantes», «tizas monótonas», «feliz atrocidad», «genocidio perfumado», «tormentoso clítoris». Tomás Modesto Galán es pródigo, a lo largo de Góngora en motoconcho, en imágenes potentes, de acentos expresionistas. En «Si galoparan uñas sobre el lomo sangrante», de Canto a la ciudad que nos habita, vemos una urbe que «aúlla como una cucaracha bilingüe» y luego «lanza lodos para ahuyentar ratas aladas». El ímpetu creacionista, que continúa las tradiciones emparentadas de Lautréamont y Whitman –a quien cita, así como a Pedro Mir, el brillante discípulo dominicano del estadounidense– y roza en ocasiones lo dadá, inviste de tensión la poesía de Tomás Modesto Galán, que no duda en acogerse a la tradición bíblica, como hace en los poemas de Evangelio desechable, y, al mismo tiempo, alumbrar poemas fónicos, como «Daka Daka Daka», de Daka Daka Daka. Dreamers y el tren de los muertos. Las paradojas chisporrotean en Góngora en motoconcho, fruto del desgarro, pero también del deseo de concordia, y no solo las paradojas conceptuales –«suspiro torrencial», «lluvia inmóvil»–, sino también las perceptivas: sinestesias como «a tus pantalones sordos / la ceguera de mis dedos». Este vigor admirable, esta palabra que cruje y medita, llega hasta los más recientes poemas, aunque, en el último tramo de la producción de Tomás Modesto Galán, adelgacen un poco, se ciñan más, se peguen a los huesos: a los transparentes y polícromos huesos de la verdadera poesía.

[Prólogo de Góngora en motoconcho. Antología esencial (1983-2021), de Tomás Modesto Galán, Nueva York, Artepoética Press, 2021]

domingo, 22 de agosto de 2021

Haití y la desdicha

Las noticias, estos días, están llenas de Haití y Afganistán, dos de esos lugares remotos que uno llamaría sin dificultad el culo del mundo (aunque sus habitantes seguramente también consideren a España, si es que saben que existe, el culo del mundo). Ambos son un imán para las desgracias, sitios que parecen creados por el infortunio y destinados al sufrimiento. De Afganistán me asombra que la evidencia de que la principal causa de su situación es la religión, ese fatídico fenómeno humano, no haga reflexionar más a la gente sobre la necesidad de reducirla a la nada, de pulverizar esa losa de un inexistente mundo ultraterreno que ahoga el mundo real y causa dolor a tantas personas. A Haití parece que alguien le haya hecho vudú. Paradójicamente, fue el segundo país de América que se libró del yugo de la colonización (tras el coloso norteamericano), aunque quizá fuera eso lo que determinara, de nuevo paradójicamente, su suerte, porque ganó la independencia cuando aún no disponía de ningún recurso ni estructura para sobrevivir al control económico que ejercía, y nunca dejó de ejercer, la potencia colonial. En 1803, tras varias revueltas de los esclavos, inspiradas (tercera paradoja) por la Revolución que había tenido lugar en 1789 en la madre patria, y que acababan indefectiblemente en un baño de sangre —una de ellas se llamó la Guerra de los Cuchillos: solo el nombre acojona; y es que Francia fue especialmente tiránica en esta colonia antillana, que le proporcionaba, sin coste (la mano de obra era gratis), todo el azúcar que reclamaban los refinados salones parisinos—, un antiguo esclavo, Jean-Jacques Dessalines, derrotó en la batalla de Vertièrres a las fuerzas del general Donatien de Rochambeau, que Napoleón había enviado a la isla para sofocar la rebelión. Cuando se conoce el número de combatientes que participaron en la batalla —27.000 negros furiosos contra solo 2.000 soldados franceses—, uno piensa que la cosa tuvo poco mérito. Pero no: las tropas de Rochambeau eran aguerridas, estaban bien equipadas y se habían fogueado en los campos de batalla de Europa, donde Napoleón campaba a sus anchas, mientras que los haitianos apenas contaban con cañones y formaban, más bien, una desharrapada turba —un claro precedente del ejército de Pancho Villa— que sustituía las armas y la formación militar por ira y determinación. Los esclavos se lanzaron con tanto valor contra los fusiles enemigos que Rochambeau mandó un alto el fuego y envió un oficial a caballo a comunicar, en el mismo campo de batalla, sus respetos al oficial, François Capois, que había dirigido la carga (y a quien desde aquel momento se conoció, simpáticamente, como Capois-La-Mort). Luego prosiguió el combate, cuyo desenlace, favorable a los insurrectos, no pudo evitar el último y desesperado contraataque de Jean-Philippe Dault, al frente de sus granaderos, que fue repelido, con grandes pérdidas, por los haitianos. Estos, finalmente vencedores, no correspondieron al elegante gesto de Rochambeau reconociendo su coraje y, tras prometer que cuidarían a los prisioneros franceses para que pudieran volver a Francia, los ahogaron al cabo de pocos días, ahorrándose así un montón de problemas. Pocos meses después, en 1804, Dessalines proclamó la independencia del país. Desde entonces, su historia ha sido una sucesión de dictaduras, golpes de Estado, intervenciones extranjeras, guerras con la República Dominicana, guerras civiles, magnicidios (el último, el del presidente electo Jovenel Moïse, hace poco más de un mes), esperpentos (Haití tuvo dos autoproclamados emperadores: el propio Dessalines, ufano por su victoria contra los franceses, y otro con nombre de vino, Faustino I, que ocupó el poder diez años a mediados del siglo XIX), corrupción, analfabetismo y miseria, aderezada con devastadoras desgracias naturales —huracanes, terremotos, incendios— que parecen complacerse en arrasar este ya habitualmente arrasado rincón del Caribe. En el siglo XX, Haití ha gozado de una de las dictaduras más sanguinarias del mundo, la del abominable François Duvalier, Papá Doc, que gobernó el país con mano de hierro (se calcula que hizo asesinar a unas 30.000 personas) y, tras ocupar el poder desde 1957 hasta 1971, fue sucedido por su hijo, no menos abyecto, Jean-Claude Duvalier, Baby Doc, que mantuvo el poder hasta 1986, cuando fue felizmente derrocado. Desde entonces, pese a la mucha ayuda internacional que ha recibido (con la que, por cierto, se han introducido en el país el cólera y los violadores: en Haití el refrán funciona al revés: no hay bien que por mal no venga), el país no levanta cabeza. Y, cuando parece empezar a hacerlo, llega el líder de una banda de narcotraficantes, un ciclón, una pandemia o un seísmo para hundírsela otra vez en el barro, hasta el punto de que Haití casi se ha convertido en un Estado fallido, en un no país, si no lo es ya. Recuerdo que, la última vez que estuve en la República Dominicana, un buen amigo de allí me contaba la impresión que le había causado ver, desde el balcón del hotel en el que se alojaba (entonces aún había hoteles en Puerto Príncipe), a cientos, a miles de jóvenes haitianos, sin nada que hacer, paseando simplemente de un extremo a otro de la avenida. Mis conocimientos de Haití son muy limitados: me fascina el creóle que se habla en la isla; y conozco a algunos escritores haitianos: Dany Laferrière, autor del superventas Cómo hacer el amor con un negro sin cansarse, Micheline Dusseck, que escribe en español, y Samuel Gregoire, un poeta con el que coincidí en la última Semana Internacional de Poesía de Santo Domingo, y que lo hace en tres lenguas: créole, español y francés. En esa estancia mía en la República Dominicana, fui a comer con unos amigos a un restaurante haitiano de la capital, que es lo más cerca que he estado nunca de Haití. Y lo disfruté mucho. Di cuenta de ese almuerzo en un capítulo de Diarios de viaje (2016-2019), que transcribo a continuación:

