Ángeles me mandó hace unos días, desde Mánchester, un enlace a un nuevo museo de Barcelona, del que yo, amante y huésped habitual de los museos, no tenía la menor idea: la colección Casacuberta Marsans, expuesta en el antiguo Hospital de Sant Saver. El enlace recogía una crítica elogiosísima de una historiadora del arte que ya lo había visitado, y tanto por este motivo como por la curiosidad que me inspiraba la existencia de un museo en mi ciudad que ni siquiera sabía que existía, he decidido visitarlo hoy. Las visitas son obligatoriamente guiadas, y me presento a las once de la mañana, bajo un sol de injusticia, a la entrada del museo, en la calle de la Paja, un nombre que me trae agradables —aunque también obsesivos— recuerdos de adolescencia. El hecho de que la calle se encuentre en el Barrio Gótico contribuye a que el sol, pese a ser lapidario, no nos aplaste: las casas se construían muy cerca unas de otras para crear sombra y atemperar la chicharrera. La Paja también guarda una sorpresa: un lienzo de la muralla romana de Barcelona, construida entre los siglos I y IV d. C. —de los pocos que subsisten en la ciudad—, y que puede verse, tras una reja que la protege de guiris pernoctadores, drogatas y perroflautas en general (y, dado su recogimiento, de convertirse en urinario público), en la plazoleta de Frederic Marés. Admiro las dos torres cuadradas que ciñen el lienzo y los espléndidos, aunque inevitablemente baqueteados por el tiempo, sillares de opus quadratum, que sirvieron, tras la caída del Imperio, de cimientos para las viviendas del barrio. El hospital de Sant Saver —así, con a: no es errata; la e semiabierta del nombre original, Sever, se ha abierto definitivamente en una a, que se ha incorporado a su grafía— se encuentra un poco más allá, en el número 21, tras una fachada escueta. A la entrada me encuentro con Manel, el otro único visitante del lugar esta mañana. Recorrer un museo con la sola compañía de la guía y otro visitante ha sido una experiencia casi tan buena —y prácticamente olvidada: hoy no hay museo que no fatiguen millones de turistas aborregados— como el propio conocimiento de la colección. Mientras esperamos a que nos abran la puertas, Manel, que es profesor de historia del arte, me informa de que la hornacina que preside la fachada tiene forma de arco serliano —una combinación de un arco de medio punto y dos vanos adintelados, codificado y popularizado por el italiano Sebastiano Serlio a finales del siglo XV— y yo pienso que no solo no sabía lo que era un arco serliano, sino que, cuando he pasado por esta calle, estoy seguro de que ni había reparado en él, es más, ni siquiera en el hecho de que aquí hubiese habido un hospital, como indica una vetusta plaquita cerámica junto a la puerta. Mirar es una tarea laboriosa, y alguien tiene que enseñarnos a hacerlo. Hoy esa responsabilidad ha recaído en Manel, que parece asumirla con orgullo profesional. En el portal, que data de 1562 (aunque yo anoto erróneamente en mi libretita “1542”: el 4 y el 6, tal como se escribían entonces, apenas se distinguen a nuestros ojos), está inscrito Hospitale sacerdotum sancti Severi, porque eso es lo que fue desde 1412, un centro hospitalario, fundado por mosén Jaume Aldomar, presbítero y beneficiado de la catedral de Barcelona, para atender a los clérigos pobres y enfermos de la ciudad. Mosén Aldomar puso el hospital bajo la advocación de San Severo, un obispo de Barcelona —quizá legendario— que había sufrido la persecución de Diocleciano: intentó huir, pero los romanos lo apresaron y martirizaron clavándole un clavo en la cabeza. El hospital sufrió luego innumerables avatares —fue lugar de beneficencia, residencia de inquilinos y comerciantes, y local abandonado; incluso se quiso, muy recientemente, convertirlo en un hotel de lujo— hasta que los Casacuberta Marsans, enriquecidos gracias al negocio inmobiliario y grandes coleccionistas de arte, compraron el edificio y lo dedicaron a exponer la colección que habían amasado en vida. Entramos, por fin, en el museo. Nos recibe Clara, una encantadora joven que será nuestra guía, y que se apresura a precisar que esto no es tanto un museo como una colección privada abierta al público. Por eso no hay cartelas junto a los cuadros y