martes, 30 de junio de 2026

Americaneando (y 4): el German Village de Columbus

Salimos hoy para el German Village [Pueblo Alemán] de Columbus, un barrio construido en la primera mitad del siglo XIX por los muchísimos inmigrantes alemanes que se establecieron en la ciudad, y convertido hoy en un centro histórico y una de las más agradables zonas residenciales de la capital de Ohio. Al hacerlo, nos encontramos con un puesto de limonada en la calle, atendido por tres niños rubios y sonrientes. Los niños estadounidenses aprenden a ser amables con los vecinos, y de paso a ganar dinero, desde muy pequeños. Renée vive a una media hora en coche del German Village. Cuando llegamos, aparcamos frente a la iglesia de Saint Mary, el principal templo de la comunidad originaria alemana y hoy del barrio, construida en 1868 y adornada con una espléndida aguja de sesenta metros de altura en 1893. Por desgracia, muchas iglesias, como esta de Saint Mary, solo abren para las misas y no pueden visitarse salvo que se esté dispuesto a rezar. Como no es mi caso ni el de Renée, nos resignamos a admirar el airoso templo solo por fuera. El German Village se compone de espléndidas casas de ladrillo rojo, en muchos casos erigidas entre 1860 y 1890 y hoy felizmente restauradas, con plaquitas que informan de sus propietarios anteriores y de las vicisitudes por las que han pasado hasta llegar a su estado actual. En las ventanas y terrazas, así como en las aceras, la vegetación roza lo exuberante: predominan los narcisos, esa flor amarilla y tan inglesa, pese a ser este un vecindario alemán (Wordsworth la cantó en su célebre poema “I Wandered Alone as a Cloud”: “... my heart with pleasure fills, / And dances with the daffodils” [Vagaba como una nube solitaria: ... mi corazón se hinche de placer / y baila con los narcisos]) y las hortensias, grandes pomos blancos en matas de un verde voraz. Ambas, y muchas otras que pintan de colores el aire, lo impregnan también de un aroma acariciante y manso, que saboreamos mientras recorremos las calles, casi vacías. Mezclado con él, reconocemos el olor a carne asada —sería coherente que fuese de salchichas— que sale de algunas casas: la gente está preparando la cena, que es la comida importante en los Estados Unidos, aunque se hace a nuestra hora de la merienda. Pero esta fragancia, si bien le da color local, también enturbia de prosaísmo el lugar, y preferimos ignorarla. Amparados en la espesa vegetación del barrio, abundan asimismo los animales: vemos conejos en los jardines, que no huyen de nosotros cuando los avistamos: están acostumbrados a la presencia humana; y multitud de luciérnagas iluminan los setos y arriates: encienden apenas un segundo el abdomen y luego se apagan, sin dejar de volar. Una señora, en fin, pasea a un gato, atado a una correa, y nos sonríe al pasar (la señora, no el gato). Al minino, en cambio, no sabemos si contabilizarlo entre la fauna del lugar. Otra cosa que menudea son las banderas, y no solo las estadounidenses a la entrada de las casas (aunque aquí no hay tantas como en otras partes del país: quienes las cuelgan suelen ser republicanos, y este es un barrio, y una ciudad, demócrata), sino también las alemanas, las suizas, las británicas y hasta una ucraniana. Ondean, asimismo, muchas banderas arcoirisadas: en el German Village no hay locales de ambiente, pero sí una nutrida comunidad homosexual, otro rasgo del carácter liberal de la ciudad. En una de estas casas adornadas con una enseña lgtbiqa+ (el signo + ha venido a poner fin, alabado sea el Hacedor, a la fonéticamente atormentada prolongación del acrónimo) leemos: “Love always wins”, traducción al inglés del “Omnia vincit Amor” de la égloga X de las Bucólicas de Virgilio. Y en otra suscribimos en silencio, pero con íntimo entusiasmo, lo que dice el letrero que han colgado en una ventana, una frase de la juez del Tribunal Supremo Ruth Bader Ginsburg, la primera mujer judía en formar parte del alto Tribunal: “Dissent is patriotic” [disentir es patriótico]. Por las calles del German Village, algunas de las cuales conservan todavía nombres alemanes —Frankfort, Schiller, Kossuth, Jaeger—, vemos también muchos coches caros y una costumbre curiosa: Amazon y otras plataformas de comercio electrónico dejan los paquetes a la puerta de las casas si no hay nadie para recibirlos. Y allí pueden pasarse esos bultos todo el día, hasta que el dueño vuelva de trabajar, al alcance de cualquiera que les eche mano. Nadie parece tener miedo de que les roben las compras. Andando, andando, llegamos al restaurante Barcelona. Porque en el German Village hay un restaurante Barcelona, cuya fachada adornan seis banderas: la estadounidense, la española, la de Ohio, la de Barcelona, la de Columbus y la lgtbiqa+. Observo que la de Columbus, que incorpora los colores de la bandera española (y catalana), el rojo y el amarillo, además del blanco, incluye también un barco cuya vela mayor luce la cruz de Santiago y un gallardete, de nuevo, rojigualdo. Así pues, aquí no han eliminado los símbolos colombinos, y es de agradecer también, por rigor histórico, que los colores de la enseña no sean el rojo, el verde y el blanco, propios de la bandera italiana. Miramos la carta del Barcelona, con la vaga esperanza de que nos seduzca para comer, pero el resultado es el contrario: tienen ajoblanco, uno de mis platos favoritos, pero nos disuade que ofrezcan cuatro paellas distintas, todas con ingredientes tan estrafalarios como el chorizo o la morcilla. Los propietarios han caído en la tentación de reforzar el appeal hispano de la paella con algunos de los elementos que el norteamericano medio identifica singularmente con España, y puede que hayan logrado atraer a más público, pero lo que sin duda han conseguido ha sido ahuyentar a los españoles, aunque no vengan muchos por aquí. Seguimos nuestro paseo y llegamos a uno de los centros comunitarios del barrio: el Book Loft [Desván de Libros], la librería que ocupa un edificio anterior a la Guerra Civil en la calle principal, South Third Street, y que lleva en funcionamiento desde 1977. Es un monstruo (al que se accede, no obstante, por un muy tupido y agradable jardín): alberga 500.000 volúmenes (que aumenta a un millón en Navidad) en treinta y dos salas, dispuestas laberínticamente a lo largo de un entramado de angostos pasillos, en varios pisos. Renée y yo paseamos por la mayoría de las habitaciones, sorprendidos por la cantidad de libros y la estrechez de todo, y le dedicamos una atención especial a la poesía, pero no compramos nada. Si sigo llenándola de libros, no podré ni levantar del suelo la maleta con la que tengo que volver a España. Nuestra parada final es el parque Schiller, otro de los ejes del German Village, construido en 1867 y presidido, como su nombre hace prever, por una enorme estatua del poeta alemán, de casi ocho metros de altura y más de una tonelada de peso, forjada en Múnich y regalada a la ciudad de Columbus en 1891. El parque, y todo el barrio, vivieron unas décadas de prosperidad entre finales del siglo pasado y el estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero con este, y con el del sentimiento antialemán que propició, la comunidad se vino abajo. Se prohibió enseñar alemán en las escuelas, se cambió el nombre de las calles —el propio parque Schiller pasó a llamarse Parque Washington—, se hicieron autos de fe con los libros alemanes —algunos, a los mismos pies de la estatua del poeta que ahora contemplamos— y hasta se les arrebataron los perros de raza alemana a sus dueños, incluidos los simpáticos perros salchicha, y se los exterminó. Los cuerpos de los animales fueron arrojados a una fosa en el parque. A este explosión de furor nacionalista, que truncó el crecimiento del barrio, siguió la Ley Seca, que hirió de muerte a las destilerías y cervecerías fundadas por los alemanes, y, después, una nueva Guerra Mundial, con su correspondiente odio por lo germano. En este conflicto, se confiscaron los camiones y hasta las verjas de hierro de las casas para contribuir al esfuerzo de guerra. El German Village quedó prácticamente arrasado hasta que a principios de los sesenta empezó a recuperarse, gracias a la clarividencia de algunos inversores, como Frank Fetch, que se dieron cuenta del potencial que todavía atesoraba. La recuperación ha llegado hasta hoy mismo, como demuestra el hermosísimo parque Schiller por el que seguimos paseando. Atravesamos el Jardín de Grace, en cuyo centro se alza la Niña del Paraguas, que me recuerda, aunque esta sea mucha más joven, a la Dama del Paraguas de Barcelona. Antes, su lugar lo ocupaba una estatua de Hebe, la diosa griega de la juventud, pero algún desaprensivo la robó en los cincuenta (¿qué habrá hecho con ella? ¿Vendérsela a algún coleccionista? ¿Ponerla en el salón de casa?). Para sustituirla, se erigió en 1996 esta delicada figura, de las varillas de cuyo paraguas mana el agua que alimenta el estanque en el que se alza. Mientras estoy mirándola, un joven con aspecto de indigente, pero no demasiado, sentado en un banco y fumando, al lado de otro hobo moderado, en una silla de ruedas, me pregunta si jugaba al baloncesto en el instituto. Le respondo que sí, pero que era muy malo. Luego quiere saber cuánto mido —seis pies con tres, le traduzco—, si aún trabajo —“ya no, por suerte”— y si me han operado de las rodillas —“tampoco, también por suerte”— (aunque, cuando escribo esto, me ha aparecido un principio de artrosis en la izquierda; Renée me explicó que se ha vuelto muy normal en los Estados Unidos ponerse rodillas nuevas cuando se alcanza una cierta edad). El hombre se admira entonces de mi aspecto y mi aparente salud, y yo, que había eludido cuanto había podido la conversación, como siempre hago con los desconocidos que me abordan, me siento un poco avergonzado por sus halagos y por haberme mostrado tan indiferente. Me reúno de nuevo con Renée y continuamos nuestro paseo por el parque, que nos lleva a otro grupo escultórico, de remeros suspendidos en el aire, por encima de otra balsa, del artista polaco Jerzy Kedziora. Para llegar hasta allí, hemos de cruzar un puentecito junto al que pasa la tarde una bandada de ocas, algunas de las cuales picotean en la hierba. Son muchas y tienen polluelos. Parecen tranquilas, casi somnolientas, pero Renée acelera el paso: “Pueden ser muy antipáticas”. Tiene razón: en mi penúltima visita a Madrid, vi en el Jardín de Cecilio Rodríguez, en el Retiro, cómo uno de los muchos pavos reales que deambulaban por allí atacaba a un hombre por razones que solo él conocía (el pavo real, no el hombre). Y lo hacía con violencia faisánida, saltando con fuerza y apuntando, con mala intención, me pareció, a los huevos. El hombre, comprensiblemente alarmado, se defendió con un par de coces que disuadieron al galliforme de continuar con la acometida. Así que le hago caso a Renée y yo también acelero. Superada la intranquilidad que nos inspiraban las ocas, desembocamos en el anfiteatro del parque, donde el Teatro de Actores de Columbus representa gratuitamente, en los meses de verano, obras de Shakespeare. Ahora mismo están interpretando La fierecilla domada, con gran asistencia de público, que se trae la cesta de pícnic y cena en la hierba, o una silla plegable para ver cómodamente el espectáculo. Nosotros seguimos alguna escena (yo, con dificultad: siempre me ha resultado difícil entender el lenguaje shakespeariano), pero, cuando advertimos que la luz se desvanece, volvemos a casa. A Renée no le gusta conducir de noche, ni a mí tampoco. Los niños del puesto de limonadas ya se habrán recogido, pero, si no fuera así, les compraría con gusto un buen vaso.

