domingo, 19 de abril de 2026

Zaragoza

Hacía mucho tiempo que no iba a Zaragoza: recuerdo una visita a un amigo del Opus Dei que vivía en una residencia de la Obra (entonces tenía amigos del Opus Dei, aunque yo ya era un ateazo incorregible), cuando ambos estudiábamos Derecho (este amigo, por cierto, sabedor de mi condición de oveja descarriada, me intentaba devolver al recto camino siempre que nos veíamos: “¿Por qué no rezas? Por si acaso...”, me aconsejaba), y otra con ocasión de la boda de un amigo de la mili con una zaragozana: se celebró en un hotel de la ciudad, y no se me olvida el trastazo que se dio uno de los camareros que servía el banquete: todo lo que llevaba en la bandeja acabó hecho añicos por el suelo, en medio del silencio repentino de los comensales, casi tan atronador como su propia caída. Esta vez voy a la ciudad para ver a María, una vieja amiga con la que me he reencontrado, felizmente, después de muchos años de no saber nada el uno del otro. El tren me deja en Delicias en una hora y media, y María viene a buscarme, luciendo una sonrisa que ilumina todo el andén, y me acoge en su piso, en el popular barrio Oliver, donde aún se ven en las fachadas las placas con el yugo y las flechas que explican el origen de los bloques, pero que las autoridades tendrían que haber retirado hace mucho, de haber cumplido, como era y sigue siendo su obligación, con las leyes de Memoria Histórica y de Memoria Democrática. En la primera mañana de mi estancia, María me lleva al centro, de camino al cual vemos una pintoresca “Tasca de Piter” y las casetas de la feria del libro antiguo y de ocasión que se celebra justo estos días en la plaza de Aragón. (Pienso: he de volver a ver con calma lo que atesoran). Recorremos la calle Don Jaime I —que en la Caesaraugusta romana era el Cardo Máximo, una de las vías principales— y María no puede evitar la tentación de entrar en la pastelería Fantoba, la más antigua de la ciudad, fundada en 1856, que constituye una cámara de tortura para un diabético al que le gustan los dulces como yo: los guirlaches, los suspiros de la Virgen, las guindas al marrasquino y muchas otras exquisiteces no solo están diciendo “cómeme”, sino que desprenden unos efluvios que quitan el sentido. Pero resisto: visto el local y su género, me apresuro a ganar la calle y respirar hondo, mientras María se duele de que no tuvieran chuchos, los legendarios canoli hispánicos, rebosantes de crema y nevados de azúcar, que tanto han hecho por las papilas gustativas, pero también por la obesidad de este país. Cruzamos a continuación el Puente de Piedra —el más antiguo de la ciudad: de la primera mitad del s. XV—, bajo el que discurre el poderoso Ebro, y llegamos al Balcón de San Lázaro y el Arrabal, desde el que antes, cuando la gente había de ir a la ciudad, decía que “iba a Zaragoza”, me cuenta María. En ese otro lado del Ebro, nos espera el Molino de San Lázaro, un magnífico restaurante donde comemos a la vera del río. Volvemos luego paseando por la ribera, donde conviven los patos y los pescadores, con el agua del Ebro lamiéndonos los pies, y cruzamos esta vez por el Puente de Santiago hasta la basílica del Pilar. Entramos en el templo, y me sorprende que no haya grandes colas (salvo para comprar en un puesto anejo las Medidas de la Virgen, unas cintas muñequeras que sus devotos creen les darán protección y suerte) ni que pagar por la entrada. El templo, además de ser un centro espiritual y artístico, ha sido también una víctima de las guerras que han sacudido a Zaragoza. En la fachada exterior norte y este, se ve todavía el impacto de las balas de cañón que dispararon los franceses en los sitios de 1808 y 1809, cuando las tropas napoleónicas lucharon por ocupar la ciudad, algo que solo consiguieron al segundo intento. En el primero, los zaragozanos, entre los que apenas había soldados regulares, derrotaron a las disciplinadas tropas de Bonaparte y a los temibles lanceros polacos del Regimiento del Vístula, integrados en el ejército galo, gracias a una resistencia sin límites: el general Lefèvre se retiró tras sufrir 4.000 bajas y una considerable humillación. En la segunda, comandada por el mucho más experto mariscal Lannes, amigo personal de Napoleón, y tras un asedio largo y minucioso en el que apenas dejó de machacarse la ciudad a bombazos, los franceses lograron que capitulara, aunque el comandante español, el aguerrido general Palafox, fuese partidario siempre de seguir con su política de “guerra y cuchillo” hasta el último aliento. Por estas demostraciones de valentía, a la ciudad se le otorgaron los abrumadores títulos de Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Muy