Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 19 de octubre de 2026
Elogio de la alegría
martes, 13 de octubre de 2026
Bares donde me has dejado, de Sol Mussons
martes, 6 de octubre de 2026
Unos días en Madrid (y 3)
Siempre que vengo a Madrid, aprovecho la estancia para ver a los amigos. Uno apenas tiene familia y, después de mis hijos, mis amigos son mi familia. Uno de esos amigos con los que hacía tiempo que quería encontrarme es Juan Carlos Mestre, el gran poeta de nuestra generación, al que vengo leyendo y admirando desde que empecé a darme a esto de la poesía, e incluso desde antes. Lo hago en su casa, a donde ha tenido la amabilidad de invitarme, y en el camino a la cual advierto dos letreros sobresalientes: uno señala que en una fonda de las cercanías vivió durante un año, entre 1767 y 1768, Giacomo Casanova, aquel aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violinista, filósofo, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano que regó —y nunca mejor dicho— la historia europea de lances amorosos, peripecias cosmopolitas y libros; y otro es la Taberna La Ostia —así, sin hache; tengo para mí que la gente omite la inicial muda para que destaque la o que la sigue, de manera que la forma de la palabra recuerde a la de la cosa—, un club de tapas fundado en 1985. Juan Carlos me cuenta que su pareja y él tardaron ocho años en traducir la Obra poética de Saint-John Perse, publicada en 2025 en Galaxia Gutenberg, y que, por el esfuerzo requerido, él da por concluida su faceta de traductor: con Perse ha tenido suficiente. Y yo pienso que, aunque no vuelva a traducir nunca nada más, su dedicación ha valido ya más que la pena: la traducción mestriana de genio francés es extraordinaria, y, si no supiera que toda traducción está destinada a diluirse en el curso infinito del idioma, añadiría que insuperable. Mestre me cuenta también una anécdota increíble sobre su trabajo con Perse. Se conoce que, en un acto poético en el que había participado no hacía mucho, un asistente se acercó de entre el público a la mesa donde estaba firmando ejemplares y, saltándose la cola, le entregó un sobre cerrado, sin identificación ninguna en el exterior, y desapareció. Si el traductor de Perse hubiera sido alguno que yo me sé, no habría sido descabellado pensar que el sobre contuviera una bomba. Pero lo que en realidad contenía, como Mestre descubrió cuando el acto hubo acabado y abrió el misterioso sobre, era un ejemplar de la primera edición de Anabase, el segundo libro de Perse (tras Éloges, de 1911), que lo catapultó a la fama, publicado en 1924 por la Nouvelle Revue Française. No había nada más. Ni una tarjeta de quien se lo había regalado, ni una nota personal, ni unos datos de contacto: solo el libro. Y el ejemplar estaba impecable, sin una esquina doblada, sin una mancha de óxido, sin una tachadura. Aquel desconocido había querido agradecerle a Juan Carlos el trabajo realizado con aquel objeto valiosísimo. Sin más. Y se me ocurren pocos gestos tan hermosos para reconocer el trabajo abnegado —y, en el caso de Mestre, impecable— de un traductor. En su estudio, el poeta me enseña el Anabase y yo lo sostengo con estas manos pecadoras. También, con permiso del poeta, lo fotografío. Y luego admiro un ejemplar de la editio princeps de la traducción de T. S. Eliot de Anábasis, en Faber & Faber, de 1930, otra joya que posee Juan Carlos. Me voy de su casa admirado por tantas cosas, muerto de envidia (lo reconozco) y con la sensación de haber tocado un trocito de la historia de la literatura contemporánea. Y me tomo una caña en la Taberna La Ostia, pensando que, en efecto, esta mañana lo ha sido.
Además de ver a los amigos, en Madrid voy de librerías. En una de ellas, el Re-Read de Martínez Campos, me paro a curiosear en el bien nutrido estante de poesía. (Los Re-Read se han convertido en el nuevo templo de la librovejería; las librerías de segunda mano de toda la vida se han convertido, o se están convirtiendo, en anticuarios). Mientras lo estoy haciendo, de espaldas al mostrador donde el encargado —un hombre de mediana edad con una camiseta negra anarcosindicalista y un parecido extraordinario a Luis Tosar— atiende a los clientes, oigo que uno de estos le pregunta por un libro de poesía, de un autor llamado Jaime Siles, titulado Semáforos. Aunque no soy muy dado a inmiscuirme en conversaciones ajenas, esta vez me siento interpelado por el asunto y legitimado por el lugar en el que nos encontramos, y me atrevo a informar a quien pregunta —un hombre mayor, acompañado por la que debe de ser su mujer— que ese poemario se titula, en realidad, Semáforos, semáforos, que está publicado por Visor, que no está en los estantes que estoy examinando y que puede encontrar a probarlo en Iberlibro u otras plataformas de venta de libros de segunda mano. El cliente, sorprendido pero contento por la coincidencia, me informa de que conoce bien a Jaime Siles —de quien yo también soy amigo—, me pregunta por mi nombre y me informa, al cabo, de que él es hijo de Antonio Tovar. “¡Ah, don Antonio Tovar, el gran filólogo!”, le respondo yo. (No añado que fue uno de los traductores de Franco en su encuentro con Hitler en Hendaya, porque no creo que eso contribuya al espíritu de camaradería que se ha suscitado en el encuentro). Nos damos todos la mano, el cliente y su mujer se van, y yo me quedo un rato charlando con el librero, que me confiesa algunos secretos de su trabajo: que ha de lidiar con el dolor de algunos escritores que encuentran un libro que le habían dedicado a algún amigo o amiga íntima saldado en la librería; o que él mismo se queda una media de tres libros al día para su biblioteca personal, donde no caben ya más libros, como tampoco caben en el Re-Read que gestiona (ni en mi casa, pienso para mis adentros). Salgo del establecimiento sin llevarme nada —lo que no deja de ser insólito— y convencido, una vez más, de que el mundo no es que sea un pañuelo, es que es un post-it, un sello, la cabeza de un alfiler.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
