Ayer se presentó en la Biblioteca Central de Santa Coloma de Gramenet el más reciente libro del poeta y editor Joan de la Vega, nacido hace cincuenta años en esa ciudad de la conurbación de Barcelona que tantas alegrías nos ha dado siempre a los amantes de la poesía, por su dedicación a las artes y, en especial, a la literatura: Hijas de un sol naciente, publicado en 2026 por la editorial cordobesa Cántico, un homenaje a la literatura y el arte japoneses, y una adaptación de sus mecanismos y motivos a la sensibilidad creadora de su autor. Fue una satisfacción comprobar que la sala se llenaba a rebosar y que al acto asistía la alcaldesa de la ciudad y los máximos responsables de su equipo de Cultura, aunque, servidumbres de la autoridad, llegaran algo tarde, cuando el acto ya había comenzado. Joan lleva desplegando una intensa actividad poética desde aquel primer libro suyo que fue Intihuatana, aparecido en 2002, y otra, más frenética todavía, como editor de La Garúa, un sello que, pese a cierta condición guadianesca, consecuencia de la impepinable y a menudo sombría realidad en la que ha de sobrevivir, se mantiene como un proyecto de referencia en la sociedad poética catalana, y también española. Entre otras cosas —una recreación de la voz del haikuista clásico Kobayashi Issa, una vibrante écfrasis de las Treinta y seis vistas del monte Fuji, de Katsushika Hokusai—, Hijas de un sol naciente es también, y aun principalmente, una elegía, esto es, una manifestación de duelo; un duelo que recae con especial fuerza en dos amigos y escritores desaparecidos hace poco: Pedro Luis Cano, autor colomense fallecido de covid durante la terrible pandemia de 2020, y Marta Agudo, víctima de un cáncer, gran poeta y gran amiga de Joan de la Vega y también mía. A ambos dedica Joan conmovedores cantos de recuerdo.
Esto, entre otras razones, dije ayer del libro en la Biblioteca Central:
Hijas de un sol naciente es un libro fuertemente arraigado en la cultura y la cosmovisión japonesas del mundo y la existencia, y que se apoya sin ambages en sus formas artísticas y literarias, pero en el que no se percibe —yo, al menos, no lo percibo— que la textura, que la carne de los poemas sea estrictamente nipona, con sus rasgos constitutivos de depuración extrema, afinación perceptiva total y sencillez expresiva máxima, sino más bien que Joan de la Vega irrumpe en los cauces y topoi poéticos elegidos con su poesía característica, que venimos leyendo desde su primer libro, Intihuatana (2002), y que está poderosamente vinculada a las corrientes de vanguardia de Occidente, con sus torceduras lingüísticas y hasta sus quebrantamientos formales (como puede apreciarse en «Onibaba», que concluye así: «Que […] el vuelo de la vida quede ya lejos del menos, del sin»), su carácter acusadamente analógico, su simbolismo desgarrado, su búsqueda de trascendencia en la palabra (y por medio de la palabra) para acceder al otro lado de la realidad (y del ser), su lucha por decir las cosas, lo que sucede, siempre de otro modo, y, en fin, su mesurado irracionalismo. Hijas de un sol naciente es, pues, un ejemplo preclaro de fusión euronipona, una realidad literaria híbrida que, a mi juicio, incorpora lo mejor de ambas tradiciones: la precisión, laconismo y objetividad de la poesía oriental, y la eclosión imaginativa, la complejidad verbal y la atormentada fluencia de la poesía occidental. En cualquier caso, junto con la capacidad de sugerencia siempre buscada y ensalzada por los poetas del Japón, junto con la sutileza de sus fórmulas y la delicadeza de sus voces, incorporadas a Hijas de un sol naciente, De la Vega nunca renuncia a una dicción vigorosa, construida con imágenes muy plásticas y metáforas inquisitivas («la lápida de un niño ciego es un doble espacio caído, lleno de pus y plegarias, de sudores vencidos. La sangre del niño […] es una flor funesta clavada en el ojo del abismo», leemos en «Tenshinranman»), con repeticiones, personificaciones, aliteraciones («alguien traza con tiza fugaz la línea…», en «Kawaakari») y paronomasias («tiempos raídos, roídos», dice en «Anémica y celeste», cuyo título, por cierto, es una parodia de otro muy famoso de Gil de Biedma, «Pandémica y celeste»), entre otros recursos de un vasto y muy rimbaldiano arsenal retórico.
Y este es el poema «Shunga», de la segunda parte del libro, «Cuaderno de poniente», compuesto íntegramente por poemas en prosa:
Un año más braman las hojas obscenas de la primavera. Las órbitas de los dedos lamen su código turbador como sexos luminiscentes. Cada pétalo cubre los senos de tierra, la piel de aire extranjera. Abierto en uno, el candelero de la noche agita su anillo amorfo contra los muslos. La cópula perfora el iris de seda, los cuerpos embisten la boca del enjambre con violencia. Un fanal insaciable penetra los ojales dormidos de la vulva. Los gemidos alumbran los espasmos. Los espasmos inflaman las retinas. las retinas sustraen los anonimatos. No hay muerte más plena que la labial.
* Imágenes de primavera, producción gráfica, sexualmente explicita, realizada en Japón entre 1600 y 1900.

PVP: 22,95 €
ISBN: 979-13-88017-15-5
Páginas: 232
Tamaño: 14 x 21,50 cm
Encuadernación: rústica con solapas
Publicación: 06/03/2026
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