miércoles, 24 de junio de 2026

Americaneando (3): El USS Cod

A diferencia de Jacinto Antón, yo no he subido nunca a un submarino (es curioso que se diga “subir a un submarino”, cuando el propósito de un submarino es siempre bajar). Lo hago por primera vez en Cleveland, en uno de cuyos muelles —Cleveland se encuentra a la orilla del Erie, uno de los Grandes Lagos, tan grande que parece un mar— lleva cincuenta años atracado el USS Cod, entre el Salón de la Fama del Rock & Roll y el aeropuerto de la ciudad. Antes de montarnos en el gigantesco ingenio —el USS Cod parece antes un buque de guerra que un sumergible: los submarinos estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial no tenían potencia para estar mucho tiempo sumergidos y pasaban mucho más en la superficie que debajo del agua; por eso también estaban fuertemente artillados en cubierta—, vemos una placa en honor de los 2.400 norteamericanos muertos en el ataque japonés a Pearl Harbor y una hélice dorada de cinco palas —muy parecida a las que usaba el USS Cod para propulsarse— en recuerdo de los 3.900 marinos que han muerto prestando servicios en los submarinos de la Marina estadounidense desde 1900. Los estadounidenses son muy de homenajear a sus muertos, y hacen muy bien, qué caramba, aunque no todas las guerras en las que han participado hayan sido justas, e incluso algunas, profundamente injustas. También hay un periscopio (por cuyos ojos, a los que turísticamente nos asomamos, no se ve nada) y un torpedo, adornado por uno de los símbolos del submarino, muy poco halagüeño por sus destinatarios: un torpedo atravesando una calavera. Se trata del proyectil más utilizado por los sumergibles estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Nos alegra saber que la cabeza del artefacto es de fogueo. Queda descartado así el peligro de que un niño desatendido le dé un balonazo y nos mande a todos a reunirnos con los hijos del Sol Naciente que descansan ya en el mar por obra de los que lanzara, hace ochenta años, el submarino que se despliega ante nosotros. Que, por cierto, fueron muchos. El USS Cod hundió, en los dos años de guerra en los que participó —había sido botado en 1943—, veintiséis buques japoneses, entre mercantes y barcos de guerra —uno de ellos, el orgulloso destructor Karukaya—, y dos sampanes tailandeses. Al final de la Guerra, y dado que la marina imperial había sufrido grandes pérdidas, los japoneses tuvieron que recurrir a las flotillas tailandesas —el reino de Siam fue la única nación asiática aliada del Trono del Crisantemo— y vietnamitas para aprovisionar a las islas del Pacífico que todavía estaban bajo su control. Tras el prólogo en tierra, montamos en el submarino, y lo primero que vemos es un operario trabajando en la cubierta y dos limpiadores abrillantándolo. El USS Cod es un enorme (y feroz) bacalao —eso significa su nombre— que aún está vivo. Se salvó del desguace en 1976, y aquí sigue, para deleite de curiosos y turistas. Pero requiere un mantenimiento constante. Los hombres trabajan en su estructura con dedicación patriótica, y nosotros agradecemos su esfuerzo. También se monta, casi al mismo tiempo que nosotros, una familia oriental, con dos niños pequeños, que lo mira todo con sonriente curiosidad. Aunque no lo sabemos, suponemos que no son japoneses. Si lo fueran, nos parecería desagradablemente morboso. En la cubierta, destaca un cañón 7-Tom de cinco pulgadas donde cumplo uno de mis sueños de infancia: sentarme en uno de sus taburetes metálicos —aunque lo de sentarme es más una intención que una realidad, porque apenas quepo en él, y lo de taburete es una solución léxica mía de urgencia: seguro que el aparejo tiene un nombre preciso que yo, en mi infinita ignorancia, desconozco— y hacer girar las ruedas que orientaban la torreta al blanco. El mecanismo todavía funciona, aunque, por más que le doy al disparador, no dispara nada. Es decepcionante. En la cubierta hay más armas: dos cañones antiaéreos a los que no se puede acceder y que apuntan todavía al cielo, como si aún esperaran que apareciesen entre las nubes los temibles zeros nipones o los aún más escalofriantes kamikazes. Entramos por fin en el submarino. Renée ha de vencer para ello cierta claustrofobia, y yo, las dificultades que me plantea la pequeñez de todo. El USS es muy grande, pero el espacio interior resulta exiguo, sobre todo para alguien de mis dimensiones: subir y bajar por unas escalerillas estrechísimas y pasar por unas puertas que parecen hechas para hobbits, me obliga a contorsiones  casi circenses. A lo que he de sumar los problemas de mi rodilla izquierda, en la que ha aparecido, regalo de la edad, un osteofito, esto es, un cuerno óseo, que se me clava en el tendón rotuliano y me hace daño. Así pues, la visita al USS Cod también es un desafío físico. La primera sala que vemos es la de torpedos. Hay una en cada extremo del submarino, con seis tubos lanzatorpedos la delantera y cuatro la trasera. Lo más sorprendente del lugar es que encima de los tubos, y en los múltiples rincones, se disponen literas: contamos quince. Había que aprovechar el espacio al máximo para acomodar a los hasta noventa y nueve marinos que viajaban en el sumergible, y cualquier agujero era bueno para embutir a uno. Pero es que, además, la tripulación prefería dormir aquí a hacerlo en los dormitorios propiamente dichos: esta parte era más fresca y silenciosa. En la sala hay un retrete y, fuera, una ducha y la cocina. Pese a la cortedad de los medios con los que se contaba en un submarino, la marinería de esta arma, compuesta por voluntarios, era la que mejor comía de toda la US Navy, además de cobrar un 50% más de sueldo y disfrutar de permisos más largos: premios con los que se compensaba el sufrimiento de permanecer semanas embarcado en un cacharro asfixiante, viviendo en miniatura, lejos de todo y permanentemente amenazado por las cargas de profundidad de los barcos y las bombas de los aviones enemigos. En el comedor del aparato encontramos hasta una máquina de helados, aunque el insólito aparato debía de consolar poco a los marinos: debajo de las mesas se almacenaba la munición del submarino. Tampoco nos los imaginamos lamiendo un cucurucho en un zafarrancho de combate o mientras se manipulan los explosivos del batiscafo. La visita continúa en la sección de oficiales, con cabinas para tres y su propio comedor, minúsculo; en la habitación del capitán, que es, en rigor, un zulo, pero que, comparada con las demás dependencias del barco, parece una suite del Hilton; en la oficina, porque la burocracia está en todas partes y también aquí, en la que advertimos una caja fuerte y hasta una pequeña biblioteca, entre cuyos ejemplares distingo un libro de Robert Penn Waren, el celebrado autor de Todos los hombres del rey; y en la sala de control y de comunicaciones, desde la que se dirigía el buque, iluminada por una luz roja moderadamente tenebrosa (o prostibularia). Desde allí se sube al centro de ataque, en un nivel superior —desde el que se manejan los dos periscopios del submarino—, pero al que no se permite acceder a los visitantes: nos limitamos a entreverlo por una angosta puerta. Desfilamos después por las más técnicas y escabrosas salas de motores y de maniobras, aunque siempre acompañados por la música hawaiana que se supone escuchaban los embarcados en los años 40 y con la que ahora los responsables del barco amenizan nuestra visita. La ventilación de todos estos lugares se confiaba, solo podía confiarse a unos omnipresentes ventiladores, que luchaban contra el calor pegajoso que generaban los motores (cuatro, diésel, de 1.600 caballos de potencia cada uno, más cuatro generadores eléctricos de 1.100 kilovatios), el hermetismo y las pieles. En otro toilet del submarino (da escalofríos pensar en lo que suponía que casi cien hombres solo dispusieran, durante semanas, de dos letrinas) vemos que, junto al inodoro —llamémosle así—, hay algunos ejemplares de la revista Life para hacer más llevadera la deposición, al igual que en el comedor hemos visto algunos calendarios con pin-ups de la época. Lo entendemos: se trataba de que los marinos se sintieran como en casa. El recorrido acaba en la sala de torpedos trasera, donde se produjo la única desgracia del USS Cod en toda la guerra. Si bien fue atacado en varias ocasiones con cargas de profundidad, solo sufrió daños materiales (los marinos se quedaban entonces con trozos del metal fracturado por las cargas como suvenir). Pero en abril de 1945, cuando la guerra estaba muy cerca de terminar, se produjo aquí un incendio, durante cuya extinción dos hombres cayeron al agua. Uno fue recuperado, pero el otro, Andrew G. Johnson, se perdió en el mar. Fue la única víctima del conflicto, y en el submarino se le homenajea con una gran fotografía y el relato de su sacrificio. También coincidiendo con el fin del conflicto se produjo la mayor hazaña del USS Cod, si descontamos el hundimiento del Karukaya. Consistió en rescatar a los cincuenta y cinco tripulantes del submarino holandés O-19, que había encallado en un arrecife en aguas enemigas, y devolverlos a todos, sanos y salvos, a tierra. Tardaron tres días en hacerlo, durante los cuales hubo 152 marineros a bordo del USS Cod. No nos imaginamos a tanta gente compartiendo este espacio. Ni usando solo dos baños. El rescate de los holandeses explica que en el muelle hayamos visto una bandera holandesa; que en el interior del buque cuelgue una foto de la reina entonces de los Países Bajos, Guillermina; y que, en fin, en el escudo del submarino, impreso en el casco, figure una copa de martini, con la que se recuerda el fiestón que les dieron los holandeses a los americanos para agradecerles seguir vivos, durante el cual, por cierto, les llegó a todos la noticia, tras los hongos apocalípticos de Hiroshima y Nagasaki, de la rendición del Japón. Cuando Renée y yo salimos de nuevo al exterior, nos vivifica la luminosa brisa del lago Erie. Pero, aunque no hubiera soplado una sola ráfaga de viento, nos habríamos sentido igualmente reanimados. La vida bajo el agua no está hecha para los seres humanos.

