Hoy cumplo un deseo largamente acariciado: visitar la ermita de San Antonio de la Florida, que atesora los —según dicen—espléndidos frescos de Goya. Viajo en metro hasta Príncipe Pío y llego al lugar dando un agradable paseo por el, valga la redundancia, paseo de la Florida. El templo es escueto —es una ermita, claro—, pero limpio y despejado: neoclásico. (¿Una ermita neoclásica no es un oxímoron?). Frente al edificio se alza una estatua moderna de Goya sedente, erigida en 1986. El pintor empuña la paleta y los pinceles como otros sostendrían un libro o un revólver. La ermita de San Antonio de la Florida, construida por orden del lamentable Carlos IV entre 1792 y 1798, según el diseño del inevitable arquitecto italiano, en este caso Felipe Fontana (que había llegado a España como escenógrafo de una compañía de ópera), es pulcra y recoleta, aunque también alta. En la puerta recibe al visitante un funcionario que le entrega el tique de entrada, pequeño como los antiguos billetes de autobús, y gratuito. Antes de pasar a la nave del templo, con planta de cruz griega, se encuentra la pila de agua bendita con grifo en la que cada 13 de junio se cumplía la tradición de que las mozas casaderas que desearan encontrar un buen novio, acudían a la ermita para que el santo, con reputación de casamentero, les augurase cuántos pretendientes tendrían ese año, algo que les hacía saber desde el ultramundo por medio de los alfileres que ellas mismas habían metido en la pila y que se les quedaban pegados, o no, a las manos: cada aguja en la palma era un novio. En el interior de la ermita lucen los frescos de Goya: en el ábside, la Adoración de la Trinidad, y, en la cúpula, el Milagro de San Antonio, otro hecho maravilloso en la vida del santo. Se conoce que el padre de Antonio, portugués, estaba siendo juzgado por asesinato en Portugal y todo parecía indicar que iba a ser condenado. El santo, enterado del hecho y sabedor, por inspiración divina, de que su progenitor era inocente, se traslada, asimismo por intervención del Altísimo, desde Italia, donde se encontraba, hasta Lisboa, y resucita al muerto el tiempo suficiente para que este declare que no había sido su padre quien le había dado matarile. Dicho lo cual, el muerto vuelve a morir. (Aquel anónimo fiambre es uno de los dos únicos casos conocidos en que un ser humano ha muerto dos veces: Lázaro y él; y me imagino su rabia al comprobar que san Antonio no aprovechaba la ocasión de haberlo revivido para revivirlo del todo y devolverlo en plenas facultades al mundo. Por otra parte, se ignora si el resucitado aprovechó el momento para declarar quién lo había asesinado realmente). Goya pintó alrededor del acto vencedor de la muerte de San Antonio a una multitud de madrileños —el milagro se reclama del siglo XIII, pero Goya lo vistió del XVIII— compuesta por majas, chisperos, mujeres, niños, caballeros y gente humilde, que contemplan admirados el hecho desde una barandilla fingida, a la que uno tiene también la sensación de asomarse desde el suelo de la ermita, como si la reivindicación de la inocencia de San Antonio lo involucrara asimismo a él. Muchos de los rostros de los personajes pintados en la cúpula me recuerdan a los Caprichos de Goya, entre grotescos y tenebrosos, con rasgos deformados y expresión vívida pero torcida, expectantes y, a la vez, un punto monstruosos. Paseo brevemente por la ermita —sus dimensiones no permiten un paseo largo—, procurando no golpearme la cabeza con la magnífica pero bajísima lámpara de bronce que cuelga del techo, disfrutando de las vistas de los capiteles corintios integrados en los muros y de los frescos que permiten los espejos sabiamente inclinados y dispuestos en el suelo, y admirando el hermoso Cristo crucificado —de marfil y carey, traído de las Filipinas— del