viernes, 20 de marzo de 2026

Hijas de un sol naciente

Ayer se presentó en la Biblioteca Central de Santa Coloma de Gramenet el más reciente libro del poeta y editor Joan de la Vega, nacido hace cincuenta años en esa ciudad de la conurbación de Barcelona que tantas alegrías nos ha dado siempre a los amantes de la poesía, por su dedicación a las artes y, en especial, a la literatura: Hijas de un sol naciente, publicado en 2026 por la editorial cordobesa Cántico, un homenaje a la literatura y el arte japoneses, y una adaptación de sus mecanismos y motivos a la sensibilidad creadora de su autor. Fue una satisfacción comprobar que la sala se llenaba a rebosar y que al acto asistía la alcaldesa de la ciudad y los máximos responsables de su equipo de Cultura, aunque, servidumbres de la autoridad, llegaran algo tarde, cuando el acto ya había comenzado. Joan lleva desplegando una intensa actividad poética desde aquel primer libro suyo que fue Intihuatana, aparecido en 2002, y otra, más frenética todavía, como editor de La Garúa, un sello que, pese a cierta condición guadianesca, consecuencia de la impepinable y a menudo sombría realidad en la que ha de sobrevivir, se mantiene como un proyecto de referencia en la sociedad poética catalana, y también española. Entre otras cosas —una recreación de la voz del haikuista clásico Kobayashi Issa, una vibrante écfrasis de las Treinta y seis vistas del monte Fuji, de Katsushika Hokusai—, Hijas de un sol naciente es también, y aun principalmente, una elegía, esto es, una manifestación de duelo; un duelo que recae con especial fuerza en dos amigos y escritores desaparecidos hace poco: Pedro Luis Cano, autor colomense fallecido de covid durante la terrible pandemia de 2020, y Marta Agudo, víctima de un cáncer, gran poeta y gran amiga de Joan de la Vega y también mía. A ambos dedica Joan conmovedores cantos de recuerdo.

Esto, entre otras razones, dije ayer del libro en la Biblioteca Central:

Hijas de un sol naciente es un libro fuertemente arraigado en la cultura y la cosmovisión japonesas del mundo y la existencia, y que se apoya sin ambages en sus formas artísticas y literarias, pero en el que no se percibe —yo, al menos, no lo percibo— que la textura, que la carne de los poemas sea estrictamente nipona, con sus rasgos constitutivos de depuración extrema, afinación perceptiva total y sencillez expresiva máxima, sino más bien que Joan de la Vega irrumpe en los cauces y topoi poéticos elegidos con su poesía característica, que venimos leyendo desde su primer libro, Intihuatana (2002), y que está poderosamente vinculada a las corrientes de vanguardia de Occidente, con sus torceduras lingüísticas y hasta sus quebrantamientos formales (como puede apreciarse en «Onibaba», que concluye así: «Que […] el vuelo de la vida quede ya lejos del menos, del sin»), su carácter acusadamente analógico, su simbolismo desgarrado, su búsqueda de trascendencia en la palabra (y por medio de la palabra) para acceder al otro lado de la realidad (y del ser), su lucha por decir las cosas, lo que sucede, siempre de otro modo, y, en fin, su mesurado irracionalismo. Hijas de un sol naciente es, pues, un ejemplo preclaro de fusión euronipona, una realidad literaria híbrida que, a mi juicio, incorpora lo mejor de ambas tradiciones: la precisión, laconismo y objetividad de la poesía oriental, y la eclosión imaginativa, la complejidad verbal y la atormentada fluencia de la poesía occidental. En cualquier caso, junto con la capacidad de sugerencia siempre buscada y ensalzada por los poetas del Japón, junto con la sutileza de sus fórmulas y la delicadeza de sus voces, incorporadas a Hijas de un sol naciente, De la Vega nunca renuncia a una dicción vigorosa, construida con imágenes muy plásticas y metáforas inquisitivas («la lápida de un niño ciego es un doble espacio caído, lleno de pus y plegarias, de sudores vencidos. La sangre del niño […] es una flor funesta clavada en el ojo del abismo», leemos en «Tenshinranman»), con repeticiones, personificaciones, aliteraciones («alguien traza con tiza fugaz la línea…», en «Kawaakari») y paronomasias («tiempos raídos, roídos», dice en «Anémica y celeste», cuyo título, por cierto, es una parodia de otro muy famoso de Gil de Biedma, «Pandémica y celeste»), entre otros recursos de un vasto y muy rimbaldiano arsenal retórico.