miércoles, 17 de junio de 2026

Americaneando (2): la casa natal de Walt Whitman

Cumplo hoy un sueño de muchos años: conocer la casa donde nació Walt Whitman. En mis últimas estancias en Nueva York, siempre he querido hacerlo, pero nunca me ha sido posible, por una razón u otra. Ha contribuido no poco a ello que esté lejos de Manhattan. Se encuentra en West Hills, un pueblo perteneciente al municipio de Huntington, en Long Island, a casi ochenta quilómetros de donde nos alojamos, en el Bronx. Aunque Nueva York fue la ciudad en la que vivió buena parte de su vida, de la que estuvo enamorado siempre y a la que hizo protagonista de muchos de los poemas de Hojas de hierba, Whitman ni nació ni murió en ella. Para llegar a la casa, hemos decidido alquilar un Uber. Ir hasta Huntington en transporte público constituye una aventura épica, casi tanto como el propio Hojas de hierba: se necesitan varias horas y varios viajes en metro y autobús para llegar. Lo conduce una mujer silenciosa, que apenas pronuncia unas palabras, cuando subimos al coche, para recordarnos que debemos abrocharnos el cinturón. Luego cae en un mutismo absoluto. En varios puntos del interior del vehículo hay adhesivos que nos informan de que in car camera recording, esto es, que nos están grabando. Tanto Renée como yo dudamos de que sea legal, pero no protestamos. Ambos sabemos que no vamos a cometer ningún desaguisado, así que aceptamos las reglas establecidas por la mujer y nos dedicamos, también en silencio, a contemplar el paisaje de Long Island, empezando por el skyline de la Gran Manzana (aborrezco este nombre, que me suena a lema turístico, pero voy a utilizarlo, por mor del estilo, para no repetir demasiado "Nueva York"), que aparece, cuando cruzamos el Throgs Nest Bridge —el más moderno puente sobre el río Este, que conecta el Bronx con el noroeste de Queens—, como unos espectaculares dientes de sierra, de un gris brillante, pero también nebuloso. Luego nos sumimos en el previsible tráfico de la isla —Long Island está permanentemente atravesado por cientos de miles de coches que circulan en ambas direcciones— hasta que nuestra conductora afásica nos deja, cuarenta y cinco minutos más tarde, en la puerta del Walt Whitman Birthplace. State Historic Site. Interpretative Center, en una de cuyas fachadas luce este verso del poeta: "Stop this day and night with me and you shall possess the origin of all poems..." (Detén este día y esta noche conmigo y poseerás el origen de todos los poemas). Nos recibe al entrar uno de los dos empleados que atienden a los visitantes, una sonriente joven. Vemos en primer lugar una vitrina con una serie de monedas antiguas, entre ellas, destacada, una española, de dos reales, con la augusta aunque un poco desgastada cabeza de Carlos III. En tiempos de Whitman, nacido en 1819, todavía circulaban por el país monedas extranjeras con valor legal, una de las cuales era la española de dos reales. Aunque no fue esta la más importante para la economía estadounidense, sino el real de a ocho —el peso duro o peso español—, que los británicos llamaban el Spanish dollar y que llegó a ser, entre 1785 y 1792, la moneda oficial del país. Incluso tras la creación del dólar, el real de a ocho siguió circulando legalmente hasta 1857, cuando Whitman tenía ya treinta y ocho años. En el centro de interpretación se despliega después una extensa exposición sobre los principales hechos de la vida de Whitman, aunque no tanto sobre su poesía y, en general, su obra, que también incluye la prosa literaria y los artículos periodísticos; de hecho, eso es lo que fue toda su vida, aun después de su consagración como poeta: periodista. (Lo que le habría fastidiado mucho a otro gran poeta, Luis Cernuda, que, cuando quería insultar a alguien, le gritaba: "¡Periodista!"). La chica que nos acompaña hace mucho hincapié en los aspectos, digamos, menos convencionales de la biografía de Whitman. Por ejemplo, que era gay. Es algo sabido desde hace mucho (de hecho, desde que Hojas de hierba se publicó en 1855: las alusiones homoeróticas escandalizaron a muchos de sus contemporáneos, que eran decimonónicos, pero no tontos), pero hasta hace relativamente poco aún se disimulaba bajo alguna duda o inseguridad: "No está totalmente acreditado, pero parece ser que..."; o bien "muy probablemente lo era, aunque no está del todo claro..."; cosas así. Nuestra acompañante lo da por sentado, lo que cuadra con la información que nos ofrecen las cartelas de la exposición, que subrayan esa condición homosexual. En algún lugar del recinto luce también una banderita LGTBI. Y, en otro, nuestra acompañante nos enseña la que ella llama "foto de matrimonio", una, bien conocida, en la que Whitman y Peter Doyle, frente a frente, se miran como dos cónyuges enamorados. Doyle fue uno de los muchos amantes de Whitman, quizá con el que mantuvo una relación más intensa y dilatada, aunque las diferencias entre ambos fuesen notables: en 1865, cuando se conocieron, el poeta era ya un escritor reputado, pero Doyle, un veterano de la Confederación (de cuyo ejército, no obstante, había acabado desertando), era casi analfabeto y conductor de tranvía. En el tranvía se conocieron una noche de tormenta: Walt, envuelto en una manta, se subió al que conducía Peter y este, que lo vio solo y aterido (no había nadie más en el vagón) decidió entrar y darle calor. "Nos sentimos cómodos al instante", dejó dicho Doyle años más tarde; "le puse la mano en la rodilla; nos entendimos. No se bajó al final del viaje; de ​​hecho, regresó conmigo. (...) Desde entonces fuimos los mejores amigos...". Nuestra cordial acompañante subraya también otra foto, de entre las muchas que se exponen aquí (Whitman fue el primer autor realmente consciente de la importancia de la publicidad para la difusión y conocimiento de la obra literaria, y un hacha llevándola a cabo): esa en la que el poeta, ya mayor, adornado de una profusa barba blanca, mira a una mariposa que se le ha posado en la mano, como si fuese la reencarnación de Orfeo, aquel a cuyos labios dulcísimos acudían las abejas y que amansaba a las fieras con su música. Tras la muerte de Walt, se descubrió entre sus cosas la mariposa recortada de cartón y coloreada que se había atado al dedo para hacer la foto. Releva a la joven el segundo empleado del centro, encargado de guiarnos por la casa de Whitman. Pero antes nos da a escuchar la que se