las piezas expuestas, y por eso se han remodelado los espacios para transmitir la sensación al visitante de que entraba en la casa de un coleccionista y no en una pinacoteca. Y por eso, también, se renuevan los fondos expuestos cada dos años, más o menos: hoy veremos aquí cuarenta y siete piezas, pero la colección tiene más de 400, que irán pasando por estas paredes en muestras sucesivas. Hacerlo así no solo es una decisión generosa para con el público, sino también una inteligente decisión comercial: se garantiza la fidelidad del cliente durante veinte años. La entrada cuesta quince euros. Dentro del edificio, cruzamos en primer lugar la androna, el pasadizo interior que lleva del portal principal a la capilla del hospital. En ella nos espera un hermoso relieve de mármol blanco, de finales del siglo XIII, con la leyenda de Magencio y Santa Catalina de Alejandría, aquella bienaventurada que derrotó al emperador y a sus sabios —convocados para refutarla, pero a los que ella convirtió al cristianismo— y de cuyo cuello brotó leche cuando fue decapitada por orden de un Magencio irritadísimo. Tras un telón verde que descorre Clara— y es inevitable que, siempre que se descorre un telón, el gesto parezca un poco teatral—, encontramos la antigua capilla del hospital, bellamente restaurada, aunque sin apenas trazas ya de su estilo renacentista original. En las paredes de la iglesia y de la cripta, en el piso inferior, se despliega una colección de arte hispánico, con una importante presencia también del arte flamenco, desde el siglo XII hasta hoy mismo. Pese a su eclecticismo estético, predomina el arte sacro medieval, aunque hay un nutrida representación de modernistas y postimpresionistas catalanes de finales del siglo XIX y principios del XX. Vemos pronto un sobrecogedor Retrato de Elisa Casas, viuda de Josep Codinas, pintado por el cuñado del difunto, Ramon Casas, en el que la viuda es solo una estilizada mancha negra con un rostro pálido y cariacontecido, y una mano borrosa, casi espectral. Junto a esta tenebrosa pintura hay otra, no menos inquietante, titulada Les velles [‘las viejas’], de Joaquim Mir, en que dos ancianas miran tristemente al observador desde la negrura de sus atavíos, pero rodeadas —Mir no lo puede evitar: era un pintor de la naturaleza— de motivos florales y colores subidos, que establecen una perturbadora paradoja visual con las figuras humanas. Me llaman también la atención dos cuadros de Gutiérrez Solana: La Dolorosa, con una figura de la Virgen y cuatro mujeres a sus pies, todas ellas mirando al espectador y envueltas en negro, con el tenebrismo y la crudeza habituales de Solana; y el retrato de un torero en el que Clara no se detiene, pero que podría ser Isidoro Carmona, el Lechuga, que luce su disparatado palmito sobre un fondo polvoriento. Más imágenes desgarradas aparecen en Los mendigos (Les clochards). Montmartre o rue Lepic, de Joaquim Sunyer —otro catalán que peregrinó a Paris cuando había que hacerlo, a finales del siglo XIX—, en el cual dos pordioseros cadavéricos desfilan ante un paisaje, borroso de ocres, con jamelgos y casas; y en el Busto de gitano, de Isidre Nonell, aquel excelente artista que se empeñaba a pintar todo cuanto repugnaba a los burgueses que compraban arte en su tiempo —gitanos, pedigüeños y cretinos: gente que olía a miseria— y que, en consecuencia, vivió pobre y poco reconocido, y murió joven de fiebres tifoideas. Tras asomarnos al pequeño claustro del hospital, sobre el que a partir del siglo XVIII se construyeron los cuatro pisos que hoy lo coronan, todos restaurados y pintados de blanco, nos detenemos un buen rato con Clara ante un Cristo en la cruz, de El Greco, precedente, me parece, de la España negra que describieron Solana y Nonell, entre otros. Contra un cielo de nubes oscuras, tormentoso, se dibuja el cuerpo alargadísimo y blanquísimo, casi de plata, de Jesucristo, desnudo salvo por el perizoma, el paño anudado que velaba las partes pudendas del crucificado y garantizaba así la pureza de la imagen, y sin la lanzada en el costado que le había propinado el miserable de Longino. Cristo está aún vivo y, por cómo lo representa El Greco, en el momento de preguntarle a su Padre por qué lo había abandonado. Pese a no haber muerto