lunes, 16 de febrero de 2026

POESIAVOZ y Dilema: una lectura en Madrid

Acudo hoy, viernes, a la lectura del ciclo POESIAVOZ, organizada por la librería Enclave de Libros, de Madrid —que se va quedando, poco a poco, como referente de esta suerte de actos en la capital: otra librería fundamental, Tipos Infames, acaba de cerrar—, en la que participaremos los autores de la editorial Dilema, cuya colección de poesía dirige el poeta y crítico Antonio Ortega. Vamos a ser legión, nos dice Antonio: dieciocho poetas, nada menos, embutidos en un acto de una hora de duración. Un número tan alto de autores revela varias cosas: a) que los que escribimos poesía en España (y en todas partes) somos muchos, tal vez demasiados; b) que todos nos pirramos por que nuestros versos sean leídos (o escuchados) en público y en privado; y c) que Dilema ha publicado mucho hasta ahora (aquí no me atrevo a decir “tal vez demasiado”). Entre los participantes en el acto, hay no pocos amigos: Ignacio Cartagena, Jonás Sánchez Pedrero, Ángel Cerviño, Francisco Layna, Miguel Ángel Curiel, Víctor M. Díez. Desgraciadamente, estos dos últimos se darán de baja en el último momento y me privarán de la posibilidad de darles un abrazo. A Madrid viajo en tren, lo que actualmente supone embarcarse en una aventura plagada de riesgos. Y asumir, desde que uno llega a la estación, que todo va a funcionar, si es que funciona, con retraso. Y así es: el convoy de OUIGO con el que cruzo media España sale veinte minutos más tarde de la hora prevista y llega a Atocha cuatro hora después. Un viaje que, antes del espantoso accidente de Adamuz, se hacía en dos hora y media, ahora tarda cuatro. Ya en Madrid, he de apresurarme para no llegar tarde a la lectura, que empieza a las 18.30. Por suerte, Atocha no queda lejos de la calle Relatores, donde tiene su sede la benemérita Enclave de Libros. Alcanzo a llegar incluso con alguna antelación (el metro madrileño funciona bien, aunque siempre va abarrotado; todo en nuestras ciudades está siempre lleno) e intento entrar, con Jonás e Ignacio, con los que he dado a la entrada, en el bar cercano donde Antonio ha convocado previamente a los poetas. Una camarera nos barra militarmente el paso, porque en la mesa ya no cabe nadie más (rebosa de poeterío) y debemos esperar a que nos acomoden en otra parte. La espera se prolongará muchos minutos, durante los cuales la misma camarera que nos ha disciplinado pasa varias veces por nuestro lado para atender a otros clientes u otras mesas, sin decirnos oxte ni moxte. Y allí quedamos, de pie, pausados, sedientos, prosaicos, hasta que los que ya estaban dentro del bar-cuartel salen, porque ya se ha hecho la hora, y nos arrastran en su marcha. Cómo está el servicio (en los bares), madre mía. Enclave de Libros es una librería más bien pequeña, pero con una flexibilidad admirable. En cualquier caso, que los locales donde se celebran actos literarios sean pequeños no es malo per se; por el contrario, puede ser muy útil. Igual que en el parlamento británico hay menos escaños que diputados, para que siempre dé la sensación de que las sesiones, con parlamentarios de pie, son el colmo de la actividad, en las librerías chiquitas la escasez de aforo induce a pensar que las masas, arrebatadas de pasión lírica, y entre codazos, han invadido el escenario de la lectura. Así sucede hoy: la gente de Enclave de Libros coloca sillas desde el fondo de la librería, donde se sitúan los escritores, una zona un poco más ancha que el resto, hasta casi la entrada del local, y a todos nos agrada esta sensación de placentera incomodidad, de amontonada plenitud. Antonio da inicio al acto, anunciando que, dada la cantidad de vates, el tiempo de lectura queda necesariamente limitado a dos o tres minutos por cabeza. Esta medida me plantea una duda a la que le encuentro algún parecido con una aporía de Zenón de Elea. Somos dieciséis para leer y tenemos dos minutos cada uno; si fuéramos treinta y dos, tendríamos, quizá, un minuto; y si fuéramos más y más, el tiempo se reduciría simultáneamente —treinta, veinte, diez segundos...