domingo, 1 de agosto de 2021

Poemas para combatir el coronavirus

Así ha titulado Juan Luis Calbarro, el editor de Los Papeles de Brighton, la antología que acaba de publicar su sello, con 48 poemas de 41 poetas de todo el país, reunidos aquí como una forma de lucha contra esta pandemia que no acaba, porque también la palabra combate al virus: mantiene la fe en eso específicamente humano que se llama lenguaje, y poesía, y placer estético, y sentido moral, y nos refuerza en nuestro ser, en nuestra voluntad de seguir existiendo, frente a la catástrofe ciega del coronavirus. En realidad, este libro empezó siendo imágenes: las de los poetas leyendo sus poemas para el canal de youtube que el propio Juan Luis había promovido y el Instituto de Enseñanza Secundaria Ágora, de Alcobendas, había creado al principio de la pandemia, y con el que pretendían —y lograron— que los alumnos confinados siguieran vinculados al Instituto, a sus estudios de lengua y literatura, y a algo aún más novedoso y ambicioso: a la poesía. La iniciativa creció con más y más poetas que participaban en algo tan grato como útil, y, tras todos estos meses, ha cuajado en un libro, cuyos editores literarios son el mismo Juan Luis Calbarro, que también colabora como poeta, y Miriam Maeso, con todas las características de las publicaciones de Los Papeles de Brighton: buen papel —y, por lo tanto, buen tacto—, excelente maquetación y contenido plausible. En la nómina de autores figuran no pocos amigos y poetas destacados, como María Ángeles Pérez López, Teresa Domingo Català, Oswaldo Guerra Sánchez, Ricardo Hernández Bravo, Julio Marinas, Moisés Galindo, Arturo Tendero, Santiago López Navia, Ramón García Mateos, Javier Pérez Walias, Juan López-Carrillo, Alfredo Gavín, Tomás Sánchez Santiago, Ángel Fernández Benéitez o Máximo Hernández. Es reseñable, asimismo, la presencia de Ben Clark, Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca o María Elena Higueruelo, reciente ganadora del premio Adonáis. Hace poco más de dos meses, tuve la satisfacción de leer mis poemas incluidos en Poemas para combatir el coronavirus, junto con otros, en el propio IES Ágora, y allí pude comprobar cuándo había calado la iniciativa en los alumnos: todos eran conocedores de los textos y, en no pocos casos, los habían estudiado y comentado, y todos respondieron con interés y cordialidad. 

Estos son las tres décimas, pertenecientes a Décimas de fiebre, con las que he colaborado en el volumen:

                          A Claire Forlani

Tus orejas divergentes
no divergen en finura:
con escueta desmesura,
los cartílagos ingentes
trazan las altas tangentes
de las criaturas aladas.
Si con ellas separadas
eres bella, qué belleza
luciría tu cabeza
si las tuvieras pegadas.

                            Autorretrato

Tengo años cuarenta y nueve,
que es lo mismo que decir
media vida sin reír
o tengo cuarenta y nieve.
No Eduardo: me llamo llueve,
y me inquina una tormenta
meticulosa, una lenta
casi nada que me guía,
con precisión de gumía,
a un ataúd de cincuenta.

                             Karen

Salgo del metro hosco y gris.
Me recibe una mañana
oleosa, de luz malsana.
En un portal hace pis,
borracho, un chisgarabís.
Entro en el bar. Fuera, ríe
un mendigo, que se fríe
de frío. La camarera
se adelanta a mi espera,
sirve el café, y me sonríe.





https://lospapelesdebrighton.com/2021/07/09/poemas-para-combatir-el-coronavirus/

miércoles, 28 de julio de 2021

Kafka digital

Hace algunos días recibí, por correo electrónico, un aviso de notificación en sede electrónica de la Tesorería General de la Seguridad Social. El aviso ponía en mi conocimiento que, "en aplicación de lo establecido en el artículo 132 del vigente texto refundido de la Ley General de la Seguridad Social, aprobado por el Real Decreto Legislativo 8/2015, de 30 de octubre, se han puesto en la Sede Electrónica de la Seguridad Social, accesible a través de una ULR [larguísima: imposible de reproducir aquí], notificaciones relacionadas con materias que son competencia de Tesorería General de la Seguridad Social (sic), a disposición de los destinatarios con NIF [el mío]". El aviso me previene de que tengo diez días para acceder a las notificaciones. Si no lo hago en ese plazo, se entenderán rechazadas y por lo tanto notificadas, con los correspondientes [y, añado yo, previsiblemente terroríficos] efectos legales.

Son tres notificaciones, tres.

Pincho en el enlace de la URL, que me lleva a un portal de acceso en el que puede emplearse el sistema CLAVE, un sistema de identificación digital ante las administraciones públicas que el Gobierno nos ofreció en los meses más duros de la pandemia para facilitar la comunicación entre el Estado y los administrados, y en el que, como buen ciudadano, me di de alta.

Pincho en el icono de CLAVE e introduzco mis datos, pero el servidor me dice que hay un error y que no estoy autorizado a entrar.

Averiguo por Internet el teléfono de atención al ciudadano de la Tesorería General de la Seguridad Social (que no viene en el correo electrónico que he recibido; es más, el correo dice que no admite respuestas, y que "la Seguridad Social dispone de otros canales de comunicación que ofrecen las debidas garantías de veracidad e integridad en la información suministrada", pero no dice cuáles) y llamo. Allí pregunto si no pueden notificarme las notificaciones por correo postal, como se ha hecho toda la vida, o incluso por correo electrónico, como han hecho en otras ocasiones. Me dicen que no. Insisto en que me parece extraño, y jurídicamente dudoso, que no haya más forma de saber qué ha decidido la Administración sobre nuestra vida y hacienda que unas notificaciones electrónicas en las que el sistema que me ha proporcionado la Administración no me deja entrar. Me dicen que no la hay y que me dirija a la Agencia Tributaria para incrementar el nivel de seguridad de mi CLAVE.

En la página de la Agencia Tributaria, luego de dar unas cuantas vueltas, llego a un trámite que consiste en incrementar el nivel de seguridad del sistema CLAVE, pero no puedo entrar por no tener certificado digital.

Llamo a la Agencia Tributaria y me mandan al servicio de atención al cliente.

Llamo al servicio de atención al cliente y me mandan al servicio técnico.

Llamo al servicio técnico y me mandan a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (para tener certificado digital, con el que podré entrar en las notificaciones de la Tesorería General de la Seguridad Social e incrementar el nivel de seguridad del sistema CLAVE, si eso es lo que quiero) o a la policía (para hacerme el DNI electrónico, con el que también).

En la página de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, luego de dar muchísimas vueltas, encuentro el trámite para obtener el certificado digital, pero en la primera descarga ya no me deja seguir, porque utilizo un ordenador Apple y este no reconoce al proveedor. Para que reconozca al proveedor hay que seguir otro proceso que se me antoja aún más complicado que el que he iniciado.

Pruebo la vía del DNI electrónico. Vuelvo a llamar a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y me mandan a la oficina del DNI de la policía nacional de Sant Cugat.

Voy a la oficina del DNI de la policía nacional de Sant Cugat. Mi DNI ya es electrónico —al menos tiene un chip y se identifica con el icono del DNI electrónico— y quizá allí pueda resolver in situ el acceso a las notificaciones. Cuando llego, hay una cola terrible. La hago. Entro por fin y me dirijo a la máquina que ha de permitirme firmar con el DNI, según me informa un policía. Pero la máquina no me deja seguir adelante: mi DNI está mal —de serie; no lo he estropeado yo— y no puedo obtener el pin. He de renovar el DNI, pero no puedo hacerlo en el momento: he de pedir cita por teléfono o Internet.

Vuelvo a casa, llorando.

