Donde dice:
La maté porque era mía.
Debe decir:
La maté porque no era mía.
MAX AUB, Errata
En algún sitio he leído que una tribu amerindia (quizá sean varias, o asiáticas) tiene por costumbre tejer sus tipis con algún defecto, para que el alma del objeto pueda escapar por él y no quede atrapada en la materia. Si esto es cierto, esa tribu venera y promueve la imperfección. Qué inteligente; qué saludable. La imperfección es siempre, además de un recordatorio de la condición humana, un gran alivio: nos exime de la tiranía del ideal, del fanatismo de lo inmejorable; porque lo inmejorable es agotador. Sin embargo, en algunos ámbitos la perfección es deseable y hasta posible. En la manufactura de los libros, por ejemplo. Un libro bien compuesto y sin erratas no solo sirve para inspirar versos felices a Jorge Luis Borges, sino también, y aún mejor, para regalar al lector un placer insuperable. El libro sin erratas parte de una realidad incontestable: el ojo es falible, y la mano también; y el cerebro es el órgano más falible de todos, aunque también el más dúctil. La página es la anfitriona de un intrincado rompecabezas de signos. Ese rompecabezas ha de ser resuelto de acuerdo con un orden inflexible, cuyo código, a menos que el codificador haya querido otra cosa, no puede modificarse ni interrumpirse. Todo traspié en la cadena del significado, como toda mutación en la cadena del genoma, conduce a una criatura indeseada y, peor aún, a una criatura que contradice la voluntad del creador. A los ojos de este, la errata es una rebelión inaceptable, una fealdad sobrevenida que no tiene obligación de acatar. Con la errata, como mucho, se convive; pero hiere siempre. Así pues, quien compone esas páginas —que persiguen un fin y solo ese fin— tiene una gran responsabilidad. Si es capaz de obligar al ojo a detenerse en cada carácter, en cada punto, en cada espacio, aun en los espacios en blanco que rodean a los signos, como el océano rodea los atolones; si obliga al ojo a hundirse en ese flujo oscuro, como quien hunde un rostro adversario en el barro, y no deja que se levante, sino que lo mantiene ahí sumido, testigo de cada inflexión, de cada sombra; si no se permite ceder al cansancio y leer con la memoria o la suposición en lugar de con la pupila; si hace todo esto, digo, obtendrá una limpieza que superará la mera pulcritud: un libro vestido de pureza. Un libro sin erratas es un camino despejado, una estela que no se borra, una piel sin muerte, un melocotón en el plato, un pecho entre los dedos, un beso que empieza, un arroyo limpio, un cirro blanco, un amor que estalla o que no cesa, la primavera, una vestal, algo irrompible, el olor a espliego, una mano que no prohíbe, sino que ampara, un paso de peatones en el que se paran todos los coches, una imposibilidad hacedera, una noche clara, un día sin lluvia o un desierto con ella, un trago de agua cuando se cruza un arenal, confianza renovada en la capacidad del ser humano para sobreponerse a la flaqueza y el error que lo constituyen, un edén rectangular y numerado, la sublimación de la celulosa, un triunfo de la especie, un chirrido inaudible, un sosiego compatible con la indignación que suscite el contenido, un prado con flores y bostas, un mal ausente. Un libro sin erratas nos devuelve la fe en los libros y en quienes los crean. Un libro sin erratas nos acaricia y nos renace.
No hay comentarios:
Publicar un comentario