lunes, 13 de abril de 2026

Joaquín Sorolla, una vez más

Salgo hoy de casa para ver la exposición “En el mar de Sorolla con Manuel Vicent”, en el Palau Martorell de Barcelona. Hace frío cuando, temprano, toco la calle. Pienso si esta temperatura desapacible le convendrá a mi querido resfriado, que hace casi cuatro meses que no me deja. Se ha encariñado conmigo. O quizá sean resfriados: una cadena de virus que lleva desde antes de Navidad taladrándome los pulmones. Aunque me inflo a vitamina C, no hay manera de librarme de él: estar resfriado es, para mí, el estado natural de las cosas. En el tren a la plaza de Cataluña, leo Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, el autor de la sobrecogedora La carretera. Y Meridiano de sangre es también sobrecogedora: está llena de una violencia salvaje y sensual, extraordinariamente traducida por Luis Murillo Fort. Cuando llego a Barcelona, noto que, por suerte, hace algún grado más que en Sant Cugat, aunque la lectura de McCarthy ya me haya caldeado bastante. Reconfortado, paseo desde las Atarazanas, a donde he llegado en metro, hasta el Palau Martorell, un contundente edificio neoclásico construido entre 1886 y 1900, que durante mucho tiempo acogió a una entidad financiera catalana y que fue reconvertido, hace algunos años, en sala de exposiciones. Y allí me encuentro, de entrada, con mucha gente. Como el recinto del Palau solo consiste en una pequeña planta baja y un primer piso algo más amplio, pero tampoco muy anchuroso, la visita se hace fatigosa. Aunque ¿qué visita a una atracción cultural no lo es hoy, en este mundo de turismo y vida masificados? Al entrar, se impone la voz de Manuel Vicent, el comentarista de las marinas sorollianas, que le habla al público desde la pantalla donde se proyecta el vídeo que protagoniza. Y en la pantalla lo veo, en efecto, bastante envejecido ya, pero lúcido y vigoroso, como siempre se expresa, de viva voz o por escrito en sus artículos en El País, y con esa cabeza en forma de pene que siempre ha tenido. Mientras Vicent habla, en un lugar que muy bien podría ser el mismo en el que Sorolla pintaba sus escenas de bañistas y pescadores, yo empiezo a recorrer la exposición. Sorolla siempre me ha interesado. Cuando vivía en Londres, mi entonces mujer y yo visitamos la que la National Gallery anunciaba como la mayor exposición del pintor valenciano que se hubiese organizado nunca. Y disfrutamos mucho con sus colores subidos, sus paisajes mediterráneos, sus pieles albas o bruñidas, sus bueyes y sus barcos, su luz total. Y también con una parte de su obra en la que no suele repararse, situada en los antípodas de los óleos que lo han hecho célebre: cuadros sorprendentemente tenebristas, que exponían o, mejor, que denunciaban las terribles condiciones en las que vivían muchos españoles del último tercio del siglo XIX y primer cuarto del XX: mujerucas de negro, mendigos en las calles, hambrientos haciendo cola delante de las iglesias para recabar el bodrio, presos en cárceles inmundas, destartaladas estaciones de tren. No hay nada de eso en esta muestra, que solo trata de los paisajes marinos de Sorolla, comentados por Vicent, cuyos primeros juicios, tanto en las cartelas como en el vídeo que se proyecta, subrayan el peso de la superficie en Sorolla: la potencia de los pigmentos y las formas en su pintura. Vicent recuerda oportunamente la máxima de Valéry: lo profundo es la piel, algo muy pertinente cuando hablamos de Sorolla. Los textos del escritor, por cierto, están escritos en las paredes de la exposición en castellano y catalán, y se me ocurren dos cosas: ¿no debería estar también en inglés? Y, sobre todo, ¿no deberían estar en valenciano, en lugar de en catalán? Veo, entre las primeras muestras de la obra expuesta, cuadros de Moraira y Jávea, pueblos de Alicante donde he pasado muchos buenos ratos, hace años ya, durante mis vacaciones en Calpe, frente al Peñón de Yfach, en las que no