sábado, 24 de julio de 2021

El kayak, qué aventura

Yo nunca había ido en kayak. Pero eso no debe sorprender: tampoco he ido nunca en helicóptero, ni en submarino, ni en paracaídas, a Dios gracias. Lo sorprendente es que me haya dejado convencer por mis hijos, con los que estoy pasando unos días en Begur, para montar en uno. El temple de mis hijos es aguerrido y explorador; el mío, pausado y, a menudo, melancólico. Cuando estoy con ellos, me arrastran. Yo me aferro a mis libros —hoy, además, me han llegado los que me ha mandado el Ministerio de Cultura para que decidamos quién es el próximo premio nacional de poesía—, pero ellos pueden más. Así que, a las ocho de la mañana, hemos puesto proa, y nunca mejor dicho, al cercano L'Estartit, donde radica una de esas empresas que pasea a los turistas por los rincones de la Costa Brava arañando aventuras de las rocas, las trochas y las calas. En la playa de L'Estartit nos hemos encontrado con un grupo no muy numeroso, pero sí variopinto: una familia holandesa de miembros bronceados y rozagantes, que desprendía energía y salud; un grupo joven compuesto por dos francesas (una rubia y otra morena) y un francés (castaño); un catalán cincuentón que iba solo y por el que he sentido una inmediata solidaridad generacional; una pareja de jovencitas de nacionalidad indefinida —una de rasgos asiáticos y otra, caucásica, que no dejaba de sonreír, así se hundiera el mundo—, que han llegado media hora tarde, pero que lo han hecho con una tranquilidad imperturbable, a juzgar por su paso tranquilo y la inmarcesible sonrisa de la caucásica; y nosotros. Encabezaba el grupo el guía, requemado por muchos veranos (con la salvedad del pasado, supongo) de instruir a zotes urbanitas en el noble arte de la navegación en kayak, y relativo dominador de varios idiomas, aunque todos españoles: un catalán de Ciutat Badia, un inglés de Guadalajara y un francés con más agujeros que un Gruyère. Pero el hombre, qué demonios, se hacía entender, y eso es lo que cuenta en esta vida. Tras un sumario adiestramiento en la arena sobre el itinerario que seguiríamos, el uso de las palas y, sobre todo, qué hacer si volcábamos (a esta parte he prestado mucha atención; lo anterior podía resumirse en "seguidme a mí, haced lo que podáis y que Dios os coja confesados"), nos hemos lanzado, intrépidamente, al agua. Yo, atrás, como corresponde al más pesado, en todos los sentidos, y ejerciendo de timonel, como Mao Tse Tung; Pablo, en el centro, disfrutando del paisaje; y Álvaro al frente, asumiendo con arrojo el papel de motor de la embarcación. Y hemos empezado a remar. A los pocos minutos de hincar con furia marinera los remos en el agua, ya íbamos últimos. No se trataba de una carrera, desde luego, pero ocupar el farolillo rojo en cualquier reunión internacional siempre afecta al sentimiento patriótico, por difuso que sea, como en nuestro caso. Nos daba especialmente rabia ir detrás de los franceses, que no parecían palear más ni más fuerte que nosotros —más bien al contrario: el varón del grupo, timonel como yo, trabajaba poco, y casi todo el gasto lo hacía la francesa rubia, que iba en cabeza, como un mascarón desmelenado—, pero que nos sacaban treinta metros de ventaja. Hemos concluido que ellos debían de estar haciendo bien algo que nosotros hacíamos mal, lo cual, por otra parte, no era difícil, porque nosotros parecíamos estar haciéndolo todo mal: Álvaro y yo remábamos con la gracilidad de un hipopótamo y la coordinación de una araña borracha; Pablo sufría de la espalda en la posición que ocupaba, que es la más cruda de todas en los kayaks triples, aunque no haya que remar; y a mí me dolía todo, desde las uñas de los pies hasta la punta de la nariz, donde aterrizaban los rayos inmisericordes del sol de una mañana sin nubes. Sobre todo, encontrábamos difícil avanzar en línea recta. Por más que los remos se hundieran al mismo tiempo y con una fuerza similar, algo que, por lo demás, ocurría pocas veces, la canoa se iba inevitablemente a un lado o al otro. Con cada desvío, paleábamos frenéticamente en el lado contrario al que queríamos ir, como nos había enseñado el guía, y, sí, más o menos conseguíamos enderezar la barca. Pero el efecto era de un irremediable zigzagueo que nos dejaba cansados y confundidos. Con ello perdíamos aún más posiciones con respecto a todos demás. Y, naturalmente, seguíamos siendo los últimos. No obstante, a fuerza de batallar con el proceloso piélago, parecía que, conforme nos acercábamos a los impresionantes picachos que son las islas Medas, mejorábamos un poco y hasta alcanzábamos a los franceses, tan vacilantes ahora como nosotros. De hecho, desde ese momento, no hemos hecho otra cosa que cruzarnos y chocar con ellos, en una metafórica representación de lo que ha sido la historia hispano-gala hasta la fecha. Yo he oído algún Sacrebleu! por su parte. Por la nuestra, hemos tenido algún recuerdo por sus antepasados —alguno de los cuales seguro que participó en la invasión napoleónica— que sería poco considerado reproducir aquí. De todos modos, en este punto crucial de la travesía, aún nos faltaba arrostrar la prueba más dura del día. Porque, en un momento de especial obnubilación, Álvaro y yo hemos perdido cualquier atisbo de coordinación que pudiera asistirnos todavía, y hemos paleado resueltamente contra la única roca que sobresalía del agua en aquel punto del itinerario. Yo gritaba "¡derecha, Álvaro!", mientras él paleaba con decisión a la izquierda; y yo remaba con vigor hacia la derecha, mientras Álvaro imploraba "¡izquierda, izquierda!". El resultado ha sido que nos encaminábamos sin remedio al naufragio, bajo la mirada consternada del guía, que agitaba el remo a ochenta metros de distancia, y la contemplación sospecho que regocijada del resto de los navegantes, sobre todo de los franceses. Por suerte, el instinto de supervivencia ha sido más fuerte que el instinto de muerte y, en el último momento, he recordado el método de frenado que nos ha enseñado el guía, a quien Dios bendiga: clavar el remo en el agua y encomendarnos a la Providencia. Así lo hemos hecho, y así hemos evitado el desastre. He visto el perfil desencajado de Álvaro, por cuya nariz tan roja como la mía caían gotas de sudor gruesas como moluscos, y el no menos alterado de Pablo, que se aferraba a los bordes de la barca como los que tienen miedo a volar se aferran a los reposabrazos (o al cuello del pasajero más próximo) cuando el avión despega. El incidente ha tenido la virtud de hacernos definitivamente conscientes de los desafíos de la empresa y de la necesidad de superar nuestras limitaciones, o, por lo menos, de que nuestras limitaciones superaran a las de los franceses. Por eso, desde ese momento, hemos avanzado con más aplomo y hasta con más velocidad. El trayecto ha continuado por la cara oculta de las islas, que hemos rodeado enteras. El archipiélago lo forman siete islas y un puñado de islotes (algunos tan pequeños como ese contra el que hemos estado a punto de descrismarnos), de una aridez espectacular, pero de una fascinante vida submarina, que atrae a innumerables practicantes de snorkel, algo que suena a monstruo abisal o plato de la gastronomía noruega, pero que solo consiste en mirar el fondo marino, desde la superficie, con unas gafas y un tubo para respirar. Por desgracia, la vida submarina solo se nos aparece en forma de sombras de peces que se desplazan en un agua transparente y turquesa, y eso cuando se nos aparece, que es cuando frenamos todos, nos reagrupamos, recuperamos el aliento y podemos mirar abajo, porque, mientras paleamos, estamos demasiado ocupados en avanzar y demasiado cansados por el esfuerzo como para disfrutar del paisaje. Pasamos junto a los farallones de la Meda Gran y los roquedales intermedios de las demás islas sin apenas advertir que están ahí. Alguna vez se distingue una gaviota que pasa cerca de la barca, o el oído reconoce el graznido, que rebota en la piedra, de un cormorán moñudo o una garza real, pero, en general, solo nos dedicamos a hacer que el kayak se mueva con el menor dolor posible de las articulaciones (nuestras, no del kayak). Cuando ya casi hemos circunnavegado enteramente el archipiélago ("circunnavegar": qué gran palabra; me siento como Juan Sebastián Elcano al emplearla), el guía nos recuerda que está prevista una parada y un baño en la excursión. Aunque no hace falta que nos lo recuerde: no lo hemos olvidado; yo, al menos, no he dejado de recordarlo desde que he dado la primera palada. No obstante, el guía, del que, asombrosamente, nos hemos situado ahora muy cerca, sigue remando sin que llegue el descanso. Tras cada arrecife que alcanza o cada saliente que supera creo que ha de llegar la bahía en la que paremos, pero lo único que llega es más remar. Por fin tiene lugar el momento mágico: "¡Aquí!", proclama el guía, como proclamó Moisés al pueblo de Israel al alcanzar la tierra prometida. Y ahí nos reunimos todos. Otro empleado, que nos ha acompañado toda la travesía en una zodiac, un sevillano menudo y más negro que un tizón, de esa especie de currantes que llevan décadas ligándose a inglesas y escandinavas en las playas españolas con un verbo andalusí y un gracejo que no se puede aguantar, ata todos los kayaks a la zodiac y, mirando con especial ahínco a la asiática, que le sonríe con mucha afición, nos invita a zambullirnos. Y así lo hacemos: el agua nos revive. Pero lo primero que tenemos que hacer es alejarnos deprisa de los kayaks. Si nada más tocar el agua, los tres hemos aprovechado para vaciar la vejiga, es de suponer que los demás también lo harán, y que aquello está a punto de convertirse en una sopa de orines. Aliviados, nadamos hacia las rocas más cercanas. Pronto alcanzo una desde cuya cúspide nos mira, estatuaria y malcarada, una gaviota. No simpatizo demasiado con estos bichos, carroñeros y feroces, a pesar del impacto que tuvo en mi adolescencia la lectura de Juan Sebastián Gaviota, un best seller internacional de los 70 que estoy seguro de que, si lo leyera hoy, se me caería de las manos a la primera página, pero que me llevó, a mí y a millones de lectores en todo el mundo, a ver en las gaviotas el símbolo de la libertad. En cualquier caso, no tengo demasiado tiempo para admirar al pájaro, porque el guía se acerca para recordarnos que no podemos tocar las rocas ni, de hecho, apoyarnos en el fondo marino: solo podemos flotar. Esto es una reserva integral y está prohibido cualquier contacto humano. Eso es, justamente, lo que me gustaría hacer en la vida: flotar; que no hubiese que remar, ni sudar, ni trabajar, ni sufrir, ni nada: que todo fuese flotar, dejarse llevar por la corriente, contemplar el cielo luminoso desde una superficie acogedora. Nos dejamos, pues, flotar, gracias al chaleco salvavidas que a todos nos han obligado a portar. Veo entonces, por primera vez, las fabulosas construcciones pétreas que son estas islas. Recorren las paredes ocres que se alzan ante nosotros profundas estrías y escarpaduras. Muchas son negras, y no sé si lo son por alguna calidad particular de la roca o por la acumulación del guano de alguna de las sesenta especies de pájaros que viven aquí. El paisaje que se atisba no parece hospitalario. De hecho, es muy hostil. En las Medas no hay árboles, salvo algún algarrobo esquelético que quizá plantaron aquí algunos de los muchos piratas que han recalado aquí para saquear mejor la costa catalana (Miguel de Cervantes fue apresado por un corsario otomano cuando volvía de Italia, frente a Palamós, y llevado cargado de cadenas a Argel, donde pasaría cinco años preso), además de nopales, malvas arbóreas y alguna parra, por entre los que corretean las salamanquesas y los ratones (que también debieron de saltar de los barcos piratas). La sal que lo impregna todo, la tramontana que no deja de batir y la sequedad del lugar han hecho de las Medas un paisaje fascinante, pero un rincón inhóspito del Mediterráneo. Pero el baño se acerca a su fin y hemos de afrontar la última parte de la excursión: el regreso. Para hacerlo, hay que superar todavía un nuevo desafío: subir al kayak, algo aparentemente sencillo, pero que reviste no poca dificultad: no es fácil montar casi cien kilos en un objeto tan inestable, y menos ante la mirada escrutadora de casi todos. Desempeñarse como una morsa y fracasar como un zopenco no es divertido: el ridículo está cerca. Sin embargo, sorprendentemente, me las apaño bastante bien. He conseguido hasta evitar la sonrisita letal de los franceses. Impulsado por el miedo al deshonor, he hecho lo que también ha recomendado el guía: mantener el mayor contacto posible del cuerpo con la embarcación y, una vez subido, hacer la croqueta para que el trasero rodara hasta el asiento. Volvemos, pues, a una playa que me parece remotísima, pero las ganas de acabar se sobreponen al agotamiento. Paleamos, paleamos y paleamos hasta enfilar la entrada al embarcadero, señalizado con unas boyas amarillas. Vemos a la asiática y a la caucásica que nos adelantan, atadas a la zodiac del sevillano. La asiática va con las piernas cruzadas, como si estuviera disfrutando de una buena película en el salón de su casa. Reprimo, entre ahogos, la indignación mientras sigo remando, y me alegro por el sevillano, que seguramente se cobrará el favor esta noche. Los últimos metros se nos hacen angustiosos: nunca he deseado más derrumbarme en la arena. Pero lo conseguimos. Y hemos llegado antes que los franceses.

lunes, 19 de julio de 2021

Sacrificio

Sacrificio, de Marta Agudo (Madrid, 1971), relata una historia de vida y de muerte: de vida rebelándose contra la muerte, de muerte martilleando las esperanzas y las horas. Cuarenta y nueve poemas en prosa —la forma preferida de su autora— y un epílogo describen un combate físico y existencial que ya se había desatado en Historial, su poemario anterior, publicado en 2017. Marta Agudo cuenta con notables antecedentes de relatos de la lucha contra la enfermedad y la muerte en la poesía española última, como Libro del frío, de Antonio Gamoneda, Diario de una enfermera, de Isla Correyero, o el muy reciente La curación del mundo, de Fernando Beltrán, sobre la batalla que ha librado el poeta asturiano contra el coronavirus. Sacrificio no refiere una hospitalización —no, al menos, una hospitalización dilatada—, pero sí las turbulencias médicas, la lucha multiforme y persistente contra el cáncer, que se ramifica, como el propio mal, en una muchedumbre de clarividentes observaciones sobre la oscuridad. 