Y este es el poema «Shunga», de la segunda parte del libro, «Cuaderno de poniente», compuesto íntegramente por poemas en prosa:

Un año más braman las hojas obscenas de la primavera. Las órbitas de los dedos lamen su código turbador como sexos luminiscentes. Cada pétalo cubre los senos de tierra, la piel de aire extranjera. Abierto en uno, el candelero de la noche agita su anillo amorfo contra los muslos. La cópula perfora el iris de seda, los cuerpos embisten la boca del enjambre con violencia. Un fanal insaciable penetra los ojales dormidos de la vulva. Los gemidos alumbran los espasmos. Los espasmos inflaman las retinas. las retinas sustraen los anonimatos. No hay muerte más plena que la labial.

* Imágenes de primavera, producción gráfica, sexualmente explicita, realizada en Japón entre 1600 y 1900.

                           

PVP: 22,95 €
ISBN: 979-13-88017-15-5
Páginas: 232
Tamaño: 14 x 21,50 cm
Encuadernación: rústica con solapas
Publicación: 06/03/2026

sábado, 14 de marzo de 2026

Follar por amor, amar por placer

Ayer presentamos, en la Llibreria de la Imatge, de Barcelona, el poemario Follar por amor, amar por placer, de Silvia Rins, publicado por Los Papeles de Brighton. El lugar estaba atiborrado, a lo que contribuyeron no solo la atractiva personalidad de Silvia y su ya sustanciosa trayectoria literaria, sino también, quizá, el carácter erótico del poemario, lo muy insólito y pecaminoso del título, y, en último lugar, pero no por ello menos importante, el refrigerio previsto para después de la presentación, un obsequio a los asistentes que antes —es decir, hace bastantes años ya— era muy común, pero que hoy en día es una rareza, por no decir un imposible. En el acto se proyectaron algunas imágenes que ilustraban o se referían a motivos concretos del poemario, y también se interpretaron, a la guitarra, dos poemas musicados del libro. No fue, pues, una presentación al uso, sino polifacética y singular, de la que todo el mundo, me parece, salió contento y, lo que es aún más destacable, con el libro en la mano.

Transcribo a continuación un fragmento de mi presentación:

La parodia, el juego, la subversión, las referencias cruzadas, el humor, todos estos elementos tan definitorios de Follar por amor, amar por placer responden a una concepción vanguardista de la literatura, a una voluntad experimental, de indagación y cambio. Este sentido rupturista, transgresor, se materializa en la descomposición final de «Safe word», en la mezcla posmoderna de asuntos y referentes de «En progresión geométrica» y en el vibrante poema último, «Silabario», donde conviven armoniosamente ―y esto es lo sorprendente― la yuxtaposición, la enumeración, la exhortación y la elipsis. También a esta visión otra de la literatura, de los caminos y efectos que puede (o debe) producir la poesía, cabe atribuir un cierto feísmo, o tremendismo, que se aprecia en numerosos poemas, como «Safe word», donde se habla de los «señoros que jamás han sido penetrados con un arnés» y de los besos y esputos del amante; u «Oda a los calzoncillos», en el que la poeta confiesa el cambio de actitud que ha experimentado ante la antaño odiosa costumbre de su amado de dejar los calzoncillos sucios en el suelo del baño, «junto a los calcetines de deporte desparejados y la camiseta sudada hecha un boñigo», que han pasado a ser «la prueba palpable de otro ser humano invadiendo con feliz y resoluta inconsciencia el impecable hastío que pudo ser mi vida»; o «Maldito deseo», donde Silvia Rins revela, quizá para consternación de algunos, que cree «en la quintaesencia de [los] pedos» del amado.