cree es la única grabación de la voz de Whitman, leyendo uno de los poemas de Hojas de hierba, uno muy breve, titulado "América". Yo ya lo he escuchado muchas veces: consta en el archivo sonoro de los Whitman Archives, donde se conserva todo el material conocido de y sobre la vida y obra de Whitman, y permite conocer la voz grave y la recitación ampulosa, característica de la época, del gran bardo. Edison, el inventor del fonógrafo, realizó la grabación. La primera vez que oí a Whitman, sentí como si Jesucristo se me hubiera aparecido. A mi pregunta de si se está seguro de que se trate de la voz de Whitman, que le hago aun sabiendo la respuesta, el joven responde que no al cien por cien, pero sí al noventa y pico por cien. Los expertos que han analizado el registro detectan en la dicción del poeta rasgos fonológicos de la Nueva York de mediados del siglo XIX y, por otra parte, añade, es razonable pensar que, si no fuese Whitman el que recitara, el poema elegido habría sido otro, más conocido, más importante, no este "América" breve y más que secundario en su obra, cuya uso se explicaría por tratarse la grabación de una prueba, de un experimento con algo recién creado, que Edison hacía recorriendo el país y entrevistando a sus figuras políticas y literarias más destacadas. Cruzamos luego la breve extensión de hierba que nos separa de la casa de Whitman. Tardamos poco en hacerlo, aunque lo suficiente para que el guía descubra que soy español y se nos revele como un verdadero amante de las palabras y de su etimología. Por ejemplo, nos confiesa lo hilarante que le resulta que España signifique originalmente "tierra de conejos" y parece por completo indiferente a la posibilidad de que a mí esto no me parezca cómico. Entramos por fin en la casa del poeta, construida por su padre, y en la que Whitman vivió los primeros cuatro años de su vida. Luego la familia, siempre acuciada por los problemas económicos derivados de las decisiones equivocadas de su padre, que no era precisamente un lince de los negocios, se trasladó a Brooklyn, donde pasó el resto de su infancia y su primera juventud. La casa, a cuyo lado hay un cobertizo, es de madera rojiza y, aunque está muy restaurada, conserva la estructura, la distribución y bastantes elementos constructivos originales. El suelo y los muebles, no obstante, no lo son, aunque los segundos sí corresponden a la época en la que Whitman vivió aquí. Las habitaciones son pequeñas, aunque luminosas. Me emociona ver el cuarto en el que naciera el poeta y las camas en las que pudo haber dormido. El guía nos explica que los somieres eran entonces de cuerdas entrelazadas y que, para que le sostuvieran mejor a uno y, por lo tanto, durmiera mejor, había que tensarlas con una suerte de torniquete, y que de ahí viene la singular expresión en inglés "to sleep tight", que debe traducirse por "que duermas bien", pero que literalmente significa "dormir apretado/ajustado". El joven nos demuestra, una vez más, su pasión por las palabras. Y no será la última, porque en otro dormitorio de la casa nos enseña un orinal y nos cuenta que el singular aparato lo inventó en 1870 un artesano inglés llamado Thomas Crapper, cuyo apellido significa "cagador", "que caga". En realidad, el orinal se remonta a la antigua Grecia —se han encontrado algunos del siglo VI a. C.— y en España existen desde la Edad Media, como mínimo; yo he llegado a utilizarlos. A lo que se refiere el joven es al inodoro sanitario, con descarga, que sí fue creación de Crapper, un fontanero avispado que hizo del hallazgo un negocio. Nuestro vehemente etimólogo aficionado y algo errático nos señala entonces un brasero y nos pregunta si sabemos para qué servía. Yo le respondo que lo sé muy bien desde que, de niño, veía utilizar a mi abuela uno muy parecido para calentar la cama, lo que parece causarle alguna decepción. Acabado el tour, nos hacemos unas fotos junto a una estatua del poeta, de tamaño natural, que se encuentra en el patio, con una inscripción a los pies en la que se leen unas palabras del lider budista japonés Daisaku Ikeda: "Whitman, my sun. Light my way. Shine on forever" (Whitman, sol mío. Ilumina mi camino. Brilla para siempre), y en la que Walt aparece con la mano alzada (aunque sin mariposa), sombrero, bastón y leontina, y volvemos al centro de interpretación, donde conocemos a la curadora del lugar, una señora mayor y diríase que cansada, o quizá enferma, que nos permite acceder a una sala no visitable en la que se celebran reuniones y se conserva la biblioteca del centro. Yo espero encontrar miles de volúmenes sobre Whitman, pero solo damos con una vitrina no muy grande y algunos estantes, asimismo exiguos, con un par de centenares de libros y revistas. La señora nos abre reverencialmente la vitrina, donde se conservan los ejemplares más valiosos. Veo que muchos de esos volúmenes que suscitan la admiración de la curadora no tienen demasiada enjundia. Distingo, por ejemplo, una antología poética de Santos Chocano, el poeta peruano que quiso ser (sin conseguirlo) el Whitman del Sur, en Austral, que, bajo la atenta mirada de la dama, me siento en la obligación de manejar como si fuese un palimpsesto egipcio, y también hojeo la primera edición de la que ha sido durante muchos años la traducción de referencia de Hojas de hierba, la del musicólogo ecuatoriano Francisco Alexander, de 1953. La joven que nos ha enseñado el centro, y que monta guardia junto a la vitrina, nos informa de que no tienen ningún ejemplar de la primera edición de Hojas de hierba ni apenas objetos personales de Whitman, aunque sí la Biblia de la familia, anotada. Pero no se expone al público, por razones que no aclara. También se encuentra en la vitrina, junto a los libros, un tintero ceremonial del poeta. Y yo, siempre que veo un objeto que haya pertenecido a un autor admirado, veo sus dedos tocándolo, o sosteniendo la pluma que mojara en él: la piel viva, regada por sangre verdadera, que diera existencia a aquellas cosas hoy muertas. Nuestra última parada es la tienda del cento, que, como la biblioteca, no parece muy surtida de género. Veo varios títulos que tratan de la homosexualidad de Whitman o de su época (o de la actual). Cuando Renée le pregunta al guía, que ahora se ocupa de la recepción, si son gratis unos puntos de libro que se apilan entre los libros, nos responde que cuestan dos dólares. No nos llevamos ninguno.

