viernes, 3 de marzo de 2017

En Ciudad Rodrigo (y unos carnavales indeseados)

Decidimos hoy pasar el día en Ciudad Rodrigo, una hermosa ciudad que hace tiempo no visitamos y que está a menos de una hora en coche de Hoyos. El día no invita a la excursión hace una niebla espesísima, pero nos apetece abandonar el encierro rural y ver (o más bien volver a ver) mundo. Yo ocupo el tiempo del viaje en leer el Diario literario de Paul Léautaud, recientemente publicado por Fuentetaja (y que recibió una muy favorable crítica en Babelia, pese a lo cual me costó un mundo hacerme con un ejemplar, que ni estaba en librerías ni casi en distribución), y que me abruma a la vez que me fascina. La edición original del diario comprende 19 volúmenes. El libro que estoy leyendo de solo 920 páginas es una selección de ese relato ingente, que dura lo que duró la vida de su autor. Estoy seguro de que Léautaud me habría repugnado como persona, y no solo por su aspecto físico era legendario su desaseo personal: en algunas fotos suyas que incorpora la edición, hechas en 1954, pocos años de su muerte, aparece como un clochard, en un tabuco inmundo, rodeado de gatos, sino también, y sobre todo, por su actitud intelectual, tan huidiza como despectiva. Sus reflexiones sobre la literatura, sin embargo, rezuman autenticidad y lucidez, y constituyen un saludable contrapunto para los que, como yo, creemos, a pesar de todo, en la grandeza de ese arte. Mi lectura se ve interrumpida a veces por alguna exclamación de Ángeles, que me anuncia el avistamiento de un rincón idílico, normalmente poblado de vacas, o de una escena no menos pastoril, como la de un halcón sobrevolando majestuosamente la carretera pocos metros delante del morro de nuestro coche. La magnificencia de ese momento (que, en cualquier caso, no obedece a ningún impulso épico: la rapaz no vuela para deslumbrar al contemplador, sino porque está buscando ratones que llevarse al buche) queda definitivamente desbaratada cuando pasamos junto a un pueblo salmantino que se llama, con todas las letras, Águeda del Caudillo. Yo pensaba que estos genitivos aborrecibles, como otros encomios de nuestra inolvidable dictador, debían abolirse, por aplicación de la ley de Memoria Histórica (y la decencia colectiva), pero se conoce que, al menos en las carreteras, su perduración está garantizada. Cuando llegamos a Ciudad Rodrigo, nos llama la atención que el aparcamiento público a la entrada del parador, amplio y normalmente no demasiado concurrido, esté abarrotado. Aparcar se convierte entonces en un infierno, a lo que contribuye que, para escapar de la aglomeración, nos metamos en todas las callejas sin salida de la zona, sin dejarnos ni una. Pero la providencia nos asiste y encontramos un hueco en el que librarnos del coche. Como ya son casi las dos, y para resarcirnos del agobio, nos quedamos a comer en el parador, una fortaleza del s. XIV en cuyo restaurante no encontramos a nadie. ¿Dónde estará, nos preguntamos, la gente de los coches estacionados fuera? Tras unos embutidos de la tierra y una crema de zanahoria, que no presagian nada tan descomunal, llega el plato fuerte del menú: cordero. Es medio cordero, pero a nosotros nos parece el cordero entero: en la fuente en la que reposa, bien asado y untado, reconocemos la columna vertebral, las patas delanteras y hasta la cara del lechazo (que nos mira con expresión de sorpresa; no es menor que la nuestra). Comérnoslo nos va a suponer un esfuerzo homérico. Pero fracasamos: nuestros cuatro carrillos son insuficientes para dar cuenta de tanta carne. Nos recogen lo sobrante en una fiambrera de plástico, desdeñamos