Benéfica, Siempre Heroica e Inmortal. Además de sus muchos atractivos estéticos —las pinturas de Goya y los hermanos Bayeu, el retablo de alabastro del altar mayor, el coro renacentista tallado en madera de roble de Flandes, el Coreto de la Virgen con su órgano de 1720 (que María, cuando trabajaba en una importante empresa patrocinadora, contribuyó a restaurar) y un sinfín de extraordinarias capillas y sacristías— y teológicos —la talla de la Virgen y el pilar (en realidad, una columna de jaspe) en la que supuestamente se le apareció en carne mortal al apóstol Santiago—, lo que más me atrae de la gigantesca basílica son dos detalles que los fieles, y la propia Iglesia, no dudan en calificar de portentosos. El primero es el milagro de Calanda, del que se nos alecciona en una de los muros del templo, según el cual, en 1640, un tal Miguel Pellicer, natural de Calanda, a quien tres años antes se le había amputado una pierna fracturada (que fue enterrada tras la amputación), la recuperó por obra y gracia de la Virgen del Pilar. La historia no especifica si la extremidad volvió a crecerle o, exhumada por la divinidad, se le pegó de nuevo al muñón. En este último caso, hay que suponer que, tras tres años bajo tierra, el miembro no debía de estar en muy buen estado, y que la Virgen tuvo que realizar, sobre la exhumación y el pegado, una notable labor de restauración. El segundo milagro de la basílica se expone también en otro muro. Se trata de dos bombas, lanzadas por un avión republicano en la Guerra Civil, que agujerearon el templo, pero no llegaron a explotar. Ahí las vemos, larguiruchas y oscuras, extrañamente ubicadas bajo algunas banderas de países hispanoamericanos, como recordatorio de que la Virgen protege a los suyos y de que el mal —en este caso, de las hordas rojas (y de los catalanes: el avión había sido cedido al ejército por la Generalitat de Cataluña y había despegado del aeropuerto de El Prat de Llobregat)— no tiene cabida en este lugar. Las bombas fueron restauradas para edificación de los creyentes: el impacto las había destrozado y su ineficaz carga de trilita se había desparramado por el fondo de la bóveda. En el proceso de restauración, se observó que estaban mal montadas. Además, estaban diseñadas para que explotaran solo si eran lanzadas a una determinada altura, que el aviador republicano, algo torpe, no conocía o no respetó: volaba demasiado bajo. Pero nada de esto desmerece el milagro de la Virgen: ella, previendo el bombardeo que iba a acontecer, hizo que un quintacolumnista, de los muchos que había en la España republicana, sabotease su montaje y que luego el piloto del Fokker F-VII no siguiera el manual de instrucciones del lanzamiento de bombas y las desperdiciase en la acción (lanzó cuatro y ninguna estalló: además de las dos que cayeron en la basílica, otra se perdió en el Ebro y la cuarta impactó en la plaza del Pilar, donde, según la prensa facciosa, “levantó cinco adoquines”). Tras la inspiradora visita al Pilar, nos vamos a tomar una cerveza al café Doña Hipólita, en la plaza de San Felipe, junto al museo Pablo Gargallo. Me admira la amplitud de la ciudad, en la que abundan los paseos y avenidas, y las calles son anchas. Hasta las del casco antiguo son más holgadas que las de otros barrios históricos. Para que tenga una visión más completa de la ciudad, María me lleva, precisamente, por algunas callejas del barrio de El Gancho, donde nos cruzamos con magrebíes y subsaharianos, y vemos a unos cuantos nacionales trapicheando en los portales, algunos de nobles caserones aragoneses, tupidos de ladrillos y detalles mudéjares. La construcción en ladrillo ha proporcionado a Zaragoza algunos de sus rasgos más propios: por una parte, ese aire de homogeneidad térrea, eso ocre multitudinario que se prolonga en grandes lienzos teselados; y, por otra, la inclinación de algunas de sus alturas más significativas: se cree, por ejemplo, que el torreón de la Zuda, el antiguo alcázar musulmán, está escorada, como la de Pisa (aunque no tanto), porque los ladrillos estaban todavía húmedos cuando la construyeron. (También la torre de la iglesia de San Juan de los Panetes está inclinada, pero no se sabe si por la misma razón; quizá los zaragozanos sientan una extraña predilección por las formas ladeadas). El último monumento que admiramos, cuando ya empieza a oscurecer, es el palacio de la Aljafería, una mole gris impresionante, rodeada por un foso no menos sobrecogedor, ejemplo señero del arte hispanomusulmán, que ha sido de todo desde que se construyera, en la segunda mitad del siglo XI —residencia de reyes, iglesia, hospital, sede de la