El simbolismo de Marta Agudo, empapado de pulsiones oníricas y visionarias, es fuerte. Raramente acude a la forma más sencilla o directa de decir algo (aunque lo hace en ocasiones, con el tino de una francotiradora: «depender es tener que dar las gracias permanentemente»), sino que prefiere buscar en los estratos semánticos subyacentes de ese algo un modo oblicuo de sugerirlo, o una asociación que lo suscite. Ello le proporciona una fuerza imprevista, áspera y arrolladora. En Sacrificio, las imágenes desgarran: «te sangra la boca con la palabra “muerte”», y abundan las paradojas, sobre todo las paradojas privativas: «cicatriz sin herida, oscuridad sin noche», «charco sin agua», «bilis (…) sin paréntesis», porque las fuerzas enfrentadas en las antítesis son un reflejo certero de las que combaten en la existencia, y porque la noción de carencia o despojamiento transparenta la desposesión contra la que pugna la poeta.

La enfermedad es el eje de la proclama, encendida y sombría a la vez, que es Sacrificio: la enfermedad, la herida, el daño. Y todas las manipulaciones físicas y psicológicas a las que se enfrenta quien pelea contra una amenaza que ya está instalada en su cuerpo, que ya ejerce, con insidia, su oscuro dominio: medicaciones, ingresos hospitalarios, vías intravenosas, anestesias, sillas de ruedas, terapias, electrochoques. El cuerpo, coprotagonista doliente del libro, recibe esas oleadas de padecimiento con el desamparo de una víctima, pero también con la insumisión de quien se resiste a claudicar: las neuronas, pese al tormento que se les inflige, manejan el timón y comunican, imparciales, ese mismo dolor que las atormenta; el hígado se astilla sin huesos; en la femoral cruje el ritmo; la bulimia conoce un big bang; los hematíes migran; los dientes tiritan; el esófago se asordina. La muerte, destinataria última de estas lides, lo observa todo reclinada al fondo de la escena. En un poema, Agudo explica por qué la morgue se encuentra en la planta inferior del hospital: según le han dicho, es preferible dar salida a los cadáveres «por la parte de atrás»; si no, «la gente se asusta». Y en la penúltima composición del libro describe la muerte como «una guerra en la que todos están de acuerdo». El sacrificio del título, trasunto del que el hórrido Minotauro hacía con los catorce jóvenes atenienses entregados por Teseo cada año como pavoroso tributo —y que constituye una figura recurrente en el libro, símbolo del mal—, es sinónimo de muerte. Y dada la preeminencia, el poder de la muerte, la poeta se vuelve paradójicamente hacia ella para resolver el conflicto de un cuerpo y una mente agujereados por el infortunio, pero que siguen peleando por la vida. La poeta la invoca entonces como aliada para que cese el sufrimiento. El suicidio —la posibilidad sanadora del suicidio— le permite abandonar su senda sobrecogedora y sumergirse en el abrazo negro del perseguidor, que ve frustrada así una espera tenebrosa, un camino de mortificación: «Solo la idea de poder matarme me ayuda a vivir», escribe en el poema 41.

La muerte, en fin, supone la coagulación del tiempo, que encauza el conflicto relatado en Sacrificio como las riberas de un río encauzan el caudal de la corriente. En varios poemas, Agudo alude al nacer o al nacimiento («uno a uno lloramos al nacer») como el otro extremo del trayecto que concluye irreparablemente en la muerte. Otras composiciones se remiten a los albores de la historia, simbolizados por las pinturas de Altamira, como la proyección comunitaria del tránsito individual, del lapso de la vida —ese «relámpago entre dos inexistencias», como lo ha descrito Gamoneda—. Acaso como otra manifestación de la cronología, del inexorable sucederse de los años, el libro presenta algunas ligazones numéricas: tiene 49 poemas, como los años de la autora al escribirlo; y cada siete piezas se repite la forma «he tenido que llegar hasta aquí para…». Estos poemas séptimos solo contienen una oración: «He tenido que llegar hasta aquí para comprender que en ocasiones los párpados no quieren cerrarse», dice el poema 42. En el 4, Agudo habla de la «senectud hecha de treinta y tres mil quinientas madrugadas», que puede ser solo una hipérbole, o acaso los 92 años que representan esas mañanas correspondan a una cifra significativa. Hasta el matemático Euclides aparece en Sacrificio. Esta voluntad de construir con los números, una instancia ajena a la magmática insurgencia de la poesía, condice con la naturaleza metaliteraria de muchos poemas, que propicia asimismo una construcción desligada de lo emocional. Aunque la expresión «naturaleza metaliteraria» no es precisa, porque las piezas de Sacrificio no constituyen una reflexión sobre la propia condición poética, sino el testimonio de que el lenguaje es, acaso, el único placer, el único valedor, que acompaña a la poeta en su viaje por la enfermedad. Los órganos del cuerpo y los incidentes de la enfermedad se vuelcan en el lenguaje, se hacen lenguaje: no solo lo utilizan para expresarse, sino que se transforman en sus piezas, con las que Marta Agudo edifica su conciencia y su mundo. El lenguaje es el único consuelo, la única realidad plausible de una realidad inexplicable. Esto dice el poema 34: «Busco en qué punto de esta pierna el predicado. ¿Es el sujeto el corazón porque canjea ritmos o todo cuaja en una oración pasiva sin complemento agente? Los complementos circunstanciales marcarán la índole de tu existencia: el cómo, el sitio, la luz. Y la gramática: otro posible orden al que brindar la razón del sacrificio».

Sacrificio es un palpitante clamor contra la muerte, contra la inmisericordia de la fatalidad y el dolor. La soledad a la que condenan —todo suplicio es estrictamente individual— exuda, sangra en las palabras. Y es un clamor celaniano: las palabras concurren por su fuerza descomunal, convocadas para articular, con su desarticulación, una zozobra indecible, bañadas por la angustia y, a veces, erguidas por la desesperación. En su propia quiebra, depositan la sustancia de su tortura; en su propio desorden, el orden de otra lucidez, que surge de la visión de lo que irreductiblemente somos, de la comprensión de las sombras. 

(Este artículo se publicó en Letras Libresnº 237, junio 2021, pp. 42-43)

martes, 13 de julio de 2021

Tres libros de autores extremeños

Acodo, de Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960), se publica ahora en RIL, la editorial hispano-chilena, después de haber visto la luz, en una edición privada y limitadísima —25 ejemplares—, en 2020. En Acodo, Pérez Walias ahonda en el recuerdo del pasado familiar —aquí singularizado en la figura del padre— que caracteriza la mayor parte de su obra. Vuelve así al mundo de la infancia, a la casa de los padres y los hermanos, y a los paisajes —los del valle del Jerte— que envolvían aquellos años inaugurales, en los que se desarrollan muchos de los poemas del libro. Recorre Acodo, melancólico, elegíaco, una aguda conciencia del paso del tiempo, en la que confluyen las milenarias tradiciones literarias, desde Heráclito, que han hecho del río el símbolo a la par de la vida, como curso, y de la muerte, como destino, y resuenan, como campanadas de difuntos, pero no sombrías, sino alegres por el recuerdo que concitan, las coplas manriqueñas: "un río / sin salida / a la muerte", escribe Pérez Walias en "Imperfecto simple". El río, es de hecho, el motivo principal del volumen, alrededor del cual se articulan numerosas escenas y no pocas metáforas. Es, claro, el río Jerte, "que se arroja en saltos, cascadas o chorreras, pero que también se aquieta en pozas, pesqueras y remansos, donde el poeta aprende mansedumbre, y donde descubre en su rostro las huellas del padre", como precisa Mario Martín Gijón en el hermoso prólogo del libro. Esto dice la dedicatoria del volumen: "Padre, nunca perdí de vista tu rostro / reflejado / en el agua / del río", y acude a la memoria el "nombre escrito en el agua" del epitafio de John Keats en el cementerio protestante de Roma. En el primer verso del primer poema, "Nascencia", leemos: "Mi infancia en el río lo cambió todo". En el río jugaba el niño con el padre; en el río pescaba con él; en el río se trabó un vínculo inextinguible, que Pérez Walias evoca con palpitante contención: "Vara de mimbre, / pájaro, / pez, padre, / el vuelo detenido de un vencejo, / padre, / hombre / —acaso solo / eso—. // Acaso / solo eras, / éramos. // Solo eso en la orilla —los dos— / del río". Otros símbolos transportan el sentimiento de pérdida y, a la vez, de irrenunciable presencia, como la casa. Una casa de la que el poeta rememora varias veces la jaula de los jilgueros, acaso como representación de eso, fugaz, que cautiva con su belleza, pero que desaparece irremediablemente: "El recuerdo de una jaula / acallada / por la muerte / o con jilguero, // el de un balcón con vértigo, // el de un muro con hiedra y caracoles / frente a la casa, // el de un membrillo cargado / de luciérnagas / amarillas, // el de un olivar que verdea —en mis ojos— / a lo lejos". En otros poemas, "Jilguero sobre jaula", "Jaula vaciada", esa jaula aparece como una casa en miniatura: como una alegoría pequeña de lo que la casa representa: el resguardo de la intemperie, el nido del tiempo, la impaciencia de las alas, el origen del canto, la inevitabilidad del fin. Los poemas de Acodo transmiten la alegría del recuerdo, el júbilo por la reviviscencia, en el remanso de la conciencia, de la figura amada del padre, pero también, a veces, el dolor porque ese recuerdo no sea suficiente para devolverlo a la vida, aun en su forma actual de ausencia acariciada. En el poema "Dolor" escribe: "Hoy no alcanzan las yemas de los dedos de mis manos / a sentir tu pulso. / Tiemblo / al ver tu rostro / desdibujado en el agua negra / del río / frente a mi rostro. / He aquí la sensación de oquedad. He aquí / —palpable— / el vacío / de lo que no fue abierto / hasta hoy / y mi mortaja. / No puedo devolverte a la luz. No puedo envolverte / con mi piel. / No alcanzo". Algunos poemas, enumerativos, transmiten, con el sutilmente atropellado encadenamiento de hechos o imágenes, las ráfagas del recuerdo, la abrasadora ilación de los momentos recobrados. Pero ya sean flemáticos o acelerados, domésticos o ambulatorios, todos procuran la reparación de quien hemos sido antes de ser nosotros, el abrazo primigenio del la luz que nos nutría, del árbol que nos cobijaba: "Un hombre fue feliz / aquí, / acodado / bajo esta sombra / tuya, / junto a la corriente / dormida, / en el remanso".