Unos días en Madrid (2)
Hoy cumplo un deseo largamente acariciado: visitar la ermita de San Antonio de la Florida, que atesora los —según dicen—espléndidos frescos de Goya. Viajo en metro hasta Príncipe Pío y llego al lugar dando un agradable paseo por el, valga la redundancia, paseo de la Florida. El templo es escueto —es una ermita, claro—, pero limpio y despejado: neoclásico. (¿Una ermita neoclásica no es un oxímoron?). Frente al edificio se alza una estatua moderna de Goya sedente, erigida en 1986. El pintor empuña la paleta y los pinceles como otros sostendrían un libro o un revólver. La ermita de San Antonio de la Florida, construida por orden del lamentable Carlos IV entre 1792 y 1798, según el diseño del inevitable arquitecto italiano, en este caso Felipe Fontana (que había llegado a España como escenógrafo de una compañía de ópera), es pulcra y recoleta, aunque también alta. En la puerta recibe al visitante un funcionario que le entrega el tique de entrada, pequeño como los antiguos billetes de autobús, y gratuito. Antes de pasar a la nave del templo, con planta de cruz griega, se encuentra la pila de agua bendita con grifo en la que cada 13 de junio se cumplía la tradición de que las mozas casaderas que desearan encontrar un buen novio, acudían a la ermita para que el santo, con reputación de casamentero, les augurase cuántos pretendientes tendrían ese año, algo que les hacía saber desde el ultramundo por medio de los alfileres que ellas mismas habían metido en la pila y que se les quedaban pegados, o no, a las manos: cada aguja en la palma era un novio. En el interior de la ermita lucen los frescos de Goya: en el ábside, la Adoración de la Trinidad, y, en la cúpula, el Milagro de San Antonio, otro hecho maravilloso en la vida del santo. Se conoce que el padre de Antonio, portugués, estaba siendo juzgado por asesinato en Portugal y todo parecía indicar que iba a ser condenado. El santo, enterado del hecho y sabedor, por inspiración divina, de que su progenitor era inocente, se traslada, asimismo por intervención del Altísimo, desde Italia, donde se encontraba, hasta Lisboa, y resucita al muerto el tiempo suficiente para que este declare que no había sido su padre quien le había dado matarile. Dicho lo cual, el muerto vuelve a morir. (Aquel anónimo fiambre es uno de los dos únicos casos conocidos en que un ser humano ha muerto dos veces: Lázaro y él; y me imagino su rabia al comprobar que san Antonio no aprovechaba la ocasión de haberlo revivido para revivirlo del todo y devolverlo en plenas facultades al mundo. Por otra parte, se ignora si el resucitado aprovechó el momento para declarar quién lo había asesinado realmente). Goya pintó alrededor del acto vencedor de la muerte de San Antonio a una multitud de madrileños —el milagro se reclama del siglo XIII, pero Goya lo vistió del XVIII— compuesta por majas, chisperos, mujeres, niños, caballeros y gente humilde, que contemplan admirados el hecho desde una barandilla fingida, a la que uno tiene también la sensación de asomarse desde el suelo de la ermita, como si la reivindicación de la inocencia de San Antonio lo involucrara asimismo a él. Muchos de los rostros de los personajes pintados en la cúpula me recuerdan a los Caprichos de Goya, entre grotescos y tenebrosos, con rasgos deformados y expresión vívida pero torcida, expectantes y, a la vez, un punto monstruosos. Paseo brevemente por la ermita —sus dimensiones no permiten un paseo largo—, procurando no golpearme la cabeza con la magnífica pero bajísima lámpara de bronce que cuelga del techo, disfrutando de las vistas de los capiteles corintios integrados en los muros y de los frescos que permiten los espejos sabiamente inclinados y dispuestos en el suelo, y admirando el hermoso Cristo crucificado —de marfil y carey, traído de las Filipinas— del altar mayor. Aunque quizá sea demasiado hermoso: la figura no aparece contraída ni doliente por el tormento al que está siendo sometido, sino espléndidamente musculosa y serena: parece un actor de cine. En la ermita también hay otro polo de interés: la tumba de Goya. El maestro aragonés murió en Burdeos, donde se había refugiado después de escapar de una España devuelta al absolutismo de Fernando VII y al clericalismo trentino, pero, casi un siglo después de su muerte, en 1919, sus restos y la lápida original bajo la que descansaban fueron traídos hasta esta ermita. Leo en la piedra que lo cubre: Hic jacet Franciscus á Goya et Lucientes, Hispaniensis peritissimus pictor... luminae vitae. Convengo en ello. Pero también disiento de algo. La lápida dice aetatis suae LXXXV, pero se trata de un error: Goya no murió a los ochenta y cinco años, sino a los ochenta y dos, como se desprende de las fechas que la propia inscripción hace constar: 1746-1828. La pifia se debe a quien redactó la inscripción: José Pío de Molina, amigo de Goya y antiguo alcalde de Madrid, que sabía mucho de latín, pero poco de matemáticas. En cualquier caso, no es la única imperfección de la sepultura. Al cuerpo que contiene, de Francisco de Goya, le falta la cabeza. Esto, claro, ya no he podido verlo.