—, hasta que a cada poeta ya no le correspondiese ninguno. El resultado de esta disposición sería, entonces, que las docenas y docenas de poetas pasarían la hora de lectura en completo silencio, y el público asistiría a una performance negativa: a una lectura muda, a una poesía ausente. En la de hoy, Esther Peñas, que acompaña a Antonio Ortega en la dirección del acto, hace una ceñida pero sustanciosa presentación de cada uno de los poetas (es un arte ser un buen introductor de los protagonistas de una lectura, y Esther, sin duda, domina ese arte; el poeta barcelonés Pedro Alcarria, de quien he recibido instrucciones para transmitirle sus saludos a Esther, de quien es amigo, también funge, curiosamente, de diligente gestor cultural e inmejorable maestro de ceremonias). Tras lo cual abre el fuego Ignacio Cartagena, con un par de poemas de su Europa cuando llueve, un excelente libro, que he reseñado en este blog: “Tres libros de Dilema: Sánchez Pedrero, Curiel y Cartagena” (https://eduardomoga1.blogspot.com/2025/12/tres-libros-de-dilema-sanchez-pedrero.html). La vez —la voz— va pasando luego de mano en mano —de garganta en garganta—, aunque no todos quieren utilizarla: Luisa Pallarés, por ejemplo, declina recitar poemas suyos y decide leer un texto, en prosa, escrito para la ocasión. Jonás Sánchez Pedrero sí lee algunos aforismos de su asimismo magnífico Torrelodones —reseñado en la misma entrada que Cartagena—, pero no más de una docena, y, como son aforismos, su lectura apenas dura cuarenta segundos. Luego, cuando Antonio, que ha sido demasiado draconiano estableciendo el límite de dos-tres minutos, decida permitirnos una segunda ronda, Jonás no querrá leer más: así es de tímido o de, injustamente para él, modesto. Otro poeta, Paco Layna, de poderosa y experimental voz, renuncia también a utilizar esta segunda ronda, alegando que lo que él hace es muy largo. Lo entiendo muy bien, porque también lo que a mí me sale suele ser muy largo, tal vez demasiado. Por eso he elegido para esta escuetísima ocasión tres poemas: una décima, un ovillejo y un soneto, a los que se sumará un cuarto poema —otro soneto— en el segundo turno. A la postre, seré el único que utilice formas estróficas en el recital, en el que predomina el verso no ya libre, sino libérrimo. De hecho, otro de los participantes, Pedro Provencio, tiene escrito un ensayo, que podría calificarse de canónico, sobre el verso libre: Un curso sobre verso libre, en Libros de la Resistencia. Me gusta mucho lo que lee —y cómo lo lee— Ángel Cerviño, al que me complace reencontrar después de la visita que hice a Vigo hace un par de años para impartir una conferencia sobre Walt Whitman. También me gusta lo que oigo de Carmen Díaz-Maroto, a quien no conozco, pero que me seduce con sus versos fracturados y acariciantes: “De estar con tu cuerpo// qué constelación/ qué ser saciado/ en qué batir de alas/ en qué fosa hubiera caído nuestra carne/ en el rescate de qué memoria/ hubiera sido el despertar// qué semillas de adormidera/ hubieran alimentado a nuestros hijos...”. Luis Santana, a cuyo lado estoy sentado, y a la presentación de cuya obra reunida, publicada por Dilema, asistí en el espacio Betulia, de Badalona, hace ya un par de años, lee varias piezas que se corresponden perfectamente con su perfil: discreto, agudo, minucioso. Ina Olvera, Enrique Darriba, Eva Yárnoz, Ildefonso Rodríguez, Francisco Taboada, Francisco Deco y Aldo Sanz —el único inédito aún en Dilema, pero que, no obstante, participa en la lectura: su libro saldrá hacia mayo, según informa Antonio Ortega— completan el acto. Cuando acaba, se produce en la librería el previsible tumulto de poetas, acompañantes y público, en el que me encuentro con otro buen amigo, Javier Gil, responsable de la estupenda colección “Cartonera del escorpión azul”. En la calle chispea, lo que no es óbice para que casi todos quieran ir a prolongar el encuentro en el bar de la esquina. Yo, no. Estoy cansado de un viaje largo y apresurado, y, aunque celebraría una cerveza relajada, prefiero irme a casa a cenar en calma. Tengo mucha hambre.