Este feísmo está emparentado con el uso de un lenguaje no solo coloquial o vulgar, sino en ocasiones soez, que, como contrapartida de su aspereza, aporta claridad, desde luego, y fe en el idioma: la convicción de que las palabras están para usarse, para designar, sin eufemismos ni circunloquios, aquello a lo que sirven (o que crean). Silvia Rins habla, sin pestañear, aunque acaso sonriendo, de culos, pollas, vergas, vulvas y, ya en el título –donde términos así no suelen figurar–, como un bofetón léxico, de «follar».

La palabra «follar», por cierto, que uno creía que solo significaba una cosa, tiene, en cambio, según el DRAE, las siguientes acepciones: soplar con el fuelle; soltar una ventosidad sin ruido (ambas del latín follis, ‘fuelle’); formar o componer en hojas algo (del latín folium, ‘hoja’); hollar (desusado); talar o destruir (desusado); y, por fin, practicar el coito (vulgar y también del latín follis). Esta última acepción, que es, obviamente, la que utiliza Silvia Rins, proviene del latín vulgar follicare, ‘usar el fuelle’, que pasó a significar resollar o jadear, haciendo referencia al sonido y al movimiento rítmico del aparato, desde donde, por semejanza funcional, se asoció figurativamente con el acto sexual. «Follar» es, pues, en rigor, una metáfora, lo que no lo hace inadecuado para figurar en un libro de versos como este.

No hay que ser un lince para concluir que un poemario que incluye la palabra «follar» en el título muy probablemente tenga un carácter erótico. Y en efecto, en el libro encontramos múltiples expresiones del deseo, también de diferente forma y condición (porque el deseo no es un monolito, una fuerza única, sino plural, multifacético): «Divina canción» incorpora un catálogo paródico de actividades sexuales, «Nuestros no besos» ensalza el beso negro, «Camino de perfección» considera una prueba de perfección «masturbarse a la salud de la pareja» y, en fin, en «Otra manera de morir» se expresa el deseo de fallecer «tocando una verga erguida/ o un fragante clítoris./ Mejor, una tenaz polla/ en cada una de mis manos». Hay hasta una oda al falo, «Faloforia», de la que no recuerdo muchos ejemplos en la literatura universal escritos por mujeres (sí por hombres, lo que parece confirmar que el pene es más importante para el hombre que para la mujer), además de la ya mencionada oda a los calzoncillos. 

Y este es “Silabario”, el último poema del libro:

Cuida este amor. Abyecto. Bárbaro. Con tus propias manos. Cuántico, ditirámbico. No lo dejes caer. A este amor fofo, estocástico. A este amor gañán, hacendoso. Cuida de este amor insípido. No lo dejes caer. Jamás. Protege este amor lampiño, kilométrico. Llano maravilloso. Con tu vida. Llama menguante. Nunca. Si es necesario con tu vida. Onerosa. Queda. Lo pierdas. Aliméntalo. Risible. Acarícialo, acicálalo. Soso. Con tu propia sangre. Terrible. Con tus propias manos. Véngalo. A este amor único, xilofónico, yámbico. Zigzagueante. Cázalo al vuelo. Zulo. Si sales, no podrás respirar. Incluso si está hecho añicos, recógelo. Azul, azucarado. Con tus manos. Aunque te cortes. Aunque te duela. Cielo. Porque, si no cuidas este amor, ni siquiera las palabras. Únicamente te quedarán tus propias manos. Vacías.