aún, los soldados y demás asistentes a la ejecución ya se marchan de regreso a Jerusalén, pintada al fondo: así lo dispone El Greco en uno de los lados del óleo. Las tres Marías, no obstante, vienen a él. Antes de bajar a la cripta, admiramos igualmente un riquísimo descendimiento flamenco del siglo XVII, plagados de rojos y oros, de autor desconocido, en el que nos detenemos otro buen rato. Al parecer, el tríptico fue contratado por un adinerado matrimonio vasco —hombre y mujer aparecen en el cuadro, frente a frente, en actitud orante— y permaneció muchos años en un convento de la localidad vizcaína de Lekeitio. Cuando finalmente bajamos a la cripta, Manel —que antes me ha dicho que se ha especializado en la perspectiva de género en el arte— le pregunta a Clara cuántas de las obras hoy expuestas han sido hechas por mujeres, y Clara le responde que ninguna, aunque sí las hay en la colección. También nos cuenta que, en el plan de convertir el hospital en un hotel, la cripta iba a ser el spa. Al salir, acabada la visita, Manel concluye que, aunque no hay nada espectacular, la colección es agradable de ver. A mí me ha parecido más que agradable: es una pequeña joya oculta entre callejuelas, que renueva el placer de ver arte sin urgencias ni aglomeraciones.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
viernes, 31 de julio de 2026
sábado, 25 de julio de 2026
ESADE, “Do good. Do better”
ESADE pasa por ser una de las grandes escuelas de negocios del mundo. Ya cuando estudiaba Derecho, hace unos doscientos años, miraba con un punto de envidia a los compañeros que complementaban o ampliaban sus estudios en aquel centro, que representaba, a mis ojos y a los de mucha otra gente, la formación privada más exquisita (y más cara) que podía uno procurarse en el ámbito de la empresa y la administración pública y privada. Nunca me planteé estudiar allí: sencillamente, no me lo podía permitir. Sin embargo, tiempo después, cuando había alcanzado ya un puesto de alguna responsabilidad en la administración pública, el Departamento para el que trabajaba me ofreció la posibilidad de cursar un Máster en Dirección Pública en ESADE, o, como la propia Escuela prefería anunciarse, un Executive Master in Public Administration (EMPA), así, en inglés, que molaba más. Yo acepté, porque entonces aún creía en la formación continua y por satisfacer mi deseo de conocer aquel lujoso centro por dentro; y también porque me halagó que mis jefes hubieran pensado en mí para realizar el curso. Le dediqué tres años, entre 2006 y 2009, compabilizando las clases con mi trabajo en el Departamento de Economía y Finanzas de la Generalitat. El Máster solo duraba dos, pero mi jefa entonces me pidió que espaciara las clases para que pudiera dedicarme más tiempo al trabajo administrativo, y hube de desdoblar el último año en dos. Aquellos años en ESADE me decepcionaron; y fue una decepción profunda. La formación era ligera: no había exámenes; en realidad, no había que estudiar. Solo asistir a las clases y escuchar lo que los profesores tuvieran que decirnos. Se favorecía el trabajo en grupo, en los que siempre había alguien dispuesto a esforzarse mucho y otros que se aprovechaban palmariamente de ese esfuerzo. Y la enseñanza se impartía muy a menudo mediante casos, que eran problemas de gestión planteados como historias, con diferentes actores —así se llamaba a los que participaban en ellas: cada disciplina crea su propio lenguaje—, que los alumnos teníamos que desentrañar, completar y/o resolver. O intentarlo. A veces el trabajo en grupo y el trabajo por casos se fundían y se organizaban en clase una suerte de psicodramas en los que los estudiantes tomábamos parte con una mezcla de vergüenza, desconocimiento e histrionismo, y de los que casi nunca sacábamos nada en claro. Entre los profesores había de todo, como en todas partes. Pero uno esperaba que aquellos docentes, aupados a la exclusiva atalaya de ESADE, fueran la crème de la crème, y descubría que no lo eran. Recuerdo a un señor y una señora mayores —y casados—que habían estado en la India, y que, pertrechados de los saberes místicos que habían adquirido en la cuenca del Ganges, intentaban insuflarnos las capacidades necesarias para tomar siempre la mejor decisión