Rosas no pasa por ser uno de los pueblos más bonitos de la Costa Brava. Yo solo lo había visitado hace muchos años, invitado por un buen amigo mío, cuyos padres tenían un apartamento veraniego en la localidad. Y, de hecho, apenas recuerdo nada del pueblo, salvo las eternas discusiones —sobre política y fútbol— que mi amigo Jordi y yo teníamos en la casa. Esta vez, en que vuelvo a visitarlo, en cambio, admiro largamente, y nunca mejor dicho, su amplísima bahía y su extenso paseo marítimo, que la recorre de un extremo a otro. La visita también nos llevará a conocer uno de los atractivos históricos del lugar, el castillo de la Trinidad, que protegía a Rosas, precisamente, de piratas y franceses. Desde donde nos alojamos Álvaro, Mireia y yo hasta el castillo hay casi cinco kilómetros: una hora de caminata. Por suerte, no hace frío, sino un día casi primaveral, con una temperatura muy suave y un sol luminosísimo en el centro de un cielo lujuriosamente azul. Yo arrastro todavía el último de una cadena de resfriados —al igual que ha habido una cadena de borrascas en el país, la ha habido de catarros en mi avejentado organismo— que me tiene martirizado desde antes de la pasada Navidad: es el tercero que empalmo, y no dejo de maravillarme de la extraordinaria capacidad que tiene el cuerpo humano para producir moco. Si hoy hiciera aquí el típico día rosense de febrero —anterior al cambio climático—, con tramontana y helada, no habría podido salir de casa. Pero, animado por el calorcito y la luz, me he lanzado, con la compañía de mis hijos, a cubrir los diez kilómetros de nuestra excursión de hoy, cuya primera etapa concluye en la principal iglesia del pueblo, la de Santa María, de corte tardíamente neoclásico —empezó a construirse en 1792, aunque las obras no se remataron hasta mediados del siglo XIX—, pero anodina y gris, tanto de color como de espíritu. Nada destaca en la fachada —de hecho, nada hay en la fachada— y solo la cúpula en el interior llama la atención, con un entramado de colores, vidrieras y esculturas cuyo atractivo resalta por la pobreza decorativa del resto del templo. Aunque hay que ser justos y recordar que la iglesia, como tantas otras en España, fue saqueada durante la Guerra Civil y sufrió desperfectos irreparables. La renovación, en los tiempos victoriosos del franquismo, no brilló por su ingenio ni su originalidad, y el resultado es que tenemos ante nuestros ojos. De camino al castillo, sí se ve algo deslumbrante: las montañas nevadas al sur de la bahía, cuya franja blanca —de una blancura dolorosa— se imprime entre el azul del cielo y el azul del mar, dibujando una orla inmaculada por la que la luz resbala con delicadeza de escarcha. Rebasado el puerto deportivo, plagado de veleros musculosos, y ya en las cercanías del castillo, observamos dos búnkeres en la falda de la colina donde se encuentra la fortificación. Averiguamos que no los construyó la República para defenderse de los ataques fascistas que llegaran por mar, sino Franco para repeler las invasiones francesas o comunistas que pretendieran acabar con su régimen, última reserva espiritual de Occidente. Ambos reductos están verjados, para que no se conviertan en refugio de botelloneros o perroflautas (o de cultivadores de champiñones, como ha sucedido con los cientos de búnkeres que construyó el visionario Hoxha en Albania). También antes de ascender al castillo, vemos, a sus pies, el faro de Rosas, muy blanco, muy pequeño —casi de juguete—, construido en 1864. Una larga escalera de piedra nos lleva, después de no poco esfuerzo, sobre todo para mí, hasta la Trinidad, un castillo, situado a sesenta metros de altitud, que Carlos I mandó construir en 1544 y que en 1551 ya exhibía su airosa forma de estrella, desde cuyas cinco puntas la artillería podía cubrir cualquier ángulo de la bahía. Inicialmente, el castillo estaba pensado para proteger la rada y las poblaciones que se asentaban en ella de las incursiones berberiscas, que llevaban siglos azotando la costa catalana, pero pronto se integró en una red de fortificaciones, extendidas por todo el territorio de Cataluña, que actuaban como freno de las siempre pujantes ambiciones francesas. El castillo de la Trinidad participó en numerosas batallas a lo largo de la historia, y quizá su momento más memorable —que fue también el último— coincidió con la defensa que dirigió el capitán Thomas Alexander Cochrane, décimo