martes, 27 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (4): mi vecino Donald Trump

Nunca me había imaginado que pudiera pisar West Palm Beach, uno de esos lugares que uno ve por televisión como se ven las imágenes de Marte o de Júpiter captadas por algún satélite errabundo. Una ciudad de ricos, más aún, de millonarios, de estrellas de cine y televisión, de jubilados afanosos de sol y sosiego, de conservadores de toda laya que consideran a Biden un estalinista y a Donald Trump, un buen hombre y un presidente ejemplar. Pero aquí estoy, inverosímilmente, pisando West Palm Beach, rodeado de palmeras y urbanizaciones de lujo. Una de las primeras cosas que quiero hacer es, precisamente, ver Mar-a-Lago, la mansión de Trump, el vecino más famoso y anaranjado de la ciudad. En Mar-a-Lago escondió Orange Don los secretillos nucleares que había birlado de la Casa Blanca, durante su funesto mandato, para asegurarse una posición de fuerza —¡y qué fuerza!— en cualquier negociación con sus paisanos u otros interlocutores del mundo, como sus amigos Vladímir Putin o Kim Jong-un. Para recuperarlos, el FBI irrumpió en la mansión hace algunos meses, un registro que despertó el furor no solo del propio Trump, sino también, y más exacerbado todavía, de su espeluznante legión de seguidores (cuando uno piensa que Orange Don obtuvo 63 millones de votos contra Clinton y ¡74! contra Biden —lo que significa que su estimación subió entre los votantes—, a uno se le encoge el escroto), que clamaron contra la intolerable injerencia del Gobierno en la vida de un ciudadano honrado y un presidente modélico. El viejo principio de la igualdad de todos ante la ley, que en los Estados Unidos se proclama con fervor mítico (y místico), conoce en este país una excepción declarada: Donald Trump, que lleva décadas especulando, obteniendo beneficios ilícitos (y, a la vez, arruinando empresas), evadiendo impuestos, abusando de mujeres, mintiendo, calumniando y, en los últimos tiempos, hasta promoviendo un golpe de Estado, sin que haya pasado ni una noche en el cuartelillo. A un pobre negro que roba veinte dólares de una tienda, un tipo de noventa kilos con una estrella en el pecho le aplasta la cabeza contra un bordillo y le clava una rodilla en el cuello hasta matarlo, pero Orange Don no solo se va de rositas, sino de la floristería entera, por sus interminables fechorías. Curiosamente, Mar-a-Lago fue construido en 1927 por una rica heredera de la industria de los cereales para el desayuno con preocupaciones sociales —filántropos así reciben el nombre de socialites en los Estados Unidos—, Marjorie Merriweather Post (y aclaro que la que tenía preocupaciones sociales era la heredera, no los cereales para el desayuno), como lugar de descanso invernal para los presidentes norteamericanos. No obstante, ninguno quiso utilizarlo cuando la Sra. Merriweather murió, en 1973, y el palacio anduvo dando tumbos, jurídicamente, hasta que en 1985 lo compró el bueno de Donald, que llevaba desde los años 70 extendiendo sus tentáculos inmobiliarios por West Palm Beach. Al convertirse en 2017 en presidente de los Estados Unidos, cumplió a posteriori las disposiciones de la Sra. Merriweather y empezó a retirarse, aunque no solo en invierno, sino en cualquier época del año, a sus privilegiados muros. Mar-a-Lago ocupa 10.000 metros cuadrados, tiene 126 habitaciones (la página web del lugar no indica cuántas de esas habitaciones son baños), pista de tenis, campo de golf, dos piscinas olímpicas y un helipuerto. También tiene una gigantesca bandera americana ondeando en el jardín, que me recuerda, por sus dimensiones, a la mexicana de la plaza del Zócalo en el D. F o la española de la plaza de Colón en Madrid: enseñas desmesuradas que pregonan lo evidente. Mar-a-Lago fue construida en estilo español, signifique eso lo que signifique, aunque sin duda entronca con el hecho de que la Florida perteneciera a España durante casi trescientos años. Por lo pronto, se advierte una entrada de aire mexicano, profusión de palmeras y una gran fachada, de la que emerge un torreón rosa. Mi amiga Elaine, que me ha acogido en la ciudad, y yo pasamos por delante en coche y, pese a su gran tamaño, no podemos apreciarla bien. Me gustaría parar y tomar alguna foto sin prisas —por cierto fetichismo malsano, igual que fotografiaría la cueva de Alí Babá o, cuando tenga ocasión, porque allí voy a ir directo, las calderas de Pedro Botero—, pero un coche de policía situado en el centro de South Ocean Boulevard, donde se encuentra la mansión, nos obliga a continuar, en una versión contemporánea y más cinematográfica del clásico "¡circule, circule!" de nuestros entrañables grises (y tantas otras policías). Se conoce que no está bien que se tomen imágenes de una casa particular en la vía pública. Por cierto, que cuando ralentizamos el paso para captar la mansión, nos adelantan un vehículo de tres ruedas, pero velocísimo, parecido a un batmóvil, con una coruscante pareja de culturistas, hombre y mujer, dentro, y un Ferrari rojo, en cuya matrícula no hay números, sino solo la palabra "Amano" (conocí hace muchos años a un calígrafo japonés, pintor de haikus, que se llamaba, muy apropiadamente, así, pero no creo que sea el conductor de este cacharro). Mar-a-Lago puede ser una joya arquitectónica, pero a mí me parece un ejemplo de mal gusto, aunque seguramente mi impresión esté sesgada por la opinión que me merece su propietario. Si Mar-a-Lago fuera propiedad de Monica Bellucci, lo consideraría un dechado de belleza. Hoy por hoy, sin embargo, me recuerda más bien al estilo de Jesús Gil y Gil, aquel despechugado precursor de VOX que llenó la Costa del Sol de edificaciones bárbaras y arengas nauseabundas, como también ha hecho Donald Trump en la tierra de la libertad. Pasamos un par de veces por delante de Mar-a-Lago, pero Elaine me acerca también (quiere ahondar en mi repulsión por el personaje) a la iglesia episcopaliana donde Orange Don se casó en 2005 con la bellísima Melania (una extranjera a la que no quiere expulsar del país, de momento; ayuda que no sea mexicana), Bethesda by the Sea, construida en estilo neogótico en 1925, y que participa de la suntuosidad sin la cual Donald Trump no concibe la vida: el órgano Austin, por ejemplo, con el que los fieles multimillonarios sienten elevarse su alma a Dios, tiene 6.000 tubos. Volveremos a pasar, por la noche, por este modesto oratorio, y veremos la portada iluminada por luces turquesas, como un escenario navideño y tecno-pop. Alrededor de la iglesia, y en toda la isla de Palm Beach, se amontonan las mansiones y también algunos rascacielos: el hotel Breakers, por ejemplo, uno de los más lujosos de la zona. En el restaurante italiano donde comemos, se acumulan más monumentos, pero de otra índole. Casi todas las mujeres son barbies: rubísimas, bronceadas, siliconadas, con microfalda. Hasta las morenas parecen barbies. En la mesa contigua se sienta una de estas muñecas, pero octogenaria. También su pareja lo es. Él se ha implantado pelo, se ha estirado la cara más que un chicle y no ha dejado de ir al gimnasio en setenta años; ella está recauchutada por todas partes, en una salvaje batalla estética por alejar, o disimular, o destruir, los efectos del tiempo. Pero, aunque con tetas infladas como sandías, salchichas de frankfurt por labios, pómulos en altorrelieve, pestañas postizas, minifalda a la altura del ombligo y melenas esculpidas por algún peluquero de campanillas (aunque aquí en Palm Beach sería más apropiado decir de esquilones), sigue siendo vieja. De hecho, es más vieja que si no se hubiera operado hasta los dedos de los pies, igual que los calvos que se alfombran el cráneo con los pelos parietales, a lo Anasagasti, son más calvos que los calvos desinhibidos, porque su fallida cobertura vuelve más visible su carencia. El restaurante está lleno y hay un ruido infernal. Todo el mundo, rebosante de la felicidad que otorga la opulencia, habla alto y, además, son norteamericanos. Y los norteamericanos siempre hablan alto. Por si fuera poco, el camarero que nos ha tocado en suerte no deja de pasar por nuestra mesa y preguntarnos si todo va bien, si nos gustan los espaguetis, si queremos algo más, si nos sirve más vino, si vamos ya a pagar la cuenta. También nos informa, al cabo de un rato, de que cambia el turno y que, a partir de ahora, nos atenderá su compañera Sue, que, por desgracia, no demuestra menos facundia que él. Es imposible tener una conversación íntima con una supervisión tan encarnizada. Voy al baño y veo que los retretes han sido bautizados: uno es Gianni y el otro, Giancarlo. La pasión democrática de los estadounidenses por los nombres no tiene fin. Saludo a Gianni y paso un rato con él. Tras la comida, vamos a la playa de Palm Beach, una franja extensísima de arena tostada. Al dejar el coche, tenemos dudas sobre el horario de aparcamiento y problemas con el parquímetro, y una señora cruza la calle, motu proprio, para informarnos de que ella es vecina y de que podemos dejar el coche tranquilos: nunca hay policía por aquí a partir de las ocho de la tarde. Seguramente es millonaria, pero también muy amable: en los americanos, siempre hospitalarios, una cosa no está reñida con la otra. Nos situamos junto a la Torre del Reloj, un airoso monumento moderno, construido en 2010, aunque de aire antañón, de piedra blanca, situado a la entrada de Worth Avenue, la principal arteria comercial de la isla de Palm Beach. El agua está hirviendo y llena de algas. Elaine me explica que el agua tan caliente favorece la formación de tormentas, que aquí son devastadoras. (De hecho, ahora, cuando escribo estas líneas, un temporal amenaza la costa de la Florida, y Elaine ya lo está retirando todo del jardín y preparando las contraventanas anti huracanes que todo propietario responsable debe guardar en su casa). Ninguna, no obstante, perturba unas horas sosegadas, con poca gente en la playa y aún menos en el agua, en las que la luz se difumina hasta desaparecer entre nubes verticales y oscuras, que forman en el cielo edificios casi tan altos como los que jalonan el South Ocean Boulevard. Huele a trópico y a dinero. Pese a la cercanía maléfica de Orange Don, ha desaparecido toda inquietud. Me siento reconfortado por el mar enorme y el azul limpio que poco a poco se convierte en un negro adormecedor.

jueves, 22 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (3): La Casa de los Cisnes

