martes, 3 de febrero de 2026

“Baladaz”, de Sharon Olds

Se acaba de publicar Baladaz, mi traducción de Balladz, de Sharon Olds, en la editorial barcelonesa La Cama Sol, aunque no toda aún. Me explico: la editorial ha decidido dar a conocer el libro, unitario, en dos volúmenes; ambos verán la luz en 2026. El que acaba de aparecer es el primero. El libro no es bilingüe, pero cuenta con las sugerentes ilustraciones de Juan Uslé. 

Así dice el poema “Best Friend Ballad”:

Sometimes I’ll suddenly remember the power 
of her house, and of the approach to it,
down the narrow, extreme-curve-to-the-
right street, opening onto the

somehow delicate cul-de-sac, my 
best friend’s
house—what?
Italianate? Ogive windows,

balconies, tile roof,
the land fallen o steep behind it to the 
gradual slope to the Bay. And then
the at stones up to her Doric

portico—between them, flowering 
weeds, no ice plant, no ivy, just tiny 
blossoms, then there it was, like a villa, 
a little Berkeley palace, a doctor’s

elegant home of safety where she was
dying, 9 years old, and I didn’t
let myself realize it.
If her mother had been there, maybe I could have

asked her if I could take a nap 
with my friend when she fell 
asleep—but her mother
had died the day before, my job

was to not let my friend know it— 

so she could die as if she had
a mother. What would I have given to 
have been allowed to lie down
next to her dear skeletal body.

She still had her fine, yellow-green, 
thick, sour-color hair,
as if the lead poison they’d breathed had 
sharpened the chartreuse of it—

what would I have given to be 
allowed to fall asleep with her
and dream, alive—what would I give 
now? Nothing, I have nothing to give,

none of the luck which followed in my fortunate 
life. But I pray for a sleep tonight in which,
9 and 9, we can hold each other in a
green dream.

Y esta es la traducción:

LA BALADA DE LA MEJOR AMIGA

A veces me acuerdo, de pronto, de la magnificencia 
de su casa y de cómo se llegaba a ella, 
por una calle estrecha con una curva cerrada 
a la derecha que daba

a un callejón sin salida —aunque delicado—: la 
casa de mi mejor
amiga, ¿qué?, 
¿de estilo italiano? Ventanas ojivales, 

balcones, cubierta de tejas 
y un terreno que caía abruptamente, detrás de ella, hasta la 
pendiente gradual que llevaba a la bahía.  Y luego 
las losas hasta el soportal 

dórico, entre las que florecía
la maleza, nada de hierba escarchada, nada de hiedra, solo                                                                                            [unos brotes 
diminutos. Allí estaba, pues, como una villa 
o un palacete de Berkeley, el elegante

y seguro hogar de un médico en el que mi amiga se
moría, con 9 años, y yo no 
quería darme cuenta. 
Si su madre hubiera estado allí, le habría 

preguntado si podía echarme una siesta 
con mi amiga cuando se 
durmiera, pero su madre 
se había muerto la víspera, y se trataba, ante todo,

de que mi amiga no lo supiera 

para que pudiese morirse como si tuviera 
madre. Qué no habría dado por que 
me hubiesen dejado acostarme 
junto a su querido cuerpo esquelético. 

Aún conservaba el pelo fino, verde amarillento, 
espeso, de tonos vivos, 
como si el plomo que habían respirado, y que la había                                                                                         [envenenado, 
hubiera afilado su color verde lima.

¿Qué no habría dado por que
me dejaran dormir con ella 
y soñar, viva. ¿Y qué no daría 
ahora? Nada, no tengo nada que dar, 

nada de la suerte que me sonrió después, en una vida 
afortunada. Pero rezo por que durmamos juntas esta noche,
con 9 años las dos, y podamos abrazarnos en un 
sueño verde.


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