altar mayor. Aunque quizá sea demasiado hermoso: la figura no aparece contraída ni doliente por el tormento al que está siendo sometido, sino espléndidamente musculosa y serena: parece un actor de cine. En la ermita también hay otro polo de interés: la tumba de Goya. El maestro aragonés murió en Burdeos, donde se había refugiado después de escapar de una España devuelta al absolutismo de Fernando VII y al clericalismo trentino, pero, casi un siglo después de su muerte, en 1919, sus restos y la lápida original bajo la que descansaban fueron traídos hasta esta ermita. Leo en la piedra que lo cubre: Hic jacet Franciscus á Goya et Lucientes, Hispaniensis peritissimus pictor... luminae vitae. Convengo en ello. Pero también disiento de algo. La lápida dice aetatis suae LXXXV, pero se trata de un error: Goya no murió a los ochenta y cinco años, sino a los ochenta y dos, como se desprende de las fechas que la propia inscripción hace constar: 1746-1828. La pifia se debe a quien redactó la inscripción: José Pío de Molina, amigo de Goya y antiguo alcalde de Madrid, que sabía mucho de latín, pero poco de matemáticas. En cualquier caso, no es la única imperfección de la sepultura. Al cuerpo que contiene, de Francisco de Goya, le falta la cabeza. Esto, claro, ya no he podido verlo.
Justo al lado de la ermita, está Casa Mingo, un establecimiento de mucha solera, fundado en 1888, el año de la publicación de Azul, de Rubén Darío, el pistoletazo de salida del modernismo hispano. Juan me ha recomendado este sitio, y yo, salvo en política, hago siempre caso de Juan. Así que entro y ocupo una de las pocas mesas individuales que aún están libres. Quiero pedir el pollo, que, según mi amigo, está para chuparse los dedos, pero lo sirven entero, lo que me resulta disuasorio. El camarero, provisto de la consuetudinaria pero cada vez menos frecuente pajarita negra sobre camisa blanca, y muy amable, me recomienda el chorizo a la sidra, cuya aspereza quiere suavizar con un toque de melancolía: me cuenta que su abuelo solía traerlo de niño a este lugar y que los dos se atizaban sendos chorizos; muchos años después, el camarero, que debe rondar la cincuentena, es el que los sirve y quien se emociona con el recuerdo de aquellos gustos atávicos. Se trata de una emoción comprensible: el embutido está sobrenatural. Pocas cosas saben mejor acompañadas de un vaso de vino.
Me llama la atención cuánta gente pasa silbando por la calle. En Barcelona casi nunca se oye silbar. Antes, era frecuente que los albañiles silbaran en la obra, mientras ponían ladrillos (o cuando pasaban algunas mujeres, pero este silbido era de otra naturaleza), o que los transportistas descargaran pesadas cajas de sus vehículos y, no obstante, silbaran también. El silbido era una muestra de satisfacción con el trabajo honrado que se realizaba y, en definitiva, de epicúrea conformidad con el mundo. Estos días, oyéndolo en esta ciudad, lo he echado de menos en la mía.
Vuelvo a casa. Bajo en la parada de Tetuán. La boca del metro por la que salgo da a la calle General Margallo. Se trata, supongo, del infortunado Juan García-Margallo y García, un extremeño que fue gobernador de Melilla y que, atrapado por los rifeños levantiscos, murió de un disparo en la cabeza en el Fuerte de Cabrerizas Altas. Pese a sus antecedentes africanos, la calle es una pequeña China. Aquí se concentran, junto con un puñado de establecimientos españoles, supermercados chinos, locales de gastronomía asiática, un almacén de productos filipinos y varios oriental markets. No veo todavía ningún centro de masajes. Parece más bien un pequeño hub de negocios alimentarios. García-Margallo se ha orientalizado. En la calle abunda la gente de ojos almendrados y las ricas, desconcertantes tonalidades del mandarín y el tagalo. Bien está.


