sábado, 25 de abril de 2026

El abrazo

Un mechón que se pega a la mejilla. Un pelo que se enreda en las pestañas. La rodilla que se siente en el muslo. Los ojos, pelotas negras de pimpón. El cosquilleo del vello público en la ingle. El pálpito del corazón en los dedos entrelazados. El suave amontonamiento de un pecho contra el pecho. Una cicatriz como un gusano enterrado. Una gota de sudor extraviada en la axila. La piel, sedosa como el parche de un tambor que aún no ha redoblado. La punta de flecha de un pezón. El brazo que se acomoda a la curva de la cadera. Las lenguas que se abrazan todavía. Los dedos de los pies, que rastrillan los empeines del otro. Un dedo que se libera y recorre las últimas cornisas de la espina dorsal. El aliento que se bebe. Las narices que se tocan. Los codos, siempre interpuestos, a los que nunca ha cantado nadie en la poesía universal. Las palabras, tan susurradas que parecen decirse muy lejos, dentro. El arañazo benigno de una uña. El cuerpo desdoblado, unido, despierto, dormido. El parpadeo, como si un insecto grande se hubiera posado en la frente. El pene inmóvil, y satisfecho de su inmovilidad, entre los muslos. La quietud desasosegada de la piel. La sonrisa que se abre paso en la penumbra de la habitación. Los dientes blandos. Un tendón que se tensa. Otro que se relaja. Las costillas que encajan. El pálpito del corazón en el tórax y contra el tórax. El movimiento leve, que solo busca reajustarse entre músculos, entre caricias. La fragancia ferruginosa de los sexos. El martillo muelle de las sienes. El coágulo de las miradas. Las sábanas entrometidas en los pliegues, en los rincones. La mano que explora un hueco que acaba de descubrir. Otro mechón que se rebela. El corazón, el corazón, el corazón. La ropa en el suelo, como una bandada de pájaros sedentes. El rítmico fuelle de los pulmones. El aire, como una colcha. La oscuridad, como un caparazón. La carne que parece licuarse, pero detenida en el último estadio de la solidez. Un lunar en el que no se había reparado. Franjas tibias de grasa. Un pellizco amable por un rebullir. Un rayo de luz de la tarde que se cuela hasta las nalgas. Las núcas, ásperas. Los labios, sangre delineada, sangre comestible. El otro pezón, un matacandelas aterciopelado. La oxitocina llamando a las puertas de la conciencia. El tiempo que no pasa.

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