posible: sus recomendaciones oscilaban entre flatulencias de autoayuda y los camelos indostánicos de Lobsang Rampa. Recuerdo también a otro profesor mayor —ESADE era entonces bastante gerontocrático—, argentino, del que se decía que había sido un alto oficial del ejército de su país. Teniendo en cuenta a qué se había dedicado el ejército argentino a finales del siglo pasado, aquella sospecha era muy poco tranquilizadora. Recuerdo, en fin, a otro profesor, este más joven, pero muy gordo, al que, paseando por uno de los pasillos del aula, se le engancharon los pantalones en el pico de una mesa o el saliente de una silla, y se le cayeron a los pies: se quedó en calzoncillos en medio de la clase. Con imperturbable rapidez, como se recuperan los cantantes que se han tropezado y caído en el escenario, se los subió de nuevo, se los ajustó como pudo y siguió impartiendo la lección como si nada hubiera pasado. En ESADE, no obstante, había algo que funcionaba muy bien: el catering, incluido en el curso. Así podíamos hacer jornada completa de clase, mañana y tarde, en el centro. La comida era excelente y, sobre todo, abundantísima: te ponías ciego, lo que, por otra parte, siempre me pareció contradictorio con el hecho de que estuviéramos en un centro de enseñanza: en las clases de la tarde, después de la comilona que nos metíamos, no dormirse exigía un esfuerzo titánico. Yo, muchas veces, renunciaba a hacerlo, y descabezaba un sueñecito reparador, parapetado tras las carpetas que nos regalaban. Completé el EMPA en diciembre de 2009, y así lo acreditó ESADE con el certificado correspondiente. Pero no volví a saber de la Escuela hasta casi doce años después, cuando, a finales de julio de 2021, recibí un correo urgentísimo en el que se me pedía que abonara inmediatamente las tasas de expedición del título, 222,15 euros. Los pagué el 29 de julio de 2021, y, cuando ya creía que la impartición del título era inminente, volví a dejar de tener noticias de ESADE: se abrió entonces un silencio que se ha extendido casi un lustro. Pero esta vez he sido yo el que ha tomado la iniciativa de acabar con él. Transcurridos cinco años desde el pago infructuoso, y gozando ya de todo el tiempo del mundo, que me otorgaba mi benemérita condición de jubilado, telefoneé a ESADE para reclamar el título al que tenía derecho. No es que me importase ya nada —desde luego, no lo iba a necesitar en mi carrera profesional—, pero me daba coraje que la que se autoproclama y se vende por ahí como una de los mejores centros de formación del planeta necesitase diecisiete años para entregarme el título, y aún no lo hubiese hecho. Do good, do better [‘hazlo bien, hazlo mejor’] es el eslogan de ESADE (que, pese a pertenecer a la Orden de Jesús, no utiliza el latín para su lema, sino la lengua franca que ha abrazado, el inglés), que se diría el reverso del legendario, y mucho más inteligente, Fail again. Fail better de Samuel Beckett. Y no parece que lo hayan aplicado en mi caso, sino más bien su contrario: Do bad, do worse. El personal de la secretaría administrativa me informó, ante mi estupor, que había un “error del sistema” en mi expediente que impedía la expedición del título, y que no podía precisarme ni de qué error se trataba, ni por qué se había producido, ni a qué sistema afectaba. Tampoco supo explicarme por qué habían necesitado doce años para pedirme que lo pagara y otros cinco para no concedérmelo, para no arreglar el problema que les imposibilitaba hacerlo y para no informarme de nada de lo que no estaba sucediendo. Una de las mejores escuelas de negocios del mundo necesitaba diecisiete años para no darle el título a uno de sus alumnos. Pero se conoce que mi queja movilizó a los aletargados servicios administrativos de ESADE y, luego de un par de meses de espera más, me comunicaron que ya se había subsanado el problema —que, al parecer, provenía de una migración de datos defectuosa, que había decidido dejar fuera los míos del proceso— y que en breve me proporcionarían el título. Y así fue. Hace un par de semanas, me comunicaron que ya podía recogerlo en la sede de ESADE, y así lo hice. El diploma, expedido por el rector de la Universitat Ramon Llull, a la que está adscrita ESADE, está fechado el 29 de julio de 2021.