domingo, 8 de marzo de 2026

Dices

Dices es, de todos los poemarios que he publicado —más de una veintena—, mi libro más reeditado, lo que no significa que haya dejado de ser inédito. Se publicó por primera vez en un libro colectivo, Libro Libre, en Arola Editors, de Tarragona, en junio de 2013, junto a poemas de mis buenos amigos Ramón García Mateos, Juan López-Carrillo y Alfredo Gavín, además de Vicente Llorente, un poeta alicantino al que no conocía, pero que bastaba que fuese amigo de mis amigos para que lo fuese también mío. No sé qué suerte corrió aquel volumen, si soy sincero, pero me imagino que no fue muy diferente de la que corren casi todos los libros de versos que publican las pequeñas editoriales de provincias. Recibió una sola y fugaz reseña, en un periódico de Tarragona. El escaso o nulo eco que tuvo Libro Libre no empañó el placer que me había procurado elaborarlo con mis amigos, lo que fue motivo de no pocas reuniones en las que prevalecía el cotilleo literario, la comida sabrosa y el buen humor. Y con eso, al final, nos quedamos todos, además de con el puñado de ejemplares de cortesía que tuvo a bien regalarnos la editorial.

Dices volvió a publicarse en junio de 2014, bajo el sello de una editorial barcelonesa aún más pequeña que Arola Editors, Libros En Su Tinta, fundada por otro buen amigo, Andreu Navarra, cuya andadura, lastrada por todos los lastres del mercado literario y algunos más, no sobrevivió a unos pocos títulos. Aquella benemérita edición solo constaba de cien ejemplares —numerados y con ISBN, eso sí—, que supongo únicamente circularían entre unas pocas manos de amigos y allegados. Y, de nuevo, el libro no cosechó sino una reseña, del poeta Rafael Mammos, en la ya desaparecida pero siempre añorada Cuadernos del Matemático, aunque no lo era stricto sensu, sino el texto reconvertido, transubstanciado, de la presentación del volumen, que había corrido a su cargo en una pequeña librería barcelonesa, y que ahora se incluye como epilogo de esta edición. Pese a la infinita modestia de la edición de Libros en Su Tinta, la recuerdo (y la conservo) con cariño y algun regocijo: su cubierta, por otra parte desolada, contenía un recuadro con la barbilla y una sonrisa del expresidente José María Aznar —a quien tanto echamos de menos—, sobre la que se aún desplegaba el heroico, el inmarcesible bigote que entonces lo caracterizaba.

Dices aparece publicado también en La voz de la herida, el segundo tomo de Ser de incertidumbre. 1994-2023, mi poesía reunida, publicada en tres volúmenes, en 2024, por la editorial Dilema, de Madrid. En este caso, la relativa brevedad del poemario, comparada con la extensión habitual de mis libros, mucho mayor, hace que se difumine en el océano de páginas que es Ser de incertidumbre y que, de nuevo, apenas se distinga en el inacabable flujo de palabras en el que todos —y, más culpablemente, yo— navegamos.

Dices, en fin, se publica ahora —por cuarta vez, pues— acogiéndose a la proverbial hospitalidad de otro gran amigo, Juan Luis Calbarro, que, contra los dictados de la sensatez, se empeña en iluminar todos los rincones, aun los más sombríos, de mi obra poética. Para esta edición en Los Papeles de Brighton, donde tantos títulos míos se recogen ya, he actualizado las citas ajenas que jalonan el texto, incorporando otras, más recientes, que los lectores puedan reconocer. Tanto el editor como yo hemos coincidido en que era muy probable que nadie se acordara ya de quiénes fueron José Ramón Bauzá, Leire Pajín, Araceli López o Juan Antonio Chicharro Ortega, y que convenía substituir sus opiniones por otras menos alejadas en el tiempo. Estos fragmentos se han eliminado del cuerpo del poemario para dar cabida a nuevos dislates, pero los lectores pueden seguir disfrutando de ellos en el anexo donde los hemos alojado.