lunes, 9 de febrero de 2026

Elogio del libro sin erratas

Donde dice:
La maté porque era mía.
Debe decir:
La maté porque no era mía.
MAX AUB, Errata

En algún sitio he leído que una tribu amerindia (quizá sean varias, o asiáticas) tiene por costumbre tejer sus tipis con algún defecto, para que el alma del objeto pueda escapar por él y no quede atrapada en la materia. Si esto es cierto, esa tribu venera y promueve la imperfección. Qué inteligente; qué saludable. La imperfección es siempre, además de un recordatorio de la condición humana, un gran alivio: nos exime de la tiranía del ideal, del fanatismo de lo inmejorable; porque lo inmejorable es agotador. Sin embargo, en algunos ámbitos la perfección es deseable y hasta posible. En la manufactura de los libros, por ejemplo. Un libro bien compuesto y sin erratas no solo sirve para inspirar versos felices a Jorge Luis Borges, sino también, y aún mejor, para regalar al lector un placer insuperable. El libro sin erratas parte de una realidad incontestable: el ojo es falible, y la mano también; y el cerebro es el órgano más falible de todos, aunque también el más dúctil. La página es la anfitriona de un intrincado rompecabezas de signos. Ese rompecabezas ha de ser resuelto de acuerdo con un orden inflexible, cuyo código, a menos que el codificador haya querido otra cosa, no puede modificarse ni interrumpirse. Todo traspié en la cadena del significado, como toda mutación en la cadena del genoma, conduce a una criatura indeseada y, peor aún, a una criatura que contradice la voluntad del creador. A los ojos de este, la errata es una rebelión inaceptable, una fealdad sobrevenida que no tiene obligación de acatar. Con la errata, como mucho, se convive; pero hiere siempre. Así pues, quien compone esas páginas —que persiguen un fin y solo ese fin— tiene una gran responsabilidad. Si es capaz de obligar al ojo a detenerse en cada carácter, en cada punto, en cada espacio, aun en los espacios en blanco que rodean a los signos, como el océano rodea los atolones; si obliga al ojo a hundirse en ese flujo oscuro, como quien hunde un rostro adversario en el barro, y no deja que se levante, sino que lo mantiene ahí sumido, testigo de cada inflexión, de cada sombra; si no se permite ceder al cansancio y leer con la memoria o la suposición en lugar de con la pupila; si hace todo esto, digo, obtendrá una limpieza que superará la mera pulcritud: un libro vestido de pureza. Un libro sin erratas es un camino despejado, una estela que no se borra, una piel sin muerte, un melocotón en el plato, un pecho entre los dedos, un beso que empieza, un arroyo limpio, un cirro blanco, un amor que estalla o que no cesa, la primavera, una vestal, algo irrompible, el olor a espliego, una mano que no prohíbe, sino que ampara, un paso de peatones en el que se paran todos los coches, una imposibilidad hacedera, una noche clara, un día sin lluvia o un desierto con ella, un trago de agua cuando se cruza un arenal, confianza renovada en la capacidad del ser humano para sobreponerse a la flaqueza y el error que lo constituyen, un edén rectangular y numerado, la sublimación de la celulosa, un triunfo de la especie, un chirrido inaudible, un sosiego compatible con la indignación que suscite el contenido, un prado con flores y bostas, un mal ausente. Un libro sin erratas nos devuelve la fe en los libros y en quienes los crean. Un libro sin erratas nos acaricia y nos renace.