La Casa de los Cisnes es Swan House, la espectacular mansión de un supermillonario americano, construida en 1928 e integrada hoy en el Atlanta History Center, un complejo cultural que reúne ese caserón, un museo, un centro de investigación, una granja de 1840, varias salas de exposiciones y múltiples jardines. En los Estados Unidos abundan estas suntuosas construcciones, supervivientes, a veces, de la Guerra Civil o testimonio, otras, del crecimiento y la predominancia de una clase financiera o industrial —a menudo, ambas— en el siglo XX. Swan House es obra de Edward y Emily Inman —que no eran hermanos, sino marido y mujer; las convenciones dictan (aún hoy, en esta época de feminismos) que la esposa pierda su apellido de soltera, legado de sus padres, y adquiera el del esposo—, a los que se les quemó la casa en que vivían antes y se pusieron en manos del prestigioso arquitecto Philip Trammell Shutze para que les construyera otra. Les costó una fortuna, pero mucho menor que la amasada por Edward con el negocio del algodón —que en el sur siempre ha reportado pingües beneficios—, la banca y los bienes raíces. Era un hombre con un sentido práctico muy acusado, y elegía sabiamente el objeto de sus inversiones. Al bueno de Edward, no obstante, no le dio tiempo a disfrutar demasiado de su nueva residencia, porque murió tres años después de erigirla. Quien sí se benefició de ella fue su mujer, Emily, que vivió entre sus historiados muros hasta 1965. Para subrayar la vinculación de los Inman con la economía de su tiempo, un Ford T de 1927 y un Super Six Sedan de 1929 reciben a los visitantes junto a la entrada principal. El primero es un automóvil sencillísimo, un aparato desnudo e indestructible, que basó su éxito, precisamente, en esa misma sencillez: fue el 600 de su época, pero en todo el mundo. El segundo, uno de los coches más utilizados por los gánsters para pasearse por Chicago y ametrallar a los desafectos con los legendarios subfusiles Thompson, con cargador de tambor, es mucho más sofisticado: tiene hasta botones. Como aún falta un rato para que empiece la visita —que ha de ser guiada; aquí tampoco se acepta la deambulación autónoma—, me entretengo echando un vistazo a algunas dependencias exteriores, como la Victorian Playhouse, una casa en miniatura, construida en uno de los muchos jardines, hacia 1890, para que jugaran los niños. Veo en las paredes de madera de la casita una serie de curiosas fotografías de época: hay una de un blanco del siglo XIX con rastas, entre muchas de pelos y barbas curiosos, y una de Harrison Ford, cuya conexión con esta ristra de peinados extravagantes no alcanzo a comprender; si al menos fuera Chiwaka. Más allá de la Casa de Juegos, al final de un sendero enlosado que discurre por una arboleda espesísima, está Ambrosio, un elefantito de piedra, proveniente del jardín de Hunter Perry, como indica una placa al pie de la escultura. Quién sea Hunter Perry, por qué tuvo a Ambrosio en su jardín y por qué se le trasladó al de los Inman en Swan House, al igual que la presencia de Harrison Ford en la Victorian Playhouse, son misterios que escapan a mi comprensión. Pero la presencia del pétreo animal, pequeño como la playhouse, sin apenas colmillos y gris, sorprende en estos jardines umbríos y ese clima subtropical. Descanso un rato en uno de los bancos metálicos, bastantes incómodos, del jardín. Se conoce que este lugar no se hizo para los sedentes, sino para los caminantes. El grato rumor arábigo del agua de la fuente es perturbado por el ruido de una máquina cortacésped —en este país las máquinas cortacésped son tan frecuentes como las vacas en la India y, como ellas, están por todas partes— y de algún motor de aire acondicionado, que no veo, pero que, a juzgar con los decibelios que expele, debe de estar muy cerca. Cuando son casi las once, vuelvo a acercarme a la entrada para iniciar la visita. Allí está apostado ya quien será nuestro guía, Kyle, un obeso americano, que es un tipo singular de obeso que apenas se encuentra en ninguna otra parte del mundo: el obeso armilar, como los globos terráqueos, fruto de muchas generaciones de comedores de hamburguesas monstruosas, arrobas de patatas fritas y barreños de refrescos azucarados. No obstante, Kyle es un profesional. Sube las escaleras y se mueve por las habitaciones de la casa con la agilidad de un luchador de sumo, y no tarda en explicarnos que el nombre de la mansión se debe a los muchos cisnes que la adornan: veintiocho. Se conoce que el cisne era el pájaro preferido de los Inman, aunque también sumaron otros —águilas, grullas— a la decoración. Kyle nos reta en cada habitación a descubrir dónde están los cisnes, en una versión aristocrática y ecológica del plebeyo Dónde está Wally. Y yo recuerdo que, en mi anterior visita a la casa, hace cuarenta y tres años, supe dónde mirar cuando la guía, que también preguntaba dónde se ocultaban los cisnes, nos dio la pista de que eran los niños quienes antes los descubrían: a un metro del suelo. A esa altura se encuentra todavía, en efecto, un cisne diminuto que corona un tintero. Kyle se quita los zapatos con sorprendente ligereza y se pone guantes para pasar a la zona que no pueden pisar los visitantes, elevar el tintero como un cáliz y revelarnos, a la luz dorada que entra por las ventanas, al anseriforme. (Su extremo cuidado recuerda al de la propia Sra. Inman, que quería preservar a toda costa la escalera principal de la casa y había prohibido a todos utilizarla: había que usar la escalera del servicio, en la parte de atrás). Pero Kyle no se limita a localizar los animales para nosotros, sino que nos habla, en casi todos los salones, de la servidumbre que hacía posible la vida regalada de los Inman, y de sus condiciones de trabajo. El modelo parece haber cambiado. Hasta hace poco, los guías de los lugares históricos se centraban en la vida de sus señores, en la exposición de sus andanzas y sus privilegios, y en la ponderación de la singularidad arquitectónica o la importancia artística del sitio. Quienes lo habían construido o habían trabajado en él para que fuera lo que fue, quedaban en penumbra, o ni siquiera aparecían en el relato. Kyle, en cambio, practica un renovador social approach: dedica su atención no a los grandes hombres (y mujeres), sino a la intrahistoria de los marginados y los oprimidos, y no deja de hablarnos de los criados, casi todos negros, y del hecho de que estuvieran segregados, aun dentro de la casa, hasta 1965, lo que significaba, por ejemplo, que no podían usar los baños de los blancos, sino solo los de "la gente de color". Pero también señala que, pese a estas injusticias y las penosas condiciones en que trabajaban, su situación era mucho mejor que las de los demás miembros de su raza. Nos enseña uno de los cuartos del servicio, en la planta de arriba, y vemos una habitación grande y luminosa, con baño propio, aunque también con el inevitable tablero en que una flecha, accionada por un botón que pulsaban los amos en la planta de abajo, señalaba a qué sala debían acudir enseguida para atender sus necesidades. En el sótano de Swan House, hay una laberíntica exposición de la colección de arte chino del arquitecto Shutze, indudablemente amante de las fantasías orientales. Junto a infinidad de cuencos, platitos, jades, estatuillas, biombos lacados y pinturas llenas de montañas brumosas, se exponen también sus dibujos técnicos de la casa, que son de una belleza sorprendente. Muy distinta es la belleza, agreste, polvorienta, de la Tullie Smith Farm, la granja que ilustra los modos de vida del campesinado georgiano antes de la Guerra de Secesión. De camino a ella, observo, a la entrada de McElreath Hall, otra dependencia del Atlanta History Center, ahora vacía, una mastodóntica telaraña, en cuyo centro una araña, asimismo muy gorda, espera abacialmente el almuerzo. Algo más allá, ya en la granja, rodeada de mantos de flores de todos los colores, sobre todo del amarillo subido de las margaritas, me reciben cuatro ovejas Gulf Coast, que hacen lo que todas las ovejas del mundo: nada. Están sentadas y me miran con una expresión de infinita indiferencia. También me expresan su desinterés dos cabras de angora. Estas, al menos, andan por ahí, ramoneando o algo. Husmeo poco en los establos, porque ya he visto muchos en mi vida y porque huelen demasiado a establo, y entro en la casa donde vivía la familia propietaria de la granja, a cuya puerta un joven moderadamente desgreñado, que toca la guitarra, me da la bienvenida. Dentro, hay un viejo telar, con el que la señora de la granja seguramente tejía la ropa de la familia, y, en un estante, algunos ejemplares de la popular colección The Rollo Books. Quien la ideó seguramente no sabía español. Pese a lo desalentador del nombre, siento la punzada de la tentación. Estoy solo en la casa y, si afanara alguno, nadie lo notaría. Pero no lo hago. Si me trincan, me expulsarán del país o quizá un sheriff brutal me aplaste la cara contra el bordillo y me ponga la rodilla en el cuello hasta ahogarme. No soy negro, pero sí hispano, y los hispanos no reciben de algunos policías un trato mucho mejor que los negros. Culmino la visita admirando la entrada posterior de la casa, desde la que cae —Swan House se encuentra en lo alto de una colina— una fabulosa fuente en cascada, inspirada en el palacio Corsini de Roma. El estilo de Swan House es ecléctico: amalgama elementos neorrenacentistas y del clasicismo inglés. Philip Trammell Shutze había estudiado en Roma e importó a Swan House muchos rasgos de la arquitectura del Cinquecento, que dan al conjunto un aire de villa italiana. El lujo ha impregnado este lugar desde su nacimiento, y también la belleza. Me marcho, no obstante, con el reconfortante sabor de la intrahistoria que Kyle ha sabido transmitirnos, y que me recuerda que toda grandeza se asienta en el trabajo ingente de multitud de personas anónimas —aquí, con frecuencia esclavos —, sin cuyo sacrificio ninguno de los nombres que he mencionado en esta crónica —Edward Inman, Emily Irman, Philip Trammell Shutze— habría pasado a los libros de historia.

sábado, 17 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (2): Carl Sandburg y un ángel llamado Sara