domingo, 19 de julio de 2026
El 18 de julio
lunes, 13 de julio de 2026
Una tarde de playa
Hacía tiempo que no iba a la playa. María y yo lo hacemos hoy. La elegida ha sido la playa de la Mar Bella, una de las diez que forman el litoral marítimo de Barcelona. Si ha pasado tanto tiempo desde mi última visita a los arenales veraniegos, ha sido porque la playa no me gusta. Es un lugar abrasado por el sol, sin agua potable, sin sombra, sin vegetación, sin nada. Solo tiene una cosa en abundancia: gente. Y las multitudes cada vez me ponen más nervioso. Por eso decidimos disfrutar del desierto playero a última hora de la tarde, cuando el sol ya declina y no te destroza la piel, y las hordas de bañistas se han recogido o lo harán dentro de poco. Si a eso se le suma una brisa agradable, que atempera las temperaturas asfixiantes, un oleaje sosegado, con su hipnótica monodia, y un cielo espectacularmente repujado de nubes, por entre las que asoma una luz benéfica y un azul muy puro, la cosa resulta hasta placentera. Por suerte, además, no nos ha tocado al lado ningún niño berreante o dispensador de arena o de balonazos con sus infatigables correrías, ni un grupo de lolailos que crea que a todos los presentes les gusta el rock flamenco con el que se procuran, día sí y día también, un formidable tumor cerebral. Extendemos la toalla —algo que al mediodía puede resultar una misión casi imposible y hasta una temeridad: hay quien ha llegado a las manos por plantar la sombrilla en una franja disputada de arena— en un hueco cerca del agua, a la vera de un local llamado BeGay. Porque, eso sí, gays hay muchos aquí. Se les ve en parejas o solos, leyendo en la arena o paseando el cuerpo, solo ceñido, por lo general, por un slip tan ajustado que uno teme que pueda causarles un trombo testicular. Aunque a menudo hasta ese slip desaparece: la playa de la Mar Bella —no sé si las otras también— admite desenfadadamente el nudismo, y por eso muchos de los presentes se despojan de su ya exigua indumentaria y se lanzan al agua a cuerpo gentil, para secarse después, con desnudo denuedo, en toallas coloridas. Los turistas, por su parte, no han desaparecido. Junto a los grupos de jóvenes nacionales que vienen aquí a recobrar las fuerzas gastadas en las vecinas instalaciones del complejo deportivo de la Mar Bella, corriendo, saltando o arrojando cosas lejos, y de chicas que se hacen selfis con mucho mohín y casi ninguna ropa, vemos (o más bien oímos) a no pocos estadounidenses y a muchos orientales, que, siguiendo la tradición, hacen fotos y sonríen incansablemente (sobre todo los japoneses; los coreanos son más austeros). Un americano solo, de no más de treinta años, luce una barba mosaica, una bandana harleydavidsoniana y un barrigón grandioso. Se pasea por la arena húmeda, pero no se atreve a mojarse. María y yo sí nos tiramos al mar, aunque ambos estamos acostumbrados a nadar en piscina y el oleaje, si bien escaso, nos dificulta dar con el ritmo adecuado. Y tampoco llevamos gafas, así que hemos de luchar con la sal en los ojos, con la turbiedad que introduce la espuma en la mirada. Pero el agua está limpia. Verde, pero limpia. Celebramos que no haya algas ni medusas. Todo está tranquilo. No hay muchos nadadores a nuestro alrededor. El sol sigue su camino declinante hacia el oeste, por detrás de las instalaciones del club deportivo, arrastrando un torrente de granas y oros. Cuando