Y ojalá sea en esta ocasión cuando Dices, tantas veces editado, deje de estar inédito.  

Reproduzco un fragmento del libro:

(...) Dices lo que la boca no ve. Dices cuando la boca no está. Lo que dices muerde.

Pero también se extiende como una membrana que abarcase lo que deseas y lo que aborreces. La mucosa amortaja a quienes te atienden con solicitud. Las encías espolean a los socavados por la indiferencia. Las amígdalas depositan su jugo en los excrementos de los desconocidos.

Dices para omitir, y creces en la omisión.

Todas las turbulencias de lo pronunciado, Eduardo, sirven a tu propósito: desposeer de lucidez a quien te escucha, abrumarlo de insapiencia, obligarlo a amarte. Tus palabras te ensalzan, pero tu edificio arraiga en la arena. La boca es arena. Lo que dices se mueve en la arena como un artrópodo que eludiese los rigores del simún.

La guerra civil la provocó el Partido Socialista Obrero Español.
SANTIAGO ABASCAL CONDE, presidente de Vox

Lengua adhesiva, Eduardo, con la que recoges el sudor de los intestinos, la pestilencia de tus esperanzas, el descuartizamiento de lo que te acucia, compuesto por claridades nocturnas y acontecimientos sin cuerpo, y lo transmutas en realidad sin cuerpo, en muerte sin permanencia, en negrura con incrustaciones de sol. Tu boca es alquímica, Eduardo, pero se ahoga en su propio cielo: su éxito es tu erosión.

Eres tu boca, Eduardo.

Tu boca es tu sexo, Eduardo: puja, inflamada de sangre; eyacula saliva.

Dices solo lo que tu boca quiere. No tienes autoridad sobre tu boca.

Tu boca se burla de ti. Da igual que la castigues, que la desnudes. Aun desnuda, tu boca te engaña. Despedázala, y seguirá riéndose.

No existe el derecho humano de vivir en Cataluña.
SILVIA ORRIOLS I SERRA, alcaldesa de Ripoll (Girona)

A veces otra boca se posa en ella. Entonces todavía te encadena más. (Para eso has perseverado; su consecución, sin embargo, supone tu peor derrota).

A veces le hablas a una grieta, y la ofendes con el ápice de la lengua, y tanteas, somero, en la oquedad, y hallas que no hay oquedad, sino una sucesión de tegumentos cítricos, una tibieza elástica, que te urge a la ocupación. Y lo haces: avanzas como una raíz que penetrase en un sarcófago, tanteando en la penumbra, dialogando con los óvulos y el moco; luego te acomodas en la cavidad tuberosa como un huésped sin origen en una casa deshabitada.

A veces tu boca es otra boca: la redención es el tacto.

Pero sigues diciendo lo que, aupándote, te derriba; lo que brilla con fulgor de cosa, pero te conduce a la inmaterialidad. Y obedeces a la ausencia.

[El procès] es lo más grave desde 1978. Más grave que Tejero y Milans con los tanques.
      CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO Y PERALTA-RAMOS, 
                                        decimoquinta marquesa de Casa Fuerte

¿Por qué dices que te gustan las palabras, si es a otro a quien le gustan?

¿Por qué lees, Eduardo, si otro te ha leído y ha inscrito en tu piel los zarpazos de su insuficiencia? ¿Por qué, si su lectura ha sido una demostración de su desafecto?

¿Por qué afirmas que quieres a quien te ha empequeñecido?

¿Por qué hablas, Eduardo, si careces de boca, y la boca que te asfixia es otro residuo de tu inexistencia, y lo que dices no sale de tu boca, sino de la suya, de una fisura en el tiempo, de una tumba con labios, de un infierno enarboladamente empedrado?

¿Y por qué Eduardo? ¿Por qué esta vigilancia sin otra recompensa que la insania, por qué este tesoro de estiércol, esta aliteración sajona, este diptongo creciente, si el nombre es infundado, si el yo no te asiste, si solo te incumbe la coerción?

