sábado, 25 de julio de 2026

ESADE, “Do good. Do better”

ESADE pasa por ser una de las grandes escuelas de negocios del mundo. Ya cuando estudiaba Derecho, hace unos doscientos años, miraba con un punto de envidia a los compañeros que complementaban o ampliaban sus estudios en aquel centro, que representaba, a mis ojos y a los de mucha otra gente, la formación privada más exquisita (y más cara) que podía uno procurarse en el ámbito de la empresa y la administración pública y privada. Nunca me planteé estudiar allí: sencillamente, no me lo podía permitir. Sin embargo, tiempo después, cuando había alcanzado ya un puesto de alguna responsabilidad en la administración pública, el Departamento para el que trabajaba me ofreció la posibilidad de cursar un Máster en Dirección Pública en ESADE, o, como la propia Escuela prefería anunciarse, un Executive Master in Public Administration (EMPA), así, en inglés, que molaba más. Yo acepté, porque entonces aún creía en la formación continua y por satisfacer mi deseo de conocer aquel lujoso centro por dentro; y también porque me halagó que mis jefes hubieran pensado en mí para realizar el curso. Le dediqué tres años, entre 2006 y 2009, compabilizando las clases con mi trabajo en el Departamento de Economía y Finanzas de la Generalitat. El Máster solo duraba dos, pero mi jefa entonces me pidió que espaciara las clases para que pudiera dedicarme más tiempo al trabajo administrativo, y hube de desdoblar el último año en dos. Aquellos años en ESADE me decepcionaron; y fue una decepción profunda. La formación era ligera: no había exámenes; en realidad, no había que estudiar. Solo asistir a las clases y escuchar lo que los profesores tuvieran que decirnos. Se favorecía el trabajo en grupo, en los que siempre había alguien dispuesto a esforzarse mucho y otros que se aprovechaban palmariamente de ese esfuerzo. Y la enseñanza se impartía muy a menudo mediante casos, que eran problemas de gestión planteados como historias, con diferentes actores —así se llamaba a los que participaban en ellas: cada disciplina crea su propio lenguaje—, que los alumnos teníamos que desentrañar, completar y/o resolver. O intentarlo. A veces el trabajo en grupo y el trabajo por casos se fundían y se organizaban en clase una suerte de psicodramas en los que los estudiantes tomábamos parte con una mezcla de vergüenza, desconocimiento e histrionismo, y de los que casi nunca sacábamos nada en claro. Entre los profesores había de todo, como en todas partes. Pero uno esperaba que aquellos docentes, aupados a la exclusiva atalaya de ESADE, fueran la crème de la crème, y descubría que no lo eran. Recuerdo a un señor y una señora mayores —y casados—que habían estado en la India, y que, pertrechados de los saberes místicos que habían adquirido en la cuenca del Ganges, intentaban insuflarnos las capacidades necesarias para tomar siempre la mejor decisión posible: sus recomendaciones oscilaban entre flatulencias de autoayuda y los camelos indostánicos de Lobsang Rampa. Recuerdo también a otro profesor mayor —ESADE era entonces bastante gerontocrático—, argentino, del que se decía que había sido un alto oficial del ejército de su país. Teniendo en cuenta a qué se había dedicado el ejército argentino a finales del siglo pasado, aquella sospecha era muy poco tranquilizadora. Recuerdo, en fin, a otro profesor, este más joven, pero muy gordo, al que, paseando por uno de los pasillos del aula, se le engancharon los pantalones en el pico de una mesa o el saliente de una silla, y se le cayeron a los pies: se quedó en calzoncillos