En la oficina de Correos de mi ciudad (antes se la llamaba estafeta, una palabra mucho más sabrosa que oficina, de connotaciones casi siniestras, pero ha caído en un desuso que deploro; y antes mi ciudad era un pueblo, pero cien mil personas después lo han convertido en ciudad) hay hoy un gentío descomunal. La peña ha vuelto de vacaciones y arde en deseos de recoger los paquetes que tiene pendientes, o bien de mandar documentos y cosas que no ha enviado por disfrutar de un merecido descanso. En mi localidad, solo hay una oficina postal (de cuando esto era un pueblo) y, en las fechas en que no queda más remedio que recurrir al snail mail, como estas o Navidad, las aglomeraciones son legendarias. Me abro paso entre la muchedumbre y saco mi número en la maquinita roja que los expende, para ordenar el tráfico, como en las carnicerías. Benditas maquinitas: desde que existen, se han acabado aquellas fastuosas discusiones sobre quién estaba antes, cuya virulencia competía con la de dos hinchadas enfrentadas después de un partido de fútbol en Mánchester o Buenos Aires. Mi número es el E98 y veo, con desaliento, que el último atendido en la pantalla es el E57: faltan más de cuarenta para que me toque y todas las sillas están ocupadas. Por suerte, advierto un escalón libre en la escalera que sube al primer piso de la dependencia: me apresuro a remontar el tramo que me separa de él y, sorteando muchas cabezas y piernas, lo ocupo. Es muy incómodo —en realidad, no es el escalón: soy yo, que me estoy lignificando—, pero más cornadas da estar de pie. Saco un libro, empiezo a leer y espero, con paciencia monacal, a que suene el ping de la pantalla cuando corresponda a mi número. Y suena, tres cuartos de hora después, cuando mi espalda y mis nalgas chirrían ya como una puerta mal engrasada. Acudo al mostrador que se me indica, donde me espera una abrumada funcionaria. Y este es el diálogo que mantenemos:
- Buenos días. Venía a mandar este paquete por el sistema Postlibris.
- ¿Postlibris? A ver, no sé si voy a poder hacerlo...
Guardo silencio. La funcionaria manipula nerviosamente el ordenador.
- Un momento, voy a consultar una cosa.
La funcionaria se va. Vuelve, al cabo de un rato, con otra funcionaria. La otra funcionaria mira la pantalla y le da una serie de crípticas (para mí) explicaciones a la funcionaria primera.
- Ah, sí, vale, sí, ya está —dice la funcionaria primera. La otra funcionaria se va.
La funcionaria primera pega la etiqueta y pesa el paquete: son dos kilos y cien gramos.
- Ah, no, perdón —me dice—, si son más de dos kilos no puede ir como Postlibris. Ha de ser un paquete ordinario.
- Pero el sistema Postlibris está pensado, como su nombre indica, para libros, que, por definición, pesan mucho —le digo yo—. ¿Cómo se le pone entonces un límite? ¿Y tan escueto? (Es como si se estableciera un sistema para enviar bolígrafos, pero no se aceptaran los que llevasen tinta, pienso; pero esto no se lo digo, para no parecer que me ensaño).
- Pues es así. No se puede enviar por Postlibris —repite la funcionaria, inmune a mi objeción.
- Bien, pues si no hay más remedio, mandémoslo como paquete ordinario —me resigno yo.
La funcionaria vuelve a teclear en el ordenador. En una pantallita que hay en el mostrador, se iluminan unos datos y un recuadro vacío.
- Compruebe que todo está bien y firme.
Lo compruebo.
- Mi primer apellido está mal: no es Moya, sino Moga —le digo. (Pienso entonces en todas las deturpaciones que, a lo largo de sesenta y cuatro años, ha sufrido mi pobre apellido, y que resultan difíciles de explicar teniendo en cuenta que solo tiene cuatro sencillas letras; la más divertida, y acaso más reveladora, es la que me convirtió en Eduardo Murga).
La funcionaria, ajena a mis cogitaciones, me mira sorprendida.- Ah, pero eso no lo he escrito yo: sale así del sistema.
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