un postre asimismo dietético natillas con quesada y vamos a recuperarnos del atracón en el bar del establecimiento, donde pedimos manzanilla y una buena butaca donde hacer la digestión (y quizá la siesta). Pero algo capta allí mi atención: los tres volúmenes de Distinto y junto, la poesía completa de Francisco Pino, ya publicada en 1990, pero reeditada veinte años después para su distribución en paradores y otros centros oficiales. Que tres gruesos libros de versos adornen la recepción de un hotel o los veladores de un bar, como en este caso, y no solo el Marca o una manoseada carta de vinos, me asombra y me alboroza. No obstante, al hojear el volumen 3, tengo la mala suerte de caer en los poemas de Saludo y arco de triunfo, de 1939, en cuya portada lucen el yugo y las flechas de la Falange y la tríptica y muy fascista proclama de "¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! ¡¡Arriba España!!", y entre cuyos poemas destacan algunos, muy sentidos, a los caídos por España y al Generalísimo. Por ejemplo, este hermoso soneto emotivamente titulado "El Caudillo": "¡ÉL!: SÍNTESIS TRIUNFAL. Es el acero / bélico del cielo en voz de espada. / Es más. ¡Es más! ¡¡Es más!! Tesón guerrero / y más: ¡sima en dolor a cima alzada! // Copa de España alta y venteada / por siglos de esplendor. Árbol señero / que luce su hermosura ensangrentada / de luz y heroicidad: horma del Duero. // Es la España que anduvo soterrada, / que piedra a piedra emerge nuevamente: / flor de guerra y estruendo de castillo. // Es la Edad, la ERA NUESTRA, entusiasmada, / esculpida en honor y estilo ardiente: / es FRANCO, FRANCO, FRANCO, ¡es el CAUDILLO!". Siempre me ha sorprendido que adalides de la vanguardia artística de Gerardo Diego a Basilio Fernández, de Ernesto Giménez Caballero a Luis Rosales, de César González Ruano al propio Pino, entre muchos otros simpatizaran, e incluso abrazaran con entusiasmo, el fascismo, y sobre todo esa modalidad cochambrosa del fascismo que fue el nacionalcatolicismo. ¿Cómo se puede ser un revolucionario estético y a la vez un reaccionario político? ¿Cómo defender la ruptura de los moldes, las ideas y las tradiciones en la literatura y las artes, y la consolidación de un régimen retrógrado y sanguinario en las instituciones y la sociedad? Me sacudo de la cabeza unas preguntas que llevo haciéndome mucho tiempo y para las que no tengo respuesta, y salimos por fin, tras un largo rato de turbulencias gástricas, a pasear por Ciudad Rodrigo. Entonces descubrimos, para nuestro horror, el motivo del amontonamiento de coches: la ciudad celebra el Carnaval, que aquí tiene dimensiones de fiesta grande. Ni se nos había ocurrido que fuéramos a dar con semejante parranda. Como el Carnaval no ha tenido nunca para nosotros ningún atractivo ni interés es más, yo siempre he huido de él con la misma celeridad con la que pongo pies en polvorosa de cualquier localidad en la que se celebren romerías, procesiones u otros tumultos religiosos, ni siquiera hemos reparado en que estas son las fechas en las que se celebra. Las celebraciones colectivas no solo me incomodan: me irritan, me repelen. Reúnen algunas de las características que más detesto en cualquier situación: ruido, muchedumbres y gregarismo. La plaza mayor, uno de los lugares más bellos de la ciudad, está ocupada por un espectáculo taurino. No sé en qué se diferencia un espectáculo taurino de una corrida de toros, pero en algo debe de ser. Quizá no maten aquí a los cornúpetas, y se limiten a marearlos, bolearlos, alancearlos, ensogarlos o cualquier otra ignominia de las que, con festiva y muy hispánica imaginación, suelen