Inquisición, cuartel—, y que hoy alberga las Cortes de Aragón. La mañana del domingo la dedico a visitar la feria del libro de ocasión. María se queda en casa, durmiendo un poco más, y, tras saludar al vecino africano que está colgando la colada en la fachada de su bloque, llego en autobús a la plaza de Aragón, donde se ha instalado la docena de puestos que componen la feria. Cobro seis piezas: una antología de las mejores poesías del mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (sobre el que acabo de leer un artículo apologético de Gabriel Zaid en Letras Libres, y yo, desde que leí Los demasiados libros, siempre le hago caso al maestro Zaid), en una edición sin datar, pero que unas anotaciones manuscritas de un propietario anterior, un tal Alberto Sánchez, me permiten situar en 1939 (el encargado del puesto, con el compasivo nombre de El Asilo del Libro, tiene un detalle insólito: me envuelve cuidadosamente el libro en una bolsa de papel para que no se doblen aún más las ya castigadas esquinas de las cubiertas); un poemario de Amos Oz en Siruela (entre cuyas páginas encuentro una tarjeta anunciadora de ciertos actos culturales dirigida a Miguel Sánchez-Ostiz); otro de mi amigo Fernando Beltrán en Trieste; una antología de la poesía beat, cuyo primer autor antologado es el mostachudo Harold Norse, que no suele ser incluido en los compendios, y cuya obra llevo traduciendo para la editorial Hojas de Hierba desde 2023; y, final y apoteósicamente, los Collected Poems del gran Dylan Thomas (uno de los pocos hombres de las letras universales capaces de asestarse diecisiete whiskies seguidos sin pestañear; otros son Malcolm Lowry y Pepín Bello) publicados por Dent en 1967. Me quedo satisfecho con lo conseguido y me voy a celebrarlo a una terraza del paseo Independencia, donde espero a María en compañía de una cerveza helada y unas aceitunas riquísimas. Reunidos otra vez —ella también llega en autobús—, retomamos nuestros paseos por la ciudad, con María encabezando la marcha y yo siguiéndola humilde y regocijadamente. En la iglesia de San Carlos, a cuyo hermoso interior barroco nos asomamos, y en la que ha empezado la misa del Domingo de Pascua, vemos entrar a Irene Vallejo, vestida de azul y acompañada por un niño que suponemos su hijo. En la calle de los Estudios, desde la que se ve la hermosa torre gótico-mudéjar de la Magdalena, leo varias estimulantes pintadas: “Me cago en Dios”, dice una, así, a palo seco; y “This is a fucking chaos, Romanos, 5, 8”, dice otra. En la plazuela de San Agustín, volvemos a ver, esta vez en la fachada amarilla de unas casas, los impactos de bala de la Guerra de la Independencia, que se han preservado en recuerdo y homenaje de la heroica defensa de la ciudad frente a los asaltantes franceses. Luego, siguiendo extensos lienzos de las murallas romana y bajomedieval, llegamos al Puente de Hierro, erigido en 1895, lo cruzamos e iniciamos nuestra caminata, otra vez por la ribera del Ebro, hasta el Azud. Por el sendero que seguimos, casi tocando el agua, cae el polen de los álamos, especialmente fecundos hoy, que se deposita en el suelo como un esponjoso edredón de nieve. Llegados al Azud, volvemos por la otra orilla y atravesamos la desembocadura del río Huerva. Que sea subterráneo un río es algo que me sigue siendo difícil de comprender. Recuerdo mi asombro cuando supe de los más de veinte ríos subterráneos de Londres, que trazan un verdadero y desconocido laberinto fluvial bajo las calles de la capital. Bajo los arcos que salvan la desembocadura en la que el Huerva se hace visible, acampan algunos de los muchos africanos que viven hoy en la ciudad. Esta tarde hace mucho calor y dentro de pocas semanas hará muchísimo más—, y resistir en esas tiendas de plástico se me antoja una heroicidad, una más de las que deben afrontar estos inmigrantes desafortunados para sobrevivir. El largo paseo por la ribera del Ebro nos permite ver, en una isleta cercana al Puente de Hierro, algunas garzas huelleras que se han instalado, junto con garcetas y martinetes, en una fronda aislada de sus peores enemigos, los gatos, y acaba en la plaza de San Bruno, donde nos refrescamos y asistimos, involuntariamente, al concierto que da una banda de tres, con batería y todo, en la plaza vecina. No tardará en anochecer y nosotros también nos recogeremos pronto. Pero mañana no tenemos prisa por levantarnos: mi tren sale al mediodía, y solo habremos de asegurarnos de sacar a las perras de María a su paseo matutino antes de despedirnos en Delicias. El nombre de la estación es muy adecuado: Zaragoza es una ciudad deliciosa.

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