viernes, 12 de junio de 2026

Americaneando (1): la Colección Frick de Nueva York

Nuestra primera visita en Nueva York será la Colección Frick, un museo de Manhattan que no solo no había visitado en ninguna de mi media docena de visitas anteriores a la ciudad, sino del que ni siquiera había oído hablar, pese a haberse creado en 1935 y albergar las más de 1.500 piezas de la colección privada del industrial Henry Clay Frick, uno de los muchos millonarios estadounidenses que invirtieron su fortuna en obras de arte: Frick era un freak de la pintura, la escultura y, en general, las artes decorativas. Esta constatación —la de mi infinita ignorancia— me llena de melancolía. Me consuela poco que el taxista que nos lleva, un dominicano que atiende por Freddy, tampoco sepa nada del lugar y responda, entre uno y otro de los bocinazos que pega, con un asombrado "¿dónde?" cuando le pedimos que nos lleve a la Colección Frick. Si Renée y yo hemos decidido conocerla, ha sido porque, hace un par de meses, al saber de mi planeado viaje a Nueva York, mi amigo, el escritor cubano afincado en Barcelona Ernesto Hernández Busto, me recomendó no perdérmela. Según él, es el mejor museo de la ciudad, tras los inevitables Museo Metropolitano de Arte (el Met) y el Museo de Arte Moderno (el MOMA, que algunas malas lenguas, que no están de acuerdo con que sea "moderno", llaman el MOMIA). Y como yo tengo en mucho el buen gusto y el refinamiento estético de Ernesto, hemos seguido su consejo. Y aquí estamos, a la entrada de la mansión beaux arts que alberga la Frick, en la calle 70 Este, tras un viaje extenuante (el tráfico en Nueva York es siempre infernal) y carísimo (75 dólares), y bajo un sol igualmente extenuante, impropio de principios de junio, haciendo una cola larguísima y no menos extenuante. Cuando entramos por fin, estamos extenuados. Y aún no hemos visto nada. Ya en el interior, nos recibe el Garden Court, un elegante patio, de aire neoclásico, con columnas jónicas y estatuillas alrededor del estanque central —un David atribuido a Giovanni di Stefano, una nereida de Stoldo Lorenzi...—, dominado por el ruido y el frescor del agua, empapada, a su vez, de la luz que regala la gigantesca claraboya del techo. Este es el único lugar del museo donde se puede hacer fotos, de modo que, aunque ni Renée ni yo seamos apasionados de la cámara, no perdemos la oportunidad de inmortalizar nuestra presencia. En la Sala Oval, una de las más destacadas del museo, a la que se accede desde el Garden Court, sufrimos el primer deslumbramiento, aunque, en realidad, no será el primero, sino el único, porque perdurará hasta el final de la visita. Vemos unos Whistler para empezar e inmediatamente a continuación una serie extraordinaria compuesta por un Felipe IV de Velázquez (el llamado "Felipe de Fraga", porque fue en esta villa oscense donde lo pintó); La fragua y Don Pedro, duque de Osuma, de Goya; un Autorretrato de Rembrandt, el más famoso de todos los que se hizo; Dama con criada y carta, de Vermeer (considerando que solo existen treinta y cuatro Vermeers documentados en el mundo, que un museo tenga uno solo de ellos es ya un privilegio; y la Frick posee tres, como comprobaremos luego); y varios Turner, uno de mis pintores favoritos: Colonia, la llegada de un barco de pasajeros al atardecer y El puerto de Dieppe, manchados de nubes, como de costumbre, y de tonos que cubren todo el espectro del ocre, desde el amarillo atabacado hasta el madera, en una muy inglesa combinación de detalle y borrosidad. Y todo ello, en una constelación de pintores que incluye a Jacob van Ruisdael, Frans Hals, Anton van Dick y Veronés (en cuyo Sabiduría y fuerza, a la Sabiduría le asoma una teta y la Fuerza es Hércules, que parece trastabillar), entre muchos otros primeros espadas de la pintura europea de los siglos áureos. Entre el público que contempla los cuadros, distingo —no es difícil hacerlo— a un hombre alto y trajeado que luce, no sin orgullo, un sombrero de paja que recuerda a un sombrero cordobés. También oímos a un vigilante de sala minusválido y negro, en una silla de ruedas elevada, con un aire a Pablo Echenique, que no deja de decir: "No photos, please!". Esa frase, "no photos, please!", nos acompaña durante el recorrido por la sala, como las campanadas de un reloj. En la Biblioteca, vuelvo a encontrar a mi admirado Turner con Amberes. Van Goyen buscando un tema, plagado de espumas y blancos, Mortlake Terrace. Mañana de principios de verano, con un río y una mansión, y Barcos de pesca entrando en el puerto de Calais, con un paisaje inestable, casi torturado, y a otros grandes ingleses del XVIII y principios del XIX, a los que tanto frecuenté en los museos de Londres: Hogarth, Reynolds, Constable (con el fantástico La catedral de Salisbury y, en otra sala del museo, unos estupendos Estudios de nubes: las nubes, protagonistas de la vida inglesa, lo son también de su pintura), Gainsborough y Thomas Lawrence, estos útimos autores de magníficos retratos, como el de Julia. Lady Peel, de Lawrence, de una tersura y una viveza sobrenaturales. La pintura española, por la que siempre me preocupo, patrióticamente, cuando visito museos extranjeros, está muy bien representada: además del Velázquez y los Goyas de la Sala Oval, continúo encontrando al maestro aragonés en las demás salas (admiro sus elegantes María Martínez de Puga Eugenio Eulalio Palafox y Portocarrero, conde de Teba, en el que la luminosidad de los rostros contrasta vigorosamente con la negrura del vestido de la primera y del uniforme del segundo; la cartela del primer cuadro se limita a titularlo "Portrait of a Lady" y encierra entre signos de interrogación el nombre de la retratada, y la del segundo omite por entero el nombre del personaje, sustituyéndolo por un anodino "An Officer") y, sobre todo, a El Greco, representado por San Jerónimo, que viste un anacrónico hábito cardenalicio y cuyas luengas barbas blancas maravillan; por el Retrato de Vincenzo Anastagi, un caballero de la Orden de Malta que se fajó para defender la muy católica isla de los turcos y que luce una armadura tan reflectante que parece eléctrica y unos aparatosos calzones verdes representativos de su dignidad; y por La purificación del templo, un cuadro de formato pequeño, pero de colores muy vivos, en el que sobresale el minucioso trabajo del pintor con el volumen y la torsión de los músculos y las arrugas de los vistosos ropajes de los personajes. Me agrada también encontrar en un vestíbulo, junto a dos Vermeers más (Militar y muchacha riendo