¿Por qué esta enumeración?

Irene Montero tiene la boca llena de llagas de chupársela al coletas.
JOSÉ MARÍA SÁIZ LOZANO, alcalde de Villar de Cañas (Cuenca)

Dices, y no llegas a ningún lugar.

Dices, y se te incendian las uñas, como las escamas de un saurio.

Dices, y la boca se hincha, cuajada de hielo.

Dices, Eduardo, silencio, boca, hielo, Eduardo.

Dices escritura.

Oyes.

¿Eres tú, eres el que dice?

¿Es tuya esa boca aterrada, que cava en el aire como si en su interior hubiera fiebre, como si contuviese insomnio? (...)




Eduardo Moga, Dices, 72 pp.
Colección Mayor, 28
ISBN: 979-13-991604-8-2
15 euros
https://lospapelesdebrighton.com/2026/03/07/eduardo-moga-dices/

lunes, 2 de marzo de 2026

Un oscuro presagio

El poeta Julio Trujillo (Ciudad de México, 1969-Cornualles, 2025) se suicidó a los 55 años. Dejó mujer e hijos. Sus últimos mensajes —dos tuits sin destinatario conocido, como botellas arrojadas al mar, del 9 y el 10 de enero de 2025— decían: «Cuando yo muera de vida y no de tiempo…» y «Ya no va a dolerme el mar, porque conocí la fuente…». Menos de dos meses antes, había ganado el VII Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, un prestigioso galardón otorgado por la Fundación Centro de Poesía José Hierro, que culminaba una brillante trayectoria literaria, desde su primer libro, Una sangre, publicado en 1998, hasta este Detrás de la ciudad y antes del cielo, aparecido el mismo año de su muerte, pasando por otros títulos significativos de la poesía mexicana actual, como El perro de Koudelka (2003), Bipolar (2008), La burbuja (2013), El acelerador de partículas (2017) y Jueves (2021), entre otros. Aunque nos han inculcado que las obras literarias son realidades autónomas y que así debemos juzgarlas, al margen de las vicisitudes personales de sus autores, resulta difícil separar ambos ámbitos, el poético y el vital, en un caso tan singular como este. También Pavese se suicidó después de recibir un premio importante —el Strega por Un bello verano—, pero es muy inusual que a un reconocimiento literario sobresaliente siga una muerte por propia mano: Pavese estaba fuertemente deprimido, y es muy posible que Trujillo también lo estuviera. El trágico fin del poeta mexicano condiciona inevitablemente la lectura de Detrás de la ciudad… Si Julio Trujillo no hubiera muerto como murió poco después de haber ganado el premio que ha hecho posible su publicación, consideraríamos su libro una muestra más de poesía urbana —caótica, tumultuosa, como la realidad a la que se refiere— y existencial, signada por la angustia de un vivir tan lacerante e incomprensible como el mundo en el que se habita. Pero hoy, a la luz de las circunstancias, Detrás de la ciudad… brilla oscuramente como un anuncio, como una terrible premonición.

Treinta poemas componen este poema-río, escrito en un versículo muy plástico, accidentado, suntuoso; y expansivo: desborda casi siempre la anchura de la caja. Esta dilatación fractura los versos en la página, con una línea continua de lado a lado y otra, muy corta, abruptamente interrumpida. Las treinta piezas conforman una visión caleidoscópica de la ciudad, por la que vagabundea la conciencia del autor y cuyos espacios suscitan la perplejidad, la alucinación, el asombro o el miedo; a menudo, todo ello en un mismo poema. La ciudad puede muy bien ser la Ciudad de México, donde nació el poeta, por sus perfiles enmarañados, las frecuentes alusiones a los volcanes que la rodean y su absorbente totalidad, pero, como en toda buena poesía, las imágenes superan la condición biográfica y adquieren una textura simbólica, universal. La naturaleza versicular del libro, así como la madeja urbana desgarradamente desovillada en sus páginas, remiten a otros libros fundamentales de la poesía mexicana contemporánea, como Incurable, de David Huerta, también recientemente fallecido.