Equilibrios, de Antonio Reseco (Villanueva de la Serena, 1973), es un poemario diarístico, pero no porque asuma la forma del diario, con poemas fechados y un paulatino escrutinio del yo, sino porque cada pieza cuenta algo que le ha sucedido al poeta o algo que ha acudido a su mente, suscitado por un estímulo singular. Equilibrios es un poema del día a día, del ir haciéndose, del esto vivo y esto digo, que refleja la familiaridad con la que el escritor convive con la poesía y la ayuda que esta la presta para delinear su experiencia y articular su pensamiento. Con el tono narrativo que suele, no exento de la ironía que asimismo acostumbra, Reseco desgrana el panorama vital de quien se encuentra nel mezzo del camin di nostra vita y sabe, como Antonio Gamoneda —para quien la poesía supone contemplar los propios actos en el espejo de la muerte—, que el verso siempre nació de la muerte, como afirma en "Contra los falsos dioses o ad veram poeticam". Con un estilo en el que cohabitan lo coloquial y lo culto, y predomina uno u otro registro en función de lo que requiera el poema, Reseco comunica todavía no la ansiedad, pero sí la inquietud por el paulatino acercarse del fin, entrevisto en las fosilización de las rutinas cotidianas, en la declinación de las aptitudes y también de las ilusiones, en la decadencia, aún moderada, pero ya inexorable, del cuerpo. En Equilibrios —quizá los que el autor hace para no perder pie en el suelo de la vida y rodar sin asideros por la ladera del ocaso—, asistimos al combate de la madurez consigo misma: para no extraviarse en el desasimiento, para no abandonarse a la pérdida. Eso infunde un matiz de melancolía a muchos poemas. Leemos en "Mi hogar": "Mi hogar es un libro sin páginas. / La sombra de un árbol, todas las mujeres / que me abandonaron. Mi hogar / es el acento neutro de las palabras / que nunca saben decir lo preciso / (...) Mi hogar es la línea fronteriza que distingue / lo que fui de lo que pude haber sido / (...) Mi hogar es la presencia de los muertos". El pasado vuelve con frecuencia, y con él la nostalgia de lo extinto, la certeza del olvido que ya ha sido o que será: "La distancia entre un poema / y su mentira es un latido (...) // No hay futuro en nuestra voz, / solo humo, petulancia, la irónica sonrisa / de un olvido seguro, necesario", dice en "Derrotas". También la monotonía burguesa, los hábitos narcóticos de una vida acomodada —de la que Reseco, por otra parte, no abomina—, causan algún estrago y cierto cansancio. En esta aurea mediocritas, cuya aureola empieza a adocenarse, se juntan las lecturas de Eliot, Poe, Wilde y el Libro de Kells —Reseco es un anglófilo irredento— y los acontecimientos de la actualidad, como el muro que un presidente idiota ha pretendido levantar en los confines del desierto o la inacabable polémica por el lenguaje políticamente correcto. A veces, los poemas de Equilibrios son muy breves, como fogonazos. Es el caso de "Minerales", compuesto solo por un dístico: "El metal que hiende la carne / fue antes célula en la tierra". Otras funcionan como relatos, y un final inesperado revela, a modo de anagnórisis o puñetazo, el verdadero sentido del poema, como "Vicios pasajeros": "Podría decir hoy / sin miedo a equivocarme demasiado / que te amé tanto / como la irracionalidad me permitió. / Pero tampoco mentiría / si no admitiera que fue un alivio / olvidar la dureza de tu tacto / y su son de música étnica, / puñetera máquina de escribir". El poema final, y el más extenso del volumen, "Breve tratado de las sombras", se construye mediante una sostenida anáfora: "Me gustaría...". Reseco, sintetizando el sentido último de Equilibrios —la reverberación de la juventud y sus ambiciones, y el imperio de la adusta aunque también cómoda realidad— y formulando asimismo un programa moral, revela todo lo que ya sabe que no alcanzará, o que ha perdido. Pero no lo hace con amargura o desesperación, sino con sosiego y sentido del humor, lo único que nunca pierden las personas inteligentes: "Me gustaría poseer todas aquellas cosas / que el dinero detesta y que, por el contrario, son las más onerosas: / la salud, el amor, la lealtad, la paz. / (...) Me gustaría poseer tiempo, todo el tiempo preciso / hasta que llegara a comprender que la muerte es necesaria (...) / Me gustaría poseer una dedicatoria de Lou Reed / y, ya puestos, una fotografía firmada por Rita Hayworth, / aunque sé que resultará altamente improbable / y puedo sobrevivir a ello sin demasiadas dificultades".

Antonio Rivero Machina (Pamplona, 1987) completa en Trasposiciones —su primera obra en prosa, después de dos poemarios— un libro muy literario. Cada uno de sus ocho relatos constituye justamente eso, la trasposición de un texto clásico en otro suyo y actual: la recreación de un cuento, novela o ensayo a partir de las premisas con que fueron construidos, con el aire o el tono o las inquietudes que los caracterizan: "Cinco horas después" traspone Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes; "Cuento de amor, de locura y de muerte", los cuentos homónimos del uruguayo Horacio Quiroga; "Funes", "Funes, el memorioso", de Borges; "La metamorfosis", la de Kafka; "El tercer hombre", la novela del mismo título de Graham Greene (y la película de Carol Reed y Orson Welles); "Si esto es un hombre", el relato confesional de Primo Levi; "El extranjero", el clásico de Albert Camus; y "De los delitos y las penas", el tratado fundacional del Derecho penal moderno, de Cesare Beccaria. Todos manejan elementos distintos: "Cinco horas después", ingenioso y burlesco, trata del exceso de libros y de los excesos de las esposas; "Cuento de amor, de locura y de muerte" no transcurre en la selva del Amazonas, sino a las orillas del Guadiana y en la ciudad de Badajoz, "que siempre ha soñado con ser algo más que un taciturno puesto fronterizo" y que está "demasiado ocupada en salir adelante como para ser bonita"; en "Funes" no se trata de alguien que lo recuerda todo, sino que lo oye todo; "La metamorfosis" no es la de un hombre en cucaracha, sino la de una estatua de mujer, tallada por un viejo escultor enamorado de ella; "El tercer hombre", policiaco, hace un delicado análisis psicológico de los personajes; "Si esto es un hombre" transforma una realidad inverosímil, la de los campos de concentración, en otra, igualmente increíble, de ciencia ficción; "El extranjero" se apoya en documentos oficiales, ficticios, para referir una exótica aventura en África, de reminiscencias rimbaldianas; y "De los delitos y las penas" depara una sorpresa final que subvierte nuestra interpretación del monólogo que lo constituye. La cultura literaria de Rivero Machina es amplísima, y su prosa, persuasiva, maneja con soltura todos los registros de género y todos los recursos expresivos y estructurales: el texto encontrado, el monólogo dramático, la narración fantástica, la crónica biográfica, la historia de aventuras o intriga, el lirismo. Y quizá en esta amplitud de conocimientos y esta riqueza técnica esté el único matiz, ni siquiera objeción, que se le puede hacer a este libro: que resulta, a veces, demasiado literario. Los personajes se pliegan a las exigencias retóricas y, en alguna ocasión, pierden viveza, humanidad. Esta constricción del ser verosímil por el molde formal se advierte especialmente en los diálogos —que son, en cualquier caso, lo más difícil de la literatura, junto con el humor, y que Rivero Machina nunca teme abordar, y se le agradece—, que no se apartan lo suficiente de las inflexiones de la prosa y quedan atrapados por su mismo artificio. Trasposiciones, no obstante, revela a un prosista enérgico, imaginativo y elegante, que no se arredra ante los grandes de las letras, sino que, al contrario, los utiliza para alumbrar un mundo propio y proseguir, así, el curso feliz de la buena literatura.

jueves, 8 de julio de 2021

Melancolía de desaparecer

Andaba yo haciendo tiempo —qué curiosa expresión: «hacer tiempo»; el tiempo no se hace, sino que se deshace, y nosotros con él— por Alonso Martínez, en Madrid, a la espera de encontrarme con un buen amigo en el Café Comercial, otrora ejemplo de cafetería mugrienta y deliciosa, y hoy de pijerío insulso y digital, cuando llegué a la plaza de Santa Bárbara y reconocí en su centro la curiosa librería de viejo en forma de quiosco en la que, en otras ocasiones, ya me había hecho con algunos volúmenes interesantes. Me sorprende este establecimiento insólito en medio del tráfago capitalino, con aires de horchatería o expendeduría de altramuces y almendras garrapiñadas. En sus anaqueles, sin embargo, se apilan libros valiosos, tanto más cuanto uno no espera encontrarlos donde están, rodeados de gente que parlotea en las terrazas o toma en sol en los bancos sin respaldo de la plaza. Me asomo a los estantes exteriores, donde amarillean al sol los libros más prescindibles, pero encuentro uno insospechado: un ejemplar de El almendro y la espada. Poemas de paz y guerra, del conde de Foxá, publicado por la Editora Internacional, de San Sebastián, en 1940. El conde de Foxá es Agustín de Foxá, también marqués de Armendáriz, uno de aquellos escritores falangistas, como Dionisio Ridruejo, Eugenio Montes o José María Alfaro, que brotaron en el humus de las vanguardias —Foxá fue amigo de Gómez de la Serna y María Zambrano, y su primer libro, La niña del caracol, de 1933, lo prologó y publicó Manuel Altolaguirre—, pero que luego abrazaron el fascio: fueron revolucionarios en el arte, pero reaccionarios en la política, una contradicción que nunca he sabido resolver. Aunque los motivos de Foxá, como él mismo reconoció, eran obvios: «Soy conde, soy gordo, fumo puros; ¿cómo no voy a ser de derechas?». Andando el tiempo, algunos de ellos se desengañaron de la Falange —de ella afirmó Foxá que era la «hija adulterina de Carlos Marx e Isabel la Católica»—, pero nunca abandonaron el pensamiento tradicionalista ni dejaron de apoyar al régimen de Franco. De Agustín de Foxá me había rondado siempre el recuerdo de un poema que leí o escuché en alguna parte —de esa parte brumosa, compuesta por todos los libros que hemos leído y todas las palabras que nos han sido dichas, de la que nos llegan tantos ecos a los letraheridos— sobre la pena que sentía el protagonista por que todo siguiera siendo como era después de morir él: que el sol continuase saliendo, y el cielo siendo azul, y la primavera derrochando vida, cuando ya no podía sentir el sol, ni el cielo, ni la primavera. Me rondaba, pero no lo tenía identificado. Me había parecido muy hermoso, según recordaba, y, sobre todo, muy estoico y muy humano —comprensible por todos, compartible por todos—, y había cobrado en mi memoria un aura casi legendaria, como de mensaje que flotara en el cosmos de la literatura irradiando su melancolía, pero sin encarnarse en una forma concreta, sin aterrizar en la realidad. (Habría podido rebuscar en Internet, o expurgar las obras completas del escritor, pero prefería mantenerlo en ese lugar indefinido, tocado por el misterio). Hojeo entonces El almendro y la espada y, junto a los previsibles poemas de exaltación patriótica o fascista —hay baladas al Cid, dicterios contra los tanques rusos en las estepas castellanas y un «Canto a Roma» dedicado al Duce—, encuentro el poema, que se titula «Melancolía de desaparecer». Y en ese momento se materializan, como si surgieran de la cueva en la que habían estado encerrados, aquellos versos inaprensibles, pero conmovedores, que yo guardaba desde hacía tiempo en el recuerdo:

Y pensar que después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar, yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.