Justo al lado de la ermita, está Casa Mingo, un establecimiento de mucha solera, fundado en 1888, el año de la publicación de Azul, de Rubén Darío, el pistoletazo de salida del modernismo hispano. Juan me ha recomendado este sitio, y yo, salvo en política, hago siempre caso de Juan. Así que entro y ocupo una de las pocas mesas individuales que aún están libres. Quiero pedir el pollo, que, según mi amigo, está para chuparse los dedos, pero lo sirven entero, lo que me resulta disuasorio. El camarero, provisto de la consuetudinaria pero cada vez menos frecuente pajarita negra sobre camisa blanca, y muy amable, me recomienda el chorizo a la sidra, cuya aspereza quiere suavizar con un toque de melancolía: me cuenta que su abuelo solía traerlo de niño a este lugar y que los dos se atizaban sendos chorizos; muchos años después, el camarero, que debe rondar la cincuentena, es el que los sirve y quien se emociona con el recuerdo de aquellos gustos atávicos. Se trata de una emoción comprensible: el embutido está sobrenatural. Pocas cosas saben mejor acompañadas de un vaso de vino.
Me llama la atención cuánta gente pasa silbando por la calle. En Barcelona casi nunca se oye silbar. Antes, era frecuente que los albañiles silbaran en la obra, mientras ponían ladrillos (o cuando pasaban algunas mujeres, pero este silbido era de otra naturaleza), o que los transportistas descargaran pesadas cajas de sus vehículos y, no obstante, silbaran también. El silbido era una muestra de satisfacción con el trabajo honrado que se realizaba y, en definitiva, de epicúrea conformidad con el mundo. Estos días, oyéndolo en esta ciudad, lo he echado de menos en la mía.
Vuelvo a casa. Bajo en la parada de Tetuán. La boca del metro por la que salgo da a la calle General Margallo. Se trata, supongo, del infortunado Juan García-Margallo y García, un extremeño que fue gobernador de Melilla y que, atrapado por los rifeños levantiscos, murió de un disparo en la cabeza en el Fuerte de Cabrerizas Altas. Pese a sus antecedentes africanos, la calle es una pequeña China. Aquí se concentran, junto con un puñado de establecimientos españoles, supermercados chinos, locales de gastronomía asiática, un almacén de productos filipinos y varios oriental markets. No veo todavía ningún centro de masajes. Parece más bien un pequeño hub de negocios alimentarios. García-Margallo se ha orientalizado. En la calle abunda la gente de ojos almendrados y las ricas, desconcertantes tonalidades del mandarín y el tagalo. Bien está.
jueves, 24 de septiembre de 2026
Unos días en Madrid (1)
Presentamos esta tarde, en la librería Rafael Alberti, Dices, mi último poemario publicado por Los Papeles de Brighton, juntamente con Breviario de horas bajas, de Ignacio Cartagena. Será una presentación cruzada, un quiasmo editorial: Ignacio presentará mi poemario y yo, el suyo. Vamos a la librería en metro. En la estación de Cuatro Caminos, donde hacemos transbordo, y cuando el tren ya está entrando en la estación, Juan hace una escapada rápida para examinar el pequeño montón de libros que hay en la metroteca del andén. Yo renuncio a hacerlo, violando así un principio que mantengo a rajatabla: mirar siempre en los rimeros de libros, aun en los de aspecto más miserable, porque en cualquiera se puede encontrar una joya oculta. Juan salta al vagón cuando el convoy ya está a punto de partir, y nos enseña, triunfante, el ejemplar que ha encontrado: una primera edición de ¡Rebeca!, de Ramón Gómez de la Serna, publicado por Plaza y Janés en 1947. Me maldigo por no haberlo acompañado en su fugaz, pero tan fructífera, revisión de la metroteca, en la que, como él mismo reconoce y como suele pasar en todas partes, solo hay basurilla. Mientras me reconcomo de envidia, recuerdo la ocasión, hace pocas semanas, en que, paseando por el valle del Llèmena, en Girona, donde estábamos pasando unos días juntos Juan, Moisés Galindo, Christian T. Arjona y yo, me separé del grupo en cuanto divisé una de esas cajas que algunos ayuntamientos disponen en la vía pública para dejar y coger libros. Estaba al lado de una hermosa iglesia ochocentista en medio del campo. Dentro, para mi sorpresa (y validación de mi principio de buscador de libros viejos) encontré una primera edición de Nada, de Carmen Laforet, de 1945, que suscitó a su vez la envidia y hasta el reproche ("¡has abandonado el grupo como un cabrón para ser el primero en rebuscar...!") de alguno. El destino me ha devuelto la jugada. Aunque me alegro por Juan, claro...
A la presentación acuden no pocos amigos. Un observador externo puede reconocer a unos y otros por las corbatas. Por su trabajo, del que ha venido directamente a la librería, Ignacio debe vestir traje. Sus compañeros, también. Los que no los llevan, son los míos. Entre los asistentes, sentado en primera fila con una camisa floreada y gafas oscuras, se encuentra Carlos Escolar, Frascuelo (a no confundir con el legendario Frascuelo del siglo XIX: Salvador Sánchez Povedano, que toreó 1236 corridas y mató 3801 toros). Don Carlos tiene 78 años y aún sigue toreando. Y, pese a que no lleva corbata, viene de parte de Ignacio, que es muy taurino y un gran admirador del veterano maestro. (De hecho, cuando nos reunamos para cenar dos días después de la presentación, Ignacio me llevará al bar Morales El Atómico, a cuya entrada descuella la enorme cabeza de un toro [¿o debería decir "la cabeza de un toro enorme"?] y cuyas paredes están tapizadas de fotografías de matadores y morlacos [en una, un toro de 600 kilos se ha incorporado para abrazar a un caballista, que le devuelve el abrazo]; por suerte, entre las especialidades de la casa no están las criadillas de toro, por las que no siento ninguna inclinación, sino la mojama y el pescadito frito).