en medio de la clase. Con imperturbable rapidez, como se recuperan los cantantes que se han tropezado y caído en el escenario, se los subió de nuevo, se los ajustó como pudo y siguió impartiendo la lección como si nada hubiera pasado. En ESADE, no obstante, había algo que funcionaba muy bien: el catering, incluido en el curso. Así podíamos hacer jornada completa de clase, mañana y tarde, en el centro. La comida era excelente y, sobre todo, abundantísima: te ponías ciego, lo que, por otra parte, siempre me pareció contradictorio con el hecho de que estuviéramos en un centro de enseñanza: en las clases de la tarde, después de la comilona que nos metíamos, no dormirse exigía un esfuerzo titánico. Yo, muchas veces, renunciaba a hacerlo, y descabezaba un sueñecito reparador, parapetado tras las carpetas que nos regalaban. Completé el EMPA en diciembre de 2009, y así lo acreditó ESADE con el certificado correspondiente. Pero no volví a saber de la Escuela hasta casi doce años después, cuando, a finales de julio de 2021, recibí un correo urgentísimo en el que se me pedía que abonara inmediatamente las tasas de expedición del título, 222,15 euros. Los pagué el 29 de julio de 2021, y, cuando ya creía que la impartición del título era inminente, volví a dejar de tener noticias de ESADE: se abrió entonces un silencio que se ha extendido casi un lustro. Pero esta vez he sido yo el que ha tomado la iniciativa de acabar con él. Transcurridos cinco años desde el pago infructuoso, y gozando ya de todo el tiempo del mundo, que me otorgaba mi benemérita condición de jubilado, telefoneé a ESADE para reclamar el título al que tenía derecho. No es que me importase ya nada —desde luego, no lo iba a necesitar en mi carrera profesional—, pero me daba coraje que la que se autoproclama y se vende por ahí como una de los mejores centros de formación del planeta necesitase diecisiete años para entregarme el título, y aún no lo hubiese hecho. Do good, do better [‘hazlo bien, hazlo mejor’] es el eslogan de ESADE (que, pese a pertenecer a la Orden de Jesús, no utiliza el latín para su lema, sino la lengua franca que ha abrazado, el inglés), que se diría el reverso del legendario, y mucho más inteligente, Fail again. Fail better de Samuel Beckett. Y no parece que lo hayan aplicado en mi caso, sino más bien su contrario: Do bad, do worse. El personal de la secretaría administrativa me informó, ante mi estupor, que había un “error del sistema” en mi expediente que impedía la expedición del título, y que no podía precisarme ni de qué error se trataba, ni por qué se había producido, ni a qué sistema afectaba. Tampoco supo explicarme por qué habían necesitado doce años para pedirme que lo pagara y otros cinco para no concedérmelo, para no arreglar el problema que les imposibilitaba hacerlo y para no informarme de nada de lo que no estaba sucediendo. Una de las mejores escuelas de negocios del mundo necesitaba diecisiete años para no darle el título a uno de sus alumnos. Pero se conoce que mi queja movilizó a los aletargados servicios administrativos de ESADE y, luego de un par de meses de espera más, me comunicaron que ya se había subsanado el problema —que, al parecer, provenía de una migración de datos defectuosa, que había decidido dejar fuera los míos del proceso— y que en breve me proporcionarían el título. Y así fue. Hace un par de semanas, me comunicaron que ya podía recogerlo en la sede de ESADE, y así lo hice. El diploma, expedido por el rector de la Universitat Ramon Llull, a la que está adscrita ESADE, está fechado el 29 de julio de 2021.

