lunes, 25 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (2)

Sant Cugat del Vallès, 16 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En realidad, no soy yo el que dice lo de «viaje gallináceo»: es Josep Pla, citado por mi padre. Mi padre, que adoraba la boina, el caliqueño y la socarronería gerundense de Pla, siempre recurría a esa expresión cuando había de calificar una salida breve y aparatosa, que no dejaba en el aire más que un revuelo de plumas. Y yo la he tomado prestada de mi padre, que me sigue susurrando cosas al oído pese a llevar treinta y ocho años muerto, igual que él la tomó prestada de Pla. No soy, pues, original. Y no lo soy por partida doble: he copiado a mi padre, que copiaba a Pla. Ya sabes tú que los escritores no hacemos más que tomar prestado —o saquear— lo que otros han escrito. A veces me pregunto si alguna de las ideas que tengo, o que he tenido, proviene solo de mí, y prefiero no responderme. Tener una idea propia es tan raro como la floración de la Puya Raimondii: solo sucede cada cien años. Y algunos no tendrían una idea propia aunque los amenazaran con arrancarles las uñas con una varilla de bambú.

Tu imaginación estimula la mía. Y, aunque en la vida civil es poco probable que me sintiera atraído por una monja budista, y menos por una que montase en quad, acepto tu erótica fabulación y me veo sumido en un espléndido escarceo con la lama, aunque no en «granjas y galaxias», sino en los más modestos paisajes de la Sierra de Gata, allí donde la veía pasar, entre rugidos espasmódicos y derrapes antigravitatorios, y donde me imagino reviviendo con ella aquellos mismos rugidos y derrapes, pero ahora carnales, agrestes, muy poco tántricos. Y dejaré para otra carta lo que el nombre de la lama me sugiere que haga la lama.

Comparto tu voluntad de enredarme en la red de existencias que configuran este mundo, y el cosmos entero, y hacerme piedrauniverso, como tan bien atinas a sintetizar con ese neologismo que cumple el primer precepto de las metáforas maravillosas: unir lo más alejado, unir lo imposible de reconciliar. Esa fusión, deseada, perseguida y tantas veces frustrada, acalla el dolor constante de ser uno, de ser solo uno, de estar apartado de la unidad esencial, esa de la que intuimos que alguien o algo nos ha amputado, esa que había antes de que fuéramos nosotros, esa que, probablemente, solo sea una creación de nuestra conciencia, pero que sentimos poderosa como el árbol que ahora veo menearse al viento por el balcón del despacho en el que escribo, o como ese montón de objetos insignificantes, pero llenos de palpitación, que abarrotan tu mesa de trabajo. Lorca se preguntaba por qué un zapato ha de ser solo un zapato y no puede ser también un tenedor o una jirafa (me he inventado los términos, porque no recuerdo los que utilizaba Federico, pero tú me entiendes). Pues yo me pregunto, a cada instante, por qué no puedo ser el pájaro —una paloma— que se acaba de posar en el árbol —un plátano— que veo por el balcón del despacho, o por qué no puedo encarnarme en las personas que pasan por mi lado en la calle, cada una con su orejas, y sus tatuajes, y sus pensamientos girando como engranajes en la gran máquina del cerebro; o, contraria, paradójicamente, por qué no puedo dejar de ser yo.