Los asistentes a la presentación me deparan otra sorpresa. A un hombre de mediana edad que ha hecho cola para que le firme un ejemplar de Dices, le toca el turno por fin y me entrega el libro para el autógrafo. Se lo estampo. Cuando se lo devuelvo, se me acerca más y me dice que quiere agradecerme mi obra —que haya escrito lo que he escrito— y mis traducciones, de las que hace un elogio inmoderado. Me entrega a continuación un ejemplar de Insumisión —que, añade, considera mi mejor libro— y me pide que se lo firme también, pero no en las páginas de respeto, sino justo encima de uno de los poemas. Y yo, aún no repuesto de la impresión, se lo dedico también. Luego, me da la mano, yo se la estrecho y no se me ocurre nada más que darle las gracias, y, tan discretamente como ha venido, se marcha. No sé nada de esta persona, salvo su nombre de pila. No lo conocía y sigo sin conocerlo. No me ha dejado una tarjeta, ni un manuscrito, ni me ha dado un libro: solo su agradecimiento. Y eso me va a más que bastar cuando me pregunte, como hago cada vez más a menudo, para qué coño sigo escribiendo, a quién cojones le interesa lo que hago, qué sentido tiene que siga juntando palabras en un papel.
jueves, 17 de septiembre de 2026
Elogio de la soledad
viernes, 11 de septiembre de 2026
En la oficina de Correos
En la oficina de Correos de mi ciudad (antes se la llamaba estafeta, una palabra mucho más sabrosa que oficina, de connotaciones casi siniestras, pero ha caído en un desuso que deploro; y antes mi ciudad era un pueblo, pero cien mil personas después lo han convertido en ciudad) hay hoy un gentío descomunal. La peña ha vuelto de vacaciones y arde en deseos de recoger los paquetes que tiene pendientes, o bien de mandar documentos y cosas que no ha enviado por disfrutar de un merecido descanso. En mi localidad, solo hay una oficina postal (de cuando esto era un pueblo) y, en las fechas en que no queda más remedio que recurrir al snail mail, como estas o Navidad, las aglomeraciones son legendarias. Me abro paso entre la muchedumbre y saco mi número en la maquinita roja que los expende, para ordenar el tráfico, como en las carnicerías. Benditas maquinitas: desde que existen, se han acabado aquellas fastuosas discusiones sobre quién estaba antes, cuya virulencia competía con la de dos hinchadas enfrentadas después de un partido de fútbol en Mánchester o Buenos Aires. Mi número es el E98 y veo, con desaliento, que el último atendido en la pantalla es el E57: faltan más de cuarenta para que me toque y todas las sillas están ocupadas. Por suerte, advierto un escalón libre en la escalera que sube al primer piso de la dependencia: me apresuro a remontar el tramo que me separa de él y, sorteando muchas cabezas y piernas, lo ocupo. Es muy incómodo —en realidad, no es el escalón: soy yo, que me estoy lignificando—, pero más cornadas da estar de pie. Saco un libro, empiezo a leer y espero, con paciencia monacal, a que suene el ping de la pantalla cuando corresponda a mi número. Y suena, tres cuartos de hora después, cuando mi espalda y mis nalgas chirrían ya como una puerta mal engrasada. Acudo al mostrador que se me indica, donde me espera una abrumada funcionaria. Y este es el diálogo que mantenemos:
- Buenos días. Venía a mandar este paquete por el sistema Postlibris.
- ¿Postlibris? A ver, no sé si voy a poder hacerlo...
Guardo silencio. La funcionaria manipula nerviosamente el ordenador.
- Un momento, voy a consultar una cosa.
La funcionaria se va. Vuelve, al cabo de un rato, con otra funcionaria. La otra funcionaria mira la pantalla y le da una serie de crípticas (para mí) explicaciones a la funcionaria primera.
- Ah, sí, vale, sí, ya está —dice la funcionaria primera. La otra funcionaria se va.
La funcionaria primera pega la etiqueta y pesa el paquete: son dos kilos y cien gramos.
- Ah, no, perdón —me dice—, si son más de dos kilos no puede ir como Postlibris. Ha de ser un paquete ordinario.
- Pero el sistema Postlibris está pensado, como su nombre indica, para libros, que, por definición, pesan mucho —le digo yo—. ¿Cómo se le pone entonces un límite? ¿Y tan escueto? (Es como si se estableciera un sistema para enviar bolígrafos, pero no se aceptaran los que llevasen tinta, pienso; pero esto no se lo digo, para no parecer que me ensaño).
- Pues es así. No se puede enviar por Postlibris —repite la funcionaria, inmune a mi objeción.
- Bien, pues si no hay más remedio, mandémoslo como paquete ordinario —me resigno yo.
La funcionaria vuelve a teclear en el ordenador. En una pantallita que hay en el mostrador, se iluminan unos datos y un recuadro vacío.
- Compruebe que todo está bien y firme.
Lo compruebo.