domingo, 19 de julio de 2026

El 18 de julio

Escribo esta entrada, “El 18 de julio”, el 19 de julio. Ayer no quise hacer nada que diese difusión, aunque fuera para denostarla, a esa fecha infausta. Paradójicamente, en mi memoria de niño, el 18 de julio suena a cascabeles, porque en casa se recibía una paga extra: la del 18 de julio, precisamente, como siempre se encargaba de recordar mi madre, cuyas sempiternas estrecheces hacían que recibiera alborozada cualquier sobresueldo, cualquier ayuda, viniese de donde viniese. Mi padre tampoco rechazaba el dinero, pero al menos lo hacía con rostro de circunstancias: Franco era para él un mastuerzo, y su Régimen, un Estado de sangre y pandereta. Esa fecha tan facha, el 18 de julio, fue lo primero que supe de aquello que llamamos, durante tanto tiempo, la dictadura de Franco. A ese conocimiento se sumaron luego otros, que corroboraban y ampliaban la tragedia que había supuesto. Una tragedia nacional: una guerra civil de casi tres años de duración —iniciada, realmente, un día antes: la tarde del 17 de julio, con el levantamiento de las tropas estacionadas en el Marruecos español—, con medio millón de muertos e innumerables dramas: desde el bombardeo de Guernica hasta las masacres de la plaza de toros de Badajoz, la carretera de Málaga a Almería o Paracuellos del Jarama; y cuarenta años de una dictadura sanguinaria que dejó entre 100.000 y 150.000 personas asesinadas durante la Guerra Civil y en la inmediata posguerra por la represión franquista; alrededor de 114.000 desaparecidos en fosas comunes, muchos de las cuales siguen ahí, sumidos en el olvido, sin reconocimiento ni duelo; entre 450.000 y 500.000 exiliados, la mayoría de los cuales nunca volvió (a los que se sumarían, en las décadas posteriores, los casi dos millones de emigrantes a Europa e Hispanoamérica, expulsados de su tierra por el hambre, la miseria y la falta de esperanza); entre 700.000 y un millón de internados en alguno de los más de 300 campos de concentración existentes entre 1936 y los años cuarenta; varios cientos de miles de encarcelados, a lo largo de la dictadura, por motivos políticos o ideológicos (más de 270.000 llegó a haber simultáneamente en 1939), 100.000 de los cuales fueron destinados a batallones de trabajadores o a obras públicas mediante trabajos forzados; cientos de miles de funcionarios, maestros, profesores, ferroviarios y otros empleados públicos depurados, suspendidos o expulsados de sus puestos de trabajo; y, en fin, más de 300.000 personas objeto de expedientes de responsabilidades políticas, con multas, incautaciones de bienes o inhabilitaciones. Y eso por no hablar de la censura institucionalizada, las leyes racistas y homófobas, el nacionalcatolicismo asfixiante, la represión de la mujer, la prohibición de los sindicatos o la práctica de la tortura hasta más allá del fin de la dictadura por parte de funcionarios a los que se premiaba con medallas y un plus salarial por reeducar a los disidentes con porrazos en las plantas de los pies y patadas en los testículos, o apagándoles a ellas cigarrillos en los pechos. Pero la tragedia abierta por el 18 de julio tuvo también consecuencias personales, como en la mayoría de familias españolas. En la mía, se contaba un tío abuelo, Jesús Vidal, soldado de la República, muerto en Cataluña hacia el final de la guerra. Sus padecimientos se reflejan bien en la correspondencia que guardaba de él mi madre, y que yo descubrí en un rincón del armario más escondido de la casa cuando hube de vaciarla, tras la muerte de mi madre. Las cartas de Jesús, escritas con la caligrafía primitiva y las profusas faltas de ortografía de un campesino que apenas había alcanzado a conocer las primeras letras y las cuatro reglas, relatan un viaje hacia la muerte, que empieza en diciembre de 1936, cuando fue movilizado, y que concluye, tras un accidentado pase por diversas bases y aeródromos de la aviación republicana —mi tío Jesús pertenecía al 4º batallón de