La puntuación es imprecisa, pero el sentimiento es abrumador. Y llama la atención ese «cuando aún cantaba Dios», que parece indicar un alejamiento o desengaño de la fe. De hecho, esta ausencia de Dios en el poema, sobre todo en un autor tan católico como Foxá, resulta muy estimulante y da a la composición una vibración atemporal, en la que todos los credos pueden reconocerse o, mejor aún, en la que solo se reconoce el credo humano. (Por eso, me parece, los dramas de Shakespeare son tan universales: porque no hay en ellas ni una sola alusión a Dios; Dios era para él, como le respondió en una célebre ocasión el astrónomo Pierre-Simon Laplace a Napoleón, una hipótesis innecesaria). Releo una y otra vez los endecasílabos de «Melancolía de desaparecer» maravillado por la hondura de su tristeza, la transparencia de la exposición y la fluidez con que se desarrollan, que no entorpece la rima consonante, a menudo tan molesta. Pienso en la temprana muerte de Foxá, en 1959, a los 53 años, por la cirrosis que le había causado su afición al alcohol, cultivada en innumerables cócteles —como han hecho siempre aristócratas y diplomáticos—, pero también en su desventurada intimidad, en varios continentes. Y asisto a la contemplación de ese cielo en cuya rotación —día, atardecer y noche, sol y luna— cifra el poeta la existencia del mundo y simboliza sus placeres, mientras sobre mí se abre un firmamento radiante, apenas veteado de blanco, y a mi alrededor la gente sigue chupando cerveza y charlando sin la preocupación de morir, las palomas continúan picoteando el suelo, y el quiosco de la plaza emana todavía ese olor harapiento y acariciador de los libros viejos. No hay rosas en la plaza, pero es primavera, y siento en el aire su seda, que tampoco podré llevarme cuando me vaya.

[Este artículo se publicó en La Sombra del Ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 18 de junio de 2021]

domingo, 4 de julio de 2021

Música de salón en el claustro

Hoy voy a un concierto. En el claustro del monasterio de Sant Cugat, un dúo femenino —soprano y pianista— interpretarán piezas de salón —de lo que antes se llamaba música de salón, una de las más sofisticadas invenciones de la cultura occidental— y de ópera. Y me agrada la idea no solo de escuchar a Beethoven, Schubert, Liszt o Donizetti, sino de hacerlo en ese lugar insólito, donde ni ellos ni los monjes que lo han fatigado durante siglos imaginaron jamás que pudiera oírse L’amante impaziente (Arietta assai seriosa) y mucho menos L’amante impaziente (Arietta bufa). Paseo hasta el claustro mientras España y Suiza juegan un partido, dizque importante, del campeonato de Europa de fútbol. Pero el encuentro no parece enloquecer a las masas, que no están en casa, clavadas al televisor, ni celebran con aullidos los lances del juego. Las calles están llenas de gente que empieza a disfrutar del verano, que pasea, se toma un helado, charla en terrazas o visita tiendas. La mayoría, por cierto, sigue llevando mascarilla. Yo no. Igual que costó que nos acostumbráramos a llevarla, ahora costará que dejemos de hacerlo. El hombre es un animal de costumbres. Paso junto a un grupo de adolescentes que mantienen un animado debate sobre los asuntos de que siempre han debatido los adolescentes, mientras sorben cervezas. Oigo que uno dice: "La tía está sobrevalorada, pero que esté sobrevalorada no quiere decir que no esté buena. Tiene una follada increíble". Es un razonamiento descarnado, pero no carente de finura. Ya en la plaza del monasterio, reparo en los carteles que anuncian los programas culturales organizados por el ayuntamiento para amenizar el verano. Salvo uno, todos los espectáculos y actuaciones son de mujeres. Siento luego una punzada de melancolía, que se convierte en dolor: a este lugar traía yo a mi madre, en sus últimos días, desde la cercana residencia en la que vivía. Empujaba la silla de ruedas, nos acomodábamos en un rincón, bajo los árboles, y nos tomábamos un helado (o un mantecado, como decía ella), que compraba yo en la heladería en la que, durante casi 30 años, he comprado helados para mí, para mis hijos, para mi mujer, para mis amigos y, por fin, también para mi madre. Y desde aquella modesta atalaya, mientras lamía la vainilla o el chocolate, miraba ella el mundo, el fin del mundo. Me pongo en la cola para entrar al claustro, en la que predomina la gente mayor. Hasta hay dos señores con sombrero (y sendos lacitos amarillos en la pechera; ah, qué pesadez). Junto a la puerta, montan guardia, además de los que leen las entradas, dos dispensadores de gel hidroalcohólico y un código QR para que nos descarguemos el programa de la velada. Y yo, que pertenezco a la cultura del papel, echo de menos aquellos folletos satinados que se repartían en el teatro y los conciertos con la información precisa sobre el espectáculo, los actores y los músicos: cuadernillos gozosos en el momento y nostálgicos recuerdos después. En el claustro, nos reciben las sillas de jardín —de plástico verde— que se han colocado a modo de platea y un enorme piano de cola negro. Con la tapa levantada, parece un hipopótamo bostezando. Ocupo un asiento en el centro, y pronto me rodea una marejada de conversaciones banales. Se habla de vacunas y de vacaciones, de vacunas y nietos, de vacunas y calor. La aparición de las intérpretes interrumpe el fatigoso cacareo. Son Eugenia Boix, soprano, y Laia Masramon, pianista y fortepianista. La cantante, bellísima, despliega un físico poderoso; la instrumentista, unos rasgos amables y delicados. Pero ninguna de ellas habla, ni nadie de la organización las presenta o informa sobre el acto. Se sitúan en el escenario y atacan con brío la primera pieza del repertorio de hoy, Abendempfindung, el lied inicial de los seis para soprano y piano que aporta Mozart. Aunque, para hacerlo, primero una meritoria del ayuntamiento ha de expulsar a patadas a una paloma que se ha instalado en la banqueta de Masramon y que luego, en el suelo, se niega a abandonar el escenario y hasta el claustro. Los directos en el monasterio tienen estas cosas. Luego habrá más. Empezada la actuación, me quito discretamente las sandalias. Es un placer sentir la hierba en los pies, aunque contrarrestan ese placer el móvil de una señora, que suena dos veces (ya no se recuerda al público, antes de empezar la sesión, que ha de apagar los telefoninos, como solía hacerse cuando estos aparatejos se popularizaron; era una costumbre saludable que se ha perdido, no sé por qué. Aunque hoy los organizadores no han dicho ni oxte ni moxte: el mutismo con el que acompañan la sesión es absoluto), y las toses de mi vecina de atrás, que, para frenar la expectoración, descorre la ruidosa cremallera del bolso donde debe de guardar pañuelos o caramelitos balsámicos. En realidad, toda la actuación del dúo Boix-Masramon se verá acompañada por los ruidos de la vida que sucede a nuestro alrededor: un cuco que canta, dos pájaros que se pelean en el aire, un niño —de los dos que hay entre el público— que dice algo en voz demasiado alta, las campanas del monasterio que van tocando los cuartos hasta que, ineluctablemente, dan las catorce campanadas de las diez. Estos incisos no perturban a Boix y Masramon, que los capean con profesionalidad. No obstante, pienso, si quienes cantan y lo que cantan no pueden sobreponerse a las distracciones que depara el entorno, es que no son lo bastante buenos. Pero ellas son buenas, y también lo que interpretan: Mozart; Beethoven, de quien ejecutan Cuatro arias para soprano y piano, opus 82; Schubert y sus Tres lieder para soprano y piano; Liszt, que contribuye con Oh, quand je dors; Vincenzo Bellini, un compositor que lo hizo todo pronto: cantar —con dieciocho meses ya era capaz de atacar un aria de Fioravanti—, componer —escribió su primera obra a los seis años— y morirse —a los treinta y tres, en París—, y que aporta la hermosa Eccomi in lieta vesta, de la ópera Los Capuletos y los Montescos; y, por último, el gran Gaetano Donizetti, cuyo Quel guardo il cavalière, de la ópera Don Pasquale, cierra esplendorosamente la velada. Boix canta sin micrófono: su potencia vocal y la magnífica acústica del lugar hacen innecesaria la amplificación. Tiene una voz de cristal, pero cuyos matices vítreos no le restan ductilidad. Por el contrario, las inflexiones del fraseo surcan el aire y se clavan en la penumbra creciente de la tarde con una precisión casi dolorosa, y ahí quedan vibrando, como mariposas transparentes. En los lieder, la soprano apoya una mano en el borde del piano. Espero de todo corazón que un golpe de aire no abata la pieza que mantiene la tapa levantada. Masramon acompaña con exactitud las sinuosas transparencias de la soprano, aunque en varias ocasiones, antes de una nueva pieza, haya de levantarse para poner orden en las partituras, que parecen extrañamente rebeldes y que incluso escupen una de las pinzas que las sujetan al atril, que la pianista recoge con presteza del suelo. La belleza de lo que escuchamos nos ayuda a soportar la incomodidad de las sillas. Y lo que sucede ahora, caída ya la noche, a nuestro alrededor —las polillas que se juntan y beben, enloquecidas, de la luz amarilla de los focos; un lagarto ropero que deambula por entre las basas de los arcos del claustro, y que me recuerda a los que recorren también las paredes de mi terraza, camino de la terraza del vecino del tercero— no anula la seducción de la música. Cuando el concierto acaba, un empleado entrega sendas rosas rojas a las intérpretes. Es un gesto de agradecer, pero habría resultado más prestante si, en lugar de una gorra campera, unas zapatillas de deporte y un arete en la oreja, el donante hubiese llevado un atuendo más acorde con la ocasión, y si, en lugar de una rosa, les hubiera obsequiado una docena. Pero el presupuesto manda: no hay dinero para corbatas, y muy poco para flores. Boix y Masramon tienen la gentileza de despedirse con una pieza de propina, aunque no sé de cuál se trata. En el código QR no consta.

lunes, 28 de junio de 2021

Diarios de viaje (2016-2019)

Acaba de aparecer, en la editorial Eolas, dirigida por Héctor Escobar en León, Diarios de viaje (2016-2019), que reúne las crónicas que he escrito sobre diversos viajes que he hecho entre esas fechas: a Quito, Serbia, Chipre, Niza y la República Dominicana. El libro también recoge las sucesivas entradas colgadas en este blog sobre las visitas que hice a Mánchester, entre marzo de 2018 y julio de 2019, por una razón familiar: la que entonces era mi mujer vivía allí, y otra en la que cuento una esforzada excursión en bicicleta por Extremadura. Todas estas crónicas, salvo el divertimento extremeño y el relato mancuniano que conforma una suerte de diario dentro del Diario—, y que ya han visto la luz en Corónicas de Españia, son inéditas. Es mi tercera entrega de un libro de viajes, tras La pasión de escribil, que apareció en La Isla de Siltolá en 2013, y El mundo es ancho y diverso, que lo hizo en Baile del Sol en 2018. Todos son fruto de mi sustancial acuerdo con una frase de Michel Le Bris que cito como epígrafe en Diarios de viaje: "¿Qué sería del viaje sin un libro que avive su llama y prolongue su huella?". Escribir sobre lo que hemos visto y sido no es sino otra forma de luchar contra el olvido: contra la muerte. Tan infructuosa como todas las demás, pero algo más placentera quizá: para el escritor y espero que también para el lector. 