- Mi primer apellido está mal: no es Moya, sino Moga —le digo. (Pienso entonces en todas las deturpaciones que, a lo largo de sesenta y cuatro años, ha sufrido mi pobre apellido, y que resultan difíciles de explicar teniendo en cuenta que solo tiene cuatro sencillas letras; la más divertida, y acaso más reveladora, es la que me convirtió en Eduardo Murga).
La funcionaria, ajena a mis cogitaciones, me mira sorprendida.- Ah, pero eso no lo he escrito yo: sale así del sistema.
sábado, 5 de septiembre de 2026
Un ateo en el Museo de los Santos, de Olot
domingo, 30 de agosto de 2026
Algunos cursos para el próximo curso
Units per llaços d'amistat i pròxims a l'expressionisme abstracte de Jackson Pollock i Willem de Kooning, els principals representants de la primera ona de l'escola novaiorquesa —Frank O’Hara, John Ashbery, Kenneth Koch, James Schuyler i Barbara Guest— van combatre l'academicisme i la confessionalitat a la recerca d'una espontaneïtat vivificadora amb la qual sublimar la quotidianitat de la vida a la ciutat, la mateixa que cantés Walt Whitman, el seu principal antecedent. Per a això, es van valer d'una observació precisa i una estudiada improvisació capaces de captar la veritat del moment i comunicar-la al lector amb tot el seu dinamisme, amb tota la seva fragilitat.
Els autors de l'Escola de Nova York van escriure una poesia cosmopolita, atenta a les coses, al real, però també al propi acte de creació, fluida i alhora trencada, i plena d'imatges poderoses, sovint fruit del flux de consciència o de l'escriptura automàtica dels surrealistes francesos, als qui tant admiraven.
Eduardo Moga (Barcelona, 1962) és poeta i escriptor. Ha publicat vint poemaris, recentment reunits a Ser de incertidumbre 1994-2023 així com diaris, assajos literaris i llibres de viatges. Exerceix la crítica literària a Letras libres i Cuadernos hispanoamericanos. Ha traduït a Llull, Rimbaud, Whitman, Faulkner, Bukowski i O’Hara, entre altres autors.
lunes, 24 de agosto de 2026
La colección Gimferrer en el Centro de Arte de Bañolas
martes, 18 de agosto de 2026
El fiasco del eclipse
Suelo desconfiar —y acabar huyendo— de lo que se publicita masivamente (la visita de un Papa, lo último de Rosalía, La península de las casas vacías...), pero a veces la insistencia es tanta, tan ubicua y machacona, que me aturde —y acaba atrapándome—. Así sucedió con La Odisea, de Christopher Nolan —de la que hablé en la entrada anterior de este blog—, y con el eclipse del pasado 12 de agosto. Será que últimamente ando dócil e influenciable. Todos los medios de comunicación se habían pasado semanas anunciando el apagón que se produciría ese día como si se acercara el fin de los tiempos. Los periodistas cantaban las maravillas del fenómeno, explicaban sus características como si realizaran un examen forense, nos recordaban que algo así solo podía contemplarse una vez en la vida y no paraban de entrevistar a meteorólogos y astrónomos, con gran reverencia, para que nos revelasen todos los secretos del fabuloso acontecimiento. Lo más enternecedor era cuando dejaban asomar al poeta que todo gacetillero lleva dentro y nos contaban que durante el eclipse los pájaros dejarían de cantar y los insectos, de batir los élitros, y que se levantaría un viento formidable, resultado de la veladura sideral. Más prosaicos y profilácticos, no dejaban de repetir que habían de usarse las gafas adecuadas para ver el eclipse: homologadas, por supuesto. De otro modo, corríamos peligros terribles: quemaduras de retina, perturbaciones sin cuento, ceguera. Además de toda la prensa, escrita y audiovisual, los amigos que siguen las redes sociales (yo de eso no gasto) me contaban que bullían de noticias, comentarios y paranoias sobre el eclipse. Todos los frikis de la astronomía del mundo, y unos cuantos millones de turistas más, se habían concertado para venir a España y ver in situ, o más bien in caelo, el oscurecimiento del Sol: los hoteleros, desde Galicia a Tarragona, estaban encantados con que de día se hiciera de noche. Pues bien: a todos ellos decidí sumarme el día de autos. Ya me había perdido, años atrás, el paso del cometa Halley, del que también se dijo que no se volvería a ver hasta dentro de un siglo o más, cuando ninguno criara pelo ya, y me pareció que a lo mejor de este suceso celeste mis ojos sí podían ser testigos. Y resolví que lo fueran con mi amiga Sol: nadie más adecuado. El primer problema que se me planteaba era hacerme con unas gafas para eclipses, un modelo poco común en las ópticas. Las encontré, para mí y para Sol, en mi farmacia habitual: tres euritos me costaron (mi amigo Juan me contó que, en Madrid, Ayuso las regalaba: qué rumbosa, la presidenta; o quizá pensara que, si se aseguraba de que la gente mirara el eclipse, no repararía en otros asuntos de las alturas). Luego supe que los más rezagados —unas cuantas docenas de miles de personas— atiborraban las farmacias y los comercios de todo el país en busca de unas gafas más que agotadas. Provistos, en fin, Sol y yo de los anteojos protectores, acudimos diligentes al punto de observación elegido. Que no es otro que el Turó de Can Mates, una colina artificial situada en el parque homónimo de Sant Cugat, a unos quince minutos andando de mi casa. Se trata de un amontonamiento de los escombros de la reurbanización del barrio, llevada a cabo hace unos treinta años (antes, todo esto eran huertos y campos de labor), recubierto de una capa de verdor y acondicionado como mirador. Desde la cumbre —una palabra demasiado grande, desde luego, para una altura tan modesta: 178 metros—, se ve, no obstante, una amplia extensión de la comarca del Vallès, la montaña de Montserrat y, justo al pie, flanqueando el parque, las sedes de varias empresas farmacéuticas internacionales. Y, lo que es más importante a los efectos que nos ocupan, un magnífico horizonte por el que se pone todos los días el coprotagonista del acontecimiento de hoy. Pues bien: hacia allí que nos dirigimos Sol y yo... y también toda la población de Sant Cugat: unas 90.000 personas, más unos cuantos miles más de los pueblos aledaños. Nos cuesta un poco alcanzar