El palacio de Schönbrunn es una de las principales atracciones turísticas de Viena. Fue, durante más de tres siglos, primero coto de caza y luego residencia veraniega de los soberanos de la casa de Habsburgo, la misma que reinó en España de Carlos I a Carlos II (que los ordinales no nos confundan: entre el primer y el segundo Carlos hubo tres Felipes). El penúltimo emperador de esa estirpe, el patilludo Francisco José, marido de la guapísima aunque desventurada Isabel de Baviera, Sisi (se le suicidó un hijo, o quizá lo asesinaron, y ella misma murió, a los cincuenta y cuatro años, a manos de un anarquista italiano, que le deslizó un estilete en el corazón), nació, pasó gran parte de su vida y de su larguísimo reinado de sesenta y ocho años, y murió allí. En 1918, tras la disolución del imperio austrohúngaro (siempre que escribo o, más raramente, pronuncio esta palabra, pienso en Luis García Berlanga), el palacio pasó a manos de la República de Austria, que lo ha conservado hasta nuestros días como lugar de ocasionales encuentros institucionales y, sobre todo, como museo. Así pues, ya no lo habitan miembros de la realeza habsbúrgica, sino los turistas, que llenan himenópteramente las docenas de habitaciones y salas abiertas al público (de las 1441 que tiene). Yo lo he visitado tres veces, la última el pasado 31 de diciembre, para asistir al concierto de Nochevieja que da todos los años la Orquesta del Palacio de Schönbrunn. No es, me apresuro a subrayar, el famoso concierto de Año Nuevo que se celebra en la Sala Dorada del edificio del Club de la Música de Viena y que se emite por televisión a casi todos los países del mundo, con los pegadizos y concluyentes compases de la Marcha Radetzky interpretados por la Orquesta Filarmónica de la ciudad y que todos solemos identificar con el 1 de enero (junto con los saltos de esquí retransmitidos esa misma mañana desde alguna estación invernal finlandesa...). No lo es, pero se le parece bastante. El de Schönbrunn se celebra en la Orangerie, el invernadero para cítricos y otras frutas exóticas del palacio, construido hacia 1755, un gran espacio acristalado y vacío que me defraudó la primera vez que lo vi —su arquitectura me pareció anodina, y no contenía nada, ni un triste naranjo—, pero que ahora he entendido que se reserva para acontecimientos tan concurridos como este en el palacio. La Orangerie queda a unos cien metros de distancia de la parada de metro —también llamada Schönbrunn— hasta la que hemos viajado Renée y yo. Habíamos sopesado venir en taxi desde el hotel, y no solo para evitar en lo posible las gélidas temperaturas de Viena y que Renée tuviese que cruzar el suelo helado de media ciudad con tacones de aguja, sino también porque, debo confesarlo, me resultaba más glamuroso. Acudir en metro a un evento como este me parecía plebeyo, incluso proletario, aunque también más rápido y barato (una impresión que solo puede tener alguien irremediablemente plebeyo como yo). La cercanía de la parada de Schönbrunn al lugar del concierto nos ha convencido de usar el suburbano, y aquí desembarcamos, aunque Renée no se ha desembarazado todavía del miedo a pillar una galipandria, por poco que tengamos que andar. Es lógica su preocupación: pese a que estamos bajo cero, su atuendo consiste solo en un fino vestido de noche palabra de honor (se ha olvidado en el hotel la chaquetilla a juego que debía cubrirle los hombros) y un tampoco muy grueso abrigo blanco. Está muy elegante, pero tan preparada para una noche decembrina en Austria como yo para escalar el Aconcagua. Renée ha preferido someterse a una tortura glacial antes que renunciar al atavío condigno del espectáculo que vamos a presenciar. Confiamos en que no muera helada y nos apresuramos hasta el vestíbulo de la Orangerie, donde se amontona la gente, que también ansía el calor del recinto. Por suerte, entramos casi inmediatamente y, frente al orden germánico que pensábamos reinaría en un evento organizado por una institución austrohúngara, nos encontramos con un caos muy mediterráneo. Primero, es obligatorio dejar abrigos y bolsos en una pequeña consigna, para la que no se guarda ninguna fila: se llega a ella a lo Trump, aplicando la ley del más fuerte. Cuando lo he conseguido, con un uso generoso de los codos y mis casi dos metros de altura, me doy cuenta, con horror, de que hay que pagar un euro por cabeza, de que no llevo ni una sola moneda encima y de que la consigna no tiene datáfono. Volver atrás, hasta donde, más allá del