Porque, es verdad, la religio de la que hablamos nos permite participar del todo, de esa armonía cósmica que han vislumbrado Hölderlin y Cardenal, Poe y Paz, pero también me hace dolorosamente consciente de lo que me separa del todo. Saber que he de envolverme en esa red en la que todo se une, no me exime de sentir la soledad de cada nudo. Y, a menudo, ese sentimiento se impone al deseo de elevación. Ahí me veo entonces, uno, solo, férreamente delimitado por unos límites corpóreos y temporales, desasido, a eones de distancia de cualquier cosa o ser cercanos —como si la lámpara de luz amarilla que me ilumina o la taza de metal de mi escritorio en la que meto los lápices fuesen Alpha Centauri, la estrella más próxima a la Tierra, a 4,4 millones de años luz—, un nudo más, e infinitamente insignificante, en el tapiz inacabable de realidades que pueblan el mundo. Releo lo que acabo de escribir (pero yo no releo) y me doy cuenta de que me ha salido sinuoso y existencial, cuando podría haberlo dicho de una forma mucho más sucinta: el yo es un latazo. Tú también lo afirmas al final de tu carta: la lectura te permite desaparecer, descansar de tu yo. Esa es, ciertamente, otra de las virtudes de la lectura: que nos exime, mientras dura, de ese que nos acompaña, que nos persigue, que se inmiscuye en todos los asuntos de nuestra vida, que nos asfixia con sus miedos y sus obsesiones, y que, lo peor de todo, nos dicta a quién debemos herir, qué hay que sacrificar, cómo hemos de morir. El yo es un lastre que nos impide escapar de nosotros. Ahora que lo pienso, quizá esta sea también una idea muy oriental.

Abracísimos.

Eduardo.

Barcelona, 18 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Ahora que me aclaras la procedencia de la expresión «vuelo gallináceo» (y qué hermoso homenaje a tu padre, por cierto, y de paso a Josep Pla), de repente me doy cuenta que buena parte de lo que se escribe y, peor, se publica, es solo eso: un traslado insignificante con mucho batir de plumas. Literatura gallinácea. Y la poética de lo gallináceo como máxima aspiración de tantos escritores y críticos capados para la altura, el horizonte y los esfuerzos migratorios. Pero mejor lo dejo aquí, que no está el berenjenal para que un servidor, poco nefelibato ya, ande picoteando por él a tontas y a locas.

Me ha conmovido una reflexión endecasilábica tuya: «sentir la soledad de cada nudo». Eso es: uno está religado (qué alivio) pero uno está, sobre todo, solo. Soledad que uno sufre más cuanto más fuerte sea esa conciencia de participación en la unidad. La soledad del que lleva luz (Nietzsche, Jung y Martí lo dijeron con palabras muy parecidas), la soledad del que porta una luz (un lucifer) que no le pertenece o de la que solo posee una ínfima parte alícuota.

La luz, el nudo: nos delimitan, nos cartografían, nos colocan, nos siluetean, nos hacen conscientes, nos contienen, nos visibilizan; pero también: nos sajan, nos estrangulan, nos señalan como dianas. Los místicos, que son anti-gordianos y anti-damoclianos por definición (cualquier místico sabe que las espadas de Alejandro Magno y de Damocles implicadas en sus respectivas historias son incapaces de herir porque están hechas de aire, de nada, de mente…), han resuelto o disuelto este dilema saltando al otro lado del espejo, es decir, al lugar donde el «yo» ni está ni se le espera.

Pero los que seguimos llevando a cuestas el «latazo del yo», de nuevo una expresión tuya tan acertada, padecemos, en ocasiones trágicamente, esa dualidad irresoluble, esa gigantesca separación, ese oxímoron metafísico. Cuando escribo, por muy juguetón que parezca en diversos textos míos, lo hago siempre zarandeado por esta tensión: querer poner en el lenguaje lo que no cabe en el lenguaje o, todavía peor, lo que al lenguaje no le compete aceptar como tarea suya. El lenguaje se ríe de nuestras limitaciones, y esa risa, que uno puede escuchar a poco que rasgue las palabras del mundo, es justo la prueba de que eso que nos anuda al tapiz (siendo «eso» y «tapiz» quizás sinónimos en este contexto) es lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio y así hasta el infinito. ¿Estoy invocando una trascendencia, una teodicea? No lo creo. Modestamente, y como mucho, una poética no gallinácea que aspire a ser comprehendida por lo inabarcable-inagotable de la piedrecita de mi primera carta y por el resto de humildes coexistentes del universo.

Me he puesto demasiado serio. Ay. Te pido excusas, Eduardo. Con la de carcajadas que tú yo nos sacamos de la chistera cuando estamos juntos, y lo bien que nos sienta a ambos (perdón si me atrevo a interpretarte) hacer añicos conceptos, situaciones, experiencias y expresiones para planchar rigideces, despeinar silogismos y poner patas arriba el mundo. Un abrazo grande,

Jesús.

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