martes, 3 de febrero de 2026

“Baladaz”, de Sharon Olds

Se acaba de publicar Baladaz, mi traducción de Balladz, de Sharon Olds, en la editorial barcelonesa La Cama Sol, aunque no toda aún. Me explico: la editorial ha decidido dar a conocer el libro, unitario, en dos volúmenes; ambos verán la luz en 2026. El que acaba de aparecer es el primero. El libro no es bilingüe, pero cuenta con las sugerentes ilustraciones de Juan Uslé. 

Así dice el poema “Best Friend Ballad”:

Sometimes I’ll suddenly remember the power 
of her house, and of the approach to it,
down the narrow, extreme-curve-to-the-
right street, opening onto the

somehow delicate cul-de-sac, my 
best friend’s
house—what?
Italianate? Ogive windows,

balconies, tile roof,
the land fallen o steep behind it to the 
gradual slope to the Bay. And then
the at stones up to her Doric

portico—between them, flowering 
weeds, no ice plant, no ivy, just tiny 
blossoms, then there it was, like a villa, 
a little Berkeley palace, a doctor’s

elegant home of safety where she was
dying, 9 years old, and I didn’t
let myself realize it.
If her mother had been there, maybe I could have

asked her if I could take a nap 
with my friend when she fell 
asleep—but her mother
had died the day before, my job

was to not let my friend know it— 

so she could die as if she had
a mother. What would I have given to 
have been allowed to lie down
next to her dear skeletal body.

She still had her fine, yellow-green, 
thick, sour-color hair,
as if the lead poison they’d breathed had 
sharpened the chartreuse of it—

what would I have given to be 
allowed to fall asleep with her
and dream, alive—what would I give 
now? Nothing, I have nothing to give,

none of the luck which followed in my fortunate 
life. But I pray for a sleep tonight in which,
9 and 9, we can hold each other in a
green dream.

Y esta es la traducción:

LA BALADA DE LA MEJOR AMIGA

A veces me acuerdo, de pronto, de la magnificencia 
de su casa y de cómo se llegaba a ella, 
por una calle estrecha con una curva cerrada 
a la derecha que daba

a un callejón sin salida —aunque delicado—: la 
casa de mi mejor
amiga, ¿qué?, 
¿de estilo italiano? Ventanas ojivales, 

balcones, cubierta de tejas 
y un terreno que caía abruptamente, detrás de ella, hasta la 
pendiente gradual que llevaba a la bahía.  Y luego 
las losas hasta el soportal 

dórico, entre las que florecía
la maleza, nada de hierba escarchada, nada de hiedra, solo                                                                                            [unos brotes 
diminutos. Allí estaba, pues, como una villa 
o un palacete de Berkeley, el elegante

y seguro hogar de un médico en el que mi amiga se
moría, con 9 años, y yo no 
quería darme cuenta. 
Si su madre hubiera estado allí, le habría 

preguntado si podía echarme una siesta 
con mi amiga cuando se 
durmiera, pero su madre 
se había muerto la víspera, y se trataba, ante todo,

de que mi amiga no lo supiera 

para que pudiese morirse como si tuviera 
madre. Qué no habría dado por que 
me hubiesen dejado acostarme 
junto a su querido cuerpo esquelético. 

Aún conservaba el pelo fino, verde amarillento, 
espeso, de tonos vivos, 
como si el plomo que habían respirado, y que la había                                                                                         [envenenado, 
hubiera afilado su color verde lima.

¿Qué no habría dado por que
me dejaran dormir con ella 
y soñar, viva. ¿Y qué no daría 
ahora? Nada, no tengo nada que dar, 

nada de la suerte que me sonrió después, en una vida 
afortunada. Pero rezo por que durmamos juntas esta noche,
con 9 años las dos, y podamos abrazarnos en un 
sueño verde.