la 3ª región aérea, que fue reculando desde Zaidín y Alcubierre, en Huesca, hasta Celrà y Torroella de Montgrí, en Gerona—, en enero de 1939: su última carta está fechada “en campaña a 2 de 1 de 39”. Luego, Jesús desaparece en combate. Según le contó un compañero de armas a mi familia después de la guerra, huían del avance franquista, y él cayó en un terraplén. No se le volvió a ver. Quizá quedó herido en la caída y luego fue rematado, o capturado y fusilado, por los atacantes. También desapareció en combate, aunque de otro modo, mi abuelo Alfonso. Cuando cayó Aragón, y como se había implicado con otros anarquistas en la colectivización de las tierras, tuvo que poner pies en polvorosa para que los nuevos amos no le dieran matarile. Se fue solo, no obstante: su mujer —mi abuela— y sus dos hijas pequeñas —una de ellas, mi madre— quedaron desamparadas en Chalamera, su pueblo (donde había nacido Ramón J. Sender, otro rojo destacado), y tuvieron que echarse a los caminos para poder comer. Pasaron dos años vagando por las carreteras y fincas entre Aragón y Cataluña: mi abuela trabajaba en los campos a cambio de techo y comida para las tres. Finalmente, consiguieron emigrar a Barcelona, donde una pariente les cedió un cuarto en un pisito de alquiler donde ya se amontonaban varios menesterosos más. Mi madre nunca dejó de recordar la pobre impresión que le había causado Barcelona al llegar (en tren): pobre, sucia, oscura. Era 1948: todavía en lo peor, en lo más sórdido, de la dictadura del Generalísimo. Al poco de establecerse allí, con doce años, tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica de cajas para productos cosméticos (que compraban las señoronas barcelonesas): con sus finos deditos de niña, se convirtió enseguida en una cajista experta. Mientras tanto, mi abuela limpiaba por las noches una residencia a la que las familias pudientes llevaban a sus hijos deficientes mentales, y mi abuelo seguía en Francia, de donde nunca regresó y desde donde nunca, por cierto, mandó dinero a su familia, ni hizo nada por reunirse con ella. En Francia se ganó la vida como albañil y volvió a casarse. Tengo, pues, el dudoso honor de contar con un abuelo bígamo. También por parte de mi padre, la Guerra Civil supuso una fractura dolorosa: hubo de dejar la escuela —donde, como siempre repetía con orgullo, había llegado a ser el segundo de la clase— y soportar las bombas de los Savoia-Marchetti de la Aviazione Legionaria italiana, que machacaba a Barcelona desde Mallorca, hasta que su madre lo envió a su pueblo, Pomar de Cinca, también en Huesca, para asegurarse de que comiera y de que no lo moliesen las bombas que les regalaban los hijos de Mussolini, aliados de Franco. En la posguerra, ya vuelto a Barcelona, vio cómo un hermano pequeño se le moría de tuberculosis y cómo su padrastro, guardia civil, era encarcelado dos años por haber sido fiel a la República, aunque esto último no sé si le afectó demasiado, o más bien lo alivió, porque el yayo Francisco era de los que pegaban lo normal a su mujer. Todo esto ha representado, y sigue representando, el 18 de julio para mí. Cuando veo a los cada vez más numerosos fascistas de hoy y a cuantos descerebrados les ríen las tristes gracias aplaudir la fecha y su simbolismo insurreccional, me entra vomitera. Y cuando leo a los numerosos revisionistas que intentan convencernos de que dar un golpe de Estado, causar una guerra civil, asesinar a cientos de miles de personas y establecer una tiranía de décadas fue algo necesario para restaurar la patria, la civilización o a Dios, cuando solo restauró los privilegios de los poderosos, me dan ganas de darme de baja de ser humano y exiliarme en Marte. La pena es que todos los años habrá un 18 de julio. La pena —aún mayor— es que no parece haber forma de que se borre de la mente de tantos el miedo que subyace en su apoyo al fascismo. Si todos abrazáramos la incertidumbre con igual franqueza e igual inocencia, otra vida, quizá, sería posible.