Ayer, mi amigo Jeff y yo visitamos la casa natal de uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX, Thomas Wolfe, en Ashville, Carolina del Norte. Faulkner lo consideraba mejor que él. Y para que Faulkner, que no se caracterizaba por su modestia, lo considerara mejor que él, tenía que ser muy bueno. Dicha casa natal fue, durante muchos años, una casa de huéspedes. La madre de Wolfe era una mujer pragmática e imbuida de espíritu comercial, de forma que transformó el hogar familiar en un alojamiento popular, que rindió pingües beneficios. Nuestra guía —la casa no puede visitarse libremente— fue una joven encantadora, Sara: rubia, delicada, vestida con un vestido verde manzana que le llegaba hasta las rodillas, y, sobre todo, una profunda amante de la literatura de Wolfe y, por extensión, de la literatura. Nos hizo una visita llena de sensibilidad y devoción, y rica en detalles: la pasión por Wolfe le rezumaba por los poros de la piel. En una de las habitaciones, donde murió un hermano del escritor, había una repisa con un libro de pie. Nos dijo que en aquel libro se podía leer la descripción que Wolfe había hecho de la escena de la muerte, y que podíamos leerla si gustábamos. Ella no iba a hacerlo, porque se pondría a llorar. No me pareció una mera frase prevista en el guion de la visita, y repetida en cada tour, sino la expresión sincera de una debilidad, de una entrega íntima, total, a la palabra. Los cuarenta y cinco minutos que Sara nos dedicó para presentar —con notable profundidad, no obstante— la figura de Wolfe se nos pasaron volando, y tanto Jeff como yo salimos encantados. La experiencia había sido tan positiva que al día siguiente decidimos visitar otra finca literaria, Connemara, a cuarenta y cinco minutos en coche de Ashville, donde había pasado los últimos veinticinco años de vida otro gran autor estadounidense, el poeta Carl Sandburg, cuyo mejor título, Poemas de Chicago, había yo traducido para DVD ediciones hacía un montón de tiempo. En una visita anterior a Carolina del Norte, quien entonces era mi mujer y yo ya habíamos intentado visitar el lugar, pero nos fue imposible, porque habíamos llegado muy cerca de la hora de cierre y apenas nos dio tiempo a ver una película informativa en uno de los establos que forman parte de la propiedad (donde la Sra. Sandburg criaba a sus opulentas cabras, cuyas descendientes siguen en la finca; en 1952, llegó a tener más de 200). Yo llevaba años acumulando ganas de rendir esa visita a la casa de Sandburg en Connemara y satisfacer mis ansias fetichistas. En Connemara nos presentamos, pues, Jeff y yo a media mañana de un domingo nublado. No podemos entrar en la finca por la entrada natural, porque el puente que da acceso al camino principal está cerrado a causa de las fuertes lluvias de ayer, que han vuelto inestable el lecho del lago donde se asienta. Hemos de dar un rodeo por una de las colinas que rodean la propiedad, y que nos permite —no hay mal que por bien no venga— disfrutar de la frondosidad del lugar, tupido de árboles y vegetación baja, que arraiga en una superficie siempre verde, ahora elevada a esmeralda por el lustre del agua. Cuando llegamos a la casa, nos llevamos una desagradable sorpresa: no hemos reservado, y todos los grupos concertados para las visitas de hoy —tampoco aquí se admiten por libre—, que solo pueden ser de seis personas como máximo, están completos. Las normas han cambiado con el dichoso COVID: antes se pagaba y se entraba; ahora es gratis, pero hay que reservar y se hace en grupos reducidos. Jeff apela a todo lo que se le ocurre para que yo pueda ver la casa (ha traducido al español Poemas de  Chicago y ha venido desde España para visitarla [esto no es exactamente así, pero cabe considerarlo una licencia poética, una hipérbole]; ¿tan grave sería que un grupo tuviera seis miembros y no siete?; ¿no podría organizarse un tour especial en su caso?), pero se encuentra con la rocosa inflexibilidad de la recepcionista y de Ginger Cox, la uniformada guarda del National Park Service (el organismo que gestiona la finca) que es también la guía de los visitantes, y que zanja nuestros esfuerzos con un concluyente "todo el mundo tiene una buena razón para saltarse las normas, pero hay que respetarlas". Lo dice, eso sí, sin dejar de sonreír. Las normas, en efecto, están para respetarlas, sobre todo en los países anglosajones, en los que son el principio fundamental, y a veces uno sospecha que único, de las relaciones social. La única posibilidad que nos queda es que alguien que ha reservado para la siguiente visita no comparezca. Nos ofrecen esperar unos veinte minutos, hasta la hora prevista, para comprobarlo. Si alguien faltase, podríamos ocupar su lugar. Vamos al mismo establo al que fuimos Ángeles y yo en la anterior visita frustrada para hacer tiempo, y vemos la misma película, que yo recuerdo vagamente, en la que descendientes de Sandburg y estudiosos de su obra nos hablan del hombre y del poeta, y también de Connemara, que Sandburd acertadamente definió como "a baronial state for an old socialist" ['una finca señorial para un viejo socialista']. En las paredes se leen frases o versos de Sandburg que el National Park Service ha considerado inspiradores: "Poetry is a sliver of the moon lost in the belly of a golden frog" ['la poesía es una tajada de luna perdida en el vientre de una rana dorada'] o "Poetry is the achievement of the synthesis of hyacinths and biscuits" ['la poesía es la consecución de la síntesis entre los jacintos y las galletas']. Nuestra sorpresa es reconocer entre el público a Sara, nuestra guía en la casa de Thomas Wolfe. Sigue siendo rubia y delicada, pero ya no lleva el delicioso vestido verde manzana de ayer, sino el típico uniforme veraniego y dominical de una joven norteamericana: blusa, shorts tejanos y botas. También ella ha venido, sola, a visitar la casa de Sandburg. Nos saludamos y nos sonreímos brevemente: su discreción no le permite ir más allá. A mí me gustaría ir más allá, pero apenas tengo tiempo. La película pasa deprisa y volvemos a la taquilla. Lamentablemente, todos los que habían reservado se han presentado. Jeff vuelve a intentar, con gallardía, que se abra una fisura en la impenetrabilidad de los funcionarios, pero choca de nuevo con una escrupulosidad marcial. Así que le digo que lo deje y que es mejor que nos marchemos. Pero, cuando ya estamos cerca de la puerta, Sara, que esperaba sentada en un sillón de la sala —ella es uno de los integrantes del siguiente grupo— y que, obviamente, ha oído nuestros ruegos y sabe que no han sido atendidos, se levanta y me ofrece su entrada. "Si quiere, yo se la cedo y así puede entrar. No me importa". La veo ahora no solo como a la atractiva e inteligente joven que había visto hasta ese momento, sino como a un ángel rubio que, si no ha desplegado todavía las alas, ha sido porque está bajo techo y, al hacerlo, como son tan grandes, podrían desmontar los estantes con libros y suvenires de Sandburg que ha dispuesto el National Park Service. Estoy seguro de que su motivación para renunciar a su visita dominical no es otra que la que ya percibimos ayer: su profundo amor por la literatura, que le hace considerar intolerable que alguien que comparta ese amor lo vea frustrado por la rigidez burocrática. Sara representa, además, frente a la severidad luterana de los empleados, lo mejor del carácter estadounidense: su alegría, su largueza, su amabilidad. Sé que debería rechazar su ofrecimiento: la chica ha organizado su domingo para venir a Connemara y hecho cuarenta y cinco minutos de coche de ida, más otros tantos ahora de regreso, para volverse ahora de balde a casa. Pero la tentación es demasiado fuerte: acepto, sin dejar de darle las gracias, y me apresuro a invitarla a la botella de agua que coge de una nevera para refrescar el camino. Menuda compensación, pienso, pero no sé qué más puedo hacer. La casa de Sandburg, que piso por fin, es un noble y luminoso caserón, el centro neurálgico de la granja, construido en 1838 por un tal Christopher Memminger, que después sería un alto cargo de la Confederación, lo que explica que aquí hubiera esclavos y constituye una triste ironía para quien fue, como Sandburg, un férreo antirracista y el mejor biógrafo de Abraham Lincoln, el liberador de los negros. La propiedad pasaría luego a un industrial textil, cuyos herederos se la vendieron a Sandburg y su familia en 1945. Y aquí murió el poeta en 1967. Sus 14.000 libros siguen en la casa: las paredes de madera de casi todas las habitaciones están cubiertas de estanterías con volúmenes, y en el suelo de los pasillos se apilan revistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Desde la portada de un número de Time que corona una de esas pilas me mira Elizabeth Taylor —probablemente, la actriz más guapa de la historia—, cuya cara siempre me ha recordado a la de Ángeles. En varios cuartos —uno de ellos, el dormitorio de la Sra. Sandburg, Lilian— veo libros de Andrés Segovia. Siento una punzada de orgullo nacional. Sandburg era un juglar y tocaba varios instrumentos, entre ellos la guitarra. No es de extrañar que le interesaran las partituras y técnicas de Segovia. Cuando abandonamos la casa, ha empezado a llover. Yo sigo aturdido por la generosidad de Sara, y urdo un plan para expresarle una gratitud más tangible. Le escribo una carta, le dedico dos de los libros que he metido en la maleta para regalar a mis amigos durante el viaje, y le ruego a Jeff que pida por Amazon un tercero, la antología bilingüe de mi poesía, publicada en Londres en 2017. Y le pido a mi amigo que, cuando reciba el libro, lo meta todo en un sobre y se lo mande a la atención de Sara, en la casa natal de Wolfe, en Ashville. Algunos días después, estando yo en West Palm Beach, le pregunté, y él me confirmó, que lo había hecho. Aún no he sabido nada de Sara. Pero espero tener pronto noticias de ese ángel bueno. 

lunes, 12 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (I): Por Salman Rushdie en Nueva York

Un energúmeno pertinentemente apellidado Matar cosió a puñaladas al escritor Salman Rushdie el pasado 12 de agosto en Chautaqua (Nueva York), ejecutando así, treinta y tres años después, la fetua de aquel gran hombre y líder espiritual magnífico que fue el ayatolá Jomeini —que Alá tenga en su gloria—, en la que se ofrecían tres millones de dólares a quien matara a Rushdie. El delito de este había sido publicar un libro, Los versos satánicos, en el que se daba una imagen irónica y crítica del profeta y su doctrina, algo que los musulmanes consideraron una blasfemia merecedora de la muerte. Matar ha demostrado, una vez más, la cara más espantosa del Islam —y, por extensión, del fenómeno religioso—, que algunos creemos la única existente. Para desagraviar al escritor, si es que algún desagravio es posible en estas trágicas circunstancias, y, en todo caso, para mostrarle la solidaridad que merece frente a la abyección de los fanáticos, se ha convocado un acto público en su honor en la Biblioteca Pública de Nueva York. Mi amigo Juan Luis Calbarro, que lleva un mes y medio en la ciudad trabajando en la traducción de una obra de Tennessee Williams, y yo, que estoy pasando unos días de turismo, decidimos asistir. Tomamos un Uber desde nuestro alojamiento en el Bronx, pero Bernardo, el conductor, pronto se encuentra con la calle bloqueada por una ambulancia. Las ambulancias y los coches de policía y bomberos paran en Nueva York en el centro de la calzada, completamente indiferentes al caos que generan detrás. Lo hacen así, deducimos, para poder maniobrar con diligencia en caso de que, como es probable, tengan que hacerlo: no aparcan, no se apartan, no apuran los rincones. En el centro, et pereat mundi. Dos de los ocupantes de esta ambulancia bajan tranquilamente, van hasta la puerta de una casa vecina, llaman, no les responden, vuelven a llamar, siguen sin responderles, se asoman a una ventana, insisten en dar timbrazos sin respuesta discernible, y por fin sale un señor negro, muy tieso, muy digno, muy lento, que sube por su propio pie al vehículo, seguido por la pareja de sanitarios, que cierran el portón sin prisa ninguna y vuelven a la cabina de la ambulancia. Mientras esta compleja operación se desarrolla, Bernardo ha encendido las luces traseras y hasta bajado del vehículo para indicar a los coches que se han amontonado detrás, con grandes gestos y en castellano (Nueva York es una ciudad prácticamente bilingüe, y el Bronx, monolingüe hispano), que debían asimismo retroceder para que pudiéramos salir todos de aquella ratonera. Pero cuando la información aún no ha llegado al último coche de la enorme y subitánea fila, la ambulancia se pone en marcha y todos seguimos adelante, aliviados por que el enfermo esté ya en camino de recibir la atención que necesita, y nosotros, de llegar a nuestro destino. Cuando llegamos a la Biblioteca, no encontramos una gran manifestación, pero sí un gentío suficiente y, sobre todo, un enjambre de micrófonos de radio y cámaras de televisión, dispuestos frente a la noble escalinata de la New York Public Library, que han acudido al poderoso reclamo de los participantes en el acto, entre los que se cuentan algunos de los más importantes escritores norteamericanos de la actualidad. Hablan en primer lugar —y lo hacen con puntualidad; la puntualidad es un deber existencial en los países anglosajones— el director de la Biblioteca y la presidenta del PEN de los Estados Unidos, que ha publicado, y distribuye entre los asistentes, un cartel en el que se cita algo que dijo Rushdie en un discurso sobre la censura en 2012: «Si no confiamos en nuestra libertad, es que no somos libres». Junto a la frase, aparece el propio escritor, sonriente, sosteniendo un ejemplar de la primera edición de 1984, de George Orwell. Juan y yo nos hemos situado todo lo delante que hemos podido, y nos ha tocado al lado una pareja de jipis de los años 70, ahora septuagenarios, cargados aún de melenas y abalorios, con una pancarta de apoyo, elaborado por la Sociedad de Escritores de Libros de Niños. Estos veteranos defensores del amor y el pensamiento libres me resultan entrañables. Por todas partes pululan, bajo el cielo aguamarina de un día caluroso, gente con libros, con gafas, con lemas reivindicativos. También baja, por unas escaleras aledañas de la Biblioteca, un tipo con una camiseta del Barça (la segunda equipación, la amarilla y cuatribarrada; ah, me siento como en casa). Juan, que lamentablemente es del Madrid, rabia un poco, pero no me dice nada. En las escalinatas se suceden los parlamentos. El primero en hablar es Reginald Dwayne Betts, poeta y abogado negro, con sombrero (abundan los sombreros, las gorras, los tocados), que lee unos versos enérgicos y comprensiblemente agrios. Luego, el novelista Jeffrey Eugenides, que cuenta que fue a visitar a Rushdie cuando estuvo en Londres, donde vivía el escritor, pero que no lo encontró —estaba de vacaciones en Italia— y que mantuvo una conversación muy agradable con su suegra. Eugenides subraya lo fácil que era entrar en contacto con Rushdie, cuyas señas estaban en el listín telefónico, y yo recuerdo, al hilo de la anécdota, que yo mismo tuve mucho tiempo una dirección del escritor en la capital británica, aunque ya no me acuerdo de dónde la saqué (quizá del propio listín), y que, desde luego, no tuve valor para ir a visitarlo. Siri Hustvedt, alta, muy delgada, interviene con sobria emotividad, como casi todos los participantes. Viste de un luctuoso pero estilizador negro. Solo el pelo rubio disiente: fulge como una antorcha. Hablan también, entre otros, Colum McCann, escritor irlandés residente en Nueva York; Francesco Clemente, un pintor napolitano, también establecido en la Gran Manzana, que recuerda las interminables discusiones sobre arte y política que ha mantenido con Rushdie y que han contribuido a edificar una amistad fraternal, como les suele pasar a los discutidores que debaten con franqueza de ánimo y voluntad de comprenderse; Roya Hakakian, una autora iraní, cuya presencia demuestra —aunque no hacía ninguna falta— que no todos los iraníes son unos fanáticos; la estadounidense A. M. Homes, que lee fragmentos del discurso sobre la censura de 2012; la india Kiran Desai, que lo hace del Quijote de Rushdie, un libro que cosechó críticas tibias en España; y el inglés Hari Kunzru, que da vuelo, como no podía faltar, a las primeras palabras de Los versos satánicos, que me saben a gloria: «"Para volver a nacer —cantaba Gibreel Farishta mientras caía de los cielos, dando tumbos— tienes que haber muerto. (...) Para posarte en el seno de la tierra, tienes que haber volado. (...) ¿Cómo volver a sonreír si antes no has llorado? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer...". Amanecía apenas un día de invierno, por el Año Nuevo poco más o menos, cuando dos hombres vivos, reales y completamente desarrollados, caían desde gran altura, veintinueve mil dos pies, hacia el canal de la Mancha, desprovistos de paracaídas y de alas, bajo un cielo límpido...». A estas alturas, el público está caliente y recompensa con abiertas ovaciones a los oradores. Yo también lo hago, aunque no dejo de preocuparme por que, aprovechando la confusión, un pickpocketer me afane el móvil o la cartera. Los policías bostezantes que observan el acto desde la acera, apoyados en el capó de un coche patrulla, no me ofrecen demasiadas garantías contra los descuideros. A sus espaldas, prosigue, incólume, el tráfico endemoniado de la Quinta avenida, aunque me sorprende que, por la singular acústica del lugar, el ruido que genera no perturbe el desarrollo de los parlamentos. Hablan también dos de las figuras más destacadas del encuentro, junto con Hustvedt: su marido Paul Auster, que me parece muy envejecido, aunque conserva la apostura del galán que siempre ha sido, que viste, como ella, enteramente de negro (lo que demuestra la sintonía matrimonial y estética de los dos escritores), y que lee fragmentos de Joseph Anton, el libro de Rushdie que relata sus años de clandestinidad, forzado por la condena a muerte de Jomeini, bajo el seudónimo del título, que homenajea a dos de sus escritores favoritos: Joseph Conrad y Anton Chéjov; y el gran Gay Talese, que baja por la escalinata como una aparición: muy despacio, encorbatado, con un impecable traje beis (tan impecable como la prosa con la que lleva medio siglo retratando a la ciudad de Nueva York y sus habitantes) y un sombrero de ala ancha a juego, y que hace una alocución muy breve, con voz rasposa. Por desgracia, tenemos que abandonar el acto antes de que acabe, porque dentro de unas horas he de coger un avión para la siguiente etapa de mi viaje, pero hemos presenciado lo sustancial y nos cabe la satisfacción de haber contribuido, muy modestamente, a su éxito. Que es planetario, porque ese mismo día y los siguientes la noticia del homenaje aparece en todos los periódicos y televisiones del mundo (menos los de Irán, donde aún están celebrando el apuñalamiento del blasfemo). En algunas de las imágenes, si uno se fija bien, puede apreciarse una cabecita blanca sobresaliendo del gentío. Es la mía, y yo me siento muy orgulloso de esa mancha blanca. Juan, en cambio, que además de ser del Madrid es más bajo que yo, no se distingue. Pero él también está orgulloso de haberse sumado a este grito contra el horror.