Como luego en un restaurante haitiano de la ciudad colonial, el Maison Kryòl, con Pedro Antonio, antiguo director de la Feria del Libro —seguramente lo era cuando fui uno de los invitados, en mi primer viaje a la isla—, y su mujer Ibeth, a los que conocí ayer en la cena con lectura de poemas incluida. Les dije que me gustaría mucho visitar Haití —el primer país libre de Hispanoamérica y el más pobre, hoy, del continente—, pero que no tenía tiempo para hacerlo esta vez. Pedro Antonio tuvo entonces la idea de sustituir esa visita ideal por una mucho más modesta a un trozo de la cultura haitiana, como es la gastronomía. Y a continuación me explicó que la última vez que él pasó al país de Toussaint Louverture fue cruzando en balsa el río que lo separa de la República Dominicana, y pagándole al balsero la cantidad estipulada. Esos fueron todos los trámites fronterizos que hubo de cumplir. Aunque llegar es notablemente difícil: las carreteras son escasas y, a menudo, impracticables, y las infraestructuras adelgazan hasta prácticamente desaparecer al acercarse a la raya. En el Maison Kryòl pido pescado créole y una cerveza Prestige, que no suelta chapapote, como sugiere su nombre, sino un líquido delicado que me refresca gloriosamente. Mientras comemos y charlamos —sobre Trujillo, suministrador inagotable de anécdotas siniestras; sobre Haití y la población negra de la República Dominicana—, contemplo un cuadro de pintura naíf —el estilo predominante en Haití—, alegre y colorista. En el restaurante también venden libros. Reparo en uno titulado Los negros a la luz de la Biblia, de Benoit Sanon, que es escritor, músico, pintor, sastre, profesor y pastor haitiano, portavoz de la teología del Cuerpo de Cristo. Aunque el título es incitante (y nada eufemístico: los negros son los negros, no los afroamericanos, o los ciudadanos de color, o cualesquiera otros de los circunloquios con que los difusos censores del lenguaje moralmente aceptable emborronan la realidad), las ocupaciones de su autor —sobre todo las de pastor y portavoz teológico— no lo son, y no me animo a comprarlo. La dueña del restaurante, que nos ha atendido solícita hasta el momento, nos sigue agasajando, ahora con un digestivo baraka, de canela. Fuera, ha empezado a lloviznar.