lunes, 13 de julio de 2026

Una tarde de playa

Hacía tiempo que no iba a la playa. María y yo lo hacemos hoy. La elegida ha sido la playa de la Mar Bella, una de las diez que forman el litoral marítimo de Barcelona. Si ha pasado tanto tiempo desde mi última visita a los arenales veraniegos, ha sido porque la playa no me gusta. Es un lugar abrasado por el sol, sin agua potable, sin sombra, sin vegetación, sin nada. Solo tiene una cosa en abundancia: gente. Y las multitudes cada vez me ponen más nervioso. Por eso decidimos disfrutar del desierto playero a última hora de la tarde, cuando el sol ya declina y no te destroza la piel, y las hordas de bañistas se han recogido o lo harán dentro de poco. Si a eso se le suma una brisa agradable, que atempera las temperaturas asfixiantes, un oleaje sosegado, con su hipnótica monodia, y un cielo espectacularmente repujado de nubes, por entre las que asoma una luz benéfica y un azul muy puro, la cosa resulta hasta placentera. Por suerte, además, no nos ha tocado al lado ningún niño berreante o dispensador de arena o de balonazos con sus infatigables correrías, ni un grupo de lolailos que crea que a todos los presentes les gusta el rock flamenco con el que se procuran, día sí y día también, un formidable tumor cerebral. Extendemos la toalla —algo que al mediodía puede resultar una misión casi imposible y hasta una temeridad: hay quien ha llegado a las manos por plantar la sombrilla en una franja disputada de arena— en un hueco cerca del agua, a la vera de un local llamado BeGay. Porque, eso sí, gays hay muchos aquí. Se les ve en parejas o solos, leyendo en la arena o paseando el cuerpo, solo ceñido, por lo general, por un slip tan ajustado que uno teme que pueda causarles un trombo testicular. Aunque a menudo hasta ese slip desaparece: la playa de la Mar Bella —no sé si las otras también— admite desenfadadamente el nudismo, y por eso muchos de los presentes se despojan de su ya exigua indumentaria y se lanzan al agua a cuerpo gentil, para secarse después, con desnudo denuedo, en toallas coloridas. Los turistas, por su parte, no han desaparecido. Junto a los grupos de jóvenes nacionales que vienen aquí a recobrar las fuerzas gastadas en las vecinas instalaciones del complejo deportivo de la Mar Bella, corriendo, saltando o arrojando cosas lejos, y de chicas que se hacen selfis con mucho mohín y casi ninguna ropa, vemos (o más bien oímos) a no pocos estadounidenses y a muchos orientales, que, siguiendo la tradición, hacen fotos y sonríen incansablemente (sobre todo los japoneses; los coreanos son más austeros). Un americano solo, de no más de treinta años, luce una barba mosaica, una bandana harleydavidsoniana y un barrigón grandioso. Se pasea por la arena húmeda, pero no se atreve a mojarse. María y yo sí nos tiramos al mar, aunque ambos estamos acostumbrados a nadar en piscina y el oleaje, si bien escaso, nos dificulta dar con el ritmo adecuado. Y tampoco llevamos gafas, así que hemos de luchar con la sal en los ojos, con la turbiedad que introduce la espuma en la mirada. Pero el agua está limpia. Verde, pero limpia. Celebramos que no haya algas ni medusas. Todo está tranquilo. No hay muchos nadadores a nuestro alrededor. El sol sigue su camino declinante hacia el oeste, por detrás de las instalaciones del club deportivo, arrastrando un torrente de granas y oros. Cuando volvemos a la arena, hemos de espantar a una gaviota que, instalada en la toalla, examina con el pico nuestras bolsas. No sería la primera vez que un lárido me destrozara el equipaje: en una playa de California, otro, muy grande y muy americano, nos privó de la merienda que llevábamos preparada y casi trituró un regalo que había comprado —una piedra con forma, ay, de huevo— para la novia de mi hijo. Pero esta vez no llevábamos nada de comer en los macutos, y el bicho, sucio y malcarado —nada que ver con Juan Salvador Gaviota—, se larga con grandes y decepcionados aletazos. La gaviota no será el único ser al que haya que ahuyentar de las inmediaciones. En otro momento, al volver yo de un nuevo chapuzón, María, que se había quedado tomando el crepúsculo, me informa de que varios playistas habían descubierto a unos cacos entre la gente y los habían expulsado a gritos. Se conoce que en esta playa abundan los chorizos, tanto bípedos como alados. Despejado de riesgos el panorama, María y yo pasamos un buen rato tumbados en la toalla mirando el cielo. Solo nos rodea un rumor de conversaciones —del que sobresalen, a veces, los gritos publicitarios de los lateros: “¡Cerveza! ¡Birra!”