hacerlos víctimas. El botellón es general en toda Ciudad Rodrigo. Las calles aparecen tapizadas de botellas vacías de cervezas y platos de plástico con restos de comida. Pasamos por delante de un Museo del Orinal, por el que, a juzgar por cómo huelen muchos rincones de la ciudad, nadie ha sentido hoy interés. También contemplamos la hermosa catedral de Santa María, cerrada a cal y canto, como protegiéndose del jolgorio circundante, en cuya fachada lucen todavía los impactos del asedio al que los franceses, primero, y los ingleses, después, sometieron a la ciudad en la Guerra de la Independencia. Desfilan los disfrazados como en Semana Santa los penitentes. A uno que va de obispo lo confundo, en la distancia, por un obispo real: tal ha sido su esmero con el embozo. Luego lo veremos bailar, muy poco diocesanamente, a la puerta de un garito, junto a otras novecientas personas: se conoce que cuanto más apretujadas estén, más se divierten. En la canción que suena, de Raffaella Carrà, se inmiscuye el crotorar de las cigüeñas. Encontramos algo de tranquilidad en el camino de ronda de la muralla, por la que apenas nos cruzamos con otros paseantes tan excéntricos como nosotros, y desde el que divisamos el hermoso paisaje castellano. No obstante, la diversión nos persigue: al pie de un lienzo de la muralla, junto a los grandes almacenes "El Chollo", se ha instalado una estruendosa feria de atracciones. Algo más allá, en un aparcamiento también al pie de las almenas, un joven sale de un coche, se baja los pantalones hasta la rodilla y se pone a mear. Lo hace, bajo la rotunda luz de la tarde salmatina, con franqueza y placer, largamente. Luego sale su novia, que observa, acaso admirada, la pertinaz micción. Mientras seguimos caminando, yo pienso en la anécdota que acabo de leer en el Diario de Léautaud: Jean Moréas, aquel simbolista que acabó escribiendo como Eurípides, despidió a dos gendarmes que lo molestaban con que dejara de orinar en la calle esgrimiendo (con la mano que le quedaba libre, supongo) la insignia que lo acreditaba como caballero de la Legión de Honor: ser caballero de la Legión de Honor le daba derecho a uno, a principios del s. XX, a mearse donde quisiera. Al bajar de la muralla, reparamos en una placa en memoria del general de división Robert Craufurd y los hombres de los regimientos 43 y 52 de infantería ligera y 95 de fusileros de la División Ligera que cayeron en el asalto a Ciudad Rodrigo el 19 de enero de 1812. El sitio de la ciudad, dirigido por Wellington, solo había durado diez días. Por las dos brechas que abrió la artillería inglesa en las murallas irrumpieron las tropas angloportuguesas, que batieron sin contemplaciones a los franceses del brigadier general baron Barrié. Pero Craufurd murió en el ataque, y fue enterrado en la misma brecha de la muralla en la que había caído. Es decir, esta placa que leemos es, en realidad, su lápida. A Wellington, por su gesta, lo nombraron Duque de Ciudad Rodrigo. Como el gentío inacabable nos impide ver nada más, optamos por volver a Hoyos. Nos abrimos paso como podemos por entre una multitud que me recuerda a la de las horas punta del metro en Londres, y alcanzamos el coche. En el viaje de regreso, sigo leyendo a Léautaud: "Laure me escribió un día cuentauna larga carta sentimental sobre sus tristezas de amor con Marié. Respondí en estos términos: 'Mi querida Laure, acabo de leer su carta. Debe usted excusarme por responderle tan secamente. Acabo de releer el Rojo y negro. No estoy en disposición de enternecerme'". Solo en el puerto de Perales levanto la vista, admirado de la niebla impenetrable que nos envuelve.