y La lección de música interrumpida: dos nuevos ejemplos de la pintura de interiores, delicada y penumbrosa, entregada a los asuntos domésticos y las cosas cercanas), un Autorretrato de Murillo, de 1650, en el que luce un rostro despejado, un bigote fino, una melena de estrella del rock, golilla y la ropa negra propia de los caballeros de la época, y donde el pintor, curiosamente, hizo constar una fecha de nacimiento equivocada: 1618 en lugar de 1617. Contempla el cuadro un grupo de rusos, aleccionados por una guía muy locuaz. También los franceses exhiben músculo en la Frick. Al final del Pórtico, admiramos una gran Diana cazadora, de Jean-Antoine Houdon, cuya singularidad radica en mostrarse completamente desnuda (uno de los propietarios decimonónicos de la escultura llegó a taparle con yeso los genitales), y llegamos después a la Sala Fragonard, en la que se muestran los once lienzos de la serie El progreso del amor que el francés pintó por encargo de Madame du Barry, una de las amantes de Luis XV. La dama, no obstante, rechazó la obra (¿por demasiado atrevida?) y Fragonard decidió conservarla y hasta ampliarla. Pero a mí el estilo rococó nunca me ha impresionado; me parece más bien una galantería pictórica, un virtuosismo entre pueril y evanescente. En la segunda planta de la Frick, a la que se accede por una monumental escalera de mármol, hay otra sala rococó, donde destacan, como era de esperar, Watteau y Boucher. Por suerte, cerca se despliegan los impresionistas: Manet (con un pintura española: La corrida de toros, centrada en los toreros: del toro solo se ven el lomo y los cuernos), Monet (con Vétheuil en invierno), Degas (con El ensayo) y Renoir (con El paseo), entre otros. Entre las demás obras, no dejamos de reparar en el San Juan Evangelista, de Piero della Francesca; el Sir Tomás Moro y el Tomás Cromwell, de Hans Holbein el Joven, el primero de los cuales luce un gigantesco collar de oro, emblema de sus servicios al rey Enrique VIII, ensartado en el mismo cuello que después sería cercenado por alta traición, por orden del segundo; los Tres soldados de Brueghel el Viejo: un trío de lansquenetes que tocan el tambor y la flauta y portan un estandarte; y el Pietro Aretino de Tiziano, retrato del autor de los Sonetos lujuriosos, hijo de zapatero y de puta, al que intentaron asesinar en plena calle los sicarios de un obispo que se sentía ultrajado por las sátiras de Aretino: no murió, pero perdió dos dedos de una mano. Tiziano, gran amigo del poeta, lo pintó en tres días.

viernes, 5 de junio de 2026

Elogio de la masturbación

Lo mejor de la masturbación es el final: los cariñitos.

WOODY ALLEN

«No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con la persona que más quieres», dijo también el sabio Woody Allen. Su reflexión es impecable. Un grafitero de lavabo, por su parte, formuló esta sutil observación: «Pelársela está bien, pero follando conoces gente». No obstante, esta máxima de urinario desatiende una realidad fundamental: masturbándote te conoces mucho mejor a ti mismo. Conoces tus ritmos, tus debilidades, tus preferencias, tus interrupciones. Y ese prodigioso instrumento que es la mano, con sus cinco magníficos (dedos), capaces de las mayores hazañas —desde el pellizco sabroso de la piel desesperadamente sensible a la presa propia de una trampa para osos—, descubre rincones amenos, cerros de placer y vaguadas de entusiasmo, pero también rincones grises y trechos indiferentes. (Madame la cinq, la llaman los franceses). Tras todos ellos, en todos ellos, está el yo solo, lleno de sí, que quiere anularse y quiere gritar, aunque ni siquiera profiera un gemido. En la acción ensimismada y jubilosa de la gayola, asoma no solo un glande o un clítoris felizmente desvelados, sino un rostro —el nuestro— que corre hacia su adentro, aunque estalle en el afuera. Onán nos permite abrazarnos sin otro, mitigarnos sin merma, despellejarnos sin dolor. Y ni se nos reblandecen los sesos (los sexos sí, pero después) ni nos quedamos ciegos; al contrario, ganamos una lucidez exasperada: todo lo distinguimos con singular clarividencia. Expulsamos lo que desconocemos, pese a haberlo visto —y a habernos manchado con ello— tantas veces. La masturbación nos ratifica en el asombro de sentir y en la gloria de derramarnos. Devolvemos al mundo el mismo zumo con el que hemos venido de la nada. La masturbación permite, además, que nos consolemos en cualquier circunstancia, en cualquier soledad. Nos rescata del tedio del trabajo, nos libra del deseo insatisfecho, nos resarce del abandono, o da rienda suelta a la fabulación inflamada pero improductiva: consuma el frenesí insuficiente. Apenas unas caricias —unos embates— y nos sosegamos. La masturbación se adapta a cualquier ambiente. Su hábitat verdadero está en nuestra mente. Es otro interruptor del cuerpo, el más silencioso, el que conduce al calambre más devastador. Masturbarnos despeja las incógnitas y aclara las ideas. Nos enriquece vaciándonos. Nos fortalece extenuándonos. Y preserva nuestra independencia: a nadie necesitamos para disfrutar de los placeres de la vida, que están en nosotros y solo nos angustian si no los ejercitamos. Pero la masturbación no es un acto solipsista: puede ser solidario y hasta abnegado. Masturbar a quien amamos (además de a nosotros mismos), o a quien no amamos, pero estimamos razonablemente, ensancha su naturaleza y sus méritos. Masturbar no supone entonces sustituir nada, sino, como en el mejor cristianismo, dar sin recibir, dar sin esperar nada siquiera, salvo el placer de procurar placer y la satisfacción del deber cumplido. Los dedos o la lengua —apéndice asimismo apto, y hasta preferible, para el quehacer inguinal— se revelan cerrajeros sutiles, que franquean con paciencia los candados más estrictos. Indagan, hurgan, promueven el temblor. Y, cuando sienten que llega, lo amplían, lo ponen cabeza abajo, lo convierten en marejada y se dejan arrastrar por ella, a la vez que continúan empujándola. La masturbación supone siempre un ejercicio rítmico: una forma en el tiempo. Se eleva desde la planicie, y remonta los riscos, y alcanza mesetas más empinadas, pero no se detiene en ellas, sino que persevera, como el alpinista en la pared, hasta que ataca la cima, entrecruzada de ayes y empujones y humedades. Y luego ayuda al descenso, con la misma vigorosa delicadeza con que ha favorecido el ascenso. La masturbación, propia o ajena, nos exonera del mal, y nos recuerda que el bien se asocia a la necesidad saciada, al ansia cumplida con honestidad y rigor.