el mirador, porque para ello hay que subir una cuesta pronunciada, y ni Sol ni yo somos escaladores afamados; Sol, de hecho, está a punto de eclipsarse, lo que habría resultado muy coherente esta tarde, pero también muy frustrante. Mientras ascendemos, somos rebasados por una riada de parejas y familias que no quieren perderse el espectáculo, y que pasan a nuestro lado con fluencia amazónica. Un padre le dice a su mujer: “¡No me imaginaba que fuera a haber tanta gente!”, y Sol estalla en una carcajada. El hombre la mira mal. Algo de razón tiene: la risa de mi amiga le estaba diciendo que no era muy avispado. Con paciencia alcanzamos la cumbre, donde apenas queda espacio para sentarse. Algo que deberemos hacer, desde luego, en la hierba: en el poyo que rodea la escultura que corona el lugar, La rosa de los vientos, de Pep Codó —un homenaje a los vientos de Cataluña—, se sientan ya varios centenares de personas, casi unas encima de otras. Encontramos un rincón aún desocupado en la zona desde donde mejor se verá el eclipse. Averigüé cuál era esa zona hacía algunos días, cuando subí al Turó para evaluar la posición idónea. En Sant Cugat, el Sol estará muy bajo, muy cerca del horizonte, cuando la Luna lo tape en su máxima extensión, casi al 100%, y no se trata de que nos coloquemos donde los árboles, de los que hay algunos en la falda de la colina, perturben la visión, ni de que lo haga la montaña de Montserrat, por muy sagrada que sea. Felices, pues, por ir cumpliendo las etapas previstas de la aventura, le abro a Sol la sillita de playa que hemos traído para que se siente, extiendo en el suelo la toalla, también de playa, de la que me he provisto yo, y esperamos el glorioso, inenarrable momento. Claro que aún falta más de una hora para que se produzca, y hemos de tener paciencia. Nos entretenemos charlando y mirando a la gente a nuestro alrededor, que se sigue amontonando, como si no hubiera bastantes seres humanos para llenar el lugar. Uno con tatuajes delante de nosotros mira el móvil con avidez y se zampa varias bolsas de patatas fritas; mastica con la boca abierta. Dos mujeres con sus hijos pequeños en el regazo le piden a un sudamericano que se ha puesto de pie para fotografiar el horizonte, que se agache, que sus retoños quieren ver. “¡Pero si no hay luna todavía!”, responde el hombre, no sin lógica. “Da igual: ¡quieren ver!”, contestan a su vez, mientras una de las madres se lleva varias el índice extendido desde debajo del ojo al vacío celestial. A nuestro lado, una octogenaria, vestida de rojo pasión y con zapatos de plataforma, vela sin cesar por sus nietos, que, no obstante, cansados de su vigilancia, le gritan: “¡Nos vamos con nuestra familia!”. A la mujer se le estremece un poco el moño. Oímos a muchos padres sermonear a sus hijos con que han de ponerse las gafas (homologadas): “¡Si no lo hacéis, os vais a quedar ciegos!”. La ceguera asusta mucho. Mientras un rumor creciente se nos mete por los oídos, las muchas hormigas que corretean por aquí se nos meten por los pantalones: no deja de ser un problema. Detrás, un crío le grita a su madre: “¡Mira, mamá, aquí está la boca del hormiguero!”. Y pienso que ha acertado con un término ya infrecuente: la boca del hormiguero. Estoy por felicitarlo. Por fin sucede. Con las gafas enjaretadas, se advierte que una sombra convexa empieza a superponerse al Sol. Otra cosa no se ve: los lentes anulan cualquier visión —todo es negro—, salvo la del Sol comido por la Luna. Al principio, la sombra es solo un puntito, pero con los minutos aquella pequeñez crece y uno confirma que la bola de Selene ya está solapándose. Me pregunto si entre los asistentes no habrá alguien que crea que la Tierra es plana, y si el espectáculo de dos cuerpos celestes esféricos que convergen no le hará preguntarse si la Tierra no será también esférica. (O quizá piense que también el Sol y la Luna son planos, pero están girados en vertical hacia nosotros; o que hay una confabulación planetaria, acorde con la que nos ha hecho creer perversamente que la Tierra es redonda, para, con un gigantesco juego de espejos o amaño de imágenes, convencernos a todos de que el Sol y la Luna también lo son... Dios mío: cuánto da de sí la imbecilidad). Pero el eclipse crece, y con él mi decepción. Porque, para empezar, solo se ve con las gafas. Si uno se las quita, el Sol sigue brillando plenamente. No se aprecia ninguna mancha en su superficie, ni perlas de Baily ni corona solar alguna, ni se oscurece el cielo o se platea la luz, ni los pájaros, y mucho menos los insectos, dejan de cantar (aunque, si lo hicieran, no nos enteraríamos: tal es el ruido del gentío), ni sopla ningún viento (contradiciendo la propia naturaleza del lugar), ni nada de nada: lo único que se ve, si uno se encasqueta las gafas, es un sombra que va laminando el pequeño y anaranjado disco solar. Y ya está. Esto será quizá prodigioso para muchos. Para mí no es sino un curioso accidente astral, un engranaje más en la incomprensible disposición del universo, de la que también forman parte algunos hechos tan cotidianos que apenas si reparamos en ellos: que amanezca y que anochezca todos los días, o que haya estrellas en el firmamento (algunas fugaces: esta misma noche, por cierto, nos mojarán las Perseidas), o que ocurran las mareas, o que distingamos a Marte en el cielo nocturno o a Venus al amanecer y al anochecer. A eso de las ocho y media de la tarde, el eclipse se ha completado (y algunos, no muchos, los más exaltados, han aplaudido): visto desde aquí, la Luna ha ocultado el 99,68% del Sol, dejando solo a la vista un finísimo hilo rojo, que pronto vuelve a crecer: la Luna sigue su camino infinito alrededor de nosotros, y nosotros seguimos el nuestro alrededor del Sol. No hay nada más que ver ni sentir. Sol y yo nos levantamos con dificultad para marcharnos antes de que los caminos de regreso se vean eclipsados por la multitud: nos duele la espalda y el cuello de tanto tenerlo levantado para mirar (y a mí, el culo). Bajamos mucho más deprisa de lo que hemos subido. No volveremos a ver un eclipse, pero yo ya he decidido que me importa un rábano.