sábado, 13 de agosto de 2022

Hasta septiembre

En septiembre de 2013, recién llegado yo a Londres, empecé a escribir en un blog, y desde entonces no he parado. Primero fue en Corónicas de Ingalaterra, que mantuve durante mis dos años y medio de estancia en la Pérfida Albión, y luego en este Corónicas de Españia, en el que llevo contando las peripecias de mi intrépida vida de funcionario y escritor desde que volví a la Madre Patria, en febrero de 2016. Hasta hoy. En mi blog inglés, incluso, llevé a cabo el experimento de colgar una entrada al día. Me obligué a ello para sentir plenamente lo que significaba ser escritor: los rigores y placeres, las servidumbres y libertades de una vida de escritor. Aquel experimento duró un año: lo que resistí sometido a semejante imperativo, que me forzaba a vivir como los antiguos galeotes, encadenado al duro banco de trabajo, pero no con un remo en las manos, sino con un teclado de ordenador. No obstante, no estoy insatisfecho de haberlo probado. Aprendí mucho, reflexioné mucho y, como es natural, escribí mucho. Aunque también recuerdo el alivio que sentí cuando abandoné el deber diario y pasé a colgar una entrada cada cinco días, un lapso que considero razonable y que mantengo a día de hoy. La única interrupción que ha conocido mi actividad bloguera fue en 2015, cuando pasé unas vacaciones con mi familia, como si fuéramos ingleses (de hecho, estábamos rodeados por hordas de británicos), en la isla de Lanzarote, y no pude sobreponerme a las dificultades para conectarme, tener una buena señal de Internet y, sobre todo, abstraerme de las placenteras solicitaciones de la isla y dedicar varias horas, encerrado en la habitación, a escribir las entradas debidas. Fueron once días de abstinencia bloguera, que no me sentaron mal (aunque me hicieron sentir un poco culpable: qué curiosa es la conciencia), pero no se han repetido. Hasta dentro de muy poco. Porque ayer empecé las vacaciones, ¡albricias!, y mañana domingo acometo un viaje transoceánico que me llevará por parajes accidentados y desconocidos, en compañía de amigos muy queridos, con los que no quiero estar pendiente del mantenimiento del blog, si es que es posible mantener el blog. De modo que he decidido hacer una pausa, por primera vez voluntaria, en esta bitácora e interrumpirla hasta septiembre. A mi vuelta de la excursión retomaré la actividad y, eso sí, espero poder contar en el blog algunos de los episodios más interesantes del viaje, como siempre he hecho luego de mis expediciones anteriores. De modo que me despido por un mes, con mi deseo a todos de un feliz verano y la esperanza de reencontrar, a mi vuelta, a los abnegados lectores que me siguen y a los que mando, junto con este aviso de cierre temporal, mi agradecimiento por su paciencia y un gran abrazo.

lunes, 8 de agosto de 2022

Tuk

Tuk es un cachorro de pastor alemán, de unos cuatro meses, que acaban de adoptar mis amigos Christian y Teresa, con los que he pasado el último fin de semana en su masía de La Garrotxa. A Christian y a Tere les gusta la vida en el campo y les gustan mucho los animales, por los que profesan un amor que, según confesión propia, es extensión del que sienten por los seres humanos. Por eso su masía tenía ya mucho de zoológico antes de la llegada de Tuk. Tienen gallinas —que pueden estar (¿ser?) abiertas o cerradas, según campen libremente por la finca o se recluyan en el gallinero para pasar la noche, en la que acechan zorros y jabalíes, y las tormentas—, dos gatos —uno modoso y manso; otra impasible y feroz—, un estanque con peces —ocho de los cuales murieron, literalmente cocidos, en la última ola de calor: fue una masacre térmica; Christian y Tere se sumieron en una tristeza inconsolable— y una tortuga —pequeña, mediterránea, a la que Christian le ha construido un tortugario muy cuco, con la reproducción de una isla tropical, con palmera y todo, en el centro, que, no obstante, no es lo bastante atractivo como para que el quelonio no intente escaparse cachazudamente, como lo hace todo: las tortugas trepan, y Christian se ve obligado a construir cada vez muros más altos, a base de tarugos y viejos marcos de ventanas—. A todo este mundo doméstico de Félix Rodríguez de la Fuente se ha sumado, hace muy poco, Tuk, un cachorro indómito y feliz, lleno de energía, como casi todos los cachorros (salvo los del oso perezoso), y siempre deseoso de la compañía y la atención humanas. En cuanto te ve, te abraza a su manera: saltándote encima, con garras notablemente afiladas —Christian, Tere, una sugerencia: llevadlo a que se las recorten—. Resulta, pues, problemático entrar en la casa con algo delicado en las manos, porque es muy probable que, gracias a la efusividad de Tuk, eso que lleváis con tanto cuidado acabe en vuestra camisa, en el suelo o en el hocico de Tuk. No obstante, pasado ese momento de tribulación, la relación con Tuk se simplifica: él lo busca a uno para que lo acaricie y uno lo acaricia. Se tumba a tu lado, o se echa patas arriba ofreciéndote la tripa, una superficie infinitamente rascable, o te pone la cara en el regazo para que se la masajees. Yo así lo hago, y Tuk me lo agradece lamiéndome con aplicación la mano. Por la tarde salimos con Christian a pasear, y nos llevamos a Tuk, que intuye la excursión y se apuesta en la puerta, con la correa en las fauces y una expresión en los ojos con la que parece decirnos: "¡Venga, remolones! Deberíais estar en el tortugario con vuestra colega...". El paseo nos lleva por los caminos del valle de Llémena, que alberga, entre bosques y sierras admirables, vastos campos de maíz. En uno de los campos, este sin maíz, Tuk encuentra una vaca, o más bien la descubre. La vaca está tumbada en el suelo, rumiando apaciblemente. Es amarilla, como en el poema de Dámaso Alonso, y enorme. Cuando llegamos, gira vagamente la testuz y nos mira con una mezcla de indiferencia y desdén. Esta vaca parece singularmente estoica. A esta vaca uno tiene la impresión de que nada podría perturbarla: ni una catástrofe nuclear ni una canción de Raphael. Pero en Tuk la vaca causa el efecto contrario: lo confunde, lo desquicia, lo enajena. A Tuk la vaca debe de parecerle Godzilla. Se encara con la bestia, se agacha en posición de ataque, con todos los jóvenes músculos en tensión, y ladra como si quisiera hacer conocedor al mundo de su hallazgo y su espanto. Pero Tuk, en su aturdimiento, se ha olvidado de un pequeño detalle: justo delante de su morro se encuentra la valla que guarda al ganado, y está electrificada. Christian me explica que Tuk ya se ha acalambrado en alguna ocasión, y que supone que habrá aprendido la lección: esos hilos no se tocan. Pero la suposición es la madre de todas las cagadas. Porque Tuk, en uno de sus espasmos ladradores, se enreda en los alambres malignos y sufre una descarga que lo hace retroceder entre gañidos de dolor y un desconcierto alborotado. Se le ha erizado el pelo del lomo y nos mira con un gesto de incomprensión existencial. Cuesta tranquilizarlo, pero lo conseguimos. La vaca lo ha mirado todo con inconmovible indiferencia, sin dejar de rumiar, aunque me parece reconocer un destello de complacencia en sus ojos como pelotas negras de pimpón: "Te está bien empleado, chucho zopenco, por molestar", parece decir. Me pregunto si esta forma de cuidar los campos y el ganado es aconsejable, y doy por supuesto que es legal, lo cual me extraña aún más. Los agricultores, me explica Christian, quieren protegerse de los jabalíes, que son muy destructivos, y de los humanos furtivos o descuidados. Pero por este camino no solo pasan perros; también niños. Y gente despistada, como yo mismo, a la que, si no se la avisa de que está rondando una valla como la que rodeaba los campos de concentración nazis, podría electrocutarse. El único cartel(ito), borroso ya, que he visto en toda nuestra ronda, de varios kilómetros, decía: "Pastor eléctrico" (que es una ingeniosa metáfora futurista, pero que resulta poco clara para el paseante y, sobre todo, para el perro del paseante). También, aquí y allá, se veían, colgados de los alambres, jirones de ropa: la versión cutre de las bolas de plástico que se colocan en los cables aéreos de la electricidad para que los helicópteros no se queden fritos contra ellos. Otro mecanismo poco informativo y poco disuasorio. Seguimos nuestro camino, con un Tuk achantado, al que le cuesta sacar la cola (dolorida, que se lame) de entre las piernas. Pero por fin se espabila, a lo que contribuye que lleguemos a la riera de Llémena, la corriente (es un decir, con esta sequía) que da nombre al valle. Allí, en un remanso lleno de algas, Tuk se lanza al agua, a correr y a beber, actividades que hace simultáneamente. A cada zancada, echa un bocado al agua. Es decir, en rigor no bebe, sino que come agua. Por este camino, embarrado por las lluvias, me caí yo, mientras paseaba con Christian, en mi anterior visita a su casa. Esta vez no me caigo. Esta vez es Tuk el que, con su doloroso descubrimiento de la vaca, se lleva el lacerante protagonismo de la jornada. En casa, nos recuperamos todos del paseo. Tuk lo hace zampándose el cuenco de pienso con que Teresa lo agasaja. Nosotros, en el piso de arriba, tomamos café y charlamos. Pero, cuando bajo a mi cuarto, descubro que Tuk no ha tenido suficiente con el yantar que le ha servido Tere (y que yo no he tenido la prudencia de cerrar la puerta de la habitación) y se ha tomado de postre mi pantalón del pijama (que acababa de comprar, antes de las rebajas): hay trozos de tela esparcidos por el suelo, y el cadáver de la prenda yace en la cama, descuartizado. Curiosamente, a Tuk no le ha despertado el apetito ninguna otra de mis pertenencias, que estaban junto al pijama: mi mochila, mi gorro de coronel Tapioca, unos calzoncillos nuevos, mi cartera. Alabado sea el Hacedor. Cojo el pantalón y se lo entrego a un compungido Christian para que lo utilice de paño de cocina o, mejor, dado su estado, se lo ponga de sombrero al pastor eléctrico, como un aviso más para los navegantes de los caminos. El pobre Tuk no es consciente de su hazaña. Aún le están creciendo los dientes, que yo noto ya como prometedoras agujas cuando juego con él, y aún se está educando. Christian me cuenta que a él se le ha comido su camisa preferida, y que ha roído casi todos los muebles de la casa. Y yo recuerdo cuando Betty, una simpática perrita que pasó unos días en casa cuando Pablo se dedicaba a pasear chuchos y los dueños se los dejaban a él siempre que se iban de fin de semana, se me comió la edición facsímil de Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez, que yo tenía, entre muchos otros libros queridos, en el suelo de mi estudio. Betty acabó borracha de papel y yo, de enfado. Tuk se gana mi perdón a la mañana siguiente, cuando estoy leyendo el periódico en el jardín. Tras husmear alegremente a la gata de la casa, que le comunica, lanzándole tres zarpazos, que antes de desayunar no le apetece hablar con nadie, se me tumba junto a los pies y empieza a lamerme el dedo gordo del derecho. He leído en algún lugar que el hecho de que los perros laman los pies de alguien significa sumisión. No sé si es cierto, pero, si lo es, tengo a Tuk totalmente sometido. Me lame la bola del dedo con diligencia y meticulosidad, recorriendo con la lengua húmeda y caliente, como una bayeta, todos los ángulos y anfractuosidades de las uñas y la piel, y también se extiende, de vez en cuando, a los otros dedos, como si formaran un teclado: pasa la lengua como una vicuña por el marfil. Y no tiene miramientos: los lametazos cubren la carne, sí, pero alcanzan también la sandalia y la suela de la sandalia, con su rico bagaje de tierra, hierbas y Dios sabe cuántas cosas más. Lo encuentro sumamente erótico. Me hace cosquillas y me da ganas de más. "Tuk, cariño —pienso—, me parece que estamos hechos el uno para el otro". Cuando me marcho, de regreso a Barcelona, Tuk viene a despedirme con su vehemencia habitual y yo, pese a todo, se lo agradezco. Le agarro las enormes orejas —las dumbas, las llama Christian— y le manoseo el hocico hasta la próxima ocasión. En la que no traeré pijama y me habré hecho las uñas de los pies, para facilitarle el trabajo.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Elogio de la corbata