—, ahogado por el murmullo del mar. Encima de nosotros se extiende un cielo que se oscurece minuciosamente, desgarrado por el algodón errante de las nubes. Es un cielo turneriano, le digo a María, que no está del todo de acuerdo (María casi nunca está del todo de acuerdo con nada). Pero yo sí creo que este firmamento tachonado de blanco tiene la calidad brumosa y quebrantada de los lienzos de Turner. La humedad cobra en él múltiples formas: los cirros se deshilachan al sur, blanqueando con sus tules laxos el azul que muda en negro; cúmulos y estratos se reparten el resto del espacio, mezclando sus mantos casi geológicos como si se disputaran una cama deshecha. Y todas, cuando las miras, parecen quietas. Pero se mueven. No dejan de moverse. Al cabo de pocos minutos, o de pocos segundos, ya están en otro lugar, ya encarnan otras figuras (pareidolia se llama el fenómeno de ver rostros o animales en objetos inanimados: me gusta esa palabra). Están vivas: con la energía del movimiento, del aire, de la nada. De vez en cuando, una gaviota atraviesa, como un dardo, el óleo evanescente de las nubes, y nos devuelve, con la armónica violencia de su vuelo, a esta realidad compuesta de objetos sólidos, de animales que necesitan comer, de realidades que irrumpen en la ensoñación y nos devuelven a nosotros mismos, que por un momento nos habíamos creído fundidos en el Todo, con la conciencia deshecha en una plenitud sin límites ni final. Las gaviotas son así de prosaicas. Cuando ya se han encendido las farolas del paseo marítimo y el cielo amenaza con dejar de ser un cuadro y convertirse en una cueva, decidimos retirarnos. Es el momento más crudo de cualquier excursión a la playa: estás cansado, tienes arena pegada al cuerpo y probablemente sed, y pesa haber de volver a casa, que en nuestro caso está a media hora en coche. En las duchas nos limpiamos los pies al lado de un tipo que para hacerlo ha considerado necesario quitarse el bañador. Por suerte, el aparcamiento del complejo deportivo es barato: por un par de horas de estacionamiento te cobra seis euros. Quizá volvamos mañana. María, que es de secano, agradece el Mediterráneo. Y a mí me apetece volver a ver la pintura de Turner.

lunes, 6 de julio de 2026

Daniel C. Richardson, in memoriam

A Danny —así lo llamaba casi todo el mundo— lo conocí a poco de empezar mi año como estudiante de intercambio en la Ridgeview High School, en agosto de 1979. Muy pronto nos sentimos interesados el uno por el otro, pese a estar en cursos diferentes: él era junior (el equivalente entonces a primero de bachillerato hoy) y yo, senior (correspondiente a segundo). Pero a ambos nos atraían las mismas cosas, o, mejor dicho, no nos atraían las que atraían a los demás: las fiestas tumultuosas, los encuentros sociales por el mero hecho de encontrarse socialmente, las marcas de ropa, los coches. Aunque también había discrepancias: yo quería ligar —aunque siempre fracasaba—; él, en cambio, siempre abstraído en un mundo interior donde convivían la reflexión y la ensoñación, parecía ajeno a las procelosas pulsiones de la adolescencia. Y eso que era muy guapo: uno de los chicos más handsome (y también brilliant: uno de los que sacaban A o A+, es decir, sobresalientes o matrículas de honor, en todas las asignaturas) del instituto. Cuando mi primera familia de acogida me echó de su casa, él convenció a sus padres —que se convirtieron, desde aquel mismo momento, en mis padres americanos— de que me acogieran en la suya. Y así fue: durante el resto del curso, desde enero hasta julio de 1980, viví en su casa, en un barrio residencial de