miércoles, 12 de agosto de 2026
La Odisea de Christopher Nolan
He visto La Odisea. Como muchos millones de personas en el mundo. Como casi todos. Y, aunque no me gusta hablar de lo que todo el mundo habla, voy a hacer una excepción, aunque tampoco sé por qué. Quizá porque la película me ha gustado más de lo que esperaba. O porque los fenómenos cinematográficos planetarios como este nos arrastran a todos. O porque hoy no tenía un tema mejor del que hablar (el eclipse aún no ha tenido lugar; lo hará esta tarde, si el Sol y la Luna no deciden lo contrario: sería maravilloso que el eclipse no sucediera). Antes de presentarme con mi hijo Álvaro y su novia Mireia en el IMAX de Diagonal (antes, la espectacular pantalla estaba en el Puerto Olímpico, que habría sido un lugar mucho más adecuado para ver una película como esta), situado en uno de esos centros comerciales cuyo principal atractivo ya no son las tiendas fastuosas o los restaurantes franquicia que los atiborran, sino el paradisíaco aire acondicionado, había leído críticas de todos los colores: desde las entusiastas hasta las horrorosas, que hablaban de “tocomocho” o infumabilidad y poco menos que dejaban a Nolan a la altura del betún. Fui, pues, al cine con cautela, impresionado todavía, además, por el extraordinario papel de Ulises (lo siento: me resisto a llamarlo Odiseo; desde mis clases de griego en BUP y COU, con don Gregorio Salvador, Ulises solo puede ser Ulises) que hace Ralph Fiennes en El regreso, y temiéndome un fiasco monumental. Pero no. La película, como ya he dicho, me ha gustado. En algunos momentos, me ha gustado mucho; en otros, no tanto. Pero, incluso cuando flojea, mantiene un pulso narrativo, un sentido épico y una espectacularidad visual que satisfacen. De entrada, la película de Christopher Nolan tiene un gran mérito: ha renovado el interés por la gran obra de Homero. Las librerías del mundo entero —al menos, del occidental— se han llenado de gente —sobre todo de jóvenes, lo que me parece especialmente valioso— que quería un ejemplar del libro. Yo mismo he acudido a la mía a encargar uno de la traducción de Carlos García Gual en Alianza y otro de la nueva versión de Juan Manuel Rodríguez Tobal, recientemente publicada en Hiperión, aunque en casa ya tenga dos ediciones de la clásica de don Luis Segalá Estalella de La Odisea y La Ilíada (Luis Segalá Estalella es a Homero lo que Luis Astrana Marín a Shakespeare). Por otra parte, Nolan ha sabido movilizar a la audiencia mundial: hacía años que un estreno no concitaba el interés de esta Odisea, y, al parecer, la taquilla está respondiendo a ese interés: la película ha costado 250 millones de dólares, pero ya ha recaudado 1.100 en todos los cines del mundo, y los expertos le auguran una cifra final que rondará los 1.400 o 1.500 millones. Por imponente que haya sido la campaña de márketing orquestada por la productora, obtener estos resultados es prodigioso. En lo estrictamente fílmico, La Odisea no solo mantiene el tipo, sino que descuella en muchos momentos. La interpretación de la bellísima Anne Hathaway, una actriz que yo asociaba siempre con comedias románticas y otros productos hollywoodienses de fácil factura y aún más fácil consumo, hace aquí un trabajo espléndido, contenido y desgarrado a la vez, sobrio y natural, si es que puede hablarse de naturalidad en el caso de alguien que se pasa veinte años tejiendo y destejiendo un manto fúnebre, mientras una caterva de pretendientes rijosos la espera al otro lado de la puerta, babeando por poseerla y, de paso, devenir reyes. También es muy destacable Robert Pattinson en el papel de Antínoo, el más venenoso de esos feroces pretendientes, que muere a manos de Ulises, como casi todos los demás, en una, por cierto, de las mejores escenas de muerte del cine reciente. Charlize Theron, por su parte, hace de Calipso con su acostumbrada solvencia, y nos permite admirar su belleza sobrenatural en las playas de Malta, también sobrenaturalmente bellas. En el otro lado de la interpretación, encontramos a Matt Damon, un buen actor que en esta película no alcanza el nivel esperable. Uno se imagina a Ulises fuerte e ingenioso, decidido pero atormentado, y solo encuentra a un hombre de cuerpo escueto y rictus a menudo inexpresivo, que deambula sin demasiado ton ni son por los parajes del Mediterráneo a los que el azar los lleva a él y a sus aqueos. Damon no consigue transmitir esa impresión de héroe y, a la vez, de hombre frágil, acosado por sus demonios interiores y urgido por el deseo de volver a casa. O, al menos, yo no lo he percibido así. Mientras observaba su actuación, no podía dejar de pensar en cuánto mejor protagonista habría sido Javier Bardem, por ejemplo, o el propio Ralph Fiennes. Algo bueno que sí transmite el Ulises interpretado por Damon, siguiendo el guion del