La escritura automática es imposible. Y no solo porque, como la escritura racional, como cualquier escritura, nace de un entramado neuronal que impone la sintaxis de sus sinapsis, sino también porque, aunque creamos habernos liberado de toda sujeción lógica, no podremos evitar que lo que hayamos leído, escrito, pensado y vivido dicte, desde el subsuelo de nuestra sensibilidad, lo que ahora escribimos y le imponga el mismo orden, si bien alterado o confuso, que sustenta nuestro yo. Y cuánto más hayamos leído, escrito, pensado y vivido, más articulado será ese automatismo, ese caos. No obstante, que la escritura automática sea imposible no quiere decir que no debamos practicarla. Como todas las utopías, solo se realiza cuando intentamos alcanzarla.
La literatura está inerme ante sus manipuladores, y no solo por la censura tradicional, ideológica, ejercida por el poder, las iglesias o, actualmente, la secta de la cancelación. Hay una censura más sutil, pero no menos dañina. Hoy, la Inquisición pseudoprogresista cambia o elimina palabras, años o siglos después de que hayan sido escritas, para no ofender a nadie de nuestro mundo que pueda sentirse ofendido, es decir, todos. Y bienintencionados editores y filólogos simplifican o hacen versiones abreviadas de obras antiguas, también años o siglos después de que hayan sido escritas, para hacerlas más accesibles a los estudiantes ignaros o a la población en general, solo un poco menos ignara. Pero aquellos emiten una condena anacrónica, inicua y brutal, y estos olvidan que, en literatura, la forma es significante: allanar y abreviar el Quijote es escribir otro Quijote, indeciblemente peor. A nadie se le ocurriría modificar El jardín de las delicias, de El Bosco, para aclarar lo que representan o hacen las criaturas del cuadro, que pocos entienden (y que, en muchos casos, es moralmente reprobable), o los jeroglíficos egipcios, que entienden aún menos personas y que son deplorablemente paganos. Como tampoco sería admisible reconfigurar las figuras del Picasso cubista para hacerlas más reconocibles, o que se cambiaran las notas de una sinfonía de Arnold Schönberg para que fuese más melódica y se recibiera mejor, o que se añadieran las partes ausentes de una escultura de la antigüedad para que esa carencia no nos confundiese y nos permitiera disfrutar de su prístina belleza. Sin embargo, alterar lo que otro ha escrito se acepta, se promueve, se defiende y, escandalosamente, hasta se aplaude.
Con la poesía (con la literatura, con el arte) damos patadas, desesperadas e inútiles, pero consoladoras en su airada inutilidad, contra la inmutabilidad del ser y la inevitabilidad de la muerte. Nos engañamos para persuadirnos de que con ella derrotaremos a la angustia y la finitud, de que nos sobrepondremos a nuestra propia temporalidad, de que alcanzaremos el instante eterno, la perduración que deseamos. Pero solo es un aguijón que golpea a una pared. La palabra no nos redime de ninguno de los males que nos aquejan, ni tampoco de los males que somos. Solo esboza la impresión borrosa de que llenamos momentáneamente el vacío, de que restañamos, durante apenas unos instantes, una herida que no deja de sangrar. La poesía, y cualquier forma de sublimación artística, es el grito de impotencia que proferimos encerrados en una habitación, y que solo nos alivia como abrir un grifo alivia a la tubería de la presión que sufre, pero sin que ese cambio altere la dureza del plomo, la inmovilidad de la canalización, ni el mecanismo del grifo. La poesía: grito, grifo, grieta.
Acudir hoy a la presentación de un poemario o a una lectura poética es como participar en una asamblea de rosacruces o de caballeros templarios, como ser miembro de una célula comunista en un país gobernado por fascistas, como sumarse a un encuentro de alcohólicos anónimos. Fuera de las paredes del tabernáculo de los iniciados, de la sala hipóstila donde comulgan los adeptos —los adictos—, no solo quedan las tinieblas exteriores, sino la humanidad entera, que los rodea maquinalmente o circula por encima de sus cabezas como un ejército de zombis, inadvertida de ese puñado de sediciosos que han abrazado la clandestinidad y el absurdo.
Suelen ocurrírseme aforismos en la cama, antes de quedarme dormido o después de despertarme, e incluso cuando me despierto por la noche. Pero no tengo el hábito de apuntarlos entonces, y qué difícil me resulta retenerlos para copiarlos después. Cuando voy a hacerlo, convencido de que los he repetido mentalmente lo bastante como para recordarlos, siempre se me escapa alguno: no consigo que vuelvan la idea que expresaba ni las palabras con que la expresaba. Es como si se lo hubiera tragado la tierra, que en este caso es la conciencia; como si se hubiera desintegrado en un espacio inaccesible y solo quedase el hueco de su forma, el recuerdo invisible de que en algún momento ha existido. En otras ocasiones, la pérdida se produce en el mismo momento en que voy a escribirlo: noto cómo, poseyéndolo aún, no lo puedo apresar, cómo se me escurre entre los dedos, resbaladizo como un pez recién sacado del agua, y, ante mi desesperación muda, vuelve a la negrura de la que había surgido. Contrariamente, en alguna rara ocasión alguno regresa: asoma otra vez al pensamiento como un cuerpo hundido que emergiese; como si, en efecto, volviera de unas profundidades que se parecen mucho a la nada. (Escribo esto después de que esta mañana se me haya extraviado uno de los tres aforismos que se me habían ocurrido a las cuatro de la madrugada; ha sido imposible recuperarlo, pero guardo la impresión de que era breve y excelente).
El aforismo más colosal de la historia lo compuso Otto Muttermann, un personaje de Gog, de Giovanni Papini, que, preso de la misma inquietud que Joubert —«s’il y a un homme tourmenté par la maudite ambition de mettre tout un livre dans une page, toute une page dans une phrase, cette phrase dans un mot, c’est moi»—, se había propuesto —y, según creía, había conseguido— escribir una epopeya lírica y filosófica que contuviera no solo su Weltanschauung, sino también la revolución histórica de la Humanidad en torno al mito central de Rea-Cibeles, y que, después de veinte años de incansable lucha contra la prolijidad, había logrado condensar los 50.600 versos de aquella epopeya en una sola palabra: Entbindung, en la cual se encontraban, según Muttermann, «los infinitos sentidos que resumen el destino de los hombres: Binden, ‘atar’, el mito de Prometeo, la esclavitud de Espartaco, la potencia de la religión (de "religar"), los abusos de los tiranos, la Redención y la Revolución. (…) Entbindung es desenvolvimiento y parto. Es la salvación de los vínculos, es el nacimiento milagroso del Dios mártir, la gestación triunfante de la Humanidad libertada, al fin, de los mitos y de las leyes. Aquí está comprendida la doble respiración del dios de Plotino y, al mismo tiempo, las vicisitudes universales de la Historia: ¡conquista y revolución, servidumbre y libertad!». Entbindung corrobora los peligros de la demasiada condensación y de la chifladura poética.
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