gentío, me espera Renée, es suicida: implica perder la posición de privilegio que me ha costado tantos pisotones y codazos conseguir, y renunciar a entrar pronto en la sala, donde los asientos no están numerados y rige otro principio trumpiano: el más espabilado se queda con la mejor silla (o con el mejor país). Así pues, adopto una medida de urgencia: veo que, en el mostrador de la consigna, hay una caja de puros (sí, una caja de puros...) dispuesta como bote de propinas, que contiene ya bastantes monedas, e interponiendo brevemente el corpachón entre el inesperado tesoro y el resto de la multitud, y, aprovechando un segundo en el que los empleados nos dan la espalda para colocar abrigos en las perchas, trinco de la caja una moneda de dos euros y se le entrego al que inmediatamente me atiende. He temido que se alzara alguna voz de entre el gentío acusándome de ladrón, pero nada sucede. Se conoce que todo el mundo está demasiado preocupado bregando por llegar al mostrador de la consigna para reparar en lo que hacen las manos de los demás, salvo interponerse entre ellos y su objetivo. Desembarazado de mi chaquetón y mi bufanda, y del abriguito de Renée, remonto con esfuerzo la corriente de la muchedumbre hasta alcanzar a mi acompañante, que me espera con una sonrisa desconcertada. Entramos después, no sin lucha también, en la Orangerie, propiamente —aquella sala sin ningún atractivo que había visto la primera vez, ahora llena de sillas y con el escenario dispuesto en un extremo—, y ocupamos dos buenos asientos. Cuando la sala ya casi se ha llenado, Renée me susurra al oído que se siente desnuda. Desnuda no está, desde luego, para tranquilidad general, pero sus hombros descubiertos, iluminados por los potentes focos de la sala, brillan en un mar de jerséis de cuello alto, suéteres noruegos, pantalones oscuros y, en general, graves prendas de abrigo. La organización no exige un dress code, una vestimenta determinada, pero sí agradece que no se acuda al concierto con tejanos, calzado deportivo o chanclas. Renée ha interpretado quizá demasiado estrictamente la recomendación de evitar la ropa ordinaria, y acaso se haya dejado influir también por su condición de pianista, que le hace sentir un respeto muy acusado por las formas en los espectáculos musicales. El concierto, que empieza por fin, se compone de dos partes: en la primera, se interpretan varias oberturas, arias y duetos de las óperas de Mozart —La flauta mágica, Las bodas de Fígaro y Don Giovanni—, y, en la segunda, las arias, polkas y valses más populares del rey del vals, y asimismo patilludo, Johan Strauss (hijo). Intervienen también una soprano y un barítono, que suman sus voces privilegiadas al buen hacer de la orquesta. Las piezas seleccionadas mantienen en todo momento un tono alegre, casi humorístico, subrayado por una escenografía lacónica pero igualmente bienhumorada, en la que los cantantes y el propio director de orquesta se mueven con soltura. Una iluminación cambiante, que juega con los rojos y morados, da una viveza extra a la actuación. El concierto concluye con la Marcha Radetzky, que no la compuso alguien llamado Radetzky, como yo —un gran ignorante— siempre había pensado, sino Johan Strauss (padre). Lo hizo en 1848, en honor del mariscal de campo austríaco Johann Joseph Wenzel Graf Radetzky von Radetz, nada menos, un tipo aguerrido (y sin patillas) que había sobrevivido milagrosamente a cinco balazos en la batalla de Marengo y que, casi cincuenta años más tarde, acababa de darles para el pelo a los italianos en la de Custoza. Al volver a Viena tras la victoria, sus hombres se dieron a cantar una antigua melodía popular, Alter Tanz aus Wien o Tinerl-Lied, y Strauss, que la escuchó, se inspiró en ella para componer la Marcha hoy conocida, aunque, eso sí, cambiando el compás a 2/4. Por supuesto, el director nos pide que aplaudamos en los momentos adecuados, y todo el público —hasta yo, que siempre me he resistido a estas participaciones no retribuidas en el trabajo de los demás—, que lo estaba esperando, se suma con entusiasmo al medido desenfreno. Tras esto y el bis de rigor, concluye el concierto, del que salimos a toda prisa para rescatar nuestros abrigos de la consigna nuevamente amenazada por el alud del público. En la calle nos esperan tres grados bajo cero y una espléndido wiener schnitzel en un restaurante cercano, cuyos camareros llevan gorritos navideños. Dentro de dos horas y media, será 2026.
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