Este es el texto que escribí para la contracubierta del libro:

Que las puestas de sol sean diferentes. Dormir mal, pero que no importe. Prepararlo todo minuciosamente para que luego todo salga distinto. Estudiar mapas. Caminar. Que el enchufe que te has llevado no sea el adecuado. Aprender a oler. Oír ruidos diferentes. Rehuir a los compatriotas. Buscar a los compatriotas. Ir a Altaïr a comprar una guía. Seguir caminando. No entender nada. Refrenar la tentación de compararlo todo con casa. Cambiar moneda. Que duelan los pies. Hacer cola. Que te pidan propina. Visitar museos. Caminar. No saber qué dice la carta en los restaurantes. Comprar sándwiches en el supermercado y comértelos en un banco. Quedarte dormido en los parques. Admirar lo grande, lo pequeño, lo distinto, lo mismo. Perderse en las calles. Que te timen en los cafés, que te timen los taxistas, que te timen con la cuenta del minibar o el teléfono del hotel, que te timen. Visitar parques nacionales. Que te hayas dejado justo eso que necesitas. No dejar de caminar. Llevar siempre el pasaporte encima. Que te pierdan la maleta en el aeropuerto. Advertir cómo viste la gente, cómo se mueve, qué zapatos usa. No saber en qué parada has de bajarte. Aprender a decir «hola», «gracias» y «adiós». Darte cuenta de que los seres humanos son los mismos en todas partes. Sobrevivir. Descubrir que ni tu dolor ni tu felicidad cambian por el solo hecho de cambiar de lugar. Sorprenderte por lo caro o lo barato que es todo. Hacer fotos. Que se te enciendan los ojos. Ser otro, sin dejar de ser tú. Comprar botellines de agua y bebértelos mientras caminas. Buscar un restaurante con espectáculo para cenar. Buscar lugares con wifi. Respirar más hondo. Usar medios de transporte que jamás habías utilizado (ni pensado que utilizarías). Que la maleta se llene de ropa sucia. Que el tiempo no pase a la misma velocidad. Desear volver. Desear quedarte. Viajar.      

Formato: Libro físico
Autor: Eduardo Moga
Editorial: Eolas Ediciones
Categoría: Literatura
Año: 2021
Idioma: Español
N° páginas: 388
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 978-84-18718-03-8
Precio: 22 euros

jueves, 24 de junio de 2021

La verbena de los indultos

Ha llegado la verbena. Como cada año, con la puntualidad del solsticio. La pasaré solo. No me importa: estar solo cuando todo el mundo está reunido para celebrar una fiesta, tiene algo de la belleza crepuscular de la derrota. No obstante, no quiero pasar toda la tarde —y toda la noche— encerrado en casa, y salgo a dar una vuelta por el pueblo (que siempre lo será para mí, aunque ya supere los 90.000 habitantes). La verbena no ha llegado este año con el estrépito de otros: un estrépito que le es connatural, pero que a veces afloja. Antes, los petardos lo invadían todo varios días antes del 23 de junio. Constituían un crescendo infalible: primero sonaban unos pocos, aún tímidos, como si no quisieran molestar; luego, venciendo el recato de la costumbre, algunos más, y, conforme se acercaba la noche de autos, se multiplicaban hasta llenar el aire de explosiones y las narices de olor a pólvora quemada. Más aún: tras la verbena de San Juan, llegaba, unos días después, la de San Pedro, menos jacarandosa —la capacidad para trasegar alcohol y el presupuesto para petardos habían mermado— pero aún ardiente, y nunca mejor dicho, que renovaba el rito del fuego purificador. Cuando salgo a la calle, solo suenan algunos pifs que se me antojan hasta ridículos. De vez en cuando, explota un petardo gordo, que rebota en el aire como un pelotazo en una chapa. Estos bastan para espantar a los perros, que resguardan la cola entre las piernas y giran la cabeza para localizar la amenaza. Pero la amenaza está en el aire. La verbena ha sido siempre, para mí, un ecuador social. De niño, mi padre me llevaba a ver el espectáculo de los Harlem Globetrotters (que él pronunciaba jarlem globertroters), que, pese a ser el mismo cada año, yo veía cada vez como si fuese la primera. Luego, yo tiraba piules por el balcón de casa (que aterrorizaban a la colonia de gatos que vivía en el interior de la manzana) y hasta me atrevía a bajar solo a contemplar las enormes hogueras que se montaban en los cruces de las calles, en pleno Ensanche. Hoy es impensable, pero en aquellos tiempos primitivos nadie se preocupaba por que se levantasen fogatas como casas junto a las casas del barrio; es más, los mismos vecinos cuyas viviendas peligraban alimentaban las piras con listines telefónicos, muebles viejos y alguna suegra. Al llegar a la edad que tenía mi padre cuando me llevaba a ver los jarlem globertroters, también yo festejaba la verbena con mis hijos, aunque no fuese con ellos al baloncesto. Nuestra celebración era más modesta, pero no menos divertida, sobre todo cuando hacíamos aquello que se supone que hay que hacer en estas fiestas ordenadamente subversivas: infringir las normas, como tirar alguna bombita en una papelera o meter un cartucho en un hormiguero. Hoy me siento avergonzado por lo que les hice a las papeleras y a las hormigas, pero qué puedo decir: en toda vida hay luces y sombras, y una de las sombras que más me pesa, lo confieso, es haber sido hormiguicida; la otra, haber llevado tejanos de campana. El año pasado, en fin, fui a casa de una amiga, que, sabedora de mi soledad, me había invitado a cenar con su familia y otra gente. Este año no me ha vuelto a invitar. Se conoce que no les debí de gustar a sus invitados, o quizá ni a ella. Es muy posible: recuerdo que eran pesadísimos, y cada vez tengo menos aguante con el muermo. En el parque al que salgo de casa, el sol, circunflejo, aún pega. Son las siete y media, pero parecen las tres, aunque un leve emborronamiento, una suavidad recoleta, como de calambre que empieza, revela que la luz se acerca ya más al declinar que a la insurgencia. Huele a hierba y a munición. Veo unas pintadas nuevas en el suelo: en rosa y en violeta, dicen "Agressor: et vigilem" ['Agresor, te vigilamos'] o "Agressor: no ets benvingut" ['Agresor, no eres bienvenido']. Están por todas partes, hasta encima de las mesas de pimpón. En el pueblo, me asomo al Reread, pero no descubro nada de interés, que es lo que me suele pasar en los Reread que visito. O, mejor dicho, descubro algunos libros apetecibles (un Cavafis, un Pessoa), pero ya los tengo, o sospecho que los tengo. Recordar todo lo que uno tiene, cuando se poseen varios miles de libros, no es fácil: es más bien imposible. Pero, para suplir o moderar esa imposibilidad, los bibliómanos solemos desarrollar un extraña intuición: algo nos dice, ante un nuevo título, si es probable que ya dispongamos de él, si, por su antigüedad, el interés que nos despierta su autor o la editorial en la que se ha publicado, ya debe de estar en nuestras estanterías. Salgo de la librería y me meto en otro lugar maravilloso: la horchatería. Hoy, en lugar del habitual granizado de limón poco granizado, me agencio una horchata. Me subirá el azúcar, pero hoy es la verbena: que le den por el saco al azúcar. (Además, no voy a comer coca; cenaré unas judías hervidas). Llego enseguida a la plaza del monasterio. Está ocupado por un acto independentista, o al menos eso deduzco del atrezzo. La entrada al espacio vallado se encuentra en una caseta de Òmnium Cultural, esa benemérita organización que, bajo el sintético pero apabullante lema de "Llengua. Cultura. País", tanto ha hecho, y sigue haciendo, por la comprensión entre catalanes. Hoy deben de estar especialmente felices, porque su líder, el inefable Jordi Cuixart —que se hizo famoso ante los jueces por su seductora melenita y por advertir, solemnemente, ho tornarem a fer ['lo volveremos a hacer']—, ha sido indultado por el Estado opresor, aunque tan opresor no debe de ser cuando lo ha indultado. Quizá las sillas y el micrófono que veo en el estrado que se ha instalado, sean para él; quizá vaya a venir hoy a Sant Cugat, un pueblo en el que el ansia secesionista rezuma por doquier, para presentar el perdón como un triunfo y arengar a sus huestes, entre los que distingo a mucha gente mayor. Espero, en cualquier caso, que su parlamento no coincida con el encendido del montón de maderas viejas que han dispuesto, como un tipi, junto al estrado: ambos están peligrosamente cerca. Qué verbena memorable sería esta si, por el afán jocoso de sus fieles, se chamuscara el tinglado indepe. Para entrar al recinto, la gente ha de firmar unos papelotes que esgrimen los pretorianos del Òmnium. Seguramente sean algún manifiesto en defensa de los ideales de la organización o alguna petición política: ganar la independencia, crear la república catalana, conquistar el cielo. En este país gusta mucho firmar manifiestos: el PP también lo hace a menudo, aunque siempre para boicotear iniciativas de los pérfidos catalanes. (VOX es más de enviar a los tanques; además, a sus líderes escribir no se les da muy bien). Aparte de recoger firmas, Òmnium aprovecha el chiringo para hacer algo de caja y pone a la venta camisetas con la cara de Cuixart, que aparece con gesto a lo Nelson Mandela, o mensajes sobrecogedores como Mai no podran empresonar les idees ['Nunca podrán encarcelar las ideas'], que desatiende el hecho de que ni Cuixart ni nadie ha sido encarcelado por sus ideas, sino por lo que hicieron: por los delitos que cometieron. Hasta ese momento, todos ellos habían defendido, durante años, las mismas ideas que siguen defendiendo hoy, y nadie había sufrido ni prisión ni castigo alguno por ello, ni lo sufre hoy. Pero ¿por qué van a preocuparse por los hechos unas camisetas reivindicativas y quienes las imprimen? La parafernalia independentista y, sobre todo, el espíritu que advierto en el ambiente me recuerda a mis años tardofranquistas (que los tuve, aunque solo fuera un crío) y primeros de la democracia (ya adolescente), en los que la oposición a la dictadura se envolvía de un halo de legitimidad ética y grandeza moral, del misterio y a la vez el brillo de una lucha noble, de unos ideales superiores con los que se pretendía derrotar a un fascismo octogenario. Aquel halo estaba justificado. Muchos de los que están hoy en esta plaza —gente mayor, ya digo— deben de sentirse vivificados por el recuerdo de aquella pelea contra la dictadura y están encantados de tener una nueva ocasión de experimentarla. Pero esta vez no hay dictadura, por más que aleguen que en España no hay democracia (en eso coinciden con el PP, que estos días ha proclamado que los indultos de los independentistas acababan con la ley, y hasta con el régimen democrático, en España), sino un Estado de derecho pleno, en el que Cataluña ha crecido y mejorado, y cuyas leyes amparan por igual a los ciudadanos catalanes y a los ciudadanos españoles. Yo los observo a todos como observaría a una familia de suricatas en la sabana africana, mientras sorbo la horchata por una pajita con los colores de la cuatribarrada. Me siento ajeno y distante, pero a la vez fascinado por esta hipnosis colectiva, por esta efervescente pero entenebrecedora comunión identitaria, y me pregunto cómo me mirarían, o qué pensarían, si supieran lo que pienso yo de sus ideas. (Una sensación muy parecida tengo cuando veo por televisión las reuniones del PP o de los neofascistas de Abascal [aunque aplicar el prefijo "neo" a cualquier cosa relacionada con VOX sea una contradicción en los términos: VOX es el paleolítico] en las que aúllan su devoción a la patria: la de una manada de ñus de cuyo pisoteo hay que escapar). Cuando me acabo la horchata, salgo de la plaza. Veo entonces a una anciana en una silla de ruedas, con las piernas tapadas por una mantita de paseo como la que le ponían a mi madre cuando estaba en la residencia. Debieron de ser compañeras. Con los ancianos impedidos me pasa ahora lo mismo que me pasaba cuando hacía la mili y solo veía soldados por las calles, o cuando mi mujer estaba embarazada y solo veía preñadas por las calles: que solo veo ancianos impedidos. El ojo, movido por el sentimiento, los selecciona a ellos de entre el gentío que pasea, y pienso en mi madre, o la veo. En la calle que rodea al monasterio, se están juntando los tradicionales dimonis, que participarán en el pasacalles, con algunos militantes del Òmnium —todos con camisetas amarillas en las que leo la palabra assemblea, pero no sé de qué; eso es precisamente lo que significa la palabra "iglesia": asamblea— que despliegan una pancarta anunciando la llegada a Sant Cugat de la flama del Canigó ['la llama del Canigó'], ese fuego que se prende en una de las montañas sagradas del nacionalismo y que después voluntarios transportan por toda Cataluña para simbolizar la pervivencia de la cultura catalana y encender las hogueras de San Juan. Y ahí está la llamita que nos ha correspondido a nosotros: la sostiene un voluntario muy imbuido de su trascendente papel, de rictus poco menos que marcial. Aunque a mí la llama, la verdad, se me hace un poco chuchurría. No tiene nada que ver con la vigorosa antorcha de los Juegos Olímpicos, ni con el arder inextinguible de los monumentos a la patria o al soldado desconocido, ni con esa tea que lleva mil años encendida en un templo de Benarés. Nunca he sentido apego ni interés por estas ceremonias tradicionales ni, en general, por las celebraciones populares de la cultura: me pillan lejos, aunque algunos se empeñen en cultivarlas a mi lado. Y menos estas, que forman parte de una reivindicación política. En esta verbena, todo está mezclado: las cosas de la pandemia, la jarana verbenera y la reclamación independentista. Quizá esté bien así, pero a mí me confunde un poco. Antes de perderme más allá de la plaza que hoy concentra tantas cosas reseñables, entro en el recinto del monasterio para ver el histórico crucero del Camí dels Monjos, destrozado hace unos días por un borracho. Se conoce que, en una parranda de beodos, alguno pronunció la tan hispánica frase de "¿A que no hay huevos?", a cuya seducción, desde los tiempos del Cid, ningún compatriota ajumado ha podido sustraerse. "¿A que no hay huevos de hacer un castell como la cruz?", completó el peticionario. Sintiendo todos interpelada su hombría, se pusieron a emular a los castellers de Sant Cugat. El improvisado anxaneta —que no pesaba unos pocos kilos como los niños que cumplen ese papel, sino varias arrobas, a las que había sumado aquella tarde una cantidad indeterminada, pero sin duda considerable, de alcohol— culminó la carga de la torre abrazándose a la cúspide, pero el monumento, del siglo XV, ya no está para esos trotes y se vino abajo. Por suerte, algunos cascotes le cayeron encima al crucicida, que ahora está hospitalizado y detenido. En Sant Cugat pervive una lamentable tradición de atentados contra los monumentos del lugar. Este mismo crucero ya sufrió uno en 1940, y otra panda de descerebrados intentó talar, hace algunos años, el pi de les tres branques ['el pino de las tres ramas'], quizá el mayor símbolo del pueblo. No lo consiguieron, pero dejaron un corte profundo en el tronco, que ha necesitado de un apuntalamiento mayúsculo para sobrevivir. Sigo paseando, ya de regreso a casa. En la avenida de Cerdanyola, paro en un curioso puesto de bookcrossing situado en el muro del patio de una casa, adornada con las inevitables pancartas independentistas. Siempre rebusco en los volúmenes que la gente deja en los cajones, cumpliendo con el mandato que me he impuesto de no dejar sin mirar ningún montón de libros con los que me cruce, incluso los más cutres: nunca se sabe lo que se puede encontrar. Muchas veces no doy con nada, pero hoy encuentro un ejemplar de Cuerpo a tierra, la mejor novela de Ricardo Fernández de la Reguera, un escritor santanderino afincado en Barcelona que gozó de no poco predicamento en los años 50 y 60, pero que hoy está completamente olvidado. Aunque la edición no vale nada —no es la primera, de 1957—, está bastante bien conservado, pese al lomo mordido por el sol, y, lo que es más importante, autografiado: "Al amigo Luis, con afecto incondicional", escribe el autor, que se ahorra la incómoda extensión de su nombre y firma con un económico "Reguera". Su afecto sería incondicional, pero el del amigo Luis, o el de sus herederos, no. De otro modo, el libro no estaría en este desaguadero callejero de papeles. Me lo llevo. Cerca ya de casa, con la noche —ahora sí— aproximándose, reparo en cuánto han crecido las explosiones: hay muchas más y más potentes. Y pienso que los petardos son como los pedos. Los hay de todos los ritmos y resonancias: arrafagados y estruendosos, inocuos y criminales, sibilinos y abrumadores. Sé que no es una reflexión muy lírica, pero esta tarde no se me ocurre nada más.