conde de Dundonald, frente a las tropas napoleónicas que asediaban la plaza. Resulta que este personaje histórico, Cochrane, ha inspirado a varios personajes de la literatura, como Horatio Hornblower, el protagonista de las novelas de Cecil Scott Forester, y, sobre todo, en lo que a mí respecta (a Hornblower no lo he leído), el capitán Jack Aubrey, el héroe de la serie de novelas sobre el mar de Patrick O’Brian, y que en el cine encarnó Russell Crowe, cuando estaba mucho menos gordo que ahora, en la genial Master and Commander. La vida de este Thomas Cochrane —una estatua suya, de tamaño natural, preside la entrada al interior rehabilitado del castillo— es demasiado aventurera, casi inverosímil, como para resumirse aquí: solo diré que se pasó media vida combatiendo a españoles y a franceses en Europa, y la otra media a españoles y portugueses en Hispanoamérica y a turcos otra vez en el Mediterráneo. Es difícil de creer que, tras todo lo vivido en barcos, cárceles y costas del mundo, muriera en paz, en su cama de Londres, a los ochenta y cinco años, una edad señaladamente provecta en 1860. Naturalmente, está enterrado en la abadía de Westminster. En 1808, los franceses de Gouvion Saint-Cyr sitiaban la Trinidad, pero la marina británica se había comprometido a defender el puesto, y a eso se aplicó Thomas Cochrane, al mando de una heterogénea fuerza compuesta por soldados del regimiento Ultonia —una unidad del ejército español integrada por irlandeses—, migueletes catalanes y los propios marineros británicos. Pese a la habilidad de Cochrane y el heroísmo de los defensores, la posición hubo de ser abandonada, no sin que antes el inglés ordenara su destrucción para que no pudiera ser utilizado por los bonapartistas. A esta voladura siguió, seis años después, la de los propios franceses, que acabaron así definitivamente con el castillo. La Trinidad fue restaurada, con gran dispendio, en 2010. La restauración nos causa buena impresión, pero leo después en Internet “que ha destruido buena parte de los valores históricos y documentales del monumento”. Así, se ha extraído “todo el derribo, que ha sido arrojado a un vertedero”, lo que contraviene la Ley del Patrimonio Histórico Español, que exige que se utilice, y no se ha respetado la fisonomía original. Por si fuera poco, los materiales utilizados, en su mayoría cemento armado, casan poco con los restos conservados, de forma que la construcción parece más un búnker que un castillo renacentista. En cualquier caso, disfrutamos de unas vistas privilegiadas en las terrazas del castillo, que en la actualidad solo acogen a turistas —hoy, extrañamente, muy pocos— en lugar de cañones, y desde las cuales se aprecian hasta las islas Medas, donde hace algunos años mis hijos y yo disfrutamos de una extenuante jornada de kayaking. Al bajar de la Trinidad, atravesamos una ladera salpicada de cactus resecos, casi negros, aplastados contra el suelo como pulpos muertos, junto a los que desfilan las procesionarias que han sobrevivido al aplastamiento de los visitantes. Ha llovido mucho, y todo, salvo los cactus, luce verde y vivo. Una alfombra de flores amarillas enciende la hierba. Por la tarde, tras la siesta, salimos a pasear hasta el espigón, en el extremo contrario de donde se encuentra el castillo. Pasamos por delante de una terraza en la que una pareja se está tomando, en albornoz, un gin tónic, y divisamos, al final del paseo marítimo, els aiguamolls de l’Empordà (‘los humedales del Ampurdán’), que separan Rosas de Empuriabrava, una masa oscura de vegetación. Por el brazo de mar que se interpone entre nosotros y las marismas, se desliza, silencioso y elegante, un velero deportivo de bandera francesa (como casi todo en esta tierra, invadida históricamente por los franceses). Tras él, una zodiac ruidosa y sin bandera, que rompe la paz del momento. El horizonte arde de rojos y violetas. Nos encaminamos a la punta del espigón, a lo largo del cual solo encontramos a pescadores procurándose la cena o un momento de asueto, aunque siempre me ha resultado difícil entender qué placer se obtiene de estar de pie muchas horas, sosteniendo una caña, rodeado de humedad (y ahora de noche), a la espera de que un animal que no ves decida morder el anzuelo. Desde el final de la escollera, las luces de Rosas se extienden a lo largo de la bahía como un largo gusano de neón.
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