La corbata demuestra la ley de la gravedad, y lo hace con una elegancia rara entre las cosas caedizas: derrama linealmente la tela, atraída por la masa terrestre, como si persiguiera la raíz de lo que es, la razón de cuanto pesa. Pero esa caída, como todas las caídas, es también un ascenso: de la ligereza, de la rectitud, del color. La corbata apunta a lo alto con el mismo ímpetu con el que se dirige a lo bajo, aunque se encuentre con el gendarme del nudo, que le impone una linde infranqueable, porque más allá del nudo no hay nada: solo hombre. Pero ese freno es también un sello: de su vigencia, de su existir. La corbata, no obstante, no solo anhela el suelo, como todas las cosas materiales, y emprende el vuelo, como todas las espirituales, sino que ocupa un lugar central: el que va del cuello, por donde transitan el aire y la palabra, al estómago, el horno íntimo, pasando por el corazón. La corbata es el eje que emerge, la columna de la superficie, la frontera de lo exterior y lo interior, la compañera mediata de la piel, la vanguardia del pecho y la retaguardia de la espalda, el dedo grande que nos falta en el cuerpo, el horizonte vertical de los sueños. Quién les iba a decir a los jinetes croatas que llegaron a París —después de combatir a los turcos, que seguían deseando conquistar Viena— en el siglo XVII, para ponerse al servicio del Rey Sol, que aquella prenda que portaban al cuello, y que simbolizaba el país por el que luchaban —hrvatska, ‘Croacia’ en croata—, iba a seducir a los dandis, a los cortesanos y, sobre todo, a las damas, y consagrarse como el símbolo de la elegancia masculina en Europa. Símbolo de la elegancia, pero también del falo, cuyas dimensiones, que algunos exageran, incumpliendo así uno de los mandatos del buen vestir —que la corbata nunca sobrepase la cintura del pantalón—, trasluce acaso un secreto y un deseo.

La corbata es locuaz: dice que la pulcritud importa, y que el tiempo dedicado a la composición propia no es tiempo malgastado, sino señal de respeto, y que el lucimiento de los artificios exquisitos inventados por el hombre implica un valor moral. La corbata es más que locuaz: tiene un lenguaje propio, como antaño los abanicos de las mujeres. Que las rayas suban supone optimismo; que bajen, desánimo. Que los colores chillen es euforia; que se apenumbren, desmayo. En cambio, que asome el extremo delgado por debajo del grueso, o por los lados, solo significa que quien la lleva no ha sabido ponérsela.

La corbata estiliza, y acaricia, y acompaña. Pero la corbata está en libertad condicional. A veces la apuñala una aguja inmisericorde, cuya factura en oro o plata no disimula su maldad, y entonces se queda quieta, inerte, sin la cadencia sinuosa con la que acompasa los movimientos de su dueño: las agujas son inflexibles. Y siempre está encadenada al nudo. Pese a ello, esta sumisión la estimula. Sin límites no hay camino; sin resistencia no se escala.  

La corbata es desafiante y corajuda. Arrostra numerosos peligros: el tajo despiadado (la castración en efigie) de los mozos en la boda; el hundimiento en el plato o en el charco; el ahogamiento accidental, porque la corbata y la faringe son vecinas, y no siempre bien avenidas. Pero, si bien la corbata amenaza a la nuez, también la protege. La corbata es contradictoria: acalora y abriga, expande y deslinda, se dispone con patricia dignidad y se tumba a la bartola en un hombro.

La corbata admite, en su horma inalterable (aunque se ensanche o adelgace, aunque tenga el extremo apuntado o recto, aunque sea de lazo —un lacito, decía mi padre— o de bolo, o incluso corbatón), toda la paleta de géneros y de colores. Encarna en lino o en lana; parece tartán o gasa; consiente el poliéster y festeja el cachemir. Aunque nunca es más luminosa que si es de seda. Las corbatas lisas transmiten sobriedad: su dueño no cree en la extravagancia. Pero también hay quien confía en la imprevisibilidad del universo: las corbatas son entonces multicolores como un cuadro de Chagall. A veces se geometrizan y la tela despide los entrecruzamientos y curvaturas de las celosías árabes o las inscripciones rúnicas. Nuestro mundo cinematográfico les ha regalado también, como si fueran catalejos que nos acercaran a paisajes remotos, animales y figuras. Las jirafas habitan las corbatas, las bicicletas las recorren, los caballos pastan entre sus hebras y hasta Mickey Mouse o Popeye el marino se asoman a sus escuetas praderas. Hay corbatas de rayas, de lunares, de punto, de granadina. Hay corbatas con banderas, las más indigestas, más todavía que las corbatas torpes: las estampadas con camisas a cuadros o las amarillas con camisas naranjas. Y hay corbatas negras, que nos recuerdan que hay muerte y que también nosotros hemos de morir. Ellas están siempre dispuestas a acompañarnos, y a menudo las vemos en el ataúd, con el mismo rigor mortis que su dueño, un acicalado cadáver.

La infinita variedad de la corbata se modera, aunque no cesa, en su parte más delicada: el nudo. Los nudos son importantes en algunos aspectos olvidados pero capitales de la vida: la navegación, el ahorcamiento, los zapatos. Y la corbata. Balzac describió veintidós maneras de hacer el nudo en L’art de se mettre la cravatte. Ninguno es tan señorial como el Windsor, que homenajea el empuje que dieron los ingleses a la prenda: Beau Brumell necesitaba dos mozos para anudársela (aunque se entiende: la atiborraba de almidón). Frente al Windsor, el nudo español solo ofrece una alternativa demediada y mocha, aunque más común. No en vano se le llama «el medio Windsor». Hacerse el nudo de la corbata es creer en el rigor de los actos y acentuar la participación en el mundo. Hacerse un nudo minuciosamente triangular, sin gorduras, pero tampoco escuchimizado, de cuyo extremo inferior surja recto el tallo de la prenda, sin frunces ni estrías (incomprensiblemente, se estima el hoyuelo, que yo considero una pifia), es una afirmación de amor a las cosas y, por extensión, a la existencia. La corbata no solo ennoblece a quien la viste, sino también a quien la ve. La corbata nos afirma en lo que somos: hacedores, estetas, ciudadanos. Pasará, como pasa todo. Pero, de momento, resiste, como resisten las hojas de los árboles y la sonrisa de los desventurados. Debe enfrentarse a una oposición creciente, en la que militan sentimientos indignos, libertades gelatinosas y acracias de cuchufleta (y algunas buenas pero equivocadas intenciones), cuyo leitmotiv no es otro que la desidia. Contra la descompostura, la corbata. Contra la zanganería, la corbata. Contra el desamor, la corbata.

viernes, 29 de julio de 2022

La tierra baldía, una (y excelente) vez más

La tierra baldía es uno de los libros que más atención ha merecido, por parte de lectores y exégetas —sobre todo, de exégetas—, de la historia de la literatura. Y no es extraño: su tumultuosa amalgama de voces, que recoge casi todas las tradiciones literarias —desde los Upanishad hasta el Ulises joyceano— y casi todas las edades humanas (y las comprime en 434 versos), para dibujar un mundo exhausto, fracturado, dominado por la esterilidad y el vacío, al tiempo que expresa la queja del autor contra la vida, su «refunfuño rítmico» por los problemas que lo atosigaban —entre los que no era el menor la inestabilidad mental de su mujer, Vivienne Haigh-Wood, que contribuía decisivamente a su propio desequilibrio nervioso—, es una fuente inagotable de lecturas e interpretaciones, cuya superposición tectónica acaso haya dificultado la percepción del poemario como el «formidable artefacto sonoro» que es, como resume el traductor de la edición que acaba de aparecer, Luis Sanz Irles, y como también subraya Ernesto Hernández Busto, el autor del esclarecido prólogo, para quien «la apuesta de Eliot por un poema extenso dividido en varias partes aparentemente inconexas (…) [era] una operación eminentemente musical». Algo parecido ya señaló José María Valverde en la introducción de su traducción de la poesía completa de Eliot, publicada en 1978, y que durante mucho tiempo ha sido la versión canónica en España. Decía el autor de Ser de palabra: «La poesía de T. S. Eliot (…) quedará como poesía tout court por la virtud de lo que siempre ha sido lo decisivo en un escritor: el acierto y la fuerza de su lenguaje (…): un lenguaje, en este caso, casi sin “dar la cara”, casi como invisible punto de arranque para multiformes voces irónicas o collages de citas, pero con la esencial fuerza legitimadora del poeta, que hace que esos artefactos se mantengan en pie porque están hechos de palabras insustituibles y memorables —igual que la más vieja y clásica poesía». Sanz Irles resume este «acierto y fuerza» del lenguaje elotiano en tres elementos fundamentales: la sonoridad, la intertextualidad y la fragmentación, el primero de los cuales constituye la clave de bóveda del conjunto: una «fastuosa sonoridad (…) hecha, sobre todo, de ritmo, rimas y aliteraciones». Es necesario subrayar, en este punto, el papel crucial que desempeñó Ezra Pound en la conformación de La tierra baldía, un papel de tal magnitud que no sería descabellado que Pound figurase como coautor del libro. Su intervención en el manuscrito que le confió Eliot —al que conocía desde 1914 y había introducido en los más adelantados círculos literarios ingleses— descartó la mitad de lo escrito, pese a (o quizá precisamente por) considerar el original «jodidamente bueno», e introdujo numerosos cambios en el orden y fraseo de los versos. Eliot, por su parte, tuvo la humildad y la inteligencia, características que no siempre van unidas, y menos en el mundo de los poetas, que suelen ser creyentes inconmovibles en la sublimidad de cuanto escriben, de aceptar las modificaciones propuestas por Pound (y de agradecérselas dedicándole el libro: «Para Ezra Pound, il miglior fabbro»). Impresiona ver el manuscrito de La tierra baldía, con las muchísimas anotaciones y tachones (de páginas enteras) del autor de los Cantos, que se publicó en 1971, en una extraordinaria edición a cargo de la viuda del poeta, Valerie Eliot: The Waste Land: A Facsimile & Transcript of the Original Drafts Including the Annotations of Ezra Pound (Londres, Faber & Faber).
    El tiempo transcurrido, la prodigalidad con que se ha publicado y los muchos estudios que se le han dedicado, hacen que cualquier reedición de La tierra baldía no tenga ya el impacto que tuvo en 1922 —un annus mirabilis de la literatura occidental, en el que también aparecieron el Ulises, de Joyce; Anábasis, de Perse; Trilce, de Vallejo; y el Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein—, cuando vio la luz en la revista The Criterion de Londres. Hubo reacciones entusiastas, como la del poeta estadounidense John Peale Bishop, que escribió en una carta a Edmund Wilson: «He leído La tierra baldía unas cinco veces al día desde que me llegó un ejemplar de la revista. Es INMENSO. MAGNÍFICO. TERRIBLE», aunque predominaron las críticas negativas, como ya había sucedido con otros libros revolucionarios, como Hojas de hierba, de Whitman, o Las flores del mal, de Baudelaire. El conservador, influyente y hoy casi olvidado crítico Rodolphe Louis Mégroz afirmó, con la rotundidad que suele caracterizar a los reseñistas menos perspicaces, que La tierra baldía era «el mayor engaño del siglo», y alguien tan relevante como E. R. Curtius calificó a Eliot, con mucha más sutileza, pero no menor malignidad, de «poeta alejandrino», esto es, de alguien que no aporta nada, sino que solo sabe reutilizar materiales ya forjados por la tradición. Superadas estas visiones contrapuestas, e integrada La tierra baldía en el canon de la literatura occidental, su publicación, hoy, atrae la atención antes sobre la traducción que sobre el contenido, o, mejor dicho, la atrae sobre el contenido en la medida en que la traducción aporte algo que lo vivifique: que arroje una nueva luz sobre él.
    La de Sanz Irles es admirable: flexible, fluida, reposada, sin sombra de la sintaxis del inglés, sin ninguna de las correspondencias inmediatas, pero imprecisas o engañosas, a las que empuja la lengua original. Basta leer los primeros y celebérrimos versos del libro para percibir la pertinencia y la belleza de las opciones elegidas por el traductor. Dice Eliot: April is the cruellest month, breeding / Lilacs out of the dead land, mixing / Memory and desire, stirring / Dull roots with spring rain. / Winter kept us warm, covering / Earth in forgetful snow, feeding / A Little life with dried tubers. Y traduce Sanz Irles: «Abril es el mes más cruel: preña / de lilas los campos muertos, mezcla / recuerdos y deseos, agita / las embotadas raíces con sus lluvias. / Nos abrigó el invierno, cubriendo / la tierra ensimismada, nutriendo / rescoldos de vida con tubérculos secos». El traductor dice de la forma más ceñida, más escueta posible lo que cada verso enuncia, eludiendo amplificaciones innecesarias, como «abril es el más cruel de los meses», pergeñadas por otros traductores, y hasta omitiendo esa sombra de redundancia que se advierte entre April, ‘abril’, y spring, ‘primaveral’; reduce el peso del, en castellano, peligroso gerundio —que en inglés, en cambio, es ubicuo—, empleándolo solo cuando la simultaneidad de las acciones lo justifica; y, con acierto poético, sabe apartarse de la literalidad cuando conviene para dotar a la expresión de una reciedumbre y, al mismo tiempo, una penetración que el mero traslado del término original no asegura. Así, breeding es ‘preña’; dull, ‘embotadas’; Winter kept us warm, ‘nos abrigó el invierno’; forgetful, ‘ensimismada’ (una imagen excelente: «nieve ensimismada», igual que la anterior «embotadas raíces», ambas coherentes entre sí; la mayoría de las versiones anteriores se decantan por el previsible «olvidadiza»); y a little life, ‘rescoldos de vida’. Eliot vuelve a la vida con esta privilegiada entrega.