sábado, 19 de junio de 2021

La vuelta a la normalidad

Me llama la atención el anhelo de la gente por volver a la normalidad. Es como el clamor universal por tener trabajo. Ambos —normalidad y trabajo— pueden ser, y son, necesarios en la sociedad que hemos creado y en la que nos resignamos a vivir, pero nunca deberían ser deseables. El trabajo es una condena, una losa insoportable, una castración. Y la normalidad, otra: de lo maravilloso, de lo excepcional, de lo desconocido. Asombrosamente, la gente va por ahí procesionando universalmente tras la imagen de Sacher-Masoch y reclamando (yo también lo haría, desde luego, si no lo tuviera) "¡trabajo!, ¡queremos trabajo!, ¡dadnos trabajo!", que es algo así como suplicar "¡castigadnos!, ¡atormentadnos!, ¡arrancadnos la piel a tiras!". Lo mismo sucede con la normalidad, que supone la negación de cuanto hace interesante la vida: de cuanto la hace más vida. Pero la normalidad ya está aquí, o va estando. Conforme la vacunación avanza, el riesgo, las restricciones y el miedo disminuyen, y el mundo de antes, aquel en el que no había mascarillas ni coronavirus ni toques de queda, vuelve a posesionarse de la realidad, como la creciente infiltración de un agua embalsada que acaba por romper los diques y anegarlo todo y devolverlo a lo que fue: una superficie homogénea, rasada por la costumbre, la banalidad y las falsas necesidades, en la que no sobresale nada, en la que nada disuena, ni siquiera el jolgorio nocturno de las terrazas, que se suma al estrépito planetario con el que el ser humano ahoga su confusión y su soledad.

Ayer cogí los ferrocarriles para ir a Barcelona a abrazar a unos amigos. En los asientos reconocí las mismas caras de asco de la gente que iba o volvía de trabajar. El mismo aburrimiento, el mismo aislamiento, el mismo abatimiento: lo mismo. Y también los mismos adolescentes o los mismos tarugos que hablan a gritos o que, merced al móvil, nos enteran a todos —que no queremos enterarnos de nada de eso— de sus cuitas domésticas, laborales o conyugales. Todo igual. Recuerdo con melancolía aquellas primeras semanas de la pandemia en las que preclaros arúspices sociales o no menos clarividentes conocedores del comportamiento humano auguraban cambios profundos en la conducta de las personas: seríamos más conscientes de nuestra fragilidad y eso nos haría más solidarios y comprensivos. En los ferrocarriles, ese microcosmos en el que todos los días se representa una fidedigna tragicomedia de la conducta humana, el joven que ocupa un asiento reservado que no le corresponde o que no le cede su sitio a una persona mayor, no parece ni una pizca más solidario de lo que ha sido siempre, que es nada, y el vociferante tampoco parece entender más de lo que entendía antes —que también era nada— la necesidad que tenemos los demás de no aturdirnos con estridencias ni intimidades innecesarias. Una catástrofe como la pandemia, que ha causado 80.000 muertos en España (aunque probablemente sean más de 100.000) y casi cuatro millones en el mundo (más una lista larguísimas de enfermos, viudos, huérfanos, empobrecidos y damnificados), no ha servido para mejorarnos: para hacernos más conscientes. En realidad, solo ha sido una ciénaga letal en la que estábamos deseando dejar de chapotear y que ansiábamos olvidar. Tampoco a nivel social ha servido de nada, o de muy poco: a muchos de los médicos y sanitarios que se contrató para luchar contra el virus, que suplían a los que se había recortado en los años de la crisis, y que tanto alababan los políticos como aplaudían los ciudadanos, se les va a poner de patitas en la calle sin que nadie rechiste. Ya no son necesarios. 

En un pasillo del metro, ya en Barcelona, oí un choque sordo y, a continuación, a un anciano gritar: "¡Idiota!", se conoce que a un tipo, cincuentón, que lo había atropellado y que no dejaba de caminar por su izquierda, sorteando a la gente, a toda velocidad. Este, sin aminorar la marcha ni abandonar el slalom en el que se había llevado por delante al abuelo, le respondió: "¡Vete a la mierda!". Qué escena más bonita, pensé. Como tantas que había visto antes de la pandemia. Cuánta poesía urbana. Supe que, en efecto, todo estaba volviendo a la normalidad. Y me sentí mucho más tranquilo.

Me reuní en la plaza Real con los amigos con los que había quedado. Como la normalidad a la que estamos deseando volver aún no es total —pero se acerca, ya se acerca, risueña como un crótalo—, había poca gente en las terrazas, y todo estaba más calmo y pacífico. Corría un airecillo no entorpecido por la muchedumbre y hasta la luz parecía brillar con más sosiego. Pero en las tres horas de charla y cervezas que pasamos en El Glaciar —uno de los pocos bares míticos que quedan en la ciudad, arrasados casi todos por la especulación inmobiliaria y la modernidad homogeneizadora—, recibimos la visita de cinco mendigos, dos vendedores de flores y uno que regalaba libros. Salvo el donante callejero de libros, una figura hasta ahora desconocida para mí, los demás encarnaban lo de siempre: la miseria y la necesidad de sobrevivir. Lo normal, que volvía a aflorar como si se hubiera retirado la losa vírica que a todos, también a los pobres, nos tenía atrapados. Cuando, acabadas la conversación y las cervezas, volvimos a las Ramblas, pasamos junto a cuatro indigentes que dormían, sobre mantas sucias o tiras de cartón, en los porches de la plaza Real. Lo normal. Antes no había nadie en la calle y, claro, nadie dormía al raso. Ahora todo empieza a ser como siempre. Todo vuelve a la normalidad. Me imagino a Marlon Brando, en Apocalypse now, remojándose la calva con ligeros toques de las manos y diciendo, en la penumbra terrorífica de su refugio en la selva, no "¡el horror, el horror!", sino "¡lo normal, lo normal!".