domingo, 31 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (y 3)

Sant Cugat del Vallès, 19 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En todo texto, por más que se estructure cabalmente y desarrolle las ideas como Dios manda, los lectores encontramos algunos asertos, algunos sintagmas, algunas palabras, en las que el ojo —y la inteligencia— se detienen. Es como si sobresalieran de la página y tropezáramos con ellos, pero no para trompicarnos, sino para complacernos. En tu última carta, entre otras agudezas y hermosuras, mencionas ese «otro lado del espejo» al que han saltado los místicos, y en el que el yo ni está ni se le espera. Tengo para mí que al otro lado del espejo han saltado, además de, ciertamente, Juan de Yepes y Hafiz, Miguel de Molinos e Ibn Arabí, que lo hicieron con la irredenta esperanza de que su yo desapareciera de una vez por todas en el mar incandescente de la divinidad —aunque cada uno siguiendo sus propias inclinaciones: los castellanos, tras un abnegado tránsito nocturno; los islamitas, sublimando los placeres diurnos—, todos los que han buscado, los que seguimos buscando en la literatura y el arte la vía para transformar nuestro yo, tiránico e irremediablemente uno, en un nosotros ilimitado, en un todo orgiástico. Nada menos que Muhammad Alí, aquel boxeador guapísimo (y que lo seguía siendo al final de su carrera), que se definió a sí mismo como alguien que, al igual que la hierba crecía y los pájaros volaban, él pegaba a la gente, recitó este poema monóstico de su autoría para concluir una conferencia en la Universidad de Harvard: «Yo, nosotros». Al otro lado del espejo, está cuanto intuimos que existe, pero no vemos; cuanto queremos que exista, pero no sabemos alumbrar; cuanto deseamos ser, pero no somos ni seremos. Al otro lado del espejo, se encuentra nuestra ansia —nuestra necesidad— de sagrado, que no tiene que ver con dios alguno ni, Dios nos libre, con clérigo de ninguna laya: la voluntad de trascender esto breve, y tan a menudo miserable, que reunimos entre las paredes del cuerpo, con desconchones crecientes y grietas que ya no solo fracturan la superficie enjalbegada, sino nos dejan ver, a cada hora que pasa, paisajes incomprensibles y rostros sombríos. Al otro lado del espejo está lo que nos gustaría alcanzar mientras respiramos —mientras morimos—, pero que, dolorosamente, sabemos que es «lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio».

Pero, ay, Jesús, como ves, quizá empujado (suavemente) por ti —copiamos, copiamos, los escritores copiamos—, yo también me he puesto serio. Y las cosas hay que tomárselas en serio, pero no demasiado en serio. Mejor reír, sin duda. Aunque en la risa también hay mucha tristeza. Es, quizá, su reverso necesario. Y no hay que recurrir a casos tan visibles como el de los cómicos que se han quitado la vida —como Robin Williams, que aún me hace sonreír al recordar su inverosímil imitación de un perrito caliente en Mrs. Doubtfire— o se la han dejado perder —como Eugenio, que, con cincuenta y nueve años, dijo «me quiero morir» y al día siguiente se murió—, para percibir esa inquietante dualidad. Basta con que echemos una mirada a la oscuridad que la risa trocea. Con que veamos cómo se recompone.

Más y más abrazos.

Eduardo.

Barcelona, 20 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Hemos hablado mucho del “yo”, ese animal de compañía, esa sombra jungiana, ese montoncito de migas para las palomas, en estas cartas nuestras. El “yo”, que corretea por las palabras sin detenerse del todo en ninguna de ellas; aunque algunos, predadores y asesinos del sí-mismo, lo cazan mientras lo hace para adornar sus salones. El yo manso y violento, caprichoso y meditativo, locuaz y demudado, nuestro y ajeno, volátil y plúmbeo, etéreo y carnal. Este “yo” que, cuando mediatiza lo que somos y lo pone al servicio de un “ego” (parece redundante pero no lo es: el “ego” es la estatua o solidificación del “yo”), estropea, a mi entender, la vocación última que debe tener cualquier obra creativa: ponerse al servicio de un “nosotros”. 

Ese (te cito) “nosotros ilimitado” o “todo orgiástico”, da igual si lo connotamos de trascendencia o de sociología, de ultramundo o de política a pie de calle, crea un espacio propicio para las revelaciones, las epifanías, las metáforas, las ideas, los poemas, los mitos… Un espacio de ser que, al menos desde Heidegger, sabemos que no es necesariamente metafísico; o que no lo es en absoluto porque la metafísica nos ha robado, durante siglos y más siglos, la posibilidad de conocer a la hormiga que también somos, a la nube que se posa en nuestro cuerpo (y al cuerpo que acepta esa nube) cuando se asoma desde lo alto a él, al olivo y sus dialectos polvosos y gustativos. Un espacio compartido: un abrevadero para la comunidad, una aldea para el sentido común, un rizoma de conexiones secretas. Un espacio para la imaginación poética, pero también institucional (ahora me acuerdo de Cornelius Castoriadis y, más cerca, de Agustín García Calvo), que limpie el mundo de los mil y un cepos del egoísmo rancio, simplón y peligroso que lo impregna casi todo.

Pero, en efecto, como haces bien en recordar, sin la risa nada de eso sería posible. No cualquier risa, por supuesto, o no cualquier manera de provocarla, pero esto los dos lo tenemos tan claro que me vas a permitir que no lo desarrolle. La risa y su carácter subversivo, y perdón por el tópico. La risa como deflagración (sin víctimas) del intelecto. La risa como vinculadora o nudo (volvemos al principio) y como hacedora de mayorías felices. La risa, un atributo divino, si Blanchot tiene razón, que nos diviniza a quienes creemos en ella. Quizás la última fe no marchitada por la historia que nos queda, la aldea irreductible que aún resiste el asedio de los poderes. 

Ni tú ni yo, por desgracia, somos Astérix y Obélix. Ni siquiera Ideafix o Asurancetúrix, el perro y el bardo, respectivamente, del célebre cómic. Pero seguro que ambos hemos soñado alguna vez con ser raptados hacia una ficción donde ser poeta no se parezca tanto a pelar patatas en un cuartel abandonado. Ya ves, compañero, que termino intentando arrancarte una sonrisa, aunque me temo que solo he conseguido ponerle una nota melancólica final a este intercambio epistolar nuestro.