domingo, 26 de febrero de 2017

En Centrifugados, otra vez

Acudo este fin de semana a la inauguración de la tercera edición de Centrifugados, el encuentro literario, organizado por José María Cumbreño, que se celebra en Plasencia. Lo hago, de nuevo, por razón del cargo, para acompañar a la Secretaria General de Cultura, pero también con la ilusión de ver y abrazar a no pocos viejos y nuevos amigos. La edición anterior fue el primer acto al que asistí como director de la Editora Regional de Extremadura: hacía apenas diez días que había vuelto de Inglaterra y cinco que había empezado a trabajar para la Junta. Me digo que ya ha pasado un año, y que ha pasado a la velocidad del rayo. Soy un año más viejo, aunque no necesariamente más listo. En la inauguración interviene también Fernando Pizarro, el alcalde de Plasencia, un hombre culto y educado, al que resulta agradable escuchar. No es poco en política. Tras los parlamentos, saludo a los amigos, que son bastantes. Ricardo Hernández Bravo ha venido desde la isla de La Palma, donde nació y sigue viviendo, para contribuir a la difusión de sus colecciones cartoneras, alguna de las cuales elaboran los alumnos de su instituto, guiados por su magisterio afable. Siempre me ha maravillado la tenacidad de Ricardo: pese al aislamiento, pese a la lejanía de todo, ahí sigue, leyendo y escribiendo o enseñando a otros a escribir, y haciéndolo, además, con una humildad insólita entre letraheridos: siempre curioso por lo que hacen los demás, siempre queriendo aprender, siempre atento al desempeño de los buenos escritores, siempre dispuesto a saltar a la península para asistir a encuentros como este y conocer a otros poetas y otras literaturas. Lo mejor del caso es que Ricardo es ya, y desde hace mucho tiempo, un excelente poeta, aunque padezca las dificultades de quien radica en la periferia más extrema, muy lejos de los centros culturales y los circuitos editoriales y críticos. Lo ha acompañado a Plasencia Ernesto Suárez, otro buen poeta canario al que conocí hace muchos años, y que me complace volver a saludar. Ernesto me regala un ejemplar de su último poemario, Rehacer el aliento, publicado en 2016 por Baile del Sol, y otro de Ruido o luz, un libro escrito a seis manos (con Daniel Bellón y Carlos Bruno) y publicado por Amargord; y Ricardo, benevolente como siempre, me permite saquear el stand de Cartonera Island: me llevo un Autocosmos, de Yapci Bienes, que es poeta y versador, esto es, repentizador de espinelas; un Alicia en llamas, de la chilena Elizabeth Cárdenas; y Del diez, una selección de espinelas ilustradas de los alumnos del Instituto Puntagorda ("¡Qué fuerte pez, madre mía! / La caña pudo romper, / casi la llego a perder, / con lo que se escaparía. / De mi fuerza dependía, / tiraba bien del sedal. / El pez era un medregal, / pegué toda la mañana, / y aunque por poco me gana / me hice con el animal", escribe Alejandro González Camacho). Tras el introito canario, achucho a Elías Moro, que anda por el palacio de Las Claras regalando su humanidad alta y bienhumorada, y saludo a Antonio Gómez, el mejor poeta visual de España (y el hombre que menos gasta en espuma de afeitar del mundo); a Juan Ramón Santos, que aúna cordialidad y timidez; a Olga Ayuso, siempre en la brecha, con el oído y la inteligencia dispuestos debería haber muchas olgas ayusos en los medios de comunicación españoles; y a Marino González, que atiende con gravedad el puesto asignado a su editorial, De la Luna Libros. A María Ángeles Pérez López, que ha venido desde Salamanca, en cuya universidad trabaja, para leer hoy a las once de la noche (cuando yo esté ya en el segundo sueño, como le anuncio), la estrujo un poco más que a los demás, porque llevo más tiempo queriéndola: somos amigos desde hace dos décadas y disfruto sin pausa de la poesía que escribe. Le estampo también dos besos a Isabel Bono, a la que he encontrado, a lo largo de estos años, en algunos de los lugares a los que suelen ir los escritores: la librería Hiperión (antes, al menos, de que se convirtiera en lo que es hoy, una librería como otra cualquiera) y ahora Centrifugados. Como editor de El Gallo de Oro ha venido, por segundo año consecutivo, Juan Manuel Uría, que es también poeta y hombre generoso: el año pasado me regaló los dos volúmenes que integran La locura del cielo, la magna obra de Carlos Aurtenetxe, y hace muy poco, un ejemplar de su último poemario, Harria, en castellano y vasco, un homenaje a la piedra y también a su abuelo, Santos Iriarte, Errekartetxo, el primero que levantó, en 1947, la mítica e irregular