[T. S. Eliot, La tierra baldía, traducción de Luis Sanz Irles, prólogo de Ernesto Hernández Busto, epílogo de José Antonio Montano, sin lugar de edición, Olé Libros, 2020, 109 pág.]

[Este artículo se publicó, con el título de «Un clásico que revive», en Letras Libres, nº 232, enero 2021, pág. 46-48]

domingo, 24 de julio de 2022

Cosas que se han dicho sobre Tú no morirás

Christian T. Arjona, poeta, editor, pintor y traductor (y muchas cosas más: su mejor definición sería hombre del Renacimiento), ha hecho la lectura de Tú no morirás que transcribo, y la ha publicado, el 23 de julio de 2022, con el título de «El oro en la grieta. Sobre Tú no morirás (2021), de Eduardo Moga», en la revista digital de cultura Vallejo & Co.: https://www.vallejoandcompany.com/sobre-tu-no-moriras-2021-de-eduardo-moga/. Esta reseña es ampliación y reelaboración de la que ya publicara en la revista Quimera (nº 458, febrero de 2020, p. 61), con el título de «Desaparición y resurgimiento», sobre el mismo poemario.


El kintsugi o carpintería de oro es una antigua técnica japonesa que consiste en reparar artísticamente piezas de cerámica quebradas, repujando con una resina dorada el relámpago de las grietas. Como en todas las artes de origen nipón —ya sea el haiku, el ikebana, el origami, el wabi-sabi o tantas otras— su desarrollo es indisociable de un fondo filosófico o existencial. En el caso del kintsugi, la reparación en oro de los objetos rotos responde a la consciencia de que las quiebras y sus restañaduras forman parte de la vida de esas piezas —y de nuestra vida, en general— y que por tanto deben manifestarse, transformadas y embellecidas, en lugar de ser ocultadas. Esta primorosa restauración da como fruto unas obras nuevas, redivivas, fascinantes, que ya no necesitan remitirse a la figura original y que a menudo resultan estéticamente más valiosas que esta: se transforman en piezas únicas. Y el efecto en la persona que trabaja paciente y creativamente en esta sanación (estética o vital) —así como en las que contemplan su producto— es, necesariamente, catártico.

A mi juicio, el presente libro de poemas de Eduardo Moga, Tú no morirás, es un caso muy singular de kintsugi literario, poético. En él se ordenan las emociones y los recuerdos que una escisión sentimental había cuarteado y disgregado, y se reúnen de nuevo en forma de poemas, usando la laca urushi de una profunda sensibilidad humana y artística. En él fulguran, miniadas, sus bifurcadas cicatrices: el contorno de las soledades y las resquebrajaduras; todas ellas bellamente caligrafiadas con el finísimo pincel makizutsu de una escritura iluminada, táctil, precisa.

Sus poemas —libres de excesivas monturas métricas pero muy fieles a la forma y al ritmo que reclama cada herida o deseo— revelan en su centro el resplandor de esas grietas; y sus versos anfractuosos —quebrantos y requiebros— describen la silueta de luz, afirmada en su fragilidad, de una persona amada y ausente.

Ella —el perímetro de su desaparición— es la protagonista y destinataria de todos los poemas, el amado pronombre lacerante, el «tú» de Tú no morirás. Y a ella ofrece el autor este libro como una meditación y una oblación de palabras y latidos. Todo él, pues, puede leerse también como un largo envoy dirigido a este tú que se aleja, que se desvanece.

Eduardo Moga acrisola aquí técnicas y metros, sonidos y mimbres, con los que había tejido sus obras anteriores. Y el fruto de esta nueva síntesis autopoiética es un organismo literario inédito: un libro polimorfo de canto emocionado y desgarrador. Del sueño profundo del amor, entre tinieblas, aflora un grito incontrolable, un espasmo mioclónico que sacude el silencio y, una vez despierto sobre la página, ordena sus miedos y sus anhelos, se arquitraba, se deletrea —«escribo para arrancarte del silencio que eres».

Un soneto inicial —bello como la letra capitular de un beato— y doce poemas distintos para concertar un mismo grito, para resarcir una misma ruptura. Prosa poética del I y el V, desgranando la ausencia —«las dentelladas del no ser»—; y prosa carnal del III, que retoma la escritura matérica de Unánime fuego (1999). Verso anafórico y surreal del II, sobre los ángeles. Versos largos y truncados del IV, diseccionando las entrañas del Yo, el pronombre doliente, el «caparazón de sombras». Endecasílabos del VI, que consiguen, alquímicos, trocar en oro el metal pesado de la tristeza —«que obre el prodigio de los labios y la resurrección». Prosa troquelada, parentética, interpelante, del VII. Versos interrogativos del VIII, sinuosamente alejandrinos —como en La luz oída (1996)—. Párrafos acerados y tenebristas del IX, que resuenan con los de El corazón, la nada (1999). Proposiciones poéticas del X, numeradas al modo de la Ética de Spinoza o del Tractatus de Wittgenstein. Escritura fluvial del XI, sin diques de puntuación. Y recreaciones biográficas e históricas connotativas del XII, que también habían aparecido en Insumisión (2013).

Estructuras, doradas costuras, andamios para (re)construir un cuerpo y un alma en el hueco que han dejado: como el vino adopta la forma del ánfora. Muros y tierra para levantar, en el erial de la nada, «un reino en el que no haya muerte», en el que no se consume la desaparición, en el que el vacío engendre.

La paradoja unitiva, cohesionadora de los opuestos, sirve a Moga como un fecundo yinyang para vencer en dos frentes: el poético, en tanto que es una figura clave de su escritura, con la que forja cientos de imágenes; y el espiritual, en el que consigue desafiar el áspero silencio del no-ser con la sonora creación de un ser nuevo (el poema).

Todas las etapas del kintsugi recorren este libro. Primero el accidente, la fractura que origina la escritura —«me sujeto a ese deshacerse»— y la recuperación de los fragmentos —la «mutilación que agrega»—; después el armado de los trozos y la espera —«la disgregación que te construye»—, la delicadeza en el pulir y ensamblar palabras; luego la reparación minuciosa y alumbrada de los agrietamientos —los versos, las estrofas, los poemas, la composición—; y finalmente, la revelación de la obra renacida —el libro de papel terrenal, amable al tacto: esta magnífica edición que nos brinda su lectura.

Tú no morirás es una nueva muestra luminosa de la poesía visionaria e incomparable de Eduardo Moga. Alta poesía y abisal al mismo tiempo que, lejos de distanciarnos con su intrincada contextura, alumbra con más intensa luz su duelo y su esperanza, su anhelo y su desamparo; y nos conmueve y enseña a reescribir nuestro propio dolor.


Otras reseñas han visto la luz sobre el poemario. Las indico a continuación, por orden alfabético de sus autores (con la esperanza de no haberme olvidado ninguna), para los posibles interesados en su lectura, con mi sincero agradecimiento a quienes las firman. 


Jesús Aguado: https://elciervo.es/criticas/tu-no-moriras/ (El Ciervo, nº 789, septiembre-octubre 2021)

Carlos Alcorta: https://carlosalcorta.wordpress.com/2021/09/21/eduardo-moga-tu-no-moriras/

Jorge de Arco: Piedra del Molino, nº 34-35, otoño 2021, p. 50.

Gema Borrachero: https://cuadernoshispanoamericanos.com/tu-no-moriras-poesia-a-tumba-abierta/ («Tú no morirás. Poesía a tumba abierta», Cuadernos Hispanoamericanos, nº 864, junio de 2022)

Juan Luis Calbarro: https://elcuadernodigital.com/2022/06/23/perduracion/

Jordi Doce: http://jordidoce.blogspot.com/2022/02/contra-la-muerte.html («Poesía para rebelarse contra la muerte», La Lectura de El Mundo, 4 de febrero de 2022)

Enrique García Fuentes: «Arrebato», Hoy, 6 de noviembre de 2021

Jochy Herrera: https://hoy.com.do/perecer-en-el-amor-porque-amandote-yo-soy-el-afortunado/

Mario Martín Gijón: 
https://www.elperiodicoextremadura.com/opinion/2021/09/25/elegia-merida-57644478.html («Elogio en Mérida», El Periódico de Extremadura, 25 de septiembre de 2021)

Javier Pérez Walias: «Epifanía lírica», Turia, nº 141-142, marzo-mayo 2022, pp. 522-524