volvemos a la arena, hemos de espantar a una gaviota que, instalada en la toalla, examina con el pico nuestras bolsas. No sería la primera vez que un lárido me destrozara el equipaje: en una playa de California, otro, muy grande y muy americano, nos privó de la merienda que llevábamos preparada y casi trituró un regalo que había comprado —una piedra con forma, ay, de huevo— para la novia de mi hijo. Pero esta vez no llevábamos nada de comer en los macutos, y el bicho, sucio y malcarado —nada que ver con Juan Salvador Gaviota—, se larga con grandes y decepcionados aletazos. La gaviota no será el único ser al que haya que ahuyentar de las inmediaciones. En otro momento, al volver yo de un nuevo chapuzón, María, que se había quedado tomando el crepúsculo, me informa de que varios playistas habían descubierto a unos cacos entre la gente y los habían expulsado a gritos. Se conoce que en esta playa abundan los chorizos, tanto bípedos como alados. Despejado de riesgos el panorama, María y yo pasamos un buen rato tumbados en la toalla mirando el cielo. Solo nos rodea un rumor de conversaciones —del que sobresalen, a veces, los gritos publicitarios de los lateros: “¡Cerveza! ¡Birra!”—, ahogado por el murmullo del mar. Encima de nosotros se extiende un cielo que se oscurece minuciosamente, desgarrado por el algodón errante de las nubes. Es un cielo turneriano, le digo a María, que no está del todo de acuerdo (María casi nunca está del todo de acuerdo con nada). Pero yo sí creo que este firmamento tachonado de blanco tiene la calidad brumosa y quebrantada de los lienzos de Turner. La humedad cobra en él múltiples formas: los cirros se deshilachan al sur, blanqueando con sus tules laxos el azul que muda en negro; cúmulos y estratos se reparten el resto del espacio, mezclando sus mantos casi geológicos como si se disputaran una cama deshecha. Y todas, cuando las miras, parecen quietas. Pero se mueven. No dejan de moverse. Al cabo de pocos minutos, o de pocos segundos, ya están en otro lugar, ya encarnan otras figuras (pareidolia se llama el fenómeno de ver rostros o animales en objetos inanimados: me gusta esa palabra). Están vivas: con la energía del movimiento, del aire, de la nada. De vez en cuando, una gaviota atraviesa, como un dardo, el óleo evanescente de las nubes, y nos devuelve, con la armónica violencia de su vuelo, a esta realidad compuesta de objetos sólidos, de animales que necesitan comer, de realidades que irrumpen en la ensoñación y nos devuelven a nosotros mismos, que por un momento nos habíamos creído fundidos en el Todo, con la conciencia deshecha en una plenitud sin límites ni final. Las gaviotas son así de prosaicas. Cuando ya se han encendido las farolas del paseo marítimo y el cielo amenaza con dejar de ser un cuadro y convertirse en una cueva, decidimos retirarnos. Es el momento más crudo de cualquier excursión a la playa: estás cansado, tienes arena pegada al cuerpo y probablemente sed, y pesa haber de volver a casa, que en nuestro caso está a media hora en coche. En las duchas nos limpiamos los pies al lado de un tipo que para hacerlo ha considerado necesario quitarse el bañador. Por suerte, el aparcamiento del complejo deportivo es barato: por un par de horas de estacionamiento te cobra seis euros. Quizá volvamos mañana. María, que es de secano, agradece el Mediterráneo. Y a mí me apetece volver a ver la pintura de Turner.