Albizuri-Aundi, de 164 kilos. En el puesto junto al suyo, de Huerga & Fierro, donde no conozco a nadie, me hago con un ejemplar de Muertes y entradas (1934-1953), de uno de los genios de la poesía contemporánea, el galés Dylan Thomas que murió días después de beberse 18 güisquis seguidos, "todo un récord", a su experto juicio, con traducción de Niall Binns y Vanesa Pérez-Sauquillo. En ese stand he de refrenarme sobremanera, porque abundan los títulos apetecibles de las colecciones "Signos", cada vez más difícil de encontrar (ahí están, por ejemplo, César Moro, Vicente Huidobro, Xavier Villaurrutia y el inconmensurable Gilberto Owen, entre otros), y "La rama dorada". De esta, precisamente, viene corriendo el encargado del stand a regalarme un ejemplar de Ordalía, un poema del uruguayo Rafael Courtoisie, un excelente autor al que conocí en una Cosmopoética hace varios años, que este les ha pedido que me entreguen. En el segundo piso de Las Claras se reúnen varios editores con los que mantengo lazos de amistad. Javier Alcaíns expone sus bellísimos libros ilustrados, y yo hojeo uno con las cartas de Mariana Alcoforado, la monja portuguesa que, en el s. XVII, se prendó de un noble francés, el marqués Noël Bouton de Chamilly, y le escribió cinco fabulosas misivas de amor (según algunos; según otros, las cartas, publicadas originalmente en francés, son obra del que aparece como su traductor, Gabriel-Joseph de Lavergne, conde de Guilleragues). "No entiendo cómo no te han dado todavía el Premio Nacional de Ilustración", le digo con toda sinceridad. Y es que no lo entiendo. Un poco más allá está Mario Quintana acompañado por su mujer, María José con los libros de su editorial Letour1987. Me gustaría comprarle alguno, pero creo que ya los tengo todos. El entusiasmo, el espíritu critico y la bonhomía de Mario me tienen ganado desde que llegué a Extremadura. También los excelentes bollos que reparte y de los que me ha regalado algunos han contribuido a mi simpatía por él. Además, ¿cómo no ser amigo de alguien con el que has vivido un terremoto y la explosión de una cafetera? Vecino de Mario es Antonio Cordero, de la editorial Varasek, en la que acabo de publicar mis Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres. Nos conocemos, por fin, y nos abrazamos. Mientras charlamos, Ricardo viene a consultarme un asunto editorial y aprovecha para comprar un ejemplar del libro: qué placer. Antonio, a su vez, me regala un Hijos e hijas de la Gran Bretaña, de Alberto Letona, aparecido en la misma colección que mis Corónicas: se conoce que en Varasek sienten inclinación por los relatos de Inglaterra, y lo celebro, por la parte que me toca. Singularmente, Varasek mantiene también una magnífica colección de poesía, donde han visto la luz libros de autores tan relevantes como José Viñals o Nestor Perlongher y de numerosos amigos como Maurizio Medo, Víctor M. Díez, Daniel Aguirre Oteiza, Víktor Gómez o Yulino Dávila (cuyo Hebras de Malasaña, el número cuatro de la colección, tuve la satisfacción de prologar), entre otros. El último stand que visito es el que atiende otro viejo amigo, el poeta Luis Felipe Comendador, que también estuvo aquí el año pasado, y que mantiene su idea solidaria filantrópica, se decía antes de la poesía: uno puede llevarse el libro que quiera del tenderete y dejar la voluntad en una hucha, y todo el dinero recaudado se destina a una ONG en el Perú. Yo me hago con una primera edición de Vida y fugas de Fanto Fantini, del gran, del enorme Álvaro Cunqueiro, en Destino, que encuentro en uno de los dos cajones reservados a libros de segunda mano, y dejo la contribución que estimo adecuada. Y lo hago todo solo, porque Luis Felipe, que confía en la honradez de todo el mundo, se ha ido a tomar unas cañas. Acabamos la tarde en La Puerta de Tannhäuser, una de las mejores librerías literarias del país, que da la casualidad de que está en Plasencia. Ángeles y yo saludamos a Álvaro y Cristina, los dueños, y nos tomamos un té cítrico en una de las mesas. No deja de abrumarme la cantidad ingente de libros que se acumulan aquí, y no puedo evitar preguntarme qué sentido tiene seguir aportando letra impresa a este amontonamiento astronómico de páginas, y qué sentido tiene incluso leer, cuando lo que podemos leer, en una vida, es una parte ínfima de todo lo escrito y de todo lo que se escribirá jamás. Decido sacudirme la pregunta de la cabeza es tópica y malsana y me entretengo viendo títulos, acariciando portadas, hojeando volúmenes. Me los llevaría todos. Bueno, todos no. Pero no voy a decir cuáles dejaría.