La mirada de Julio Trujillo es una mirada desengañada, consciente de la caída, triste. En el tráfago inacabable de una megalópolis, la soledad cobra una intensidad —y una violencia— insoportables. El poeta se describe solo ante el ordenador, en «una babel atomizada» compuesta por «millones de soledades mirando apantalladas sus oasis personales», y se pregunta: «¿La gente dónde está?». O bien recurre a la figura del farero, arquetipo de la soledad, «epicentro del temblor de ser», para significar el aislamiento arrasador del que nunca espera nada de nadie y no encuentra en quien repose la luz que arroja al mundo. También denuncia otros descalabros: el fracaso de la poesía —y cita a Wittgenstein y Beckett para ilustrar ese fracaso— y la ausencia de Dios; la Nada, hacia la que «brinca el corazón (…) porque el mañana y el ayer son nada»; la necesidad de descansar «de la crueldad del infinito»; la torpeza de vivir y el agotamiento de monologar. El libro se adentra, poco a poco, en una desesperación solo atajada por el recuerdo de una infancia balsámica —todo es colapso menos ser niño, dice Trujillo—, por una trascendente reflexión metaliteraria y por la propia combustión del poema. La identidad se trastoca, sacudida por el desconcierto: somos «ese no ser siendo, (…) ese ser no siendo», o somos otros, o somos Nadie («pero no me olviden», implora el poeta); o bien nos sumimos en la enajenación insuperable de que «todo [sea] otro». El poeta quiere liberarse de un yo embarcado, como un nuevo y desvalido Ulises, en la odisea de la soledad: «Vaciar, vaciarse, desasirse, soltar/ los propios fardos y elevarse en esa bóveda que es él abandonándose…». En realidad, se trata de cruzar «la Atlántida de tedio y tristeza» en la que penamos y escapar del «abrasador dolor de ser». Pero estamos ante una tarea imposible, porque el fondo —y el «seductor silencio de sus animales oscuros»— nos llaman. (También Alejandra Pizarnik se mató después de escribir en el pizarrón de su cuarto: «No quiero ir más que hasta el fondo»). Y así, gracias a la muerte, santa, que nos cosquillea heideggerianamente a cada rato, alcanzamos «la dicha de extinguirnos». Trujillo acude a un clásico del cine, Blade Runner, para abominar de la persecución inexorable del tiempo y cantar nuestra resistencia a que nos dé alcance. Sin embargo, nunca dejamos de saber que es una pretensión algo infantil y completamente inútil: que el futuro es imposible y el pasado, irrevocable; que «es hora de morir todas las horas».

Detrás de la ciudad y antes del cielo es un viaje abrasador por las turbulencias de la ciudad y el naufragio del yo, que se entrelazan y confunden. Empieza con el anochecer, cuando la oscuridad borra los volcanes, que el alba vuelve a dibujar cada mañana, y concluye con un amanecer que, en efecto, insinúa otra vez esos mismos volcanes, que la noche borrará de nuevo al cabo de unas horas. El poemario sucede en el tiempo: es, machadianamente, palabra en el tiempo y construye un círculo con ese tiempo. Su transcurso es ipsocéntrico: vuelve al ser desbaratado, al espíritu sin consuelo, cuya negra lucidez destierra la esperanza; y también amargamente revelador: descubre las razones por las que las horas son insoportables, por las que la vida es insoportable.

[Julio Trujillo, Detrás de la ciudad y antes del cielo, VII Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, Fundación Centro de Poesía José Hierro, Valencia, Pre-Textos, 2025, 70 pp.]

[Este artículo se publicó en Turia, nº 156, noviembre 2025-febrero 2026, pp. 493-495]