J. Jorge Sánchez: https://jjorgesanchez.blogspot.com/2021/06/retorno-la-poesia-moga.html

Simón Viola: http://simonviola.blogspot.com/2021/05/tu-no-moriras.html

martes, 19 de julio de 2022

Agua y jabón: la magnífica elegancia de Marta D. Riezu

Acabo de leer un libro delicioso: Agua y jabón, de Marta D. Riezu (Anagrama, 2022). Supe de él por una reseña elogiosa –o una mención, ya no lo recuerdo– en El País y, como yo todavía creo en la crítica que se hace en Babelia (todo el mundo se caga en ella, pero daría el meñique de la mano izquierda [de la derecha, si es zurdo] por verse reseñado en el suplemento), me hice con el libro y lo he leído, gozosamente, en un par de tardes. Aunque se trata de un volumen misceláneo y fragmentario, que invita a la lectura saltarina, nunca ha sabido leer desordenadamente, ni siquiera Rayuela, que Cortázar casi disuadía de leer del principio al final. Pero eso es justamente lo que he hecho: he empezado por el principio y he acabado por el final, recorriendo linealmente el mosaico de impresiones, recuerdos y microensayos (a veces, nanoensayos) que constituyen Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria. Riezu es una escritora profesionalmente dedicada a la moda, pero de intereses múltiples, como demuestra este libro culto, singular, conmovedor, irónico y, con exigible coherencia, elegante. Riezu escribe como los ángeles: mezcla sabiamente el humor, el sentimiento y el juicio; se burla discretamente de muchas cosas y de muchas personas, empezando por ella misma, un rasgo inequívoco de inteligencia (y de habilidad retórica); y emplea una prosa armónica, en absoluto sinuosa, en la que no sobran los adjetivos, ni apenas hay gerundios, ni chirría nada. Agua y jabón mezcla, con buen pulso, los géneros: es un tratado de estética, en el que repasa la presencia de lo bello o de lo feo en los diferentes ámbitos de la vida –pero de la vida cotidiana: del día a día de las personas–; es un recuento de sus gustos y preferencias personales, desde el amor por las bibliotecas a la pasión por Snoopy; y es también una autobiografía o, más bien, la crónica de la construcción de una sensibilidad: la que ha llevado a una chica nacida en una familia humilde, emigrada a una ciudad industrial como Terrassa (que fue catalogada por una revista japonesa de urbanismo, hace no demasiado, como una de las diez ciudades más feas del mundo), a convertirse en una escritora refinada y una mujer cosmopolita. Agua y jabón se divide en tres partes, "Temperamentos", "Objetos" y "Lugares", y concluye con un "Suplemento de afinidades" que, en forma de diccionario –de diccionario muy personal, a lo Ambrose Bierce–, enumera definiciones como esta: "Civismo: No ser pesado. Agradecer. No dar gato por liebre. Vivir la cultura com placer, no como obligación. Saberse poco importante y disfrutarlo. Respetar, conservar y dejar vivir". Esta definición, precisamente, incorpora dos de los rasgos más característicos del estilo (y de la personalidad literaria) de Riezu: su dimensión moral y su gusto por las listas. La primera es consecuencia natural de su condición de esteta comprometida con el mundo: nulla aesthetica sine ethica (Nietzsche lo formuló al revés, pero José María Valverde le dio una vuelta muy necesaria en nuestro país); la elegancia es un valor estético, pero, si es verdadera (no la de un dandi desorejado), deviene un valor moral. Y la segunda, fruto de su saber enciclopédico y de su voluntad de síntesis, que la lleva a agrupar, en prietas relaciones, nombres y fenómenos que ejemplifican lo que dice. Confieso que muchos de esos breves (y no tan breves) catálogos me resultan dadaístas, es decir, atractivos solo por el hechizo musical de sus elementos, porque desconozco a prácticamente todos los citados, en muchos casos vinculados al mundo de la moda, la decoración, la arquitectura o las artes visuales –lo que demuestra, por si aún me hiciera falta comprobarlo, la vastedad de mi ignorancia–. La dimensión moral de Agua y jabón revela un flanco importante de la personalidad de la autora: es conservadora, del linaje –que no es malo, después de todo– de Pla, Cunqueiro, Camba, Valentí Puig o Gómez Dávila. Es católica, le gustan Inglaterra y Japón (dos sociedades con un importante pasado feudal; Inglaterra, además, tradicionalista y burguesa, es el paraíso de todos los conservadores del planeta, a pesar del Bréxit, a pesar de que millones de ingleses están ansiosos por vivir en otro sitio), celebra lo familiar, lo mesurado y lo que continúa, y se demuestra lectora –y admiradora– de las plumas más repeinadas y menos audaces de la literatura española (y mundial), entre las que se cuelan –y este es uno de los pocos peros que cabe ponerle a este libro– escribidores detestables e individuos infames como Federico Jiménez Losantos (de quien destaca su capacidad para la injuria; aunque tiene razón: este antiguo rojo, más que Lenin, es el mejor insultador de España) o el indescriptible Salvador Sostres, ese que celebraba que hubieran muerto muchos en el terremoto de Haití, porque así se limpiaba un mundo demasiado poblado (por cierto, también católico). También entre los literatos denota un gusto por la escritura tranquila (que otros consideramos aburrida y pusilánime) de Miguel d'Ors, Javier Salvago, Víctor Botas o Joan Margarit (o Larkin entre los ingleses). Que llame "cursi" a Juan Ramón Jiménez en uno de los primeros fragmentos, desde luego, no es una buena señal. Pero qué le vamos a hacer: nadie es perfecto. No obstante, a Riezu también le gustan Saki, Juan García Hortelano, Umbral, W. N. P. Barbellion, José María Fonollosa o Jaume Vallcorba, entre muchos otros, y eso compensa, a mis ojos, sus elecciones menos afortunadas. Además, el carácter conservador de la autora la impulsa, precisamente, a mantener formas amenazadas por la neolengua identitaria que nos aflige: en un fragmento dedicado a los pájaros y al libro que escribió Josep Maria de Sagarra sobre ellos, Els ocells amics, escribe: "Se supone que [los pájaros] estorban, son ruidosos, dañan cosechas y ensucian. ¡Ensucian...! Nosotros los hombres no, Dios nos libre. Nosotros mejoramos todo lugar por donde pasamos": Nosotros los hombres, dice una mujer. Y, más adelante, vuelve a utilizar correcta (y, hoy, valientemente) el masculino genérico: "[En Mónaco] fui a ver los cochazos aparcados cerca del casino, rodeado de guardas que ahuyentaban a andrajosos como yo". Andrajosos, escribe, no andrajosas. Agua y jabón ha sido una magnífica sorpresa. Yo no conocía a esta escritora de apellido vagamente japonés y prosa tan magnética como equilibrada. Leyendo su libro, uno se reconcilia con el género humano: la inteligencia no ha sido derrotada todavía por la estupidez; la vulgaridad no se ha impuesto tampoco al buen gusto; la cultura sigue rescatándonos de la desesperación y procurándonos placer; el sentido del humor perdura frente a la chabacanería y la zafiedad. Lo recomiendo enérgicamente.