Un abrazo grande,

Jesús.

lunes, 25 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (2)

Sant Cugat del Vallès, 16 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En realidad, no soy yo el que dice lo de «viaje gallináceo»: es Josep Pla, citado por mi padre. Mi padre, que adoraba la boina, el caliqueño y la socarronería gerundense de Pla, siempre recurría a esa expresión cuando había de calificar una salida breve y aparatosa, que no dejaba en el aire más que un revuelo de plumas. Y yo la he tomado prestada de mi padre, que me sigue susurrando cosas al oído pese a llevar treinta y ocho años muerto, igual que él la tomó prestada de Pla. No soy, pues, original. Y no lo soy por partida doble: he copiado a mi padre, que copiaba a Pla. Ya sabes tú que los escritores no hacemos más que tomar prestado —o saquear— lo que otros han escrito. A veces me pregunto si alguna de las ideas que tengo, o que he tenido, proviene solo de mí, y prefiero no responderme. Tener una idea propia es tan raro como la floración de la Puya Raimondii: solo sucede cada cien años. Y algunos no tendrían una idea propia aunque los amenazaran con arrancarles las uñas con una varilla de bambú.

Tu imaginación estimula la mía. Y, aunque en la vida civil es poco probable que me sintiera atraído por una monja budista, y menos por una que montase en quad, acepto tu erótica fabulación y me veo sumido en un espléndido escarceo con la lama, aunque no en «granjas y galaxias», sino en los más modestos paisajes de la Sierra de Gata, allí donde la veía pasar, entre rugidos espasmódicos y derrapes antigravitatorios, y donde me imagino reviviendo con ella aquellos mismos rugidos y derrapes, pero ahora carnales, agrestes, muy poco tántricos. Y dejaré para otra carta lo que el nombre de la lama me sugiere que haga la lama.

Comparto tu voluntad de enredarme en la red de existencias que configuran este mundo, y el cosmos entero, y hacerme piedrauniverso, como tan bien atinas a sintetizar con ese neologismo que cumple el primer precepto de las metáforas maravillosas: unir lo más alejado, unir lo imposible de reconciliar. Esa fusión, deseada, perseguida y tantas veces frustrada, acalla el dolor constante de ser uno, de ser solo uno, de estar apartado de la unidad esencial, esa de la que intuimos que alguien o algo nos ha amputado, esa que había antes de que fuéramos nosotros, esa que, probablemente, solo sea una creación de nuestra conciencia, pero que sentimos poderosa como el árbol que ahora veo menearse al viento por el balcón del despacho en el que escribo, o como ese montón de objetos insignificantes, pero llenos de palpitación, que abarrotan tu mesa de trabajo. Lorca se preguntaba por qué un zapato ha de ser solo un zapato y no puede ser también un tenedor o una jirafa (me he inventado los términos, porque no recuerdo los que utilizaba Federico, pero tú me entiendes). Pues yo me pregunto, a cada instante, por qué no puedo ser el pájaro —una paloma— que se acaba de posar en el árbol —un plátano— que veo por el balcón del despacho, o por qué no puedo encarnarme en las personas que pasan por mi lado en la calle, cada una con su orejas, y sus tatuajes, y sus pensamientos girando como engranajes en la gran máquina del cerebro; o, contraria, paradójicamente, por qué no puedo dejar de ser yo.

Porque, es verdad, la religio de la que hablamos nos permite participar del todo, de esa armonía cósmica que han vislumbrado Hölderlin y Cardenal, Poe y Paz, pero también me hace dolorosamente consciente de lo que me separa del todo. Saber que he de envolverme en esa red en la que todo se une, no me exime de sentir la soledad de cada nudo. Y, a menudo, ese sentimiento se impone al deseo de elevación. Ahí me veo entonces, uno, solo, férreamente delimitado por unos límites corpóreos y temporales, desasido, a eones de distancia de cualquier cosa o ser cercanos —como si la lámpara de luz amarilla que me ilumina o la taza de metal de mi escritorio en la que meto los lápices fuesen Alpha Centauri, la estrella más próxima a la Tierra, a 4,4 millones de años luz—, un nudo más, e infinitamente insignificante, en el tapiz inacabable de realidades que pueblan el mundo. Releo lo que acabo de escribir (pero yo no releo) y me doy cuenta de que me ha salido sinuoso y existencial, cuando podría haberlo dicho de una forma mucho más sucinta: el yo es un latazo. Tú también lo afirmas al final de tu carta: la lectura te permite desaparecer, descansar de tu yo. Esa es, ciertamente, otra de las virtudes de la lectura: que nos exime, mientras dura, de ese que nos acompaña, que nos persigue, que se inmiscuye en todos los asuntos de nuestra vida, que nos asfixia con sus miedos y sus obsesiones, y que, lo peor de todo, nos dicta a quién debemos herir, qué hay que sacrificar, cómo hemos de morir. El yo es un lastre que nos impide escapar de nosotros. Ahora que lo pienso, quizá esta sea también una idea muy oriental.

Abracísimos.

Eduardo.

Barcelona, 18 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Ahora que me aclaras la procedencia de la expresión «vuelo gallináceo» (y qué hermoso homenaje a tu padre, por cierto, y de paso a Josep Pla), de repente me doy cuenta que buena parte de lo que se escribe y, peor, se publica, es solo eso: un traslado insignificante con mucho batir de plumas. Literatura gallinácea. Y la poética de lo gallináceo como máxima aspiración de tantos escritores y críticos capados para la altura, el horizonte y los esfuerzos migratorios. Pero mejor lo dejo aquí, que no está el berenjenal para que un servidor, poco nefelibato ya, ande picoteando por él a tontas y a locas.

Me ha conmovido una reflexión endecasilábica tuya: «sentir la soledad de cada nudo». Eso es: uno está religado (qué alivio) pero uno está, sobre todo, solo. Soledad que uno sufre más cuanto más fuerte sea esa conciencia de participación en la unidad. La soledad del que lleva luz (Nietzsche, Jung y Martí lo dijeron con palabras muy parecidas), la soledad del que porta una luz (un lucifer) que no le pertenece o de la que solo posee una ínfima parte alícuota.

La luz, el nudo: nos delimitan, nos cartografían, nos colocan, nos siluetean, nos hacen conscientes, nos contienen, nos visibilizan; pero también: nos sajan, nos estrangulan, nos señalan como dianas. Los místicos, que son anti-gordianos y anti-damoclianos por definición (cualquier místico sabe que las espadas de Alejandro Magno y de Damocles implicadas en sus respectivas historias son incapaces de herir porque están hechas de aire, de nada, de mente…), han resuelto o disuelto este dilema saltando al otro lado del espejo, es decir, al lugar donde el «yo» ni está ni se le espera.

Pero los que seguimos llevando a cuestas el «latazo del yo», de nuevo una expresión tuya tan acertada, padecemos, en ocasiones trágicamente, esa dualidad irresoluble, esa gigantesca separación, ese oxímoron metafísico. Cuando escribo, por muy juguetón que parezca en diversos textos míos, lo hago siempre zarandeado por esta tensión: querer poner en el lenguaje lo que no cabe en el lenguaje o, todavía peor, lo que al lenguaje no le compete aceptar como tarea suya. El lenguaje se ríe de nuestras limitaciones, y esa risa, que uno puede escuchar a poco que rasgue las palabras del mundo, es justo la prueba de que eso que nos anuda al tapiz (siendo «eso» y «tapiz» quizás sinónimos en este contexto) es lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio y así hasta el infinito. ¿Estoy invocando una trascendencia, una teodicea? No lo creo. Modestamente, y como mucho, una poética no gallinácea que aspire a ser comprehendida por lo inabarcable-inagotable de la piedrecita de mi primera carta y por el resto de humildes coexistentes del universo.

Me he puesto demasiado serio. Ay. Te pido excusas, Eduardo. Con la de carcajadas que tú yo nos sacamos de la chistera cuando estamos juntos, y lo bien que nos sienta a ambos (perdón si me atrevo a interpretarte) hacer añicos conceptos, situaciones, experiencias y expresiones para planchar rigideces, despeinar silogismos y poner patas arriba el mundo. Un abrazo grande,

Jesús.