Atlanta, rodeado de bosques y picos picapinos. Con Danny jugábamos al billar o escuchábamos a Bob Marley & the Wailers —era un devoto de la música rastafari— en el sótano, o salíamos a comer pizza o burritos (y beber cerveza) con unos pocos amigos en algún local del vecindario, o debatíamos asuntos políticos o filosóficos con toda la ingenuidad y la pasión de los diecisiete años. También formábamos parte del equipo de soccer de Ridgeview High School: yo era el portero titular y él, un extremo habilidoso y escurridizo. Hicimos una temporada más bien mediocre: cuatro victorias, un empate y cinco derrotas, pero disfrutamos mucho del espíritu de grupo y del liderazgo de nuestro entrenador, el coach Chevannes, un jamaicano jocundo que era profesor de carpintería en el instituto (porque en nuestra High School se enseñaba carpintería) y que había llegado a jugar en la selección nacional de su país. Cuando concluyó mi año de estancia en los Estados Unidos, yo regresé a España y Danny acabó su enseñanza secundaria. Antes de proseguir sus estudios, Danny me devolvió la visita. Vino a Barcelona y se quedó seis meses en mi casa: su curiosidad viajera e intelectual seguía sin conocer límites. Viajó por España y por Europa (con algún sobresalto: los franceses no le dejaron entrar en el país, porque le faltaba algún visado o papel, y volvió a Barcelona cagándose en la France), sin dejar de sorprenderse por la turbulenta vida política de entonces, efervescente de partidos socialistas, comunistas y anarquistas (y también de mesnadas fascistas). Una vez, con ocasión de una de las muchas elecciones que animaron, tras el franquismo, al aletargado animal cívico que era España, se encaramó como un koala a una de las farolas en las que los partidos políticos colgaban sus carteles para arrancar uno que pedía el voto para la Liga Comunista Revolucionaria o el Partido de los Trabajadores, facción marxista-leninista, o algo así. Estaba radiante con su botín. Tras su experiencia española, volvió a los Estados Unidos y decidió estudiar Filosofía en la Universidad de Indiana. Era un gran lector y un gran debatidor, pero siempre con el respeto, y también la ironía, que le habían inculcado unos padres cultos y liberales: mi padre americano —hijo de inmigrantes suecos— era trabajador de la universidad, y mi madre americana, maestra y pianista. Danny se licenció en Filosofía en 1989, y después anduvo en diversos trabajos —la mayoría de ellos relacionados con la restauración: Danny era un excelente cocinero, siempre preocupado por una alimentación natural y saludable, es decir, poco americana— hasta que decidió hacerse profesor, para lo que tenía unas dotes asimismo naturales: razonaba con delicadeza, pero también con vigor, y una admirable precisión, y exponía el fruto de sus razonamientos con claridad. Durante cuatro años vivió en el Brasil. Aprendió portugués —o quizá debería decir ya brasileño— a la perfección, y ese conocimiento le sirvió para redactar su tesis sobre las traducciones al luso de la obra de William Faulkner, uno de sus autores favoritos. Eso le permitió completar su doctorado en Literatura Comparada en la Universidad del Estado de Georgia en 2004. Se casó con Juliana, una mujer encantadora, brasileña también (y con antepasados españoles), con la que se estableció en Atlanta y tuvo dos hijos, Gabriel y Diogo. Danny ya trabajaba en la Atlanta International School, un prestigioso colegio privado de la ciudad de cuyo claustro formó parte hasta su jubilación, cuando Ángeles, mi entonces mujer, nuestro hijo Pablo y yo los visitamos en el verano de 2000. Recuerdo una cena con toda la familia —también con su padres, mis padres americanos— en el velador de la casa de Anne, mi hermana americana, envueltos por el calor del estío georgiano y la voz de terciopelo en llamas de Billie Holiday, y acompañados por un vino californiano que aún sabía a roble y a océano. Durante aquella estancia, Danny y Juliana nos llevaron a pasar un día en Juliette, el pueblo de Georgia en el que se había rodado Tomates verdes fritos, la película de Jon