dejábamos de visitar las localidades cercanas, plagadas de turistas, pero con rincones hermosos todavía por conocer. En muchas piezas de Sorolla hay niños desnudos en la playa, cuerpos inocentes que se sumergen en las aguas someras, donde parece haberse sumergido también el sol. Una claridad exultante lo embadurna todo. Y lo hace gracias a un trazo no particularmente delicado, incluso de una cierta bastedad. La pincelada de Sorolla no es minuciosa, sino más bien crasa, aunque en ese grosor están la arena, la espuma, el calor que quiere captar y que capta, o el esfuerzo de los músculos y la rusticidad de las ropas de los pescadores que trabajan en la costa, y que en muchas piezas empujan las barcas al agua, o las sacan de ellas, ayudados por bueyes macizos. El trazo de Sorolla es espeso y granuloso, como lo es la materia que describe, pero irradiante y pleno, desnudo a la vez que cuajado, simultáneamente corporal y líquido. No se atiene al detalle —aunque tampoco lo excluye—, sino a la masa de estímulos sensoriales que se coagulan ante la vista, en la piel del observador y de lo observado. Y de ahí resulta un mundo restallante y verdadero, en el que conviven los burgueses de trajes de dril, pamelas y sombrillas que se alojaban en balnearios y casas de veraneo, y encontraban en las playas un asueto condigno de su condición, y los pescadores que malvivían en las casuchas de El Cabañal, entre niños descalzos y redes que siempre había que reparar. En El Cabañal pintó Sorolla muchos de estos cuadros, “ajeno a todas las vanguardias”, como señala Vicent. Así es: la ruptura y la experimentación apenas alcanzaron a Sorolla, que se hartaba a ganar medallas en los festivales internacionales de pintura con un arte que se consideraba agradablemente convencional, pero que, en su amena superficialidad, escondía un materialismo radical, una subversión de los cánones perceptivos, una sensualidad revolucionaria, una dimensión existencial, en suma. Y esta dimensión perturbadora, estos lengüetazos de oscuridad, afloran, además de en su obra abiertamente social, que no está aquí representada, en algunas de las piezas que sí lo están: en los cielos grises de un puñado de paisajes, en los pescadores que beben, con gesto torcido, en la penumbra de una taberna, en la miseria entrevista en las gentes del pueblo, pese a lo mucho que trabajan. Pese a ello, o conviviendo con ello, los estallidos de sol y carne que son los cuadros de Sorolla imponen su presencia en el visitante de la exposición. Admiro El balandret, de 1909; Adelfas de la Malvarrosa, la célebre playa de Valencia, de 1904; Autorretrato con fondo de mar, también de 1909, en el que el pintor aparece con una camisa blanca, una barba afilada y el ceño fruncido frente a las aguas azules y blancas; y los cuadros en los que retrata en la playa a las mujeres de su familia: su esposa Clotilde o su hija Elena, siempre con vestidos vaporosos y parasoles, y sacudidas por la brisa. Acabo la visita al Palau Martorell comprando el catálogo de la exposición, con todas las piezas de Sorolla expuestas hoy y con todos los textos escritos por Vicent para la ocasión. No suelo comprar catálogos de exposiciones, primero porque son muy caros, y segundo porque no acostumbran a tener calidad literaria, pero esta vez hago una excepción. El catálogo es, en efecto, muy caro, casi 40 eurazos, pero la prosa de Vicent es siempre excelente y, además, muy apropiada para describir al artista del que habla. Luego salgo a la calle y me meto casi inmediatamente en un restaurante de cocina catalana, del carrer Ample, enteramente atendido por hispanoamericanos. Es ya la hora de comer y me zampo, sin remordimiento alguno, un arroz con verduras que está de rechupete y que seguramente cocinarían igual de bien, o incluso mejor, muchas de las pescadoras llenas de hijos y de penalidades que hoy he visto retratadas por Sorolla.

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