jueves, 14 de julio de 2022

En Peratallada y las calas de la Costa Brava

Peratallada, un pueblo medieval del Bajo Ampurdán, es donde vamos a pasar este verano un fin de semana mis hijos y yo. Me gusta viajar con ellos algunos días al año: son mi mejor compañía y, según he descubierto, una buena forma de no perder el hilo de su crecimiento, de su evolución como personas (y de la mía). Además, todavía no se han aburrido de su padre (juraría) y eso también reconforta. Hemos elegido Peratallada porque ninguno de los tres conocía el pueblo –que tiene mucha fama– y porque el Bajo Ampurdán es una región amable y privilegiada de la Costa Brava. El año pasado estuvimos en Begur, a quince minutos en coche de Peratallada, y nos gustó lo que vimos (salvo una familia de ruidosos británicos, valga la redundancia, que ocupaba la vivienda adosada a la nuestra): fue una estancia agradable. Peratallada es uno de los conjuntos medievales mejor conservados de España: ha preservado las casas centenarias, sin sufrir los zarpazos de las construcciones turísticas ni, en general, del urbanismo moderno, y grandes trechos de muralla. En el centro de la población, se alzan los restos del castillo –cuya primera mención se remonta a 1065–, entre los que destaca la torre del homenaje, cuadrangular y poderosa, que se asienta en un lecho rocoso del que probablemente provenga el nombre del pueblo: Peratallada, pedra tallada ('piedra cortada'), en referencia a la que hubo que cortar para construir el foso que rodeaba a la fortaleza, aunque hay quienes defienden que ya los romanos extraían la piedra de una cantera que había aquí. En general, desconfío de la atribución de las antigüedades a los romanos, a menos que estén históricamente certificadas, porque a la gente le gusta dotarse de pasado: le da prestigio y autoridad e inflama su sentimiento nacional (que, como todos los sentimientos nacionales, es fácilmente combustible). En la Sierra de Gata, por ejemplo, si nos atuviéramos a lo que dicen muchos, todos los caminos empedrados en el monte habrían sido construidos por los romanos, pero la realidad es que son muy posteriores: de época medieval. (Los romanos no solían construir senderos por las fragas y escarpaduras, sino grandes vías por zonas despejadas, más prácticas y comerciales). Nosotros nos alojamos en una casa de la plaça de les Voltes ('de las Vueltas'), la plaza porticada que durante siglos ha sido el centro neurálgico del pueblo. En el friso de la puerta de entrada se indica que alguien llamado Pere construyó la casa en 1770, aunque Gerard, nuestro anfitrión, nos indica que probablemente se edificara antes, y que lo que hizo el bueno de Pere a mediados del siglo XVIII fue restaurarla. Muchas otras casas aparecen datadas en el XVIII, que parece haber sido un periodo de prosperidad y, por lo tanto, de auge urbanístico en la región. La casa tiene muchas escaleras, los cuartos son pequeños y los muebles, vetustos –casi todos crujen: lo que en el pan es una buena señal, en el mobiliario no lo es tanto–, pero también cuenta con lo esencial para que la estancia no sea incómoda camas y duchas aceptables, todos los electrodomésticos y wifi– y, lo que es más importante, el encanto propio de los lugares verdaderos. A mí me toca el dormitorio más caluroso de la casa –el más alto– y la mala suerte quiere que al calor se sume el piar incansable de un polluelo en un nido cercano. Uno, educado en los mitos del romanticismo, piensa que el canto de los pájaros dibujará una escena bucólica y contribuirá a que nos fundamos con la naturaleza. Pero con lo que a mí funde es con la desesperación. Porque el dichoso pollo empieza a reclamar el desayuno con las primeras luces y, por lo tanto, a partir de las seis de la mañana ya solo se oye su estridente serenata, que rebota en las paredes, muy próximas entre sí, y se me clava en lo más profundo del cerebro. Por suerte, me he traído los tapones para los oídos (de los que me desenganché hace unos años, en Mérida, después de varias décadas de adicción [que nació en la mili: había que protegerse de los pedos, eructos, ronquidos, risotadas y exabruptos de mis doscientos compañeros de cuartel], pero que todavía necesito para emergencias como esta). Aún en la cama, recuerdo el "cabrones" que Gil de Biedma les dedica a los pájaros que silban en "Albada". Y yo me adhiero a su insulto, aunque no porque revele que ha llegado el día y que debo separarme del amado (o, en mi caso, de la amada, que no tengo), sino porque, sencillamente, el proyecto de pájaro no me deja dormir. Nuestro primer paseo por Peratallada nos descubre, además de la magnífica arquitectura del pueblo, su alto nivel de vida y el carácter nuclearmente pijo de quienes lo visitan. Las tiendas son muy elocuentes. Todas podrían estar en Pedralbes, es más, creemos que las han trasladado piedra a piedra de Pedralbes, como antes se hacía, desventuradamente, con las iglesias y los claustros románicos españoles, que se desmontaban, trasladaban y volvían a montarse, como un lego, en alguna ciudad de los Estados Unidos. Hay varias de ropa y zapatos, con modelitos magníficos, muy mediterráneos y muy caros, y varias, asimismo, de alimentación, como una madalenería, en la plaça de l'Oli ('del Aceite'), en la que no resistimos la tentación de comprarnos, y meternos enseguida entre pecho y espalda, varias bombas de grasa y glucosa, pero exquisitas. También hay algunos locales donde se venden piezas de cerámica, objetos de decoración y libros, estos apilados en una mesa, como unos objetos de decoración más. Los hojeo: abundan los volúmenes con diseños llamativos e ilustraciones de postín. Hay varios de filosofía (o lo que sea) oriental: el Elogio de la sombra, de Tanizaki, destaca entre todos. Muchos han sido escritos por mujeres. Descubro, no sin alborozo, algunos de poesía. Pero mi alborozo en un pozo cuando compruebo que los han escrito sedicentes poetas como Miguel Gane. Antes de meternos en un restaurante para comer, vemos por las calles varias pancartas independentistas y una, en concreto, en la que una corona real aparece tachada por una barra roja. Al principio, nos parece una manifestación contraria al uso del puño americano, que estamos dispuestos a suscribir, pero luego reconocemos que se trata de una corona: cosas del diseño moderno. El independentismo es indisociable en Cataluña del antimonarquismo, aunque muchos, como yo mismo, seamos republicanos sin ser indepes. Almorzamos por fin en un establecimiento del pueblo, en una agradable mesa situada en la calle, bajo unos toldos que aminoran el calor. Comemos bien, aunque hayamos de dispersar a un enjambre de moscas que aparece de repente y que se abate contra nuestros platos como una flotilla de kamikazes contra los acorazados estadounidenses. Por la tarde, vamos a la cala de Aiguablava ('Agua azul'), la más famosa de Begur, en la que el año pasado no pudimos entrar: no había sitio ni en el aparcamiento para el coche ni en la arena para nosotros. La cala es pequeña –apenas tiene 80 metros de largo y 25 de ancho– y se llena en un periquete. Esta vez sí podemos hacerlo. Hay gente, pero no está atiborrada. El agua anda algo turbia, pero, nadando unas brazadas, se aclara, se ilumina, aunque no es azul, como el nombre del lugar sugiere, sino verde. La vista desde el agua, en la que ramonean algunos botes, como grandes bueyes marinos, es magnífica, aunque la grandeza del paisaje se vea humanizada, es decir, degradada, por algunas construcciones abominables, como lo que parece ser un hotel en lo alto de la colina que cierra la cala a nuestra derecha: gris, grande, anodino y diríase que abandonado. Pero ahí está: exhibiendo su perseverante fealdad, su repulsivo conglomerado de hormigón, entre pinos, nubes fugitivas y cielo azul. La Costa Brava hay que imaginarla antes de que fuera objeto del deseo del turismo internacional (y catalán: aquí tienen su segunda residencia, la torreta, docenas de miles de barceloneses): solo así se columbra la belleza hoy perturbada por la mano pavorosa del hombre. Pero el esfuerzo de imaginación que hay que hacer es grande, y no estoy por la labor: me he alejado de la playa y he de nadar vigorosamente para volver. El día siguiente nos aventuramos a otra cala, Pedrosa, cerca de Tamariu. Siempre que viajamos juntos, Pablo, el más atlético y ecológico de la familia, insiste en explorar parajes menos conocidos, o igual de conocidos, pero a los que sea más difícil llegar. Así, cuanto más difícil resulte, menos gente habrá. Y no le falta razón. Pero su deducción, por lógica que sea, me condena a ilógicas excursiones por lo más intrincado del paisaje: caminos de cabras erizados de piedras y punzantes matorrales bajos, desniveles asfixiantes, calores frenéticos. Mientras Pablo y Álvaro avanzan por la espesura con ligereza juvenil, yo arrastro mi corpachón de casi sesenta primaveras procurando no precipitarme en los barrancos que hay que flanquear para llegar al mar, ni caerme de morros en el agreste suelo. Por fin llegamos a la Pedrosa, no sin tribulación, pero, eso sí, con una percepción muy íntima del paisaje de la Costa Brava: sus escarpaduras verdes, su rocaje vivo –que diría José Mota–, sus olores achicharrados. Ante nosotros se abre ahora el mar. Aunque lo de abrir quizá sea excesivo: la cala es estrecha; el mar solo se abre a unos ciento cincuenta metros de distancia, donde cabecea un montón multicolor de yates y barcos de recreo. Pero haber superado las dificultades para llegar no agota el catálogo de dificultades que ofrece este, por otra parte, hermoso rincón. Ahora hay que encontrar dónde acomodarse, porque la cala es, como su nombre indica, de piedra. No hay ni un rincón arenoso: todo es canto rodado, y también canto humano, que emitimos, unos y otros, agudamente, cuando nos golpeamos el pie con una roca, o nos doblamos el tobillo en un esfuerzo ímprobo por ganar el agua (o por salir de ella, que, con el zarandeo de las olas, aún es más difícil), o pisamos un guijarro singulamente áspero o aguzado. Y ni hablar de tumbarse en la toalla, que es como hacerlo en la tabla de un fakir. El sol, implacable, hay que aguantarlo a pie firme o, como mucho, sentado en una piedra grande o un tronco fosilizado, hasta que ya no se aguanta más y es menester enfrentarse de nuevo a la dolorosa experiencia de llegar al agua para que la piel no se le caiga a uno a tiras. Solo habiendo superado todos estos abrasadores obstáculos, se puede vivir el único momento de felicidad que procura la cala, que es tanto más intenso cuanto más espinosos hayan sido aquellos: nadar en un agua cristalina –esta sí–, entre peñas y pinos que crecen horizontales en ellas, bajo la lámina ferozmente azul del cielo, y rodeados por el silencio del agua y del aire. Pablo y Álvaro complementan los placeres de la contemplación con sus propias preferencias: el snorkel. La primera vez que me dijeron que lo practicaban, yo pensé que se habían adherido a alguna secta escandinava o, peor aún, a alguna facción disidente de los hare krisna. Pero no: se trata de una forma de natación que permite contemplar los fondos marinos, aunque la expresión resulte excesiva: los fondos de cala Pedrosa son muy poco hondos. Pero ahí está la gracia. En realidad, el snorkel es muy simple: uno se limita a flotar en la superficie del mar y mira lo que sucede debajo gracias a unas gafas y un tubo que le permiten ver y respirar. La mayor dificultad consiste en habituarse al tubo, que hay que morder para que no se suelte y que, aunque lo muerdas como si quisieras arrancarle la otra oreja a Evander Hollyfield, siempre deja pasar algo de agua y, a veces, hasta se inunda. "Has de resoplar de vez en cuando para expulsar el agua, como una ballena", me aconseja Pablo. Y yo no sé si esta es otra forma filial de llamarme gordo. Pero sigo su consejo y consigo razonablemente contemplar bancos de peces pequeños y grandes, con el cuerpo listado de plata y las colas oscuras, que se mueven indiferentes a mi presencia y que, si me acerco un poco, apresuran desdeñosamente el aleteo para dejarme atrás con un palmo de narices (y dos palmos de tubo). También se ven estrellas de mar y poblaciones de pequeños moluscos blancos adheridos a las rocas del fondo. (Pablo busca también pulpos, pero me dice, cuando salimos a respirar, que aquí no los hay). Hay que tener cuidado con las medusas, el mayor peligro que acecha al snorkelista (¿se dirá así?), y con el cansancio, claro: hacer snorkel es como beber vino blanco: entra fácil, pero el arreón que te pega al cabo de un rato es de órdago. De vez en cuando veo a Pablo sumergirse y bucear, con tubo y todo: no persigue a ningún ser vivo; simplemente, le gusta evolucionar en el agua, como si él mismo fuera otro animal marino, y me admiran sus movimientos armónicos, fluidos, de manatí o sirena. Me agrada también contemplar las formaciones rocosas que no se aprecian desde la superficie: volúmenes laberínticos, fantasmagóricos, punteados de lapas y otros animalejos submarinos que no sé identificar, con penachos de algas y ocasionales plásticos que Pablo y Álvaro se empeñan en capturar y sacar del agua. Su gesto me conmueve: es un acto de solidaridad, de compromiso con el mundo, infinitamente pequeño, pero infinitamente humano e infinitamente bueno. Consigo salir del agua (aunque me doblo la muñeca al apoyarme en una roca una de las muchas veces en que me caigo) y recupero fuerzas en el chiringuito de la cala. Porque la cala tiene un chiringuito (y, al otro lado, un pequeño apartamento que ocupa una afortunada familia, y que tiene todos los visos de ser un antiguo refugio o almacén de pescadores, hoy reconvertido, de estranjis, en vivienda), que hasta sirve comidas. A mí me basta con una cerveza, con la que acompaño la lectura del periódico del día. Pablo y Álvaro siguen a sus cosas. Yo observo, desde mi privilegiada (y felizmente sedente) posición, a la gente que hay en la cala. Predominan los jóvenes. Reparo en especial en dos chicas, quizá lesbianas, que toman el sol a pecho descubierto y lucen tatuajes por doquier. Van con dos perros, un galgo y un chucho (ya mayor: tiene el hocico gris), a los que tratan mejor que a sí mismas: les sirven agua mineral en un cuenco, les dejan su lugar en la toalla bajo la sombrilla, los acarician y les tiran una pelota amarilla de goma para que se entretengan (solo se entretiene el mil leches, inquieto y regordete; el galgo, al que le cuelga una lengua de un palmo, lo mira todo con una apatía acalorada: "Buf, cualquier se mueve con esta calorina; que vaya a buscar la pelotita el gordo..."). Ni una sola vez van las mujeres al agua. Se quedan alrededor de la sombrilla, bajo la cual jadea el galgo, y comen de unas fiambreras. Y yo me pregunto por qué extraños mecanismos cerebrales han llegado a concluir que esto –pasar un calor sahariano, maltratar la piel con el sol, comer comida fría en una envase de plástico, sentarse, dobladas, en una piedra durísima, dejarse los pies entre las rocas, laborar para dos perros– es placentero. La cala que visitamos al día siguiente es, en realidad, una playa, aunque recogida entre dos salientes de la costa que justifican el nombre de "cala": Es Castell ('el castillo'), cerca de Palamós. Nos la ha recomendado Gerard, nuestro anfitrión en Peratallada, cuando ya nos íbamos. Lo ha hecho en medio de una filípica contra el alcalde de la localidad, que, antiguo convergente, lleva más de veinte años en el cargo, en uno de esos ejemplos de monopolización del poder público tan propios de la hispanidad o, en este caso, de la catalanidad, y que ha conseguido, elecciones mediante, gracias a una sabia política de contentar estómagos y reclutar clientes. Llegar hasta la playa de Es Castell es mucho más fácil que hasta la cala Pedrosa. El coche se deja en un aparcamiento muy grande y se camina un trecho hasta el lugar. Nos preceden, en la caminata, varias familias provistas de todos los utensilios que necesita una familia española (o catalana) para disfrutar de un día de playa: flotadores con forma de cisne o tiburón, sombrillas, bolsas de playa atiborradas de toallas, nevera portátil a reventar de latas de cerveza y tortilla de patatas, y balones de plástico, entre muchos otros e inverosímiles adminículos. La playa de Es Castell es mucho más cómoda que la cala Pedrosa y hasta que Aiguablava. Tiene casi cuatrocientos metros de longitud de arena fina (y ardiente), aunque una malévola franja rocosa amenaza los pies (y el equilibrio) nada más entrar en el agua, como si el lugar no quisiera que nos olvidáramos de que, aunque parezca más cordial, estamos todavía en la Costa Brava, y la Costa Brava es brava, entre otras cosas, por sus pedruscos. No obstante, esa franja pedregosa se supera con facilidad (solo me caigo una vez) y luego ya se puede disfrutar de un agua limpísima y deliciosamente fría. Y eso hago yo con enérgicos chapuzones, solo limitados por las boyas amarillas que acotan la zona por la que salen al mar los kayaks llenos de turistas rubicundos de una empresa de deportes de aventura que tiene oficina en la arena. El año pasado vivimos nosotros la experiencia del kayak cerca de aquí, en las islas Medas, y no estoy dispuesto a repetirla. El monitor, precisamente, de un numeroso grupo de adolescentes kayakeros nos chafa la estancia, porque decide que pueden instalarse pegaditos a donde estamos nosotros, y así se lo comunica a sus pupilos a gritos, que profiere a escasos centímetros de mi oreja. Como Pablo y Álvaro están haciendo snorkel por una de las paredes rocosas que delimitan la cala, yo recojo las toallas y las bolsas y me retiro cincuenta metros, para que las turbulentas actividades del grupo no nos arrastren a sus abismos de músculos incansables y hormonas desatadas. Pero el grupo, capitaneado por el aullante monitor, está decidido a aguarnos la fiesta, porque cuatro o cinco de sus miembros deciden que el mejor lugar a la playa para jugar a fútbol es la que queda exactamente encima de nuestras cabezas. Volvemos a retirarnos, esta vez al chiringuito local, hasta que se les pase la pasión futbolera, y allí nos tomamos sendas y monstruosas cervezas. Es el típico bar de la costa mediterránea: con camareros malcarados y moderadamente ineptos, precios estratosféricos y normas ilegales, como que, si se consume en grupo, no se puede pagar individualmente, sino en conjunto, con una sola factura. Tampoco tenemos suerte con el restaurante en el que comemos, la Malcontenta, muy cerca de Es Castell, al que ladinamente nos conduce Internet. Pero es ya la última etapa de nuestro viaje. Nos preocupamos por almorzar (o lo que sea que hayamos hecho en el lamentable Malcontenta; realmente, estamos muy mal contentados) y volver pronto a Barcelona. Por la AP-7, desde que no se paga peaje, se forman unos embotellamientos monumentales: toda Cataluña, seducida por la gratuidad, se echa a la autopista y se condena así al encarcelamiento. Los peajes es lo que tienen: malo si están, pero malo también si no están. Por suerte, esta vez llegamos a Barcelona sin detenernos. Y es que la Costa Brava siempre procura sorpresas y emociones fuertes.