Avnet, basada en una novela de Fannie Flagg y Carol Sobieski, que nos había maravillado. Nos bañamos en un pantano cercano —los niños chapoteaban, algún busardo nos sobrevolaba, el sol sonreía— y comimos en el mismo restaurante en el que las protagonistas le habían dado para almorzar al malo, vuelto hamburguesa, al policía, pérfido pero idiota, que las perseguía. “El secreto está en la salsa”, le habían deslizado con una sonrisa. Tampoco se me ha olvidado cuánto le gustaba a Danny el calor: “Me hace sentir vivo”, nos decía, mientras escalábamos una avenida de Atlanta, camino del Museo de la Coca Cola, con unas temperaturas propias del Valle de la Muerte (o de la Siberia extremeña), y todos jadeábamos como perros braquicéfalos menos él, inmarcesiblemente sonriente. Algunos años después de este viaje, Danny y yo nos embarcamos en un proyecto literario conjunto, el único, por desgracia, que hicimos al alimón: aprovechándome de su condición de especialista en Faulkner, le propuse que tradujéramos juntos su poesía reunida, compuesta por cuatro volúmenes que el de Misisipi había escrito en su juventud. Danny aceptó generosamente y, al cabo de varios meses de fecundos intercambios, en 2008, apareció el libro en la editorial Bartleby, de Madrid. Volví a ver a Danny hace cuatro años, cuando pasé un mes viajando por los Estados Unidos. Ambos nos habíamos separado ya de nuestras mujeres, los hijos de los dos ya se habían independizado o casi, y tanto él como yo estábamos cerca de la jubilación. Danny me acogió como siempre: con cariño y hospitalidad fraternal. Me quedé cuatro días en su casa, que pasamos prácticamente enteros hablando de cosas, de casi todo, en su salón o, mejor, en la terraza de su casa, un mirador que se había construido él mismo, rodeado de árboles altísimos y del canto de los muchos pájaros que los habitaban. Danny creía en la unión con la naturaleza y lo demostraba en cuanto hacía: se fabricaba sus propios muebles; creaba su propio abono, con el que nutría un amplio huerto; cocinaba de forma y con ingredientes naturales. Pero, a la vez que trabajaba con las manos, lo hacía también con la mente: era un lector infatigable, con especial querencia por las materias más arduas, y aún daba unas clases en la Atlanta International School extraordinariamente valoradas por sus alumnos. Me regaló libros de los poetas estadounidenses del lenguaje más abstrusos y también, entre las cervezas que no dejábamos de chupar, unas opiniones muy vehementes, casi virulentas, contra Trump, el movimiento MAGA y, en general, el republicanismo más cerril. En el reciente viaje que he hecho a los Estados Unidos, no conseguí ponerme en contacto con él: extrañamente, no respondió a mis mensajes. Pocos días después de volver a España, recibí una comunicación de Juliana, que me informaba de que Danny estaba hospitalizado y muy enfermo: tenía cáncer de páncreas, y su familia ya no dejaba de acompañarlo en ningún momento. Casi inmediatamente, en otro mensaje me comunicó que había fallecido: en su casa, a donde había querido volver para dar el último paso. Estoy seguro de que murió con serenidad, y, por fortuna, no lo hizo solo —aunque todos muramos solos—, sino rodeado de sus hijos y las personas que lo querían. Me habría gustado estar entre ellos. Danny ha sido para mí, que no tengo hermanos, el único hermano que he tenido. Y lo ha sido desde aquellos días torpes y urgentes de la Ridgeview High School hasta ahora mismo, en que escribo estas líneas con una torpeza y una urgencia no muy distinta de las que nos empujaban entonces. La hermandad que me ha unido a él todos estos años, fundada en una rara unión de afanes e incertidumbres, ha desafiado la distancia, la geografía, las diferencias culturales y el envejecimiento, y sé que sobrevivirá también a la muerte. Danny ha sido un hombre bueno, un gran padre, un profesor querido y un ciudadano honrado. Le ha dado al mundo más de lo que el mundo le ha dado a él. Y ha muerto demasiado joven, de una enfermedad cruel. Yo soy mejor porque él ha existido. Todos lo somos, en realidad. Descanse en paz.