Volví a casa tarde: la conversación con mis amigos había durado mucho. Pasada la medianoche, me metí en la cama. Con las ventanas abiertas, claro, para que entrara algo de fresco en el cuarto y no me ahogara de calor. Sí, entraba algo de relente, pero también mucho del estruendo del tráfico y del griterío de los transeúntes que disfrutaban de la noche. Ah, cuánto eché de menos el toque de queda: que, a partir de las diez de la noche, un silencio reparador se enseñoreara del mundo y uno pudiese leer, o ver una película, o echarse a dormir, o ese culmen de la felicidad que es no hacer nada, sin que lo perturbara el crimen insidioso del ruido. Pero el toque de queda era anormal, y, felizmente, ha quedado atrás. Ya volvemos a la normalidad. Qué bien. Liberté, égalité, normalité. Ese debería ser nuestro lema. Nada revolucionario, pero apaciguador. Que todo vuelva en sí. Que todo sea orgásmicamente normal.

domingo, 13 de junio de 2021

La luz oída, de nuevo

Hace veinticinco años, en 1996, se publicó La luz oída, el libro con el que había ganado el Premio Adonáis de poesía un año antes. Mi amigo, el poeta y editor Christian T. Arjona, ha reeditado el poemario en el sello que ha creado y dirige, Libros de Aldarán, para celebrar aquella ocasión. Este es el prólogo que he escrito para la nueva edición:

Cuando escribí La luz oída, me atropellaba un impulso. Era una fuerza cuyo origen desconocía, pero que brotaba como un magma. Solo sé decir que en aquella lava verbal se reunían la energía desnuda de la juventud —no esa otra que envolvemos con los atavíos del escepticismo y el sudario de la razón cuando maduramos, esto es, cuando nos desengañamos— y una fe recién descubierta en el poder genésico y transformador de la palabra. Escribía aquellos versos con la convicción de que me construían como persona y, a la vez, construían el mundo que describían. El lenguaje me hacía ser. En el lenguaje —en aquel lenguaje encabritado, hiriente, libre de las servidumbres de la comunicación a las que estaba, y sigue estando, encadenado— encontraba la justificación de la realidad, o, mejor aún, encontraba la realidad misma, sin necesidad de justificaciones. Y para ello no contaba con más argumento que su mera presencia: que su irrupción y su fluir. Era una convicción irracional y, hasta cierto punto, desesperada, pero cuya irracionalidad y desesperación me configuraban como ser humano. Pese a mis pocos años y mi aún menor experiencia literaria —antes de La luz oída, solo había publicado un cuadernillo primerizo (y hoy ruborizante) y algo que sí consideraba ya un libro, Ángel mortal, en 1994, pero que no dejaba de mostrar todas las imprecisiones y flaquezas de lo naciente—, no desoí a la intuición que me sugería encauzar aquel torrente de visiones cósmicas y de recreación de las cosas por la vía, no sé si purgativa, de la escansión, y elegí el poema unitario, que me parecía más adecuado a la naturaleza magmática de la obra, y el verso alejandrino, que con sus catorce sílabas, aunque repartidas a ambos lados de la cesura, se me antojaba más solariego y dúctil que los metros de arte menor, y aun que el endecasílabo. En realidad, La luz oída era una de las cinco partes que habían de integrar un gran poemario al que di el título provisional de La luz del trébede, cada una de las cuales abordaba un tema, respondía a un propósito y utilizaba una forma. La forma no solo ceñía los probables desbordamientos de la dicción, sino que establecía, con sus fijezas estructurales y rítmicas, un fecundo contraste con el apremio de la imaginación. Esa convivencia de un contenido impetuoso y un continente estricto —que continuaba una tradición gongorina, renovada por las vanguardias— plasmaba una de mis grandes preocupaciones cuando escribía poesía: que el poema fuera, a la vez, edificación y movimiento, construcción y flujo, casa y río; que se pudiera vivir en él, pero que no se dejara de avanzar entre sus paredes, o que, incluso, sus paredes transportaran, como un barco vertical, hasta un mar nunca contemplado, y quizá ni siquiera concebido. Seguramente, era un objetivo demasiado ambicioso, pero en aquella época de mi vida todos los objetivos eran demasiado ambiciosos. Me lo podía permitir: rebosaba de vigor y de tiempo; era lícito proveerme de quimeras, a las que un cuarto de siglo después aún no he renunciado, aunque las fuerzas, infelizmente, ya no me acompañen como entonces.
Los 835 alejandrinos de La luz oída cantan, pues, la creación y la destrucción de las cosas, al amparo, con sus citas iniciales, de dos grandes epopeyas: la de Saint-John Perse, que volvió a alumbrar el mundo con sus versículos, y De rerum natura, de Lucrecio, un maravilloso tratado filosófico en verso, cuya lectura me había deslumbrado. Quizá fuese un propósito anacrónico, cuando todo —y también la poesía española—, en los años 90 del siglo pasado, parecía sumido en una contemporaneidad aguada, que descreía de los grandes relatos y aun de las narraciones discretas, y que recelaba de la herramienta con que se habían fabricado, pero yo sentía que era lo que debía decir, aunque no encajara en lo predominante. La poesía siempre ha obedecido en mí a un sentimiento, esto es, a un arrebato emocional, a una convicción sin comprensión, pero que me atrevo a intuir más certera que cualquier silogismo. Los versos de La luz oída se fueron trabando, así, a partir de asociaciones surreales y, en muchos casos, visionarias. Se me aparecían imágenes, suscitadas por los ecos y las ramificaciones subyacentes de las palabras, que se entrelazaban, con una promiscuidad que no he vuelto a experimentar en ninguno de mis libros, hasta configurar escenas que daban cuenta —o pretendían dar cuenta— de la complejidad laberíntica, pero también exultante, de lo real. Y yo exultaba con ellas. Aunque describa sombras o hundimientos, el lenguaje, si es preciso, si esgrime con ardor su propia materialidad, confiere vida. La luz oída habla del dolor y de la muerte, que forman parte indisociable de la naturaleza, pero no excluye la alegría; es más, la convoca, porque el júbilo de la palabra —de la palabra por sí, consciente de su ser, hacedora del yo— atenúa, y hasta extingue, el desconcierto existencial. Nada sin alegría, decía Montaigne. Si las palabras laten, también lo hace el pensamiento.
Escribí el libro en tardes sudorosas y emocionantes. Vivía en un piso oscuro, cuya única zona iluminada, junto a la ventana que daba al patio de vecinos, lleno de gatos y ropa tendida, ocupaba yo con mis papeles y mis versos. Me había casado no hacía mucho, ya éramos tres y vivíamos en la pobreza. Y no tenía ni idea de si aquello tan extraño que me empeñaba en escribir cada día, valía para algo o solo me servía para distraer el pánico. Tampoco conocía a nadie que pudiera revelármelo: mi desconocimiento de la sociedad literaria en aquel entonces era total. (Hoy sí la conozco bien, pero he llegado a la conclusión de que estaba mejor sin saberlo). Sin embargo, ninguna de las dificultades de aquellos días primeros me disuadía de desovillar el hilo sinuoso del poemario. De hecho, escribirlo me redimía: de la soledad en la que me confinaba la creación; de la poca luz que me llegaba del cielo, y que yo intentaba agrandar en el firmamento de la página; de la incertidumbre de un hacer presidido por la vehemencia y la ignorancia; de la pobreza. Cuando lo acabé, no sabía si había escrito un libro o un error. Cuando metí el sobre con el libro en el buzón, dirigido al premio Adonáis —el más veterano, y el que juzgaba más prestigioso, de todos los premios de poesía españoles—, ignoraba si era un acto sensato o disparatado. Y cuando recibí una tarjeta de Ediciones Rialp y la Casa de América en la que se me invitaba a asistir a la lectura del fallo en la hemeroteca de la noble institución, en Madrid, el 18 de diciembre de 1995, tampoco sabía si aquello significaba otra cosa que la necesidad de la editorial de garantizarse la presencia de público, es decir, si me convocaban para hacer bulto. En la Casa de América, para mi sorpresa, comprobé que sí, que significaba otra cosa. Un jurado presidido por Claudio Rodríguez y compuesto por Pureza Canelo, Luis Jiménez Martos, Rafael Morales y Rafael García, me otorgó el premio y, de hecho, me abrió el camino de la poesía, por el que he transitado hasta hoy. 
Christian T. Arjona, a quien conozco desde poco después de la concesión del premio, y que ha creado y dirige hoy la editorial Libros de Aldarán, me ha invitado a celebrar el 25º aniversario de la publicación de La luz oída (Madrid, Rialp, 1996) con la reedición del libro, para la que él no solo aporta el sello a cuyo catálogo se suma, sino también ocho espléndidas ilustraciones originales, creadas para la ocasión. Las conmemoraciones, aunque dolorosas, porque nos hacen más conscientes de la injuria del tiempo, nos alivian también de él: gracias a ellas, volvemos a ser quienes fuimos, o quienes creímos ser; viajamos en una nave momentánea que sobrevuela la majestuosa cordillera de los años; y palidece la tiniebla diaria, urdida con fugacidad y nada. Le agradezco a Christian su generosidad y sus ilustraciones —su amistad llevo agradeciéndosela casi tres décadas—, y me felicito por que aquel libro de juventud, experimental, extemporáneo, extático, se reencarne hoy en papel, tantos días después. 

Así empieza el libro:

Qué dentro hay un sol. Cómo grana en el ataúd
invisible del cuerpo. Cómo arraigadamente
brilla, con qué penumbra de asombrado meteoro,
con qué óptima quietud. Bosques en vilo esperan,
junto al acantilado, que se vacíe el fuego
que impregna la noche. Es la tea, cerrada,
que regresa; es el rayo inverso que revela
con su voz seminal las posibilidades
del hielo. La ceniza se desangra. El cereal,
acercándose, busca gargantas donde hurtarse
a las ardientes lluvias, cimientos para el puente
que solo han de pisar los vivos, los inermes,
los que han sanado. Toros que respiran como arcos
tensados: aún no. Acérrimos caballos
que optan por el seísmo: no. Agua que se vertebra,
como un súbito cuello, o clavos que la hieren:
todavía no. Tierra sin sexo que ofrece
su vuelo, su lentísima energía, a los árboles
impacientes; penínsulas faltas de sol y omóplatos,
donde vertiginosos peces, inacabados
todavía, ignoran el fluir de los sudarios.
Es demasiado pronto para el tiempo (...).




LA LUZ OÍDA, Edición conmemorativa (1996 – 2021)
Autor: Eduardo Moga
Edición e ilustraciones: Christian T. Arjona
ISBN: 978-84-09-30714-2
Extensión: 70 páginas
 
Precio: 20,00€
https://www.librosdealdaran.com/index.php/producto/la-luz-oida-edicion-conmemorativa-1996-2021/