propio Nolan (que ha recibido mordaces críticas de Emily Wilson, la traductora del libro en el que Nolan dice haberse basado para escribirlo), es su, digamos, preferencia por lo humano. Frente a las exigencias y expectativas de los dioses, este Ulises se decanta siempre por las propias: las suyas y las de sus hombres, mortales, débiles, necesitados, obedientes al instinto de supervivencia, aferrados a su carne y sus heridas frente a los sacrificios y penalidades que les imponen los inmortales. Así, Ulises nunca se para a enterrar a sus muertos si lo apremia algo más urgente o si hacerlo constituye una amenaza o un peligro. Y enterrar a los muertos propios era paradójicamente vital para los griegos: sin la inhumación debida, al difunto se le negaban el honor y el descanso que le correspondían, y su espíritu no podía ingresar en el inframundo: quedaba así condenado a vagar eternamente sin más realidad ni existencia. Esta inclinación por lo humano —a mí, que soy radicalmente antiteísta— me halaga y me conmueve. Otro aspecto inadecuado del elenco de actores de la película que debo señalar es el hecho de que para el papel de Helena, aquella belleza sobrehumana que había causado la guerra de Troya, se ha elegido a Lupita Nyong’o, una actriz negra. Recuerdo cuánto nos indignó a muchos, en nuestra adolescencia, que Judas fuera interpretado por un actor negro en la mítica Jesucristo Superstar, de 1971, porque implicaba una valoración moral: lo negro era lo malvado (o peor: el negro era el malvado), y contra esto estábamos todos de acuerdo. Pero, en el caso de La Odisea, la valoración moral ha obrado a la inversa: para demostrar que lo negro no es lo malvado, sino lo bueno, o por lo menos lo igual de bueno que lo blanco, vamos a utilizarlo incluso allí donde no puede ser utilizado: en el papel de una mujer que no podía ser sino blanca, como lo es en el libro de Homero y como lo eran todas las mujeres de la realeza en los siglos de la Hélade homérica, por más origen mitológico que tuvieran. Que Helena sea negra es tan anacrónico, y tan inverosímil, como que Kunta Kinte o Martin Luther King fuesen blancos. E igual que Helena, para serlo, no puede ir vestida como una astronauta o como una jugadora de fútbol, tampoco puede tener la piel blanca. El color de la piel es consustancial a la caracterización de Helena. La elección de Lupita Nyong’o para el papel —que desempeña, en cualquier caso, con mucha dignidad— solo obedece a la necesidad de proclamar al mundo que quienes hacen la película no juzgan a sus empleados, ni a nadie, por el color de su piel, sino por sus habilidades interpretativas. Lo que no deja de ser otra forma —aunque esta social y políticamente aceptada— de racismo, en la medida en que el color de la piel se impone injustamente a la realidad. Por último, al estar basada La Odisea en una obra literaria, y sobre todo de la entidad de esta, no es de extrañar que se remarquen las diferencias entre la película y el relato original. Pero este aspecto me ha importado poco, aunque haya bastantes diferencias entre una y otro, algunas gruesas y otras de detalle (como que las velas de las naves de los griegos, que además parecen drakkars vikingos, sean rojas: el tinte púrpura era carísimo y no se podía derrochar de esa manera: otro color improcedente, como el de la piel de Helena). Los capítulos o episodios que Nolan ha elegido, y su forma de tratarlos, mantienen el espíritu de la epopeya homérica y se desarrollan a buen ritmo, como en los cantos del griego. Quizá el capítulo que se me hace más confuso e incómodo de ver es el del Cíclope que encierra a Ulises y sus compañeros en la cueva donde guarda las ovejas (y de vez en cuando se come a alguno), y al que el héroe le clava un madero ardiente en el único ojo (con el que, en cualquier caso, no parece ver demasiado). En La Odisea de Homero, el ganado es de un tamaño proporcional al del Cíclope y eso permite que los griegos se escapen de la cueva agarrados al vientre de los animales, a los que el Cíclope, cegado ya, reconoce por el tacto de la lana. En la película, las ovejas son normales, y eso obliga al guionista a inventarse una forma un poco chusca de huir: poniéndose algunas hierbas en el cogote para que el Cíclope, si llega a tocarlos, no los distinga de los animales. La película de Christopher Nolan dura tres horas, de cuyo transcurso no fui consciente. No se me cerraron los ojos en ningún momento, ni me removí en el asiento para encontrar una mejor posición, ni siquiera hube de salir de la sala para ir al baño, como pensaba que tendría que hacer inevitablemente, dado el pobre estado de mi próstata y la duración del film. Cuando me di cuenta de lo ligeramente que habían pasado aquellas tres horas, pensé que mi cuerpo y mi mente ya habían decidido el sentido de esta crítica por mí.



